Todo un éxito la  XLVIII reunión  de cronistas  Jalisco- Michoacán y XIV Congreso de la SMHAG, en el marco del 462 aniversario de la fundación de La Palma de Jesús.

Juan Bruno Hernández * Reportero

17 de octubre de 2026.- En el marco del aniversario 462 de la fundación de La Palma de Jesús, Michoacán, población ribereña meridional del lago de Chapala, se dieron cita los miembros de la Asociación de Cronistas Jalisco-Michoacán y de la Sociedad Michoacana de Historia, Arqueología y Geografía, para llevar  cabo la XLVIII reunión biestatal y a la vez celebrar el décimo aniversario de la fundación de esta organización que reúne a cronistas de Jalisco y de Michoacán. Así como el XIV congreso de la SMHAG.

Estas actividades, fueron realizadas en el interior del bellísimo templo, parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, en el anexo de la capilla antigua de la hacienda de La Palma, un recinto que hoy muestra los trabajos de rehabilitación y pintura bizantina del hermoso y pequeño templo que fue de la hacienda desde 1795 hasta 1944 en que se construye el templo actual por el señor cura don Enrique Sánchez Navarro ,ilustre sahuayense.

La primera actividad fue  la coronación de la reina de los 462 años de la fundación de La Palma de Jesús. Salvador Meza Carrazco, en la primera intervención,  presentó una remembranza de tradición oral de la Hacienda de Guaracha y su influencia en la región de la ciénega de Chapala.

Luego tocó el turno, al cronista del Rincón de San Andrés, Gabriel Ramírez Segura, exponiendo la investigación que realizó  de la “Virgen de la Piedrita”  que existe en la comunidad de San Andrés y que gracias al pequeño cronista, se le ha dado difusión a este hallazgo, también presentó  un poema autobiográfico titulado «Yo».

En seguida se presentó la ponencia del ingeniero Santiago Manzo Gómez, del consejo de la crónica de Sahuayo,  titulada “4 y 5 de agosto de 1926 en Sahuayo” dando a conocer los acontecimiento de aquellos días de inicio de la Cristiada, así como narraciones y personajes de aquel evento sangriento. Resaltó las figuras de sacerdotes, mártires que cayeron en aquellos días.

La ponencia “El cine Estrella de La Palma de Jesús” por la licenciada Luz Andrea Montes Vázquez, nos mostró la tradición desde 1952 del cine estrella, su dueño, los operadores de las maquinas y su historia a lo largo de muchos años. Para concluir, regaló una serie de “cartulinas” originales publicitarias de diversas películas que se exhibieron  en la pantalla del cine.

Posteriormente el maestro Ramón García Lepe, de Mazamitla, presentó la ponencia titulada “cambios en los procesos fúnebres en Mazamitla” que llevo a los presentes a un viaje en el tiempo sobre las diferencias en circunstancias fúnebres en aquella población y cómo con el tiempo han cambiado todo el tradicional proceso.

Toco el turno al Israel Casillas Hernández, quien presentó la ponencia sobre Francisco Velarde y de la Mora, conocido como “El burro de oro” dueño de la hacienda de Buenavista en el siglo XIX haciendo precisiones sobre las investigación de su tía Bertha Guillermina Cerda, escritora del siglo XX y biógrafa de Velarde, interesante ponencia ya que presentó documentos relativos a la posesión de los restos mortales del Burro de Oro y la pérdida de los mismos, en el museo de La Moreña en La Barca, Jalisco.

Por último, el maestro Francisco Gabriel Montes, presentó un viaje en la historia de la Vicaría Fija de La Palma de 1913 a 1943, en que mostró las fotografías y las biografías de los sacerdotes, sus obras materiales y espirituales, que estuvieron durante este ciclo en La Palma de Jesús hasta llegar a Enrique Sánchez Navarro último vicario fijo y primer párroco.

En cuanto a la presentación del Libro “Cuentos y Leyendas de la Hacienda de La Palma” fue presentado por el maestro José Castellanos, destacando la figura del autor y el contenido de este, como una recopilación de la tradición oral de los pueblos. El autor, también agradeció a quien financió el proyecto. Realizó algunas precisiones sobre los relatos y regaló ejemplares a los presentes.

Al final, el Síndico Municipal, Lic. Francisco Jesús Montes Vázquez, estuvo presente  en representación de la alcaldesa de Venustiano Carranza, Mayela Macías Hernández, y el comité de festejos,  entregaron reconocimientos y nombramientos a nuevos integrantes de Ixtlahuacán de los Membrillos, Cojumatlán, Pajacuarán, Yurécuaro,  El Rincón de San Andrés  y otras poblaciones, también se les entregó una venera de la Asociación de Cronistas Jalisco-.Michoacán, por su parte el señor cura José Refugio Maravilla, agradeció la presencia de los participantes y resaltó la gran labor que realizan en la preservación de la historia de sus pueblos. Para concluir las actividades se sirvió una comida en el colegio parroquial.

Felicidades a todos los presentes y también al pueblo de La Palma por su hospitalidad y generosidad. y al señor Cura José Refugio Maravilla, párroco de La Palma de Jesús.

¿Aztlán en el lago de Chapala?

Francisco Gabriel Montes Ayala.

Lamina 15 número 3 del Código Aubin.

Orozco y Berra, en su libro de la Historia Antigua y de las Culturas Aborígenes de México, tomo segundo, libro primero, página 103, escribe acerca de Aztlán, la tierra desde donde se desprendió la peregrinación nahuatlaca para llegar al centro del país para fundar la antigua Tenochtitlán, según este prestigiado historiador, asegura que en el glifo del código Aubin, presentado en la lámina 15 número 3, desde donde los «mexi» se trasladan hasta el centro del país, es la isla de Mezcala en el lago de Chapala.

¿Pero qué dice el autor al respecto? Textualmente copiado afirma: “En la pintura original se distinguen lago e isla; en esta los determinativos de población calli y en medio el tecali coronado por el símbolo de la divinidad ahí adorada. Los elementos fónicos son atl  y acatl de los cuales sacamos A-acatl. Al pie del templo están dos figuras en reposo; un hombre que no tiene nombre; una mujer apellidada Chimalma, de la radical chimalli, escudo; según adelante se verá son los jefes de aquel lugar, más no marido y mujer, sino sacerdote y sacerdotisa encargados del culto. Atraviesan el agua intermedia entre la isla y la tierra firme por medio de barcas dirigidas por remos, cosa indispensable en un pueblo que vive rodeado del elemento líquido. Este es Aztlán a nuestra cuenta la isla de Mexcalla en el mar Chapálico” (Orozco y Berra, 1880).

Aztlán es “el lugar de las garzas”, notablemente Chapala, siempre ha tenido una gran cantidad de aves lacustres que validan la opinión de Orozco y Berra.

Aunque hay discrepancias, el análisis que realiza el historiador del siglo XIX, ha chocado con otras versiones, pero tanto Orozco y Berra como otros investigadores cómo Wigberto Jiménez Moreno que lleva a Aztlán hacia el estado de Nayarit, en la isla de Mexcaltitán, se coincide en que las dos versiones no tienen sustento científico absoluto y menos gozan de consenso, pero ¿Qué tal si Orozco y Berra tenía razón y Aztlán es la isla de Mezcala? una razón más para pensar que las tribus nahuatlacas que sobrevivieron a los movimientos poblacionales que llegaron al centro del Anáhuac, siempre estuvieron aquí, formando los cacicazgos que encontraron establecidos los castellanos que llegaron a esta región.

