“Por Cristo he peleado, y como cristiano muero”

Semblanza del general cristero Manuel Reyes Nava

Lic. Helena Judith López Alcaraz, historiadora y cronista honoraria adjunta de Sahuayo

General cristero Manuel Reyes Nava, antiguo zapatista, que murió el 21 de agosto de 1927. Mejora y edición de imagen realizada por la autora.

Manuel Reyes nació en el poblado de Santo Tomás Ajusco, hoy perteneciente a la delegación Tlalpan de la Ciudad de México. Fue hijo de don Gabino Reyes y de doña Piedad Nava. Como tantos niños de su tiempo, ayudó a sus padres en las faenas del campo. Lejos de ser pobres, la familia Reyes Nava poseía tierras de labor, vacas y caballos en un rancho denominado El Zorrillo, ubicado detrás del cerro del Ajusco.

Durante la Revolución mexicana, perteneció a la 2° División del Sur y, desde 1912, peleó a las órdenes de su hermano Valentín Gabino Reyes. En 1914 fue ascendido a coronel gracias a sus méritos en campaña y dos años más tarde, participó en acciones militares tanto en el Estado de México como en Morelos. Habiendo perdido una pierna en un combate, lo apodaron “el Cojo Reyes”, y así sería conocido hasta su muerte.

Desde el inicio, Manuel apoyó fielmente el Plan de Ayala propuesto por Emiliano Zapata, quien le confirió el cargo de general brigadier en marzo de 1917. Sus dotes militares le valieron ser un destacado oficial zapatista. Combatió hasta 1920, incluso tras la muerte de Zapata (ocurrida en abril de 1919), y hasta que Venustiano Carranza fue asesinado. En 1921 fue dado de baja al no poderse comprobar sus antecedentes.

Más tarde, en diciembre de 1923, su hermano Valentín –quien fungió como presidente municipal de Tlalpan– fue falsamente acusado, condenado a la pena capital y pasado por las armas en el cuartel militar de Toluca. En consecuencia, don Manuel se tornó sumamente desconfiado del régimen que, para ese momento, encabezaba el general Álvaro Obregón Salido, quien había ordenado la aprehensión del difunto Valentín.

Al estallar la Cristiada, junto con su otro hermano, Gabino Reyes, decidió unirse a la causa católica. Su rango de operaciones abarcó las cercanías del entonces Distrito Federal, Morelos, Puebla y Michoacán. Además de coordinar el asedio a Valle de Bravo, tomó parte en los ataques a Tenancingo y Amanalco.

Tras ser herido en un combate acaecido en San Martín Obispo y perder su corcel, no pudo escapar a pie y cayó prisionero. Lo llevaron a Toluca, donde casi tres años antes habían ajusticiado a su hermano, y lo sentenciaron a ser fusilado.

El 21 de agosto de 1927 lo condujeron al suplicio. Su ejecución, llevada afuera del templo del Carmen en la misma ciudad, fue prácticamente una fiesta para los callistas. En la plaza donde lo ajusticiaron había una banda musical. Para escarnecer al reo y su dificultad para caminar, los federales hicieron que el conjunto le tocara la conocida canción “La Cucaracha”.

El general Manuel Reyes en el paredón.

Antes de morir, el general Manuel mismo se cubrió los ojos con un pañuelo. Sacó su rosario, lo besó con devoción y pronunció esta frase, síntesis elocuente de la lucha que había emprendido: “Por Cristo he peleado y como cristiano muero”.

También, de acuerdo con Jean Meyer, dijo:

“Van a matar a un gallo a quien temió siempre el gobierno. Hasta que me llegó la hora” (Meyer, 1985, p. 136).

Él mismo dio las órdenes y gritó, a semejanza de muchos héroes y mártires de aquel tiempo:

“¡Viva Cristo Rey!”

Dicho esto, la descarga lo derribó. Pese a su muerte, la sublevación cristera en el Estado de México ya se había propagado por toda aquella región (Meyer, 1985, p. 136).

Sus restos reposan en el cementerio de Tetelpa, junto con los de la autora de sus días.

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Bibliografía:

Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones en México (2013). Diccionario de generales de la Revolución Mexicana. Tomo II. México: INEHRM & Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA). (Carlos Betancourt Cid, Coord.) pp. 872-875.

