Origen del día de muertos (última parte)

Víctor Joel Santos Ramírez -Revista del INAH

Las veintenas dedicadas a los muertos

Las prácticas mortuorias en la época prehispánica tuvieron diversas características y las fechas de las celebraciones de sus difuntos también debieron de haber sido desiguales, solamente conocemos los datos más o menos precisos, aunque con algunas discrepancias, de la tradición funeraria que se practicó en el centro del país poco antes de la llegada de los españoles y por la pictografía de los códices, podríamos decir que se extendió a otras regiones, como la mixteca, pero en general, estas celebraciones están muy lejos de parecerse o de haber influenciado al Día de Muertos de la época novohispana, como algunos autores lo han asegurado. Es importante mencionar, que este calendario, al igual que otros mesoamericanos, corresponde al ciclo anual de 365 días, por lo tanto era solar, pero sus divisiones o veintenas tienen correspondencia lunar, ya que regía el ciclo vegetativo-agrícola y todo lo que ello conlleva, como el nacimiento y la muerte.

El caso al que nos referimos es el de la cultura mexica, en cuyo calendario anual de 18 veintenas (Xiuhpohualli), hubo por lo menos cuatro de éstas en las que se llevaban a cabo celebraciones funerarias[24], estas veintenas[25] son la octava: Miccailhuitontli (Fiesta pequeña de los muertos), la novena: Huey Miccailhuitl (Gran fiesta de los muertos), la decimo tercera: Tepeilhuitl (Fiesta de los cerros) y la decimo sexta. Tititl (encogimiento o envejecimiento).

Las dos primeras, las cuales llevan en su denominación el prefijo “micca” [26], se celebraban de forma seguida en el otoño, entre los meses de agosto y septiembre, la primera era una fiesta menor, relacionada con los muertos pequeños (los niños muertos que moran en el Cincalco), pero también como preparación y preámbulo de la fiesta mayor de los difuntos, dedicada a los guerreros muertos que acompañan a Huitzilopochtli y moran en la “casa del Sol” (Tonatiuh ichan[27]); la décima tercera veintena, Tepeilhuitl, se celebraba entre los meses de octubre y noviembre, por lo tanto marcaba el fin del otoño e inicio del invierno, la época de la cosecha de maíz conforme al ciclo agrícola, estaba dedicada a los cerros y a sus moradores, las deidades del agua: Tláloc, Chalchihuitlicue y sus hermanos los tlaloques. En esta fiesta se hacían imágenes (representaciones de manojos de madera vestidas con mantas) de las personas que fallecieron ahogadas (o por enfermedades acuáticas) y que fueron enterradas (no se incineraron), las cuales se colocaban en altares[28], son las almas que habitaban el Tlalocán, el paraiso terrenal de acuerdo con Sahagún.

Finalmente la veintena Tititl, que de acuerdo con de la Serna, iniciaba en el solsticio de invierno[29], marcaba el fin del año (ciclo solar), en ella se celebraba a la poderosa Cihuacóatl y era la fiesta de los finados, a quienes se recordaba cada año a través de una ofrenda en memoria, en la que se colocaba, sobre un petate, una imagen representando al difunto (un manojo de ocote vestido con una manta o camisa, con nahuas si era mujer, junto con escudillas, pucheros y otras cosas de casa), sentado sobre un equipal y si había sido señor o valiente hombre, vestíanle de una manta rica, le colocaban el bezote que utilizaba en las fiestas, el atado de plumas sujeto atrás de la cabeza y muchos perfumes; frente a esta representación se colocaba mucha comida, la cual era convidada a los principales, al finalizar, se encendía la tea y se quemaba todo[30]. Esta celebración se llamaba quixebilotia (en memoria) y la hacían cada año los hijos o parientes[31], al parecer, estaba dedicada a quienes habían tenido una muerte natural (habían llegado al sol poniente), por lo tanto, el cielo que les correspondía era el Mictlan. Esta celebración coincidía con el final y el inicio del ciclo anual solar, con el “año viejo” y la evocación a los muertos, como en otras tradiciones funerarias.

Figura 7..Lámina 69 Quixebilota (en memoria) ceremonia funeraria de la veintena de Tititl, códice Magliabechiano.

Todas estas fiestas desaparecieron con la conquista española, fueron prohibidas y erradicadas por la iglesia católica, siendo muy difícil que se hayan conservando vestigios de ellas después del exterminio, sometimiento, muertes epidémicas, control social e ideológico, al que fueron sometidas las culturas originarias durante 300 años[32]. No obstante, muchas de estas antiguas creencias se conservaron bajo formas cristianizadas y tal vez más auténticas, en las comunidades indígenas, resguardadas infranqueablemente por la propia lengua y la tradición oral. La fiesta del 2 de noviembre fue depositaria de las antiguas creencias funerarias, pero el culto, la fiesta y parafernalia continuaron practicándose de forma sigilante, sin cambios profundos, durante los siguientes dos siglos, en una sociedad novohispana profundamente religiosa, hasta llegar a los siglos XIX y XX, periodos mejor documentados que los anteriores y donde es posible apreciar, la gradual decadencia en que fue cayendo esta fiesta en sociedades en las que perdió importancia su sacralidad, adquiriendo mayor importancia sus aspectos profanos.

La fiesta entorno al culto, siglos XIX y XX

Las características que hoy en día distinguen a la celebración del Día de Muertos, con el colorido y dimensiones de los altares, los arreglos de flores, papel picado, el pan de muerto, frutas de temporada, alimentos preparados, los dulces de calaveras, las ricas ofrendas en los panteones, etc., parecen evocar al mundo prehispánico, pero como veremos a continuación, la mayoría de estos componentes que creemos de origen mexicano, tienen sus antecedentes en la celebración de estas fiestas en Europa.

