José Oseguera Méndez sacerdote y escritor de Pajacuarán.

José Castellanos Higareda. Cronista de Pajacuarán.

P. José Oseguera

Al enterarme por las Redes Sociales de la muerte del Padre José Oseguera Méndez hace algunos días (septiembre del 2024), afloraron mis recuerdos, que en tropel querían salir de mis adentros, evocando aquella época maravillosa de mi adolescencia, cuando iniciaba la década de los años sesentas del siglo pasado.
El Padre Oseguera nació en Pajacuarán, estudió y se ordenó sacerdote en la Arquidiócesis de Guadalajara y posteriormente se incardino en la Diócesis de Culiacán, Sinaloa en la que ejerció su ministerio sacerdotal por muchos años.
Fue el Padre José Oseguera quien se llevó el primer grupo de seminaristas de Pajacuarán a Sinaloa. Entre los que recuerdo: Aristeo Zamora, Jesus Vázquez, Ramiro Arredondo, José Tinoco y Salvador Morales.
En 1960 salió el segundo grupo. Éramos siete jovencitos ilusionados por abrazar la vida sacerdotal: Ramón Rodríguez, Gonzalo Castellanos, Mario Hernández, Reyes Villafan, Artemio Tzintzun, Javier Patiño y Yo.
Los caminos de Dios son inescrutables. Ninguno de los integrantes de ambos grupos logró ordenarse sacerdote.
La actuación del Padre Oseguera en la comunidad de Ruiz Cortines, Sin., hizo historia. Durante su ministerio transformó la comunidad, dándole atención y progreso; siendo muy apreciado por la feligresía.
Al paso de los años vuelve a la Arquidiócesis de Guadalajara, en donde se le asignan nuevas tareas en diferentes parroquias.
Complementó su preparación estudiando la Pastoral Social en Roma, Italia; la actualización en Derecho Canónico en la Universidad Pontificia de Mexico; estudió en la escuela Libre de Derecho en la Ciudad de México; Ciencias de la Comunicación en Buenos Aires, Argentina ; fue miembro del Tribunal Eclesiástico y párroco emérito de Tizapan el Alto,Jal., fue miembro de la Sociedad Mexicana de Geógrafía y Estadística y autor de más de una docena de libros con diversas temáticas pastorales.

Descanse en paz Padre José Oseguera Méndez.
Un excelente ser humano y un distinguido pajacuarenses,

Historia de doña Juana de Dios de la Parra (1811-1865), benefactora de Jiquilpan

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Una de las facetas más importantes –aunque a menudo olvidada o menos tomada en cuenta– del legado positivo de la madre patria en México, en concreto durante las tres centurias que se prolongó el Virreinato novohispano, e inclusive varias décadas más tarde, reside en las obras de beneficencia y filantropía. Basta recordar, por mencionar tres ejemplos, los casos del esclarecido Fray Antonio Alcalde y Barriga y don Juan Manuel Caballero de la Colina, en Guadalajara, y del no menos célebre don Vasco de Quiroga y Alonso de la Cárcel, en Michoacán. Además de su interés por ayudar al prójimo, dichos personajes compartieron otra cualidad: el origen español.

Detalle del único retrato existente de doña Juana de la Parra. Imagen original de Salvador Meza Carrasco, mejorada y editada por la autora.

Pues bien: cuando Jiquilpan aún no llevaba el apellido del presidente oaxaqueño que pareció olvidar la obra humanitaria del clero católico y las órdenes monásticas que vinieron de allende el Atlántico, vino al mundo una mujer, española, connotada hija de esta población michoacana, que siguió los pasos de sus paisanos oriundos del suelo evangelizado por el Patrón Santiago. Se trata de doña Juana de la Parra, dama acaudalada, miembro de la aristocracia jiquilpense y gran benefactora local.

Su padre, hacendado, se llamaba don Miguel de la Parra Jiménez, hijo de Juan Manuel de la Parra y de María Guadalupe Jiménez, y fue él quien, en 1808, introdujo el agua a la plaza principal de Jiquilpan mediante una de cañería de barro de una vertiente, en la que se unían también aguas del río (Sánchez, 1896, p. 223). El nombre de su esposa, madre de Juana, era María Ignacia Jiménez Sánchez, hija de Juan Manuel Bartolomé Jiménez Bustamante y de María Josefa Sánchez. Del matrimonio Parra Jiménez, formalizado canónica y sacramentalmente el 11 de septiembre de 1794 en el templo parroquial de San Francisco, en Jiquilpan, nacieron once hijos.

Adjuntamos una imagen del acta de las nupcias religiosas de don Miguel y doña Ignacia, en la que se lee:

Partida de matrimonio canónico de don Miguel de la Parra y doña María Ignacia Jiménez, ambos hispanos, autores de los días de doña Juana de la Parra.

«Al margen izquierdo: Don Miguel / dela Parra con / D.a Maria Ygna- / cia Xim.z [1] Espa- / ñoles, yambos ve- / cinos de este Pue- / blo

Dentro: En el año del Sor. [2] de mil setec.s noventa y cuatro en onze / dias del mes de Septiembre Yo el B. [3] Miguel Diaz de Rabago / Cura y Juez Ecco. [4] de este Partido, en esta Santa Yglesia / Parroquial de Xiquilpan, Abiendo precedido todo lo Dis- / puesto por el Santo Concilio de Trento, y no aviendo resul- / tado otro impedimento amas [5] del parentesco de consan- / guinidad en tercero grado igual por linea transversal q. / se dignó dispensar el Ylmo. [6] Sor. […] D.n Fran.co [7] Ant.o [8] de San / Miguel Digmo. Señor Obispo de Michocan, é instruidos / en la Doctrina Christiana, aviendo confesado y comulgado; / por palabras de presente q hazen verdadero y legmo. [9] matrimonio case infacie Eclesie [10] y velé a D. Miguel de la / Parra, Español, origr.o [11] y vecino de este Pueblo, hijo legmo. de / D. Juan de la Parra y de D.a [12] Guadalupe Ximenez difun- / tos, con D.a Maria Ygnacia Ximenez Española, origr.a y vecina de este Pueblo, hija legma de D. Juan […] Bar- / tolomé Ximenez y de D.a Maria Josefa Sanchez difun- / tos. Fueron sus Padrinos D. Eugenio de la Fuente, y D.a Maria Manuela Echeveste conjuges [13] y vecinos de este Pue- / blo. Testigos D. Fran.co […], D. Jose Guerrero y Don / Juan Ybarra. Ypara q conste lo firme.»

Juana, octava de los vástagos del matrimonio, vio la luz primera el 7 de marzo de 1811 –Ramón Sánchez, en su Bosquejo estadístico e histórico del Distrito de Jiquilpan de Juárez, indica el día 8–. Para entonces, el nombre de Jiquilpan iba antecedido por el del Seráfico Padre, el fundador de la primera congregación religiosa que se aventuró a lo que hoy en día es nuestro país.

La pequeña fue incorporada a la Iglesia militante a los dos días de su nacimiento, como consta en la fe de Bautismo que reproducimos textualmente –respetando incluso la falta de tildes–:

«Al margen izquierdo: Juana Ma- / ria Josefa / Española / de este Pue- / blo

Dentro: En el Pueblo de S. Fran.co Xiquilpan á nueve días de el mes de Marzo de mil / ochocientos y once: Yo el Cura Párroco de este partido bautise solemnem.te, pu- / se oleo y crisma á una criatura de dos días de nacida, Española deeste / Pueblo, á quien puse p.r [14] nombre Juana de Dios Maria Josefa, hija legi- / tima de D. Mig.l Parra, y de D.a María Ygnacia Ximenes, fueron sus Pa- / drinos, D. Fran.co Ximenes y su esposa D.a Josefa de Analla, Españoles / todos de este Pueblo á quienes advertí su obligación y parentesco espiritual y p.r / q.e [15] conste lo firme.

Mariano Hondal (Rúbrica)».

Fe de Bautismo de Juana María de la Parra, distinguida dama y benefactora de Jiquilpan. Subrayados y recuadro por la autora.

Como dato interesante y complementario, el P. Mariano Hondal y Cabadilla –tal era el nombre completo del sacerdote bautizante– había tomado la dirección de la parroquia de San Francisco de Asís el 30 de diciembre de 1810. Su gestión al frente de ella no duraría mucho: el 30 de mayo del año siguiente, apenas tres meses después de bautizar a Juana, su labor pastoral allí terminó para abrir paso a la de don Pedro Gómez Euterria.

Juana pasó sus primeros años en Jiquilpan, al lado de sus padres. Su infancia transcurrió dentro de la tormenta de la guerra de independencia. A los diecinueve años, en noviembre de 1833, perdió a su madre, doña Ignacia, que falleció de tisis según consta en su acta de sepultura eclesiástica, y fue inhumada en el camposanto anexo a la parroquia de San Francisco de Asís, en el mismo pueblo. Recordemos que para ese momento aún estaba en ciernes la aplicación de la iniciativa gubernamental de que fuese el Registro Civil, y no el clero, quien llevara un padrón de los decesos. Asimismo, tal como era la costumbre, los entierros aún se efectuaban en camposantos que dependían de la Iglesia Católica.

Posteriormente, preocupada por los más desposeídos, Juana fundó una casa asilo en la localidad. Para instituir dicho establecimiento de caridad, dejó la cuantiosa cifra de setenta mil pesos, el valor de la antigua hacienda de San Diego. Por desgracia, el licenciado Agustín Villa, avecindado en Guadalajara, encargado de administrar tales bienes, vendió la hacienda susodicha otorgando el dinero, a rédito, a personas no garantizadas (Sánchez, 1896, p. 178). En consecuencia, la mayor parte de aquella suma se perdió y sólo se aprovechó lo gastado en la finca que, para la época porfiriana, llevaba el nombre de “asilo”, si bien la edificación dejó mucho que desear.

