Origen del día de muertos (última parte)

Víctor Joel Santos Ramírez -Revista del INAH

Las veintenas dedicadas a los muertos

Las prácticas mortuorias en la época prehispánica tuvieron diversas características y las fechas de las celebraciones de sus difuntos también debieron de haber sido desiguales, solamente conocemos los datos más o menos precisos, aunque con algunas discrepancias, de la tradición funeraria que se practicó en el centro del país poco antes de la llegada de los españoles y por la pictografía de los códices, podríamos decir que se extendió a otras regiones, como la mixteca, pero en general, estas celebraciones están muy lejos de parecerse o de haber influenciado al Día de Muertos de la época novohispana, como algunos autores lo han asegurado. Es importante mencionar, que este calendario, al igual que otros mesoamericanos, corresponde al ciclo anual de 365 días, por lo tanto era solar, pero sus divisiones o veintenas tienen correspondencia lunar, ya que regía el ciclo vegetativo-agrícola y todo lo que ello conlleva, como el nacimiento y la muerte.

El caso al que nos referimos es el de la cultura mexica, en cuyo calendario anual de 18 veintenas (Xiuhpohualli), hubo por lo menos cuatro de éstas en las que se llevaban a cabo celebraciones funerarias[24], estas veintenas[25] son la octava: Miccailhuitontli (Fiesta pequeña de los muertos), la novena: Huey Miccailhuitl (Gran fiesta de los muertos), la decimo tercera: Tepeilhuitl (Fiesta de los cerros) y la decimo sexta. Tititl (encogimiento o envejecimiento).

Las dos primeras, las cuales llevan en su denominación el prefijo “micca” [26], se celebraban de forma seguida en el otoño, entre los meses de agosto y septiembre, la primera era una fiesta menor, relacionada con los muertos pequeños (los niños muertos que moran en el Cincalco), pero también como preparación y preámbulo de la fiesta mayor de los difuntos, dedicada a los guerreros muertos que acompañan a Huitzilopochtli y moran en la “casa del Sol” (Tonatiuh ichan[27]); la décima tercera veintena, Tepeilhuitl, se celebraba entre los meses de octubre y noviembre, por lo tanto marcaba el fin del otoño e inicio del invierno, la época de la cosecha de maíz conforme al ciclo agrícola, estaba dedicada a los cerros y a sus moradores, las deidades del agua: Tláloc, Chalchihuitlicue y sus hermanos los tlaloques. En esta fiesta se hacían imágenes (representaciones de manojos de madera vestidas con mantas) de las personas que fallecieron ahogadas (o por enfermedades acuáticas) y que fueron enterradas (no se incineraron), las cuales se colocaban en altares[28], son las almas que habitaban el Tlalocán, el paraiso terrenal de acuerdo con Sahagún.

Finalmente la veintena Tititl, que de acuerdo con de la Serna, iniciaba en el solsticio de invierno[29], marcaba el fin del año (ciclo solar), en ella se celebraba a la poderosa Cihuacóatl y era la fiesta de los finados, a quienes se recordaba cada año a través de una ofrenda en memoria, en la que se colocaba, sobre un petate, una imagen representando al difunto (un manojo de ocote vestido con una manta o camisa, con nahuas si era mujer, junto con escudillas, pucheros y otras cosas de casa), sentado sobre un equipal y si había sido señor o valiente hombre, vestíanle de una manta rica, le colocaban el bezote que utilizaba en las fiestas, el atado de plumas sujeto atrás de la cabeza y muchos perfumes; frente a esta representación se colocaba mucha comida, la cual era convidada a los principales, al finalizar, se encendía la tea y se quemaba todo[30]. Esta celebración se llamaba quixebilotia (en memoria) y la hacían cada año los hijos o parientes[31], al parecer, estaba dedicada a quienes habían tenido una muerte natural (habían llegado al sol poniente), por lo tanto, el cielo que les correspondía era el Mictlan. Esta celebración coincidía con el final y el inicio del ciclo anual solar, con el “año viejo” y la evocación a los muertos, como en otras tradiciones funerarias.

Figura 7..Lámina 69 Quixebilota (en memoria) ceremonia funeraria de la veintena de Tititl, códice Magliabechiano.

Todas estas fiestas desaparecieron con la conquista española, fueron prohibidas y erradicadas por la iglesia católica, siendo muy difícil que se hayan conservando vestigios de ellas después del exterminio, sometimiento, muertes epidémicas, control social e ideológico, al que fueron sometidas las culturas originarias durante 300 años[32]. No obstante, muchas de estas antiguas creencias se conservaron bajo formas cristianizadas y tal vez más auténticas, en las comunidades indígenas, resguardadas infranqueablemente por la propia lengua y la tradición oral. La fiesta del 2 de noviembre fue depositaria de las antiguas creencias funerarias, pero el culto, la fiesta y parafernalia continuaron practicándose de forma sigilante, sin cambios profundos, durante los siguientes dos siglos, en una sociedad novohispana profundamente religiosa, hasta llegar a los siglos XIX y XX, periodos mejor documentados que los anteriores y donde es posible apreciar, la gradual decadencia en que fue cayendo esta fiesta en sociedades en las que perdió importancia su sacralidad, adquiriendo mayor importancia sus aspectos profanos.

La fiesta entorno al culto, siglos XIX y XX

Las características que hoy en día distinguen a la celebración del Día de Muertos, con el colorido y dimensiones de los altares, los arreglos de flores, papel picado, el pan de muerto, frutas de temporada, alimentos preparados, los dulces de calaveras, las ricas ofrendas en los panteones, etc., parecen evocar al mundo prehispánico, pero como veremos a continuación, la mayoría de estos componentes que creemos de origen mexicano, tienen sus antecedentes en la celebración de estas fiestas en Europa.

Las fiestas del 1 y 2 de noviembre son celebraciones religiosas que se conmemoran con misas especiales de difuntos, son días de luto para los cristianos. En el día de Todos los Santos, prácticamente desde que surgió esta fiesta, hubo una inclinación a venerar las reliquias de los mártires y santos[33] (fragmentos o huesos completos), los cuales eran presentados a los fieles este día en las iglesias. En México, en el siglo XIX, los pobladores de la capital concurrían el Día de Todos los Santos a los templos para “visitar las reliquias de los bienaventurados que en ellos se veneran[34]”, en la Catedral, por ejemplo, se exhibían las reliquias de San Primitivo, San Teófilo y Santa María; también en los templos de la Colegiata, Loreto, la Enseñanza (un hueso del dedo pulgar de San Juan Nepomuceno), Santa Teresa la Antigua, Santa Teresa la Nueva, Balvanera, la Concepción, la Encarnación, la iglesia grande de San Francisco y en el Tercer Orden[35], era posible visitar todos estos templos en este día, conocer presencialmente a las reliquias y hacerles peticiones, ya que se tenía la creencia de que eran milagrosas. Las reliquias llegaron de España a México, desde su arribo al puerto de Veracruz fueron acompañadas con música y cantos, en los pueblos fueron recibidas con arcos de flores[36].

En los reinos católicos de León, Aragón y Castilla se elaboraban panes imitando a las reliquias, “los huesos de santos pudieron ser unas canillas especiales con miel, pero los hubo para cada parte del cuerpo que se veneraba, cráneos, astillas de huesos, esqueletos completos, en la parte catalana se hacían con almendras y se le les conocen como panallets[37]”, también se hacían de mazapan, en Italia los huesos se hacían con pasta de almendra, también se elaboraron frutas y animales con lo que se identificaba cada santo llamadas “frutti dei morti”. Todos estos dulces se llevaban a bendecir a las iglesias y eran colocadas en las casas en la “mesa del santo”, esta costumbre se ha mantenido vigente, aún en el siglo XXI, en zonas rurales de Europa y en la América católicas[38]. En México, los dulces que imitaban a las reliquias eran los afamados alfeñiques que realizaban las monjas de Santa Clara y San Lorenzo[39], pero solo podían adquirirlos las clases pudientes, el resto de la población consumía dulces de azucar que generalmente representaban cráneos, esqueletos, tibias y otros huesos[40].

Figura 10 b. Dulces «hueso de muerto» en España.

El día de Todos los Santos, era también la fecha para limpiar, arreglar los sepulcros y monumentos que debían estar de gala para el día siguiente, “Con este fin, las familias remitían a los cementerios candeleros y cirios, jarrones y tibores, coronas de chaquira, azabache o de flores artificiales y cuantos adornos le sugería el acendrado cariño hacia sus deudos difuntos[41]”.

Los panteones y la desacralización de la fiesta

El Día de Fieles Difuntos se celebraba al día siguiente de Todos Santos con tres misas, la gente asistía de luto a la iglesia y la celebración se extendía durante todo el día, “las iglesias y calles aledañas se adornaron luciendo un luto riguroso, con crespones negros y velámenes pintados con huesos que cubrieron las paredes, acompañados de versos alusivos a la inminente muerte; en la entrada un gran esqueleto les daba la bienvenida mientras que en medio de la nave se montó el Gran Catafalco, adornado con calaveras, huesos y esqueletos para que los católicos atraídos por el toque constante de las campanas a difuntos asistieran a los Oficios, terminando la celebración con un sermón y el rosario doloroso[42]”. Las mujeres cargaban flores y velas a las sepulturas de sus familiares enterrados en la iglesia y en el atrio.

La costumbre de enterrar a los muertos en la iglesia y en los atrios, la cual se practicó desde el inicio del cristianismo, fue interrumpida parcialmente en Europa debido a las pandemias que obligaron a la creación de cementerios (por ejemplo, la peste negra del siglo XIV). En España, Carlos III promulgó en 1787 un decreto que prohibía los enterramientos en las iglesias, pero no tuvo efecto por la oposición que encontró con la tradición religiosa y con el clero, ya que de aplicarse este decreto, la Iglesia perdería una importante fuente de ingresos. Fue hasta el año 1800, durante los últimos años del reinado de Carlos IV, que la construcción de panteones extramuros se hizo realidad[43].

A partir de esta nueva disposición, la celebración del día de difuntos tuvo que modificarse, en los pueblos de España, “después de la misa, los hombres se marchaban apresuradamente, mientras las mujeres se quedaban a poner flores (en algunos lugares, especialmente en Cataluña, se usaba más la pequeña y amarilla siempreviva, velas y luminarios sobre las lápidas, las cuales cubrían primero con telas blancas, posteriormente, el cura, en compañía de dos acólitos, caminaban de tumba en tumba bendiciéndolas, al terminar, las mujeres regresaban a sus casas a tomar su retrasada comida, al caer la tarde se rezaba un rosario en una ermita de la aldea, después se formaba una procesión que caminaba hasta el nuevo cementerio, donde también se adornaban las fosas y se bendecían como por la mañana[44]”.

Figura 12. Con flores al cementerio (1890). M.Friant.

Figura 12. Con flores al cementerio (1890). M.Friant.

