El calicanto en Sahuayo. Tradición románica que perdura en el siglo XIX, que llega a la actualidad.

Francisco Gabriel Montes

El calicanto, es una mezcla de cal, canto (piedras de río), arena, tierra y como diluyente del agua. Se dice que surgió este tipo de materiales de construcción en el siglo II a.C., en el imperio romano; se construyeron con calicanto, fortalezas, castillos, puentes, torres y muros que buscaban paredes verticales y fuertes. Se siguió usando en todas las etapas históricas, la edad media, el renacimiento y llegó con los europeos a América y a la Nueva España, para continuar su tradición de construcción arquitectónica en el siglo XIX y principios del siglo XX.

El calicanto, según nos dicen algunos expertos, que tiene las características siguientes:

  • Alta Resistencia: Los muros de calicanto son conocidos por su solidez y resistencia a los terremotos y al paso del tiempo.
  • Excelente Aislamiento Térmico: La porosidad de la mezcla de calicanto proporciona un buen aislamiento térmico, reduciendo la necesidad de sistemas de calefacción y refrigeración.
  • Durabilidad: El calicanto, con el mantenimiento adecuado, puede durar siglos.
  • Estética: La textura y el color del calicanto aportan una belleza natural y rústica a las construcciones.
  • Respiración: Permite la transpiración de la pared, evitando la acumulación de humedad. (Padua, Materiales, 2025)

En Sahuayo, existen viejas construcciones que vienen del siglo XIX. Ponemos cuatro ejemplos: el templo de Santiago en el centro de la ciudad, aunque cubierto de cantera el edificio, hay una parte final del templo por la calle Sahagún, que nos muestra el calicanto usado en su original construcción hacia 1850 en adelante.

El templo del Sagrado Corazón de Jesús, es uno de los monumentos que expone en su lado norte del edificio, las diversas etapas de construcción que se iniciaran en 1882; se puede notar el calicanto, exquisito, revuelto con zonas de ladrillo.

Una casa fabulosa, del siglo XIX, es la del Padre Trinidad Barragán, que muestra un calicanto fin, hace esquina con Guerrero y Abasolo; propiedad que fue de los padres del sacerdote y ahora de la parroquia de Santiago.

También se puede disfrutar de la construcción de calicanto y ladrillo, del antiguo acueducto en las afueras de Sahuayo, hacia la zona del rincón de San Andrés, sobre el lecho del río Sahuayo, que fuera construido por un ayuntamiento en los últimos años del siglo XIX.

La influencia románica, posteriormente medieval y renacentista se ve en estos edificios históricos que tiene la ciudad de Sahuayo, que durante el siglo XIX casi todas las construcciones, estaba hecha de calicanto; en las casas habitación, arquerías en el centro de la población y casonas solariegas.

Referencias

Padua Materiales: paduamateriales.com/

Fragmento de Raíces Hispánicas y el indigenismo

Leonardo López Lujan.

«Para recuperar nuestra herencia indígena, obviamente no vamos a destruir la otra mitad que es nuestra herencia europea. Los grupos indigenistas nos piden que demolamos todas estas joyas arquitectónicas de nuestro patrimonio artístico histórico para conocer la antigua Tenochtitlan.»

Ciudad de México «fue la urbe europea más importante de ultramar, es decir, una capital española en el continente americano. La Ciudad de México tuvo la primera imprenta de América, la segunda universidad de América, los primeros periódicos, las primeras revistas científicas, el primer ballet, la primera academia de cirugía…»

«La capital de la Nueva España tenía 170.000 habitantes en su máximo esplendor. En pocas palabras, eso significa que durante todos estos siglos ha sido una megalópolis con una influencia en un territorio gigantesco.»

«En mi caso personal, tengo muy definido mi mapa genético, y como la mayoría de los mexicanos soy un ejemplo del mestizaje. El 46% de mi sangre es española, de la península ibérica. Mi familia es de Chihuahua, en el norte de México, en la frontera con Estados Unidos, y aproximadamente otro 44% de mi sangre es indígena, específicamente apache, del norte.»

«Por eso yo no veo que tenga mucho sentido este asunto( las exigencias por parte del gobierno mexicano para que la corona española se disculpe), sobre todo cuando la conquista sucedió hace ya más de 500 años. Siempre ha habido una relación estrechísima con España y lo que queremos es que eso se incremente, porque ha sido una relación beneficiosa, gestada en un momento dramático como fue la conquista, pero que tiene su lado virtuoso.»

«La conclusión a la que llega uno es que nosotros no somos nadie para hablar de la violencia del pasado, sobre todo en estos momentos tan brutales. La violencia actual en mi país, en México, es atroz, con decenas de miles de desaparecidos. ¿Cómo desde el presente vamos a regañar al pasado cuando la violencia que hay en la actualidad rompe todos los récords?… Como científico, no puedo negar que los mexicas eran sumamente violentos, y practicaban el sacrificio humano, pero tampoco eran esos brutales sacrificadores como los que han pasado a la historia.»

Un mexicano puede mirar con orgullo a esa herencia española de más de tres siglos » porque nosotros somos el resultado de la confluencia de esas dos herencias, de esos dos flujos constantes y vigorosos que son la tradición indígena y la europea. Yo vivo en el sur de la Ciudad de México pero trabajo en el centro histórico, y nos enorgullece ese espacio que está repleto de toda esta tradición europea colonial, arte barroco, arte neoclásico, edificios excelsos, conventos, iglesias… Y son nuestros. Es nuestra herencia, nuestro ser, que sin duda es el ser español.»

Leonardo López Luján, arqueólogo e historiador mexicano. Director e Investigador del proyecto «Templo Mayor» del INAH.
Actualmente es uno de los principales investigadores de las sociedades prehispánicas del Centro de México y de la historia de la arqueología.

Extracto de entrevista. Publicación elaborada por Raíces Hispánicas

El Rincón de San Andrés en Sahuayo

Francisco Gabriel Montes Ayala *Coordinador del Consejo de la Crónica de Sahuayo

Una de la comunidades de origen español, es San Andrés, que hacia el año de 1730 aparece como una estancia de ganado mayor y menor, muy cerca de los límites de la comunidad indígena de Sahuayo. Lo encontramos con diversos nombres, el primero encontrado en los sacramentales de la parroquia de Santiago Sahuayo, es como El Cerrito de San Andrés, luego lo encontramos como San Andrés y finalmente como Rincón de San Andrés.

El Rincón, registraba en los censos parroquiales las familias Victoria, Ceja, Sandoval, Ochoa, Figueroa, Guerrero, Torres, López, Mojica, Valencia, Espinoza, Amezcua, Escobedo, Navarro a mediados del siglo XVIII.

En la época de la guerra de independencia, el padre Pablo Victoria, nacido en aquella comunidad, a la sazón capellán de la Hacienda de La Palma, hizo que se levantara en armas el hacendado Luis Macías Mendoza. El padre Victoria, fue tomado preso por la acordada de Sahuayo, en el camino entre La Palma y Sahuayo a la altura del Ojo de Agua, según su expediente criminal levantado por el gobierno virreinal, fue llevado preso a la cárcel de Belén, donde muere el año de 1813.

