El único Obispo consagrado en Sahuayo

Semblanza de D. Vicente Castellanos y Núñez 

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

A primera vista, el título de la presente puede resultar un tanto exagerado o sorprendente, o tal vez salido de algún texto de ficción: ¿en verdad hubo una consagración episcopal en la actual Capital de la Ciénega? Es verdad que desde hace algunas centurias, y muy en particular desde la segunda mitad del siglo XIX y en los tiempos de la persecución religiosa, la localidad se ha distinguido por su acendrado catolicismo, y por haber dado a la Iglesia incontables sacerdotes, hombres y mujeres que no dudaron en defender la fe católica y otros tantos que sacrificaron la propia vida en aras de tal. No en vano ha sido escenario del fecundo ministerio de muchos presbíteros cuyo nombre y obra han dejado huella en la historia local… ¿pero también de la ordenación de un Obispo?

Fotomontaje que muestra a D. Vicente Castellanos y Núñez (1870-1939), el único prelado que ha sido consagrado en Sahuayo. Elaboración, mejora de imagen y edición por la autora. Imagen de Monseñor tomada de MazamitlaJalisco2016.blogspot., de la sección de Personajes ilustres.

En efecto, tal como se lee, lo fue, hace más de un siglo, en el ya lejano año de 1912; es decir, un año antes del nacimiento de San José Sánchez del Río y casi uno después del derrumbe de la torre de la Parroquia de Santiago Apóstol (acontecimiento que le granjeó al pueblo el mote de “Sahuayo Torres Mochas”).

¿Quién fue el flamante prelado? ¿De dónde provenía y cuál había sido su trayectoria eclesiástica?

Su nombre era Vicente Castellanos Núñez. En cuanto a sus orígenes, García Urbizu (1963) nos dice que “accidentalmente, por temporada que pasaron sus padres en Mazamitla, Jal., nació en esta población; pero tanto sus progenitores, como el resto de su familia fueron originarios de Sahuayo” (p. 79). La fecha de su llegada al mundo, de acuerdo con su fe de Bautismo, fue el 4 de abril de 1870.

Iglesia parroquial de Mazamitla, Jalisco, tierra natal de Monseñor Vicente Castellanos, antes del sismo (1941) que provocó su colapso. El edificio original, que vemos en la imagen, data de la segunda mitad del siglo XIX. Fotografía: Mazamitla seguro.

Un día después de su nacimiento, según la piadosa costumbre de antaño de llevar a bautizar a los hijos lo antes posible, el infante fue bautizado en la Parroquia dedicada a San Cristóbal, como consta en la partida eclesiástica que en seguida transcribimos de modo literal:

Al margen izquierdo: Mazamitla / Vicente.

Dentro: En la parroquia de Mazamitla en cinco de Abril de / mil ocho cientos setenta, yo el Padre Presbitero D. Antonio / Garcia ex licentia parrochi [1] bautisé solemnemente á Vicente / de un dia de nacido en este Pueblo, hijo legítimo de José / Castellanos y Refugio Nuñes, Abuelos paternos Ygnacio / Castellanos y Juaquina [2] Barragan Abuelos maternos / Antonio Núñes, y Maria Reyes, Padrinos el Sor. [3] Cura / Dn. Francisco J. Correa Diaz, á quienes se les advirtio / su obligacion y parentesto Espiritual, lo que firmó con el Sor. Cura.

Fran.co [4] J. Correa Diaz Antonio Garcia (Rúbricas)

Vicente pasó su infancia en Sahuayo y allí cursó sus primeros estudios y, al mismo tiempo, contribuyó al sostenimiento de su familia. Habiendo manifestado vocación al sacerdocio, se matriculó en el Seminario auxiliar de Sahuayo y luego se marchó a Zamora para proseguir la carrera levítica. Recibió el presbiterado el 20 de octubre de 1894.

Fe de Bautismo de Monseñor Vicente Castellanos y Núñez, con fecha del 5 de abril de 1870. Edición y resaltados hechos por la autora.

El flamante presbítero fue designado sucesivamente como ecónomo, prefecto de estudios y subdirector de la Escuela de Artes y Oficios de Zamora, a la sazón dirigido por Monseñor Francisco de Paula Mendoza y Herrera, originario de Tingüindín, quien le había conferido el Sacramento del Orden. Más tarde, refiere García Arvizu, lo destinaron a Ecuandureo como vicario (1963, p. 79), bajo la autoridad del P. Leonardo Castellanos y Castellanos –futuro Obispo de Tabasco– y como cura amovible de Zináparo. Cuando Mendoza y Herrera fue enviado a territorio campechano, se llevó consigo al P. Vicente, quien trabajaría como «rector del seminario de Campeche, secretario de la Sagrada Mitra y Vicario General de dicho obispado» (Dávila Garibi, 2012).

Portal de la parroquia del Señor de la Paz y portal en Ecuandureo, Michoacán, donde ejerció su ministerio el P. Vicente Castellanos. Fotografía compartida por Raúl Torres en la página de Facebook Ecuandureo, Michoacán De Ocampo, México.

El tiempo, inexorable, siguió su curso. El 7 de agosto de 1909, Francisco Herrera fue nombrado Arzobispo de Durango por el Papa Pío X; tomaría posesión el 12 de noviembre del mismo año. Lo sustituyó Jaime de Anesagasti y Llamas, pero no duró mucho tiempo en el cargo, pues murió en octubre de 1910. El P. Castellanos y Núñez fue elegido para sucederlo, convirtiéndose así en el quinto Obispo de Campeche. Fue preconizado el 7 de febrero de 1912 y se determinó hacer la consagración episcopal en Sahuayo de Díaz, tierra de su familia y suya, si no por el nacimiento geográfico, sí por la sangre.

Fue algo sin precedentes en la historia del pueblo. Si las visitas episcopales eran algo extraordinario –de ahí la famosa expresión «cada venida de obispo»–, el que un príncipe de la jerarquía eclesiástica fuera a ser ungido en la villa lo era más, en grado sumo. La consagración del P. Vicente Castellanos se efectuó el 21 de abril en la Parroquia de Santiago Apóstol. García Urbizu añade que, al tratarse de la única ceremonia de dicha índole que ha habido en la ciudad, «y por ser hijo de Sahuayo, ese acto revistió caracteres de gran suntuosidad, habiendo sido un memorable acontecimiento en los anales sahuayenses» (1963, p. 79). Tras la augusta ceremonia, el 23 de mayo, el nuevo prelado tomó posesión del Obispado de Campeche.

La calle de La Palma, hoy Francisco I. Madero, en Sahuayo, y al fondo la Parroquia de Santo Santiago Apóstol, donde fue Monseñor Vicente Castellanos y Núñez fue ungido como V Obispo de Campeche en abril de 1912. Fotografía mejorada por la autora.

Entre 1914 y 1919, al desatarse la persecución religiosa por parte de las tropas revolucionarias –en especial de los carrancistas–, los diversos integrantes del Episcopado Mexicano optaron por el exilio. Monseñor Vicente estuvo en Belice (Aguirre Cristiani, 2012).

El 26 de agosto de 1921 se le nombró Obispo de la Diócesis de Tulancingo (Hidalgo) para suceder a José Juan de Jesús Herrera y Piña, a quien se envió a la Arquidiócesis de Linares (o Nuevo León), con sede en Monterrey. Fue al frente de aquella jurisdicción que Monseñor Vicente tuvo que afrontar el clímax de los atropellos gubernamentales contra la Iglesia, su clero y los fieles y, naturalmente, los aciagos tiempos de la Guerra Cristera.

Del 20 al 24 de junio de 1926, en Chicago, se llevó a cabo el XXVIII Congreso Eucarístico Internacional. Se invitó a todos los Obispos latinoamericanos, pero sólo dos de los mexicanos pudieron ir, precisamente por las circunstancias adversas. El primero fue Monseñor Francisco Orozco y Jiménez; el segundo, Vicente Castellanos y Núñez. Ambos se hospedaron «en el Hotel destinado a los Prelados latinoamericanos» (García Urbizu, 1963, p. 80).

García Urbizu aporta más detalles al respecto:

El Exmo. Sr. D. Vicente se presentó solo, sin familiar, pues los escasos recursos de su Diócesis, no le permitieron erogar el gasto. Afortunadamente sus paisanos, el Sr. Cango. D. Enrique Amezcua —su sobrino— y el Sr. Cura D. Alberto Navarro, gustosos le prestaron su servicio de familiares.

Habiendo llegado un tanto retardados, el día de la solemne procesión Eucarística, por la extraordinaria aglomeración de fieles, uno de los guardias se fijó en el alzacuello del Sr. Obispo Castellanos y le preguntó: —¿Bishop, bishop? —Yes, asintió el Señor. Por lo que el guardia les abrió paso entre la multitud y pudieron formar parte del inolvidable acto de clausura (1963, p. 80).

A mediados del mismo año de 1926, Castellanos y Núñez «fue en misión especial ante la Santa Sede (García Urbizu, 1963, p. 80). Dicho cometido consistía, de acuerdo con Jean Meyer, en entregar al Papa Pío XI un memorial enviado por algunos jesuitas (2016, p. 180).

Panorama de Tulancingo, sede de la Diócesis homónima. Imagen: México en fotos.

Esa no sería la última epístola que Monseñor Castellanos le haría llegar al Sumo Pontífice, y el tema no sería menor: en la misiva se le informaba a este último que dieciocho prelados estaban a favor de no transigir con el régimen callista y con la aplicación de la Ley Calles y, en específico, de suspender el culto público en todo el país como última medida de protesta. Monseñor Vicente fue recibido por el máximo pastor de la Iglesia Católica el 21 de julio. No en vano, asevera el célebre historiador de la Cristiada oriundo de Niza, «había sido encargado por el Comité Episcopal de representar la posición del episcopado mexicano ante la Santa Sede y el Papa» (2016, p. 191).

El 16 de septiembre de 1932, la sede de Tulancingo quedó vacante, mas no por el deceso de quien la ocupaba, sino por su renuncia. Monseñor Vicente decidió dejar su cargo a fin de «pasar el resto de sus días en un monasterio europeo, abrazando la vida religiosa» (Dávila Garibi, 2012). Tras su dimisión, no obstante sus deseos de retiro, fue preconizado Obispo titular de Marciana (García Urbizu, 1963, p. 79) y el 16 de mayo inmediato salió de la Ciudad de México, en el tren de Veracruz, para de allí pasar a La Habana (Dávila Garibi, 2012).

Nuestro biografiado falleció el 2 de abril de 1939, a los sesenta y ocho años y siete meses de edad. Según García Urbizu, partió «habiendo dejado en todas partes una profunda estela de santidad» (1963, p. 80).

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Notas paleográficas:

[1] Expresión latina para «Con la licencia del párroco».

[2] Joaquina.

[3] Señor.

[4] Francisco. Era una abreviatura común en los documentos de antaño.

Bibliografía:

Aguirre Cristiani, María Gabriela. (2012). Una jerarquía en transición: el asalto de los “píolatinos” al episcopado nacional, 1920-1924. Intersticios sociales, (4) Recuperado en 25 de abril de 2026, de http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2007-49642012000200005&lng=es&tlng=es.

Arquidiócesis de Durango (2009). Arzobispos. Recuperado en 25 de abril de 2026, de https://arquidiocesisdurango.org/arzobispos/

Dávila Garibi, José Ignacio (mayo de 2014). Serie cronológico-biográfica de los ilustrísimos mitrados mexicanos consagrados durante un siglo, de marzo 6 de 1831 a marzo 6 de 1931. 5ª  y última parte). En: Boletín Eclesiástico de la Arquidiócesis de Guadalajara.

García Urbizu, Francisco (1963). Zamora y Sahuayo. Dos pueblos de arraigada tradición cristiana. Zamora: Talleres GUÍA.

