Lic. Helena Judith López Alcaraz, historiadora y cronista honoraria adjunta de Sahuayo
General cristero Manuel Reyes Nava, antiguo zapatista, que murió el 21 de agosto de 1927. Mejora y edición de imagen realizada por la autora.
Manuel Reyes nació en el poblado de Santo Tomás Ajusco, hoy perteneciente a la delegación Tlalpan de la Ciudad de México. Fue hijo de don Gabino Reyes y de doña Piedad Nava. Como tantos niños de su tiempo, ayudó a sus padres en las faenas del campo. Lejos de ser pobres, la familia Reyes Nava poseía tierras de labor, vacas y caballos en un rancho denominado El Zorrillo, ubicado detrás del cerro del Ajusco.
Durante la Revolución mexicana, perteneció a la 2° División del Sur y, desde 1912, peleó a las órdenes de su hermano Valentín Gabino Reyes. En 1914 fue ascendido a coronel gracias a sus méritos en campaña y dos años más tarde, participó en acciones militares tanto en el Estado de México como en Morelos. Habiendo perdido una pierna en un combate, lo apodaron “el Cojo Reyes”, y así sería conocido hasta su muerte.
Desde el inicio, Manuel apoyó fielmente el Plan de Ayala propuesto por Emiliano Zapata, quien le confirió el cargo de general brigadier en marzo de 1917. Sus dotes militares le valieron ser un destacado oficial zapatista. Combatió hasta 1920, incluso tras la muerte de Zapata (ocurrida en abril de 1919), y hasta que Venustiano Carranza fue asesinado. En 1921 fue dado de baja al no poderse comprobar sus antecedentes.
Más tarde, en diciembre de 1923, su hermano Valentín –quien fungió como presidente municipal de Tlalpan– fue falsamente acusado, condenado a la pena capital y pasado por las armas en el cuartel militar de Toluca. En consecuencia, don Manuel se tornó sumamente desconfiado del régimen que, para ese momento, encabezaba el general Álvaro Obregón Salido, quien había ordenado la aprehensión del difunto Valentín.
Al estallar la Cristiada, junto con su otro hermano, Gabino Reyes, decidió unirse a la causa católica. Su rango de operaciones abarcó las cercanías del entonces Distrito Federal, Morelos, Puebla y Michoacán. Además de coordinar el asedio a Valle de Bravo, tomó parte en los ataques a Tenancingo y Amanalco.
Tras ser herido en un combate acaecido en San Martín Obispo y perder su corcel, no pudo escapar a pie y cayó prisionero. Lo llevaron a Toluca, donde casi tres años antes habían ajusticiado a su hermano, y lo sentenciaron a ser fusilado.
El 21 de agosto de 1927 lo condujeron al suplicio. Su ejecución, llevada afuera del templo del Carmen en la misma ciudad, fue prácticamente una fiesta para los callistas. En la plaza donde lo ajusticiaron había una banda musical. Para escarnecer al reo y su dificultad para caminar, los federales hicieron que el conjunto le tocara la conocida canción “La Cucaracha”.
El general Manuel Reyes en el paredón.
Antes de morir, el general Manuel mismo se cubrió los ojos con un pañuelo. Sacó su rosario, lo besó con devoción y pronunció esta frase, síntesis elocuente de la lucha que había emprendido: “Por Cristo he peleado y como cristiano muero”.
También, de acuerdo con Jean Meyer, dijo:
“Van a matar a un gallo a quien temió siempre el gobierno. Hasta que me llegó la hora” (Meyer, 1985, p. 136).
Él mismo dio las órdenes y gritó, a semejanza de muchos héroes y mártires de aquel tiempo:
“¡Viva Cristo Rey!”
Dicho esto, la descarga lo derribó. Pese a su muerte, la sublevación cristera en el Estado de México ya se había propagado por toda aquella región (Meyer, 1985, p. 136).
Sus restos reposan en el cementerio de Tetelpa, junto con los de la autora de sus días.
Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones en México (2013). Diccionario de generales de la Revolución Mexicana. Tomo II. México: INEHRM & Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA). (Carlos Betancourt Cid, Coord.) pp. 872-875.
Meyer, J. (1985). La Cristiada. Tomo I: La guerra de los cristeros. México: Siglo XXI Editores.
Semblanza del general Manuel Reyes, redactada por la autora para el “Proyecto 2025” (una serie de biografías sobre personajes destacados de la Cristiada y la persecución religiosa y publicadas en conjunto con Ruta Cristera Sahuayo).
Lic. Helena Judith López Alcaraz, historiadora y cronista honoraria adjunta de Sahuayo
En días pasados se anunció que la película Cristiada, en inglés For Greater Glory, retornará a los cines el 15 de octubre del actual, con motivo del Centenario del inicio de la Guerra Cristera. Como sabemos, esta producción se estrenó por primera vez en abril de 2012, hace ya catorce años, y entre su elenco se cuenta a Andy García (el primer general en jefe del Ejército Cristero, Enrique Gorostieta Velarde), Óscar Isaac (Victoriano Ramírez López, alias «el Catorce»), Santiago Cabrera (José Reyes Vega) Eva Longoria (Gertrudis Lasaga, esposa de Gorostieta, a quien él llamaba cariñosamente «Tulita»), Nestor Carbonell (Rafael Picazo Sánchez), Eduardo Verástegui (Anacleto González Flores) y al famoso actor que encarnó a Lawrence de Arabia, Peter O’Toole (una versión muy ficticia de San Cristóbal Magallanes Jara, el P. Christopher). Contó con la dirección de Dean Wright y el guion fue escrito por Michael Love. La empresa productora, por su parte, fue Dos Corazones Films, fundada y regenteada por Pablo José Barroso.
Andy García como Enrique Gorostieta, franqueado por algunos cristeros. Imagen de la película Cristiada (2012); créditos a quien corresponda.
Aunque no negamos que el filme, para muchos, fue el primer acercamiento al tema de la Cristiada y la persecución religiosa, tampoco podemos dejar de decir –aunque no falte quien nos tache de puristas, y qué se le va a hacer– que contiene considerables y notables errores históricos. A casi década y media de distancia, y en plena conmemoración de los primeros cien años de que comenzó el enfrentamiento que le da nombre en español, vale la pena hacer algunas reflexiones.
Hay quien dirá que «son meras licencias cinematográficas», que «tales cambios son necesarios», que «lo importante es el mensaje», que «está bonita y motiva a la defensa de la religión católica» y demás comentarios, la mayoría de ellos bienintencionados. No diremos que son argumentos completamente infundados, porque sí, en efecto, no es lo mismo abordar un tema tan complejo en los libros que hacerlo en un filme de poco más de dos horas; la prosa histórica y los guiones audiovisuales son diferentes y se construyen bajo diversas reglas. No obstante, al mismo tiempo, creemos –y con esto respetamos su derecho a no estar de acuerdo con nosotros– que, si un producto audiovisual se vende y promociona con el eslogan «La historia de México que te quisieron ocultar», y en sí se presenta en todo momento como algo histórico, no se pueden tomar los sucesos y escribirlos como uno quiera. En inglés, el subtítulo es «The true story of Cristiada», es decir, «la verdadera historia de la Cristiada».
Uno de los carteles promocionales de la película en inglés, utilizado para su venta en formato DVD. Fotografía tomada de Amazon.com.mx.
¿Qué pasa cuando nos damos cuenta de que lo mostrado, en numerosos instantes, dista de ser verídico? En todo caso, habría sido más acertado y honesto difundirla como un metraje «basado en hechos reales». Cuando se leen estos vocablos, comúnmente, se acepta de manera tácita que el producto final, aunque inspirado en sucesos que sí pasaron, incluye una significativa porción de ficción y que el guionista, como se dice coloquialmente, le añadió de su cosecha. Hay una divergencia entre una transposición, que es lo más cercano a contar los hechos con la mayor precisión posible… y una adaptación llena de licencias y cambios en la que, a la postre, se diluye categóricamente la línea entre la verdad y la ficción, y en donde lo histórico pasa a segundo término y se juega a placer con los datos. El segundo caso corresponde justamente a Cristiada.
¿Que había que condensar muchas historias en un metraje tan breve, y la labor era, de suyo, titánica y ambiciosa? ¿Que era difícil meter a todos los personajes posibles y tratar de unirlos en una sola línea argumental? Sí, nadie lo niega. Pero cuando uno se entera o sabe:
a) Que San José Sánchez del Río –interpretado por Mauricio Kuri, en su primer papel en la gran pantalla– no conoció ni a Gorostieta, ni a Cristóbal Magallanes –al que le inventan, para colmo, haber venido desde Europa cuando tenía siete años y haber sido fusilado delante del joven Mártir de Sahuayo–, ni a Victoriano Ramírez «el 14», ni al P. José Reyes Vega; y tampoco le dejó su corcel a Victoriano.
b) Que el joven sahuayense no murió a plena luz del día ni con sus padres presentes en primera fila.
