Doscientos años del municipio de Sahuayo

Generalidades históricas de la conversión administrativa de la actual Capital de la Ciénega en municipio (1825)

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Fotomontaje (hecho por la autora) alusivo al título de esta entrada, que muestra la calle La Palma, actualmente Madero, en los labores del siglo XX.

En tan sólo unos días, la Atenas de Michoacán –otro sobrenombre, muy bien ganado, con el que se conoce a esta singularísima localidad– celebrará su bicentenario de haber alcanzado el rango de municipio. Quien esto escribe no tuvo la fortuna de ser sahuayense por nacimiento, pero sí de serlo ya de corazón y por adopción, y por ende quiso dedicar, de forma un poco anticipada, algunos párrafos al respecto de este importante suceso y de los que rodearon dicha modificación política, un 15 de marzo, pero de 1825, mediante la Ley 40 emitida por el Congreso del Michoacán de aquel tiempo y que, como dato interesante, fue la primera ley territorial de dicha entidad en la época independiente.

Luego de la Guerra de Independencia, en la que el prócer de La Palma Don Marcos Victoriano Castellanos Mendoza, presbítero insurgente, tuvo un papel muy relevante, Sahuayo fue testigo de la restauración –dentro de lo que cabía– de la vida cotidiana. Luis González y González, en su magnífica y prolijamente glosada monografía, nos dice que la Parroquia de Sahuayo había perdido bastantes habitantes, pero también que, a pesar de los numerosos decesos, «su población se había duplicado» (1979, p. 99), esto para 1821. En la cabecera, la cifra de pobladores llegó al punto de triplicarse, si bien «luego volvió a reducirse y quedar en unos tres mil habitantes» (p. 100). Para ese instante, en lo eclesiástico, la vida sahuayense era presidida por el párroco don Manuel Osio y Barboza, sucesor de Juan Miguel Cano. El P. Osio, de hecho, fue señor cura de Sahuayo durante treinta y tres años, desde el 24 de febrero de 1799 hasta el 17 de mayo de 1832.

Pero el ámbito demográfico no fue el único que sufrió modificaciones. El mismo autor expone que aquella población michoacana también se vio beneficiada en lo político a raíz de la independencia, alcanzada en septiembre de 1821. Después del efímero imperio de Don Agustín de Iturbide y Arámburu –que en honor a la verdad fue, coloquial pero no menos acertadamente hablando, una «llamarada de petate»–, que exhaló su último suspiro el 19 de marzo de 1823, México se convirtió en una República federal y adoptó, para tales efectos, la flamante Carta Magna de 1824, promulgada en octubre de ese año. En consecuencia, el resto de las Entidades federativas recién formadas adoptó su propia Constitución (González y González, 1979, p. 100). A Michoacán le llegó su turno en 1825, específicamente el 19 de julio. Según el nuevo documento, la capital sería Valladolid y el Estado se fraccionaría en cuatro departamentos, uno por cada punto cardinal, a saber: Norte, o de la capital; Poniente, o de Zamora; Sur, o de Uruapan; y Oriente, o de Zitácuaro. En octubre de aquel mismo año, Antonio de Castro tomaría posesión de su cargo como primer gobernador michoacano.

Portada de las Actas y Decretos del Congreso Constituyente del Estado de Michoacán 1824-1825.
Portada de la primera Constitución Política del Estado de Michoacán.

Ahora bien, nos especifica el cronista e historiador sanjosefino, en el caso del departamento de Zamora salieron cinco partidos: el de la cabecera, homónima, y los de Tlazazalca, Puruándiro, La Piedad y Jiquilpan. Eventualmente, los partidos se fragmentaron en municipios: el de Jiquilpan, que es de nuestro mayor interés, dio lugar a cuatro: el de la cabecera, también con el mismo nombre, y los de Cotija, Guarachita… y nuestro Sahuayo. Para colofón, algunos de los recién formados municipios se subdividieron en cabeceras municipales y tenencias. Sahuayo, además de ayuntamiento, recibió dos tenencias: Cojumatlán y San Pedro, mientras que a éstos dos últimos se les asignó jefatura. Todo esto para reemplazar los antiguos cabildos indígenas (p. 100).

Como último dato, Sahuayo tardaría más de sesenta años en ser elevado al rango de Villa. Esto acontecería en 1891, cuando a su toponimia se añadió el apellido paterno del primer mandatario en turno, Porfirio Díaz Mori.

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Bibliografía:

González y González, L. (1979). Sahuayo. México: El Colegio de México & Gobierno del Estado de Michoacán.

Sánchez, R. (1896). Bosquejo estadístico e histórico del distrito de Jiquilpan de Juárez. Imprenta de la E. I. M. p. 160.

En La Carámicua, se construirá una capilla para la Virgen de la Sábila.

Francisco Gabriel Montes Ayala.

