Plutarco Elías Calles, sucesor de Álvaro Obregón. Imagen mejorada por la autora.
Un 6 de julio de 1924, hace ya un siglo, el general sonorense Plutarco Elías Calles obtuvo el 84% de los votos en la contienda electoral de aquel año, derrotando con ello al general Ángel Camacho Flores (1883-1926), candidato de la Liga Política Nacional, el Partido Nacional de México, la Unión Nacional Progresista y el Partido Obrero Evolucionista, y a Nicolás Zúñiga y Miranda, candidato independiente. Abajo se pueden apreciar sendas fotografías de ambos. El militar originario de Guaymas, por su parte, tomaría posesión de la presidencia de México el 1 de diciembre del mismo año, según la costumbre.
Dos cosas eran sabidas por los mexicanos a ciencia cierta. La primera, que los comicios –nada raro en la política mexicana, y menos en los tiempos de Juárez, Lerdo de Tejada y, obviamente los de don Porfirio Díaz Mori– habían sido una auténtica burla, ya que Calles, hasta el momento incondicional y compañero de lucha de Álvaro Obregón Salido, su coterráneo, había sido impuesto por éste como su sucesor. La segunda, que el flamante presidente electo era anticlerical y anticatólico a ultranza, mucho más que sus antecesores.
Es importante mencionar que no aguardó a 1926, año en el que se promulgó la ominosa y tristemente famosa ley que lleva su apellido, para emprender su vehemente campaña en contra de la Iglesia, del clero mexicano y de los feligreses. Ya desde su campaña, el 11 de mayo de 1924, en el teatro Ocampo de Morelia, en la capital michoacana, expresó:
Los generales sonorenses Álvaro Obregón Salido (1880-1928) y Plutarco Elías Calles (1877-1945).
“Dicen mis enemigos que soy enemigo de las religiones y de los cultos, y que no respeto las creencias religiosas. Yo soy un liberal de espíritu amplio, que dentro de mi cerebro me explico todas las creencias y las justifico, porque las considero buenas por el programa moral que encierran. Yo soy enemigo de la casta sacerdotal, del cura intrigante, del cura explotador, del cura que pretende tener sumido a nuestro pueblo en la ignorancia, a merced del explotador, del trabajador. Yo declaro que respeto todas las religiones y todas las creencias, mientras los ministros de culto no se mezclen en nuestras contiendas políticas con desprecio a nuestras leyes, ni sirvan de instrumento a los poderosos para explotar a los desvalidos” (Meyer, 1988, p. 143).
El 21 de febrero de 1925, con apoyo de Luis N. Morones, presidente de la Confederación Regional Obrera Mexicana –la CROM–, fomentó una tentativa cismática frustrada. Para ello, facilitó el templo de Nuestra Señora de la Soledad, en la capital, y utilizó elementos de la policía y el ejército para desalojar el recinto y echar de allí a los católicos que querían seguir siendo fieles al Papa Pío XI y no ser parte de la nueva «Iglesia Católica Apostólica Mexicana», como le llamaron a su farsa. Sin embargo, los fieles que concurrían a aquella iglesia, al igual que la mayoría del pueblo católico de México, no aceptaron aquello. A la postre se entabló una reyerta entre ellos y los agentes policiales –preludio de otros motines en agosto de 1926, al cabo de unos días de la suspensión de cultos decretada por el Episcopado para toda la República–, y el inmueble fue cerrado. Pero el régimen callista no cejó en su intento, y concedió a los cismáticos otra iglesia, la de Corpus Christi, también en la Ciudad de México.
Toma de protesta de Plutarco Elías Calles como presidente de México. Mediateca del INAH. Imagen ampliada por la autora.
El año de 1926, como ya se conoce, fue punto y aparte. Entonces sí la persecución religiosa alcanzó su punto más álgido. Era más que palmario que uno de los proyectos cardinales de su gobierno consistiría, de concretarse, en erradicar el catolicismo en México, como ya lo habían intentado hacer los jacobinos franceses durante la Revolución de 1789 y, por supuesto, en el Terror. Fue lo que afirmaron, no sin fundamento, sus contemporáneos. Citemos un ejemplo: José Manríquez y Zarate, obispo de Huejutla, en su sexta carta pastoral, del 6 de marzo de 1926:
“La intención [del gobierno] es acabar, de una vez y para siempre, con la religión católica en México… El jacobinismo mexicano ha decretado dar muerte a la Iglesia Católica en nuestro país, arrancar de cuajo, si posible fuera, de la sociedad mexicana, toda idea católica… El tirano odia a Jesucristo: de ello se ufana… Quiere raer del suelo mexicano el nombre de Cristo” (Marín Negueruela, 1928, p. 265).
En febrero, Calles ordenó la clausura de templos y la expulsión de sacerdotes extranjeros. Los seminarios comenzaron a ser clausurados y los estudiantes arrojados a la calle. En las distintas entidades de la Nación, las autoridades siguieron el ejemplo del primer mandatario.
Por fin, unos meses más tarde, el 14 de junio, vendría el golpe persecutorio definitivo: la ley número 115, consistente en reformas al Código Penal, con la finalidad de establecer las infracciones “en materia religiosa” y sus respectivas sanciones. La “Ley Calles”, como se le llamó desde entonces, constaba de treinta y tres artículos, habría de entrar en vigor el 31 de julio y fue publicada en el Diario Oficial el 2 de julio.
El resto de la historia, como es evidente, es material de otra entrada –o de muchas más, mejor dicho–.
Fuentes:
Marín Negueruela, N. (1928). La verdad sobre México. Barcelona.
Meyer, J. (1988). La Cristiada. Tomo II. México: Siglo XXI Editores.
Historia de Francisco Cárdenas Sucilla, autor material del asesinato del presidente coahuilense
Lic. Helena Judith López Alcaraz
Algunas biografías indican que su apellido materno era “Saucilla”. De cualquier forma, independientemente de la grafía, nuestro personaje era oriundo de la localidad de La Palma de Jesús, perteneciente al municipio de Sahuayo, Michoacán, donde vino al mundo el 22 de noviembre de 1878, casi dos años después del ascenso al poder –a mediados de 1877, de forma constitucional– de Don Porfirio Díaz Mori. Fue hijo de Melitón Cárdenas y San Juana Sucilla.
José Francisco Cecilio Cárdenas Sucilla, el asesino de Francisco I. Madero. Edición y mejora por la autora.
Fue bautizado como José Francisco Cecilio, el tercer nombre en honor de la Santa patrona de los músicos, pues nació el día de su festividad. Sus progenitores siguieron, así, la costumbre de la época de imponerle el nombre que “le tocara” de acuerdo con el santoral. El Sacramento le fue impartido en la Parroquia de Santo Santiago Apóstol el 24 de noviembre del mismo año, apenas dos jornadas después de nacer, por el padre don Macario Saavedra –el mismo que, como párroco, emprendería la edificación del templo–, que a la sazón prestaba sus servicios ministeriales como cura interino.
Así consta en su fe de Bautismo, que al calce dice lo siguiente –hemos respetado la grafía original–:
“Al margen izquierdo: J. Fran.co Cecilio / de La Palma
Dentro: En el pueblo de Sahu.o á veinticuatro de Nobre. de mil ochocientos setenta y ocho, yo el / Presb.o Macario Saavedra, Cura interino, bauticé solemnem.te á J. Fran.co Cecilio de dos / dias de nacido en La Palma, h. l. de Meliton Cardenas y de San Juana Sucilla, fueron / sus padrinos Manuel Zapien y Ma. de Jesus Buenrrostro […] de alli mismo, aquienes / adverti su obligacion y parentesco.