En México, la inhumación de entierros en panteones comenzó en 1836, con la habilitación del panteón de Santa Paula en la ciudad de México[45]. En 1859 el gobierno de la República secularizó los cementerios, quitándole la responsabilidad a la Iglesia y los ingresos que hasta entonces percibía. Esta disposición fue parte de las reformas liberales del periodo juarista que se consumaron con la desamortización de los bienes eclesiásticos, afectando la vigilancia y práctica de los cultos católicos. Al igual que en España y otros países de Europa, la prohibición de realizar entierros en las iglesias y también en los atrios, produjo un cambio sensible en la celebración del Día de Muertos[46], ya que de manera natural, al ser esta una fiesta dedicada a familiares difuntos, la población se vio obligada a continuar la celebración, después de oficiadas las misas, en los panteones. “Muy de mañana se terminaban de adornar las sepulturas con adornos con ramos, coronas frescas y olorosas flores, se asistía a oír una o las tres misas que en tal día dicen los sacerdotes y daba principio la visita a los panteones[47]”.

La visita a los panteones se convirtió en un evento muy concurrido y sui generis en la ciudad de México: “Omnibus, guayines y coches particulares y de providencia, como si se tratase de una gran verbena, no cesaban de transportar gente rica y de mediano porte, en tanto que la del pueblo, formando cordones apenas interrumpidos, se dirigía a pie, llevando no pocos individuos sus provisiones de boca en las que como elemento principal contábase el pulque, precaución inútil, por cuanto a que en las inmediaciones de los panteones los esperaban los puestos de fritangas y de la popular bebida[48].” El traslado de toda la familia al panteón, representaba no solo llevar la ofrenda, consistente en flores, frutas y velas de cera, sino también la colación para el almuerzo, sin faltar el pulque para las libaciones y convidar al difunto de esta bebida para “llorar el hueso”[49].

Figura 13. Día de Muertos (ca. 1940). Michoacan. Fototeca Nacional-INAH.

Figura 13. Día de Muertos (ca. 1940). Michoacan. Fototeca Nacional-INAH.

Los cronistas de la época no dejaron de insistir en que esta parte de la fiesta ya no era religiosa, pues ya no había tristeza, respeto y tampoco duelo, “se trata de una fiesta tan alegre como la Noche Buena, tomando de pretexto a los amigos y parientes que trasladaron su domicilio a los cementerios”[50]. “Se pasea en el cementerio como se pasea en el Zócalo o en la Alameda, pensando en todo, menos en los difuntos. La gente pobre a pesar de sus preocupaciones y de su horror a la muerte, profana las tumbas de sus deudos y amigos, extendiendo sobre ellas blancos manteles, sobre los cuales almuerzan cabezas de carnero asadas en el horno y mole de guajolote, dejando el panteón convertido en un basurero[51]”. Los cementerios eran pocos y horribles, “Santa Paula que ya era una necrópolis elegante para el tiempo, daba miedo y asco[…]. A esos lugares sombríos, anti-higiénicos y espantosos iba a divertirse la gente de México y a disfrazar sus deseos de huir, bajo la forma de la devoción a las almas de los fieles difuntos.[52]

Figura 14. All Souls’ Day (Hedwig Cemetery), 1896. Franz Skarbina.

Figura 14. All Souls’ Day (Hedwig Cemetery), 1896. Franz Skarbina.

Las personas asistían a los panteones con sus mejores galas, generalmente ropa nueva, era un evento de clases sociales, en el que los ricos mostraban sus gustos y sus lujos cubriendo los sepulcros con ramillete y bouqueteros de cristal, encendiendo enormes cirios, los curiosos se paseaban entre los sepulcros sin pensar en la fragilidad humana, era el lugar donde se citaban los novios para intercambiar cartas y miradas[53]. Las tumbas eran adornadas por lo general con guirnaldas de flores amarillas y lazos de crespon, algunas ostentando los retratos de las personas que en ellas descansan; en muy pocos ojos se ven lágrimas, la concurrencia con curiosidad se dedica a leer las inscripciones de los sepulcros, los versos y epitafios, los que van pasando hacen críticas sobre cuál de los sepulcros tienen más luces y mejores colgaduras[54].

Al terminar la visita al panteón, la gente regresaba a sus casas y por la tarde salían a recorrer las calles para lucir los trajes que habían estrenado para despues asisitir a la “verbena de Todos Santos”, también llamada “Paseo de los muertos”, en la Plaza principal (el Zócalo) frente a la Catedral. En este lugar se instalaban jacalones (puestos similares a los actuales ambulantes) para vender los dulces de costumbre, tales como calaveras de azúcar, borregos de alfeñique, calabaza en tacha, y frutas cubiertas[55]. Los teatros principales, así como lo de segundo y tercer orden, se hallaban henchidos desde las 4 de la tarde, pues al igual que en los teatros españoles, se presentaba la obra de José Zorrilla “Don Juan Tenorio”, cuya escena más famosa transcurre en un cementerio en que que se producen apariciones de los muertos. Por la noche se representaban en la plaza pequeñas comedias, funciones de títeres y zarzuelas, montadas por pésimas compañías de aficionados[56].

Figura 15. “La ofrenda del abuelo”. Día de Muertos, Axochiapan, Morelos (ca. 1998). Fototeca Nacional-INAH.

Figura 15. “La ofrenda del abuelo”. Día de Muertos, Axochiapan, Morelos (ca. 1998). Fototeca Nacional-INAH.

La ofrendas y altares de muertos

Una antigua costumbre que en siglo XIX, como se habrá podido apreciar, ya se había normalizado, nadie le ponía atención y era muy significativa, era la de llevar comida como ofrenda a los muertos a sus tumbas, algo que en otro tiempo hubiera sido condenado, ya que el cristianismo no acepta la idea de que de los muertos puedan regresar al mundo de los vivos, menos para departir alimentos con quienes fueron sus familiares, esta creeencia escaló de nivel al instalarse altares en las casas con el mismo propósito, los altares de muertos[57].

“Por la noche los del pueblo bajo [los pobres], que sólo concurrían al paseo de la Plaza hasta las diez de la noche, hora en que irremisiblemente se cerraban las casas de vecindad, ya en sus hogares encendían las velas en el altar de sus ofrendas, consistiendo en biscochos, fruta y dulces, tamales y calabaza cocida; todo preparado con el expreso fin de que a la medianoche tuviesen qué cenar sus deudos difuntos. Además de ser supersticiosa tal costumbre, es estúpida, por cuanto a que no realizándose el esperado hecho, tan contrario al orden natural, la gente se mantiene en sus treces, y cada desengaño sólo sirve para engullir, al día siguiente, las golosinas o distribuirlas a veces, entre sus amistades[58].”

Por extraño que parezca, la creencia de que las almas de los muertos regresan a la tierra para departir estos alimentos, también se encontraba en el Día de Muertos en España, “apenas se conserva hoy, aunque tal pensamiento se encontraba antaño tan firmemente arraigado en Asturias que, por ejemplo en Proaza, poca gente dormía a la víspera de las benditas ánimas[59]”. En general, esta idea es muy antigua en Europa y como vimos más arriba, fue lo que originó la imposición del Día de Todos Santos el 1 de noviembre, para erradicar la práctica y propagación de estas ideas, lo cual se logró en los principales centros cristianos de Europa pero no completamente en las zonas rurales.

En México pasó algo similar, ya que las celebraciones a los muertos en la época prehispánica (códice Magliabechiano) y al inicio del periodo colonial (Diego Duran), consistía en dedicarles ofrendas de flores, papel, incienso y alimentos. Una creencia que permaneció viva en las comunidades indígenas y que al parecer dio un salto a las ciudades cuando en éstas se relajó la celebración del Día de Muertos; nadie se extrañaba ver en esta fecha en los panteones a familias de origen indígena departiendo alimento en las tumbas, realizando libaciones de pulque, una costumbre que, curiosamente, en la época prehispánica se realizaba en estas fechas en el centro del país, durante la”fiesta de lo cerros” (Tepeilhuitl), presidida por el ometochtli, sacerdote del pulque y en la cual, se tenía la costumbre de dedicar ofrendas a los difuntos enterrados (no incinerados)[60]. Y qué decir, del gradual reemplazo y sustitución casi imperceptible del Día de Todos los Santos por el de “día de los muertos pequeños” y el Día de Fieles Difuntos por el “día de los muertos mayores”, que como vimos antes, tanto preocupó a Diego Duran a finales del siglo XVI y que hoy en día, en algunas partes del país es como también se conoce a las festividades de muertos en el mes de noviembre.

Figura 16. Noche de Muertos Janitzio, Michoacán (1950). Nacho Lopez. Fototeca Nacional-INAH.

Figura 16. Noche de Muertos Janitzio, Michoacán (1950). Nacho Lopez. Fototeca Nacional-INAH.

Consideraciones finales

Es muy importante no perder de vista que una cosa ha sido el culto católico de los días de Todos Santos y Fieles Difuntos, el cual se ha mantenido sin cambios durante los últimos siglos y otra cosa han sido las festividades en torno a culto; las fiestas y el culto llegaron juntos a la entonces Nueva España a partir del siglo XVI, trayendo consigo costumbres y creencias medievales que fueron adaptadas y reproducidas en las villas y ciudades con mayor presencia de españoles y criollos. La población indígena, muy superior en número a la de origen europeo, recibió esta tradición a través del adoctrinamiento que encabezó el clero regular en todas las regiones del país, lo cual no se llevó de manera inmediata, requirió de su imposición y convencimiento permanente, sobre todo, porque estas poblaciones ya tenían sus propias celebraciones dedicadas a los muertos, creencias y prácticas ancestrales que tardarían generaciones en cambiar. Por otra parte, no se trataba de poblaciones de una sola cultura y religión, por lo cual, el resultado de la evangelización no pudo ser homogéneo como los religiosos cristianos lo hicieron creer a través de sus crónicas. El proceso se llevó a cabo de manera sintética, el 1 y 2 de noviembre redujeron a una sola celebración (de dos días), los festejos ancestrales a los muertos.

Las fiestas, costumbres y parafernalia en torno al culto es lo que ha cambiado a largo de los años; en su origen éstas se encontraban muy ligadas a la celebración religiosa, por ello no parecen haber sufrido modificaciones durante los siglos XVII y XVIII, en una sociedad novohispana profundamente religiosa y conservadora, los cambios se produjeron a partir de los movimientos sociales, iniciando con la Independencia, pero principalmente, a la mitad del siglo XIX, con disposiciones políticas, como la creación de panteones como medida higiénica ante posibles epidemias, principalmente en las ciudades y con lo cual, dejaron de llevarse a cabo enterramientos en las iglesias, tal disposición, tuvo como efecto que la Iglesia perdiera su jurisdicción sobre estas celebraciones, principalmente el Día de Muertos, propiciando que la sociedad se apropiara de esta fiesta, adaptándole nuevas formas y funciones de acuerdo a sus propias necesidades, modernizandola, sectorizandola en clases sociales.