Otro insurgente importantísimo nacido en San Andrés, es Ignacio Navarro Victoria, sobrino del padre Pablo, quien llegó ha ser un caudillo importante en la zona del bajío, donde alcanzó fama y todavía en 1817 era combatido por las fuerzas realistas.

El Rincón de San Andrés, es una población conurbada con Sahuayo, y que hace algunos años, ys es un importante centro recreativo por el parque al que visitan miles de personas durante el año; es una comunidad apacible, con un templo dedicado a San Andrés, construido por el señor cura José Alvarez, y está sujets la comunidad católica a la Parroquia de Guadalupe de Sahuayo.

El Rincón de San Andrés, es una de las comunidades más avanzadas de las que tiene el municipio de Sahuayo en cuestión de infraestructura.

Vale la pena visitar esta comunidad que es una de las más grandes de la municipalidad de Sahuayo.

Todos los DERECHOS RESERVADOS DE AUTOR, se prohíbe la reproducción total o parcial del presente, sin que se cite la fuente.

Copyright©Francisco Gabriel Montes Ayala, México 2025

Fotografía: Roberto Buenrostro Rodríguez y Francisco Gabriel Montes.

Jamay fue sede de la XLIX reunión biestatal de cronistas Jalisco-Michoacán.

Omar Antonio López Chávez *Cronista de Jamay.

El pasado 25 de enero, el municipio de Jamay, Jalisco, se convirtió en el epicentro de la historia y la cultura regional al albergar la XLIX Reunión Biestatal de la Asociación de Cronistas Jalisco-Michoacán. Este evento, que congregó a cronistas de diversos municipios y regiones, fue una oportunidad para compartir investigaciones, relatos y experiencias en un ambiente de colaboración y aprendizaje.

El Salón Paco Ochoa de la Casa de la Cultura de Jamay fue el escenario donde se presentaron ponencias que destacaron la riqueza histórica y cultural de la región. Los cronistas provenientes de La Palma, Michoacán; Pajacuarán; Tuxpan Jalisco; Jiquilpan; Yurécuaro; Vista Hermosa; Poncitlán; Tlajomulco; Atequiza; Jocotepec; San Antonio Tlayacapan; Chapala; Tuxcueca; Ixtlahuacán; San Miguel de la Paz,  Jamay,  y Guadalajara,  así como invitados de Tlaxcala, compartieron sus conocimientos y perspectivas, enriqueciendo el evento con su diversidad y profundidad.

Entre los destacados ponentes se encontraba Cruz Fernando Bañuelos López, cronista de Jamay, quien presentó una ponencia sobre el “Barrio de San Antonio”, uno de los barrios más emblemáticos del municipio. Las presentaciones también incluyeron temas como “El oficio del historiador” por Francisco Gabriel Montes, presidente de la ACJM, así como  “Flotilla de canoas cargueras” por Aida Aguilar, “Batalla de la Trasquila” en Jiquilpan por Salvador Meza Carrazco, y “Pajacuaran” por José Castellanos. Estas ponencias resaltaron la importancia de preservar la historia, no solo en los grandes eventos y figuras, sino también en los actos cotidianos y las tradiciones que conforman la identidad de nuestras comunidades.

La reunión no solo se limitó a las presentaciones. También se llevaron a cabo mesas de trabajo para discutir temas generales y planificar futuras reuniones. Entre las actividades se incluyeron presentaciones de libros y temas de investigación, y se propuso que Jocotepec sea la próxima sede para continuar con el intercambio cultural y académico.

La presencia de los cronistas de Jalisco y Michoacán en Jamay refuerza la identidad y el patrimonio cultural de las localidades involucradas. Este encuentro destacó las tradiciones compartidas, la proximidad a importantes cuerpos de agua, y la gastronomía que nos caracteriza y define como región. La celebración concluyó con un compromiso renovado de seguir trabajando juntos para mantener viva la historia y la cultura de nuestras comunidades.

Sor Juana Inés de la Cruz, por siempre.

Patricia Rogel. *Cd. de México.

Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, destacada mujer del siglo XVII, ha sido conocida por su nombre religioso como Sor Juana Inés de la Cruz, nombre que se relaciona también con otros famosos epítetos que llevó en vida la monja jerónima: Décima Musa mexicana, Fénix de América y Fénix de México.

Nació un día como hoy, 12 de noviembre, pero de 1648, en San Miguel Nepantla, Estado de México.

Religiosa y escritora novohispana, exponente del Siglo de Oro de la literatura en español, que además, incorporó el náhuatl clásico a su creación poética.

Ampliamente reconocida como escritora, aunque ella misma declaró en su «Respuesta a Sor Filotea de la Cruz», que siempre escribió por encargo.

Escribió obras de teatro, como «Los empeños de una casa» (1683) y «Amor es más laberinto» (1689); autos sacramentales como «El divino Narciso» (1689) y abundante poesía.

Murió en la Ciudad de México, en el convento de San Jerónimo, hoy Universidad del Claustro de Sor Juana, el 17 de abril de 1695.

Sor Juana Inés de la Cruz, es considerada «la gran poeta hispanoamericana», que destacó por su deseo de emancipación y gran creatividad literaria, características que la convirtieron en pionera del movimiento feminista en México.

¿En perseguirme, mundo, qué interesas?

¿En perseguirme, mundo, qué interesas?

¿En qué te ofendo, cuando sólo intento

poner bellezas en mi entendimiento

y no mi entendimiento en las bellezas?

Yo no estimo tesoros ni riquezas,

y así, siempre me causa más contento

poner riquezas en mi entendimiento

que no mi entendimiento en las riquezas.

Yo no estimo hermosura que vencida

es despojo civil de las edades

ni riqueza me agrada fementida,

teniendo por mejor en mis verdades

consumir vanidades de la vida

que consumir la vida en vanidades.

Copyright © Patricia Rogel 2025.

Profanación y portento en la antigua Basílica

103 aniversario del atentado contra la imagen de la Virgen de Guadalupe

Lic. Helena Judith López Alcaraz

La imagen de Santa María de Guadalupe en el altar mayor de la antigua Basílica. Imagen: Foto Gamboa. Ampliación por la autora.

En una fecha como esta, pero de 1921, hace justo 103 años, el 14 de noviembre, la imagen de la Guadalupana plasmada en el ayate de San Juan Diego sufrió un atentado dinamitero en la antigua Basílica, otrora Colegiata de Guadalupe, en la que había tenido lugar la Coronación Pontificia de la Reina de México en 1895. En esta entrada abordaremos este suceso de forma breve, pensando en que el acontecimiento ya es bastante conocido, en términos generales, y en que no es preciso que nos explayemos como en otras ocasiones.

Estado en el que quedó el altar mayor de la antigua Basílica de Guadalupe luego del atentado perpetrado el 14 de noviembre de 1921. Edición y mejora de imagen por la autora.