Bibliografía

Orozco y Berra, M. (1880). Historia Antigua y de las cutluras aborígenes de México. Fuente Culturas.

Consideraciones en torno al reestreno de «Cristiada»

Lic. Helena Judith López Alcaraz, historiadora y cronista honoraria adjunta de Sahuayo

En días pasados se anunció que la película Cristiada, en inglés For Greater Glory, retornará a los cines el 15 de octubre del actual, con motivo del Centenario del inicio de la Guerra Cristera. Como sabemos, esta producción se estrenó por primera vez en abril de 2012, hace ya catorce años, y entre su elenco se cuenta a Andy García (el primer general en jefe del Ejército Cristero, Enrique Gorostieta Velarde), Óscar Isaac (Victoriano Ramírez López, alias «el Catorce»), Santiago Cabrera (José Reyes Vega) Eva Longoria (Gertrudis Lasaga, esposa de Gorostieta, a quien él llamaba cariñosamente «Tulita»), Nestor Carbonell (Rafael Picazo Sánchez), Eduardo Verástegui (Anacleto González Flores) y al famoso actor que encarnó a Lawrence de Arabia, Peter O’Toole (una versión muy ficticia de San Cristóbal Magallanes Jara, el P. Christopher). Contó con la dirección de Dean Wright y el guion fue escrito por Michael Love. La empresa productora, por su parte, fue Dos Corazones Films, fundada y regenteada por Pablo José Barroso.

Andy García como Enrique Gorostieta, franqueado por algunos cristeros. Imagen de la película Cristiada (2012); créditos a quien corresponda.

Aunque no negamos que el filme, para muchos, fue el primer acercamiento al tema de la Cristiada y la persecución religiosa, tampoco podemos dejar de decir –aunque no falte quien nos tache de puristas, y qué se le va a hacer– que contiene considerables y notables errores históricos. A casi década y media de distancia, y en plena conmemoración de los primeros cien años de que comenzó el enfrentamiento que le da nombre en español, vale la pena hacer algunas reflexiones.

Hay quien dirá que «son meras licencias cinematográficas», que «tales cambios son necesarios», que «lo importante es el mensaje», que «está bonita y motiva a la defensa de la religión católica» y demás comentarios, la mayoría de ellos bienintencionados. No diremos que son argumentos completamente infundados, porque sí, en efecto, no es lo mismo abordar un tema tan complejo en los libros que hacerlo en un filme de poco más de dos horas; la prosa histórica y los guiones audiovisuales son diferentes y se construyen bajo diversas reglas. No obstante, al mismo tiempo, creemos –y con esto respetamos su derecho a no estar de acuerdo con nosotros– que, si un producto audiovisual se vende y promociona con el eslogan «La historia de México que te quisieron ocultar», y en sí se presenta en todo momento como algo histórico, no se pueden tomar los sucesos y escribirlos como uno quiera. En inglés, el subtítulo es «The true story of Cristiada», es decir, «la verdadera historia de la Cristiada».

Uno de los carteles promocionales de la película en inglés, utilizado para su venta en formato DVD. Fotografía tomada de Amazon.com.mx.

¿Qué pasa cuando nos damos cuenta de que lo mostrado, en numerosos instantes, dista de ser verídico? En todo caso, habría sido más acertado y honesto difundirla como un metraje «basado en hechos reales». Cuando se leen estos vocablos, comúnmente, se acepta de manera tácita que el producto final, aunque inspirado en sucesos que sí pasaron, incluye una significativa porción de ficción y que el guionista, como se dice coloquialmente, le añadió de su cosecha. Hay una divergencia entre una transposición, que es lo más cercano a contar los hechos con la mayor precisión posible… y una adaptación llena de licencias y cambios en la que, a la postre, se diluye categóricamente la línea entre la verdad y la ficción, y en donde lo histórico pasa a segundo término y se juega a placer con los datos. El segundo caso corresponde justamente a Cristiada.

¿Que había que condensar muchas historias en un metraje tan breve, y la labor era, de suyo, titánica y ambiciosa? ¿Que era difícil meter a todos los personajes posibles y tratar de unirlos en una sola línea argumental? Sí, nadie lo niega. Pero cuando uno se entera o sabe:

a) Que San José Sánchez del Río –interpretado por Mauricio Kuri, en su primer papel en la gran pantalla– no conoció ni a Gorostieta, ni a Cristóbal Magallanes –al que le inventan, para colmo, haber venido desde Europa cuando tenía siete años y haber sido fusilado delante del joven Mártir de Sahuayo–, ni a Victoriano Ramírez «el 14», ni al P. José Reyes Vega; y tampoco le dejó su corcel a Victoriano.

b) Que el joven sahuayense no murió a plena luz del día ni con sus padres presentes en primera fila.

A plena luz del día, de acuerdo con este fotograma de la película, Joselito camina hacia su muerte. Lo único que la secuencia muestra con acierto es que, en efecto, le habían desollado las plantas de los pies.
Recreación del martirio de San José Sánchez del Río, en el momento en que llega al cementerio. A la izquierda podemos ver a sus progenitores y a su padrino; sin embargo, cuando tuvo lugar el sacrificio del joven, ninguno de ellos estaba presente.
Lloroso, Gorostieta sostiene y mira a Joselito, ya sin vida. Es una escena conmovedora… pero, como otras tantas, inventada para la película.

c) Que Gorostieta sí tuvo hijos varones –el primero de ellos en 1923, Enrique Gorostieta Lasaga, quien falleció al año siguiente– y no dos hijas ya mayorcitas –que tendrían que haber nacido, por lo menos, entre 1917 y 1919, por las edades que les ponen–.

Enrique Gorostieta y su esposa Gertrudis junto con sus dos supuestas hijas. La única hija que tuvo aquel matrimonio fue Luz María, nacida en 1928, y a quien el autor de sus días únicamente pudo conocer en fotografía.
Plática (que jamás existió) entre San Joselito y Gorostieta. En dicha escena, el segundo le dice al primero: «Nunca tuve un hijo, pero si lo hubiera tenido, me habría gustado que fuera como tú». En la vida real, casi todos los vástagos del general fueron varones (dos de ellos se llamaron Enrique, como él, y el otro Fernando). Fotograma de la película.

d) Que el Beato Anacleto González Flores no fue asesinado de noche ni en la casa de la familia Vargas González, sino a plena tarde en el Cuartel Colorado (Guadalajara). Tampoco había en la casa una mujer de nombre Adriana. Ésta, aunque representa a las mujeres católicas que apoyaron la causa, es un personaje ficticio.

Anacleto González Flores poco antes de ser ejecutado. La versión de Cristiada muestra que lo mataron en la casa donde se ocultaba y de noche.

e) Que San José María Robles Hurtado no era un sacerdote que frisaba la ancianidad ni fue colgado dentro de su iglesia (y menos que luego llegó «el Catorce» para cobrar venganza por su muerte, así como Gorostieta por la de Joselito, y ahorcó al oficial… también en el interior del templo), ni durante el día.