Macario Saavedra [Rúbrica]”
Fe de Bautismo de Francisco Cárdenas, firmada por el P. Macario Saavedra. Recuadros colocados por la autora.
Su infancia transcurrió en el seno familiar. A los diecisiete años se marchó a la capital mexicana, y a los veinte partió rumbo a Apan, donde se unió a la milicia federal. Como miembro de esta institución, a menudo recibía reconvenciones a causa de su comportamiento despótico y sus continuos abusos de autoridad.
Edgar Sáenz López describe así su actuación como policía rural:
“Era una persona que abusaba del poder, que tomaba en exceso, en muchas ocasiones, lejos de cuidar el orden, lo transgredía. Notas periodísticas consultadas consignaban que él había atrapado bandidos, cuando en realidad, con su gavilla, eran quienes asaltaban en los caminos” (citado por la Secretaría de Cultura, 2022).
Con todo, fue ascendido al rango de sargento y al poco tiempo al de mayor. Mientras desempeñaba este último cargo recibió la encomienda de custodiar a Ignacio de la Torre y Mier, yerno de don Porfirio Díaz Mori, y a su finca. Por aquellos tiempos, también como mayor y hasta 1913, fungió como líder de los rurales federales.
Para 1910, año en que el Porfiriato se desmoronó y derrumbó de forma definitiva, en su nota de servicios aparece que asesinó a Santana Rodríguez, un forajido magonista. Al año siguiente, Cárdenas se distinguió por ser un inconmovible opositor del gobierno de Madero. En la Ciudad de México, fiel a sus convicciones porfiristas y antimaderistas, protegió a los que no querían al nuevo mandatario, oriundo de Parras –porque, hay que decirlo, el tocayo de nuestro biografiado no fue amado por todos en México, y menos después de que ascendió a la presidencia–. En 1912, combatió incansablemente al michoacano Benito Canales, de los hombres de Pascual Orozco Vázquez.
Retrato de medio cuerpo de Francisco Cárdenas. Fotografía mejorada por la autora.
Por fin, en 1913, el gobierno de Madero se vino abajo. Al estallar la Decena Trágica, fue llamado a la capital. El sábado 22 de febrero, Francisco Cárdenas recibió del general Aureliano Blanquet, un porfirista vehemente, la orden de liquidar a Francisco I. Madero y al vicepresidente José María Pino Suárez. Felipe de Jesús Ángeles Ramírez, célebre general, también estaba incluido en la comisión. A la postre, según relata Alfonso Taracena en su biografía de Madero, Huerta decidió que Ángeles no compartiera la suerte de los otros dos prisioneros.
Junto con Rafael Pimienta, teniente de rurales federales, simuló un asalto a los sendos automóviles en los que transportaban a ambos políticos con dirección al Palacio de Lecumberri. Ya habían sido forzados a firmar sus renuncias. Cuando el momento les fue propicio, los verdugos los hicieron descender del vehículo. El primero fue Madero, a quien Cárdenas mandó entrar a Lecumberri por la puerta trasera. Madero replicó que no existía tal.
Cárdenas reiteró la orden de manera perentoria y soez y lo forzó a bajar. Al obedecer el presidente, el rural palmeño blandió su pistola y le descargó dos tiros en la cabeza. A continuación, con la misma brutalidad, Pino Suárez cayó bajo las balas de Pimienta.
Pintura que representa el levantamiento de los cadáveres de Madero y Pino Suárez, sólo para ser colocados en el sitio donde se les halló en la mañana y, así, hacer coincidir la escena con la versión oficial.
La autopsia de Madero reveló cuán bien había hecho Cárdenas su cruenta labor: «la [primera] bala interesó todos los órganos correspondientes de la región, fracturó la escama del hueso occipital y base del cráneo». La segunda bala «recorrió una trayectoria paralela».
Tras el doble asesinato y luego de que Victoriano Huerta se sentó en la silla del águila, Cárdenas y Pimienta obtuvieron alta jerarquía militar dentro de los cuerpos de guardias rurales federales. Eso sin olvidar que cada uno recibió la generosa suma de 18 mil pesos en plata. Pero el resto de la gente los vio como un par de mercenarios, viles sayones y homicidas. Para nadie era desconocida la felonía cometida.
Primera plana de El Imparcial, fechada el domingo 23 de febrero de 1913, en la que se dio a conocer la versión oficialista del asesinato de Madero y Pino Suárez. Edición y resaltados por la autora. Nótese que también aparece el nombre de Francisco Cárdenas.
En el caso de Francisco Cárdenas, los adeptos a la Revolución en Michoacán, en este caso comandados por Adolfo Trujillo, incendiaron y saquearon su vivienda en La Palma. Cuando fue ascendido a general de división, quiso visitar al gobernador de Michoacán, el doctor Miguel Silva Macías (1857-1916), que se había unido a los constitucionalistas y de hecho fue precursor de la lucha maderista en la entidad. Pero el encuentro no fue, ni remotamente, favorable para Cárdenas. Silva le escupió a la cara cuando lo tuvo enfrente, espetándole a voz en cuello:
—¡Fuera de aquí, asesino!
De nada servirían sus nombramientos encumbrados: tal baldón lo acompañaría por siempre. Sin embargo, a él no parecía importarle en lo más mínimo.
Francisco Montes Ayala relata que, como comandante del 7° Cuerpo de Rurales en Tacámbaro, en abril de 1913, Cárdenas defendió infructuosamente este lugar en contra de los alzados Gertrudis Sánchez, José Rentería Luviano y Joaquín Amaro, que se apoderaron de la plaza. En Jiquilpan de Juárez, donde operaba el general Guillermo García Aragón, amigo de Emiliano Zapata, los elementos rurales bajo el mando de Cárdenas repelieron al lugarteniente de Luviano, Pedro Lemus, a la par que ocuparon las oficinas de la imprenta «La Económica», examinaron los impresos e incineraron el archivo. En el mes de julio, logró vencer por sorpresa a Rentería en Guaracha –municipio de Villamar–, y ordenó el fusilamiento del coronel ingeniero Roberto Alvírez, miembro de una conocida familia moreliana.
A finales de 1914, una vez vencido el gobierno de Huerta y firmados los Tratados de Teoloyucan, Francisco Cárdenas huyó a Guatemala. Pasó a radicar en Ayutla, municipio del departamento de San Marcos, cuya cabecera es Ciudad Tecún Umán. Tuvo amoríos con la señora Fonseca de Garavito, y en 1920 fue acusado y arrestado por haber sido el autor intelectual e instigador de la tentativa de homicidio de su esposo, Abraham Garavito, efectuado por Herlindo García.
Templo de Ayutla Tecún Umán, San Marcos, Guatemala, donde Cárdenas fijó su residencia después de huir de México.
Aquel mismo año, en nuestro país, triunfó el Plan de Agua Prieta. Muerto Venustiano Carranza, Adolfo de la Huerta tomó el mando de modo interino. Se reabrió el caso de los asesinatos de Madero y Pino Suárez, y se llegó al punto de solicitar la extradición de Cárdenas. En Guatemala, por su parte, las amistades de nuestro personaje lograron convencer a un juez para que le otorgase la libertad, arguyendo que las lesiones de Garavito no eran graves y, como solía proceder Cárdenas, con un cohecho de cinco mil pesos. El reo de La Palma esconderse en la municipalidad de Las Vacas, pero fue capturado por el teniente José Macario Pérez. Era el 29 de noviembre de 1920.
