Lic. Helena Judith López Alcaraz, historiadora y cronista honoraria adjunta de Sahuayo
General cristero Manuel Reyes Nava, antiguo zapatista, que murió el 21 de agosto de 1927. Mejora y edición de imagen realizada por la autora.
Manuel Reyes nació en el poblado de Santo Tomás Ajusco, hoy perteneciente a la delegación Tlalpan de la Ciudad de México. Fue hijo de don Gabino Reyes y de doña Piedad Nava. Como tantos niños de su tiempo, ayudó a sus padres en las faenas del campo. Lejos de ser pobres, la familia Reyes Nava poseía tierras de labor, vacas y caballos en un rancho denominado El Zorrillo, ubicado detrás del cerro del Ajusco.
Durante la Revolución mexicana, perteneció a la 2° División del Sur y, desde 1912, peleó a las órdenes de su hermano Valentín Gabino Reyes. En 1914 fue ascendido a coronel gracias a sus méritos en campaña y dos años más tarde, participó en acciones militares tanto en el Estado de México como en Morelos. Habiendo perdido una pierna en un combate, lo apodaron “el Cojo Reyes”, y así sería conocido hasta su muerte.
Desde el inicio, Manuel apoyó fielmente el Plan de Ayala propuesto por Emiliano Zapata, quien le confirió el cargo de general brigadier en marzo de 1917. Sus dotes militares le valieron ser un destacado oficial zapatista. Combatió hasta 1920, incluso tras la muerte de Zapata (ocurrida en abril de 1919), y hasta que Venustiano Carranza fue asesinado. En 1921 fue dado de baja al no poderse comprobar sus antecedentes.
Más tarde, en diciembre de 1923, su hermano Valentín –quien fungió como presidente municipal de Tlalpan– fue falsamente acusado, condenado a la pena capital y pasado por las armas en el cuartel militar de Toluca. En consecuencia, don Manuel se tornó sumamente desconfiado del régimen que, para ese momento, encabezaba el general Álvaro Obregón Salido, quien había ordenado la aprehensión del difunto Valentín.
Al estallar la Cristiada, junto con su otro hermano, Gabino Reyes, decidió unirse a la causa católica. Su rango de operaciones abarcó las cercanías del entonces Distrito Federal, Morelos, Puebla y Michoacán. Además de coordinar el asedio a Valle de Bravo, tomó parte en los ataques a Tenancingo y Amanalco.
Tras ser herido en un combate acaecido en San Martín Obispo y perder su corcel, no pudo escapar a pie y cayó prisionero. Lo llevaron a Toluca, donde casi tres años antes habían ajusticiado a su hermano, y lo sentenciaron a ser fusilado.
El 21 de agosto de 1927 lo condujeron al suplicio. Su ejecución, llevada afuera del templo del Carmen en la misma ciudad, fue prácticamente una fiesta para los callistas. En la plaza donde lo ajusticiaron había una banda musical. Para escarnecer al reo y su dificultad para caminar, los federales hicieron que el conjunto le tocara la conocida canción “La Cucaracha”.
El general Manuel Reyes en el paredón.
Antes de morir, el general Manuel mismo se cubrió los ojos con un pañuelo. Sacó su rosario, lo besó con devoción y pronunció esta frase, síntesis elocuente de la lucha que había emprendido: “Por Cristo he peleado y como cristiano muero”.
También, de acuerdo con Jean Meyer, dijo:
“Van a matar a un gallo a quien temió siempre el gobierno. Hasta que me llegó la hora” (Meyer, 1985, p. 136).
Él mismo dio las órdenes y gritó, a semejanza de muchos héroes y mártires de aquel tiempo:
“¡Viva Cristo Rey!”
Dicho esto, la descarga lo derribó. Pese a su muerte, la sublevación cristera en el Estado de México ya se había propagado por toda aquella región (Meyer, 1985, p. 136).
Sus restos reposan en el cementerio de Tetelpa, junto con los de la autora de sus días.
Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones en México (2013). Diccionario de generales de la Revolución Mexicana. Tomo II. México: INEHRM & Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA). (Carlos Betancourt Cid, Coord.) pp. 872-875.
Meyer, J. (1985). La Cristiada. Tomo I: La guerra de los cristeros. México: Siglo XXI Editores.
Semblanza del general Manuel Reyes, redactada por la autora para el “Proyecto 2025” (una serie de biografías sobre personajes destacados de la Cristiada y la persecución religiosa y publicadas en conjunto con Ruta Cristera Sahuayo).
Lic. Helena Judith López Alcaraz, historiadora y cronista honoraria adjunta de Sahuayo
En días pasados se anunció que la película Cristiada, en inglés For Greater Glory, retornará a los cines el 15 de octubre del actual, con motivo del Centenario del inicio de la Guerra Cristera. Como sabemos, esta producción se estrenó por primera vez en abril de 2012, hace ya catorce años, y entre su elenco se cuenta a Andy García (el primer general en jefe del Ejército Cristero, Enrique Gorostieta Velarde), Óscar Isaac (Victoriano Ramírez López, alias «el Catorce»), Santiago Cabrera (José Reyes Vega) Eva Longoria (Gertrudis Lasaga, esposa de Gorostieta, a quien él llamaba cariñosamente «Tulita»), Nestor Carbonell (Rafael Picazo Sánchez), Eduardo Verástegui (Anacleto González Flores) y al famoso actor que encarnó a Lawrence de Arabia, Peter O’Toole (una versión muy ficticia de San Cristóbal Magallanes Jara, el P. Christopher). Contó con la dirección de Dean Wright y el guion fue escrito por Michael Love. La empresa productora, por su parte, fue Dos Corazones Films, fundada y regenteada por Pablo José Barroso.
Andy García como Enrique Gorostieta, franqueado por algunos cristeros. Imagen de la película Cristiada (2012); créditos a quien corresponda.
Aunque no negamos que el filme, para muchos, fue el primer acercamiento al tema de la Cristiada y la persecución religiosa, tampoco podemos dejar de decir –aunque no falte quien nos tache de puristas, y qué se le va a hacer– que contiene considerables y notables errores históricos. A casi década y media de distancia, y en plena conmemoración de los primeros cien años de que comenzó el enfrentamiento que le da nombre en español, vale la pena hacer algunas reflexiones.
Hay quien dirá que «son meras licencias cinematográficas», que «tales cambios son necesarios», que «lo importante es el mensaje», que «está bonita y motiva a la defensa de la religión católica» y demás comentarios, la mayoría de ellos bienintencionados. No diremos que son argumentos completamente infundados, porque sí, en efecto, no es lo mismo abordar un tema tan complejo en los libros que hacerlo en un filme de poco más de dos horas; la prosa histórica y los guiones audiovisuales son diferentes y se construyen bajo diversas reglas. No obstante, al mismo tiempo, creemos –y con esto respetamos su derecho a no estar de acuerdo con nosotros– que, si un producto audiovisual se vende y promociona con el eslogan «La historia de México que te quisieron ocultar», y en sí se presenta en todo momento como algo histórico, no se pueden tomar los sucesos y escribirlos como uno quiera. En inglés, el subtítulo es «The true story of Cristiada», es decir, «la verdadera historia de la Cristiada».
Uno de los carteles promocionales de la película en inglés, utilizado para su venta en formato DVD. Fotografía tomada de Amazon.com.mx.
