Morelos adopta su bandera de guerra… Un dia como hoy 19 de agosto, pero del año de 1812.
Morelos
En la población de Zitácuaro, Michoacán, el movimiento insurgente encabezado por José María Morelos y Pavón dio un paso más en la construcción de su identidad política y militar. En medio de la lucha por la independencia de la Nueva España, Morelos adoptó como bandera de guerra un estandarte que habría de convertirse en uno de los símbolos más representativos de la insurgencia.
Se trataba de un cuadrilongo de seda blanca y azul pálido, cuya imagen central mostraba, por primera vez, a un águila coronada, con las alas ligeramente caídas, posada sobre un nopal y un puente de tres arcos. Debajo de este conjunto aparecían las letras V.V.M., abreviatura de la frase «Viva la Virgen María», reflejando la profunda religiosidad que acompañó a gran parte del movimiento independentista. Oculis et unguibus aeque victrix: Frase en latín alrededor del escudo que se traduce como «Con los ojos y las garras igualmente victoriosas»
A diferencia del estandarte guadalupano utilizado por Miguel Hidalgo al inicio de la guerra, la bandera de Morelos incorporaba elementos propios que comenzaban a perfilar una simbología nacional. El águila sobre el nopal evocaba antiguas raíces mexicanas, mientras que la corona representaba aún las complejas ideas políticas de una época en transición. Aquella insignia acompañó a los insurgentes en campañas militares decisivas y contribuyó a fortalecer el sentido de unidad entre quienes combatían por la libertad.
La figura de Morelos inspiraba una lealtad profunda entre sus soldados y seguidores. El cariño y respeto que despertaba quedaron reflejados en una popular copla de la época:
Por un cabo doy un real; por un sargento, un tostón; por mi general Morelos doy todo mi corazón.
Estos versos sintetizan el enorme prestigio que el Siervo de la Nación había ganado por su liderazgo, disciplina y compromiso con la causa insurgente. Para muchos de sus hombres, Morelos no era solamente un jefe militar, sino la esperanza de un país que comenzaba a imaginarse libre y soberano.
A más de dos siglos de distancia, la adopción de esta bandera de guerra constituye un episodio fundamental en la historia de los símbolos patrios de México. En ella ya se vislumbraban elementos que, con el paso de los años, evolucionarían hasta convertirse en parte esencial de la identidad nacional. El estandarte de Morelos fue, en su tiempo, mucho más que una bandera: fue la representación de un ideal de libertad que continuaba abriendo camino en los campos de batalla de la Independencia.
«Por mi general Morelos doy todo mi corazón» sigue siendo una expresión que resume el reconocimiento histórico hacia uno de los más grandes héroes de México.
NOTA: La bandera tiene los colores del manto de la Virgen Maria, azul y blanco. Los colores marianos.
El pasado 8 de agosto de 2026, el obispo de Zamora, Joel Ocampo Gorostieta, estuvo en La Palma como parte de las festividades del Divino Rostro. Arribó a eso de las 11 de la mañana, donde ya lo esperaba la Guardia Cristera Movimiento Eclesial Nacional, con sus peregrinos de a pie y de a caballo, así como la imagen del Divino Rostro, pescadores y gente del pueblo.
El recorrido fue inicialmente por la calle Dámaso Cárdenas, luego por la calle Franco Rodríguez, para tomar Hidalgo, o “calle de en medio” donde la multitud comenzó a hacerse más grande al llegar a esta vía, que lo llevaría hasta la parroquia, acompañado del padre José Refugio Maravilla, párroco de La Palma, y otras personalidades.
El señor obispo, se le veía contento y feliz, en cada calle, en cada espacio la gente salía a recibirlo con porras y vivas. Saludando personalmente a cada persona y bendiciendo, en medio de una algarabía popular por su presencia.
A las 12 del medio día arribó a la plaza principal y luego a la parroquia, donde fue recibido por un grupo de niños que recibirían más tarde la confirmación, dando paso a la celebración de la santa Misa.
Las confirmaciones se dieron a más de cien niños, jóvenes y adultos, apoyado por el señor cura José Refugio y por otro sacerdote. La homilía versó, sobre el sacramento de la confirmación y las verdades teologales, así como los dones que reciben los niños en la confirmación “al aceptar en su corazón al Espíritu Santo”. Posteriormente luego de la Misa, el señor obispo, se encontró con el historiador Francisco Gabriel Montes en la sacristía de la parroquia, donde le contó la historia del hallazgo del Divino Rostro aquel lejano 15 de agosto de 1846, fue abierto la imagen para que viera y tocara la piedra; se le comentó cómo fue que el Padre Jesús Rojas fue quien acertó a darle la estructura y la forma a la imagen, se le contaron algunos de los milagros más significativos a lo largo de los 180 años de existencia que tiene la imagen.