A plena luz del día, de acuerdo con este fotograma de la película, Joselito camina hacia su muerte. Lo único que la secuencia muestra con acierto es que, en efecto, le habían desollado las plantas de los pies.Recreación del martirio de San José Sánchez del Río, en el momento en que llega al cementerio. A la izquierda podemos ver a sus progenitores y a su padrino; sin embargo, cuando tuvo lugar el sacrificio del joven, ninguno de ellos estaba presente.Lloroso, Gorostieta sostiene y mira a Joselito, ya sin vida. Es una escena conmovedora… pero, como otras tantas, inventada para la película.
c) Que Gorostieta sí tuvo hijos varones –el primero de ellos en 1923, Enrique Gorostieta Lasaga, quien falleció al año siguiente– y no dos hijas ya mayorcitas –que tendrían que haber nacido, por lo menos, entre 1917 y 1919, por las edades que les ponen–.
Enrique Gorostieta y su esposa Gertrudis junto con sus dos supuestas hijas. La única hija que tuvo aquel matrimonio fue Luz María, nacida en 1928, y a quien el autor de sus días únicamente pudo conocer en fotografía.Plática (que jamás existió) entre San Joselito y Gorostieta. En dicha escena, el segundo le dice al primero: «Nunca tuve un hijo, pero si lo hubiera tenido, me habría gustado que fuera como tú». En la vida real, casi todos los vástagos del general fueron varones (dos de ellos se llamaron Enrique, como él, y el otro Fernando). Fotograma de la película.
d) Que el Beato Anacleto González Flores no fue asesinado de noche ni en la casa de la familia Vargas González, sino a plena tarde en el Cuartel Colorado (Guadalajara). Tampoco había en la casa una mujer de nombre Adriana. Ésta, aunque representa a las mujeres católicas que apoyaron la causa, es un personaje ficticio.
Anacleto González Flores poco antes de ser ejecutado. La versión de Cristiada muestra que lo mataron en la casa donde se ocultaba y de noche.
e) Que San José María Robles Hurtado no era un sacerdote que frisaba la ancianidad ni fue colgado dentro de su iglesia (y menos que luego llegó «el Catorce» para cobrar venganza por su muerte, así como Gorostieta por la de Joselito, y ahorcó al oficial… también en el interior del templo), ni durante el día.
Fotograma que muestra a Victoriano Ramírez descolgando el cadáver del P. José María Robles luego de haber ahorcado al militar callista que ordenó matarlo. Nada de esto sucedió en la realidad.
f) Que el sanmiguelense sí murió en Tepatitlán, pero no en la célebre batalla como el mayor de los héroes, sino dentro de la presidencia municipal y tras haber sido apresado por sus propios compañeros de lucha, bajo la sombra de la envidia y la traición.
Fotograma que muestra los últimos momentos de vida de «el Catorce» según la representación (nada acorde a los hechos) del filme.
g) Que el P. Vega no murió en la Hacienda del Valle el mismo día que Gorostieta, sino en Tepatitlán, el 19 de abril de 1929. Esto es, más de dos meses antes de que mataran al regiomontano (2 de junio del mismo año).
Gorostieta y el P. Reyes Vega resistiendo, lado a lado, la emboscada final en la Hacienda del Valle. En la realidad, el clérigo ya había muerto en la batalla de Tepatitlán, casi dos meses y medio antes.
h) Que Rafael Picazo, aunque sí era padrino de Joselito, no era el alcalde de Sahuayo sino diputado federal, y tampoco estuvo presente cuando fue ultimado su ahijado…
En fin, un largo etcétera, con el cual sí saltan a la vista las alteraciones conscientes, intencionadas –porque basta analizar las fuentes que existían en aquel momento y, siendo tantas, no puede tratarse de una mera equivocación– y hasta novelescas que se hicieron para escribir el guion. Quienes esto escribe profesa la religión católica y sabe disfrutar un largometraje sobre un tópico que le apasiona, mas no deja de ser historiadora, con el rigor que ello implica y que a veces puede ser tan poco grato para algunos. ¿Por qué quitar al público la satisfacción, por ejemplo, de que los torturadores de San Joselito pagan con su vida el haber asesinado al adolescente con tanta alevosía y crueldad? ¿Por qué empañar la parte en la que Gorostieta, deshecho en llanto, saca el cuerpo inerte del chico de la fosa y le estampa un afectuoso beso en la frente, para en seguida entregarlo a su madre? En medio de lo desgarrador, resulta reconfortante presenciar que aquel crimen tuvo, al menos, alguna consecuencia para quienes lo cometieron. Pero así no fue.
Con esto, empero, no decimos que la película nos desagrade enteramente o que esté fea, o que desaconsejemos verla (igual ese no es nuestro papel, cada quien puede ir al cine y dedicar su dinero, tiempo y atención a la producción que le guste, al margen de lo que comenten terceros). En el ámbito técnico y fotográfico, la realización es muy buena, y lo mismo podemos afirmar de los vestuarios, utilería y –en términos generales, porque también hay excepciones, como la de Rubén Blades como el presidente Plutarco Elías Calles– caracterización de los diversos personajes. La ambientación y los efectos especiales son otro aspecto destacado.
De igual modo, Cristiada da una idea vívida y global sobre la persecución religiosa y representa de forma adecuada, y aun emocionante, aspectos como la expulsión de eclesiásticos extranjeros, la suspensión de cultos y la concurrencia masiva de la gente para recibir los Sacramentos por última vez, la actuación de las heroicas e intrépidas Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco, el boicot económico –aunque no fuese idea de un mero transeúnte, como lo ilustra la película, sino que ya se había intentado con éxito en Jalisco en la segunda mitad de 1918 y en los albores de 1919– y las manifestaciones pacíficas en plena calle, la atroz represión ejercida contra los civiles y contra cualquiera que fuera sospechoso de ayudar a los cristeros, tanto en el campo como en las poblaciones y ciudades, y los ataques contra quienes asistían al Santo Sacrificio de la Misa y las diversas profanaciones y sacrilegios que perpetraba la soldadesca. La música del finado James Horner, por otro lado, dota de emotividad, sobrecogimiento o tensión –según sea el caso– las diversas escenas.
Incontables parejas acudiendo a recibir el Sacramento del matrimonio ante la inminencia de la suspensión del culto público. Fotograma de la película Cristiada (2012).Las filas interminables de penitentes que, en los últimos días de julio de 1926, acudieron en masa a las iglesias para reconciliarse con Dios. Fotograma de Cristiada (2012).Llegada de un grupo de mujeres de las Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco a un campamento cristero para entregar los pertrechos y víveres.Fotograma que recrea, al dedillo, una conocida fotografía en la que cadáveres de cristeros penden de los postes de telégrafo a lo largo de la vía del tren.
Claro que, si lo que el lector busca o espera es ver es una obra muy fiel y apegada a los acontecimientos, «Cristiada» no es ese tipo de material. Y es lamentable, porque no faltó presupuesto y en la primera década de este siglo ya existían fuentes y documentación suficientes para crear un filme donde los vocablos «la verdadera historia» o «la historia que te quisieron ocultar» no se quedaran en eso, meras palabras.
Las opiniones aquí planteadas no tienen que ser las de quien lea este escrito, y viceversa. Sólo estamos tratando de ser objetivos y de atenernos a las exigencias de la disciplina histórica. Así es el oficio del historiador, aunque en ocasiones dé la impresión de que existe únicamente para arruinar o echar por tierra la ilusión de los espectadores de una película como la que nos ocupa.
Dicho esto, para quien lo desee, la opción de disfrutar el reestreno está abierta.
Centenario de la entrevista de la última oportunidad entre los obispos Leopoldo Ruiz y Pascual Díaz y el presidente Calles (21 de agosto de 1926)
Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo
Hoy se cumplen cien años de la llamada «entrevista de la última oportunidad», celebrada entre los prelados Leopoldo Ruiz y Flores y Pascual Díaz y Barreto, y el primer mandatario mexicano Plutarco Elías Calles. El encuentro tuvo lugar en el castillo de Chapultepec, casi tres semanas después de la publicación de la tristemente célebre Ley sobre delitos y faltas en materia de culto religioso y disciplina externa, la “Ley Calles”, en el Diario Oficial de la Federación.
Fotomontaje alusivo al título de la entrada. Al centro, Plutarco Elías Calles; a la izquierda, Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores; a la derecha, Monseñor Pascual Díaz y Barreto. Al fondo, el castillo de Chapultepec, donde se celebró la entrevista. Edición de imagen hecha por la autora.