Fotograma que muestra a Victoriano Ramírez descolgando el cadáver del P. José María Robles luego de haber ahorcado al militar callista que ordenó matarlo. Nada de esto sucedió en la realidad.

f) Que el sanmiguelense sí murió en Tepatitlán, pero no en la célebre batalla como el mayor de los héroes, sino dentro de la presidencia municipal y tras haber sido apresado por sus propios compañeros de lucha, bajo la sombra de la envidia y la traición.

Fotograma que muestra los últimos momentos de vida de «el Catorce» según la representación (nada acorde a los hechos) del filme.

g) Que el P. Vega no murió en la Hacienda del Valle el mismo día que Gorostieta, sino en Tepatitlán, el 19 de abril de 1929. Esto es, más de dos meses antes de que mataran al regiomontano (2 de junio del mismo año).

Gorostieta y el P. Reyes Vega resistiendo, lado a lado, la emboscada final en la Hacienda del Valle. En la realidad, el clérigo ya había muerto en la batalla de Tepatitlán, casi dos meses y medio antes.

h) Que Rafael Picazo, aunque sí era padrino de Joselito, no era el alcalde de Sahuayo sino diputado federal, y tampoco estuvo presente cuando fue ultimado su ahijado…

En fin, un largo etcétera, con el cual sí saltan a la vista las alteraciones conscientes, intencionadas –porque basta analizar las fuentes que existían en aquel momento y, siendo tantas, no puede tratarse de una mera equivocación– y hasta novelescas que se hicieron para escribir el guion. Quienes esto escribe profesa la religión católica y sabe disfrutar un largometraje sobre un tópico que le apasiona, mas no deja de ser historiadora, con el rigor que ello implica y que a veces puede ser tan poco grato para algunos. ¿Por qué quitar al público la satisfacción, por ejemplo, de que los torturadores de San Joselito pagan con su vida el haber asesinado al adolescente con tanta alevosía y crueldad? ¿Por qué empañar la parte en la que Gorostieta, deshecho en llanto, saca el cuerpo inerte del chico de la fosa y le estampa un afectuoso beso en la frente, para en seguida entregarlo a su madre? En medio de lo desgarrador, resulta reconfortante presenciar que aquel crimen tuvo, al menos, alguna consecuencia para quienes lo cometieron. Pero así no fue.

Con esto, empero, no decimos que la película nos desagrade enteramente o que esté fea, o que desaconsejemos verla (igual ese no es nuestro papel, cada quien puede ir al cine y dedicar su dinero, tiempo y atención a la producción que le guste, al margen de lo que comenten terceros). En el ámbito técnico y fotográfico, la realización es muy buena, y lo mismo podemos afirmar de los vestuarios, utilería y –en términos generales, porque también hay excepciones, como la de Rubén Blades como el presidente Plutarco Elías Calles– caracterización de los diversos personajes. La ambientación y los efectos especiales son otro aspecto destacado.

De igual modo, Cristiada da una idea vívida y global sobre la persecución religiosa y representa de forma adecuada, y aun emocionante, aspectos como la expulsión de eclesiásticos extranjeros, la suspensión de cultos y la concurrencia masiva de la gente para recibir los Sacramentos por última vez, la actuación de las heroicas e intrépidas Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco, el boicot económico –aunque no fuese idea de un mero transeúnte, como lo ilustra la película, sino que ya se había intentado con éxito en Jalisco en la segunda mitad de 1918 y en los albores de 1919– y las manifestaciones pacíficas en plena calle, la atroz represión ejercida contra los civiles y contra cualquiera que fuera sospechoso de ayudar a los cristeros, tanto en el campo como en las poblaciones y ciudades, y los ataques contra quienes asistían al Santo Sacrificio de la Misa y las diversas profanaciones y sacrilegios que perpetraba la soldadesca. La música del finado James Horner, por otro lado, dota de emotividad, sobrecogimiento o tensión –según sea el caso– las diversas escenas.

Incontables parejas acudiendo a recibir el Sacramento del matrimonio ante la inminencia de la suspensión del culto público. Fotograma de la película Cristiada (2012).
Las filas interminables de penitentes que, en los últimos días de julio de 1926, acudieron en masa a las iglesias para reconciliarse con Dios. Fotograma de Cristiada (2012).
Llegada de un grupo de mujeres de las Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco a un campamento cristero para entregar los pertrechos y víveres.
Fotograma que recrea, al dedillo, una conocida fotografía en la que cadáveres de cristeros penden de los postes de telégrafo a lo largo de la vía del tren.

Claro que, si lo que el lector busca o espera es ver es una obra muy fiel y apegada a los acontecimientos, «Cristiada» no es ese tipo de material. Y es lamentable, porque no faltó presupuesto y en la primera década de este siglo ya existían fuentes y documentación suficientes para crear un filme donde los vocablos «la verdadera historia» o «la historia que te quisieron ocultar» no se quedaran en eso, meras palabras.

Las opiniones aquí planteadas no tienen que ser las de quien lea este escrito, y viceversa. Sólo estamos tratando de ser objetivos y de atenernos a las exigencias de la disciplina histórica. Así es el oficio del historiador, aunque en ocasiones dé la impresión de que existe únicamente para arruinar o echar por tierra la ilusión de los espectadores de una película como la que nos ocupa.

Dicho esto, para quien lo desee, la opción de disfrutar el reestreno está abierta.

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Intento desesperado, audiencia fallida

Centenario de la entrevista de la última oportunidad entre los obispos Leopoldo Ruiz y Pascual Díaz y el presidente Calles (21 de agosto de 1926)

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Hoy se cumplen cien años de la llamada «entrevista de la última oportunidad», celebrada entre los prelados Leopoldo Ruiz y Flores y Pascual Díaz y Barreto, y el primer mandatario mexicano Plutarco Elías Calles. El encuentro tuvo lugar en el castillo de Chapultepec, casi tres semanas después de la publicación de la tristemente célebre Ley sobre delitos y faltas en materia de culto religioso y disciplina externa, la “Ley Calles”, en el Diario Oficial de la Federación.

Fotomontaje alusivo al título de la entrada. Al centro, Plutarco Elías Calles; a la izquierda, Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores; a la derecha, Monseñor Pascual Díaz y Barreto. Al fondo, el castillo de Chapultepec, donde se celebró la entrevista. Edición de imagen hecha por la autora.

Desde dos días antes, el 19 de agosto, Calles había enviado esta contestación a una carta enviada por el Comité Episcopal Mexicano el día 16:

Señores José Mora y del Río y Pascual Díaz. Presentes:

Me refiero a su oficio de fecha 16 del presente, por el que en uso del derecho de petición que establece el Artículo 8 constitucional, solicitan del ejecutivo de mi cargo que interponga su influencia “para que sean reformados de la manera más efectiva” los artículos constitucionales que consideran ustedes contrarios a sus intereses, así como las prescripciones penales con que se les ha sancionado, y que, “en tanto se logra esta reforma”, se suspenda la aplicación del decreto relativo a dichas sanciones penales y de los mismos artículos de la Constitución, de modo se cree “una situación de tolerancia” contraria a las leyes.