Panorámica de Jiquilpan, pueblo natal de Juana de la Parra, durante los tiempos decimonónicos. A la derecha, entre las copas de los árboles, la torre del templo de San Francisco de Asís.

Con todo, a pesar de semejantes reveses y malos manejos, doña Juana pudo fundar un hospicio para niños desamparados y, al lado, un hospital para pobres.

Nunca contrajo matrimonio. En sus últimos años, fungió como tesorera de la Cofradía de la Vela Perpetua del Santísimo Sacramento –en 1847– y también fue cofrade del Divino Señor Sacramentado desde abril de 1849.

La señorita Juana de la Parra murió en Guadalajara el 28 de abril de 1865 debido a una pulmonía, tal como lo atestigua la partida religiosa. En el documento, resguardado en el Archivo Parroquial del Sagrario Metropolitano de la antigua Ciudad de las Rosas, puede leerse lo siguiente:

«Al margen izquierdo: D.a Juana / Parra. / adulta. / 38,4 / 9

Dentro: En Guadalajara á veintinueve de abril de milochocientos / sesenta i cinco: con entierro alto rango funeral se hiso enel / Sagrario se sepultó en gabeta en el campo santo / de Angeles / el cadaver de D.a Juana Parra, doncella, de cincuenta /  i cinco años de edad, originaria de Jiquilpan, hija leg.a [16] de / D. Miguel Parra i de D.a Ygnacia Jimenes; murió de pulmonía ha- / biendo recibido los santos sacramentos. Ylo firme.

J. M. Gutierres Guevara (Rúbrica)»

Partida de inhumación eclesiástica de Juana de la Parra, fechada el 29 de abril de 1865. Señalamientos por la autora.

El camposanto en cuestión no era otro que el de Santa María de los Ángeles, o simplemente “de los Ángeles” o “de Ángeles”, construido bajo la supervisión de religiosos de un convento franciscano gracias a la gestión de fray Sebastián Aparicio Ortega. En el verano de 1833, cuando una epidemia de cólera morbus azotó Guadalajara, el flamante panteón sirvió para alojar a una gran cantidad de difuntos, ya que en el cementerio de Santa Paula, proyectado hacía varias décadas por el Fraile de la Calavera –Antonio Alcalde– y fundado por los padres betlemitas, no se daban abasto con los entierros. El susodicho cementerio, mejor conocido como “de Belén” por encontrarse junto al templo de Nuestra Señora de Belén, era, a la sazón, el sitio habitual –y casi por defecto– para las inhumaciones tapatías.

Catedral de Guadalajara, sin sus torres, y Sagrario Metropolitano, en 1807. Ilustración mejorada por la autora.

Cabe expresar que todas las iglesias de Guadalajara –y lo mismo las del resto del país–, como explicamos con anterioridad, tenían sus respectivos camposantos, pero la mayoría de los deudos, luego del panteón de Belén, tenía predilección por llevar a sepultar a sus muertos a dos sitios: el cementerio de San Francisco, en el templo y convento del mismo nombre, y el de Guadalupe, entre las actuales calles de Epigmenio González y Escobedo (hoy Federalismo), edificado a mediados del siglo XIX. Así consta en las mismas partidas del Sagrario Metropolitano.

Entrada al desaparecido cementerio de los Ángeles, último destino terreno de Juana de la Parra. Fotografía mejorada y editada por la autora.

El camposanto de Ángeles, que recibió el cuerpo de doña Juana de la Parra, era la otra opción para los entierros. Sería removido en 1930 para edificar el Estadio Municipal, a su vez destruido en 1952 para construir la Central Camionera Vieja –llamada así para distinguirla de la más reciente, la “Nueva”, situada en el municipio de Tonalá, en la Zona Metropolitana de Guadalajara–, cercana al Parque Agua Azul y que, pese al descuido y la mala infraestructura, continúa en servicio. Hasta la fecha, la vía en la que se localizan las entradas a la terminal de autobuses lleva el nombre de Calle de los Ángeles, en recuerdo del cementerio.

Por otro lado, y con base en la información del documento, Juana de la Parra pudo tener unas honras fúnebres propias de su condición socioeconómica privilegiada. Basta leer las actas de sepultura eclesiástica previas y posteriores a la suya: en todas ellas, el P. Gutiérrez Guevara se limita a escribir “se sepultó en el campo santo… el cadaver de…”, o a lo mucho aclara, si es el caso, “en gabeta”. En la de la benefactora, en contraste, esclarece: “con entierro alto rango funeral” y añade que éste se realizó en el mismo Sagrario Metropolitano.

Hasta la fecha, el nombre de doña Juana de la Parra figura al lado de los personajes ilustres y famosos de Jiquilpan, hoy “de Juárez”, al lado del padre Diego José Abad (1727-1779), Feliciano Béjar (1920-2007), Anastasio Bustamante (1780-1853), Lázaro Cárdenas del Río (1895-1970), Dámaso Cárdenas (1898-1976), Rafael Méndez (1906-1981), Amadeo Betancourt Villaseñor (1873-1953), Ramón Martínez Ocaranza (1915-1982) y Gabino Ortiz Villaseñor (1819-1885). De hecho, por lo menos en lo tocante a las monografías oficiales del municipio, es la única mujer incluida en tal listado. Sólo dos fuentes adicionales en nuestra búsqueda documental mencionan a otras féminas. La primera, que menciona a María de Jesús Magallón Pérez y Octaviana Sánchez Méndez, es Jiquilpan: Libro-Guía de Turismo, editado por la Secretaría de Turismo del Gobierno de México en 2020. La segunda, que únicamente nombra a doña Juana y no a las dos mujeres anteriores, es una monografía elaborada por el Instituto Tecnológico de Jiquilpan en el marco del XVIII Evento Nacional de Ciencias Básicas.

A Octaviana Sánchez, que además vivió en la misma época que ésta y realizó una importante labor benéfica, le dedicaremos una entrada aparte.

**Notas paleográficas:

[1] “Ximénez”.

[2] “Señor”

[3] Bachiller. Primero de los grados académicos que se otorgaba en las universidades.

[4] Juez Eclesiástico. Clérigo que tiene jurisdicción eclesiástica y canónica, ya sea general o estricta, y que preside a todas las personas bautizadas a su cargo.

[5] Además.

[6] “Ilustrísimo”.

[7] Abreviatura normal de “Francisco” en los documentos de antaño.

[8] “Antonio”.

[9] “legítimo”.

[10]  “In facie Eclessiae”. Expresión latina que se traduce como “en presencia de la Iglesia” y que se refiere, en específico, al matrimonio celebrado canónicamente, de forma pública, con todas las ceremonias prescritas por la Iglesia.

[11]  “originario”.

[12]  “Doña”.

[13]  “cónyuges”.

[14]  “por”.

[15]  “para que”.

[16] “legítima”.

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Imagen original de doña Juana de la Parra: Salvador Meza Carrasco.

Bibliografía:

Acosta Rico, F. (17 de octubre de 2015). Restos del pasado, de Cementerio a Central Camionera. Crónica Jalisco. https://www.cronicajalisco.com/notas/2015/53837.html

Instituto Tecnológico de Jiquilpan (s.f.). Jiquilpan. XVIII Evento Nacional de Ciencias Básicas. https://www.itjiquilpan.edu.mx/MemoriaCBCEA/Jiquilpan.htm

Sánchez, R. (1896). Bosquejo estadístico e histórico del Distrito de Jiquilpan de Juárez. Morelia: Imprenta de la Escuela Industrial Militar Porfirio Díaz. Sin autor (s.f.). Historia de Jiquilpan. https://jiquilpan.com/historia-de-jiquilpan

Sin autor (s.f.). Historia de Jiquilpan. https://jiquilpan.com/historia-de-jiquilpan

13 de septiembre de 1847, el ataque a Chapultepec por el  ejército estadounidense.

Francisco Gabriel Montes Ayala.

La batalla de Chapultepec es un acontecimiento histórico de México, en la guerra entre Estados Unidos y nuestro país, que derivó en la pérdida de más de la mitad del territorio nacional. Aquí la narración de un libro que se publicó en 1848, un año después de la derrota del ejército mexicano. Varios autores escriben estos “Apuntes” que se llaman Historia de la Guerra entre México y Estados Unidos. Aquí la narración de aquel acontecimiento que da la historia de los Niños Héroes.

Batalla de Chapultepec


“El enemigo había formado tres columnas a las órdenes de los generales Pillow, Quitman y Worth, ocupó el bosque con sus rifleros que, saliendo del Molino, arrollaron a los pocos tiradores que hasta el pie. La columna del general Worth volteó la posición y figurando un ataque por la calzada de Anzures llamó la atención del general Santa Ana. Una nube de tiradores avanzando rápidamente sobre el puente de la calzada de la Condesa, se abrigó en los troncos de los magueyes que habían sido talados y en las desigualdades y chozas inmediatas. Este ataque también se juzgo verdadero por el general en jefe, que alternativamente atendía los tres puntos dichos y tenía la mayor parte de sus tropas en inacción formadas en toda la calzada. Los enemigos viendo que su plan surtía efecto, y que se resistían con vigor sus falsos ataques, dirigieron el grueso de sus columnas, que entraron por el Molino, el asalto del cerro, las que flanqueadas y precedidas de sus tiradores comenzaron a subir, la una por la rampa y la otra por la parte accesible del noreste, entretanto que el norte y oeste una nube de tiradores trepaba y se aprovechándose de las peñas, arbustos, ángulos muertos y mala aplicación al terreno de nuestras fortificaciones, apagaba con sus tiros certeros los de nuestros defensores, o los distraía de atender a la columnas de asalto, que no encontraron más resistencia formal que la que se les opuso en la rampa y al pie del cerro el valiente y denodado teniente coronel D. Santiago Xicoténcatl con su batallón de San Blas; pero flanqueado, envuelto y muerto este jefe, y la mayor parte de sus oficiales y soldados, los enemigos avanzaron por el segundo tramo de la calzada con bandera desplegada, cayendo esta algunas veces por la muerte del que la llevaba y retorciendo algunos pasos las columnas; pero tomando otro la bandera y continuando el avance hasta el terraplén, donde nuestros pocos defensores, aturdidos por el bombardeo, fatigados, desvelados y hambrientos fueron arrojados a la bayoneta sobre las rocas o hechos prisioneros, subiendo una compañía del regimiento de Nueva York a lo alto del edificio, desde donde algunos alumnos hacían fuego y eran los últimos defensores del pabellón mexicano, que muy pronto fue reemplazado por el americano”.