Posteriormente fue invitado a un banquete con personalidades de la población, que organizó la parroquia, amenizando la Banda de Apo, Michoacán, cabe destacarse que esta organización musical, fue apoyada hace más de 23 años, por el actual párroco José Refugio Maravilla, cuando fue párroco de aquella población serrana.
El señor obispo se sintió feliz, y alegre en La Palma y la respuesta del pueblo a su visita, a eso de las 3.30 de la tarde se retiró de la población. En cuanto a las obras parroquiales que se están desarrollando en estos momentos, quedó gratamente impresionado por los avances, en el retablo principal, la cantera de las torres y cuerpo del templo, así como la pintura del interior del templo.
Aprovechamos a enviar un saludo a toda la grey católica de La Palma, por los 180 aniversario del hallazgo de la imagen milagrosa del Divino Rostro.
Agustín de Iturbide, el 21 de julio, fue coronado como emperador de México Agustín de Iturbide, en el año de 1822, convirtiéndose en Agustín I, Emperador Constitucional del Imperio Mexicano.
Con motivo de tan memorable fecha, la autoridad eclesiástica dispensó a la población de realizar el ayuno de tres días que en Europa se acostumbraba para solemnizar la consagración de un rey o emperador. Más de uno podría decir que hoy, en México, habría material para consagrar a varios, pues no pocos mexicanos llevan bastante tiempo ayunando. En aquella ocasión, sin embargo, el ayuno fue suspendido y la gente andaba sonriente y jubilosa.
Los habitantes de la Ciudad de México adornaron las fachadas de sus casas con los tres colores nacionales y con innumerables elementos ornamentales. Por todas partes se veían gallardetes, estandartes y banderas. Las campanas de las iglesias repicaban sin cesar, hora tras hora, mientras que desde la medianoche una salva de veinticuatro cañonazos estremecía los alrededores.
El Cabildo de la Catedral había echado literalmente la casa por la ventana. No podía contenerse un gesto de admiración al entrar en el recinto. En el altar mayor se habían colocado tronos para el emperador y la emperatriz. A la derecha del Trono Imperial se encontraba el del llamado Venerable, título con el que se distinguía al padre de Iturbide, don José Joaquín de Iturbide y Arregui. A la misma altura estaba el trono de la emperatriz Ana María Huarte.
Entre la emperatriz y el Venerable se ubicarían los príncipes imperiales, es decir, los hijos de Iturbide. Fueron nueve: Agustín, Sabina, Juana, Josefa, Ángel, Jesús, Salvador, Felipe y Dolores.
Detrás del emperador permanecerían de pie dos generales, sus edecanes y, tras ellos, las damas de la emperatriz y el personal de servicio del palacio. Frente al Trono Imperial se levantó un tablado con asientos para los diputados del Congreso y para su presidente, el poblano don Rafael Mangino y Mendívil, quien tendría el honor de colocar la corona sobre la cabeza del emperador.
A las ocho de la mañana en punto de aquel 21 de julio de 1822, comenzó un desfile tan solemne como esplendoroso. Don Agustín, a sus treinta y ocho años, lucía en plena madurez. Doña Ana María, agotada por la maternidad y por los sufrimientos de la vida, aparecía como una severa matrona a su lado. Para colmo, bien sabía la pobre que en un lugar privilegiado se encontraría doña María Ignacia Rodríguez de Velasco y Osorio, la célebre y controvertida Güera Rodríguez, a quien las malas lenguas relacionaban sentimentalmente con Iturbide.
Se decía que el futuro emperador había desviado el desfile triunfal del Ejército de las Tres Garantías al entrar en la Ciudad de México para pasar frente al balcón de la hermosa dama. Ana María, con sus cuarenta y cuatro años, no podía evitar sentir celos de la apostura y fama de aquella mujer. Sin embargo, las cosas de los hombres —como suele decirse— rara vez se detienen por los sentimientos de las mujeres.
El desfile continuó hasta la Catedral. Ya en el recinto ceremonial, un Congreso integrado en buena parte por liberales y jacobinos determinó que Iturbide recibiría la corona de manos del Estado. No sería, pues, el arzobispo quien lo coronara, sino el presidente del Congreso. Comenzaban así a gestarse en México las pugnas entre las dos potestades: la religiosa y la civil.