El autor del siniestro sacrílego fue Luciano Pérez Carpio, empleado del gobierno y ferrocarrilero de oficio, quien vestido como un obrero más, ingresó a la Basílica colocó una ofrenda floral cerca de la tilma, en el altar, y se alejó con rapidez. En seguida, un hórrido y fortísimo estruendo sonó a los pies de la Morenita y se extendió a todo el recinto y a las manzanas vecinas, alcanzando un radio de un kilómetro.

Fotografía de Luciano Pérez Carpio, autor material del atentado contra la imagen de la Virgen de Guadalupe. Imagen: INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia). Mejora y edición de imagen por la autora.

El florero que había dejado Pérez Carpio contenía veintinueve varas de dinamita. Al producirse el estallido, los vidrios de las casas de quince metros a la redonda se rompieron, trocándose en añicos que se esparcieron por doquier; la base de mármol del altar y los candelabros se destruyeron por completo, tornándose en escombros; y el Crucifijo de bronce que estaba junto al venerado lienzo, el cual recibió todo el impacto explosivo, se dobló y deformó… Pero la imagen bendita, pintada por Dios mismo el 12 de diciembre de 1531, quedó portentosamente intacta. ¡Ni siquiera el vidrio que la resguardaba se estrelló o rompió!

Estado en el que quedó el Crucifijo del altar después del estallido de las dinamitas que Pérez Carpio colocó en el florero. A partir de entonces se le llamaría «el Santo Cristo del Atentado». Fotografía: INAH. Edición y mejora de imagen por la autora.

Fue algo científica y humanamente inexplicable. Sin duda –y así lo creyeron todos los fieles–, Jesucristo había protegido a Su Madre.

Los peregrinos y visitantes, justamente indignados, quisieron linchar a Pérez Carpio. Pero el presidente Álvaro Obregón Salido mandó que fuese protegido: agentes de la policía lo resguardaron y se lo llevaron en un camión militar.

Titular del diario tapatío El Informador, fechado el 15 de noviembre de 1921, en el que se dio la noticia del atentado. En el texto se dice (véase resaltado gris) que se afirmó que fueron tres los perpetradores, pero esto no fue así. Por el contrario, además de los daños provocados por la dinamita, sí fue verídico que la indignación cundió entre los feligreses, independientemente de su condición social. Edición de imagen por la autora.

Aquel fue uno de los numerosos atropellos contra los católicos que quedaron impunes durante el mandato obregonista. Una vez más, quedó más que patente que quienes arremetieran contra el catolicismo gozaban de la venia y de la connivencia del presidente sonorense. Basta recordar –por mencionar sólo algunos ejemplos– los bombazos en los Arzobispados de México y de Guadalajara y las banderas rojinegras izadas en las Catedrales tapatía y moreliana. Todo esto había ocurrido en el transcurso de aquel mismo año, 1921. El atentado contra la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe en la capital no fue sino el colofón de los crímenes y ataques anteriores.

Sin embargo, a pesar de que el gobierno se lavó las manos a semejanza del procurador romano que dio pie a esta expresión, aquello no detuvo a los católicos. En los días siguientes, numerosas personas acudieron a desagraviar a la Reina del Anáhuac. El 18 de noviembre, el comercio de la Ciudad de México cerró durante cinco horas como protesta por el atentado.

Los fieles católicos acudiendo a hacer actos de desagravio por el atentado a la antigua Basílica de Guadalupe, en los días posteriores a la agresión. Fotografía del INAH.

A su vez, la egregia Asociación Católica de la Juventud Mexicana, futuro semillero –y muy fructífero, hay que decir– de héroes y de mártires durante el clímax de la persecución religiosa y en la Guerra Cristera, convocó a una manifestación pacífica, que finalizaría en la Catedral Metropolitana. Esa misma tarde, al finalizar la marcha, fue entonado un Te Deum solemne para agradecer a Dios el haber preservado intacta la imagen de la Santísima Virgen de Guadalupe.

Poco después, al acrecentarse las asechanzas en contra del clero católico y de los fieles, el lienzo sagrado, pintado por Dios, fue escondido y sustituido por una copia. La pintura que reemplazó temporalmente el Sagrado Original fue pintada por Rafael Aguirre. Dado que los colores eran mucho más encendidos, el abad Feliciano Cortés decidió opacar él mismo el vidrio con cenizas, para que los visitantes no se percatasen de la sustitución.

Relato de los sucesos de aquel 14 de noviembre de 1921, que se puede encontrar dentro de la antigua Basílica de Guadalupe, hoy templo Expiatorio de Cristo Rey. Imagen: Infobae.

© 2024. Todos los derechos reservados.

Tomado, con algunas modificaciones, de la publicación hecha por la autora en su página Testimonium Martyrum, que puede leerse aquí: https://www.facebook.com/TestimoniumMartyrum/posts/1102646508532359

Historia Adversa: Hablar mal de Benito Juárez, era traición a la patria.

Francisco Gabriel Montes Ayala

En el siglo XIX durante el porfiriato, era imposible hablar mal del presidente Benito Juárez. Se comentaba que los escritores que se atrevían a escribir algo adverso a su figura, desafiando la historia oficial, se exponían decía Zubieta y Quevedo: “a los ataques materiales del esbirro y los morales o inmorales del insultador” y se enfrentaban a un aluvión de amenazas, persecuciones y ser señalados como traidores a la patria.

Me llamó mucho la atención para escribir esta colaboración, cuando encontré en un periódico del siglo XIX, que se llamaba La Voz de México del día 22 de julio de 1898, un artículo titulado: “La Prensa Católica y la Manifestación a Juárez”, donde se habla de las actividades que se desarrollaban en aquel año, por la figura patríotica del presidente. En aquella colaboración periodística, el autor, expresa lo siguiente: “Nuestro silencio respecto a Juárez, ha sido impuesto por la fuerza bruta. El liberalismo mexicano ha declarado, con ayuda de la policía, que Juárez está fuera de toda crítica de la Historia. Los famosos proclamadores de la libertad de imprenta y de pensamiento han declarado que juzgar los actos de Juárez es insultar a la nación: y ante este dogma de la inmunidad e intangibilidad histórica de un sujeto, hemos tenido que callar; porque nos parece muy poco donosa una controversia en que a las razones de la crítica se contesta con el palo de gendarme.

Así como el gran poeta español concibió un médico a palos, estos liberales de acá han concebido y realizado el silencio a palos y la gloria a palos.

Callamos, pues, por la obvia razón de que no nos dejan hablar. Se comprende que ese farisaísmo es fértil en sumo grado para la crítica; pero se nos ha puesto una mordaza, se ha declarado delito juzgar la personalidad histórica de Juárez, y no creemos que sea útil para nuestra causa entrar a bartolinas con la historia debajo del brazo. Impotentes los liberales mexicanos para defender en los estrados de la controversia científica la imaginaria grandeza de Juárez, han acudido a los cerrojos de las prisiones para asegurar con ellos el silencio de la historia” (La Voz, 1898).

Mucho se dice que la iglesia católica estaba en contubernio con Díaz, sin embargo el anterior comentario de uno de los periódicos católicos de aquel tiempo, muestra lo contrario o ¿solo sería el tema de Juárez el que provocaba esto? Pero seis años después, en 1904 rescatamos este otro texto en otro periódico.