Meyer, Jean. (2016). ¿Cómo se tomó la decisión de suspender el culto en México en 1926?. Tzintzun. Revista de estudios históricos, (64), 165-194. Recuperado en 25 de abril de 2026, de http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-719X2016000200165&lng=es&tlng=es.

Pérez Durán, Aarón Enrique (17 de enero de 2022). Obispos de Campeche. Campeche Historia y Más. Recuperado en 25 de abril de 2026 en https://aronduran75.wixsite.com/historiaymas/post/obispos-de-campeche

Ramos Justo, Luis Ángel. (10 de febrero de 2014). “119 años de obispado”. Expreso de Campeche.

Valverde Téllez, Emeterio (1949). Bio-bibliografía eclesiástica mexicana (1821-1943). Obispos. Vol. 1.Texas: Jus.

La mujer que predijo que la sangre correría por las calles de Sahuayo

Breve semblanza de Jacobita Zepeda del Toro

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

A propósito de la historia de los veintisiete cristeros ultimados en el atrio de la Parroquia de Santiago Apóstol en Sahuayo, de cuyo sacrificio conmemoramos un aniversario más hace unas semanas, hoy recordamos a Jacobita Zepeda del Toro, una anciana sahuayense que ya en vida gozó de fama de santidad entre sus coterráneos.

Fue hija del señor José Zepeda y de la señora Margarita del Toro. De acuerdo con los testimonios orales del pueblo de Sahuayo, era favorecida con revelaciones privadas por parte de Dios. Una de las pruebas de ello reside en su recuperación milagrosa después de haber sufrido por años de una enfermedad que la había postrado en cama por muchos años, una mielitis que la postró desde 1912. Pues bien: según el informe médico del Dr. Amadeo Gálvez –una de las calles de Sahuayo, paralela al bulevar Lázaro Cárdenas, lleva su nombre–, ratificado por el juramento de los sacerdotes sahuayenses Pascual Orozco, Otón Sánchez e Ignacio Sánchez [1], Jacobita pudo caminar de un día a otro, tras aquella prolongada parálisis, sin tomar ningún medicamento.

Fotografía de Jacobita Zepeda del Toro editada con su nombre y con un subtítulo alusivo a una de sus principales predicciones, modificada de una edición para la página Testimonium Martyrum. Edición realizada por la autora de la presente entrada.

Compartimos un fragmento del inicio de uno de los documentos que existen sobre esta mujer singular:

«En la Villa de Zaguayo [2], Obispado de Zamora Michoacán, en la República Mexicana, han tenido lugar, repetidas revelaciones, hechas a un alma santa, en las que el Eterno Padre, manifiesta su deseo, para que se rinda culto al corazón de San José, y se ofrezca juntamente con el de Jesús y de María, en desagravio por los pecados del mundo…»

En lo tocante a las cuestiones piadosas, Jacobita se caracterizó por su gran devoción a los Corazones de Jesús, María y José.

Cabe mencionar que, entre otros acontecimientos, Jacobita vaticinó la caída del Varón de Cuatro Ciénegas –Venustiano Carranza–, la quema de San José de Gracia, Michoacán, y la llegada de las hordas del temido bandolero José Inés Chávez García a Jiquilpan de Juárez –a donde, por cierto, no pudo entrar–.

Según los relatos sobre Jacobita, lo último que predijo fue:

«He visto correr ríos de sangre por las calles de Sahuayo».

Profecía que, dicho sea en honor a la verdad, no dejó de cumplirse. Luego de la masacre de los veintisiete cristeros, como sabemos, el cielo envió su llanto y lavó los cuerpos inertes y ensangrentados. Mezclado con la lluvia, el fluido escarlata corrió por las calles de Sahuayo y bajó por la calle Insurgentes, hacia el oriente de la población.

Jacobita Zepeda del Toro murió poco antes de un año del sacrificio de aquellos cristeros valientes, el 17 de abril de 1927. Recordemos que, según los testimonios orales y demás historias, la matanza tuvo lugar el 21 de marzo de 1927, pero de acuerdo con partes oficiales y con el reportaje del periódico «El Informador», fue en 1928, el mismo día en que fue asesinado el licenciado Miguel Gómez Loza, hoy beatificado. El lector puede indagar al respecto en otra de las entradas de esta página.

Los restos de Jacobita descansan en las célebres Catacumbas del Sagrado Corazón de Jesús, en Sahuayo, que el P. Miguel Serrato tuvo la iniciativa de construir para que allí reposaran algunas personas ilustres de la localidad, entre ellos los que dieron su vida por Cristo Rey en los tiempos de la persecución religiosa y la Cristiada, como los cristeros de la Parroquia y el señor José Sánchez Ramírez, y aquellos que, de alguna forma u otra, destacaron por su devoción y práctica de la fe católica, como esta mujer.

Notas:

[1] Tío paterno de San José Sánchez del Río.

[2] Antigua grafía de «Sahuayo».

Sitio donde reposan los restos mortales de Jacobita Zepeda del Toro en las catacumbas del templo del Sagrado Corazón en Sahuayo, Michoacán. Fotografía de Rutacristera.org.

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Bibliografía:

Laureán Cervantes, L. (2016). El niño testigo de Cristo Rey. Barcelona: Buena Tinta.

López Alcaraz, H. J. (13 de marzo de 2025). Sangre, flores y tempestad. La muerte de los 27 Mártires Cristeros de Sahuayo. https://cronicasdelacienega.com/2025/03/13/sangre-flores-y-tempestad/

Agradecemos, asimismo, los aportes del Ing. Santiago M. Gómez y de Dn. Alfredo Vega Pulido.

El buen pastor de las tierras colimenses

Breve semblanza de Monseñor José Amador Velasco, Obispo de Colima durante la Cristiada

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Retrato de Monseñor José Amador Velasco (1856-1949) en sus primeros años como Obispo de Colima. Imagen mejorada y editada por la autora.

Su nombre brilla con esplendor al lado del de Monseñor Francisco Orozco y Jiménez, el V Arzobispo de Guadalajara. Ninguno de los dos abandonó a los fieles que les habían sido encomendados. Poniendo el ejemplo a sus sacerdotes, optaron por ocultarse y seguir impartiendo los consuelos de la religión, con grave riesgo de su vida. Su nombre era José Amador Velasco y Peña.

Naturalmente, el prelado originario de Zamora que tuvo a su cargo la Diócesis de Chiapas y la Arquidiócesis tapatía es mucho más conocido. El día de hoy, en honor a la justicia, le dedicaremos un espacio a su contraparte originaria de Jalisco pero que, por disposición de la Providencia y de la Santa Sede, dirigió la Diócesis de Colima.

Nuestro personaje vino al mundo en Villa de la Purificación, Jalisco, el 30 de abril de 1856. Sus padres fueron Ricardo Velasco Michel y María Eduarda Peña y Bracamontes. Recibió el Sacramento del Orden Sacerdotal el 12 de noviembre de 1879 a los veintitrés años.

Villa de la Purificación, Jalisco, patria chica de Monseñor José Amador Velasco. Fotografía de México desconocido.

Una vez como presbítero, impartió clases en el Seminario Conciliar Tridentino de Colima. Fue vicerrector entre abril/mayo de 1886 y abril de 1889, año en que ascendió en la jerarquía del plantel y fue designado rector. Trabajó como tal hasta el 2 de diciembre de 1895. Al acabar ese año, fue nombrado párroco de Autlán de Navarro. Al frente de dicha parroquia, lleno de celo, aprovechó para erigir la vicaría de Tonaya. En 1900 se le dio el cargo de vicario general de la Diócesis colimense.

El 30 de julio de 1902, el Papa León XIII –autor de la célebre «Rerum Novarum»– le encomendó esta jurisdicción eclesiástica, convirtiéndose en su IV Obispo y en sucesor de Monseñor Atenógenes Silva.  Fue consagrado el 30 de agosto de 1903 por el IV Arzobispo de Guadalajara, José de Jesús Ortiz, predecesor de Francisco Orozco y Jiménez. Ese mismo año, el 4 de octubre, colocó y bendijo  la primera piedra de la flamante parroquia de San Francisco de Almoloyán (actualmente templo parroquial dedicado al Seráfico Padre y situado en el centro de Villa de Álvarez, Colima).

Al frente de su Diócesis, Monseñor Amador Velasco enfrentó los convulsos y terribles años de la Revolución Mexicana. Esto no le impidió tratar de velar por los suyos.  En diciembre de 1912, justo en la Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe, instituyó el primer cabildo de la Catedral de Colima.

Juan José Ríos, gobernador de Colima entre 1915 y 1917, quien desterró del Estado a Monseñor Amador Velasco. Mejora y edición de imagen hechas por la autora.

Sin embargo, aquella calma no duraría mucho, pues llegó al punto de ser desterrado en 1915 por disposición del gobernador Juan José Ríos, perteneciente al bando constitucionalista –quienes, como hemos visto en otras entradas, eran famosos por su animadversión contra el clero y, en general, contra el catolicismo–.

De modo particular, Monseñor Amador vivió en primera línea el recrudecimiento de la persecución religiosa en la década de los 20’s, máxime a partir de 1926. Al imponerse en marzo una legislación que limitaba el número de sacerdotes en Colima y exigía que se registraran como empleados del gobierno, el prelado se rehusó, junto con sus sacerdotes, a acatar la disposición.

He aquí un fragmento de la carta que envió Monseñor a las autoridades de Colima, encabezadas por Francisco Solórzano Béjar:

Delante de Dios y de todos mis amados diocesanos, declaro también que antes quiero ser juzgado con dureza por aquellos que sobre este delicadísimo asunto han provocado mi actitud, que aparecer lleno de oprobio y vergüenza en el tribunal del Juez Divino, y merecer la reprobación del Supremo Jerarca de la Iglesia… reitero a ustedes de la manera más formal mi inconformidad con el decreto por el cual la autoridad civil del estado de Colima se permite legislar sobre el gobierno eclesiástico de mi diócesis… (citado en Meyer, 1980, pp. 248-249).

El 5 de abril de 1926 hubo una manifestación multitudinaria en la capital de Colima. La gente exigió la revocación del decreto y, eventualmente, los hechos tomaron un cariz violento: los policías, vestidos de paisano, atacaron a tiros a los manifestantes. Hubo al menos siete muertos.

Ante la negativa del gobierno a dar marcha atrás en las leyes antirreligiosas, el prelado tomó la determinación de suspender el culto en toda la entidad. Lo mismo había hecho Monseñor Orozco y Jiménez en 1918 en Jalisco. Esto tuvo lugar el 7 de abril, la fecha límite que Solórzano Béjar había fijado como límite para que los clérigos se registraran.

Todo el pueblo colimote se volcó en un programa de luto y penitencia, aunado a la ya conocida táctica del boicot económico que, en los lares jaliscienses, tan buenos resultados había producido. Los estragos no tardaron en notarse, y el gobierno planteó la posibilidad de atenuar las leyes “con tal de que se reanudara el culto” (Meyer, 1980, p. 251). Pero Monseñor Velasco, desconfiando de las promesas meramente verbales del régimen, se negó. Cualquier intento de moverlo a capitular fue infructuoso. Ni siquiera tuvo éxito la tentativa de lograr que Monseñor Francisco Orozco interviniera. “Yo, por mi parte, pido a Dios que cuando me llegue la ocasión, sepa guardar la gallarda actitud del Sr. Obispo de Colima” relata el P. Enrique de Jesús Ochoa Santana, el famoso “Spectator” (1961, p. 73).

El obispo oriundo de Villa de la Purificación se retiró a Tonila, en territorio de Jalisco pero perteneciente a la Diócesis de Colima, y allí atendía a los fieles. El culto público, al menos en ese lugar, continuó como de costumbre.

En Colima, mientras tanto, los presbíteros y el resto de los seglares tampoco aceptaron negociar.

