Lic. Helena Judith López Alcaraz, historiadora y cronista honoraria adjunta de Sahuayo
En días pasados se anunció que la película Cristiada, en inglés For Greater Glory, retornará a los cines el 15 de octubre del actual, con motivo del Centenario del inicio de la Guerra Cristera. Como sabemos, esta producción se estrenó por primera vez en abril de 2012, hace ya catorce años, y entre su elenco se cuenta a Andy García (el primer general en jefe del Ejército Cristero, Enrique Gorostieta Velarde), Óscar Isaac (Victoriano Ramírez López, alias «el Catorce»), Santiago Cabrera (José Reyes Vega) Eva Longoria (Gertrudis Lasaga, esposa de Gorostieta, a quien él llamaba cariñosamente «Tulita»), Nestor Carbonell (Rafael Picazo Sánchez), Eduardo Verástegui (Anacleto González Flores) y al famoso actor que encarnó a Lawrence de Arabia, Peter O’Toole (una versión muy ficticia de San Cristóbal Magallanes Jara, el P. Christopher). Contó con la dirección de Dean Wright y el guion fue escrito por Michael Love. La empresa productora, por su parte, fue Dos Corazones Films, fundada y regenteada por Pablo José Barroso.
Andy García como Enrique Gorostieta, franqueado por algunos cristeros. Imagen de la película Cristiada (2012); créditos a quien corresponda.
Aunque no negamos que el filme, para muchos, fue el primer acercamiento al tema de la Cristiada y la persecución religiosa, tampoco podemos dejar de decir –aunque no falte quien nos tache de puristas, y qué se le va a hacer– que contiene considerables y notables errores históricos. A casi década y media de distancia, y en plena conmemoración de los primeros cien años de que comenzó el enfrentamiento que le da nombre en español, vale la pena hacer algunas reflexiones.
Hay quien dirá que «son meras licencias cinematográficas», que «tales cambios son necesarios», que «lo importante es el mensaje», que «está bonita y motiva a la defensa de la religión católica» y demás comentarios, la mayoría de ellos bienintencionados. No diremos que son argumentos completamente infundados, porque sí, en efecto, no es lo mismo abordar un tema tan complejo en los libros que hacerlo en un filme de poco más de dos horas; la prosa histórica y los guiones audiovisuales son diferentes y se construyen bajo diversas reglas. No obstante, al mismo tiempo, creemos –y con esto respetamos su derecho a no estar de acuerdo con nosotros– que, si un producto audiovisual se vende y promociona con el eslogan «La historia de México que te quisieron ocultar», y en sí se presenta en todo momento como algo histórico, no se pueden tomar los sucesos y escribirlos como uno quiera. En inglés, el subtítulo es «The true story of Cristiada», es decir, «la verdadera historia de la Cristiada».
Uno de los carteles promocionales de la película en inglés, utilizado para su venta en formato DVD. Fotografía tomada de Amazon.com.mx.
¿Qué pasa cuando nos damos cuenta de que lo mostrado, en numerosos instantes, dista de ser verídico? En todo caso, habría sido más acertado y honesto difundirla como un metraje «basado en hechos reales». Cuando se leen estos vocablos, comúnmente, se acepta de manera tácita que el producto final, aunque inspirado en sucesos que sí pasaron, incluye una significativa porción de ficción y que el guionista, como se dice coloquialmente, le añadió de su cosecha. Hay una divergencia entre una transposición, que es lo más cercano a contar los hechos con la mayor precisión posible… y una adaptación llena de licencias y cambios en la que, a la postre, se diluye categóricamente la línea entre la verdad y la ficción, y en donde lo histórico pasa a segundo término y se juega a placer con los datos. El segundo caso corresponde justamente a Cristiada.
¿Que había que condensar muchas historias en un metraje tan breve, y la labor era, de suyo, titánica y ambiciosa? ¿Que era difícil meter a todos los personajes posibles y tratar de unirlos en una sola línea argumental? Sí, nadie lo niega. Pero cuando uno se entera o sabe:
a) Que San José Sánchez del Río –interpretado por Mauricio Kuri, en su primer papel en la gran pantalla– no conoció ni a Gorostieta, ni a Cristóbal Magallanes –al que le inventan, para colmo, haber venido desde Europa cuando tenía siete años y haber sido fusilado delante del joven Mártir de Sahuayo–, ni a Victoriano Ramírez «el 14», ni al P. José Reyes Vega; y tampoco le dejó su corcel a Victoriano.
b) Que el joven sahuayense no murió a plena luz del día ni con sus padres presentes en primera fila.
A plena luz del día, de acuerdo con este fotograma de la película, Joselito camina hacia su muerte. Lo único que la secuencia muestra con acierto es que, en efecto, le habían desollado las plantas de los pies.Recreación del martirio de San José Sánchez del Río, en el momento en que llega al cementerio. A la izquierda podemos ver a sus progenitores y a su padrino; sin embargo, cuando tuvo lugar el sacrificio del joven, ninguno de ellos estaba presente.Lloroso, Gorostieta sostiene y mira a Joselito, ya sin vida. Es una escena conmovedora… pero, como otras tantas, inventada para la película.
c) Que Gorostieta sí tuvo hijos varones –el primero de ellos en 1923, Enrique Gorostieta Lasaga, quien falleció al año siguiente– y no dos hijas ya mayorcitas –que tendrían que haber nacido, por lo menos, entre 1917 y 1919, por las edades que les ponen–.
Enrique Gorostieta y su esposa Gertrudis junto con sus dos supuestas hijas. La única hija que tuvo aquel matrimonio fue Luz María, nacida en 1928, y a quien el autor de sus días únicamente pudo conocer en fotografía.Plática (que jamás existió) entre San Joselito y Gorostieta. En dicha escena, el segundo le dice al primero: «Nunca tuve un hijo, pero si lo hubiera tenido, me habría gustado que fuera como tú». En la vida real, casi todos los vástagos del general fueron varones (dos de ellos se llamaron Enrique, como él, y el otro Fernando). Fotograma de la película.
d) Que el Beato Anacleto González Flores no fue asesinado de noche ni en la casa de la familia Vargas González, sino a plena tarde en el Cuartel Colorado (Guadalajara). Tampoco había en la casa una mujer de nombre Adriana. Ésta, aunque representa a las mujeres católicas que apoyaron la causa, es un personaje ficticio.
Anacleto González Flores poco antes de ser ejecutado. La versión de Cristiada muestra que lo mataron en la casa donde se ocultaba y de noche.
e) Que San José María Robles Hurtado no era un sacerdote que frisaba la ancianidad ni fue colgado dentro de su iglesia (y menos que luego llegó «el Catorce» para cobrar venganza por su muerte, así como Gorostieta por la de Joselito, y ahorcó al oficial… también en el interior del templo), ni durante el día.
Fotograma que muestra a Victoriano Ramírez descolgando el cadáver del P. José María Robles luego de haber ahorcado al militar callista que ordenó matarlo. Nada de esto sucedió en la realidad.
f) Que el sanmiguelense sí murió en Tepatitlán, pero no en la célebre batalla como el mayor de los héroes, sino dentro de la presidencia municipal y tras haber sido apresado por sus propios compañeros de lucha, bajo la sombra de la envidia y la traición.
Fotograma que muestra los últimos momentos de vida de «el Catorce» según la representación (nada acorde a los hechos) del filme.
g) Que el P. Vega no murió en la Hacienda del Valle el mismo día que Gorostieta, sino en Tepatitlán, el 19 de abril de 1929. Esto es, más de dos meses antes de que mataran al regiomontano (2 de junio del mismo año).
Gorostieta y el P. Reyes Vega resistiendo, lado a lado, la emboscada final en la Hacienda del Valle. En la realidad, el clérigo ya había muerto en la batalla de Tepatitlán, casi dos meses y medio antes.
h) Que Rafael Picazo, aunque sí era padrino de Joselito, no era el alcalde de Sahuayo sino diputado federal, y tampoco estuvo presente cuando fue ultimado su ahijado…
En fin, un largo etcétera, con el cual sí saltan a la vista las alteraciones conscientes, intencionadas –porque basta analizar las fuentes que existían en aquel momento y, siendo tantas, no puede tratarse de una mera equivocación– y hasta novelescas que se hicieron para escribir el guion. Quienes esto escribe profesa la religión católica y sabe disfrutar un largometraje sobre un tópico que le apasiona, mas no deja de ser historiadora, con el rigor que ello implica y que a veces puede ser tan poco grato para algunos. ¿Por qué quitar al público la satisfacción, por ejemplo, de que los torturadores de San Joselito pagan con su vida el haber asesinado al adolescente con tanta alevosía y crueldad? ¿Por qué empañar la parte en la que Gorostieta, deshecho en llanto, saca el cuerpo inerte del chico de la fosa y le estampa un afectuoso beso en la frente, para en seguida entregarlo a su madre? En medio de lo desgarrador, resulta reconfortante presenciar que aquel crimen tuvo, al menos, alguna consecuencia para quienes lo cometieron. Pero así no fue.
Con esto, empero, no decimos que la película nos desagrade enteramente o que esté fea, o que desaconsejemos verla (igual ese no es nuestro papel, cada quien puede ir al cine y dedicar su dinero, tiempo y atención a la producción que le guste, al margen de lo que comenten terceros). En el ámbito técnico y fotográfico, la realización es muy buena, y lo mismo podemos afirmar de los vestuarios, utilería y –en términos generales, porque también hay excepciones, como la de Rubén Blades como el presidente Plutarco Elías Calles– caracterización de los diversos personajes. La ambientación y los efectos especiales son otro aspecto destacado.
De igual modo, Cristiada da una idea vívida y global sobre la persecución religiosa y representa de forma adecuada, y aun emocionante, aspectos como la expulsión de eclesiásticos extranjeros, la suspensión de cultos y la concurrencia masiva de la gente para recibir los Sacramentos por última vez, la actuación de las heroicas e intrépidas Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco, el boicot económico –aunque no fuese idea de un mero transeúnte, como lo ilustra la película, sino que ya se había intentado con éxito en Jalisco en la segunda mitad de 1918 y en los albores de 1919– y las manifestaciones pacíficas en plena calle, la atroz represión ejercida contra los civiles y contra cualquiera que fuera sospechoso de ayudar a los cristeros, tanto en el campo como en las poblaciones y ciudades, y los ataques contra quienes asistían al Santo Sacrificio de la Misa y las diversas profanaciones y sacrilegios que perpetraba la soldadesca. La música del finado James Horner, por otro lado, dota de emotividad, sobrecogimiento o tensión –según sea el caso– las diversas escenas.
Incontables parejas acudiendo a recibir el Sacramento del matrimonio ante la inminencia de la suspensión del culto público. Fotograma de la película Cristiada (2012).Las filas interminables de penitentes que, en los últimos días de julio de 1926, acudieron en masa a las iglesias para reconciliarse con Dios. Fotograma de Cristiada (2012).Llegada de un grupo de mujeres de las Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco a un campamento cristero para entregar los pertrechos y víveres.Fotograma que recrea, al dedillo, una conocida fotografía en la que cadáveres de cristeros penden de los postes de telégrafo a lo largo de la vía del tren.
Claro que, si lo que el lector busca o espera es ver es una obra muy fiel y apegada a los acontecimientos, «Cristiada» no es ese tipo de material. Y es lamentable, porque no faltó presupuesto y en la primera década de este siglo ya existían fuentes y documentación suficientes para crear un filme donde los vocablos «la verdadera historia» o «la historia que te quisieron ocultar» no se quedaran en eso, meras palabras.