Meyer, J. (1985). La Cristiada. Tomo I: La guerra de los cristeros. México: Siglo XXI Editores.

Semblanza del general Manuel Reyes, redactada por la autora para el “Proyecto 2025” (una serie de biografías sobre personajes destacados de la Cristiada y la persecución religiosa y publicadas en conjunto con Ruta Cristera Sahuayo).

La bandera de Morelos, símbolo del Rayo del Sur.

Autor: Conoce México a través de su historia

Morelos adopta su bandera de guerra… Un dia como hoy 19 de agosto, pero del año de 1812.

Morelos

En la población de Zitácuaro, Michoacán, el movimiento insurgente encabezado por José María Morelos y Pavón dio un paso más en la construcción de su identidad política y militar. En medio de la lucha por la independencia de la Nueva España, Morelos adoptó como bandera de guerra un estandarte que habría de convertirse en uno de los símbolos más representativos de la insurgencia.

Se trataba de un cuadrilongo de seda blanca y azul pálido, cuya imagen central mostraba, por primera vez, a un águila coronada, con las alas ligeramente caídas, posada sobre un nopal y un puente de tres arcos. Debajo de este conjunto aparecían las letras V.V.M., abreviatura de la frase «Viva la Virgen María», reflejando la profunda religiosidad que acompañó a gran parte del movimiento independentista. Oculis et unguibus aeque victrix: Frase en latín alrededor del escudo que se traduce como «Con los ojos y las garras igualmente victoriosas»

A diferencia del estandarte guadalupano utilizado por Miguel Hidalgo al inicio de la guerra, la bandera de Morelos incorporaba elementos propios que comenzaban a perfilar una simbología nacional. El águila sobre el nopal evocaba antiguas raíces mexicanas, mientras que la corona representaba aún las complejas ideas políticas de una época en transición. Aquella insignia acompañó a los insurgentes en campañas militares decisivas y contribuyó a fortalecer el sentido de unidad entre quienes combatían por la libertad.

La figura de Morelos inspiraba una lealtad profunda entre sus soldados y seguidores. El cariño y respeto que despertaba quedaron reflejados en una popular copla de la época:

Por un cabo doy un real;
por un sargento, un tostón;
por mi general Morelos
doy todo mi corazón.

Estos versos sintetizan el enorme prestigio que el Siervo de la Nación había ganado por su liderazgo, disciplina y compromiso con la causa insurgente. Para muchos de sus hombres, Morelos no era solamente un jefe militar, sino la esperanza de un país que comenzaba a imaginarse libre y soberano.

A más de dos siglos de distancia, la adopción de esta bandera de guerra constituye un episodio fundamental en la historia de los símbolos patrios de México. En ella ya se vislumbraban elementos que, con el paso de los años, evolucionarían hasta convertirse en parte esencial de la identidad nacional. El estandarte de Morelos fue, en su tiempo, mucho más que una bandera: fue la representación de un ideal de libertad que continuaba abriendo camino en los campos de batalla de la Independencia.

«Por mi general Morelos doy todo mi corazón» sigue siendo una expresión que resume el reconocimiento histórico hacia uno de los más grandes héroes de México.

NOTA: La bandera tiene los colores del manto de la Virgen Maria, azul y blanco. Los colores marianos.

Agustín emperador de México

Agustín de Iturbide, el 21 de julio, fue coronado como emperador de México Agustín de Iturbide, en el año de 1822, convirtiéndose en Agustín I, Emperador Constitucional del Imperio Mexicano.

Con motivo de tan memorable fecha, la autoridad eclesiástica dispensó a la población de realizar el ayuno de tres días que en Europa se acostumbraba para solemnizar la consagración de un rey o emperador. Más de uno podría decir que hoy, en México, habría material para consagrar a varios, pues no pocos mexicanos llevan bastante tiempo ayunando. En aquella ocasión, sin embargo, el ayuno fue suspendido y la gente andaba sonriente y jubilosa.

Los habitantes de la Ciudad de México adornaron las fachadas de sus casas con los tres colores nacionales y con innumerables elementos ornamentales. Por todas partes se veían gallardetes, estandartes y banderas. Las campanas de las iglesias repicaban sin cesar, hora tras hora, mientras que desde la medianoche una salva de veinticuatro cañonazos estremecía los alrededores.

