Origen del día de muertos (última parte)

Víctor Joel Santos Ramírez -Revista del INAH

Las veintenas dedicadas a los muertos

Las prácticas mortuorias en la época prehispánica tuvieron diversas características y las fechas de las celebraciones de sus difuntos también debieron de haber sido desiguales, solamente conocemos los datos más o menos precisos, aunque con algunas discrepancias, de la tradición funeraria que se practicó en el centro del país poco antes de la llegada de los españoles y por la pictografía de los códices, podríamos decir que se extendió a otras regiones, como la mixteca, pero en general, estas celebraciones están muy lejos de parecerse o de haber influenciado al Día de Muertos de la época novohispana, como algunos autores lo han asegurado. Es importante mencionar, que este calendario, al igual que otros mesoamericanos, corresponde al ciclo anual de 365 días, por lo tanto era solar, pero sus divisiones o veintenas tienen correspondencia lunar, ya que regía el ciclo vegetativo-agrícola y todo lo que ello conlleva, como el nacimiento y la muerte.

El caso al que nos referimos es el de la cultura mexica, en cuyo calendario anual de 18 veintenas (Xiuhpohualli), hubo por lo menos cuatro de éstas en las que se llevaban a cabo celebraciones funerarias[24], estas veintenas[25] son la octava: Miccailhuitontli (Fiesta pequeña de los muertos), la novena: Huey Miccailhuitl (Gran fiesta de los muertos), la decimo tercera: Tepeilhuitl (Fiesta de los cerros) y la decimo sexta. Tititl (encogimiento o envejecimiento).

Las dos primeras, las cuales llevan en su denominación el prefijo “micca” [26], se celebraban de forma seguida en el otoño, entre los meses de agosto y septiembre, la primera era una fiesta menor, relacionada con los muertos pequeños (los niños muertos que moran en el Cincalco), pero también como preparación y preámbulo de la fiesta mayor de los difuntos, dedicada a los guerreros muertos que acompañan a Huitzilopochtli y moran en la “casa del Sol” (Tonatiuh ichan[27]); la décima tercera veintena, Tepeilhuitl, se celebraba entre los meses de octubre y noviembre, por lo tanto marcaba el fin del otoño e inicio del invierno, la época de la cosecha de maíz conforme al ciclo agrícola, estaba dedicada a los cerros y a sus moradores, las deidades del agua: Tláloc, Chalchihuitlicue y sus hermanos los tlaloques. En esta fiesta se hacían imágenes (representaciones de manojos de madera vestidas con mantas) de las personas que fallecieron ahogadas (o por enfermedades acuáticas) y que fueron enterradas (no se incineraron), las cuales se colocaban en altares[28], son las almas que habitaban el Tlalocán, el paraiso terrenal de acuerdo con Sahagún.

Finalmente la veintena Tititl, que de acuerdo con de la Serna, iniciaba en el solsticio de invierno[29], marcaba el fin del año (ciclo solar), en ella se celebraba a la poderosa Cihuacóatl y era la fiesta de los finados, a quienes se recordaba cada año a través de una ofrenda en memoria, en la que se colocaba, sobre un petate, una imagen representando al difunto (un manojo de ocote vestido con una manta o camisa, con nahuas si era mujer, junto con escudillas, pucheros y otras cosas de casa), sentado sobre un equipal y si había sido señor o valiente hombre, vestíanle de una manta rica, le colocaban el bezote que utilizaba en las fiestas, el atado de plumas sujeto atrás de la cabeza y muchos perfumes; frente a esta representación se colocaba mucha comida, la cual era convidada a los principales, al finalizar, se encendía la tea y se quemaba todo[30]. Esta celebración se llamaba quixebilotia (en memoria) y la hacían cada año los hijos o parientes[31], al parecer, estaba dedicada a quienes habían tenido una muerte natural (habían llegado al sol poniente), por lo tanto, el cielo que les correspondía era el Mictlan. Esta celebración coincidía con el final y el inicio del ciclo anual solar, con el “año viejo” y la evocación a los muertos, como en otras tradiciones funerarias.

Figura 7..Lámina 69 Quixebilota (en memoria) ceremonia funeraria de la veintena de Tititl, códice Magliabechiano.

Todas estas fiestas desaparecieron con la conquista española, fueron prohibidas y erradicadas por la iglesia católica, siendo muy difícil que se hayan conservando vestigios de ellas después del exterminio, sometimiento, muertes epidémicas, control social e ideológico, al que fueron sometidas las culturas originarias durante 300 años[32]. No obstante, muchas de estas antiguas creencias se conservaron bajo formas cristianizadas y tal vez más auténticas, en las comunidades indígenas, resguardadas infranqueablemente por la propia lengua y la tradición oral. La fiesta del 2 de noviembre fue depositaria de las antiguas creencias funerarias, pero el culto, la fiesta y parafernalia continuaron practicándose de forma sigilante, sin cambios profundos, durante los siguientes dos siglos, en una sociedad novohispana profundamente religiosa, hasta llegar a los siglos XIX y XX, periodos mejor documentados que los anteriores y donde es posible apreciar, la gradual decadencia en que fue cayendo esta fiesta en sociedades en las que perdió importancia su sacralidad, adquiriendo mayor importancia sus aspectos profanos.

La fiesta entorno al culto, siglos XIX y XX

Las características que hoy en día distinguen a la celebración del Día de Muertos, con el colorido y dimensiones de los altares, los arreglos de flores, papel picado, el pan de muerto, frutas de temporada, alimentos preparados, los dulces de calaveras, las ricas ofrendas en los panteones, etc., parecen evocar al mundo prehispánico, pero como veremos a continuación, la mayoría de estos componentes que creemos de origen mexicano, tienen sus antecedentes en la celebración de estas fiestas en Europa.

Las fiestas del 1 y 2 de noviembre son celebraciones religiosas que se conmemoran con misas especiales de difuntos, son días de luto para los cristianos. En el día de Todos los Santos, prácticamente desde que surgió esta fiesta, hubo una inclinación a venerar las reliquias de los mártires y santos[33] (fragmentos o huesos completos), los cuales eran presentados a los fieles este día en las iglesias. En México, en el siglo XIX, los pobladores de la capital concurrían el Día de Todos los Santos a los templos para “visitar las reliquias de los bienaventurados que en ellos se veneran[34]”, en la Catedral, por ejemplo, se exhibían las reliquias de San Primitivo, San Teófilo y Santa María; también en los templos de la Colegiata, Loreto, la Enseñanza (un hueso del dedo pulgar de San Juan Nepomuceno), Santa Teresa la Antigua, Santa Teresa la Nueva, Balvanera, la Concepción, la Encarnación, la iglesia grande de San Francisco y en el Tercer Orden[35], era posible visitar todos estos templos en este día, conocer presencialmente a las reliquias y hacerles peticiones, ya que se tenía la creencia de que eran milagrosas. Las reliquias llegaron de España a México, desde su arribo al puerto de Veracruz fueron acompañadas con música y cantos, en los pueblos fueron recibidas con arcos de flores[36].

En los reinos católicos de León, Aragón y Castilla se elaboraban panes imitando a las reliquias, “los huesos de santos pudieron ser unas canillas especiales con miel, pero los hubo para cada parte del cuerpo que se veneraba, cráneos, astillas de huesos, esqueletos completos, en la parte catalana se hacían con almendras y se le les conocen como panallets[37]”, también se hacían de mazapan, en Italia los huesos se hacían con pasta de almendra, también se elaboraron frutas y animales con lo que se identificaba cada santo llamadas “frutti dei morti”. Todos estos dulces se llevaban a bendecir a las iglesias y eran colocadas en las casas en la “mesa del santo”, esta costumbre se ha mantenido vigente, aún en el siglo XXI, en zonas rurales de Europa y en la América católicas[38]. En México, los dulces que imitaban a las reliquias eran los afamados alfeñiques que realizaban las monjas de Santa Clara y San Lorenzo[39], pero solo podían adquirirlos las clases pudientes, el resto de la población consumía dulces de azucar que generalmente representaban cráneos, esqueletos, tibias y otros huesos[40].

Figura 10 b. Dulces «hueso de muerto» en España.

El día de Todos los Santos, era también la fecha para limpiar, arreglar los sepulcros y monumentos que debían estar de gala para el día siguiente, “Con este fin, las familias remitían a los cementerios candeleros y cirios, jarrones y tibores, coronas de chaquira, azabache o de flores artificiales y cuantos adornos le sugería el acendrado cariño hacia sus deudos difuntos[41]”.

Los panteones y la desacralización de la fiesta

El Día de Fieles Difuntos se celebraba al día siguiente de Todos Santos con tres misas, la gente asistía de luto a la iglesia y la celebración se extendía durante todo el día, “las iglesias y calles aledañas se adornaron luciendo un luto riguroso, con crespones negros y velámenes pintados con huesos que cubrieron las paredes, acompañados de versos alusivos a la inminente muerte; en la entrada un gran esqueleto les daba la bienvenida mientras que en medio de la nave se montó el Gran Catafalco, adornado con calaveras, huesos y esqueletos para que los católicos atraídos por el toque constante de las campanas a difuntos asistieran a los Oficios, terminando la celebración con un sermón y el rosario doloroso[42]”. Las mujeres cargaban flores y velas a las sepulturas de sus familiares enterrados en la iglesia y en el atrio.

La costumbre de enterrar a los muertos en la iglesia y en los atrios, la cual se practicó desde el inicio del cristianismo, fue interrumpida parcialmente en Europa debido a las pandemias que obligaron a la creación de cementerios (por ejemplo, la peste negra del siglo XIV). En España, Carlos III promulgó en 1787 un decreto que prohibía los enterramientos en las iglesias, pero no tuvo efecto por la oposición que encontró con la tradición religiosa y con el clero, ya que de aplicarse este decreto, la Iglesia perdería una importante fuente de ingresos. Fue hasta el año 1800, durante los últimos años del reinado de Carlos IV, que la construcción de panteones extramuros se hizo realidad[43].