Las opiniones aquí planteadas no tienen que ser las de quien lea este escrito, y viceversa. Sólo estamos tratando de ser objetivos y de atenernos a las exigencias de la disciplina histórica. Así es el oficio del historiador, aunque en ocasiones dé la impresión de que existe únicamente para arruinar o echar por tierra la ilusión de los espectadores de una película como la que nos ocupa.
Dicho esto, para quien lo desee, la opción de disfrutar el reestreno está abierta.
Centenario de la entrevista de la última oportunidad entre los obispos Leopoldo Ruiz y Pascual Díaz y el presidente Calles (21 de agosto de 1926)
Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo
Hoy se cumplen cien años de la llamada «entrevista de la última oportunidad», celebrada entre los prelados Leopoldo Ruiz y Flores y Pascual Díaz y Barreto, y el primer mandatario mexicano Plutarco Elías Calles. El encuentro tuvo lugar en el castillo de Chapultepec, casi tres semanas después de la publicación de la tristemente célebre Ley sobre delitos y faltas en materia de culto religioso y disciplina externa, la “Ley Calles”, en el Diario Oficial de la Federación.
Fotomontaje alusivo al título de la entrada. Al centro, Plutarco Elías Calles; a la izquierda, Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores; a la derecha, Monseñor Pascual Díaz y Barreto. Al fondo, el castillo de Chapultepec, donde se celebró la entrevista. Edición de imagen hecha por la autora.
Desde dos días antes, el 19 de agosto, Calles había enviado esta contestación a una carta enviada por el Comité Episcopal Mexicano el día 16:
Señores José Mora y del Río y Pascual Díaz. Presentes:
Me refiero a su oficio de fecha 16 del presente, por el que en uso del derecho de petición que establece el Artículo 8 constitucional, solicitan del ejecutivo de mi cargo que interponga su influencia “para que sean reformados de la manera más efectiva” los artículos constitucionales que consideran ustedes contrarios a sus intereses, así como las prescripciones penales con que se les ha sancionado, y que, “en tanto se logra esta reforma”, se suspenda la aplicación del decreto relativo a dichas sanciones penales y de los mismos artículos de la Constitución, de modo se cree “una situación de tolerancia” contraria a las leyes.
Como la facultad de iniciar leyes o decretos compete, como lo señala el Artículo 71 de la Constitución, al presidente de la República, a los diputados y senadores, al Congreso de la Unión y a las Legislaturas de los estados, han ejercitado ustedes correctamente su derecho de petición al dirigirse a uno de los capacitados para iniciar leyes; pero debo decirles, con toda sinceridad, que soy el menos adecuado para atender esa petición, y para iniciar las derogaciones y reformas constitucionales que se solicitan, porque los artículos de la Constitución que se impugnan se hallan en perfecto acuerdo con mi convicción filosófica y política, por lo que no puedo ser yo quien presente ni apoye ante el Congreso General una iniciativa semejante (INEHRM, 2026).
La puerta de la negociación ya estaba cerrada, pero los obispos Pascual y Leopoldo –los mismos que en su momento dialogaron con Emilio Portes Gil– insistieron en tocarla una última ocasión y decidieron tratar de hablar personalmente con Calles. Eran, como se dice coloquialmente, las últimas brazadas de ahogado. Con ellas, ambos eclesiásticos buscaban evitar a toda costa la guerra que se cernía sobre el país de forma irremisible. Eso no obstaculizó, empero, que exageraran su postura conciliadora. En palabras del mismo Jean Meyer, «fueron muy lejos: protestaron de su respeto y de su amor por el presidente. Exaltaron su “labor gran diosa digna de todo elogio”, lo felicitaron por su “ecuanimidad” y por su “firmeza”. Presentaron disculpas, pidieron perdón, aceptaron críticas hasta poco fundadas; llegaron a decir que “nuestro pueblo es ignorante” y sus sacerdotes también» (s. f., pp. 109-110).
Plutarco Elías Calles, presidente de México.
Citamos, sólo como ejemplo, las palabras con las que Monseñor Leopoldo inició la entrevista:
“Mucho agradecemos a usted Sr. Presidente, que se haya dignado recibirnos; para nosotros esta entrevista tiene una gran trascendencia, porque esperamos de ella magníficos resultados; muchos deseos teníamos de hablar con toda liber tad con usted. […] Usted señor, hizo declaraciones magníficas a la prensa americana en que decía no saber por qué nosotros habíamos puesto el grito en el cielo —esta es la idea, de las palabras no respondo que sean iguales—, porque se obligaba al sacerdote a que se inscribiera cuando esto no obedecía sino a cuestiones de estadística. Ojalá que hubiéramos conocido esto antes pues en este caso ninguno de los obispos hubiéramos puesto resistencia” (pp. 111-112).
Incluso habiéndose conducido de esa manera, sin duda contradictoria con la posición categórica de la vehemente Carta Pastoral en la que decretaron la cesación del culto público y de cualquier acto litúrgico que requiriera la presencia de un presbítero, Calles no cejó. Con verdad, les dijo a ambos prelados: “Estamos perdiendo [el tiempo] inútilmente. Yo no me saldré del camino que ya está marcado por la ley” (p. 135).
Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores. Imagen: Arquidiócesis de León.
En cierto momento de la entrevista, ostensiblemente airado, el presidente incluso acusó falsamente a los sacerdotes de Sahuayo de haber soliviantado a la gente y les imputó los acontecimientos del 4 de agosto de 1926, cuando la gente, enardecida, se enfrentó a la milicia federal para tratar de impedir que los templos fueran clausurados:
Monseñor Pascual Díaz y Barreto. Imagen: DeTabascosoy.com
“Con respecto a la actitud del clero dentro del país, es bien sabido que ha estado incitando a la rebelión; entre ese clero están los sacerdotes de Saguayo, y con toda sinceridad les digo que si esos sacerdotes llegan a ser aprehendidos por las fuerzas federales serán fusilados porque son responsables de haber institado (sic) a la rebelión causando derramamiento de sangre. Ellos son los directamente culpables de los acontecimientos acaecidos en Saguayo, en que perdieron la vida varios hombres” (p. 113).
Desde aquel momento, cuando el movimiento cristero se hallaba aún en ciernes, el nombre de la actual Capital de la Ciénega, a la sazón Sahuayo de Díaz, ya resonaba con intensidad. Cabe decir que, al preguntar el Obispo de Zamora al párroco de Santiago Apóstol, D. Pascual Orozco, sobre los sucesos, éste dijo que los presbíteros locales no tomaron parte en la reyerta y que, por el contrario, uno de ellos había recibido una bala perdida en la pierna, hallándose fuera de su casa: el P. Ignacio Sánchez Sánchez (tío carnal de San José Sánchez del Río).
Plaza de Sahuayo de Díaz en 1924, dos años antes de los sucesos de agosto de 1926. Instantánea perteneciente al Archivo fotográfico Guerrero.
Las disposiciones apaciguadoras de Díaz y de Flores contrastaron sin cesar con el ánimo incisivo de Calles. A cada propuesta mansa e incluso condescendiente de los primeros, el general sonorense replicaba con acritud. Llegó el punto en el que Pascual Díaz, quizá viendo que los minutos corrían y no se obtenía nada fructífero, expresó:
“Ya le hemos manifestado con toda sinceridad que no es cuestión de amor propio; nosotros estamos dispuestos a sacrificarlo todo menos nuestros principios” (p. 136).
Y Calles impugnó que ellos no querían sacrificar los suyos, pero sí que el gobierno renunciara a los propios.
“No, señor” contestó el obispo de Tabasco, “no le decimos que sacrifique sus principios pero sí tratamos de encontrar una manera de que nosotros podamos cumplir esa ley sin faltar a nuestros principios y sin desdoro del Gobierno. Así es, pues, que suplicamos al señor Presidente de la manera más respetuosa que por el momento espere” (p. 136).
¿A qué, se preguntará el lector? El mismo Calles les lanzó la interrogante a los prelados. Y la respuesta fue: “a suspender los efectos de esa ley” (la Ley Calles).
El resultado, como ya se sabe, no fue positivo, sino todo lo contrario: el presidente, tan tajante como siempre, les dijo a los prelados que no tenía intención alguna de modificar las leyes y que sólo tenían dos alternativas: tratar de modificarlas o recurrir a la rebelión:
“Ya les he dicho ustedes no tienen más que dos caminos: sujetarse a la Ley, a la Ley, pero si ésta no está de acuerdo con sus principios, lanzarse entonces a la lucha armada y tratar de derrocar en esta forma al actual Gobierno, para establecer uno nuevo que dicte leyes que armonicen con la manera de pensar de ustedes; pero para este caso les repito que nosotros estamos suficientemente preparados para vencerlos” (pp. 136-137).
En efecto, y como se los dejó claro en diversos puntos de la conversación, el régimen callista mantendría las legislaciones vigentes en materia religiosa. Y la jerarquía eclesiástica, al menos en ese instante, tampoco transigiría: ni los cultos, suspendidos desde el domingo 1° de agosto a raíz de la Carta Pastoral Colectiva del 25 de julio, se reanudarían, y los sacerdotes tampoco se registrarían ante las autoridades para ejercer legalmente su ministerio.
La historia que siguió a aquel fracaso diplomático ya se conoce a estas alturas. Una vez agotados todos los recursos pacíficos y legales, los levantamientos espontáneos de pequeños grupos de católicos continuaron. Al mismo tiempo, los efectos del boicot económico impulsado por la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR), émulo del que ya se había llevado a cabo en Jalisco en 1918 bajo la guía y acicate de líderes católicos prominentes –entre ellos el hoy Beato Anacleto González Flores– se dejaban sentir con intensidad, aunque no la suficiente para doblegar al gobierno y orillarlo y a modificar los artículos antirreligiosos y anticlericales de la Carta Magna.
Eso sin contar que, desde hacía tres semanas, tras la suspensión del culto público a nivel nacional, ya se habían producido reyertas en diversos puntos del país, entre ellos la Capilla de Jesús y el Santuario de Guadalupe en Guadalajara, en Cocula (Jalisco) y en Sahuayo de Díaz, como ya se ha abordado en otras entradas.
No está de más afirmar que, una vez que la Cristiada estalló formalmente, y planteado el tema de la licitud moral de la resistencia cristera, las palabras del presidente en cuanto a los caminos a tomar ante la persecución y el conflicto fueron traídas de nuevo a colación. Si alterar los artículos constitucionales por la vía legal había fallado, con manifestaciones pacíficas y demás tácticas incluidas, y a la luz de los aciagos acontecimientos, los católicos mexicanos creyeron que el único sendero que quedaba fue, justamente, el señalado por el político de Guaymas.
Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo
En el mes de mayo de 1921, específicamente el día 8, hace poco más de ciento cinco años, un grupo de militantes bolcheviques irrumpió en la Catedral de Morelia y dañó a cuchilladas una imagen de la Santísima Virgen de Guadalupe.
Fotomontaje alusivo al contenido del presente artículo, en el que se muestra la imagen que fue profanada por los socialistas el 8 de mayo de 1921. En la mitad inferior derecha se aprecia la Catedral de Morelia. Edición realizada por la autora.
Antes de perpetrar aquel acto sacrílego, los atacantes izaron la bandera rojinegra en lo alto del sagrado recinto. Al igual que hizo Miguel Gómez Loza en Guadalajara –véase la entrada Cuaresma roja en Guadalajara, en esta misma página–, un obrero llamado Joaquín Cornejo tuvo la valentía de subir y quitarla, y posteriormente quemarla. En la iglesia principal de la capital michoacana no ondearía aquel lábaro.