El Cabildo de la Catedral había echado literalmente la casa por la ventana. No podía contenerse un gesto de admiración al entrar en el recinto. En el altar mayor se habían colocado tronos para el emperador y la emperatriz. A la derecha del Trono Imperial se encontraba el del llamado Venerable, título con el que se distinguía al padre de Iturbide, don José Joaquín de Iturbide y Arregui. A la misma altura estaba el trono de la emperatriz Ana María Huarte.

Entre la emperatriz y el Venerable se ubicarían los príncipes imperiales, es decir, los hijos de Iturbide. Fueron nueve: Agustín, Sabina, Juana, Josefa, Ángel, Jesús, Salvador, Felipe y Dolores.

Detrás del emperador permanecerían de pie dos generales, sus edecanes y, tras ellos, las damas de la emperatriz y el personal de servicio del palacio. Frente al Trono Imperial se levantó un tablado con asientos para los diputados del Congreso y para su presidente, el poblano don Rafael Mangino y Mendívil, quien tendría el honor de colocar la corona sobre la cabeza del emperador.

A las ocho de la mañana en punto de aquel 21 de julio de 1822, comenzó un desfile tan solemne como esplendoroso. Don Agustín, a sus treinta y ocho años, lucía en plena madurez. Doña Ana María, agotada por la maternidad y por los sufrimientos de la vida, aparecía como una severa matrona a su lado. Para colmo, bien sabía la pobre que en un lugar privilegiado se encontraría doña María Ignacia Rodríguez de Velasco y Osorio, la célebre y controvertida Güera Rodríguez, a quien las malas lenguas relacionaban sentimentalmente con Iturbide.

Se decía que el futuro emperador había desviado el desfile triunfal del Ejército de las Tres Garantías al entrar en la Ciudad de México para pasar frente al balcón de la hermosa dama. Ana María, con sus cuarenta y cuatro años, no podía evitar sentir celos de la apostura y fama de aquella mujer. Sin embargo, las cosas de los hombres —como suele decirse— rara vez se detienen por los sentimientos de las mujeres.

El desfile continuó hasta la Catedral. Ya en el recinto ceremonial, un Congreso integrado en buena parte por liberales y jacobinos determinó que Iturbide recibiría la corona de manos del Estado. No sería, pues, el arzobispo quien lo coronara, sino el presidente del Congreso. Comenzaban así a gestarse en México las pugnas entre las dos potestades: la religiosa y la civil.

“Vivat Imperator in aeternum”: ¡Viva para siempre el Emperador!

Sin embargo, el Imperio Mexicano tuvo una vida breve. Apenas nueve meses después, cayó a consecuencia del Plan de Casa Mata, promovido nada menos que por Antonio López de Santa Anna. Curiosamente, antes de encabezar aquel movimiento, Santa Anna había intentado acercarse a la Corte Imperial cortejando a una hermana de Iturbide, una solterona de sesenta años.

Finalmente, el emperador abandonó el poder el 11 de mayo de 1823 y partió hacia Liorna (Livorno), Italia, iniciando así el exilio que marcaría el último capítulo de su turbulenta historia.

Fuente: Conoce México a través de su historia.

Pedro Lascuraín el presidente de México,  que duro 45 minutos.

Pedro Lascuráin, falleció el  21 de julio, pero del año de 1952. En la Ciudad de México falleció Pedro José Domingo de la Calzada Manuel María Lascuráin Paredes, un personaje cuya vida quedó marcada para siempre por un episodio singular de la historia nacional. Jurista, diplomático, académico y político, su nombre ocupa un lugar insólito en los libros de historia por haber ejercido la Presidencia de la República durante apenas cuarenta y cinco minutos, el tiempo suficiente para consumar una de las maniobras políticas más controvertidas de la Revolución Mexicana.

Nacido en la Ciudad de México el 8 de mayo de 1856, Pedro Lascuráin provenía de una familia respetada, profundamente católica y de reconocida honorabilidad. Realizó sus primeros estudios en instituciones religiosas, cursó posteriormente la Escuela Nacional Preparatoria y obtuvo el título de abogado en 1880, en la Escuela Nacional de Jurisprudencia.