A finales del siglo XIX las festividades entorno al Día de Muertos se encontraban en franca decadencia, pero de acuerdo con Elsa Malvido[61], fue en la época de la posrevolución, específicamente con el cardenismo (1934-1940), que las fiestas del 1 y 2 de noviembre fueron “reinventadas”, con el propósito de quitarle poder a la iglesia católica y asociarlas con la idea nacionalista, para lo cual, era necesario desprenderla de todo significado religioso, convertirla en laica y es a partir de entonces que se destaca la “muerte” sobre lo “santo”. Para tal efecto, Cardenas se hizo rodear de intelectuales socialistas como Frida Kahlo, Diego Rivera, Octavio Paz y José Clemente Orozco. Lo cierto, es que este proceso ya venía desarrollándose desde de las reformas de Juárez, los grabados de José Guadalupe Posada son una muestra de esa desacralización y del divertimento que ya tenía la fiesta del Día de Muertos al inicio del siglo XX, lo nuevo fue integrarla a la idea nacionalista y exponerla como parte del floclor mexicano, como ya se aprecia en la película ¡Qué Viva México! (1930), de Serguéi Ensenstein, asesorada por cierto, por algunos de los intelectuales antes mencionados.

Lo reprochable, no solo fue desconocer el carácter religioso de esta fiesta para facilitar su aceptación en el proyecto nacionalista del estado mexicano, sino difundir la falsa idea de que es una celebración de origen prehispánico, una mentira fabricada que ha venido repitiéndose hasta el día de hoy, legitimada por intelectuales, incluídos historiadores y antropólogos, así como por políticos, ahora con una nueva modalidad, convertirla en un producto de consumo turístico, lo cual se ha venido concretando durante las primeras dos décadas del siglo XXI (el caso más notorio es el famoso desfile de muertos de la ciudad de México) y entonces sí, estaremos hablando de una celebración sincrética, vacua y anticultural.

[24] Johansson 2003, pp. 191-202.

[25] De acuerdo con el calendario aportado por de la Serna, op. cit., pp. 318-328.

[26] De la náhuatl raíz “miqui” (morir), “miquiztli” (muerte).

[27] Johansson, 2003, p. 172.

[28] Serna, op. cit., p. 320.

[29] “El décimo séptimo mes llamaban Tititl, Empezaba a veinte dos de diciembre, hacían una gran fiesta a una diosa llamada Ilamateuhctli y por otro nombre Cuzcamiauh y por otro Tonan”. Serna, op. cit., p- 321.

[30] Anders, Jansen y Reyes, 1996, pp. 179-180.

[31] Idem.

[32] De hecho, quienes escribieron sobre estas fiestas, los religiosos franciscanos y dominicos del siglo XVI, no presenciaron ninguna de ellas, las describieron a través de informantes indígenas.

[33] La intermediación de los santos con los vivos encontró su argumentación teológica en la tesis de Juan Damasceno: “Mientras vivían, los santos estaban llenos del Espíritu Santo y una vez muertos, la gracia del Espíritu Santo nunca se aleja de sus almas, ni de sus tumbas, ni de sus santas imágenes”.

[34] García Cubas, 1904, pp. 388-390.

[35] Idem.

[36] Según Elsa Malvido, los jesuitas fueron los principales promotores de este culto en la Nueva España. Malvido, 2006, pp. 47-48.

[37] Idem.

[38] Idem.

[39] García Cubas, op. cit., p. 390.

[40] Idem.

[41] Ibid., p. 388.

[42] Malvido, op. cit., p. 49.

[43] Fischer, 2019, pp. 20-21.

[44] Foster, 1962, p. 348.

[45] Clausurado en 1871 por problemas de higiene. García Cubas, op. cit., p. 388.

[46] Los pisos de las iglesias eran de madera para facilitar los continuos enterramientos que se realizaban en la nave, con la prohibición, éstos fueron sellados con lozas.

[47] Idem.

[48] Idem.

[49] Ramírez, 1997, p. 26.

[50] Ciriaco, 1997, p. 91.

[51] Ibidem.

[52] Espinel, 1997, p. 95.

[53] Ciriaco, op. cit., p. 92.

[54] Sosa, 1997, p. 102.

[55] Ciriaco, op. cit., p. 91.

[56] Sosa, op. cit., p. 102.

[57] Los altares de muertos son una derivación de los túmulos funerarios o catafalcos novohispanos.

[58] García Cubas, op. cit., p. 650.

[59] Foster, 1962, p. 346.

[60] Ver esta explicación más arriba.

[61] Malvido, op. cit., p. 43.

Creado: 20 Octubre 2023

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Origen del día de muertos (Parte I)

Víctor Joel Santos Ramírez- Revista del INAH

Figura 1. Día de Muertos, Ciudad de México (ca. 1950). Fototeca Nacional-INAH.

Contrario a la idea popular extendida y aceptada en México, el Día de Muertos no es de origen prehispánico[1] y en sentido estricto tampoco es producto de un sincretismo indígena y europeo. En efecto, las festividades de los días 1 y 2 de noviembre (no confundir con las prácticas y celebraciones funerarias ancestrales mesoamericanas cuyas características eran otras y se realizaban en fechas distintas), tuvieron su origen en la Europa medieval, fueron instituidos por la Iglesia católica — el día 1 de noviembre— para celebrar a “Todos los Santos”, es decir, a los beatos y canonizados, pero principalmente a los santos desconocidos (los millares de mártires cristianos[2]), para que ninguno se quedara sin fiesta y así reunidos en un solo día, correspondieran a este homenaje intercediendo con mayor fuerza en la oración y en las súplicas de los creyentes, mientras que —el 2 de noviembre—, Día de los “Fieles Difuntos”, como su nombre lo indica, fue dedicado a quienes “reposan en Cristo”, pero no alcanzaron la vida beatífica (el cielo), debido a que fallecieron sin haber cumplido las penitencias que les fueron impuestas en vida o fueron insuficientemente cumplidas, así como a quienes mantuvieron apego a la vida material[3]. Las almas de estos difuntos (de acuerdo con la escatología cristiana), se hallan en el Purgatorio, esta fecha fue concedida para que los vivos, a través de oraciones, súplicas y sufragios ayuden a estas almas a limpiar sus pecados y así logren su salvación. Las misas del 2 de noviembre tenían el carácter de indulgencia plenaria aplicable a las almas del purgatorio[4].

El 1 de noviembre

Figura 2. Celebración de Todos los Santos, cementerio de la Santa Cruz, Gniezno, Polonia. Diego Delso.

El día de Todos los Santos fue instituido el dia 13 de mayo por el Papa Bonifacio IV en el año 609[5], para honrar a los protectores de la Iglesia[6], pero también para contrarrestar al paganismo, ya que el Papa consagró en este día el antiguo templo del panteón romano (el Panteón de Agripa), en la Iglesia de Santa María de los Mártires (conocida como Santa María la Redonda por su planta circular). Sin embargo, esta celebración tuvo que cambiar de fecha debido a que:

“Como era muchísima la gente que todos los años acudía a Roma para celebrar esta nueva solemnidad y como en el mes de mayo resultaba sumamente difícil tener la ciudad suficientemente abastecida de la ingenta cantidad de víveres que la numerosa concurrencia de forasteros demandaba, otro papa, llamado también Gregorio, dispuso que en adelante se celebrase en las calendas de noviembre, fecha más conveniente, porque en noviembre, al estar ya recolectadas las mieses y efectuada la vendimia, Roma disponía de provisiones suficientes para abastecer a los peregrinos[7]”. “Así que el templo que fuera hecho para todos los ídolos, agora es consagrado para todos los santos[8]”.

El Papa Gregorio III, entre los años 731 y 741, consagró una capilla en la Basílica de San Pedro a todos los Santos para dedicarle un día a esta celebración, hacia el año 835, el Papa Gregorio IV, fijó esta fiesta el 1 de noviembre y la amplió a todos los santos del cristianismo[9].

A finales del mes de octubre en el hemisferio norte terminan las tareas agrícolas, por lo cual, hay abundancia de alimentos y es también tiempo de dar gracias por los bienes recibidos, por esta razón, de acuerdo con Santiago de Vorágine (citado arriba), el Papa Gregorio IV cambió el día de Todos los Santos a las calendas de noviembre, es decir, al primer día de este mes, pero lo hizo coincidir (no sin intención como lo parece) con la festividad celta del Samhain[10] (pronunciado so-win o sah-wim y hallowen[11]), celebrada el 31 de octubre en las comunidades célticas de Europa (Irlanda, Gales y Escocia). Desde el punto de vista cristiano, esta festividad era pagana y como sucedió con la consagración del templo del panteón romano para convertirlo en iglesia (ver arriba), los ritos arcaicos que se celebraban en esta fecha fueron cristianizados al instaurarse el día de Todos los Santos el 1 de noviembre[12].

Figura 4. Día de Todos los Santos (1839). Ferdinand Georg Waldmüller.

El Samhain era una fiesta de año nuevo (se celebraba entre el equinoccio de otoño y el solsticio de invierno), marcaba el tiempo de recoger la cosecha, guardar a los animales y prepararse para el invierno[13]; la celebración era nocturna (durante la “noche vieja”), en la que todos los fuegos se extinguían, se encendía una nueva hoguera (fuego nuevo) con huesos de animales sacrificados (bonfire), de donde se tomaba el fuego con antorchas para volver a encender los hogares. Los celtas, al igual que otras culturas de la antigüedad, creían que el año nuevo era también el día en que los difuntos regresaban para convivir con los vivos[14], de ahí los símbolos funerarios, la utilización de disfraces y máscaras en estas festividades; en las puertas de las casas se colocaban nabos con una vela encendida para guiar el camino de los difuntos (sustituidos por calabazas cuando esta fiesta pasó de Irlanda a Estados Unidos). Pero no solo fue entre los celtas, sino en toda Europa, la noche de la víspera de Todos los Santos, que señala la transición del otoño al invierno, era el día en que las almas de los difuntos regresaban a sus antiguos hogares para calentarse en el fuego y confortarse con la buena acogida que se les hacía en la cocina, en este día también andan sueltas todas las hadas, los duendes vagan libremente y las brujas se aparecen volando montadas en sus escobas[15].

El 2 de noviembre

El Día de Muertos fue instaurado ciento sesenta y tres años después, en el año de 998, por el abad del monasterio de Cluny, San Odilón, quien pidió que se celebrara al día siguiente de Todos Santos —de acuerdo con una revelación divina—, la que que tuvo el sacristán de la iglesia de San Pedro, quien, en estado de éxtasis, vio un ángel que le mostraba el Purgatorio y al tiempo que esto hacía, le dijo: “cuenta al sumo pontífice todo esto que estás viendo y ruégale insistentemente que instituya en la Iglesia una jornada anual especialmente dedicada a orar por los muertos, se beneficien al menos de los sufragios que en ese día ofrezcan los vivos por los difuntos en general, y dile que señale para esta conmemoración la fecha que sigue inmediátamente a la fiesta de Todos los Santos[16]”. Según Pedro Damián (biógrafo de San Odilón), esta celebración también se debió a que, en los alrededores de un volcán de Sicilia, se escuchaban a menudo voces y alaridos de demonios quejándose de que los vivos con sus limosnas y oraciones les arrebataban las almas de los muertos, por lo cual, Odilón dispuso celebrar anualmente en todos los monasterios de su jurisdicción la conmemoración de los fieles difuntos seguida de la fiesta de Todos los Santos. Esta práctica, según Damiano, se extendió posteriormente a la Iglesia universal[17].