Como la facultad de iniciar leyes o decretos compete, como lo señala el Artículo 71 de la Constitución, al presidente de la República, a los diputados y senadores, al Congreso de la Unión y a las Legislaturas de los estados, han ejercitado ustedes correctamente su derecho de petición al dirigirse a uno de los capacitados para iniciar leyes; pero debo decirles, con toda sinceridad, que soy el menos adecuado para atender esa petición, y para iniciar las derogaciones y reformas constitucionales que se solicitan, porque los artículos de la Constitución que se impugnan se hallan en perfecto acuerdo con mi convicción filosófica y política, por lo que no puedo ser yo quien presente ni apoye ante el Congreso General una iniciativa semejante (INEHRM, 2026).

La puerta de la negociación ya estaba cerrada, pero los obispos Pascual y Leopoldo –los mismos que en su momento dialogaron con Emilio Portes Gil– insistieron en tocarla una última ocasión y decidieron tratar de hablar personalmente con Calles. Eran, como se dice coloquialmente, las últimas brazadas de ahogado. Con ellas, ambos eclesiásticos buscaban evitar a toda costa la guerra que se cernía sobre el país de forma irremisible. Eso no obstaculizó, empero, que exageraran su postura conciliadora. En palabras del mismo Jean Meyer, «fueron muy lejos: protestaron de su respeto y de su amor por el presidente. Exaltaron su “labor gran diosa digna de todo elogio”, lo felicitaron por su “ecuanimidad” y por su “firmeza”. Presentaron disculpas, pidieron perdón, aceptaron críticas hasta poco fundadas; llegaron a decir que “nuestro pueblo es ignorante” y sus sacerdotes también» (s. f., pp. 109-110).

Plutarco Elías Calles, presidente de México.

Citamos, sólo como ejemplo, las palabras con las que Monseñor Leopoldo inició la entrevista:

“Mucho agradecemos a usted Sr. Presidente, que se haya dignado recibirnos; para nosotros esta entrevista tiene una gran trascendencia, porque esperamos de ella magníficos resultados; muchos deseos teníamos de hablar con toda liber tad con usted. […] Usted señor, hizo declaraciones magníficas a la prensa americana en que decía no saber por qué nosotros habíamos puesto el grito en el cielo —esta es la idea, de las palabras no respondo que sean iguales—, porque se obligaba al sacerdote a que se inscribiera cuando esto no obedecía sino a cuestiones de estadística. Ojalá que hubiéramos conocido esto antes pues en este caso ninguno de los obispos hubiéramos puesto resistencia” (pp. 111-112).

Incluso habiéndose conducido de esa manera, sin duda contradictoria con la posición categórica de la vehemente Carta Pastoral en la que decretaron la cesación del culto público y de cualquier acto litúrgico que requiriera la presencia de un presbítero, Calles no cejó. Con verdad, les dijo a ambos prelados: “Estamos perdiendo [el tiempo] inútilmente. Yo no me saldré del camino que ya está marcado por la ley” (p. 135).

Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores. Imagen: Arquidiócesis de León.

En cierto momento de la entrevista, ostensiblemente airado, el presidente incluso acusó falsamente a los sacerdotes de Sahuayo de haber soliviantado a la gente y les imputó los acontecimientos del 4 de agosto de 1926, cuando la gente, enardecida, se enfrentó a la milicia federal para tratar de impedir que los templos fueran clausurados:

Monseñor Pascual Díaz y Barreto. Imagen: DeTabascosoy.com

“Con respecto a la actitud del clero dentro del país, es bien sabido que ha estado incitando a la rebelión; entre ese clero están los sacerdotes de Saguayo, y con toda sinceridad les digo que si esos sacerdotes llegan a ser aprehendidos por las fuerzas federales serán fusilados porque son responsables de haber institado (sic) a la rebelión causando derramamiento de sangre. Ellos son los directamente culpables de los acontecimientos acaecidos en Saguayo, en que perdieron la vida varios hombres” (p. 113).

Desde aquel momento, cuando el movimiento cristero se hallaba aún en ciernes, el nombre de la actual Capital de la Ciénega, a la sazón Sahuayo de Díaz, ya resonaba con intensidad. Cabe decir que, al preguntar el Obispo de Zamora al párroco de Santiago Apóstol, D. Pascual Orozco, sobre los sucesos, éste dijo que los presbíteros locales no tomaron parte en la reyerta y que, por el contrario, uno de ellos había recibido una bala perdida en la pierna, hallándose fuera de su casa: el P. Ignacio Sánchez Sánchez (tío carnal de San José Sánchez del Río).

Plaza de Sahuayo de Díaz en 1924, dos años antes de los sucesos de agosto de 1926. Instantánea perteneciente al Archivo fotográfico Guerrero.

Las disposiciones apaciguadoras de Díaz y de Flores contrastaron sin cesar con el ánimo incisivo de Calles. A cada propuesta mansa e incluso condescendiente de los primeros, el general sonorense replicaba con acritud. Llegó el punto en el que Pascual Díaz, quizá viendo que los minutos corrían y no se obtenía nada fructífero, expresó:

“Ya le hemos manifestado con toda sinceridad que no es cuestión de amor propio; nosotros estamos dispuestos a sacrificarlo todo menos nuestros principios” (p. 136).

Y Calles impugnó que ellos no querían sacrificar los suyos, pero sí que el gobierno renunciara a los propios.

“No, señor” contestó el obispo de Tabasco, “no le decimos que sacrifique sus principios pero sí tratamos de encontrar una manera de que nosotros podamos cumplir esa ley sin faltar a nuestros principios y sin desdoro del Gobierno. Así es, pues, que suplicamos al señor Presidente de la manera más respetuosa que por el momento espere” (p. 136).

¿A qué, se preguntará el lector? El mismo Calles les lanzó la interrogante a los prelados. Y la respuesta fue: “a suspender los efectos de esa ley” (la Ley Calles).

El resultado, como ya se sabe, no fue positivo, sino todo lo contrario: el presidente, tan tajante como siempre, les dijo a los prelados que no tenía intención alguna de modificar las leyes y que sólo tenían dos alternativas: tratar de modificarlas o recurrir a la rebelión:

“Ya les he dicho ustedes no tienen más que dos caminos: sujetarse a la Ley, a la Ley, pero si ésta no está de acuerdo con sus principios, lanzarse entonces a la lucha armada y tratar de derrocar en esta forma al actual Gobierno, para establecer uno nuevo que dicte leyes que armonicen con la manera de pensar de ustedes; pero para este caso les repito que nosotros estamos suficientemente preparados para vencerlos” (pp. 136-137).

En efecto, y como se los dejó claro en diversos puntos de la conversación, el régimen callista mantendría las legislaciones vigentes en materia religiosa. Y la jerarquía eclesiástica, al menos en ese instante, tampoco transigiría: ni los cultos, suspendidos desde el domingo 1° de agosto a raíz de la Carta Pastoral Colectiva del 25 de julio, se reanudarían, y los sacerdotes tampoco se registrarían ante las autoridades para ejercer legalmente su ministerio.

