Crónica de un martirio anhelado, presentido… y planeado (I)

El sacrificio del jesuita Miguel Agustín Pro Juárez (Primera parte)

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Edición –hecha por la autora– de la fotografía que muestra el instante preciso en que el P. Miguel Pro, con los brazos en cruz, recibe la descarga de fusilería, el 23 de noviembre de 1927.

Más allá de la obvia referencia al título de la famosa novela de Gabriel García Márquez, consideramos que el epígrafe de la presente entrada no podría haber sido más acertado. Es verdad que, durante los tiempos más crudos de la persecución religiosa, en el trienio sangriento de 1926 a 1929, la idea del martirio no era ajena para los católicos mexicanos. Aquella frase con la que es conocido el adolescente mártir de Sahuayo, San José Sánchez del Río, no fue sino la expresión con la que incontables personas externaron la plena convicción, muy en sintonía con la teología martirial, de que si eran asesinados por odio a la fe obtendrían el más preciado galardón que Dios puede otorgar a un alma cristiana: la salvación eterna, y mejor aún, ipso facto, sin pasar por el Purgatorio.

Entre los mártires mexicanos, en particular entre los que ya han sido elevados a los altares, existen varios casos documentados de que algunos de ellos presintieron con claridad que el ofrecimiento de su vida se avecinaba, o incluso estaba a la puerta. Tampoco es secreto que incontables personas, no sólo los caídos beatificados o canonizados, desearon ardientemente derramar su sangre por la causa de Cristo y de su Iglesia, o tan sólo con tal de demostrar su amor y fidelidad a Él en aquellos tiempos aciagos. Empero, existió un mártir que, digámoslo en honor a la verdad, rebasó cuanto es posible afirmar al respecto de ambas cuestiones, y aún más: llegó al punto de planear qué haría si el régimen lo apresaba para matarlo y –por increíble que se escuche–, lo cumplió al pie de la letra.

Se trata del Beato Miguel Agustín Pro, miembro de la Compañía de Jesús, sobre quien hablamos un poco en septiembre, precisamente con motivo de que, junto con la madre Concepción Acevedo de la Llata, se ofreció formalmente como víctima por la conversión del presidente Plutarco Elías Calles. A lo largo de esta entrega veremos cómo, además de suspirar largo tiempo por el ideal del martirio, lo intuyó con claridad y especificó cómo procedería en aquel instante supremo.

Detalle de una pintura del artista español Raúl Berzosa Fernández, que representa al P. Pro en el momento de esperar los disparos.

En primera instancia, en lo tocante al deseo de morir por Cristo, éste se manifestó en dos vertientes: el primero, en las peticiones que el sacerdote zacatecano hizo a algunos fieles y amigos muy cercanos de que imploraran a Dios que le concediese “su gracia”, como él denominaba al martirio; el segundo, en todas las ocasiones en que en sus cartas, en medio de las asechanzas del régimen y de las barbaries que se suscitaban a lo ancho y largo del país, expuso ideas como las que siguen:

«Las represalias, sobre todo en México [la capital], serán terribles; los primeros serán los que han metido las manos en la cuestión religiosa, y yo he metido hasta el codo. ¡Ojalá me tocara la suerte de ser de los primeros, o… de los últimos, pero ser del número!» (Epístola del 12 de octubre de 1926)

«De todos lados se reciben noticias de atropellos y represalias; las víctimas son muchas; los mártires aumentan cada día… ¡Oh, si me tocara la lotería!» (Principios de noviembre de 1926).

«Es demasiada gracia para un tipo como yo, el merecer honra tan grande como el ser asesinado por Cristo. Aunque fuera de los del montón y de chiripazo… ya me contentaría. Pero no se hizo la miel para la boca de Miguel» (Misiva de algún momento de 1927).

En su lenguaje coloquial, “la lotería” era ganar la gracia del martirio. Y a menudo, como vimos en dos de los ejemplos anteriores, traía a colación el dicho popular alusivo al producto del trabajo de las abejas y el hocico de los asnos. Como es natural, según el padre Pro, él era el burrito y la miel, morir por la religión y por Dios.

Pero no hay que creer que tales ansias –que a más de alguno llegaron a parecer excesivas– habían nacido al calor de los hechos posteriores a agosto de 1926, cuando se recurrió al culto privado y clandestino que el gobierno castigaba con tanto ahínco y crueldad. Ya desde sus tiempos de novicio en El Llano (Michoacán), de 1911 a 1914, lo había dicho, cuando unos compañeros comentaban que ya había pasado el tiempo de los mártires –nunca creyeron seguramente, que estaba a la puerta–:

Detalle de otro retrato del Beato Miguel Pro pintado por Raúl Berzosa. Arriba, sostenida por los ángeles, se lee la proclama «¡Viva Cristo Rey!» Ilustración mejorada por la autora.

“¡Ojalá volviera y me tocara la lotería, aunque fuera de chiripa! ¡Me gustaría ser el mártir de los obreros!”

Como se verá, no era un mero capricho efímero o una ambición improvisada.

Ahora bien, aunque su corazón ardía en aquellos anhelos, no dejó de ser prudente y tomar algunas precauciones para ejercer su ministerio. Nuestro joven sacerdote, a pesar de las prohibiciones, continuó su labor evangelizadora, moviéndose encubierta pero muy ingeniosamente para asistir a los fieles. Para ello, utilizó sus dotes extraordinarias como maestro del disfraz. Sí, no fue el único presbítero que, por aquellos ayeres, alteraba su indumentaria para seguir ejerciendo su ministerio, pero sí el más célebre entre los que procedieron así. Caracterizado de mecánico, limpiabotas, estudiante rico con su perro, joven galante con traje y canotier, indígena vestido con calzón de manta y huaraches de cuero… en fin, de todo lo que se pudiera, siguió oficiando Misa en casas particulares, confesando, dando la extremaunción y repartiendo Comuniones en las que él llamó “Estaciones Eucarísticas”. Y como si tanto trabajo no bastase, se daba tiempo para impartir conferencias a choferes y pláticas a señoritas, por mencionar dos ejemplos.

Fotografía del Beato Miguel Agustín Pro Juárez, editada y mejorada por la autora.