Francisco Bulnes

Francisco Bulnes, un escritor liberal que para el centenario de Juárez, publica el libro del “El Verdadero Juárez”, es terriblemente perseguido, a tanto que en una carta publicada en el Tiempo dice a la letra: “Yo no me siento vencido, ni me sentiría aún cuando cada molécula del territorio mexicano hiciera una protesta contra mi libro; para mí la lucha comienza y estoy dispuesto a sostenerla; pero como está perfectamente organizada por la intolerancia jacobina el sistema de persecución y de terror para todo aquel que discrepa en lo más mínimo de que Juárez tiene que el Boudha de México y ser culto obligatorio para todos los mexicanos bajo la pena de ser declarado traidor a la Patria (sic)… y haber sido expulsado de la Cámara de Diputados por el crimen de haber escrito un libro que niego la divinidad de un hombre”(El tiempo, 1904).

Indiscutiblemente en todo tiempo, la historia y su narrativa, son manejados impunemente por el sistema político en turno para desvirtuar y hacer prevalecer las ideologías que cimentan los gobiernos.

Fuentes:

1.-La Voz de México, 22 de julio de 1898, pág. 2

2.-El Tiempo, periódico, 1º de septiembre de 1904 pág. 2

Yo, Juan Sayula Cantor.

El amo Torres


Yo vi la batalla de Zacoalco, yo la viví con pasión y temor en días aciagos y llenos de cambios tempestuosos. Que más podíamos hacer los de aquí y demás pueblos, sino aguantar precariedades e injusticias y envolvernos sin querer en el torbellino de lo inevitable.
Mis ojos vieron muchas cosas llenas de dolor, mis oídos escucharon las consignas de que rodara la sangre, sin saber quiénes serían los caídos y la pena de sufrir pérdidas de los más entrañables. Mi condición de necesidad me hizo entrar a la lucha sólo esperando despojarnos de una sumisión a los europeos.
Sin mal no recuerdo, esa batalla fue un domingo del 4 de noviembre de 1810, en la planicie  entre Zacoalco y Catarina, se enfrentó nuestro bando insurgente contra los realistas que venían de Guadalajara. A nosotros nos decían los pícaros o rebeldes, quién sabe por qué. El caso es que mermados en cantidad y en armas, no encontramos más remedio que coger machetes, piedras, hondas y cuanta vara puntiaguda fuera útil, para pelear contra el numeroso contingente que traía el hacendado de Huejotitán, Tomás Ignacio Villaseñor, opositor en la batalla. Por nuestro lado estaba José Antonio Torres, quien ya era de la gente conocida del señor Miguel Hidalgo, desde el levantamiento de septiembre de 1810.
Ya andaba la refrasca por todos lados. Eso no lo iba a detener nadie, así se pensaba por Cocula, Techaluta, Atoyac y hasta en los pueblos ribereños donde los de nuestra misma condición andaban ya alborotados. Atrás del cerro de Zacoalco, ya andaba levantado en armas Antonio Trinidad Vargas, por el rumbo de San Pedro Tesistán.
Algunos sacerdotes se dividieron en los dos frentes, pese a las prohibiciones del obispo Cabañas de excomulgar a cuanto religioso se metiera en el enredo. Por el lado de Jocotepec, se supo que el cura José Pablo Márquez, andaba  tras los tenientes de curas que agarraron la bandera de la rebelión. En Chapala se dijo que agarraron al Padre Robles, mandándolo preso a Guadalajara.
Ya tiene tiempo el rumor que entre el cura Márquez y el hacendado Villaseñor, hicieron sus alianzas para hacerle frente a todo intento de levantamiento en contra de la corona española. Son tantos los recuerdos que están hechos puño en mi cabeza, que con el tiempo he tratado de desenredarlos para tratar de entender tantas confusiones.
Los solares del plan de Catarina y Zacoalco, lugar donde acamparon,  guardaban aun las humedades de las lluvias del temporal anterior y todo anunciaba que sería trabajosa la lucha. El empeño de nuestras gentes pronto acobardó a los orgullosos realistas y criollos, cuando empezó la batalla al sonar la consigna de ¡Viva Nuestra Señora de Guadalupe y mueran los gachupines!
Estaban tan rabiosos los gachupines contra el Mayorazgo de Huejotitán, por su condición de criollo y el habérselos impuesto como líder de la comitiva realista, que se supo después que el peninsular don Pascual Rubio, intentó matarlo a mansalva, fallando en su intento.
Mis compañeros del combate dicen que la batalla duró más de una hora, yo creo que fue más, pero lo suficiente para derrotar a un grupo de orgullosos realistas que antes de pelear ya daban por hecho nuestro fracaso. Se tomaron prisioneros a muchos de ellos y, luego, se supo que a deshoras de la madrugada fueron ejecutados en las orillas de Zacoalco, pese a las prohibiciones del Amo Torres de no hacerlo.
Murió gente de Zacoalco, San Martín de la Cal, Barranca de Santa Clara, Atemajac de la Tablas, Juanacatlán, Techaluta, Amacueca y pueblos de esta demarcación.  A muchos de los nuestros los ejecutaron con saña y maldad, dizque para atemorizar a los alzados y someter el levantamiento. Degüellos, ahorcamientos, fusilamientos, decapitaciones y demás actos, fueron los ocurridos también entre los miembros aprehendidos de un bando y otro. Luego nos llegó la noticia de que El Amo Torres entró con sus ejércitos a Guadalajara, donde el cura Hidalgo los esperaba a sabiendas del triunfo.
Las memorias escritas mencionan a los españoles muertos en Zacoalco, siendo casi la mayoría vecinos de Sayula y fueron: Agustín Pérez de la Lastra, Fernando Fernández, Toribio de la Torre, Ángel Morales, José Isidoro de la Fuente, Agustín Caballero, Dionisio Sáenz, Antonio Fernández Montes, Manuel de la Torre Marroquín, Francisco Antonio Tellaechea, Francisco Hernández Sáenz, Ramón Viaña y Pablo Carrera.
Tan no se dejó la gente de todos estos pueblos que supimos que un mes y trece días posteriores a la batalla de Zacoalco, los indios de San Luis Soyatlán, le escribieron una carta de conocimiento y queja al mismo Hidalgo y para que se enterara el Amo Torres, de que pusiera orden en el cura Márquez de Jocotepec, debido a su intransigencia de cobrar los aranceles eclesiásticos más de lo normal.
Y se fueron más allá, porque les recordaron que muchos habitantes de los pueblos ribereños participaron en la batalla, exponiendo sus vidas, así como cincuenta valientes asistieron a la comitiva que entró triunfante a Guadalajara, acompañando al Amo Torres y demás insurgentes.
Se supo que ese ocurso lo escribió José de los Santos, escribano de Consejo, y que a nombre del Alcalde y del pueblo se firmó el 17 de diciembre de 1810, dejando bien claro que no se toleraría en lo sucesivo el descomedimiento del hermano del párroco, quien tenía en ocasiones la costumbre de cachetear a los feligreses en plena iglesia.
Triste fue nuestro destino en los días sucesivos a la derrota en Puente de Calderón, porque las represalias no se hicieron esperar al iniciar el sometimiento de los pueblos del sur. En febrero de 1811, el General Cruz y el Coronel Rosendo Porlier, acompañados del terrateniente de Huejotitán, con mano dura se hizo saber que “no debe perdonarse la vida a ningún rebelde sea de la clase, condición y edad que fuere”.
Luego supimos los de Zacoalco que al atacar José Santana al pueblo de Jocotepec, se sorprendió al cura Márquez auxiliando a un moribundo y allí se le dio muerte. El presbítero José María Berrueco, quien antes estuvo en ese pueblo y conocido del celoso cura, ya estando en Tlajomulco, se enteró de la noticia y  mandó traer el cuerpo del victimado para darle cristiana sepultura en la parroquia de San Antonio de Padua.
Mi testimonio está exento de intereses personales y doy fe como testigo de lo que vieron mis ojos y escucharon mis oídos. Por ello, es penoso recordar la bárbara ejecución que tuvo el hombre de armas Torres en Guadalajara, al ser vejado con todo lujo de alevosía y rencor vivo al destrozar su humanidad, advirtiendo sus verdugos que era por pago a sus feroces crímenes.
Fue el 23 de mayo de 1812, cuando fue ahorcado y descuartizado su cuerpo por ser acusado de traidor al rey y a la patria. ¿Cuál patria?
En la sentencia de ejecución así reza textualmente: “…condenándolo en consecuencia a ser arrastrado, ahorcado y descuartizado, con confiscación de todos sus bienes, y que manteniéndose el cadáver en el patíbulo hasta las cinco de la tarde se baje a esta hora, y conducido a la plaza nueva de Venegas, se le corte la cabeza y se fije en el centro de ella sobre un palo alto, descuartizándose allí mismo su cuerpo, y remitiéndose el cuarto del brazo derecho al pueblo de Zacoalco, en donde se fijará sobre un madero elevado, otro en la horca de la garita de Mexicaltzingo de esta ciudad por donde entró a invadirla, otro en la del Carmen, salida al rumbo de Tepic y S. Blas, y otra en la del bajío de S. Pedro, que lo es para el puente de Calderón (…) que pasados cuarenta días se bajen los cuartos, y a inmediación de los lugares respectivos, en que se hayan puesto, se quemen en llamas vivas de fuego, esparciéndose las cenizas por el aire; que con testimonio de esta sentencia se pase oficio al subdelegado de S. Pedro Piedra Gorda para que teniendo el reo casa propia en aquel pueblo, y no habiendo perjuicio de tercero por censo u otro derecho real sobre ella, la haga derribar inmediatamente y sembrar de sal, dando cuenta con la diligencia correspondiente”.
Yo, Juan Sayula Cantor, quien dejé mi ombligo al parirme mi madre en este pueblo de San Francisco de Zacoalco, dejo estas palabras para la posteridad.