Enfurecidos, los socialistas exigieron a Maximiliano López, sacristán, que les dijera quién había arrancado la enseña rojinegra. No consiguieron contestación, por lo que amenazaron e injuriaron a López. Éste, lleno de temor por el daño que pudieran infligirle, creyó poder refugiarse en la Catedral… pero fue seguido por los bolcheviques, quienes no sólo irrumpieron en el inmueble religioso sin respeto alguno, sino también en la Capilla del Sagrario. Allí se hallaba, sobre la pared, la imagen de la Morenita. Con odio y rabia desbordados, los socialistas dañaron la imagen a cuchilladas y abrieron dos profundas rasgaduras en la sección inferior. Una perjudicó parte del marco y la media luna, yendo hacia la figura del ángel que sostiene a la Reina del Cielo.
Cuatro días después de lo ocurrido, justamente airados, los católicos llevaron a cabo una manifestación a fin de externar, pública y categóricamente, su devoción a la Morenita del Tepeyac y protestar por los acontecimientos del 8 de mayo. Cabe decir que el día 11 habían proyectado hacer una peregrinación, pero los agentes policiales lo impidieron alegando que constituía una violación del artículo 24 de la Constitución Política, en el cual, textualmente, se leía:
Todo acto religioso de culto público deberá celebrarse precisamente dentro de los templos, los cuales estarán siempre bajo la vigilancia de la autoridad (1917, pp. 23-24).
Catedral de la ciudad de Morelia, donde los socialistas izaron su bandera en mayo de 1821. En su interior se encontraba la imagen de Santa María de Guadalupe que profanaron posteriormente.
Las autoridades del gobierno del Estado de Michoacán, a la sazón encabezado por Francisco J. Múgica, connotado anticlerical y jacobino, no permitieron que la manifestación se efectuara de modo pacífico. Por el contrario, a fin de dispersarla y acallar los continuos vítores a Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe que proferían los fieles, la policía y los soldados abrieron fuego contra la multitud inerme. De nada valió que un hombre llamado Julián Vargas encarara al jefe de la policía y externara que, como ciudadanos de un país libre, tenían el derecho –siempre y cuando no trastocaran el orden público– de manifestar de alguna forma su descontento por los agravios cometidos contra la imagen.
Varios fieles murieron –cuatro varones y dos mujeres– y otros tantos quedaron lesionados por los proyectiles. Los caídos fueron Julián Vargas, Rómulo González Figueroa, Felipe López, el ya mencionado Joaquín Cornejo, Crescenciana Cerrillos y María González.
La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe fue restaurada al cabo de un tiempo, por lo que las huellas de las puñaladas apenas son visibles. Actualmente se resguarda en la Rectoría de Santa Catalina de Siena, llamado el templo de “Las Monjas”, en la misma ciudad de Morelia. Allí mismo fue coronada, el 12 de diciembre de 1945, por Monseñor Luis María Altamirano y Bulnes.
Rectoría de Santa Catalina de Siena («Las Monjas») en Morelia. Aquí se resguarda la imagen de la Virgen de Guadalupe que los socialistas apuñalaron, ya restaurada.
Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo
A propósito de la historia de los veintisiete cristeros ultimados en el atrio de la Parroquia de Santiago Apóstol en Sahuayo, de cuyo sacrificio conmemoramos un aniversario más hace unas semanas, hoy recordamos a Jacobita Zepeda del Toro, una anciana sahuayense que ya en vida gozó de fama de santidad entre sus coterráneos.
Fue hija del señor José Zepeda y de la señora Margarita del Toro. De acuerdo con los testimonios orales del pueblo de Sahuayo, era favorecida con revelaciones privadas por parte de Dios. Una de las pruebas de ello reside en su recuperación milagrosa después de haber sufrido por años de una enfermedad que la había postrado en cama por muchos años, una mielitis que la postró desde 1912. Pues bien: según el informe médico del Dr. Amadeo Gálvez –una de las calles de Sahuayo, paralela al bulevar Lázaro Cárdenas, lleva su nombre–, ratificado por el juramento de los sacerdotes sahuayenses Pascual Orozco, Otón Sánchez e Ignacio Sánchez [1], Jacobita pudo caminar de un día a otro, tras aquella prolongada parálisis, sin tomar ningún medicamento.
Fotografía de Jacobita Zepeda del Toro editada con su nombre y con un subtítulo alusivo a una de sus principales predicciones, modificada de una edición para la página Testimonium Martyrum. Edición realizada por la autora de la presente entrada.
Compartimos un fragmento del inicio de uno de los documentos que existen sobre esta mujer singular:
«En la Villa de Zaguayo [2], Obispado de Zamora Michoacán, en la República Mexicana, han tenido lugar, repetidas revelaciones, hechas a un alma santa, en las que el Eterno Padre, manifiesta su deseo, para que se rinda culto al corazón de San José, y se ofrezca juntamente con el de Jesús y de María, en desagravio por los pecados del mundo…»
En lo tocante a las cuestiones piadosas, Jacobita se caracterizó por su gran devoción a los Corazones de Jesús, María y José.
Cabe mencionar que, entre otros acontecimientos, Jacobita vaticinó la caída del Varón de Cuatro Ciénegas –Venustiano Carranza–, la quema de San José de Gracia, Michoacán, y la llegada de las hordas del temido bandolero José Inés Chávez García a Jiquilpan de Juárez –a donde, por cierto, no pudo entrar–.
Según los relatos sobre Jacobita, lo último que predijo fue:
«He visto correr ríos de sangre por las calles de Sahuayo».
Profecía que, dicho sea en honor a la verdad, no dejó de cumplirse. Luego de la masacre de los veintisiete cristeros, como sabemos, el cielo envió su llanto y lavó los cuerpos inertes y ensangrentados. Mezclado con la lluvia, el fluido escarlata corrió por las calles de Sahuayo y bajó por la calle Insurgentes, hacia el oriente de la población.
Jacobita Zepeda del Toro murió poco antes de un año del sacrificio de aquellos cristeros valientes, el 17 de abril de 1927. Recordemos que, según los testimonios orales y demás historias, la matanza tuvo lugar el 21 de marzo de 1927, pero de acuerdo con partes oficiales y con el reportaje del periódico «El Informador», fue en 1928, el mismo día en que fue asesinado el licenciado Miguel Gómez Loza, hoy beatificado. El lector puede indagar al respecto en otra de las entradas de esta página.
Los restos de Jacobita descansan en las célebres Catacumbas del Sagrado Corazón de Jesús, en Sahuayo, que el P. Miguel Serrato tuvo la iniciativa de construir para que allí reposaran algunas personas ilustres de la localidad, entre ellos los que dieron su vida por Cristo Rey en los tiempos de la persecución religiosa y la Cristiada, como los cristeros de la Parroquia y el señor José Sánchez Ramírez, y aquellos que, de alguna forma u otra, destacaron por su devoción y práctica de la fe católica, como esta mujer.
Notas:
[1] Tío paterno de San José Sánchez del Río.
[2] Antigua grafía de «Sahuayo».
Sitio donde reposan los restos mortales de Jacobita Zepeda del Toro en las catacumbas del templo del Sagrado Corazón en Sahuayo, Michoacán. Fotografía de Rutacristera.org.
Breve semblanza de Monseñor José Amador Velasco, Obispo de Colima durante la Cristiada
Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo
Retrato de Monseñor José Amador Velasco (1856-1949) en sus primeros años como Obispo de Colima. Imagen mejorada y editada por la autora.
Su nombre brilla con esplendor al lado del de Monseñor Francisco Orozco y Jiménez, el V Arzobispo de Guadalajara. Ninguno de los dos abandonó a los fieles que les habían sido encomendados. Poniendo el ejemplo a sus sacerdotes, optaron por ocultarse y seguir impartiendo los consuelos de la religión, con grave riesgo de su vida. Su nombre era José Amador Velasco y Peña.
Naturalmente, el prelado originario de Zamora que tuvo a su cargo la Diócesis de Chiapas y la Arquidiócesis tapatía es mucho más conocido. El día de hoy, en honor a la justicia, le dedicaremos un espacio a su contraparte originaria de Jalisco pero que, por disposición de la Providencia y de la Santa Sede, dirigió la Diócesis de Colima.
Nuestro personaje vino al mundo en Villa de la Purificación, Jalisco, el 30 de abril de 1856. Sus padres fueron Ricardo Velasco Michel y María Eduarda Peña y Bracamontes. Recibió el Sacramento del Orden Sacerdotal el 12 de noviembre de 1879 a los veintitrés años.
Villa de la Purificación, Jalisco, patria chica de Monseñor José Amador Velasco. Fotografía de México desconocido.
Una vez como presbítero, impartió clases en el Seminario Conciliar Tridentino de Colima. Fue vicerrector entre abril/mayo de 1886 y abril de 1889, año en que ascendió en la jerarquía del plantel y fue designado rector. Trabajó como tal hasta el 2 de diciembre de 1895. Al acabar ese año, fue nombrado párroco de Autlán de Navarro. Al frente de dicha parroquia, lleno de celo, aprovechó para erigir la vicaría de Tonaya. En 1900 se le dio el cargo de vicario general de la Diócesis colimense.
El 30 de julio de 1902, el Papa León XIII –autor de la célebre «Rerum Novarum»– le encomendó esta jurisdicción eclesiástica, convirtiéndose en su IV Obispo y en sucesor de Monseñor Atenógenes Silva. Fue consagrado el 30 de agosto de 1903 por el IV Arzobispo de Guadalajara, José de Jesús Ortiz, predecesor de Francisco Orozco y Jiménez. Ese mismo año, el 4 de octubre, colocó y bendijo la primera piedra de la flamante parroquia de San Francisco de Almoloyán (actualmente templo parroquial dedicado al Seráfico Padre y situado en el centro de Villa de Álvarez, Colima).
Al frente de su Diócesis, Monseñor Amador Velasco enfrentó los convulsos y terribles años de la Revolución Mexicana. Esto no le impidió tratar de velar por los suyos. En diciembre de 1912, justo en la Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe, instituyó el primer cabildo de la Catedral de Colima.
Juan José Ríos, gobernador de Colima entre 1915 y 1917, quien desterró del Estado a Monseñor Amador Velasco. Mejora y edición de imagen hechas por la autora.
Sin embargo, aquella calma no duraría mucho, pues llegó al punto de ser desterrado en 1915 por disposición del gobernador Juan José Ríos, perteneciente al bando constitucionalista –quienes, como hemos visto en otras entradas, eran famosos por su animadversión contra el clero y, en general, contra el catolicismo–.
De modo particular, Monseñor Amador vivió en primera línea el recrudecimiento de la persecución religiosa en la década de los 20’s, máxime a partir de 1926. Al imponerse en marzo una legislación que limitaba el número de sacerdotes en Colima y exigía que se registraran como empleados del gobierno, el prelado se rehusó, junto con sus sacerdotes, a acatar la disposición.
He aquí un fragmento de la carta que envió Monseñor a las autoridades de Colima, encabezadas por Francisco Solórzano Béjar:
Delante de Dios y de todos mis amados diocesanos, declaro también que antes quiero ser juzgado con dureza por aquellos que sobre este delicadísimo asunto han provocado mi actitud, que aparecer lleno de oprobio y vergüenza en el tribunal del Juez Divino, y merecer la reprobación del Supremo Jerarca de la Iglesia… reitero a ustedes de la manera más formal mi inconformidad con el decreto por el cual la autoridad civil del estado de Colima se permite legislar sobre el gobierno eclesiástico de mi diócesis… (citado en Meyer, 1980, pp. 248-249).