A finales del siglo XV, los sacerdotes dominicos españoles establecieron la tradición de celebrar tres misas el 2 de noviembre, posteriormente, Benedicto XIV, entre 1740 y 1754, otorgó este privilegio a los sacerdotes de España, Portugal y América Latina, en 1915 Benedicto XV lo extendió a todos los sacerdotes.[18]

Las tradiciones indígena y europea

Las festividades del 1 y 2 de noviembre llegaron a México en el siglo XVI, de forma inmediata, poco tiempo después de la conquista española, fueron celebradas en las primeras iglesias fundadas por los franciscanos en Texcoco, Tlaxcala y en el convento grande de San Francisco en la ciudad de México. De acuerdo con Fray Toribio de Benavente “Motolinía”, entre los años de 1535 y 1540, “el día de los finados [Día de Muertos], casi por todos los pueblos de los indios dan muchas ofrendas por sus difuntos. Unos ofrecen maíz, otros mantas, otros comida, pan, gallinas, y en lugar de vino, dan cacao. Y su cera cada uno como puede y tiene, porque, aunque son pobres, liberalmente buscan de su pobreza y sacan para una candelilla[19]”. La fiesta de los Fieles difuntos[20], al igual que otras ceremonias católicas, fueron impuestas en las comunidades indígenas por los religiosos cristianos, destacando en sus crónicas la respuesta inusitada de los indígenas que, en su pobreza material, denotaban una profundidad religiosa desconocida por los europeos y que éstos equipararon a la de los primeros cristianos.

Lo que denominamos “culto a los muertos” o “culto a los antepasados”, corresponde a una elaborada y compleja escatología ancestral, consustancial a las culturas mesoamericanas, cuyas prácticas y significado desconocemos casi en su totalidad; constituyó una parte central de sus creencias religiosas, el pensamiento, la mitología, la cosmovision, el simbolismo y el esoterismo prehispánicos, cuyos testimonios encontramos en los monumentos, la escultura, la cerámica, en la pictografía de los códices y en los cotidianos hallazgos arqueológicos.

Sin embargo, aunque algunas prácticas perduraron en los siglos posteriores a la conquista y es posible encontrarlas aún hoy en día, no se sincretizaron con el culto católico de los Fieles difuntos, pues éste siempre se ha celebrado conforme a una liturgia que ningún clérigo o creyente puede cambiar ni modificar, solo el Papa tiene esta facultad y en condiciones muy específicas. La fiesta en torno al culto tampoco se modificó en los substancial pero, al erradicarse y prohibirse las ceremonias prehispánicas a los difuntos, de manera natural, todas las prácticas y creencias ancestrales se trasladaron a la celebración del 2 de noviembre, sin transgredir la liturgia católica establecida para este culto, es decir, en lugar de un sincretismo (una mezcla de factores exteriores), se llevó a cabo una síntesis (la unificación de los principios al interior del culto), pues aunque en los pueblos indígenas de forma velada continuaron con sus antiguas prácticas funerarias, con el tiempo éstas fueron adoptando formas cristianas, hasta fusionarse casi en su totalidad, ya que el pensamiento en ambas tradiciones coincidía en celebrar a los muertos.

En 1656, en palabras de Jacinto de la Serna, los indígenas “adulteraban la loable costumbre de la Iglesia en la conmemoración de los fieles difuntos[21]”; éstos solían preparar ofrendas y encender candelas en sus casas, lo cual hacían en la noche, también en las visitas y barrios no asistidos por ministros de la iglesia; porque el rito de ellos es ofrecer comida y bebida a los difuntos, de tal forma que amanecen bien comidos porque son ellos quienes se las comen y acontece que en la misa de los difuntos ya no hay candelas porque se han gastado en la mañana[22]. Los frailes denunciaron e intentaron erradicar las prácticas funerarias al exterior de los templos, pero esto fue una empresa imposible, no tuvieron otra opción que tolerarlo y aceptarlo en la mayoría de los casos.

Diego Duran, a dos décadas de finalizar el siglo XVI, se preguntaba, porqué los indios depositan un tipo de ofrenda en Todos Santos y otra diferente en Día de Muertos, las respuestas que recibió no aclararon sus dudas, pero confirmaron sus sospechas: “Dios sea verdad y que estén rayados de su memoria pero temo que no lo están en algunos porque como ellos tenían sus fiestas de difuntos, una de difuntos menores y otra de mayores, creo y puedo afirmar, que mezclaron algo de ello con nuestra fiesta de difuntos como mezclan con las demás cantando sus funerales responsos, llorando sus señores y dioses antiguos y porque no lo entendamos dicen que no se acuerdan ya de ellos[23]”.

[1] Esta aseveración fue sostenida por Elsa Malvido (1941-2011) en sus diversos estudios sobre el Día de Muertos en México.

[2] El culto a los mártires fue aceptado en el siglo II, pero no pudo ser instaurado por las persecuciones, no fue sino hasta la paz instaurada por Constantino que comenzaron a cobrar importancia las reliquias de los testigos de Cristo (los mártires), algunos obispos veían en este veneración excesiva el peligro de que se recrudeciera el paganismo. Eliade, 1999, p. 79.

[3] Vorágine, 1997, pp. 704-706.

[4] Agüeros, 1997, p. 173.

[5] Previamente, había sido instaurado el 21 de febrero, el día de la Feralia, el último día de Las Parentalia, la fiesta romana de difuntos que se celebraba del 13 al 21 de febrero; para conmemorar a los mártires, pero tuvo poco efecto, porque aún eran tiempos del emperador Diocleciano (284-305), famoso perseguidor de cristianos.

[6] Los santos eran modelos de vida para los fieles, intercesores ante Dios y también protectores de la Iglesia.

[7] Vorágine, op. cit., pp. 696-697.

[8] Vorágine, 2010, p. 660.

[9] La iglesia ortodoxa no aceptó este cambio, celebra el día de Todos los Santos una semana después del Pentecostés (originamente fiesta de la cosecha, también conocida como “fiesta de la siega” y “día de las primicias”), la fecha es variable entre los meses de mayo y junio.

[10] “Para los celtas precristianos, el 1 de noviembre, o el Festival de Samain , que marcó el final del verano y el comienzo del invierno, fue un símbolo de la muerte”. Evans-Wents, 1911, p. 657.

[11] En Britania: Allhallow Eve (víspera del día de Todos los Santos). Murray, 1978, p. 111.

[12] Mircea Eliade agrega además, que como parte de estos ritos, se celebraba un banquete en las tumbas de los muertos, lo cual, para los cristianos, anticipaba el festín escatológico en el cielo. El culto de los mártires prolongó esta tradición, Eliade, op. ct., p. 79.

[13] Smith, 2020.

[14] La relación entre las ceremonias de año nuevo y el culto a los muertos forma parte de un creencia casi universal en el mundo antiguo. Eliade, 2001, pp. 42-46.

[15] Frazer, 1981, pp. 713-714.

[16] Vorágine, 1997: 704.

[17] Idem.

[18] El Día de los Fieles Difuntos no existe en la iglesia protestante.

[19] Benavente, 2014, p.77.

[20] La costumbre de llevar alimentos a los templos, entregar fruta y comida preparada a los párrocos, antes y después de la fiesta de muertos, continúa vigente hoy en día en varias comunidades del país.

[21] De la Serna, 1892, p. 284.

[22] Idem.

[23] Duran, 1880, p. 115.

Todo un éxito la  XLVIII reunión  de cronistas  Jalisco- Michoacán y XIV Congreso de la SMHAG, en el marco del 462 aniversario de la fundación de La Palma de Jesús.

Juan Bruno Hernández * Reportero

17 de octubre de 2026.- En el marco del aniversario 462 de la fundación de La Palma de Jesús, Michoacán, población ribereña meridional del lago de Chapala, se dieron cita los miembros de la Asociación de Cronistas Jalisco-Michoacán y de la Sociedad Michoacana de Historia, Arqueología y Geografía, para llevar  cabo la XLVIII reunión biestatal y a la vez celebrar el décimo aniversario de la fundación de esta organización que reúne a cronistas de Jalisco y de Michoacán. Así como el XIV congreso de la SMHAG.

Estas actividades, fueron realizadas en el interior del bellísimo templo, parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, en el anexo de la capilla antigua de la hacienda de La Palma, un recinto que hoy muestra los trabajos de rehabilitación y pintura bizantina del hermoso y pequeño templo que fue de la hacienda desde 1795 hasta 1944 en que se construye el templo actual por el señor cura don Enrique Sánchez Navarro ,ilustre sahuayense.

La primera actividad fue  la coronación de la reina de los 462 años de la fundación de La Palma de Jesús. Salvador Meza Carrazco, en la primera intervención,  presentó una remembranza de tradición oral de la Hacienda de Guaracha y su influencia en la región de la ciénega de Chapala.

Luego tocó el turno, al cronista del Rincón de San Andrés, Gabriel Ramírez Segura, exponiendo la investigación que realizó  de la “Virgen de la Piedrita”  que existe en la comunidad de San Andrés y que gracias al pequeño cronista, se le ha dado difusión a este hallazgo, también presentó  un poema autobiográfico titulado «Yo».

En seguida se presentó la ponencia del ingeniero Santiago Manzo Gómez, del consejo de la crónica de Sahuayo,  titulada “4 y 5 de agosto de 1926 en Sahuayo” dando a conocer los acontecimiento de aquellos días de inicio de la Cristiada, así como narraciones y personajes de aquel evento sangriento. Resaltó las figuras de sacerdotes, mártires que cayeron en aquellos días.

La ponencia “El cine Estrella de La Palma de Jesús” por la licenciada Luz Andrea Montes Vázquez, nos mostró la tradición desde 1952 del cine estrella, su dueño, los operadores de las maquinas y su historia a lo largo de muchos años. Para concluir, regaló una serie de “cartulinas” originales publicitarias de diversas películas que se exhibieron  en la pantalla del cine.

Posteriormente el maestro Ramón García Lepe, de Mazamitla, presentó la ponencia titulada “cambios en los procesos fúnebres en Mazamitla” que llevo a los presentes a un viaje en el tiempo sobre las diferencias en circunstancias fúnebres en aquella población y cómo con el tiempo han cambiado todo el tradicional proceso.

Toco el turno al Israel Casillas Hernández, quien presentó la ponencia sobre Francisco Velarde y de la Mora, conocido como “El burro de oro” dueño de la hacienda de Buenavista en el siglo XIX haciendo precisiones sobre las investigación de su tía Bertha Guillermina Cerda, escritora del siglo XX y biógrafa de Velarde, interesante ponencia ya que presentó documentos relativos a la posesión de los restos mortales del Burro de Oro y la pérdida de los mismos, en el museo de La Moreña en La Barca, Jalisco.

Por último, el maestro Francisco Gabriel Montes, presentó un viaje en la historia de la Vicaría Fija de La Palma de 1913 a 1943, en que mostró las fotografías y las biografías de los sacerdotes, sus obras materiales y espirituales, que estuvieron durante este ciclo en La Palma de Jesús hasta llegar a Enrique Sánchez Navarro último vicario fijo y primer párroco.

En cuanto a la presentación del Libro “Cuentos y Leyendas de la Hacienda de La Palma” fue presentado por el maestro José Castellanos, destacando la figura del autor y el contenido de este, como una recopilación de la tradición oral de los pueblos. El autor, también agradeció a quien financió el proyecto. Realizó algunas precisiones sobre los relatos y regaló ejemplares a los presentes.