Desde dos días antes, el 19 de agosto, Calles había enviado esta contestación a una carta enviada por el Comité Episcopal Mexicano el día 16:
Señores José Mora y del Río y Pascual Díaz. Presentes:
Me refiero a su oficio de fecha 16 del presente, por el que en uso del derecho de petición que establece el Artículo 8 constitucional, solicitan del ejecutivo de mi cargo que interponga su influencia “para que sean reformados de la manera más efectiva” los artículos constitucionales que consideran ustedes contrarios a sus intereses, así como las prescripciones penales con que se les ha sancionado, y que, “en tanto se logra esta reforma”, se suspenda la aplicación del decreto relativo a dichas sanciones penales y de los mismos artículos de la Constitución, de modo se cree “una situación de tolerancia” contraria a las leyes.
Como la facultad de iniciar leyes o decretos compete, como lo señala el Artículo 71 de la Constitución, al presidente de la República, a los diputados y senadores, al Congreso de la Unión y a las Legislaturas de los estados, han ejercitado ustedes correctamente su derecho de petición al dirigirse a uno de los capacitados para iniciar leyes; pero debo decirles, con toda sinceridad, que soy el menos adecuado para atender esa petición, y para iniciar las derogaciones y reformas constitucionales que se solicitan, porque los artículos de la Constitución que se impugnan se hallan en perfecto acuerdo con mi convicción filosófica y política, por lo que no puedo ser yo quien presente ni apoye ante el Congreso General una iniciativa semejante (INEHRM, 2026).
La puerta de la negociación ya estaba cerrada, pero los obispos Pascual y Leopoldo –los mismos que en su momento dialogaron con Emilio Portes Gil– insistieron en tocarla una última ocasión y decidieron tratar de hablar personalmente con Calles. Eran, como se dice coloquialmente, las últimas brazadas de ahogado. Con ellas, ambos eclesiásticos buscaban evitar a toda costa la guerra que se cernía sobre el país de forma irremisible. Eso no obstaculizó, empero, que exageraran su postura conciliadora. En palabras del mismo Jean Meyer, «fueron muy lejos: protestaron de su respeto y de su amor por el presidente. Exaltaron su “labor gran diosa digna de todo elogio”, lo felicitaron por su “ecuanimidad” y por su “firmeza”. Presentaron disculpas, pidieron perdón, aceptaron críticas hasta poco fundadas; llegaron a decir que “nuestro pueblo es ignorante” y sus sacerdotes también» (s. f., pp. 109-110).
Plutarco Elías Calles, presidente de México.
Citamos, sólo como ejemplo, las palabras con las que Monseñor Leopoldo inició la entrevista:
“Mucho agradecemos a usted Sr. Presidente, que se haya dignado recibirnos; para nosotros esta entrevista tiene una gran trascendencia, porque esperamos de ella magníficos resultados; muchos deseos teníamos de hablar con toda liber tad con usted. […] Usted señor, hizo declaraciones magníficas a la prensa americana en que decía no saber por qué nosotros habíamos puesto el grito en el cielo —esta es la idea, de las palabras no respondo que sean iguales—, porque se obligaba al sacerdote a que se inscribiera cuando esto no obedecía sino a cuestiones de estadística. Ojalá que hubiéramos conocido esto antes pues en este caso ninguno de los obispos hubiéramos puesto resistencia” (pp. 111-112).
Incluso habiéndose conducido de esa manera, sin duda contradictoria con la posición categórica de la vehemente Carta Pastoral en la que decretaron la cesación del culto público y de cualquier acto litúrgico que requiriera la presencia de un presbítero, Calles no cejó. Con verdad, les dijo a ambos prelados: “Estamos perdiendo [el tiempo] inútilmente. Yo no me saldré del camino que ya está marcado por la ley” (p. 135).
Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores. Imagen: Arquidiócesis de León.
En cierto momento de la entrevista, ostensiblemente airado, el presidente incluso acusó falsamente a los sacerdotes de Sahuayo de haber soliviantado a la gente y les imputó los acontecimientos del 4 de agosto de 1926, cuando la gente, enardecida, se enfrentó a la milicia federal para tratar de impedir que los templos fueran clausurados:
Monseñor Pascual Díaz y Barreto. Imagen: DeTabascosoy.com
“Con respecto a la actitud del clero dentro del país, es bien sabido que ha estado incitando a la rebelión; entre ese clero están los sacerdotes de Saguayo, y con toda sinceridad les digo que si esos sacerdotes llegan a ser aprehendidos por las fuerzas federales serán fusilados porque son responsables de haber institado (sic) a la rebelión causando derramamiento de sangre. Ellos son los directamente culpables de los acontecimientos acaecidos en Saguayo, en que perdieron la vida varios hombres” (p. 113).
Desde aquel momento, cuando el movimiento cristero se hallaba aún en ciernes, el nombre de la actual Capital de la Ciénega, a la sazón Sahuayo de Díaz, ya resonaba con intensidad. Cabe decir que, al preguntar el Obispo de Zamora al párroco de Santiago Apóstol, D. Pascual Orozco, sobre los sucesos, éste dijo que los presbíteros locales no tomaron parte en la reyerta y que, por el contrario, uno de ellos había recibido una bala perdida en la pierna, hallándose fuera de su casa: el P. Ignacio Sánchez Sánchez (tío carnal de San José Sánchez del Río).
Plaza de Sahuayo de Díaz en 1924, dos años antes de los sucesos de agosto de 1926. Instantánea perteneciente al Archivo fotográfico Guerrero.
Las disposiciones apaciguadoras de Díaz y de Flores contrastaron sin cesar con el ánimo incisivo de Calles. A cada propuesta mansa e incluso condescendiente de los primeros, el general sonorense replicaba con acritud. Llegó el punto en el que Pascual Díaz, quizá viendo que los minutos corrían y no se obtenía nada fructífero, expresó:
“Ya le hemos manifestado con toda sinceridad que no es cuestión de amor propio; nosotros estamos dispuestos a sacrificarlo todo menos nuestros principios” (p. 136).
Y Calles impugnó que ellos no querían sacrificar los suyos, pero sí que el gobierno renunciara a los propios.
“No, señor” contestó el obispo de Tabasco, “no le decimos que sacrifique sus principios pero sí tratamos de encontrar una manera de que nosotros podamos cumplir esa ley sin faltar a nuestros principios y sin desdoro del Gobierno. Así es, pues, que suplicamos al señor Presidente de la manera más respetuosa que por el momento espere” (p. 136).
¿A qué, se preguntará el lector? El mismo Calles les lanzó la interrogante a los prelados. Y la respuesta fue: “a suspender los efectos de esa ley” (la Ley Calles).
El resultado, como ya se sabe, no fue positivo, sino todo lo contrario: el presidente, tan tajante como siempre, les dijo a los prelados que no tenía intención alguna de modificar las leyes y que sólo tenían dos alternativas: tratar de modificarlas o recurrir a la rebelión:
“Ya les he dicho ustedes no tienen más que dos caminos: sujetarse a la Ley, a la Ley, pero si ésta no está de acuerdo con sus principios, lanzarse entonces a la lucha armada y tratar de derrocar en esta forma al actual Gobierno, para establecer uno nuevo que dicte leyes que armonicen con la manera de pensar de ustedes; pero para este caso les repito que nosotros estamos suficientemente preparados para vencerlos” (pp. 136-137).
En efecto, y como se los dejó claro en diversos puntos de la conversación, el régimen callista mantendría las legislaciones vigentes en materia religiosa. Y la jerarquía eclesiástica, al menos en ese instante, tampoco transigiría: ni los cultos, suspendidos desde el domingo 1° de agosto a raíz de la Carta Pastoral Colectiva del 25 de julio, se reanudarían, y los sacerdotes tampoco se registrarían ante las autoridades para ejercer legalmente su ministerio.
La historia que siguió a aquel fracaso diplomático ya se conoce a estas alturas. Una vez agotados todos los recursos pacíficos y legales, los levantamientos espontáneos de pequeños grupos de católicos continuaron. Al mismo tiempo, los efectos del boicot económico impulsado por la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR), émulo del que ya se había llevado a cabo en Jalisco en 1918 bajo la guía y acicate de líderes católicos prominentes –entre ellos el hoy Beato Anacleto González Flores– se dejaban sentir con intensidad, aunque no la suficiente para doblegar al gobierno y orillarlo y a modificar los artículos antirreligiosos y anticlericales de la Carta Magna.
Eso sin contar que, desde hacía tres semanas, tras la suspensión del culto público a nivel nacional, ya se habían producido reyertas en diversos puntos del país, entre ellos la Capilla de Jesús y el Santuario de Guadalupe en Guadalajara, en Cocula (Jalisco) y en Sahuayo de Díaz, como ya se ha abordado en otras entradas.