Al norte de la ex hacienda de Platanal, está el potrero de la Carámicua, un lugar que desde 1785 hasta 1879 existió el rancho del mismo nombre. Lugar donde abunda el agua nacida en un manantial que existe desde hace más de mil años, debido a qué existen manifestaciones culturales de pueblos prehispánicos. Es en ese lugar donde un joven de la familia Figueroa, encontró en 1865, la Virgen de la Sábila, que durante muchos años fue conocida como la Virgen de la Carámicua.

Al desaparecer la ranchería de La Carámicua, la familia se traslado a La Sábila y fue entonces que la historia cambió, y desde aquel entonces, la Virgen de Guadalupe, fue conocida por toda la región, como la Virgen de la Sábila.

La Carámicua, recibe su nombre, del vocablo purépecha que llama así a la hoja elegante. Abundan cerca del manantial de agua azul que brota con una agua límpida y fresca. Pasados algunos años de la desaparición del pequeño rancho, cuando aún pertenecía a la hacienda de Platanal a Guaracha, allí se construyó una pequeña barda de calicanto, que circunda el manantial, y se vertía el agua por una canaleta hasta el lugar donde estaba instalada la vinata.

Hoy es un lugar muy bonito, pero que se ve la mano de quienes van, destruyen el lugar, rayan el sitio y dejan basura. El lugar debe preservarse, según el patronato que construirá la Capilla, ya que ese lugar, dentro de poco tiempo, será visitado por personas que buscarán el lugar preciso del hallazgo de la Virgen de la Sábila o de La Carámicua.

Vencido por la influenza española (I)

La muerte del bandolero José Inés Chávez García (Primera parte)

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Detalle de una fotografía del temido José Inés Chávez García. Mejora y edición por la autora.

Los grupos de defensa social de los diversos pueblos que asoló –el listado es sumamente largo– no pudieron acabar con él. Tampoco el gobierno federal. Mucho menos los civiles entre los que lo único que sembró fue el horror, la sangre y la barbarie. José Inés Chávez García, que vio la luz primera el 19 de abril de 1889, se ganó muy merecidamente el mote de «El Atila de Michoacán» o «El Atila del Bajío». Creemos que huelga explicar el sobrenombre. Bastaba que los pobladores de algún sitio supiesen que las hordas que él lideraba se aproximaban al lugar, para que el terror cundiera y se esparciera como reguero de pólvora, como chispas en un cañaveral. A la irrupción de Chávez seguían incontables crímenes, entre asesinatos en masa, violaciones y saqueos, sin faltar los incendios de viviendas y la profanación de la iglesia o capilla local. Aquellos bandoleros, verdaderamente, hacían gala de sadismo y perversidad.

La entrada de hoy no se detendrá en los detalles de aquellas morbosas incursiones, sino en cómo fue que la carrera en este mundo de aquel bárbaro personaje, que da la impresión de haber salido de alguna novela sangrienta, tocó a su desenlace inexorable. Inés Chávez era, en verdad, un bandido imparable. Tratar de resistir contra él era imposible, como si se tratara de contener un incendio en un pajar o detener, en el estío de 2024, las aguas que se desbordaron e inundaron diversos terrenos y parajes de la Ciénega de Chapala cuando arreció el temporal. Pero fue vencido. Más aún, murió, y no en el paredón de fusilamiento, ni ahorcado o acuchillado, como tantas de sus víctimas en presencia suya.

Cabe que nos preguntemos a quién correspondió el logro de haberle puesto un alto a sus tropelías. Tal hazaña, como ya lo adelantó el epígrafe de nuestro texto, fue de la influenza española. El testimonio escrito del sacerdote Francisco Esquivel en 1973, el de otros testigos oculares del desenlace del facineroso originario del rancho Godino (Puruándiro, Michoacán) y lo consignado en los periódicos de la época, indican que el deceso aconteció en noviembre de 1918, a causa de la enfermedad que, tras llegar a México un mes antes, causó la muerte de incontables personas. Y ni siquiera Inés Chávez, con su poderío de barbarie y fechorías, pudo librarse de sus garras. A la postre, la naturaleza humana y su flaqueza ante las patologías nos demuestran que nuestra vida en la tierra es endeble y puede apagarse, a semejanza de una candela, con el más leve soplo.

El «Atila de Michocán», al centro y con la pierna izquierda cruzada sobre la derecha, acompañado por su séquito de lugartenientes. Edición de imagen por la autora.

Pero dejémonos de preámbulos y veamos cómo y en dónde aconteció.

Durante buena porción de 1918, Inés Chávez dominó buena parte del estado de Michoacán, incluyendo la zona de la Ciénega. A fines de marzo, cayó sobre Cotija de la Paz, en mayo hincó sus dientes sobre San José de Gracia y, en junio, sobre Pátzcuaro. Garciadiego Dantán menciona que, a diferencia de sus inicios como bandolero, el facineroso comandaba «un ejército más regular, con cierta organización militar, que se desplazaba de un lugar a otro según las exigencias de la campaña» (2010, p. 865). Todo eso mientras, aplicándole unos versos dedicados a otro facineroso, Luis B. Gutiérrez alias «El Chivo Encantado», recorría esas tierras dejando en todas las partes la miseria y el dolor (p. 217).