A partir de esta nueva disposición, la celebración del día de difuntos tuvo que modificarse, en los pueblos de España, “después de la misa, los hombres se marchaban apresuradamente, mientras las mujeres se quedaban a poner flores (en algunos lugares, especialmente en Cataluña, se usaba más la pequeña y amarilla siempreviva, velas y luminarios sobre las lápidas, las cuales cubrían primero con telas blancas, posteriormente, el cura, en compañía de dos acólitos, caminaban de tumba en tumba bendiciéndolas, al terminar, las mujeres regresaban a sus casas a tomar su retrasada comida, al caer la tarde se rezaba un rosario en una ermita de la aldea, después se formaba una procesión que caminaba hasta el nuevo cementerio, donde también se adornaban las fosas y se bendecían como por la mañana[44]”.

Figura 12. Con flores al cementerio (1890). M.Friant.

Figura 12. Con flores al cementerio (1890). M.Friant.

En México, la inhumación de entierros en panteones comenzó en 1836, con la habilitación del panteón de Santa Paula en la ciudad de México[45]. En 1859 el gobierno de la República secularizó los cementerios, quitándole la responsabilidad a la Iglesia y los ingresos que hasta entonces percibía. Esta disposición fue parte de las reformas liberales del periodo juarista que se consumaron con la desamortización de los bienes eclesiásticos, afectando la vigilancia y práctica de los cultos católicos. Al igual que en España y otros países de Europa, la prohibición de realizar entierros en las iglesias y también en los atrios, produjo un cambio sensible en la celebración del Día de Muertos[46], ya que de manera natural, al ser esta una fiesta dedicada a familiares difuntos, la población se vio obligada a continuar la celebración, después de oficiadas las misas, en los panteones. “Muy de mañana se terminaban de adornar las sepulturas con adornos con ramos, coronas frescas y olorosas flores, se asistía a oír una o las tres misas que en tal día dicen los sacerdotes y daba principio la visita a los panteones[47]”.

La visita a los panteones se convirtió en un evento muy concurrido y sui generis en la ciudad de México: “Omnibus, guayines y coches particulares y de providencia, como si se tratase de una gran verbena, no cesaban de transportar gente rica y de mediano porte, en tanto que la del pueblo, formando cordones apenas interrumpidos, se dirigía a pie, llevando no pocos individuos sus provisiones de boca en las que como elemento principal contábase el pulque, precaución inútil, por cuanto a que en las inmediaciones de los panteones los esperaban los puestos de fritangas y de la popular bebida[48].” El traslado de toda la familia al panteón, representaba no solo llevar la ofrenda, consistente en flores, frutas y velas de cera, sino también la colación para el almuerzo, sin faltar el pulque para las libaciones y convidar al difunto de esta bebida para “llorar el hueso”[49].

Figura 13. Día de Muertos (ca. 1940). Michoacan. Fototeca Nacional-INAH.

Figura 13. Día de Muertos (ca. 1940). Michoacan. Fototeca Nacional-INAH.

Los cronistas de la época no dejaron de insistir en que esta parte de la fiesta ya no era religiosa, pues ya no había tristeza, respeto y tampoco duelo, “se trata de una fiesta tan alegre como la Noche Buena, tomando de pretexto a los amigos y parientes que trasladaron su domicilio a los cementerios”[50]. “Se pasea en el cementerio como se pasea en el Zócalo o en la Alameda, pensando en todo, menos en los difuntos. La gente pobre a pesar de sus preocupaciones y de su horror a la muerte, profana las tumbas de sus deudos y amigos, extendiendo sobre ellas blancos manteles, sobre los cuales almuerzan cabezas de carnero asadas en el horno y mole de guajolote, dejando el panteón convertido en un basurero[51]”. Los cementerios eran pocos y horribles, “Santa Paula que ya era una necrópolis elegante para el tiempo, daba miedo y asco[…]. A esos lugares sombríos, anti-higiénicos y espantosos iba a divertirse la gente de México y a disfrazar sus deseos de huir, bajo la forma de la devoción a las almas de los fieles difuntos.[52]

Figura 14. All Souls’ Day (Hedwig Cemetery), 1896. Franz Skarbina.

Figura 14. All Souls’ Day (Hedwig Cemetery), 1896. Franz Skarbina.

Las personas asistían a los panteones con sus mejores galas, generalmente ropa nueva, era un evento de clases sociales, en el que los ricos mostraban sus gustos y sus lujos cubriendo los sepulcros con ramillete y bouqueteros de cristal, encendiendo enormes cirios, los curiosos se paseaban entre los sepulcros sin pensar en la fragilidad humana, era el lugar donde se citaban los novios para intercambiar cartas y miradas[53]. Las tumbas eran adornadas por lo general con guirnaldas de flores amarillas y lazos de crespon, algunas ostentando los retratos de las personas que en ellas descansan; en muy pocos ojos se ven lágrimas, la concurrencia con curiosidad se dedica a leer las inscripciones de los sepulcros, los versos y epitafios, los que van pasando hacen críticas sobre cuál de los sepulcros tienen más luces y mejores colgaduras[54].

Al terminar la visita al panteón, la gente regresaba a sus casas y por la tarde salían a recorrer las calles para lucir los trajes que habían estrenado para despues asisitir a la “verbena de Todos Santos”, también llamada “Paseo de los muertos”, en la Plaza principal (el Zócalo) frente a la Catedral. En este lugar se instalaban jacalones (puestos similares a los actuales ambulantes) para vender los dulces de costumbre, tales como calaveras de azúcar, borregos de alfeñique, calabaza en tacha, y frutas cubiertas[55]. Los teatros principales, así como lo de segundo y tercer orden, se hallaban henchidos desde las 4 de la tarde, pues al igual que en los teatros españoles, se presentaba la obra de José Zorrilla “Don Juan Tenorio”, cuya escena más famosa transcurre en un cementerio en que que se producen apariciones de los muertos. Por la noche se representaban en la plaza pequeñas comedias, funciones de títeres y zarzuelas, montadas por pésimas compañías de aficionados[56].

Figura 15. “La ofrenda del abuelo”. Día de Muertos, Axochiapan, Morelos (ca. 1998). Fototeca Nacional-INAH.

Figura 15. “La ofrenda del abuelo”. Día de Muertos, Axochiapan, Morelos (ca. 1998). Fototeca Nacional-INAH.

La ofrendas y altares de muertos

Una antigua costumbre que en siglo XIX, como se habrá podido apreciar, ya se había normalizado, nadie le ponía atención y era muy significativa, era la de llevar comida como ofrenda a los muertos a sus tumbas, algo que en otro tiempo hubiera sido condenado, ya que el cristianismo no acepta la idea de que de los muertos puedan regresar al mundo de los vivos, menos para departir alimentos con quienes fueron sus familiares, esta creeencia escaló de nivel al instalarse altares en las casas con el mismo propósito, los altares de muertos[57].

“Por la noche los del pueblo bajo [los pobres], que sólo concurrían al paseo de la Plaza hasta las diez de la noche, hora en que irremisiblemente se cerraban las casas de vecindad, ya en sus hogares encendían las velas en el altar de sus ofrendas, consistiendo en biscochos, fruta y dulces, tamales y calabaza cocida; todo preparado con el expreso fin de que a la medianoche tuviesen qué cenar sus deudos difuntos. Además de ser supersticiosa tal costumbre, es estúpida, por cuanto a que no realizándose el esperado hecho, tan contrario al orden natural, la gente se mantiene en sus treces, y cada desengaño sólo sirve para engullir, al día siguiente, las golosinas o distribuirlas a veces, entre sus amistades[58].”

Por extraño que parezca, la creencia de que las almas de los muertos regresan a la tierra para departir estos alimentos, también se encontraba en el Día de Muertos en España, “apenas se conserva hoy, aunque tal pensamiento se encontraba antaño tan firmemente arraigado en Asturias que, por ejemplo en Proaza, poca gente dormía a la víspera de las benditas ánimas[59]”. En general, esta idea es muy antigua en Europa y como vimos más arriba, fue lo que originó la imposición del Día de Todos Santos el 1 de noviembre, para erradicar la práctica y propagación de estas ideas, lo cual se logró en los principales centros cristianos de Europa pero no completamente en las zonas rurales.

En México pasó algo similar, ya que las celebraciones a los muertos en la época prehispánica (códice Magliabechiano) y al inicio del periodo colonial (Diego Duran), consistía en dedicarles ofrendas de flores, papel, incienso y alimentos. Una creencia que permaneció viva en las comunidades indígenas y que al parecer dio un salto a las ciudades cuando en éstas se relajó la celebración del Día de Muertos; nadie se extrañaba ver en esta fecha en los panteones a familias de origen indígena departiendo alimento en las tumbas, realizando libaciones de pulque, una costumbre que, curiosamente, en la época prehispánica se realizaba en estas fechas en el centro del país, durante la”fiesta de lo cerros” (Tepeilhuitl), presidida por el ometochtli, sacerdote del pulque y en la cual, se tenía la costumbre de dedicar ofrendas a los difuntos enterrados (no incinerados)[60]. Y qué decir, del gradual reemplazo y sustitución casi imperceptible del Día de Todos los Santos por el de “día de los muertos pequeños” y el Día de Fieles Difuntos por el “día de los muertos mayores”, que como vimos antes, tanto preocupó a Diego Duran a finales del siglo XVI y que hoy en día, en algunas partes del país es como también se conoce a las festividades de muertos en el mes de noviembre.

Figura 16. Noche de Muertos Janitzio, Michoacán (1950). Nacho Lopez. Fototeca Nacional-INAH.

Figura 16. Noche de Muertos Janitzio, Michoacán (1950). Nacho Lopez. Fototeca Nacional-INAH.