Las fiestas del 1 y 2 de noviembre son celebraciones religiosas que se conmemoran con misas especiales de difuntos, son días de luto para los cristianos. En el día de Todos los Santos, prácticamente desde que surgió esta fiesta, hubo una inclinación a venerar las reliquias de los mártires y santos[33] (fragmentos o huesos completos), los cuales eran presentados a los fieles este día en las iglesias. En México, en el siglo XIX, los pobladores de la capital concurrían el Día de Todos los Santos a los templos para “visitar las reliquias de los bienaventurados que en ellos se veneran[34]”, en la Catedral, por ejemplo, se exhibían las reliquias de San Primitivo, San Teófilo y Santa María; también en los templos de la Colegiata, Loreto, la Enseñanza (un hueso del dedo pulgar de San Juan Nepomuceno), Santa Teresa la Antigua, Santa Teresa la Nueva, Balvanera, la Concepción, la Encarnación, la iglesia grande de San Francisco y en el Tercer Orden[35], era posible visitar todos estos templos en este día, conocer presencialmente a las reliquias y hacerles peticiones, ya que se tenía la creencia de que eran milagrosas. Las reliquias llegaron de España a México, desde su arribo al puerto de Veracruz fueron acompañadas con música y cantos, en los pueblos fueron recibidas con arcos de flores[36].

En los reinos católicos de León, Aragón y Castilla se elaboraban panes imitando a las reliquias, “los huesos de santos pudieron ser unas canillas especiales con miel, pero los hubo para cada parte del cuerpo que se veneraba, cráneos, astillas de huesos, esqueletos completos, en la parte catalana se hacían con almendras y se le les conocen como panallets[37]”, también se hacían de mazapan, en Italia los huesos se hacían con pasta de almendra, también se elaboraron frutas y animales con lo que se identificaba cada santo llamadas “frutti dei morti”. Todos estos dulces se llevaban a bendecir a las iglesias y eran colocadas en las casas en la “mesa del santo”, esta costumbre se ha mantenido vigente, aún en el siglo XXI, en zonas rurales de Europa y en la América católicas[38]. En México, los dulces que imitaban a las reliquias eran los afamados alfeñiques que realizaban las monjas de Santa Clara y San Lorenzo[39], pero solo podían adquirirlos las clases pudientes, el resto de la población consumía dulces de azucar que generalmente representaban cráneos, esqueletos, tibias y otros huesos[40].

Figura 10 b. Dulces «hueso de muerto» en España.

El día de Todos los Santos, era también la fecha para limpiar, arreglar los sepulcros y monumentos que debían estar de gala para el día siguiente, “Con este fin, las familias remitían a los cementerios candeleros y cirios, jarrones y tibores, coronas de chaquira, azabache o de flores artificiales y cuantos adornos le sugería el acendrado cariño hacia sus deudos difuntos[41]”.

Los panteones y la desacralización de la fiesta

El Día de Fieles Difuntos se celebraba al día siguiente de Todos Santos con tres misas, la gente asistía de luto a la iglesia y la celebración se extendía durante todo el día, “las iglesias y calles aledañas se adornaron luciendo un luto riguroso, con crespones negros y velámenes pintados con huesos que cubrieron las paredes, acompañados de versos alusivos a la inminente muerte; en la entrada un gran esqueleto les daba la bienvenida mientras que en medio de la nave se montó el Gran Catafalco, adornado con calaveras, huesos y esqueletos para que los católicos atraídos por el toque constante de las campanas a difuntos asistieran a los Oficios, terminando la celebración con un sermón y el rosario doloroso[42]”. Las mujeres cargaban flores y velas a las sepulturas de sus familiares enterrados en la iglesia y en el atrio.

La costumbre de enterrar a los muertos en la iglesia y en los atrios, la cual se practicó desde el inicio del cristianismo, fue interrumpida parcialmente en Europa debido a las pandemias que obligaron a la creación de cementerios (por ejemplo, la peste negra del siglo XIV). En España, Carlos III promulgó en 1787 un decreto que prohibía los enterramientos en las iglesias, pero no tuvo efecto por la oposición que encontró con la tradición religiosa y con el clero, ya que de aplicarse este decreto, la Iglesia perdería una importante fuente de ingresos. Fue hasta el año 1800, durante los últimos años del reinado de Carlos IV, que la construcción de panteones extramuros se hizo realidad[43].

A partir de esta nueva disposición, la celebración del día de difuntos tuvo que modificarse, en los pueblos de España, “después de la misa, los hombres se marchaban apresuradamente, mientras las mujeres se quedaban a poner flores (en algunos lugares, especialmente en Cataluña, se usaba más la pequeña y amarilla siempreviva, velas y luminarios sobre las lápidas, las cuales cubrían primero con telas blancas, posteriormente, el cura, en compañía de dos acólitos, caminaban de tumba en tumba bendiciéndolas, al terminar, las mujeres regresaban a sus casas a tomar su retrasada comida, al caer la tarde se rezaba un rosario en una ermita de la aldea, después se formaba una procesión que caminaba hasta el nuevo cementerio, donde también se adornaban las fosas y se bendecían como por la mañana[44]”.

Figura 12. Con flores al cementerio (1890). M.Friant.

Figura 12. Con flores al cementerio (1890). M.Friant.

En México, la inhumación de entierros en panteones comenzó en 1836, con la habilitación del panteón de Santa Paula en la ciudad de México[45]. En 1859 el gobierno de la República secularizó los cementerios, quitándole la responsabilidad a la Iglesia y los ingresos que hasta entonces percibía. Esta disposición fue parte de las reformas liberales del periodo juarista que se consumaron con la desamortización de los bienes eclesiásticos, afectando la vigilancia y práctica de los cultos católicos. Al igual que en España y otros países de Europa, la prohibición de realizar entierros en las iglesias y también en los atrios, produjo un cambio sensible en la celebración del Día de Muertos[46], ya que de manera natural, al ser esta una fiesta dedicada a familiares difuntos, la población se vio obligada a continuar la celebración, después de oficiadas las misas, en los panteones. “Muy de mañana se terminaban de adornar las sepulturas con adornos con ramos, coronas frescas y olorosas flores, se asistía a oír una o las tres misas que en tal día dicen los sacerdotes y daba principio la visita a los panteones[47]”.

