Intento desesperado, audiencia fallida

Centenario de la entrevista de la última oportunidad entre los obispos Leopoldo Ruiz y Pascual Díaz y el presidente Calles (21 de agosto de 1926)

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Hoy se cumplen cien años de la llamada «entrevista de la última oportunidad», celebrada entre los prelados Leopoldo Ruiz y Flores y Pascual Díaz y Barreto, y el primer mandatario mexicano Plutarco Elías Calles. El encuentro tuvo lugar en el castillo de Chapultepec, casi tres semanas después de la publicación de la tristemente célebre Ley sobre delitos y faltas en materia de culto religioso y disciplina externa, la “Ley Calles”, en el Diario Oficial de la Federación.

Fotomontaje alusivo al título de la entrada. Al centro, Plutarco Elías Calles; a la izquierda, Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores; a la derecha, Monseñor Pascual Díaz y Barreto. Al fondo, el castillo de Chapultepec, donde se celebró la entrevista. Edición de imagen hecha por la autora.

Desde dos días antes, el 19 de agosto, Calles había enviado esta contestación a una carta enviada por el Comité Episcopal Mexicano el día 16:

Señores José Mora y del Río y Pascual Díaz. Presentes:

Me refiero a su oficio de fecha 16 del presente, por el que en uso del derecho de petición que establece el Artículo 8 constitucional, solicitan del ejecutivo de mi cargo que interponga su influencia “para que sean reformados de la manera más efectiva” los artículos constitucionales que consideran ustedes contrarios a sus intereses, así como las prescripciones penales con que se les ha sancionado, y que, “en tanto se logra esta reforma”, se suspenda la aplicación del decreto relativo a dichas sanciones penales y de los mismos artículos de la Constitución, de modo se cree “una situación de tolerancia” contraria a las leyes.

Como la facultad de iniciar leyes o decretos compete, como lo señala el Artículo 71 de la Constitución, al presidente de la República, a los diputados y senadores, al Congreso de la Unión y a las Legislaturas de los estados, han ejercitado ustedes correctamente su derecho de petición al dirigirse a uno de los capacitados para iniciar leyes; pero debo decirles, con toda sinceridad, que soy el menos adecuado para atender esa petición, y para iniciar las derogaciones y reformas constitucionales que se solicitan, porque los artículos de la Constitución que se impugnan se hallan en perfecto acuerdo con mi convicción filosófica y política, por lo que no puedo ser yo quien presente ni apoye ante el Congreso General una iniciativa semejante (INEHRM, 2026).

La puerta de la negociación ya estaba cerrada, pero los obispos Pascual y Leopoldo –los mismos que en su momento dialogaron con Emilio Portes Gil– insistieron en tocarla una última ocasión y decidieron tratar de hablar personalmente con Calles. Eran, como se dice coloquialmente, las últimas brazadas de ahogado. Con ellas, ambos eclesiásticos buscaban evitar a toda costa la guerra que se cernía sobre el país de forma irremisible. Eso no obstaculizó, empero, que exageraran su postura conciliadora. En palabras del mismo Jean Meyer, «fueron muy lejos: protestaron de su respeto y de su amor por el presidente. Exaltaron su “labor gran diosa digna de todo elogio”, lo felicitaron por su “ecuanimidad” y por su “firmeza”. Presentaron disculpas, pidieron perdón, aceptaron críticas hasta poco fundadas; llegaron a decir que “nuestro pueblo es ignorante” y sus sacerdotes también» (s. f., pp. 109-110).

Plutarco Elías Calles, presidente de México.

Citamos, sólo como ejemplo, las palabras con las que Monseñor Leopoldo inició la entrevista:

“Mucho agradecemos a usted Sr. Presidente, que se haya dignado recibirnos; para nosotros esta entrevista tiene una gran trascendencia, porque esperamos de ella magníficos resultados; muchos deseos teníamos de hablar con toda liber tad con usted. […] Usted señor, hizo declaraciones magníficas a la prensa americana en que decía no saber por qué nosotros habíamos puesto el grito en el cielo —esta es la idea, de las palabras no respondo que sean iguales—, porque se obligaba al sacerdote a que se inscribiera cuando esto no obedecía sino a cuestiones de estadística. Ojalá que hubiéramos conocido esto antes pues en este caso ninguno de los obispos hubiéramos puesto resistencia” (pp. 111-112).

Incluso habiéndose conducido de esa manera, sin duda contradictoria con la posición categórica de la vehemente Carta Pastoral en la que decretaron la cesación del culto público y de cualquier acto litúrgico que requiriera la presencia de un presbítero, Calles no cejó. Con verdad, les dijo a ambos prelados: “Estamos perdiendo [el tiempo] inútilmente. Yo no me saldré del camino que ya está marcado por la ley” (p. 135).

Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores. Imagen: Arquidiócesis de León.