No está de más afirmar que, una vez que la Cristiada estalló formalmente, y planteado el tema de la licitud moral de la resistencia cristera, las palabras del presidente en cuanto a los caminos a tomar ante la persecución y el conflicto fueron traídas de nuevo a colación. Si alterar los artículos constitucionales por la vía legal había fallado, con manifestaciones pacíficas y demás tácticas incluidas, y a la luz de los aciagos acontecimientos, los católicos mexicanos creyeron que el único sendero que quedaba fue, justamente, el señalado por el político de Guaymas.
Breve semblanza de Jesús Degollado Guízar, segundo General en jefe del Ejército Cristero
Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo
Fotomontaje alusivo al título de la presente entrada, que muestra al general Jesús Degollado Guízar durante sus tiempos como oficial cristero. Al fondo, la bandera mexicana. Edición de imagen por la autora.
Originario de Cotija de la Paz, Michoacán, Jesús Degollado Guízar vio la luz primera el 3 de agosto de 1892. Sus padres fueron don Santos Degollado Carranza y doña Maura Guízar Valencia, hermana de San Rafael Guízar y de Antonio de los mismos apellidos; ambos fueron prelados durante el tiempo de la persecución religiosa en México y, a diferencia de su pariente José María González Valencia –quien apoyó a ultranza el movimiento cristero–, se opusieron con rotundidad a la resistencia armada por parte de los católicos. En su momento, a su vez, estuvieron en contra de la idea de suspender el culto público en 1926.
Vista panorámica del templo parroquial de Cotija de la Paz, Michoacán, tierra natal del general Jesús Degollado Guízar. Fotografía de OMAR802 at the English Wikipedia, tomada en 2007.
Volvamos con nuestro biografiado. Por causas laborales, la familia Degollado Guízar pasó a radicar en el pueblo de Sahuayo de Díaz. Su vivienda se encontraba frente a la puerta principal de la Parroquia de Santiago Apóstol, y desde allí se alcanzaba a ver el altar mayor. Por su parte, en la década de los veinte, Jesús se marchó a Atotonilco el Alto –tierra natal del también general cristero Lauro Rocha González, caído en 1936–, donde se afilió a la célebre ACJM, la Asociación Católica de la Juventud Mexicana fundada en agosto de 1913 por el jesuita belga Bernardo Bergöend, y también a la Unión de Católicos Mexicanos, mejor conocida como la “U”. Para ese momento ya se había casado, en 1911, con la señora María Soledad Bouquet Carranza.
En los albores de la Cristiada, Jesús Degollado Guízar no dejó de enterarse de los sucesos que tuvieron lugar a comienzos de agosto de 1926 en la actual Capital de la Ciénega:
El día cuatro de agosto de ese año, siendo jefe de la Liga y miembro de la «U» el caballeroso señor don José Ramírez, el pueblo presenció una tragedia en la que fueron asesinados en Sahuayo, Mich., unos de los vecinos más caracterizados del lugar. El pueblo entero se defendió, hubo un terrible combate en el que los vecinos, ayudados por las Acordadas del Cerrito y Guaracha, vencieron al destacamento federal obligándolo a salir del poblado (Degollado Guízar, 1927, p. 21).
El lector puede encontrar más pormenores al respecto en otras dos entradas de «Crónicas de la Ciénega».
A inicios de 1927, de acuerdo con lo relatado por Degollado, los levantamientos empezaron de lleno. En su narración, el cotijense resalta la importancia de la ya mencionada Unión de Católicos Mexicanos.
En el occidente de Michoacán, siendo vecinos de Cotija, se levantaron en armas el Gral. don Prudencio Mendoza, el Gral. don Maximiliano Barragán, los coroneles don Luis Guízar Morfín, don José Guízar Oceguera, don Honorato González, don José González, don Evaristo Mendoza. Todos estos Jefes con mando de grupos eran de la «U». […] Los Estados Mayores de los jefes estaban formados por jóvenes de la A. C. J. M., muchos de ellos de la «U», y entre las clases de tropas numerosos oficiales y soldados también eran de la «U» (Degollado, 1957, p. 22).
A mediados de aquel mismo año, la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa le asignó a don Jesús Degollado el rango de general de división y Jefe de Operaciones en la región de Occidente, que englobaba el occidente michoacano, el sur jalisciense y Nayarit. En cierto punto de la contienda, su esposa fue arrestada y hecha prisionera en Guadalajara. De acuerdo con sus Memorias, el párroco de Juchitlán le dio la noticia. Pero, nos dice el mismo general, cuando recibió la Comunión de manos de aquel presbítero hizo este ofrecimiento en su interior:
Por lo que se sabe que pasa en las prisiones callistas, toda mujer que cae en manos de esos esbirros es ultrajada. No obstante ese dolor y pena tan grandes, te los ofrezco con todo mi corazón, diciéndote que para Ti, hasta la honra te doy, aun cuando sangra mi corazón. […] Dios, que conoce nuestros pensamientos, vio que […] le presentaba un verdadero ofrecimiento; y Él salvó a mi esposa, permitiendo que los masones de Guadalajara le hicieran guardia de día y de noche (Degollado Guízar, 1927, p. 238).
Luego de que Enrique Gorostieta Velarde fuera asesinado en la hoy ex Hacienda del Valle, cerca de Atotonilco el Alto, Jalisco, el general Degollado fue nombrado su sucesor como General en jefe del Ejército Nacional Cristero. Como tal, a él tocó beber el amarguísimo trago de los «arreglos» del 21 de junio de 1929 y licenciar a las tropas cristeras, a sabiendas de que la supuesta «amnistía» otorgada por el régimen no era más que una farsa y de que muchos irían al destierro, para salvar la vida, o serían asesinados deshonrosamente. De allí que, en agosto, con el alma hecha pedazos, escribiera aquellas palabras tan trágicas como inmortales:
Compañeros de lucha:
En un momento doloroso y trágico, cuando el invicto organizador de la Guardia Nacional, general de división Enrique Gorostieta, caía heroico, bajo las balas del enemigo, tuve que recibir de sus manos, la bandera que él, con tanto valor, había empuñado, para conducirnos a la victoria. Acepté decidido el cargo que, superior a mis fuerzas, se me ofrecía, pero entonces estaba muy lejos de pensar que me habría de enfrentar con el más grave de los problemas: el de la cesación de las hostilidades, el de la terminación de la lucha. […]
Su Santidad el Papa, por medio del Excelentísimo Señor Delegado Apostólico, ha dispuesto, por razones que no conocemos, pero que, como católicos acatamos, que sin derogar las leyes, se reanudaran los cultos, y que el sacerdote, poniéndose en cierto modo al amparo de ellas, comenzase a ejercer su ministerio públicamente. En el acto, nuestra situación, compañeros, ha cambiado.
[…]
Debemos, compañeros, acatar reverentes los decretos ineluctables de la Providencia: cierto que no hemos completado la victoria; pero nos cabe, como cristianos, una satisfacción íntima, mucho más rica para el alma: el cumplimiento del deber y el ofrecer a la Iglesia y a Cristo el más preciado de nuestros holocaustos, el de ver rotos, ante el mundo, nuestros ideales, pero abrigando, sí, ¡vive Dios!, la convicción sobrenatural que nuestra fe mantiene y alimenta, de que al fin Cristo Rey reinará en México, no a medias, sino como Soberano absoluto sobre las almas.
Como hombres, cábenos también otra satisfacción que jamás podrán arrebatarnos nuestros contrarios: la Guardia Nacional desaparece, pero no vencida por nuestros enemigos […] Ave, Cristo, los que por ti vamos a la humillación, al destierro, tal vez a una muerte ingloriosa, víctimas de nuestros enemigos, con el más fervoroso de nuestros amores, te saludamos, y, una vez más, te aclamamos Rey de nuestra patria. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe! (Degollado Guízar, 1957, pp. 281-285).
Poco antes de enviar dicha carta, el general Degollado trató de obtener condiciones justas para el licenciamiento y, naturalmente, la libertad de su consorte. Según lo narra en su libro de memorias, Jesús Degollado envió a Luis Beltrán y Mendoza para que hablara con el Delegado Apostólico, a fin de que éste le diera la recomendación necesaria para acudir con el presidente interino Emilio Portes Gil. Aunque renuente al inicio, el político tamaulipeco aceptó liberar a la señora Soledad. En cuanto a que las tropas cristeras se licenciaran, poco después se produjo el fin de la guerra y la posterior matanza por la cual, como se sabe ya, murieron más cristeros luego de los «arreglos» que durante la misma Cristiada:
Otra fotografía del general Jesús Degollado Guízar. Retoque y edición hechos por la autora.
