Semblanza de D. Vicente Castellanos y Núñez
Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo
A primera vista, el título de la presente puede resultar un tanto exagerado o sorprendente, o tal vez salido de algún texto de ficción: ¿en verdad hubo una consagración episcopal en la actual Capital de la Ciénega? Es verdad que desde hace algunas centurias, y muy en particular desde la segunda mitad del siglo XIX y en los tiempos de la persecución religiosa, la localidad se ha distinguido por su acendrado catolicismo, y por haber dado a la Iglesia incontables sacerdotes, hombres y mujeres que no dudaron en defender la fe católica y otros tantos que sacrificaron la propia vida en aras de tal. No en vano ha sido escenario del fecundo ministerio de muchos presbíteros cuyo nombre y obra han dejado huella en la historia local… ¿pero también de la ordenación de un Obispo?

En efecto, tal como se lee, lo fue, hace más de un siglo, en el ya lejano año de 1912; es decir, un año antes del nacimiento de San José Sánchez del Río y casi uno después del derrumbe de la torre de la Parroquia de Santiago Apóstol (acontecimiento que le granjeó al pueblo el mote de “Sahuayo Torres Mochas”).
¿Quién fue el flamante prelado? ¿De dónde provenía y cuál había sido su trayectoria eclesiástica?
Su nombre era Vicente Castellanos Núñez. En cuanto a sus orígenes, García Urbizu (1963) nos dice que “accidentalmente, por temporada que pasaron sus padres en Mazamitla, Jal., nació en esta población; pero tanto sus progenitores, como el resto de su familia fueron originarios de Sahuayo” (p. 79). La fecha de su llegada al mundo, de acuerdo con su fe de Bautismo, fue el 4 de abril de 1870.

Un día después de su nacimiento, según la piadosa costumbre de antaño de llevar a bautizar a los hijos lo antes posible, el infante fue bautizado en la Parroquia dedicada a San Cristóbal, como consta en la partida eclesiástica que en seguida transcribimos de modo literal:
Al margen izquierdo: Mazamitla / Vicente.
Dentro: En la parroquia de Mazamitla en cinco de Abril de / mil ocho cientos setenta, yo el Padre Presbitero D. Antonio / Garcia ex licentia parrochi [1] bautisé solemnemente á Vicente / de un dia de nacido en este Pueblo, hijo legítimo de José / Castellanos y Refugio Nuñes, Abuelos paternos Ygnacio / Castellanos y Juaquina [2] Barragan Abuelos maternos / Antonio Núñes, y Maria Reyes, Padrinos el Sor. [3] Cura / Dn. Francisco J. Correa Diaz, á quienes se les advirtio / su obligacion y parentesto Espiritual, lo que firmó con el Sor. Cura.
Fran.co [4] J. Correa Diaz Antonio Garcia (Rúbricas)
Vicente pasó su infancia en Sahuayo y allí cursó sus primeros estudios y, al mismo tiempo, contribuyó al sostenimiento de su familia. Habiendo manifestado vocación al sacerdocio, se matriculó en el Seminario auxiliar de Sahuayo y luego se marchó a Zamora para proseguir la carrera levítica. Recibió el presbiterado el 20 de octubre de 1894.

El flamante presbítero fue designado sucesivamente como ecónomo, prefecto de estudios y subdirector de la Escuela de Artes y Oficios de Zamora, a la sazón dirigido por Monseñor Francisco de Paula Mendoza y Herrera, originario de Tingüindín, quien le había conferido el Sacramento del Orden. Más tarde, refiere García Arvizu, lo destinaron a Ecuandureo como vicario (1963, p. 79), bajo la autoridad del P. Leonardo Castellanos y Castellanos –futuro Obispo de Tabasco– y como cura amovible de Zináparo. Cuando Mendoza y Herrera fue enviado a territorio campechano, se llevó consigo al P. Vicente, quien trabajaría como «rector del seminario de Campeche, secretario de la Sagrada Mitra y Vicario General de dicho obispado» (Dávila Garibi, 2012).

El tiempo, inexorable, siguió su curso. El 7 de agosto de 1909, Francisco Herrera fue nombrado Arzobispo de Durango por el Papa Pío X; tomaría posesión el 12 de noviembre del mismo año. Lo sustituyó Jaime de Anesagasti y Llamas, pero no duró mucho tiempo en el cargo, pues murió en octubre de 1910. El P. Castellanos y Núñez fue elegido para sucederlo, convirtiéndose así en el quinto Obispo de Campeche. Fue preconizado el 7 de febrero de 1912 y se determinó hacer la consagración episcopal en Sahuayo de Díaz, tierra de su familia y suya, si no por el nacimiento geográfico, sí por la sangre.
Fue algo sin precedentes en la historia del pueblo. Si las visitas episcopales eran algo extraordinario –de ahí la famosa expresión «cada venida de obispo»–, el que un príncipe de la jerarquía eclesiástica fuera a ser ungido en la villa lo era más, en grado sumo. La consagración del P. Vicente Castellanos se efectuó el 21 de abril en la Parroquia de Santiago Apóstol. García Urbizu añade que, al tratarse de la única ceremonia de dicha índole que ha habido en la ciudad, «y por ser hijo de Sahuayo, ese acto revistió caracteres de gran suntuosidad, habiendo sido un memorable acontecimiento en los anales sahuayenses» (1963, p. 79). Tras la augusta ceremonia, el 23 de mayo, el nuevo prelado tomó posesión del Obispado de Campeche.

