“Por Cristo he peleado, y como cristiano muero”

Semblanza del general cristero Manuel Reyes Nava

Lic. Helena Judith López Alcaraz, historiadora y cronista honoraria adjunta de Sahuayo

General cristero Manuel Reyes Nava, antiguo zapatista, que murió el 21 de agosto de 1927. Mejora y edición de imagen realizada por la autora.

Manuel Reyes nació en el poblado de Santo Tomás Ajusco, hoy perteneciente a la delegación Tlalpan de la Ciudad de México. Fue hijo de don Gabino Reyes y de doña Piedad Nava. Como tantos niños de su tiempo, ayudó a sus padres en las faenas del campo. Lejos de ser pobres, la familia Reyes Nava poseía tierras de labor, vacas y caballos en un rancho denominado El Zorrillo, ubicado detrás del cerro del Ajusco.

Durante la Revolución mexicana, perteneció a la 2° División del Sur y, desde 1912, peleó a las órdenes de su hermano Valentín Gabino Reyes. En 1914 fue ascendido a coronel gracias a sus méritos en campaña y dos años más tarde, participó en acciones militares tanto en el Estado de México como en Morelos. Habiendo perdido una pierna en un combate, lo apodaron “el Cojo Reyes”, y así sería conocido hasta su muerte.

Desde el inicio, Manuel apoyó fielmente el Plan de Ayala propuesto por Emiliano Zapata, quien le confirió el cargo de general brigadier en marzo de 1917. Sus dotes militares le valieron ser un destacado oficial zapatista. Combatió hasta 1920, incluso tras la muerte de Zapata (ocurrida en abril de 1919), y hasta que Venustiano Carranza fue asesinado. En 1921 fue dado de baja al no poderse comprobar sus antecedentes.

Más tarde, en diciembre de 1923, su hermano Valentín –quien fungió como presidente municipal de Tlalpan– fue falsamente acusado, condenado a la pena capital y pasado por las armas en el cuartel militar de Toluca. En consecuencia, don Manuel se tornó sumamente desconfiado del régimen que, para ese momento, encabezaba el general Álvaro Obregón Salido, quien había ordenado la aprehensión del difunto Valentín.

Al estallar la Cristiada, junto con su otro hermano, Gabino Reyes, decidió unirse a la causa católica. Su rango de operaciones abarcó las cercanías del entonces Distrito Federal, Morelos, Puebla y Michoacán. Además de coordinar el asedio a Valle de Bravo, tomó parte en los ataques a Tenancingo y Amanalco.

Tras ser herido en un combate acaecido en San Martín Obispo y perder su corcel, no pudo escapar a pie y cayó prisionero. Lo llevaron a Toluca, donde casi tres años antes habían ajusticiado a su hermano, y lo sentenciaron a ser fusilado.

El 21 de agosto de 1927 lo condujeron al suplicio. Su ejecución, llevada afuera del templo del Carmen en la misma ciudad, fue prácticamente una fiesta para los callistas. En la plaza donde lo ajusticiaron había una banda musical. Para escarnecer al reo y su dificultad para caminar, los federales hicieron que el conjunto le tocara la conocida canción “La Cucaracha”.

El general Manuel Reyes en el paredón.

Antes de morir, el general Manuel mismo se cubrió los ojos con un pañuelo. Sacó su rosario, lo besó con devoción y pronunció esta frase, síntesis elocuente de la lucha que había emprendido: “Por Cristo he peleado y como cristiano muero”.

También, de acuerdo con Jean Meyer, dijo:

“Van a matar a un gallo a quien temió siempre el gobierno. Hasta que me llegó la hora” (Meyer, 1985, p. 136).

Él mismo dio las órdenes y gritó, a semejanza de muchos héroes y mártires de aquel tiempo:

“¡Viva Cristo Rey!”

Dicho esto, la descarga lo derribó. Pese a su muerte, la sublevación cristera en el Estado de México ya se había propagado por toda aquella región (Meyer, 1985, p. 136).

Sus restos reposan en el cementerio de Tetelpa, junto con los de la autora de sus días.

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Bibliografía:

Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones en México (2013). Diccionario de generales de la Revolución Mexicana. Tomo II. México: INEHRM & Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA). (Carlos Betancourt Cid, Coord.) pp. 872-875.

Meyer, J. (1985). La Cristiada. Tomo I: La guerra de los cristeros. México: Siglo XXI Editores.

Semblanza del general Manuel Reyes, redactada por la autora para el “Proyecto 2025” (una serie de biografías sobre personajes destacados de la Cristiada y la persecución religiosa y publicadas en conjunto con Ruta Cristera Sahuayo).

Consideraciones en torno al reestreno de «Cristiada»

Lic. Helena Judith López Alcaraz, historiadora y cronista honoraria adjunta de Sahuayo

En días pasados se anunció que la película Cristiada, en inglés For Greater Glory, retornará a los cines el 15 de octubre del actual, con motivo del Centenario del inicio de la Guerra Cristera. Como sabemos, esta producción se estrenó por primera vez en abril de 2012, hace ya catorce años, y entre su elenco se cuenta a Andy García (el primer general en jefe del Ejército Cristero, Enrique Gorostieta Velarde), Óscar Isaac (Victoriano Ramírez López, alias «el Catorce»), Santiago Cabrera (José Reyes Vega) Eva Longoria (Gertrudis Lasaga, esposa de Gorostieta, a quien él llamaba cariñosamente «Tulita»), Nestor Carbonell (Rafael Picazo Sánchez), Eduardo Verástegui (Anacleto González Flores) y al famoso actor que encarnó a Lawrence de Arabia, Peter O’Toole (una versión muy ficticia de San Cristóbal Magallanes Jara, el P. Christopher). Contó con la dirección de Dean Wright y el guion fue escrito por Michael Love. La empresa productora, por su parte, fue Dos Corazones Films, fundada y regenteada por Pablo José Barroso.

Andy García como Enrique Gorostieta, franqueado por algunos cristeros. Imagen de la película Cristiada (2012); créditos a quien corresponda.

Aunque no negamos que el filme, para muchos, fue el primer acercamiento al tema de la Cristiada y la persecución religiosa, tampoco podemos dejar de decir –aunque no falte quien nos tache de puristas, y qué se le va a hacer– que contiene considerables y notables errores históricos. A casi década y media de distancia, y en plena conmemoración de los primeros cien años de que comenzó el enfrentamiento que le da nombre en español, vale la pena hacer algunas reflexiones.

Hay quien dirá que «son meras licencias cinematográficas», que «tales cambios son necesarios», que «lo importante es el mensaje», que «está bonita y motiva a la defensa de la religión católica» y demás comentarios, la mayoría de ellos bienintencionados. No diremos que son argumentos completamente infundados, porque sí, en efecto, no es lo mismo abordar un tema tan complejo en los libros que hacerlo en un filme de poco más de dos horas; la prosa histórica y los guiones audiovisuales son diferentes y se construyen bajo diversas reglas. No obstante, al mismo tiempo, creemos –y con esto respetamos su derecho a no estar de acuerdo con nosotros– que, si un producto audiovisual se vende y promociona con el eslogan «La historia de México que te quisieron ocultar», y en sí se presenta en todo momento como algo histórico, no se pueden tomar los sucesos y escribirlos como uno quiera. En inglés, el subtítulo es «The true story of Cristiada», es decir, «la verdadera historia de la Cristiada».

Uno de los carteles promocionales de la película en inglés, utilizado para su venta en formato DVD. Fotografía tomada de Amazon.com.mx.

¿Qué pasa cuando nos damos cuenta de que lo mostrado, en numerosos instantes, dista de ser verídico? En todo caso, habría sido más acertado y honesto difundirla como un metraje «basado en hechos reales». Cuando se leen estos vocablos, comúnmente, se acepta de manera tácita que el producto final, aunque inspirado en sucesos que sí pasaron, incluye una significativa porción de ficción y que el guionista, como se dice coloquialmente, le añadió de su cosecha. Hay una divergencia entre una transposición, que es lo más cercano a contar los hechos con la mayor precisión posible… y una adaptación llena de licencias y cambios en la que, a la postre, se diluye categóricamente la línea entre la verdad y la ficción, y en donde lo histórico pasa a segundo término y se juega a placer con los datos. El segundo caso corresponde justamente a Cristiada.

¿Que había que condensar muchas historias en un metraje tan breve, y la labor era, de suyo, titánica y ambiciosa? ¿Que era difícil meter a todos los personajes posibles y tratar de unirlos en una sola línea argumental? Sí, nadie lo niega. Pero cuando uno se entera o sabe:

a) Que San José Sánchez del Río –interpretado por Mauricio Kuri, en su primer papel en la gran pantalla– no conoció ni a Gorostieta, ni a Cristóbal Magallanes –al que le inventan, para colmo, haber venido desde Europa cuando tenía siete años y haber sido fusilado delante del joven Mártir de Sahuayo–, ni a Victoriano Ramírez «el 14», ni al P. José Reyes Vega; y tampoco le dejó su corcel a Victoriano.

b) Que el joven sahuayense no murió a plena luz del día ni con sus padres presentes en primera fila.

A plena luz del día, de acuerdo con este fotograma de la película, Joselito camina hacia su muerte. Lo único que la secuencia muestra con acierto es que, en efecto, le habían desollado las plantas de los pies.
Recreación del martirio de San José Sánchez del Río, en el momento en que llega al cementerio. A la izquierda podemos ver a sus progenitores y a su padrino; sin embargo, cuando tuvo lugar el sacrificio del joven, ninguno de ellos estaba presente.
Lloroso, Gorostieta sostiene y mira a Joselito, ya sin vida. Es una escena conmovedora… pero, como otras tantas, inventada para la película.

c) Que Gorostieta sí tuvo hijos varones –el primero de ellos en 1923, Enrique Gorostieta Lasaga, quien falleció al año siguiente– y no dos hijas ya mayorcitas –que tendrían que haber nacido, por lo menos, entre 1917 y 1919, por las edades que les ponen–.

Enrique Gorostieta y su esposa Gertrudis junto con sus dos supuestas hijas. La única hija que tuvo aquel matrimonio fue Luz María, nacida en 1928, y a quien el autor de sus días únicamente pudo conocer en fotografía.
Plática (que jamás existió) entre San Joselito y Gorostieta. En dicha escena, el segundo le dice al primero: «Nunca tuve un hijo, pero si lo hubiera tenido, me habría gustado que fuera como tú». En la vida real, casi todos los vástagos del general fueron varones (dos de ellos se llamaron Enrique, como él, y el otro Fernando). Fotograma de la película.

d) Que el Beato Anacleto González Flores no fue asesinado de noche ni en la casa de la familia Vargas González, sino a plena tarde en el Cuartel Colorado (Guadalajara). Tampoco había en la casa una mujer de nombre Adriana. Ésta, aunque representa a las mujeres católicas que apoyaron la causa, es un personaje ficticio.