El 5 de abril de 1926 hubo una manifestación multitudinaria en la capital de Colima. La gente exigió la revocación del decreto y, eventualmente, los hechos tomaron un cariz violento: los policías, vestidos de paisano, atacaron a tiros a los manifestantes. Hubo al menos siete muertos.
Ante la negativa del gobierno a dar marcha atrás en las leyes antirreligiosas, el prelado tomó la determinación de suspender el culto en toda la entidad. Lo mismo había hecho Monseñor Orozco y Jiménez en 1918 en Jalisco. Esto tuvo lugar el 7 de abril, la fecha límite que Solórzano Béjar había fijado como límite para que los clérigos se registraran.
Todo el pueblo colimote se volcó en un programa de luto y penitencia, aunado a la ya conocida táctica del boicot económico que, en los lares jaliscienses, tan buenos resultados había producido. Los estragos no tardaron en notarse, y el gobierno planteó la posibilidad de atenuar las leyes “con tal de que se reanudara el culto” (Meyer, 1980, p. 251). Pero Monseñor Velasco, desconfiando de las promesas meramente verbales del régimen, se negó. Cualquier intento de moverlo a capitular fue infructuoso. Ni siquiera tuvo éxito la tentativa de lograr que Monseñor Francisco Orozco interviniera. “Yo, por mi parte, pido a Dios que cuando me llegue la ocasión, sepa guardar la gallarda actitud del Sr. Obispo de Colima” relata el P. Enrique de Jesús Ochoa Santana, el famoso “Spectator” (1961, p. 73).
El obispo oriundo de Villa de la Purificación se retiró a Tonila, en territorio de Jalisco pero perteneciente a la Diócesis de Colima, y allí atendía a los fieles. El culto público, al menos en ese lugar, continuó como de costumbre.
En Colima, mientras tanto, los presbíteros y el resto de los seglares tampoco aceptaron negociar.
En efecto, tal como explica Jean Meyer (1980),
En Colima, el gobernador encontró la resistencia del clero, y su perseverancia no obtuvo otra cosa que la movilización de los católicos y una decisión que explica la importancia que adquirió el alzamiento cristero en esta región (p. 252).
En julio de 1926, el Episcopado mandó que en las iglesias de toda la República ya no hubiera ninguna función litúrgica en la que fuera precisa la intervención de un presbítero. Fue replicar, en el resto del país, lo que ya se había puesto en práctica en Colima.
Ante esta situación, Monseñor José Amador fue, junto con el Arzobispo de Guadalajara, el único Obispo mexicano que siguió atendiendo espiritualmente a sus feligreses, aun a salto de mata, con gran riesgo de su vida. A pesar de ser ya septuagenario, visitaba rancherías y se ocultaba donde fuera posible, todo para continuar administrando los Sacramentos. Jean Meyer lo corrobora al afirmar que “Durante tres años […], burlaron los esfuerzos que por descubrirlos hacía el gobierno y administraron sus diócesis, sin ser denunciados jamás, protegidos por un pueblo entero” (1980, p. 358). Porque, nos dice el mismo autor, “fueron también los únicos que siguieron una política inquebrantable: echarse al campo para compartir la suerte de su grey y subvenir a sus necesidades, aguardar a que Roma decidiera y obedecer sin réplica” (p. 348).
Leamos lo que nos dice sobre él el P. Enrique de Jesús Ochoa:
Fue al terminar el otoño, acercándose ya los días del invierno, cuando el amado Pastor de la grey colimense, el Excmo. Sr. Dr. D. José Amador Velasco, abandonó los poblados para remontarse a las abruptas serranías de su Diócesis, allá por el lado oriente, colindando con Michoacán. Contaba entonces (con) 70 años de edad. Delicado, enfermo, lleno de achaques, el virtuoso Obispo de Colima Mons. Velasco se formó el propósito de no abandonar a sus hijos, aunque le costara la vida (1961, p. 98).
Monseñor Amador vivió justo veinte años después de que la Guerra Cristera acabara oficialmente. Falleció el 30 de junio de 1949 en Colima, capital del Estado homónimo, y fue sepultado en la Catedral de la misma ciudad. Tenía noventa y tres años. Su sucesor fue Monseñor Ignacio de Alba.
Asesinato de obreros católicos tapatíos por parte de los comunistas en marzo de 1922
Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo
Fotomontaje alusivo al título de esta entrada. Podemos ver el templo de San Francisco de Asís en Guadalajara, parte del jardín de éste y (a la izquierda) el de la iglesia de Nuestra Señora de Aránzazu; lo que ahora es el Andador Alcalde y, al fondo, la antigua estación de ferrocarriles de Guadalajara. Edición de imagen hecha por la autora.
La Cuaresma, el tiempo penitencial católico por excelencia, trae consigo diversos rituales, prácticas y usanzas con los que, ya sea por ser parte de ellos, por costumbre o por cultura, la mayoría de los mexicanos estamos familiarizados: imposición de la ceniza acompañada con el recordatorio de nuestra mortalidad y la necesidad de arrepentimiento, ausencia del Gloria y del Aleluya, ornamentos sacerdotales morados, abstinencia de carne los viernes –lo que comúnmente es llamado “vigilia”– y la consecuente gama de platillos para suplirla, la constante invitación a la recepción de los Sacramentos, en especial el de la Penitencia… y los clásicos ejercicios espirituales, pensados para reflexionar en las verdades de la religión cristiana y disponer el alma para la celebración de los Oficios de Semana Santa y la Pascua florida.
Normalmente, los ejercicios cuaresmales concluyen con la admonición del presbítero o seglar encargado de impartirlos y, como reza el dicho popular, “aquí se rompió una taza y cada quién para su casa”. Esto en un contexto donde el catolicismo, dentro de las diversas circunstancias, puede profesarse con libertad. Pero ¿y en tiempos de rampante persecución religiosa? Hubo una ocasión, hace 103 años, en Guadalajara, en la que un grupo de ejercitantes fue atacado por una turba armada y airada de socialistas. Aquello, como cabía suponer por lo caldeado de los ánimos y de la misma coyuntura que se vivía en nuestro país, con ataques crecientes a los católicos, terminó en tragedia, en el suceso más sonado de aquella primavera de 1922 y de lo que, con todo acierto, fue una Cuaresma roja: no sólo porque así se conocía a los bolcheviques, con ese calificativo, sino también por la sangre que se derramó aquella jornada.
Ya desde 1921, la antigua Ciudad de las Rosas había sido testigo del arribo de militantes comunistas. Basta recordar que el 1° de mayo de ese año, a la vista de la sociedad tapatía, habían izado la bandera rojinegra en nada más y nada menos que en la Catedral. El estudiante de leyes Miguel Gómez Loza –cuya muerte tuvo lugar un 21 de marzo, pero de 1928, justo el mismo día que fueron ultimados los veintisiete cristeros en el atrio de la Parroquia de Santo Santiago en Sahuayo, Michoacán–, sin medir el peligro, subió, la quitó y la hizo jirones, aunque eso le granjeó una golpiza de los rojos, que lo dejaron ensangrentado y medio muerto.
En 1922, los embates bolcheviques cobraron nueva fuerza, y más tomando en consideración la inminencia del Primer Congreso Nacional Obrero Católico, que daría lugar a la Comisión Nacional Católica del Trabajo (CNCT). Los atropellos de los rojinegros alcanzaron su punto álgido en la Cuaresma, específicamente el 26 de marzo, Cuarto Domingo de Cuaresma, también llamado de Laetare por las palabras con que inicia el Introito: “Laetare, Ierusalem”, “Alégrate, Jerusalén”. Aquel día, a diferencia de las otras Domínicas, el órgano emitió sus notas solemnes y los altares fueron adornados con flores.
Fotografía tomada desde la esquina de la Av. Corona con la calle Prisciliano Sánchez. A la izquierda, el jardín de San Francisco, escenario de la matanza de los obreros católicos el 26 de marzo de 1922. Imagen de Guadalajara antigua; edición hecha por la autora.
En contraste con la alegría litúrgica previa a la Semana de Pasión –la inmediatamente anterior a la Semana Santa, según el calendario litúrgico anterior al Concilio Vaticano II–, Guadalajara habría de cubrirse de luto. Todo inició en la mañana. El Sindicato de Inquilinos, liderado por Genaro Laurito –anarquista de origen argentino– y Justo González, organizó una manifestación en contra de los adinerados y del clero católico. Cabe mencionar que, ya desde enero, Laurito había exhortado a los tapatíos a que no se pagaran las rentas. González había sido director de la Penitenciaría de Escobedo y había apoyado a Basilio Vadillo, el gobernador anterior, que había terminado su mandato unas jornadas antes, el 17 de marzo de 1922.
En este caso, según se dijo, la marcha perseguía la finalidad exigir que los propietarios redujeran la renta a los inquilinos, pero pronto quedó probado que también tenían la intención de destruir y atacar. La muchedumbre de aproximadamente mil quinientos inquilinos (González Navarro, 2000) agredió al párroco del templo de la Inmaculada Concepción –en la calle Santa Mónica, entre Juan Álvarez y Manuel Acuña, cerca del Santuario de Guadalupe– y al sacristán porque osaron no querer quitarse el bonete y el sombrero, respectivamente, ante la bandera rojinegra. A su vez, cuando pasaron frente al Palacio de Gobierno, prorrumpieron en denuestos contra los burgueses y el régimen en turno. En la cumbre de la exaltación, puñal en mano, Laurito ordenó a la banda de música que tocara «La Internacional», compuesta por Eugène Pottier y musicalizada por Pierre Degeyter y considerada como el himno del movimiento obrero (al grado de que el mismo Lenin la eligió como canción emblema de la naciente URSS). Después injuriaron al club Atlas, a El Informador –periódico al cual consideraban «reaccionario»–, el diario Restauración y al Casino Jalisciense.
El Informador –que de conservador no tenía mucho, a decir verdad–, por ejemplo, narró así el «incalificable atropello» que sufrieron:
«Después de que los manifestantes bolsheviques oyeron los discursos candentes de Laurito y comparsa, ya preparado su ánimo en contra de «EL INFORMADOR» como consecuencia de las prédicas, los componentes de la columna voltearon por la Avenida Corona y se dirigieron a nuestras oficinas, deteniéndose frente a la puerta principal y profiriendo toda clase de insultos y gritos amenazantes en contra nuestra».
Luego de vagar por varias partes del ahora llamado Centro Histórico haciendo desmanes en un sitio y en otro, la turba socialista se dirigió al jardín de San Francisco, también llamado «jardín Corona». Allí sobrevendría el clímax de los hechos. Su arribo coincidió con la salida un grupo de obreros católicos, que habían participado de la Misa final de acción de gracias por los ejercicios espirituales –algunas fuentes hablan de un retiro–, dirigidos por el entonces sacerdote José Garibi Rivera –asistente eclesiástico de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana– , a los que habían estado asistiendo. Genaro Laurito iba montado a caballo, pistola en mano. Según El Informador, él mismo ordenó que el gentío al que encabezaba se dirigiera al jardín mencionado, pues sabía que los católicos estaban en tales ejercicios en el templo de San Francisco.
A lomo de corcel y en vanguardia, dirigiendo a sus camaradas, iba el líder socialista J. Concepción Cortés. Fue el primero que llegó al cruce de las calles Prisciliano Sánchez y 16 de septiembre. Viendo que los obreros católicos iban saliendo de Misa, el jefe socialista comenzó a vociferar: “¡Muera la religión! ¡Mueran los católicos!” Son palabras recogidas textualmente por El Informador.