Desde joven mostró aptitudes para la administración pública. Trabajó como secretario de actas en el Ayuntamiento de la Ciudad de México y más tarde se incorporó a la Secretaría de Relaciones Exteriores durante el largo gobierno de Porfirio Díaz. Paralelamente desarrolló actividades empresariales en el ramo inmobiliario, aprovechando propiedades heredadas y diversas inversiones realizadas junto con otros socios.

Su prestigio profesional lo llevó a integrarse a organismos de gran relevancia jurídica, entre ellos la Asociación de Legislación y Jurisprudencia y la Barra Mexicana, Colegio de Abogados. Sin embargo, sería durante el gobierno de Francisco I. Madero cuando alcanzaría los puestos de mayor responsabilidad política.

Lascuráin ocupó la Secretaría de Relaciones Exteriores en dos ocasiones: primero entre abril y diciembre de 1912, y posteriormente entre enero y febrero de 1913. Entre ambos periodos desempeñó también la presidencia del Ayuntamiento de la Ciudad de México. Eran tiempos de enorme inestabilidad política. El gobierno maderista enfrentaba constantes rebeliones y una fuerte oposición de sectores conservadores y militares que no aceptaban plenamente el nuevo orden surgido de la Revolución.

Durante aquellos meses, Lascuráin mantuvo una postura cada vez más pesimista sobre la capacidad del gobierno para restablecer la paz. Además, se encontraba bajo la influencia del embajador estadounidense Henry Lane Wilson, quien insistía en que México se encaminaba al caos y llegó a sugerir la posibilidad de una intervención armada para restablecer el orden. Temiendo una crisis mayor, Lascuráin aconsejó en diversas ocasiones al presidente Madero que presentara su renuncia.

La situación alcanzó su punto crítico durante la llamada Decena Trágica, los diez días de combates que sacudieron a la capital entre el 9 y el 19 de febrero de 1913. Mientras las fuerzas rebeldes y gubernamentales se enfrentaban en las calles, el general Victoriano Huerta, aparentemente leal al presidente, conspiraba para derrocarlo.

Finalmente, el 19 de febrero de 1913, Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez fueron obligados a presentar sus renuncias. De acuerdo con la Constitución vigente, la línea sucesoria colocaba al secretario de Relaciones Exteriores como el funcionario llamado a ocupar interinamente la Presidencia de la República.

A las 5:15 de la tarde, Pedro Lascuráin asumió legalmente la Presidencia. Sin embargo, aquella investidura no tenía otro propósito que servir de puente para legitimar el ascenso de Victoriano Huerta. Una vez en el cargo, Lascuráin nombró a Huerta secretario de Gobernación. Acto seguido presentó su renuncia. Conforme a la sucesión constitucional, el secretario de Gobernación se convertía automáticamente en presidente interino.

La operación concluyó alrededor de las 6:00 de la tarde. Habían transcurrido apenas cuarenta y cinco minutos. De esta manera, un golpe de Estado logró revestirse de legalidad mediante el cumplimiento formal de los procedimientos constitucionales. Huerta quedó así investido como presidente de la República con la aprobación de un Congreso sometido a las circunstancias del momento.

Lascuráin aceptó participar en aquella maniobra bajo la promesa de que la vida de Madero y Pino Suárez sería respetada y que ambos podrían exiliarse en Cuba. Sin embargo, la promesa nunca se cumplió. Apenas tres días después, los dos líderes fueron asesinados, hecho que marcaría profundamente la historia política del país y pesaría sobre la memoria de quienes participaron en los acontecimientos.

Tras aquel episodio, Pedro Lascuráin decidió retirarse definitivamente de la política. Regresó a su profesión jurídica y se dedicó a la docencia. Durante años impartió el Tercer Curso de Derecho Civil en la Escuela Libre de Derecho, institución de la que fue cuarto rector entre 1930 y 1933. Al concluir su gestión fue distinguido con el nombramiento de Rector Honorario.

Como jurista dejó una importante producción académica. Entre sus obras destacan Justicia de Quiebra, Las Persecuciones Individuales en los Juicios de Quiebra, Responsabilidad Solidaria de los Socios en la Sociedad en Nombre Colectivo, Cancelación de Hipotecas en Remates Judiciales y Estudio sobre la Sociedad Anónima según la Ley de Sociedades Mercantiles.

El 21 de julio de 1952, a los 96 años de edad, falleció en la Ciudad de México. Con su muerte desapareció uno de los últimos protagonistas directos de la Decena Trágica.