Aquello, por fortuna, no habría de durar para siempre. Reza un dicho que «todo cae por su propio peso» y, en este caso, por la iniquidad. Ni siquiera los perversos, aunque por mucho tiempo hagan lo que les plazca, pueden escaparse de las consecuencias de sus actos de modo indefinido. Al acercarse el último cuatrimestre de 1918, la fuerza de Chávez empezó a declinar. Fue en Peribán donde, pese a todos los estragos que provocó, se vio sitiado por los coroneles Bonifacio Moreno y Pruneda, hasta que sufrió –¡por fin!– su primera y única derrota, de la que ya no se recuperaría. Allí perdió, además, a uno de sus principales lugartenientes, el coronel Rafael «El Mocho» Nares, tan sanguinario como su jefe. Chávez, empero, no conoció el término de sus desmanes en aquella jornada, 24 de agosto de 1918.

Plaza de Peribán, Michoacán, el pueblo que presenció la caída militar de Inés Chávez García. Fotografía editada y mejorada por la autora.

Un corrido de Chavinda, proporcionado por el profesor Alfonso del Río, así lo cuenta:

Señores, tengan presente lo que en Peribán pasó:
Hubo un combate sangriento «El mocho Nares» murió.

Bajó Nares con su gente a almorzar a ese pueblito:
-Orita les dan caliente, nomás se esperan tantito.

Bajó Nares con su gente y a nadie le dijo nada,
y Pineda con su gente ya le tenía su emboscada.

De repente un fuerte trueno por todo el pueblo se oía,
un grito: «¡Viva el Gobierno! ¡Muera Inés Chávez García!»

Con sus hordas deshechas, el facineroso se encaminó a Purépero. Allí lo encontraría la muerte, destino ineludible del género humano. Para cuando se dirigía a aquel pueblo, ya había contraído la gripe que a tantos llevó al sepulcro. Muchos de sus hombres, contagiados, sucumbieron a la enfermedad antes que él. «Se amanecía con dolor de cabeza, venían la fiebre y las hemorragias, y había que cuidarse unos seis días porque si se levantaba antes de tiempo, recaía con neumonía, y de la recaída nadie se salvaba» (González y González, 1968, p. 165).

Ya cuando se hallaba cerca de Purépero, uno de los señores principales, Jesús Duarte, salió a hablar con él para pedirle que no dañara a la población y que, a cambio, él conseguiría dinero entre los vecinos y pastura para la caballada.

Para ese instante, «El Terror de Michoacán» ya no podía ni mantenerse en pie: en una camilla, fue conducido a la plaza municipal y colocado bajo la sombra de un trueno, mas pronto se lo llevaron al portal de la presidencia municipal y, por último, al interior del edificio, donde se produciría el deceso.

Tan mal se sentía ya José Inés, que hicieron llamar a un médico. Acudió el Dr. José María Barragán, quien tras haberlo examinado se percató de la gravedad del caso.

Plaza y portales de Purépero, Michoacán. Por aquí pasó Inés Chávez, ya enfermo de gripe española y en camilla, poco antes de morir. Imagen editada y mejorada por la autora.

Los chavistas no anduvieron con sutilezas y lo amenazaron:

— Mire, dotorcito —le dijeron—, si no lo alivia, lo tronamos.

Tampoco el médico le dio rodeos al asunto. Sin temor, replicó:

—Yo no soy Dios para hacer milagros, la fiebre española es mortal y como no guardó ningunos cuidados, va a ser difícil que se alivie luego, yo de mi parte haré lo que pueda, por de pronto surtan esta receta —y se las dio.

El facultativo se marchó de la habitación con el convencimiento de que Chávez expiraría en poco tiempo.

Pero aún faltaba para que eso sucediese. De ello nos ocuparemos en la siguiente entrada, la segunda y última.

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Fuentes:

Degollado a través del tiempo. Apuntes biográficos de José Inés Chávez García. No hemos podido localizar al autor.

Gómez-Dantés, O (29 de agosto de 2020). El “trancazo”, la pandemia de 1918 en México. Salud Publica Mex [Internet]. 62 (5, sep-oct): 593-7. Disponible en: https://www.saludpublica.mx/index.php/spm/article/view/11613

González y González, L. (1968). Pueblo en vilo: Michohistoria de San José de Gracia. México: El Colegio de México.

Miranda Fodinez, F. (2006). Inés Chávez, muerto. Dos textos del Padre Esquivel. Relaciones. 27 (105), pp. 179-202.