Anacleto González Flores poco antes de ser ejecutado. La versión de Cristiada muestra que lo mataron en la casa donde se ocultaba y de noche.

e) Que San José María Robles Hurtado no era un sacerdote que frisaba la ancianidad ni fue colgado dentro de su iglesia (y menos que luego llegó «el Catorce» para cobrar venganza por su muerte, así como Gorostieta por la de Joselito, y ahorcó al oficial… también en el interior del templo), ni durante el día.

Fotograma que muestra a Victoriano Ramírez descolgando el cadáver del P. José María Robles luego de haber ahorcado al militar callista que ordenó matarlo. Nada de esto sucedió en la realidad.

f) Que el sanmiguelense sí murió en Tepatitlán, pero no en la célebre batalla como el mayor de los héroes, sino dentro de la presidencia municipal y tras haber sido apresado por sus propios compañeros de lucha, bajo la sombra de la envidia y la traición.

Fotograma que muestra los últimos momentos de vida de «el Catorce» según la representación (nada acorde a los hechos) del filme.

g) Que el P. Vega no murió en la Hacienda del Valle el mismo día que Gorostieta, sino en Tepatitlán, el 19 de abril de 1929. Esto es, más de dos meses antes de que mataran al regiomontano (2 de junio del mismo año).

Gorostieta y el P. Reyes Vega resistiendo, lado a lado, la emboscada final en la Hacienda del Valle. En la realidad, el clérigo ya había muerto en la batalla de Tepatitlán, casi dos meses y medio antes.

h) Que Rafael Picazo, aunque sí era padrino de Joselito, no era el alcalde de Sahuayo sino diputado federal, y tampoco estuvo presente cuando fue ultimado su ahijado…

En fin, un largo etcétera, con el cual sí saltan a la vista las alteraciones conscientes, intencionadas –porque basta analizar las fuentes que existían en aquel momento y, siendo tantas, no puede tratarse de una mera equivocación– y hasta novelescas que se hicieron para escribir el guion. Quienes esto escribe profesa la religión católica y sabe disfrutar un largometraje sobre un tópico que le apasiona, mas no deja de ser historiadora, con el rigor que ello implica y que a veces puede ser tan poco grato para algunos. ¿Por qué quitar al público la satisfacción, por ejemplo, de que los torturadores de San Joselito pagan con su vida el haber asesinado al adolescente con tanta alevosía y crueldad? ¿Por qué empañar la parte en la que Gorostieta, deshecho en llanto, saca el cuerpo inerte del chico de la fosa y le estampa un afectuoso beso en la frente, para en seguida entregarlo a su madre? En medio de lo desgarrador, resulta reconfortante presenciar que aquel crimen tuvo, al menos, alguna consecuencia para quienes lo cometieron. Pero así no fue.

Con esto, empero, no decimos que la película nos desagrade enteramente o que esté fea, o que desaconsejemos verla (igual ese no es nuestro papel, cada quien puede ir al cine y dedicar su dinero, tiempo y atención a la producción que le guste, al margen de lo que comenten terceros). En el ámbito técnico y fotográfico, la realización es muy buena, y lo mismo podemos afirmar de los vestuarios, utilería y –en términos generales, porque también hay excepciones, como la de Rubén Blades como el presidente Plutarco Elías Calles– caracterización de los diversos personajes. La ambientación y los efectos especiales son otro aspecto destacado.

De igual modo, Cristiada da una idea vívida y global sobre la persecución religiosa y representa de forma adecuada, y aun emocionante, aspectos como la expulsión de eclesiásticos extranjeros, la suspensión de cultos y la concurrencia masiva de la gente para recibir los Sacramentos por última vez, la actuación de las heroicas e intrépidas Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco, el boicot económico –aunque no fuese idea de un mero transeúnte, como lo ilustra la película, sino que ya se había intentado con éxito en Jalisco en la segunda mitad de 1918 y en los albores de 1919– y las manifestaciones pacíficas en plena calle, la atroz represión ejercida contra los civiles y contra cualquiera que fuera sospechoso de ayudar a los cristeros, tanto en el campo como en las poblaciones y ciudades, y los ataques contra quienes asistían al Santo Sacrificio de la Misa y las diversas profanaciones y sacrilegios que perpetraba la soldadesca. La música del finado James Horner, por otro lado, dota de emotividad, sobrecogimiento o tensión –según sea el caso– las diversas escenas.

Incontables parejas acudiendo a recibir el Sacramento del matrimonio ante la inminencia de la suspensión del culto público. Fotograma de la película Cristiada (2012).
Las filas interminables de penitentes que, en los últimos días de julio de 1926, acudieron en masa a las iglesias para reconciliarse con Dios. Fotograma de Cristiada (2012).
Llegada de un grupo de mujeres de las Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco a un campamento cristero para entregar los pertrechos y víveres.
Fotograma que recrea, al dedillo, una conocida fotografía en la que cadáveres de cristeros penden de los postes de telégrafo a lo largo de la vía del tren.

Claro que, si lo que el lector busca o espera es ver es una obra muy fiel y apegada a los acontecimientos, «Cristiada» no es ese tipo de material. Y es lamentable, porque no faltó presupuesto y en la primera década de este siglo ya existían fuentes y documentación suficientes para crear un filme donde los vocablos «la verdadera historia» o «la historia que te quisieron ocultar» no se quedaran en eso, meras palabras.

Las opiniones aquí planteadas no tienen que ser las de quien lea este escrito, y viceversa. Sólo estamos tratando de ser objetivos y de atenernos a las exigencias de la disciplina histórica. Así es el oficio del historiador, aunque en ocasiones dé la impresión de que existe únicamente para arruinar o echar por tierra la ilusión de los espectadores de una película como la que nos ocupa.

Dicho esto, para quien lo desee, la opción de disfrutar el reestreno está abierta.

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Intento desesperado, audiencia fallida

Centenario de la entrevista de la última oportunidad entre los obispos Leopoldo Ruiz y Pascual Díaz y el presidente Calles (21 de agosto de 1926)

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Hoy se cumplen cien años de la llamada «entrevista de la última oportunidad», celebrada entre los prelados Leopoldo Ruiz y Flores y Pascual Díaz y Barreto, y el primer mandatario mexicano Plutarco Elías Calles. El encuentro tuvo lugar en el castillo de Chapultepec, casi tres semanas después de la publicación de la tristemente célebre Ley sobre delitos y faltas en materia de culto religioso y disciplina externa, la “Ley Calles”, en el Diario Oficial de la Federación.

Fotomontaje alusivo al título de la entrada. Al centro, Plutarco Elías Calles; a la izquierda, Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores; a la derecha, Monseñor Pascual Díaz y Barreto. Al fondo, el castillo de Chapultepec, donde se celebró la entrevista. Edición de imagen hecha por la autora.

Desde dos días antes, el 19 de agosto, Calles había enviado esta contestación a una carta enviada por el Comité Episcopal Mexicano el día 16:

Señores José Mora y del Río y Pascual Díaz. Presentes:

Me refiero a su oficio de fecha 16 del presente, por el que en uso del derecho de petición que establece el Artículo 8 constitucional, solicitan del ejecutivo de mi cargo que interponga su influencia “para que sean reformados de la manera más efectiva” los artículos constitucionales que consideran ustedes contrarios a sus intereses, así como las prescripciones penales con que se les ha sancionado, y que, “en tanto se logra esta reforma”, se suspenda la aplicación del decreto relativo a dichas sanciones penales y de los mismos artículos de la Constitución, de modo se cree “una situación de tolerancia” contraria a las leyes.

Como la facultad de iniciar leyes o decretos compete, como lo señala el Artículo 71 de la Constitución, al presidente de la República, a los diputados y senadores, al Congreso de la Unión y a las Legislaturas de los estados, han ejercitado ustedes correctamente su derecho de petición al dirigirse a uno de los capacitados para iniciar leyes; pero debo decirles, con toda sinceridad, que soy el menos adecuado para atender esa petición, y para iniciar las derogaciones y reformas constitucionales que se solicitan, porque los artículos de la Constitución que se impugnan se hallan en perfecto acuerdo con mi convicción filosófica y política, por lo que no puedo ser yo quien presente ni apoye ante el Congreso General una iniciativa semejante (INEHRM, 2026).

La puerta de la negociación ya estaba cerrada, pero los obispos Pascual y Leopoldo –los mismos que en su momento dialogaron con Emilio Portes Gil– insistieron en tocarla una última ocasión y decidieron tratar de hablar personalmente con Calles. Eran, como se dice coloquialmente, las últimas brazadas de ahogado. Con ellas, ambos eclesiásticos buscaban evitar a toda costa la guerra que se cernía sobre el país de forma irremisible. Eso no obstaculizó, empero, que exageraran su postura conciliadora. En palabras del mismo Jean Meyer, «fueron muy lejos: protestaron de su respeto y de su amor por el presidente. Exaltaron su “labor gran diosa digna de todo elogio”, lo felicitaron por su “ecuanimidad” y por su “firmeza”. Presentaron disculpas, pidieron perdón, aceptaron críticas hasta poco fundadas; llegaron a decir que “nuestro pueblo es ignorante” y sus sacerdotes también» (s. f., pp. 109-110).

Plutarco Elías Calles, presidente de México.

Citamos, sólo como ejemplo, las palabras con las que Monseñor Leopoldo inició la entrevista:

“Mucho agradecemos a usted Sr. Presidente, que se haya dignado recibirnos; para nosotros esta entrevista tiene una gran trascendencia, porque esperamos de ella magníficos resultados; muchos deseos teníamos de hablar con toda liber tad con usted. […] Usted señor, hizo declaraciones magníficas a la prensa americana en que decía no saber por qué nosotros habíamos puesto el grito en el cielo —esta es la idea, de las palabras no respondo que sean iguales—, porque se obligaba al sacerdote a que se inscribiera cuando esto no obedecía sino a cuestiones de estadística. Ojalá que hubiéramos conocido esto antes pues en este caso ninguno de los obispos hubiéramos puesto resistencia” (pp. 111-112).

