Consideraciones en torno al reestreno de «Cristiada»

Lic. Helena Judith López Alcaraz, historiadora y cronista honoraria adjunta de Sahuayo

En días pasados se anunció que la película Cristiada, en inglés For Greater Glory, retornará a los cines el 15 de octubre del actual, con motivo del Centenario del inicio de la Guerra Cristera. Como sabemos, esta producción se estrenó por primera vez en abril de 2012, hace ya catorce años, y entre su elenco se cuenta a Andy García (el primer general en jefe del Ejército Cristero, Enrique Gorostieta Velarde), Óscar Isaac (Victoriano Ramírez López, alias «el Catorce»), Santiago Cabrera (José Reyes Vega) Eva Longoria (Gertrudis Lasaga, esposa de Gorostieta, a quien él llamaba cariñosamente «Tulita»), Nestor Carbonell (Rafael Picazo Sánchez), Eduardo Verástegui (Anacleto González Flores) y al famoso actor que encarnó a Lawrence de Arabia, Peter O’Toole (una versión muy ficticia de San Cristóbal Magallanes Jara, el P. Christopher). Contó con la dirección de Dean Wright y el guion fue escrito por Michael Love. La empresa productora, por su parte, fue Dos Corazones Films, fundada y regenteada por Pablo José Barroso.

Andy García como Enrique Gorostieta, franqueado por algunos cristeros. Imagen de la película Cristiada (2012); créditos a quien corresponda.

Aunque no negamos que el filme, para muchos, fue el primer acercamiento al tema de la Cristiada y la persecución religiosa, tampoco podemos dejar de decir –aunque no falte quien nos tache de puristas, y qué se le va a hacer– que contiene considerables y notables errores históricos. A casi década y media de distancia, y en plena conmemoración de los primeros cien años de que comenzó el enfrentamiento que le da nombre en español, vale la pena hacer algunas reflexiones.

Hay quien dirá que «son meras licencias cinematográficas», que «tales cambios son necesarios», que «lo importante es el mensaje», que «está bonita y motiva a la defensa de la religión católica» y demás comentarios, la mayoría de ellos bienintencionados. No diremos que son argumentos completamente infundados, porque sí, en efecto, no es lo mismo abordar un tema tan complejo en los libros que hacerlo en un filme de poco más de dos horas; la prosa histórica y los guiones audiovisuales son diferentes y se construyen bajo diversas reglas. No obstante, al mismo tiempo, creemos –y con esto respetamos su derecho a no estar de acuerdo con nosotros– que, si un producto audiovisual se vende y promociona con el eslogan «La historia de México que te quisieron ocultar», y en sí se presenta en todo momento como algo histórico, no se pueden tomar los sucesos y escribirlos como uno quiera. En inglés, el subtítulo es «The true story of Cristiada», es decir, «la verdadera historia de la Cristiada».

Uno de los carteles promocionales de la película en inglés, utilizado para su venta en formato DVD. Fotografía tomada de Amazon.com.mx.

¿Qué pasa cuando nos damos cuenta de que lo mostrado, en numerosos instantes, dista de ser verídico? En todo caso, habría sido más acertado y honesto difundirla como un metraje «basado en hechos reales». Cuando se leen estos vocablos, comúnmente, se acepta de manera tácita que el producto final, aunque inspirado en sucesos que sí pasaron, incluye una significativa porción de ficción y que el guionista, como se dice coloquialmente, le añadió de su cosecha. Hay una divergencia entre una transposición, que es lo más cercano a contar los hechos con la mayor precisión posible… y una adaptación llena de licencias y cambios en la que, a la postre, se diluye categóricamente la línea entre la verdad y la ficción, y en donde lo histórico pasa a segundo término y se juega a placer con los datos. El segundo caso corresponde justamente a Cristiada.

