Agustín emperador de México

Agustín de Iturbide, el 21 de julio, fue coronado como emperador de México Agustín de Iturbide, en el año de 1822, convirtiéndose en Agustín I, Emperador Constitucional del Imperio Mexicano.

Con motivo de tan memorable fecha, la autoridad eclesiástica dispensó a la población de realizar el ayuno de tres días que en Europa se acostumbraba para solemnizar la consagración de un rey o emperador. Más de uno podría decir que hoy, en México, habría material para consagrar a varios, pues no pocos mexicanos llevan bastante tiempo ayunando. En aquella ocasión, sin embargo, el ayuno fue suspendido y la gente andaba sonriente y jubilosa.

Los habitantes de la Ciudad de México adornaron las fachadas de sus casas con los tres colores nacionales y con innumerables elementos ornamentales. Por todas partes se veían gallardetes, estandartes y banderas. Las campanas de las iglesias repicaban sin cesar, hora tras hora, mientras que desde la medianoche una salva de veinticuatro cañonazos estremecía los alrededores.

El Cabildo de la Catedral había echado literalmente la casa por la ventana. No podía contenerse un gesto de admiración al entrar en el recinto. En el altar mayor se habían colocado tronos para el emperador y la emperatriz. A la derecha del Trono Imperial se encontraba el del llamado Venerable, título con el que se distinguía al padre de Iturbide, don José Joaquín de Iturbide y Arregui. A la misma altura estaba el trono de la emperatriz Ana María Huarte.

Entre la emperatriz y el Venerable se ubicarían los príncipes imperiales, es decir, los hijos de Iturbide. Fueron nueve: Agustín, Sabina, Juana, Josefa, Ángel, Jesús, Salvador, Felipe y Dolores.

Detrás del emperador permanecerían de pie dos generales, sus edecanes y, tras ellos, las damas de la emperatriz y el personal de servicio del palacio. Frente al Trono Imperial se levantó un tablado con asientos para los diputados del Congreso y para su presidente, el poblano don Rafael Mangino y Mendívil, quien tendría el honor de colocar la corona sobre la cabeza del emperador.

A las ocho de la mañana en punto de aquel 21 de julio de 1822, comenzó un desfile tan solemne como esplendoroso. Don Agustín, a sus treinta y ocho años, lucía en plena madurez. Doña Ana María, agotada por la maternidad y por los sufrimientos de la vida, aparecía como una severa matrona a su lado. Para colmo, bien sabía la pobre que en un lugar privilegiado se encontraría doña María Ignacia Rodríguez de Velasco y Osorio, la célebre y controvertida Güera Rodríguez, a quien las malas lenguas relacionaban sentimentalmente con Iturbide.

Se decía que el futuro emperador había desviado el desfile triunfal del Ejército de las Tres Garantías al entrar en la Ciudad de México para pasar frente al balcón de la hermosa dama. Ana María, con sus cuarenta y cuatro años, no podía evitar sentir celos de la apostura y fama de aquella mujer. Sin embargo, las cosas de los hombres —como suele decirse— rara vez se detienen por los sentimientos de las mujeres.

El desfile continuó hasta la Catedral. Ya en el recinto ceremonial, un Congreso integrado en buena parte por liberales y jacobinos determinó que Iturbide recibiría la corona de manos del Estado. No sería, pues, el arzobispo quien lo coronara, sino el presidente del Congreso. Comenzaban así a gestarse en México las pugnas entre las dos potestades: la religiosa y la civil.

“Vivat Imperator in aeternum”: ¡Viva para siempre el Emperador!

Sin embargo, el Imperio Mexicano tuvo una vida breve. Apenas nueve meses después, cayó a consecuencia del Plan de Casa Mata, promovido nada menos que por Antonio López de Santa Anna. Curiosamente, antes de encabezar aquel movimiento, Santa Anna había intentado acercarse a la Corte Imperial cortejando a una hermana de Iturbide, una solterona de sesenta años.