Sin embargo, pese a su agudeza y audacia, la policía no descansaba en su empeño por capturarlo. El mismo padre Pro sabía que su cabeza estaba puesta a precio y que se ofrecía una gratificación a quien lo denunciara. Por ende, humana y cristianamente hablando, no se hacía ilusiones. Una vez, luego de un lance arriesgado, una de las religiosas de la congregación a la que auxiliaba, le dijo:

—¡Padre, esto acabará en el martirio!

Y el aludido, con picardía, repuso:

—¡Hum! No se ha hecho la miel para la boca de Miguel.

Pero casi en seguida, adquiriendo un tono serio, añadió:

—¡Plegue al cielo que yo sea mártir! ¡Pidan mucho a Dios por mí!

Al partir a alguna aventura peligrosa, decía: “¡A ver si por fin alguna vez me es concedida la gracia del martirio!

Otro testigo, en una declaración que recoge el P. Antonio Dragón –quizá el biógrafo más conocido y relevante del Beato–, refiere:

Fotografía del Beato Miguel Pro cuando todavía estudiaba en Bélgica, debido a su destierro forzado (a causa de la persecución religiosa desatada por la revolución carrancista). Imagen mejorada por la autora.

“Desear el martirio era en él como una obsesión. Con frecuencia le oí pedir oraciones para obtener de Dios esa gracia. «Pedid a Dios que me fusilen, decía en su humildad: porque solamente así podré ir al cielo. Pedid a Dios que me envíen a Chihuahua, donde la persecución es más violenta». Yo le respondí que no pedía a Dios tonterías. Si Dios lo quería mártir, bien podía hacerlo morir entre nosotros” (1934, p. 200).

Hasta aquí ya quedó bien establecida la magnitud de las aspiraciones del padre Miguel Pro. Pero ¿qué decir sobre sus “planes” para cuando sobreviniese el codiciado momento?

La respuesta a ello reside en una conversación, sostenida casi en vísperas del sacrificio, con Jorge Núñez Prida. Éste, directamente, le había preguntado:

—¿Qué haría usted si el gobierno lo apresara para matarlo?

Y el clérigo, con sencillez y como quien lo tiene pensado y fraguado con mucha anterioridad, respondió:

Pediría permiso para arrodillarme, tiempo para hacer un acto de contrición, y morir con los brazos en cruz gritando: “¡Viva Cristo Rey!”

Por último, en lo que toca a la corazonada o intuición de que muy pronto sería ultimado, el padre Pro también manifestó ese pensamiento apenas unas jornadas antes de que aconteciera. Veamos cómo pasó todo.

El 6 de diciembre de 1926, Guadalupe García le remitió una medalla religiosa al sacerdote. Precisamente un par de días antes, el 4, el héroe había sido arrestado y encarcelado por primera ocasión, en Santiago Tlatelolco. Hasta allí todo bien.

Cuadro del P. Pro, pintado por el también jesuita Gonzalo Carrasco. Es una de las imágenes más conocidas y difundidas sobre su iconografía.

No obstante, el 16 de noviembre de 1927, justamente la fecha en que se escondió con sus hermanos en la casa de la señora Valdés, su última anfitriona, el padre se presentó en casa de Guadalupe y, sin proferir vocablo alguno, le devolvió la medalla.

«Yo no quería recibirla, nos narra la persona en cuestión; pero él me dijo textualmente estas palabras: “¡Guárdala! ¿para qué quieres que quede sobre un cuerpo destrozado?”»

Este incidente, nos señala el P. Rafael Martínez Torres, “parece un indicio significativo de que el P. Pro conocía por luz sobrenatural que moriría mártir, puesto que precisamente en esos días se le había dado orden de salir del país. La fecha estaba fijada para el día 19, el siguiente a cuando fue aprehendido” (1976, p. 372).

Al día posterior de aquella escena, el futuro mártir celebró el Santo Sacrificio de la Misa por vez postrimera. Y en la madrugada del 18, fue aprehendido por un nutrido grupo de soldados y agentes de la policía secreta.

Sus deseos de sacrificar su existencia terrena por Cristo, harto tiempo acariciados y esperados, estaban por tornarse realidad viva.

¿Cumpliría sus planes de hincarse, orar a Dios y sucumbir con los brazos en cruz mientras pronunciaba el vítor que tantos, en los campos de batalla, ante los rifles o con el dogal al cuello, exhalaban?

Detalle de una fotografía del P. Pro, con apenas unos meses de ordenado, tomada en Enghien, Bélgica, en el mes de diciembre de 1925. Instantánea tomada por uno de sus condiscípulos jesuitas. Imagen editada y mejorada por la autora.

Aunque la contestación a la interrogante ya se conoce, sea por instantáneas, sea por la película de Miguel Rico Tavera (2007) o por alguna otra representación, la abordaremos largo y tendido en la siguiente entrada, cierre y culmen de esta.

© 2024. Todos los derechos reservados.

Bibliografía:

Dragón, A. (1934). Por Cristo Rey. El Padre Pro. México: Buena Prensa.

Ramírez Torres, R. (1976). Miguel Agustín Pro. Memorias biográficas. México: Tradición.

“Que es de María la Nación…” (II)

La Coronación Pontificia de la Santísima Virgen de Guadalupe (Segunda parte)

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Portada alusiva al título y al tema de la entrada. Al fondo, la Colegiata de Guadalupe, antigua Basílica; y en el centro, flanqueada por la bandera mexicana y por la corona que se impuso a la venerada imagen que Dios pintó en el ayate de Juan Diego, Nuestra Señora de Guadalupe. Edición de imagen por la autora.

Una vez que el arreglo y remodelación de la Colegiata de Nuestra Señora tocó a su desenlace, y que Antonio Plancarte y Labastida anunció la tan ansiada fecha de la Coronación Pontificia, tanto D. Próspero María Alarcón y Sánchez, a la sazón Arzobispo de México, como los otros prelados de la República, participaron a sus diocesanos la fausta y acariciada noticia, a la par que, como lo ameritaba la ocasión, giraron los respectivos programas para las fiestas que habrían de prepararse. Como parte esencial se difundió la siguiente oración:

“¡Salve, Augusta Reina de los Mexicanos! Madre Santísima de Guadalupe ¡Salve! Ruega por tu Nación para conseguir lo que Tú, Madre nuestra, creas más conveniente pedir. ¡Ave María!”