¿Qué pasa cuando nos damos cuenta de que lo mostrado, en numerosos instantes, dista de ser verídico? En todo caso, habría sido más acertado y honesto difundirla como un metraje «basado en hechos reales». Cuando se leen estos vocablos, comúnmente, se acepta de manera tácita que el producto final, aunque inspirado en sucesos que sí pasaron, incluye una significativa porción de ficción y que el guionista, como se dice coloquialmente, le añadió de su cosecha. Hay una divergencia entre una transposición, que es lo más cercano a contar los hechos con la mayor precisión posible… y una adaptación llena de licencias y cambios en la que, a la postre, se diluye categóricamente la línea entre la verdad y la ficción, y en donde lo histórico pasa a segundo término y se juega a placer con los datos. El segundo caso corresponde justamente a Cristiada.
¿Que había que condensar muchas historias en un metraje tan breve, y la labor era, de suyo, titánica y ambiciosa? ¿Que era difícil meter a todos los personajes posibles y tratar de unirlos en una sola línea argumental? Sí, nadie lo niega. Pero cuando uno se entera o sabe:
a) Que San José Sánchez del Río –interpretado por Mauricio Kuri, en su primer papel en la gran pantalla– no conoció ni a Gorostieta, ni a Cristóbal Magallanes –al que le inventan, para colmo, haber venido desde Europa cuando tenía siete años y haber sido fusilado delante del joven Mártir de Sahuayo–, ni a Victoriano Ramírez «el 14», ni al P. José Reyes Vega; y tampoco le dejó su corcel a Victoriano.
b) Que el joven sahuayense no murió a plena luz del día ni con sus padres presentes en primera fila.
A plena luz del día, de acuerdo con este fotograma de la película, Joselito camina hacia su muerte. Lo único que la secuencia muestra con acierto es que, en efecto, le habían desollado las plantas de los pies.Recreación del martirio de San José Sánchez del Río, en el momento en que llega al cementerio. A la izquierda podemos ver a sus progenitores y a su padrino; sin embargo, cuando tuvo lugar el sacrificio del joven, ninguno de ellos estaba presente.Lloroso, Gorostieta sostiene y mira a Joselito, ya sin vida. Es una escena conmovedora… pero, como otras tantas, inventada para la película.
c) Que Gorostieta sí tuvo hijos varones –el primero de ellos en 1923, Enrique Gorostieta Lasaga, quien falleció al año siguiente– y no dos hijas ya mayorcitas –que tendrían que haber nacido, por lo menos, entre 1917 y 1919, por las edades que les ponen–.
Enrique Gorostieta y su esposa Gertrudis junto con sus dos supuestas hijas. La única hija que tuvo aquel matrimonio fue Luz María, nacida en 1928, y a quien el autor de sus días únicamente pudo conocer en fotografía.Plática (que jamás existió) entre San Joselito y Gorostieta. En dicha escena, el segundo le dice al primero: «Nunca tuve un hijo, pero si lo hubiera tenido, me habría gustado que fuera como tú». En la vida real, casi todos los vástagos del general fueron varones (dos de ellos se llamaron Enrique, como él, y el otro Fernando). Fotograma de la película.
d) Que el Beato Anacleto González Flores no fue asesinado de noche ni en la casa de la familia Vargas González, sino a plena tarde en el Cuartel Colorado (Guadalajara). Tampoco había en la casa una mujer de nombre Adriana. Ésta, aunque representa a las mujeres católicas que apoyaron la causa, es un personaje ficticio.
Anacleto González Flores poco antes de ser ejecutado. La versión de Cristiada muestra que lo mataron en la casa donde se ocultaba y de noche.
e) Que San José María Robles Hurtado no era un sacerdote que frisaba la ancianidad ni fue colgado dentro de su iglesia (y menos que luego llegó «el Catorce» para cobrar venganza por su muerte, así como Gorostieta por la de Joselito, y ahorcó al oficial… también en el interior del templo), ni durante el día.
Fotograma que muestra a Victoriano Ramírez descolgando el cadáver del P. José María Robles luego de haber ahorcado al militar callista que ordenó matarlo. Nada de esto sucedió en la realidad.
f) Que el sanmiguelense sí murió en Tepatitlán, pero no en la célebre batalla como el mayor de los héroes, sino dentro de la presidencia municipal y tras haber sido apresado por sus propios compañeros de lucha, bajo la sombra de la envidia y la traición.
Fotograma que muestra los últimos momentos de vida de «el Catorce» según la representación (nada acorde a los hechos) del filme.
g) Que el P. Vega no murió en la Hacienda del Valle el mismo día que Gorostieta, sino en Tepatitlán, el 19 de abril de 1929. Esto es, más de dos meses antes de que mataran al regiomontano (2 de junio del mismo año).
Gorostieta y el P. Reyes Vega resistiendo, lado a lado, la emboscada final en la Hacienda del Valle. En la realidad, el clérigo ya había muerto en la batalla de Tepatitlán, casi dos meses y medio antes.
h) Que Rafael Picazo, aunque sí era padrino de Joselito, no era el alcalde de Sahuayo sino diputado federal, y tampoco estuvo presente cuando fue ultimado su ahijado…
En fin, un largo etcétera, con el cual sí saltan a la vista las alteraciones conscientes, intencionadas –porque basta analizar las fuentes que existían en aquel momento y, siendo tantas, no puede tratarse de una mera equivocación– y hasta novelescas que se hicieron para escribir el guion. Quienes esto escribe profesa la religión católica y sabe disfrutar un largometraje sobre un tópico que le apasiona, mas no deja de ser historiadora, con el rigor que ello implica y que a veces puede ser tan poco grato para algunos. ¿Por qué quitar al público la satisfacción, por ejemplo, de que los torturadores de San Joselito pagan con su vida el haber asesinado al adolescente con tanta alevosía y crueldad? ¿Por qué empañar la parte en la que Gorostieta, deshecho en llanto, saca el cuerpo inerte del chico de la fosa y le estampa un afectuoso beso en la frente, para en seguida entregarlo a su madre? En medio de lo desgarrador, resulta reconfortante presenciar que aquel crimen tuvo, al menos, alguna consecuencia para quienes lo cometieron. Pero así no fue.
Con esto, empero, no decimos que la película nos desagrade enteramente o que esté fea, o que desaconsejemos verla (igual ese no es nuestro papel, cada quien puede ir al cine y dedicar su dinero, tiempo y atención a la producción que le guste, al margen de lo que comenten terceros). En el ámbito técnico y fotográfico, la realización es muy buena, y lo mismo podemos afirmar de los vestuarios, utilería y –en términos generales, porque también hay excepciones, como la de Rubén Blades como el presidente Plutarco Elías Calles– caracterización de los diversos personajes. La ambientación y los efectos especiales son otro aspecto destacado.
De igual modo, Cristiada da una idea vívida y global sobre la persecución religiosa y representa de forma adecuada, y aun emocionante, aspectos como la expulsión de eclesiásticos extranjeros, la suspensión de cultos y la concurrencia masiva de la gente para recibir los Sacramentos por última vez, la actuación de las heroicas e intrépidas Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco, el boicot económico –aunque no fuese idea de un mero transeúnte, como lo ilustra la película, sino que ya se había intentado con éxito en Jalisco en la segunda mitad de 1918 y en los albores de 1919– y las manifestaciones pacíficas en plena calle, la atroz represión ejercida contra los civiles y contra cualquiera que fuera sospechoso de ayudar a los cristeros, tanto en el campo como en las poblaciones y ciudades, y los ataques contra quienes asistían al Santo Sacrificio de la Misa y las diversas profanaciones y sacrilegios que perpetraba la soldadesca. La música del finado James Horner, por otro lado, dota de emotividad, sobrecogimiento o tensión –según sea el caso– las diversas escenas.