“Vivat Imperator in aeternum”: ¡Viva para siempre el Emperador!
Sin embargo, el Imperio Mexicano tuvo una vida breve. Apenas nueve meses después, cayó a consecuencia del Plan de Casa Mata, promovido nada menos que por Antonio López de Santa Anna. Curiosamente, antes de encabezar aquel movimiento, Santa Anna había intentado acercarse a la Corte Imperial cortejando a una hermana de Iturbide, una solterona de sesenta años.
Finalmente, el emperador abandonó el poder el 11 de mayo de 1823 y partió hacia Liorna (Livorno), Italia, iniciando así el exilio que marcaría el último capítulo de su turbulenta historia.
Pedro Lascuráin, falleció el 21 de julio, pero del año de 1952. En la Ciudad de México falleció Pedro José Domingo de la Calzada Manuel María Lascuráin Paredes, un personaje cuya vida quedó marcada para siempre por un episodio singular de la historia nacional. Jurista, diplomático, académico y político, su nombre ocupa un lugar insólito en los libros de historia por haber ejercido la Presidencia de la República durante apenas cuarenta y cinco minutos, el tiempo suficiente para consumar una de las maniobras políticas más controvertidas de la Revolución Mexicana.
Nacido en la Ciudad de México el 8 de mayo de 1856, Pedro Lascuráin provenía de una familia respetada, profundamente católica y de reconocida honorabilidad. Realizó sus primeros estudios en instituciones religiosas, cursó posteriormente la Escuela Nacional Preparatoria y obtuvo el título de abogado en 1880, en la Escuela Nacional de Jurisprudencia.
Desde joven mostró aptitudes para la administración pública. Trabajó como secretario de actas en el Ayuntamiento de la Ciudad de México y más tarde se incorporó a la Secretaría de Relaciones Exteriores durante el largo gobierno de Porfirio Díaz. Paralelamente desarrolló actividades empresariales en el ramo inmobiliario, aprovechando propiedades heredadas y diversas inversiones realizadas junto con otros socios.
Su prestigio profesional lo llevó a integrarse a organismos de gran relevancia jurídica, entre ellos la Asociación de Legislación y Jurisprudencia y la Barra Mexicana, Colegio de Abogados. Sin embargo, sería durante el gobierno de Francisco I. Madero cuando alcanzaría los puestos de mayor responsabilidad política.
Lascuráin ocupó la Secretaría de Relaciones Exteriores en dos ocasiones: primero entre abril y diciembre de 1912, y posteriormente entre enero y febrero de 1913. Entre ambos periodos desempeñó también la presidencia del Ayuntamiento de la Ciudad de México. Eran tiempos de enorme inestabilidad política. El gobierno maderista enfrentaba constantes rebeliones y una fuerte oposición de sectores conservadores y militares que no aceptaban plenamente el nuevo orden surgido de la Revolución.
Durante aquellos meses, Lascuráin mantuvo una postura cada vez más pesimista sobre la capacidad del gobierno para restablecer la paz. Además, se encontraba bajo la influencia del embajador estadounidense Henry Lane Wilson, quien insistía en que México se encaminaba al caos y llegó a sugerir la posibilidad de una intervención armada para restablecer el orden. Temiendo una crisis mayor, Lascuráin aconsejó en diversas ocasiones al presidente Madero que presentara su renuncia.
La situación alcanzó su punto crítico durante la llamada Decena Trágica, los diez días de combates que sacudieron a la capital entre el 9 y el 19 de febrero de 1913. Mientras las fuerzas rebeldes y gubernamentales se enfrentaban en las calles, el general Victoriano Huerta, aparentemente leal al presidente, conspiraba para derrocarlo.
Finalmente, el 19 de febrero de 1913, Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez fueron obligados a presentar sus renuncias. De acuerdo con la Constitución vigente, la línea sucesoria colocaba al secretario de Relaciones Exteriores como el funcionario llamado a ocupar interinamente la Presidencia de la República.
A las 5:15 de la tarde, Pedro Lascuráin asumió legalmente la Presidencia. Sin embargo, aquella investidura no tenía otro propósito que servir de puente para legitimar el ascenso de Victoriano Huerta. Una vez en el cargo, Lascuráin nombró a Huerta secretario de Gobernación. Acto seguido presentó su renuncia. Conforme a la sucesión constitucional, el secretario de Gobernación se convertía automáticamente en presidente interino.