En el camino a la ciudad de Guatemala, a la que fue conducido por los elementos policiales, Cárdenas intentó recurrir a su modus operandi y sobornarlos en varias ocasiones, pero no consiguió su propósito. Durante uno de los descansos,, aprovechó para sacar una pistola Galand 32 que llevaba escondida en su bota. Sin demora, avezado a tales procedimientos, disparó al soldado federal Julián Cázares, malhiriéndolo. La tropa que lo custodiaba ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar: antes de que pudiesen hacerlo, Francisco Cárdenas dirigió el cañón de su arma hacia su boca y jaló el gatillo.
Así, con el suicidio, llegaron a su desenlace los días de aquel funesto y truculento personaje.
Fuentes:
Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (2007). Las campañas de Joaquín Amaro. Biblioteca Jurídica Virtual del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/7/3442/39.pdf
Montes Ayala, F. G. (1993). Raúl Oseguera Pérez, ed. Francisco Cárdenas. Un hombre que cambió la historia. Sahuayo: Impresos ABC.
Estados Unidos consideraba vital para su desarrollo nacional la contruccion de un canal interoceanico, que permitiese conectar los puertos de sus dos costas, y estaban dispuestos a lo que fuese con tal de conseguirlo, como despues lo demostro la Historia, cuando destruyeron la integridad territorial de Colombia y de plano crearon una colonia norteamericana llamada Panama. Pero Panama no era el lugar ideal, la zona de Tehuantepec-Coatzacoalcos era mucho mejor, mas plana, mas cerca, requeriria menos trabajo y les permitiria a los buques una singladura mucho mas pequeña, los norteamericanos intentaron por todos los medios de hacerse de la zona. Fue durante el gobierno de Porfirio Diaz que comenzaron las negociaciones, los norteamericanos le ofrecieron primero la compra de los estados de Oaxaca, Veracruz y Tabasco; la cual rechazo, despues de todo el Dictador habia peleado en todas las guerras de Mexico contra los extranjeros y conocia muy bien las intenciones de estos.
Cuando no se pudo por esos medios, se intentaron otros, ciudadanos norteamericanos empezaron a comprar tierras en la costa del pacifico, pero eran prestanombres del Filibustero Walker, que estaba organizando un gran grupo armado, con el cual declararia la «independencia» de los territorios comprados para despues venderselos a su gobierno por un precio mucho mayor. Pero el gobierno ya tenia experiencia con esto, lo mismo habioan intentado hacer en Baja California, Sonora y asi se habia perdido Texas, por lo que se hizo una nueva ley que prohibia a los extranjeros comprar tierras en lugares estrategicos del pais.
Cuando todas las triquiñuelas fallaron, intentaron la ultima, una ocupacion militar de Salina Cruz, para ello enviaron el Escuadron del Pacifico, compuesto por un acorazado, varios cruceros y algunos destructores, junto a varios transportes de tropas.
El gobierno de Mexico no se habia quedado cruzado de brazos, habia reforzado la defensa de Salina Cruz, enviado tropas del entonces moderno Ejercito Federal, con oficiales superiores bien probados en los combates de la Guerra contra los franceses, pero lo mas importante, habia hecho un gran esfuerzo en crear una eficiente Defensa Costera, el gran ingeniero Mondragon, quizas el mas grande armero en la Historia de Mexico, fue comisionado para crear las piezas de artilleria mas grandes que jamas se hubiesen hecho en el pais. Y es ahi donde comienza la parte misteriosa y no escrita, los cañones fueron construidos, no se sabe si en Mexico o solo el diseño se hizo aqui y se encargaron en el extranjero, como los posteriores Saint Chaumond-Mondragon, no hay informacion precisa de que calibre y peso eran los cañones, ni tampoco de donde se emplazaron, ni de su destino.
Existe una narracion oral del combate, segun ella, los norteamericanos no creian que hubiese una defensa eficiente, asi que pusieron proa al puerto, el acorazado entro dentro del rango de la artilleria costera mexicana, que hizo un primer disparo de advertencia, los norteamericanos vieron con estupor que cayo justo enfrente del buque en la cabeza de la formacion, pero aun si siguieron, creyeron que era un tiro de suerte, cuando el segundo disparo volo parte de la superestructura, entonces se dieron cuenta de que la flota no duraria ni quince minutos si seguian adelante los cientos de metros que aun hacian falta para que sus piezas pudieran disparar, asi que dieron vuelta y regresaron a toda maquina. Del relato se puede inferir que la artilleria mexicana era de mucho mas calibre que la usual norteamericana, asi que es posible pensar que los cañones eran de 12 pulgadas o mayores, y debieron de haber estado emplazados en una muy buena base, y ademas que se habian hecho las mediciones matematicas correctas para tener bien controlada toda la zona maritima alrededor de Salina Cruz. La experiencia fue muy traumatica para los norteamericanos, que pedian la retirada de la artilleria de Santa Cruz en cada negociacion que hacian con el gobierno mexicano, al parecer Madero o Venustiano Carranza finalmente aceptaron retirar los cañones a cambio del reconocimineto oficial norteamericano y la provision de armamento para sus tropas, segun algunos los cañones fueron desmontados y vendidos a Turquia, que los uso en la defensa de los Dardanelos, la verdad no se sabra hasta que no se encuentren mas fotos, informacion oficial mexicana (al parecer perdida en la Revolucion), o bien un cañon de gran calibre aparezca en alguna parte del mundo con el escuado mexicano. Como colofon los norteamericanos se dieron por vencidos y prefirieron adquirir el Canal de Panama.
Nota: Los cañones a que hace referencia fueron de construcción alemana de la casa Krupp. México compró la patente y se hicieron las modificaciones adecuadas a las características del artillero mexicano. Se compraron dos cañones, el alcance de cada pieza era de 15 km y se destacó a 11 «apaches» es decir a 11 artilleros bien entrenados Fue la flota gringa (7a) del Pacífico, la que intentó tomar por asalto a Salina Cruz. El cañonero mas poderoso gringo tenía un aalcance de 10 Kms, asi que al acercarse los iban a pulverizar. Permanecieron tres meses frente al puerto a 11 millas náuticas, hasta que por orden de Taft, se retiraron. Los cañones fueron desmontados por orden de Francisco I. Madero y se vendieron a los turcos En la página http://www.Salinacruz.com aparecen fotos de copia de un cañón de aquélla época. Fuente: http://historiademexicofringe.blogspot.mx/…/los-canones…
El Exilio Perpetuo de Don Porfirio…… Hoy 2 de julio como omitir la muerte de don Porfirio, en 1915. Si el curso de su vida va de la mano con la Historia de México durante la segunda mitad del turbulento siglo XIX y los primeros del siglo XX. Don Porfirio murió a sus 84 años de edad, suspirando por su natal Oaxaca donde deseaba ser sepultado. En mayo de 1911, Porfirio Díaz sufría de una enfermedad en las encías, padecía sordera y agotamiento físico, tenía alrededor de más de 80 años de edad, iba perdiendo el control político, la batalla de ciudad Juárez y la intervención de E.U. en el apoyo a los del plan de San Luis y el tratado de ciudad Juárez, hicieron que comenzara a reflexionar sobre su renuncia a la Presidencia.
La noche del 23 de Mayo Díaz comenzó a redactar su renuncia. El 25 de Mayo a las 11 de la mañana, la Cámara de Diputados aprobó en dictamen la renuncia de Díaz. En sus últimas horas en tierras mexicanas Porfirio Díaz pronunció unas palabras al congreso Mexicano: “Espero, señores diputados, que calmadas las pasiones que acompañan a toda revolución, un estudio más concienzudo y comprobado haga surgir en la conciencia nacional, un juicio correcto que me permita morir, llevándose en el fondo de mi alma una justa correspondencia de la estimación que en toda mi vida he consagrado y consagraré a mis compatriotas. Con todo respeto”.