El 31 de mayo de 1895, día en que a la sazón –antes de las reformas litúrgicas de la década de 1960– se celebraba la fiesta de Santa María, Reina, Monseñor Alarcón publicó un pastoral convocatoria en la que decía que uno de los designios para la Coronación era “contribuír [sic] a que se estreche con nuevos vínculos de religiosa atención la verdadera fraternidad que debe existir entre los diferentes pueblos de este Nuevo Mundo con la nación mexicana” (citado en Cuevas, 2003, p. 415). No en vano poco después, tal como se dijo en el periódico poblano El Amigo de la Verdad, en la página 3 de su edición del 19 de octubre del mismo año –esto es, una semana después del evento–, comenzó a cundir el rumor de que se quería declarar a la Virgen de Guadalupe como Patrona de las Américas y de que los prelados mexicanos pensaban, seriamente, en solicitar al Papa la declaración correspondiente.

Monseñor D. Próspero María Alarcón, Arzobispo de México cuando se efectuó la Coronación Pontificia de la Virgen de Guadalupe. Imagen: Lugares INAH.

Más allá de habladurías –que jamás faltan–, fundadas o no, los preparativos para la Coronación se llevaron a cabo. Para disponer los ánimos de los fieles a la celebración de la grandiosa solemnidad, los eclesiásticos mexicanos dirigieron a los fieles de sus Diócesis respectivas una Carta Pastoral, en que les encarecían el imponderable beneficio que, en todos los sentidos, recibiría la nación con la Coronación de la Patrona y Madre de los mexicanos; y les proponían devotos ejercicios, rezos, obras de piedad y demás providencias para preparar no sólo el ánimo, sino el alma y el espíritu, para el suceso largamente ansiado.

En Morelia, el 15 de agosto, Monseñor Ignacio Arciga decretó que habría un solemne novenario de Misas en las diversas parroquias y en la Catedral. El 14 de septiembre, El Amigo de la Verdad anunció que en Puebla, por mencionar un caso, se celebraría en dicha Diócesis una Misa solemne en la Catedral y en todos los templos de la jurisdicción, a la par que a las 10 de la mañana, hora de México, se verificaría un repicar general de las campanas para anunciar que la Coronación había sido efectuada (tomo VII, número 49). Tales fueron las indicaciones de D. Francisco Melitón Vargas.

Fragmento del programa de festividades religiosas que se llevarían a cabo en Puebla con motivo de la Coronación Pontificia de la Virgen de Guadalupe, emitido por Monseñor Francisco Vargas, y publicado el 14 de septiembre de 1895 en El Amigo de la Verdad. Edición y resaltados por la autora.

Algo similar decretó Monseñor Atenógenes Silva, cabeza de la Diócesis colimense, y dio a conocer que el Santo Padre había concedido la posibilidad de ganar una indulgencia plenaria a todos los fieles que, cumpliendo las condiciones habituales, rezaran ante una imagen de la Guadalupana y tomaran en cuenta las intenciones del Papa (Álbum de la coronación de la Sma. Virgen de Guadalupe, 1895, p. 16).

Este es sólo tres de los incontables ejemplos de cómo cada región eclesiástica de la República se dispuso para los festejos en honor de Aquella que, oficialmente, sería coronada como Soberana de la Nación. Fue un clarísimo mentís a las declaraciones vertidas en la primera plana del capitalino El Diario del Hogar, en su edición del 6 de octubre de 1895: en ellas se garantizaba que “el espíritu religioso puede subsistir y seguramente subsiste en muchas conciencias sinceras, pero el espíritu fanático va desapareciendo rápidamente. Lo prueba de un modo claro es casi fracaso de la coronación” (p. 1, año XV, número 18). A los católicos no les importaban, ni remotamente, las críticas acerbas de los liberales, masones y jacobinos.

Para ellos sólo eran realidad las siguientes palabras, con las que principiaba la introducción del Álbum de la coronación que se imprimió poco más tarde:

“Pronto, con el favor de Dios, será coronada la Virgen Santísima de Guadalupe, por / la fé y la piedad de un pueblo, que apenas nació ayer y ya se ha abrevado con las / amargas aguas de todos los dolores y todos los desengaños; que en ménos de un si- / glo ha sido atribulado con todas las aflicciones, con que otros pueblos no han sido / probados sino en el transcurso de muchos siglos. Llena está de lágrimas, pero tam- / bien de enseñanzas, la escuela del dolor: no hay oración más intensa ni más férvida, / que la que se levanta desde el profundo y pavoroso abismo de la desolación.

Al elevarlo hoy México, implorando el socorro de la Virgen Poderosa, levanta / su rostro bañado con las lágrimas del dolor de su pasado y de los terrores de su / porvenir. La Coronación de la Santísima Virgen de Tepeyac, será el acto más solemne de su / piedad y el más grandioso suceso en sus anales religiosos. La plegaria que la nación mexicana / elevará á la Virgen Santísima al coronarla, será el suspiro inmenso de su ternura, que después / de repercutir en los cristales de sus lagos y en las crestas de sus montañas se irá difundiendo so- / bre las olas de ambos mares; el himno interminable de su amor, que resonando de corazón en / corazón sobre las generaciones futuras, llegará hasta los lindes de la eternidad” (1895, p. 9).

El 28 de septiembre de 1895, el Abad Plancarte y Labastida, designado como tal desde el mes de junio anterior, tomó posesión de su flamante cargo ante la venerada imagen. Esto fue a petición de los demás miembros del Episcopado Mexicano; a juicio de Gutiérrez Casillas, así le recompensaron “sus personales merecimientos y el haber llevado a término las obras del santuario” (1984, p. 363).

Antonio Plancarte y Labastida (1840-1898), que fue nombrado Abad de la Colegiata de Guadalupe con motivo de la Coronación Pontificia.