Consideraciones finales

Es muy importante no perder de vista que una cosa ha sido el culto católico de los días de Todos Santos y Fieles Difuntos, el cual se ha mantenido sin cambios durante los últimos siglos y otra cosa han sido las festividades en torno a culto; las fiestas y el culto llegaron juntos a la entonces Nueva España a partir del siglo XVI, trayendo consigo costumbres y creencias medievales que fueron adaptadas y reproducidas en las villas y ciudades con mayor presencia de españoles y criollos. La población indígena, muy superior en número a la de origen europeo, recibió esta tradición a través del adoctrinamiento que encabezó el clero regular en todas las regiones del país, lo cual no se llevó de manera inmediata, requirió de su imposición y convencimiento permanente, sobre todo, porque estas poblaciones ya tenían sus propias celebraciones dedicadas a los muertos, creencias y prácticas ancestrales que tardarían generaciones en cambiar. Por otra parte, no se trataba de poblaciones de una sola cultura y religión, por lo cual, el resultado de la evangelización no pudo ser homogéneo como los religiosos cristianos lo hicieron creer a través de sus crónicas. El proceso se llevó a cabo de manera sintética, el 1 y 2 de noviembre redujeron a una sola celebración (de dos días), los festejos ancestrales a los muertos.

Las fiestas, costumbres y parafernalia en torno al culto es lo que ha cambiado a largo de los años; en su origen éstas se encontraban muy ligadas a la celebración religiosa, por ello no parecen haber sufrido modificaciones durante los siglos XVII y XVIII, en una sociedad novohispana profundamente religiosa y conservadora, los cambios se produjeron a partir de los movimientos sociales, iniciando con la Independencia, pero principalmente, a la mitad del siglo XIX, con disposiciones políticas, como la creación de panteones como medida higiénica ante posibles epidemias, principalmente en las ciudades y con lo cual, dejaron de llevarse a cabo enterramientos en las iglesias, tal disposición, tuvo como efecto que la Iglesia perdiera su jurisdicción sobre estas celebraciones, principalmente el Día de Muertos, propiciando que la sociedad se apropiara de esta fiesta, adaptándole nuevas formas y funciones de acuerdo a sus propias necesidades, modernizandola, sectorizandola en clases sociales.

A finales del siglo XIX las festividades entorno al Día de Muertos se encontraban en franca decadencia, pero de acuerdo con Elsa Malvido[61], fue en la época de la posrevolución, específicamente con el cardenismo (1934-1940), que las fiestas del 1 y 2 de noviembre fueron “reinventadas”, con el propósito de quitarle poder a la iglesia católica y asociarlas con la idea nacionalista, para lo cual, era necesario desprenderla de todo significado religioso, convertirla en laica y es a partir de entonces que se destaca la “muerte” sobre lo “santo”. Para tal efecto, Cardenas se hizo rodear de intelectuales socialistas como Frida Kahlo, Diego Rivera, Octavio Paz y José Clemente Orozco. Lo cierto, es que este proceso ya venía desarrollándose desde de las reformas de Juárez, los grabados de José Guadalupe Posada son una muestra de esa desacralización y del divertimento que ya tenía la fiesta del Día de Muertos al inicio del siglo XX, lo nuevo fue integrarla a la idea nacionalista y exponerla como parte del floclor mexicano, como ya se aprecia en la película ¡Qué Viva México! (1930), de Serguéi Ensenstein, asesorada por cierto, por algunos de los intelectuales antes mencionados.

Lo reprochable, no solo fue desconocer el carácter religioso de esta fiesta para facilitar su aceptación en el proyecto nacionalista del estado mexicano, sino difundir la falsa idea de que es una celebración de origen prehispánico, una mentira fabricada que ha venido repitiéndose hasta el día de hoy, legitimada por intelectuales, incluídos historiadores y antropólogos, así como por políticos, ahora con una nueva modalidad, convertirla en un producto de consumo turístico, lo cual se ha venido concretando durante las primeras dos décadas del siglo XXI (el caso más notorio es el famoso desfile de muertos de la ciudad de México) y entonces sí, estaremos hablando de una celebración sincrética, vacua y anticultural.

[24] Johansson 2003, pp. 191-202.

[25] De acuerdo con el calendario aportado por de la Serna, op. cit., pp. 318-328.

[26] De la náhuatl raíz “miqui” (morir), “miquiztli” (muerte).

[27] Johansson, 2003, p. 172.

[28] Serna, op. cit., p. 320.

[29] “El décimo séptimo mes llamaban Tititl, Empezaba a veinte dos de diciembre, hacían una gran fiesta a una diosa llamada Ilamateuhctli y por otro nombre Cuzcamiauh y por otro Tonan”. Serna, op. cit., p- 321.

[30] Anders, Jansen y Reyes, 1996, pp. 179-180.

[31] Idem.

[32] De hecho, quienes escribieron sobre estas fiestas, los religiosos franciscanos y dominicos del siglo XVI, no presenciaron ninguna de ellas, las describieron a través de informantes indígenas.

[33] La intermediación de los santos con los vivos encontró su argumentación teológica en la tesis de Juan Damasceno: “Mientras vivían, los santos estaban llenos del Espíritu Santo y una vez muertos, la gracia del Espíritu Santo nunca se aleja de sus almas, ni de sus tumbas, ni de sus santas imágenes”.

[34] García Cubas, 1904, pp. 388-390.

[35] Idem.

[36] Según Elsa Malvido, los jesuitas fueron los principales promotores de este culto en la Nueva España. Malvido, 2006, pp. 47-48.

[37] Idem.

[38] Idem.

[39] García Cubas, op. cit., p. 390.

[40] Idem.

[41] Ibid., p. 388.

[42] Malvido, op. cit., p. 49.

[43] Fischer, 2019, pp. 20-21.

[44] Foster, 1962, p. 348.

[45] Clausurado en 1871 por problemas de higiene. García Cubas, op. cit., p. 388.

[46] Los pisos de las iglesias eran de madera para facilitar los continuos enterramientos que se realizaban en la nave, con la prohibición, éstos fueron sellados con lozas.

[47] Idem.

[48] Idem.

[49] Ramírez, 1997, p. 26.

[50] Ciriaco, 1997, p. 91.

[51] Ibidem.

[52] Espinel, 1997, p. 95.

[53] Ciriaco, op. cit., p. 92.

[54] Sosa, 1997, p. 102.

[55] Ciriaco, op. cit., p. 91.

[56] Sosa, op. cit., p. 102.

[57] Los altares de muertos son una derivación de los túmulos funerarios o catafalcos novohispanos.

[58] García Cubas, op. cit., p. 650.

[59] Foster, 1962, p. 346.

[60] Ver esta explicación más arriba.

[61] Malvido, op. cit., p. 43.

Creado: 20 Octubre 2023

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Origen del día de muertos (Parte I)

Víctor Joel Santos Ramírez- Revista del INAH

Figura 1. Día de Muertos, Ciudad de México (ca. 1950). Fototeca Nacional-INAH.

Contrario a la idea popular extendida y aceptada en México, el Día de Muertos no es de origen prehispánico[1] y en sentido estricto tampoco es producto de un sincretismo indígena y europeo. En efecto, las festividades de los días 1 y 2 de noviembre (no confundir con las prácticas y celebraciones funerarias ancestrales mesoamericanas cuyas características eran otras y se realizaban en fechas distintas), tuvieron su origen en la Europa medieval, fueron instituidos por la Iglesia católica — el día 1 de noviembre— para celebrar a “Todos los Santos”, es decir, a los beatos y canonizados, pero principalmente a los santos desconocidos (los millares de mártires cristianos[2]), para que ninguno se quedara sin fiesta y así reunidos en un solo día, correspondieran a este homenaje intercediendo con mayor fuerza en la oración y en las súplicas de los creyentes, mientras que —el 2 de noviembre—, Día de los “Fieles Difuntos”, como su nombre lo indica, fue dedicado a quienes “reposan en Cristo”, pero no alcanzaron la vida beatífica (el cielo), debido a que fallecieron sin haber cumplido las penitencias que les fueron impuestas en vida o fueron insuficientemente cumplidas, así como a quienes mantuvieron apego a la vida material[3]. Las almas de estos difuntos (de acuerdo con la escatología cristiana), se hallan en el Purgatorio, esta fecha fue concedida para que los vivos, a través de oraciones, súplicas y sufragios ayuden a estas almas a limpiar sus pecados y así logren su salvación. Las misas del 2 de noviembre tenían el carácter de indulgencia plenaria aplicable a las almas del purgatorio[4].

El 1 de noviembre

Figura 2. Celebración de Todos los Santos, cementerio de la Santa Cruz, Gniezno, Polonia. Diego Delso.

El día de Todos los Santos fue instituido el dia 13 de mayo por el Papa Bonifacio IV en el año 609[5], para honrar a los protectores de la Iglesia[6], pero también para contrarrestar al paganismo, ya que el Papa consagró en este día el antiguo templo del panteón romano (el Panteón de Agripa), en la Iglesia de Santa María de los Mártires (conocida como Santa María la Redonda por su planta circular). Sin embargo, esta celebración tuvo que cambiar de fecha debido a que:

“Como era muchísima la gente que todos los años acudía a Roma para celebrar esta nueva solemnidad y como en el mes de mayo resultaba sumamente difícil tener la ciudad suficientemente abastecida de la ingenta cantidad de víveres que la numerosa concurrencia de forasteros demandaba, otro papa, llamado también Gregorio, dispuso que en adelante se celebrase en las calendas de noviembre, fecha más conveniente, porque en noviembre, al estar ya recolectadas las mieses y efectuada la vendimia, Roma disponía de provisiones suficientes para abastecer a los peregrinos[7]”. “Así que el templo que fuera hecho para todos los ídolos, agora es consagrado para todos los santos[8]”.

El Papa Gregorio III, entre los años 731 y 741, consagró una capilla en la Basílica de San Pedro a todos los Santos para dedicarle un día a esta celebración, hacia el año 835, el Papa Gregorio IV, fijó esta fiesta el 1 de noviembre y la amplió a todos los santos del cristianismo[9].

A finales del mes de octubre en el hemisferio norte terminan las tareas agrícolas, por lo cual, hay abundancia de alimentos y es también tiempo de dar gracias por los bienes recibidos, por esta razón, de acuerdo con Santiago de Vorágine (citado arriba), el Papa Gregorio IV cambió el día de Todos los Santos a las calendas de noviembre, es decir, al primer día de este mes, pero lo hizo coincidir (no sin intención como lo parece) con la festividad celta del Samhain[10] (pronunciado so-win o sah-wim y hallowen[11]), celebrada el 31 de octubre en las comunidades célticas de Europa (Irlanda, Gales y Escocia). Desde el punto de vista cristiano, esta festividad era pagana y como sucedió con la consagración del templo del panteón romano para convertirlo en iglesia (ver arriba), los ritos arcaicos que se celebraban en esta fecha fueron cristianizados al instaurarse el día de Todos los Santos el 1 de noviembre[12].