Naturalmente que aquellos gritos llegaron a los oídos de los asistentes. Entre ellos se encontraban dos grandes amigos, ambos aspirantes a abogados: Anacleto González Flores y Miguel Gómez Loza –ambos beatificados en noviembre de 2005–, el mismo del episodio de la bandera en la Catedral. El temperamento sanguíneo y la osadía del segundo, que a veces sí rayaba en la temeridad y en la imprudencia, afloró de nuevo. El P. Garibi, al igual que Anacleto, consideró que en esa ocasión no era conveniente confrontar a los comunistas. Éstos, sin demora, se apostaron en el monumento a Ramón Corona Madrigal –originario, por cierto, de un pueblo de la Ciénega, Tuxcueca–.
Detalle de una fotografía de Anacleto González Flores, hoy Beato, tomada en 1919, cuando aún era estudiante de leyes. A diferencia de su mejor amigo Miguel Gómez Loza, juzgó irreflexivo e insensato enfrentar a los socialistas que atacaron verbalmente a los obreros católicos en el jardín del templo de San Francisco de Asís. Imagen editada por la autora.
Mientras los obreros volvieron al interior del templo, el sacerdote y el estudiante de leyes tepatitlense deliberaron sobre lo que había de hacerse. No tardaron en decidir, dada la magnitud del contingente bolchevique, que lo mejor era que todos se quedaran dentro del recinto hasta que se disolviera la manifestación. Pero Miguel, más airado, no lo creyó así: fue con los trabajadores y los arengó a resistir y, si fuera el caso, a contestar a sus improperios. En su opinión, los católicos también debían mostrar su postura de forma pública.
Su discurso tuvo eco en los obreros, quienes, olvidando que ninguno de ellos estaba armado, a diferencia de los rojos, aceptaron salir al jardín otra vez. Allí, trepado en una de las bancas, a guisa de tribuna, Miguel los instó a defender la causa católica… delante de los mismos socialistas, que ya estaban frente a la iglesia. La atmósfera se caldeó a un ritmo vertiginoso, al grado de que el diálogo –si es que podía haberlo– fue imposible entre ambos grupos. En la quinta plana, El Informador continúa su relato expresando que los católicos, “que por algún tiempo habían permanecido callados, contestaron a los gritos y aquel fue el principio de la tragedia”.
A las palabras se respondió con golpes, y éstos fueron seguidos por numerosos tiros, el primero de ellos hecho por J. Concepción Cortés, que arrancaron la vida a siete –la mayoría de las fuentes indica que fueron seis, pero una placa conmemorativa añade un caído a la lista– de los obreros en el acto. Otros más se desplomaron heridos. Las manchas de sangre crecieron en torno a los cuerpos, a la par que la balacera seguía, entre la gritería, el clamor de los que habían sido alcanzados por los proyectiles pero no había muerto, el llanto por los que ya habían partido al más allá, el fragor de los disparos y los insultos de los comunistas. Entre los heridos hubo una niña llamada María del Carmen.
La matanza, según El Informador, duró unos treinta y cinco minutos. Durante ese intervalo, más que suficiente para intervinieran las autoridades, éstas no hicieron absolutamente nada. Además, dice el diario independiente,
“La refriega fue desigual, pues mientras los bolcheviques hacían uso de sendas pistolas, los obreros católicos se encontraban completamente indefensos, recurriendo a defenderse con piedras recogidas del arroyo”.
La Enciclopedia histórica y biográfica de la Universidad de Guadalajara, en su semblanza del abogado de Paredones –hoy «El Refugio»– resume así lo sucedido:
“El 26 de marzo de 1922, tenía lugar en el Templo de San Francisco la misa de clausura de los ejercicios espirituales que dirigió el padre José Garibi Rivera, a los cuales asistieron González Flores y Gómez Loza. A la salida se encontraron con una marcha socialista, cuyos manifestantes empezaron a insultar a los católicos y nuevamente Gómez Loza arengó a los suyos, se produjo un gran zafarrancho y hubo muertos y heridos”.
Detalle de una fotografía del Lic. Miguel Gómez Loza con su esposa María Guadalupe Barragán (se casaron a finales de 1922). Sus palabras para animar a los obreros católicos a responder a los atacantes bolcheviques desembocaron, lastimosamente, en el tiroteo que costó la vida a siete de ellos. Edición de imagen realizada por la autora.
Miguel Gómez Loza fue fuertemente reprendido por el P. Garibi. No le quedó más remedio que aceptarla con humildad.
González Navarro (2001), por su parte, refiere así los sucesos:
“Cuando Gómez Loza pidió oponerse al atropellamiento de los derechos civiles y religiosos, José Garibi Rivera […] hizo ver lo infructuoso de esa lucha porque los manifestantes contaban con el apoyo gubernamental. Esta trifulca tuvo un saldo de varios muertos (algunos los calculan en 12, entre ellos un papelerito) y numerosos heridos”.
El papelerito, de acuerdo con datos de El Informador, se apellidaba Mireles, y era hermano de la niña María del Carmen. Murió instantáneamente, de un tiro en pleno pecho. Dicho periódico, junto con La Restauración, solventaron los gastos de su entierro. El cadáver fue llevado de las oficinas del diario tapatío al Hospital Civil, para practicarle la autopsia de ley, de allí a las oficinas de La Restauración y, finalmente, al panteón de Mezquitán.
En la versión de Silvano Barba González, acendrado jacobino de aquel tiempo que a la sazón fungía como procurador de justicia, los católicos no fueron víctimas, ya que no se trató de una agresión a ellos, sino que “del alma fanatizada de los manifestantes surgió el choque, no fue una agresión “del Sindicato de Inquilinos sobre corderillos, sino sobre lobos con piel de oveja”. Pero González Navarro (2001), que no es un investigador allegado a la historiografía católica, no vacila en sintetizar lo acontecido en la siguiente forma: «En fin, los miembros del Sindicato rodearon la Columna de la Independencia hasta la iglesia de La Concepción, de ahí fueron al Palacio de Gobierno y luego marcharon al jardín de San Francisco, donde atacaron a los obreros católicos y a los acejotaemeros». Y añade, sin medias tintas: «Fueron, pues, los agresores».
Dejamos que sea el lector quien discierna y emita su juicio al respecto.
Con todo y la animadversión gubernamental hacia el catolicismo, las consecuencias de lo ocurrido el 26 de marzo no se hicieron esperar. González Navarro (2001) expone que La Gaceta Mercantil opinó que Luis C. Medina, el presidente municipal, no hizo nada para evitar esos crímenes. Eso sin mencionar que el susodicho había acompañado a Laurito en algunas reuniones, y su única acción fue destituir al inspector general de policía.
Primera plana de El Informador, en su edición del 27 de marzo de 1922, donde da fe de los ataques perpetrados por los bolcheviques en el centro de Guadalajara a diversos establecimientos y –el culmen de los mismos– la ulterior balacera afuera del templo de San Francisco y el asesinato de los católicos. Ediciones hechas por la autora.
El Informador, otra víctima de los ataques, publicó la noticia en primera plana en su edición del 27 de marzo, en los siguientes términos:
«MATANZA DE CATOLICOS POR LOS BOLSHEVIKIS. – Seis Muertos y 12 Heridos Costó la Manifestación de Ayer, que en Nuestra Edición Anterior Anunciamos Como un Grave Peligro que Había que Conjurar. – Terrible Balacera en el Jardín de San Francisco – Las Redacciones de los Periódicos Locales Lapidadas por la Turba Exaltada.– El Casino Jalisciense Asaltado por los Manifestantes, Quienes en Verdadero Motín Invadieron la Calle de San Francisco, al Grito de ¡¡Mueran los Burgueses!! Los Líderes Bolshevikis Fueron Aprehendidos.–Se Atribuye Mucha Responsabilidad en los Lamentables Sucesos Ocurridos, al Inspector Gral. de Policía, por no Haber Disuelto a Tiempo la Manifestación, no Obstante Saber que Tomaba Carácter Violento.–La Acción de las Tropas Federales Fue Pasiva.–La Sociedad de Guadalajara Está Alarmada.»
Respetamos, como de costumbre, la ortografía original.
Página 6 de la edición de El Informador del lunes 27 de marzo de 1922, donde se abunda en detalles sobre lo que sucedió después de la masacre de los obreros católicos. Edición realizada por la autora.
En la sexta página, el mismo periódico refirió que Genaro Laurito fue apresado, junto con Justo González, J. Concepción Cortés y José María Puga, los principales dirigentes comunistas. La misma suerte corrió Miguel Gómez Loza, en uno de sus cincuenta y nueve encarcelamientos. De igual forma, un grupo de personas, en representación de los obreros católicos, acudió a la Jefatura de Operaciones Militares para pedir garantías; sin embargo, el jefe del Estado Mayor de dicho establecimiento replicó, en representación del general Jesús María Ferreira, que no era posible concedérselas sin previa orden de la Secretaría de Guerra y Marina.
El sepelio de los obreros asesinados, efectuado el 27 de marzo a las cuatro de la tarde, fue multitudinario. Empero, no bastaba con mostrar dolor, pena e indignación por lo ocurrido. El repudio social tapatío fue generalizado. Por una parte, Anacleto González Flores y José Cornejo Franco demandaron al gobernador sustituto, Antonio Valadez Ramírez, que el alcalde fuera removido de su cargo. Por otra, el banquero Robles Gil presidió la formación de un Comité de Defensa Social al cual se adscribieron representantes de las cámaras de comercio y agrícolas, el Sindicato de Agricultores, la Unión de Propietarios, la Sociedad Mutualista de Empleados de Comercio y, naturalmente, la Unión de Obreros Católicos y la ACJM. Entre los vocales estuvieron José Gutiérrez Hermosillo, Manuel Orendáin, Salvador Ugarte y Salvador Chávez Hayhoe. René Capistrán Garza, jefe nacional de la ACJM, envió un telegrama a Agustín Yáñez –entonces acejotaemero– en el que le ofreció apoyo.
El Gremio de Abastecedores de Carne también criticó la matanza y, para manifestar su oposición, pidió un lugar en el Comité Social Ejecutivo. El presidente Álvaro Obregón Salido recibió al Comité en México y afirmó que no se repetirían esos atentados, pero que él no podía deponer al presidente municipal tapatío.
A la postre, Luis C. Mediana sí fue destituido. Lo reemplazó José Guadalupe Zuno Hernández, que eventualmente dejaría el cargo para contender por la gubernatura de Jalisco.
Los nombres de los siete obreros asesinados se conservan en la placa conmemorativa a la que aludimos párrafos más arriba, y que se encuentra dentro del templo de San Francisco de Asís, donde alguna vez estuvieron para el cierre de sus últimos ejercicios espirituales. En ella se lee:
Placa que se conserva dentro del templo dedicado al Seráfico Padre en Guadalajara en el que se recuerda la muerte de los siete obreros católicos asesinados por los socialistas. Fotografía tomada y editada por la autora (2025).
EL PRIMER CONGRESO NACIONAL OBRERO A LA MEMORIA DE LOS OBREROS MARTIRES SACRIFICADOS CERCA DE ESTE LUGAR EL 26 DE MARZO DE 1922 / “JUSTICIA Y CARIDAD” / JOSE CABRERA. MIGUEL RAMIREZ. MIGUEL MAREZ. JUAN JIMENEZ. FELIX GONZALEZ. TIBURCIO SANTILLAN. APOLONIO VIZCARRA.