Al final, el Síndico Municipal, Lic. Francisco Jesús Montes Vázquez, estuvo presente  en representación de la alcaldesa de Venustiano Carranza, Mayela Macías Hernández, y el comité de festejos,  entregaron reconocimientos y nombramientos a nuevos integrantes de Ixtlahuacán de los Membrillos, Cojumatlán, Pajacuarán, Yurécuaro,  El Rincón de San Andrés  y otras poblaciones, también se les entregó una venera de la Asociación de Cronistas Jalisco-.Michoacán, por su parte el señor cura José Refugio Maravilla, agradeció la presencia de los participantes y resaltó la gran labor que realizan en la preservación de la historia de sus pueblos. Para concluir las actividades se sirvió una comida en el colegio parroquial.

Felicidades a todos los presentes y también al pueblo de La Palma por su hospitalidad y generosidad. y al señor Cura José Refugio Maravilla, párroco de La Palma de Jesús.

¿Aztlán en el lago de Chapala?

Francisco Gabriel Montes Ayala.

Lamina 15 número 3 del Código Aubin.

Orozco y Berra, en su libro de la Historia Antigua y de las Culturas Aborígenes de México, tomo segundo, libro primero, página 103, escribe acerca de Aztlán, la tierra desde donde se desprendió la peregrinación nahuatlaca para llegar al centro del país para fundar la antigua Tenochtitlán, según este prestigiado historiador, asegura que en el glifo del código Aubin, presentado en la lámina 15 número 3, desde donde los «mexi» se trasladan hasta el centro del país, es la isla de Mezcala en el lago de Chapala.

¿Pero qué dice el autor al respecto? Textualmente copiado afirma: “En la pintura original se distinguen lago e isla; en esta los determinativos de población calli y en medio el tecali coronado por el símbolo de la divinidad ahí adorada. Los elementos fónicos son atl  y acatl de los cuales sacamos A-acatl. Al pie del templo están dos figuras en reposo; un hombre que no tiene nombre; una mujer apellidada Chimalma, de la radical chimalli, escudo; según adelante se verá son los jefes de aquel lugar, más no marido y mujer, sino sacerdote y sacerdotisa encargados del culto. Atraviesan el agua intermedia entre la isla y la tierra firme por medio de barcas dirigidas por remos, cosa indispensable en un pueblo que vive rodeado del elemento líquido. Este es Aztlán a nuestra cuenta la isla de Mexcalla en el mar Chapálico” (Orozco y Berra, 1880).

Aztlán es “el lugar de las garzas”, notablemente Chapala, siempre ha tenido una gran cantidad de aves lacustres que validan la opinión de Orozco y Berra.

Aunque hay discrepancias, el análisis que realiza el historiador del siglo XIX, ha chocado con otras versiones, pero tanto Orozco y Berra como otros investigadores cómo Wigberto Jiménez Moreno que lleva a Aztlán hacia el estado de Nayarit, en la isla de Mexcaltitán, se coincide en que las dos versiones no tienen sustento científico absoluto y menos gozan de consenso, pero ¿Qué tal si Orozco y Berra tenía razón y Aztlán es la isla de Mezcala? una razón más para pensar que las tribus nahuatlacas que sobrevivieron a los movimientos poblacionales que llegaron al centro del Anáhuac, siempre estuvieron aquí, formando los cacicazgos que encontraron establecidos los castellanos que llegaron a esta región.

Bibliografía

Orozco y Berra, M. (1880). Historia Antigua y de las cutluras aborígenes de México. Fuente Culturas.

El sacerdote pajacuarense Juan Manuel Dueñas, destacado legionario de Cristo

José Castellanos Higareda. Cronista de Pajacuarán

El recién ordenado sacerdote Juan Manuel Dueñas Rojas

Recientemente, para ser preciso, el 12 de septiembre de 2026, circulo en la redes sociales una nota informativa, en el portal oficial de los Legionarios de Cristo, que hacían mención de la muerte del Pbro. Juan Manuel Dueñas Rojas, sacerdote nacido en Pajacuarán, Mich.


     Me sorprendió la información, en virtud de que yo he venido construyendo un registro de todos los sacerdotes que ha dado Pajacuarán y no sabía de la existencia de este personaje.


     Lo primero que hice, fué visitar el archivo parroquial y con la información que tenía, buscar, en los libros de bautismos, para confirmar o negar la veracidad de la nota en cuestión.


     Pasado algún tiempo, revisando el Libro No. 19, en la página 384, se encuentra la Partida 1138, que en el margen izquierdo hay un texto manuscrito en donde se lee :

» Fue ordenado sub diácono 18 X 64 por Monseñor Martín del Campo. Diácono 25 X 64 en Roma, Italia por Monseñor John Charles
McQuaid, arzobispo de Dublín, Irlanda y Presbítero el 24 de XII 64 en Roma en la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe por el Sr. Cardenal Hildebrando Antoniutti.»

Acta de bautismo del padre Dueñas


     Efectivamente el Padre Juan Manuel Dueñas Rojas nació en Pajacuarán, el domingo 2 de septiembre de 1934 y bautizado el 10 del mismo mes por el Pbro. Enrique Amezcua.  Sus padres fueron Salvador Dueñas y Angela Rojas.


     Luego, entonces, ¿cómo es posible que un pajacuarense, con un currículum tan impresionante, haya estado en el anonimato?


     El Padre Dueñas Rojas desempeñó cargos muy importantes en la Congregación Legionarios de Cristo: fué rector del centro de noviciados y humanidades de Salamanca, España; rector del Pontificio Colegio Internacional María Mater Ecclesiae de Roma ; administrador general de la Congregación ; Consejero territorial en España y Consejero de la Sede de la dirección general, entre otros encargos…»


     Me siento satisfecho con esta investigación y comprometido a la difusión de la trayectoria de este sacerdote que nos honra y nos enorgullece, por haber nacido en este mágico y extraordinario pueblo de Pajacuarán.

El padre Dueñas

“Por Cristo he peleado, y como cristiano muero”

Semblanza del general cristero Manuel Reyes Nava

Lic. Helena Judith López Alcaraz, historiadora y cronista honoraria adjunta de Sahuayo

General cristero Manuel Reyes Nava, antiguo zapatista, que murió el 21 de agosto de 1927. Mejora y edición de imagen realizada por la autora.

Manuel Reyes nació en el poblado de Santo Tomás Ajusco, hoy perteneciente a la delegación Tlalpan de la Ciudad de México. Fue hijo de don Gabino Reyes y de doña Piedad Nava. Como tantos niños de su tiempo, ayudó a sus padres en las faenas del campo. Lejos de ser pobres, la familia Reyes Nava poseía tierras de labor, vacas y caballos en un rancho denominado El Zorrillo, ubicado detrás del cerro del Ajusco.

Durante la Revolución mexicana, perteneció a la 2° División del Sur y, desde 1912, peleó a las órdenes de su hermano Valentín Gabino Reyes. En 1914 fue ascendido a coronel gracias a sus méritos en campaña y dos años más tarde, participó en acciones militares tanto en el Estado de México como en Morelos. Habiendo perdido una pierna en un combate, lo apodaron “el Cojo Reyes”, y así sería conocido hasta su muerte.

Desde el inicio, Manuel apoyó fielmente el Plan de Ayala propuesto por Emiliano Zapata, quien le confirió el cargo de general brigadier en marzo de 1917. Sus dotes militares le valieron ser un destacado oficial zapatista. Combatió hasta 1920, incluso tras la muerte de Zapata (ocurrida en abril de 1919), y hasta que Venustiano Carranza fue asesinado. En 1921 fue dado de baja al no poderse comprobar sus antecedentes.

Más tarde, en diciembre de 1923, su hermano Valentín –quien fungió como presidente municipal de Tlalpan– fue falsamente acusado, condenado a la pena capital y pasado por las armas en el cuartel militar de Toluca. En consecuencia, don Manuel se tornó sumamente desconfiado del régimen que, para ese momento, encabezaba el general Álvaro Obregón Salido, quien había ordenado la aprehensión del difunto Valentín.

Al estallar la Cristiada, junto con su otro hermano, Gabino Reyes, decidió unirse a la causa católica. Su rango de operaciones abarcó las cercanías del entonces Distrito Federal, Morelos, Puebla y Michoacán. Además de coordinar el asedio a Valle de Bravo, tomó parte en los ataques a Tenancingo y Amanalco.

Tras ser herido en un combate acaecido en San Martín Obispo y perder su corcel, no pudo escapar a pie y cayó prisionero. Lo llevaron a Toluca, donde casi tres años antes habían ajusticiado a su hermano, y lo sentenciaron a ser fusilado.

El 21 de agosto de 1927 lo condujeron al suplicio. Su ejecución, llevada afuera del templo del Carmen en la misma ciudad, fue prácticamente una fiesta para los callistas. En la plaza donde lo ajusticiaron había una banda musical. Para escarnecer al reo y su dificultad para caminar, los federales hicieron que el conjunto le tocara la conocida canción “La Cucaracha”.

El general Manuel Reyes en el paredón.

Antes de morir, el general Manuel mismo se cubrió los ojos con un pañuelo. Sacó su rosario, lo besó con devoción y pronunció esta frase, síntesis elocuente de la lucha que había emprendido: “Por Cristo he peleado y como cristiano muero”.

También, de acuerdo con Jean Meyer, dijo:

“Van a matar a un gallo a quien temió siempre el gobierno. Hasta que me llegó la hora” (Meyer, 1985, p. 136).

Él mismo dio las órdenes y gritó, a semejanza de muchos héroes y mártires de aquel tiempo:

“¡Viva Cristo Rey!”

Dicho esto, la descarga lo derribó. Pese a su muerte, la sublevación cristera en el Estado de México ya se había propagado por toda aquella región (Meyer, 1985, p. 136).

Sus restos reposan en el cementerio de Tetelpa, junto con los de la autora de sus días.

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Bibliografía:

Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones en México (2013). Diccionario de generales de la Revolución Mexicana. Tomo II. México: INEHRM & Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA). (Carlos Betancourt Cid, Coord.) pp. 872-875.

Meyer, J. (1985). La Cristiada. Tomo I: La guerra de los cristeros. México: Siglo XXI Editores.

Semblanza del general Manuel Reyes, redactada por la autora para el “Proyecto 2025” (una serie de biografías sobre personajes destacados de la Cristiada y la persecución religiosa y publicadas en conjunto con Ruta Cristera Sahuayo).

Consideraciones en torno al reestreno de «Cristiada»

Lic. Helena Judith López Alcaraz, historiadora y cronista honoraria adjunta de Sahuayo

En días pasados se anunció que la película Cristiada, en inglés For Greater Glory, retornará a los cines el 15 de octubre del actual, con motivo del Centenario del inicio de la Guerra Cristera. Como sabemos, esta producción se estrenó por primera vez en abril de 2012, hace ya catorce años, y entre su elenco se cuenta a Andy García (el primer general en jefe del Ejército Cristero, Enrique Gorostieta Velarde), Óscar Isaac (Victoriano Ramírez López, alias «el Catorce»), Santiago Cabrera (José Reyes Vega) Eva Longoria (Gertrudis Lasaga, esposa de Gorostieta, a quien él llamaba cariñosamente «Tulita»), Nestor Carbonell (Rafael Picazo Sánchez), Eduardo Verástegui (Anacleto González Flores) y al famoso actor que encarnó a Lawrence de Arabia, Peter O’Toole (una versión muy ficticia de San Cristóbal Magallanes Jara, el P. Christopher). Contó con la dirección de Dean Wright y el guion fue escrito por Michael Love. La empresa productora, por su parte, fue Dos Corazones Films, fundada y regenteada por Pablo José Barroso.