Figura 4. Día de Todos los Santos (1839). Ferdinand Georg Waldmüller.

El Samhain era una fiesta de año nuevo (se celebraba entre el equinoccio de otoño y el solsticio de invierno), marcaba el tiempo de recoger la cosecha, guardar a los animales y prepararse para el invierno[13]; la celebración era nocturna (durante la “noche vieja”), en la que todos los fuegos se extinguían, se encendía una nueva hoguera (fuego nuevo) con huesos de animales sacrificados (bonfire), de donde se tomaba el fuego con antorchas para volver a encender los hogares. Los celtas, al igual que otras culturas de la antigüedad, creían que el año nuevo era también el día en que los difuntos regresaban para convivir con los vivos[14], de ahí los símbolos funerarios, la utilización de disfraces y máscaras en estas festividades; en las puertas de las casas se colocaban nabos con una vela encendida para guiar el camino de los difuntos (sustituidos por calabazas cuando esta fiesta pasó de Irlanda a Estados Unidos). Pero no solo fue entre los celtas, sino en toda Europa, la noche de la víspera de Todos los Santos, que señala la transición del otoño al invierno, era el día en que las almas de los difuntos regresaban a sus antiguos hogares para calentarse en el fuego y confortarse con la buena acogida que se les hacía en la cocina, en este día también andan sueltas todas las hadas, los duendes vagan libremente y las brujas se aparecen volando montadas en sus escobas[15].

El 2 de noviembre

El Día de Muertos fue instaurado ciento sesenta y tres años después, en el año de 998, por el abad del monasterio de Cluny, San Odilón, quien pidió que se celebrara al día siguiente de Todos Santos —de acuerdo con una revelación divina—, la que que tuvo el sacristán de la iglesia de San Pedro, quien, en estado de éxtasis, vio un ángel que le mostraba el Purgatorio y al tiempo que esto hacía, le dijo: “cuenta al sumo pontífice todo esto que estás viendo y ruégale insistentemente que instituya en la Iglesia una jornada anual especialmente dedicada a orar por los muertos, se beneficien al menos de los sufragios que en ese día ofrezcan los vivos por los difuntos en general, y dile que señale para esta conmemoración la fecha que sigue inmediátamente a la fiesta de Todos los Santos[16]”. Según Pedro Damián (biógrafo de San Odilón), esta celebración también se debió a que, en los alrededores de un volcán de Sicilia, se escuchaban a menudo voces y alaridos de demonios quejándose de que los vivos con sus limosnas y oraciones les arrebataban las almas de los muertos, por lo cual, Odilón dispuso celebrar anualmente en todos los monasterios de su jurisdicción la conmemoración de los fieles difuntos seguida de la fiesta de Todos los Santos. Esta práctica, según Damiano, se extendió posteriormente a la Iglesia universal[17].

A finales del siglo XV, los sacerdotes dominicos españoles establecieron la tradición de celebrar tres misas el 2 de noviembre, posteriormente, Benedicto XIV, entre 1740 y 1754, otorgó este privilegio a los sacerdotes de España, Portugal y América Latina, en 1915 Benedicto XV lo extendió a todos los sacerdotes.[18]

Las tradiciones indígena y europea

Las festividades del 1 y 2 de noviembre llegaron a México en el siglo XVI, de forma inmediata, poco tiempo después de la conquista española, fueron celebradas en las primeras iglesias fundadas por los franciscanos en Texcoco, Tlaxcala y en el convento grande de San Francisco en la ciudad de México. De acuerdo con Fray Toribio de Benavente “Motolinía”, entre los años de 1535 y 1540, “el día de los finados [Día de Muertos], casi por todos los pueblos de los indios dan muchas ofrendas por sus difuntos. Unos ofrecen maíz, otros mantas, otros comida, pan, gallinas, y en lugar de vino, dan cacao. Y su cera cada uno como puede y tiene, porque, aunque son pobres, liberalmente buscan de su pobreza y sacan para una candelilla[19]”. La fiesta de los Fieles difuntos[20], al igual que otras ceremonias católicas, fueron impuestas en las comunidades indígenas por los religiosos cristianos, destacando en sus crónicas la respuesta inusitada de los indígenas que, en su pobreza material, denotaban una profundidad religiosa desconocida por los europeos y que éstos equipararon a la de los primeros cristianos.

Lo que denominamos “culto a los muertos” o “culto a los antepasados”, corresponde a una elaborada y compleja escatología ancestral, consustancial a las culturas mesoamericanas, cuyas prácticas y significado desconocemos casi en su totalidad; constituyó una parte central de sus creencias religiosas, el pensamiento, la mitología, la cosmovision, el simbolismo y el esoterismo prehispánicos, cuyos testimonios encontramos en los monumentos, la escultura, la cerámica, en la pictografía de los códices y en los cotidianos hallazgos arqueológicos.

Sin embargo, aunque algunas prácticas perduraron en los siglos posteriores a la conquista y es posible encontrarlas aún hoy en día, no se sincretizaron con el culto católico de los Fieles difuntos, pues éste siempre se ha celebrado conforme a una liturgia que ningún clérigo o creyente puede cambiar ni modificar, solo el Papa tiene esta facultad y en condiciones muy específicas. La fiesta en torno al culto tampoco se modificó en los substancial pero, al erradicarse y prohibirse las ceremonias prehispánicas a los difuntos, de manera natural, todas las prácticas y creencias ancestrales se trasladaron a la celebración del 2 de noviembre, sin transgredir la liturgia católica establecida para este culto, es decir, en lugar de un sincretismo (una mezcla de factores exteriores), se llevó a cabo una síntesis (la unificación de los principios al interior del culto), pues aunque en los pueblos indígenas de forma velada continuaron con sus antiguas prácticas funerarias, con el tiempo éstas fueron adoptando formas cristianas, hasta fusionarse casi en su totalidad, ya que el pensamiento en ambas tradiciones coincidía en celebrar a los muertos.

En 1656, en palabras de Jacinto de la Serna, los indígenas “adulteraban la loable costumbre de la Iglesia en la conmemoración de los fieles difuntos[21]”; éstos solían preparar ofrendas y encender candelas en sus casas, lo cual hacían en la noche, también en las visitas y barrios no asistidos por ministros de la iglesia; porque el rito de ellos es ofrecer comida y bebida a los difuntos, de tal forma que amanecen bien comidos porque son ellos quienes se las comen y acontece que en la misa de los difuntos ya no hay candelas porque se han gastado en la mañana[22]. Los frailes denunciaron e intentaron erradicar las prácticas funerarias al exterior de los templos, pero esto fue una empresa imposible, no tuvieron otra opción que tolerarlo y aceptarlo en la mayoría de los casos.

Diego Duran, a dos décadas de finalizar el siglo XVI, se preguntaba, porqué los indios depositan un tipo de ofrenda en Todos Santos y otra diferente en Día de Muertos, las respuestas que recibió no aclararon sus dudas, pero confirmaron sus sospechas: “Dios sea verdad y que estén rayados de su memoria pero temo que no lo están en algunos porque como ellos tenían sus fiestas de difuntos, una de difuntos menores y otra de mayores, creo y puedo afirmar, que mezclaron algo de ello con nuestra fiesta de difuntos como mezclan con las demás cantando sus funerales responsos, llorando sus señores y dioses antiguos y porque no lo entendamos dicen que no se acuerdan ya de ellos[23]”.

[1] Esta aseveración fue sostenida por Elsa Malvido (1941-2011) en sus diversos estudios sobre el Día de Muertos en México.

[2] El culto a los mártires fue aceptado en el siglo II, pero no pudo ser instaurado por las persecuciones, no fue sino hasta la paz instaurada por Constantino que comenzaron a cobrar importancia las reliquias de los testigos de Cristo (los mártires), algunos obispos veían en este veneración excesiva el peligro de que se recrudeciera el paganismo. Eliade, 1999, p. 79.

[3] Vorágine, 1997, pp. 704-706.

[4] Agüeros, 1997, p. 173.

[5] Previamente, había sido instaurado el 21 de febrero, el día de la Feralia, el último día de Las Parentalia, la fiesta romana de difuntos que se celebraba del 13 al 21 de febrero; para conmemorar a los mártires, pero tuvo poco efecto, porque aún eran tiempos del emperador Diocleciano (284-305), famoso perseguidor de cristianos.

[6] Los santos eran modelos de vida para los fieles, intercesores ante Dios y también protectores de la Iglesia.

[7] Vorágine, op. cit., pp. 696-697.

[8] Vorágine, 2010, p. 660.

[9] La iglesia ortodoxa no aceptó este cambio, celebra el día de Todos los Santos una semana después del Pentecostés (originamente fiesta de la cosecha, también conocida como “fiesta de la siega” y “día de las primicias”), la fecha es variable entre los meses de mayo y junio.

[10] “Para los celtas precristianos, el 1 de noviembre, o el Festival de Samain , que marcó el final del verano y el comienzo del invierno, fue un símbolo de la muerte”. Evans-Wents, 1911, p. 657.

[11] En Britania: Allhallow Eve (víspera del día de Todos los Santos). Murray, 1978, p. 111.

[12] Mircea Eliade agrega además, que como parte de estos ritos, se celebraba un banquete en las tumbas de los muertos, lo cual, para los cristianos, anticipaba el festín escatológico en el cielo. El culto de los mártires prolongó esta tradición, Eliade, op. ct., p. 79.

[13] Smith, 2020.

[14] La relación entre las ceremonias de año nuevo y el culto a los muertos forma parte de un creencia casi universal en el mundo antiguo. Eliade, 2001, pp. 42-46.

[15] Frazer, 1981, pp. 713-714.

[16] Vorágine, 1997: 704.

[17] Idem.

[18] El Día de los Fieles Difuntos no existe en la iglesia protestante.

[19] Benavente, 2014, p.77.