Enciclopedia histórica y biográfica de la Universidad de Guadalajara (2025). Gómez Loza, Miguel. Los universitarios sin universidad. Tomo tercero. El interregno universitario, 1861 – 1925.
González Navarro, M. (2001). Cristeros y agraristas en Jalisco: Tomo 2. El Colegio de México.
Muriá, J. M., Martínez Réding, F. et. al. (1982) Historia de Jalisco. Tomo IV. Desde la consolidación del Porfiriato hasta mediados del siglo XX. Gobierno de Jalisco.
Periódico El Informador, edición del 27 de marzo de 1922. Páginas 1, 5 y 6.
Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo
Collage alusivo a la muerte de los 27 Mártires Cristeros de Sahuayo. Podemos ver, a la izquierda, a Jacobita Zepeda del Toro; a la derecha, la fotografía que les tomaron a los casi treinta defensores de la fe luego de que los mataron, con la notaría de la Parroquia de Santo Santiago de fondo; y en la mitad superior, el recinto religioso por excelencia de Sahuayo, aún con una sola torre. Fotomontaje realizado por la autora.
Fueron ultimados uno a uno, sin proceso legal, sin la formación del habitual cuadro de fusilamiento, a tiros de pistola, en el atrio de la Parroquia dedicada al Patrón Santiago, a plena luz del día. Una fotografía, perteneciente al valiosísimo Archivo Guerrero de Sahuayo, inmortalizó la magnitud y la índole tremebunda del sacrificio cruento de casi treinta almas. La historia, a estas alturas, ya es bastante conocida, pero no podíamos dejar pasar este mes sin hablar del tema, y más si tomamos en cuenta la cercanía del 97 [1] aniversario de este acontecimiento, tan emblemático como trágico, dentro de la historia cristera de Sahuayo y, en sí, de todo su devenir temporal. Ninguno de los asesinados era sahuayense, pero todos murieron ante la aterrorizada mirada de quienes sí lo eran.
Fue allí, en esta heroica y católica villa del estado de Michoacán, que a la sazón llevaba el apellido de don Porfirio, que tuvo lugar la muerte de los que, hasta la fecha, en honor a la verdad y con profundo cariño y devoción, y sin prevenir el juicio eclesiástico, son llamados los 27 mártires de Sahuayo.
Y algo más: aquel asesinato colectivo ya había sido predicho por una anciana sahuayense que ya en vida gozó de fama de santidad entre sus coterráneos y que, de acuerdo con los testimonios orales del pueblo de Sahuayo, era favorecida con revelaciones privadas por parte de Dios. Una de las pruebas de ello reside en su recuperación milagrosa después de haber sufrido por años de una enfermedad que la había postrado en cama por muchos años. Pues bien: según el informe médico del Dr. Amadeo Gálvez –una de las calles de Sahuayo, paralela al bulevar Lázaro Cárdenas, lleva su nombre–, ratificado por el juramento de varios sacerdotes sahuayenses, Jacobita pudo caminar de un día a otro, tras aquella prolongada parálisis, sin tomar ningún medicamento.
Plaza de Sahuayo de Díaz en 1924, ya en tiempos de persecución religiosa. A la izquierda podemos ver la Parroquia de Santo Santiago Apóstol, escenario de la matanza de los cristeros. A la derecha se alza el Portal Patria, o de los Arregui, que empezó a ser edificado precisamente ese año, y fue obra del ingeniero José Luis del mismo apellido. Imagen perteneciente al Archivo Guerrero, ampliada y editada por la autora.
Según los relatos sobre Jacobita, lo último que predijo fue:
«He visto correr ríos de sangre por las calles de Sahuayo».
Más allá de lo tétrica o truculenta que puede parecer esa imagen, la profecía se cumplió al pie de la letra.
¿Pero cómo? ¿De quiénes fue aquella efusión?
La historia de Mártires de Sahuayo, para no hacer más largo el relato, comienza con un grupo de treinta y cinco cristeros que fueron hechos prisioneros en una cueva llamada El Moral, cerca de Cotija de la Paz, el 20 de marzo de 1928 (hay que aclarar que de acuerdo con los testimonios y la tradición oral, todo esto aconteció en 1927, pero como veremos, los periódicos de la época y los partes militares dicen que fue en 1928). Los comandaban David Galván y Celso Valdovinos. Se habían refugiado allí debido a que dos de sus compañeros, Juan Aguilar y Jesús Zambrano, habían caído heridos, y creyeron que era un buen sitio para atenderlos. Pero los federales, comandados por el coronel Leopoldo Aguayo, dieron con su escondite improvisado.
Cristeros comandados por Celso Valdovinos –al centro, sentado–. Detrás de él, de pie, Manuel Andrade, y a su diestra, con camisa oscura, David Galván, el mismo que en la foto de la masacre fue retratado junto a los dos jovencitos supervivientes (datos de Alfredo Vega). Algunos de los cristeros de esta fotografía murieron aquel 21 de marzo. Ampliación y edición de imagen realizadas por la autora.
Desde el mediodía del 19 de marzo, festividad de San José, a eso de las dos de la tarde, hasta el atardecer del 20, se entabló un arduo combate. Los esfuerzos de los callistas por sacarlos con vida fueron inútiles, como lo fueron también sus tentativas de matarlos, hasta que tuvieron una idea: torturarlos con humo hasta que, presas de una asfixia inminente, se vieran obligados a salir. Así pues, encendieron una lumbrera con hierbas de olor fuerte y chiles en gran cantidad a la entrada de la cueva.
A los cristeros no les quedó más remedio que salir, ya que la humareda picante y maloliente los estaba ahogando. Conducidos a Cotija, los ataron de dos en dos. Tres de ellos fueron pasados por las armas poco después de su aprehensión y dos lograron ingeniárselas para escapar. El resto, un total de treinta,fue conducido a pie hasta Jiquilpan de Juárez por sus captores y encerrado en un calabozo. Al día siguiente, por fin, los llevaron a Sahuayo, al templo parroquial, donde los recluyeron en el bautisterio –la misma prisión de San José Sánchez del Río–. Eso fue como a las once de la mañana.
No tardaron en llegar los oficiales del gobierno para interrogarlos acerca del movimiento de resistencia en el cual participaban. Ninguno quiso decir nada. Los amenazaron con fusilarlos si no cedían. Pero fue inútil, ya que preferían morir que traicionar a la santa Causa que defendían. Todos, como si se hubieran puesto de acuerdo, empezaron a gritar vivas a Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe.Entonces, un teniente llamado Sidronio sacó su pistola y se apostó en una de las puertas que dan al atrio, donde nadie lo veía.
Otro militar señaló a uno de los cristeros y le dijo que saliera.
“¡Que venga uno de los prisioneros!” fue la orden.
Obediente y mansamente, así lo hizo aquel hombre valeroso. Y de inmediato cayó abatido por un disparo que el teniente le descargó por la espalda. Luego llamaron al siguiente cristero.
“¡Que venga otro!” llamó el militar.
El interpelado salió… Vino otro balazo y el correspondiente tiro de gracia.
La escena empezó a repetirse una y otra vez, deforma ininterrumpida. Los cristeros empezaron a gritar “¡Viva Cristo Rey!” antes de desplomarse al lado de sus compañeros muertos. La cifra de cadáveres ensangrentados comenzó a crecer, hasta sumar veintisiete. Uno de los caídos fue Jesús Zambrano, uno de los heridos de la cueva.
Cuando hubieron arrancado la vida a los casi treinta cristeros, éstos fueron irreverente y toscamente alineados en dos hileras y el líder de la tropa, David Galván, así como dos cristeros muy jovencitos, Félix Barajas y Claudio Becerra, fueron fotografiados con ellos, al fondo. En la instantánea inmortal aparecen también, en la parte superior izquierda, algunos oficiales y soldados del gobierno.
La fotografía de los veintisiete cristeros ejecutados, con los jovencitos Barajas y Becerra junto a David Galván, que los asesinos mandaron tomar luego de acomodar los cuerpos exánimes en el atrio. Edición y mejora de imagen realizada por la autora.
De pronto, como si el Cielo lamentara la tragedia, empezó a llover de forma torrencial. Cuentan las anécdotas y la historia sahuayenses que jamás había caído una lluvia tan fuerte como aquella. El viento y el agua movieron unos arbustos de buganvilias que estaban en el atrio, convertido en nuevo coliseo, digno de la época de los césares romanos.
Las flores, con sus delgados pétalos de color rojo, magenta y violeta, lozanas e innumerables, cayeron sobre aquellos cuerpos sin vida. El líquido que caía del firmamento se mezcló con la sangre fresca de los caídos, lavó los cadáveres, corrió por las lozas del atrio, bajó por las escaleras que están en la esquina de Madero e Insurgentes y empezó a escurrir, a semejanza de la de Cristo en la cumbre del Gólgota –se nos tendrá que dispensar la comparación, pero creemos que puede dar una idea del hecho–, por esta última calle, hacia el oriente del pueblo.
Al cabo de un rato, aquellos héroes, a quien el fervor popular empezó a llamar mártires desde el primer momento, fueron amontonados en una carreta y conducidos al entonces cementerio municipal, donde se les sepultó en una fosa común.
Leamos el testimonio directo de Claudio Becerra, uno de los dos supervivientes de aquella masacre:
“A la una de la tarde del propio día [21], es decir dos horas después de nuestra llegada a Sahuayo, fuimos llamados por orden de lista, que antes habían forjado los callistas, e inmediatamente fusilados en el atrio del mismo templo. Después de la matanza […], formaron a los muertos en dos hileras, en el pavimento del atrio y retratados juntamente con el jefe de nombre David Galván. Tres quedamos con vida, ya que se la reservaron a nuestro jefe cristero y a dos muchachos, siendo yo uno de ellos, escapándonos los dos jovencitos por nuestra tierna edad. Los tres supervivientes fuimos llevados a Zamora, Michoacán. La noche de nuestro arribo a Zamora, fusilaron a nuestro jefe. Otro día mi compañero y yo fuimos llamados a declarar. Nos tuvieron presos ocho días, al cabo de los cuales nos condujeron a México, dejándonos en la Inspección General de Policía y al tercer día a la escuela correccional, de donde me fugué”.
El Informador, periódico de Guadalajara, tampoco se quedó atrás a la hora de hablar de los cristeros ejecutados. Incluso dieron fe del acontecimiento en primera plana, en los siguientes términos –respetamos la ortografía original–:
Primera plana de El Informador, fechada el 23 de marzo de 1928, en donde –con inexactitud numérica, sin especificar que fue en Sahuayo– se notificó de la ejecución de los 27 cristeros. Edición y resaltado hechos por la autora.
«SE FUSILO A 36 ALZADOS CERCA DE COTIJA, MICH. Fueron capturados en el interior de la cueva de Los Morales por las tropas. ESTAS LOS TENIAN SITIADOS DESDE AYER. Esta cueva, que era un refugio seguro para los rebeldes, va a ser dinamitada.
El Teniente Coronel Leopoldo Aguayo, Segundo Jefe del 85° regimiento, por medio de un telegrama que envió al Sr. General don Andrés Figueroa, Jefe de las Operaciones Militares en el Estado, le da cuenta de un combate en la Cueva del Moral, manifestando lo siguiente:
«Hónrome en comunicar a Ud. con satisfacción que, como indiqué, en mi mensaje anterior, tuve sitiada La Cueva del Moral y ayer a las once horas se entabló nutrido tiroteo por haber querido escapar los rebeldes allí sitiados, acosados por el hambre y la sed. Les puse un plazo que terminó hasta hoy a las cinco horas para que se rindieran y en caso contrario volaría la cueva. Hoy rindiéronseme treinta y seis hombres, encabezados por David Galván, Celso Valdovinos y tres capitanes. Recogí veintiuna armas con buena dotación de parque y pistolas»».