En cierto momento de la entrevista, ostensiblemente airado, el presidente incluso acusó falsamente a los sacerdotes de Sahuayo de haber soliviantado a la gente y les imputó los acontecimientos del 4 de agosto de 1926, cuando la gente, enardecida, se enfrentó a la milicia federal para tratar de impedir que los templos fueran clausurados:

Monseñor Pascual Díaz y Barreto. Imagen: DeTabascosoy.com

“Con respecto a la actitud del clero dentro del país, es bien sabido que ha estado incitando a la rebelión; entre ese clero están los sacerdotes de Saguayo, y con toda sinceridad les digo que si esos sacerdotes llegan a ser aprehendidos por las fuerzas federales serán fusilados porque son responsables de haber institado (sic) a la rebelión causando derramamiento de sangre. Ellos son los directamente culpables de los acontecimientos acaecidos en Saguayo, en que perdieron la vida varios hombres” (p. 113).

Desde aquel momento, cuando el movimiento cristero se hallaba aún en ciernes, el nombre de la actual Capital de la Ciénega, a la sazón Sahuayo de Díaz, ya resonaba con intensidad. Cabe decir que, al preguntar el Obispo de Zamora al párroco de Santiago Apóstol, D. Pascual Orozco, sobre los sucesos, éste dijo que los presbíteros locales no tomaron parte en la reyerta y que, por el contrario, uno de ellos había recibido una bala perdida en la pierna, hallándose fuera de su casa: el P. Ignacio Sánchez Sánchez (tío carnal de San José Sánchez del Río).

Plaza de Sahuayo de Díaz en 1924, dos años antes de los sucesos de agosto de 1926. Instantánea perteneciente al Archivo fotográfico Guerrero.

Las disposiciones apaciguadoras de Díaz y de Flores contrastaron sin cesar con el ánimo incisivo de Calles. A cada propuesta mansa e incluso condescendiente de los primeros, el general sonorense replicaba con acritud. Llegó el punto en el que Pascual Díaz, quizá viendo que los minutos corrían y no se obtenía nada fructífero, expresó:

“Ya le hemos manifestado con toda sinceridad que no es cuestión de amor propio; nosotros estamos dispuestos a sacrificarlo todo menos nuestros principios” (p. 136).

Y Calles impugnó que ellos no querían sacrificar los suyos, pero sí que el gobierno renunciara a los propios.

“No, señor” contestó el obispo de Tabasco, “no le decimos que sacrifique sus principios pero sí tratamos de encontrar una manera de que nosotros podamos cumplir esa ley sin faltar a nuestros principios y sin desdoro del Gobierno. Así es, pues, que suplicamos al señor Presidente de la manera más respetuosa que por el momento espere” (p. 136).

¿A qué, se preguntará el lector? El mismo Calles les lanzó la interrogante a los prelados. Y la respuesta fue: “a suspender los efectos de esa ley” (la Ley Calles).

El resultado, como ya se sabe, no fue positivo, sino todo lo contrario: el presidente, tan tajante como siempre, les dijo a los prelados que no tenía intención alguna de modificar las leyes y que sólo tenían dos alternativas: tratar de modificarlas o recurrir a la rebelión:

“Ya les he dicho ustedes no tienen más que dos caminos: sujetarse a la Ley, a la Ley, pero si ésta no está de acuerdo con sus principios, lanzarse entonces a la lucha armada y tratar de derrocar en esta forma al actual Gobierno, para establecer uno nuevo que dicte leyes que armonicen con la manera de pensar de ustedes; pero para este caso les repito que nosotros estamos suficientemente preparados para vencerlos” (pp. 136-137).

En efecto, y como se los dejó claro en diversos puntos de la conversación, el régimen callista mantendría las legislaciones vigentes en materia religiosa. Y la jerarquía eclesiástica, al menos en ese instante, tampoco transigiría: ni los cultos, suspendidos desde el domingo 1° de agosto a raíz de la Carta Pastoral Colectiva del 25 de julio, se reanudarían, y los sacerdotes tampoco se registrarían ante las autoridades para ejercer legalmente su ministerio.

La historia que siguió a aquel fracaso diplomático ya se conoce a estas alturas. Una vez agotados todos los recursos pacíficos y legales, los levantamientos espontáneos de pequeños grupos de católicos continuaron. Al mismo tiempo, los efectos del boicot económico impulsado por la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR), émulo del que ya se había llevado a cabo en Jalisco en 1918 bajo la guía y acicate de líderes católicos prominentes –entre ellos el hoy Beato Anacleto González Flores– se dejaban sentir con intensidad, aunque no la suficiente para doblegar al gobierno y orillarlo y a modificar los artículos antirreligiosos y anticlericales de la Carta Magna.

Eso sin contar que, desde hacía tres semanas, tras la suspensión del culto público a nivel nacional, ya se habían producido reyertas en diversos puntos del país, entre ellos la Capilla de Jesús y el Santuario de Guadalupe en Guadalajara, en Cocula (Jalisco) y en Sahuayo de Díaz, como ya se ha abordado en otras entradas.