MANUEL FLORES JIMÉNEZ/ CRONISTA DE JOCOTEPEC, JALISCO.
A 214 años de la batalla de Zacoalco, entre insurgentes y realistas, con algunas referencias del libro “El gobierno insurgente en Guadalajara, 1810-1811”, de José Ramírez Flores.

“Que es de María la Nación…” (I)

La Coronación Pontificia de la Santísima Virgen de Guadalupe (Primera parte)

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Fotomontaje que alude al título de esta entrada, conformado por la corona que se otorgó a la Virgen de Guadalupe, un fragmento de la venerada imagen y, al fondo, la antigua Basílica. Edición por la autora.

Para ningún mexicano es secreto que la Santísima Virgen, en su advocación de Guadalupe, es la soberana indiscutible de nuestro país y de nuestro terruño, al cual dejó su sagrada imagen. Desde que se apareció en el cerro del Tepeyac, en el lejano año de 1531, su importancia ha sido tal que la cultura mexicana, unión de españoles e indígenas, no puede comprenderse sin Ella y su portentosa intervención. No en vano los cristeros e incontables católicos entonaban con fervor aquellos versos del estribillo del celebérrimo himno “Tú reinarás” en el que afirmaban, con conmovedora convicción, que la Nación Mexicana le pertenece no sólo al Rey, el Hijo, sino también a la Reina, Su Madre:

“Reine Jesús por siempre,

reine Su Corazón,

en nuestra patria, en nuestro suelo,

que es de María la Nación”.

En el ocaso del siglo XIX, ya bajo el mandato de don Porfirio Díaz Mori, los católicos mexicanos sintieron el deseo de ratificar e institucionalizar el reinado de la querida y venerada Morenita en nuestra patria con todas las ceremonias canónicas requeridas. No fue, como señala Traslosheros (2002), el anhelo de unos cuantos, sino de la Iglesia mexicana en general, representada por sus prelados y feligresía (p. 105).

La idea no era nueva, cabe aclararlo: ya desde el siglo XVIII, el viajero e historiador italiano Lorenzo Boturini Benaduci (1698-1755), ferviente promotor de la devoción a la Guadalupana en la Nueva España, había gestionado el permiso del Vaticano, llevado a cabo la petición correspondiente el 18 de julio de 1738 y conseguido el decreto necesario en 1740. Por desgracia, Boturini fue terriblemente perseguido por el virrey Pedro de Cebrián y Agustín (1687-1752), V conde de Fuenclara, y eventualmente arrestado y deportado a España en 1743. Un año antes de su muerte, en 1754, el Papa Benedicto XIV emitió el Breve Non est quidem, por el que la Santa Sede reconocía a Nuestra Señora de Guadalupe como patrona universal de la Nueva España, en respuesta a la solicitud del jesuita criollo Juan Francisco López (Escamilla González, 2010, p. 254). Pero la Coronación no se efectuó, y Boturini murió sumido en la pobreza en mayo de 1755.

Lorenzo Boturini, autor original de la idea de coronar canónicamente la bendita imagen de Nuestra Señora de Guadalupe. Tristemente su iniciativa no tuvo éxito.

A pesar de la educación laicista y de corte netamente positivista que proliferó en las escuelas oficiales durante el Porfiriato, la intensidad de la vida católico en México se dejó sentir con renovado vigor. La frecuencia creciente en la recepción de los Sacramentos, el aumento de asociaciones piadosas y la intensificación de la piedad en templos y hogares que permitió la política de tolerancia del presidente Díaz se vio fortalecida por aquel anhelo, acariciado desde tiempos pasados. A decir del padre jesuita Mariano Francisco Cuevas García, tanto el pueblo mexicano como el sentido católico de la nación en sí “necesitaba ya una explosión de devoción y de afecto […]. En estos casos, por un impulso de sangre, México dirige sus miradas instintivamente hacia el Tepeyac” (2003, p. 413). Había sonado el momento de retomar el sueño fallido de Boturini.