Ya en la estación de trenes de Santa Clara al sur de la capital, el general de división Victoriano Huerta los escoltó hasta el puerto de Veracruz hasta que abandono el país, durante su viaje; en Orizaba el tren fue atacado por bandoleros, pero fueron repelidos por las fuerzas federales de Huerta.
Finalmente el 31 de Mayo de 1911, a bordo del buque alemán Yparanga en el cual abandonó el país. Díaz en el fondo sabía que jamás volvería a regresar a México, era su último adiós a su tierra que tanto quería, durante el viaje sólo se presentó un incidente en la Coruña española un grupo de manifestantes lo acusaron de genocida y si nadie olvida a los Mayas y Yaquis tratados brutalmente durante su gobierno, el 20 de junio de 1911,
Porfirio Díaz llegó a su destino, lo recibieron un puñado de amigos, entre ellos Federico Gamboa, reconocido novelista, posteriormente Don Porfirio se internó en una clínica de Interlaken, Suiza, debido a sus malestares de dentadura, de donde salió curado los últimos días de junio de 1911. Díaz y su familia visitaron París, al llegar al palacio nacional a Los Inválidos sitio donde se conservan los objetos más emblemáticos de la historia de Francia y que sirve de sepulcro a sus héroes, el expresidente platicó con soldados jubilados franceses que habían peleado en la guerra de intervención cincuenta años atrás, el general Gustave Léon Niox, encargado del edificio, escoltó a Díaz hasta la tumba de Napoleón Bonaparte, a quien el general mexicano admiraba. Niox, de pronto, sacó la espada que Bonaparte usó en 1805 durante la Batalla de Austerlitz, y la colocó en manos de Díaz, quien hizo pública su emoción por tener la espada y que este no merecía tenerla en sus manos, a lo que Niox contestó, “Nunca ha estado en mejores manos.
Porfirio Díaz Mori escogió Francia como residencia y, a diferencia de su vida en México, tendría un pequeño departamento ubicado en el número 26 de la Avenida Bosque hoy Avenue Foch la cual atraviesa el Arco del Triunfo y se encuentra ubicada en el Distrito XVI de París, uno de los más opulentos del país, se sabe que le gustaba ir a caminar al Bosque de Boulogne, porque le recordaba a Chapultepec. La decisión de vivir ahí fue debido a que era un inmueble al alcance de sus ingresos que venían del dividendo de sus acciones que tenía en el Banco de Londres. La ausencia de su pensión de ex general fue donada al Colegio Militar para algún alumno destacado, como él lo estipuló, no obstante, eso no fue un impedimento para que viajara a distintos lados como España, Alemania, Austria, Suiza y Egipto. En abril de 1912 fue recibido por el rey Alfonso XIII de España, su esposa y la madre de Alfonso: María Cristina de Habsburgo, familiar del segundo emperador de México y enemigo de Díaz en su tiempo. La prensa de aquel tiempo lo cuestionó sobre si tenía alguna intención de quedarse a vivir en España, dando como respuesta un “sí, tal vez en Barcelona”, sin embargo, nunca se consolidó y moriría en su amada Francia.
El 21 de agosto del mismo 1912 asistió a un desfile militar del ejército prusiano –uno de los más fuertes en aquel tiempo– que se desarrolló en Maguncia, Alemania. Cuando el evento acabó el káiser Guillermo II se enteró que el expresidente se encontraba ahí y lo invitó a su palco personal, en donde hablaron por casi una hora y le reclamó por no avisar su visita para recibirlo con honores. Para 1913 su espíritu viajero lo llevó a Egipto y Suiza, en donde se enteraría de la muerte de Francisco I. Madero, sintiendo tristeza de su deceso, según la correspondencia y dando a entender que nunca había dejado de dar seguimiento a los problemas de México y toda la actividad que se desarrollaba.
Sus días acabaron el 2 de julio de 1915 en soledad: ninguno de sus aliados políticos que se encontraban en Europa fueron con él, solo su esposa e hijo. Fue enterrado en la iglesia de Saint Honoré d’Eylau y para 1921 sus restos fueron trasladados al cementerio de Montparnasse. . Doña Carmelita pensaba regresar algún día a México con sus restos. Para ello, era necesario mantenerlo en buen estado, solamente cuando se convenció de que el Gobierno Mexicano no se lo permitiría; Se decidió a regresar sola, dejando abandonado el cuerpo inerte de su marido. Ahora, don Porfirio y Carmelita están separados; El en París; Ella en el panteón Francés de la Piedad, en la ciudad de México, y al parecer ser que nunca se reunirán….
Yo era de los que pensaba que los restos de don Porfirio deberían regresar a México por un acto de justicia histórica y humana a la vez; Pero he cambiado de opinión, es mejor que los muertos entierren a sus muertos, que ya paso el tiempo en el que el cadáver de don Porfirio tenía alguna significación política y que hay cenizas, como las de los difuntos, que no vale la pena remover; rescoldo que algo queda, como reza el refrán popular y aunque sus restos mortales descansan en tierra extranjera, su recuerdo sigue estando aquí, entre nosotros, donde todavía, a 107 años de su muerte le seguimos llamando; Don Porfirio…
Generalidades históricas del Porfiriato en la actual Capital de la Ciénega(I)
Lic. Helena Judith López Alcaraz
Durante el Porfiriato, al igual que muchas otras ciudades y poblaciones en México, Sahuayo experimentó un período de transformación y desarrollo y fue testigo y partícipe de la modernización impulsada por el gobierno de Porfirio Díaz, especialmente en los ámbitos demográfico y financiero. A continuación, abordaremos las generalidades de estas transformaciones. Dos de ellas, inclusive, tuvieron que ver con los aspectos político y toponímico. Por motivos de extensión, y para no cansar al lector, hemos determinado dividir el texto en dos entregas.
Fotomontaje alusivo al título de esta entrada, elaborado por la autora. En el centro, el general Porfirio Díaz; al fondo, el templo parroquial del pueblo que, al convertirse en Villa, tomaría su apellido.
La Guerra de los religioneros, en la que un grupo de sahuayenses tuvo una participación destacada, y el mismo pueblo fue escenario de los primeros polvorines oficiales de dicho conflicto bélico, tocó a su fin en 1876, con el triunfo del Plan de Tuxtepec y la rebelión homónima. Los militares Francisco Navarro y Herculano Ortega, sahuayenses, y el prefecto de Jiquilpan, Cayetano Macías, brindaron su apoyo al paladín que encabezaba la asonada, el oaxaqueño Porfirio Díaz Mori (1830-1915), que se alzó victorioso al derrotar a Lerdo de Tejada.
De este modo, Díaz subió al poder con el procedimiento ya habitual, a la sazón, en México: el golpe de Estado. Asumió la presidencia del país en forma interina entre el 28 de noviembre de 1876 y el 6 de diciembre de 1876, y por segunda vez del 17 de febrero de 1877 al 5 de mayo de 1877. Por fin, al menos la primera ocasión, ejerció el cargo en forma constitucional del 5 de mayo de 1877 al 30 de noviembre de 1880.
La paz volvió poco a poco a Michoacán, entidad que descolló en la Cristiada decimonónica, y eventualmente, también, al resto del país. En lo que respecta a Sahuayo, José Prado Sánchez refiere que, cuando Don Porfirio tomó posesión como primer mandatario, la futura Atenas michoacana ya había adquirido cierta forma de pueblo.