No está de más afirmar que, una vez que la Cristiada estalló formalmente, y planteado el tema de la licitud moral de la resistencia cristera, las palabras del presidente en cuanto a los caminos a tomar ante la persecución y el conflicto fueron traídas de nuevo a colación. Si alterar los artículos constitucionales por la vía legal había fallado, con manifestaciones pacíficas y demás tácticas incluidas, y a la luz de los aciagos acontecimientos, los católicos mexicanos creyeron que el único sendero que quedaba fue, justamente, el señalado por el político de Guaymas.

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Bibliografía:

INEHRM (2026). Diario de la historia. 19-agosto-1926. Respuesta del presidente Calles a los obispos. https://www.facebook.com/inehrm.fanpage/posts/diariodelahistoria19-agosto-1926respuesta-del-presidente-calles-a-los-obispos-el/1518636150293423/

Meyer, J. (s. f.). La entrevista de la última oportunidad. Relaciones. El Colegio de Michoacán.

La bandera de Morelos, símbolo del Rayo del Sur.

Autor: Conoce México a través de su historia

Morelos adopta su bandera de guerra… Un dia como hoy 19 de agosto, pero del año de 1812.

Morelos

En la población de Zitácuaro, Michoacán, el movimiento insurgente encabezado por José María Morelos y Pavón dio un paso más en la construcción de su identidad política y militar. En medio de la lucha por la independencia de la Nueva España, Morelos adoptó como bandera de guerra un estandarte que habría de convertirse en uno de los símbolos más representativos de la insurgencia.

Se trataba de un cuadrilongo de seda blanca y azul pálido, cuya imagen central mostraba, por primera vez, a un águila coronada, con las alas ligeramente caídas, posada sobre un nopal y un puente de tres arcos. Debajo de este conjunto aparecían las letras V.V.M., abreviatura de la frase «Viva la Virgen María», reflejando la profunda religiosidad que acompañó a gran parte del movimiento independentista. Oculis et unguibus aeque victrix: Frase en latín alrededor del escudo que se traduce como «Con los ojos y las garras igualmente victoriosas»

A diferencia del estandarte guadalupano utilizado por Miguel Hidalgo al inicio de la guerra, la bandera de Morelos incorporaba elementos propios que comenzaban a perfilar una simbología nacional. El águila sobre el nopal evocaba antiguas raíces mexicanas, mientras que la corona representaba aún las complejas ideas políticas de una época en transición. Aquella insignia acompañó a los insurgentes en campañas militares decisivas y contribuyó a fortalecer el sentido de unidad entre quienes combatían por la libertad.

La figura de Morelos inspiraba una lealtad profunda entre sus soldados y seguidores. El cariño y respeto que despertaba quedaron reflejados en una popular copla de la época:

Por un cabo doy un real;
por un sargento, un tostón;
por mi general Morelos
doy todo mi corazón.

Estos versos sintetizan el enorme prestigio que el Siervo de la Nación había ganado por su liderazgo, disciplina y compromiso con la causa insurgente. Para muchos de sus hombres, Morelos no era solamente un jefe militar, sino la esperanza de un país que comenzaba a imaginarse libre y soberano.

A más de dos siglos de distancia, la adopción de esta bandera de guerra constituye un episodio fundamental en la historia de los símbolos patrios de México. En ella ya se vislumbraban elementos que, con el paso de los años, evolucionarían hasta convertirse en parte esencial de la identidad nacional. El estandarte de Morelos fue, en su tiempo, mucho más que una bandera: fue la representación de un ideal de libertad que continuaba abriendo camino en los campos de batalla de la Independencia.

«Por mi general Morelos doy todo mi corazón» sigue siendo una expresión que resume el reconocimiento histórico hacia uno de los más grandes héroes de México.

NOTA: La bandera tiene los colores del manto de la Virgen Maria, azul y blanco. Los colores marianos.

León XIV ante el parlamento español. 10 frases que quedan para la historia.

Estas son diez frases destacadas del histórico discurso del Papa León XIV ante el Congreso de los Diputados y el Senado de España, reunidos en sesión conjunta este lunes 8 de junio:

  1. “Más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes”.
  2. “Toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento”.
  3. “Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?».
  4. “La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia”.
  5. “Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer”.
  6. “Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos. La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos”.
  7. “La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos”.
  8. “La libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe”.
  9. “Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de aquella conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia entre las naciones. Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera”.
  10. “Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para ‘desarmar el lenguaje’. La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación”.

FUENTE: ACI Prensa.

La imagen de la Guadalupana que fue apuñalada en Morelia (1921)

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

En el mes de mayo de 1921, específicamente el día 8, hace poco más de ciento cinco años, un grupo de militantes bolcheviques irrumpió en la Catedral de Morelia y dañó a cuchilladas una imagen de la Santísima Virgen de Guadalupe.

Fotomontaje alusivo al contenido del presente artículo, en el que se muestra la imagen que fue profanada por los socialistas el 8 de mayo de 1921. En la mitad inferior derecha se aprecia la Catedral de Morelia. Edición realizada por la autora.