¿Que había que condensar muchas historias en un metraje tan breve, y la labor era, de suyo, titánica y ambiciosa? ¿Que era difícil meter a todos los personajes posibles y tratar de unirlos en una sola línea argumental? Sí, nadie lo niega. Pero cuando uno se entera o sabe:

a) Que San José Sánchez del Río –interpretado por Mauricio Kuri, en su primer papel en la gran pantalla– no conoció ni a Gorostieta, ni a Cristóbal Magallanes –al que le inventan, para colmo, haber venido desde Europa cuando tenía siete años y haber sido fusilado delante del joven Mártir de Sahuayo–, ni a Victoriano Ramírez «el 14», ni al P. José Reyes Vega; y tampoco le dejó su corcel a Victoriano.

b) Que el joven sahuayense no murió a plena luz del día ni con sus padres presentes en primera fila.

A plena luz del día, de acuerdo con este fotograma de la película, Joselito camina hacia su muerte. Lo único que la secuencia muestra con acierto es que, en efecto, le habían desollado las plantas de los pies.
Recreación del martirio de San José Sánchez del Río, en el momento en que llega al cementerio. A la izquierda podemos ver a sus progenitores y a su padrino; sin embargo, cuando tuvo lugar el sacrificio del joven, ninguno de ellos estaba presente.
Lloroso, Gorostieta sostiene y mira a Joselito, ya sin vida. Es una escena conmovedora… pero, como otras tantas, inventada para la película.

c) Que Gorostieta sí tuvo hijos varones –el primero de ellos en 1923, Enrique Gorostieta Lasaga, quien falleció al año siguiente– y no dos hijas ya mayorcitas –que tendrían que haber nacido, por lo menos, entre 1917 y 1919, por las edades que les ponen–.

Enrique Gorostieta y su esposa Gertrudis junto con sus dos supuestas hijas. La única hija que tuvo aquel matrimonio fue Luz María, nacida en 1928, y a quien el autor de sus días únicamente pudo conocer en fotografía.
Plática (que jamás existió) entre San Joselito y Gorostieta. En dicha escena, el segundo le dice al primero: «Nunca tuve un hijo, pero si lo hubiera tenido, me habría gustado que fuera como tú». En la vida real, casi todos los vástagos del general fueron varones (dos de ellos se llamaron Enrique, como él, y el otro Fernando). Fotograma de la película.

d) Que el Beato Anacleto González Flores no fue asesinado de noche ni en la casa de la familia Vargas González, sino a plena tarde en el Cuartel Colorado (Guadalajara). Tampoco había en la casa una mujer de nombre Adriana. Ésta, aunque representa a las mujeres católicas que apoyaron la causa, es un personaje ficticio.

Anacleto González Flores poco antes de ser ejecutado. La versión de Cristiada muestra que lo mataron en la casa donde se ocultaba y de noche.

e) Que San José María Robles Hurtado no era un sacerdote que frisaba la ancianidad ni fue colgado dentro de su iglesia (y menos que luego llegó «el Catorce» para cobrar venganza por su muerte, así como Gorostieta por la de Joselito, y ahorcó al oficial… también en el interior del templo), ni durante el día.

Fotograma que muestra a Victoriano Ramírez descolgando el cadáver del P. José María Robles luego de haber ahorcado al militar callista que ordenó matarlo. Nada de esto sucedió en la realidad.

f) Que el sanmiguelense sí murió en Tepatitlán, pero no en la célebre batalla como el mayor de los héroes, sino dentro de la presidencia municipal y tras haber sido apresado por sus propios compañeros de lucha, bajo la sombra de la envidia y la traición.

Fotograma que muestra los últimos momentos de vida de «el Catorce» según la representación (nada acorde a los hechos) del filme.

g) Que el P. Vega no murió en la Hacienda del Valle el mismo día que Gorostieta, sino en Tepatitlán, el 19 de abril de 1929. Esto es, más de dos meses antes de que mataran al regiomontano (2 de junio del mismo año).