Di cuenta a los superiores, quienes aprobaron lo que dispuse, y días después diose principio al licenciamiento de nuestras fuerzas, porque la Guardia Nacional, o sea el ejército cristero, no fue vencido (Degollado Guízar, 1957, p. 249).
Oculto muchos años luego del término oficial de la Cristiada, para escapar a la cacería sistemática de los cristeros supuestamente amnistiados, el general Jesús Degollado Guízar falleció el 27 de agosto de 1957.
Degollado Guízar, J. (1957). Memorias de Jesús Degollado Guízar. Último general en jefe del Ejército Cristero. México: Jus.
Enciclopedia de la Literatura en México (13 de marzo de 2020). Jesús Degollado Guízar. ELEM & Fundación para las Letras Mexicanas (FLM). https://www.elem.mx/autor/datos/1332
Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo
En el mes de mayo de 1921, específicamente el día 8, hace poco más de ciento cinco años, un grupo de militantes bolcheviques irrumpió en la Catedral de Morelia y dañó a cuchilladas una imagen de la Santísima Virgen de Guadalupe.
Fotomontaje alusivo al contenido del presente artículo, en el que se muestra la imagen que fue profanada por los socialistas el 8 de mayo de 1921. En la mitad inferior derecha se aprecia la Catedral de Morelia. Edición realizada por la autora.
Antes de perpetrar aquel acto sacrílego, los atacantes izaron la bandera rojinegra en lo alto del sagrado recinto. Al igual que hizo Miguel Gómez Loza en Guadalajara –véase la entrada Cuaresma roja en Guadalajara, en esta misma página–, un obrero llamado Joaquín Cornejo tuvo la valentía de subir y quitarla, y posteriormente quemarla. En la iglesia principal de la capital michoacana no ondearía aquel lábaro.
Enfurecidos, los socialistas exigieron a Maximiliano López, sacristán, que les dijera quién había arrancado la enseña rojinegra. No consiguieron contestación, por lo que amenazaron e injuriaron a López. Éste, lleno de temor por el daño que pudieran infligirle, creyó poder refugiarse en la Catedral… pero fue seguido por los bolcheviques, quienes no sólo irrumpieron en el inmueble religioso sin respeto alguno, sino también en la Capilla del Sagrario. Allí se hallaba, sobre la pared, la imagen de la Morenita. Con odio y rabia desbordados, los socialistas dañaron la imagen a cuchilladas y abrieron dos profundas rasgaduras en la sección inferior. Una perjudicó parte del marco y la media luna, yendo hacia la figura del ángel que sostiene a la Reina del Cielo.
Cuatro días después de lo ocurrido, justamente airados, los católicos llevaron a cabo una manifestación a fin de externar, pública y categóricamente, su devoción a la Morenita del Tepeyac y protestar por los acontecimientos del 8 de mayo. Cabe decir que el día 11 habían proyectado hacer una peregrinación, pero los agentes policiales lo impidieron alegando que constituía una violación del artículo 24 de la Constitución Política, en el cual, textualmente, se leía:
Todo acto religioso de culto público deberá celebrarse precisamente dentro de los templos, los cuales estarán siempre bajo la vigilancia de la autoridad (1917, pp. 23-24).
Catedral de la ciudad de Morelia, donde los socialistas izaron su bandera en mayo de 1821. En su interior se encontraba la imagen de Santa María de Guadalupe que profanaron posteriormente.
Las autoridades del gobierno del Estado de Michoacán, a la sazón encabezado por Francisco J. Múgica, connotado anticlerical y jacobino, no permitieron que la manifestación se efectuara de modo pacífico. Por el contrario, a fin de dispersarla y acallar los continuos vítores a Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe que proferían los fieles, la policía y los soldados abrieron fuego contra la multitud inerme. De nada valió que un hombre llamado Julián Vargas encarara al jefe de la policía y externara que, como ciudadanos de un país libre, tenían el derecho –siempre y cuando no trastocaran el orden público– de manifestar de alguna forma su descontento por los agravios cometidos contra la imagen.
Varios fieles murieron –cuatro varones y dos mujeres– y otros tantos quedaron lesionados por los proyectiles. Los caídos fueron Julián Vargas, Rómulo González Figueroa, Felipe López, el ya mencionado Joaquín Cornejo, Crescenciana Cerrillos y María González.
La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe fue restaurada al cabo de un tiempo, por lo que las huellas de las puñaladas apenas son visibles. Actualmente se resguarda en la Rectoría de Santa Catalina de Siena, llamado el templo de “Las Monjas”, en la misma ciudad de Morelia. Allí mismo fue coronada, el 12 de diciembre de 1945, por Monseñor Luis María Altamirano y Bulnes.
Rectoría de Santa Catalina de Siena («Las Monjas») en Morelia. Aquí se resguarda la imagen de la Virgen de Guadalupe que los socialistas apuñalaron, ya restaurada.
Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo
A primera vista, el título de la presente puede resultar un tanto exagerado o sorprendente, o tal vez salido de algún texto de ficción: ¿en verdad hubo una consagración episcopal en la actual Capital de la Ciénega? Es verdad que desde hace algunas centurias, y muy en particular desde la segunda mitad del siglo XIX y en los tiempos de la persecución religiosa, la localidad se ha distinguido por su acendrado catolicismo, y por haber dado a la Iglesia incontables sacerdotes, hombres y mujeres que no dudaron en defender la fe católica y otros tantos que sacrificaron la propia vida en aras de tal. No en vano ha sido escenario del fecundo ministerio de muchos presbíteros cuyo nombre y obra han dejado huella en la historia local… ¿pero también de la ordenación de un Obispo?
Fotomontaje que muestra a D. Vicente Castellanos y Núñez (1870-1939), el único prelado que ha sido consagrado en Sahuayo. Elaboración, mejora de imagen y edición por la autora. Imagen de Monseñor tomada de MazamitlaJalisco2016.blogspot., de la sección de Personajes ilustres.
En efecto, tal como se lee, lo fue, hace más de un siglo, en el ya lejano año de 1912; es decir, un año antes del nacimiento de San José Sánchez del Río y casi uno después del derrumbe de la torre de la Parroquia de Santiago Apóstol (acontecimiento que le granjeó al pueblo el mote de “Sahuayo Torres Mochas”).
¿Quién fue el flamante prelado? ¿De dónde provenía y cuál había sido su trayectoria eclesiástica?
Su nombre era Vicente Castellanos Núñez. En cuanto a sus orígenes, García Urbizu (1963) nos dice que “accidentalmente, por temporada que pasaron sus padres en Mazamitla, Jal., nació en esta población; pero tanto sus progenitores, como el resto de su familia fueron originarios de Sahuayo” (p. 79). La fecha de su llegada al mundo, de acuerdo con su fe de Bautismo, fue el 4 de abril de 1870.
Iglesia parroquial de Mazamitla, Jalisco, tierra natal de Monseñor Vicente Castellanos, antes del sismo (1941) que provocó su colapso. El edificio original, que vemos en la imagen, data de la segunda mitad del siglo XIX. Fotografía: Mazamitla seguro.
Un día después de su nacimiento, según la piadosa costumbre de antaño de llevar a bautizar a los hijos lo antes posible, el infante fue bautizado en la Parroquia dedicada a San Cristóbal, como consta en la partida eclesiástica que en seguida transcribimos de modo literal:
Al margen izquierdo: Mazamitla / Vicente.
Dentro: En la parroquia de Mazamitla en cinco de Abril de / mil ocho cientos setenta, yo el Padre Presbitero D. Antonio / Garcia ex licentia parrochi [1] bautisé solemnemente á Vicente / de un dia de nacido en este Pueblo, hijo legítimo de José / Castellanos y Refugio Nuñes, Abuelos paternos Ygnacio / Castellanos y Juaquina [2] Barragan Abuelos maternos / Antonio Núñes, y Maria Reyes, Padrinos el Sor. [3] Cura / Dn. Francisco J. Correa Diaz, á quienes se les advirtio / su obligacion y parentesto Espiritual, lo que firmó con el Sor. Cura.
Fran.co [4] J. Correa Diaz Antonio Garcia (Rúbricas)
Vicente pasó su infancia en Sahuayo y allí cursó sus primeros estudios y, al mismo tiempo, contribuyó al sostenimiento de su familia. Habiendo manifestado vocación al sacerdocio, se matriculó en el Seminario auxiliar de Sahuayo y luego se marchó a Zamora para proseguir la carrera levítica. Recibió el presbiterado el 20 de octubre de 1894.
Fe de Bautismo de Monseñor Vicente Castellanos y Núñez, con fecha del 5 de abril de 1870. Edición y resaltados hechos por la autora.