Entre 1914 y 1919, al desatarse la persecución religiosa por parte de las tropas revolucionarias –en especial de los carrancistas–, los diversos integrantes del Episcopado Mexicano optaron por el exilio. Monseñor Vicente estuvo en Belice (Aguirre Cristiani, 2012).
El 26 de agosto de 1921 se le nombró Obispo de la Diócesis de Tulancingo (Hidalgo) para suceder a José Juan de Jesús Herrera y Piña, a quien se envió a la Arquidiócesis de Linares (o Nuevo León), con sede en Monterrey. Fue al frente de aquella jurisdicción que Monseñor Vicente tuvo que afrontar el clímax de los atropellos gubernamentales contra la Iglesia, su clero y los fieles y, naturalmente, los aciagos tiempos de la Guerra Cristera.
Del 20 al 24 de junio de 1926, en Chicago, se llevó a cabo el XXVIII Congreso Eucarístico Internacional. Se invitó a todos los Obispos latinoamericanos, pero sólo dos de los mexicanos pudieron ir, precisamente por las circunstancias adversas. El primero fue Monseñor Francisco Orozco y Jiménez; el segundo, Vicente Castellanos y Núñez. Ambos se hospedaron «en el Hotel destinado a los Prelados latinoamericanos» (García Urbizu, 1963, p. 80).
García Urbizu aporta más detalles al respecto:
El Exmo. Sr. D. Vicente se presentó solo, sin familiar, pues los escasos recursos de su Diócesis, no le permitieron erogar el gasto. Afortunadamente sus paisanos, el Sr. Cango. D. Enrique Amezcua —su sobrino— y el Sr. Cura D. Alberto Navarro, gustosos le prestaron su servicio de familiares.
Habiendo llegado un tanto retardados, el día de la solemne procesión Eucarística, por la extraordinaria aglomeración de fieles, uno de los guardias se fijó en el alzacuello del Sr. Obispo Castellanos y le preguntó: —¿Bishop, bishop? —Yes, asintió el Señor. Por lo que el guardia les abrió paso entre la multitud y pudieron formar parte del inolvidable acto de clausura (1963, p. 80).
A mediados del mismo año de 1926, Castellanos y Núñez «fue en misión especial ante la Santa Sede (García Urbizu, 1963, p. 80). Dicho cometido consistía, de acuerdo con Jean Meyer, en entregar al Papa Pío XI un memorial enviado por algunos jesuitas (2016, p. 180).

Esa no sería la última epístola que Monseñor Castellanos le haría llegar al Sumo Pontífice, y el tema no sería menor: en la misiva se le informaba a este último que dieciocho prelados estaban a favor de no transigir con el régimen callista y con la aplicación de la Ley Calles y, en específico, de suspender el culto público en todo el país como última medida de protesta. Monseñor Vicente fue recibido por el máximo pastor de la Iglesia Católica el 21 de julio. No en vano, asevera el célebre historiador de la Cristiada oriundo de Niza, «había sido encargado por el Comité Episcopal de representar la posición del episcopado mexicano ante la Santa Sede y el Papa» (2016, p. 191).
El 16 de septiembre de 1932, la sede de Tulancingo quedó vacante, mas no por el deceso de quien la ocupaba, sino por su renuncia. Monseñor Vicente decidió dejar su cargo a fin de «pasar el resto de sus días en un monasterio europeo, abrazando la vida religiosa» (Dávila Garibi, 2012). Tras su dimisión, no obstante sus deseos de retiro, fue preconizado Obispo titular de Marciana (García Urbizu, 1963, p. 79) y el 16 de mayo inmediato salió de la Ciudad de México, en el tren de Veracruz, para de allí pasar a La Habana (Dávila Garibi, 2012).
Nuestro biografiado falleció el 2 de abril de 1939, a los sesenta y ocho años y siete meses de edad. Según García Urbizu, partió «habiendo dejado en todas partes una profunda estela de santidad» (1963, p. 80).
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Notas paleográficas:
[1] Expresión latina para «Con la licencia del párroco».
[2] Joaquina.
[3] Señor.
[4] Francisco. Era una abreviatura común en los documentos de antaño.
Bibliografía:
Aguirre Cristiani, María Gabriela. (2012). Una jerarquía en transición: el asalto de los “píolatinos” al episcopado nacional, 1920-1924. Intersticios sociales, (4) Recuperado en 25 de abril de 2026, de http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2007-49642012000200005&lng=es&tlng=es.
Arquidiócesis de Durango (2009). Arzobispos. Recuperado en 25 de abril de 2026, de https://arquidiocesisdurango.org/arzobispos/
Dávila Garibi, José Ignacio (mayo de 2014). Serie cronológico-biográfica de los ilustrísimos mitrados mexicanos consagrados durante un siglo, de marzo 6 de 1831 a marzo 6 de 1931. 5ª y última parte). En: Boletín Eclesiástico de la Arquidiócesis de Guadalajara.
García Urbizu, Francisco (1963). Zamora y Sahuayo. Dos pueblos de arraigada tradición cristiana. Zamora: Talleres GUÍA.
Meyer, Jean. (2016). ¿Cómo se tomó la decisión de suspender el culto en México en 1926?. Tzintzun. Revista de estudios históricos, (64), 165-194. Recuperado en 25 de abril de 2026, de http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-719X2016000200165&lng=es&tlng=es.
Pérez Durán, Aarón Enrique (17 de enero de 2022). Obispos de Campeche. Campeche Historia y Más. Recuperado en 25 de abril de 2026 en https://aronduran75.wixsite.com/historiaymas/post/obispos-de-campeche
Ramos Justo, Luis Ángel. (10 de febrero de 2014). “119 años de obispado”. Expreso de Campeche.
Valverde Téllez, Emeterio (1949). Bio-bibliografía eclesiástica mexicana (1821-1943). Obispos. Vol. 1.Texas: Jus.
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