La visita a los panteones se convirtió en un evento muy concurrido y sui generis en la ciudad de México: “Omnibus, guayines y coches particulares y de providencia, como si se tratase de una gran verbena, no cesaban de transportar gente rica y de mediano porte, en tanto que la del pueblo, formando cordones apenas interrumpidos, se dirigía a pie, llevando no pocos individuos sus provisiones de boca en las que como elemento principal contábase el pulque, precaución inútil, por cuanto a que en las inmediaciones de los panteones los esperaban los puestos de fritangas y de la popular bebida[48].” El traslado de toda la familia al panteón, representaba no solo llevar la ofrenda, consistente en flores, frutas y velas de cera, sino también la colación para el almuerzo, sin faltar el pulque para las libaciones y convidar al difunto de esta bebida para “llorar el hueso”[49].

Figura 13. Día de Muertos (ca. 1940). Michoacan. Fototeca Nacional-INAH.

Figura 13. Día de Muertos (ca. 1940). Michoacan. Fototeca Nacional-INAH.

Los cronistas de la época no dejaron de insistir en que esta parte de la fiesta ya no era religiosa, pues ya no había tristeza, respeto y tampoco duelo, “se trata de una fiesta tan alegre como la Noche Buena, tomando de pretexto a los amigos y parientes que trasladaron su domicilio a los cementerios”[50]. “Se pasea en el cementerio como se pasea en el Zócalo o en la Alameda, pensando en todo, menos en los difuntos. La gente pobre a pesar de sus preocupaciones y de su horror a la muerte, profana las tumbas de sus deudos y amigos, extendiendo sobre ellas blancos manteles, sobre los cuales almuerzan cabezas de carnero asadas en el horno y mole de guajolote, dejando el panteón convertido en un basurero[51]”. Los cementerios eran pocos y horribles, “Santa Paula que ya era una necrópolis elegante para el tiempo, daba miedo y asco[…]. A esos lugares sombríos, anti-higiénicos y espantosos iba a divertirse la gente de México y a disfrazar sus deseos de huir, bajo la forma de la devoción a las almas de los fieles difuntos.[52]

Figura 14. All Souls’ Day (Hedwig Cemetery), 1896. Franz Skarbina.

Figura 14. All Souls’ Day (Hedwig Cemetery), 1896. Franz Skarbina.

Las personas asistían a los panteones con sus mejores galas, generalmente ropa nueva, era un evento de clases sociales, en el que los ricos mostraban sus gustos y sus lujos cubriendo los sepulcros con ramillete y bouqueteros de cristal, encendiendo enormes cirios, los curiosos se paseaban entre los sepulcros sin pensar en la fragilidad humana, era el lugar donde se citaban los novios para intercambiar cartas y miradas[53]. Las tumbas eran adornadas por lo general con guirnaldas de flores amarillas y lazos de crespon, algunas ostentando los retratos de las personas que en ellas descansan; en muy pocos ojos se ven lágrimas, la concurrencia con curiosidad se dedica a leer las inscripciones de los sepulcros, los versos y epitafios, los que van pasando hacen críticas sobre cuál de los sepulcros tienen más luces y mejores colgaduras[54].

Al terminar la visita al panteón, la gente regresaba a sus casas y por la tarde salían a recorrer las calles para lucir los trajes que habían estrenado para despues asisitir a la “verbena de Todos Santos”, también llamada “Paseo de los muertos”, en la Plaza principal (el Zócalo) frente a la Catedral. En este lugar se instalaban jacalones (puestos similares a los actuales ambulantes) para vender los dulces de costumbre, tales como calaveras de azúcar, borregos de alfeñique, calabaza en tacha, y frutas cubiertas[55]. Los teatros principales, así como lo de segundo y tercer orden, se hallaban henchidos desde las 4 de la tarde, pues al igual que en los teatros españoles, se presentaba la obra de José Zorrilla “Don Juan Tenorio”, cuya escena más famosa transcurre en un cementerio en que que se producen apariciones de los muertos. Por la noche se representaban en la plaza pequeñas comedias, funciones de títeres y zarzuelas, montadas por pésimas compañías de aficionados[56].

Figura 15. “La ofrenda del abuelo”. Día de Muertos, Axochiapan, Morelos (ca. 1998). Fototeca Nacional-INAH.

Figura 15. “La ofrenda del abuelo”. Día de Muertos, Axochiapan, Morelos (ca. 1998). Fototeca Nacional-INAH.

La ofrendas y altares de muertos

Una antigua costumbre que en siglo XIX, como se habrá podido apreciar, ya se había normalizado, nadie le ponía atención y era muy significativa, era la de llevar comida como ofrenda a los muertos a sus tumbas, algo que en otro tiempo hubiera sido condenado, ya que el cristianismo no acepta la idea de que de los muertos puedan regresar al mundo de los vivos, menos para departir alimentos con quienes fueron sus familiares, esta creeencia escaló de nivel al instalarse altares en las casas con el mismo propósito, los altares de muertos[57].

“Por la noche los del pueblo bajo [los pobres], que sólo concurrían al paseo de la Plaza hasta las diez de la noche, hora en que irremisiblemente se cerraban las casas de vecindad, ya en sus hogares encendían las velas en el altar de sus ofrendas, consistiendo en biscochos, fruta y dulces, tamales y calabaza cocida; todo preparado con el expreso fin de que a la medianoche tuviesen qué cenar sus deudos difuntos. Además de ser supersticiosa tal costumbre, es estúpida, por cuanto a que no realizándose el esperado hecho, tan contrario al orden natural, la gente se mantiene en sus treces, y cada desengaño sólo sirve para engullir, al día siguiente, las golosinas o distribuirlas a veces, entre sus amistades[58].”