Andy García como Enrique Gorostieta, franqueado por algunos cristeros. Imagen de la película Cristiada (2012); créditos a quien corresponda.

Aunque no negamos que el filme, para muchos, fue el primer acercamiento al tema de la Cristiada y la persecución religiosa, tampoco podemos dejar de decir –aunque no falte quien nos tache de puristas, y qué se le va a hacer– que contiene considerables y notables errores históricos. A casi década y media de distancia, y en plena conmemoración de los primeros cien años de que comenzó el enfrentamiento que le da nombre en español, vale la pena hacer algunas reflexiones.

Hay quien dirá que «son meras licencias cinematográficas», que «tales cambios son necesarios», que «lo importante es el mensaje», que «está bonita y motiva a la defensa de la religión católica» y demás comentarios, la mayoría de ellos bienintencionados. No diremos que son argumentos completamente infundados, porque sí, en efecto, no es lo mismo abordar un tema tan complejo en los libros que hacerlo en un filme de poco más de dos horas; la prosa histórica y los guiones audiovisuales son diferentes y se construyen bajo diversas reglas. No obstante, al mismo tiempo, creemos –y con esto respetamos su derecho a no estar de acuerdo con nosotros– que, si un producto audiovisual se vende y promociona con el eslogan «La historia de México que te quisieron ocultar», y en sí se presenta en todo momento como algo histórico, no se pueden tomar los sucesos y escribirlos como uno quiera. En inglés, el subtítulo es «The true story of Cristiada», es decir, «la verdadera historia de la Cristiada».

Uno de los carteles promocionales de la película en inglés, utilizado para su venta en formato DVD. Fotografía tomada de Amazon.com.mx.

¿Qué pasa cuando nos damos cuenta de que lo mostrado, en numerosos instantes, dista de ser verídico? En todo caso, habría sido más acertado y honesto difundirla como un metraje «basado en hechos reales». Cuando se leen estos vocablos, comúnmente, se acepta de manera tácita que el producto final, aunque inspirado en sucesos que sí pasaron, incluye una significativa porción de ficción y que el guionista, como se dice coloquialmente, le añadió de su cosecha. Hay una divergencia entre una transposición, que es lo más cercano a contar los hechos con la mayor precisión posible… y una adaptación llena de licencias y cambios en la que, a la postre, se diluye categóricamente la línea entre la verdad y la ficción, y en donde lo histórico pasa a segundo término y se juega a placer con los datos. El segundo caso corresponde justamente a Cristiada.

¿Que había que condensar muchas historias en un metraje tan breve, y la labor era, de suyo, titánica y ambiciosa? ¿Que era difícil meter a todos los personajes posibles y tratar de unirlos en una sola línea argumental? Sí, nadie lo niega. Pero cuando uno se entera o sabe:

a) Que San José Sánchez del Río –interpretado por Mauricio Kuri, en su primer papel en la gran pantalla– no conoció ni a Gorostieta, ni a Cristóbal Magallanes –al que le inventan, para colmo, haber venido desde Europa cuando tenía siete años y haber sido fusilado delante del joven Mártir de Sahuayo–, ni a Victoriano Ramírez «el 14», ni al P. José Reyes Vega; y tampoco le dejó su corcel a Victoriano.

b) Que el joven sahuayense no murió a plena luz del día ni con sus padres presentes en primera fila.

A plena luz del día, de acuerdo con este fotograma de la película, Joselito camina hacia su muerte. Lo único que la secuencia muestra con acierto es que, en efecto, le habían desollado las plantas de los pies.
Recreación del martirio de San José Sánchez del Río, en el momento en que llega al cementerio. A la izquierda podemos ver a sus progenitores y a su padrino; sin embargo, cuando tuvo lugar el sacrificio del joven, ninguno de ellos estaba presente.
Lloroso, Gorostieta sostiene y mira a Joselito, ya sin vida. Es una escena conmovedora… pero, como otras tantas, inventada para la película.

c) Que Gorostieta sí tuvo hijos varones –el primero de ellos en 1923, Enrique Gorostieta Lasaga, quien falleció al año siguiente– y no dos hijas ya mayorcitas –que tendrían que haber nacido, por lo menos, entre 1917 y 1919, por las edades que les ponen–.

Enrique Gorostieta y su esposa Gertrudis junto con sus dos supuestas hijas. La única hija que tuvo aquel matrimonio fue Luz María, nacida en 1928, y a quien el autor de sus días únicamente pudo conocer en fotografía.
Plática (que jamás existió) entre San Joselito y Gorostieta. En dicha escena, el segundo le dice al primero: «Nunca tuve un hijo, pero si lo hubiera tenido, me habría gustado que fuera como tú». En la vida real, casi todos los vástagos del general fueron varones (dos de ellos se llamaron Enrique, como él, y el otro Fernando). Fotograma de la película.

d) Que el Beato Anacleto González Flores no fue asesinado de noche ni en la casa de la familia Vargas González, sino a plena tarde en el Cuartel Colorado (Guadalajara). Tampoco había en la casa una mujer de nombre Adriana. Ésta, aunque representa a las mujeres católicas que apoyaron la causa, es un personaje ficticio.

Anacleto González Flores poco antes de ser ejecutado. La versión de Cristiada muestra que lo mataron en la casa donde se ocultaba y de noche.

e) Que San José María Robles Hurtado no era un sacerdote que frisaba la ancianidad ni fue colgado dentro de su iglesia (y menos que luego llegó «el Catorce» para cobrar venganza por su muerte, así como Gorostieta por la de Joselito, y ahorcó al oficial… también en el interior del templo), ni durante el día.

Fotograma que muestra a Victoriano Ramírez descolgando el cadáver del P. José María Robles luego de haber ahorcado al militar callista que ordenó matarlo. Nada de esto sucedió en la realidad.

f) Que el sanmiguelense sí murió en Tepatitlán, pero no en la célebre batalla como el mayor de los héroes, sino dentro de la presidencia municipal y tras haber sido apresado por sus propios compañeros de lucha, bajo la sombra de la envidia y la traición.

Fotograma que muestra los últimos momentos de vida de «el Catorce» según la representación (nada acorde a los hechos) del filme.

g) Que el P. Vega no murió en la Hacienda del Valle el mismo día que Gorostieta, sino en Tepatitlán, el 19 de abril de 1929. Esto es, más de dos meses antes de que mataran al regiomontano (2 de junio del mismo año).

Gorostieta y el P. Reyes Vega resistiendo, lado a lado, la emboscada final en la Hacienda del Valle. En la realidad, el clérigo ya había muerto en la batalla de Tepatitlán, casi dos meses y medio antes.

h) Que Rafael Picazo, aunque sí era padrino de Joselito, no era el alcalde de Sahuayo sino diputado federal, y tampoco estuvo presente cuando fue ultimado su ahijado…

En fin, un largo etcétera, con el cual sí saltan a la vista las alteraciones conscientes, intencionadas –porque basta analizar las fuentes que existían en aquel momento y, siendo tantas, no puede tratarse de una mera equivocación– y hasta novelescas que se hicieron para escribir el guion. Quienes esto escribe profesa la religión católica y sabe disfrutar un largometraje sobre un tópico que le apasiona, mas no deja de ser historiadora, con el rigor que ello implica y que a veces puede ser tan poco grato para algunos. ¿Por qué quitar al público la satisfacción, por ejemplo, de que los torturadores de San Joselito pagan con su vida el haber asesinado al adolescente con tanta alevosía y crueldad? ¿Por qué empañar la parte en la que Gorostieta, deshecho en llanto, saca el cuerpo inerte del chico de la fosa y le estampa un afectuoso beso en la frente, para en seguida entregarlo a su madre? En medio de lo desgarrador, resulta reconfortante presenciar que aquel crimen tuvo, al menos, alguna consecuencia para quienes lo cometieron. Pero así no fue.

Con esto, empero, no decimos que la película nos desagrade enteramente o que esté fea, o que desaconsejemos verla (igual ese no es nuestro papel, cada quien puede ir al cine y dedicar su dinero, tiempo y atención a la producción que le guste, al margen de lo que comenten terceros). En el ámbito técnico y fotográfico, la realización es muy buena, y lo mismo podemos afirmar de los vestuarios, utilería y –en términos generales, porque también hay excepciones, como la de Rubén Blades como el presidente Plutarco Elías Calles– caracterización de los diversos personajes. La ambientación y los efectos especiales son otro aspecto destacado.

De igual modo, Cristiada da una idea vívida y global sobre la persecución religiosa y representa de forma adecuada, y aun emocionante, aspectos como la expulsión de eclesiásticos extranjeros, la suspensión de cultos y la concurrencia masiva de la gente para recibir los Sacramentos por última vez, la actuación de las heroicas e intrépidas Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco, el boicot económico –aunque no fuese idea de un mero transeúnte, como lo ilustra la película, sino que ya se había intentado con éxito en Jalisco en la segunda mitad de 1918 y en los albores de 1919– y las manifestaciones pacíficas en plena calle, la atroz represión ejercida contra los civiles y contra cualquiera que fuera sospechoso de ayudar a los cristeros, tanto en el campo como en las poblaciones y ciudades, y los ataques contra quienes asistían al Santo Sacrificio de la Misa y las diversas profanaciones y sacrilegios que perpetraba la soldadesca. La música del finado James Horner, por otro lado, dota de emotividad, sobrecogimiento o tensión –según sea el caso– las diversas escenas.

Incontables parejas acudiendo a recibir el Sacramento del matrimonio ante la inminencia de la suspensión del culto público. Fotograma de la película Cristiada (2012).
Las filas interminables de penitentes que, en los últimos días de julio de 1926, acudieron en masa a las iglesias para reconciliarse con Dios. Fotograma de Cristiada (2012).
Llegada de un grupo de mujeres de las Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco a un campamento cristero para entregar los pertrechos y víveres.
Fotograma que recrea, al dedillo, una conocida fotografía en la que cadáveres de cristeros penden de los postes de telégrafo a lo largo de la vía del tren.

Claro que, si lo que el lector busca o espera es ver es una obra muy fiel y apegada a los acontecimientos, «Cristiada» no es ese tipo de material. Y es lamentable, porque no faltó presupuesto y en la primera década de este siglo ya existían fuentes y documentación suficientes para crear un filme donde los vocablos «la verdadera historia» o «la historia que te quisieron ocultar» no se quedaran en eso, meras palabras.

Las opiniones aquí planteadas no tienen que ser las de quien lea este escrito, y viceversa. Sólo estamos tratando de ser objetivos y de atenernos a las exigencias de la disciplina histórica. Así es el oficio del historiador, aunque en ocasiones dé la impresión de que existe únicamente para arruinar o echar por tierra la ilusión de los espectadores de una película como la que nos ocupa.

Dicho esto, para quien lo desee, la opción de disfrutar el reestreno está abierta.