Incontables parejas acudiendo a recibir el Sacramento del matrimonio ante la inminencia de la suspensión del culto público. Fotograma de la película Cristiada (2012).Las filas interminables de penitentes que, en los últimos días de julio de 1926, acudieron en masa a las iglesias para reconciliarse con Dios. Fotograma de Cristiada (2012).Llegada de un grupo de mujeres de las Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco a un campamento cristero para entregar los pertrechos y víveres.Fotograma que recrea, al dedillo, una conocida fotografía en la que cadáveres de cristeros penden de los postes de telégrafo a lo largo de la vía del tren.
Claro que, si lo que el lector busca o espera es ver es una obra muy fiel y apegada a los acontecimientos, «Cristiada» no es ese tipo de material. Y es lamentable, porque no faltó presupuesto y en la primera década de este siglo ya existían fuentes y documentación suficientes para crear un filme donde los vocablos «la verdadera historia» o «la historia que te quisieron ocultar» no se quedaran en eso, meras palabras.
Las opiniones aquí planteadas no tienen que ser las de quien lea este escrito, y viceversa. Sólo estamos tratando de ser objetivos y de atenernos a las exigencias de la disciplina histórica. Así es el oficio del historiador, aunque en ocasiones dé la impresión de que existe únicamente para arruinar o echar por tierra la ilusión de los espectadores de una película como la que nos ocupa.
Dicho esto, para quien lo desee, la opción de disfrutar el reestreno está abierta.
Centenario de la entrevista de la última oportunidad entre los obispos Leopoldo Ruiz y Pascual Díaz y el presidente Calles (21 de agosto de 1926)
Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo
Hoy se cumplen cien años de la llamada «entrevista de la última oportunidad», celebrada entre los prelados Leopoldo Ruiz y Flores y Pascual Díaz y Barreto, y el primer mandatario mexicano Plutarco Elías Calles. El encuentro tuvo lugar en el castillo de Chapultepec, casi tres semanas después de la publicación de la tristemente célebre Ley sobre delitos y faltas en materia de culto religioso y disciplina externa, la “Ley Calles”, en el Diario Oficial de la Federación.
Fotomontaje alusivo al título de la entrada. Al centro, Plutarco Elías Calles; a la izquierda, Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores; a la derecha, Monseñor Pascual Díaz y Barreto. Al fondo, el castillo de Chapultepec, donde se celebró la entrevista. Edición de imagen hecha por la autora.
Desde dos días antes, el 19 de agosto, Calles había enviado esta contestación a una carta enviada por el Comité Episcopal Mexicano el día 16:
Señores José Mora y del Río y Pascual Díaz. Presentes:
Me refiero a su oficio de fecha 16 del presente, por el que en uso del derecho de petición que establece el Artículo 8 constitucional, solicitan del ejecutivo de mi cargo que interponga su influencia “para que sean reformados de la manera más efectiva” los artículos constitucionales que consideran ustedes contrarios a sus intereses, así como las prescripciones penales con que se les ha sancionado, y que, “en tanto se logra esta reforma”, se suspenda la aplicación del decreto relativo a dichas sanciones penales y de los mismos artículos de la Constitución, de modo se cree “una situación de tolerancia” contraria a las leyes.
Como la facultad de iniciar leyes o decretos compete, como lo señala el Artículo 71 de la Constitución, al presidente de la República, a los diputados y senadores, al Congreso de la Unión y a las Legislaturas de los estados, han ejercitado ustedes correctamente su derecho de petición al dirigirse a uno de los capacitados para iniciar leyes; pero debo decirles, con toda sinceridad, que soy el menos adecuado para atender esa petición, y para iniciar las derogaciones y reformas constitucionales que se solicitan, porque los artículos de la Constitución que se impugnan se hallan en perfecto acuerdo con mi convicción filosófica y política, por lo que no puedo ser yo quien presente ni apoye ante el Congreso General una iniciativa semejante (INEHRM, 2026).
La puerta de la negociación ya estaba cerrada, pero los obispos Pascual y Leopoldo –los mismos que en su momento dialogaron con Emilio Portes Gil– insistieron en tocarla una última ocasión y decidieron tratar de hablar personalmente con Calles. Eran, como se dice coloquialmente, las últimas brazadas de ahogado. Con ellas, ambos eclesiásticos buscaban evitar a toda costa la guerra que se cernía sobre el país de forma irremisible. Eso no obstaculizó, empero, que exageraran su postura conciliadora. En palabras del mismo Jean Meyer, «fueron muy lejos: protestaron de su respeto y de su amor por el presidente. Exaltaron su “labor gran diosa digna de todo elogio”, lo felicitaron por su “ecuanimidad” y por su “firmeza”. Presentaron disculpas, pidieron perdón, aceptaron críticas hasta poco fundadas; llegaron a decir que “nuestro pueblo es ignorante” y sus sacerdotes también» (s. f., pp. 109-110).
Plutarco Elías Calles, presidente de México.
Citamos, sólo como ejemplo, las palabras con las que Monseñor Leopoldo inició la entrevista:
“Mucho agradecemos a usted Sr. Presidente, que se haya dignado recibirnos; para nosotros esta entrevista tiene una gran trascendencia, porque esperamos de ella magníficos resultados; muchos deseos teníamos de hablar con toda liber tad con usted. […] Usted señor, hizo declaraciones magníficas a la prensa americana en que decía no saber por qué nosotros habíamos puesto el grito en el cielo —esta es la idea, de las palabras no respondo que sean iguales—, porque se obligaba al sacerdote a que se inscribiera cuando esto no obedecía sino a cuestiones de estadística. Ojalá que hubiéramos conocido esto antes pues en este caso ninguno de los obispos hubiéramos puesto resistencia” (pp. 111-112).
Incluso habiéndose conducido de esa manera, sin duda contradictoria con la posición categórica de la vehemente Carta Pastoral en la que decretaron la cesación del culto público y de cualquier acto litúrgico que requiriera la presencia de un presbítero, Calles no cejó. Con verdad, les dijo a ambos prelados: “Estamos perdiendo [el tiempo] inútilmente. Yo no me saldré del camino que ya está marcado por la ley” (p. 135).
Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores. Imagen: Arquidiócesis de León.
En cierto momento de la entrevista, ostensiblemente airado, el presidente incluso acusó falsamente a los sacerdotes de Sahuayo de haber soliviantado a la gente y les imputó los acontecimientos del 4 de agosto de 1926, cuando la gente, enardecida, se enfrentó a la milicia federal para tratar de impedir que los templos fueran clausurados:
Monseñor Pascual Díaz y Barreto. Imagen: DeTabascosoy.com
“Con respecto a la actitud del clero dentro del país, es bien sabido que ha estado incitando a la rebelión; entre ese clero están los sacerdotes de Saguayo, y con toda sinceridad les digo que si esos sacerdotes llegan a ser aprehendidos por las fuerzas federales serán fusilados porque son responsables de haber institado (sic) a la rebelión causando derramamiento de sangre. Ellos son los directamente culpables de los acontecimientos acaecidos en Saguayo, en que perdieron la vida varios hombres” (p. 113).