Los niños héroes no son mencionados por sus nombres, pero los alumnos del Colegio Militar, estaban allí, defendieron unos cuantos la posición y fueron muertos unos, y prisioneros otros, dos de aquellos serían a la postre los llamados Macabeos del ejercito conservador Luis G. Osollo y Miguel Miramón, los mejores generales de la facción conservadora.

El prelado cotijense que aprobó la lucha cristera desde las puertas de Roma (IV)

La historia de Monseñor José María González y Valencia. Cuarta y última parte

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Detalle de un retrato de Monseñor José María González y Valencia, Obispo de Durango. Editado y coloreado por la autora. Original en blanco y negro: INAH.

En la anterior entrada, la penúltima de esta serie, abordamos la intervención del egregio Obispo de Durango en el intervalo comprendido entre finales de 1924, cuando le fue conferido tal cargo, a febrero de 1927, cuando publicó su Carta Pastoral en la que, abiertamente, aprobó el movimiento cristero y reconoció su licitud moral. En el presente texto, desenlace de la biografía de nuestro eclesiástico michoacano, hablaremos de su enérgica oposición a la realización de los mal llamados “arreglos” de 1929, que causaron el fin de la Cristiada; de cómo, a raíz de aquéllos, tuvo que permanecer desterrado; de algunos aspectos de su vida al retornar del exilio y, por último, sobre su fallecimiento.

El 7 de octubre de 1927, como contestación a las quejas recibidas de sus diocesanos y de los jefes de la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa respecto a los rumores, nada infundados, sobre unos posibles acuerdos “no fundados en una efectiva derogación de las leyes” (1967, p. 79, citado por Barquín y Ruiz) entre miembros del Episcopado mexicano –veremos en seguida sus nombres– y el gobierno de Plutarco Elías Calles, el combativo prelado de Cotija escribió su Segunda Carta Pastoral, en la que expresaba, de modo tajante:

“¡No, y mil veces no! Nuestra fe de católicos, nuestro deber de Prelados, nuestra dignidad, el respeto que debemos a las víctimas, el puesto que hemos conquistado ante el mundo, y finalmente la conciencia que tenemos de nuestra fuerza moral y espiritual, que centuplica nuestra misma fuerza física, todo nos hace repetir día a día, momento por momento, las palabras de la Carta Pastoral Colectiva: trabajaremos porque ese decreto y los artículos antirreligiosos de la Constitución sean reformados, y no cejaremos hasta verlo conseguido” (1967, p. 80).

Las negritas son nuestras.

Para Monseñor González, ni la Iglesia ni los fieles debían claudicar en la lucha, y mucho menos pactar con el régimen. Para él, lo mismo que para incontables católicos, y por supuesto para los cristeros, la opción de una componenda era impensable y equivalía no sólo a renunciar a los principios que tanto habían intentado defender, sino a una derrota categórica en todos los sentidos, inclusive el moral y el psicológico. ¿De qué serviría tanto sacrificio y derramamiento de sangre si, al acabar con la resistencia, el gobierno –que militar, legal y políticamente llevaba las de ganar– obtenía lo que quería?

Catedral de Durango, sede de la Diócesis regenteada por Monseñor José María González y Valencia. Fotografía del INAH, mejorada por la autora.

Recordando lo que el Episcopado había suscrito en la Carta Pastoral Colectiva del 25 de julio de 1926, Monseñor José María dijo:

“Contando con el favor de Dios y con vuestra ayuda, trabajaremos para que ese decreto [la Ley Calles] y los artículos antirreligiosos de la Constitución sean reformados y no cejaremos hasta verlo conseguido. ¿Y creéis que íbamos a olvidar esas palabras y a tener hoy por aceptable lo que ayer tuvimos por indigno?” (1967, p. 79).

Referíase, claro, a las leyes inicuas, las cuales, en caso de llegar a un “acuerdo” con el régimen, no serían alteradas ni un ápice, y mucho menos anuladas.

Dos de sus compañeros en el Episcopado, no obstante, no compartían aquella idea ni por asomo. En efecto: se trataba de los dos prelados mencionados al principio de esta serie, los obispos Pascual Díaz y Barreto y Leopoldo Ruiz y Flores. Pero Monseñor González y Valencia no cejó en su posición. Resulta oportuno decir que su actuación no se limitó a la prensa y a los meros vocablos, sino que participó en numerosos eventos de solidaridad al pueblo católico perseguido, en las que aprovechaba para impulsar y fomentar apoyos, sobre todo materiales, para la Liga, cuya participación en la Cristiada fue fundamental en el ámbito bélico. Asimismo, exiliado como estaba en Europa, sin poder pisar su patria, impartió incontables conferencias al respecto durante los tres meses que pasó en Alemania. Así lo refirieron diversos números del diario vaticano L’Osservatore Romano.

Sin embargo, pese a la oposición de incontables católicos y de los tres obispos que estaban a favor de la resistencia armada por parte de aquéllos, las “negociaciones” entre el gobierno del presidente interino Emilio Portes Gil –sucesor de Álvaro Obregón luego de su asesinato en julio de 1928– y los dos eclesiásticos prosiguieron. A los cristeros no se les tomó en cuenta en ningún momento.

El 2 de junio de 1929, el general Enrique Gorostieta Velarde, jefe supremo de los cristeros, fue asesinado en las cercanías de Atotonilco el Alto, Jalisco. El militar neolonés se había opuesto terminantemente a la idea de un pacto pero, como al resto de sus hombres, fue ignorado. Entre tanto, Pascual Díaz y Leopoldo Ruiz continuaron parlamentando.

Los obispos Leopoldo Ruiz y Pascual Díaz, que concretaron el armisticio que puso final a la Guerra Cristera. Imagen editada y mejorada por la autora.

Por fin, el 21 de junio del mismo año, se efectuaron los “arreglos”. Los templos volverían a abrirse y podría haber Sacramentos en ellos otra vez. Los artículos antirreligiosos y anticlericales de la Constitución permanecerían como siempre. Y los cristeros tendrían que entregar las armas y aceptar el supuesto “licenciamiento”, aun a sabiendas de que el gobierno no respetaría sus vidas… como en efecto aconteció. Fue el modus moriendi para una muy significativa porción de los ex combatientes.

Otra de las condiciones para los “arreglos”, que Díaz y Ruiz acabaron por aceptar, fue que tres prelados se quedaran fuera del país por tiempo indefinido. Los nombres no sorprendieron a nadie: José Manríquez y Zárate, Francisco Orozco y Jiménez –V Arzobispo de Guadalajara, perseguido por el régimen desde hacía más de diez años, y que había atendido a sus fieles a salto de mata– y José María González Valencia. Al hallarse ya en el destierro, tanto el primero como el tercero no pudieron retornar a su patria. El segundo sí tuvo que irse.

Monseñor Francisco Orozco y Jiménez (1864-1936), oriundo de Zamora, Michoacán. Su destierro, como el de José María González y Valencia, fue una de las condiciones de la componenda de 1929. Fotografía mejorada por la autora.

Monseñor González y Valencia volvió a México un tiempo después, aunque no nos fue factible hallar la fecha exacta. Con todo, sí se sabe que estuvo presente en un banquete ofrecido a los prelados mexicanos al finalizar la Misa pontifical con que se celebró el Cuarto Centenario de las Apariciones de la Virgen de Guadalupe en el cerro del Tepeyac, el 12 de diciembre de 1931. Cuando llegó su turno al mitrado de Durango para hacer su brindis, pidió oraciones para su compañero y amigo Manríquez y Zárate, cuya expatriación se prolongaría hasta 1944. El 24 de octubre de 1932, le dirigió incluso una carta abierta, en la que le decía:

Monseñor José de Jesús Manríquez y Zárate, amigo de José María González y Valencia, quien, como éste, tuvo que permanecer exiliado a raíz de los “arreglos”.  Fotografía mejorada por la autora.

“¿Qué será de nosotros? ¿Cuál será nuestro porvenir? ¿Veremos el triunfo de la Iglesia, por la que tanto hemos luchado, o bajaremos al sepulcro, sólo con la esperanza de mejores días? Nada de esto sabemos, ni aun podemos siquiera adivinarlo. Una sola cosa debemos tener por cierta, y es que, si somos fieles a nuestra vocación y proseguimos laborando intrépidamente por la fe, no sólo consumaremos felizmente nuestra carrera mortal, sino que aceleraremos para nuestra Patria el día venturoso de la verdadera Libertad” (1967, pp. 96-97).

Después de que estalló la Guerra Civil española en julio de 1936, Monseñor González Valencia fue el primero que externó pública y abiertamente su adhesión al Alzamiento Nacional capitaneado por el general Francisco Franco Bahamonde en contra de la II República, jacobina y masónica. En su Pastoral del Arzobispo de Durango (México) acerca de los actuales acontecimientos de España, fechada el 8 de septiembre del mismo año, el prelado abordó tanto el enfrentamiento en sí como las tentativas de descatolizar la nación hispana a través del comunismo ateo y del marxismo y la matanza de todos aquellos que no aceptaran ambas ideologías.