Finalmente, el emperador abandonó el poder el 11 de mayo de 1823 y partió hacia Liorna (Livorno), Italia, iniciando así el exilio que marcaría el último capítulo de su turbulenta historia.

Fuente: Conoce México a través de su historia.

Pedro Lascuraín el presidente de México,  que duro 45 minutos.

Pedro Lascuráin, falleció el  21 de julio, pero del año de 1952. En la Ciudad de México falleció Pedro José Domingo de la Calzada Manuel María Lascuráin Paredes, un personaje cuya vida quedó marcada para siempre por un episodio singular de la historia nacional. Jurista, diplomático, académico y político, su nombre ocupa un lugar insólito en los libros de historia por haber ejercido la Presidencia de la República durante apenas cuarenta y cinco minutos, el tiempo suficiente para consumar una de las maniobras políticas más controvertidas de la Revolución Mexicana.

Nacido en la Ciudad de México el 8 de mayo de 1856, Pedro Lascuráin provenía de una familia respetada, profundamente católica y de reconocida honorabilidad. Realizó sus primeros estudios en instituciones religiosas, cursó posteriormente la Escuela Nacional Preparatoria y obtuvo el título de abogado en 1880, en la Escuela Nacional de Jurisprudencia.

Desde joven mostró aptitudes para la administración pública. Trabajó como secretario de actas en el Ayuntamiento de la Ciudad de México y más tarde se incorporó a la Secretaría de Relaciones Exteriores durante el largo gobierno de Porfirio Díaz. Paralelamente desarrolló actividades empresariales en el ramo inmobiliario, aprovechando propiedades heredadas y diversas inversiones realizadas junto con otros socios.

Su prestigio profesional lo llevó a integrarse a organismos de gran relevancia jurídica, entre ellos la Asociación de Legislación y Jurisprudencia y la Barra Mexicana, Colegio de Abogados. Sin embargo, sería durante el gobierno de Francisco I. Madero cuando alcanzaría los puestos de mayor responsabilidad política.

Lascuráin ocupó la Secretaría de Relaciones Exteriores en dos ocasiones: primero entre abril y diciembre de 1912, y posteriormente entre enero y febrero de 1913. Entre ambos periodos desempeñó también la presidencia del Ayuntamiento de la Ciudad de México. Eran tiempos de enorme inestabilidad política. El gobierno maderista enfrentaba constantes rebeliones y una fuerte oposición de sectores conservadores y militares que no aceptaban plenamente el nuevo orden surgido de la Revolución.

Durante aquellos meses, Lascuráin mantuvo una postura cada vez más pesimista sobre la capacidad del gobierno para restablecer la paz. Además, se encontraba bajo la influencia del embajador estadounidense Henry Lane Wilson, quien insistía en que México se encaminaba al caos y llegó a sugerir la posibilidad de una intervención armada para restablecer el orden. Temiendo una crisis mayor, Lascuráin aconsejó en diversas ocasiones al presidente Madero que presentara su renuncia.

La situación alcanzó su punto crítico durante la llamada Decena Trágica, los diez días de combates que sacudieron a la capital entre el 9 y el 19 de febrero de 1913. Mientras las fuerzas rebeldes y gubernamentales se enfrentaban en las calles, el general Victoriano Huerta, aparentemente leal al presidente, conspiraba para derrocarlo.

Finalmente, el 19 de febrero de 1913, Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez fueron obligados a presentar sus renuncias. De acuerdo con la Constitución vigente, la línea sucesoria colocaba al secretario de Relaciones Exteriores como el funcionario llamado a ocupar interinamente la Presidencia de la República.

A las 5:15 de la tarde, Pedro Lascuráin asumió legalmente la Presidencia. Sin embargo, aquella investidura no tenía otro propósito que servir de puente para legitimar el ascenso de Victoriano Huerta. Una vez en el cargo, Lascuráin nombró a Huerta secretario de Gobernación. Acto seguido presentó su renuncia. Conforme a la sucesión constitucional, el secretario de Gobernación se convertía automáticamente en presidente interino.