Desde aquel momento, cuando el movimiento cristero se hallaba aún en ciernes, el nombre de la actual Capital de la Ciénega, a la sazón Sahuayo de Díaz, ya resonaba con intensidad. Cabe decir que, al preguntar el Obispo de Zamora al párroco de Santiago Apóstol, D. Pascual Orozco, sobre los sucesos, éste dijo que los presbíteros locales no tomaron parte en la reyerta y que, por el contrario, uno de ellos había recibido una bala perdida en la pierna, hallándose fuera de su casa: el P. Ignacio Sánchez Sánchez (tío carnal de San José Sánchez del Río).
Plaza de Sahuayo de Díaz en 1924, dos años antes de los sucesos de agosto de 1926. Instantánea perteneciente al Archivo fotográfico Guerrero.
Las disposiciones apaciguadoras de Díaz y de Flores contrastaron sin cesar con el ánimo incisivo de Calles. A cada propuesta mansa e incluso condescendiente de los primeros, el general sonorense replicaba con acritud. Llegó el punto en el que Pascual Díaz, quizá viendo que los minutos corrían y no se obtenía nada fructífero, expresó:
“Ya le hemos manifestado con toda sinceridad que no es cuestión de amor propio; nosotros estamos dispuestos a sacrificarlo todo menos nuestros principios” (p. 136).
Y Calles impugnó que ellos no querían sacrificar los suyos, pero sí que el gobierno renunciara a los propios.
“No, señor” contestó el obispo de Tabasco, “no le decimos que sacrifique sus principios pero sí tratamos de encontrar una manera de que nosotros podamos cumplir esa ley sin faltar a nuestros principios y sin desdoro del Gobierno. Así es, pues, que suplicamos al señor Presidente de la manera más respetuosa que por el momento espere” (p. 136).
¿A qué, se preguntará el lector? El mismo Calles les lanzó la interrogante a los prelados. Y la respuesta fue: “a suspender los efectos de esa ley” (la Ley Calles).
El resultado, como ya se sabe, no fue positivo, sino todo lo contrario: el presidente, tan tajante como siempre, les dijo a los prelados que no tenía intención alguna de modificar las leyes y que sólo tenían dos alternativas: tratar de modificarlas o recurrir a la rebelión:
“Ya les he dicho ustedes no tienen más que dos caminos: sujetarse a la Ley, a la Ley, pero si ésta no está de acuerdo con sus principios, lanzarse entonces a la lucha armada y tratar de derrocar en esta forma al actual Gobierno, para establecer uno nuevo que dicte leyes que armonicen con la manera de pensar de ustedes; pero para este caso les repito que nosotros estamos suficientemente preparados para vencerlos” (pp. 136-137).
En efecto, y como se los dejó claro en diversos puntos de la conversación, el régimen callista mantendría las legislaciones vigentes en materia religiosa. Y la jerarquía eclesiástica, al menos en ese instante, tampoco transigiría: ni los cultos, suspendidos desde el domingo 1° de agosto a raíz de la Carta Pastoral Colectiva del 25 de julio, se reanudarían, y los sacerdotes tampoco se registrarían ante las autoridades para ejercer legalmente su ministerio.
La historia que siguió a aquel fracaso diplomático ya se conoce a estas alturas. Una vez agotados todos los recursos pacíficos y legales, los levantamientos espontáneos de pequeños grupos de católicos continuaron. Al mismo tiempo, los efectos del boicot económico impulsado por la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR), émulo del que ya se había llevado a cabo en Jalisco en 1918 bajo la guía y acicate de líderes católicos prominentes –entre ellos el hoy Beato Anacleto González Flores– se dejaban sentir con intensidad, aunque no la suficiente para doblegar al gobierno y orillarlo y a modificar los artículos antirreligiosos y anticlericales de la Carta Magna.
Eso sin contar que, desde hacía tres semanas, tras la suspensión del culto público a nivel nacional, ya se habían producido reyertas en diversos puntos del país, entre ellos la Capilla de Jesús y el Santuario de Guadalupe en Guadalajara, en Cocula (Jalisco) y en Sahuayo de Díaz, como ya se ha abordado en otras entradas.
No está de más afirmar que, una vez que la Cristiada estalló formalmente, y planteado el tema de la licitud moral de la resistencia cristera, las palabras del presidente en cuanto a los caminos a tomar ante la persecución y el conflicto fueron traídas de nuevo a colación. Si alterar los artículos constitucionales por la vía legal había fallado, con manifestaciones pacíficas y demás tácticas incluidas, y a la luz de los aciagos acontecimientos, los católicos mexicanos creyeron que el único sendero que quedaba fue, justamente, el señalado por el político de Guaymas.
Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo
En el mes de mayo de 1921, específicamente el día 8, hace poco más de ciento cinco años, un grupo de militantes bolcheviques irrumpió en la Catedral de Morelia y dañó a cuchilladas una imagen de la Santísima Virgen de Guadalupe.
Fotomontaje alusivo al contenido del presente artículo, en el que se muestra la imagen que fue profanada por los socialistas el 8 de mayo de 1921. En la mitad inferior derecha se aprecia la Catedral de Morelia. Edición realizada por la autora.
Antes de perpetrar aquel acto sacrílego, los atacantes izaron la bandera rojinegra en lo alto del sagrado recinto. Al igual que hizo Miguel Gómez Loza en Guadalajara –véase la entrada Cuaresma roja en Guadalajara, en esta misma página–, un obrero llamado Joaquín Cornejo tuvo la valentía de subir y quitarla, y posteriormente quemarla. En la iglesia principal de la capital michoacana no ondearía aquel lábaro.
Enfurecidos, los socialistas exigieron a Maximiliano López, sacristán, que les dijera quién había arrancado la enseña rojinegra. No consiguieron contestación, por lo que amenazaron e injuriaron a López. Éste, lleno de temor por el daño que pudieran infligirle, creyó poder refugiarse en la Catedral… pero fue seguido por los bolcheviques, quienes no sólo irrumpieron en el inmueble religioso sin respeto alguno, sino también en la Capilla del Sagrario. Allí se hallaba, sobre la pared, la imagen de la Morenita. Con odio y rabia desbordados, los socialistas dañaron la imagen a cuchilladas y abrieron dos profundas rasgaduras en la sección inferior. Una perjudicó parte del marco y la media luna, yendo hacia la figura del ángel que sostiene a la Reina del Cielo.
Cuatro días después de lo ocurrido, justamente airados, los católicos llevaron a cabo una manifestación a fin de externar, pública y categóricamente, su devoción a la Morenita del Tepeyac y protestar por los acontecimientos del 8 de mayo. Cabe decir que el día 11 habían proyectado hacer una peregrinación, pero los agentes policiales lo impidieron alegando que constituía una violación del artículo 24 de la Constitución Política, en el cual, textualmente, se leía:
Todo acto religioso de culto público deberá celebrarse precisamente dentro de los templos, los cuales estarán siempre bajo la vigilancia de la autoridad (1917, pp. 23-24).
Catedral de la ciudad de Morelia, donde los socialistas izaron su bandera en mayo de 1821. En su interior se encontraba la imagen de Santa María de Guadalupe que profanaron posteriormente.