La historia que siguió a aquel fracaso diplomático ya se conoce a estas alturas. Una vez agotados todos los recursos pacíficos y legales, los levantamientos espontáneos de pequeños grupos de católicos continuaron. Al mismo tiempo, los efectos del boicot económico impulsado por la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR), émulo del que ya se había llevado a cabo en Jalisco en 1918 bajo la guía y acicate de líderes católicos prominentes –entre ellos el hoy Beato Anacleto González Flores– se dejaban sentir con intensidad, aunque no la suficiente para doblegar al gobierno y orillarlo y a modificar los artículos antirreligiosos y anticlericales de la Carta Magna.

Eso sin contar que, desde hacía tres semanas, tras la suspensión del culto público a nivel nacional, ya se habían producido reyertas en diversos puntos del país, entre ellos la Capilla de Jesús y el Santuario de Guadalupe en Guadalajara, en Cocula (Jalisco) y en Sahuayo de Díaz, como ya se ha abordado en otras entradas.

No está de más afirmar que, una vez que la Cristiada estalló formalmente, y planteado el tema de la licitud moral de la resistencia cristera, las palabras del presidente en cuanto a los caminos a tomar ante la persecución y el conflicto fueron traídas de nuevo a colación. Si alterar los artículos constitucionales por la vía legal había fallado, con manifestaciones pacíficas y demás tácticas incluidas, y a la luz de los aciagos acontecimientos, los católicos mexicanos creyeron que el único sendero que quedaba fue, justamente, el señalado por el político de Guaymas.

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Bibliografía:

INEHRM (2026). Diario de la historia. 19-agosto-1926. Respuesta del presidente Calles a los obispos. https://www.facebook.com/inehrm.fanpage/posts/diariodelahistoria19-agosto-1926respuesta-del-presidente-calles-a-los-obispos-el/1518636150293423/

Meyer, J. (s. f.). La entrevista de la última oportunidad. Relaciones. El Colegio de Michoacán.

El sucesor del General Enrique Gorostieta

Breve semblanza de Jesús Degollado Guízar, segundo General en jefe del Ejército Cristero

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Fotomontaje alusivo al título de la presente entrada, que muestra al general Jesús Degollado Guízar durante sus tiempos como oficial cristero. Al fondo, la bandera mexicana. Edición de imagen por la autora.

Originario de Cotija de la Paz, Michoacán, Jesús Degollado Guízar vio la luz primera el 3 de agosto de 1892. Sus padres fueron don Santos Degollado Carranza y doña Maura Guízar Valencia, hermana de San Rafael Guízar y de Antonio de los mismos apellidos; ambos fueron prelados durante el tiempo de la persecución religiosa en México y, a diferencia de su pariente José María González Valencia –quien apoyó a ultranza el movimiento cristero–, se opusieron con rotundidad a la resistencia armada por parte de los católicos. En su momento, a su vez, estuvieron en contra de la idea de suspender el culto público en 1926.

Vista panorámica del templo parroquial de Cotija de la Paz, Michoacán, tierra natal del general Jesús Degollado Guízar. Fotografía de OMAR802 at the English Wikipedia, tomada en 2007.

Volvamos con nuestro biografiado. Por causas laborales, la familia Degollado Guízar pasó a radicar en el pueblo de Sahuayo de Díaz. Su vivienda se encontraba frente a la puerta principal de la Parroquia de Santiago Apóstol, y desde allí se alcanzaba a ver el altar mayor. Por su parte, en la década de los veinte, Jesús se marchó a Atotonilco el Alto –tierra natal del también general cristero Lauro Rocha González, caído en 1936–, donde se afilió a la célebre ACJM, la Asociación Católica de la Juventud Mexicana fundada en agosto de 1913 por el jesuita belga Bernardo Bergöend, y también a la Unión de Católicos Mexicanos, mejor conocida como la “U”. Para ese momento ya se había casado, en 1911, con la señora María Soledad Bouquet Carranza.

En los albores de la Cristiada, Jesús Degollado Guízar no dejó de enterarse de los sucesos que tuvieron lugar a comienzos de agosto de 1926 en la actual Capital de la Ciénega:

El día cuatro de agosto de ese año, siendo jefe de la Liga y miembro de la «U» el caballeroso señor don José Ramírez, el pueblo presenció una tragedia en la que fueron asesinados en Sahuayo, Mich., unos de los vecinos más caracterizados del lugar. El pueblo entero se defendió, hubo un terrible combate en el que los vecinos, ayudados por las Acordadas del Cerrito y Guaracha, vencieron al destacamento federal obligándolo a salir del poblado (Degollado Guízar, 1927, p. 21).

El lector puede encontrar más pormenores al respecto en otras dos entradas de «Crónicas de la Ciénega».

A inicios de 1927, de acuerdo con lo relatado por Degollado, los levantamientos empezaron de lleno. En su narración, el cotijense resalta la importancia de la ya mencionada Unión de Católicos Mexicanos.

En el occidente de Michoacán, siendo vecinos de Cotija, se levantaron en armas el Gral. don Prudencio Mendoza, el Gral. don Maximiliano Barragán, los coroneles don Luis Guízar Morfín, don José Guízar Oceguera, don Honorato González, don José González, don Evaristo Mendoza. Todos estos Jefes con mando de grupos eran de la «U». […] Los Estados Mayores de los jefes estaban formados por jóvenes de la A. C. J. M., muchos de ellos de la «U», y entre las clases de tropas numerosos oficiales y soldados también eran de la «U» (Degollado, 1957, p. 22).

A mediados de aquel mismo año, la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa le asignó a don Jesús Degollado el rango de general de división y Jefe de Operaciones en la región de Occidente, que englobaba el occidente michoacano, el sur jalisciense y Nayarit. En cierto punto de la contienda, su esposa fue arrestada y hecha prisionera en Guadalajara. De acuerdo con sus Memorias, el párroco de Juchitlán le dio la noticia. Pero, nos dice el mismo general, cuando recibió la Comunión de manos de aquel presbítero hizo este ofrecimiento en su interior:

Por lo que se sabe que pasa en las prisiones callistas, toda mujer que cae en manos de esos esbirros es ultrajada. No obstante ese dolor y pena tan grandes, te los ofrezco con todo mi corazón, diciéndote que para Ti, hasta la honra te doy, aun cuando sangra mi corazón. […] Dios, que conoce nuestros pensamientos, vio que […] le presentaba un verdadero ofrecimiento; y Él salvó a mi esposa, permitiendo que los masones de Guadalajara le hicieran guardia de día y de noche (Degollado Guízar, 1927, p. 238).