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Intento desesperado, audiencia fallida

Centenario de la entrevista de la última oportunidad entre los obispos Leopoldo Ruiz y Pascual Díaz y el presidente Calles (21 de agosto de 1926)

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Hoy se cumplen cien años de la llamada «entrevista de la última oportunidad», celebrada entre los prelados Leopoldo Ruiz y Flores y Pascual Díaz y Barreto, y el primer mandatario mexicano Plutarco Elías Calles. El encuentro tuvo lugar en el castillo de Chapultepec, casi tres semanas después de la publicación de la tristemente célebre Ley sobre delitos y faltas en materia de culto religioso y disciplina externa, la “Ley Calles”, en el Diario Oficial de la Federación.

Fotomontaje alusivo al título de la entrada. Al centro, Plutarco Elías Calles; a la izquierda, Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores; a la derecha, Monseñor Pascual Díaz y Barreto. Al fondo, el castillo de Chapultepec, donde se celebró la entrevista. Edición de imagen hecha por la autora.

Desde dos días antes, el 19 de agosto, Calles había enviado esta contestación a una carta enviada por el Comité Episcopal Mexicano el día 16:

Señores José Mora y del Río y Pascual Díaz. Presentes:

Me refiero a su oficio de fecha 16 del presente, por el que en uso del derecho de petición que establece el Artículo 8 constitucional, solicitan del ejecutivo de mi cargo que interponga su influencia “para que sean reformados de la manera más efectiva” los artículos constitucionales que consideran ustedes contrarios a sus intereses, así como las prescripciones penales con que se les ha sancionado, y que, “en tanto se logra esta reforma”, se suspenda la aplicación del decreto relativo a dichas sanciones penales y de los mismos artículos de la Constitución, de modo se cree “una situación de tolerancia” contraria a las leyes.

Como la facultad de iniciar leyes o decretos compete, como lo señala el Artículo 71 de la Constitución, al presidente de la República, a los diputados y senadores, al Congreso de la Unión y a las Legislaturas de los estados, han ejercitado ustedes correctamente su derecho de petición al dirigirse a uno de los capacitados para iniciar leyes; pero debo decirles, con toda sinceridad, que soy el menos adecuado para atender esa petición, y para iniciar las derogaciones y reformas constitucionales que se solicitan, porque los artículos de la Constitución que se impugnan se hallan en perfecto acuerdo con mi convicción filosófica y política, por lo que no puedo ser yo quien presente ni apoye ante el Congreso General una iniciativa semejante (INEHRM, 2026).

La puerta de la negociación ya estaba cerrada, pero los obispos Pascual y Leopoldo –los mismos que en su momento dialogaron con Emilio Portes Gil– insistieron en tocarla una última ocasión y decidieron tratar de hablar personalmente con Calles. Eran, como se dice coloquialmente, las últimas brazadas de ahogado. Con ellas, ambos eclesiásticos buscaban evitar a toda costa la guerra que se cernía sobre el país de forma irremisible. Eso no obstaculizó, empero, que exageraran su postura conciliadora. En palabras del mismo Jean Meyer, «fueron muy lejos: protestaron de su respeto y de su amor por el presidente. Exaltaron su “labor gran diosa digna de todo elogio”, lo felicitaron por su “ecuanimidad” y por su “firmeza”. Presentaron disculpas, pidieron perdón, aceptaron críticas hasta poco fundadas; llegaron a decir que “nuestro pueblo es ignorante” y sus sacerdotes también» (s. f., pp. 109-110).

Plutarco Elías Calles, presidente de México.

Citamos, sólo como ejemplo, las palabras con las que Monseñor Leopoldo inició la entrevista:

“Mucho agradecemos a usted Sr. Presidente, que se haya dignado recibirnos; para nosotros esta entrevista tiene una gran trascendencia, porque esperamos de ella magníficos resultados; muchos deseos teníamos de hablar con toda liber tad con usted. […] Usted señor, hizo declaraciones magníficas a la prensa americana en que decía no saber por qué nosotros habíamos puesto el grito en el cielo —esta es la idea, de las palabras no respondo que sean iguales—, porque se obligaba al sacerdote a que se inscribiera cuando esto no obedecía sino a cuestiones de estadística. Ojalá que hubiéramos conocido esto antes pues en este caso ninguno de los obispos hubiéramos puesto resistencia” (pp. 111-112).

Incluso habiéndose conducido de esa manera, sin duda contradictoria con la posición categórica de la vehemente Carta Pastoral en la que decretaron la cesación del culto público y de cualquier acto litúrgico que requiriera la presencia de un presbítero, Calles no cejó. Con verdad, les dijo a ambos prelados: “Estamos perdiendo [el tiempo] inútilmente. Yo no me saldré del camino que ya está marcado por la ley” (p. 135).

Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores. Imagen: Arquidiócesis de León.

En cierto momento de la entrevista, ostensiblemente airado, el presidente incluso acusó falsamente a los sacerdotes de Sahuayo de haber soliviantado a la gente y les imputó los acontecimientos del 4 de agosto de 1926, cuando la gente, enardecida, se enfrentó a la milicia federal para tratar de impedir que los templos fueran clausurados:

Monseñor Pascual Díaz y Barreto. Imagen: DeTabascosoy.com

“Con respecto a la actitud del clero dentro del país, es bien sabido que ha estado incitando a la rebelión; entre ese clero están los sacerdotes de Saguayo, y con toda sinceridad les digo que si esos sacerdotes llegan a ser aprehendidos por las fuerzas federales serán fusilados porque son responsables de haber institado (sic) a la rebelión causando derramamiento de sangre. Ellos son los directamente culpables de los acontecimientos acaecidos en Saguayo, en que perdieron la vida varios hombres” (p. 113).

Desde aquel momento, cuando el movimiento cristero se hallaba aún en ciernes, el nombre de la actual Capital de la Ciénega, a la sazón Sahuayo de Díaz, ya resonaba con intensidad. Cabe decir que, al preguntar el Obispo de Zamora al párroco de Santiago Apóstol, D. Pascual Orozco, sobre los sucesos, éste dijo que los presbíteros locales no tomaron parte en la reyerta y que, por el contrario, uno de ellos había recibido una bala perdida en la pierna, hallándose fuera de su casa: el P. Ignacio Sánchez Sánchez (tío carnal de San José Sánchez del Río).

Plaza de Sahuayo de Díaz en 1924, dos años antes de los sucesos de agosto de 1926. Instantánea perteneciente al Archivo fotográfico Guerrero.

Las disposiciones apaciguadoras de Díaz y de Flores contrastaron sin cesar con el ánimo incisivo de Calles. A cada propuesta mansa e incluso condescendiente de los primeros, el general sonorense replicaba con acritud. Llegó el punto en el que Pascual Díaz, quizá viendo que los minutos corrían y no se obtenía nada fructífero, expresó:

“Ya le hemos manifestado con toda sinceridad que no es cuestión de amor propio; nosotros estamos dispuestos a sacrificarlo todo menos nuestros principios” (p. 136).

Y Calles impugnó que ellos no querían sacrificar los suyos, pero sí que el gobierno renunciara a los propios.

“No, señor” contestó el obispo de Tabasco, “no le decimos que sacrifique sus principios pero sí tratamos de encontrar una manera de que nosotros podamos cumplir esa ley sin faltar a nuestros principios y sin desdoro del Gobierno. Así es, pues, que suplicamos al señor Presidente de la manera más respetuosa que por el momento espere” (p. 136).

¿A qué, se preguntará el lector? El mismo Calles les lanzó la interrogante a los prelados. Y la respuesta fue: “a suspender los efectos de esa ley” (la Ley Calles).

El resultado, como ya se sabe, no fue positivo, sino todo lo contrario: el presidente, tan tajante como siempre, les dijo a los prelados que no tenía intención alguna de modificar las leyes y que sólo tenían dos alternativas: tratar de modificarlas o recurrir a la rebelión:

“Ya les he dicho ustedes no tienen más que dos caminos: sujetarse a la Ley, a la Ley, pero si ésta no está de acuerdo con sus principios, lanzarse entonces a la lucha armada y tratar de derrocar en esta forma al actual Gobierno, para establecer uno nuevo que dicte leyes que armonicen con la manera de pensar de ustedes; pero para este caso les repito que nosotros estamos suficientemente preparados para vencerlos” (pp. 136-137).

En efecto, y como se los dejó claro en diversos puntos de la conversación, el régimen callista mantendría las legislaciones vigentes en materia religiosa. Y la jerarquía eclesiástica, al menos en ese instante, tampoco transigiría: ni los cultos, suspendidos desde el domingo 1° de agosto a raíz de la Carta Pastoral Colectiva del 25 de julio, se reanudarían, y los sacerdotes tampoco se registrarían ante las autoridades para ejercer legalmente su ministerio.

La historia que siguió a aquel fracaso diplomático ya se conoce a estas alturas. Una vez agotados todos los recursos pacíficos y legales, los levantamientos espontáneos de pequeños grupos de católicos continuaron. Al mismo tiempo, los efectos del boicot económico impulsado por la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR), émulo del que ya se había llevado a cabo en Jalisco en 1918 bajo la guía y acicate de líderes católicos prominentes –entre ellos el hoy Beato Anacleto González Flores– se dejaban sentir con intensidad, aunque no la suficiente para doblegar al gobierno y orillarlo y a modificar los artículos antirreligiosos y anticlericales de la Carta Magna.

Eso sin contar que, desde hacía tres semanas, tras la suspensión del culto público a nivel nacional, ya se habían producido reyertas en diversos puntos del país, entre ellos la Capilla de Jesús y el Santuario de Guadalupe en Guadalajara, en Cocula (Jalisco) y en Sahuayo de Díaz, como ya se ha abordado en otras entradas.

No está de más afirmar que, una vez que la Cristiada estalló formalmente, y planteado el tema de la licitud moral de la resistencia cristera, las palabras del presidente en cuanto a los caminos a tomar ante la persecución y el conflicto fueron traídas de nuevo a colación. Si alterar los artículos constitucionales por la vía legal había fallado, con manifestaciones pacíficas y demás tácticas incluidas, y a la luz de los aciagos acontecimientos, los católicos mexicanos creyeron que el único sendero que quedaba fue, justamente, el señalado por el político de Guaymas.

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Bibliografía:

INEHRM (2026). Diario de la historia. 19-agosto-1926. Respuesta del presidente Calles a los obispos. https://www.facebook.com/inehrm.fanpage/posts/diariodelahistoria19-agosto-1926respuesta-del-presidente-calles-a-los-obispos-el/1518636150293423/

Meyer, J. (s. f.). La entrevista de la última oportunidad. Relaciones. El Colegio de Michoacán.

La bandera de Morelos, símbolo del Rayo del Sur.

Autor: Conoce México a través de su historia

Morelos adopta su bandera de guerra… Un dia como hoy 19 de agosto, pero del año de 1812.

Morelos

En la población de Zitácuaro, Michoacán, el movimiento insurgente encabezado por José María Morelos y Pavón dio un paso más en la construcción de su identidad política y militar. En medio de la lucha por la independencia de la Nueva España, Morelos adoptó como bandera de guerra un estandarte que habría de convertirse en uno de los símbolos más representativos de la insurgencia.