Incluso habiéndose conducido de esa manera, sin duda contradictoria con la posición categórica de la vehemente Carta Pastoral en la que decretaron la cesación del culto público y de cualquier acto litúrgico que requiriera la presencia de un presbítero, Calles no cejó. Con verdad, les dijo a ambos prelados: “Estamos perdiendo [el tiempo] inútilmente. Yo no me saldré del camino que ya está marcado por la ley” (p. 135).

Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores. Imagen: Arquidiócesis de León.

En cierto momento de la entrevista, ostensiblemente airado, el presidente incluso acusó falsamente a los sacerdotes de Sahuayo de haber soliviantado a la gente y les imputó los acontecimientos del 4 de agosto de 1926, cuando la gente, enardecida, se enfrentó a la milicia federal para tratar de impedir que los templos fueran clausurados:

Monseñor Pascual Díaz y Barreto. Imagen: DeTabascosoy.com

“Con respecto a la actitud del clero dentro del país, es bien sabido que ha estado incitando a la rebelión; entre ese clero están los sacerdotes de Saguayo, y con toda sinceridad les digo que si esos sacerdotes llegan a ser aprehendidos por las fuerzas federales serán fusilados porque son responsables de haber institado (sic) a la rebelión causando derramamiento de sangre. Ellos son los directamente culpables de los acontecimientos acaecidos en Saguayo, en que perdieron la vida varios hombres” (p. 113).

Desde aquel momento, cuando el movimiento cristero se hallaba aún en ciernes, el nombre de la actual Capital de la Ciénega, a la sazón Sahuayo de Díaz, ya resonaba con intensidad. Cabe decir que, al preguntar el Obispo de Zamora al párroco de Santiago Apóstol, D. Pascual Orozco, sobre los sucesos, éste dijo que los presbíteros locales no tomaron parte en la reyerta y que, por el contrario, uno de ellos había recibido una bala perdida en la pierna, hallándose fuera de su casa: el P. Ignacio Sánchez Sánchez (tío carnal de San José Sánchez del Río).

Plaza de Sahuayo de Díaz en 1924, dos años antes de los sucesos de agosto de 1926. Instantánea perteneciente al Archivo fotográfico Guerrero.

Las disposiciones apaciguadoras de Díaz y de Flores contrastaron sin cesar con el ánimo incisivo de Calles. A cada propuesta mansa e incluso condescendiente de los primeros, el general sonorense replicaba con acritud. Llegó el punto en el que Pascual Díaz, quizá viendo que los minutos corrían y no se obtenía nada fructífero, expresó:

“Ya le hemos manifestado con toda sinceridad que no es cuestión de amor propio; nosotros estamos dispuestos a sacrificarlo todo menos nuestros principios” (p. 136).

Y Calles impugnó que ellos no querían sacrificar los suyos, pero sí que el gobierno renunciara a los propios.

“No, señor” contestó el obispo de Tabasco, “no le decimos que sacrifique sus principios pero sí tratamos de encontrar una manera de que nosotros podamos cumplir esa ley sin faltar a nuestros principios y sin desdoro del Gobierno. Así es, pues, que suplicamos al señor Presidente de la manera más respetuosa que por el momento espere” (p. 136).

¿A qué, se preguntará el lector? El mismo Calles les lanzó la interrogante a los prelados. Y la respuesta fue: “a suspender los efectos de esa ley” (la Ley Calles).

El resultado, como ya se sabe, no fue positivo, sino todo lo contrario: el presidente, tan tajante como siempre, les dijo a los prelados que no tenía intención alguna de modificar las leyes y que sólo tenían dos alternativas: tratar de modificarlas o recurrir a la rebelión:

“Ya les he dicho ustedes no tienen más que dos caminos: sujetarse a la Ley, a la Ley, pero si ésta no está de acuerdo con sus principios, lanzarse entonces a la lucha armada y tratar de derrocar en esta forma al actual Gobierno, para establecer uno nuevo que dicte leyes que armonicen con la manera de pensar de ustedes; pero para este caso les repito que nosotros estamos suficientemente preparados para vencerlos” (pp. 136-137).

En efecto, y como se los dejó claro en diversos puntos de la conversación, el régimen callista mantendría las legislaciones vigentes en materia religiosa. Y la jerarquía eclesiástica, al menos en ese instante, tampoco transigiría: ni los cultos, suspendidos desde el domingo 1° de agosto a raíz de la Carta Pastoral Colectiva del 25 de julio, se reanudarían, y los sacerdotes tampoco se registrarían ante las autoridades para ejercer legalmente su ministerio.

La historia que siguió a aquel fracaso diplomático ya se conoce a estas alturas. Una vez agotados todos los recursos pacíficos y legales, los levantamientos espontáneos de pequeños grupos de católicos continuaron. Al mismo tiempo, los efectos del boicot económico impulsado por la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR), émulo del que ya se había llevado a cabo en Jalisco en 1918 bajo la guía y acicate de líderes católicos prominentes –entre ellos el hoy Beato Anacleto González Flores– se dejaban sentir con intensidad, aunque no la suficiente para doblegar al gobierno y orillarlo y a modificar los artículos antirreligiosos y anticlericales de la Carta Magna.

Eso sin contar que, desde hacía tres semanas, tras la suspensión del culto público a nivel nacional, ya se habían producido reyertas en diversos puntos del país, entre ellos la Capilla de Jesús y el Santuario de Guadalupe en Guadalajara, en Cocula (Jalisco) y en Sahuayo de Díaz, como ya se ha abordado en otras entradas.

No está de más afirmar que, una vez que la Cristiada estalló formalmente, y planteado el tema de la licitud moral de la resistencia cristera, las palabras del presidente en cuanto a los caminos a tomar ante la persecución y el conflicto fueron traídas de nuevo a colación. Si alterar los artículos constitucionales por la vía legal había fallado, con manifestaciones pacíficas y demás tácticas incluidas, y a la luz de los aciagos acontecimientos, los católicos mexicanos creyeron que el único sendero que quedaba fue, justamente, el señalado por el político de Guaymas.

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Bibliografía:

INEHRM (2026). Diario de la historia. 19-agosto-1926. Respuesta del presidente Calles a los obispos. https://www.facebook.com/inehrm.fanpage/posts/diariodelahistoria19-agosto-1926respuesta-del-presidente-calles-a-los-obispos-el/1518636150293423/

Meyer, J. (s. f.). La entrevista de la última oportunidad. Relaciones. El Colegio de Michoacán.

El sucesor del General Enrique Gorostieta

Breve semblanza de Jesús Degollado Guízar, segundo General en jefe del Ejército Cristero

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Fotomontaje alusivo al título de la presente entrada, que muestra al general Jesús Degollado Guízar durante sus tiempos como oficial cristero. Al fondo, la bandera mexicana. Edición de imagen por la autora.

Originario de Cotija de la Paz, Michoacán, Jesús Degollado Guízar vio la luz primera el 3 de agosto de 1892. Sus padres fueron don Santos Degollado Carranza y doña Maura Guízar Valencia, hermana de San Rafael Guízar y de Antonio de los mismos apellidos; ambos fueron prelados durante el tiempo de la persecución religiosa en México y, a diferencia de su pariente José María González Valencia –quien apoyó a ultranza el movimiento cristero–, se opusieron con rotundidad a la resistencia armada por parte de los católicos. En su momento, a su vez, estuvieron en contra de la idea de suspender el culto público en 1926.

Vista panorámica del templo parroquial de Cotija de la Paz, Michoacán, tierra natal del general Jesús Degollado Guízar. Fotografía de OMAR802 at the English Wikipedia, tomada en 2007.

Volvamos con nuestro biografiado. Por causas laborales, la familia Degollado Guízar pasó a radicar en el pueblo de Sahuayo de Díaz. Su vivienda se encontraba frente a la puerta principal de la Parroquia de Santiago Apóstol, y desde allí se alcanzaba a ver el altar mayor. Por su parte, en la década de los veinte, Jesús se marchó a Atotonilco el Alto –tierra natal del también general cristero Lauro Rocha González, caído en 1936–, donde se afilió a la célebre ACJM, la Asociación Católica de la Juventud Mexicana fundada en agosto de 1913 por el jesuita belga Bernardo Bergöend, y también a la Unión de Católicos Mexicanos, mejor conocida como la “U”. Para ese momento ya se había casado, en 1911, con la señora María Soledad Bouquet Carranza.

En los albores de la Cristiada, Jesús Degollado Guízar no dejó de enterarse de los sucesos que tuvieron lugar a comienzos de agosto de 1926 en la actual Capital de la Ciénega:

El día cuatro de agosto de ese año, siendo jefe de la Liga y miembro de la «U» el caballeroso señor don José Ramírez, el pueblo presenció una tragedia en la que fueron asesinados en Sahuayo, Mich., unos de los vecinos más caracterizados del lugar. El pueblo entero se defendió, hubo un terrible combate en el que los vecinos, ayudados por las Acordadas del Cerrito y Guaracha, vencieron al destacamento federal obligándolo a salir del poblado (Degollado Guízar, 1927, p. 21).

El lector puede encontrar más pormenores al respecto en otras dos entradas de «Crónicas de la Ciénega».

A inicios de 1927, de acuerdo con lo relatado por Degollado, los levantamientos empezaron de lleno. En su narración, el cotijense resalta la importancia de la ya mencionada Unión de Católicos Mexicanos.

En el occidente de Michoacán, siendo vecinos de Cotija, se levantaron en armas el Gral. don Prudencio Mendoza, el Gral. don Maximiliano Barragán, los coroneles don Luis Guízar Morfín, don José Guízar Oceguera, don Honorato González, don José González, don Evaristo Mendoza. Todos estos Jefes con mando de grupos eran de la «U». […] Los Estados Mayores de los jefes estaban formados por jóvenes de la A. C. J. M., muchos de ellos de la «U», y entre las clases de tropas numerosos oficiales y soldados también eran de la «U» (Degollado, 1957, p. 22).

A mediados de aquel mismo año, la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa le asignó a don Jesús Degollado el rango de general de división y Jefe de Operaciones en la región de Occidente, que englobaba el occidente michoacano, el sur jalisciense y Nayarit. En cierto punto de la contienda, su esposa fue arrestada y hecha prisionera en Guadalajara. De acuerdo con sus Memorias, el párroco de Juchitlán le dio la noticia. Pero, nos dice el mismo general, cuando recibió la Comunión de manos de aquel presbítero hizo este ofrecimiento en su interior:

Por lo que se sabe que pasa en las prisiones callistas, toda mujer que cae en manos de esos esbirros es ultrajada. No obstante ese dolor y pena tan grandes, te los ofrezco con todo mi corazón, diciéndote que para Ti, hasta la honra te doy, aun cuando sangra mi corazón. […] Dios, que conoce nuestros pensamientos, vio que […] le presentaba un verdadero ofrecimiento; y Él salvó a mi esposa, permitiendo que los masones de Guadalajara le hicieran guardia de día y de noche (Degollado Guízar, 1927, p. 238).