Gorostieta y el P. Reyes Vega resistiendo, lado a lado, la emboscada final en la Hacienda del Valle. En la realidad, el clérigo ya había muerto en la batalla de Tepatitlán, casi dos meses y medio antes.

h) Que Rafael Picazo, aunque sí era padrino de Joselito, no era el alcalde de Sahuayo sino diputado federal, y tampoco estuvo presente cuando fue ultimado su ahijado…

En fin, un largo etcétera, con el cual sí saltan a la vista las alteraciones conscientes, intencionadas –porque basta analizar las fuentes que existían en aquel momento y, siendo tantas, no puede tratarse de una mera equivocación– y hasta novelescas que se hicieron para escribir el guion. Quienes esto escribe profesa la religión católica y sabe disfrutar un largometraje sobre un tópico que le apasiona, mas no deja de ser historiadora, con el rigor que ello implica y que a veces puede ser tan poco grato para algunos. ¿Por qué quitar al público la satisfacción, por ejemplo, de que los torturadores de San Joselito pagan con su vida el haber asesinado al adolescente con tanta alevosía y crueldad? ¿Por qué empañar la parte en la que Gorostieta, deshecho en llanto, saca el cuerpo inerte del chico de la fosa y le estampa un afectuoso beso en la frente, para en seguida entregarlo a su madre? En medio de lo desgarrador, resulta reconfortante presenciar que aquel crimen tuvo, al menos, alguna consecuencia para quienes lo cometieron. Pero así no fue.

Con esto, empero, no decimos que la película nos desagrade enteramente o que esté fea, o que desaconsejemos verla (igual ese no es nuestro papel, cada quien puede ir al cine y dedicar su dinero, tiempo y atención a la producción que le guste, al margen de lo que comenten terceros). En el ámbito técnico y fotográfico, la realización es muy buena, y lo mismo podemos afirmar de los vestuarios, utilería y –en términos generales, porque también hay excepciones, como la de Rubén Blades como el presidente Plutarco Elías Calles– caracterización de los diversos personajes. La ambientación y los efectos especiales son otro aspecto destacado.

De igual modo, Cristiada da una idea vívida y global sobre la persecución religiosa y representa de forma adecuada, y aun emocionante, aspectos como la expulsión de eclesiásticos extranjeros, la suspensión de cultos y la concurrencia masiva de la gente para recibir los Sacramentos por última vez, la actuación de las heroicas e intrépidas Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco, el boicot económico –aunque no fuese idea de un mero transeúnte, como lo ilustra la película, sino que ya se había intentado con éxito en Jalisco en la segunda mitad de 1918 y en los albores de 1919– y las manifestaciones pacíficas en plena calle, la atroz represión ejercida contra los civiles y contra cualquiera que fuera sospechoso de ayudar a los cristeros, tanto en el campo como en las poblaciones y ciudades, y los ataques contra quienes asistían al Santo Sacrificio de la Misa y las diversas profanaciones y sacrilegios que perpetraba la soldadesca. La música del finado James Horner, por otro lado, dota de emotividad, sobrecogimiento o tensión –según sea el caso– las diversas escenas.

Incontables parejas acudiendo a recibir el Sacramento del matrimonio ante la inminencia de la suspensión del culto público. Fotograma de la película Cristiada (2012).
Las filas interminables de penitentes que, en los últimos días de julio de 1926, acudieron en masa a las iglesias para reconciliarse con Dios. Fotograma de Cristiada (2012).
Llegada de un grupo de mujeres de las Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco a un campamento cristero para entregar los pertrechos y víveres.
Fotograma que recrea, al dedillo, una conocida fotografía en la que cadáveres de cristeros penden de los postes de telégrafo a lo largo de la vía del tren.

Claro que, si lo que el lector busca o espera es ver es una obra muy fiel y apegada a los acontecimientos, «Cristiada» no es ese tipo de material. Y es lamentable, porque no faltó presupuesto y en la primera década de este siglo ya existían fuentes y documentación suficientes para crear un filme donde los vocablos «la verdadera historia» o «la historia que te quisieron ocultar» no se quedaran en eso, meras palabras.

Las opiniones aquí planteadas no tienen que ser las de quien lea este escrito, y viceversa. Sólo estamos tratando de ser objetivos y de atenernos a las exigencias de la disciplina histórica. Así es el oficio del historiador, aunque en ocasiones dé la impresión de que existe únicamente para arruinar o echar por tierra la ilusión de los espectadores de una película como la que nos ocupa.

Dicho esto, para quien lo desee, la opción de disfrutar el reestreno está abierta.

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