Antes de perpetrar aquel acto sacrílego, los atacantes izaron la bandera rojinegra en lo alto del sagrado recinto. Al igual que hizo Miguel Gómez Loza en Guadalajara –véase la entrada Cuaresma roja en Guadalajara, en esta misma página–, un obrero llamado Joaquín Cornejo tuvo la valentía de subir y quitarla, y posteriormente quemarla. En la iglesia principal de la capital michoacana no ondearía aquel lábaro.

Enfurecidos, los socialistas exigieron a Maximiliano López, sacristán, que les dijera quién había arrancado la enseña rojinegra. No consiguieron contestación, por lo que amenazaron e injuriaron a López. Éste, lleno de temor por el daño que pudieran infligirle, creyó poder refugiarse en la Catedral… pero fue seguido por los bolcheviques, quienes no sólo irrumpieron en el inmueble religioso sin respeto alguno, sino también en la Capilla del Sagrario. Allí se hallaba, sobre la pared, la imagen de la Morenita. Con odio y rabia desbordados, los socialistas dañaron la imagen a cuchilladas y abrieron dos profundas rasgaduras en la sección inferior. Una perjudicó parte del marco y la media luna, yendo hacia la figura del ángel que sostiene a la Reina del Cielo.

Cuatro días después de lo ocurrido, justamente airados, los católicos llevaron a cabo una manifestación a fin de externar, pública y categóricamente, su devoción a la Morenita del Tepeyac y protestar por los acontecimientos del 8 de mayo. Cabe decir que el día 11 habían proyectado hacer una peregrinación, pero los agentes policiales lo impidieron alegando que constituía una violación del artículo 24 de la Constitución Política, en el cual, textualmente, se leía:

Todo acto religioso de culto público deberá celebrarse precisamente dentro de los templos, los cuales estarán siempre bajo la vigilancia de la autoridad (1917, pp. 23-24).

Catedral de la ciudad de Morelia, donde los socialistas izaron su bandera en mayo de 1821. En su interior se encontraba la imagen de Santa María de Guadalupe que profanaron posteriormente.

Las autoridades del gobierno del Estado de Michoacán, a la sazón encabezado por Francisco J. Múgica, connotado anticlerical y jacobino, no permitieron que la manifestación se efectuara de modo pacífico. Por el contrario, a fin de dispersarla y acallar los continuos vítores a Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe que proferían los fieles, la policía y los soldados abrieron fuego contra la multitud inerme. De nada valió que un hombre llamado Julián Vargas encarara al jefe de la policía y externara que, como ciudadanos de un país libre, tenían el derecho –siempre y cuando no trastocaran el orden público– de manifestar de alguna forma su descontento por los agravios cometidos contra la imagen.

Varios fieles murieron –cuatro varones y dos mujeres– y otros tantos quedaron lesionados por los proyectiles. Los caídos fueron Julián Vargas, Rómulo González Figueroa, Felipe López, el ya mencionado Joaquín Cornejo, Crescenciana Cerrillos y María González.

La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe fue restaurada al cabo de un tiempo, por lo que las huellas de las puñaladas apenas son visibles. Actualmente se resguarda en la Rectoría de Santa Catalina de Siena, llamado el templo de “Las Monjas”, en la misma ciudad de Morelia. Allí mismo fue coronada, el 12 de diciembre de 1945, por Monseñor Luis María Altamirano y Bulnes.

Rectoría de Santa Catalina de Siena («Las Monjas») en Morelia. Aquí se resguarda la imagen de la Virgen de Guadalupe que los socialistas apuñalaron, ya restaurada.

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Bibliografía:

Rius Facius, A. (1963). La Juventud Católica y la Revolución Mexicana: 1910-1925. México: Jus.

Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos (1917). constitucion1917.gob.mx/work/models/Constitucion1917/Resource/246/1/images/const1917.pdf

La «venerabilísima imagen» del Señor del Perdón de Cojumatlán, una historia y una tradición.

Francisco Gabriel Montes Ayala

Desde que se tiene memoria, y después de la evangelización hacia 1530 por fray Jacobo Daciano y sus compañeros, Fray Juan de Padilla y Fray Bartolomé de Estrada, todos los investigadores y quienes hemos escrito la historia del Señor del Perdón, coincidimos en que se encontró la imagen en un camichín en 1532 y que fue fue Fray Jacobo Daciano quién lo descubre en aquel árbol frondoso.

El Señor del Perdón en su altar. Fotografia de Francisco Gabriel Montes.

Esta imagen, tuvo por muchos siglos como nombre, la advocación de «El Señor del Camichin» por el origen de la madera que fue trabajada y pulida por uno de los primeros talladores de madera del pueblo de Cojumatlán. Se cuenta también, que se veía por las noches, que el camichín se iluminaba donde estaba formado el cristo entre sus ramas.