El flamante presbítero fue designado sucesivamente como ecónomo, prefecto de estudios y subdirector de la Escuela de Artes y Oficios de Zamora, a la sazón dirigido por Monseñor Francisco de Paula Mendoza y Herrera, originario de Tingüindín, quien le había conferido el Sacramento del Orden. Más tarde, refiere García Arvizu, lo destinaron a Ecuandureo como vicario (1963, p. 79), bajo la autoridad del P. Leonardo Castellanos y Castellanos –futuro Obispo de Tabasco– y como cura amovible de Zináparo. Cuando Mendoza y Herrera fue enviado a territorio campechano, se llevó consigo al P. Vicente, quien trabajaría como «rector del seminario de Campeche, secretario de la Sagrada Mitra y Vicario General de dicho obispado» (Dávila Garibi, 2012).
Portal de la parroquia del Señor de la Paz y portal en Ecuandureo, Michoacán, donde ejerció su ministerio el P. Vicente Castellanos. Fotografía compartida por Raúl Torres en la página de Facebook Ecuandureo, Michoacán De Ocampo, México.
El tiempo, inexorable, siguió su curso. El 7 de agosto de 1909, Francisco Herrera fue nombrado Arzobispo de Durango por el Papa Pío X; tomaría posesión el 12 de noviembre del mismo año. Lo sustituyó Jaime de Anesagasti y Llamas, pero no duró mucho tiempo en el cargo, pues murió en octubre de 1910. El P. Castellanos y Núñez fue elegido para sucederlo, convirtiéndose así en el quinto Obispo de Campeche. Fue preconizado el 7 de febrero de 1912 y se determinó hacer la consagración episcopal en Sahuayo de Díaz, tierra de su familia y suya, si no por el nacimiento geográfico, sí por la sangre.
Fue algo sin precedentes en la historia del pueblo. Si las visitas episcopales eran algo extraordinario –de ahí la famosa expresión «cada venida de obispo»–, el que un príncipe de la jerarquía eclesiástica fuera a ser ungido en la villa lo era más, en grado sumo. La consagración del P. Vicente Castellanos se efectuó el 21 de abril en la Parroquia de Santiago Apóstol. García Urbizu añade que, al tratarse de la única ceremonia de dicha índole que ha habido en la ciudad, «y por ser hijo de Sahuayo, ese acto revistió caracteres de gran suntuosidad, habiendo sido un memorable acontecimiento en los anales sahuayenses» (1963, p. 79). Tras la augusta ceremonia, el 23 de mayo, el nuevo prelado tomó posesión del Obispado de Campeche.
La calle de La Palma, hoy Francisco I. Madero, en Sahuayo, y al fondo la Parroquia de Santo Santiago Apóstol, donde fue Monseñor Vicente Castellanos y Núñez fue ungido como V Obispo de Campeche en abril de 1912. Fotografía mejorada por la autora.
Entre 1914 y 1919, al desatarse la persecución religiosa por parte de las tropas revolucionarias –en especial de los carrancistas–, los diversos integrantes del Episcopado Mexicano optaron por el exilio. Monseñor Vicente estuvo en Belice (Aguirre Cristiani, 2012).
El 26 de agosto de 1921 se le nombró Obispo de la Diócesis de Tulancingo (Hidalgo) para suceder a José Juan de Jesús Herrera y Piña, a quien se envió a la Arquidiócesis de Linares (o Nuevo León), con sede en Monterrey. Fue al frente de aquella jurisdicción que Monseñor Vicente tuvo que afrontar el clímax de los atropellos gubernamentales contra la Iglesia, su clero y los fieles y, naturalmente, los aciagos tiempos de la Guerra Cristera.
Del 20 al 24 de junio de 1926, en Chicago, se llevó a cabo el XXVIII Congreso Eucarístico Internacional. Se invitó a todos los Obispos latinoamericanos, pero sólo dos de los mexicanos pudieron ir, precisamente por las circunstancias adversas. El primero fue Monseñor Francisco Orozco y Jiménez; el segundo, Vicente Castellanos y Núñez. Ambos se hospedaron «en el Hotel destinado a los Prelados latinoamericanos» (García Urbizu, 1963, p. 80).
García Urbizu aporta más detalles al respecto:
El Exmo. Sr. D. Vicente se presentó solo, sin familiar, pues los escasos recursos de su Diócesis, no le permitieron erogar el gasto. Afortunadamente sus paisanos, el Sr. Cango. D. Enrique Amezcua —su sobrino— y el Sr. Cura D. Alberto Navarro, gustosos le prestaron su servicio de familiares.
Habiendo llegado un tanto retardados, el día de la solemne procesión Eucarística, por la extraordinaria aglomeración de fieles, uno de los guardias se fijó en el alzacuello del Sr. Obispo Castellanos y le preguntó: —¿Bishop, bishop? —Yes, asintió el Señor. Por lo que el guardia les abrió paso entre la multitud y pudieron formar parte del inolvidable acto de clausura (1963, p. 80).
A mediados del mismo año de 1926, Castellanos y Núñez «fue en misión especial ante la Santa Sede (García Urbizu, 1963, p. 80). Dicho cometido consistía, de acuerdo con Jean Meyer, en entregar al Papa Pío XI un memorial enviado por algunos jesuitas (2016, p. 180).
Panorama de Tulancingo, sede de la Diócesis homónima. Imagen: México en fotos.
Esa no sería la última epístola que Monseñor Castellanos le haría llegar al Sumo Pontífice, y el tema no sería menor: en la misiva se le informaba a este último que dieciocho prelados estaban a favor de no transigir con el régimen callista y con la aplicación de la Ley Calles y, en específico, de suspender el culto público en todo el país como última medida de protesta. Monseñor Vicente fue recibido por el máximo pastor de la Iglesia Católica el 21 de julio. No en vano, asevera el célebre historiador de la Cristiada oriundo de Niza, «había sido encargado por el Comité Episcopal de representar la posición del episcopado mexicano ante la Santa Sede y el Papa» (2016, p. 191).
El 16 de septiembre de 1932, la sede de Tulancingo quedó vacante, mas no por el deceso de quien la ocupaba, sino por su renuncia. Monseñor Vicente decidió dejar su cargo a fin de «pasar el resto de sus días en un monasterio europeo, abrazando la vida religiosa» (Dávila Garibi, 2012). Tras su dimisión, no obstante sus deseos de retiro, fue preconizado Obispo titular de Marciana (García Urbizu, 1963, p. 79) y el 16 de mayo inmediato salió de la Ciudad de México, en el tren de Veracruz, para de allí pasar a La Habana (Dávila Garibi, 2012).
Nuestro biografiado falleció el 2 de abril de 1939, a los sesenta y ocho años y siete meses de edad. Según García Urbizu, partió «habiendo dejado en todas partes una profunda estela de santidad» (1963, p. 80).
Dávila Garibi, José Ignacio (mayo de 2014). Serie cronológico-biográfica de los ilustrísimos mitrados mexicanos consagrados durante un siglo, de marzo 6 de 1831 a marzo 6 de 1931. 5ª y última parte). En: Boletín Eclesiástico de la Arquidiócesis de Guadalajara.
García Urbizu, Francisco (1963). Zamora y Sahuayo. Dos pueblos de arraigada tradición cristiana. Zamora: Talleres GUÍA.
Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo
A propósito de la historia de los veintisiete cristeros ultimados en el atrio de la Parroquia de Santiago Apóstol en Sahuayo, de cuyo sacrificio conmemoramos un aniversario más hace unas semanas, hoy recordamos a Jacobita Zepeda del Toro, una anciana sahuayense que ya en vida gozó de fama de santidad entre sus coterráneos.
Fue hija del señor José Zepeda y de la señora Margarita del Toro. De acuerdo con los testimonios orales del pueblo de Sahuayo, era favorecida con revelaciones privadas por parte de Dios. Una de las pruebas de ello reside en su recuperación milagrosa después de haber sufrido por años de una enfermedad que la había postrado en cama por muchos años, una mielitis que la postró desde 1912. Pues bien: según el informe médico del Dr. Amadeo Gálvez –una de las calles de Sahuayo, paralela al bulevar Lázaro Cárdenas, lleva su nombre–, ratificado por el juramento de los sacerdotes sahuayenses Pascual Orozco, Otón Sánchez e Ignacio Sánchez [1], Jacobita pudo caminar de un día a otro, tras aquella prolongada parálisis, sin tomar ningún medicamento.
Fotografía de Jacobita Zepeda del Toro editada con su nombre y con un subtítulo alusivo a una de sus principales predicciones, modificada de una edición para la página Testimonium Martyrum. Edición realizada por la autora de la presente entrada.