Por extraño que parezca, la creencia de que las almas de los muertos regresan a la tierra para departir estos alimentos, también se encontraba en el Día de Muertos en España, “apenas se conserva hoy, aunque tal pensamiento se encontraba antaño tan firmemente arraigado en Asturias que, por ejemplo en Proaza, poca gente dormía a la víspera de las benditas ánimas[59]”. En general, esta idea es muy antigua en Europa y como vimos más arriba, fue lo que originó la imposición del Día de Todos Santos el 1 de noviembre, para erradicar la práctica y propagación de estas ideas, lo cual se logró en los principales centros cristianos de Europa pero no completamente en las zonas rurales.

En México pasó algo similar, ya que las celebraciones a los muertos en la época prehispánica (códice Magliabechiano) y al inicio del periodo colonial (Diego Duran), consistía en dedicarles ofrendas de flores, papel, incienso y alimentos. Una creencia que permaneció viva en las comunidades indígenas y que al parecer dio un salto a las ciudades cuando en éstas se relajó la celebración del Día de Muertos; nadie se extrañaba ver en esta fecha en los panteones a familias de origen indígena departiendo alimento en las tumbas, realizando libaciones de pulque, una costumbre que, curiosamente, en la época prehispánica se realizaba en estas fechas en el centro del país, durante la”fiesta de lo cerros” (Tepeilhuitl), presidida por el ometochtli, sacerdote del pulque y en la cual, se tenía la costumbre de dedicar ofrendas a los difuntos enterrados (no incinerados)[60]. Y qué decir, del gradual reemplazo y sustitución casi imperceptible del Día de Todos los Santos por el de “día de los muertos pequeños” y el Día de Fieles Difuntos por el “día de los muertos mayores”, que como vimos antes, tanto preocupó a Diego Duran a finales del siglo XVI y que hoy en día, en algunas partes del país es como también se conoce a las festividades de muertos en el mes de noviembre.

Figura 16. Noche de Muertos Janitzio, Michoacán (1950). Nacho Lopez. Fototeca Nacional-INAH.

Figura 16. Noche de Muertos Janitzio, Michoacán (1950). Nacho Lopez. Fototeca Nacional-INAH.

Consideraciones finales

Es muy importante no perder de vista que una cosa ha sido el culto católico de los días de Todos Santos y Fieles Difuntos, el cual se ha mantenido sin cambios durante los últimos siglos y otra cosa han sido las festividades en torno a culto; las fiestas y el culto llegaron juntos a la entonces Nueva España a partir del siglo XVI, trayendo consigo costumbres y creencias medievales que fueron adaptadas y reproducidas en las villas y ciudades con mayor presencia de españoles y criollos. La población indígena, muy superior en número a la de origen europeo, recibió esta tradición a través del adoctrinamiento que encabezó el clero regular en todas las regiones del país, lo cual no se llevó de manera inmediata, requirió de su imposición y convencimiento permanente, sobre todo, porque estas poblaciones ya tenían sus propias celebraciones dedicadas a los muertos, creencias y prácticas ancestrales que tardarían generaciones en cambiar. Por otra parte, no se trataba de poblaciones de una sola cultura y religión, por lo cual, el resultado de la evangelización no pudo ser homogéneo como los religiosos cristianos lo hicieron creer a través de sus crónicas. El proceso se llevó a cabo de manera sintética, el 1 y 2 de noviembre redujeron a una sola celebración (de dos días), los festejos ancestrales a los muertos.

Las fiestas, costumbres y parafernalia en torno al culto es lo que ha cambiado a largo de los años; en su origen éstas se encontraban muy ligadas a la celebración religiosa, por ello no parecen haber sufrido modificaciones durante los siglos XVII y XVIII, en una sociedad novohispana profundamente religiosa y conservadora, los cambios se produjeron a partir de los movimientos sociales, iniciando con la Independencia, pero principalmente, a la mitad del siglo XIX, con disposiciones políticas, como la creación de panteones como medida higiénica ante posibles epidemias, principalmente en las ciudades y con lo cual, dejaron de llevarse a cabo enterramientos en las iglesias, tal disposición, tuvo como efecto que la Iglesia perdiera su jurisdicción sobre estas celebraciones, principalmente el Día de Muertos, propiciando que la sociedad se apropiara de esta fiesta, adaptándole nuevas formas y funciones de acuerdo a sus propias necesidades, modernizandola, sectorizandola en clases sociales.

A finales del siglo XIX las festividades entorno al Día de Muertos se encontraban en franca decadencia, pero de acuerdo con Elsa Malvido[61], fue en la época de la posrevolución, específicamente con el cardenismo (1934-1940), que las fiestas del 1 y 2 de noviembre fueron “reinventadas”, con el propósito de quitarle poder a la iglesia católica y asociarlas con la idea nacionalista, para lo cual, era necesario desprenderla de todo significado religioso, convertirla en laica y es a partir de entonces que se destaca la “muerte” sobre lo “santo”. Para tal efecto, Cardenas se hizo rodear de intelectuales socialistas como Frida Kahlo, Diego Rivera, Octavio Paz y José Clemente Orozco. Lo cierto, es que este proceso ya venía desarrollándose desde de las reformas de Juárez, los grabados de José Guadalupe Posada son una muestra de esa desacralización y del divertimento que ya tenía la fiesta del Día de Muertos al inicio del siglo XX, lo nuevo fue integrarla a la idea nacionalista y exponerla como parte del floclor mexicano, como ya se aprecia en la película ¡Qué Viva México! (1930), de Serguéi Ensenstein, asesorada por cierto, por algunos de los intelectuales antes mencionados.