Leamos como lo describe él:
“[…] el templo había sido reconstruido y constaba de una nave de bóveda, al frente un gran atrio con una cruz frente al templo en un pedestal de piedra; ese atrio servía de camposanto y al norte y al sur anchos portones que daban acceso al atrio y al mismo tiempo servía de tránsito entre uno y otro extremo del pueblo. En ese tiempo fue designado párroco del pueblo el Sr. Cura (Macario) Saavedra, quien inició la reconstrucción del templo y, en el año de 1881, se terminaron los trabajos quedando una construcción magnífica” (1976, p. 15).
Templo de Santo Santiago Apóstol en Sahuayo, con su única torre. Fotografía mejorada por la autora.
Este autor añade que, para los aproximadamente ocho millares de habitantes que tenía la cabecera municipal en ese año, el templo era de gran tamaño, y poseía una enorme cúpula. Pero su rasgo más sobresaliente era la torre estilo minarete, de gran altura y esbeltez, cuya caída en 1911, a raíz de un poderoso sismo, le valdría a la localidad el mote “Sahuayo Torres Mochas”.
Luis González y González explica que el Porfiriato en Michoacán fue implantado por los siguientes gobernadores: Manuel González Flores –sucesor de Díaz en 1880–, Bruno Patiño, Octaviano Fernández, Prudencio Dorantes, Mariano Jiménez y Aristeo Mercado. Los tres primeros, con el apoyo cardinal de “rondas” y “acordadas”, dieron buena cuenta de los cabecillas que quedaban en pie de lucha o asolaban aquellas zonas (1997, p. 117). No era sino hacer eco a la táctica empleada por el primer mandatario, la de los famosos rurales, que si bien no era de la autoría de aquél, sí fue una de sus principales estrategias para pacificar el país y mantener el orden. Su misión era la defensa de zonas rurales en México, principalmente en lo tocante a la protección de diligencias y caravanas de ataques de bandoleros. Originalmente, el Cuerpo de Policía Rurales se compuso sobre la base de ex convictos, quienes por su experiencia y conocimiento de los grupos de delincuentes y de sus procedimientos pudieron reducir dramáticamente la inseguridad en los caminos y zonas campestres. Luego, por supuesto, se procedió a filtros más rigurosos para la selección de su personal.
General Manuel González Flores (1833-1893), primer gobernador porfirista de Michoacán. Fotografía mejorada por la autora.
Los tres últimos gobernadores del Porfiriato de Michoacán –véase el listado unos párrafos más arriba–, por su parte, condujeron a la entidad, sin prisas ni fanatismo, por la ruta de una prosperidad principalmente ferroviaria: ferrocarriles México-Morelia desde 1883; Morelia-Pátzcuaro desde 1886; Maravatío-Zitácuaro desde 1897; Yurécuaro-Zamora desde 1899, y hasta Los Reyes desde 1902; Pátzcuaro-Uruapan desde 1899, y algunos ramales como el de Angangueo, en distintas fechas (González, 1979, p. 117).
En lo que concierne al ámbito demográfico, el municipio de Sahuayo creció a pasos agigantados durante el mandato cuyo lema fue “Orden y progreso”. Prueba de ello fue que la población sahuayense pasó de 12326 habitantes en 1873 a 16689 en 1888, 18878 en 1895 y a veinte mil en 1900. La cabecera, por su parte, cambió de 5688 habitantes en 1873, a 7199 en 1895 y a los once mil a finales del Porfiriato. Así lo especifica Luis González y González citando a Antonio García Cubas, historiador, cartógrafo, geógrafo y escritor capitalino, considerado el padre de la estadística en México; y también lo confirman Ramón Sánchez (1896) en su Bosquejo estadístico e histórico del distrito de Jiquilpan de Juárez (p. 28) y Crecencio García Abarca en “Noticias históricas, geográficas y estadísticas del distrito de Jiquilpan” en el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, primer volumen, página 493 (1873, citado en González, 1979).
Sin embargo, a pesar de tal crecimiento demográfico, la superficie municipal disminuyó. Una ley del 7 de diciembre de 1877 le restó a Sahuayo, para sumárselos a Jiquilpan, los siguientes sitios: la Hacienda del Sabino, Las Fuentes, los Corrales, el potrero de la Calera, Estancia del Cerrito, Guayabo, Ojo de Rana, Arena, Puerta de los Tábanos y Palo Dulce. En 1879 se volvió a lo de antes por un brevísimo intervalo de dos meses. El decreto de 16 de diciembre de 1879, por último le dejó a Sahuayo la Arena, Guayabo, Palo Dulce y Sabino, Tábanos, Cerrito, Fuentes, Corrales y Ojo de Rana.
Luis González, no sin fundamento, considera que, de no haber sido por las mermas de territorio que acabamos de describir, el municipio sahuayense habría doblado su población a semejanza de su cabecera. No obstante, es preciso acortar que el aumento poblacional porfiriano en los lares sahuayenses no se debió precisamente a la salud pública –de eso hablaremos en seguida–, sino al dinamismo y auge económicos que experimentó la población.
El mismo autor señala que Sahuayo enfrentó continuas enfermedades letales y endémicas. Los rudimentarios avances médicos de la época poco o nada pudieron contra las fiebres primaverales ni la diarrea al comienzo de las lluvias estivales, ni tampoco el paludismo, que fue terrible en 1889, año en que se desbordaron las aguas chapálicas. A ello hubo que sumar el tifo, constante en la localidad, y dos epidemias que dejaron huella indeleble en la memoria sahuayense: el mal de San Vito (1871-1872) y la fiebre efímera (1887). Esta última causó el deceso de tres mil personas en un lapso de tres días.
Portada de la edición de El Siglo Diez y Nueve en el que se hizo mención del mal de San Visto en Sahuayo.Pequeño espacio, en el periódico El Siglo Diez y Nueve (tomo 54, número 9977, página 3), en el que se habla de la magnitud de los estragos provocados por el mal de San Vito en Sahuayo. Arriba, la portada de la edición. Resaltado por la autora.
Ahora bien, a pesar de haber perdido territorio y de que sus habitantes sufrieran tantas patologías, Sahuayo vio elevado su rango. Una ley fechada el 13 de abril de 1891 lo elevó a la categoría de villa y le puso el apellido del presidente que, para aquel entonces, ya se había reelegido en dos ocasiones. La población cuya principal parroquia estaba –y está– dedicada al primer Apóstol mártir, y que dos centurias antes había llevado su nombre –“Santiago Tzaguaio”–, pasó a llamarse “Sahuayo de Díaz”. La cabecera municipal de Jiquilpan, en contraste, sí fue designada como ciudad, apenas tres días después, y adquirió el apellido del gran rival político del presidente Díaz: Juárez.
En lo que concierne a Jiquilpan, la rivalidad que hasta la fecha existe entre ambas localidades, aunque tan cercanas una de la otra, se agudizó durante el Porfiriato. Tal es el planteamiento, sólidamente fundamentado, de Ramírez Sánchez (2017). Dicho autor refiere que en ello intervinieron factores sentimentales, pleitos por tierras, injerencia de las autoridades jiquilpenses en Sahuayo, altercados entre las élites por la hegemonía política del distrito e, inclusive, la renuencia de los sahuayenses de subordinarse política, administrativa y religiosamente a Jiquilpan (p. 65). En este último rubro, Sahuayo dependía de su antagonista al sur, y así sería hasta 1940. Para los habitantes de Jiquilpan, en contraparte, resultaba denigrante que Sahuayo, un poblado más pequeño y supeditado a ellos, se perfilara y cimentara como líder del crecimiento económico y demográfico de aquella región.