Sin autor (s.f.). Corridos. De bandidos. 97. De «El Chivo Encantado»biblat.unam.mx/hevila/EstudiosdeFolklore/no2/10.pdf

La Virgen de la Piedrita

Por: José Gabriel Ramírez Segura.  

*Cronista de 11 años de edad del Rincón de San Andrés, Michoacán.

Luis Higareda que se encontró la Virgen

El 8 de Noviembre de 1935, nace en El Rincón de San Andrés, comunidad del municipio de Sahuayo;   Luis Higareda Chavarria,  sus padres fueron, José Cruz Higareda Higareda y Aurora  Chavarria.

A la corta edad de 13 años, Luis empieza a trabajar con su padre José Cruz, en la actividad de campesino, en un predio denominado “El Muerto” que era un conjunto de tierras entre la desviación de la Flor del Agua y la entrada a la Barranca del Aguacate, en el cerro posterior a lo que ahora conocemos como la barranca de  La Chicharra.

En un día normal de trabajo, mientras araban la tierra para sembrarla; Luis encuentra una piedra entre el surco, en esa piedra se visualiza la silueta de la virgen de Guadalupe, decide enseñársela a su padre, y él le dijo;  -Ponla debajo de aquel nopal, para cuando terminemos, llevárnosla.  

Pero al terminar el día, Luis y su padre se olvidaron de ella. Un compañero campesino; llamado Luis Manzo, originario de la comunidad Flor del Agua; se percató de aquella piedra cerca del nopal, y se la llevó a sus casa,  aun sabiendo que su tocayo Luis, como se nombraban, la había encontrado.

El hijo de Luis Manzo, trato de que su padre no se la llevará; porque sabían a quien le pertenecía, sin embrago este la llevo consigo. Lo que ocasiono, que su “tocayo” la olvidara.  

Luis, quien se había encontrado la Virgen,   se casó con Olivia  Avila formando una  familia de 10 hijos, 35 nietos y 10 bisnietos.

Después de 57 años, el hijo de Luis Manzo acudió a la casa de Luis, quien en esa fecha tendría 70 años; y le dijo: -“Sabes mi papá la tomo y nunca quiso regresarla  pero la virgen no quiere  estar en mi casa , siempre intentamos  hacerle un altar pero sin motivo aparente el altar se deshacía, por eso te la regreso ya que tú la encontraste”.

Después de esto, Luis le mando  construir un altar, tipo cueva y la virgen empezó a ser venerada.  Cada 12 de diciembre la familia le adorna su altar, reza su novenario implorando su protección.  

Ante cualquier necesidad, o situación que necesite su intercesión hacen la siguiente oración:

Virgencita de la piedrita ¿Por qué me haces renegar?

Ya sabes mi necesidad Ponme donde la solución pueda encontrar.

En agradecimiento del milagro concedido las personas le donan veladoras o algunas plantitas.

La Virgen de la Piedrita se encuentra en la Comunidad del Rincón de San Andrés, en la calle Padre Manuel Campos #1667 en la casa de Luis Higareda, que fallece a la edad de 89 años de un infarto fulminante, a las 12:00 del medio día el lunes 3 Febrero de 2025.  

EL AUTOR DE ESTA NOTA:

José Gabriel Ramírez Segura, tiene 11 años está en la Primaria Benito Juárez, de la ciudad de Sahuayo, Mich., cursando el 6o. grado. Es originario de El Rincón de San Andrés.

El Rincón de San Andrés en Sahuayo

Francisco Gabriel Montes Ayala *Coordinador del Consejo de la Crónica de Sahuayo

Una de la comunidades de origen español, es San Andrés, que hacia el año de 1730 aparece como una estancia de ganado mayor y menor, muy cerca de los límites de la comunidad indígena de Sahuayo. Lo encontramos con diversos nombres, el primero encontrado en los sacramentales de la parroquia de Santiago Sahuayo, es como El Cerrito de San Andrés, luego lo encontramos como San Andrés y finalmente como Rincón de San Andrés.

El Rincón, registraba en los censos parroquiales las familias Victoria, Ceja, Sandoval, Ochoa, Figueroa, Guerrero, Torres, López, Mojica, Valencia, Espinoza, Amezcua, Escobedo, Navarro a mediados del siglo XVIII.

En la época de la guerra de independencia, el padre Pablo Victoria, nacido en aquella comunidad, a la sazón capellán de la Hacienda de La Palma, hizo que se levantara en armas el hacendado Luis Macías Mendoza. El padre Victoria, fue tomado preso por la acordada de Sahuayo, en el camino entre La Palma y Sahuayo a la altura del Ojo de Agua, según su expediente criminal levantado por el gobierno virreinal, fue llevado preso a la cárcel de Belén, donde muere el año de 1813.

Otro insurgente importantísimo nacido en San Andrés, es Ignacio Navarro Victoria, sobrino del padre Pablo, quien llegó ha ser un caudillo importante en la zona del bajío, donde alcanzó fama y todavía en 1817 era combatido por las fuerzas realistas.