[20] La costumbre de llevar alimentos a los templos, entregar fruta y comida preparada a los párrocos, antes y después de la fiesta de muertos, continúa vigente hoy en día en varias comunidades del país.

[21] De la Serna, 1892, p. 284.

[22] Idem.

[23] Duran, 1880, p. 115.

Todo un éxito la  XLVIII reunión  de cronistas  Jalisco- Michoacán y XIV Congreso de la SMHAG, en el marco del 462 aniversario de la fundación de La Palma de Jesús.

Juan Bruno Hernández * Reportero

17 de octubre de 2026.- En el marco del aniversario 462 de la fundación de La Palma de Jesús, Michoacán, población ribereña meridional del lago de Chapala, se dieron cita los miembros de la Asociación de Cronistas Jalisco-Michoacán y de la Sociedad Michoacana de Historia, Arqueología y Geografía, para llevar  cabo la XLVIII reunión biestatal y a la vez celebrar el décimo aniversario de la fundación de esta organización que reúne a cronistas de Jalisco y de Michoacán. Así como el XIV congreso de la SMHAG.

Estas actividades, fueron realizadas en el interior del bellísimo templo, parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, en el anexo de la capilla antigua de la hacienda de La Palma, un recinto que hoy muestra los trabajos de rehabilitación y pintura bizantina del hermoso y pequeño templo que fue de la hacienda desde 1795 hasta 1944 en que se construye el templo actual por el señor cura don Enrique Sánchez Navarro ,ilustre sahuayense.

La primera actividad fue  la coronación de la reina de los 462 años de la fundación de La Palma de Jesús. Salvador Meza Carrazco, en la primera intervención,  presentó una remembranza de tradición oral de la Hacienda de Guaracha y su influencia en la región de la ciénega de Chapala.

Luego tocó el turno, al cronista del Rincón de San Andrés, Gabriel Ramírez Segura, exponiendo la investigación que realizó  de la “Virgen de la Piedrita”  que existe en la comunidad de San Andrés y que gracias al pequeño cronista, se le ha dado difusión a este hallazgo, también presentó  un poema autobiográfico titulado «Yo».

En seguida se presentó la ponencia del ingeniero Santiago Manzo Gómez, del consejo de la crónica de Sahuayo,  titulada “4 y 5 de agosto de 1926 en Sahuayo” dando a conocer los acontecimiento de aquellos días de inicio de la Cristiada, así como narraciones y personajes de aquel evento sangriento. Resaltó las figuras de sacerdotes, mártires que cayeron en aquellos días.

La ponencia “El cine Estrella de La Palma de Jesús” por la licenciada Luz Andrea Montes Vázquez, nos mostró la tradición desde 1952 del cine estrella, su dueño, los operadores de las maquinas y su historia a lo largo de muchos años. Para concluir, regaló una serie de “cartulinas” originales publicitarias de diversas películas que se exhibieron  en la pantalla del cine.

Posteriormente el maestro Ramón García Lepe, de Mazamitla, presentó la ponencia titulada “cambios en los procesos fúnebres en Mazamitla” que llevo a los presentes a un viaje en el tiempo sobre las diferencias en circunstancias fúnebres en aquella población y cómo con el tiempo han cambiado todo el tradicional proceso.

Toco el turno al Israel Casillas Hernández, quien presentó la ponencia sobre Francisco Velarde y de la Mora, conocido como “El burro de oro” dueño de la hacienda de Buenavista en el siglo XIX haciendo precisiones sobre las investigación de su tía Bertha Guillermina Cerda, escritora del siglo XX y biógrafa de Velarde, interesante ponencia ya que presentó documentos relativos a la posesión de los restos mortales del Burro de Oro y la pérdida de los mismos, en el museo de La Moreña en La Barca, Jalisco.

Por último, el maestro Francisco Gabriel Montes, presentó un viaje en la historia de la Vicaría Fija de La Palma de 1913 a 1943, en que mostró las fotografías y las biografías de los sacerdotes, sus obras materiales y espirituales, que estuvieron durante este ciclo en La Palma de Jesús hasta llegar a Enrique Sánchez Navarro último vicario fijo y primer párroco.

En cuanto a la presentación del Libro “Cuentos y Leyendas de la Hacienda de La Palma” fue presentado por el maestro José Castellanos, destacando la figura del autor y el contenido de este, como una recopilación de la tradición oral de los pueblos. El autor, también agradeció a quien financió el proyecto. Realizó algunas precisiones sobre los relatos y regaló ejemplares a los presentes.

Al final, el Síndico Municipal, Lic. Francisco Jesús Montes Vázquez, estuvo presente  en representación de la alcaldesa de Venustiano Carranza, Mayela Macías Hernández, y el comité de festejos,  entregaron reconocimientos y nombramientos a nuevos integrantes de Ixtlahuacán de los Membrillos, Cojumatlán, Pajacuarán, Yurécuaro,  El Rincón de San Andrés  y otras poblaciones, también se les entregó una venera de la Asociación de Cronistas Jalisco-.Michoacán, por su parte el señor cura José Refugio Maravilla, agradeció la presencia de los participantes y resaltó la gran labor que realizan en la preservación de la historia de sus pueblos. Para concluir las actividades se sirvió una comida en el colegio parroquial.

Felicidades a todos los presentes y también al pueblo de La Palma por su hospitalidad y generosidad. y al señor Cura José Refugio Maravilla, párroco de La Palma de Jesús.

¿Aztlán en el lago de Chapala?

Francisco Gabriel Montes Ayala.

Lamina 15 número 3 del Código Aubin.

Orozco y Berra, en su libro de la Historia Antigua y de las Culturas Aborígenes de México, tomo segundo, libro primero, página 103, escribe acerca de Aztlán, la tierra desde donde se desprendió la peregrinación nahuatlaca para llegar al centro del país para fundar la antigua Tenochtitlán, según este prestigiado historiador, asegura que en el glifo del código Aubin, presentado en la lámina 15 número 3, desde donde los «mexi» se trasladan hasta el centro del país, es la isla de Mezcala en el lago de Chapala.

¿Pero qué dice el autor al respecto? Textualmente copiado afirma: “En la pintura original se distinguen lago e isla; en esta los determinativos de población calli y en medio el tecali coronado por el símbolo de la divinidad ahí adorada. Los elementos fónicos son atl  y acatl de los cuales sacamos A-acatl. Al pie del templo están dos figuras en reposo; un hombre que no tiene nombre; una mujer apellidada Chimalma, de la radical chimalli, escudo; según adelante se verá son los jefes de aquel lugar, más no marido y mujer, sino sacerdote y sacerdotisa encargados del culto. Atraviesan el agua intermedia entre la isla y la tierra firme por medio de barcas dirigidas por remos, cosa indispensable en un pueblo que vive rodeado del elemento líquido. Este es Aztlán a nuestra cuenta la isla de Mexcalla en el mar Chapálico” (Orozco y Berra, 1880).

Aztlán es “el lugar de las garzas”, notablemente Chapala, siempre ha tenido una gran cantidad de aves lacustres que validan la opinión de Orozco y Berra.

Aunque hay discrepancias, el análisis que realiza el historiador del siglo XIX, ha chocado con otras versiones, pero tanto Orozco y Berra como otros investigadores cómo Wigberto Jiménez Moreno que lleva a Aztlán hacia el estado de Nayarit, en la isla de Mexcaltitán, se coincide en que las dos versiones no tienen sustento científico absoluto y menos gozan de consenso, pero ¿Qué tal si Orozco y Berra tenía razón y Aztlán es la isla de Mezcala? una razón más para pensar que las tribus nahuatlacas que sobrevivieron a los movimientos poblacionales que llegaron al centro del Anáhuac, siempre estuvieron aquí, formando los cacicazgos que encontraron establecidos los castellanos que llegaron a esta región.

Bibliografía

Orozco y Berra, M. (1880). Historia Antigua y de las cutluras aborígenes de México. Fuente Culturas.

Intento desesperado, audiencia fallida

Centenario de la entrevista de la última oportunidad entre los obispos Leopoldo Ruiz y Pascual Díaz y el presidente Calles (21 de agosto de 1926)

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Hoy se cumplen cien años de la llamada «entrevista de la última oportunidad», celebrada entre los prelados Leopoldo Ruiz y Flores y Pascual Díaz y Barreto, y el primer mandatario mexicano Plutarco Elías Calles. El encuentro tuvo lugar en el castillo de Chapultepec, casi tres semanas después de la publicación de la tristemente célebre Ley sobre delitos y faltas en materia de culto religioso y disciplina externa, la “Ley Calles”, en el Diario Oficial de la Federación.

Fotomontaje alusivo al título de la entrada. Al centro, Plutarco Elías Calles; a la izquierda, Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores; a la derecha, Monseñor Pascual Díaz y Barreto. Al fondo, el castillo de Chapultepec, donde se celebró la entrevista. Edición de imagen hecha por la autora.

Desde dos días antes, el 19 de agosto, Calles había enviado esta contestación a una carta enviada por el Comité Episcopal Mexicano el día 16:

Señores José Mora y del Río y Pascual Díaz. Presentes:

Me refiero a su oficio de fecha 16 del presente, por el que en uso del derecho de petición que establece el Artículo 8 constitucional, solicitan del ejecutivo de mi cargo que interponga su influencia “para que sean reformados de la manera más efectiva” los artículos constitucionales que consideran ustedes contrarios a sus intereses, así como las prescripciones penales con que se les ha sancionado, y que, “en tanto se logra esta reforma”, se suspenda la aplicación del decreto relativo a dichas sanciones penales y de los mismos artículos de la Constitución, de modo se cree “una situación de tolerancia” contraria a las leyes.

Como la facultad de iniciar leyes o decretos compete, como lo señala el Artículo 71 de la Constitución, al presidente de la República, a los diputados y senadores, al Congreso de la Unión y a las Legislaturas de los estados, han ejercitado ustedes correctamente su derecho de petición al dirigirse a uno de los capacitados para iniciar leyes; pero debo decirles, con toda sinceridad, que soy el menos adecuado para atender esa petición, y para iniciar las derogaciones y reformas constitucionales que se solicitan, porque los artículos de la Constitución que se impugnan se hallan en perfecto acuerdo con mi convicción filosófica y política, por lo que no puedo ser yo quien presente ni apoye ante el Congreso General una iniciativa semejante (INEHRM, 2026).