Interior de una de tantas iglesias quemadas y profanadas en España durante la crudelísima persecución religiosa que alcanzó su clímax en la Guerra Civil española.

He aquí un breve extracto de las palabras de Monseñor:

“En Nuestro propio nombre y en el de Nuestros sacerdotes y fieles, queremos también manifestar nuestro afecto fraternal, honda simpatía, interés vivísimo y cordial a los Obispos españoles, Nuestros muy amados Hermanos, a sus sacerdotes y a sus fieles que están padeciendo tan crueles penas. Hoy más que nunca, en esta hora del martirio, Nos sentimos vinculados con ellos” (1967, p. 104).

A nuestro biografiado se unieron, más tarde, novecientos prelados de diversas latitudes, al reparar en el horroroso cariz anticatólico que tomó la revolución por parte de los republicanos y comunistas y a la tremebunda persecución religiosa, peor aún que la de México, desatada durante aquel trienio sangriento a lo largo y ancho de la Madre Patria.

El 28 de octubre de 1957, junto con su amigo José de Jesús Manríquez, Monseñor José María González celebró sus bodas de oro como presbítero. Le faltaba poco más de un año para partir a la Eternidad.

Aunque es un dato muy poco conocido, Monseñor José María González Valencia entregó su alma al Señor en la actual Capital de la Ciénega de Chapala, la ciudad de Sahuayo, Michoacán –cercana a su natal Cotija–, que aún llevaba el apellido del general y presidente Porfirio Díaz. Era el 27 de enero de 1959. Tenía setenta y cuatro años y cuatro meses de edad.

Plaza principal de Sahuayo, con el templo parroquial de Santo Santiago Apóstol y el Portal Patria. Esta urbe fue la que vio partir de ese mundo a Monseñor González y Valencia. Imagen de México en Fotos.

Cotija y Durango lo lloraron amargamente, por igual, pero también Zamora lamentó su muerte. Además de haber estudiado allí, dado clases y dirigido espiritualmente a los seminaristas, era un hombre muy querido por la gente. Cuantos lo conocieron y trataron lo estimaron enormemente por su carácter espontáneo y jovial, que sabía conjuntar la sencillez y naturalidad con la energía y la eficacia en el actuar, cualidades de las que dio pruebas mientras duró su carrera terrenal.

Un colegio en Victoria de Durango lleva su nombre.

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Bibliografía:

Barquín y Ruiz, A. (1967). José María González Valencia, Arzobispo de Durango. México: Jus.

Meyer, J. (1977). La Cristiada. Tomo I: La guerra de los cristeros. México: Siglo XXI Editores.

El prelado cotijense que aprobó la lucha cristera desde las puertas de Roma (III)

La historia de Monseñor José María González y Valencia. Tercera parte

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Detalle de un retrato de Monseñor González y Valencia, coloreado y mejorado por la autora.

En 1925, en vista del agravamiento de la persecución religiosa bajo el flamante gobierno del sonorense Plutarco Elías Calles, el nuevo Obispo de Durango fue designado por sus compañeros del Episcopado para ir a la Ciudad de las Siete Colinas con el cometido de poner al tanto al Papa Pío XI sobre la precaria situación para los fieles y los sacerdotes y, en general, para el clero católico mexicano. Sería el acompañante de otro eclesiástico de su rango, Monseñor Miguel María de la Mora y de la Mora, a la sazón cabeza de la Diócesis potosina.

La otra misión sería pedirle instrucciones al Pontífice acerca de la defensa de las libertades que se le conculcaban a la Iglesia. El viaje fue realizado, y los lineamientos papales solicitados fueron plasmados en la carta apostólica Paterna sane sollicitudo, fechada el 2 de febrero de 1926, en la que Pío XI mandaba resistir a la persecución de forma pasiva pero firme, manteniéndose al margen de cualquier partido político. La misiva tenía por subtítulo “DE INIQUA CONDICIONE ECCLESIAE IN MEXICO ATQUE DE NORMIS AD CATHOLICAM ACTIONEM IBIDEM PROMOVENDAM”, que traducido del latín al español dice: “Sobre la inicua condición de la Iglesia en México y también sobre las normas respecto a la Acción Católica que, al mismo tiempo, habrán de promoverse”.

Su Santidad Pío XI, Pontífice de 1922 a 1939, autor de la carta apostólica Paterna sane sollicitudo.

A su regreso de Roma, a sabiendas de que la situación empeoraría –los hechos de los primeros meses de 1926 lo ratificaron de forma fehaciente y categórica–, nuestro biografiado reunió a una comisión de teólogos para deliberar sobre cuáles serían las medidas a seguir en caso de que se hiciera efectivo el artículo 130 de la Carta Magna, en el cual –entre muchas cuestiones– se exigía que los presbíteros debían registrarse en un registro municipal o estatal para que se les diera autorización de ejercer su ministerio. El estudio de los teólogos arrojó una negativa ante tal sujeción. Sin tardanza, Monseñor González y Valencia mandó imprimir y distribuir una circular con aquellas pautas entre los sacerdotes de su jurisdicción. Días después, José Amador Velasco y Peña, el prelado de Colima, siguió sus pasos.

El 10 de marzo de 1926, a raíz de haber condenado la persecución en su Sexta Carta Pastoral, Monseñor José de Jesús Manríquez y Zárate, primer Obispo de Huejutla –y ordenado sacerdote junto con Monseñor José María aquel lejano 28 de octubre de 1907–, fue apresado. Su compañero de Cotija no tardó en escribirle una carta abierta en la que externó su adhesión y su apoyo, y que fue publicada en diversos periódicos católicos.

Detalle de un retrato de Monseñor José de Jesús Manríquez y Zárate, amigo y compañero de ordenación de José María González y Valencia, apresado en 1926 por el gobierno de Plutarco Elías Calles. Él fue otro, junto con nuestro biografiado, de los exiguos prelados que aprobaron el movimiento cristero.

Una vez suspendidos los cultos en todo México, Monseñor González y Valencia partió hacia Roma nuevamente. Pero antes de irse, el 17 de septiembre de 1926, redactó una Instrucción Pastoral fechada en la cual encomió la cooperación que las asociaciones católicas habían prestado a la labor de resistencia, cada vez más enérgica, de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, fundada en la capital del país en marzo de 1925.

La coyuntura posterior al 1 de agosto de 1926, primer día sin Sacramentos en los templos, empeoró con velocidad alarmante. Los recursos pacíficos y legales se agotaron de modo inexorable. Comenzaron a caer las primeras víctimas católicas. Dos eclesiásticos, ambos Obispos, intentaron parlamentar con Calles, y éste lanzó un ultimátum a los católicos: las Cámaras o las armas. El memorial firmado por más de dos millones de creyentes y enviado a las primeras fue tirado a la basura. Los ánimos se exacerbaron sin remedio y, como cabía esperar, cada vez más personas empezaron a pensar en la segunda opción, la que quedaba, dada por el mandatario: la resistencia armada, que pasaría a la Historia con el nombre de Cristiada o Guerra Cristera, este último adjetivo creado por el mismo gobierno, que hizo mofa del grito de los defensores: “¡Viva Cristo Rey!”

A pesar de que estaban de acuerdo con que había que defender la fe y no permitir que ésta se perdiera en México, la postura de los integrantes del Episcopado mexicano sobre el movimiento armado no fue, ni remotamente, unánime. Lo que menos hubo entre ellos fue consenso. Por el contrario, sin demora, la división campeó.

Jean Meyer lo sintetiza de esta forma:

“[…] la mayoría de los prelados, indecisa, dejó en toda libertad a los fieles de defender sus derechos, como mejor les pareciera, una decena les negó el derecho de levantarse, y tres los alentaron a tomar las armas” (1977, p. 19).

Uno de ellos, como veremos, fue nuestro biografiado. Los otros dos fueron Manríquez y Zárate, a quien ya mencionamos, y Leopoldo Lara y Torres, Obispo de Tacámbaro. Hasta finales de 1926, reacios a la idea de una resistencia armada, los tres obispos habían prohibido a sus fieles que recurrieran a dicho recurso. Sin embargo, la gravedad creciente de los sucesos y de la persecución, que no tardó en suscitar mártires a lo ancho y largo del territorio nacional, los condujo a modificar su perspectiva.

En el caso de Monseñor José María, el 11 de febrero de 1927, su postura vino con la emisión de su Primera Carta Pastoral, dada en la Puerta Flaminia, afuera de Roma, en la que dirigió estas palabras a los fieles de su Diócesis:

“Séanos ahora lícito romper el silencio sobre un asunto del cual nos sentimos obligados a hablar. Ya que en nuestra arquidiócesis muchos católicos han apelado al recurso de las armas […] creemos de nuestro deber pastoral afrontar de lleno la cuestión y, asumiendo con plena consciencia la responsabilidad ante Dios y ante la historia, les dedicamos estas palabras: Nos nunca provocamos este movimiento armado. Pero una vez que, agotados todos los medios pacíficos, ese movimiento existe, a nuestros hijos católicos que anden levantados en armas por la defensa de sus derechos sociales y religiosos, después de haberlo pensado largamente ante Dios y de haber consultado a los teólogos más sabios de la ciudad de Roma, debemos decirles: Estad tranquilos en vuestras conciencias y recibid nuestras bendiciones” (citado en Barquín y Ruiz, 1967, pp. 43-44).

Tales enunciados estaban en consonancia con los juicios que, a título personal pero no por ello menos fundamentados, habían efectuado algunos teólogos y moralistas de universidades en Roma, entre ellos los sacerdotes Mariano Cuevas, S. J., y Arthur Vermeersch, de la Gregoriana, célebre por sus dictámenes.