El Rincón de San Andrés, es una población conurbada con Sahuayo, y que hace algunos años, ys es un importante centro recreativo por el parque al que visitan miles de personas durante el año; es una comunidad apacible, con un templo dedicado a San Andrés, construido por el señor cura José Alvarez, y está sujets la comunidad católica a la Parroquia de Guadalupe de Sahuayo.

El Rincón de San Andrés, es una de las comunidades más avanzadas de las que tiene el municipio de Sahuayo en cuestión de infraestructura.

Vale la pena visitar esta comunidad que es una de las más grandes de la municipalidad de Sahuayo.

Todos los DERECHOS RESERVADOS DE AUTOR, se prohíbe la reproducción total o parcial del presente, sin que se cite la fuente.

Copyright©Francisco Gabriel Montes Ayala, México 2025

Fotografía: Roberto Buenrostro Rodríguez y Francisco Gabriel Montes.

Sale a la luz pública Crónicas de Sahuayo III y será presentado este mes de noviembre.

Juan Bruno Hernández *Colaborador

Gracias a la iniciativa del C. Presidente Municipal de Sahuayo,  el Dr. Manuel Gálvez Sánchez, sale a la luz pública el tercer volumen de Crónicas de Sahuayo, coordinado por el maestro Francisco Gabriel Montes Ayala, nuestro director de esta revista electrónica, cronista de Villamar, Venustiano Carranza y coordinador del Consejo de la Crónica de Sahuayo, presidente de la Asociación de Cronistas Jalisco-Michoacán.

El tomo tres de la serie, será presentado el 25 de noviembre en Caballeros de Colón en Sahuayo, ante la sociedad sahuayese y los amantes de la historia y la crónica.

Cabe destacarse que van tres volúmenes que le han dado a Sahuayo importantes aportes a su microhistoria, de esa pequeña parte de la historia nacional que no se sabe mucho. El rescate histórico coordinado por el maestro Francisco Gabriel Montes, ha sido excelente, al reunir a un grupo de jóvenes que se están formando en estas lides de la historia y la crónica. Santiago Manzo Gómez, Helena López Alcaraz ( que por cierto es colaboradora de la revista de Crónicas de la Ciénega) así como también José de Jesús Girarte ( JJ), Ana Karen Ramírez Sánchez, Francisco Jesús Montes Vázquez, Miguel Ceja Sandoval, los cronistas José Castellanos Higareda de Pajacuarán, Salvador Meza Carrazco de Jiquilpan y Hugo de Jesús Gómez, que merece una mención especial ya que al formarse el tercer tomo de Crónicas de Sahuayo, siendo estudiante del doctorado en Historia en la UdeG, fue muerto en un asalto frustrado. Hugo era sin duda alguna, uno de los cronistas de Sahuayo más destacados a su corta edad, que sin duda su partida enluta este tercer tomo.

El contenido de esta nueva publicación versa sobre la cristiada en Sahuayo, donde se presentan varios artículos de este periodo histórico, que hoy se reivindica en esta zona.

El volumen III trae desde documentos inéditos, fotografías y narraciones extraordinarias que no se conocían. Se destaca también, la lista de cristeros que participaron en la guerra en esta zona, así como sacerdotes y mujeres que fueron parte fundamental en la lucha por la defensa de la fe.

Esperamos con ansias el día de la publicación, informando a nuestros lectores, que el libro será obsequiado el día de la presentación, para que estén atentos para llevarse un ejemplar a casa.

También es justo reconocerle al presidente Manuel Gálvez, su compromiso de rescate histórico de su tierra natal Sahuayo.

Primer lugar en artesanías el trabajo de cera escamada de Cojumatlán. Pátzcuaro 2024.

Francisco Gabriel Montes Ayala

Figura humana en vela de cera escamada. 1er lugar en Pátzcuaro en el concurso estatal 2024.

Durante la fiesta del Señor del Perdón de Cojumatlán, en la ribera chapálica meridional, el 3 de mayo de este año, se pudo apreciar un arreglo enorme, un círculo formado por flores de cera escamada y velas que hacía un marco artístico espectacular a la imagen milagrosa del Señor del Perdón.

La primera impresión que daba, era de un círculo que en apariencia no se veía claro desde lejos, pero al acercarse se podía apreciar la belleza indiscutible del adorno floral, que manos cojumatlenses hicieron, días antes de una de las peregrinaciones de la imagen virreinal de la historia de Cojumatlán.

La cerería llegó a esta comunidad indígena conocida como Santa María de la Asunción Coxumatlán, en el siglo XVIII y traspasó el tiempo, hasta que llegaron los años ochenta del siglo pasado y dejó de elaborarse las figuras de cera, las velas de cera escamada y otros objetos que se hacían en manos artesanas de diversas familias que practicaban este arte.