Un par de jornadas después, al alba del 30 de septiembre, el portentoso ayate de Juan Diego fue conducido y puesto en el trono dispuesto para la que, al cabo del magnífico docenario, sería coronada oficial y canónicamente como Reina de México, para demostrar, en efecto, “que es de María la Nación”. Un acontecimiento imprevisto vino a revivir las álgidas discusiones entre los antiaparicionistas y quienes sí creían, con todo fervor, en los milagrosos hechos de diciembre de 1531: con gran pasmo, se observó […] que la corona de diez rayos o puntas de oro, que desde el principio cubría su cabeza, había desaparecido, pero sin ninguna huella de raspadura u otra violenta acción humana” (Gutiérrez Casillas, 1984, p. 363). Era como si Dios mismo, Quien pintó aquel incomparable y celestial cuadro, hubiese esperado a la Coronación Pontificia para remover la corona primigenia que, como Soberana que es, Él le había colocado a la Bienaventurada siempre Virgen María.

Al enterarse de aquel suceso, nos sigue contando José Gutiérrez Casillas, “no faltó quien contra el testimonio de todos los escritores guadalupanos y dictamen de 1751 [aún en vida de Boturini, el autor original del proyecto de coronar a Nuestra Señora de Guadalupe (1)] del pintor Cabrera, y en oposición a todas las copias y estampas conocidas, dijera que jamás se había probado la existencia de corona en el cuadro” (p. 363). Otros fueron más lejos y sostuvieron, hasta el cansancio y sin disponer de pruebas, que alguna mano atrevida había borrado la corona.

Lo que indiscutible, subraya Gutiérrez, es que la imagen de la Morenita sí la tuvo, y también que entonces, cuando la Coronación Pontificia estaba a la puerta, ya no la tenía. Pero, según lo explica el autor, no se esclareció la forma –humanamente hablando, por supuesto– en que desapareció, ni el momento preciso en que eso ocurrió.

Al margen de las exaltadas disputas, el santuario fue bendecido el 1 de octubre de 1895 por Monseñor Alarcón, quien consagró el altar mayor con los ritos de rigor –el lector puede averiguar un poco al respecto en la entrada “León a los pies de Nuestra Señora”–. Con ello se inauguraron las festividades.

Altar mayor y trono de la Santísima Virgen de Guadalupe, dispuestos para la Coronación Pontificia, el día en que el primero fue consagrado, 1 de octubre de 1895. Imagen tomada del Álbum de la coronación de la Sma. Virgen de Guadalupe y mejorada y editada por la autora.

Sólo cuatro prelados no asistieron a la Coronación. El Amigo de la Verdad, en su edición del 19 de octubre, especificó sus nombres: Pedro Loza y Pardavé, José María Cázares y Martínez (Obispo de Zamora), Herculano López de la Mora (de Sonora). Pero también, hay que reconocerlo, proveyó el listado de todos los Príncipes de la Iglesia que sí fueron y que, para no cansar al lector, no transcribimos; mejor incluimos el fragmento del facsímil.

Listado de los Obispos –y su respectiva jurisdicción eclesiástica– que concurrieron a la Coronación Pontificia de la Virgen de Guadalupe, publicado por El Amigo de la Verdad una semana después del evento. En la columna de al lado se menciona, por su parte, la idea de declarar a la Guadalupana como Patrona de las Américas, que ya desde entonces comenzó a circular. Edición y recuadros por la autora.

El 12 de octubre de 1895, incluso antes de la aurora, las calles de la Ciudad de México se fueron llenando de asistentes de forma paulatina, los cuales, emocionados, se encaminaron hacia la Colegiata. No faltaron feligreses que habían arribado desde la víspera.

A las cuatro de la madrugada ya había una nutrida multitud junto a la reja, y media hora después el P. Alberto Cuscó Mir celebró la Misa. Cuando acabó el Santo Sacrificio, ya la luz del alba comenzaba a pintar, con sus bellos matices, los muros del recinto sagrado y todo en derredor. Para aquel instante, la Villa se encontraba pletórica de gente. A las siete de la mañana, una hora antes de la que se había previsto para iniciar la egregia ceremonia, ya no se podía dar un paso cerca del templo.

Aprobación y bendición autógrafas de D. Próspero María Alarcón para la publicación del Álbum de la coronación de la Sma. Virgen de Guadalupe. Mejora de imagen por la autora.

A aquella muchedumbre, finalmente, se sumaba “la que habían transportado ciento diez coches desde el Distrito Federal, de los que sesenta y seis eran de primera clase y cuarenta y tres de segunda, doscientos cincuenta y seis carruajes particulares; ciento y tantos de alquiler: varios guayines; numerosos carros y carretas y las innumerables personas, que ya por devoción, ya por falta de vehículo, emprendían la marcha a pie” (Álbum de la coronación de la Sma. Virgen de Guadalupe, 1895, p. 83).

Colegiata de Guadalupe, antigua Basílica, donde se realizó la Coronación Pontificia de la Morenita del Tepeyac. Así lucía en 1895, precisamente ese año. Imagen tomada del Álbum de la coronación de la Sma. Virgen de Guadalupe y mejorada y editada por la autora.

El mismo Álbum nos dice que, casi al tiempo que llegaban los vehículos,

“entraron por la puerta que se designó para dar entrada a los sacerdotes, que es la del ábside, doce caballeros, previamente nombrados por el Ilustrísimo Señor Abad para hacer la recepción en las respectivas puertas, en cada una de las cuales estaba un comisionado, un Sacerdote y un gendarme para conservar el orden en el templo […]. Estos Señores vestían de rigurosa etiqueta, y en el ojal del frac llevaban un distintivo que consistía en una medalla, que tenía en el anverso la Imagen de Guadalupe, y en el reverso San Felipe de Jesús; suspendida de una roseta de color morado y café” (p. 83).

A las siete y media, aproximadamente, los Obispos y Arzobispos se apersonaron en la Colegiata y empezaron a entrar por la puerta de honor, es decir, la del Colegio de Infantes. Los carruajes en los que iban se aproximaron con suma dificultad, ya que, aunque estaba destinada exclusivamente para ellos, el Cuerpo diplomático, madrinas, bienhechores, notarios y parte del servicio especial del Coro, la multitud de fieles de toda edad y condición social que pretendía introducirse en el templo era incalculable. Todos se esforzaban por ingresar por donde se pudiera, sin importar cómo.

Por último, por la puerta antedicha, entró una representación de indígenas de Cuautitlán, de donde era originario Juan Diego –para entonces no elevado a los altares–, compuesta por veintiocho integrantes: cada uno representaba a una de las Diócesis mexicanas. Dicha iniciativa, con aprobación del Abad Plancarte, había sido de D. Ramón Ibarra y González, Obispo de Chilapa.