Compartimos un fragmento del inicio de uno de los documentos que existen sobre esta mujer singular:
«En la Villa de Zaguayo [2], Obispado de Zamora Michoacán, en la República Mexicana, han tenido lugar, repetidas revelaciones, hechas a un alma santa, en las que el Eterno Padre, manifiesta su deseo, para que se rinda culto al corazón de San José, y se ofrezca juntamente con el de Jesús y de María, en desagravio por los pecados del mundo…»
En lo tocante a las cuestiones piadosas, Jacobita se caracterizó por su gran devoción a los Corazones de Jesús, María y José.
Cabe mencionar que, entre otros acontecimientos, Jacobita vaticinó la caída del Varón de Cuatro Ciénegas –Venustiano Carranza–, la quema de San José de Gracia, Michoacán, y la llegada de las hordas del temido bandolero José Inés Chávez García a Jiquilpan de Juárez –a donde, por cierto, no pudo entrar–.
Según los relatos sobre Jacobita, lo último que predijo fue:
«He visto correr ríos de sangre por las calles de Sahuayo».
Profecía que, dicho sea en honor a la verdad, no dejó de cumplirse. Luego de la masacre de los veintisiete cristeros, como sabemos, el cielo envió su llanto y lavó los cuerpos inertes y ensangrentados. Mezclado con la lluvia, el fluido escarlata corrió por las calles de Sahuayo y bajó por la calle Insurgentes, hacia el oriente de la población.
Jacobita Zepeda del Toro murió poco antes de un año del sacrificio de aquellos cristeros valientes, el 17 de abril de 1927. Recordemos que, según los testimonios orales y demás historias, la matanza tuvo lugar el 21 de marzo de 1927, pero de acuerdo con partes oficiales y con el reportaje del periódico «El Informador», fue en 1928, el mismo día en que fue asesinado el licenciado Miguel Gómez Loza, hoy beatificado. El lector puede indagar al respecto en otra de las entradas de esta página.
Los restos de Jacobita descansan en las célebres Catacumbas del Sagrado Corazón de Jesús, en Sahuayo, que el P. Miguel Serrato tuvo la iniciativa de construir para que allí reposaran algunas personas ilustres de la localidad, entre ellos los que dieron su vida por Cristo Rey en los tiempos de la persecución religiosa y la Cristiada, como los cristeros de la Parroquia y el señor José Sánchez Ramírez, y aquellos que, de alguna forma u otra, destacaron por su devoción y práctica de la fe católica, como esta mujer.
Notas:
[1] Tío paterno de San José Sánchez del Río.
[2] Antigua grafía de «Sahuayo».
Sitio donde reposan los restos mortales de Jacobita Zepeda del Toro en las catacumbas del templo del Sagrado Corazón en Sahuayo, Michoacán. Fotografía de Rutacristera.org.
Breve semblanza de Monseñor José Amador Velasco, Obispo de Colima durante la Cristiada
Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo
Retrato de Monseñor José Amador Velasco (1856-1949) en sus primeros años como Obispo de Colima. Imagen mejorada y editada por la autora.
Su nombre brilla con esplendor al lado del de Monseñor Francisco Orozco y Jiménez, el V Arzobispo de Guadalajara. Ninguno de los dos abandonó a los fieles que les habían sido encomendados. Poniendo el ejemplo a sus sacerdotes, optaron por ocultarse y seguir impartiendo los consuelos de la religión, con grave riesgo de su vida. Su nombre era José Amador Velasco y Peña.
Naturalmente, el prelado originario de Zamora que tuvo a su cargo la Diócesis de Chiapas y la Arquidiócesis tapatía es mucho más conocido. El día de hoy, en honor a la justicia, le dedicaremos un espacio a su contraparte originaria de Jalisco pero que, por disposición de la Providencia y de la Santa Sede, dirigió la Diócesis de Colima.
Nuestro personaje vino al mundo en Villa de la Purificación, Jalisco, el 30 de abril de 1856. Sus padres fueron Ricardo Velasco Michel y María Eduarda Peña y Bracamontes. Recibió el Sacramento del Orden Sacerdotal el 12 de noviembre de 1879 a los veintitrés años.
Villa de la Purificación, Jalisco, patria chica de Monseñor José Amador Velasco. Fotografía de México desconocido.
Una vez como presbítero, impartió clases en el Seminario Conciliar Tridentino de Colima. Fue vicerrector entre abril/mayo de 1886 y abril de 1889, año en que ascendió en la jerarquía del plantel y fue designado rector. Trabajó como tal hasta el 2 de diciembre de 1895. Al acabar ese año, fue nombrado párroco de Autlán de Navarro. Al frente de dicha parroquia, lleno de celo, aprovechó para erigir la vicaría de Tonaya. En 1900 se le dio el cargo de vicario general de la Diócesis colimense.
El 30 de julio de 1902, el Papa León XIII –autor de la célebre «Rerum Novarum»– le encomendó esta jurisdicción eclesiástica, convirtiéndose en su IV Obispo y en sucesor de Monseñor Atenógenes Silva. Fue consagrado el 30 de agosto de 1903 por el IV Arzobispo de Guadalajara, José de Jesús Ortiz, predecesor de Francisco Orozco y Jiménez. Ese mismo año, el 4 de octubre, colocó y bendijo la primera piedra de la flamante parroquia de San Francisco de Almoloyán (actualmente templo parroquial dedicado al Seráfico Padre y situado en el centro de Villa de Álvarez, Colima).
Al frente de su Diócesis, Monseñor Amador Velasco enfrentó los convulsos y terribles años de la Revolución Mexicana. Esto no le impidió tratar de velar por los suyos. En diciembre de 1912, justo en la Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe, instituyó el primer cabildo de la Catedral de Colima.
Juan José Ríos, gobernador de Colima entre 1915 y 1917, quien desterró del Estado a Monseñor Amador Velasco. Mejora y edición de imagen hechas por la autora.
Sin embargo, aquella calma no duraría mucho, pues llegó al punto de ser desterrado en 1915 por disposición del gobernador Juan José Ríos, perteneciente al bando constitucionalista –quienes, como hemos visto en otras entradas, eran famosos por su animadversión contra el clero y, en general, contra el catolicismo–.
De modo particular, Monseñor Amador vivió en primera línea el recrudecimiento de la persecución religiosa en la década de los 20’s, máxime a partir de 1926. Al imponerse en marzo una legislación que limitaba el número de sacerdotes en Colima y exigía que se registraran como empleados del gobierno, el prelado se rehusó, junto con sus sacerdotes, a acatar la disposición.
He aquí un fragmento de la carta que envió Monseñor a las autoridades de Colima, encabezadas por Francisco Solórzano Béjar:
Delante de Dios y de todos mis amados diocesanos, declaro también que antes quiero ser juzgado con dureza por aquellos que sobre este delicadísimo asunto han provocado mi actitud, que aparecer lleno de oprobio y vergüenza en el tribunal del Juez Divino, y merecer la reprobación del Supremo Jerarca de la Iglesia… reitero a ustedes de la manera más formal mi inconformidad con el decreto por el cual la autoridad civil del estado de Colima se permite legislar sobre el gobierno eclesiástico de mi diócesis… (citado en Meyer, 1980, pp. 248-249).
El 5 de abril de 1926 hubo una manifestación multitudinaria en la capital de Colima. La gente exigió la revocación del decreto y, eventualmente, los hechos tomaron un cariz violento: los policías, vestidos de paisano, atacaron a tiros a los manifestantes. Hubo al menos siete muertos.
Ante la negativa del gobierno a dar marcha atrás en las leyes antirreligiosas, el prelado tomó la determinación de suspender el culto en toda la entidad. Lo mismo había hecho Monseñor Orozco y Jiménez en 1918 en Jalisco. Esto tuvo lugar el 7 de abril, la fecha límite que Solórzano Béjar había fijado como límite para que los clérigos se registraran.
Todo el pueblo colimote se volcó en un programa de luto y penitencia, aunado a la ya conocida táctica del boicot económico que, en los lares jaliscienses, tan buenos resultados había producido. Los estragos no tardaron en notarse, y el gobierno planteó la posibilidad de atenuar las leyes “con tal de que se reanudara el culto” (Meyer, 1980, p. 251). Pero Monseñor Velasco, desconfiando de las promesas meramente verbales del régimen, se negó. Cualquier intento de moverlo a capitular fue infructuoso. Ni siquiera tuvo éxito la tentativa de lograr que Monseñor Francisco Orozco interviniera. “Yo, por mi parte, pido a Dios que cuando me llegue la ocasión, sepa guardar la gallarda actitud del Sr. Obispo de Colima” relata el P. Enrique de Jesús Ochoa Santana, el famoso “Spectator” (1961, p. 73).