Luego de que Enrique Gorostieta Velarde fuera asesinado en la hoy ex Hacienda del Valle, cerca de Atotonilco el Alto, Jalisco, el general Degollado fue nombrado su sucesor como General en jefe del Ejército Nacional Cristero. Como tal, a él tocó beber el amarguísimo trago de los «arreglos» del 21 de junio de 1929 y licenciar a las tropas cristeras, a sabiendas de que la supuesta «amnistía» otorgada por el régimen no era más que una farsa y de que muchos irían al destierro, para salvar la vida, o serían asesinados deshonrosamente. De allí que, en agosto, con el alma hecha pedazos, escribiera aquellas palabras tan trágicas como inmortales:

Compañeros de lucha:

En un momento doloroso y trágico, cuando el invicto organizador de la Guardia Nacional, general de división Enrique Gorostieta, caía heroico, bajo las balas del enemigo, tuve que recibir de sus manos, la bandera que él, con tanto valor, había empuñado, para conducirnos a la victoria. Acepté decidido el cargo que, superior a mis fuerzas, se me ofrecía, pero entonces estaba muy lejos de pensar que me habría de enfrentar con el más grave de los problemas: el de la cesación de las hostilidades, el de la terminación de la lucha. […]

Su Santidad el Papa, por medio del Excelentísimo Señor Delegado Apostólico, ha dispuesto, por razones que no conocemos, pero que, como católicos acatamos, que sin derogar las leyes, se reanudaran los cultos, y que el sacerdote, poniéndose en cierto modo al amparo de ellas, comenzase a ejercer su ministerio públicamente. En el acto, nuestra situación, compañeros, ha cambiado.

[…]

Debemos, compañeros, acatar reverentes los decretos ineluctables de la Providencia: cierto que no hemos completado la victoria; pero nos cabe, como cristianos, una satisfacción íntima, mucho más rica para el alma: el cumplimiento del deber y el ofrecer a la Iglesia y a Cristo el más preciado de nuestros holocaustos, el de ver rotos, ante el mundo, nuestros ideales, pero abrigando, sí, ¡vive Dios!, la convicción sobrenatural que nuestra fe mantiene y alimenta, de que al fin Cristo Rey reinará en México, no a medias, sino como Soberano absoluto sobre las almas.

Como hombres, cábenos también otra satisfacción que jamás podrán arrebatarnos nuestros contrarios: la Guardia Nacional desaparece, pero no vencida por nuestros enemigos […] Ave, Cristo, los que por ti vamos a la humillación, al destierro, tal vez a una muerte ingloriosa, víctimas de nuestros enemigos, con el más fervoroso de nuestros amores, te saludamos, y, una vez más, te aclamamos Rey de nuestra patria. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe! (Degollado Guízar, 1957, pp. 281-285).

Poco antes de enviar dicha carta, el general Degollado trató de obtener condiciones justas para el licenciamiento y, naturalmente, la libertad de su consorte. Según lo narra en su libro de memorias, Jesús Degollado envió a Luis Beltrán y Mendoza para que hablara con el Delegado Apostólico, a fin de que éste le diera la recomendación necesaria para acudir con el presidente interino Emilio Portes Gil. Aunque renuente al inicio, el político tamaulipeco aceptó liberar a la señora Soledad. En cuanto a que las tropas cristeras se licenciaran, poco después se produjo el fin de la guerra y la posterior matanza por la cual, como se sabe ya, murieron más cristeros luego de los «arreglos» que durante la misma Cristiada:

Otra fotografía del general Jesús Degollado Guízar. Retoque y edición hechos por la autora.

Di cuenta a los superiores, quienes aprobaron lo que dispuse, y días después diose principio al licenciamiento de nuestras fuerzas, porque la Guardia Nacional, o sea el ejército cristero, no fue vencido (Degollado Guízar, 1957, p. 249).

Oculto muchos años luego del término oficial de la Cristiada, para escapar a la cacería sistemática de los cristeros supuestamente amnistiados, el general Jesús Degollado Guízar falleció el 27 de agosto de 1957.

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Bibliografía:

Degollado Guízar, J. (1957). Memorias de Jesús Degollado Guízar. Último general en jefe del Ejército Cristero. México: Jus.

Enciclopedia de la Literatura en México (13 de marzo de 2020). Jesús Degollado Guízar. ELEM & Fundación para las Letras Mexicanas (FLM). https://www.elem.mx/autor/datos/1332

Sahuayo bajo fuego cristero (Parte II).

Francisco Gabriel Montes Ayala/Francisco Jesús Montes Vázquez

Así fue que el primer amago a Sahuayo, se dio el 24 de octubre de 1927[1] por lo que se alertaron las defensas sociales, mientras por todo el estado se encendía la guerra cristera y en su totalidad los municipios estaban amagados por fuerzas rebeldes.

El primer ataque formal se da el 14 de noviembre, cuando atacan el retén del Santuario, un parapeto que habían construido con costalera de tierra en la zona poniente del templo e incluso, en las alturas del edificio se tenían vigías y algunos tiradores; el 18 de noviembre  informa Ismael Silva al secretario de guerra el general Joaquín Amaro,  lo siguiente: “comunicando a usted, que rebeldes tirotearon retenes en esta y fueron perseguidos por miembros de defensas, llegando hasta San José de Gracia”[2] Aunque escueto, es la primera vez que se ataca a Sahuayo, sin que den más detalles que la noticia.

A los pocos días, un grupo de cristeros con Jesús Degollado a la cabeza incursiona por el sur de Jalisco y ataca San José de Gracia, fusilando  a dos vecinos  que “traían salvoconducto de la presidencia”[3]. La misión de Degollado era investigar a Sánchez Ramírez, por algunas situaciones de desconfianza, que se disiparon posteriormente.

Todo ese mes y los primeros días de diciembre las fuerzas cristeras amagaban Sahuayo y se tiroteaban en puntos cercanos, entraban los cristeros a La Palma, a San Pedro Caro, a la Yerbabuena, a la Tuna Manza, al Ojo de Agua y otras pequeñas poblaciones del municipio, que mantenían a la defensa agrarista en constante movimiento, así como a los refuerzos federales que los acompañaban en las expediciones en busca de grupos cristeros.

 El 12 de diciembre informa el presidente de un ataque más formal y dice el general Juan Domínguez, que “los mayores Martínez y Nava que andaban en expedición, se tirotearon con el enemigo en el Santuario, quienes a los primeros tiros huyeron, dejaron dos muertos y nosotros un herido, un soldado del 50º Regimiento”[4] el número de cristeros no se menciona, pero los amagos y los tiroteos se hacían a cada rato, la defensa ya estaba siempre alerta de lo que pudiera pasar y por lo menos no los dejaban ni dormir.

En enero de 1928, las fuerzas cristeras del General Ignacio Sánchez Ramírez, comienzan un asedio a la población de Sahuayo más persistente. Era necesario amagar a Sahuayo y distraer las fuerzas establecidas en Jiquilpan, para atacar otros puntos con las guerrillas.  El primer ataque fue a Guarachita, por fuerzas de Pancho Meza, donde dice que: “ entraron a este lugar los rebeldes al mando de Francisco Meza Gálvez, en número aproximado de 200, robándose los fondos de las oficinas de correos y del timbre, caballos y armas; desarmando a la policía y rompiendo estante que contenía el archivo del ayuntamiento y retirándose dos o tres horas después”[5]. Así de fácil estuvo la entrada al actual Villamar, allí no había defensa, y los cuatro o cinco policías no eran suficientes para detenerlos.  

El 4 de enero el presidente informaba que el día anterior, es decir el día que entró Pancho Meza a Guarachita,  había sido atacado Sahuayo por una partida de rebeldes “que merodean en las cercanías de este lugar, dispersándolos con las Defensas Civiles ( de San Pedro Caro, Cojumatlán y Sahuayo) parte de las cuales siguió en persecución de aquellos” el ataque llegó por la zona alta de la población, en un ataque frontal que hizo que los cristeros entraran por el lado poniente, muy cerca del Santuario de Guadalupe, sorprendiéndolos. Dos cristeros cayeron muertos, y que no identificaron, colgándolos en la plaza, “exponiéndolos ambos cadáveres en el mismo sitio” decía Silva.