Luego de que Enrique Gorostieta Velarde fuera asesinado en la hoy ex Hacienda del Valle, cerca de Atotonilco el Alto, Jalisco, el general Degollado fue nombrado su sucesor como General en jefe del Ejército Nacional Cristero. Como tal, a él tocó beber el amarguísimo trago de los «arreglos» del 21 de junio de 1929 y licenciar a las tropas cristeras, a sabiendas de que la supuesta «amnistía» otorgada por el régimen no era más que una farsa y de que muchos irían al destierro, para salvar la vida, o serían asesinados deshonrosamente. De allí que, en agosto, con el alma hecha pedazos, escribiera aquellas palabras tan trágicas como inmortales:

Compañeros de lucha:

En un momento doloroso y trágico, cuando el invicto organizador de la Guardia Nacional, general de división Enrique Gorostieta, caía heroico, bajo las balas del enemigo, tuve que recibir de sus manos, la bandera que él, con tanto valor, había empuñado, para conducirnos a la victoria. Acepté decidido el cargo que, superior a mis fuerzas, se me ofrecía, pero entonces estaba muy lejos de pensar que me habría de enfrentar con el más grave de los problemas: el de la cesación de las hostilidades, el de la terminación de la lucha. […]

Su Santidad el Papa, por medio del Excelentísimo Señor Delegado Apostólico, ha dispuesto, por razones que no conocemos, pero que, como católicos acatamos, que sin derogar las leyes, se reanudaran los cultos, y que el sacerdote, poniéndose en cierto modo al amparo de ellas, comenzase a ejercer su ministerio públicamente. En el acto, nuestra situación, compañeros, ha cambiado.

[…]

Debemos, compañeros, acatar reverentes los decretos ineluctables de la Providencia: cierto que no hemos completado la victoria; pero nos cabe, como cristianos, una satisfacción íntima, mucho más rica para el alma: el cumplimiento del deber y el ofrecer a la Iglesia y a Cristo el más preciado de nuestros holocaustos, el de ver rotos, ante el mundo, nuestros ideales, pero abrigando, sí, ¡vive Dios!, la convicción sobrenatural que nuestra fe mantiene y alimenta, de que al fin Cristo Rey reinará en México, no a medias, sino como Soberano absoluto sobre las almas.

Como hombres, cábenos también otra satisfacción que jamás podrán arrebatarnos nuestros contrarios: la Guardia Nacional desaparece, pero no vencida por nuestros enemigos […] Ave, Cristo, los que por ti vamos a la humillación, al destierro, tal vez a una muerte ingloriosa, víctimas de nuestros enemigos, con el más fervoroso de nuestros amores, te saludamos, y, una vez más, te aclamamos Rey de nuestra patria. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe! (Degollado Guízar, 1957, pp. 281-285).

Poco antes de enviar dicha carta, el general Degollado trató de obtener condiciones justas para el licenciamiento y, naturalmente, la libertad de su consorte. Según lo narra en su libro de memorias, Jesús Degollado envió a Luis Beltrán y Mendoza para que hablara con el Delegado Apostólico, a fin de que éste le diera la recomendación necesaria para acudir con el presidente interino Emilio Portes Gil. Aunque renuente al inicio, el político tamaulipeco aceptó liberar a la señora Soledad. En cuanto a que las tropas cristeras se licenciaran, poco después se produjo el fin de la guerra y la posterior matanza por la cual, como se sabe ya, murieron más cristeros luego de los «arreglos» que durante la misma Cristiada:

Otra fotografía del general Jesús Degollado Guízar. Retoque y edición hechos por la autora.

Di cuenta a los superiores, quienes aprobaron lo que dispuse, y días después diose principio al licenciamiento de nuestras fuerzas, porque la Guardia Nacional, o sea el ejército cristero, no fue vencido (Degollado Guízar, 1957, p. 249).

Oculto muchos años luego del término oficial de la Cristiada, para escapar a la cacería sistemática de los cristeros supuestamente amnistiados, el general Jesús Degollado Guízar falleció el 27 de agosto de 1957.

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Bibliografía:

Degollado Guízar, J. (1957). Memorias de Jesús Degollado Guízar. Último general en jefe del Ejército Cristero. México: Jus.

Enciclopedia de la Literatura en México (13 de marzo de 2020). Jesús Degollado Guízar. ELEM & Fundación para las Letras Mexicanas (FLM). https://www.elem.mx/autor/datos/1332

La mujer que predijo que la sangre correría por las calles de Sahuayo

Breve semblanza de Jacobita Zepeda del Toro

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

A propósito de la historia de los veintisiete cristeros ultimados en el atrio de la Parroquia de Santiago Apóstol en Sahuayo, de cuyo sacrificio conmemoramos un aniversario más hace unas semanas, hoy recordamos a Jacobita Zepeda del Toro, una anciana sahuayense que ya en vida gozó de fama de santidad entre sus coterráneos.

Fue hija del señor José Zepeda y de la señora Margarita del Toro. De acuerdo con los testimonios orales del pueblo de Sahuayo, era favorecida con revelaciones privadas por parte de Dios. Una de las pruebas de ello reside en su recuperación milagrosa después de haber sufrido por años de una enfermedad que la había postrado en cama por muchos años, una mielitis que la postró desde 1912. Pues bien: según el informe médico del Dr. Amadeo Gálvez –una de las calles de Sahuayo, paralela al bulevar Lázaro Cárdenas, lleva su nombre–, ratificado por el juramento de los sacerdotes sahuayenses Pascual Orozco, Otón Sánchez e Ignacio Sánchez [1], Jacobita pudo caminar de un día a otro, tras aquella prolongada parálisis, sin tomar ningún medicamento.

Fotografía de Jacobita Zepeda del Toro editada con su nombre y con un subtítulo alusivo a una de sus principales predicciones, modificada de una edición para la página Testimonium Martyrum. Edición realizada por la autora de la presente entrada.

Compartimos un fragmento del inicio de uno de los documentos que existen sobre esta mujer singular:

«En la Villa de Zaguayo [2], Obispado de Zamora Michoacán, en la República Mexicana, han tenido lugar, repetidas revelaciones, hechas a un alma santa, en las que el Eterno Padre, manifiesta su deseo, para que se rinda culto al corazón de San José, y se ofrezca juntamente con el de Jesús y de María, en desagravio por los pecados del mundo…»

En lo tocante a las cuestiones piadosas, Jacobita se caracterizó por su gran devoción a los Corazones de Jesús, María y José.

Cabe mencionar que, entre otros acontecimientos, Jacobita vaticinó la caída del Varón de Cuatro Ciénegas –Venustiano Carranza–, la quema de San José de Gracia, Michoacán, y la llegada de las hordas del temido bandolero José Inés Chávez García a Jiquilpan de Juárez –a donde, por cierto, no pudo entrar–.

Según los relatos sobre Jacobita, lo último que predijo fue:

«He visto correr ríos de sangre por las calles de Sahuayo».

Profecía que, dicho sea en honor a la verdad, no dejó de cumplirse. Luego de la masacre de los veintisiete cristeros, como sabemos, el cielo envió su llanto y lavó los cuerpos inertes y ensangrentados. Mezclado con la lluvia, el fluido escarlata corrió por las calles de Sahuayo y bajó por la calle Insurgentes, hacia el oriente de la población.

Jacobita Zepeda del Toro murió poco antes de un año del sacrificio de aquellos cristeros valientes, el 17 de abril de 1927. Recordemos que, según los testimonios orales y demás historias, la matanza tuvo lugar el 21 de marzo de 1927, pero de acuerdo con partes oficiales y con el reportaje del periódico «El Informador», fue en 1928, el mismo día en que fue asesinado el licenciado Miguel Gómez Loza, hoy beatificado. El lector puede indagar al respecto en otra de las entradas de esta página.

Los restos de Jacobita descansan en las célebres Catacumbas del Sagrado Corazón de Jesús, en Sahuayo, que el P. Miguel Serrato tuvo la iniciativa de construir para que allí reposaran algunas personas ilustres de la localidad, entre ellos los que dieron su vida por Cristo Rey en los tiempos de la persecución religiosa y la Cristiada, como los cristeros de la Parroquia y el señor José Sánchez Ramírez, y aquellos que, de alguna forma u otra, destacaron por su devoción y práctica de la fe católica, como esta mujer.

Notas:

[1] Tío paterno de San José Sánchez del Río.

[2] Antigua grafía de «Sahuayo».

Sitio donde reposan los restos mortales de Jacobita Zepeda del Toro en las catacumbas del templo del Sagrado Corazón en Sahuayo, Michoacán. Fotografía de Rutacristera.org.

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Bibliografía:

Laureán Cervantes, L. (2016). El niño testigo de Cristo Rey. Barcelona: Buena Tinta.

López Alcaraz, H. J. (13 de marzo de 2025). Sangre, flores y tempestad. La muerte de los 27 Mártires Cristeros de Sahuayo. https://cronicasdelacienega.com/2025/03/13/sangre-flores-y-tempestad/

Agradecemos, asimismo, los aportes del Ing. Santiago M. Gómez y de Dn. Alfredo Vega Pulido.

Sahuayo bajo fuego cristero (Parte II).

Francisco Gabriel Montes Ayala/Francisco Jesús Montes Vázquez

Así fue que el primer amago a Sahuayo, se dio el 24 de octubre de 1927[1] por lo que se alertaron las defensas sociales, mientras por todo el estado se encendía la guerra cristera y en su totalidad los municipios estaban amagados por fuerzas rebeldes.

El primer ataque formal se da el 14 de noviembre, cuando atacan el retén del Santuario, un parapeto que habían construido con costalera de tierra en la zona poniente del templo e incluso, en las alturas del edificio se tenían vigías y algunos tiradores; el 18 de noviembre  informa Ismael Silva al secretario de guerra el general Joaquín Amaro,  lo siguiente: “comunicando a usted, que rebeldes tirotearon retenes en esta y fueron perseguidos por miembros de defensas, llegando hasta San José de Gracia”[2] Aunque escueto, es la primera vez que se ataca a Sahuayo, sin que den más detalles que la noticia.

A los pocos días, un grupo de cristeros con Jesús Degollado a la cabeza incursiona por el sur de Jalisco y ataca San José de Gracia, fusilando  a dos vecinos  que “traían salvoconducto de la presidencia”[3]. La misión de Degollado era investigar a Sánchez Ramírez, por algunas situaciones de desconfianza, que se disiparon posteriormente.