El obispo oriundo de Villa de la Purificación se retiró a Tonila, en territorio de Jalisco pero perteneciente a la Diócesis de Colima, y allí atendía a los fieles. El culto público, al menos en ese lugar, continuó como de costumbre.
En Colima, mientras tanto, los presbíteros y el resto de los seglares tampoco aceptaron negociar.
En efecto, tal como explica Jean Meyer (1980),
En Colima, el gobernador encontró la resistencia del clero, y su perseverancia no obtuvo otra cosa que la movilización de los católicos y una decisión que explica la importancia que adquirió el alzamiento cristero en esta región (p. 252).
En julio de 1926, el Episcopado mandó que en las iglesias de toda la República ya no hubiera ninguna función litúrgica en la que fuera precisa la intervención de un presbítero. Fue replicar, en el resto del país, lo que ya se había puesto en práctica en Colima.
Ante esta situación, Monseñor José Amador fue, junto con el Arzobispo de Guadalajara, el único Obispo mexicano que siguió atendiendo espiritualmente a sus feligreses, aun a salto de mata, con gran riesgo de su vida. A pesar de ser ya septuagenario, visitaba rancherías y se ocultaba donde fuera posible, todo para continuar administrando los Sacramentos. Jean Meyer lo corrobora al afirmar que “Durante tres años […], burlaron los esfuerzos que por descubrirlos hacía el gobierno y administraron sus diócesis, sin ser denunciados jamás, protegidos por un pueblo entero” (1980, p. 358). Porque, nos dice el mismo autor, “fueron también los únicos que siguieron una política inquebrantable: echarse al campo para compartir la suerte de su grey y subvenir a sus necesidades, aguardar a que Roma decidiera y obedecer sin réplica” (p. 348).
Leamos lo que nos dice sobre él el P. Enrique de Jesús Ochoa:
Fue al terminar el otoño, acercándose ya los días del invierno, cuando el amado Pastor de la grey colimense, el Excmo. Sr. Dr. D. José Amador Velasco, abandonó los poblados para remontarse a las abruptas serranías de su Diócesis, allá por el lado oriente, colindando con Michoacán. Contaba entonces (con) 70 años de edad. Delicado, enfermo, lleno de achaques, el virtuoso Obispo de Colima Mons. Velasco se formó el propósito de no abandonar a sus hijos, aunque le costara la vida (1961, p. 98).
Monseñor Amador vivió justo veinte años después de que la Guerra Cristera acabara oficialmente. Falleció el 30 de junio de 1949 en Colima, capital del Estado homónimo, y fue sepultado en la Catedral de la misma ciudad. Tenía noventa y tres años. Su sucesor fue Monseñor Ignacio de Alba.
Institución de la Solemnidad de Cristo Rey en 1925
Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo
En una fecha como ayer, 11 de diciembre, pero hace exactamente cien años, desde la Ciudad Eterna, Su Santidad Pío XI –el mismo que siguió de cerca la persecución religiosa en México, habló al respecto y también pidió oraciones a todo el mundo por los católicos perseguidos en nuestro país–, el Pontífice que impulsó la Acción Católica, instituyó la Solemnidad de Cristo Rey. Esto estuvo motivado, en gran medida, por el ejemplo de la Nación Mexicana. Recordemos que ya años antes, en 1914, al ser consagrado México al Sagrado Corazón de Jesús, había sonado por primera vez el grito «¡Viva Cristo Rey!»
El 11 de diciembre de 1925, el Papa Pío XI publicó esta Encíclica, «Quas Primas. Sobre la fiesta de Cristo Rey» («Como las primeras» en español) y declaró:
Su Santidad Pío XI, quien instauró la Solemnidad de Cristo Rey el 11 de diciembre de 1925 a través de la Encíclica «Quas Primas».
«Ponemos digno fin a este Año Jubilar introduciendo en la sagrada liturgia una festividad especialmente dedicada a Nuestro Señor Jesucristo Rey».
Asimismo, el Papa reconoció: «Ha sido costumbre muy general y antigua llamar Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, a causa del supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas» mas resaltó que era preciso que se le concediese real y verdaderamente, en sentido estricto, tal título, «porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas». Al mismo tiempo, señaló que dicha Reyecía posee asimismo una triple potestad, como redentor pero al mismo tiempo como legislador y como juez. Y pasó a enumerar diversos pasajes, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, que corroboran tal argumento, para después ocuparse del ámbito litúrgico:
«Y así como en la antigua salmodia y en los antiguos Sacramentarios usó de estos títulos honoríficos que con maravillosa variedad de palabra expresan el mismo concepto, así también los emplea actualmente en los diarios actos de oración y culto a la Divina Majestad y en el Santo Sacrificio de la Misa».
A este último respecto, basta revisar el Ordinario de la Misa para hallar expresiones semejantes: «Sólo Tú, Altísimo, Jesucristo» (Gloria), «Y de nuevo vendrá con gloria a juzgar a vivos y muertos, y Su reino no tendrá fin» (Credo), «De suerte que en la confesión de la verdadera y sempiterna Deidad sea adorada la propiedad en las Personas, la unidad en la Esencia y la igualdad en la Majestad» (Prefacio de la Santísima Trinidad), «Ofrecemos a tu excelsa majestad, de tus mismos dones y dádivas, la víctima pura, la víctima santa, la víctima inmaculada» (Oración Unde et mémores, posterior a la Consagración), «Por Cristo Nuestro Señor, por Quien siempre creas, Señor, estos dones, los santificas, los vivificas, los bendices y nos los comunicas. Por Cristo, con Él y en Él…» (Parte final de la invocación a los Santos e inicio de la Doxología final del Canon) y, naturalmente, el enunciado que a menudo se repite: «Por el mismo Señor Jesucristo, Tu Hijo, que contigo vive y reina en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos».
Imagen alusiva al título del presente texto, que muestra a Jesucristo con los atributos reales: el cetro, el orbe y su corona. Detrás de Él está la bandera mexicana y, franquéandolo, dos ramas de palma, en recuerdo de su entrada triunfal a Jerusalén el Domingo de Ramos. Diseño y edición realizados por la autora.
En efecto, al ser Dios y Hombre verdadero, consustancial al Padre, que es Primera Persona de la Santísima Trinidad, «la soberanía o principado de Cristo se funda en la maravillosa unión llamada hipostática. De donde se sigue que Cristo no sólo debe ser adorado en cuanto Dios por los ángeles y por los hombres, sino que, además, los unos y los otros están sujetos a su imperio y le deben obedecer también en cuanto hombre; de manera que por el solo hecho de la unión hipostática, Cristo tiene potestad sobre todas las criaturas». Esta soberanía sobre ellas, escribió el Papa, no es «arrancada por fuerza ni quitada a nadie, sino en virtud de su misma esencia y naturaleza».
A continuación, quien en el siglo llevara el nombre de Ambrogio Damiano Achille Ratti expuso que el campo de la Realeza del Redentor se extiende a tres ámbitos: el espiritual, el temporal y el de los individuos y las sociedades.
Después de explicar cada uno de estos aspectos, Pío XI decretó:
«Por tanto, con nuestra autoridad apostólica, instituimos la fiesta de nuestro Señor Jesucristo Rey, y decretamos que se celebre en todas las partes de la tierra el último domingo de octubre, esto es, el domingo que inmediatamente antecede a la festividad de Todos los Santos. Asimismo ordenamos que en ese día se renueve todos los años la consagración de todo el género humano al Sacratísimo Corazón de Jesús, con la misma fórmula que nuestro predecesor, de santa memoria, Pío X, mandó recitar anualmente».
La primera vez que se celebró la fiesta de Cristo Rey en la Iglesia Universal fue el último domingo de octubre de 1926, día 25, cuando ya en México los cultos habían sido suspendidos y, poco a poco, comenzaban a estallar los diversos levantamientos armados de los católicos en contra del régimen perseguidor. Pero allí no se quedó todo, porque muy pronto su grito de batalla honró la festividad recién establecida: «¡Viva Cristo Rey!» Con esta aclamación vivían, luchaban y morían, al grado de que el gobierno, con desprecio, les dio el mote despectivo de «cristeros».
Pero para ellos, era la mayor de las glorias. Y también para los Mártires que fueron surgiendo a lo ancho y largo del país. Todos ellos morían con el vítor santo a flor de labios, a menudo uniendo el nombre de la Santísima Virgen de Guadalupe.
Actualmente, en el calendario posterior al Concilio Vaticano II, la festividad se denomina «Solemnidad de Cristo Rey del Universo» y se celebra el último domingo del año litúrgico, inmediatamente antes del primer domingo de Adviento. Empero, la fecha fijada por Pío XI todavía se observa en las comunidades que conservan la Liturgia preconciliar.