Hoy, a más de siete décadas de su fallecimiento, Pedro Lascuráin sigue siendo recordado como el hombre que ocupó la Presidencia de México por el periodo más breve de la historia nacional. Pero detrás de esos célebres cuarenta y cinco minutos existió también un abogado brillante, un académico respetado y un testigo privilegiado de uno de los momentos más dramáticos y decisivos del México revolucionario.

Fuente: conoce México a través de su historia.

Las Tres «M» del 19 de junio de 1867

Articulo tomado de la página de facebook:

Conoce México a través de su historia.

Fueron fusilados Maximiliano, Miramón y Mejía, las tres “M” imperiales, en el Cerro de las Campanas, Querétaro. No puede hacerse, sin un estremecimiento, el relato de la ejecución de estos hombres que enfrentaron la muerte con grandeza de ánimo y gallardía.
A las tres y media de la mañana, Maximiliano despertó y lavó su cuerpo con esmero, como si, en vez de ir al patíbulo, fuera al amor. Vistió su traje de levita. A las cinco de la mañana, los tres reos oyeron misa y comulgaron. Terminando el oficio, fueron regresados a sus celdas. No tuvieron que esperar mucho: a las seis en punto llegó el oficial encargado de conducirlos al sitio de la ejecución.


Al salir a la calle, el emperador exclamó: “¡Qué hermoso día!”. Los subieron a los carruajes para conducir a los sentenciados al lugar de su muerte. Gran cantidad de gente se había agolpado en las calles; nadie gritó nada, nadie dijo nada: el más absoluto silencio acompañó el paso de los carruajes. Esto se explica porque había aparecido una proclama que amenazaba con la muerte a quien vitoreara a los sentenciados.


Los juaristas habían difundido que el emperador flaquearía a la hora de la muerte; lejos de eso, Maximiliano dio una lección de fortaleza.


Al llegar al Cerro de las Campanas, descendió del carruaje y caminó cien metros hasta el sitio del fusilamiento. Llamó al doctor Bach, se quitó del dedo la sortija nupcial y se la entregó, junto con un rosario y un escapulario. Luego se dirigió hacia los soldados que lo fusilarían y, siguiendo la antigua costumbre europea, entregó a cada uno una moneda de oro y les pidió que apuntaran bien.


Maximiliano se colocó frente al pelotón. Los soldados se acercaron a un metro de distancia; sus jefes, incluido Juárez, no quisieron afrontar el riesgo de que fallaran el tiro. Maximiliano, Miramón y Mejía estaban ya frente a los soldados que los ejecutarían.
Entonces, en perfecto español, dijo:
“Mexicanos, muero por una causa justa: la de la independencia y libertad de México. Ojalá mi sangre ponga fin para siempre a las desgracias de mi nueva patria. ¡Viva México!”
Apenas terminó de hablar, el oficial bajó el sable como señal y los soldados dispararon. Siete fusiles se accionaron a un metro de distancia; solamente cinco balas penetraron en el cuerpo del emperador. El temor no había sido infundado. Maximiliano cayó hacia adelante; en su agonía se escuchó pronunciar la palabra: “hombre…”. El oficial lo volteó boca arriba y le disparó en el pecho. El estallido de la pólvora encendió su ropa, y los soldados, apresurados, apagaron con sus manos el incipiente fuego.


Después correspondió el turno al general Miguel Miramón, el presidente más joven que ha tenido el país. Sacó de su levita un papel que llevaba escrito y leyó con voz firme:
“Mexicanos, en el Consejo mis defensores quisieron salvar mi vida. Aquí, pronto a perderla, y cuando voy a comparecer ante Dios, protesto contra la nota de traidor que se me ha querido arrojar para cubrir mi asesinato. Inocente de ese crimen, perdono a los que me lo imputan, esperando que Dios me perdone y que mis compatriotas aparten tan fea mancha de mis hijos, haciéndome justicia. ¡Viva México!”
Tras decir esas palabras, Miramón se puso en oración. Cuando vio que el oficial levantó el sable, se señaló el corazón y dijo con voz firme a los soldados: “¡Aquí!”. Sonaron los disparos y cayó aquel mexicano.