Monseñor Ramón Ibarra y González, Obispo de Chilapa, autor de la idea de que veintiocho indígenas oriundos de Cuautitlán, lugar de nacimiento del vidente y mensajero de Nuestra Señora de Guadalupe, representaran a las Diócesis mexicanas en la ceremonia de la Coronación Pontificia. Retrato editado y mejorado por la autora.

La expectación se agigantaba, como también la emoción –y aun la ansiedad– de los presentes. El incontenible fervor y el piadoso entusiasmo de los católicos mexicanos que se habían dado cita para ser parte del acontecimiento llenaban la atmósfera y, simultáneamente, latían al unísono en los corazones de todos y de cada uno.

Faltaba media hora para que la ceremonia de la Coronación Pontificia de Santa María de Guadalupe tuviera lugar.

De ello, como broche de oro para esta serie, hablaremos en la tercera y última entrega.

© 2024. Todos los derechos reservados.

Bibliografía:

Adame Goddard, Jorge (2008). Significado de la coronación de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe en 1895. Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM. Recuperado de https://repositorio.unam.mx/contenidos/5006158

Cuevas, M. (2003) Historia de la Iglesia en México. Tomo V. México: Porrúa.

Gutiérrez Casillas, J. (1984). Historia de la Iglesia Católica en México. México: Porrúa.

Sánchez y de Mendizábal, M. A. (17 de diciembre de 2023). La corona de Santa María de Guadalupe. Centro de Estudios Guadalupanos. UPAEP. https://historicoupress.upaep.mx/index.php/opinion/editoriales/desarrollo-humano-y-social/6957-la-corona-de-santa-maria-de-guadalupe

Traslosheros, J. E. (2002). Señora de la historia, Madre mestiza, Reina de México. La coronación de la Virgen de Guadalupe y su actualización como mito fundacional de la patria, 1895. Signos históricos. 4(7). https://signoshistoricos.izt.uam.mx/index.php/historicos/article/view/89

Álbum de la coronación de la Sma. Virgen de Guadalupe. Reseña del suceso más notable acaecido en el Nuevo Mundo. Noticia histórica de la milagrosa aparición y del Santuario de Guadalupe. Desde la primera ermita hasta la dedicación de la suntuosa basílica. Culto tributado a la Santísima Virgen desde el siglo XVI hasta nuestros días (1895). Imprenta “El Tiempo” de Victoriano Agüeros. Digitalizado por la Universidad Autónoma de Nuevo León.

Periódico El Amigo de la Verdad, de la ciudad de Puebla de los Ángeles. Ediciones del 14 de septiembre y del 19 de octubre de 1895.

Periódico El Diario del Hogar, de la Ciudad de México. Edición del 6 de octubre de 1895.

Historia Adversa: Hablar mal de Benito Juárez, era traición a la patria.

Francisco Gabriel Montes Ayala

En el siglo XIX durante el porfiriato, era imposible hablar mal del presidente Benito Juárez. Se comentaba que los escritores que se atrevían a escribir algo adverso a su figura, desafiando la historia oficial, se exponían decía Zubieta y Quevedo: “a los ataques materiales del esbirro y los morales o inmorales del insultador” y se enfrentaban a un aluvión de amenazas, persecuciones y ser señalados como traidores a la patria.

Me llamó mucho la atención para escribir esta colaboración, cuando encontré en un periódico del siglo XIX, que se llamaba La Voz de México del día 22 de julio de 1898, un artículo titulado: “La Prensa Católica y la Manifestación a Juárez”, donde se habla de las actividades que se desarrollaban en aquel año, por la figura patríotica del presidente. En aquella colaboración periodística, el autor, expresa lo siguiente: “Nuestro silencio respecto a Juárez, ha sido impuesto por la fuerza bruta. El liberalismo mexicano ha declarado, con ayuda de la policía, que Juárez está fuera de toda crítica de la Historia. Los famosos proclamadores de la libertad de imprenta y de pensamiento han declarado que juzgar los actos de Juárez es insultar a la nación: y ante este dogma de la inmunidad e intangibilidad histórica de un sujeto, hemos tenido que callar; porque nos parece muy poco donosa una controversia en que a las razones de la crítica se contesta con el palo de gendarme.

Así como el gran poeta español concibió un médico a palos, estos liberales de acá han concebido y realizado el silencio a palos y la gloria a palos.

Callamos, pues, por la obvia razón de que no nos dejan hablar. Se comprende que ese farisaísmo es fértil en sumo grado para la crítica; pero se nos ha puesto una mordaza, se ha declarado delito juzgar la personalidad histórica de Juárez, y no creemos que sea útil para nuestra causa entrar a bartolinas con la historia debajo del brazo. Impotentes los liberales mexicanos para defender en los estrados de la controversia científica la imaginaria grandeza de Juárez, han acudido a los cerrojos de las prisiones para asegurar con ellos el silencio de la historia” (La Voz, 1898).

Mucho se dice que la iglesia católica estaba en contubernio con Díaz, sin embargo el anterior comentario de uno de los periódicos católicos de aquel tiempo, muestra lo contrario o ¿solo sería el tema de Juárez el que provocaba esto? Pero seis años después, en 1904 rescatamos este otro texto en otro periódico.

Francisco Bulnes

Francisco Bulnes, un escritor liberal que para el centenario de Juárez, publica el libro del “El Verdadero Juárez”, es terriblemente perseguido, a tanto que en una carta publicada en el Tiempo dice a la letra: “Yo no me siento vencido, ni me sentiría aún cuando cada molécula del territorio mexicano hiciera una protesta contra mi libro; para mí la lucha comienza y estoy dispuesto a sostenerla; pero como está perfectamente organizada por la intolerancia jacobina el sistema de persecución y de terror para todo aquel que discrepa en lo más mínimo de que Juárez tiene que el Boudha de México y ser culto obligatorio para todos los mexicanos bajo la pena de ser declarado traidor a la Patria (sic)… y haber sido expulsado de la Cámara de Diputados por el crimen de haber escrito un libro que niego la divinidad de un hombre”(El tiempo, 1904).