En cuanto a las comunicaciones, Sahuayo de Díaz se vio enriquecido, en el mismo año en que cambió de apellido, con el servicio telegráfico. Al año siguiente, 1892, se consumó la obra del puente de cal y canto sobre el río. Los caminos de tierra se tornaron transitables casi todo el año. No fue de extrañar que todo esto, aunado al vertiginoso auge financiero que, en opinión de Ramón Sánchez (citado en González, 1979, p. 120), se debió a la afición de los comerciantes locales de vender mercancía con profusión, permitiera que Sahuayo se transformara en el núcleo mercantil preponderante de la región de la Ciénega a cincuenta kilómetros a la redonda.
La agricultura fue otra actividad que propició el acelerado desarrollo de Sahuayo durante el Porfiriato –aunque Jiquilpan no se quedaría atrás–, dada su cercanía con el lago de Chapala. Tan es así que, junto con su rival, desplazó a Cotija en dicho ámbito. Durante este periodo, la hacienda de Guaracha se convirtió en un centro productor importante en la organización social y territorial, con enérgicos vínculos de poder y dominio que son, y han sido, materia para prolijos artículos aparte.
Dibujo ilustrativo de la Ciénega de Chapala. Llama la atención un detalle: que la Parroquia de Sahuayo tenga dos torres (lo cual pasó hasta la década de 1930) en lugar de una. Imagen tomada del primer número de la revista cultural «Sahuayo, historia desde su gente», correspondiente al trimestre enero-marzo de 2021.
Es importante subrayar que, a pesar de que Jiquilpan se situaba –y hasta hoy– más cerca de Villamar, la actividad de la hacienda de Guaracha favoreció más a Sahuayo (Ramírez-Sánchez, 2017, p. 64), lo cual, como es natural, contribuyó a acentuar la competencia y antipatía entre ambas localidades y municipios. Esto se debió a que los ganaderos jiquilpenses se vieron restringidos por la alta producción de la hacienda limítrofe, en el municipio de Villamar, mientras que los rancheros y acaudalados sahuayenses no tuvieron dificultades ni obstáculos para ensancharse hacia el occidente, a los antiguos territorios de la hacienda de Cojumatlán. Así, Sahuayo de Díaz se coronó como el centro y sede del comercio, en “concesionario mercantil” de la Ciénega (p. 65), como camino incipiente para, un día lejano, granjearse ser considerada su capital. Era el comienzo de una carrera que ya no habría de detenerse. La ganadería pronto adquirió valiosa relevancia.
Detalle de la Ciénega de Chapala en 1892. Del acervo de Pablo Hermosillo Villalobos.
En la próxima parte, la segunda y última, hablaremos de otros ámbitos en los que Sahuayo sufrió modificaciones considerables, tanto para bien como para mal, hasta alcanzar el instante en que el Porfiriato se hizo añicos.
Bibliografía
Cuevas, M. (1928). Historia de la Iglesia en México. El Paso: La Revista Católica.
González y González, L. (1979). Sahuayo. México: El Colegio de México.
Prado Sánchez, P. (1976). Sahuayo: Tradiciones y Leyendas. Edición del autor: Sahuayo.
Sánchez, R. (1896). Bosquejo estadístico e histórico del distrito de Jiquilpan de Juárez. Morelia: Porfirio Díaz.
Ramírez-Sánchez, R. (2017). Cambios y continuidades de una vecindad contenciosa en la región Ciénega de Chapala, Michoacán. Quivera Revista De Estudios Territoriales, 19(2), 59-79. Consultado de https://quivera.uaemex.mx/article/view/9752
Capilla de Nápoles Exconvento y Colegio propaganda Fide.
El nombre de “Capilla de Nápoles” se debe a la imagen titular a quien está dedicada, que fuera donada a la orden franciscana de esta comunidad por Isabel de Farnesio, Princesa de Nápoles y esposa del Rey Felipe V de España. Es una de las mejores manifestaciones de la arquitectura religiosa del siglo XIX, con acabados en estuco laminado de oro de diversos quilates y un artístico entarimado del piso, formado con maderas finas que dan forma a simétricas figuras geométricas, que a su vez conforman una grandiosa de rosa de los vientos. Su construcción comenzó en 1845, pero fue suspendida varias veces durante la guerra de Reforma y la exclaustración temporal que vivieron los franciscanos. Fue en 1866 cuando se concluyó y fue solemnemente dedicada a la Purísima Concepción.
Los mal llamados “arreglos” del 21 de junio de 1929
Lic. Helena Judith López Alcaraz
En un par de días más, el 21 de junio, se cumplirán 95 años de la jornada en que la Cristiada llegó a su término oficial a través de los llamados “arreglos” entre el presidente interino Emilio Portes Gil y los prelados Leopoldo Ruiz y Flores (1865-1941) y Pascual Díaz y Barreto (1876-1936), obispos de Morelia y Tabasco respectivamente, representantes del grupo conciliador del Episcopado Mexicano. Dichos prelados habían intentado llegar a un acuerdo con el régimen perseguidor desde su inicio y tratado de trabar negociaciones tanto con Plutarco Elías Calles como con Álvaro Obregón.
En la posibilidad del susodicho pacto, el Estado veía la oportunidad para sojuzgar definitivamente a la Iglesia y acabar con el levantamiento de los cristeros, que para ese momento ya era una guerra en toda forma. Además, aquéllos habían sufrido un fuerte golpe moral y militar al haber pedido recientemente a su Jefe supremo, el general neoleonés Enrique Gorostieta Velarde, el 2 del mismo mes y año. En su lugar, Jesús Degollado Guízar tomó el mando.
Emilio Portes Gil, presidente interino de México, quien llevó a cabo los “arreglos” del 21 de junio de 1929.
El 5 de junio, los obispos ya mencionados departieron largamente con Portes Gil. Se convino que pronto se reanudaría el culto, se devolverían los templos y objetos que se encontraran dentro de ellos, y que, supuestamente, se decretaría la amnistía a los cristeros levantados, si aceptaban licenciarse adecuadamente. El 12 de junio hubo otra reunión, donde ambas partes prometieron presentar, el 13, las bases del acuerdo.
Así sucedió. Aquella jornada, el mandatario interino expuso una proposición que no cedía, ni un ápice, en lo ya planteado por Calles. La Constitución no sería alterada, ni siquiera una coma. En la práctica, sólo se volverían a abrir las iglesias y los sacerdotes podrían volver a impartir los Sacramentos en ellos. El único logro, en sí, sería la restauración de la vida eclesial. Los problemas de fondo quedaron fuera de la mesa de negociaciones. Los jerarcas católicos, a la hora de la hora, no pudieron conseguir ninguna prerrogativa a favor. El gobierno llevaba la ventaja.
Leopoldo Ruiz y Flores y Pascual Díaz y Barreto, los obispos que gestionaron los “arreglos”. Muchos católicos no vacilaron en llamarlos “componenderos”, y con tal calificativo fueron llamados desde entonces.
El 21 de junio, por fin, se concretaron los “arreglos”, con lo que, oficialmente, la Guerra Cristera había acabado. Ese mismo día se difundieron los “acuerdos” logrados en las entrevistas descritas, y el periódico capitalino El Universal encabezó así su edición: “El conflicto religioso terminó ya”. Y en El Informador, diario tapatío, se añadió lo siguiente: “Artículos de la ley que han sido mal comprendidos, han sido aclarados”.
Primera plana de la edición del 22 de junio de 1929 de El Informador, en el que se anuncia el término del conflicto religioso. Los hechos no tardarían en demostrar la falsedad del pacto y del mismo titular.