Las autoridades del gobierno del Estado de Michoacán, a la sazón encabezado por Francisco J. Múgica, connotado anticlerical y jacobino, no permitieron que la manifestación se efectuara de modo pacífico. Por el contrario, a fin de dispersarla y acallar los continuos vítores a Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe que proferían los fieles, la policía y los soldados abrieron fuego contra la multitud inerme. De nada valió que un hombre llamado Julián Vargas encarara al jefe de la policía y externara que, como ciudadanos de un país libre, tenían el derecho –siempre y cuando no trastocaran el orden público– de manifestar de alguna forma su descontento por los agravios cometidos contra la imagen.
Varios fieles murieron –cuatro varones y dos mujeres– y otros tantos quedaron lesionados por los proyectiles. Los caídos fueron Julián Vargas, Rómulo González Figueroa, Felipe López, el ya mencionado Joaquín Cornejo, Crescenciana Cerrillos y María González.
La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe fue restaurada al cabo de un tiempo, por lo que las huellas de las puñaladas apenas son visibles. Actualmente se resguarda en la Rectoría de Santa Catalina de Siena, llamado el templo de “Las Monjas”, en la misma ciudad de Morelia. Allí mismo fue coronada, el 12 de diciembre de 1945, por Monseñor Luis María Altamirano y Bulnes.
Rectoría de Santa Catalina de Siena («Las Monjas») en Morelia. Aquí se resguarda la imagen de la Virgen de Guadalupe que los socialistas apuñalaron, ya restaurada.
Analisís de un libro por Eduardo Soriano Suverney.
Novela y Narrativa Histórica México
En la nostalgia del «hubiera» y el «quizá» de los que lo apoyaron hasta con su vida en la lucha cívica por un México mejor, gobernado por él, es todavía polémico porque, acaso hay una memoria más popular e impopular, más pletórica de opiniones a favor o animadversión, que suscita pasiones más encontradas que su figura? La historia de la Revolución entre 1909 y 1940 recordará que ciertamente fue uno de sus personajes más singulares y controvertidos.
Juan Andreu Almazán de Josefina Moguel Flores
12 de Mayo, aniversario del natalicio de Juan Isidro Andreu Almazán. Fue bautizado en Olinalá, Guerrero, el 15 de mayo de 1891. Su padre apuntó en su libreta que Juan había nacido el 12 de mayo a las 9 de la noche. Almazán condensa en su persona las contradicciones de la Revolución Mexicana: épica y vergonzosa a la vez. En efecto, es el ejemplo más representativo del hombre cuya astucia le permitió sobrevivir a la Revolución y vivir de ella, pasando por encima de ideales y causas nobles. Sin importar sus constantes cambios políticos, sus vaivenes y coqueteos con las más dispares posiciones ideológicas —fue maderista, huertista y zapatista—, sus aspiraciones personales lo condujeron, incluso, a ser candidato a la presidencia compitiendo contra el general Manuel Ávila Camacho.
El general de división luchó treinta años como revolucionario, guerrillero, rebelde, jefe de insurrectos y general del Ejército Nacional en diversas e increíbles condiciones. Su presencia como rebelde entre 1910 y 1919, y como sostén del Estado nacional entre 1920 y 1939, denotan el malabarismo que tuvo que ejercitar para sobrevivir a los distintos «ismos» revolucionarios a los que perteneció: como perdedor y vencedor, o bien como antihéroe y etiquetado de “traidor”, pero innegablemente siempre cubierto con el uniforme militar, luchando por lo que, a su entender, era hacerlo por la Revolución.
Paradójicamente, Almazán ha trascendido por su fama de demócrata al haber sido despojado de la presidencia mediante un monumental fraude electoral. Una vez que decidió no encabezar la lucha armada en reclamo del Ejecutivo, no tuvo más remedio que vivir bajo el juicio de sus compatriotas. «No derramar sangre»: en esto se resume su actuar. Posteriormente, resentiría la pérdida de varios negocios, especialmente la del Ferrocarril del Sureste, así como la incautación gubernamental de propiedades en Acapulco y la Ciudad de México. Sin embargo, tuvo la valentía de permanecer en el país y proseguir su vida, eso sí, como él mismo se definió: “paria en su patria”. En sus últimos años, el «almazanismo» se desvaneció como un eco de lo que pudo haber sido una transición democrática temprana. El general se convirtió en una figura espectral que cargaba con el estigma de la derrota y el peso de una riqueza que no pudo comprarle el reconocimiento histórico que tanto anhelaba. Al final, su figura queda suspendida en el claroscuro de la historia: para unos, un traidor pragmático que vendió su movimiento a cambio de paz; para otros, el hombre que evitó una nueva guerra civil. Murió el 9 de octubre de 1965 por complicaciones postquirúrgicas; persiste, hasta hoy, el rumor de que su muerte pudo haber sido provocada.
Francisco Gabriel Montes Ayala / Francisco Jesús Montes Vázquez.
Muchos hombres de Sahuayo se habían unido a los cristeros de los Altos, en los primeros meses de los levantamientos en Jalisco en 1926; Sahuayo había sido uno de los pueblos en todo México, que se levantaron contra la determinación de la aplicación de la ley Calles. Los sacerdotes de Sahuayo determinaron cerrar los templos atendiendo la petición del episcopado mexicano de concluir el culto, como modo de protesta ante la aplicación de tal ley.
El mismo Calles en una entrevista con Leopoldo Ruiz y Flores y con don Pascual Díaz en el Castillo de Chapultepec, menciona a Sahuayo y el motín del 4 de agosto, lo que suscitó una serie de documentos enviados en una investigación especial, para evitar, que se quitara de la cabeza del mandatario, que dos sacerdotes habían incitado a la rebelión; Calles había sentenciado de antemano a los dos curas, que creemos eran Ignacio Sánchez y Alberto Navarro, cuando dijo “He dado orden que se fusilen donde quiera que se les encuentre”[1]. Los informes tanto del Obispo Fulcheri de Zamora, como del presidente municipal Ismael L. Silva, dejaron en claro que no participaron los sacerdotes en el motín. Sahuayo estaba en la mira desde los primeros días de la desobediencia católica.
Los primeros alzamientos en la región de la ciénega se dan en diciembre de 1926, cuando el ex zapatista Pancho Meza Gálvez, se levanta en la zona de Jaripo y San Antonio Guaracha; en el estado también la cristera sería un bastión tan o más poderoso que Jalisco. Miles de documentos comienzan a fluir en la Secretaría de Guerra en levantamientos en el 90% de los municipios de Michoacán de aquel tiempo. Desde Huetamo hasta Coalcomán, desde la tierra caliente a la sierra michoacana, Uruapan y su región, Los Reyes y Cotija, las tres regiones purépechas; la zona de Pátzcuaro, Quiroga, hasta el lago de Cuitzeo, el valle de Zamora, La Piedad, Zacapu y su región, son teatro de levantamientos y todo más, cerca de Morelia. Surgen jefes cristeros en todos los rumbos desde enero de 1927. Cotija se alza en armas el 7 de marzo y atacan en dos columnas, una de Prudencio Mendoza que toma la población de Cotija, despojando a los federales de armas y pertrechos; la otra atacando Los Reyes bajo el mando del general Maximiano Barragán.