Según Gutiérrez Casillas (1984), la idea de coronar solemnemente a la Guadalupana fue revivida en 1885. Mariano Cuevas menciona, por su parte, que esto se suscitó poco después, en 1886, a raíz de que en Jacona (Michoacán), perteneciente a la Diócesis de Zamora, se había llevado a cabo la coronación de Nuestra Señora de la Esperanza. Allí, de acuerdo con Cuevas, “varios eclesiásticos allí presentes, entre ellos el Sr. Arzobispo Labastida, tuvieron o renovaron el deseo de que la Virgen Santísima de Guadalupe fuera canónicamente coronada con todo el esplendor que podía esperarse del entusiasmo y magnanimidad del pueblo mexicano” (2003, p. 413).

La solicitud formal fue enviada a la Ciudad de las Siete Colinas el 24 de septiembre de 1886, a nombre del Episcopado Mexicano y suscrita por tres personajes notables dentro de aquél y de la jerarquía eclesiástica de nuestro país en general en aquel instante: el Arzobispo de México, Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos; el Arzobispo de Michoacán, José Ignacio Árciga, XXXIII Obispo de Morelia; y el II Arzobispo de Guadalajara, Pedro Loza y Pardavé. Por aquellos ayeres el Sumo Pontífice era Gioacchino Vincenzo Pecci, que había tomado el nombre de León XIII y que, hasta la fecha, es recordado como el Papa de la doctrina social de la Iglesia y como el autor de la famosa Encíclica Rerum Novarum (1891), acerca de las condiciones de los trabajadores.

Su Santidad León XIII (1810-1903), quien aprobó la Coronación Pontificia de la Guadalupana en febrero de 1887.

Sólo un obispo mexicano, nos dice Gutiérrez Casillas (1984, p. 362), no otorgó su consentimiento para el proyecto de la Coronación: Eduardo Sánchez Camacho, obispo de Tamaulipas. Cuevas, por el contrario, omite la cuestión. La oposición de Sánchez causó escándalo tanto entre sus compañeros del Episcopado como entre los fieles, y se sumó a una larga lista de acciones que, en honor a la verdad, no correspondían a la de un obispo católico que salvaguardara la fe cristiana, a la misma jerarquía y a la Iglesia misma: no sólo había condenado las peregrinaciones al Tepeyac y las apariciones, sino que, asimismo, no vaciló en llamar “valientes soldados, hombres ilustrados” a los masones, enemigos jurados del catolicismo. Éstos, inclusive, lo habían felicitado en varias ocasiones.

Dejando lo anterior de soslayo, y sin importar lo acontecido, el mensaje arribó a Roma. La contestación del Vicario de Cristo fue bastante rápida. El 8 de febrero de 1887, el Papa expidió en Roma el Breve por el cual autorizaba la Coronación Pontificia. Transcribimos enseguida la traducción al español:

“Se nos ha presentado la relación de que todos los fieles de la Nación Mexicana veneran desde hace mucho tiempo, con singulares muestras de piedad y confianza, a la bienaventurada Virgen María bajo el título de Guadalupe; y con mucho empeño desde el año de 1740 habían suplicado al Cabildo Vaticano que la Imagen célebre en prodigios, fuese condecorada con corona de oro; pero las circunstancias civiles de México habían sido tales, que hasta ahora no ha podido tributarse este solemne obsequio de culto y devoción. Al presente, empero, los arzobispos y obispos de la Nación Mexicana, secundando los deseos de los fieles que les están encomendados, en la ocasión de que nos vamos a celebrar el quincuagésimo aniversario de nuestra Primera Misa, habiéndonos rogado con muchas instancias que para el próximo mes de diciembre les demos facultad de decorar a la supradicha dicha imagen con preciosa diadema, en Nuestro nombre y con Nuestra autoridad hemos benignamente acordado acceder a esta súplica […]. En virtud de Nuestra apostólica autoridad, por el tenor de las presentes, concedemos que el arzobispo de México, o uno de los obispos de la Nación Mexicana elegido por él, en cualquier día del próximo mes de diciembre, y observando lo que por derecho debe observarse, imponga solemnemente en Nuestro nombre y con Nuestra autoridad la corona de oro a la mencionada imagen de la bienaventurada Virgen María de Guadalupe” (citado por Gutiérrez Casillas, 1984, p. 362).

Sin embargo, en términos eclesiásticos y canónicos, para los príncipes de la Iglesia Católica en México no bastaba con realizar la Coronación, sino también que se concediera un nuevo oficio litúrgico para celebrar anualmente a la Virgen de Guadalupe. Así pues, con ello en mente, el 27 de noviembre de 1889, D. Pedro Loza dio los primeros pasos para la consecución de dicho oficio.

Monseñor Pedro Loza y Pardavé, Arzobispo de Guadalajara, uno de los principales gestores del proyecto de la Coronación Pontificia de la Guadalupana ante la Santa Sede. Imagen mejorada por la autora.

Al margen de la incredulidad que las apariciones suscitaron en muchos creyentes, al grado de que el connotado historiador católico Joaquín García Icazbalceta se coronó como cabeza del movimiento antiaparicionista, las gestiones tanto para el oficio guadalupano como para la Coronación Pontificia prosiguieron. El 12 de febrero de 1882, los Obispos mexicanos se dirigieron oficialmente a la Santa Sede en demanda del Oficio ya descrito, en el que –explicaron– “más explícitamente constara la aparición y origen de la venerada imagen” (Gutiérrez Casillas, 1984, p. 361). Los adversarios de la autenticidad del suceso guadalupano no se quedaron de brazos cruzados: a su vez, enviaron al Vaticano las objeciones correspondientes en lengua latina, incontables cartas y hasta un agente que litigara en favor suyo. Los prelados, como respuesta, comisionaron al P. Francisco Plancarte Navarrete para rebatir los razonamientos antiaparicionistas.

Joaquín Icazbalceta, gran opositor de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe.

Después de una prolongada expectación de catorce meses, durante los cuales los cardenales consideraron y sopesaron la cuestión, el ansiado decreto fue emitido. Era el 6 de marzo de 1894. En el documento se aprobaba, íntegro, el ambicionado oficio.

Mientras tanto, de forma simultánea, el proyecto de la Coronación había seguido en pie, pero sin consumarse todavía. A pesar de que, como ya vimos, Su Santidad León XIII había dado su venia, lamentablemente hubo un obstáculo más, de índole más humana y subjetiva, que pausó la iniciativa: la idea de renovar y ensanchar la Colegiata de Guadalupe, regenteada por D. Antonio Plancarte y Labastida, que había cursado estudios en el Seminario Tridentino de Morelia.

Mariano Cuevas, que vivió aquellos acontecimientos –el tomo quinto de su obra Historia de la Iglesia en México fue publicado originalmente en plena persecución religiosa, en 1926–, no tiene reparo en afirmar que, si bien “el celo y abnegación demostrados por D. Antonio […] en la colecta de fondos y dirección de los trabajos de la Colegiata, fueron ciertamente notorios y edificantísimos”, el decorado final “resultó heterogéneo, exótico, lúgubre, y en su conjunto inferior al antiguo que para entonces se inutilizaba” (2003, p. 413).