Parecía que aquella tradicional artesanía se perdería después de casi 40 años no realizarse. Sin embargo, Luis Fernando Rodríguez y Jorán Hernández, iniciaron hace un par de años con esta disciplina que requiere de una dedicación para hacer del proceso una excelencia en el arte de la cera escamada y las figuras humanas. El grupo que han formado en aquella comunidad, ha venido dando frutos y éxitos que se consolidan día a día.

El pasado 1 de noviembre, se llevó a cabo el concurso estatal de artesanías en Pátzcuaro con motivo de la noche de muertos, ganando el primer lugar el trabajo de cerería de Luis Fernando Rodríguez, en una de las ramas artesanales y fue parte de uno de los 113 premios otorgados por el gobierno del estado de Michoacán, donde se calificaron 2 mil 178 piezas.

Sin duda alguna que la cerería en Cojumatlán toma los niveles relevantes esperados con la maestría reconocida por el propio evento estatal donde se logró este reconocimiento y premio a la dedicación en esta artesanía.

Felicidades a Luis Fernando Rodríguez por este trabajo artesanal, y que representa a este grupo de cerería de Cojumatlán de Régules en la ribera norte del lago de Chapala.

El prelado cotijense que aprobó la lucha cristera desde las puertas de Roma (I)

La historia de Monseñor José María González y Valencia. Primera parte

Lic. Helena Judith López Alcaraz

El obispo José María González y Valencia (1884-1959), oriundo de Cotija de la Paz.

Fue uno de los muy escasos prelados, de los treinta y ocho que conformaban el Episcopado Mexicano en el momento de la suspensión de cultos de 1926, que aprobaron la resistencia armada de los católicos perseguidos, y uno de los tres obispos cuyo destierro fue una de las condiciones impuestas por el presidente interino Emilio Portes Gil al concertar los supuestos “arreglos” de 1929 con los dos eclesiásticos conciliadores, Pascual Díaz y Leopoldo Ruiz.

Vio la luz primera en Cotija de la Paz, Michoacán, el 27 de septiembre de 1884. Fue el segundo vástago del matrimonio formado por Juan González Oseguera y Benigna Valencia Vargas. Era primo, por vía paterna, de Francisco María González Arias, obispo de Campeche, y de los hermanos Antonio y Rafael Guízar y Valencia –el segundo hoy canonizado–, prelados que habrían de regentear las Diócesis de Chihuahua y Veracruz respectivamente, por el lado materno. También estuvo emparentado con el general cristero Jesús Degollado Guízar, hijo de Maura Guízar Valencia, que era hija, a su vez, de Natividad Valencia Vargas, tía materna de José María.

Es muy probable que el hijo recién nacido de don Juan y doña Benigna, según la usanza, fuera incorporado a la Iglesia militante a los pocos días de su nacimiento pero, lamentablemente, no nos ha sido posible encontrar el documento correspondiente. Lo mismo podemos decir de su acta de nacimiento. Lo que sí se sabe, por notas autobiográficas, que José María realizó sus estudios de instrucción primaria y parte de los de bachillerato en el Colegio marista dedicado a San Luis Gonzaga –análogo al mismo que existía en Sahuayo de Díaz–, en su pueblo natal. Más tarde, al sentir el llamado al sacerdocio, ingresó al Seminario de Zamora, fundado en 1864 por Dn. Antonio de la Peña y Navarro (1799-1877), primer Obispo de aquella ciudad. Allí permaneció cuatro años y acreditó debidamente los cursos de filosofía y parte de los de teología, además de recibir la tonsura y las cuatro órdenes menores –ostiariado, exorcistado, lectorado y acolitado–.

Como seminarista, fue un alumno destacado, tanto por su excelente conducta como por su aprovechamiento académico. En consecuencia, como premio y aliciente, fue enviado a la Ciudad de las Siete Colinas para que prosiguiese su formación levítica en el Colegio Pío Latino Americano, también llamado Seminario Americano, fundado el 21 de noviembre de 1858, bajo el pontificado de Pío Nono. Llegó allí en octubre de 1905. El Papa que ocupaba la Sede petrina, a la sazón, era Pío X.

Fotografía panorámica de Cotija de la Paz tomada por Aurelio Torres. Imagen mejorada y editada por la autora.

El 28 de octubre de 1906, aproximándose cada vez más a recibir el presbiterado, fue ordenado subdiácono. El Sábado Santo de 1907, que ese año cayó el 30 de marzo, fue hecho diácono. Por fin, el 28 de octubre de ese mismo año, a la edad de sólo veintitrés años, fue ordenado sacerdote por ministerio del cardenal Pedro Respighi en la Capilla del Colegio Germánico, en Roma. Dicho prelado era el vicario del Pontífice reinante.