Indiscutiblemente en todo tiempo, la historia y su narrativa, son manejados impunemente por el sistema político en turno para desvirtuar y hacer prevalecer las ideologías que cimentan los gobiernos.

Fuentes:

1.-La Voz de México, 22 de julio de 1898, pág. 2

2.-El Tiempo, periódico, 1º de septiembre de 1904 pág. 2

Yo, Juan Sayula Cantor.

El amo Torres


Yo vi la batalla de Zacoalco, yo la viví con pasión y temor en días aciagos y llenos de cambios tempestuosos. Que más podíamos hacer los de aquí y demás pueblos, sino aguantar precariedades e injusticias y envolvernos sin querer en el torbellino de lo inevitable.
Mis ojos vieron muchas cosas llenas de dolor, mis oídos escucharon las consignas de que rodara la sangre, sin saber quiénes serían los caídos y la pena de sufrir pérdidas de los más entrañables. Mi condición de necesidad me hizo entrar a la lucha sólo esperando despojarnos de una sumisión a los europeos.
Sin mal no recuerdo, esa batalla fue un domingo del 4 de noviembre de 1810, en la planicie  entre Zacoalco y Catarina, se enfrentó nuestro bando insurgente contra los realistas que venían de Guadalajara. A nosotros nos decían los pícaros o rebeldes, quién sabe por qué. El caso es que mermados en cantidad y en armas, no encontramos más remedio que coger machetes, piedras, hondas y cuanta vara puntiaguda fuera útil, para pelear contra el numeroso contingente que traía el hacendado de Huejotitán, Tomás Ignacio Villaseñor, opositor en la batalla. Por nuestro lado estaba José Antonio Torres, quien ya era de la gente conocida del señor Miguel Hidalgo, desde el levantamiento de septiembre de 1810.
Ya andaba la refrasca por todos lados. Eso no lo iba a detener nadie, así se pensaba por Cocula, Techaluta, Atoyac y hasta en los pueblos ribereños donde los de nuestra misma condición andaban ya alborotados. Atrás del cerro de Zacoalco, ya andaba levantado en armas Antonio Trinidad Vargas, por el rumbo de San Pedro Tesistán.
Algunos sacerdotes se dividieron en los dos frentes, pese a las prohibiciones del obispo Cabañas de excomulgar a cuanto religioso se metiera en el enredo. Por el lado de Jocotepec, se supo que el cura José Pablo Márquez, andaba  tras los tenientes de curas que agarraron la bandera de la rebelión. En Chapala se dijo que agarraron al Padre Robles, mandándolo preso a Guadalajara.
Ya tiene tiempo el rumor que entre el cura Márquez y el hacendado Villaseñor, hicieron sus alianzas para hacerle frente a todo intento de levantamiento en contra de la corona española. Son tantos los recuerdos que están hechos puño en mi cabeza, que con el tiempo he tratado de desenredarlos para tratar de entender tantas confusiones.
Los solares del plan de Catarina y Zacoalco, lugar donde acamparon,  guardaban aun las humedades de las lluvias del temporal anterior y todo anunciaba que sería trabajosa la lucha. El empeño de nuestras gentes pronto acobardó a los orgullosos realistas y criollos, cuando empezó la batalla al sonar la consigna de ¡Viva Nuestra Señora de Guadalupe y mueran los gachupines!
Estaban tan rabiosos los gachupines contra el Mayorazgo de Huejotitán, por su condición de criollo y el habérselos impuesto como líder de la comitiva realista, que se supo después que el peninsular don Pascual Rubio, intentó matarlo a mansalva, fallando en su intento.
Mis compañeros del combate dicen que la batalla duró más de una hora, yo creo que fue más, pero lo suficiente para derrotar a un grupo de orgullosos realistas que antes de pelear ya daban por hecho nuestro fracaso. Se tomaron prisioneros a muchos de ellos y, luego, se supo que a deshoras de la madrugada fueron ejecutados en las orillas de Zacoalco, pese a las prohibiciones del Amo Torres de no hacerlo.
Murió gente de Zacoalco, San Martín de la Cal, Barranca de Santa Clara, Atemajac de la Tablas, Juanacatlán, Techaluta, Amacueca y pueblos de esta demarcación.  A muchos de los nuestros los ejecutaron con saña y maldad, dizque para atemorizar a los alzados y someter el levantamiento. Degüellos, ahorcamientos, fusilamientos, decapitaciones y demás actos, fueron los ocurridos también entre los miembros aprehendidos de un bando y otro. Luego nos llegó la noticia de que El Amo Torres entró con sus ejércitos a Guadalajara, donde el cura Hidalgo los esperaba a sabiendas del triunfo.
Las memorias escritas mencionan a los españoles muertos en Zacoalco, siendo casi la mayoría vecinos de Sayula y fueron: Agustín Pérez de la Lastra, Fernando Fernández, Toribio de la Torre, Ángel Morales, José Isidoro de la Fuente, Agustín Caballero, Dionisio Sáenz, Antonio Fernández Montes, Manuel de la Torre Marroquín, Francisco Antonio Tellaechea, Francisco Hernández Sáenz, Ramón Viaña y Pablo Carrera.
Tan no se dejó la gente de todos estos pueblos que supimos que un mes y trece días posteriores a la batalla de Zacoalco, los indios de San Luis Soyatlán, le escribieron una carta de conocimiento y queja al mismo Hidalgo y para que se enterara el Amo Torres, de que pusiera orden en el cura Márquez de Jocotepec, debido a su intransigencia de cobrar los aranceles eclesiásticos más de lo normal.
Y se fueron más allá, porque les recordaron que muchos habitantes de los pueblos ribereños participaron en la batalla, exponiendo sus vidas, así como cincuenta valientes asistieron a la comitiva que entró triunfante a Guadalajara, acompañando al Amo Torres y demás insurgentes.
Se supo que ese ocurso lo escribió José de los Santos, escribano de Consejo, y que a nombre del Alcalde y del pueblo se firmó el 17 de diciembre de 1810, dejando bien claro que no se toleraría en lo sucesivo el descomedimiento del hermano del párroco, quien tenía en ocasiones la costumbre de cachetear a los feligreses en plena iglesia.
Triste fue nuestro destino en los días sucesivos a la derrota en Puente de Calderón, porque las represalias no se hicieron esperar al iniciar el sometimiento de los pueblos del sur. En febrero de 1811, el General Cruz y el Coronel Rosendo Porlier, acompañados del terrateniente de Huejotitán, con mano dura se hizo saber que “no debe perdonarse la vida a ningún rebelde sea de la clase, condición y edad que fuere”.
Luego supimos los de Zacoalco que al atacar José Santana al pueblo de Jocotepec, se sorprendió al cura Márquez auxiliando a un moribundo y allí se le dio muerte. El presbítero José María Berrueco, quien antes estuvo en ese pueblo y conocido del celoso cura, ya estando en Tlajomulco, se enteró de la noticia y  mandó traer el cuerpo del victimado para darle cristiana sepultura en la parroquia de San Antonio de Padua.
Mi testimonio está exento de intereses personales y doy fe como testigo de lo que vieron mis ojos y escucharon mis oídos. Por ello, es penoso recordar la bárbara ejecución que tuvo el hombre de armas Torres en Guadalajara, al ser vejado con todo lujo de alevosía y rencor vivo al destrozar su humanidad, advirtiendo sus verdugos que era por pago a sus feroces crímenes.
Fue el 23 de mayo de 1812, cuando fue ahorcado y descuartizado su cuerpo por ser acusado de traidor al rey y a la patria. ¿Cuál patria?
En la sentencia de ejecución así reza textualmente: “…condenándolo en consecuencia a ser arrastrado, ahorcado y descuartizado, con confiscación de todos sus bienes, y que manteniéndose el cadáver en el patíbulo hasta las cinco de la tarde se baje a esta hora, y conducido a la plaza nueva de Venegas, se le corte la cabeza y se fije en el centro de ella sobre un palo alto, descuartizándose allí mismo su cuerpo, y remitiéndose el cuarto del brazo derecho al pueblo de Zacoalco, en donde se fijará sobre un madero elevado, otro en la horca de la garita de Mexicaltzingo de esta ciudad por donde entró a invadirla, otro en la del Carmen, salida al rumbo de Tepic y S. Blas, y otra en la del bajío de S. Pedro, que lo es para el puente de Calderón (…) que pasados cuarenta días se bajen los cuartos, y a inmediación de los lugares respectivos, en que se hayan puesto, se quemen en llamas vivas de fuego, esparciéndose las cenizas por el aire; que con testimonio de esta sentencia se pase oficio al subdelegado de S. Pedro Piedra Gorda para que teniendo el reo casa propia en aquel pueblo, y no habiendo perjuicio de tercero por censo u otro derecho real sobre ella, la haga derribar inmediatamente y sembrar de sal, dando cuenta con la diligencia correspondiente”.
Yo, Juan Sayula Cantor, quien dejé mi ombligo al parirme mi madre en este pueblo de San Francisco de Zacoalco, dejo estas palabras para la posteridad.