Todo ese mes y los primeros días de diciembre las fuerzas cristeras amagaban Sahuayo y se tiroteaban en puntos cercanos, entraban los cristeros a La Palma, a San Pedro Caro, a la Yerbabuena, a la Tuna Manza, al Ojo de Agua y otras pequeñas poblaciones del municipio, que mantenían a la defensa agrarista en constante movimiento, así como a los refuerzos federales que los acompañaban en las expediciones en busca de grupos cristeros.

 El 12 de diciembre informa el presidente de un ataque más formal y dice el general Juan Domínguez, que “los mayores Martínez y Nava que andaban en expedición, se tirotearon con el enemigo en el Santuario, quienes a los primeros tiros huyeron, dejaron dos muertos y nosotros un herido, un soldado del 50º Regimiento”[4] el número de cristeros no se menciona, pero los amagos y los tiroteos se hacían a cada rato, la defensa ya estaba siempre alerta de lo que pudiera pasar y por lo menos no los dejaban ni dormir.

En enero de 1928, las fuerzas cristeras del General Ignacio Sánchez Ramírez, comienzan un asedio a la población de Sahuayo más persistente. Era necesario amagar a Sahuayo y distraer las fuerzas establecidas en Jiquilpan, para atacar otros puntos con las guerrillas.  El primer ataque fue a Guarachita, por fuerzas de Pancho Meza, donde dice que: “ entraron a este lugar los rebeldes al mando de Francisco Meza Gálvez, en número aproximado de 200, robándose los fondos de las oficinas de correos y del timbre, caballos y armas; desarmando a la policía y rompiendo estante que contenía el archivo del ayuntamiento y retirándose dos o tres horas después”[5]. Así de fácil estuvo la entrada al actual Villamar, allí no había defensa, y los cuatro o cinco policías no eran suficientes para detenerlos.  

El 4 de enero el presidente informaba que el día anterior, es decir el día que entró Pancho Meza a Guarachita,  había sido atacado Sahuayo por una partida de rebeldes “que merodean en las cercanías de este lugar, dispersándolos con las Defensas Civiles ( de San Pedro Caro, Cojumatlán y Sahuayo) parte de las cuales siguió en persecución de aquellos” el ataque llegó por la zona alta de la población, en un ataque frontal que hizo que los cristeros entraran por el lado poniente, muy cerca del Santuario de Guadalupe, sorprendiéndolos. Dos cristeros cayeron muertos, y que no identificaron, colgándolos en la plaza, “exponiéndolos ambos cadáveres en el mismo sitio” decía Silva.

Lo que podemos interpretar es que Sahuayo para ese momento, el presidente municipal Ismael Silva se sentía débil, por lo que el plan cristero estaba en marcha, las defensas de Cojumatlán y San Pedro Caro estaban en Sahuayo reforzando a la cabecera municipal, por lo que se desguarnecían aquellas poblaciones. Las fuerzas volantes del ejército federal solo se movilizaban de un pueblo a otro, los cristeros y sus espías sabían de los movimientos de los enemigos y trataban de impedir un ataque frontal, principalmente por la falta de parque; sin embargo, los cristeros comenzaron su actividad en otras poblaciones con ataque guerrilleros de “pega y corre”, como lo refieren las operaciones militares de la secretaría de guerra. Una de las noticias que impactó al gobierno de Francisco García, quien en los primeros días de enero había entrado como edil de Sahuayo,  fue la muerte de Eufemio Ochoa, quien era el jefe de la Defensa de Sahuayo, el mismo presidente municipal informaba que “Fuerzas salieron ayer en busca de rebeldes, lograron tener contacto con fanáticos posesionados de Cojumatlán, en número de doscientos aproximadamente a las once horas se cambiaron los primeros tiros combatiendo por tres horas, después de las cuales logró quitarles el pueblo; no obstante haber sido en número cinco veces mayor; haciéndoles al enemigo unas quince bajas aproximadamente; pues no se levantó el campo debido al temor de un contraataque.  Por nuestra parte lamentamos sentidamente la muerte del Jefe de la Defensa, C. Eufemio Ochoa, viejo luchar y revolucionario, así como un soldado del 73º regimiento, heridos el segundo jefe de la defensa y el asistente del C. Diputado ( refiriéndose a Picazo).  

En la acción la defensa consumió dos mil cartuchos”[6] La muerte de la Chiscuaza fue un duro golpe para la defensa, a tanto que el enojo se siente en el telegrama que envía García informando los hechos cuando dice de Cojumatlán: “Pueblo sustraído a la acción del gobierno desde un principio, se ha portado bastante mal, siendo constantemente madriguera de estos cristeros, se requiere un merecido castigo ejemplar”[7].

©Todos los derechos reservados de autor. Francisco Gabriel Montes Ayala y Francisco Jesús Montes Vázquez 2025.


[1] Idem., documento 9839

[2] Idem. Exp. 1927 XI, documento 0004 fechado del 18 de noviembre de 1927

[3] Idem. Documento fechado del 20 de noviembre de 1927, documento 0016

[4] Idem. Documento del 12 de diciembre de 1927, Exp. 1927 XII- documento 0028

[5] Idem. Doumento fechado del 5 de enero de 1928 Exp. 1920 I documento 0049

[6] Exp. 1928 I- ofico fechado del 9 de enero de 1928 enviado al general Secretario de Guerra y Marina. Documento 0180.

[7] Idem.

Sahuayo bajo fuego Cristero (Parte I)

Francisco Gabriel Montes Ayala / Francisco Jesús Montes Vázquez.

Muchos hombres de Sahuayo se habían unido a los cristeros de los Altos, en los primeros meses de los levantamientos en Jalisco en 1926; Sahuayo había sido uno de los pueblos en todo México, que se levantaron contra la determinación de la aplicación de la ley Calles. Los sacerdotes de Sahuayo determinaron cerrar los templos atendiendo la petición del episcopado mexicano de concluir el culto, como modo de protesta ante la aplicación de tal ley.

El mismo Calles en una entrevista con Leopoldo Ruiz y Flores y con don Pascual Díaz en el Castillo de Chapultepec, menciona a Sahuayo y el motín del 4 de agosto, lo que suscitó una serie de documentos enviados en una investigación especial, para evitar, que se quitara de la cabeza del mandatario, que dos sacerdotes habían incitado a la rebelión; Calles había sentenciado de antemano a los dos curas, que creemos eran Ignacio Sánchez y Alberto Navarro,  cuando dijo “He dado orden que se fusilen donde quiera que se les encuentre”[1]. Los informes tanto del Obispo Fulcheri de Zamora, como del presidente municipal Ismael L. Silva, dejaron en claro que no participaron los sacerdotes en el motín. Sahuayo estaba en la mira desde los primeros días de la desobediencia católica.

Los primeros alzamientos en la región de la ciénega se dan en diciembre de 1926, cuando el ex zapatista Pancho Meza Gálvez, se levanta en la zona de Jaripo y San Antonio Guaracha; en el estado también la cristera sería un bastión tan o más poderoso que Jalisco. Miles de documentos comienzan a fluir en la Secretaría de Guerra en levantamientos en el 90% de los municipios de Michoacán de aquel tiempo. Desde Huetamo hasta Coalcomán, desde la tierra caliente a la sierra michoacana, Uruapan y su región, Los Reyes y Cotija, las tres regiones purépechas; la zona de Pátzcuaro, Quiroga, hasta el lago de Cuitzeo, el valle de Zamora, La Piedad, Zacapu y su región, son teatro de levantamientos y todo más, cerca de Morelia. Surgen jefes cristeros en todos los rumbos desde enero de 1927. Cotija se alza en armas el 7 de marzo y atacan en dos columnas, una de Prudencio Mendoza que toma la población de Cotija, despojando a los federales de armas y pertrechos; la otra atacando Los Reyes bajo el mando del general Maximiano Barragán.

Los primeros alzados sahuayenses que formalizaron su levantamiento fue la gente de Gerónimo González, que el 4 de abril de 1927 se fueron al cerro;  aunque otras fuentes como el propio Sánchez Ramírez, en sus memorias dice que fue el 27 abril, lo cierto que los primeros cristeros en grupo habían salido ese mes al Montoso, para entrevistarse con Prudencio Mendoza, que ya operaba como jefe del levantamiento entre Cotija y Quitupan.

En esos días de abril, Ignacio Sánchez Ramírez, era nombrado general por la Liga, por el ingeniero Luis Segura Vilchis en México, a donde había acudido por pedido de Anacleto González Flores. Así que el mando del sector I fue para el general Sánchez Ramírez, un hombre de tan solo 26 años de edad. Aunque no hubo una respuesta favorable para él, lo rechazaron los jefes cristeros de Cotija, principalmente Prudencio Mendoza, que consideró que “un chamaquito no lo iba a mandar a él”, sin embargo, el general sin ejército se va para Quitupan y allí comienza el alzamiento al llamar a todos los grupos dispersos a la autoridad del control militar de la Liga Nacional de la Defensa Religiosa.  

El siguiente levantamiento fue en Cojumatlán, según informes oficiales, la defensa de ese lugar con 40 hombres se apoderaron de todo el material de guerra y se habían declarado por la cristera así como  pobladores de aquella comunidad, e informan al secretaría de guerra  el 9 de julio, que un día antes se habían levantado, es decir el día 8;  dos días después se alzan los de San José de Gracia[2].

Pero Sahuayo parecía intocable, habían atacado ya varios pueblos, hasta que Sánchez Ramírez decide  tomar su pueblo natal con sus fuerzas y se concentran en atacar la plaza donde solo había defensa civil y algunos militares, dependientes de Jiquilpan.

Continuará


[1] Entrevista de Calles, con los Obispos el 21 de agosto de 1926, publicado por Consuelo Reguer en Dios y Mi Derecho tomo I Los incios 1923-1926 editorial Jus, página 174.

[2] ADN, Operaciones Militares, exp. 1927-51 documentos relativos a los alzamientos 8621 a 8649 clasificación digital del AHP-FGMA.

©Francisco Gabriel Montes Ayala/ Francisco Jesús Montes Vázquez. México 2024

Prohibida su reproducción total o parcial, sin permiso expreso de sus autores.

El buen pastor de las tierras colimenses

Breve semblanza de Monseñor José Amador Velasco, Obispo de Colima durante la Cristiada

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Retrato de Monseñor José Amador Velasco (1856-1949) en sus primeros años como Obispo de Colima. Imagen mejorada y editada por la autora.