A eso sigue un fragmento en el que el citado coronel refirió haberse llevado a los cristeros a Cotija, pero nada dice del sitio concreto en el que se les mató.
La noticia, que continúa en la quinta página de la edición de aquel día, viernes 23 de marzo de 1928, añade:
«Ese núcleo rebelde estaba compuesto de cuarenta individuos, cuatro de los cuales fueron muertos el día veinte cuando pretendían romper el sitio que habíaseles formado y el resto quedó prisionero. No logró escaparse ni uno solo.
LOS 36 FUERON EJECUTADOS – El señor general Fox ha dado órdenes para la ejecución inmediata de todos los jefes rebeldes y los que les seguían, ya que, según dijo el alto jefe militar, esos individuos se habían convertido en salteadores de caminos que asolaban la región de Cotija, Jiquilpan y Sahuayo, cuyos habitantes, agregó, se encuentran de plácemes por el exterminio de ese núcleo y ahora la calma ha renacido».
Quinta página de la edición de El Informador con fecha del 23 de marzo de 1928, donde se transcriben las declaraciones de las autoridades militares de Michoacán en las que éstas refieren su versión del asesinato de los cristeros que nos ocupan. Edición y resaltados hechos por la autora.
Evidentemente que el ejército contó su propia versión de lo ocurrido, ya que, por lo menos en Sahuayo, no reinó ni por asomo el júbilo luego de que fue perpetrada la carnicería en el atrio. Hay que recordar que los testimonios y la historiografía coinciden en que la futura Capital de la Ciénega fue un auténtico bastión cristero, donde todos, sin distinción de edad o condición, apoyaban la resistencia católica. El mismo Luis González y González lo confirma:
«Aunque se dice que los ricachones locales, por pura avaricia, no eran simpatizantes, se guardaron su antipatía mientras duró la lucha. Allí hasta los niños fueron anticallistas» (1979, p. 155).
Los restos de los veintisiete Mártires Cristeros de Sahuayo fueron exhumados gracias a las gestiones del P. Miguel Serrato Laguardia, a quien se debe también la edificación de las célebres Catacumbas del templo del Sagrado Corazón de Jesús en Sahuayo y el traslado del cuerpo de San José Sánchez del Río en 1945. Es en dichas criptas donde reposan estos valientes defensores de la fe que, sin ser originarios de esta extraordinaria localidad, pusieron en alto su nombre dentro de la historiografía martirial mexicana. Allí también descansa Jacobita Zepeda.
He aquí, por último, el listado con el nombre y origen de cada una de aquellas veintisiete víctimas, que los sahuayenses han tenido cuidado de conservar:
«1. Miguel Contreras, de Quitupan; 2. Celedonio Capistrán, de Santa Fe, Jal.; 3. Manuel López, de Quitupan, Jal.; 4. Francisco Orozco, de Piedra Grande, Mich.; 5. Juan Orozco, de Piedra Grande, Mich.; 6. Demetrio Ochoa, de Los Llanitos, Mich.; 7. y 8. Enrique Valencia y Ramón Zepeda, de El Zapote, Mich.; 9. David Zepeda, de Los Llanitos, Mich.; 10. Juan Salceda, de la Calera, Mich.; 11. Rafael Barajas (el primero), de Agua Blanca, Mich.; 12. Rafael Barajas (el segundo), de Agua Blanca, Mich.; 13. Juan Muratalla, de el Agua Blanca, Mich.; 14. Jesús Zambrano, del Moral, Mich.; 15. Rafael Galván, de Poca Sangre, Mich.; 16. Tomás Guerrero, de Pueblo Nuevo, Jal.; 17. Antonio Valdovinos, de San Antonio, Jal.; 18. Antonio López, de La Carámicua, Mich.; 19. Jesús López, hijo de Antonio, de La Carámicua, Mich.; 20. Wenceslao López, de La Carámicua, Mich.; 21. Reinaldo Álvarez, de Cotija, Mich.; 22. Paulo Barajas, de Cotija, Mich.; 23. Epifanio López, de El Quringual; 24. Juan Capistrán, de Santa Fe, Jal.; 25. Abraham González, de Quitupán, Jal.; 26. Aurelio Cárdenas (se ignora); 27. Don José, el Secretario, de Los Altos, Jal.»
Como último dato, la masacre fue recreada en 2021 para el documental polaco Joselito: Dejando Huella, de la mano del historiador Bartosz Kaczorowski y el director Pawel Janik, cuyo estreno se aplazó indefinidamente debido al conflicto bélico que ya es más que conocido en Europa.
Recreación cinematográfica de la masacre de los veintisiete Mártires Cristeros de Sahuayo y de la portentosa lluvia llevada por Dwa Promienie en 2021. Fotografía del perfil del Ing. Santiago Manzo.
[1] Las crónicas y testimonios indican que fue en el año 1927, pero tanto los partes oficiales como el periódico tapatío El Informador señalan que el asesinato de los 27 cristeros tuvo lugar en 1928.
Reducción del número de sacerdotes en Jalisco en 1926
Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo
El 16 de marzo de 1926, apenas unos meses antes de la suspensión de cultos nacional y del estallido de la Guerra Cristera, fue dado en el Congreso de Jalisco el decreto 2801. El 18 de marzo siguiente, cuando faltaban justo doce años para la expropiación petrolera decretada por el jiquilpense Lázaro Cárdenas del Río, el estatuto fue publicado oficialmente desde el Palacio de Gobierno y dado a conocer a todos los tapatíos.
Palacio de Gobierno del Estado de Jalisco, en Guadalajara, sitio desde el cual fue emitido oficialmente el decreto 2801, el 18 de marzo de 1926. Edición y mejora de imagen por parte de la autora.
Pero ¿qué era lo que mandaba?
En resumidas cuentas, el susodicho decreto prescribía que un total de 250 sacerdotes, ni uno más, ni uno menos, podrían ejercer legalmente su ministerio en toda la entidad. El permiso implicaba, en adición, registrarse para tal efecto. En aquel momento la entidad era regida por el gobernador José Guadalupe Zuno Hernández –que había ocupado el puesto desde febrero de 1924–, el mismo que, en un arranque de “creatividad” política había decidido “refundar” la Universidad de Guadalajara en 1925.
Lic. José Guadalupe Zuno Hernández (1891-1980), originario de La Barca, gobernador de Jalisco en los tiempos en que la persecución religiosa en Jalisco (como en el resto del país) alcanzó uno de sus puntos más candentes, poco antes de que empezara la Cristiada. Edición y mejora de fotografía por parte de la autora.
No era sino retomar lo que ya se había hecho en 1918, cuando el gobierno encabezado por Manuel Bouquet Jr. había ordenado, en un estatuto análogo, primero denominado “1913” y luego corregido y aumentado con el número “1927”, que sólo podría haber un ministro por cada templo abierto al culto mas, al mismo tiempo, uno solo por cada cinco mil habitantes o fracción.
En Michoacán, por mencionar otro ejemplo, se había procedido a la arbitraria disposición casi dos semanas antes. En el caso de esta entidad, la medida se tomó el 5 de marzo anterior. Y, en honor a la verdad, la legislación del Estado que lleva el apellido del liberal don Melchor no había sido tan generosa como en el que, a la sazón, era conocido con el mote de “el gallinero de la República”: en tierras michoacanas, se había dictaminado una división de los municipios en cinco categorías y de éstas dependería la cifra permitida. Zamora y Jiquilpan, entre otros, entraron en la segunda, con lo que se autorizaba a cuatro sacerdotes en cada municipalidad; Cotija y Sahuayo, en cambio, quedaron en la tercera, con sólo tres sacerdotes cada uno. Guarachita, por último, sólo podía tener dos. Tal fue el decreto del Congreso.
Asimismo, el 8 de marzo, y en consonancia con lo que sucedía a lo ancho y largo del país, el gobierno de Michoacán clausuró el Seminario Conciliar de Zamora. Entre los estudiantes levíticos que tuvieron que abandonar el plantel se hallaban veinte jóvenes oriundos de la tenencia de Ornelas (hoy Marcos Castellanos), perteneciente al Distrito de Jiquilpan, quienes, al volver a sus hogares, fundaron el ala local de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, la famosa ACJM.
Pero retornemos a Jalisco. La disposición gubernamental que fijó la cifra máxima de presbíteros en Jalisco en un cuarto de millar fue acompañada por más medidas anticlericales y antirreligiosas. La expulsión de eclesiásticos extranjeros, cumplimiento de la regla constitucional de que sólo los mexicanos por nacimiento tenían permitido ejercer el ministerio de algún culto, fue sólo la primera.
Unos meses más tarde, en agosto, el gobernador sustituto Silvano Barba González “tuvo a bien expedir” el reglamento correspondiente al decreto 2801, que empezaba así:
“Artículo 1°—Cada uno de los encargados de un templo, a qué se refiere el artículo 130 de la Constitución Federal, remitirá al Ejecutivo del Estado por conducto del Presidente Municipal del lugar, los datos necesarios para la formación del registro a que se refiere el artículo 6° de este Reglamento. Si dentro de un mes a contar de la fecha de este mismo Reglamento, no cumplieren con la anterior prevención, serán castigados conforme a la Ley”.
Siguiendo el ejemplo del Congreso de Michoacán, Jalisco también habría de “distribuir” la cantidad de sacerdotes dependiendo de su magnitud demográfica y geográfica, como lo especificó el artículo 2° del Reglamento:
“En Guadalajara podrán ejercer hasta 65. En C. Guzmán hasta 10. En Tepatitlán y Lagos de Moreno 5. En S. Juan de los Lagos hasta 4. En Ameca, Sayula, Ocotlán, Ahualulco, Talpa de Allende, la Barca, Autlán, Mascota, Chapala, Teocaltiche, Atotonilco y Encarnación, hasta 3. En Zapopan, Tlaquepaque, San Gabriel, Mazamitla, Zacoalco de Torres, Tocuitatlán, Concepción de Buenos Aires, Cocula, Unión de Tula, Jalostotitlán, Arandas, Atoyac, Etzatlán, Atemajac de Brizuela, Yahualica, Tizapán el Alto, Tamazula de Gordiano, Tecalitlán, Tapalpa, San Miguel el Alto, Amatitlán y Magdalena, hasta 2. El resto de los Municipios, 1.”
Pero todo eso con muchas condiciones, explicadas en los siguientes ocho artículos, entre ellas que los encargados de los templos tendrían que avisar al Ejecutivo cualquier cambio en los ministros (muerte, enfermedad, cambio de residencia, etc.), un escrupuloso registro con nombre, edad, estado civil, oficio o profesión, denominación del culto, templo donde se ejercía el ministerio, domicilio, lugar de nacimiento y fecha (si se obtenía el permiso) en que se permitiera el inicio de dicho ejercicio; consignación judicial en caso de incumplimiento, si la venia no se concedía; plazo máximo de quince días para ejercer en un municipio o templo ajeno, aviso al Ejecutivo en caso de querer ejercer el ministerio en otro lugar… Entre otras.