La puerta de la negociación ya estaba cerrada, pero los obispos Pascual y Leopoldo –los mismos que en su momento dialogaron con Emilio Portes Gil– insistieron en tocarla una última ocasión y decidieron tratar de hablar personalmente con Calles. Eran, como se dice coloquialmente, las últimas brazadas de ahogado. Con ellas, ambos eclesiásticos buscaban evitar a toda costa la guerra que se cernía sobre el país de forma irremisible. Eso no obstaculizó, empero, que exageraran su postura conciliadora. En palabras del mismo Jean Meyer, «fueron muy lejos: protestaron de su respeto y de su amor por el presidente. Exaltaron su “labor gran diosa digna de todo elogio”, lo felicitaron por su “ecuanimidad” y por su “firmeza”. Presentaron disculpas, pidieron perdón, aceptaron críticas hasta poco fundadas; llegaron a decir que “nuestro pueblo es ignorante” y sus sacerdotes también» (s. f., pp. 109-110).

Plutarco Elías Calles, presidente de México.

Citamos, sólo como ejemplo, las palabras con las que Monseñor Leopoldo inició la entrevista:

“Mucho agradecemos a usted Sr. Presidente, que se haya dignado recibirnos; para nosotros esta entrevista tiene una gran trascendencia, porque esperamos de ella magníficos resultados; muchos deseos teníamos de hablar con toda liber tad con usted. […] Usted señor, hizo declaraciones magníficas a la prensa americana en que decía no saber por qué nosotros habíamos puesto el grito en el cielo —esta es la idea, de las palabras no respondo que sean iguales—, porque se obligaba al sacerdote a que se inscribiera cuando esto no obedecía sino a cuestiones de estadística. Ojalá que hubiéramos conocido esto antes pues en este caso ninguno de los obispos hubiéramos puesto resistencia” (pp. 111-112).

Incluso habiéndose conducido de esa manera, sin duda contradictoria con la posición categórica de la vehemente Carta Pastoral en la que decretaron la cesación del culto público y de cualquier acto litúrgico que requiriera la presencia de un presbítero, Calles no cejó. Con verdad, les dijo a ambos prelados: “Estamos perdiendo [el tiempo] inútilmente. Yo no me saldré del camino que ya está marcado por la ley” (p. 135).

Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores. Imagen: Arquidiócesis de León.

En cierto momento de la entrevista, ostensiblemente airado, el presidente incluso acusó falsamente a los sacerdotes de Sahuayo de haber soliviantado a la gente y les imputó los acontecimientos del 4 de agosto de 1926, cuando la gente, enardecida, se enfrentó a la milicia federal para tratar de impedir que los templos fueran clausurados:

Monseñor Pascual Díaz y Barreto. Imagen: DeTabascosoy.com

“Con respecto a la actitud del clero dentro del país, es bien sabido que ha estado incitando a la rebelión; entre ese clero están los sacerdotes de Saguayo, y con toda sinceridad les digo que si esos sacerdotes llegan a ser aprehendidos por las fuerzas federales serán fusilados porque son responsables de haber institado (sic) a la rebelión causando derramamiento de sangre. Ellos son los directamente culpables de los acontecimientos acaecidos en Saguayo, en que perdieron la vida varios hombres” (p. 113).

Desde aquel momento, cuando el movimiento cristero se hallaba aún en ciernes, el nombre de la actual Capital de la Ciénega, a la sazón Sahuayo de Díaz, ya resonaba con intensidad. Cabe decir que, al preguntar el Obispo de Zamora al párroco de Santiago Apóstol, D. Pascual Orozco, sobre los sucesos, éste dijo que los presbíteros locales no tomaron parte en la reyerta y que, por el contrario, uno de ellos había recibido una bala perdida en la pierna, hallándose fuera de su casa: el P. Ignacio Sánchez Sánchez (tío carnal de San José Sánchez del Río).

Plaza de Sahuayo de Díaz en 1924, dos años antes de los sucesos de agosto de 1926. Instantánea perteneciente al Archivo fotográfico Guerrero.

Las disposiciones apaciguadoras de Díaz y de Flores contrastaron sin cesar con el ánimo incisivo de Calles. A cada propuesta mansa e incluso condescendiente de los primeros, el general sonorense replicaba con acritud. Llegó el punto en el que Pascual Díaz, quizá viendo que los minutos corrían y no se obtenía nada fructífero, expresó:

“Ya le hemos manifestado con toda sinceridad que no es cuestión de amor propio; nosotros estamos dispuestos a sacrificarlo todo menos nuestros principios” (p. 136).

Y Calles impugnó que ellos no querían sacrificar los suyos, pero sí que el gobierno renunciara a los propios.

“No, señor” contestó el obispo de Tabasco, “no le decimos que sacrifique sus principios pero sí tratamos de encontrar una manera de que nosotros podamos cumplir esa ley sin faltar a nuestros principios y sin desdoro del Gobierno. Así es, pues, que suplicamos al señor Presidente de la manera más respetuosa que por el momento espere” (p. 136).

¿A qué, se preguntará el lector? El mismo Calles les lanzó la interrogante a los prelados. Y la respuesta fue: “a suspender los efectos de esa ley” (la Ley Calles).

El resultado, como ya se sabe, no fue positivo, sino todo lo contrario: el presidente, tan tajante como siempre, les dijo a los prelados que no tenía intención alguna de modificar las leyes y que sólo tenían dos alternativas: tratar de modificarlas o recurrir a la rebelión:

“Ya les he dicho ustedes no tienen más que dos caminos: sujetarse a la Ley, a la Ley, pero si ésta no está de acuerdo con sus principios, lanzarse entonces a la lucha armada y tratar de derrocar en esta forma al actual Gobierno, para establecer uno nuevo que dicte leyes que armonicen con la manera de pensar de ustedes; pero para este caso les repito que nosotros estamos suficientemente preparados para vencerlos” (pp. 136-137).

En efecto, y como se los dejó claro en diversos puntos de la conversación, el régimen callista mantendría las legislaciones vigentes en materia religiosa. Y la jerarquía eclesiástica, al menos en ese instante, tampoco transigiría: ni los cultos, suspendidos desde el domingo 1° de agosto a raíz de la Carta Pastoral Colectiva del 25 de julio, se reanudarían, y los sacerdotes tampoco se registrarían ante las autoridades para ejercer legalmente su ministerio.

La historia que siguió a aquel fracaso diplomático ya se conoce a estas alturas. Una vez agotados todos los recursos pacíficos y legales, los levantamientos espontáneos de pequeños grupos de católicos continuaron. Al mismo tiempo, los efectos del boicot económico impulsado por la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR), émulo del que ya se había llevado a cabo en Jalisco en 1918 bajo la guía y acicate de líderes católicos prominentes –entre ellos el hoy Beato Anacleto González Flores– se dejaban sentir con intensidad, aunque no la suficiente para doblegar al gobierno y orillarlo y a modificar los artículos antirreligiosos y anticlericales de la Carta Magna.

Eso sin contar que, desde hacía tres semanas, tras la suspensión del culto público a nivel nacional, ya se habían producido reyertas en diversos puntos del país, entre ellos la Capilla de Jesús y el Santuario de Guadalupe en Guadalajara, en Cocula (Jalisco) y en Sahuayo de Díaz, como ya se ha abordado en otras entradas.

No está de más afirmar que, una vez que la Cristiada estalló formalmente, y planteado el tema de la licitud moral de la resistencia cristera, las palabras del presidente en cuanto a los caminos a tomar ante la persecución y el conflicto fueron traídas de nuevo a colación. Si alterar los artículos constitucionales por la vía legal había fallado, con manifestaciones pacíficas y demás tácticas incluidas, y a la luz de los aciagos acontecimientos, los católicos mexicanos creyeron que el único sendero que quedaba fue, justamente, el señalado por el político de Guaymas.

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Bibliografía:

INEHRM (2026). Diario de la historia. 19-agosto-1926. Respuesta del presidente Calles a los obispos. https://www.facebook.com/inehrm.fanpage/posts/diariodelahistoria19-agosto-1926respuesta-del-presidente-calles-a-los-obispos-el/1518636150293423/

Meyer, J. (s. f.). La entrevista de la última oportunidad. Relaciones. El Colegio de Michoacán.

La imagen de la Guadalupana que fue apuñalada en Morelia (1921)

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

En el mes de mayo de 1921, específicamente el día 8, hace poco más de ciento cinco años, un grupo de militantes bolcheviques irrumpió en la Catedral de Morelia y dañó a cuchilladas una imagen de la Santísima Virgen de Guadalupe.

Fotomontaje alusivo al contenido del presente artículo, en el que se muestra la imagen que fue profanada por los socialistas el 8 de mayo de 1921. En la mitad inferior derecha se aprecia la Catedral de Morelia. Edición realizada por la autora.

Antes de perpetrar aquel acto sacrílego, los atacantes izaron la bandera rojinegra en lo alto del sagrado recinto. Al igual que hizo Miguel Gómez Loza en Guadalajara –véase la entrada Cuaresma roja en Guadalajara, en esta misma página–, un obrero llamado Joaquín Cornejo tuvo la valentía de subir y quitarla, y posteriormente quemarla. En la iglesia principal de la capital michoacana no ondearía aquel lábaro.

Enfurecidos, los socialistas exigieron a Maximiliano López, sacristán, que les dijera quién había arrancado la enseña rojinegra. No consiguieron contestación, por lo que amenazaron e injuriaron a López. Éste, lleno de temor por el daño que pudieran infligirle, creyó poder refugiarse en la Catedral… pero fue seguido por los bolcheviques, quienes no sólo irrumpieron en el inmueble religioso sin respeto alguno, sino también en la Capilla del Sagrario. Allí se hallaba, sobre la pared, la imagen de la Morenita. Con odio y rabia desbordados, los socialistas dañaron la imagen a cuchilladas y abrieron dos profundas rasgaduras en la sección inferior. Una perjudicó parte del marco y la media luna, yendo hacia la figura del ángel que sostiene a la Reina del Cielo.