La operación concluyó alrededor de las 6:00 de la tarde. Habían transcurrido apenas cuarenta y cinco minutos. De esta manera, un golpe de Estado logró revestirse de legalidad mediante el cumplimiento formal de los procedimientos constitucionales. Huerta quedó así investido como presidente de la República con la aprobación de un Congreso sometido a las circunstancias del momento.
Lascuráin aceptó participar en aquella maniobra bajo la promesa de que la vida de Madero y Pino Suárez sería respetada y que ambos podrían exiliarse en Cuba. Sin embargo, la promesa nunca se cumplió. Apenas tres días después, los dos líderes fueron asesinados, hecho que marcaría profundamente la historia política del país y pesaría sobre la memoria de quienes participaron en los acontecimientos.
Tras aquel episodio, Pedro Lascuráin decidió retirarse definitivamente de la política. Regresó a su profesión jurídica y se dedicó a la docencia. Durante años impartió el Tercer Curso de Derecho Civil en la Escuela Libre de Derecho, institución de la que fue cuarto rector entre 1930 y 1933. Al concluir su gestión fue distinguido con el nombramiento de Rector Honorario.
Como jurista dejó una importante producción académica. Entre sus obras destacan Justicia de Quiebra, Las Persecuciones Individuales en los Juicios de Quiebra, Responsabilidad Solidaria de los Socios en la Sociedad en Nombre Colectivo, Cancelación de Hipotecas en Remates Judiciales y Estudio sobre la Sociedad Anónima según la Ley de Sociedades Mercantiles.
El 21 de julio de 1952, a los 96 años de edad, falleció en la Ciudad de México. Con su muerte desapareció uno de los últimos protagonistas directos de la Decena Trágica.
Hoy, a más de siete décadas de su fallecimiento, Pedro Lascuráin sigue siendo recordado como el hombre que ocupó la Presidencia de México por el periodo más breve de la historia nacional. Pero detrás de esos célebres cuarenta y cinco minutos existió también un abogado brillante, un académico respetado y un testigo privilegiado de uno de los momentos más dramáticos y decisivos del México revolucionario.
Fueron fusilados Maximiliano, Miramón y Mejía, las tres “M” imperiales, en el Cerro de las Campanas, Querétaro. No puede hacerse, sin un estremecimiento, el relato de la ejecución de estos hombres que enfrentaron la muerte con grandeza de ánimo y gallardía. A las tres y media de la mañana, Maximiliano despertó y lavó su cuerpo con esmero, como si, en vez de ir al patíbulo, fuera al amor. Vistió su traje de levita. A las cinco de la mañana, los tres reos oyeron misa y comulgaron. Terminando el oficio, fueron regresados a sus celdas. No tuvieron que esperar mucho: a las seis en punto llegó el oficial encargado de conducirlos al sitio de la ejecución.
Al salir a la calle, el emperador exclamó: “¡Qué hermoso día!”. Los subieron a los carruajes para conducir a los sentenciados al lugar de su muerte. Gran cantidad de gente se había agolpado en las calles; nadie gritó nada, nadie dijo nada: el más absoluto silencio acompañó el paso de los carruajes. Esto se explica porque había aparecido una proclama que amenazaba con la muerte a quien vitoreara a los sentenciados.
Los juaristas habían difundido que el emperador flaquearía a la hora de la muerte; lejos de eso, Maximiliano dio una lección de fortaleza.
Al llegar al Cerro de las Campanas, descendió del carruaje y caminó cien metros hasta el sitio del fusilamiento. Llamó al doctor Bach, se quitó del dedo la sortija nupcial y se la entregó, junto con un rosario y un escapulario. Luego se dirigió hacia los soldados que lo fusilarían y, siguiendo la antigua costumbre europea, entregó a cada uno una moneda de oro y les pidió que apuntaran bien.
Maximiliano se colocó frente al pelotón. Los soldados se acercaron a un metro de distancia; sus jefes, incluido Juárez, no quisieron afrontar el riesgo de que fallaran el tiro. Maximiliano, Miramón y Mejía estaban ya frente a los soldados que los ejecutarían. Entonces, en perfecto español, dijo: “Mexicanos, muero por una causa justa: la de la independencia y libertad de México. Ojalá mi sangre ponga fin para siempre a las desgracias de mi nueva patria. ¡Viva México!” Apenas terminó de hablar, el oficial bajó el sable como señal y los soldados dispararon. Siete fusiles se accionaron a un metro de distancia; solamente cinco balas penetraron en el cuerpo del emperador. El temor no había sido infundado. Maximiliano cayó hacia adelante; en su agonía se escuchó pronunciar la palabra: “hombre…”. El oficial lo volteó boca arriba y le disparó en el pecho. El estallido de la pólvora encendió su ropa, y los soldados, apresurados, apagaron con sus manos el incipiente fuego.