La operación concluyó alrededor de las 6:00 de la tarde. Habían transcurrido apenas cuarenta y cinco minutos. De esta manera, un golpe de Estado logró revestirse de legalidad mediante el cumplimiento formal de los procedimientos constitucionales. Huerta quedó así investido como presidente de la República con la aprobación de un Congreso sometido a las circunstancias del momento.

Lascuráin aceptó participar en aquella maniobra bajo la promesa de que la vida de Madero y Pino Suárez sería respetada y que ambos podrían exiliarse en Cuba. Sin embargo, la promesa nunca se cumplió. Apenas tres días después, los dos líderes fueron asesinados, hecho que marcaría profundamente la historia política del país y pesaría sobre la memoria de quienes participaron en los acontecimientos.

Tras aquel episodio, Pedro Lascuráin decidió retirarse definitivamente de la política. Regresó a su profesión jurídica y se dedicó a la docencia. Durante años impartió el Tercer Curso de Derecho Civil en la Escuela Libre de Derecho, institución de la que fue cuarto rector entre 1930 y 1933. Al concluir su gestión fue distinguido con el nombramiento de Rector Honorario.

Como jurista dejó una importante producción académica. Entre sus obras destacan Justicia de Quiebra, Las Persecuciones Individuales en los Juicios de Quiebra, Responsabilidad Solidaria de los Socios en la Sociedad en Nombre Colectivo, Cancelación de Hipotecas en Remates Judiciales y Estudio sobre la Sociedad Anónima según la Ley de Sociedades Mercantiles.

El 21 de julio de 1952, a los 96 años de edad, falleció en la Ciudad de México. Con su muerte desapareció uno de los últimos protagonistas directos de la Decena Trágica.

Hoy, a más de siete décadas de su fallecimiento, Pedro Lascuráin sigue siendo recordado como el hombre que ocupó la Presidencia de México por el periodo más breve de la historia nacional. Pero detrás de esos célebres cuarenta y cinco minutos existió también un abogado brillante, un académico respetado y un testigo privilegiado de uno de los momentos más dramáticos y decisivos del México revolucionario.

Fuente: conoce México a través de su historia.

Las Tres «M» del 19 de junio de 1867

Articulo tomado de la página de facebook:

Conoce México a través de su historia.

Fueron fusilados Maximiliano, Miramón y Mejía, las tres “M” imperiales, en el Cerro de las Campanas, Querétaro. No puede hacerse, sin un estremecimiento, el relato de la ejecución de estos hombres que enfrentaron la muerte con grandeza de ánimo y gallardía.
A las tres y media de la mañana, Maximiliano despertó y lavó su cuerpo con esmero, como si, en vez de ir al patíbulo, fuera al amor. Vistió su traje de levita. A las cinco de la mañana, los tres reos oyeron misa y comulgaron. Terminando el oficio, fueron regresados a sus celdas. No tuvieron que esperar mucho: a las seis en punto llegó el oficial encargado de conducirlos al sitio de la ejecución.


Al salir a la calle, el emperador exclamó: “¡Qué hermoso día!”. Los subieron a los carruajes para conducir a los sentenciados al lugar de su muerte. Gran cantidad de gente se había agolpado en las calles; nadie gritó nada, nadie dijo nada: el más absoluto silencio acompañó el paso de los carruajes. Esto se explica porque había aparecido una proclama que amenazaba con la muerte a quien vitoreara a los sentenciados.


Los juaristas habían difundido que el emperador flaquearía a la hora de la muerte; lejos de eso, Maximiliano dio una lección de fortaleza.


Al llegar al Cerro de las Campanas, descendió del carruaje y caminó cien metros hasta el sitio del fusilamiento. Llamó al doctor Bach, se quitó del dedo la sortija nupcial y se la entregó, junto con un rosario y un escapulario. Luego se dirigió hacia los soldados que lo fusilarían y, siguiendo la antigua costumbre europea, entregó a cada uno una moneda de oro y les pidió que apuntaran bien.