Cuatro días después de lo ocurrido, justamente airados, los católicos llevaron a cabo una manifestación a fin de externar, pública y categóricamente, su devoción a la Morenita del Tepeyac y protestar por los acontecimientos del 8 de mayo. Cabe decir que el día 11 habían proyectado hacer una peregrinación, pero los agentes policiales lo impidieron alegando que constituía una violación del artículo 24 de la Constitución Política, en el cual, textualmente, se leía:

Todo acto religioso de culto público deberá celebrarse precisamente dentro de los templos, los cuales estarán siempre bajo la vigilancia de la autoridad (1917, pp. 23-24).

Catedral de la ciudad de Morelia, donde los socialistas izaron su bandera en mayo de 1821. En su interior se encontraba la imagen de Santa María de Guadalupe que profanaron posteriormente.

Las autoridades del gobierno del Estado de Michoacán, a la sazón encabezado por Francisco J. Múgica, connotado anticlerical y jacobino, no permitieron que la manifestación se efectuara de modo pacífico. Por el contrario, a fin de dispersarla y acallar los continuos vítores a Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe que proferían los fieles, la policía y los soldados abrieron fuego contra la multitud inerme. De nada valió que un hombre llamado Julián Vargas encarara al jefe de la policía y externara que, como ciudadanos de un país libre, tenían el derecho –siempre y cuando no trastocaran el orden público– de manifestar de alguna forma su descontento por los agravios cometidos contra la imagen.

Varios fieles murieron –cuatro varones y dos mujeres– y otros tantos quedaron lesionados por los proyectiles. Los caídos fueron Julián Vargas, Rómulo González Figueroa, Felipe López, el ya mencionado Joaquín Cornejo, Crescenciana Cerrillos y María González.

La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe fue restaurada al cabo de un tiempo, por lo que las huellas de las puñaladas apenas son visibles. Actualmente se resguarda en la Rectoría de Santa Catalina de Siena, llamado el templo de “Las Monjas”, en la misma ciudad de Morelia. Allí mismo fue coronada, el 12 de diciembre de 1945, por Monseñor Luis María Altamirano y Bulnes.

Rectoría de Santa Catalina de Siena («Las Monjas») en Morelia. Aquí se resguarda la imagen de la Virgen de Guadalupe que los socialistas apuñalaron, ya restaurada.

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Bibliografía:

Rius Facius, A. (1963). La Juventud Católica y la Revolución Mexicana: 1910-1925. México: Jus.

Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos (1917). constitucion1917.gob.mx/work/models/Constitucion1917/Resource/246/1/images/const1917.pdf

Juan Andrew Almazán en la nostalgia del hubiera y el quizá…

Analisís de un libro por Eduardo Soriano Suverney.

Novela y Narrativa Histórica México

En la nostalgia del «hubiera» y el «quizá» de los que lo apoyaron hasta con su vida en la lucha cívica por un México mejor, gobernado por él, es todavía polémico porque, acaso hay una memoria más popular e impopular, más pletórica de opiniones a favor o animadversión, que suscita pasiones más encontradas que su figura? La historia de la Revolución entre 1909 y 1940 recordará que ciertamente fue uno de sus personajes más singulares y controvertidos.


Juan Andreu Almazán de Josefina Moguel Flores


12 de Mayo, aniversario del natalicio de Juan Isidro Andreu Almazán. Fue bautizado en Olinalá, Guerrero, el 15 de mayo de 1891. Su padre apuntó en su libreta que Juan había nacido el 12 de mayo a las 9 de la noche. Almazán condensa en su persona las contradicciones de la Revolución Mexicana: épica y vergonzosa a la vez. En efecto, es el ejemplo más representativo del hombre cuya astucia le permitió sobrevivir a la Revolución y vivir de ella, pasando por encima de ideales y causas nobles. Sin importar sus constantes cambios políticos, sus vaivenes y coqueteos con las más dispares posiciones ideológicas —fue maderista, huertista y zapatista—, sus aspiraciones personales lo condujeron, incluso, a ser candidato a la presidencia compitiendo contra el general Manuel Ávila Camacho.


El general de división luchó treinta años como revolucionario, guerrillero, rebelde, jefe de insurrectos y general del Ejército Nacional en diversas e increíbles condiciones. Su presencia como rebelde entre 1910 y 1919, y como sostén del Estado nacional entre 1920 y 1939, denotan el malabarismo que tuvo que ejercitar para sobrevivir a los distintos «ismos» revolucionarios a los que perteneció: como perdedor y vencedor, o bien como antihéroe y etiquetado de “traidor”, pero innegablemente siempre cubierto con el uniforme militar, luchando por lo que, a su entender, era hacerlo por la Revolución.


Paradójicamente, Almazán ha trascendido por su fama de demócrata al haber sido despojado de la presidencia mediante un monumental fraude electoral. Una vez que decidió no encabezar la lucha armada en reclamo del Ejecutivo, no tuvo más remedio que vivir bajo el juicio de sus compatriotas. «No derramar sangre»: en esto se resume su actuar. Posteriormente, resentiría la pérdida de varios negocios, especialmente la del Ferrocarril del Sureste, así como la incautación gubernamental de propiedades en Acapulco y la Ciudad de México. Sin embargo, tuvo la valentía de permanecer en el país y proseguir su vida, eso sí, como él mismo se definió: “paria en su patria”.
En sus últimos años, el «almazanismo» se desvaneció como un eco de lo que pudo haber sido una transición democrática temprana. El general se convirtió en una figura espectral que cargaba con el estigma de la derrota y el peso de una riqueza que no pudo comprarle el reconocimiento histórico que tanto anhelaba. Al final, su figura queda suspendida en el claroscuro de la historia: para unos, un traidor pragmático que vendió su movimiento a cambio de paz; para otros, el hombre que evitó una nueva guerra civil.
Murió el 9 de octubre de 1965 por complicaciones postquirúrgicas; persiste, hasta hoy, el rumor de que su muerte pudo haber sido provocada.

La «venerabilísima imagen» del Señor del Perdón de Cojumatlán, una historia y una tradición.

Francisco Gabriel Montes Ayala

Desde que se tiene memoria, y después de la evangelización hacia 1530 por fray Jacobo Daciano y sus compañeros, Fray Juan de Padilla y Fray Bartolomé de Estrada, todos los investigadores y quienes hemos escrito la historia del Señor del Perdón, coincidimos en que se encontró la imagen en un camichín en 1532 y que fue fue Fray Jacobo Daciano quién lo descubre en aquel árbol frondoso.

El Señor del Perdón en su altar. Fotografia de Francisco Gabriel Montes.

Esta imagen, tuvo por muchos siglos como nombre, la advocación de «El Señor del Camichin» por el origen de la madera que fue trabajada y pulida por uno de los primeros talladores de madera del pueblo de Cojumatlán. Se cuenta también, que se veía por las noches, que el camichín se iluminaba donde estaba formado el cristo entre sus ramas.

Con el paso del tiempo, el Cristo de Cojumatlán estuvo en la capilla del hospital de indios, fue una imagen muy venerada por la comunidad indígena y durante la guerra de independencia, cuando el vicario de Cojumatlán, Marcos Castellanos se hizo el líder de la resistencia mezcalteca, los realistas quemaron el pueblo y se llevaron el Cristo del Camichín a la población de Chapala, donde José Santana y los insurgentes de Castellanos, entran y lo rescatan llevándolo a la Isla de Mezcala, donde estuvo hasta 1817 que vuelve a Cojumatlán con la entrega de las islas rebeldes.

Fue el padre don José Dolores Zepeda, originario de Cojumatlán, que en los años de la guerras federalistas, le cambia el nombre de la advocación y le pone Señor del Perdón, por «las faltas cometidas en las guerras» y siendo cura coadjutor de Sahuayo, inician las fiestas el 3 de mayo de 1839, siendo vicario José Antonio Sánchez Nieto. Ya en el siglo diecinueve se menciona en diversos documentos de licencias para celebrar y exponer el santísimo sacramento para sus fiestas, como «venerabilísima imagen del Señor del Perdón».

El Padre Eufemio Zepeda hermano de don Esteban, que estuvo también en Cojumatlán, le dio especial énfasis a la fiesta del Señor del Perdón, pero sin duda alguna que fue Heliodoro Moreno Pantoja, primer cura de Cojumatlán, por casi 45 años, que conformó la fiesta como la conocemos hoy y obtuvo el patronazgo de la parroquia como del Señor del Perdón, dejando atrás su antiguo nombre de Santa María de la Asunción. Todos los señores curas que han estado en la nómina de la parroquia cojumatlense, han seguido la tradición de las festividades del 3 de mayo.

Hoy el actual párroco Gerardo Díaz Rosas, sigue con esta tradición a menos de un año de su toma de posesión como Cura de Cojumatlán.

Próximamente estaré presentando la historia documentada de la imagen del Señor del Perdón de Cojumatlán.

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Sahuayo bajo fuego cristero (Parte II).

Francisco Gabriel Montes Ayala/Francisco Jesús Montes Vázquez

Así fue que el primer amago a Sahuayo, se dio el 24 de octubre de 1927[1] por lo que se alertaron las defensas sociales, mientras por todo el estado se encendía la guerra cristera y en su totalidad los municipios estaban amagados por fuerzas rebeldes.

El primer ataque formal se da el 14 de noviembre, cuando atacan el retén del Santuario, un parapeto que habían construido con costalera de tierra en la zona poniente del templo e incluso, en las alturas del edificio se tenían vigías y algunos tiradores; el 18 de noviembre  informa Ismael Silva al secretario de guerra el general Joaquín Amaro,  lo siguiente: “comunicando a usted, que rebeldes tirotearon retenes en esta y fueron perseguidos por miembros de defensas, llegando hasta San José de Gracia”[2] Aunque escueto, es la primera vez que se ataca a Sahuayo, sin que den más detalles que la noticia.

A los pocos días, un grupo de cristeros con Jesús Degollado a la cabeza incursiona por el sur de Jalisco y ataca San José de Gracia, fusilando  a dos vecinos  que “traían salvoconducto de la presidencia”[3]. La misión de Degollado era investigar a Sánchez Ramírez, por algunas situaciones de desconfianza, que se disiparon posteriormente.