MANUEL FLORES JIMÉNEZ/ CRONISTA DE JOCOTEPEC, JALISCO.
A 214 años de la batalla de Zacoalco, entre insurgentes y realistas, con algunas referencias del libro “El gobierno insurgente en Guadalajara, 1810-1811”, de José Ramírez Flores.

“Tú reinarás, oh Rey Bendito…”

Historia de este célebre himno en honor de Jesucristo Rey

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Fotomontaje alusivo al título de la entrada, que muestra a Cristo Rey, coronado de espinas pero triunfante, con vestiduras encarnadas y una capa dorada, circundado por la bandera mexicana y por una rama de olivo. Edición por la autora.

Esta hermosa pieza musical, a pesar de ser sumamente famosa y entonada actualmente por los fieles en Misas y procesiones eucarísticas y en las festividades en honor de Cristo Rey –y cómo olvidarlo, en Sahuayo, en el marco de los festejos en honor a San José Sánchez del Río–, tiene una historia muy poco conocida.

Es verdad, asimismo, que nuestros ascendientes ya cantaban esta canción desde los trágicos aunque gloriosos tiempos de la Cristiada y la persecución religiosa, y que de hecho fue gracias a esta gesta que sus versos y su melodía se popularizaron tanto que, hasta nuestros días, es ya un auténtico clásico musical cristero, aún más que otro bastante popular que inicia con las palabras: “Que viva mi Cristo, que viva mi Rey”. Como dato curioso adicional, incluso se le utilizó como tema principal de la música del filme “Padre Pro (Miguel Rico Tavera, 2007), sobre el Beato Miguel Agustín Pro, compuesta por José Luis Guzmán Wolffer. En una escena, poco antes de su martirio, podemos ver al jesuita y a sus compañeros de prisión entonándola, llenos de emoción; y después, durante los créditos, el espectador puede deleitarse con una versión que incluye las dos primeras estrofas.

¿Pero cuáles fueron los orígenes del “Tú reinarás”? ¿Quién fue su compositor? ¿En qué año surgió este hermoso cántico compuesto por estrofas de cuatro versos de nueve sílabas [1], y un estribillo con dos versos de siete sílabas y dos de nueve?

Promocional de la banda sonora original de la película Padre Pro (2007), de la cual el himno «Tú reinarás» es el tema principal.

La canción original, contrariamente a lo que muchos –en especial nosotros, los mexicanos– pensarían, no fue compuesta en lengua española, sino en francés. El creador fue el sacerdote Francois Xavier Moreau en 1882. El himno primigenio, por su parte, se llama “Nous voulons Dieu” –la expresión en idioma galo para “Queremos a Dios”–, y fue compuesto en honor de Nuestra Señora de Lourdes con ocasión de una peregrinación que el presbítero realizó a la Grotte de Massabielle –mejor conocida como la Gruta de Lourdes–, a orillas del río Gave de Pau, Francia.

He aquí la primera estrofa y el estribillo, cuya traducción adjuntamos:

Nous voulons Dieu, Vierge Marie,

Prête l’oreille à nos accents;

Nous t’implorons, Mère chérie,

Viens au secours de tes enfants.

(Refrain)

Bénis, ô tendre Mère,

Ce cri de notre foi :

Nous voulons Dieu ! C’est notre Père,

Nous voulons Dieu ! C’est notre Roi.

Y la traducción al español:

Queremos a Dios, Virgen María,

presta el oído a nuestros acentos,

te imploramos, Madre querida,

ven en ayuda de tus hijos.