Instantánea de la Puerta Flaminia, desde donde Monseñor González y Valencia emitió la Carta Pastoral en la que declaró la licitud moral de la resistencia armada de los católicos mexicanos. Fotografía: Animuspedia.

El licenciado Anacleto González Flores, paladín católico por excelencia en Jalisco que durante mucho tiempo se resistió a la idea de una defensa armada, no sólo por considerarla infructífera y contraria a sus ideales pacíficos sino por serias dudas morales, tuvo conocimiento de la Carta Pastoral de Monseñor González y Valencia poco antes de morir.

Retrato de Anacleto González Flores, hoy beatificado, que poco antes de su martirio supo de la Carta Pastoral de Monseñor González y Valencia en la que éste aprobaba la resistencia cristera.

En su última noche, del 31 de marzo al 1° de abril de 1927, Anacleto se confesó con un sacerdote anónimo y, luego de recibir la absolución sacramental, estuvo comentando con él el contenido de la Carta Pastoral del esforzado Obispo de Durango, el único que hasta ese momento había hablado favorablemente sobre la lucha cristera de manera abierta y pública.

“Esto es lo que nos faltaba” le dijo al presbítero, aludiendo al documento. “Ahora sí podemos estar tranquilos”.

Y no sólo lo anterior: el verbo del prelado de Cotija encendió el suyo y lo movió a escribir sus últimas palabras para Gladium, el periódico que él editaba:

“Bendición para los valientes, que defienden con las armas en la mano la Iglesia de Dios. Maldición para los que ríen, gozan, se divierten siendo católicos en medio del dolor sin medida, de su Madre […] La sangre de nuestros mártires está pesando inmensamente en la balanza de Dios y de los hombres.

El espectáculo que ofrecen los defensores de la Iglesia es sencillamente sublime. El Cielo los bendice, el mundo los admira, el infierno los ve lleno de rabia y asombro, los verdugos tiemblan. Solamente los cobardes no hacen nada […]” (citado en López Alcaraz, 2023, p. 134).

Y concluía:

“Hoy debemos darle a Dios fuerte testimonio de que de veras somos católicos. Mañana será tarde […] Todavía es tiempo de que todos los católicos cumplan su deber… los cobardes que se despojen de su miedo y todos que se pongan en pie, porque estamos frente al enemigo y debemos cooperar con todas nuestras fuerzas a alcanzar la victoria de Dios y de su Iglesia” (pp. 134-135).

Unas horas más tarde, al filo de las tres de la tarde del 1° de abril, el abogado oriundo de Tepatitlán, hoy beatificado, caía bajo las balas del régimen callista, por odio a la fe, luego de numerosas y atroces torturas, en el patio del Cuartel Colorado en Guadalajara.

Al mismo tiempo, Monseñor José María proseguía su labor de apoyo moral a la Cristiada desde tierras europeas.

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Bibliografía:

Barquín y Ruiz, A. (1967). José María González Valencia, Arzobispo de Durango. México: Jus.

López Alcaraz, H. J. (2023). El Plebiscito de los Mártires: Drama biográfico sobre el Beato Anacleto González Flores. Guadalajara: Edición independiente.

Meyer, J (1977). La Cristiada. Tomo I: La guerra de los cristeros. México: Siglo XXI Editores.

Pío XI (2 de febrero de 1926). PIUS PP. XI. LITTERAE APOSTOLICAE. PATERNA SANE SOLLICITUDO*. Vatican.va.https://www.vatican.va/content/pius-xi/la/apost_letters/documents/hf_p-xi_apl_19260202_paterna-sane-sollicitudo.html

El prelado cotijense que aprobó la lucha cristera desde las puertas de Roma (I)

La historia de Monseñor José María González y Valencia. Primera parte

Lic. Helena Judith López Alcaraz

El obispo José María González y Valencia (1884-1959), oriundo de Cotija de la Paz.

Fue uno de los muy escasos prelados, de los treinta y ocho que conformaban el Episcopado Mexicano en el momento de la suspensión de cultos de 1926, que aprobaron la resistencia armada de los católicos perseguidos, y uno de los tres obispos cuyo destierro fue una de las condiciones impuestas por el presidente interino Emilio Portes Gil al concertar los supuestos “arreglos” de 1929 con los dos eclesiásticos conciliadores, Pascual Díaz y Leopoldo Ruiz.

Vio la luz primera en Cotija de la Paz, Michoacán, el 27 de septiembre de 1884. Fue el segundo vástago del matrimonio formado por Juan González Oseguera y Benigna Valencia Vargas. Era primo, por vía paterna, de Francisco María González Arias, obispo de Campeche, y de los hermanos Antonio y Rafael Guízar y Valencia –el segundo hoy canonizado–, prelados que habrían de regentear las Diócesis de Chihuahua y Veracruz respectivamente, por el lado materno. También estuvo emparentado con el general cristero Jesús Degollado Guízar, hijo de Maura Guízar Valencia, que era hija, a su vez, de Natividad Valencia Vargas, tía materna de José María.

Es muy probable que el hijo recién nacido de don Juan y doña Benigna, según la usanza, fuera incorporado a la Iglesia militante a los pocos días de su nacimiento pero, lamentablemente, no nos ha sido posible encontrar el documento correspondiente. Lo mismo podemos decir de su acta de nacimiento. Lo que sí se sabe, por notas autobiográficas, que José María realizó sus estudios de instrucción primaria y parte de los de bachillerato en el Colegio marista dedicado a San Luis Gonzaga –análogo al mismo que existía en Sahuayo de Díaz–, en su pueblo natal. Más tarde, al sentir el llamado al sacerdocio, ingresó al Seminario de Zamora, fundado en 1864 por Dn. Antonio de la Peña y Navarro (1799-1877), primer Obispo de aquella ciudad. Allí permaneció cuatro años y acreditó debidamente los cursos de filosofía y parte de los de teología, además de recibir la tonsura y las cuatro órdenes menores –ostiariado, exorcistado, lectorado y acolitado–.

Como seminarista, fue un alumno destacado, tanto por su excelente conducta como por su aprovechamiento académico. En consecuencia, como premio y aliciente, fue enviado a la Ciudad de las Siete Colinas para que prosiguiese su formación levítica en el Colegio Pío Latino Americano, también llamado Seminario Americano, fundado el 21 de noviembre de 1858, bajo el pontificado de Pío Nono. Llegó allí en octubre de 1905. El Papa que ocupaba la Sede petrina, a la sazón, era Pío X.

Fotografía panorámica de Cotija de la Paz tomada por Aurelio Torres. Imagen mejorada y editada por la autora.

El 28 de octubre de 1906, aproximándose cada vez más a recibir el presbiterado, fue ordenado subdiácono. El Sábado Santo de 1907, que ese año cayó el 30 de marzo, fue hecho diácono. Por fin, el 28 de octubre de ese mismo año, a la edad de sólo veintitrés años, fue ordenado sacerdote por ministerio del cardenal Pedro Respighi en la Capilla del Colegio Germánico, en Roma. Dicho prelado era el vicario del Pontífice reinante.

Una vez como presbítero, José María González Valencia permaneció en la Ciudad Eterna durante dos años y medio, precisamente en el Pío Latino, hasta que obtuvo el triple doctorado en Filosofía, Teología y Derecho Canónico, con venia del entonces obispo de Zamora, Dr. José Othón Núñez y Zárate (1867-1941), reorganizador de la Escuela de Artes y Oficios y fundador del Colegio San Luis, de la Escuela de Comercio y de una Normal Católica, entre otras obras importantes.

Terraza del Colegio Pío Latino Americano, donde estudió el seminarista José María González y Valencia. Puede observarse a los aspirantes al sacerdocio, con sotana. Fotografía de Rerum Romanarum.

Una vez finalizados sus estudios eclesiásticos, en septiembre de 1910, el padre José María regresó a México. El Porfiriato se había derrumbado definitivamente. Faltaban unas semanas para que, en noviembre, el coahuilense Francisco I. Madero convocara al pueblo mexicano a la lucha armada con la finalidad de derrocar al presidente octogenario. Los ánimos, en extremo caldeados, iban disponiéndose para el estallido de la Revolución Mexicana.

En cuanto arribó a su país natal, el padre González Valencia pasó a dar clases en el Seminario que había sido testigo de sus primeros años como aspirante al sagrado ministerio y en cuyas aulas también había transitado, entre otros personajes, otros dos destacados eclesiásticos de aquel tiempo, Monseñores Francisco Orozco y Jiménez, entonces Obispo de Chiapas, y Rafael Guízar y Valencia –familiar de José María–, así como el poeta y periodista Amado Nervo –si bien él no concluyó la formación sacerdotal–. Como docente se ocupó, simultáneamente, de las cátedras de Filosofía, Teología, Instituciones Canónicas, Historia Eclesiástica y Sagrada Escritura. De acuerdo con el testimonio del Canónigo Rafael Plancarte Igartúa –escrito “Ygartúa” en el libro biográfico de Andrés Barquín y Ruiz–, el joven sacerdote “supo amar y ser amado, con aquel carácter franco y jovial, sencillo y enérgico: carácter que bien formado vino, más tarde, a dar opimos [ricos] frutos en los diversos puestos en que ha servido a la Iglesia” (1967, p. 6).

Leonel Tinajero Villaseñor describe así al padre:

“Bien parecido, cuerpo regular, ojos vivaces, impecable en sus atuendos y de recia personalidad, imponía sus dignidad y señorío en las ceremonias litúrgicas en las que actuaba con gran pompa y parsimonia.

En su vida personal era cordial y versátil en su actuación, dándose a querer de cuantos lo rodeaban. Alternaba con los sacerdotes deponiendo su elevado rango eclesiástico y departía amistosamente con los clérigos, que gustaban acercarse a él.