En efecto, tal como explica Jean Meyer (1980),

En Colima, el gobernador encontró la resistencia del clero, y su perseverancia no obtuvo otra cosa que la movilización de los católicos y una decisión que explica la importancia que adquirió el alzamiento cristero en esta región (p. 252).

En julio de 1926, el Episcopado mandó que en las iglesias de toda la República ya no hubiera ninguna función litúrgica en la que fuera precisa la intervención de un presbítero. Fue replicar, en el resto del país, lo que ya se había puesto en práctica en Colima.

Ante esta situación, Monseñor José Amador fue, junto con el Arzobispo de Guadalajara, el único Obispo mexicano que siguió atendiendo espiritualmente a sus feligreses, aun a salto de mata, con gran riesgo de su vida. A pesar de ser ya septuagenario, visitaba rancherías y se ocultaba donde fuera posible, todo para continuar administrando los Sacramentos. Jean Meyer lo corrobora al afirmar que “Durante tres años […],  burlaron los esfuerzos que por descubrirlos hacía el gobierno y administraron sus diócesis, sin ser denunciados jamás, protegidos por un pueblo entero” (1980, p. 358). Porque, nos dice el mismo autor, “fueron también los únicos que siguieron una política inquebrantable: echarse al campo para compartir la suerte de su grey y subvenir a sus necesidades, aguardar a que Roma decidiera y obedecer sin réplica” (p. 348).

Leamos lo que nos dice sobre él el P. Enrique de Jesús Ochoa:

Fue al terminar el otoño, acercándose ya los días del invierno, cuando el amado Pastor de la grey colimense, el Excmo. Sr. Dr. D. José Amador Velasco, abandonó los poblados para remontarse a las abruptas serranías de su Diócesis, allá por el lado oriente, colindando con Michoacán. Contaba entonces (con) 70 años de edad. Delicado, enfermo, lleno de achaques, el virtuoso Obispo de Colima Mons. Velasco se formó el propósito de no abandonar a sus hijos, aunque le costara la vida (1961, p. 98).

Monseñor Amador vivió justo veinte años después de que la Guerra Cristera acabara oficialmente. Falleció el 30 de junio de 1949 en Colima, capital del Estado homónimo, y fue sepultado en la Catedral de la misma ciudad. Tenía noventa y tres años. Su sucesor fue Monseñor Ignacio de Alba.

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Bibliografía:

Belgodere, F. & Havers, G. M. (1994). Obispos mexicanos del siglo XX. Guadalajara: Libros Católicos.

Catholic Hierarchy (s. f.). Bishop José Amador Velasco y Peña †. https://www.catholic-hierarchy.org/bishop/bamadorv.html

Instituto Electoral del Estado de Colima (2026). Villa de Álvarez. https://ieecolima.org.mx/vdea2.html

Meyer, J. (1980). La Cristiada. Tomo II. México: Siglo XXI Editores.

Spectator (1961). Los cristeros del volcán de Colima. México: Jus.

Velasco Murguía, M. (1988). La Educación Superior en Colima. Tomo I. Colima: Universidad de Colima.

Villaseñor Bordes, R. (1988). Autlán. Gobierno de Jalisco & Secretaría General Unidad Editorial.

Centenario de la Encíclica «Quas Primas» del Papa Pío XI

Institución de la Solemnidad de Cristo Rey en 1925

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

En una fecha como ayer, 11 de diciembre, pero hace exactamente cien años, desde la Ciudad Eterna, Su Santidad Pío XI –el mismo que siguió de cerca la persecución religiosa en México, habló al respecto y también pidió oraciones a todo el mundo por los católicos perseguidos en nuestro país–, el Pontífice que impulsó la Acción Católica, instituyó la Solemnidad de Cristo Rey. Esto estuvo motivado, en gran medida, por el ejemplo de la Nación Mexicana. Recordemos que ya años antes, en 1914, al ser consagrado México al Sagrado Corazón de Jesús, había sonado por primera vez el grito «¡Viva Cristo Rey!»

El 11 de diciembre de 1925, el Papa Pío XI publicó esta Encíclica, «Quas Primas. Sobre la fiesta de Cristo Rey» («Como las primeras» en español) y declaró:

Su Santidad Pío XI, quien instauró la Solemnidad de Cristo Rey el 11 de diciembre de 1925 a través de la Encíclica «Quas Primas».

«Ponemos digno fin a este Año Jubilar introduciendo en la sagrada liturgia una festividad especialmente dedicada a Nuestro Señor Jesucristo Rey».

Asimismo, el Papa reconoció: «Ha sido costumbre muy general y antigua llamar Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, a causa del supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas» mas resaltó que era preciso que se le concediese real y verdaderamente, en sentido estricto, tal título, «porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas». Al mismo tiempo, señaló que dicha Reyecía posee asimismo una triple potestad, como redentor pero al mismo tiempo como legislador y como juez. Y pasó a enumerar diversos pasajes, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, que corroboran tal argumento, para después ocuparse del ámbito litúrgico:

«Y así como en la antigua salmodia y en los antiguos Sacramentarios usó de estos títulos honoríficos que con maravillosa variedad de palabra expresan el mismo concepto, así también los emplea actualmente en los diarios actos de oración y culto a la Divina Majestad y en el Santo Sacrificio de la Misa».

A este último respecto, basta revisar el Ordinario de la Misa para hallar expresiones semejantes: «Sólo Tú, Altísimo, Jesucristo» (Gloria), «Y de nuevo vendrá con gloria a juzgar a vivos y muertos, y Su reino no tendrá fin» (Credo), «De suerte que en la confesión de la verdadera y sempiterna Deidad sea adorada la propiedad en las Personas, la unidad en la Esencia y la igualdad en la Majestad» (Prefacio de la Santísima Trinidad), «Ofrecemos a tu excelsa majestad, de tus mismos dones y dádivas, la víctima pura, la víctima santa, la víctima inmaculada» (Oración Unde et mémores, posterior a la Consagración), «Por Cristo Nuestro Señor, por Quien siempre creas, Señor, estos dones, los santificas, los vivificas, los bendices y nos los comunicas. Por Cristo, con Él y en Él…» (Parte final de la invocación a los Santos e inicio de la Doxología final del Canon) y, naturalmente, el enunciado que a menudo se repite: «Por el mismo Señor Jesucristo, Tu Hijo, que contigo vive y reina en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos».

Imagen alusiva al título del presente texto, que muestra a Jesucristo con los atributos reales: el cetro, el orbe y su corona. Detrás de Él está la bandera mexicana y, franquéandolo, dos ramas de palma, en recuerdo de su entrada triunfal a Jerusalén el Domingo de Ramos. Diseño y edición realizados por la autora.

En efecto, al ser Dios y Hombre verdadero, consustancial al Padre, que es Primera Persona de la Santísima Trinidad, «la soberanía o principado de Cristo se funda en la maravillosa unión llamada hipostática. De donde se sigue que Cristo no sólo debe ser adorado en cuanto Dios por los ángeles y por los hombres, sino que, además, los unos y los otros están sujetos a su imperio y le deben obedecer también en cuanto hombre; de manera que por el solo hecho de la unión hipostática, Cristo tiene potestad sobre todas las criaturas». Esta soberanía sobre ellas, escribió el Papa, no es «arrancada por fuerza ni quitada a nadie, sino en virtud de su misma esencia y naturaleza».

A continuación, quien en el siglo llevara el nombre de Ambrogio Damiano Achille Ratti expuso que el campo de la Realeza del Redentor se extiende a tres ámbitos: el espiritual, el temporal y el de los individuos y las sociedades.

Después de explicar cada uno de estos aspectos, Pío XI decretó:

«Por tanto, con nuestra autoridad apostólica, instituimos la fiesta de nuestro Señor Jesucristo Rey, y decretamos que se celebre en todas las partes de la tierra el último domingo de octubre, esto es, el domingo que inmediatamente antecede a la festividad de Todos los Santos. Asimismo ordenamos que en ese día se renueve todos los años la consagración de todo el género humano al Sacratísimo Corazón de Jesús, con la misma fórmula que nuestro predecesor, de santa memoria, Pío X, mandó recitar anualmente».

La primera vez que se celebró la fiesta de Cristo Rey en la Iglesia Universal fue el último domingo de octubre de 1926, día 25, cuando ya en México los cultos habían sido suspendidos y, poco a poco, comenzaban a estallar los diversos levantamientos armados de los católicos en contra del régimen perseguidor. Pero allí no se quedó todo, porque muy pronto su grito de batalla honró la festividad recién establecida: «¡Viva Cristo Rey!» Con esta aclamación vivían, luchaban y morían, al grado de que el gobierno, con desprecio, les dio el mote despectivo de «cristeros».

Pero para ellos, era la mayor de las glorias. Y también para los Mártires que fueron surgiendo a lo ancho y largo del país. Todos ellos morían con el vítor santo a flor de labios, a menudo uniendo el nombre de la Santísima Virgen de Guadalupe.

Actualmente, en el calendario posterior al Concilio Vaticano II, la festividad se denomina «Solemnidad de Cristo Rey del Universo» y se celebra el último domingo del año litúrgico, inmediatamente antes del primer domingo de Adviento. Empero, la fecha fijada por Pío XI todavía se observa en las comunidades que conservan la Liturgia preconciliar.

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Bibliografía litúrgica: Misal Diario Católico Apostólico Romano 1962 editado por Ángelus Press.

Enlace completo a la Encíclica Quas Primas: https://www.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_11121925_quas-primas.html

El retorno a las catacumbas

Poema alusivo a la suspensión del culto público decretada por el Episcopado Mexicano en julio de 1926

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Luto general, llanto en los ojos,
filas eternas, las iglesias llenas,
Sagrarios vacíos, la gente de hinojos,
sollozos acerbos, grandísima pena.

Tal sucedió un julio treinta y uno,
en el que suspendieron los cultos;
ya Sacramentos no habría ninguno,
los sacerdotes estarían ocultos.

Fue la medida con que los prelados
protestaron por la nueva “Ley Calles”;
emitió su Carta el Episcopado,
mas dejaron tras de sí profundos ayes.

“No es el entredicho, amados hijos”,
dijeron a los fieles compungidos;
pero en su mente solamente quedó fijo:
no más Misas, confesiones ni Bautismos.

Ni los Óleos Santos al moribundo,
o absolución al pecador contrito;
¡en verdad reinaba pesar profundo,
aflicción sin par, agobio infinito!

Y fueron denudados los altares,
de los tabernáculos se fue Cristo,
entre dolor, lágrimas a mares
y grande sufrimiento, nunca visto.

Amanecieron mudos los badajos,
los tañidos no llamaron a Misa…
y el culto, suspendido de tajo,
tuvo que realizarse… a escondidas.

Fue así como el incruento Sacrificio
tornóse clandestino y a tal grado
que con arresto, cárcel o suplicio
tal “delito” sería castigado.

Mas las familias prestaron, valientes,
para tan sagrado fin sus hogares:
Cristo Rey continuaría presente
entre aquellos mexicanos ejemplares.

En persistente riesgo de traición,
el corazón latiendo con temor,
a merced de súbita delación,
pero siempre con incansable amor.

Se improvisaron los escondites,
a pesar de la persecución cruel;
y fue así como el celestial convite
pervivió para aquel pueblo tan fiel.

Un pueblo que defendió sin ambages
lo que más amaba: su fe, su Dios,
y por Él supieron verter su sangre,
con el gran vítor de postrer adiós.