Colegiata de Guadalupe (antigua Basílica) en una pintura de Luis Coto, año 1859. Su primera piedra fue colocada el 12 de marzo de 1695. En 1904 sería elevada al rango de Basílica. Fue allí donde, el 14 de noviembre de 1921, la bendita imagen sufrió el célebre atentado dinamitero.

En opinión de este historiador eclesiástico, la remodelación no sólo significó un gasto innecesario, sino un lamentable motivo para diferir por siete años la Coronación Pontificia de la Virgen de Guadalupe. A su juicio, más habría valido gastar los recursos recaudados para edificar otro templo, o al menos una capilla, en la cumbre del cerrito del Tepeyac (2003, p. 413). Gutiérrez Casillas, en contraste, considera que la intención de Plancarte y Labastida fue buena, y que todo se hizo “para que la solemnidad de la coronación correspondiera a la grandeza del proyecto, que era el hacer a la Madre de Dios, bajo su advocación nacional, un obsequio de culto y devoción”, de allí que “se pensó en reformar con esplendidez su santuario” (1984, p. 363). Siete años, siete meses y siete días –¿mera casualidad de las cifras o una coincidencia divina?– tuvo que permanecer la sagrada imagen en la iglesia de Capuchinas, aguardando pacientemente –y con ella, todo el pueblo católico mexicano– la conclusión de las obras. Fueron siete años “que los mexicanos nos parecieron siglos” subraya Cuevas (p. 413).

Antonio Plancarte y Labastida, encargado de la Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe, cuya remodelación demoró la Coronación Pontificia de la Guadalupana por siete años.

Zanjado el asunto de la Colegiata, en abril de 1895, los trabajos finalizaron. El camino quedó libre –¡por fin!– para la Coronación Pontificia de la Santísima Virgen de Guadalupe. Labastida fue quien anunció la fecha de la magna jornada: el 12 de octubre, el Día de la Raza y de la Hispanidad y festividad de Nuestra Señora del Pilar, de aquel mismo año.

De los preparativos para aquel día y los pormenores del mismo, que bien vale la pena rescatar con el mayor cuidado y esmero posibles, nos ocuparemos en otra entrada.

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Bibliografía:

Cuevas, M. (2003) Historia de la Iglesia en México. Tomo V. México: Porrúa.

Escamilla González, I. (2010). La piedad indiscreta: Lorenzo Boturini y la fallida coronación de la Virgen de Guadalupe. En: Francisco Javier Cervantes Bello (coord.), La Iglesia en Nueva España. Relaciones económicas e interacciones políticas. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla – Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades. pp. 229-555.

Gutiérrez Casillas, J. (1984). Historia de la Iglesia Católica en México. México: Porrúa.

Ramos Aguirre, F. (14 de febrero de 2022). Eduardo Sánchez Camacho, obispo, liberal y anti-guadalupano. Paso Libre-Grecu (Grupo de Reflexión sobre Economía y Cultura). https://pasolibre.grecu.mx/eduardo-sanchez-camacho-obispo-liberal-y-anti-guadalupano/

Sánchez y de Mendizábal, M. A. (17 de diciembre de 2023). La corona de Santa María de Guadalupe. Centro de Estudios Guadalupanos. UPAEP. https://historicoupress.upaep.mx/index.php/opinion/editoriales/desarrollo-humano-y-social/6957-la-corona-de-santa-maria-de-guadalupe

Traslosheros, J. E. (2002). Señora de la historia, Madre mestiza, Reina de México. La coronación de la Virgen de Guadalupe y su actualización como mito fundacional de la patria, 1895. Signos históricos. 4(7). https://signoshistoricos.izt.uam.mx/index.php/historicos/article/view/89

“México Tuyo, siempre será”

Centenario de la segunda consagración de México al Sagrado Corazón de Jesús (1924)

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Fotomontaje alusivo al título y al tema de la presente entrada, elaborado por la autora.

En una fecha como esta, pero de 1924, hace justamente cien años, México fue consagrado por segunda ocasión al Sagrado Corazón de Jesús. Esto se llevó a cabo en el marco del I Congreso Eucarístico Nacional, por parte del Episcopado Mexicano. Corrían tiempos muy aciagos para el catolicismo en nuestra patria. Plutarco Elías Calles, con quien la persecución religiosa alcanzaría su punto álgido, ya había “ganado” los comicios electorales. El Congreso, como dato que confirma la fatídica coyuntura imperante –no únicamente en lo religioso, sino también en lo político–, ya se había pospuesto en una ocasión, a raíz de la rebelión delahuertista.

Cabe mencionar que la primera consagración se había hecho hacía poco más de una década, el 6 de enero de 1914, justo cuando sobre el país se cernía la revolución carrancista con toda su barbarie de destrucción, pillaje, sacrilegios e inquina anticatólica. Justamente, el que Victoriano Huerta –quien, a pesar de que no fue ningún santo, no perteneció a la masonería– autorizara aquel evento fue esgrimido por los jacobinos y los enemigos del catolicismo como pretexto para perseguir a la Iglesia, a la que acusaron falsamente de estar en connivencia con el régimen del colotlense y, por supuesto, con la caída y asesinato de Francisco I. Madero.

Portada del Congreso Eucarístico Nacional de 1924. La leyenda que rodea a la Hostia, traducida al español, dice: «Yo soy el Pan vivo que ha bajado del Cielo» (Juan 6, 51). Imagen mejorada por la autora.

El programa del Congreso, además de la consagración que nos ocupa, contemplaba una peregrinación de los niños mexicanos, residentes en el Distrito Federal, a la Basílica Nacional de Guadalupe, el sábado, 4 de octubre; y el resto de los días, del 5 al 12 de octubre, procesiones de fieles y clérigos de las ocho Provincias Eclesiásticas que existían a la sazón en México, a saber: Yucatán, Puebla, Monterrey, Durango, Antequera, Guadalajara, Michoacán y México.

Asimismo, entre las actividades religiosas estaban contempladas la celebración de Misas todos los días en todas las Iglesias parroquiales y filiales de la Ciudad de México, Misas Pontificales en la Catedral de México y en la Basílica Guadalupana, adoración diurna y nocturna del Santísimo Sacramento y Asambleas de Estudios.

Para el domingo 12 de octubre, se había dispuesto que a las 9 de la mañana se oficiara una Misa Pontifical en la Basílica Nacional de Guadalupe, en el marco de la Peregrinación Nacional a la Villa de Guadalupe, y que a las 4 de la tarde fuese la solemne clausura del Congreso Eucarístico, con una procesión. Para el lunes 13 de octubre, finalmente, se había programado una solemne velada literaria en el Teatro Olimpia, a las 6 de la tarde, cuyo principal número sería la puesta en escena de un auto sacramental de Sor Juana Inés de la Cruz.

Como último dato interesante, se compuso un himno para el Congreso, intitulado “Cantad, cantad”, de la autoría de Francisco Zambrano S. J. y con música de Salvador Orozco C. La pieza musical empieza justo con tales vocablos y dice así, en su primera estrofa:

Cantad, cantad; la Patria se arrodilla
al pasar Jesucristo Redentor,
un nuevo sol para nosotros brilla,
sol del amor, del amor.