Lo reprochable, no solo fue desconocer el carácter religioso de esta fiesta para facilitar su aceptación en el proyecto nacionalista del estado mexicano, sino difundir la falsa idea de que es una celebración de origen prehispánico, una mentira fabricada que ha venido repitiéndose hasta el día de hoy, legitimada por intelectuales, incluídos historiadores y antropólogos, así como por políticos, ahora con una nueva modalidad, convertirla en un producto de consumo turístico, lo cual se ha venido concretando durante las primeras dos décadas del siglo XXI (el caso más notorio es el famoso desfile de muertos de la ciudad de México) y entonces sí, estaremos hablando de una celebración sincrética, vacua y anticultural.

[24] Johansson 2003, pp. 191-202.

[25] De acuerdo con el calendario aportado por de la Serna, op. cit., pp. 318-328.

[26] De la náhuatl raíz “miqui” (morir), “miquiztli” (muerte).

[27] Johansson, 2003, p. 172.

[28] Serna, op. cit., p. 320.

[29] “El décimo séptimo mes llamaban Tititl, Empezaba a veinte dos de diciembre, hacían una gran fiesta a una diosa llamada Ilamateuhctli y por otro nombre Cuzcamiauh y por otro Tonan”. Serna, op. cit., p- 321.

[30] Anders, Jansen y Reyes, 1996, pp. 179-180.

[31] Idem.

[32] De hecho, quienes escribieron sobre estas fiestas, los religiosos franciscanos y dominicos del siglo XVI, no presenciaron ninguna de ellas, las describieron a través de informantes indígenas.

[33] La intermediación de los santos con los vivos encontró su argumentación teológica en la tesis de Juan Damasceno: “Mientras vivían, los santos estaban llenos del Espíritu Santo y una vez muertos, la gracia del Espíritu Santo nunca se aleja de sus almas, ni de sus tumbas, ni de sus santas imágenes”.

[34] García Cubas, 1904, pp. 388-390.

[35] Idem.

[36] Según Elsa Malvido, los jesuitas fueron los principales promotores de este culto en la Nueva España. Malvido, 2006, pp. 47-48.

[37] Idem.

[38] Idem.

[39] García Cubas, op. cit., p. 390.

[40] Idem.

[41] Ibid., p. 388.

[42] Malvido, op. cit., p. 49.

[43] Fischer, 2019, pp. 20-21.

[44] Foster, 1962, p. 348.

[45] Clausurado en 1871 por problemas de higiene. García Cubas, op. cit., p. 388.

[46] Los pisos de las iglesias eran de madera para facilitar los continuos enterramientos que se realizaban en la nave, con la prohibición, éstos fueron sellados con lozas.

[47] Idem.

[48] Idem.

[49] Ramírez, 1997, p. 26.

[50] Ciriaco, 1997, p. 91.

[51] Ibidem.

[52] Espinel, 1997, p. 95.

[53] Ciriaco, op. cit., p. 92.

[54] Sosa, 1997, p. 102.

[55] Ciriaco, op. cit., p. 91.

[56] Sosa, op. cit., p. 102.

[57] Los altares de muertos son una derivación de los túmulos funerarios o catafalcos novohispanos.

[58] García Cubas, op. cit., p. 650.

[59] Foster, 1962, p. 346.

[60] Ver esta explicación más arriba.

[61] Malvido, op. cit., p. 43.

Creado: 20 Octubre 2023

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Seminario Mayor, cuartel y Secretaría de Cultura

Breve historia del antiguo Seminario Conciliar de San José de Guadalajara, luego convertido en la famosa XV Zona Militar, y su relación con algunos Mártires jaliscienses de la persecución religiosa

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Este bello y enorme inmueble, que hoy es sede de la Secretaría de Cultura, albergó al Seminario Conciliar de San José, el Seminario Mayor de Guadalajara. Por sus corredores transitaron diversos Mártires Mexicanos, entre ellos los ahora Santos Justino Orona Madrigal (ingresó en 1894), David Galván Bermúdez (en 1895), José María Robles Hurtado (1901), Pedro Esqueda Ramírez (1908, luego de haber estudiado en el Seminario auxiliar de su natal San Juan de los Lagos) Genaro Sánchez Delgadillo y Sabás Reyes Salazar (1899; no terminó allí sus estudios, pues lo enviaron a la Diócesis de Tamaulipas). San Pedro Esqueda, en contraste, fue uno de tantos seminaristas echados a la calle en 1914, y se vio obligado a interrumpir sus estudios. De San Genaro Sánchez, que también entró allí, aún desconocemos el año en que ingresó, pero sabemos que fue al acabar la primaria y que se ordenó en 1911.

Fachada principal del «Edificio Arroniz», antiguo Seminario Diocesano de Guadalajara, como luce en la actualidad. Fotografía tomada por la autora.

El inmueble también era conocido como «Edificio Arroniz», en recuerdo de quien lo proyectó e inició su edificación, el ingeniero Antonio Arroniz Topete, originario de Ameca, Jalisco, y casado con Elena Ponce Dávila. El terreno, originalmente, había sido ocupado por religiosas agustinas, cuyo convento databa de 1733. A causa de las Leyes de Reforma, las monjas fueron desalojadas y el edificio quedó abandonado. En 1868 se le cedió a la Arquidiócesis para que allí se instalara el Seminario. Allí empezaron sus estudios Santos Mártires como Julio Álvarez Mendoza (1880), José Isabel Flores Varela (1887) y Cristóbal Magallanes Jara (1888), ordenados respectivamente en 1894, 1896 y 1899.

En 1890, dados los daños estructurales, el entonces Arzobispo, D. Pedro Loza y Pardavé (muerto en 1898), recomendó que fuera reconstruido. La obra quedó a cargo del ingeniero Arroniz.