Una vez como presbítero, José María González Valencia permaneció en la Ciudad Eterna durante dos años y medio, precisamente en el Pío Latino, hasta que obtuvo el triple doctorado en Filosofía, Teología y Derecho Canónico, con venia del entonces obispo de Zamora, Dr. José Othón Núñez y Zárate (1867-1941), reorganizador de la Escuela de Artes y Oficios y fundador del Colegio San Luis, de la Escuela de Comercio y de una Normal Católica, entre otras obras importantes.

Terraza del Colegio Pío Latino Americano, donde estudió el seminarista José María González y Valencia. Puede observarse a los aspirantes al sacerdocio, con sotana. Fotografía de Rerum Romanarum.

Una vez finalizados sus estudios eclesiásticos, en septiembre de 1910, el padre José María regresó a México. El Porfiriato se había derrumbado definitivamente. Faltaban unas semanas para que, en noviembre, el coahuilense Francisco I. Madero convocara al pueblo mexicano a la lucha armada con la finalidad de derrocar al presidente octogenario. Los ánimos, en extremo caldeados, iban disponiéndose para el estallido de la Revolución Mexicana.

En cuanto arribó a su país natal, el padre González Valencia pasó a dar clases en el Seminario que había sido testigo de sus primeros años como aspirante al sagrado ministerio y en cuyas aulas también había transitado, entre otros personajes, otros dos destacados eclesiásticos de aquel tiempo, Monseñores Francisco Orozco y Jiménez, entonces Obispo de Chiapas, y Rafael Guízar y Valencia –familiar de José María–, así como el poeta y periodista Amado Nervo –si bien él no concluyó la formación sacerdotal–. Como docente se ocupó, simultáneamente, de las cátedras de Filosofía, Teología, Instituciones Canónicas, Historia Eclesiástica y Sagrada Escritura. De acuerdo con el testimonio del Canónigo Rafael Plancarte Igartúa –escrito “Ygartúa” en el libro biográfico de Andrés Barquín y Ruiz–, el joven sacerdote “supo amar y ser amado, con aquel carácter franco y jovial, sencillo y enérgico: carácter que bien formado vino, más tarde, a dar opimos [ricos] frutos en los diversos puestos en que ha servido a la Iglesia” (1967, p. 6).

Leonel Tinajero Villaseñor describe así al padre:

“Bien parecido, cuerpo regular, ojos vivaces, impecable en sus atuendos y de recia personalidad, imponía sus dignidad y señorío en las ceremonias litúrgicas en las que actuaba con gran pompa y parsimonia.

En su vida personal era cordial y versátil en su actuación, dándose a querer de cuantos lo rodeaban. Alternaba con los sacerdotes deponiendo su elevado rango eclesiástico y departía amistosamente con los clérigos, que gustaban acercarse a él.

Era muy comprensivo y cariñoso con los niños, amable y cordial con los mayores, paciente y bondadoso con los humildes y muy caritativo con los menesterosos” (1971, p. 248).

Pero su trayectoria como catedrático no duraría mucho tiempo. La Revolución se encargaría de ello.

Otra fotografía de Cotija de la Paz, tierra natal de Monseñor González y Valencia. Instantánea mejorada por la autora.

De ello nos ocuparemos en la siguiente entrada de esta serie.

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Bibliografía:

Barquín y Ruiz, A. (1967). José María González Valencia, Arzobispo de Durango. México: Jus.

Tinajero Villaseñor, L. (1971). Cotija: un pueblo y una época. Editorial B. Costa-Amic.

De las lluvias y sus señales.

«Las Notas del Cronista» 📜 ✒️ Manuel Flores Jiménez *Cronista de Jocotepec


Nuestros antepasados se guiaban en base a una permanente y detallada observación de los hechos y fenómenos que sucedían en la cotidianidad. Para el importante proceso de los períodos agrícolas echaban mano de sus fieles observaciones para prever la entrada de la temporada de las lluvias y, con ello, poder asegurar una buena cosecha.

El cielo esta encapotado…


Destacan las señales que para ellos tenían un gran significado y que se relacionaban con la aproximación de las lluvias. Los más viejos llamaban “la revolución de marzo”, al estado del tiempo en que se nublaba, lloviznaba o llovía en forma, éstas eran las señales de las primeras lluvias. A partir de ese día en que aparecían esas manifestaciones se contaban días, es decir, tres meses para calcular la entrada formal del temporal lluvioso.


Por ejemplo, si llovía el 23 de marzo, las primeras lluvias ocurrirían el 23 de junio aproximadamente. Era consenso de los adultos de aquellas épocas que la entrada de las lluvias tenía como fecha principal el 13 de junio, día de San Antonio. Otra señal que se tomaba en cuenta era cuando se venían tres tolvaneras seguidas del otro lado del cerro, por el rumbo de San Marcos Evangelista. Esa era señal de que ya iba a llover.


Cuando las chancharras comenzaban a salir afanosamente de sus cavidades y metían hojarasca tierna, esa era otra premonición. Además, decían que cuando los toros empezaban a bramar con insistencia, se decía que ellos ya estaban presintiendo la aproximación del agua de las lluvias.