Tal clamor salía de sus gargantas,
frente al fusil o con dogal al cuello;
era la aclamación bendita y santa,
unida con el último resuello:

“¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!“

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Seminario Mayor, cuartel y Secretaría de Cultura

Breve historia del antiguo Seminario Conciliar de San José de Guadalajara, luego convertido en la famosa XV Zona Militar, y su relación con algunos Mártires jaliscienses de la persecución religiosa

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Este bello y enorme inmueble, que hoy es sede de la Secretaría de Cultura, albergó al Seminario Conciliar de San José, el Seminario Mayor de Guadalajara. Por sus corredores transitaron diversos Mártires Mexicanos, entre ellos los ahora Santos Justino Orona Madrigal (ingresó en 1894), David Galván Bermúdez (en 1895), José María Robles Hurtado (1901), Pedro Esqueda Ramírez (1908, luego de haber estudiado en el Seminario auxiliar de su natal San Juan de los Lagos) Genaro Sánchez Delgadillo y Sabás Reyes Salazar (1899; no terminó allí sus estudios, pues lo enviaron a la Diócesis de Tamaulipas). San Pedro Esqueda, en contraste, fue uno de tantos seminaristas echados a la calle en 1914, y se vio obligado a interrumpir sus estudios. De San Genaro Sánchez, que también entró allí, aún desconocemos el año en que ingresó, pero sabemos que fue al acabar la primaria y que se ordenó en 1911.

Fachada principal del «Edificio Arroniz», antiguo Seminario Diocesano de Guadalajara, como luce en la actualidad. Fotografía tomada por la autora.

El inmueble también era conocido como «Edificio Arroniz», en recuerdo de quien lo proyectó e inició su edificación, el ingeniero Antonio Arroniz Topete, originario de Ameca, Jalisco, y casado con Elena Ponce Dávila. El terreno, originalmente, había sido ocupado por religiosas agustinas, cuyo convento databa de 1733. A causa de las Leyes de Reforma, las monjas fueron desalojadas y el edificio quedó abandonado. En 1868 se le cedió a la Arquidiócesis para que allí se instalara el Seminario. Allí empezaron sus estudios Santos Mártires como Julio Álvarez Mendoza (1880), José Isabel Flores Varela (1887) y Cristóbal Magallanes Jara (1888), ordenados respectivamente en 1894, 1896 y 1899.

En 1890, dados los daños estructurales, el entonces Arzobispo, D. Pedro Loza y Pardavé (muerto en 1898), recomendó que fuera reconstruido. La obra quedó a cargo del ingeniero Arroniz.

Ingeniero Antonio Arroniz, cuyo apellido dio nombre al edificio que alguna vez albergó a los seminaristas tapatíos, el día de sus nupcias canónicas con Elena Ponce Dávila, el 2 de febrero de 1882 –esto es, ocho años antes de empezar la comisión de Pedro Loza–. Fotografía digitalizada por Bernardo Camacho García.

El edificio que hoy conocemos empezó a ser construido en 1891 y fue finalizado en 1904, si bien fue inaugurado dos años antes. En ese año, el Arzobispo José de Jesús Ortiz, sucesor de Jacinto López y Romo y antecesor de Francisco Orozco y Jiménez, determinó separar los Seminarios Mayor y Menor; el primero se quedó en el flamante inmueble.

En 1914, al llegar las tropas carrancistas encabezadas por Álvaro Obregón Salido, éstas incautaron el Seminario. Con lujo de violencia, arrojaron a los estudiantes a la calle y destruyeron la biblioteca y los gabinetes de física y química; además remataron los libros.

Así lucía el ex Seminario tapatío, posteriormente XV Zona Militar, hacia finales del siglo XIX. Fotografía editada y ampliada por la autora.

A partir de entonces el edificio fungió como cuartel y como sede de la famosa XV Zona Militar de Guadalajara, V a partir de 1995. En 2009, la Secretaría de la Defensa Nacional lo cedió al Gobierno jalisciense –entonces encabezado por Emilio González Márquez– y se instaló allí el Museo de Arqueología de Occidente, inaugurado en 2011. Cuatro años más tarde, el Museo pasó a ser, y hasta la fecha, la sede de la Secretaría de Cultura del Estado de Jalisco. Su fachada principal se encuentra en la calle Zaragoza, justo enfrente de la Escuela Preparatoria #1.

Vale la pena hacer mención de la actual biblioteca del recinto, en la cual se resguarda el acervo del historiador y genealogista Gabriel Agraz García de Alba.

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«El General Invencible»

Breve semblanza de Enrique Gorostieta Velarde, primer general en jefe de la Guardia Nacional (Ejército Cristero)

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

El próximo 2 de junio se cumplirán 96 años de la muerte del general Enrique Gorostieta Velarde, militar de carrera, condecorado en varias ocasiones, que fue el primer general en jefe del Ejército Cristero y el que logró organizarlo y convertirlo en lo que él nombró como “Guardia Nacional”. Por este motivo, en vista del ya muy cercano aniversario, presentamos una biografía suya, preparada especialmente para la ocasión.

Detalle de un retrato del Gral. Enrique Gorostieta Velarde (1890-1929), editado y mejorado por la autora.

Su nombre completo era Enrique Nicolás José Gorostieta Velarde. Nació el 18 de septiembre de 1890 en Monterrey, Nuevo León. Fue hijo del abogado, político y escritor Enrique Gorostieta González, que fungió como ministro de Porfirio Díaz Mori, y de María Velarde Valdez-Llano, quienes además de nuestro personaje engendraron a Eva María Valentina y a Ana María. Enrique era el hijo menor. Don Enrique Gorostieta Sr., además, colaboraba con periódicos neoloneses destacados como El Horario y Flores y Frutos.

El niño fue bautizado el 19 de abril de 1891, tal como consta en la partida eclesiástica que a continuación transcribimos. La parroquia en la que recibió el primer Sacramento estaba dedicada a Nuestra Señora del Roble.

Fe de Bautismo de Enrique Gorostieta. Resaltados y edición por la autora.

Al margen izquierdo: N° 89 / Enrique Nicolas / José Gorrostieta

Dentro: En la Vicaría del Roble de Monterey, á diez y nueve de Abril / de mil ochocientos noventa y uno, el Canónigo Eleuterio Fernan- / dez, Capellan del Robe bautizó solemnemente á Enrique Ni- / colas José, nació el diez y ocho de Septiembre del año pasado, hi- / jo legítimo de Enrique Gorrostieta y Maria Velarde fueron sus padri- / nos Mauro Sepúlveda y Librada Gonzalez á quienes se les advir- / tió su obligaciín y parentesco espiritual. Y para constancia lo firmo.

Bartolomé García Guerra (Rúbrica)

Su acta de nacimiento, por su parte, dice:

Al margen izquierdo: Enrique / Nicolas / José / Gorostieta

Dentro: Acta 452 cuatrocientos cincuenta y dos. En / la Ciudad de Monterrey á dos de Octubre de / mil ochocientos ochenta noventa, ante mi / el Juez, primero del estado civil, presento el / Señor Licenciado Enrique Gorostieta de treinta y un / años de edad de este origen y vecindad á un niño á quien doy fé haber visto vivo que na- / cio el dia diez y ocho del pasado á las las sie- / te de la mañana en la calle de Matamoros / casa número 88 y se le puso por nombre En- / rique Nicolás José Gorostieta quien es hijo / legítimo suyo y de su esposa la Señora Ma- ria Velarde de veinti y cinco años de edad del / mismo origen; abuelos paternos Don Nico- / las Gorostieta y Doña Soledad Gonzalez y / maternos Don Fernando Velarde y Doña Anto- / nia Valdés. […] de lo que en cumplimiento / de la ley para que surta los efectos civiles / hice constar por la presenta acta que lei al / presentando y testigos Juan Martinez y An- / tonio Jimenez mayores de edad y de esta / vecindad quienes de conformidad firma- / ron los que supieron conmigo el Juez. / Doy fé = Santiago Sainz Rico. = Enrique Gorostieta.

Es copia que certifico.

Santiago Sainz Rico. (Rúbrica)

Al llegar a la juventud, Enrique decidió seguir la carrera de su abuelo paterno, Nicolás Gorostieta. Ingresó al Heroico Colegio Militar, instalado en el castillo de Chapultepec. Fue ahí, de acuerdo con Negrete (2019), “donde se definieron los principales rasgos de su carácter: dominante, impulsivo, aventurero, inteligente, de ideales firmes por los cuales estaba dispuesto a luchar” (p. 35). Como alumno siempre demostró gran aprovechamiento y obtuvo excelentes calificaciones y varias condecoraciones –sin dejar de lado que Asimismo, estudió en la prestigiosa Academia West Point, en Estados Unidos–. . Siendo todavía cadete fue asignado, en 1910, al cuerpo de ingenieros del Ejército Mexicano y luego, el 6 de mayo de 1911, unas semanas antes de la renuncia de Porfirio Díaz Mori, el grado de teniente táctico de artillería.

Ya graduado, con dicho rango, y fiel a sus convicciones y juramento de proteger y respetar la figura del primer mandatario, luchó a las órdenes del general Felipe Ángeles, durante el efímero gobierno maderista. Bajo el mando de Victoriano Huerta, aún siendo Madero presidente, combatió contra Emiliano Zapata en Morelos, contra Pascual Orozco en el Norte y, por último, contra los estadounidenses en Veracruz. Al ascender el colotlense al poder tras el golpe de Estado de febrero de 1913, Gorostieta fue nombrado capitán primero y recibió la Cruz del Mérito Militar de tercera clase. Talentoso estratega y valeroso artillero, defendió exitosamente su natal Monterrey del ataque de Pablo González y tuvo el mérito de ser, a los veinticuatro años, el general brigadier más joven de la historia. Sin embargo, al ser disuelto el Ejército federal en agosto de 1914, con la firma de los tratados de Teoloyucan, su hasta entonces impecable carrera militar se fue a pique.

Enrique Gorostieta, joven, con su uniforme de campaña. Fotografía mejorada y editada por la autora.

Exiliado, trabajó como ingeniero en El Paso, Texas, y luego en La Habana, Cuba. Pudo volver a México en 1921, cuando Álvaro Obregón ya estaba en la presidencia. El 22 de febrero de 1922 se casó con Gertrudis Lasaga Sepúlveda, a la que llamaba “Tulita” de cariño, con quien tuvo cuatro hijos: Enrique, que nació el 23 de septiembre de 1923 y falleció a fines de mayo de 1924; Enrique, nacido el 18 de enero de 1925; Fernando, que vino al mundo en 1926; y Luz María, en 1928, a quien conoció únicamente en fotografía. Por esos años emprendió varios negocios y, a la vez, rechazó la invitación de formar parte en dos rebeliones militares. Alejado de la vida que había conocido por tantos años, probó diversas ocupaciones, desde distribuidor de dulces hasta fabricante de jabones. Él mismo reconocería después que fueron tiempos difíciles, donde la falta de dinero hizo complicada su vida familiar.

El general Enrique Gorostieta y su esposa Gertrudis el día de sus nupcias. Imagen editada, retocada y mejorada por la autora.
Gertrudis Lasaga Sepúlveda, esposa de Gorostieta, su querida «Tulita». Mejora y edición de imagen hechas por la autora.

Cuando estalló la Cristiada, en los últimos meses de 1926 y los primeros de 1927, los alzamientos se dieron de modo espontáneo, sin coordinación ni recursos. Durante muchos meses, se trató de una guerra de guerrillas, con focos de insurrección aquí y allá, y combatientes cuyo número era tan elevado como escasos sus víveres y municiones, inconexa, y, sin dejar de lado la causa principal que se defendía, más idealizada que realista u operativamente factible. La Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR) intentó organizar y dirigir el movimiento, pero no tuvo éxito. En consecuencia, pensó en contratar un militar de carrera que se encargara de convertir las tropas cristeras en un verdadero ejército. El elegido fue Gorostieta, a quien llamaban “el General Invencible”.