Con el paso del tiempo, el Cristo de Cojumatlán estuvo en la capilla del hospital de indios, fue una imagen muy venerada por la comunidad indígena y durante la guerra de independencia, cuando el vicario de Cojumatlán, Marcos Castellanos se hizo el líder de la resistencia mezcalteca, los realistas quemaron el pueblo y se llevaron el Cristo del Camichín a la población de Chapala, donde José Santana y los insurgentes de Castellanos, entran y lo rescatan llevándolo a la Isla de Mezcala, donde estuvo hasta 1817 que vuelve a Cojumatlán con la entrega de las islas rebeldes.

Fue el padre don José Dolores Zepeda, originario de Cojumatlán, que en los años de la guerras federalistas, le cambia el nombre de la advocación y le pone Señor del Perdón, por «las faltas cometidas en las guerras» y siendo cura coadjutor de Sahuayo, inician las fiestas el 3 de mayo de 1839, siendo vicario José Antonio Sánchez Nieto. Ya en el siglo diecinueve se menciona en diversos documentos de licencias para celebrar y exponer el santísimo sacramento para sus fiestas, como «venerabilísima imagen del Señor del Perdón».

El Padre Eufemio Zepeda hermano de don Esteban, que estuvo también en Cojumatlán, le dio especial énfasis a la fiesta del Señor del Perdón, pero sin duda alguna que fue Heliodoro Moreno Pantoja, primer cura de Cojumatlán, por casi 45 años, que conformó la fiesta como la conocemos hoy y obtuvo el patronazgo de la parroquia como del Señor del Perdón, dejando atrás su antiguo nombre de Santa María de la Asunción. Todos los señores curas que han estado en la nómina de la parroquia cojumatlense, han seguido la tradición de las festividades del 3 de mayo.

Hoy el actual párroco Gerardo Díaz Rosas, sigue con esta tradición a menos de un año de su toma de posesión como Cura de Cojumatlán.

Próximamente estaré presentando la historia documentada de la imagen del Señor del Perdón de Cojumatlán.

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¿Por qué el hermanamiento entre  Sahuayo y la comunidad francesa de Chapelle Basse Mer? una historia de dos épocas que va más allá de la actualidad.

Francisco Gabriel Montes Ayala

El 16 de abril, dos comunidades católicas se unieron en un hermanamiento que muestran dos tiempos, dos épocas vividas a más de 130 años de distancia; en dos países de dos continentes distantes, con una historia parecida en México con la guerra cristera,  casi igual, a la guerra durante la revolución francesa en la Vendée; son dos acontecimientos iguales divididos por el tiempo, donde los católicos de ambos países defienden su fe y su religión, ante los embates del jacobinismo.

La revolución francesa, había buscado culpables desde el inicio; lo cierto que los burgueses, iban contra los de más arriba, y contra todo lo que sirviera para justificar el movimiento, pero parecía que el pueblo necesitaba más que agitación. No se resolvía las peticiones del pueblo, seguían amotinándose por el hambre.

Pero los motines en la Francia de la revolución no acaban. Apoderarse de los bienes que habían obtenido no daba solución, con una confiscación de bienes del reino y sin poder resolverle al pueblo, los ojos de la revolución se puso en otro nuevo chivo expiatorio, la iglesia católica, que hasta ese momento no había sido tocada, y que muchos católicos habían apoyado la revolución. Fue entonces que forman un clero civilista, algunos curas se unieron, otros, que se quedaron leales a Roma, serían considerados traidores, lo mismo pasaría a la grey católica que siguió fiel al papa. Confiscados los bienes de la Iglesia, con el fin de obtener recursos con la venta de tierras de «manos muertas» o bien edificios, comenzó la cacería de católicos.

En la Vendée en marzo de 1793 inicia la rebelión contra la nación estado que impulsaba la exclusión de los ciudadanos que no pensaban igual que los revolucionarios; se dice que más de 443 mil fueron ejecutados, entre niños, mujeres, ancianos y hombres, utilizando desde ahogamiento, fusilamiento, estallamiento de cabeza, etc., para eliminar al pueblo monárquico y católico.

Después de 133 años de aquellos acontecimientos en Francia, en México se desataría la guerra cristera en 1926, la resistencia de los católicos a la persecución religiosa del gobierno callista y de los liberales jacobinos mexicanos, traería funestas consecuencias al país. Nuevamente en México, sin que la revolución tuviera más enemigos qué eliminar, la élite política imperante, desata la persecución contra la iglesia con el fin de «desfanatizar» al pueblo, es decir, descristianizar, ya que en el discurso, la iglesia, seguía opuesta a la revolución y los principios de la misma, implantados por un grupo que ya había eliminado a otros líderes revolucionarios, un movimiento político más que social era por la conquista del poder y que a ejemplo de la revolución francesa, eliminó a sus propios líderes, la revolución mexicana se comía y destruía a sus propios hijos, allí quedó Zapata, Carranza, Felipe Ángeles y otros que serían asesinados años después por el grupo en el poder y las variantes de tipos de revolución implantadas por el callismo. También Calles hizo una iglesia civilista o cismática que no tuvo eco.