El general Tomás Mejía, indígena humilde, no pronunció discurso alguno. En el instante en que el oficial bajó el sable como señal de ejecución, alzó la vista al cielo y dijo únicamente: “Virgen Santísima…”.
En su testamento, el heroico general escribió:
“Dejo a mi hermano una casa de adobe y dieciocho vacas que tengo en Tolimán…”.
La sangre derramada en el Cerro de las Campanas fue la rúbrica que puso fin a un capítulo grande y trágico de la historia mexicana. Estos hombres lucharon por una causa que la historia oficial considera equivocada: la religión católica, la hispanidad y la convicción de preservar la soberanía de México ante la constante amenaza proveniente de los Estados Unidos.

León XIV ante el parlamento español. 10 frases que quedan para la historia.

Estas son diez frases destacadas del histórico discurso del Papa León XIV ante el Congreso de los Diputados y el Senado de España, reunidos en sesión conjunta este lunes 8 de junio:

  1. “Más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes”.
  2. “Toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento”.
  3. “Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?».
  4. “La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia”.
  5. “Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer”.
  6. “Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos. La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos”.
  7. “La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos”.
  8. “La libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe”.
  9. “Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de aquella conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia entre las naciones. Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera”.
  10. “Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para ‘desarmar el lenguaje’. La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación”.

FUENTE: ACI Prensa.

Juan Andrew Almazán en la nostalgia del hubiera y el quizá…

Analisís de un libro por Eduardo Soriano Suverney.

Novela y Narrativa Histórica México

En la nostalgia del «hubiera» y el «quizá» de los que lo apoyaron hasta con su vida en la lucha cívica por un México mejor, gobernado por él, es todavía polémico porque, acaso hay una memoria más popular e impopular, más pletórica de opiniones a favor o animadversión, que suscita pasiones más encontradas que su figura? La historia de la Revolución entre 1909 y 1940 recordará que ciertamente fue uno de sus personajes más singulares y controvertidos.


Juan Andreu Almazán de Josefina Moguel Flores


12 de Mayo, aniversario del natalicio de Juan Isidro Andreu Almazán. Fue bautizado en Olinalá, Guerrero, el 15 de mayo de 1891. Su padre apuntó en su libreta que Juan había nacido el 12 de mayo a las 9 de la noche. Almazán condensa en su persona las contradicciones de la Revolución Mexicana: épica y vergonzosa a la vez. En efecto, es el ejemplo más representativo del hombre cuya astucia le permitió sobrevivir a la Revolución y vivir de ella, pasando por encima de ideales y causas nobles. Sin importar sus constantes cambios políticos, sus vaivenes y coqueteos con las más dispares posiciones ideológicas —fue maderista, huertista y zapatista—, sus aspiraciones personales lo condujeron, incluso, a ser candidato a la presidencia compitiendo contra el general Manuel Ávila Camacho.


El general de división luchó treinta años como revolucionario, guerrillero, rebelde, jefe de insurrectos y general del Ejército Nacional en diversas e increíbles condiciones. Su presencia como rebelde entre 1910 y 1919, y como sostén del Estado nacional entre 1920 y 1939, denotan el malabarismo que tuvo que ejercitar para sobrevivir a los distintos «ismos» revolucionarios a los que perteneció: como perdedor y vencedor, o bien como antihéroe y etiquetado de “traidor”, pero innegablemente siempre cubierto con el uniforme militar, luchando por lo que, a su entender, era hacerlo por la Revolución.


Paradójicamente, Almazán ha trascendido por su fama de demócrata al haber sido despojado de la presidencia mediante un monumental fraude electoral. Una vez que decidió no encabezar la lucha armada en reclamo del Ejecutivo, no tuvo más remedio que vivir bajo el juicio de sus compatriotas. «No derramar sangre»: en esto se resume su actuar. Posteriormente, resentiría la pérdida de varios negocios, especialmente la del Ferrocarril del Sureste, así como la incautación gubernamental de propiedades en Acapulco y la Ciudad de México. Sin embargo, tuvo la valentía de permanecer en el país y proseguir su vida, eso sí, como él mismo se definió: “paria en su patria”.
En sus últimos años, el «almazanismo» se desvaneció como un eco de lo que pudo haber sido una transición democrática temprana. El general se convirtió en una figura espectral que cargaba con el estigma de la derrota y el peso de una riqueza que no pudo comprarle el reconocimiento histórico que tanto anhelaba. Al final, su figura queda suspendida en el claroscuro de la historia: para unos, un traidor pragmático que vendió su movimiento a cambio de paz; para otros, el hombre que evitó una nueva guerra civil.
Murió el 9 de octubre de 1965 por complicaciones postquirúrgicas; persiste, hasta hoy, el rumor de que su muerte pudo haber sido provocada.