Su nombre brilla con esplendor al lado del de Monseñor Francisco Orozco y Jiménez, el V Arzobispo de Guadalajara. Ninguno de los dos abandonó a los fieles que les habían sido encomendados. Poniendo el ejemplo a sus sacerdotes, optaron por ocultarse y seguir impartiendo los consuelos de la religión, con grave riesgo de su vida. Su nombre era José Amador Velasco y Peña.

Naturalmente, el prelado originario de Zamora que tuvo a su cargo la Diócesis de Chiapas y la Arquidiócesis tapatía es mucho más conocido. El día de hoy, en honor a la justicia, le dedicaremos un espacio a su contraparte originaria de Jalisco pero que, por disposición de la Providencia y de la Santa Sede, dirigió la Diócesis de Colima.

Nuestro personaje vino al mundo en Villa de la Purificación, Jalisco, el 30 de abril de 1856. Sus padres fueron Ricardo Velasco Michel y María Eduarda Peña y Bracamontes. Recibió el Sacramento del Orden Sacerdotal el 12 de noviembre de 1879 a los veintitrés años.

Villa de la Purificación, Jalisco, patria chica de Monseñor José Amador Velasco. Fotografía de México desconocido.

Una vez como presbítero, impartió clases en el Seminario Conciliar Tridentino de Colima. Fue vicerrector entre abril/mayo de 1886 y abril de 1889, año en que ascendió en la jerarquía del plantel y fue designado rector. Trabajó como tal hasta el 2 de diciembre de 1895. Al acabar ese año, fue nombrado párroco de Autlán de Navarro. Al frente de dicha parroquia, lleno de celo, aprovechó para erigir la vicaría de Tonaya. En 1900 se le dio el cargo de vicario general de la Diócesis colimense.

El 30 de julio de 1902, el Papa León XIII –autor de la célebre «Rerum Novarum»– le encomendó esta jurisdicción eclesiástica, convirtiéndose en su IV Obispo y en sucesor de Monseñor Atenógenes Silva.  Fue consagrado el 30 de agosto de 1903 por el IV Arzobispo de Guadalajara, José de Jesús Ortiz, predecesor de Francisco Orozco y Jiménez. Ese mismo año, el 4 de octubre, colocó y bendijo  la primera piedra de la flamante parroquia de San Francisco de Almoloyán (actualmente templo parroquial dedicado al Seráfico Padre y situado en el centro de Villa de Álvarez, Colima).

Al frente de su Diócesis, Monseñor Amador Velasco enfrentó los convulsos y terribles años de la Revolución Mexicana. Esto no le impidió tratar de velar por los suyos.  En diciembre de 1912, justo en la Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe, instituyó el primer cabildo de la Catedral de Colima.

Juan José Ríos, gobernador de Colima entre 1915 y 1917, quien desterró del Estado a Monseñor Amador Velasco. Mejora y edición de imagen hechas por la autora.

Sin embargo, aquella calma no duraría mucho, pues llegó al punto de ser desterrado en 1915 por disposición del gobernador Juan José Ríos, perteneciente al bando constitucionalista –quienes, como hemos visto en otras entradas, eran famosos por su animadversión contra el clero y, en general, contra el catolicismo–.

De modo particular, Monseñor Amador vivió en primera línea el recrudecimiento de la persecución religiosa en la década de los 20’s, máxime a partir de 1926. Al imponerse en marzo una legislación que limitaba el número de sacerdotes en Colima y exigía que se registraran como empleados del gobierno, el prelado se rehusó, junto con sus sacerdotes, a acatar la disposición.

He aquí un fragmento de la carta que envió Monseñor a las autoridades de Colima, encabezadas por Francisco Solórzano Béjar:

Delante de Dios y de todos mis amados diocesanos, declaro también que antes quiero ser juzgado con dureza por aquellos que sobre este delicadísimo asunto han provocado mi actitud, que aparecer lleno de oprobio y vergüenza en el tribunal del Juez Divino, y merecer la reprobación del Supremo Jerarca de la Iglesia… reitero a ustedes de la manera más formal mi inconformidad con el decreto por el cual la autoridad civil del estado de Colima se permite legislar sobre el gobierno eclesiástico de mi diócesis… (citado en Meyer, 1980, pp. 248-249).

El 5 de abril de 1926 hubo una manifestación multitudinaria en la capital de Colima. La gente exigió la revocación del decreto y, eventualmente, los hechos tomaron un cariz violento: los policías, vestidos de paisano, atacaron a tiros a los manifestantes. Hubo al menos siete muertos.

Ante la negativa del gobierno a dar marcha atrás en las leyes antirreligiosas, el prelado tomó la determinación de suspender el culto en toda la entidad. Lo mismo había hecho Monseñor Orozco y Jiménez en 1918 en Jalisco. Esto tuvo lugar el 7 de abril, la fecha límite que Solórzano Béjar había fijado como límite para que los clérigos se registraran.

Todo el pueblo colimote se volcó en un programa de luto y penitencia, aunado a la ya conocida táctica del boicot económico que, en los lares jaliscienses, tan buenos resultados había producido. Los estragos no tardaron en notarse, y el gobierno planteó la posibilidad de atenuar las leyes “con tal de que se reanudara el culto” (Meyer, 1980, p. 251). Pero Monseñor Velasco, desconfiando de las promesas meramente verbales del régimen, se negó. Cualquier intento de moverlo a capitular fue infructuoso. Ni siquiera tuvo éxito la tentativa de lograr que Monseñor Francisco Orozco interviniera. “Yo, por mi parte, pido a Dios que cuando me llegue la ocasión, sepa guardar la gallarda actitud del Sr. Obispo de Colima” relata el P. Enrique de Jesús Ochoa Santana, el famoso “Spectator” (1961, p. 73).

El obispo oriundo de Villa de la Purificación se retiró a Tonila, en territorio de Jalisco pero perteneciente a la Diócesis de Colima, y allí atendía a los fieles. El culto público, al menos en ese lugar, continuó como de costumbre.

En Colima, mientras tanto, los presbíteros y el resto de los seglares tampoco aceptaron negociar.

En efecto, tal como explica Jean Meyer (1980),

En Colima, el gobernador encontró la resistencia del clero, y su perseverancia no obtuvo otra cosa que la movilización de los católicos y una decisión que explica la importancia que adquirió el alzamiento cristero en esta región (p. 252).

En julio de 1926, el Episcopado mandó que en las iglesias de toda la República ya no hubiera ninguna función litúrgica en la que fuera precisa la intervención de un presbítero. Fue replicar, en el resto del país, lo que ya se había puesto en práctica en Colima.

Ante esta situación, Monseñor José Amador fue, junto con el Arzobispo de Guadalajara, el único Obispo mexicano que siguió atendiendo espiritualmente a sus feligreses, aun a salto de mata, con gran riesgo de su vida. A pesar de ser ya septuagenario, visitaba rancherías y se ocultaba donde fuera posible, todo para continuar administrando los Sacramentos. Jean Meyer lo corrobora al afirmar que “Durante tres años […],  burlaron los esfuerzos que por descubrirlos hacía el gobierno y administraron sus diócesis, sin ser denunciados jamás, protegidos por un pueblo entero” (1980, p. 358). Porque, nos dice el mismo autor, “fueron también los únicos que siguieron una política inquebrantable: echarse al campo para compartir la suerte de su grey y subvenir a sus necesidades, aguardar a que Roma decidiera y obedecer sin réplica” (p. 348).

Leamos lo que nos dice sobre él el P. Enrique de Jesús Ochoa:

Fue al terminar el otoño, acercándose ya los días del invierno, cuando el amado Pastor de la grey colimense, el Excmo. Sr. Dr. D. José Amador Velasco, abandonó los poblados para remontarse a las abruptas serranías de su Diócesis, allá por el lado oriente, colindando con Michoacán. Contaba entonces (con) 70 años de edad. Delicado, enfermo, lleno de achaques, el virtuoso Obispo de Colima Mons. Velasco se formó el propósito de no abandonar a sus hijos, aunque le costara la vida (1961, p. 98).

Monseñor Amador vivió justo veinte años después de que la Guerra Cristera acabara oficialmente. Falleció el 30 de junio de 1949 en Colima, capital del Estado homónimo, y fue sepultado en la Catedral de la misma ciudad. Tenía noventa y tres años. Su sucesor fue Monseñor Ignacio de Alba.

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Bibliografía:

Belgodere, F. & Havers, G. M. (1994). Obispos mexicanos del siglo XX. Guadalajara: Libros Católicos.

Catholic Hierarchy (s. f.). Bishop José Amador Velasco y Peña †. https://www.catholic-hierarchy.org/bishop/bamadorv.html

Instituto Electoral del Estado de Colima (2026). Villa de Álvarez. https://ieecolima.org.mx/vdea2.html

Meyer, J. (1980). La Cristiada. Tomo II. México: Siglo XXI Editores.

Spectator (1961). Los cristeros del volcán de Colima. México: Jus.

Velasco Murguía, M. (1988). La Educación Superior en Colima. Tomo I. Colima: Universidad de Colima.

Villaseñor Bordes, R. (1988). Autlán. Gobierno de Jalisco & Secretaría General Unidad Editorial.

El retorno a las catacumbas

Poema alusivo a la suspensión del culto público decretada por el Episcopado Mexicano en julio de 1926

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Luto general, llanto en los ojos,
filas eternas, las iglesias llenas,
Sagrarios vacíos, la gente de hinojos,
sollozos acerbos, grandísima pena.

Tal sucedió un julio treinta y uno,
en el que suspendieron los cultos;
ya Sacramentos no habría ninguno,
los sacerdotes estarían ocultos.

Fue la medida con que los prelados
protestaron por la nueva “Ley Calles”;
emitió su Carta el Episcopado,
mas dejaron tras de sí profundos ayes.

“No es el entredicho, amados hijos”,
dijeron a los fieles compungidos;
pero en su mente solamente quedó fijo:
no más Misas, confesiones ni Bautismos.

Ni los Óleos Santos al moribundo,
o absolución al pecador contrito;
¡en verdad reinaba pesar profundo,
aflicción sin par, agobio infinito!

Y fueron denudados los altares,
de los tabernáculos se fue Cristo,
entre dolor, lágrimas a mares
y grande sufrimiento, nunca visto.

Amanecieron mudos los badajos,
los tañidos no llamaron a Misa…
y el culto, suspendido de tajo,
tuvo que realizarse… a escondidas.

Fue así como el incruento Sacrificio
tornóse clandestino y a tal grado
que con arresto, cárcel o suplicio
tal “delito” sería castigado.