Dos historias unen a Sahuayo y la región de la Vendée, la lucha por la religión católica y la fidelidad del pueblo a la institución. Los católicos durante los movimientos liberales, fueron considerados como traidores y falsos mexicanos y falsos franceses en el caso de la Francia. El hermanamiento entre estas dos poblaciones, Chapelle Basse Mer y Sahuayo, es por esa misma defensa histórica de la religión católica, ante los embates del jacobinismo.

Villamar en Michoacán, establece relación por medio del matrimonio de un filipino en 1734. Lo que se sabe de la historia.

Dr. Héctor Noé Garibay Pérez

Filipinas-Villamar, Michoacán: “La Virgen Dolorosa”, conexión de Pampanga, Filipinas 🇵🇭 con el actual municipio de Villamar, Michoacán 🇲🇽:



El 7 de marzo de 1734 contrajo matrimonio en la parroquia de Santiago Apóstol, Sahuayo, Michoacán, México, Miguel Navarro Ronquillo Xamira de la Peña. Dijo ser un pampango del puerto de Cavite en las Islas Filipinas 🇵🇭. Dijo además ser hijo legítimo de Andres Catulid y de Erminia Navarro.  Contrajo matrimonio con Josefa de Cervantes, mulata libre de la Hacienda de Guaracha, actualmente perteneciente al municipio de Villamar, Michoacán, hija legítima de Juan de Cervantes y de Eugenia de Ysmi.

Este matrimonio vivió en la Hacienda Guaracha, donde tuvieron varios hijos, habiéndose después establecido en la Hacienda El Platanal (perteneciente también actualmente al municipio de Villamar, Michoacán), lugar donde tuvieron a otros de sus hij@s.

Muchas gracias al Maestro Francisco Gabriel Montes, quien de muy buena voluntad aceptó apoyarme con la transcripción completa del acta de matrimonio de esta pareja, la cual les compartiré en su momento.

Cavite era un puerto muy importante en Filipinas durante la época española:
• Principal puerto naval español en Filipinas
• Punto del Galeón Manila–Acapulco

El acta de matrimonio encontrada por un servidor tiene importancia histórica (muy interesante). Esto no es un detalle menor. Que diga Cavite, Filipinas, en un documento significa que esta persona
• Probablemente llegó a México en el Galeón de Manila
• Viajó la ruta Filipinas → Acapulco
• Esto ocurrió entre los siglos XVI y XIX.

Es decir, dicho documento es evidencia de la conexión directa entre Filipinas y México en la época colonial. La ruta entre Filipinas y México se llamaba la Nao de China o Galeón de Manila. Fue una de las rutas comerciales más importantes del mundo entre 1565 y 1815.

La ruta funcionaba así:
1. Los barcos salían del puerto de Cavite (cerca de Manila, Filipinas).
2. Cruzaban todo el océano Pacífico (4-5 meses de viaje).
3. Llegaban a Acapulco, en la Nueva España (México).
4. De Acapulco, las mercancías y personas viajaban por tierra a:
• Puebla
• Ciudad de México
• Veracruz
• España

Muchos se quedaron en:
• Acapulco
• Puebla
• Ciudad de México
• Colima
• Jalisco

Qué se transportaba: De Filipinas a México:
• Seda china
• Porcelana
• Especias
• Marfil
• Lacas
• Textiles
• Personas (filipinos, chinos, malayos, esclavos, marineros)

De México a Filipinas:
• Plata mexicana (lo más importante)
• Ganado
• Vino
• Aceite
• Soldados
• Sacerdotes
• Colonos

La plata mexicana era la moneda que España usaba para comprar productos en Asia.

Dato histórico relevante: México y Filipinas estuvieron conectados administrativamente:
• Filipinas dependía del Virreinato de la Nueva España (México), no directamente de España.
• El gobierno de Filipinas se manejaba desde Ciudad de México.
• El comercio Manila–Acapulco duró 250 años.

Durante este periodo, la Capitanía General de Filipinas recibía órdenes, fondos y suministros del virrey en la Ciudad de México, siendo el puerto de Acapulco el punto clave de conexión a través del Galeón de Manila.

La investigación está en curso para identificar exactamente quiénes son los descendientes de Miguel Navarro Ronquillo. Con el tiempo y un ganchito espero lograrlo, ya sea por medio del descubrimiento de más documentos históricos o, por primera vez, por medio de la implementación de pruebas genéticas de ADN (DNA) 🧬.

Espero poco a poco irlo logrando, en la medida en que me vaya quedando tiempo disponible en los próximos meses. 🙏

Derechos Reservados de Autor, Héctor Noé Garibay  México 2026.

Sahuayo bajo fuego Cristero (Parte I)

Francisco Gabriel Montes Ayala / Francisco Jesús Montes Vázquez.