La «venerabilísima imagen» del Señor del Perdón de Cojumatlán, una historia y una tradición.

Francisco Gabriel Montes Ayala

Desde que se tiene memoria, y después de la evangelización hacia 1530 por fray Jacobo Daciano y sus compañeros, Fray Juan de Padilla y Fray Bartolomé de Estrada, todos los investigadores y quienes hemos escrito la historia del Señor del Perdón, coincidimos en que se encontró la imagen en un camichín en 1532 y que fue fue Fray Jacobo Daciano quién lo descubre en aquel árbol frondoso.

El Señor del Perdón en su altar. Fotografia de Francisco Gabriel Montes.

Esta imagen, tuvo por muchos siglos como nombre, la advocación de «El Señor del Camichin» por el origen de la madera que fue trabajada y pulida por uno de los primeros talladores de madera del pueblo de Cojumatlán. Se cuenta también, que se veía por las noches, que el camichín se iluminaba donde estaba formado el cristo entre sus ramas.

Con el paso del tiempo, el Cristo de Cojumatlán estuvo en la capilla del hospital de indios, fue una imagen muy venerada por la comunidad indígena y durante la guerra de independencia, cuando el vicario de Cojumatlán, Marcos Castellanos se hizo el líder de la resistencia mezcalteca, los realistas quemaron el pueblo y se llevaron el Cristo del Camichín a la población de Chapala, donde José Santana y los insurgentes de Castellanos, entran y lo rescatan llevándolo a la Isla de Mezcala, donde estuvo hasta 1817 que vuelve a Cojumatlán con la entrega de las islas rebeldes.

Fue el padre don José Dolores Zepeda, originario de Cojumatlán, que en los años de la guerras federalistas, le cambia el nombre de la advocación y le pone Señor del Perdón, por «las faltas cometidas en las guerras» y siendo cura coadjutor de Sahuayo, inician las fiestas el 3 de mayo de 1839, siendo vicario José Antonio Sánchez Nieto. Ya en el siglo diecinueve se menciona en diversos documentos de licencias para celebrar y exponer el santísimo sacramento para sus fiestas, como «venerabilísima imagen del Señor del Perdón».

El Padre Eufemio Zepeda hermano de don Esteban, que estuvo también en Cojumatlán, le dio especial énfasis a la fiesta del Señor del Perdón, pero sin duda alguna que fue Heliodoro Moreno Pantoja, primer cura de Cojumatlán, por casi 45 años, que conformó la fiesta como la conocemos hoy y obtuvo el patronazgo de la parroquia como del Señor del Perdón, dejando atrás su antiguo nombre de Santa María de la Asunción. Todos los señores curas que han estado en la nómina de la parroquia cojumatlense, han seguido la tradición de las festividades del 3 de mayo.

Hoy el actual párroco Gerardo Díaz Rosas, sigue con esta tradición a menos de un año de su toma de posesión como Cura de Cojumatlán.

Próximamente estaré presentando la historia documentada de la imagen del Señor del Perdón de Cojumatlán.

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En el marco de la fiesta, el ayuntamiento de Cojumatlán, impulsa muestra de Cerería.

Francisco Gabriel Montes Ayala

Con el impulso del presidente municipal de Cojumatlán, Janitzio Mújica, por medio del director de cultura y turismo Mtro. Julio César Trujillo Rodríguez, se presentó el 26 de abril, la muestra de Cerería, un arte virreinal que viene del siglo XVIII en el antiquísimo pueblo de Santa María la Asunción Cojumatlán; artesanía que logra preservarse de generación a generación desde aquellos tiempos. Fue en el siglo XX a finales, en que fueron los últimos artesanos que quedaban detuvieron la producción, principalmente de figuras religiosas y luego tuvo una pausa en la historia volvieron a Cojumatlán a revivir esta tradición tan especial y particular de aquella población.  