Lo que podemos interpretar es que Sahuayo para ese momento, el presidente municipal Ismael Silva se sentía débil, por lo que el plan cristero estaba en marcha, las defensas de Cojumatlán y San Pedro Caro estaban en Sahuayo reforzando a la cabecera municipal, por lo que se desguarnecían aquellas poblaciones. Las fuerzas volantes del ejército federal solo se movilizaban de un pueblo a otro, los cristeros y sus espías sabían de los movimientos de los enemigos y trataban de impedir un ataque frontal, principalmente por la falta de parque; sin embargo, los cristeros comenzaron su actividad en otras poblaciones con ataque guerrilleros de “pega y corre”, como lo refieren las operaciones militares de la secretaría de guerra. Una de las noticias que impactó al gobierno de Francisco García, quien en los primeros días de enero había entrado como edil de Sahuayo,  fue la muerte de Eufemio Ochoa, quien era el jefe de la Defensa de Sahuayo, el mismo presidente municipal informaba que “Fuerzas salieron ayer en busca de rebeldes, lograron tener contacto con fanáticos posesionados de Cojumatlán, en número de doscientos aproximadamente a las once horas se cambiaron los primeros tiros combatiendo por tres horas, después de las cuales logró quitarles el pueblo; no obstante haber sido en número cinco veces mayor; haciéndoles al enemigo unas quince bajas aproximadamente; pues no se levantó el campo debido al temor de un contraataque.  Por nuestra parte lamentamos sentidamente la muerte del Jefe de la Defensa, C. Eufemio Ochoa, viejo luchar y revolucionario, así como un soldado del 73º regimiento, heridos el segundo jefe de la defensa y el asistente del C. Diputado ( refiriéndose a Picazo).  

En la acción la defensa consumió dos mil cartuchos”[6] La muerte de la Chiscuaza fue un duro golpe para la defensa, a tanto que el enojo se siente en el telegrama que envía García informando los hechos cuando dice de Cojumatlán: “Pueblo sustraído a la acción del gobierno desde un principio, se ha portado bastante mal, siendo constantemente madriguera de estos cristeros, se requiere un merecido castigo ejemplar”[7].

©Todos los derechos reservados de autor. Francisco Gabriel Montes Ayala y Francisco Jesús Montes Vázquez 2025.


[1] Idem., documento 9839

[2] Idem. Exp. 1927 XI, documento 0004 fechado del 18 de noviembre de 1927

[3] Idem. Documento fechado del 20 de noviembre de 1927, documento 0016

[4] Idem. Documento del 12 de diciembre de 1927, Exp. 1927 XII- documento 0028

[5] Idem. Doumento fechado del 5 de enero de 1928 Exp. 1920 I documento 0049

[6] Exp. 1928 I- ofico fechado del 9 de enero de 1928 enviado al general Secretario de Guerra y Marina. Documento 0180.

[7] Idem.

Sahuayo bajo fuego Cristero (Parte I)

Francisco Gabriel Montes Ayala / Francisco Jesús Montes Vázquez.

Muchos hombres de Sahuayo se habían unido a los cristeros de los Altos, en los primeros meses de los levantamientos en Jalisco en 1926; Sahuayo había sido uno de los pueblos en todo México, que se levantaron contra la determinación de la aplicación de la ley Calles. Los sacerdotes de Sahuayo determinaron cerrar los templos atendiendo la petición del episcopado mexicano de concluir el culto, como modo de protesta ante la aplicación de tal ley.

El mismo Calles en una entrevista con Leopoldo Ruiz y Flores y con don Pascual Díaz en el Castillo de Chapultepec, menciona a Sahuayo y el motín del 4 de agosto, lo que suscitó una serie de documentos enviados en una investigación especial, para evitar, que se quitara de la cabeza del mandatario, que dos sacerdotes habían incitado a la rebelión; Calles había sentenciado de antemano a los dos curas, que creemos eran Ignacio Sánchez y Alberto Navarro,  cuando dijo “He dado orden que se fusilen donde quiera que se les encuentre”[1]. Los informes tanto del Obispo Fulcheri de Zamora, como del presidente municipal Ismael L. Silva, dejaron en claro que no participaron los sacerdotes en el motín. Sahuayo estaba en la mira desde los primeros días de la desobediencia católica.

Los primeros alzamientos en la región de la ciénega se dan en diciembre de 1926, cuando el ex zapatista Pancho Meza Gálvez, se levanta en la zona de Jaripo y San Antonio Guaracha; en el estado también la cristera sería un bastión tan o más poderoso que Jalisco. Miles de documentos comienzan a fluir en la Secretaría de Guerra en levantamientos en el 90% de los municipios de Michoacán de aquel tiempo. Desde Huetamo hasta Coalcomán, desde la tierra caliente a la sierra michoacana, Uruapan y su región, Los Reyes y Cotija, las tres regiones purépechas; la zona de Pátzcuaro, Quiroga, hasta el lago de Cuitzeo, el valle de Zamora, La Piedad, Zacapu y su región, son teatro de levantamientos y todo más, cerca de Morelia. Surgen jefes cristeros en todos los rumbos desde enero de 1927. Cotija se alza en armas el 7 de marzo y atacan en dos columnas, una de Prudencio Mendoza que toma la población de Cotija, despojando a los federales de armas y pertrechos; la otra atacando Los Reyes bajo el mando del general Maximiano Barragán.

Los primeros alzados sahuayenses que formalizaron su levantamiento fue la gente de Gerónimo González, que el 4 de abril de 1927 se fueron al cerro;  aunque otras fuentes como el propio Sánchez Ramírez, en sus memorias dice que fue el 27 abril, lo cierto que los primeros cristeros en grupo habían salido ese mes al Montoso, para entrevistarse con Prudencio Mendoza, que ya operaba como jefe del levantamiento entre Cotija y Quitupan.

En esos días de abril, Ignacio Sánchez Ramírez, era nombrado general por la Liga, por el ingeniero Luis Segura Vilchis en México, a donde había acudido por pedido de Anacleto González Flores. Así que el mando del sector I fue para el general Sánchez Ramírez, un hombre de tan solo 26 años de edad. Aunque no hubo una respuesta favorable para él, lo rechazaron los jefes cristeros de Cotija, principalmente Prudencio Mendoza, que consideró que “un chamaquito no lo iba a mandar a él”, sin embargo, el general sin ejército se va para Quitupan y allí comienza el alzamiento al llamar a todos los grupos dispersos a la autoridad del control militar de la Liga Nacional de la Defensa Religiosa.  

El siguiente levantamiento fue en Cojumatlán, según informes oficiales, la defensa de ese lugar con 40 hombres se apoderaron de todo el material de guerra y se habían declarado por la cristera así como  pobladores de aquella comunidad, e informan al secretaría de guerra  el 9 de julio, que un día antes se habían levantado, es decir el día 8;  dos días después se alzan los de San José de Gracia[2].