Era muy comprensivo y cariñoso con los niños, amable y cordial con los mayores, paciente y bondadoso con los humildes y muy caritativo con los menesterosos” (1971, p. 248).

Pero su trayectoria como catedrático no duraría mucho tiempo. La Revolución se encargaría de ello.

Otra fotografía de Cotija de la Paz, tierra natal de Monseñor González y Valencia. Instantánea mejorada por la autora.

De ello nos ocuparemos en la siguiente entrada de esta serie.

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Bibliografía:

Barquín y Ruiz, A. (1967). José María González Valencia, Arzobispo de Durango. México: Jus.

Tinajero Villaseñor, L. (1971). Cotija: un pueblo y una época. Editorial B. Costa-Amic.

Heroica defensa de los templos en Sahuayo de Díaz

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Fotomontaje alusivo al título de esta entrada. De izquierda a derecha, de arriba abajo, podemos ver el interior de la Parroquia de Santo Santiago Apóstol, el Santuario de Guadalupe –con su segunda torre en construcción–, la plaza principal de Sahuayo de Díaz –escenario principal de la lucha entre los sahuayenses y la tropa federal–, el templo parroquial desde fuera, en contra esquina; y el templo del Sagrado Corazón de Jesús y, a un lado, el otrora Colegio de San Luis Gonzaga.

Lo ocurrido en la entonces Villa de Sahuayo de Díaz, Michoacán, un día como hoy, pero de 1926, hace ya 98 años –¡cómo vuela el tiempo!–, es sin lugar a dudas un caso emblemático y cardinal en la historia de la Cristiada y de la persecución religiosa, no sólo a nivel regional y estatal –en este ámbito fue único–, sino nacional. Se trata del relato de cómo un pueblo salió a defender sus templos y llegó al extremo de enfrentarse a la soldadesca bien armada con tal de impedir –hasta donde pudieron, porque al final sí sucedió– que los cerraran, convirtieran en caballeriza y, en suma, profanaran.

Leamos cómo aconteció.

En Sahuayo, las tres jornadas que siguieron a la suspensión de cultos decretada por el Episcopado Mexicano en su Carta Pastoral Colectiva fechada el 25 de julio de 1926, al igual que en el resto del país, se caracterizaron por la zozobra, la tristeza y el miedo. Los templos seguían abiertos para que los fieles, al menos, pudieran orar en ellos, en particular el Santo Rosario de manera colectiva. Era lo único que les quedaba, y eso mientras el gobierno lo permitiera, porque en diversos lugares tanto la milicia como la policía procedieron a cerrarlos de manera forzosa. Fueron célebres los casos del templo del Dulce Nombre de Jesús –Capilla de Jesús– y el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en Guadalajara, el 31 de julio y el 3 de agosto respectivamente, y el del templo de San Miguel Arcángel en Cocula, también el 3 de agosto, donde se produjeron genuinas reyertas entre los fieles y los ejecutores de la ley.

¿Cuánto duraría aquella situación de incertidumbre, de espada de Damocles, de persecución continua, de tabernáculos vacíos? Nadie lo sabía. Por el momento, la gente de Sahuayo continuó yendo a la Parroquia, al Santuario y al templo del Sagrado Corazón para rezar y elevar sus plegarias al Todopoderoso.

Parroquia de Santo Santiago en Sahuayo, tomada precisamente un día antes de la gran fiesta dedicada al Protomártir del Colegio Apostólico, el 24 de julio de 1923. Foto Guerrero.

No era más que la calma relativa que suele preceder a las grandes tempestades. Los hechos tomaron un curso inesperado el 4 de agosto de 1926. Era miércoles. Casi a las once de la mañana, unos vigías vieron, por el camino que conducía a Jiquilpan de Juárez, a una partida de soldados federales que se dirigía a toda prisa a Sahuayo. Todos sabían lo que aquello significaba: la clausura de las iglesias y su consecuente profanación y transformación en cuartel, como estaba a la orden del día a lo ancho y largo del país. Era de sobra conocido que las huestes callistas solían hacer gala de odio contra los recintos sagrados y cuanto había en ellos, tal como habían procedido sus antecesores en la Revolución –máxime los carrancistas–, y justo como actuarían los milicianos rojos durante la Guerra civil de 1936 a 1939 en la madre patria.

Entrada de Jiquilpan de Juárez a Sahuayo de Díaz en 1923. Por allí entraron las tropas federales el 4 de agosto de 1926. Fotografía del Archivo Guerrero, coloreada por la autora.

Los sahuayenses, católicos hasta la médula, se enardecieron: no estaban dispuestos a permitir semejante atropello. Quizá sus actos, como ya había sucedido desde tiempos del Porfiriato, les granjearían epítetos como “mochos” y “fanáticos”, pero no les importó ni un ápice. Los ánimos, en adición, ya estaban caldeados a raíz de los sucesos más recientes, de los cuales no haber podido acudir a Misa el pasado 1 de agosto era, para muchos, la gota previa a aquella que derramaría el vaso, el último tirón previo a que la cuerda se rompiera.

Con el tiempo encima, y como pudieron, los habitantes de Sahuayo se aprestaron a la defensa. Las campanas de las iglesias fueron tocadas a rebato, con la desesperación matizando cada golpe del badajo. Todos acudieron al llamado del frenético tañer. Los hombres llevaban escopetas, alguna pistola, machetes y piedras; las mujeres cargaban cal viva y chile molido en sus rebozos.

Imagen coloreada que muestra la Parroquia de Santo Santiago Apóstol y calle Obregón –actualmente Francisco I. Madero– en Sahuayo. Tomada de la página de Facebook Testimonium Martyrum –expresión latina para «Testimonio de los Mártires»–, de la autora de la entrada.

Los miembros de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana se atrincheraron en la parte alta de los tres templos. El Santuario de Guadalupe fue defendido por Abraham Mireles y José Trinidad Flores Espinosa –el joven que, más tarde, se uniría a Joselito en su empresa de unirse a las huestes cristeras–. En la defensa del templo del Sagrado Corazón, a su vez, destacó la señora Dolores –mejor conocida por su hipocorístico, Lola– Gudiño, quien, armada con una pistola, encaró al diputado federal por el distrito de Jiquilpan, Rafael Picazo Sánchez, a quien llamó, por las claras, “desgraciado perseguidor de la religión de sus padres”.

Otra denodada mujer, María Arregui, también enfrentó a las tropas. Al grito estentóreo de “¡Viva Cristo Rey!”, tanto ella como Lola Gudiño vaciaron las cargas de sus pistolas. Nada las arredraba. En el acto, dispuestos a no dejarse vencer por dos féminas, algunos miembros de la milicia se abalanzaron contra María Arregui y la hicieron perder el conocimiento a fuerza de golpes.

María Arregui, valiente defensora de los templos sahuayenses el 4 de agosto de 1926. Fotografía tomada de la página de Facebook Testimonium Martyrum y mejorada por Laura del Río García.

Un valeroso hombre llamado Amado Ceja se opuso, con valentía, a que cerraran la parroquia. Cuando se acercaron los soldados a fin de intentarlo, aquel varón los encaró y les dijo: “Señores, la casa de Dios se respeta”. No pudo impedir lo inevitable: recibió, por la espalda, un balazo en la cabeza, que dejó un orificio en su sombrero –el cual su familia conservó–.

Como resultado de la reyerta fallecieron, por heridas de arma de fuego: Jesús Sánchez Santillán, Manuel Núñez, un niño de ocho años llamado Guillermo Yeo y la niña Rafaela Melgoza. Asimismo, el padre Ignacio Sánchez Sánchez –tío paterno de San José Sánchez del Río– recibió un tiro en la pierna.

Poco después arribaron los soldados a la plaza. Los lideraba el general Tranquilino Mendoza. Los militares echaron los caballos sobre la multitud, que se había lanzado contra ellos con las pocas armas de que disponían, y la obligaron a dispersarse. En seguida se dividieron en tres grupos; cada uno se encargaría de apoderarse de una iglesia, como en efecto sucedió.

Acta de defunción del niño Guillermo Yeo Núñez, fallecido a raíz del combate entre sahuayenses y militares callistas el 4 de agosto de 1926. Resaltados y edición por la autora.

Los sahuayenses pelearon con bravura y arrojo y resistieron hasta el final, pero no pudieron impedir que sus templos cayeran en poder del gobierno callista. Esa noche, como todos temían, la Parroquia de Santiago fue convertida en cuartel, establo –incluso, eventualmente, en la gallera del diputado Picazo, y ya conocemos el final de ese asunto, con San José Sánchez del Río–, armería y prisión. Lo mismo ocurrió en las otras dos iglesias.

La Guerra Cristera en Sahuayo, bajo la dirección de don Ignacio de Jesús Sánchez Ramírez, presidente de la Adoración Nocturna Mexicana en la villa, estaba a punto de estallar.

Interior del templo de Santo Santiago Apóstol en los tiempos de la persecución religiosa, antes de la suspensión de cultos de 1926. Después de los sucesos del 4 de agosto de 1926, el inmueble fue profanado. El diputado Picazo llegó a tener allí su caballo y sus finos gallos de pelea.

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Bibliografía:

Laureán Cervantes, L. (2016). El niño testigo de Cristo Rey. España: Buena Tinta.

Munari, T. (2004). José Sánchez del Río, el Beato Mártir de Sahuayo. México: Edixa Editores.

Aportaciones históricas de Alfredo Vega.

«Ley Calles» y suspensión de cultos en toda la República: Carta Pastoral Colectiva de 1926

Lic. Helena Judith López Alcaraz

En una fecha como esta, pero de 1926, hace 98 años, fue suscrita y publicada la Carta Pastoral Colectiva de los obispos mexicanos anunciando la suspensión de cultos a lo ancho y largo de México, a partir del 1 de agosto de aquel año, y hasta nueva orden. En dicha fecha entrarían en vigor las atroces reformas en materia religiosa hechas al Código Penal, la famosa “Ley Calles”, que el presidente Plutarco Elías Calles había propuesto a las Cámaras. Los eclesiásticos estaban convencidos de que era la única forma que les quedaba para protestar por las legislaciones persecutorias, en particular esta última, que era el culmen de todas las anteriores.