En páginas interiores de El Universal, por su parte, apareció el siguiente comunicado firmado por Monseñor Ruiz y Flores:
Fragmento de la primera plana de la edición de El Informador del 22 de junio de 1929. Resaltados por la autora.
“El obispo Díaz y yo hemos tenido varias conferencias con el C. Presidente de la República y sus resultados se ponen de manifiesto en las declaraciones que hoy expidió. Me satisface manifestar que todas las conversaciones se han significado por un espíritu de mutua buena voluntad y respeto. Como consecuencia de dichas declaraciones hechas por el C. Presidente, el clero mexicano reanudará los servicios religiosos de acuerdo con las leyes vigentes. Yo abrigo la esperanza que la reanudación de los servicios religiosos pueda conducir al pueblo mexicano, animado por un espíritu de buena voluntad, a cooperar en todos los esfuerzos morales que se hagan para beneficio de todos los de la tierra de nuestros mayores. México, D.F., 21 de junio de 1929. Leopoldo Ruiz y Flores, Arzobispo de Michoacán y Delegado Apostólico.”
Palabras casi análogas también se publicaron en El Informador, como podrá apreciar el lector en una de las ilustraciones de la entrada que nos ocupa.
Estos “arreglos” –no tiene por qué sorprendernos–, como quedó más que manifiesto y diáfano, constituyeron una auténtica farsa, con todo y los repiques de campanas y los cohetes lanzados para celebrar el fin de la guerra. Incontables personas creyeron que los obispos no sólo habían actuado con exceso de buena fe, sino que habían pecado de ingenuos, por mencionar un epíteto más gentil. Otros creían que fueron un par de tontos que se habían dejado engañar.
Se les llamó “componenderos” y, es preciso expresarlo, muchos no vacilaron en afirmar que eran traidores. Fueron baldones con los que tendrían que cargar el resto de su existencia. Independientemente del juicio de Dios, que cada ser humano enfrenta después de la muerte, así se les consideró en su tiempo. Eso sin mencionar que una de las condiciones para los susodichos “acuerdos” fue que tres prelados salieran del país: Francisco Orozco y Jiménez, José de Jesús Manríquez y Zárate y José María González y Valencia, obispos de Guadalajara, Huejutla y Durango, respectivamente. Tanto Ruiz y Flores como Díaz y Barreto lo aceptaron.
Era como haber retornado a las circunstancias previas a la suspensión de cultos, al punto de partida de la fase más álgida del conflicto. Fue la instauración de lo que se denominó modus vivendi, aunque para los cristeros fue, en realidad, el modus moriendi.
Ellos, principal carne de cañón en el asunto, tuvieron que deponer las armas, aun sabiendo que el gobierno no cumpliría la palabra dada de respetar sus vidas. Muy pronto comenzaron a cazarlos de forma sistemática, al grado de que se ha llegado a decir que murieron más jefes cristeros después de la componenda que durante la guerra misma. De nada sirvió que ellos hubiesen cumplido con su parte de un trato en el cual no participaron.
No por nada, en honor a la verdad, muchos sintieron que los habían vendido y traicionado miserablemente. Ni siquiera se les tomó en cuenta en las tentativas de entendimiento con el gobierno, como si no hubiesen existido. Incontables católicos, en particular los más comprometidos con la resistencia, compartieron su parecer. Los antiguos cristeros que sí alcanzaron a escaparse de la matanza tuvieron que abandonar sus lugares de origen y empezar de nuevo en otro lugar. Otros emigraron a los Estados Unidos.
Tales fueron las primeras muestras de “buena voluntad” del gobierno que, a todas luces, había salido triunfante. Poco después de un mes de llevados a cabo los “arreglos”, el 27 de julio –otras fuentes indican el 27 de junio–, los masones dieron un gran banquete al presidente Portes Gil, quien, en el brindis, les dirigió las palabras que siguen:
“Mientras el clero fue rebelde a las Instituciones y a las Leyes, el Gobierno de la República estuvo en el deber de combatirlo… Ahora, queridos hermanos, el clero ha reconocido plenamente al Estado. Y ha declarado sin tapujos: que se somete estrictamente a las Leyes. Y yo no podía negar a los católicos el derecho que tienen de someterse a las Leyes… La lucha [sin embargo] es eterna. La lucha se inició hace veinte siglos. Yo protesto ante la masonería que, mientras yo esté en el Gobierno, se cumplirá estrictamente con esa legislación.
En México, el Estado y la masonería, en los últimos años, han sido una misma cosa: dos entidades que marchan aparejadas, porque los hombres que en los últimos años han estado en el poder, han sabido siempre solidarizarse con los principios revolucionarios de la masonería” (citado en Scharlman, 2012, p. 628).
Licenciamiento de los cristeros en Jacona, Michoacán, en agosto de 1929. Imagen mejorada por la autora.
En lo tocante al culto, las Misas retornaron, los presbíteros dejaron su vida de forajidos y los templos fueron devueltos poco a poco –no todos, eso sí; algunos siguieron, y continúan hasta nuestros días, siendo utilizados como dependencias gubernamentales, bibliotecas, etcétera–. Pero no hay que creer que los sacramentos volvieron a impartirse allí de inmediato. En el caso de Sahuayo de Díaz, Michoacán, por ejemplo, el templo parroquial de Santo Santiago Apóstol fue devuelto formalmente el 19 de julio de 1929, prácticamente un mes después de los “arreglos”.
Y, a pesar de ello, no significó que se reanudara el culto. Tuvieron que pasar algunos días más para celebrar Misa y para que la cura de almas reiniciara. Primero hubo confesiones en masa, semejantes a las de los últimos días de julio de 1926. Luego, los bautismos. Por último, casamientos. Los trámites para la supuesta vuelta a la normalidad eran largos. En adición, había otro problema que resolver: la limpieza y rehabilitación del recinto sagrado, que había servido como cuartel, caballeriza y armería desde agosto de 1926. Aun así, la entrega efectiva de los templos sahuayenses demoró hasta los primeros días de agosto de 1929.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que la persecución religiosa se recrudeciera, máxime en entidades como Veracruz, Chihuahua y Tabasco. En 1931, y sólo por mencionar un ejemplo, un sacerdote –el hoy Beato Ángel Darío Acosta Zurita– sería asesinado dentro de la Catedral veracruzana. Más tarde, el acoso y asechanzas de las autoridades se intensificaron en el ámbito escolar, al grado de que inspectores eran enviados a las escuelas, incluso a las particulares, para verificar que no se enseñara religión, so pena de cárcel para el docente encargado y otras sanciones para el plantel. Y esto sólo era una parte. Para 1934, al promoverse el socialismo y el comunismo, se suscitó incluso el asesinato de católicos por parte de los llamados «camisas rojas» afuera de una iglesia de Coyoacán, en la Ciudad de México.
El vil armisticio de 1929, como quedó probado desde el comienzo, bien mereció que, hasta la fecha, se hable de él con comillas, o añadiendo el vocablo “llamados”, para poner en duda su veracidad o bien, tal cual, para externar una burla, lo mismo que ellos fueron: una mofa para el pueblo católico mexicano en la cual se pagó un precio altísimo a cambio de prácticamente nada. No en vano Jean Meyer, el famoso historiador de Niza, intituló así uno de sus libros: «Si “arreglos” pueden llamarse».
Fotografías tomadas de Vintage Image Photos y de Relatos e Historias de México.