Por otra parte, cuando se escuchaban los truenos en el mes de mayo esa era buena señal. Había un refrán que decía: “Te estaba esperando como agua de mayo”, eso se decía cuando se ansiaba la presencia de alguien. Hasta una canción llevaba por título “Los aguaceros de mayo”.


Otra sospecha de la proximidad de las lluvias era la aparición de lo que se nombraba “la calma”, esa especie de nubosidad producida en parte por la evaporación del agua y por el humo de los incendios de los cerros o cuando comenzaban a preparar las tierras para las siembras. A esto último le llamaban “ajoyar”.
Si el amanecer era brumoso y el sol salía y se ocultaba muy rojo era también considerado como una señal. Si los cerros a lo lejos se veían como nublados, a eso se le llamaba “la calma”. Cuando caían las primeras lluvias salían (y siguen saliendo) unas hormigas rojas grandes con alas y otros insectos que les dicen chicatanas; además, hay otros insectos de alas frágiles y que dicen que roen las ropas y los atrae la luz interior nocturna de las casas. Es entonces, cuando comienzan a crecer con mayor furor las hierbas de la tierra más reseca.


Mientras más sofocadas fueran las noches y el día tuviera un calor intenso y seco, se afirmaba que muy pronto llovería. Lo anterior, combinado con el incesante y monótono chirrido de las chicharras, que desaparecen con las primeras lluvias y no vuelven a escucharse hasta el año venidero.
Entonces, comienzan a nacer las semillas ocultas entre las hojas del suelo y las lluvias traen aromas de la tierra que escapan de sus apretados y oscuros terrones, aromas lejanos que gratifican los sentidos porque el agua se mezcla con la tierra haciéndola florecer. Y luego, ya bien entrado el temporal, aparecían las luciérnagas (aquí les decimos alumbradores y todos los herbicidas aplicados a las tierras por las trasnacionales de las berries acabaron con ellas y con otras especies animales y vegetales), con sus lucecitas en medio de los campos húmedos y entre el croar intermitente de ranas y sapos.
Actualmente, cada 15 de mayo se celebra en Zapotitán de Hidalgo, el día de San Isidro Labrador, patrono de los campesinos y agricultores. Se celebra una misa donde se realiza la bendición de las semillas, luego, al salir, se queman cuetes y ristras y la banda de música acompaña en peregrinación al contingente de vecinos (antes le decían el convite) que llevan sus tractores adornados con flores y milpas. En este recorrido se lleva la imagen de San Isidro en un cuadro.


Son tantas las señales que la memoria colectiva conserva, que las presentes se comparten como algunas pocas de tantas que nuestros ancianos afirmaban que tenían validez. Como la llegada de las golondrinas, cuando los caballos se ponían a correr y andaban alborotados por veredas y corrales, cuando los conejos salían a buscar refugio, el estruendoso canto de las ranas y las chicharras, cuando soplaba más viento y se concentraban más nubes en el cielo, cuando los pájaros emigran y cambiaban de nido, la aparición de los insectos negros y rojos llamados asquiles.


El alma popular guarda muchas otras premoniciones que aquí no se dicen, los que las sepan hagan favor de compartirlas.

La historia de La Sábila, La Virgen y su templo.

Francisco Gabriel Montes Ayala

Hace algunos días en los principios del mes de julio, fuimos con Roberto Buernostro, a visitar La Sábila, comunidad del municipio de Venustiano Carranza, con el fin de tomar videos y fotos del templo, de la Virgen de Guadalupe, antigua advocación de la Virgen de la Carámicua y del pueblo en general.

El templo es impresionante, dada la geografía del lugar, en lo alto de un cerro pedregoso; obra inició el 7 de octubre del año 2003, casi tres de que había llegado el señor Cura Sergio Sánchez Mora, sahuayense que se puso como reto la construcción de este templo, dado que, la capilla antigua databa de los años cincuenta, en el tiempo en que estuvo como párroco don Francisco Esquivel.

El reto para Crónicas de la Ciénega es fijar la historia del pueblo, aunque yo había hecho ya un intento en el libro que hiciera por allá en los años noventa de San Pedro Caro, no es suficiente, falta sin duda alguna mucho de lo que puede escribirse del pueblo y la Virgen.

Hoy estamos afinando detalles con el equipo de Crónicas de la Ciénega para dar una historia más o menos bien armada ( aunque en la historia nada es totalmente finiquitado) y darle fuerza aquellos escritos que me pidiera el señor cura Roberto Torres sobre la historia de la Virgen y los antecedentes escritos antes por un servidor.

Esperemos que pronto estemos listos para darle a La Sábila y la región algo de la historia de templo, la virgen y la población, porque esta imagen es de todos los habitantes de la región que la han echo suya con su devoción.

Falta por escribir la historia completa. Crónicas de la Ciénega

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