Todo ese mes y los primeros días de diciembre las fuerzas cristeras amagaban Sahuayo y se tiroteaban en puntos cercanos, entraban los cristeros a La Palma, a San Pedro Caro, a la Yerbabuena, a la Tuna Manza, al Ojo de Agua y otras pequeñas poblaciones del municipio, que mantenían a la defensa agrarista en constante movimiento, así como a los refuerzos federales que los acompañaban en las expediciones en busca de grupos cristeros.

 El 12 de diciembre informa el presidente de un ataque más formal y dice el general Juan Domínguez, que “los mayores Martínez y Nava que andaban en expedición, se tirotearon con el enemigo en el Santuario, quienes a los primeros tiros huyeron, dejaron dos muertos y nosotros un herido, un soldado del 50º Regimiento”[4] el número de cristeros no se menciona, pero los amagos y los tiroteos se hacían a cada rato, la defensa ya estaba siempre alerta de lo que pudiera pasar y por lo menos no los dejaban ni dormir.

En enero de 1928, las fuerzas cristeras del General Ignacio Sánchez Ramírez, comienzan un asedio a la población de Sahuayo más persistente. Era necesario amagar a Sahuayo y distraer las fuerzas establecidas en Jiquilpan, para atacar otros puntos con las guerrillas.  El primer ataque fue a Guarachita, por fuerzas de Pancho Meza, donde dice que: “ entraron a este lugar los rebeldes al mando de Francisco Meza Gálvez, en número aproximado de 200, robándose los fondos de las oficinas de correos y del timbre, caballos y armas; desarmando a la policía y rompiendo estante que contenía el archivo del ayuntamiento y retirándose dos o tres horas después”[5]. Así de fácil estuvo la entrada al actual Villamar, allí no había defensa, y los cuatro o cinco policías no eran suficientes para detenerlos.  

El 4 de enero el presidente informaba que el día anterior, es decir el día que entró Pancho Meza a Guarachita,  había sido atacado Sahuayo por una partida de rebeldes “que merodean en las cercanías de este lugar, dispersándolos con las Defensas Civiles ( de San Pedro Caro, Cojumatlán y Sahuayo) parte de las cuales siguió en persecución de aquellos” el ataque llegó por la zona alta de la población, en un ataque frontal que hizo que los cristeros entraran por el lado poniente, muy cerca del Santuario de Guadalupe, sorprendiéndolos. Dos cristeros cayeron muertos, y que no identificaron, colgándolos en la plaza, “exponiéndolos ambos cadáveres en el mismo sitio” decía Silva.

Lo que podemos interpretar es que Sahuayo para ese momento, el presidente municipal Ismael Silva se sentía débil, por lo que el plan cristero estaba en marcha, las defensas de Cojumatlán y San Pedro Caro estaban en Sahuayo reforzando a la cabecera municipal, por lo que se desguarnecían aquellas poblaciones. Las fuerzas volantes del ejército federal solo se movilizaban de un pueblo a otro, los cristeros y sus espías sabían de los movimientos de los enemigos y trataban de impedir un ataque frontal, principalmente por la falta de parque; sin embargo, los cristeros comenzaron su actividad en otras poblaciones con ataque guerrilleros de “pega y corre”, como lo refieren las operaciones militares de la secretaría de guerra. Una de las noticias que impactó al gobierno de Francisco García, quien en los primeros días de enero había entrado como edil de Sahuayo,  fue la muerte de Eufemio Ochoa, quien era el jefe de la Defensa de Sahuayo, el mismo presidente municipal informaba que “Fuerzas salieron ayer en busca de rebeldes, lograron tener contacto con fanáticos posesionados de Cojumatlán, en número de doscientos aproximadamente a las once horas se cambiaron los primeros tiros combatiendo por tres horas, después de las cuales logró quitarles el pueblo; no obstante haber sido en número cinco veces mayor; haciéndoles al enemigo unas quince bajas aproximadamente; pues no se levantó el campo debido al temor de un contraataque.  Por nuestra parte lamentamos sentidamente la muerte del Jefe de la Defensa, C. Eufemio Ochoa, viejo luchar y revolucionario, así como un soldado del 73º regimiento, heridos el segundo jefe de la defensa y el asistente del C. Diputado ( refiriéndose a Picazo).  

En la acción la defensa consumió dos mil cartuchos”[6] La muerte de la Chiscuaza fue un duro golpe para la defensa, a tanto que el enojo se siente en el telegrama que envía García informando los hechos cuando dice de Cojumatlán: “Pueblo sustraído a la acción del gobierno desde un principio, se ha portado bastante mal, siendo constantemente madriguera de estos cristeros, se requiere un merecido castigo ejemplar”[7].

©Todos los derechos reservados de autor. Francisco Gabriel Montes Ayala y Francisco Jesús Montes Vázquez 2025.


[1] Idem., documento 9839

[2] Idem. Exp. 1927 XI, documento 0004 fechado del 18 de noviembre de 1927

[3] Idem. Documento fechado del 20 de noviembre de 1927, documento 0016

[4] Idem. Documento del 12 de diciembre de 1927, Exp. 1927 XII- documento 0028

[5] Idem. Doumento fechado del 5 de enero de 1928 Exp. 1920 I documento 0049

[6] Exp. 1928 I- ofico fechado del 9 de enero de 1928 enviado al general Secretario de Guerra y Marina. Documento 0180.

[7] Idem.

Sahuayo bajo fuego Cristero (Parte I)

Francisco Gabriel Montes Ayala / Francisco Jesús Montes Vázquez.

Muchos hombres de Sahuayo se habían unido a los cristeros de los Altos, en los primeros meses de los levantamientos en Jalisco en 1926; Sahuayo había sido uno de los pueblos en todo México, que se levantaron contra la determinación de la aplicación de la ley Calles. Los sacerdotes de Sahuayo determinaron cerrar los templos atendiendo la petición del episcopado mexicano de concluir el culto, como modo de protesta ante la aplicación de tal ley.

El mismo Calles en una entrevista con Leopoldo Ruiz y Flores y con don Pascual Díaz en el Castillo de Chapultepec, menciona a Sahuayo y el motín del 4 de agosto, lo que suscitó una serie de documentos enviados en una investigación especial, para evitar, que se quitara de la cabeza del mandatario, que dos sacerdotes habían incitado a la rebelión; Calles había sentenciado de antemano a los dos curas, que creemos eran Ignacio Sánchez y Alberto Navarro,  cuando dijo “He dado orden que se fusilen donde quiera que se les encuentre”[1]. Los informes tanto del Obispo Fulcheri de Zamora, como del presidente municipal Ismael L. Silva, dejaron en claro que no participaron los sacerdotes en el motín. Sahuayo estaba en la mira desde los primeros días de la desobediencia católica.

Los primeros alzamientos en la región de la ciénega se dan en diciembre de 1926, cuando el ex zapatista Pancho Meza Gálvez, se levanta en la zona de Jaripo y San Antonio Guaracha; en el estado también la cristera sería un bastión tan o más poderoso que Jalisco. Miles de documentos comienzan a fluir en la Secretaría de Guerra en levantamientos en el 90% de los municipios de Michoacán de aquel tiempo. Desde Huetamo hasta Coalcomán, desde la tierra caliente a la sierra michoacana, Uruapan y su región, Los Reyes y Cotija, las tres regiones purépechas; la zona de Pátzcuaro, Quiroga, hasta el lago de Cuitzeo, el valle de Zamora, La Piedad, Zacapu y su región, son teatro de levantamientos y todo más, cerca de Morelia. Surgen jefes cristeros en todos los rumbos desde enero de 1927. Cotija se alza en armas el 7 de marzo y atacan en dos columnas, una de Prudencio Mendoza que toma la población de Cotija, despojando a los federales de armas y pertrechos; la otra atacando Los Reyes bajo el mando del general Maximiano Barragán.

Los primeros alzados sahuayenses que formalizaron su levantamiento fue la gente de Gerónimo González, que el 4 de abril de 1927 se fueron al cerro;  aunque otras fuentes como el propio Sánchez Ramírez, en sus memorias dice que fue el 27 abril, lo cierto que los primeros cristeros en grupo habían salido ese mes al Montoso, para entrevistarse con Prudencio Mendoza, que ya operaba como jefe del levantamiento entre Cotija y Quitupan.

En esos días de abril, Ignacio Sánchez Ramírez, era nombrado general por la Liga, por el ingeniero Luis Segura Vilchis en México, a donde había acudido por pedido de Anacleto González Flores. Así que el mando del sector I fue para el general Sánchez Ramírez, un hombre de tan solo 26 años de edad. Aunque no hubo una respuesta favorable para él, lo rechazaron los jefes cristeros de Cotija, principalmente Prudencio Mendoza, que consideró que “un chamaquito no lo iba a mandar a él”, sin embargo, el general sin ejército se va para Quitupan y allí comienza el alzamiento al llamar a todos los grupos dispersos a la autoridad del control militar de la Liga Nacional de la Defensa Religiosa.  

El siguiente levantamiento fue en Cojumatlán, según informes oficiales, la defensa de ese lugar con 40 hombres se apoderaron de todo el material de guerra y se habían declarado por la cristera así como  pobladores de aquella comunidad, e informan al secretaría de guerra  el 9 de julio, que un día antes se habían levantado, es decir el día 8;  dos días después se alzan los de San José de Gracia[2].

Pero Sahuayo parecía intocable, habían atacado ya varios pueblos, hasta que Sánchez Ramírez decide  tomar su pueblo natal con sus fuerzas y se concentran en atacar la plaza donde solo había defensa civil y algunos militares, dependientes de Jiquilpan.

Continuará


[1] Entrevista de Calles, con los Obispos el 21 de agosto de 1926, publicado por Consuelo Reguer en Dios y Mi Derecho tomo I Los incios 1923-1926 editorial Jus, página 174.

[2] ADN, Operaciones Militares, exp. 1927-51 documentos relativos a los alzamientos 8621 a 8649 clasificación digital del AHP-FGMA.

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