Ingeniero Antonio Arroniz, cuyo apellido dio nombre al edificio que alguna vez albergó a los seminaristas tapatíos, el día de sus nupcias canónicas con Elena Ponce Dávila, el 2 de febrero de 1882 –esto es, ocho años antes de empezar la comisión de Pedro Loza–. Fotografía digitalizada por Bernardo Camacho García.

El edificio que hoy conocemos empezó a ser construido en 1891 y fue finalizado en 1904, si bien fue inaugurado dos años antes. En ese año, el Arzobispo José de Jesús Ortiz, sucesor de Jacinto López y Romo y antecesor de Francisco Orozco y Jiménez, determinó separar los Seminarios Mayor y Menor; el primero se quedó en el flamante inmueble.

En 1914, al llegar las tropas carrancistas encabezadas por Álvaro Obregón Salido, éstas incautaron el Seminario. Con lujo de violencia, arrojaron a los estudiantes a la calle y destruyeron la biblioteca y los gabinetes de física y química; además remataron los libros.

Así lucía el ex Seminario tapatío, posteriormente XV Zona Militar, hacia finales del siglo XIX. Fotografía editada y ampliada por la autora.

A partir de entonces el edificio fungió como cuartel y como sede de la famosa XV Zona Militar de Guadalajara, V a partir de 1995. En 2009, la Secretaría de la Defensa Nacional lo cedió al Gobierno jalisciense –entonces encabezado por Emilio González Márquez– y se instaló allí el Museo de Arqueología de Occidente, inaugurado en 2011. Cuatro años más tarde, el Museo pasó a ser, y hasta la fecha, la sede de la Secretaría de Cultura del Estado de Jalisco. Su fachada principal se encuentra en la calle Zaragoza, justo enfrente de la Escuela Preparatoria #1.

Vale la pena hacer mención de la actual biblioteca del recinto, en la cual se resguarda el acervo del historiador y genealogista Gabriel Agraz García de Alba.

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El calicanto en Sahuayo. Tradición románica que perdura en el siglo XIX, que llega a la actualidad.

Francisco Gabriel Montes

El calicanto, es una mezcla de cal, canto (piedras de río), arena, tierra y como diluyente del agua. Se dice que surgió este tipo de materiales de construcción en el siglo II a.C., en el imperio romano; se construyeron con calicanto, fortalezas, castillos, puentes, torres y muros que buscaban paredes verticales y fuertes. Se siguió usando en todas las etapas históricas, la edad media, el renacimiento y llegó con los europeos a América y a la Nueva España, para continuar su tradición de construcción arquitectónica en el siglo XIX y principios del siglo XX.

El calicanto, según nos dicen algunos expertos, que tiene las características siguientes:

  • Alta Resistencia: Los muros de calicanto son conocidos por su solidez y resistencia a los terremotos y al paso del tiempo.
  • Excelente Aislamiento Térmico: La porosidad de la mezcla de calicanto proporciona un buen aislamiento térmico, reduciendo la necesidad de sistemas de calefacción y refrigeración.
  • Durabilidad: El calicanto, con el mantenimiento adecuado, puede durar siglos.
  • Estética: La textura y el color del calicanto aportan una belleza natural y rústica a las construcciones.
  • Respiración: Permite la transpiración de la pared, evitando la acumulación de humedad. (Padua, Materiales, 2025)

En Sahuayo, existen viejas construcciones que vienen del siglo XIX. Ponemos cuatro ejemplos: el templo de Santiago en el centro de la ciudad, aunque cubierto de cantera el edificio, hay una parte final del templo por la calle Sahagún, que nos muestra el calicanto usado en su original construcción hacia 1850 en adelante.

El templo del Sagrado Corazón de Jesús, es uno de los monumentos que expone en su lado norte del edificio, las diversas etapas de construcción que se iniciaran en 1882; se puede notar el calicanto, exquisito, revuelto con zonas de ladrillo.

Una casa fabulosa, del siglo XIX, es la del Padre Trinidad Barragán, que muestra un calicanto fin, hace esquina con Guerrero y Abasolo; propiedad que fue de los padres del sacerdote y ahora de la parroquia de Santiago.

También se puede disfrutar de la construcción de calicanto y ladrillo, del antiguo acueducto en las afueras de Sahuayo, hacia la zona del rincón de San Andrés, sobre el lecho del río Sahuayo, que fuera construido por un ayuntamiento en los últimos años del siglo XIX.

La influencia románica, posteriormente medieval y renacentista se ve en estos edificios históricos que tiene la ciudad de Sahuayo, que durante el siglo XIX casi todas las construcciones, estaba hecha de calicanto; en las casas habitación, arquerías en el centro de la población y casonas solariegas.

Referencias

Padua Materiales: paduamateriales.com/

La gloria de Dios en Guadalupe Zacatecas.

Capilla de Nápoles Exconvento y Colegio  propaganda Fide.


El nombre de “Capilla de Nápoles” se debe a la imagen titular a quien está dedicada, que fuera donada a la orden franciscana de esta comunidad por Isabel de Farnesio, Princesa de Nápoles y esposa del Rey Felipe V de España. Es una de las mejores manifestaciones de la arquitectura religiosa del siglo XIX, con acabados en estuco laminado de oro de diversos quilates y un artístico entarimado del piso, formado con maderas finas que dan forma a simétricas figuras geométricas, que a su vez conforman una grandiosa de rosa de los vientos. Su construcción comenzó en 1845, pero fue suspendida varias veces durante la guerra de Reforma y la exclaustración temporal que vivieron los franciscanos. Fue en 1866 cuando se concluyó y fue solemnemente dedicada a la Purísima Concepción.

Fuente: México Secreto Guiado 

Santuario de Nuestra Señora del Carmen: Tlapujahua, Michoacán.