Contra todo pronóstico, sin armas ni municiones suficientes, nuestro biografiado convirtió a un puñado de alzados desorganizados y aislados entre sí en un ejército en regla, una fuerza militar formidable de más de veinticinco mil hombres, eficaces, fuertes, organizados, capaces de poner en jaque al régimen de Plutarco Elías Calles, al que llamó «Guardia Nacional». Sobreponiéndose a múltiples obstáculos, gracias a su hábil gestión, la escasez de recursos fue capitalizada en liderazgo, valor y disciplina. La perspectiva de la victoria apareció y fulguró frente a los cristeros. De hecho, al terminar el primer tercio de 1929, ya se habían hecho planes para tomar la ciudad de Guadalajara, para luego pasar a la capital del país. El proyecto, triste e irremisiblemente, se truncó con su muerte.

El general Gorostieta en campaña. Fotografía editada y mejorada por la autora.

El 4 de agosto de 1928, el Generalísimo Cristero escribió desde Los Altos de Jalisco un hermoso Manifiesto a la Nación, firmado como «Enrique Gorostieta Jr.», que iniciaba con estas palabras:

«Hace más de año y medio que el pueblo mexicano, harto ya de la oprobiosa tiranía de Plutarco Elías Calles y sus secuaces, empuñó las armas para reconquistar las libertades que esos déspotas le han arrebatado, especialmente la religiosa y de conciencia. Durante ese largo periodo, los «Libertadores» se han cubierto de gloria y los tiranos no han logrado otra cosa que hundirse más en el cieno y la ignominia, al pretender ahogar en sangre los pujantes esfuerzos de un pueblo que los detesta y que está decidido a castigarlos».

Los «Libertadores» no eran otros que los combatientes cristeros. Gorostieta proseguía su texto resumiendo la índole del movimiento y de los ideales de defensa de la religión, la superioridad de los adversarios en contraposición a la escasez que siempre padecieron los levantados en armas y, de forma especial, el martirio sufrido por incontables mexicanos de toda edad y condición, tanto varones como mujeres –esto lo resaltamos con negritas–:

Manifiesto a la Nación, fechado el 4 de agosto de 1928 (en el segundo aniversario de la defensa de los templos en Sahuayo de Díaz, Michoacán), del general Gorostieta. Subrayados hechos por la autora.

«Cierto es que no se ha obtenido la victoria final, pues son muchos los recursos materiales con que cuentan nuestros opresores, pero también es verdad que así se ha probado al mundo que el pueblo ha empuñado las armas contra sus tiranos, no movido por un transitorio sentimiento de ira y de venganza, sino impulsado y sostenido por altísimos ideales. Los «Libertadores» han derramado generosamente y sin medida su noble sangre; la juventud, la edad viril, la ancianidad y hasta la niñez y la mujer, han escrito brillantísimas páginas que inundarán de gloria a las generaciones que nos sucedan y el triunfo nuestro, en esta lucha sangrienta contra la bárbara disolución bolchevista, será el cauterio para las Américas y tal vez el principio de la curación universal».

Dolor tan intenso, valor tan grande, tan sublime heroísmo, serán inconmovibles bases en que se asienta la futura grandeza de la Patria y ante el magnífico espectáculo que México está ofreciendo al mundo, éste ha prorrumpido en exclamaciones de asombro y ha dado muestras ardientes de admiración, a pesar del silencio con que en la sombra las gloriosas hazañas, la abnegación, la fe, la perseverancia y el heroísmo de los luchadores.

Luego de exponer el plan general del movimiento, sin dejar –es un rasgo llamativo– de tomar en cuenta la posibilidad que también las mujeres mexicanas pudiesen emitir su voto en plebiscitos y referéndums, Gorostieta finalizó su Manifiesto diciendo:

Con mi nuevo carácter [el de Jefe Militar del Movimiento Libertador], nada nuevo tengo que deciros. Seguiré con vosotros como antes; como antes, sufriré con vosotros el hambre y la sed. Como siempre pelearé a vuestro lado. Como siempre exigiré lealtad y obediencia, valor y abnegación. Como antes os ofrezco, llegar hasta el fin y como antes, por único premio: la satisfacción de la dignidad propia y la de haber cumplido con el deber; ánimo, la victoria está cerca y ahora más que antes, esto sí; os exhorto a que a todos los vientos y a toda hora sólo se oiga nuestro grito de guerra: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Muera el mal Gobierno!

Dios, Patria y Libertad

Por otro lado, nuestro «General Invencible» era contrario a las negociaciones que los obispos Pascual Díaz y Barreto y Leopoldo Ruiz y Flores, como representantes del ala conciliadora del Episcopado Mexicano, establecieron con el régimen, encabezado, desde el asesinato del presidente reelecto Álvaro Obregón, por el tamaulipeco Emilio Portes Gil. Tales gestiones ponían en entredicho no sólo la lucha cristera y, naturalmente, la victoria de las huestes católicas, sino las vidas y sacrificios de tantos hombres y mujeres a lo largo de casi tres años. En una carta fechada el 16 de mayo de 1929, dirigida a los susodichos prelados, Gorostieta se opuso a aquella idea de modo categórico:

«Desde que comenzó nuestra lucha, no ha dejado de ocuparse periódicamente la prensa nacional, y aun la extranjera, de posibles arreglos entre el llamado gobierno y algún miembro señalado del Episcopado mexicano, para terminar el problema religioso. Siempre que tal noticia ha aparecido han sentido los hombres en lucha que un escalofrío de muerte los invade, peor mil veces que todos los peligros que se han decidido a arrostrar, peor, mucho peor, que todas las amarguras que han debido apurar. Cada vez que la prensa nos dice de un obispo posible parlamentario con el callismo, sentimos como una bofetada en pleno rostro, tanto más dolorosa cuanto que viene de quien podríamos esperar un consuelo, una palabra de aliento en nuestra lucha, aliento y consuelo que con una sola honorabilísima excepción, de nadie hemos recibido […] Ahora que los que dirigimos en el campo necesitamos de un apoyo moral por parte de las fuerzas directoras, de manera especial de las espirituales, vuelve la prensa a esparcir el rumor de posibles pláticas entre el actual Presidente y el Sr. Arzobispo Ruiz y Flores […]».

Aquel «escalofrío de muerte» no era infundado, como tampoco el terrible impacto psicológico ante la idea de que fuesen miembros del mismo Episcopado quienes promovían la componenda y ante las consecuencias nefastas que un pacto traería para los «Libertadores», cuyas vidas no serían respetadas. No olvidemos que, de los treinta y ocho miembros que lo conformaban, sólo tres –José María González y Valencia, José de Jesús Manríquez y Zárate y Leopoldo Lara y Torres– habían aprobado abiertamente el movimiento cristero y reconocido, de manera pública, su licitud moral. Tampoco, por mencionar otro ejemplo, la Iglesia había aceptado brindar capellanes castrenses a las tropas, al grado de que, más bien, algunos sacerdotes habían decidido serlo por cuenta y voluntad propia, según su conciencia.

En adición, en honor a la verdad, Gorostieta les dirigió este acerbo reproche:

«No son en verdad los obispos los que pueden con justicia ostentar (una) representación. Si ellos hubieran vivido entre los fieles, si hubieran sentido en unión de sus compatriotas la constante amenaza de su muerte por sólo confesar su fe, si hubieran corrido, como buenos pastores, la suerte de sus ovejas…Pero no fue así ».

Sólo dos obispos, Francisco Orozco y Jiménez y Amador Velasco, que regían la Arquidiócesis de Guadalajara y la Diócesis de Colima respectivamente, habían permanecido con su grey, con todo lo que aquello implicaba.

Empero, contra y viento y marea, y pese a la oposición de las tropas cristeras, a las que no se tomó en cuenta en ningún momento, las tentativas de acuerdo entre el gobierno y la jerarquía eclesiástica prosiguieron. Por fin, unas semanas antes del armisticio del 21 de junio de 1929, el 2 del mismo mes, Gorostieta fue asesinado en la hoy ex Hacienda El Valle, en las cercanías de Atotonilco El Alto, Jalisco. Algunos miembros de su Estado Mayor murieron también; otros fueron capturados. Ya reunidos frente a los enemigos vencedores, los soldados llegaron con un cadáver al que han despojado de casi todo su vestido y calzado. El mayor federal Plácido Nungaray –a quien podemos ver en la fotografía de abajo– preguntó si lo conocían. Uno de los cristeros se adelantó y dijo: “Es el General Gorostieta”. Ni siquiera los adversarios sabían, hasta el momento, de quién se trataba.

Cuerpo de Gorostieta, ya sin sus botas, fotografiado junto con los oficiales que dirigieron el ataque que condujo a su asesinato en la Hacienda del Valle. Imagen tomada de la página de Facebook Testimonium Martyrum, antes llamada El Plebiscito de los Mártires – Obra dramática.

Hasta la fecha, la sombra de una muy posible traición se cierne sobre su muerte. Lo cierto es que el general Enrique sucumbió haciendo gala de su distintiva intrepidez y hombría, hasta el último suspiro. Sus últimas palabras fueron, cuando un subalterno le preguntó que habrían de hacer ante el ataque federal de que eran víctimas, fue:

“¡Pelear como los valientes y morir como los hombres!”

Y lo cumplió: al ser interpelado con el “¿Quién vive?”, exclamó por vez postrera, como último homenaje y tributo a Aquel por Quien había peleado: “¡Viva Cristo Rey!”

Detalle del cadáver del general Enrique Gorostieta Velarde. Instantánea mejorada, ampliada y editada por la autora.

Su cuerpo, que los federales fotografiaron y condujeron primero a Atotonilco El Alto para ser exhibido y que esto amedrentase a la población, fue sepultado en el Panteón Español, en la Ciudad de México. En su tumba se colocaron, además de las fechas de su nacimiento y su deceso, las palabras:

“Fue cristiano, patriota y caballero. Tuvo un ideal en su vida y por él supo morir. Dios, Patria y Libertad”.

Enrique Gorostieta fue sustituido en el cargo de General en Jefe de la Guardia Nacional, por muy breve tiempo, por el cotijense Jesús Degollado Guízar, quien tuvo que beber el trago amargo de «licenciar» al ejército cristero luego de los supuestos «arreglos».

En 2012, sus restos se trasladaron a Atotonilco el Alto, donde cada año, en su aniversario luctuoso, se le recuerda con eventos conmemorativos y con la celebración de la Santa Misa. La ex Hacienda que lo vio morir actualmente es un museo.

Para darnos una idea de lo mucho que sufrieron los cristeros y sus familias después del “modus moriendi” de 1929, la viuda y los hijos de Gorostieta vivieron ocultos en un sótano durante cuatro años. Como dato adicional, Gertrudis Lasaga murió en 1984, a los ochenta y nueve años de edad.

En 2012, Gorostieta fue llevado a la pantalla grande en el filme Cristiada (en inglés For Greater Glory) e interpretado por el actor cubano Andy García.

Como comentario final cabe mencionar que, durante décadas, su figura estuvo rodeada por la polémica, ya que fue considerado un mero mercenario, contratado para liderar la resistencia católica sin serlo él también, y se llegó a decir que era agnóstico, liberal, anticlerical, ateo o, inclusive, miembro de la masonería, y que fue el trato constante con los cristeros y con la vida de piedad que se llevaba en campaña lo que lo llevó a la conversión y lo transformó en un creyente convencido y devoto. Al publicarse las cartas que dedicó a su esposa durante el curso de la Guerra, en contraste, se descubrió que era profundamente católico y que nunca hubo discordancia entre la conducta del general y la misión para la que lo habían contratado, sino una admirable congruencia.

El mismo Jean Meyer reconoció el error de haberlo mostrado como alguien contrario a la religión en su célebre trilogía de los años 70: no sólo era un hombre profundamente enamorado de su esposa, amante de sus hijos, sino también cabeza de una familia muy católica, practicante, sin excepción, y, en suma, un varón cristiano que aceptó ir al monte a luchar no por obligación, por mera ambición o por dinero, sino por convicción y por deber genuinos.

Urna que contiene los restos de Enrique Gorostieta. Fotografía tomada por Ruta Cristera Sahuayo en el marco de los eventos conmemorativos del 95 aniversario de la muerte del general, en junio de 2024.