Los primeros alzados sahuayenses que formalizaron su levantamiento fue la gente de Gerónimo González, que el 4 de abril de 1927 se fueron al cerro; aunque otras fuentes como el propio Sánchez Ramírez, en sus memorias dice que fue el 27 abril, lo cierto que los primeros cristeros en grupo habían salido ese mes al Montoso, para entrevistarse con Prudencio Mendoza, que ya operaba como jefe del levantamiento entre Cotija y Quitupan.
En esos días de abril, Ignacio Sánchez Ramírez, era nombrado general por la Liga, por el ingeniero Luis Segura Vilchis en México, a donde había acudido por pedido de Anacleto González Flores. Así que el mando del sector I fue para el general Sánchez Ramírez, un hombre de tan solo 26 años de edad. Aunque no hubo una respuesta favorable para él, lo rechazaron los jefes cristeros de Cotija, principalmente Prudencio Mendoza, que consideró que “un chamaquito no lo iba a mandar a él”, sin embargo, el general sin ejército se va para Quitupan y allí comienza el alzamiento al llamar a todos los grupos dispersos a la autoridad del control militar de la Liga Nacional de la Defensa Religiosa.
El siguiente levantamiento fue en Cojumatlán, según informes oficiales, la defensa de ese lugar con 40 hombres se apoderaron de todo el material de guerra y se habían declarado por la cristera así como pobladores de aquella comunidad, e informan al secretaría de guerra el 9 de julio, que un día antes se habían levantado, es decir el día 8; dos días después se alzan los de San José de Gracia[2].
Pero Sahuayo parecía intocable, habían atacado ya varios pueblos, hasta que Sánchez Ramírez decide tomar su pueblo natal con sus fuerzas y se concentran en atacar la plaza donde solo había defensa civil y algunos militares, dependientes de Jiquilpan.
Continuará
[1] Entrevista de Calles, con los Obispos el 21 de agosto de 1926, publicado por Consuelo Reguer en Dios y Mi Derecho tomo I Los incios 1923-1926 editorial Jus, página 174.
[2] ADN, Operaciones Militares, exp. 1927-51 documentos relativos a los alzamientos 8621 a 8649 clasificación digital del AHP-FGMA.
Breve semblanza de Monseñor José Amador Velasco, Obispo de Colima durante la Cristiada
Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo
Retrato de Monseñor José Amador Velasco (1856-1949) en sus primeros años como Obispo de Colima. Imagen mejorada y editada por la autora.
Su nombre brilla con esplendor al lado del de Monseñor Francisco Orozco y Jiménez, el V Arzobispo de Guadalajara. Ninguno de los dos abandonó a los fieles que les habían sido encomendados. Poniendo el ejemplo a sus sacerdotes, optaron por ocultarse y seguir impartiendo los consuelos de la religión, con grave riesgo de su vida. Su nombre era José Amador Velasco y Peña.
Naturalmente, el prelado originario de Zamora que tuvo a su cargo la Diócesis de Chiapas y la Arquidiócesis tapatía es mucho más conocido. El día de hoy, en honor a la justicia, le dedicaremos un espacio a su contraparte originaria de Jalisco pero que, por disposición de la Providencia y de la Santa Sede, dirigió la Diócesis de Colima.
Nuestro personaje vino al mundo en Villa de la Purificación, Jalisco, el 30 de abril de 1856. Sus padres fueron Ricardo Velasco Michel y María Eduarda Peña y Bracamontes. Recibió el Sacramento del Orden Sacerdotal el 12 de noviembre de 1879 a los veintitrés años.
Villa de la Purificación, Jalisco, patria chica de Monseñor José Amador Velasco. Fotografía de México desconocido.
Una vez como presbítero, impartió clases en el Seminario Conciliar Tridentino de Colima. Fue vicerrector entre abril/mayo de 1886 y abril de 1889, año en que ascendió en la jerarquía del plantel y fue designado rector. Trabajó como tal hasta el 2 de diciembre de 1895. Al acabar ese año, fue nombrado párroco de Autlán de Navarro. Al frente de dicha parroquia, lleno de celo, aprovechó para erigir la vicaría de Tonaya. En 1900 se le dio el cargo de vicario general de la Diócesis colimense.
El 30 de julio de 1902, el Papa León XIII –autor de la célebre «Rerum Novarum»– le encomendó esta jurisdicción eclesiástica, convirtiéndose en su IV Obispo y en sucesor de Monseñor Atenógenes Silva. Fue consagrado el 30 de agosto de 1903 por el IV Arzobispo de Guadalajara, José de Jesús Ortiz, predecesor de Francisco Orozco y Jiménez. Ese mismo año, el 4 de octubre, colocó y bendijo la primera piedra de la flamante parroquia de San Francisco de Almoloyán (actualmente templo parroquial dedicado al Seráfico Padre y situado en el centro de Villa de Álvarez, Colima).
Al frente de su Diócesis, Monseñor Amador Velasco enfrentó los convulsos y terribles años de la Revolución Mexicana. Esto no le impidió tratar de velar por los suyos. En diciembre de 1912, justo en la Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe, instituyó el primer cabildo de la Catedral de Colima.
Juan José Ríos, gobernador de Colima entre 1915 y 1917, quien desterró del Estado a Monseñor Amador Velasco. Mejora y edición de imagen hechas por la autora.
Sin embargo, aquella calma no duraría mucho, pues llegó al punto de ser desterrado en 1915 por disposición del gobernador Juan José Ríos, perteneciente al bando constitucionalista –quienes, como hemos visto en otras entradas, eran famosos por su animadversión contra el clero y, en general, contra el catolicismo–.
De modo particular, Monseñor Amador vivió en primera línea el recrudecimiento de la persecución religiosa en la década de los 20’s, máxime a partir de 1926. Al imponerse en marzo una legislación que limitaba el número de sacerdotes en Colima y exigía que se registraran como empleados del gobierno, el prelado se rehusó, junto con sus sacerdotes, a acatar la disposición.
He aquí un fragmento de la carta que envió Monseñor a las autoridades de Colima, encabezadas por Francisco Solórzano Béjar:
Delante de Dios y de todos mis amados diocesanos, declaro también que antes quiero ser juzgado con dureza por aquellos que sobre este delicadísimo asunto han provocado mi actitud, que aparecer lleno de oprobio y vergüenza en el tribunal del Juez Divino, y merecer la reprobación del Supremo Jerarca de la Iglesia… reitero a ustedes de la manera más formal mi inconformidad con el decreto por el cual la autoridad civil del estado de Colima se permite legislar sobre el gobierno eclesiástico de mi diócesis… (citado en Meyer, 1980, pp. 248-249).
El 5 de abril de 1926 hubo una manifestación multitudinaria en la capital de Colima. La gente exigió la revocación del decreto y, eventualmente, los hechos tomaron un cariz violento: los policías, vestidos de paisano, atacaron a tiros a los manifestantes. Hubo al menos siete muertos.
Ante la negativa del gobierno a dar marcha atrás en las leyes antirreligiosas, el prelado tomó la determinación de suspender el culto en toda la entidad. Lo mismo había hecho Monseñor Orozco y Jiménez en 1918 en Jalisco. Esto tuvo lugar el 7 de abril, la fecha límite que Solórzano Béjar había fijado como límite para que los clérigos se registraran.