Fuentes:
Carmona Dávila, D. (2024). Finaliza la guerra cristera sin pacto alguno del gobierno con el Vaticano, únicamente los actos del clero se ajustarán a las leyes vigentes. 21 de junio de 1929. Memoria Política de México. https://www.memoriapoliticademexico.org/Efemerides/6/21061929.html
Laureán Cervantes, L. (2016). El niño testigo de Cristo Rey. España: Buena Tinta.
Scharlman, J. (2012). México, tierra de volcanes. México: Porrúa.
Este Santuario, que antiguamente era la Parroquia de San Pedro y San Pablo es toda una joya arquitectónica construida en el auge minero de la población en el siglo XVIII. La decoración del interior es del estilo ecléctico hecha por Joaquín Orta Menchaca en 1905. Se venera a la virgen del Carmen que fue pintada en 1625 sobre un muro de adobe.
La iglesia que se construyó era pequeña y mal distribuida, en el siglo XVIII se demolió esta primera parroquia y edificó una nueva, digna de admiración, el interior estaba adornado con cinco maravillosos retablos y la opulencia había dejado su huella en los ornamentos y mobiliario, así como vasos de plata para consagrar, de todos tamaños, una custodia dorada y lámparas.
El siglo XIX trajo consigo cambios esenciales en el templo, la torre principal fue destruida por un rayo y los retablos de madera dorados fueron sustituidos en forma paulatina, las piezas de plata desaparecieron poco a poco, unas a causa de las guerras civiles de la época y otras debido a que fueron vendidas por los párrocos para sufragar los gastos de reparaciones del monumento.
El Altar Mayor fue transformado en gran medida durante los años treinta, colocándose al centro la imagen de la Virgen del Carmen, trasladada desde la capilla levantada en su honor, destruida por incendio.
La imagen, asombrosamente conservada se trasladó a la parroquia situándola al centro del Altar Mayor, finalmente en 1958 se trajo en las obras de decorado de una parte del Altar Mayor, cerca la imagen de la Virgen del Carmen. Imagen que año con año recibe miles de peregrinos.
“Moctezuma a quien muchos llaman emperador, dominaba en calidad de Tecutli de una de tantas ciudades, la más extraña, la más bella y la más poderosa por la descollante aptitud de guerra de sus fundadores” dice Pereyra. Y es que Moctezuma el gran Tlatoani de México, no había logrado nunca unificar el territorio que dominaban. Faltaban aprestos de guerra, no había animales de carga, no había sustento alimenticio y solo existía el trabajo de subsistencia y la guerra. No había la metalurgia para fabricar armas con hierro.
Se sabe hoy, que grandes epidemias habían mermaban las naciones, las hambrunas habían acabado con grandes centros habitacionales y ceremoniales. Las ciudades estado que allí estaban hacían la guerra entre ellas, sojuzgaban y dominaban a otras, las guerras entre unos y otros eran muy frecuentes, incluso entre las mismas naciones, se hacían guerras civiles, intestinas entre ellos por dominio, por poder. Se puede decir que la guerra y el sometimiento era la tónica en la zona más «civilizada». Los desiertos, las llanuras más allá de las ciudades había tribus nómadas, cazadoras y recolectoras. El territorio de aquel tiempo que se considera “civilizado” era una pequeña proporción de lo que llegó a ser la Nueva España.
Había en el centro del país, en México-Tenochtitlan, un señorío independiente el de Texcoco y otro menor, el de Tlacopan o Tacuba. Tenochtitlan que ya se había unido a Tlatelolco, y estaban atados los anteriores en una alianza y sujetos a Moctezuma en lo militar. Las conquistas daban tres tipos de tributarios. Los que voluntariamente se unían, los que tenían menos independencia y los sometidos. La esclavitud transitoria o permanente existía de manera vitalicia o hereditaria y era uno de los fines de las conquistas.
Los nobles dedicados al ejercicio de las armas, necesitaban de esclavos, albañiles, cargadores, servicio domestico, que se prestaba juntamente con sus hijas, primas, hermanas. El desarrollo del comercio ocupaba de hombres como bestias de carga que llevaban de aquí, allá, todo. Los comerciantes, “conducían así recuas de hombres cargados de mantas pintadas, artefactos de valor; también iban esclavos que, con los otros artículos, servían para adquirir cacao, vainilla, liquidámbar y cuantos productos daban las tierras calientes” afirma Carlos Pereyra.
Fuera de los dominios estaban numerosos señoríos independientes y libres, como Tlaxcala, que era enemiga a muerte de los mexicanos y otras que generaban odio y que no podían manifestarlos por miedo al acoso y sometimiento. Moctezuma gobernaba no con el cetro y la corona, sino con el terror.
Había en cada pueblo y cada señorío, sacrificios humanos, no existía un pueblo, por más pequeño que este estuviera, que los españoles no encontraran sangre fresca, miembros de cuerpos despedazados y aún cadáveres enteros a quienes solo habían arrancado el corazón.
Cada sacrificio no solo daba sangre a los Dioses, sino que después arrancaban los muslos, los brazos, las piernas y se los comían como si hubieran sido reses recién matadas. Era un matadero para alimentar la población. Era la única forma de obtener proteínas.
En Tenochtitlan, los sacrificios eran peores y la antropofagia, era mayor. Muertos los hombres y sacrificados, su sangre era embarrada en las paredes del templo, los sacerdotes bebían la sangre del descorazonado y se emdarrubaba las melenas con ella y el hedor era insoportable de la sangre podrida que se acumulaba; las piernas y los brazos, eran utilizados para comer, el torso era entregado a los animales enjaulados que tenían para la guerra, la insalubridad en la ciudad reinaba por doquier. Para los cientos de espectadores que esperaban comer un poco de carne, era necesario sacrificar a muchos hombres, para satisfacer el hambre.
El culpable de todo era Huichilobos, como le llamaron los españoles. Pero eso es otra historia.
*El lugar donde se derroto a uno de los mas importantes corsarios de Inglaterra.
La flota inglesa estaba compuesta por seis naves: el Jesus of Lubeck, de la Royal Navy , a cargo de John Hawkins , el Minion, con John Hampton, el William and John , con Thomas Bolton, y el Judith , capitaneado por Francis Drake ;Francis Drake consiguió su fama como militar saqueando los puertos españoles en el Caribe cuando Inglaterra y el Imperio español ni siquiera estaban oficialmente en guerra. Bajo el mando de su primo segundo John Hawkin, aprendió con solo 13 años lo rentable que resultaba atacar los puertos españoles aprovechando las deficientes defensas hispanas y el lucrativo negocio del contrabando de esclavos. Lo cual no evitó que sufriera en persona una derrota de envergadura en esos años. En 1567, Hawkins realizó su tercera acometida contra las posesiones hispánicas. Tras hacerse con 450 esclavos en Guinea y Senegal, puso rumbo al Caribe al frente de seis barcos, entre los que estaba «El Judith», capitaneado por Drake. Una tormenta los obligó a dirigirse a Veracruz, donde, haciéndose pasar por la armada española, forzaron al virrey Martín Enríquez de Almansa a entregarles suministros. Para su desgracia, a los pocos días arribó en Veracruz la auténtica armada española. Cuatro buques piratas fueron hundidos, 500 tripulantes abatidos y las ganancias del contrabando de esclavos capturadas casi en su totalidad. Drake y su primo pudieron escapar de milagro. Estaban resueltos a remediar en los siguientes años aquella humillación.
A raíz de este incidente, Francis Drake adquirió un odio visceral hacia los españoles, lo que lo precipitó en su legendaria carrera como corsario vinculado a la reina Isabel I .
Por parte española, se produce la recuperación de las abundantes ganancias fruto de un año de saqueos.
FUENTE: Virreinato de la Nueva España: Arquitectura.