Virreinato de la Nueva España. Arquitectura

Este Santuario, que antiguamente era la Parroquia de San Pedro y San Pablo es toda una joya arquitectónica construida en el auge minero de la población en el siglo XVIII. La decoración del interior es del estilo ecléctico hecha por Joaquín Orta Menchaca en 1905. Se venera a la virgen del Carmen que fue pintada en 1625 sobre un muro de adobe.

La iglesia que se construyó era pequeña y mal distribuida, en el siglo XVIII se demolió esta primera parroquia y edificó una nueva, digna de admiración, el interior estaba adornado con cinco maravillosos retablos y la opulencia había dejado su huella en los ornamentos y mobiliario, así como vasos de plata para consagrar, de todos tamaños, una custodia dorada y lámparas.

El siglo XIX trajo consigo cambios esenciales en el templo, la torre principal fue destruida por un rayo y los retablos de madera dorados fueron sustituidos en forma paulatina, las piezas de plata desaparecieron poco a poco, unas a causa de las guerras civiles de la época y otras debido a que fueron vendidas por los párrocos para sufragar los gastos de reparaciones del monumento.

El Altar Mayor fue transformado en gran medida durante los años treinta, colocándose al centro la imagen de la Virgen del Carmen, trasladada desde la capilla levantada en su honor, destruida por incendio.

La imagen, asombrosamente conservada se trasladó a la parroquia situándola al centro del Altar Mayor, finalmente en 1958 se trajo en las obras de decorado de una parte del Altar Mayor, cerca la imagen de la Virgen del Carmen. Imagen que año con año recibe miles de peregrinos.

El antiguo palacio legislativo de México, lo que iba a ser y no fue.


En 1897 el gobierno de Porfirio Díaz lanzó una convocatoria para el proyecto de un palacio legislativo de grandes dimensiones, que albergaría además de las cámaras de senadores y diputados, dependencias de gobierno y oficinas.

Así quedaría el palacio legislativo de México.

El fallo fue dado al arquitecto italiano Paolo Quaglia, quien murió antes de poder iniciar el proyecto. Entonces el proyecto se comisionó al arquitecto Émile Bénard; la realización del proyecto que de haberse construido hubiera tenido mayores dimensiones que el Capitolio de Washington D. C. El sitio elegido para la edificación fueron unos terrenos pantanosos cerca de la colonia Tabacalera y del Paseo de la Reforma.

La primera piedra del monumento fue puesta por Porfirio Díaz el 23 de septiembre de 1910 como parte de los festejos del Centenario de la Independencia de México. Debido a los retos que suponía la cimentación del edificio en un terreno inestable, se utilizó una solución innovadora entonces, mediante una estructura metálica hecha por Miliken Bros., en Estados Unidos. La construcción se detuvo abruptamente ante el inicio de la insurrección armada de la Revolución mexicana.

El gobierno de Francisco I. Madero una vez en el poder intentó reanudar las obras pero su fallecimiento interrumpió la construcción, quedando en lo sucesivo solo la estructura de acero central del futuro palacio, que hubiera sido el Salón de los Pasos Perdidos.

Dicha estructura quedaría abandonada y en permanente desgaste. Émile Bénard volvería a México para intentar dar vida a su proyecto en 1922 llamándole Panteón a los Héroes. El presidente electo Álvaro Obregón aceptó su proyecto, pero fue asesinado en 1928 y Bénard murió en 1929. Actualmente es el Monumento a la Revolución Mexicana.


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Basílica de Ocotlán en Tlaxcala  1687 a 1790


Es uno de los templos-santuarios católicos, más importante del estado de Tlaxcala, y está conformado por un grupo de construcciones que fueron edificados en diferentes etapas históricas.


El conjunto arquitectónico se encuentra emplazado sobre una colina en las inmediaciones de la Ciudad de Tlaxcala. El conjunto se complementa con dos edificaciones: la Capilla de Guadalupe, que hoy se ocupa como baptisterio y en la que se pueden apreciar cuatro vitrales alemanes y al extremo opuesto el portal de peregrinos.

La fachada:


Esta semeja a un retablo cubierto por una concha. Como todas las fachadas de arte sacro, cumple una función didáctica, para que el pueblo, a través de símbolos y figuras, entienda los misterios de la fe que profesa. Construida con ladrillo recortado y recubierto por argamasa (cal y arena), y para darle un colorido blanco, le aplicaron lechada de cal; realizada con la finura y color del alfeñique (dulce de Almendra) por verdaderos maestro en el arte de la yesería propio de la región, que muestra en conjunto mucha simetría y equilibrio. Debió construirse entre 1760 y 1790.

Se considera como la cumbre del barroco churrigueresco, admirada y elogiada lo que ha llevado a su reproducción en varios libros de arte.


El punto de convergencia de esta fachada es la ventana-coral en forma de estrella en la que destaca la figura aérea de la Virgen.


Las torres gemelas tiene una altura de 33 m y encuadran la gran fachada. Ambas torres culminan en lo alto con una cupulita con linternilla, en donde se anclan respectivamente dos magníficas cruces de hierro forjado. Sus bases de planta mixtilínea, tapizadas de ladrillos hexagonales con empalmes de cal, su ornamentación se produce en ambos campanarios ambientando con un fuerte y cálido colorido. El total de columnas en ambas torres es de cuarenta, más 24 florones o remates, su construcción data del último tercio del siglo XVII.

Fuente: Virreinato de la Nueva España. Arquitectura.

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La Capilla de La Palma, vestigios de la hacienda. Data de 1795

Francisco Gabriel Montes

La Capilla de templo del Sagrado Corazón de La Palma es la única parte que queda de la antigua hacienda de La Palma. Era dedicada a San José y la construyó el padre don Marcos Castellanos Mendoza, cura interino de la Parroquia de Santiago Apóstol de Sahuayo.