Todo el pueblo colimote se volcó en un programa de luto y penitencia, aunado a la ya conocida táctica del boicot económico que, en los lares jaliscienses, tan buenos resultados había producido. Los estragos no tardaron en notarse, y el gobierno planteó la posibilidad de atenuar las leyes “con tal de que se reanudara el culto” (Meyer, 1980, p. 251). Pero Monseñor Velasco, desconfiando de las promesas meramente verbales del régimen, se negó. Cualquier intento de moverlo a capitular fue infructuoso. Ni siquiera tuvo éxito la tentativa de lograr que Monseñor Francisco Orozco interviniera. “Yo, por mi parte, pido a Dios que cuando me llegue la ocasión, sepa guardar la gallarda actitud del Sr. Obispo de Colima” relata el P. Enrique de Jesús Ochoa Santana, el famoso “Spectator” (1961, p. 73).
El obispo oriundo de Villa de la Purificación se retiró a Tonila, en territorio de Jalisco pero perteneciente a la Diócesis de Colima, y allí atendía a los fieles. El culto público, al menos en ese lugar, continuó como de costumbre.
En Colima, mientras tanto, los presbíteros y el resto de los seglares tampoco aceptaron negociar.
En efecto, tal como explica Jean Meyer (1980),
En Colima, el gobernador encontró la resistencia del clero, y su perseverancia no obtuvo otra cosa que la movilización de los católicos y una decisión que explica la importancia que adquirió el alzamiento cristero en esta región (p. 252).
En julio de 1926, el Episcopado mandó que en las iglesias de toda la República ya no hubiera ninguna función litúrgica en la que fuera precisa la intervención de un presbítero. Fue replicar, en el resto del país, lo que ya se había puesto en práctica en Colima.
Ante esta situación, Monseñor José Amador fue, junto con el Arzobispo de Guadalajara, el único Obispo mexicano que siguió atendiendo espiritualmente a sus feligreses, aun a salto de mata, con gran riesgo de su vida. A pesar de ser ya septuagenario, visitaba rancherías y se ocultaba donde fuera posible, todo para continuar administrando los Sacramentos. Jean Meyer lo corrobora al afirmar que “Durante tres años […], burlaron los esfuerzos que por descubrirlos hacía el gobierno y administraron sus diócesis, sin ser denunciados jamás, protegidos por un pueblo entero” (1980, p. 358). Porque, nos dice el mismo autor, “fueron también los únicos que siguieron una política inquebrantable: echarse al campo para compartir la suerte de su grey y subvenir a sus necesidades, aguardar a que Roma decidiera y obedecer sin réplica” (p. 348).
Leamos lo que nos dice sobre él el P. Enrique de Jesús Ochoa:
Fue al terminar el otoño, acercándose ya los días del invierno, cuando el amado Pastor de la grey colimense, el Excmo. Sr. Dr. D. José Amador Velasco, abandonó los poblados para remontarse a las abruptas serranías de su Diócesis, allá por el lado oriente, colindando con Michoacán. Contaba entonces (con) 70 años de edad. Delicado, enfermo, lleno de achaques, el virtuoso Obispo de Colima Mons. Velasco se formó el propósito de no abandonar a sus hijos, aunque le costara la vida (1961, p. 98).
Monseñor Amador vivió justo veinte años después de que la Guerra Cristera acabara oficialmente. Falleció el 30 de junio de 1949 en Colima, capital del Estado homónimo, y fue sepultado en la Catedral de la misma ciudad. Tenía noventa y tres años. Su sucesor fue Monseñor Ignacio de Alba.
Joel Robert Poinsset, penitenciario de EUA en México.
La narrativa de la historia, podrá tener versiones variadas, de acuerdo a la ideologización o politización que el sistema impone. Pero algo que es tan cierto en la Historia de México, es el intervencionismo de nuestros vecinos del norte; en este libro que se concluyó en 1951, el historiador, José Fuentes Mares, 𝗣𝗼𝗶𝗻𝘀𝘀𝗲𝘁, 𝗵𝗶𝘀𝘁𝗼𝗿𝗶𝗮 𝗱𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝗴𝗿𝗮𝗻 𝗶𝗻𝘁𝗿𝗶𝗴𝗮, es una prueba documental, de que nuestros vecinos, desde los tiempos de la independencia, fueron quienes impulsaron aquellos movimientos independentistas en América del sur; luego la copia exacta de la constitución norteamericana, sería transcrita en 1824 para México.
𝗝𝗼𝗲𝗹 𝗥𝗼𝗯𝗲𝗿𝘁 𝗣𝗼𝗶𝗻𝘀𝘀𝗲𝘁, fue el artífice de la aplicación del «destino manifiesto» en México, con la formación de un «partido americano», camuflado como partido liberal, como lo reconoce él mismo, en informes oficiales, para que en 1847, México perdiera sus territorios del norte, con la complicidad de muchos que hoy son héroes y estatuas de bronce, producto de la narrativa política, manipulada, perversa; desde aquel entonces, se convirtió el pobre México, en el «patio trasero» de la potencia norteña.
La historia sirve para entender el presente, pero predecir, si es posible, el futuro. Documentos como este que nos presenta Fuentes Mares, nos enseña que este país, cumple con aquella frase famosa del presidente Díaz, «𝗽𝗼𝗯𝗿𝗲 𝗠𝗲́𝘅𝗶𝗰𝗼, 𝘁𝗮𝗻 𝗹𝗲𝗷𝗼𝘀 𝗱𝗲 𝗗𝗶𝗼𝘀 𝘆 𝘁𝗮𝗻 𝗰𝗲𝗿𝗰𝗮 𝗱𝗲 𝗘𝘀𝘁𝗮𝗱𝗼𝘀 𝗨𝗻𝗶𝗱𝗼𝘀» y sigue la mata dando hasta el día de hoy.