Maximiliano se colocó frente al pelotón. Los soldados se acercaron a un metro de distancia; sus jefes, incluido Juárez, no quisieron afrontar el riesgo de que fallaran el tiro. Maximiliano, Miramón y Mejía estaban ya frente a los soldados que los ejecutarían.
Entonces, en perfecto español, dijo:
“Mexicanos, muero por una causa justa: la de la independencia y libertad de México. Ojalá mi sangre ponga fin para siempre a las desgracias de mi nueva patria. ¡Viva México!”
Apenas terminó de hablar, el oficial bajó el sable como señal y los soldados dispararon. Siete fusiles se accionaron a un metro de distancia; solamente cinco balas penetraron en el cuerpo del emperador. El temor no había sido infundado. Maximiliano cayó hacia adelante; en su agonía se escuchó pronunciar la palabra: “hombre…”. El oficial lo volteó boca arriba y le disparó en el pecho. El estallido de la pólvora encendió su ropa, y los soldados, apresurados, apagaron con sus manos el incipiente fuego.


Después correspondió el turno al general Miguel Miramón, el presidente más joven que ha tenido el país. Sacó de su levita un papel que llevaba escrito y leyó con voz firme:
“Mexicanos, en el Consejo mis defensores quisieron salvar mi vida. Aquí, pronto a perderla, y cuando voy a comparecer ante Dios, protesto contra la nota de traidor que se me ha querido arrojar para cubrir mi asesinato. Inocente de ese crimen, perdono a los que me lo imputan, esperando que Dios me perdone y que mis compatriotas aparten tan fea mancha de mis hijos, haciéndome justicia. ¡Viva México!”
Tras decir esas palabras, Miramón se puso en oración. Cuando vio que el oficial levantó el sable, se señaló el corazón y dijo con voz firme a los soldados: “¡Aquí!”. Sonaron los disparos y cayó aquel mexicano.


El general Tomás Mejía, indígena humilde, no pronunció discurso alguno. En el instante en que el oficial bajó el sable como señal de ejecución, alzó la vista al cielo y dijo únicamente: “Virgen Santísima…”.
En su testamento, el heroico general escribió:
“Dejo a mi hermano una casa de adobe y dieciocho vacas que tengo en Tolimán…”.
La sangre derramada en el Cerro de las Campanas fue la rúbrica que puso fin a un capítulo grande y trágico de la historia mexicana. Estos hombres lucharon por una causa que la historia oficial considera equivocada: la religión católica, la hispanidad y la convicción de preservar la soberanía de México ante la constante amenaza proveniente de los Estados Unidos.

En Ajijic y Ocotlán, dos conferencias, dos exposiciones del Vapor Libertad.

Luz Andrea Montes Vázquez

Las poblaciones ribereñas del norte del lago de Chapala, Ajijic y Ocotlán, presentaron dos muestras, una pictórica y otra museográfica de El Vapor Libertad que fuera botado en el Lago de Chapala el 4 de junio de 1868 y que hizo época por sus viajes y por casi 40  años en que navego en las aguas chapálicas, con éxitos  y desgracias.

En Ajijic la tataranieta de Duncan Cameron y dueño del vapor, organizó la muestra pictórica con cuadros que ella misma elaboró y fue presentada  en el Centro para la Cultura y las Artes de la bella población ribereña. El maestro en Historia y director de esta revista Francisco Gabriel Montes Ayala dio una conferencia magistral que en voz del conferencista afirmó «fue una conferencia donde se destaca la visión de Cameron, una visión a futuro que abrió las comunicaciones entre las poblaciones ribereñas de la banda norte y meridional, así como el impulso al turismo,la economía yelnintercambio cultural y social de la época, que como todo proceso histórico, llega hasta nuestros días».