Por aquellos años que fue cura interino, no solo hizo la capilla de La Palma, sino que también hizo las capillas de Cojumatlán y de Guarachita. La Capilla es sobria, simple y sufrió modificaciones a lo largo del siglo XIX, en tiempos del señor cura Antonio Escoto, también por parte del señor Cura Macario Saavedra que en 1886 dice en carta al obispo, que remodelaron el altar que era de piedra.

La remodelación mas profunda, la hizo el padre Jesús Rojas en 1922 que dejó el altar nuevo, tal como hoy lo vemos y se ha conservado a lo largo de más de 102 años. Las remodelaciones han sido constantes, de hecho el actual párroco J. Refugio Maravilla también realizó arreglos, así como el Padre José Luis Villaseñor.

La Capilla es esa parte maravillosa, que se conserva de la Nueva España, del esplendor de aquellos pequeños templos de las haciendas, que en su mayoría fueron derrumbados u olvidados. La Palma de Jesús conserva esta vieja construcción anexa al actual templo, porque así lo decidió el párroco que en 1945, construyera el templo actual, el padre Enrique Sánchez Navarro.

Las Zarquillas, en movimiento

Francisco Gabriel Montes Ayala

Las Zarquillas, es una población del oriente de la ciénega de Chapala en Michoacán. Siempre es visible, cuando uno transita de Jiquilpan a Zamora. Pasando Nicolás Romero, el antiguo pueblo de la hacienda de Guaracha, que se llamaba el Capadero, comienzas a ver una extensa llanura que se abre hacia la parte norte, amplia, basta, llena de sembradíos y al fondo los cerros aledaños al basáltico pajacuarense. Al avanzar por la carretera recta, vas a ver a la izquierda el caserio, asentado en un cerrito, y entonces vez el enorme arco de entrada del pueblo, y digo enorme, porque es impresionante con su «bienvenido a Las Zarquillas».

Debe uno cruzar el arco, para tomar la  carretera, que no sobrepasa los 4 kilómetros para llegar hasta las primeras casas de la población, que te recibe con el letrero de Las Zarquillas; tomas una calle recta, pasas la antigua escuela que data de los años cincuentas, cuando el gobernador Dámaso Cárdenas, las casas, muchas de ellas, son construcciones tradicionales, pero otras muestran el avance que han hecho los migrantes con distintos estilos arquitectónicos que son impresionantes. Si usted sigue hasta terminar la calle, llega a la Plaza, y aún lado de ella, está la presa, que es un embalse con una belleza inigualable por los cerros que lo circundan, pero hoy se encuentra seco. Usted puede seguir hacia el cerro y llegar hasta otra comunidad que se llama el Varal.

Al llegar a aquella parte del pueblo, no encuentra uno el templo, hasta retornar o tomar otras calles, y luego encuentras la nueva plaza en desniveles, que tiene un kiosko a manera de huatápera;  esta plazoleta está sobre la calle que te lleva a la capilla, que pertenece a la parroquia de Villamar. 

El templo, en su construcción, y en su sobriedad, nos muestra el trabajo de remuneración de la pintura exterior por parte de  los migrantes, tanto la plaza como esta y otras mejoras, son sin duda obra de la cooperación de los hijos ausentes, siempre comprometidos con su comunidad.

Hoy se trabaja arduamente en el nuevo cementerio que han nombrado «José Sánchez del Río», simple y sencillamente porque el niño mártir, el santo sahuayense, tenía familiares en aquella comunidad. Los migrantes han trabajado mucho para conseguir recursos y abrir el cementerio, que parecía que nunca se iba a conseguir trabajar en el predio destinado para ello. Hoy es una realidad.

Las Zarquillas siempre en movimiento, es una comunidad que bien vale la pena visitar. Silenciosa, apacible, en paz, es una comunidad de nuestra región de la ciénega, una mas que engrandece a esta región del estado.

477 años de fundación Convento agustino de San Nicolás Tolentino


Es considerado como uno de los monumentos históricos más importantes del estado de Hidalgo, así mismo, desde el punto de vista arquitectónico y pictórico, constituye uno de los mayores ejemplos de arte novohispano del siglo xvi.
Se encuentra localizado en la ciudad deActopan, en el municipio homónimodentro del estado de Hidalgo, México.
Pertenece a los denominados “convento-fortaleza”, el complejo cuenta con un atrio con cruz atrial; una capilla abierta; una iglesia de una sola nave con una torre campanario, una sacristía, y unbaptisterio; un convento con un pórtico, un claustro, corredores de estudio,cocina, refectorio, caballerizas; y unahuerta, así como los restos de una enorme cisterna y aljibe para los usos de la comunidad.
Muestra una combinación de estilos arquitectónicoscomo: el Plateresco, el Mudéjar, elGótico, el Románico y el Renacentista; y después se agregaron elementos delNeoclásico y Barroco.
La fundación del convento se da en 1546 por la Orden de San Agustín, aunque oficialmente fue ordenada en 1548, la obra se le atribuye a fray Andrés de Mata.La construcción empezó en 1550 y para 1560 el conjunto ya se encontraba concluido.
Según el Diccionario universal de historia y de geografía, la ciudad de Actopan fue fundada el 16 de julio de 1546;
Aunque la fecha en que se celebra el aniversario de la fundación de la localidad corresponde al 8 de julio. La primera acta de bautismo en la Iglesia de Actopan de que se tiene noticia, está fechada el 8 de julio de 1546, fecha que coincide con la fundación del curato. En el mismo año Actopan fue elevado a la categoría de pueblo, encomendada a Rodrigo Gómez de parte de los agustinos.En un muro del claustro alto del se lee: “Este curato se fundó en el siglo 16. á 8 de julio de 1546. á los 24 á 10 meses y 25 días de la Conquista de Mejico, que fue en 13 de agosto de 1521”

Fuente: Virreinato de la Nueva España. Arquitectura.