Fragmento de la partitura del himno eucarístico «Cantad, cantad», compuesto ex profeso para el Primer Congreso Eucarístico Nacional en 1924. Créditos a quien corresponda.

Pero volvamos a la jornada que nos ocupa. El sábado 11 de octubre, festividad de la Maternidad de la Santísima Virgen María –en el calendario litúrgico previo a las reformas del Concilio Vaticano II–, fue la fecha elegida para la consagración de México al Sagrado Corazón. Ante una multitud congregada en la Catedral Metropolitana de la capital, los obispos pusieron a la Nación mexicana a los pies de Cristo y de su Deífico Corazón.

Durante la Misa pontifical –la sexta del Congreso–, el entonces obispo titular de Anemuria y Arzobispo coadjutor de Morelia –más tarde Arzobispo de México–, Luis María Martínez, expresó:

“¿No era justo, que, por esta Consagración total y definitiva de la República Mexicana al Corazón Santísimo de Jesús, le devolviéramos lo que de él hemos recibido, como al amanecer la tierra húmeda devuelve al cielo en diáfano vapor las aguas copiosas que de él ha recibido? Yo pienso, mis amados hermanos, que esto es lo que significa la presente solemnidad. Nosotros hemos creído en el amor de Dios; hemos visto pasearse triunfalmente sobre nuestro suelo y sobre nuestra historia al Espíritu de Dios, como se cerniera en el principio de los tiempos sobre el hondo abismo [(cf. Gén 1, 2)]; hemos sentido las palpitaciones del amor al Corazón de Cristo y hemos bebido a raudales el amor y la vida en las fuentes sagradas del Salvador. Y nos hemos dicho: [de]volvamos amor por amor, donación por donación”.

Aquello, en efecto, no era sino corresponder al amor del Sagrado Corazón por la patria mexicana.

Monseñor Luis María también dijo lo siguiente:

Catedral Metropolitana de la Ciudad de México en 1924, el mismo año en que se celebró el Congreso Eucarístico Nacional. Fotografía: Archivo Casasola. Mejora de imagen por la autora.

“Simbolicemos el corazón de la Patria en un corazón de oro; pongamos allí nuestras plegarias y nuestras esperanzas, nuestros sacrificios y nuestras lágrimas, y pongamos todo a los pies de Jesús, para que sepa el mundo, que Jesús es nuestro Dios y que nosotros somos su pueblo. Tal es, a mi juicio, hermanos míos, el sentido profundo de esta Consagración de la República Mexicana al Divino Corazón de Cristo en los días del Congreso Eucarístico; y de esto, mis amados hermanos, me propongo hablaros con la ayuda de Dios nuestro Señor. Jesucristo, hermanos míos, es Rey de las Naciones, como es Rey de los individuos. Su Corazón las ama, su mano vierte sobre ellas dones peculiares para que puedan cumplir sobre la tierra la misión providencial que se les ha asignado”.

Era el resumen idóneo la consagración efectuada.

Continuó explicando en qué forma México era un pueblo eucarístico y mariano, y finalizó con estas palabras:

Monseñor Luis María Martínez, prelado que pronunció el sermón de la Misa pontifical del 11 de octubre de 1924, cuando se hizo la segunda consagración de México a Sagrado Corazón.

“Yo no sé lo que en el futuro nos depare tu justicia y tu misericordia; pero yo te aseguro, ¡Oh Jesús dulcísimo! ¡oh Jesús victorioso! Que sobre el suelo de nuestra Patria, próspera y desdichada, siempre se erguirán dos tronos: el trono tuyo y el trono de la Virgen María, y que nada ni nadie podrá arrebatar de ellos los dones nacionales: la Corona de la reina y la Custodia de la Eucaristía!”

Llegado el momento, Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores –el mismo que en su momento, junto con Pascual Díaz y Barreto, pactaría los “arreglos” con el gobierno de Emilio Portes Gil en 1929– la leyó, con la pausa y solemnidad que ameritaba la gran ocasión. La fórmula que se utilizó se basaba en aquella que fue escrita por el Papa León XIII en su Encíclica Annum Sacrum (1899), pero había sido modificada para ser usada, en especial, por el pueblo mexicano.

Detalle de un retrato de Monseñor Leopoldo Ruiz como Obispo de la Diócesis de León, resguardado por ésta. Fue él quien leyó la consagración de México al Sagrado Corazón el 11 de octubre de 1924. Mejora de imagen por la autora.

Huelga decir que el gobierno de Álvaro Obregón no se quedó de brazos cruzados ante aquella “flagrante violación” –como ellos la consideraron– a la Constitución de 1917. Además de que los agentes policiales interrumpieron la representación del auto sacramental compuesto por la Décima Musa, se supo que los funcionarios públicos que asistieron al Congreso fueron cesados en sus empleos. También, el último día del evento, se molestó a las familias en sus domicilios particulares para requerir que quitaran de sus viviendas los adornos alusivos, consistentes en papeles tricolores arreglados con forma de cortinaje, farolillos y banderas de papel, así como letreros con expresiones relativas a la Eucaristía y demás sentimientos piadosos.

Al año siguiente, movido por el valeroso ejemplo de los católicos de México, Su Santidad Pío XI instauró la fiesta de Cristo Rey a través de la publicación de la Encíclica Quas Primas. Toda la nación se llenó de júbilo y, en cierto modo, pareció robustecerse y cobrar nuevas energías para las nuevas batallas que les esperaban y que se acercaban a ellos a pasos agigantados.

No faltaba mucho tiempo para que las asechanzas del régimen masónico y anticatólico y la justa y lícita resistencia de los católicos perseguidos llegaran al punto de no retorno, no sólo por el estallido de la Guerra Cristera, sino también por los incontables martirios de seglares y de sacerdotes, por puro odio a la fe cristiana. Aquella sangre derramada a raudales corroboraría que incontables personas de toda edad y condición, sin distinción de sexo u origen, estaban dispuestos a rubricar con cada gota aquellas palabras de un himno en honor al Corazón de Jesucristo Rey que uno de aquellos intrépidos presbíteros, don Gumersindo Sedano [1], entonó poco antes de ser ejecutado bárbaramente en Zapotlán el Grande:

“Corazón Santo, / Tú reinarás. / Tú nuestro encanto / siempre serás.

Corazón Santo, / Tú reinarás. / México Tuyo / siempre será.”

**Nota:

[1] Se trata del sacerdote de la célebre fotografía que muestra a un hombre descalzo, muerto y con el vientre ensangrentado, recargado en un árbol y atado a una de sus ramas por medio de una soga al cuello, que en las rodillas exhibe un letrero con la leyenda: “Este es el cura Sedano”. Fue asesinado el 7 de septiembre de 1927. Era capellán castrense de un grupo cristero de la región de Tuxpan y Tamazula, Jalisco.

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Bibliografía:

Álbum Oficial del Congreso Eucarístico Nacional de México. 1924. Impreso en abril de 1925.

Barquín y Ruiz, A. (1967). Cristo, Rey de México. México: Jus.

Vinke, R. ( 2021). Consagración al Sagrado Corazón de Jesús. Caracas: Editorial Arte, S.A.