Pero Sahuayo parecía intocable, habían atacado ya varios pueblos, hasta que Sánchez Ramírez decide  tomar su pueblo natal con sus fuerzas y se concentran en atacar la plaza donde solo había defensa civil y algunos militares, dependientes de Jiquilpan.

Continuará


[1] Entrevista de Calles, con los Obispos el 21 de agosto de 1926, publicado por Consuelo Reguer en Dios y Mi Derecho tomo I Los incios 1923-1926 editorial Jus, página 174.

[2] ADN, Operaciones Militares, exp. 1927-51 documentos relativos a los alzamientos 8621 a 8649 clasificación digital del AHP-FGMA.

©Francisco Gabriel Montes Ayala/ Francisco Jesús Montes Vázquez. México 2024

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La fiesta de Guadalupe en Sahuayo, tradición perdurable.

Francisco Gabriel Montes Ayala

La fiesta de Sahuayo, cómo la conoce la gente, la “fiesta del 12” es una de las más añejas de la región de la Ciénega de Chapala, ya que, siendo el primer santuario guadalupano construido en toda la región, no solo los habitantes locales, sino de toda la zona confluyeron a lo largo, de por lo menos, cien años y que aún continúan viniendo de muchos rumbos a venerar a la guadalupana y por esa conjunción profana y religiosa.

El inicio del templo, data del 12 de diciembre de 1881 en que se puso la primera piedra, siendo señor cura don Macario Saavedra, dejando la responsabilidad al padre don Bernabé Orozco para el cuidado de la construcción. El padre Saavedra murió en Sahuayo en abril de 1885, después de una ardua labor, que dejó obras materiales que perduran, como la cúpula y el crucero del templo de Santiago, también hay que recordar a Saavedra, porque impulsó la primera línea de conducción de redes de agua potable, así como el inicio del templo del Sagrado Corazón y el Santuario (Montes, 2025).

 Unos meses después llegó el señor cura Esteban Zepeda Acuña, sahuayense, que se hizo cargo la Parroquia de Santiago y continúo las obras de ambos templos, que estaban bajo el cuidado de sus vicarios (Montes 2025).

El 12 de diciembre de 1886, se realizó la primera festividad, que abarcó los días del 8 al 12 de diciembre, en que desfilaron los gremios de aquel tiempo. El templo, para aquellos días, no tenía bóvedas, pero la suntuosa fiesta fue organizada por los sacerdotes encargados don Bonifacio Alcaraz y don Bernabé Orozco, haciéndose una festividad, que se quedó arraigada en el corazón de lo sahuayenses, que a partir de ese año, se continuaron hasta el día de hoy, con mayor fastuosidad (Montes, 2025).

Fue el Padre don Federico Sánchez, quien hizo las bóvedas y el padre don José Montes, continúo las obras del interior. El padre don Luis Amezcua, al nombrársele como capellán del Santuario,  invita al Ing. José Luis Amezcua, sahuayense constructor de templos, a que diseñara las torres y la cúpula y las construyera en la década de los cuarenta. Dentro del Santuario existen obras pictóricas de Rosalío González y de don Luis Sahagún. Uno de los cuadros, retrata precisamente a los sacerdotes que lo largo de la historia construyeron el santuario, don Bernabé Orozco, don Federico Sánchez, don José Montes, y don Luis Amezcua (Urbizu, 1963).

La fiesta, ha crecido con el paso del tiempo y es una de las principales que se realizan en la ciudad, dado que conserva la organización original de hace 139 años. Es admirable, que los sahuayenses sigan una tradición que vive desde el siglo XIX.

Fotografías Roberto Buenrostro Rodríguez.

Referencias:

Montes Francisco G. La grandeza de nuestra historia. Sahuayo Bicentenario. En imprenta. 2025

Francisco García Urbizu. Sahuayo y Zamora. Talleres linotipográficos Guía. 1963

Derechos Reservados © Francisco Gabriel Montes Ayala, México 2025

Inician los juegos deportivos de las Secundarias Técnicas de la Región Ciénega de Chapala.

Ing. Juan B. Hernández * colaborador

Jiquilpan 4 de diciembre de 2025.- A eso de las 8.30 de la mañana, dieron inicios los eventos deportivos de las Secundarias Técnicas de la zona 05 con cabecera en Sahuayo. Se dieron cita al evento, el supervisor de la Zona el L.E.P. José Dante Rojas Turja, así como el Director de Servicios Regionales, el maestro Octavio Meza, un representante del presidente municipal de Jiquilpan; la maestra María Cobían Sánchez y la maestra Ana Laura Barajas Martínez, jefas de enseñanza, así como los directivos de las escuelas participantes.

Con la presentación y desfile de las delegaciones de cada escuela, y luego la llegada de la antorcha de los juegos deportivos, el encendido del pebetero y el acto cívico, el supervisor de la Zona Dante Rojas Turja, afirmó entre otras cosas, que «los deportes son parte de la formación de los alumnos de las escuelas secundarias técnicas» ; dio la bienvenida a las delegaciones, maestros y personal de cada escuela de la región.

Posteriormente en un breve mensaje del Director de Servicios Regionales de la SEE, Octavio Meza, hizo la inauguración oficial de los eventos deportivos, que se celebraran en diversas sedes, como las unidades deportivas de Jiquilpan, Sahuayo y Briseñas. Por lo que respecta a los eventos cívicos serán en dos sedes, la técnica 1 y 81 de la ciudad de la ciudad de Jiquilpan. Las fechas de eventos son del 4 de diciembre de 2025 al 14 de enero de 2026.

Deseamos el mayor de los éxitos en esta jornada que abre los eventos académicos, tecnológicos, culturales y deportivos en su etapa de Zona.

Origen de la fiesta del Refugio en Jocotepec

Por Aida Aguilar Pérez, Cronista de Jocotepec

Jocotepec celebra anualmente, el 4 de julio, la fiesta en honor a “Nuestra Señora del Refugio”.

Esta tradición se remonta al suceso vivido por el señor cura Miguel Arana, quien durante un viaje de cabotaje por el Pacífico enfrentó un ciclón (15 de mayo al 30 de noviembre). La experiencia fue sumamente peligrosa: fuertes vientos, el barco inclinado por la fuerza de las olas, un violento balanceo que causaba náuseas, el estruendo del viento, y la lluvia que aumentaba la confusión al dificultar la visibilidad. El miedo provocado por estas circunstancias adversas hizo temer por la vida del pasaje y por la integridad de la embarcación. Dicho temor resultó justificado, pues terminaron naufragando.

El padre Miguel Arana logró sobrevivir gracias a la experiencia de los marinos, expertos en corrientes marinas, vientos, obtención de víveres e improvisación de plataformas flotantes.

Aquel espantoso peligro lo llevó a elevar fervientes súplicas de auxilio a la Virgen, bajo la advocación de Nuestra Señora del Refugio. Prometió que, si salía con vida, celebraría una fiesta en agradecimiento. Desde entonces, los habitantes de Jocotepec conmemoran que el padre no perdió la vida en aquella tempestad.

Esta fiesta de agradecimiento comenzó probablemente después de 1866, año en que el padre Miguel Arana llegó a Jocotepec para apoyar al señor cura Vicente López de Nava.

Con información de Jesús Pérez Ramos