Después correspondió el turno al general Miguel Miramón, el presidente más joven que ha tenido el país. Sacó de su levita un papel que llevaba escrito y leyó con voz firme: “Mexicanos, en el Consejo mis defensores quisieron salvar mi vida. Aquí, pronto a perderla, y cuando voy a comparecer ante Dios, protesto contra la nota de traidor que se me ha querido arrojar para cubrir mi asesinato. Inocente de ese crimen, perdono a los que me lo imputan, esperando que Dios me perdone y que mis compatriotas aparten tan fea mancha de mis hijos, haciéndome justicia. ¡Viva México!” Tras decir esas palabras, Miramón se puso en oración. Cuando vio que el oficial levantó el sable, se señaló el corazón y dijo con voz firme a los soldados: “¡Aquí!”. Sonaron los disparos y cayó aquel mexicano.
El general Tomás Mejía, indígena humilde, no pronunció discurso alguno. En el instante en que el oficial bajó el sable como señal de ejecución, alzó la vista al cielo y dijo únicamente: “Virgen Santísima…”. En su testamento, el heroico general escribió: “Dejo a mi hermano una casa de adobe y dieciocho vacas que tengo en Tolimán…”. La sangre derramada en el Cerro de las Campanas fue la rúbrica que puso fin a un capítulo grande y trágico de la historia mexicana. Estos hombres lucharon por una causa que la historia oficial considera equivocada: la religión católica, la hispanidad y la convicción de preservar la soberanía de México ante la constante amenaza proveniente de los Estados Unidos.
Estas son diez frases destacadas del histórico discurso del Papa León XIV ante el Congreso de los Diputados y el Senado de España, reunidos en sesión conjunta este lunes 8 de junio:
“Más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes”.
“Toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento”.
“Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?».
“La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia”.
“Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer”.
“Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos. La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos”.
“La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos”.
“La libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe”.
“Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de aquella conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia entre las naciones. Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera”.
“Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para ‘desarmar el lenguaje’. La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación”.
Sin duda alguna que la muerte de Ochoa y herido el segundo Antonio Flores, la defensa estaba falto de liderazgos, había que aprovechar la desventaja.
El 15 de enero, informaba el mayor Luis Pérez, jefe del 73º Regimiento, que “Hónrome comunicar a usted, que hoy a las 7 horas fui avisado que el pueblo de Sahuayo estaba haciendo atacado desde las 4 horas, por partida de bandidos en número aproximado de tres a cuatrocientos.- Con 36 hombres de la corporación del subteniente Jesús M. Chargoy y quince de la plaza de Jiquilpan, salí auxiliar dicha población. A las nueve y media horas tomé contacto con enemigo que se encontraba posesionado de todas las alturas. Después de dos horas de reñido combate, logramos derrotarlos, persiguiéndolos como una legua del pueblo, no continuando persecución por el estado de la caballada. Se les hizo 18 muertos entre ellos el llamado cabecilla Manuel Gálvez y bastantes heridos que se llevaron, según las huellas de sangre que dejaron en el camino.- Por nuestra parte tenemos que lamentar uno de la defensa de este pueblo. Por correo remito copias de papeles quitados al cabecilla y parte detallado del combate. Hónrome trascribirlo a usted para su conocimiento”[1]
Fotografía generada con IA
Manuel Gálvez Rojas era hijo se Manuel y de Luz Rojas, sobrina del padre don Jesús Rojas Gil, de la muerte de este jefe no hay más información solo que fue muerto en combate cerca del santuario de Guadalupe.
El 21 de enero, vuelven los cristeros ha asediar a Sahuayo, preparándose la defensa y algunos soldados del mayor Pérez. Pero no hubo más que falsas noticias. Para el 25 de enero Sánchez Ramírez y una tropa de 150 hombres, entran a San Pedro Caro y desarman la defensa agrarista y les perdonan la vida, según informe del jefe de tenencia José María Rosas[2]. Solo querían las armas y las municiones.
Era tanta la presión, que el gobernador general Enrique Ramírez, también llegó al apoyo de las fuerzas federales y de las defensas de la región.