Se trataba de un cuadrilongo de seda blanca y azul pálido, cuya imagen central mostraba, por primera vez, a un águila coronada, con las alas ligeramente caídas, posada sobre un nopal y un puente de tres arcos. Debajo de este conjunto aparecían las letras V.V.M., abreviatura de la frase «Viva la Virgen María», reflejando la profunda religiosidad que acompañó a gran parte del movimiento independentista. Oculis et unguibus aeque victrix: Frase en latín alrededor del escudo que se traduce como «Con los ojos y las garras igualmente victoriosas»

A diferencia del estandarte guadalupano utilizado por Miguel Hidalgo al inicio de la guerra, la bandera de Morelos incorporaba elementos propios que comenzaban a perfilar una simbología nacional. El águila sobre el nopal evocaba antiguas raíces mexicanas, mientras que la corona representaba aún las complejas ideas políticas de una época en transición. Aquella insignia acompañó a los insurgentes en campañas militares decisivas y contribuyó a fortalecer el sentido de unidad entre quienes combatían por la libertad.

La figura de Morelos inspiraba una lealtad profunda entre sus soldados y seguidores. El cariño y respeto que despertaba quedaron reflejados en una popular copla de la época:

Por un cabo doy un real;
por un sargento, un tostón;
por mi general Morelos
doy todo mi corazón.

Estos versos sintetizan el enorme prestigio que el Siervo de la Nación había ganado por su liderazgo, disciplina y compromiso con la causa insurgente. Para muchos de sus hombres, Morelos no era solamente un jefe militar, sino la esperanza de un país que comenzaba a imaginarse libre y soberano.

A más de dos siglos de distancia, la adopción de esta bandera de guerra constituye un episodio fundamental en la historia de los símbolos patrios de México. En ella ya se vislumbraban elementos que, con el paso de los años, evolucionarían hasta convertirse en parte esencial de la identidad nacional. El estandarte de Morelos fue, en su tiempo, mucho más que una bandera: fue la representación de un ideal de libertad que continuaba abriendo camino en los campos de batalla de la Independencia.

«Por mi general Morelos doy todo mi corazón» sigue siendo una expresión que resume el reconocimiento histórico hacia uno de los más grandes héroes de México.

NOTA: La bandera tiene los colores del manto de la Virgen Maria, azul y blanco. Los colores marianos.

El sucesor del General Enrique Gorostieta

Breve semblanza de Jesús Degollado Guízar, segundo General en jefe del Ejército Cristero

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Fotomontaje alusivo al título de la presente entrada, que muestra al general Jesús Degollado Guízar durante sus tiempos como oficial cristero. Al fondo, la bandera mexicana. Edición de imagen por la autora.

Originario de Cotija de la Paz, Michoacán, Jesús Degollado Guízar vio la luz primera el 3 de agosto de 1892. Sus padres fueron don Santos Degollado Carranza y doña Maura Guízar Valencia, hermana de San Rafael Guízar y de Antonio de los mismos apellidos; ambos fueron prelados durante el tiempo de la persecución religiosa en México y, a diferencia de su pariente José María González Valencia –quien apoyó a ultranza el movimiento cristero–, se opusieron con rotundidad a la resistencia armada por parte de los católicos. En su momento, a su vez, estuvieron en contra de la idea de suspender el culto público en 1926.

Vista panorámica del templo parroquial de Cotija de la Paz, Michoacán, tierra natal del general Jesús Degollado Guízar. Fotografía de OMAR802 at the English Wikipedia, tomada en 2007.

Volvamos con nuestro biografiado. Por causas laborales, la familia Degollado Guízar pasó a radicar en el pueblo de Sahuayo de Díaz. Su vivienda se encontraba frente a la puerta principal de la Parroquia de Santiago Apóstol, y desde allí se alcanzaba a ver el altar mayor. Por su parte, en la década de los veinte, Jesús se marchó a Atotonilco el Alto –tierra natal del también general cristero Lauro Rocha González, caído en 1936–, donde se afilió a la célebre ACJM, la Asociación Católica de la Juventud Mexicana fundada en agosto de 1913 por el jesuita belga Bernardo Bergöend, y también a la Unión de Católicos Mexicanos, mejor conocida como la “U”. Para ese momento ya se había casado, en 1911, con la señora María Soledad Bouquet Carranza.

En los albores de la Cristiada, Jesús Degollado Guízar no dejó de enterarse de los sucesos que tuvieron lugar a comienzos de agosto de 1926 en la actual Capital de la Ciénega:

El día cuatro de agosto de ese año, siendo jefe de la Liga y miembro de la «U» el caballeroso señor don José Ramírez, el pueblo presenció una tragedia en la que fueron asesinados en Sahuayo, Mich., unos de los vecinos más caracterizados del lugar. El pueblo entero se defendió, hubo un terrible combate en el que los vecinos, ayudados por las Acordadas del Cerrito y Guaracha, vencieron al destacamento federal obligándolo a salir del poblado (Degollado Guízar, 1927, p. 21).

El lector puede encontrar más pormenores al respecto en otras dos entradas de «Crónicas de la Ciénega».

A inicios de 1927, de acuerdo con lo relatado por Degollado, los levantamientos empezaron de lleno. En su narración, el cotijense resalta la importancia de la ya mencionada Unión de Católicos Mexicanos.

En el occidente de Michoacán, siendo vecinos de Cotija, se levantaron en armas el Gral. don Prudencio Mendoza, el Gral. don Maximiliano Barragán, los coroneles don Luis Guízar Morfín, don José Guízar Oceguera, don Honorato González, don José González, don Evaristo Mendoza. Todos estos Jefes con mando de grupos eran de la «U». […] Los Estados Mayores de los jefes estaban formados por jóvenes de la A. C. J. M., muchos de ellos de la «U», y entre las clases de tropas numerosos oficiales y soldados también eran de la «U» (Degollado, 1957, p. 22).

A mediados de aquel mismo año, la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa le asignó a don Jesús Degollado el rango de general de división y Jefe de Operaciones en la región de Occidente, que englobaba el occidente michoacano, el sur jalisciense y Nayarit. En cierto punto de la contienda, su esposa fue arrestada y hecha prisionera en Guadalajara. De acuerdo con sus Memorias, el párroco de Juchitlán le dio la noticia. Pero, nos dice el mismo general, cuando recibió la Comunión de manos de aquel presbítero hizo este ofrecimiento en su interior:

Por lo que se sabe que pasa en las prisiones callistas, toda mujer que cae en manos de esos esbirros es ultrajada. No obstante ese dolor y pena tan grandes, te los ofrezco con todo mi corazón, diciéndote que para Ti, hasta la honra te doy, aun cuando sangra mi corazón. […] Dios, que conoce nuestros pensamientos, vio que […] le presentaba un verdadero ofrecimiento; y Él salvó a mi esposa, permitiendo que los masones de Guadalajara le hicieran guardia de día y de noche (Degollado Guízar, 1927, p. 238).

Luego de que Enrique Gorostieta Velarde fuera asesinado en la hoy ex Hacienda del Valle, cerca de Atotonilco el Alto, Jalisco, el general Degollado fue nombrado su sucesor como General en jefe del Ejército Nacional Cristero. Como tal, a él tocó beber el amarguísimo trago de los «arreglos» del 21 de junio de 1929 y licenciar a las tropas cristeras, a sabiendas de que la supuesta «amnistía» otorgada por el régimen no era más que una farsa y de que muchos irían al destierro, para salvar la vida, o serían asesinados deshonrosamente. De allí que, en agosto, con el alma hecha pedazos, escribiera aquellas palabras tan trágicas como inmortales:

Compañeros de lucha:

En un momento doloroso y trágico, cuando el invicto organizador de la Guardia Nacional, general de división Enrique Gorostieta, caía heroico, bajo las balas del enemigo, tuve que recibir de sus manos, la bandera que él, con tanto valor, había empuñado, para conducirnos a la victoria. Acepté decidido el cargo que, superior a mis fuerzas, se me ofrecía, pero entonces estaba muy lejos de pensar que me habría de enfrentar con el más grave de los problemas: el de la cesación de las hostilidades, el de la terminación de la lucha. […]

Su Santidad el Papa, por medio del Excelentísimo Señor Delegado Apostólico, ha dispuesto, por razones que no conocemos, pero que, como católicos acatamos, que sin derogar las leyes, se reanudaran los cultos, y que el sacerdote, poniéndose en cierto modo al amparo de ellas, comenzase a ejercer su ministerio públicamente. En el acto, nuestra situación, compañeros, ha cambiado.

[…]

Debemos, compañeros, acatar reverentes los decretos ineluctables de la Providencia: cierto que no hemos completado la victoria; pero nos cabe, como cristianos, una satisfacción íntima, mucho más rica para el alma: el cumplimiento del deber y el ofrecer a la Iglesia y a Cristo el más preciado de nuestros holocaustos, el de ver rotos, ante el mundo, nuestros ideales, pero abrigando, sí, ¡vive Dios!, la convicción sobrenatural que nuestra fe mantiene y alimenta, de que al fin Cristo Rey reinará en México, no a medias, sino como Soberano absoluto sobre las almas.

Como hombres, cábenos también otra satisfacción que jamás podrán arrebatarnos nuestros contrarios: la Guardia Nacional desaparece, pero no vencida por nuestros enemigos […] Ave, Cristo, los que por ti vamos a la humillación, al destierro, tal vez a una muerte ingloriosa, víctimas de nuestros enemigos, con el más fervoroso de nuestros amores, te saludamos, y, una vez más, te aclamamos Rey de nuestra patria. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe! (Degollado Guízar, 1957, pp. 281-285).

Poco antes de enviar dicha carta, el general Degollado trató de obtener condiciones justas para el licenciamiento y, naturalmente, la libertad de su consorte. Según lo narra en su libro de memorias, Jesús Degollado envió a Luis Beltrán y Mendoza para que hablara con el Delegado Apostólico, a fin de que éste le diera la recomendación necesaria para acudir con el presidente interino Emilio Portes Gil. Aunque renuente al inicio, el político tamaulipeco aceptó liberar a la señora Soledad. En cuanto a que las tropas cristeras se licenciaran, poco después se produjo el fin de la guerra y la posterior matanza por la cual, como se sabe ya, murieron más cristeros luego de los «arreglos» que durante la misma Cristiada:

Otra fotografía del general Jesús Degollado Guízar. Retoque y edición hechos por la autora.

Di cuenta a los superiores, quienes aprobaron lo que dispuse, y días después diose principio al licenciamiento de nuestras fuerzas, porque la Guardia Nacional, o sea el ejército cristero, no fue vencido (Degollado Guízar, 1957, p. 249).

Oculto muchos años luego del término oficial de la Cristiada, para escapar a la cacería sistemática de los cristeros supuestamente amnistiados, el general Jesús Degollado Guízar falleció el 27 de agosto de 1957.

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Bibliografía:

Degollado Guízar, J. (1957). Memorias de Jesús Degollado Guízar. Último general en jefe del Ejército Cristero. México: Jus.

Enciclopedia de la Literatura en México (13 de marzo de 2020). Jesús Degollado Guízar. ELEM & Fundación para las Letras Mexicanas (FLM). https://www.elem.mx/autor/datos/1332