Por su parte en Ocotlán, el museo de esa ciudad, y con el apoyo de Jesús Brambila, Vicepresidente del Museo, Josefina Castaño Grenfell también tataranieta de Cameron, presentaron la muestra museográfica con fotografías, planos y objetos del vapor y nuevamente el maestro Francisco Gabriel Montes Ayala dio una conferencia del vapor, con datos y documentos del tiempo de Cámeron entre 1868 y 1884 en que se vende el barco al Ferrocarril Central.

La muestra del museo de Ocotlán estará hasta el mes de mayo, por lo que se invita a todos a participar.

Zapata acribillado el 10 de abril, Gonzalez felicita a Guajardo.

Francisco Gabriel Montes.

La revolución mexicana fue una guerra civil que acabó con sus mismos iniciadores y líderes. Se asegura que cuando una facción declara aquella revolución como virtuosa, siempre acabará con quienes ya no están de acuerdo y serán muertos cuando ya hay diferencias entre los diversos pensamientos y diferentes modos de ver el movimiento. Una lucha por el poder desata la guerra y ya no hay ideales, más que ambición. Tal fue la bien cantada, durante muchos años, destrucción del país bajo la consigna de sacar a los pobres de la miseria. Y vaya que los sacó, dejaron los azadónes por el saqueo, la violación, el robo y la destrucción, en muchos casos convertidos en huestes de ladrones, bajo líderes inmorales y bandoleros.

Zapata es un ejemplo de los personajes que eran incómodos, y era necesario eliminarlo para consolidar al carrancismo, siempre depredador, siempre usurpador, siempre corrupto.

El 10 de abril  de 1919, Emiliano Zapata Salazar es traicionado y asesinado en el dintel de la puerta de la Hacienda de San Juan Chinameca, alrededor de las dos de la tarde.

Llegado al lugar con todos los honores, Zapata recibe a quemarropa el fuego de fusilería con los toques de la banda de guerra, que había tocado tres veces la llamada de honor, al generalisimo sureño. En los últimos momentos que le quedan de vida, intenta sacar su pistola y dar media vuelta, pero el caballo arroja su cuerpo al suelo. Siete disparos le causan la muerte casi instantánea. Mueren con él, Zeferino Ortega, Gil Muñoz, otros generales, su asistente Agustín Cortés y varios elementos de la tropa.


Los sobrevivientes de la escolta que lo acompañaba huyen despavoridos ante el intenso fuego de ametralladora de los soldados apostados en las azoteas y en los cerros. Posteriormente son perseguidos por una fuerza montada, que les causa un gran número de bajas.


Consumado el crimen, a las cuatro de la tarde de ese mismo día, el coronel carrancista Jesús Maria Guajardo traslada el cadáver a lomo de mula a la ciudad de Cuautla, donde lo entrega al general Pablo González alrededor de las nueve de la noche.


De inmediato corre la versión de que Zapata, siempre necesitado de recursos militares, había tenido conocimiento de que Guajardo había sido duramente reprendido por Pablo González debido a faltas a la disciplina militar, y que intentó ganárselo. Se dice que iniciaron un intercambio epistolar y que Pablo González, al interceptar una de esas notas, obligó a Guajardo a continuar con la trama de su supuesta defección para utilizarla como medio para capturar o asesinar al jefe suriano.


Así, Guajardo habría ofrecido a Zapata varias muestras de “adhesión” y, como prueba suprema de su amistad, le obsequió un caballo alazán llamado “As de Oros”, el mismo que Zapata montaría la tarde en que fue asesinado.