Mas las familias prestaron, valientes,
para tan sagrado fin sus hogares:
Cristo Rey continuaría presente
entre aquellos mexicanos ejemplares.

En persistente riesgo de traición,
el corazón latiendo con temor,
a merced de súbita delación,
pero siempre con incansable amor.

Se improvisaron los escondites,
a pesar de la persecución cruel;
y fue así como el celestial convite
pervivió para aquel pueblo tan fiel.

Un pueblo que defendió sin ambages
lo que más amaba: su fe, su Dios,
y por Él supieron verter su sangre,
con el gran vítor de postrer adiós.

Tal clamor salía de sus gargantas,
frente al fusil o con dogal al cuello;
era la aclamación bendita y santa,
unida con el último resuello:

“¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!“

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«El General Invencible»

Breve semblanza de Enrique Gorostieta Velarde, primer general en jefe de la Guardia Nacional (Ejército Cristero)

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

El próximo 2 de junio se cumplirán 96 años de la muerte del general Enrique Gorostieta Velarde, militar de carrera, condecorado en varias ocasiones, que fue el primer general en jefe del Ejército Cristero y el que logró organizarlo y convertirlo en lo que él nombró como “Guardia Nacional”. Por este motivo, en vista del ya muy cercano aniversario, presentamos una biografía suya, preparada especialmente para la ocasión.

Detalle de un retrato del Gral. Enrique Gorostieta Velarde (1890-1929), editado y mejorado por la autora.

Su nombre completo era Enrique Nicolás José Gorostieta Velarde. Nació el 18 de septiembre de 1890 en Monterrey, Nuevo León. Fue hijo del abogado, político y escritor Enrique Gorostieta González, que fungió como ministro de Porfirio Díaz Mori, y de María Velarde Valdez-Llano, quienes además de nuestro personaje engendraron a Eva María Valentina y a Ana María. Enrique era el hijo menor. Don Enrique Gorostieta Sr., además, colaboraba con periódicos neoloneses destacados como El Horario y Flores y Frutos.

El niño fue bautizado el 19 de abril de 1891, tal como consta en la partida eclesiástica que a continuación transcribimos. La parroquia en la que recibió el primer Sacramento estaba dedicada a Nuestra Señora del Roble.

Fe de Bautismo de Enrique Gorostieta. Resaltados y edición por la autora.

Al margen izquierdo: N° 89 / Enrique Nicolas / José Gorrostieta

Dentro: En la Vicaría del Roble de Monterey, á diez y nueve de Abril / de mil ochocientos noventa y uno, el Canónigo Eleuterio Fernan- / dez, Capellan del Robe bautizó solemnemente á Enrique Ni- / colas José, nació el diez y ocho de Septiembre del año pasado, hi- / jo legítimo de Enrique Gorrostieta y Maria Velarde fueron sus padri- / nos Mauro Sepúlveda y Librada Gonzalez á quienes se les advir- / tió su obligaciín y parentesco espiritual. Y para constancia lo firmo.

Bartolomé García Guerra (Rúbrica)

Su acta de nacimiento, por su parte, dice:

Al margen izquierdo: Enrique / Nicolas / José / Gorostieta

Dentro: Acta 452 cuatrocientos cincuenta y dos. En / la Ciudad de Monterrey á dos de Octubre de / mil ochocientos ochenta noventa, ante mi / el Juez, primero del estado civil, presento el / Señor Licenciado Enrique Gorostieta de treinta y un / años de edad de este origen y vecindad á un niño á quien doy fé haber visto vivo que na- / cio el dia diez y ocho del pasado á las las sie- / te de la mañana en la calle de Matamoros / casa número 88 y se le puso por nombre En- / rique Nicolás José Gorostieta quien es hijo / legítimo suyo y de su esposa la Señora Ma- ria Velarde de veinti y cinco años de edad del / mismo origen; abuelos paternos Don Nico- / las Gorostieta y Doña Soledad Gonzalez y / maternos Don Fernando Velarde y Doña Anto- / nia Valdés. […] de lo que en cumplimiento / de la ley para que surta los efectos civiles / hice constar por la presenta acta que lei al / presentando y testigos Juan Martinez y An- / tonio Jimenez mayores de edad y de esta / vecindad quienes de conformidad firma- / ron los que supieron conmigo el Juez. / Doy fé = Santiago Sainz Rico. = Enrique Gorostieta.

Es copia que certifico.

Santiago Sainz Rico. (Rúbrica)

Al llegar a la juventud, Enrique decidió seguir la carrera de su abuelo paterno, Nicolás Gorostieta. Ingresó al Heroico Colegio Militar, instalado en el castillo de Chapultepec. Fue ahí, de acuerdo con Negrete (2019), “donde se definieron los principales rasgos de su carácter: dominante, impulsivo, aventurero, inteligente, de ideales firmes por los cuales estaba dispuesto a luchar” (p. 35). Como alumno siempre demostró gran aprovechamiento y obtuvo excelentes calificaciones y varias condecoraciones –sin dejar de lado que Asimismo, estudió en la prestigiosa Academia West Point, en Estados Unidos–. . Siendo todavía cadete fue asignado, en 1910, al cuerpo de ingenieros del Ejército Mexicano y luego, el 6 de mayo de 1911, unas semanas antes de la renuncia de Porfirio Díaz Mori, el grado de teniente táctico de artillería.

Ya graduado, con dicho rango, y fiel a sus convicciones y juramento de proteger y respetar la figura del primer mandatario, luchó a las órdenes del general Felipe Ángeles, durante el efímero gobierno maderista. Bajo el mando de Victoriano Huerta, aún siendo Madero presidente, combatió contra Emiliano Zapata en Morelos, contra Pascual Orozco en el Norte y, por último, contra los estadounidenses en Veracruz. Al ascender el colotlense al poder tras el golpe de Estado de febrero de 1913, Gorostieta fue nombrado capitán primero y recibió la Cruz del Mérito Militar de tercera clase. Talentoso estratega y valeroso artillero, defendió exitosamente su natal Monterrey del ataque de Pablo González y tuvo el mérito de ser, a los veinticuatro años, el general brigadier más joven de la historia. Sin embargo, al ser disuelto el Ejército federal en agosto de 1914, con la firma de los tratados de Teoloyucan, su hasta entonces impecable carrera militar se fue a pique.

Enrique Gorostieta, joven, con su uniforme de campaña. Fotografía mejorada y editada por la autora.

Exiliado, trabajó como ingeniero en El Paso, Texas, y luego en La Habana, Cuba. Pudo volver a México en 1921, cuando Álvaro Obregón ya estaba en la presidencia. El 22 de febrero de 1922 se casó con Gertrudis Lasaga Sepúlveda, a la que llamaba “Tulita” de cariño, con quien tuvo cuatro hijos: Enrique, que nació el 23 de septiembre de 1923 y falleció a fines de mayo de 1924; Enrique, nacido el 18 de enero de 1925; Fernando, que vino al mundo en 1926; y Luz María, en 1928, a quien conoció únicamente en fotografía. Por esos años emprendió varios negocios y, a la vez, rechazó la invitación de formar parte en dos rebeliones militares. Alejado de la vida que había conocido por tantos años, probó diversas ocupaciones, desde distribuidor de dulces hasta fabricante de jabones. Él mismo reconocería después que fueron tiempos difíciles, donde la falta de dinero hizo complicada su vida familiar.

El general Enrique Gorostieta y su esposa Gertrudis el día de sus nupcias. Imagen editada, retocada y mejorada por la autora.
Gertrudis Lasaga Sepúlveda, esposa de Gorostieta, su querida «Tulita». Mejora y edición de imagen hechas por la autora.

Cuando estalló la Cristiada, en los últimos meses de 1926 y los primeros de 1927, los alzamientos se dieron de modo espontáneo, sin coordinación ni recursos. Durante muchos meses, se trató de una guerra de guerrillas, con focos de insurrección aquí y allá, y combatientes cuyo número era tan elevado como escasos sus víveres y municiones, inconexa, y, sin dejar de lado la causa principal que se defendía, más idealizada que realista u operativamente factible. La Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR) intentó organizar y dirigir el movimiento, pero no tuvo éxito. En consecuencia, pensó en contratar un militar de carrera que se encargara de convertir las tropas cristeras en un verdadero ejército. El elegido fue Gorostieta, a quien llamaban “el General Invencible”.

Contra todo pronóstico, sin armas ni municiones suficientes, nuestro biografiado convirtió a un puñado de alzados desorganizados y aislados entre sí en un ejército en regla, una fuerza militar formidable de más de veinticinco mil hombres, eficaces, fuertes, organizados, capaces de poner en jaque al régimen de Plutarco Elías Calles, al que llamó «Guardia Nacional». Sobreponiéndose a múltiples obstáculos, gracias a su hábil gestión, la escasez de recursos fue capitalizada en liderazgo, valor y disciplina. La perspectiva de la victoria apareció y fulguró frente a los cristeros. De hecho, al terminar el primer tercio de 1929, ya se habían hecho planes para tomar la ciudad de Guadalajara, para luego pasar a la capital del país. El proyecto, triste e irremisiblemente, se truncó con su muerte.

El general Gorostieta en campaña. Fotografía editada y mejorada por la autora.

El 4 de agosto de 1928, el Generalísimo Cristero escribió desde Los Altos de Jalisco un hermoso Manifiesto a la Nación, firmado como «Enrique Gorostieta Jr.», que iniciaba con estas palabras:

«Hace más de año y medio que el pueblo mexicano, harto ya de la oprobiosa tiranía de Plutarco Elías Calles y sus secuaces, empuñó las armas para reconquistar las libertades que esos déspotas le han arrebatado, especialmente la religiosa y de conciencia. Durante ese largo periodo, los «Libertadores» se han cubierto de gloria y los tiranos no han logrado otra cosa que hundirse más en el cieno y la ignominia, al pretender ahogar en sangre los pujantes esfuerzos de un pueblo que los detesta y que está decidido a castigarlos».

Los «Libertadores» no eran otros que los combatientes cristeros. Gorostieta proseguía su texto resumiendo la índole del movimiento y de los ideales de defensa de la religión, la superioridad de los adversarios en contraposición a la escasez que siempre padecieron los levantados en armas y, de forma especial, el martirio sufrido por incontables mexicanos de toda edad y condición, tanto varones como mujeres –esto lo resaltamos con negritas–:

Manifiesto a la Nación, fechado el 4 de agosto de 1928 (en el segundo aniversario de la defensa de los templos en Sahuayo de Díaz, Michoacán), del general Gorostieta. Subrayados hechos por la autora.