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Basado en una semblanza más breve, escrita por la autora de la presente entrada a inicios de abril del corriente, y en una biografía más extensa redactada el 3 de junio de 2019, a su vez complementadas con los libros La Cristiada (tomo III) de Jean Meyer y las Cartas del general Enrique Gorostieta a Gertrudis Lasaga, editado en 2011; el artículo de Marta Elena Negrete intitulado Gorostieta: un cristero agnóstico editado por la revista Estudios Jaliscienses en 2019, así como la investigación documental personal de la autora.

“Que es de María la Nación…” (III)

La Coronación Pontificia de la Santísima Virgen de Guadalupe (Tercera y última parte)

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Presentamos aquí la conclusión de la serie sobre este magno evento, realizado el 12 de octubre de 1895 en la Antigua Basílica de Guadalupe. Las dos entradas que la preceden pueden hallarse en este mismo blog.

Detalle de una pintura que representa el instante en el que la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe fue coronada el 12 de octubre de 1895. Edición y mejora de imagen realizadas por la autora.

Dicho esto, prosigamos.

En medio del fervoroso júbilo y la incontenible emoción, estando ya todos los asistentes y miembros del clero en sus respectivos sitios, se cantó la hora litúrgica de nona. Hecho esto, la preciosa corona de oro con que sería engalanada la imagen de la Guadalupana fue llevada en procesión dentro de la Colegiata y entregada al abad, José Antonio Plancarte y Labastida, quien a su vez la remitió al Arzobispo de México, Próspero María Alarcón y Sánchez.

Dicha corona, de acuerdo con Sánchez y de Mendizábal, fue elaborada por el acreditado artista parisiense y joyero Edgar Morgan, a quien el mismo Plancarte y Labastida encomendó, personalmente, el preciado proyecto. El diseño original, a su vez, había sido hecho por Rómulo Escudero y Pérez Gallardo, y el dibujo por el pintor y decorador Salomé Pina. También se llevó en procesión otra corona, pero hecha de plata.

El Arzobispo Alarcón, conforme a las prescripciones del Rituale Romanum, bendijo solemnemente la corona y luego la asperjó con agua bendita, tres veces, y la incensó, también tres ocasiones.

Monseñor Próspero María Alarcón, Arzobispo de México en el momento en que se llevó a cabo la Coronación Pontificia de Nuestra Señora de Guadalupe. Mejora y edición hechas por la autora.

La fórmula de la bendición, traducida del latín al español, decía:

“Oremos. Omnipotente y sempiterno Dios, por cuya clementísima dispensación todas las cosas han sido hechas de la nada; rogamos instantemente a tu majestad que te dignes bendecir y santificar esta corona destinada al ornato de la Sagrada Imagen de la Madre de tu Hijo. Por el mismo Jesucristo Señor nuestro que contigo vive y reina en unión del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.”

Hecho lo anteriormente descrito, se organizó la procesión de rito para conducir la corona por las naves de la Iglesia, y al concluir, aquélla fue dispuesta sobre un cojín de terciopelo rojo recamado en oro en el Altar al lado de la Epístola –el derecho viendo hacia el altar– y se promulgó la Indulgencia plenaria que Su Santidad León XIII había concedido a los que asistieren a la ceremonia. Dos canónigos actuaron como diácono y subdiácono.

Fragmento de la primera plana de La Voz de México, diario católico, en el que se ofreció una pormenorizada relación de la ceremonia de la Coronación Pontificia de la Guadalupana. Edición y resaltados hechos por la autora.

Fue entonces cuando dio inicio la Misa Pontifical, cantada por Monseñor Alarcón y acompañada por el magnífico Orfeón de Querétaro, bajo la dirección del padre José Guadalupe Velázquez. Se llevó a cabo la ejecución de la misa Ecce ego Joannes, de Palestrina.

Acabada la Misa pontifical, acaeció por el fin el momento culmen, el más esperado: la Coronación Pontificia. El sueño de Lorenzo Boturini estaba por cumplirse, y con él, el de todos los mexicanos. Una vez arriba de la plataforma dispuesta para tal efecto, Monseñor Alarcón besó la mejilla de la imagen de la Morenita y en seguida él y el Arzobispo de Michoacán, don Ignacio Arciga, pusieron la corona de oro sobre la cabeza de la Virgen. Para ello, la suspendieron de las manos del ángel que se hallaba sobre el marco.

Pintura, en un plano más amplio, del solemne instante de la Coronación Pontificia de la Santísima Virgen de Guadalupe.

Mientras imponía la Corona, muy conmovido pero con voz clara, el Arzobispo pronunció en latín las palabras estipuladas en el Ritual:

“Sicut a nobis coronaris in terris, sic a Christo per te coronari mereamur in coelis”.

Esto, traducido al español, significa:

“Que así como nosotros te coronamos a Ti tierra, merezcamos asistidos de tu amparo ser coronados por Nuestro Señor Jesucristo en el cielo”.

Eran las once y cuarenta y cinco minutos en punto.

En ese instante la emoción se desbordó. Los fieles, llenos de devoto entusiasmo, prorrumpieron en aclamaciones que se resumieron en cuatro vocablos: “¡Viva!”, “¡Madre!”, “¡Sálvanos!” y “¡Patria!”, que dentro y fuera de la Basílica fueron exhaladas en imponente clamor. Al mismo tiempo, las campanas repicaron en son gozoso y los cohetes ascendieron hacia la bóveda celeste.

Al final, como cierre natural para una ceremonia de tal índole, se entonó el Te Deum en acción de gracias, y los treinta y ocho prelados, uno a uno, colocaron sus báculos y mitras a los pies del altar de la Virgen de Guadalupe, consagrándole de tal forma las Diócesis que regenteaban y poniéndolas bajo su amparo.

Tampoco se dejó de proferir una oración-juramento, compuesta por Plancarte y Labastida, que decía:

“¡Salve augusta Reina de los mexicanos! ¡Madre Santísima de Guadalupe, Salve! Ante tu trono y delante del cielo, renuevo el juramento de mis antepasados, aclamándote Patrona de mi Patria México, confesando tu milagrosa aparición en el Tepeyac, y consagrándote cuanto soy y tengo. Tuyo soy. Gran Señora, acéptame y bendíceme. Amén” (1896, p. 93).

Con esta plegaria, México se consagró a la Reina del Cielo, la misma que bajó de él al Tepeyac en diciembre de 1531.

José Antonio Plancarte y Labastida, autor de la oración de consagración a la Virgen de Guadalupe en su Coronación Pontificia. Imagen editada y mejorada por la autora.

A nadie sorprendió ver que don Porfirio Díaz no asistió a la ceremonia. Es cierto que, en general, su política para con la Iglesia había sido tolerante –y en extremo permisiva en opinión de los liberales más radicales y de los jacobinos–, y que a partir de 1876, cuando el oaxaqueño comenzó a regir los destinos nacionales, la institución eclesiástica había entrado en una etapa de reconstrucción que, para 1892, alcanzó su momento dorado, de mayor auge. También que, gracias a esa táctica de “llevar la fiesta en paz”, habían prosperado los seminarios, conventos, colegios y demás obras de beneficencia católica, y que la piedad familiar y el acercamiento a los Sacramentos habían aumentado de forma considerable. Pero eso, lógicamente, no equivalía a que el presidente acudiera a un evento tan importante para los católicos. Incluso Díaz lo sabía: para mantener aquella calma, existían límites que ni él, el amo temporal de México, no podía traspasar, por bien no sólo del país que dirigía, sino de sí mismo también.

El P. Mariano Cuevas, que es mucho más incisivo en sus apreciaciones que su colega jesuita Gutiérrez Casillas, no vacila en aseverar que “fue desacierto nacional de Díaz no presentarse, como fue desacierto no felicitar al Papa en sus «Bodas de Oro»” –recordemos que, precisamente, tal había sido el aniversario en el que el Pontífice emitió el Breve de la Coronación, el quincuagésimo de su primera Misa– (2003, p. 416). Sin embargo, al mismo tiempo, añade:

“La presencia de los poderes públicos no la deseó nadie. Aunque en el concepto liberal práctico mandatario significa mandón, en el del diccionario de la lengua castellana no significa sino mandadero y la familia puede muy bien celebrar sus grandes eventos y sostener sus júbilos sin la augusta presencia de sus mandaderos” (p. 416).

Doña Carmen Romero Rubio y Castelló, segunda esposa de Porfirio Díaz, quien, al igual que lo más selecto de la sociedad capitalina, se dio cita en la Coronación Pontificia de la Virgen de Guadalupe. Fotografía del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

A diferencia de su esposo, doña Carmelita Romero Rubio, primera dama de México, sí estuvo presente.

El 12 de noviembre de 1886, poco más de un año después, el padre Plancarte publicó un Catecismo de la Coronación de la Santísima Virgen de Guadalupe, en el que retomaba el tema de la coronación en los siguientes términos:

“Que circule en toda la República y que mis amados compatriotas tomen parte en el homenaje de respetuoso amor y sagrada veneración que la Santa Iglesia Católica va a tributar a la Madre amorosa y tierna de los mexicanos, la Virgen Sma. De Guadalupe. Que tan solemne coronación sea el sello indestructible de la unidad religiosa y autonomía política de México. Tales son los votos del último de los hijos de tan gran Madre y es vuestro compañero y capellán que no tiene otra mira que servir a la Iglesia y a su Patria”.

Cabe decir que la solemne coronación de Nuestra Señora de Guadalupe en México el 12 de octubre de 1895, inspiró a los habitantes de San Juan de los Lagos la idea de pedir también la Coronación Pontificia de la bendita imagen de la Virgen que se venera en aquella bella localidad alteña.

Antigua Basílica de Guadalupe –hoy Templo Expiatorio de Cristo Rey–, escenario de la Coronación de Aquella que, como reza la oración de la Comunión de la Misa a Ella dedicada, no hizo cosa semejante con otra nación. Fotografía: Familia Guerrero. Mejora y edición hechas por la autora.

No menos importantes fueron las profusas consecuencias de la majestuosa ceremonia, las cuales, como lo señala Adame Goddard (2008), “no estaban originalmente previstas para la tradición guadalupana. Ésta, por una parte se fortalece internamente, al recibir el apoyo decidido de la Santa Sede y, por la otra, se expande hacia todo el continente americano” (p. 274). En adición, “fruto de esta época guadalupana fueron el grupo de escritores que tanto publicaron entonces. Descuellan entre ellos, el Ilmo. Sr. Vera por su documentación, Don Agustín de la Rosa por su lógica y el P. Antícoli por su fervor guadalupano” (Cuevas, 2003, p. 416).

Cerramos esta entrada expresando que la década posterior al acontecimiento posibilitó, gracias a la postura conciliadora de don Porfirio Díaz, que los católicos mexicanos pudiesen no sólo honrar a la Soberana de su atribulada nación, sino que, en general, practicasen su religión con calma y sosiego, como no habían podido hacerlo desde los tiempos de la persecución liberal, jacobina y –en su momento, específicamente– juarista y lerdista. Por el contrario, a partir de la caída del gobernante octogenario en 1911 y desde el estallido de la revolución carrancista, la sombra ominosa del odio anticatólico y las asechanzas de quienes lo profesaban se cernió sobre el terruño consagrado a “la compuesta de flores maravilla”, como la llamó la Décima Musa en un poema.

Detalle de la corona de la Santísima Virgen de Guadalupe, en la que las entidades federativas, acorde a la tradición guadalupana y a la historia de las apariciones, aparecen representadas por rosas.