Grupo de prelados mexicanos, entre ellos don José Mora y del Río, oriundo de Pajacuarán, Michoacán, y don Francisco Orozco y Jiménez, nacido en Zamora, en la misma entidad. Montaje tomado de la página de Facebook Testimonium Martyrum –expresión latina para «Testimonio de los Mártires»–.

La Carta, “dada en la Fiesta del Apóstol Santiago, a veinticinco de julio de mil novecientos veintiséis”, fue firmada por un total de treinta y ocho prelados: además de los pertenecientes a las diversas Diócesis y Arquidiócesis, la suscribieron los obispos Titulares de Derbe, Anemurio, Dahora y Ciña de Galicia.

Compartimos con ustedes tres párrafos de aquel documento:

«[…] la Ley del Ejecutivo Federal promulgada el 2 de julio del presente año, de tal modo vulnera los derechos divinos de la Iglesia, encomendados a nuestra custodia; es tan contraria al derecho natural, que no sólo asienta como base primordial de la civilización la libertad religiosa, sino que positivamente prescribe la obligación individual y social de dar culto a Dios; es tan opuesta según la opinión de eminentes jurisconsultos católicos y no católicos, al derecho constitucional mexicano, que ante semejante violación de valores morales tan sagrados, no cabe ya de nuestra parte condescendencia ninguna. Sería para nosotros un crimen tolerar tal situación: y no quisiéramos que en el tribunal de Dios nos viniese a la memoria aquel tardío lamento del Profeta: “Vae mihi, quia tacui.” “Ay de mí, porque callé.”

[…]

En la imposibilidad de continuar ejerciendo el Ministerio Sagrado según las condiciones impuestas por el Decreto citado, después de haber consultado a Nuestro Santísimo Padre, Su Santidad Pío XI, y obtenida su aprobación, ordenamos que, desde el día 31 de julio del presente año, hasta que dispongamos otra cosa, se suspenda en todos los templos de la República, el culto público que exija la intervención del sacerdote.

[…]

No se cerrarán los templos para que los fieles prosigan haciendo oración en ellos. Los sacerdotes encargados de ellos, se retirarán de los mismos para eximirse de las penas que les impone el Decreto del Ejecutivo, quedando por lo mismo exentos de dar el aviso que exige la ley.»

El documento episcopal finalizaba exhortando a los fieles a la oración y a la penitencia, así como a evitar enviar a los hijos a las escuelas de gobierno –esto último, bajo pena de excomunión reservada al obispo–. También se describieron las penas canónicas en las que se podría incurrir quien, por ejemplo, a quienes se apropiasen de bienes eclesiásticos o contrajesen nupcias ante un ministro no católico. Por último, se expresó que el 1 de agosto, el primer día sin culto público en México, Su Santidad Pío XI oraría por esta nación en unión del orbe católico.

Primera plana del periódico tapatío El Informador, fechada el domingo 25 de julio de 1926, en el que se dio a conocer la medida tomada por el Episcopado. Edición y resaltados por la autora. En estos últimos puede observarse, pese a que es erróneo decir que dicho día se suspenderían los cultos, que se menciona la Carta Pastoral y los motivos que movieron a los obispos a tomar aquella extrema disposición; la aprehensión de Miguel Palomar y Vizcarra, famoso militante católico, en la capital; y diversos allanamientos en los hogares de diversos católicos, en la misma urbe.

El efecto producido por la Pastoral Colectiva en el pueblo católico mexicano fue terrible. Era como si les hubiese caído el mundo encima. Hoy en día podemos leer las palabras “suspensión de cultos de 1926” con bastante naturalidad, pero hace casi una centuria, constituyó un auténtico drama –que no una tragedia– para las personas de a pie, en su inmensa mayoría creyentes devotos o por lo menos sinceros en la profesión de su fe, que de la noche a la mañana se enteraron de que ya no podrían ir a Misa, casarse, confesarse, llevar a los hijos a bautizar o pedir la extremaunción. La práctica cotidiana de la religión, tan fundamental para ellos, les estaba siendo arrebatada.

Nutridas filas de fieles deseosos de recibir los Sacramentos en las últimas jornadas de culto público de julio de 1926. Fotografía editada por la autora.

Quizá en nuestros tiempos sea más difícil dimensionarlo en su justa medida, pero así lo sintió toda aquella gente. Para ellos, la suspensión de cultos fue una calamidad casi comparable a la propia persecución, más que establecida y sistemática, que sufrían por parte del régimen desde hacía ya considerable tiempo. ¿Acaso no bastaba que el gobierno limitara y castigara las actividades normales de un católico, que se acercara a Dios y manifestara su fe, como para que ahora la jerarquía eclesiástica también lo impidiera retirando los Sacramentos de los templos y disponiendo que sus sacerdotes se marcharan?

Para su alma y su corazón no existieron los largos párrafos de una Pastoral o las citas bíblicas que incluyeron los obispos en su texto; tampoco el asunto de las sanciones del Derecho Canónico. No: ellos sólo vieron las palabras:

“[…] ordenamos que, desde el día 31 de julio del presente año, hasta que dispongamos otra cosa, se suspenda en todos los templos de la República, el culto público que exija la intervención del sacerdote”.

Fragmento de la primera plana de El Informador, con fecha del miércoles 28 de julio de 1926, en el que se consignan tres sucesos concretos: la concurrencia masiva de los fieles católicos a los templos, en particular para recibir el Sacramento de la Penitencia, así como la celebración de nupcias canónicas y la impartición de numerosos bautismos y confirmaciones; el abandono de las iglesias por parte de los sacerdotes, en cumplimiento de lo dispuesto por la Carta Pastoral Colectiva; y los inventarios previos a la suspensión definitiva de los cultos a partir del domingo 1 de agosto del mismo año. Resaltados por la autora.

De nada sirvió que los prelados explicaran que no se trataba de imponerles la pena del entredicho –en la cual se prohíbe la recepción o impartición de Sacramentos y participar o celebrar en las ceremonias del culto aunque, a diferencia de la excomunión, el culpable no queda fuera de la comunión eclesial–.

Con todo, a los fieles mexicanos no les quedó más que acatar la directiva episcopal. Ingentes multitudes acudieron a los templos, oratorios, capillas y Catedrales para recibir los Sacramentos por última vez en casi tres años. Los presbíteros no se daban abasto para atender las filas de los confesionarios, las de los novios que querían unirse en matrimonio, las de los padres que cargaban a sus infantes para hacerlos renacer a la vida de la gracia. Los prelados, a su vez, administraron la Confirmación a otros tantos niños.

Recreación de las bodas masivas en los templos en los días anteriores a la suspensión de cultos de 1926 en la película Cristiada (2012), dirigida por el norteamericano Dean Wright. A pesar de los numerosos y significativos errores y tergiversaciones –algunos de ellos graves– que contiene la cinta, la asistencia en masa de los feligreses a las iglesias está muy bien representada. Hay que saber reconocer los aciertos.
Los padres de familia llevando a sus hijos a bautizar, uno tras otro, en los últimos días de culto público en 1926. Fotograma del filme Cristiada. Misma observación del pie de foto anterior.
Penitentes aguardan su turno para confesarse en las jornadas previas a la suspensión de culto de 1926. Fotograma del filme Cristiada.

Por fin, el 1 de agosto, que aquel año cayó en domingo, los badajos de las campanas no se movieron más para convocar al Santo Sacrificio de la Misa. Aunque la intención de los prelados, como vimos, era que las iglesias continuasen abiertas para los fieles, el gobierno procedió a su cierre forzoso. En algunos lugares, como la Capilla de Jesús y el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en Guadalajara, Cocula (Jalisco) y Sahuayo de Díaz (Michoacán), se produjeron verdaderas reyertas entre los fieles y elementos de la policía o el ejército con tal de impedir la clausura de los recintos sagrados, con el consecuente saldo de muertos y heridos.

El terreno para el estallido final, el levantamiento armado, se iba preparando con cada vez mayor premura.

Compartimos, como cierre de la entrada, los nombres de pila de los eclesiásticos que suscribieron la Carta Pastoral Colectiva y sus respectivas jurisdicciones:

1.         José, Arzobispo de México.

2.         Martín, Arzobispo de Yucatán.

3.         Leopoldo, Arzobispo de Michoacán.

4.         Francisco, Arzobispo de Guadalajara.

5.         Juan, Arzobispo de Monterrey.

6.         José Othón, Arzobispo de Oaxaca.

7.         José María, Arzobispo de Durango.

8.         Pedro, Arzobispo de Puebla.

9.         Ignacio, Obispo de Aguascalientes.

10.      Francisco, Obispo de Cuernavaca.

11.      Amador, Obispo de Colima.

12.      Jesús María, Obispo de Saltillo.

13.      Emeterio, Obispo de León.

14.      Ignacio, Obispo de Zacatecas.

15.      Miguel, Obispo de San Luis Potosí.

16.      Vicente, Obispo de Sonora.

17.      Francisco, Obispo de Tulancingo.

18.      Manuel, Obispo de Zamora.

19.      Juan María, Obispo de Sonora.

20.      Francisco, Obispo de Querétaro.

21.      Rafael, Obispo de Veracruz.

22.      Manuel, Obispo de Tepic.

23.      Gerardo, Obispo de Chiapas.

24.      Antonio, Obispo de Chihuahua.

25.      Leopoldo, Obispo de Tacámbaro.

26.      Francisco, Obispo de Campeche.

27.      Agustín, Obispo de Sinaloa.

28.      Nicolás, Obispo de Papantla.

29.      Pascual, Obispo de Tabasco.

30.      José, Obispo de Huejutla.

31.      Jenaro, Obispo de Tehuantepec.

32.      Serafín, Obispo de Tamaulipas.

33.      Luis, Obispo de Huajuápan.

34.      José Guadalupe, Auxiliar de Monterrey.

35.      Maximino, Obispo Titular de Derbe.

36.      Luis, Obispo Titular de Anemurio.

37.      Francisco, Obispo Titular de Dahora.

38.      José de Jesús, Obispo Titular de Ciña de Galicia.

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Fuente:

Olivera Sedano, A. (2009). El cierre de las iglesias. Historias, (74), 105–112. Recuperado a partir de https://revistas.inah.gob.mx/index.php/historias/article/view/3122

La torre de cráneos de los sacrificios humanos. Barbarie del imperio mexica. No creían, pero allí está.