Unos días después, el 26 de enero informan lo siguiente: “rebeldes fanáticos en número aproximado de 400 hombres, encuéntrense en esta población atacando retenes de la defensa civil desde las 18 horas de ayer[3]” el ataque fue tan formidable que los defensores se repliegan al templo de Santiago Apóstol, y desde las alturas se tiroteaban con los cristeros. Mientras tanto, las fuerzas se diseminan por el pueblo donde reciben ayuda, armas y municiones; continúa diciendo el parte: “defensa se compone apenas de 20 hombres y sujetémonos tirotearlos desde las alturas del templo. Respetuosamente suplicámosle enviar lo más pronto posible fuerza federal”[4] las defensas no acataban a sostener una pelea directa, por lo que prefirieron las alturas del templo, que sabían iban a respetar los cristeros. Sin embargo, sirvió el ataque para proveerse de todo, cobijas, cambios de ropa, armas, alimentos, etc. El plan de Sánchez Ramírez dio sus frutos, no se trataba de derrotar y matar a los de la defensa, sino proveer al ejército cristero de lo necesario, y así fue. Los cristeros se retiran en orden y bien proveídos de los necesario.
Los federales corroboran lo que el espía les mandaba decir, y en telegrama del mismo día, dice Amaro a la jefatura de operaciones de Jalisco que “Exploradores acaban de llegar a La Palma y dicen que cristeros están atacando Sahuayo. Partida que atacó a San Pedro Caro volvió a Cojumatlán, pasando por La Palma donde atracaron el vapor, recogiendo correo y desvalijando a pasajeros”[5]
Mientras tanto una partida de cristeros se desplazan y atacan el siguiente día Jiquilpan para entretener a los de la defensa de aquel lugar y las fuerzas federal emplazadas en la cabecera distrital, incluido al gobernador del estado[6]. Y dicen en documento fechado del día 27 de enero que: “a las 6.30 del 26 de enero, fue atacada esta plaza por núcleo rebelde de 200 hombres, siendo rechazados y perseguidos, tomando el rumbo de la Cofradía, y otra parte al Cerro de San Francisco, llegando a las 14. 30 horas el general Anacleto Guerrero Guajardo con el 21º regimiento, así como el general Garay con el 49º batallón y el gobernador del estado con fuerzas de defensa civil de varios pueblos”[7]
Se comienzan a desplazar los federales por la zona, por lo que por la tarde del 27 se retiran las fuerzas cristeras sin pérdida alguna, con buen bastimento, armas y parque, cobijas y todo lo que la gente les ayudó. El ataque a Sahuayo del 25, 26 y 27 de enero, movilizó una gran cantidad de federales y defensas civiles, mientras los cristeros salieron sin ninguna baja.
El general Ramírez, gobernador de Michoacán, se hizo cargo de las defensas sociales de los pueblos para coordinar los ataques con los federales.
El 31 de enero sale el gobernador Ramírez, rumbo a Zamora y toma el camino por San Pedro Caro y Pajacuarán, lugares donde “no había tanto cristero” pero para su mala fortuna, a la altura del cerro de Fray Domínguez, “tuvo un encuentro con una partida de fanáticos” y lo llevaron más allá de Tecomatán tiroteándolo, donde dicen, derrotó a los cristeros, según informa que envían al general Amaro.[8]
Tiroteada la retaguardia que acompaña al gobernador, no se detiene y es perseguido por fuerzas cristeras todo el trayecto hasta que sale por Ixtlán hacia Zamora.
Ese mismo día, ante la imposibilidad de poder contener los cristeros, el general Amaro, nombra jefe de la zona de la ciénega al general Claudio Fox, como una medida extrema ante la falta de contención de la Jefatura de Operaciones Militares, para detener y exterminar a los cristeros. Claudio Fox, informa a sus fuerzas desde Sahuayo, reconcentrar las fuerzas federales en Sahuayo[9]
Los cristeros, no se amedrentaron, cuando sale Fox de Sahuayo, a las 7.30 de la tarde del 31 de enero, dice Rafael Picazo en un telegrama que: “empezaron a disparar algunos tiros al retén del santuario, estando posesionados de la Cruz, al mismo tiempo que otros disparaban sobre el templo, posesionados de las cercas del Pedregal que domina dicho lugar, antes no supuse nada y lograron ponerse en esa posesiones debido a la protección de la labores (milpas) que les ayudó mucho, pero inmediatamente mandé al jefe de la defensa como con 15 hombres y 8 soldados del destacamento de esta, habiéndoles hecho a ellos una sola descarga la que me mataron un miembro de la defensa, siguiendo los nuestros hasta quitarles las posesiones correteándolos hasta el Rincón donde no pudieron seguirlos por la obscuridad y temiendo que entre nosotros mismos hubiera habido una confusión- Por tener al muerto, tuvieron que regresarse sin saber las bajas que tuvo el enemigo, pero mañana a primera hora ensillaré para ir al lugar de los hechos y le comunicaré resultados. Esto fue cuestión de 1 y media horas. El número de fanáticos más o menos son cien y son las de esta región”[10].