Muchos hombres de Sahuayo se habían unido a los cristeros de los Altos, en los primeros meses de los levantamientos en Jalisco en 1926; Sahuayo había sido uno de los pueblos en todo México, que se levantaron contra la determinación de la aplicación de la ley Calles. Los sacerdotes de Sahuayo determinaron cerrar los templos atendiendo la petición del episcopado mexicano de concluir el culto, como modo de protesta ante la aplicación de tal ley.

El mismo Calles en una entrevista con Leopoldo Ruiz y Flores y con don Pascual Díaz en el Castillo de Chapultepec, menciona a Sahuayo y el motín del 4 de agosto, lo que suscitó una serie de documentos enviados en una investigación especial, para evitar, que se quitara de la cabeza del mandatario, que dos sacerdotes habían incitado a la rebelión; Calles había sentenciado de antemano a los dos curas, que creemos eran Ignacio Sánchez y Alberto Navarro,  cuando dijo “He dado orden que se fusilen donde quiera que se les encuentre”[1]. Los informes tanto del Obispo Fulcheri de Zamora, como del presidente municipal Ismael L. Silva, dejaron en claro que no participaron los sacerdotes en el motín. Sahuayo estaba en la mira desde los primeros días de la desobediencia católica.

Los primeros alzamientos en la región de la ciénega se dan en diciembre de 1926, cuando el ex zapatista Pancho Meza Gálvez, se levanta en la zona de Jaripo y San Antonio Guaracha; en el estado también la cristera sería un bastión tan o más poderoso que Jalisco. Miles de documentos comienzan a fluir en la Secretaría de Guerra en levantamientos en el 90% de los municipios de Michoacán de aquel tiempo. Desde Huetamo hasta Coalcomán, desde la tierra caliente a la sierra michoacana, Uruapan y su región, Los Reyes y Cotija, las tres regiones purépechas; la zona de Pátzcuaro, Quiroga, hasta el lago de Cuitzeo, el valle de Zamora, La Piedad, Zacapu y su región, son teatro de levantamientos y todo más, cerca de Morelia. Surgen jefes cristeros en todos los rumbos desde enero de 1927. Cotija se alza en armas el 7 de marzo y atacan en dos columnas, una de Prudencio Mendoza que toma la población de Cotija, despojando a los federales de armas y pertrechos; la otra atacando Los Reyes bajo el mando del general Maximiano Barragán.

Los primeros alzados sahuayenses que formalizaron su levantamiento fue la gente de Gerónimo González, que el 4 de abril de 1927 se fueron al cerro;  aunque otras fuentes como el propio Sánchez Ramírez, en sus memorias dice que fue el 27 abril, lo cierto que los primeros cristeros en grupo habían salido ese mes al Montoso, para entrevistarse con Prudencio Mendoza, que ya operaba como jefe del levantamiento entre Cotija y Quitupan.

En esos días de abril, Ignacio Sánchez Ramírez, era nombrado general por la Liga, por el ingeniero Luis Segura Vilchis en México, a donde había acudido por pedido de Anacleto González Flores. Así que el mando del sector I fue para el general Sánchez Ramírez, un hombre de tan solo 26 años de edad. Aunque no hubo una respuesta favorable para él, lo rechazaron los jefes cristeros de Cotija, principalmente Prudencio Mendoza, que consideró que “un chamaquito no lo iba a mandar a él”, sin embargo, el general sin ejército se va para Quitupan y allí comienza el alzamiento al llamar a todos los grupos dispersos a la autoridad del control militar de la Liga Nacional de la Defensa Religiosa.  

El siguiente levantamiento fue en Cojumatlán, según informes oficiales, la defensa de ese lugar con 40 hombres se apoderaron de todo el material de guerra y se habían declarado por la cristera así como  pobladores de aquella comunidad, e informan al secretaría de guerra  el 9 de julio, que un día antes se habían levantado, es decir el día 8;  dos días después se alzan los de San José de Gracia[2].

Pero Sahuayo parecía intocable, habían atacado ya varios pueblos, hasta que Sánchez Ramírez decide  tomar su pueblo natal con sus fuerzas y se concentran en atacar la plaza donde solo había defensa civil y algunos militares, dependientes de Jiquilpan.

Continuará


[1] Entrevista de Calles, con los Obispos el 21 de agosto de 1926, publicado por Consuelo Reguer en Dios y Mi Derecho tomo I Los incios 1923-1926 editorial Jus, página 174.

[2] ADN, Operaciones Militares, exp. 1927-51 documentos relativos a los alzamientos 8621 a 8649 clasificación digital del AHP-FGMA.

©Francisco Gabriel Montes Ayala/ Francisco Jesús Montes Vázquez. México 2024

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La fiesta de Guadalupe en Sahuayo, tradición perdurable.

Francisco Gabriel Montes Ayala

La fiesta de Sahuayo, cómo la conoce la gente, la “fiesta del 12” es una de las más añejas de la región de la Ciénega de Chapala, ya que, siendo el primer santuario guadalupano construido en toda la región, no solo los habitantes locales, sino de toda la zona confluyeron a lo largo, de por lo menos, cien años y que aún continúan viniendo de muchos rumbos a venerar a la guadalupana y por esa conjunción profana y religiosa.