En las páginas de El Universal del 11 de abril de 1919 se cita: “Las tropas del General Pablo González han logrado un éxito en su campaña contra el guerrillero. Los soldados del Coronel Jesús Guajardo, haciendo creer al enemigo que se rebelaban contra el Gobierno , llegaron hasta el campamento de Emiliano Zapata , a quien sorprendieron derrotándolo y dándole muerte. Su cadáver fue traído hoy a esta ciudad (Cuautla)»

El carrancista general Pablo Gonzalez y Jesús Guajardo

El 12 de abril de 1919, el diario El Universal publicó la felicitación de Venustiano Carranza al general Pablo González, “Lo felicito por este importante triunfo que ha obtenido el Gobierno de la República con la caída del jefe de la revuelta en el sur, y por su conducto, al coronel Guajardo y a los demás jefes, oficiales y tropa que tomaron participación en ese combate. Los felicito por el mismo hecho de armas, y atendiendo a la solicitud de usted, he dictado acuerdo a la Secretaría de Guerra y Marina para que sean ascendidos al grado inmediato el coronel Jesús M. Guajardo y los demás jefes y oficiales que a sus órdenes operaron en este encuentro”.

Fuentes:

Portal Conoce México a través de su historia.

Historia de la Revolución de Mexicana de Jose C. Valadéz

Hemerografia:

Periódico El Universal

Villamar en Michoacán, establece relación por medio del matrimonio de un filipino en 1734. Lo que se sabe de la historia.

Dr. Héctor Noé Garibay Pérez

Filipinas-Villamar, Michoacán: “La Virgen Dolorosa”, conexión de Pampanga, Filipinas 🇵🇭 con el actual municipio de Villamar, Michoacán 🇲🇽:



El 7 de marzo de 1734 contrajo matrimonio en la parroquia de Santiago Apóstol, Sahuayo, Michoacán, México, Miguel Navarro Ronquillo Xamira de la Peña. Dijo ser un pampango del puerto de Cavite en las Islas Filipinas 🇵🇭. Dijo además ser hijo legítimo de Andres Catulid y de Erminia Navarro.  Contrajo matrimonio con Josefa de Cervantes, mulata libre de la Hacienda de Guaracha, actualmente perteneciente al municipio de Villamar, Michoacán, hija legítima de Juan de Cervantes y de Eugenia de Ysmi.

Este matrimonio vivió en la Hacienda Guaracha, donde tuvieron varios hijos, habiéndose después establecido en la Hacienda El Platanal (perteneciente también actualmente al municipio de Villamar, Michoacán), lugar donde tuvieron a otros de sus hij@s.

Muchas gracias al Maestro Francisco Gabriel Montes, quien de muy buena voluntad aceptó apoyarme con la transcripción completa del acta de matrimonio de esta pareja, la cual les compartiré en su momento.

Cavite era un puerto muy importante en Filipinas durante la época española:
• Principal puerto naval español en Filipinas
• Punto del Galeón Manila–Acapulco

El acta de matrimonio encontrada por un servidor tiene importancia histórica (muy interesante). Esto no es un detalle menor. Que diga Cavite, Filipinas, en un documento significa que esta persona
• Probablemente llegó a México en el Galeón de Manila
• Viajó la ruta Filipinas → Acapulco
• Esto ocurrió entre los siglos XVI y XIX.

Es decir, dicho documento es evidencia de la conexión directa entre Filipinas y México en la época colonial. La ruta entre Filipinas y México se llamaba la Nao de China o Galeón de Manila. Fue una de las rutas comerciales más importantes del mundo entre 1565 y 1815.

La ruta funcionaba así:
1. Los barcos salían del puerto de Cavite (cerca de Manila, Filipinas).
2. Cruzaban todo el océano Pacífico (4-5 meses de viaje).
3. Llegaban a Acapulco, en la Nueva España (México).
4. De Acapulco, las mercancías y personas viajaban por tierra a:
• Puebla
• Ciudad de México
• Veracruz
• España

Muchos se quedaron en:
• Acapulco
• Puebla
• Ciudad de México
• Colima
• Jalisco

Qué se transportaba: De Filipinas a México:
• Seda china
• Porcelana
• Especias
• Marfil
• Lacas
• Textiles
• Personas (filipinos, chinos, malayos, esclavos, marineros)

De México a Filipinas:
• Plata mexicana (lo más importante)
• Ganado
• Vino
• Aceite
• Soldados
• Sacerdotes
• Colonos

La plata mexicana era la moneda que España usaba para comprar productos en Asia.