«Cierto es que no se ha obtenido la victoria final, pues son muchos los recursos materiales con que cuentan nuestros opresores, pero también es verdad que así se ha probado al mundo que el pueblo ha empuñado las armas contra sus tiranos, no movido por un transitorio sentimiento de ira y de venganza, sino impulsado y sostenido por altísimos ideales. Los «Libertadores» han derramado generosamente y sin medida su noble sangre; la juventud, la edad viril, la ancianidad y hasta la niñez y la mujer, han escrito brillantísimas páginas que inundarán de gloria a las generaciones que nos sucedan y el triunfo nuestro, en esta lucha sangrienta contra la bárbara disolución bolchevista, será el cauterio para las Américas y tal vez el principio de la curación universal».

Dolor tan intenso, valor tan grande, tan sublime heroísmo, serán inconmovibles bases en que se asienta la futura grandeza de la Patria y ante el magnífico espectáculo que México está ofreciendo al mundo, éste ha prorrumpido en exclamaciones de asombro y ha dado muestras ardientes de admiración, a pesar del silencio con que en la sombra las gloriosas hazañas, la abnegación, la fe, la perseverancia y el heroísmo de los luchadores.

Luego de exponer el plan general del movimiento, sin dejar –es un rasgo llamativo– de tomar en cuenta la posibilidad que también las mujeres mexicanas pudiesen emitir su voto en plebiscitos y referéndums, Gorostieta finalizó su Manifiesto diciendo:

Con mi nuevo carácter [el de Jefe Militar del Movimiento Libertador], nada nuevo tengo que deciros. Seguiré con vosotros como antes; como antes, sufriré con vosotros el hambre y la sed. Como siempre pelearé a vuestro lado. Como siempre exigiré lealtad y obediencia, valor y abnegación. Como antes os ofrezco, llegar hasta el fin y como antes, por único premio: la satisfacción de la dignidad propia y la de haber cumplido con el deber; ánimo, la victoria está cerca y ahora más que antes, esto sí; os exhorto a que a todos los vientos y a toda hora sólo se oiga nuestro grito de guerra: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Muera el mal Gobierno!

Dios, Patria y Libertad

Por otro lado, nuestro «General Invencible» era contrario a las negociaciones que los obispos Pascual Díaz y Barreto y Leopoldo Ruiz y Flores, como representantes del ala conciliadora del Episcopado Mexicano, establecieron con el régimen, encabezado, desde el asesinato del presidente reelecto Álvaro Obregón, por el tamaulipeco Emilio Portes Gil. Tales gestiones ponían en entredicho no sólo la lucha cristera y, naturalmente, la victoria de las huestes católicas, sino las vidas y sacrificios de tantos hombres y mujeres a lo largo de casi tres años. En una carta fechada el 16 de mayo de 1929, dirigida a los susodichos prelados, Gorostieta se opuso a aquella idea de modo categórico:

«Desde que comenzó nuestra lucha, no ha dejado de ocuparse periódicamente la prensa nacional, y aun la extranjera, de posibles arreglos entre el llamado gobierno y algún miembro señalado del Episcopado mexicano, para terminar el problema religioso. Siempre que tal noticia ha aparecido han sentido los hombres en lucha que un escalofrío de muerte los invade, peor mil veces que todos los peligros que se han decidido a arrostrar, peor, mucho peor, que todas las amarguras que han debido apurar. Cada vez que la prensa nos dice de un obispo posible parlamentario con el callismo, sentimos como una bofetada en pleno rostro, tanto más dolorosa cuanto que viene de quien podríamos esperar un consuelo, una palabra de aliento en nuestra lucha, aliento y consuelo que con una sola honorabilísima excepción, de nadie hemos recibido […] Ahora que los que dirigimos en el campo necesitamos de un apoyo moral por parte de las fuerzas directoras, de manera especial de las espirituales, vuelve la prensa a esparcir el rumor de posibles pláticas entre el actual Presidente y el Sr. Arzobispo Ruiz y Flores […]».

Aquel «escalofrío de muerte» no era infundado, como tampoco el terrible impacto psicológico ante la idea de que fuesen miembros del mismo Episcopado quienes promovían la componenda y ante las consecuencias nefastas que un pacto traería para los «Libertadores», cuyas vidas no serían respetadas. No olvidemos que, de los treinta y ocho miembros que lo conformaban, sólo tres –José María González y Valencia, José de Jesús Manríquez y Zárate y Leopoldo Lara y Torres– habían aprobado abiertamente el movimiento cristero y reconocido, de manera pública, su licitud moral. Tampoco, por mencionar otro ejemplo, la Iglesia había aceptado brindar capellanes castrenses a las tropas, al grado de que, más bien, algunos sacerdotes habían decidido serlo por cuenta y voluntad propia, según su conciencia.

En adición, en honor a la verdad, Gorostieta les dirigió este acerbo reproche:

«No son en verdad los obispos los que pueden con justicia ostentar (una) representación. Si ellos hubieran vivido entre los fieles, si hubieran sentido en unión de sus compatriotas la constante amenaza de su muerte por sólo confesar su fe, si hubieran corrido, como buenos pastores, la suerte de sus ovejas…Pero no fue así ».

Sólo dos obispos, Francisco Orozco y Jiménez y Amador Velasco, que regían la Arquidiócesis de Guadalajara y la Diócesis de Colima respectivamente, habían permanecido con su grey, con todo lo que aquello implicaba.

Empero, contra y viento y marea, y pese a la oposición de las tropas cristeras, a las que no se tomó en cuenta en ningún momento, las tentativas de acuerdo entre el gobierno y la jerarquía eclesiástica prosiguieron. Por fin, unas semanas antes del armisticio del 21 de junio de 1929, el 2 del mismo mes, Gorostieta fue asesinado en la hoy ex Hacienda El Valle, en las cercanías de Atotonilco El Alto, Jalisco. Algunos miembros de su Estado Mayor murieron también; otros fueron capturados. Ya reunidos frente a los enemigos vencedores, los soldados llegaron con un cadáver al que han despojado de casi todo su vestido y calzado. El mayor federal Plácido Nungaray –a quien podemos ver en la fotografía de abajo– preguntó si lo conocían. Uno de los cristeros se adelantó y dijo: “Es el General Gorostieta”. Ni siquiera los adversarios sabían, hasta el momento, de quién se trataba.

Cuerpo de Gorostieta, ya sin sus botas, fotografiado junto con los oficiales que dirigieron el ataque que condujo a su asesinato en la Hacienda del Valle. Imagen tomada de la página de Facebook Testimonium Martyrum, antes llamada El Plebiscito de los Mártires – Obra dramática.

Hasta la fecha, la sombra de una muy posible traición se cierne sobre su muerte. Lo cierto es que el general Enrique sucumbió haciendo gala de su distintiva intrepidez y hombría, hasta el último suspiro. Sus últimas palabras fueron, cuando un subalterno le preguntó que habrían de hacer ante el ataque federal de que eran víctimas, fue:

“¡Pelear como los valientes y morir como los hombres!”

Y lo cumplió: al ser interpelado con el “¿Quién vive?”, exclamó por vez postrera, como último homenaje y tributo a Aquel por Quien había peleado: “¡Viva Cristo Rey!”

Detalle del cadáver del general Enrique Gorostieta Velarde. Instantánea mejorada, ampliada y editada por la autora.

Su cuerpo, que los federales fotografiaron y condujeron primero a Atotonilco El Alto para ser exhibido y que esto amedrentase a la población, fue sepultado en el Panteón Español, en la Ciudad de México. En su tumba se colocaron, además de las fechas de su nacimiento y su deceso, las palabras:

“Fue cristiano, patriota y caballero. Tuvo un ideal en su vida y por él supo morir. Dios, Patria y Libertad”.

Enrique Gorostieta fue sustituido en el cargo de General en Jefe de la Guardia Nacional, por muy breve tiempo, por el cotijense Jesús Degollado Guízar, quien tuvo que beber el trago amargo de «licenciar» al ejército cristero luego de los supuestos «arreglos».

En 2012, sus restos se trasladaron a Atotonilco el Alto, donde cada año, en su aniversario luctuoso, se le recuerda con eventos conmemorativos y con la celebración de la Santa Misa. La ex Hacienda que lo vio morir actualmente es un museo.

Para darnos una idea de lo mucho que sufrieron los cristeros y sus familias después del “modus moriendi” de 1929, la viuda y los hijos de Gorostieta vivieron ocultos en un sótano durante cuatro años. Como dato adicional, Gertrudis Lasaga murió en 1984, a los ochenta y nueve años de edad.

En 2012, Gorostieta fue llevado a la pantalla grande en el filme Cristiada (en inglés For Greater Glory) e interpretado por el actor cubano Andy García.

Como comentario final cabe mencionar que, durante décadas, su figura estuvo rodeada por la polémica, ya que fue considerado un mero mercenario, contratado para liderar la resistencia católica sin serlo él también, y se llegó a decir que era agnóstico, liberal, anticlerical, ateo o, inclusive, miembro de la masonería, y que fue el trato constante con los cristeros y con la vida de piedad que se llevaba en campaña lo que lo llevó a la conversión y lo transformó en un creyente convencido y devoto. Al publicarse las cartas que dedicó a su esposa durante el curso de la Guerra, en contraste, se descubrió que era profundamente católico y que nunca hubo discordancia entre la conducta del general y la misión para la que lo habían contratado, sino una admirable congruencia.

El mismo Jean Meyer reconoció el error de haberlo mostrado como alguien contrario a la religión en su célebre trilogía de los años 70: no sólo era un hombre profundamente enamorado de su esposa, amante de sus hijos, sino también cabeza de una familia muy católica, practicante, sin excepción, y, en suma, un varón cristiano que aceptó ir al monte a luchar no por obligación, por mera ambición o por dinero, sino por convicción y por deber genuinos.

Urna que contiene los restos de Enrique Gorostieta. Fotografía tomada por Ruta Cristera Sahuayo en el marco de los eventos conmemorativos del 95 aniversario de la muerte del general, en junio de 2024.

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Basado en una semblanza más breve, escrita por la autora de la presente entrada a inicios de abril del corriente, y en una biografía más extensa redactada el 3 de junio de 2019, a su vez complementadas con los libros La Cristiada (tomo III) de Jean Meyer y las Cartas del general Enrique Gorostieta a Gertrudis Lasaga, editado en 2011; el artículo de Marta Elena Negrete intitulado Gorostieta: un cristero agnóstico editado por la revista Estudios Jaliscienses en 2019, así como la investigación documental personal de la autora.