Lic. Silvano Barba González (1895-1967), quien reglamentó el decreto 2801 concerniente a la cantidad máxima de sacerdotes que, en 1926, podían ejercer su ministerio en Jalisco. Retrato de Rubén Mora Gálvez (1895-1977), artista originario de Sahuayo, Michoacán, pintor oficial de los rectores de la Universidad de Guadalajara y de los gobernadores del Estado de Jalisco.
Hasta parecía que tales normativas eran en extremo entretenidas para sus creadores, de tan rebuscadas. En verdad había que tener tiempo e inquina de sobra para proceder así, y más tomando en cuenta que más del 99% de los mexicanos profesaban el catolicismo y que, por ende, prácticamente todos los ministros de culto eran de esta religión.
Para el momento en que el decreto 2801 fue reglamentado, el culto público ya había sido suspendido en todo el país como resultado de la Carta Pastoral Colectiva del Episcopado Mexicano fechada el 25 de julio de 1926. En consecuencia, los fieles recurrieron al culto privado, a hurtadillas, siempre bajo el peligro de ser descubiertos por los sagaces elementos de la policía secreta o –llegó a suceder– de ser delatados en cualquier instante.
Calle 16 de septiembre, con el templo de San Francisco de Asís al fondo, en julio de 1926, cuando el conflicto religioso alcanzó su punto más álgido, previo a la suspensión de cultos. Imagen de México en fotos. Edición e imagen por parte de la autora.
Los católicos jaliscienses creyeron, erróneamente, que podrían repetir la experiencia de 1918, cuando gracias a un eficiente y enérgico boicot económico –ideado por el entonces estudiante de leyes Anacleto González Flores, hoy reconocido como Beato por la Iglesia– lograron que los decretos “1913” y “1927” fueran derogados. En esta ocasión, el gobierno dejó más que claro que no tenía intención alguna de dar su brazo a torcer. Al cabo de poco tiempo, como ya es sabido, no sólo vino el encarcelamiento de los sacerdotes que siguieron ejerciendo su ministerio clandestinamente y de los seglares que los ayudaban y amparaban, sino la tortura y el asesinato de muchos de ellos. La Guerra Cristera, en ciernes desde hacía unos meses, estalló.
En cuanto a Zuno, su permanencia en la gubernatura no se prolongó mucho después de la emisión del decreto el 18 de marzo. Su relación con el presidente Plutarco Elías Calles, otrora óptima, se volvió sumamente precaria debido a que el político de La Barca era un fuerte representante del obregonismo a nivel regional. Eso sin mencionar, de acuerdo con Tamayo (2016), que «su política radical en materia agraria y sindical lo habían acercado tanto a los líderes del Partido Nacional Agrarista, encabezado por Antonio Díaz Soto y Gama, como a los sindicalistas comunistas», lo cual lo alejó a pasos agigantados del pensamiento y las acciones de una de las agrupaciones proletarias más allegadas al mandatario sonorense: la Confederación Regional Obrera Mexicana, mejor conocida como la CROM.
El 23 de marzo, apenas cinco jornadas más tarde, la Cámara de Diputados se erigió en Gran Jurado con el objetivo de determinar si el Senado enjuiciaba o no al Ejecutivo de Jalisco. A la postre, la mayoría estuvo de acuerdo con que el personaje debía ser consignado ante la Cámara Alta. Pero Zuno no esperó a que el juicio iniciara: sin demora, con más celeridad que la de un rayo que surca un cielo tormentoso, renunció a su cargo. ¡Qué poco le había durado el gusto!
González Morfín, J., & Soberanes Fernández, J. L. (2017). El control de los ministros de culto religioso por la autoridad civil en la Constitución de 1917. Revista Mexicana De Historia Del Derecho, 1(33), 141–171. https://doi.org/10.22201/iij.24487880e.2016.33.11107
La Suprema Corte y la cuestión religiosa 1917-1928. Leyes de los Estados: Jalisco 1926. En: Sistema Bibliotecario de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
Tamayo, J. (2016). «José Guadalupe Zuno». Revista Relatos e Historias en México, número 97.
Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo
Detalle de una fotografía de Monseñor Francisco Orozco y Jiménez (1864-1936), V Arzobispo de Guadalajara. Mejora y edición por la autora.
Hace apenas unos días, el 18 de febrero, se cumplieron 89 años de que, en 1936, pasó a la Eternidad el valiente prelado que regenteó la Arquidiócesis tapatía por poco más de veintitrés años, incluyendo los tiempos más álgidos de la persecución religiosa: Monseñor José Francisco de Paula Ponciano de Jesús Orozco y Jiménez. Fue el quinto prelado en ocupar este cargo, y además perteneció a la Academia Mexicana de la Historia, a la que ingresó en 1921.
Creemos que hablar de la muerte de un personaje implica, por justicia, hablar sobre su vida. Y el caso del preclaro varón que nos ocupa no es una excepción.
Francisco Orozco y Jiménez vio la luz primera el 19 de noviembre de 1864 en Zamora, Michoacán. Sus padres fueron José María Orozco Cepeda y Mariana Jiménez Fernández. Como muchos eclesiásticos mexicanos destacados de su tiempo, cursó estudios en el Colegio Pío Latino en la ciudad de Roma, hasta que fue ordenado sacerdote en 1887. Fungió como Obispo de Chiapas de 1902 a 1912, donde el gobierno liberal lo calificó, injustamente, de rebelde y levantisco, al grado de apodarlo “Chamula”, por su defensa de los habitantes indígenas de su Diócesis.
El Papa San Pío X lo trasladó a la Arquidiócesis de Guadalajara, adonde arribó el 9 de febrero de 1913, el mismo día en el que, en la capital del país, se desataba la Decena Trágica. Al ser firme y valiente defensor de la fe, muy pronto enfrentó problemas con las autoridades jacobinas, y en 1914 fue desterrado, en el primero de cinco exilios. En 1917 emitió una Carta Pastoral en la que, uniéndose a los otros Príncipes de la Iglesia en México, condenó los artículos de la Constitución que atentaban contra la libertad de los católicos, de los sacerdotes y de la institución eclesiástica. Esto supuso el cierre de los templos en los que fue leída, así como el encarcelamientos de clérigos y seglares católicos, y más tarde, en 1918, un nuevo destierro.
El 18 de enero de 1921, entre otros actos pastorales, efectuó la Coronación Pontificia de la Santísima Virgen de la Expectación –nombre litúrgico de Nuestra Señora de Zapopan– Generala de Jalisco y Patrona de la Arquidiócesis de Guadalajara.
Otro retrato de Monseñor Francisco Orozco y Jiménez, que lo muestra ataviado como correspondía a su cargo. Imagen editada y mejorada por la autora.
Ya durante la Guerra Cristera, no aprobó abiertamente la resistencia armada de los católicos, pero tampoco los condenó. Y de todos los miembros del Episcopado, junto con el Obispo de Colima, fue el único que, poniendo el ejemplo a sus presbíteros, se quedó con sus fieles, viviendo a salto de mata para continuarlos auxiliando espiritualmente. A pesar de ello, el régimen lo calumnió y acusó de ser uno de los dirigentes cristeros. Fue uno de los hombres más buscados de Jalisco en aquel entonces. A muchos católicos jaliscienses, inclusive bajo tortura, se les exigía que revelaran su paradero, pero nadie lo delató jamás, y el mismo régimen nunca pudo capturarlo durante el tiempo que duró la Cristiada.
Cuando se llevaron a cabo los mal llamados “arreglos” entre el Estado y la Iglesia, Monseñor Francisco tuvo que partir al destierro. Éste fue, justamente, una de las condiciones para la negociación, si es que cabe aplicarle tal calificativo. Junto con él, dos obispos que ya se hallaban en el exilio se vieron obligados a no poner un pie en México: José María González y Valencia y José de Jesús Manríquez y Zárate. A diferencia de Monseñor Francisco, ellos sí apoyaron abierta y públicamente la lucha de los cristeros.
Francisco Orozco y Jiménez en la década de 1920, ya cuando el conflicto entre la Iglesia y el Estado comenzaba a recrudecer de forma irreversible. Fotografía editada y mejorada por la autora.
Debilitado por las persecuciones y por cinco destierros –de allí la comparación con el prelado de Alejandría que usamos en el título, quien también vivió lo mismo, en la misma cantidad de ocasiones–, el prelado de origen michoacano retornó a Guadalajara durante el gobierno de Lázaro Cárdenas del Río, jiquilpense, quien a pesar de sus ideas y proyectos socialistas y comunistas le permitió volver a la sede de la amada Arquidiócesis.
Para el momento de su ansiado regreso, después de las incontables penalidades sufridas, el intrépido Arzobispo ya se hallaba enfermo. Tampoco le había faltado sufrir renovados atentados contra su vida. Por fin, contrajo una infección que le laceró el hígado y le oscureció el corazón. Tal patología, aunada a la fragilidad natural y a su edad, lo llevaría al sepulcro.
Francisco Orozco y Jiménez en sus últimos años. Fotografía editada y mejorada por la autora.
El 2 de febrero de 1936, el ilustre eclesiástico entró en agonía. Sus feligreses se enteraron de su gravedad hasta dos semanas después, por medio de boletines médicos que fueron fijados en las puertas de los templos. Cada fiel tapatío se enteró, así, del doloroso final de su esforzado pastor.
A las 6:45 de la tarde del 18 de febrero, a los 71 años y 3 meses exactos de edad, más un día, aquel siervo bueno y fiel, Francisco Orozco y Jiménez, V Arzobispo de Guadalajara, dejó de existir para la vida terrena. El primer mensaje que salió del Arzobispado se dirigió al Papa Pío XI, en los siguientes términos: «Grandísima pena comunico hoy murió Arzobispo Orozco».
Su funeral fue uno de los más apoteósicos que se han vivido y visto en Guadalajara, al grado que se estima que aproximadamente una cuarta de la población de la urbe participó. Antes de las exequias, fue velado en el Sagrario Metropolitano, en tanto que la ceremonia de cuerpo presente tuvo lugar en la Catedral. El cortejo fue multitudinario: había tanta gente que era imposible que más dolientes ingresaran.
Así lucía la Avenida Alcalde en el momento en el que el ataúd con el cuerpo del Arzobispo –véase la carroza– avanzaba camino hacia el panteón de Santa Paula, donde se le sepultaría. Imagen editada y mejorada por la autora.
El cadáver de Monseñor Francisco fue llevado por toda la Avenida Alcalde, con dirección al Santuario de Guadalupe, hasta la esquina de la calle Juan Álvarez. De allí la comitiva dio vuelta, rumbo al cementerio de Santa Paula –mejor conocido como panteón de Belén–, donde se procedió a la inhumación.
Féretro de Monseñor Francisco Orozco y Jiménez poco antes de entrar a su sepultura. Fotografía editada y mejorada por la autora.
Actualmente, los restos mortales del Atanasio del siglo XX reposan en la Catedral tapatía, en la capilla del Santísimo Sacramento, bajo un mausoleo que muestra al León de Lucerna.
Como último dato, nuestro personaje está en proceso de beatificación. Ya fue declarado Siervo de Dios, pero los trámites para que continúe el procedimiento, como en el caso de tantos varones y mujeres ilustres, continúan estancados.
Semblanza de Monseñor Francisco Orozco y Jiménez redactada para una serie de biografías de personajes de la persecución religiosa y la Guerra Cristera, en colaboración con Ruta Cristera Sahuayo.
Testimonios orales de María del Carmen Ávalos Herrera, q.e.p.d.
Camberos Vizcaíno, V. (1966). Francisco Orozco y Jiménez: biografía. México: Jus.