En el acto el presidente municipal, subrayó el rescate de la tradición de la cerería en Cojumatlán, así mismo destacó que Luis Fernando Rodríguez obtuvo el primer lugar estatal con una figura de la Piedad, que dio a conocer a la población en los gajes culturales; así mismo aseguró la relevancia que tiene el taller que junto con Jorán Hernández, va creciendo en aquella comunidad.

En la muestra, también estuvieron artesanos de San Martin Hidalgo, Jalisco, que trajeron por medio de la casa de la cultura de aquella municipalidad, una muestra de cera escamada especial para las festividades patronales de las poblaciones.

Se dieron cita un buen número de personas que admiraron las obras artísticas de gran calidad y profesionalismo en el arte de cera de abeja. Felicidades al ayuntamiento presidido por Janitzio Mújica y también al taller de cerería Mimiahuatl (Panal de abejas trabajando la miel) de Cojumatlán.

¿Por qué el hermanamiento entre  Sahuayo y la comunidad francesa de Chapelle Basse Mer? una historia de dos épocas que va más allá de la actualidad.

Francisco Gabriel Montes Ayala

El 16 de abril, dos comunidades católicas se unieron en un hermanamiento que muestran dos tiempos, dos épocas vividas a más de 130 años de distancia; en dos países de dos continentes distantes, con una historia parecida en México con la guerra cristera,  casi igual, a la guerra durante la revolución francesa en la Vendée; son dos acontecimientos iguales divididos por el tiempo, donde los católicos de ambos países defienden su fe y su religión, ante los embates del jacobinismo.

La revolución francesa, había buscado culpables desde el inicio; lo cierto que los burgueses, iban contra los de más arriba, y contra todo lo que sirviera para justificar el movimiento, pero parecía que el pueblo necesitaba más que agitación. No se resolvía las peticiones del pueblo, seguían amotinándose por el hambre.

Pero los motines en la Francia de la revolución no acaban. Apoderarse de los bienes que habían obtenido no daba solución, con una confiscación de bienes del reino y sin poder resolverle al pueblo, los ojos de la revolución se puso en otro nuevo chivo expiatorio, la iglesia católica, que hasta ese momento no había sido tocada, y que muchos católicos habían apoyado la revolución. Fue entonces que forman un clero civilista, algunos curas se unieron, otros, que se quedaron leales a Roma, serían considerados traidores, lo mismo pasaría a la grey católica que siguió fiel al papa. Confiscados los bienes de la Iglesia, con el fin de obtener recursos con la venta de tierras de «manos muertas» o bien edificios, comenzó la cacería de católicos.

En la Vendée en marzo de 1793 inicia la rebelión contra la nación estado que impulsaba la exclusión de los ciudadanos que no pensaban igual que los revolucionarios; se dice que más de 443 mil fueron ejecutados, entre niños, mujeres, ancianos y hombres, utilizando desde ahogamiento, fusilamiento, estallamiento de cabeza, etc., para eliminar al pueblo monárquico y católico.

Después de 133 años de aquellos acontecimientos en Francia, en México se desataría la guerra cristera en 1926, la resistencia de los católicos a la persecución religiosa del gobierno callista y de los liberales jacobinos mexicanos, traería funestas consecuencias al país. Nuevamente en México, sin que la revolución tuviera más enemigos qué eliminar, la élite política imperante, desata la persecución contra la iglesia con el fin de «desfanatizar» al pueblo, es decir, descristianizar, ya que en el discurso, la iglesia, seguía opuesta a la revolución y los principios de la misma, implantados por un grupo que ya había eliminado a otros líderes revolucionarios, un movimiento político más que social era por la conquista del poder y que a ejemplo de la revolución francesa, eliminó a sus propios líderes, la revolución mexicana se comía y destruía a sus propios hijos, allí quedó Zapata, Carranza, Felipe Ángeles y otros que serían asesinados años después por el grupo en el poder y las variantes de tipos de revolución implantadas por el callismo. También Calles hizo una iglesia civilista o cismática que no tuvo eco.

Dos historias unen a Sahuayo y la región de la Vendée, la lucha por la religión católica y la fidelidad del pueblo a la institución. Los católicos durante los movimientos liberales, fueron considerados como traidores y falsos mexicanos y falsos franceses en el caso de la Francia. El hermanamiento entre estas dos poblaciones, Chapelle Basse Mer y Sahuayo, es por esa misma defensa histórica de la religión católica, ante los embates del jacobinismo.