Así fue el mes de enero de 1928 en Sahuayo cuando se concentraron las fuerzas cristeras para atacar esta población, con fin de obtener recursos pecuniarios, y lo necesario para continuar la campaña.
Sahuayo había estado bajo fuego. Fox regresaría a Sahuayo en los próximos días y estaría allí dirigiendo las expediciones por la zona, era necesario vigilar muy bien a los habitantes de Sahuayo, que habían y seguían apoyando a los cristeros de Sánchez Ramírez.
Analisís de un libro por Eduardo Soriano Suverney.
Novela y Narrativa Histórica México
En la nostalgia del «hubiera» y el «quizá» de los que lo apoyaron hasta con su vida en la lucha cívica por un México mejor, gobernado por él, es todavía polémico porque, acaso hay una memoria más popular e impopular, más pletórica de opiniones a favor o animadversión, que suscita pasiones más encontradas que su figura? La historia de la Revolución entre 1909 y 1940 recordará que ciertamente fue uno de sus personajes más singulares y controvertidos.
Juan Andreu Almazán de Josefina Moguel Flores
12 de Mayo, aniversario del natalicio de Juan Isidro Andreu Almazán. Fue bautizado en Olinalá, Guerrero, el 15 de mayo de 1891. Su padre apuntó en su libreta que Juan había nacido el 12 de mayo a las 9 de la noche. Almazán condensa en su persona las contradicciones de la Revolución Mexicana: épica y vergonzosa a la vez. En efecto, es el ejemplo más representativo del hombre cuya astucia le permitió sobrevivir a la Revolución y vivir de ella, pasando por encima de ideales y causas nobles. Sin importar sus constantes cambios políticos, sus vaivenes y coqueteos con las más dispares posiciones ideológicas —fue maderista, huertista y zapatista—, sus aspiraciones personales lo condujeron, incluso, a ser candidato a la presidencia compitiendo contra el general Manuel Ávila Camacho.
El general de división luchó treinta años como revolucionario, guerrillero, rebelde, jefe de insurrectos y general del Ejército Nacional en diversas e increíbles condiciones. Su presencia como rebelde entre 1910 y 1919, y como sostén del Estado nacional entre 1920 y 1939, denotan el malabarismo que tuvo que ejercitar para sobrevivir a los distintos «ismos» revolucionarios a los que perteneció: como perdedor y vencedor, o bien como antihéroe y etiquetado de “traidor”, pero innegablemente siempre cubierto con el uniforme militar, luchando por lo que, a su entender, era hacerlo por la Revolución.
Paradójicamente, Almazán ha trascendido por su fama de demócrata al haber sido despojado de la presidencia mediante un monumental fraude electoral. Una vez que decidió no encabezar la lucha armada en reclamo del Ejecutivo, no tuvo más remedio que vivir bajo el juicio de sus compatriotas. «No derramar sangre»: en esto se resume su actuar. Posteriormente, resentiría la pérdida de varios negocios, especialmente la del Ferrocarril del Sureste, así como la incautación gubernamental de propiedades en Acapulco y la Ciudad de México. Sin embargo, tuvo la valentía de permanecer en el país y proseguir su vida, eso sí, como él mismo se definió: “paria en su patria”. En sus últimos años, el «almazanismo» se desvaneció como un eco de lo que pudo haber sido una transición democrática temprana. El general se convirtió en una figura espectral que cargaba con el estigma de la derrota y el peso de una riqueza que no pudo comprarle el reconocimiento histórico que tanto anhelaba. Al final, su figura queda suspendida en el claroscuro de la historia: para unos, un traidor pragmático que vendió su movimiento a cambio de paz; para otros, el hombre que evitó una nueva guerra civil. Murió el 9 de octubre de 1965 por complicaciones postquirúrgicas; persiste, hasta hoy, el rumor de que su muerte pudo haber sido provocada.