Por fin, en los años 20, bajo la presidencia de Plutarco Elías Calles, se cernieron sobre México aquellos “terrores del porvenir” descritos en la introducción del Álbum de la coronación (p. 11; véase la entrada anterior de esta serie). Incontables hombres y mujeres de toda edad y condición, generosa y valientemente, enfrentarían la muerte violenta en aras de aquello en lo que creían, con un doble grito, síntesis sublime de sus más grandes amores y vítor glorioso a los dos soberanos de México: Cristo, el Rey del Universo, Redentor del género humano, Segunda Persona de la Santísima Trinidad; y Su Madre, Santa María de Guadalupe, la Reina de cielos y tierra, y Corredentora con Su Hijo.

Aquellos mártires corroboraron y rubricaron que –por lo menos entonces– la Coronación Pontificia de la Morenita no había sido una mera ceremonia litúrgica, sino la expresión religiosa y solemne de que, en efecto, México estaba consagrado a su Reina y Emperatriz.

Porque aquellos versos del “Tú reinarás” que tan devota y entusiastamente entonaban, no eran meros vocablos poéticos, ni producto de un febril aunque quimérico amor, sino una realidad que ellos, con su sacrificio cruento, querían cumplir y perpetuar:

Reine Jesús por siempre,

reine Su corazón,

en nuestra patria, en nuestro suelo,

¡que es de María la Nación!

Sólo los hechos venideros, y el propio actuar del pueblo católico mexicano, comprobarán si sigue siéndolo. Porque ya lo dicta el dicho: obras son amores, y no buenas razones.

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Nota:

(1) Comentario de la autora.

Bibliografía:

Adame Goddard, Jorge (2008). Significado de la coronación de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe en 1895. Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM. Recuperado de https://repositorio.unam.mx/contenidos/5006158

Cuevas, M. (2003) Historia de la Iglesia en México. Tomo V. México: Porrúa.

Gutiérrez Casillas, J. (1984). Historia de la Iglesia Católica en México. México: Porrúa.

Periódico La Voz de México. Diario religioso, científico, político y literario. Edición del sábado 12 de octubre de 1895.

Sánchez y de Mendizábal, M. A. (17 de diciembre de 2023). La corona de Santa María de Guadalupe. Centro de Estudios Guadalupanos. UPAEP. https://historicoupress.upaep.mx/index.php/opinion/editoriales/desarrollo-humano-y-social/6957-la-corona-de-santa-maria-de-guadalupe

Traslosheros, J. E. (2002). Señora de la historia, Madre mestiza, Reina de México. La coronación de la Virgen de Guadalupe y su actualización como mito fundacional de la patria, 1895. Signos históricos. 4(7). https://signoshistoricos.izt.uam.mx/index.php/historicos/article/view/89

Álbum de la coronación de la Sma. Virgen de Guadalupe. Reseña del suceso más notable acaecido en el Nuevo Mundo. Noticia histórica de la milagrosa aparición y del Santuario de Guadalupe. Desde la primera ermita hasta la dedicación de la suntuosa basílica. Culto tributado a la Santísima Virgen desde el siglo XVI hasta nuestros días (1895). Imprenta “El Tiempo” de Victoriano Agüeros. Digitalizado por la Universidad Autónoma de Nuevo León.

In hoc signo vinces

Breve historia de la Invención de la Santa Cruz

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Constantino, hijo de Santa Elena –o Helena, como se escribe el nombre atendiendo a la etimología–, era un pagano monoteísta: creía en el invencible dios Sol. En la batalla en el Puente Milvio, sobre el río Tíber para entrar a la ciudad de Roma en la Vía Flaminia, se enfrentó a Majencio y lo derrotó en el año 312.

Antes de la gran contienda, en la que se decidiría el futuro del Imperio romano, Constantino una gigantesca cruz luminosa encima del astro rey acompañada por las letras X (chi) y P (ro) del alfabeto griego (pronunciadas respectivamente “Ch” y “R” (las iniciales del nombre de Cristo, “Christós”), y por las palabras en latín “In hoc signo vinces”, es decir, “Con este signo vencerás”, que en griego se escriben ἐν τούτῳ νίκα.

Fragmento de una pintura de Rafael, pintada entre 1520 y 1524, que representa el momento en que Constantino vio el signo de la Cruz en el firmamento, previo a la batalla del puente Milvio.

Impresionado, Constantino ordenó grabar la cruz en los escudos de los soldados. Al día siguiente, como es bien sabido, el vástago de Elena ganó la batalla y se convirtió en el único emperador de Occidente.

Su gran victoria marcó los albores de una era de libertad para la fe cristiana. El 15 de junio de 313, en Milán, Constantino proclamó el edicto que lleva el nombre de esta ciudad. En el documento no sólo se decretaba una total y completa libertad de culto para los cristianos, hasta entonces acerba y cruelmente perseguidos y martirizados, sino la devolución de todos los bienes que habían sido confiscados durante las persecuciones de los mandatarios previos.

Pintura que representa la batalla del puente Milvio, de la autoría de Giulio Romano.

Hasta aquí hemos dado el preámbulo para la historia. Vamos, ahora sí de lleno, al relato de la Invención de la Santa Cruz. Hay que recordar –nota nuestra– que en este caso el término no se refiere a inventar algo, como podríamos suponer, sino “descubrimiento”. La palabra procede del latín invenīre (“descubrir, hallar”), y este a su vez de in- (“in-: “hacia adentro”) + venīre (“venir”). Tal es, de hecho, el significado original.

Este es la narración que se encuentra en el Oficio Divino correspondiente al 3 de mayo; transcribimos la traducción al español al pie de la letra:

“Tras la insigne victoria de Constantino sobre Magencio, y a poco de haberse mostrado divinamente la señal de la Cruz del Señor, Elena, madre de Constantino, avisada en sueños, fue a Jerusalén con el deseo de hallar la Cruz de Jesucristo. Hizo que fuese derribada la estatua de mármol de Venus, que unos ciento ochenta años antes habían colocado en el Calvario con el fin de borrar el recuerdo de la Pasión del Señor. Lo mismo hizo con las estatuas de Adonis y de Júpiter que se levantaban en el pesebre del Salvador, y en el lugar de la Resurrección.

Excavado el lugar donde estuvo la Cruz, se descubrieron tres cruces sepultadas; y separado el título [2] de la del Señor. Y como no se sabía a qué cruz pertenecía, un milagro solucionó la duda. Macario, obispo de Jerusalén, se puso en oración, y después dispuso que cada una de las cruces tocara a una mujer enferma [1]; aplicáronle sin resultado alguno las dos primeras, pero al contacto de la tercera, sanó al instante.

Hallada la santa Cruz, mandó Elena edificar en el lugar una iglesia, donde dejó una parte de la misma, en relicario de plata; otra parte, que dio a su hijo Constantino, la destinó a la iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén, en el palacio Sesoriano de Roma. Donó a su hijo los clavos con que el Santísimo Cuerpo de Jesucristo fue clavado en la Cruz. Luego, Constantino dictó una ley prohibiendo que nadie fuese condenado al suplicio de la cruz. Así pues, lo que antes fue objeto de oprobio y deshonor, comenzó a ser de veneración y gloria.”

Hasta aquí la transcripción.

Fue de esta forma en que la emperatriz Elena halló el Dulce Leño, el Árbol de la Cruz, desde el cual fue vencido el que en otro árbol venció (palabras tomadas del Prefacio de la Santa Cruz), y en el cual Cristo, muriendo, nos dio vida y nos abrió de nuevo las puertas del Paraíso, cerradas desde la caída de nuestros primeros padres, cuando fue cometido el pecado original.

Cabe mencionar que, para el tiempo del bendito y dichoso hallazgo, Elena ya era una anciana. Se había convertido al cristianismo y recibido el Bautismo ya en el otoño de la vida, hacia los sesenta años de edad, luego de haber sido repudiada, más joven, por su esposo Constancio Cloro, padre de Constantino. Pasó el resto de su vida haciendo obras de caridad en favor de los más desposeídos, visitando los Santos Lugares y procurando la edificación de varias iglesias en los sitios en los que fue consumada la Redención del género humano. Como hijo agradecido que supo ser para con su madre, Constantino le dio plenos poderes para que dispusiera de los bienes del Estado como ella lo deseara.

Pintura que representa a Santa Elena sosteniendo la Vera Cruz, cuyo hallazgo llevó a cabo.

La Santa falleció hacia el año 329 o 330 –depende de la fuente que se consulte–. Su fiesta se celebra el 18 de agosto. La oración colecta de la Misa dedicada a ella, tomada del Misal Romano, resume así la acción más importante de su carrera en este mundo, por la cual es recordada:

«Oh Señor Jesucristo, que revelaste a la bienaventurada Helena el lugar donde estaba escondida tu cruz, para que, por medio de ella, enriquecieras a tu Iglesia con este precioso tesoro: concédenos por medio de sus oraciones, que por medio del rescate de este Árbol de la vida, podamos alcanzar la recompensa de la vida eterna».

Notas:

[1] En el Misal romano diario, propiedad de la autora, se lee que la mujer estaba muerta y que, al contacto con la Vera Cruz, resucitó.

[2] La inscripción en tres lenguas que mandó poner Pilato: Iesus Nazarenus Rex Iudæorum.

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El Arzobispo de Pajacuarán

Breve semblanza de Monseñor José Dolores Mora y del Río

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Detalle de un retrato de Dn. José Mora y del Río (1854-1928). Mejora y edición hecha por la autora.

El Episcopado Mexicano en tiempos de la persecución religiosa estuvo conformado, como cualquier grupo eclesiástico, por personalidades muy diversas. Empero, llama la atención que varios de ellos –de un total de treinta y ocho integrantes– eran originarios de Michoacán: Francisco Orozco y Jiménez, los hermanos Rafael y Antonio Guízar y Valencia, Leopoldo Lara y Torres, José María González y Valencia, Luis María Martínez y Rodríguez… y el hombre que encabezó a aquellos prelados como Arzobispo de México: Monseñor José Mora y del Río, a quien dedicamos esta entrada.

Nuestro biografiado vio la luz en Pajacuarán, Michoacán, el 23 de febrero de 1854 (en todas sus semblanzas se establece que fue el 24, pero el acta bautismal indica que fue el día que especificamos). Fueron sus padres el señor Miguel Mora y la señora Ignacia del Río. Fue bautizado al día siguiente de su nacimiento en la Parroquia de San Cristóbal por el presbítero Pedro Alcántar. Recibió los nombres de José Dolores –aunque siempre sería conocido por el primero–. Así consta en su fe de Bautismo, que a continuación reproducimos y transcribimos:

Fe de Bautismo de Monseñor José Mora y del Río, fechada el 25 de febrero de 1854. Edición hecha por la autora.

Al margen izquierdo: Pueblo de / Pajacuarán / José / Dolores

Dentro: En el año de 1.854, á 25 de Fbro., yo el Br. [1] D. Pedro Al- / cantar Ten.te de C. [2] por el señor Cura Don Pedro Ruvio bauticé / á un infante de este pueblo, de dos dias de nacido, á quien pu- / se por nombre José Dolores, h. l. [3] de D. Miguel Mora y Doña / Ygnacia del Río: padrinos Don Antonio Martinez i Doña / Jesus id. [4] no casados, vecinos de este, á quienes advertí su / obligacion, i para constancia lo firmé. Pedro Alcant.r

A semejanza de incontables clérigos michoacanos de su tiempo –algunos de los cuales, como él, llegarían a ser obispos–, cursó sus primeros estudios levíticos en el Seminario de Zamora. Recibió las órdenes menores y el subdiaconado en 1873. Luego, siendo un óptimo alumno, pasó a radicar a la Ciudad de las Siete Colinas para ingresar al Pontificio Colegio Pío Latino Americano, adonde también concurrieron otros futuros prelados –como Orozco y Jiménez, de Zamora, y González y Valencia, de Cotija–. Allí obtuvo su doctorado en Teología y Derecho Canónico. El 22 de diciembre de 1879, por fin, fue ordenado sacerdote en la Ciudad de México. Ya como presbítero, impartió clases en el Colegio Clerical de Jacona y fue nombrado párroco de esa población –hoy conurbada con Zamora–. Por esos años, en 1884, fue profesor de Amado Nervo, que habría de convertirse en célebre poeta y literato.