Dato histórico relevante: México y Filipinas estuvieron conectados administrativamente:
• Filipinas dependía del Virreinato de la Nueva España (México), no directamente de España.
• El gobierno de Filipinas se manejaba desde Ciudad de México.
• El comercio Manila–Acapulco duró 250 años.

Durante este periodo, la Capitanía General de Filipinas recibía órdenes, fondos y suministros del virrey en la Ciudad de México, siendo el puerto de Acapulco el punto clave de conexión a través del Galeón de Manila.

La investigación está en curso para identificar exactamente quiénes son los descendientes de Miguel Navarro Ronquillo. Con el tiempo y un ganchito espero lograrlo, ya sea por medio del descubrimiento de más documentos históricos o, por primera vez, por medio de la implementación de pruebas genéticas de ADN (DNA) 🧬.

Espero poco a poco irlo logrando, en la medida en que me vaya quedando tiempo disponible en los próximos meses. 🙏

Derechos Reservados de Autor, Héctor Noé Garibay  México 2026.

El matrimonio de Isabel de Moctezuma, hija del Tlatoani Montecuzoma con Pedro Gallego de Andrade

La Princesa Isabel de Moctezuma, caso en 1528, con español Pedro Gallego de Andrade, nacido en Burguillos del Cerro, pasó a América junto a Narváez, siendo hombre de confianza de Hernán Cortés.

Allí se casó con la princesa Tecuixpo, hija legítima del Emperador Azteca Moctezuma, más tarde llamada Isabel de Moctezuma.
De ese matrimonio nació en 1529 el que pudo ser un Principe Imperial Azteca Juan de Andrade Moctezuma.


“Niño en cuyas venas corrían fundidas la sangre de los soberanos indígenas y la de una honrada familia extremeña de labradores, de Burguillos del Cerro”.

Esto nos lo cuenta el Conde de Canilleros en el artículo adjunto, publicado en la prensa en la década de los sesenta del siglo pasado.

En Burguillos del Cerro hay una calle dedicada a Pedro Gallego de Andrade, la situada delante de la parroquia.

CRÉDITOS: «Burguillos y su historia»

Comentando: El intervencionismo en nuestra Historia.

Mtro. Francisco Gabriel Montes Ayala

Joel Robert Poinsset, penitenciario de EUA en México.

La narrativa de la historia, podrá tener versiones variadas, de acuerdo a la ideologización o politización que el sistema impone. Pero algo que es tan cierto en la Historia de México, es el intervencionismo de nuestros vecinos del norte; en este libro que se concluyó en 1951,  el historiador, José Fuentes Mares, 𝗣𝗼𝗶𝗻𝘀𝘀𝗲𝘁, 𝗵𝗶𝘀𝘁𝗼𝗿𝗶𝗮 𝗱𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝗴𝗿𝗮𝗻 𝗶𝗻𝘁𝗿𝗶𝗴𝗮, es una prueba documental, de que nuestros vecinos,  desde los tiempos de la independencia, fueron quienes impulsaron  aquellos movimientos independentistas en América del sur; luego la copia exacta de la constitución norteamericana, sería transcrita en 1824 para México.

𝗝𝗼𝗲𝗹 𝗥𝗼𝗯𝗲𝗿𝘁 𝗣𝗼𝗶𝗻𝘀𝘀𝗲𝘁, fue el artífice de la aplicación del «destino manifiesto» en México, con la formación de un «partido americano», camuflado como partido liberal, como lo reconoce él mismo, en informes oficiales, para que en 1847, México perdiera sus territorios del norte, con la complicidad de muchos que hoy son héroes y estatuas de bronce, producto de la narrativa política, manipulada, perversa;  desde aquel entonces, se convirtió el pobre México, en el «patio trasero» de la potencia norteña.