Las palabras de Moctezuma Xocoyotzin de la imagen se registran en la obra Monarquía Indiana de Juan de Torquemada y muestran claramente que Tlaxcala y Tenochtitlán no eran una sola nación, ni tenían ningún tipo de filiación o asociación política. Tenochtitlán ansiaba conquistar y someter a todos los pueblos mesoamericanos y exigir tributo para continuar engrandeciendo la ciudad: «el gran señor de Mexico era señor universal de todo el mundo y que todos los nacidos eran sus vasallos y que como a suyos los había de reducir a sí, para que le reconociesen por señor; y que los que no le quisiesen reconocer por tal, dándole la obediencia por bien, que los habia de destruir y asolarles las ciudades hasta los cimientos y poblarlas de otras gentes; por tanto que procurasen de tenerle por señor y sujetársele, pagándole tributo y pecho como las otras provincias lo hacían; y que si por bien no quisiesen hacerlo iria sobre ellos y los destruiría». (1) Cuando pidieron a los señores tlaxcaltecas someterse al poder imperial de Tenochtitlán, ellos respondieron: «Señores muy poderosos, Tlaxcala no os debe vasallaje, ni desde que salieron de las siete cuevas, jamás reconocieron con tributo ni pecho a ningún Rey ni Príncipe del Mundo, porque siempre los Tlaxcaltecas han conservado su libertad; y como no acostumbrados a esto, no os querrán obedecer, porque antes morirán que tal cosa suceda» (2) ¿Los tlaxcaltecas eran el único pueblo que se negó a someterse a Tenochtitlán? ¿Todos los demás pueblos estaban conformes bajo el yugo tenochca? No. Muchos pueblos se negaban a someterse a Tenochtitlán. Tlaxcala sirvió de refugio para aquellos que huían de los mexicas: «Puestos en este cerco, siempre y de ordinario tenían crueles guerras acometidas de todas partes, y como no tuviesen los mexicanos otros enemigos, ni más vecinos que a los de Tlaxcalla, siempre y a la continua se venían gentes a retraer y guarecer a esta provincia, como hicieron los xaltocamecas y otomís y chalcas, que por rebeliones que contra los príncipes mexicanos tuvieron, se vinieron a sujetar a esta provincia, donde fueron acomodados y recibidos por moradores de ella, dándoles tierras en qué viviesen». (3) Tenochtitlán utilizaba a Tlaxcala como medio de entrenamiento para sus soldados: «hasta ahora los han dejado de destruir nuestros antepasados, por tenerlos enjaulados como codornices para hacer sacrificio de ellos y para que el ejercicio militar de la guerra no se olvidase y porque tuviesen en qué ejercitarse los hijos de los señores mexicanos». (4) Esto era una guerra de desgaste para Tlaxcala que tenía que soportar las constantes incursiones mexicas y la captura de soldados, capitanes, mujeres y niños para los sacrificios rituales llevados a cabo en Tenochtitlán. Además Tlaxcala tuvo que soportar un cerco comercial que les privó de mercancías como la sal, piedras preciosas, oro, e impidió a los comerciantes tlaxcaltecas vender sus productos fuera de la Provincia, lo que la empobreció. Después de la muerte de Moctezuma Xocoyotzin, Cuitlahuac ofreció a Tlaxcala la paz a cambio de traicionar a los españoles y matarlos mientras se refigiaban en Tlaxcala después de la noche triste. ¿Después de todo el odio guerras, sacrificios y el cerco comercial debían los tlaxcaltecas aceptar estar la paz de sus enemigos? ¿Debían aceptar los términos de los que decían de ellos que eran codornices enjauladas?
(1) Monarquía Indiana. Juan de Torquemada (2) Historia de Tlaxcala Diego Muñoz Camargo (3) Historia de Tlaxcala. Diego Muñoz Camargo (4) Monarquía Indiana. Juan de Torquemada
Vicente Blasco Ibáñez, periodista español, destacado y reconocido escritor, que, Ana Baquero Escudero, dice de él: «Si la política y la literatura rodearon la vida de Blasco desde su más tierna juventud, también pronto se manifestará otra de sus grandes pasiones: su relación con el mundo de la prensa»1.
En 1920 llegó a México, y le toca entrevistar al viejo Carranza y al general Álvaro Obregón, a Pablo González y ver el militarismo salvaje de aquella época que tenía aterrorizado al pueblo. Tituló el artículo, referente a don Álvaro: Ciudadano Obregón, entrevistado dos días antes de que huyera de la ciudad de México, porque ya andaba mal con Carranza, por la sucesión presidencial. Que acabaría con la rebelión de Agua Prieta y la muerte del viejo revolucionario, que por lo menos no hizo llamar general, sino primer jefe.
Después de contarle su vida, sus orígenes españoles, Obregón le dice: «A usted le habrán dicho que yo soy algo ladrón2» Ibáñez, confiesa que no sabe qué contestar. «Sí.- insiste- Se lo habrán dicho indudablemente. Aquí todos somos un poco ladrones. Yo hago un gesto de protesta- ¡Oh general! ¿Quien puede hacer caso de las murmuraciones? Puras calumnias. Obregón parece no oírme y sigue hablando. -Pero yo no tengo más que una mano, mientras que mis adversarios tienen dos. Por esto la gente me quiere a mí, porque no puedo robar tanto como los otros. Alegría general. Obregón celebra su chiste con una risa discreta de muchacho cínico, mientras los dos amigos que nos acompañan saludan la gracia del héroe con interminables carcajadas»3
Entre risas y saracasmos, el general y sus allegados que departían alegría, como luciéndose con Blasco Ibañez, sigue su relato: «¿Usted no sabe como encontraron la mano que me falta…? Sí lo sé; como sabía también lo anterior, lo de ser menos ladrón que los otros por tener solo un brazo. Pero para no privar al general del efecto oratorio que desea, afirmo que ignoro esta historia. – Usted sabe que perdí en una batalla el brazo que me falta. Me lo arrebató un proyectil de artillería que estalló cerca de mí cuando estaba hablando con mis ayudantes. Después de hacerme la primera cura, mis gentes se ocuparon en buscar el brazo por el suelo. Exploraron en todas direcciones, sin encontrar nada. ¿Dónde estaría mi mano con el brazo roto?- Ya la encontraré- dijo uno de mis ayudantes que me conoce bien- Ella vendrá sola. Tengo un medio seguro. Y sacándome del bolsillo un azteca ( un azteca es una moneda de oro de 10 dólares) lo levantó sobre su cabeza. Inmediatamente salió del suelo una especie de pájaro con cinco alas. Era mi mano, que, al sentir la vecindad de una moneda de oro, abandonaba su escondite para agarrarla con un impulso arrollador»4.
El libro de Blasco Ibáñez, nos presenta ese militarismo mexicano surgido de la nada, del robo, del saqueo, del bandolerismo; ninguno de aquellos generales, fueron hechos a exprofeso, sino surgidos del caballo, el machete y la pistola. La revolución contra Carranza, la presentó en periódicos como New York Times, en el Chicago Tribune, y en todos los diarios importantes de Estados Unidos. Mientras la prensa mexicana pagada, destrozaba al periodista.
El ciudadano Obregón.
Ibañez, decía sobre la tutela de Estados Unidos para la revolución: «Una minoría insolente de macheteros, dividida en diversos grupos antagónicos que se combaten para conseguir el poder, domina al país por el terror. Estos militares que hacen vivir todavía a Méjico una existencia medieval, buscan casi siempre el apoyo de los Estados Unidos cuando están en la oposición y preparan una revuelta. Unas veces han sido los negociantes norteamericanos los que, por conveniencias financieras les han facilitado las armas y dinero. Otras veces les ha ayudado el mismo Gobierno de Washington, por torpeza y por ignorancia»5
Blasco Ibañez, dice haber sido criticado, vapuleado y vituperado por sus artículos; pero es una realidad de la historia, que nos cuenta cómo fue y cómo se hicieron los generales mexicanos, que implementaron un militarismo que acabó con el último presidente pos revolucionario en 1946, Ávila Camacho.
Cada estado, cada región, no pudo sacudirse hasta bien entrados los años ochenta del siglo pasado, a los caciques, resabios puestos por viejos revolucionarios; a la sombra del partido oficial, se llenaron sus bolsillos y se hicieron ricos, la nueva cepa de ricos mexicanos, tenía la característica en los pueblos, de que no más sabían poner su firma o su «huella», ignorantes de cepa, pero buenos para imponer la violencia. Porque la revolución, no fue para los pobres, no para salvarlos, no para sacarlos de donde estaban; los más atrevidos, los más bandidos, los más asesinos, los más saqueadores, fueron a quienes les hizo justicia el movimiento revolucionario, enriqueciéndolos y dándoles cotas de poder, ejerciendo un monopolio de la violencia con su coacción social y personal de cada ciudadano mexicano, arma que usa el monopolio del poder y sus séquitos.