Francisco Gabriel Montes Ayala *Colaborador

Fray Bernardino de Sahagún en el libro II de la Historia General de la Cosas de la Nueva España, en su apéndice II ( Editorial Porrúa) hace una relación de edificios del gran templo de México: en el lugar 41 dice lo siguiente: «El cuadragésimo primero edificio se llama Hueitzompantli; era el edificio que estaba delante del cu de Huitzilopochtli, donde espetaban las cabezas de los cautivos que allí mataban a reverencia de este eficio, cada año en la fiesta panquetzaliztli.»

Esta fiesta, «era un día después del mes que se llama ochpaniztli » donde los dueños de los esclavos, sin precisar hombres, mujeres o niños, se preparaban «estas fiestas solo las hacían los mercaderes que compraban los esclavos» estos visitaban a sus familias y las casas de sus dueños «y algunos que tenían buen corazón, y 0tros no podían comer, con la memoria de la muerte que luego habían de padecer«- Dice Sahagún, que los primero cuatro sacrificados era en el juego de pelota «dos a honra del dios Amapan y otros dos a honra del dios Oappatzan, cuyas estatuas estaban junto al Tlachco (juego de pelota), en habiéndolos muerto arrstrábanlos por tlachco- ensangrentábase todo el suelo con la sangre que de ellos salían yéndolos arrastrando-« Asimismo asesinaban a cautivos sin precisar cuantos, «les sacaban el corazón» y mientras algunos peleaban en dos bandos «tomaban luego a los cautivos y a los otros esclavos que habían de morir y traíanlos en procesión alrededor del cu solo una vez» posteriormente Fray Bernardino, narra que «llegando arriba mataban primero a los cautivos, para que fuesen delante de los esclavos, y luego mataban a los esclavos…descendían el cuerpo por las gradas rodando, derramando por ellas la sangre; así hacían a todos los esclavos que mataban a honra de Huitzináhuatl, solos ellos morían, ningún cautivo moría con ellos, matábanlos en su cu de Huitznáhuatl.» esto el primero y tercer día; el cuarto día, los muertos habían sido repartidos para comer y decapitados para ser espetados. Anexados al Hueytompantli. Así se hacía la colección.

Fray Toribio de Benavente dice: » Las cabezas de los que sacrificaban, especialmente tomados en guerra, desollábanlas y si eran señores o principales personas los así presos, desollábanlas con sus cabellos y secábanlas para guardar. De estas había muchas al principio; y sino fuera porque tenían algunas barbas, nadie juzgara sino que eran rostros de niños de cinco o seis años, y causábanlo estar, como estaba, secas y curadas. Las calaveras las ponían en unos palos que tenían levantados a un lado de los templos del demonio; de esta manera: levantaban quince o veinte palos más y menos de largo de cuatro a cinco brazas fuera de tierra y en tierra entraba más de una braza, que eran una vigas rollizas apartadas una de otras cuando como seis pies y todas puestas en hilera, y todas aquellas vigas llenas de agujeros; y tomaban las cabezas horadadas por las sienes y hacían unos sartales de ellas en otros palos delgados pequeños y ponían los palos en los agujeros que estaban hechos en las vigas que dije, y así tenían quinientas en quinientas y de seiscientas en seiscientas y algunas partes de mil en mil calaveras; y en cayéndose una, ponían otras, porque valían muy barato; y en tener aquellos tendales muy llenos de aquellas cabezas mostraban ser grandes hombres de guerra y devotos sacrificadores de sus ídolos»

Actualmente se han descubierto dos columnas circulares de más de cuatro metros de altura que flanqueaban estos postes, compuestas por hileras de calaveras unidas con argamasa. Hasta hoy, se han identificado 655 cráneos humanos: 60% masculinos, 38% femeninos y 2% de infantes.

Pero aquellas que eran solo en columnas de palos, seguramente se perdieron los miles de restos humanos.

Fuentes consultadas:

1.-Historia General de las Cosas de la Nueva España, de Fray Bernardino de Sahagú, Libro II, Apéndice II, Editorial Porrúa.

2.-Historia de los Indios de la Nueva España de Fray Toribio de Benavente, Motolinía, Tratado I, Capítulo 9, pág. 42 y 42, Editorial Porrúa

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De las lluvias y sus señales.

«Las Notas del Cronista» 📜 ✒️ Manuel Flores Jiménez *Cronista de Jocotepec


Nuestros antepasados se guiaban en base a una permanente y detallada observación de los hechos y fenómenos que sucedían en la cotidianidad. Para el importante proceso de los períodos agrícolas echaban mano de sus fieles observaciones para prever la entrada de la temporada de las lluvias y, con ello, poder asegurar una buena cosecha.

El cielo esta encapotado…


Destacan las señales que para ellos tenían un gran significado y que se relacionaban con la aproximación de las lluvias. Los más viejos llamaban “la revolución de marzo”, al estado del tiempo en que se nublaba, lloviznaba o llovía en forma, éstas eran las señales de las primeras lluvias. A partir de ese día en que aparecían esas manifestaciones se contaban días, es decir, tres meses para calcular la entrada formal del temporal lluvioso.


Por ejemplo, si llovía el 23 de marzo, las primeras lluvias ocurrirían el 23 de junio aproximadamente. Era consenso de los adultos de aquellas épocas que la entrada de las lluvias tenía como fecha principal el 13 de junio, día de San Antonio. Otra señal que se tomaba en cuenta era cuando se venían tres tolvaneras seguidas del otro lado del cerro, por el rumbo de San Marcos Evangelista. Esa era señal de que ya iba a llover.


Cuando las chancharras comenzaban a salir afanosamente de sus cavidades y metían hojarasca tierna, esa era otra premonición. Además, decían que cuando los toros empezaban a bramar con insistencia, se decía que ellos ya estaban presintiendo la aproximación del agua de las lluvias.


Por otra parte, cuando se escuchaban los truenos en el mes de mayo esa era buena señal. Había un refrán que decía: “Te estaba esperando como agua de mayo”, eso se decía cuando se ansiaba la presencia de alguien. Hasta una canción llevaba por título “Los aguaceros de mayo”.


Otra sospecha de la proximidad de las lluvias era la aparición de lo que se nombraba “la calma”, esa especie de nubosidad producida en parte por la evaporación del agua y por el humo de los incendios de los cerros o cuando comenzaban a preparar las tierras para las siembras. A esto último le llamaban “ajoyar”.
Si el amanecer era brumoso y el sol salía y se ocultaba muy rojo era también considerado como una señal. Si los cerros a lo lejos se veían como nublados, a eso se le llamaba “la calma”. Cuando caían las primeras lluvias salían (y siguen saliendo) unas hormigas rojas grandes con alas y otros insectos que les dicen chicatanas; además, hay otros insectos de alas frágiles y que dicen que roen las ropas y los atrae la luz interior nocturna de las casas. Es entonces, cuando comienzan a crecer con mayor furor las hierbas de la tierra más reseca.


Mientras más sofocadas fueran las noches y el día tuviera un calor intenso y seco, se afirmaba que muy pronto llovería. Lo anterior, combinado con el incesante y monótono chirrido de las chicharras, que desaparecen con las primeras lluvias y no vuelven a escucharse hasta el año venidero.
Entonces, comienzan a nacer las semillas ocultas entre las hojas del suelo y las lluvias traen aromas de la tierra que escapan de sus apretados y oscuros terrones, aromas lejanos que gratifican los sentidos porque el agua se mezcla con la tierra haciéndola florecer. Y luego, ya bien entrado el temporal, aparecían las luciérnagas (aquí les decimos alumbradores y todos los herbicidas aplicados a las tierras por las trasnacionales de las berries acabaron con ellas y con otras especies animales y vegetales), con sus lucecitas en medio de los campos húmedos y entre el croar intermitente de ranas y sapos.
Actualmente, cada 15 de mayo se celebra en Zapotitán de Hidalgo, el día de San Isidro Labrador, patrono de los campesinos y agricultores. Se celebra una misa donde se realiza la bendición de las semillas, luego, al salir, se queman cuetes y ristras y la banda de música acompaña en peregrinación al contingente de vecinos (antes le decían el convite) que llevan sus tractores adornados con flores y milpas. En este recorrido se lleva la imagen de San Isidro en un cuadro.


Son tantas las señales que la memoria colectiva conserva, que las presentes se comparten como algunas pocas de tantas que nuestros ancianos afirmaban que tenían validez. Como la llegada de las golondrinas, cuando los caballos se ponían a correr y andaban alborotados por veredas y corrales, cuando los conejos salían a buscar refugio, el estruendoso canto de las ranas y las chicharras, cuando soplaba más viento y se concentraban más nubes en el cielo, cuando los pájaros emigran y cambiaban de nido, la aparición de los insectos negros y rojos llamados asquiles.


El alma popular guarda muchas otras premoniciones que aquí no se dicen, los que las sepan hagan favor de compartirlas.