La historia sirve para entender el presente, pero predecir, si es posible, el futuro. Documentos como este que nos presenta Fuentes Mares, nos enseña que este país, cumple con aquella frase famosa del presidente Díaz, «𝗽𝗼𝗯𝗿𝗲 𝗠𝗲́𝘅𝗶𝗰𝗼, 𝘁𝗮𝗻 𝗹𝗲𝗷𝗼𝘀 𝗱𝗲 𝗗𝗶𝗼𝘀 𝘆 𝘁𝗮𝗻 𝗰𝗲𝗿𝗰𝗮 𝗱𝗲 𝗘𝘀𝘁𝗮𝗱𝗼𝘀 𝗨𝗻𝗶𝗱𝗼𝘀» y sigue la mata dando hasta el día de hoy.

Libro de Fuentes Mares

Se dejó de celebrar en México el día 27 de septiembre, día de la independencia ¿Sabes por qué?

Mtra. Patricia G. Frese

Agustin de Iturbide, libertador

Durante varios años años se celebraron con el mismo entusiasmo las dos fechas importantes de nuestra Independencia: el 16 de septiembre de 1810 y el 27 de septiembre de 1821.

Fue después de la Revolución que en 1921, Álvaro Obregón decidió «olvidar» la fecha que conmemora la entrada de Agustín de Iturbide a la CDMX. Así, de un plumazo borró de las efemérides la Consumación de la Independencia.

Sin disparar una bala, Iturbide nos dio nombre, Patria, libertad y colores para la bandera hace 204 años. Estamos en la víspera del cumpleaños de nuestro país ¡Viva México!

La foto corresponde a un fragmento del Manifiesto de Liorna que escribió Iturbide en Italia en 1823. La sangre es de él, porque tenía el manuscrito consigo cuando lo fusilaron en Padilla, Tamaulipas.

Fue en 1925, bajo la presidencia de Plutarco Elías Calles, cuando el Congreso ordenó retirar las letras de oro con el nombre de Iturbide del recinto legislativo. La decisión formaba parte de la política de exaltar a Hidalgo, Morelos, Guerrero y Juárez, y minimizar a Iturbide, visto como “monárquico” y contrario a los ideales republicanos que se querían consolidar.

Finalmente, en 1971, Luis Echeverría mandó construir la presa Vicente Guerrero, que sepultó al viejo pueblo de Padilla bajo el agua, obligando a trasladar a la población a Nuevo Padilla.

¡Viva Iturbide!

El Señor del Huaje.

Manuel Flores Jiménez *Cronista de Jocotepec


Los manuscritos antiguos sostienen que la imagen fue esculpida de un árbol de huaje, y que su aparición fue hace 310 años, hacia 1715, siendo fray Manuel de Mimbela, Obispo de Guadalajara.

Narran los registros de la cofradía que se hizo cargo de su culto, resguardo y hospital, que la imagen pasó por varias vicisitudes, debido a las deficiencias del escultor que la creó y del auxilio posterior para mejorarla por otros.

A fray Miguel Aznar, le correspondió indagar sobre su claro pesimismo, respecto a la aparición de la imagen, quien primero fue nombrada Santo Cristo de la Expiración, luego Señor del Huaje, posteriormente, Señor del Dulce Nombre, para finalmente quedar como Señor del Huaje.

Fray Nicolás de Ornelas, contemporáneo del suceso de la aparición, lo consignó en su obra “Crónicas de la Provincia de Santiago de Jalisco”; de igual manera, fray Matías de Escobar, en su documento “Americana Thebaida”, hizo referencia del Cristo en sus crónicas.

En 1721, Francisco de la Cruz Godoy, natural de Jocotepec, era el mayordomo principal de la cofradía del Santo Cristo, pero la imagen estaba en poder de Lucas Mateo y su esposa Andrea Petrona.