El inicio del templo, data del 12 de diciembre de 1881 en que se puso la primera piedra, siendo señor cura don Macario Saavedra, dejando la responsabilidad al padre don Bernabé Orozco para el cuidado de la construcción. El padre Saavedra murió en Sahuayo en abril de 1885, después de una ardua labor, que dejó obras materiales que perduran, como la cúpula y el crucero del templo de Santiago, también hay que recordar a Saavedra, porque impulsó la primera línea de conducción de redes de agua potable, así como el inicio del templo del Sagrado Corazón y el Santuario (Montes, 2025).

 Unos meses después llegó el señor cura Esteban Zepeda Acuña, sahuayense, que se hizo cargo la Parroquia de Santiago y continúo las obras de ambos templos, que estaban bajo el cuidado de sus vicarios (Montes 2025).

El 12 de diciembre de 1886, se realizó la primera festividad, que abarcó los días del 8 al 12 de diciembre, en que desfilaron los gremios de aquel tiempo. El templo, para aquellos días, no tenía bóvedas, pero la suntuosa fiesta fue organizada por los sacerdotes encargados don Bonifacio Alcaraz y don Bernabé Orozco, haciéndose una festividad, que se quedó arraigada en el corazón de lo sahuayenses, que a partir de ese año, se continuaron hasta el día de hoy, con mayor fastuosidad (Montes, 2025).

Fue el Padre don Federico Sánchez, quien hizo las bóvedas y el padre don José Montes, continúo las obras del interior. El padre don Luis Amezcua, al nombrársele como capellán del Santuario,  invita al Ing. José Luis Amezcua, sahuayense constructor de templos, a que diseñara las torres y la cúpula y las construyera en la década de los cuarenta. Dentro del Santuario existen obras pictóricas de Rosalío González y de don Luis Sahagún. Uno de los cuadros, retrata precisamente a los sacerdotes que lo largo de la historia construyeron el santuario, don Bernabé Orozco, don Federico Sánchez, don José Montes, y don Luis Amezcua (Urbizu, 1963).

La fiesta, ha crecido con el paso del tiempo y es una de las principales que se realizan en la ciudad, dado que conserva la organización original de hace 139 años. Es admirable, que los sahuayenses sigan una tradición que vive desde el siglo XIX.

Fotografías Roberto Buenrostro Rodríguez.

Referencias:

Montes Francisco G. La grandeza de nuestra historia. Sahuayo Bicentenario. En imprenta. 2025

Francisco García Urbizu. Sahuayo y Zamora. Talleres linotipográficos Guía. 1963

Derechos Reservados © Francisco Gabriel Montes Ayala, México 2025

El retorno a las catacumbas

Poema alusivo a la suspensión del culto público decretada por el Episcopado Mexicano en julio de 1926

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Luto general, llanto en los ojos,
filas eternas, las iglesias llenas,
Sagrarios vacíos, la gente de hinojos,
sollozos acerbos, grandísima pena.

Tal sucedió un julio treinta y uno,
en el que suspendieron los cultos;
ya Sacramentos no habría ninguno,
los sacerdotes estarían ocultos.

Fue la medida con que los prelados
protestaron por la nueva “Ley Calles”;
emitió su Carta el Episcopado,
mas dejaron tras de sí profundos ayes.

“No es el entredicho, amados hijos”,
dijeron a los fieles compungidos;
pero en su mente solamente quedó fijo:
no más Misas, confesiones ni Bautismos.

Ni los Óleos Santos al moribundo,
o absolución al pecador contrito;
¡en verdad reinaba pesar profundo,
aflicción sin par, agobio infinito!

Y fueron denudados los altares,
de los tabernáculos se fue Cristo,
entre dolor, lágrimas a mares
y grande sufrimiento, nunca visto.

Amanecieron mudos los badajos,
los tañidos no llamaron a Misa…
y el culto, suspendido de tajo,
tuvo que realizarse… a escondidas.

Fue así como el incruento Sacrificio
tornóse clandestino y a tal grado
que con arresto, cárcel o suplicio
tal “delito” sería castigado.

Mas las familias prestaron, valientes,
para tan sagrado fin sus hogares:
Cristo Rey continuaría presente
entre aquellos mexicanos ejemplares.

En persistente riesgo de traición,
el corazón latiendo con temor,
a merced de súbita delación,
pero siempre con incansable amor.

Se improvisaron los escondites,
a pesar de la persecución cruel;
y fue así como el celestial convite
pervivió para aquel pueblo tan fiel.

Un pueblo que defendió sin ambages
lo que más amaba: su fe, su Dios,
y por Él supieron verter su sangre,
con el gran vítor de postrer adiós.

Tal clamor salía de sus gargantas,
frente al fusil o con dogal al cuello;
era la aclamación bendita y santa,
unida con el último resuello:

“¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!“

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