El 17 de enero de 1893 fue preconizado como primer obispo de Tehuantepec; el día de San José del mismo año fue consagrado y tomó posesión de su cargo, el cual desempeñó por ocho años. Allí destacó por su gran preocupación por los humildes, y organizó dos «semanas agrícolas» en beneficios de los campesinos: una en 1904 y la otra en 1905.

El 23 de noviembre de 1901 fue trasladado a la Diócesis de Tulancingo, que dirigió a lo largo de casi seis años, hasta que el 15 de septiembre de 1907 se le encomendó velar por la diócesis de León. Dos meses después, el 19 de noviembre, asumió su puesto como el quinto prelado en ocupar dicha sede.

Retrato de Su Excelencia José Mora y del Río como Obispo de la Diócesis de León. Imagen perteneciente a la actual Arquidiócesis leonesa.

Su estadía como obispo de la jurisdicción leonesa no fue prolongada: el 2 de diciembre de 1908, festividad de Santa Bibiana, virgen y mártir, Monseñor José María fue nombrado Arzobispo de la Arquidiócesis de México. Fungiría como tal desde el 12 de febrero de 1909 hasta su deceso, acaecido en 1928.

A él le tocó vivir el ocaso final del Porfiriato, la caída del mandatario oaxaqueño, la convulsa situación política que siguió y, dentro de ésta, en 1911, la fundación del Partido Católico Nacional (PCN), al cual –a semejanza de otros compañeros suyos en el Episcopado– apoyó. Un año antes, en 1910, había bendecido e inaugurado el Colegio del Santísimo Sacramento. Asimismo, en septiembre de 1912, y por instancias suyas, fue fundada en la capital la Asociación de Damas Católicas Mexicanas (ADCM), que habría de convertirse en la UFCM (Unión Femenina Católica Mexicana). La agrupación prosperó notablemente gracias a la guía de Monseñor, quien además fue un gran promotor del catolicismo social que buscaba llevar a la práctica las enseñanzas de la Encíclica Rerum novarum, de Su Santidad León XIII.

José Mora y del Río en sus primeros años como obispo. Fotografía editada y mejorada por la autora.

Después de que Francisco I. Madero fue derrocado y asesinado, al ascender Huerta al poder, José Mora y del Río se encargó de organizar la primera consagración de México al Sagrado Corazón de Jesús, llevada a cabo el 6 de enero de 1914. El hecho de que Victoriano Huerta no se opuso a dicha iniciativa, sino que incluso envió representantes al acto religioso, además del tema del PCN y otros factores, desencadenaron el inicio de una cruel persecución religiosa por parte de los revolucionarios que se levantaron contra el régimen del usurpador de origen colotlense, en especial de los carrancistas –los llamados «constitucionalistas»– que se distinguieron por su inquina contra todo lo que fuera católico.

Cuando fue promulgada la Constitución de 1917, la cual contenía artículos que limitaban y coartaban la práctica de la religión católica y el ejercicio del ministerio sacerdotal, además de prohibir las órdenes monásticas y el culto afuera de los templos –entre otras disposiciones–, D. José Mora y del Río encabezó una enérgica protesta escrita por parte del Episcopado Mexicano. A su descontento se unieron los otros eclesiásticos de su rango. El documento, entre algunos puntos, decía:

“El Código de 1917 hiere los derechos sacratísimos de la Iglesia católica, de la Sociedad mexicana y los individuales de los cristianos, proclama principios contrarios a la verdad enseñada por Jesucristo, la cual forma el tesoro de la Iglesia y el mejor patrimonio de la humanidad; y arranca de cuajo los pocos derechos que la Constitución de 1857 (admitida en sus principios esenciales como ley fundamental por todos los mexicanos) reconoció a la Iglesia como sociedad y a los católicos como individuos”.

La oposición del clero católico a la flamante Carta Magna se fue fortaleciendo los años siguientes, a la par de una persecución religiosa cada vez más sistemática y declarada por parte del gobierno. El conflicto se agravó a pasos agigantados y, eventualmente, llegó al punto de no retorno. 1921 fue, en verdad, un parteaguas que lo demostró de modo fehaciente.

El primer acontecimiento estuvo relacionado, justamente, con Monseñor Mora y del Río: el 6 de febrero, a eso de las 3:40 de la madrugada, una bomba estalló en la puerta del palacio arzobispal de la Ciudad de México, residencia de nuestro personaje. El prelado escuchó el estruendo, pero afortunadamente no sufrió daño alguno. Tampoco hubo heridos que lamentar. Eso no quitó, sin embargo, que la residencia sufriera grandes daños: además de la puerta principal, los cristales del ala izquierda del edificio se rompieron y un transformador de luz se trocó en añicos, al igual que las ventanas de la alcoba del hombre hacia quien iba dirigido el intento de asesinato.

Después del atentado, en los meses posteriores sobrevinieron otros ataques que, como el del 6 de febrero, quedaron impunes: el 1° de mayo, los bolcheviques izaron la bandera rojinegra en la Catedral tapatía. Lo mismo aconteció en la de Morelia. El 8 del mismo mes, en la capital michoacana, los rojos apuñalaron una imagen de la Virgen de Guadalupe. El 4 de junio, hubo otro bombazo en el Arzobispado de Guadalajara –Monseñor Orozco salió ileso–. Y el 14 de noviembre, en la Antigua Basílica –como puede leerse en otra entrada de este blog–, sucedió el intento de destruir la imagen de la Morenita plasmada en el ayate de Juan Diego.

Titular de la primera plana del periódico capitalino Excélsior, del 7 de febrero de 1921, en el que se dio a conocer el atentado dinamitero perpetrado en la residencia de Monseñor Mora y del Río. Edición realizada por la autora.

La guerra entre el gobierno de Álvaro Obregón Salido y la jerarquía eclesiástica había empezado, y ya no habría vuelta atrás. En enero de 1923, a raíz de la bendición de la primera piedra del monumento a Cristo Rey en el cerro del Cubilete, Monseñor Ernesto Filippi, delegado papal, fue expulsado del país. En octubre de 1924 se celebró el Primer Congreso Eucarístico Nacional, que derivó en sanciones para los empleados públicos que participaron y en nuevas hostilidades por parte del régimen, que alegó que la Constitución había sido violada por enésima vez.

Monseñor José Mora y del Río, con su atuendo eclesiástico, en los últimos años de su episcopado. Fotografía mejorada y editada por la autora.

Como cabeza del Episcopado Mexicano, Monseñor Mora y del Río no calló ante el recrudecimiento de las medidas persecutorias del régimen de Plutarco Elías Calles, que tomó posesión de la presidencia el 1 de diciembre de 1924. A finales de 1925 y en los albores de 1926, el cumplimiento estricto de la Carta Magna se dejó sentir con rigor a través de la expulsión de dos centenares de sacerdotes extranjeros y cierre masivo de colegios católicos, seminarios, conventos y hospitales que dependieran de la Iglesias, entre otras medidas. El 3 de febrero, en respuesta a tales atropellos, Monseñor Mora y del Río rindió declaraciones al periodista Ignacio Monroy, de El Universal, las cuales fueron publicadas al día ulterior en el periódico susodicho:

“La doctrina de la Iglesia es invariable, porque es la verdad divinamente revelada. La protesta que los prelados mexicanos formulamos contra la Constitución de 1917 en los artículos que se oponen a la libertad y dogmas religiosos, se mantiene firme. No ha sido modificada sino robustecida, porque deriva de la doctrina de la Iglesia. La información que publicó El Universal de fecha 27 de enero en el sentido de que emprenderá una campaña contra las leyes injustas y contrarias al Derecho Natural, es perfectamente cierta. El Episcopado, clero y católicos, no reconocemos y combatiremos los artículos 3o., 5o., 27 y 130 de la Constitución vigente. Este criterio no podemos, por ningún motivo, variarlo sin hacer traición a nuestra Fe y a nuestra Religión”.

Fragmento de la nota publicada en El Informador, diario tapatío, en el que se dio a conocer la consignación de Monseñor Mora y del Río a raíz de sus declaraciones acerca de los artículos antirreligiosos de la Constitución de 1917. Edición hecha por la autora.

La reacción del secretario de Gobernación, Adalberto Tejeda, no se hizo esperar. Al mismo tiempo que mandó consignar al Arzobispo, expresó que las palabras y actitud del prelado de Pajacuarán entrañaban

una rebeldía contra las leyes fundamentales y las instituciones de la República… El Estado permite que la Iglesia Católica ejerza sus funciones hasta el punto de no constituir un obstáculo para el progreso y desenvolvimiento de nuestro pueblo; pero no puede ni debe tolerar que ‘desconozcan y combatan’ las leyes constitucionales… Tiene el Gobierno la obligación de hacer respetar los postulados que las leyes le imponen y por tanto, el deber y el derecho de imponer su sanción a quienes las vulneren… esta Secretaría ya hace la consignación de los hechos, debidamente documentada, ante el señor Procurador de la República, sin perjuicio de llevar al señor Presidente los datos que ha podido recoger sobre el particular para que, con su superior acuerdo, se dicten las demás medidas que sean necesarias en relación con las actividades que desarrolla un grupo de católicos… en el papel de conspiradores contra el régimen y orden establecidos, a fin de reprimir con la energía que se requiera las actividades que fuera de la Ley pretenden ejercer.

El 21 de abril de 1927, Su Excelencia Mora y del Río pagó el precio del destierro a raíz de nuevas declaraciones, reproducidas en diversos diarios, en las que, sin ambages, defendió el derecho de los católicos a profesar su fe con libertad.

Agotado por largas penalidades, Monseñor José Mora y del Río falleció al cabo de un año de haber abandonado su patria. El deceso tuvo lugar en San Antonio, en Texas, el 22 de abril de 1928. No alcanzó a ver, por consiguiente, el trágico desenlace de la Guerra Cristera y los llamados “arreglos” en junio de 1929.

Sus restos fueron trasladados a México en 1947. Las honras fúnebres correspondientes fueron celebradas el 28 de noviembre en la Catedral Metropolitana. Allí, hasta nuestros días, descansa este valiente prelado.

Detalle de otra fotografía de Mons. José Mora y del Río. Edición y mejora llevadas a cabo por la autora.

Su vida, en honor a la verdad, es recordada como la de un pastor sabio y valiente, cuya labor pastoral y compromiso con la fe marcaron una etapa fundamental pero, al mismo tiempo, en extremo compleja y difícil en la historia de la Iglesia católica en México en tiempos de persecución religiosa.

Como último dato, un colegio en su natal Pajacuarán lleva su nombre.

Notas de la fe de Bautismo:

[1] Bachiller. Título académico de los presbíteros luego de acabar los estudios de Teología.

[2] Teniente de cura. Sacerdote nombrado por el párroco para ayudarlo en los menesteres y trabajos de su cargo. Cura auxiliar. Era lo que ahora se conoce como “vicario”.

[3] Hijo legítimo.

[4] Ídem. El mismo, lo mismo. En este caso se indica que eran los mismos apellidos.

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Bibliografía:

Arquidiócesis de León (2025). Mons. José Mora y del Río. Episcopologio. https://arquileon.org/obispos/mons-jose-mora-y-del-rio/

David, D. (1974). ¡Viva Cristo Rey! La rebelión cristera y el conflicto Iglesia-Estado en México. Austin: University of Texas.

Carmona, D. (2024). José Mora y del Río. Memoria Política de México. https://www.memoriapoliticademexico.org/Biografias/MRJ54.html

Historia Eclesiástica Mexicana (2021). DON JOSÉ MORA Y DEL RÍO, PRECURSOR DEL CATOLICISMO SOCIAL.https://www.facebook.com/103963914718967/photos/a.104141874701171/271043878010969/?type=3