Desde que se tiene memoria, y después de la evangelización hacia 1530 por fray Jacobo Daciano y sus compañeros, Fray Juan de Padilla y Fray Bartolomé de Estrada, todos los investigadores y quienes hemos escrito la historia del Señor del Perdón, coincidimos en que se encontró la imagen en un camichín en 1532 y que fue fue Fray Jacobo Daciano quién lo descubre en aquel árbol frondoso.
El Señor del Perdón en su altar. Fotografia de Francisco Gabriel Montes.
Esta imagen, tuvo por muchos siglos como nombre, la advocación de «El Señor del Camichin» por el origen de la madera que fue trabajada y pulida por uno de los primeros talladores de madera del pueblo de Cojumatlán. Se cuenta también, que se veía por las noches, que el camichín se iluminaba donde estaba formado el cristo entre sus ramas.
Con el paso del tiempo, el Cristo de Cojumatlán estuvo en la capilla del hospital de indios, fue una imagen muy venerada por la comunidad indígena y durante la guerra de independencia, cuando el vicario de Cojumatlán, Marcos Castellanos se hizo el líder de la resistencia mezcalteca, los realistas quemaron el pueblo y se llevaron el Cristo del Camichín a la población de Chapala, donde José Santana y los insurgentes de Castellanos, entran y lo rescatan llevándolo a la Isla de Mezcala, donde estuvo hasta 1817 que vuelve a Cojumatlán con la entrega de las islas rebeldes.
Fue el padre don José Dolores Zepeda, originario de Cojumatlán, que en los años de la guerras federalistas, le cambia el nombre de la advocación y le pone Señor del Perdón, por «las faltas cometidas en las guerras» y siendo cura coadjutor de Sahuayo, inician las fiestas el 3 de mayo de 1839, siendo vicario José Antonio Sánchez Nieto. Ya en el siglo diecinueve se menciona en diversos documentos de licencias para celebrar y exponer el santísimo sacramento para sus fiestas, como «venerabilísima imagen del Señor del Perdón».
El Padre Eufemio Zepeda hermano de don Esteban, que estuvo también en Cojumatlán, le dio especial énfasis a la fiesta del Señor del Perdón, pero sin duda alguna que fue Heliodoro Moreno Pantoja, primer cura de Cojumatlán, por casi 45 años, que conformó la fiesta como la conocemos hoy y obtuvo el patronazgo de la parroquia como del Señor del Perdón, dejando atrás su antiguo nombre de Santa María de la Asunción. Todos los señores curas que han estado en la nómina de la parroquia cojumatlense, han seguido la tradición de las festividades del 3 de mayo.
Hoy el actual párroco Gerardo Díaz Rosas, sigue con esta tradición a menos de un año de su toma de posesión como Cura de Cojumatlán.
Próximamente estaré presentando la historia documentada de la imagen del Señor del Perdón de Cojumatlán.
Con el impulso del presidente municipal de Cojumatlán, Janitzio Mújica, por medio del director de cultura y turismo Mtro. Julio César Trujillo Rodríguez, se presentó el 26 de abril, la muestra de Cerería, un arte virreinal que viene del siglo XVIII en el antiquísimo pueblo de Santa María la Asunción Cojumatlán; artesanía que logra preservarse de generación a generación desde aquellos tiempos. Fue en el siglo XX a finales, en que fueron los últimos artesanos que quedaban detuvieron la producción, principalmente de figuras religiosas y luego tuvo una pausa en la historia volvieron a Cojumatlán a revivir esta tradición tan especial y particular de aquella población.
En el acto el presidente municipal, subrayó el rescate de la tradición de la cerería en Cojumatlán, así mismo destacó que Luis Fernando Rodríguez obtuvo el primer lugar estatal con una figura de la Piedad, que dio a conocer a la población en los gajes culturales; así mismo aseguró la relevancia que tiene el taller que junto con Jorán Hernández, va creciendo en aquella comunidad.
En la muestra, también estuvieron artesanos de San Martin Hidalgo, Jalisco, que trajeron por medio de la casa de la cultura de aquella municipalidad, una muestra de cera escamada especial para las festividades patronales de las poblaciones.
Se dieron cita un buen número de personas que admiraron las obras artísticas de gran calidad y profesionalismo en el arte de cera de abeja. Felicidades al ayuntamiento presidido por Janitzio Mújica y también al taller de cerería Mimiahuatl (Panal de abejas trabajando la miel) de Cojumatlán.