(Coro)

Bendice, ¡oh tierna Madre!,

este grito de nuestra fe.

¡Queremos a Dios! Es nuestro Padre.

¡Queremos a Dios! Es nuestro Rey.

El canto, muy pronto, adquirió notable relevancia litúrgica.

A su vez –prueba de su rotundo éxito musical y religioso–, existió una versión italiana del mismo canto, “Noi vogliam Dio, Vergin María”, cuya traducción es casi idéntica a la francesa:

Noi vogliam Dio, Vergin Maria,

benigna ascolta il nostro dir,

noi t’invochiamo, o Madre pia,

dei figli tuoi compi il desir.

(Ritornello)

Deh benedici, o Madre,

al grido della fe’,

noi vogliam Dio, ch’è nostro Padre,

noi vogliam Dio, ch’è nostro Re.

En ambos casos, de cualquier modo, la única diferencia reside en la letra. La melodía es idéntica a la del himno cantado durante la persecución religiosa en México y la Cristiada, y cuyos acordes y notas son familiares para la inmensa mayoría de los católicos de nuestro país.

¿Quién compuso nuestra versión mexicana, la que cantaban los defensores de la fe en el combate y en los campamentos y que, con toda certeza, también salió de las fervientes gargantas de algunos de nuestros Mártires mexicanos, tanto de los que han sido elevados a los altares y los que no (la mayoría)? Sin importar lo exhaustivo de nuestra investigación, no hemos podido encontrar tan preciado dato, como tampoco el año del cual data la letra que conocemos. Quizá fue para los tiempos en los que Su Santidad Pío XI, mediante su Encíclica Quas Primas, instauró la Solemnidad de Cristo Rey en 1925, pero no tenemos ningún documento que avale, sustente o ratifique nuestra hipótesis.

El Papa Pío XI, autor de la Encíclica Quas Primas, a través de la que instituyó la fiesta de Cristo Rey.

Lo que es innegable es que, independientemente del anonimato del compositor de la letra mexicana del “Tú reinarás”, desde aquellos ayeres, ya a mediados de la década de 1920, aquél se convirtió en una canción indispensable para los católicos mexicanos, y en una infaltable para las ceremonias relacionadas con Cristo Rey y con todos los que, independientemente de su edad, sexo o condición, dieron su vida por Él y por la religión católica en nuestra patria. Es maravilloso y sobrecogedor ver que, pese al paso inexorable de las décadas –y dentro de poco, de una centuria–, y de cómo se han modificado las costumbres, este bellísimo himno sigue conservando esa vigencia apabullante, la misma que tuvo un 24 de noviembre, pero de 1927, cuando una ingente multitud acompañó los restos del sacerdote Miguel Agustín Pro Juárez y de su hermano Humberto al panteón de Dolores, en un funeral apoteósico.

Para terminar, por último, compartimos la letra completa de esta canción que los mexicanos, tomando prestada la melodía [3], hemos hecho tan nuestra:

Fieles y dolientes depositan flores en el ataúd del P. Miguel Pro –hoy beatificado– durante su sepelio. Durante éste, innumerables personas entonaron el himno «Tú reinarás». Fotografía: INAH / Archivo del Arzobispado de México.

¡Tú reinarás!, este es el grito
que ardiente exhalan nuestra fe
!Tú reinarás!, oh Rey Bendito
pues Tú dijiste: “¡Reinaré!”

Coro:

Reine Jesús por siempre,
reine Su corazón,
en nuestra patria, en nuestro suelo,
que es de María la nación.

Tu reinarás, dulce esperanza,
que el alma llena de placer;
habrá por fin paz y bonanza,
felicidad habrá doquier

Tu reinarás en este suelo,
te prometemos nuestro amor.
¡Oh buen Jesús!, danos consuelo
en este valle de dolor.

Tú reinarás, reina ya ahora,
en esta casa y población [2],
ten compasión del que te implora
y acude a Ti en la aflicción.

Tú reinarás, toda la vida
trabajaremos con gran fe
en realizar y ver cumplida
la gran promesa: “¡Reinaré!”

Notas:

[1] El eneasílabo es un verso de arte mayor conformado por nueve sílabas, cuyo uso es poco frecuente en español. Cuando se emplea, aparece sobre todo en los estribillos de canciones de tradición oral.

[2] En otras versiones dice: “en toda casa y población”.

[3] Algo idéntico a lo sucedido con la música de la Marcha Real Española (o Marcha de Granaderos), actual Himno Nacional de la madre patria, para dar lugar a la canción que empieza con las palabras “La Virgen María es nuestra protectora” y que, en cierta parte, dice: “Somos cristianos, y somos mexicanos. / ¡Guerra, guerra contra Lucifer!” Al igual que con “Tú reinarás”, no se conoce al autor de la letra.

© 2024. Todos los derechos reservados.

Versión de la “Alegoría del sueño de Valverde” de D. Antonio Segoviano (1924) pintada por Tobías Villanueva, guanajuatense. La obra original fue inspirada por el sueño de Monseñor Emeterio Valverde y Téllez acerca cómo visualizaba la victoria de Cristo Rey en la Patria Mexicana. Actualmente la pintura original se encuentra en el Museo del Cerro del Cubilete, y la de Villanueva en la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, Fresnillo (Zacatecas).

Fuente:

Tomado de nuestra publicación original del 27 de octubre pasado, con ocasión de la Solemnidad de Cristo Rey –que, en el calendario anterior a las reformas litúrgicas del Concilio Vaticano II, y tal como lo especificó el Papa Pío XI al instituir la fiesta en 1925, se celebra el último domingo de octubre, el inmediatamente anterior a la Solemnidad de Todos los Santos–, en la página Testimonium Martyrum (expresión latina para “Testimonio de los Mártires”). Naturalmente hemos enriquecido el texto para esta entrada.

Sale a la luz pública Crónicas de Sahuayo III y será presentado este mes de noviembre.

Juan Bruno Hernández *Colaborador

Gracias a la iniciativa del C. Presidente Municipal de Sahuayo,  el Dr. Manuel Gálvez Sánchez, sale a la luz pública el tercer volumen de Crónicas de Sahuayo, coordinado por el maestro Francisco Gabriel Montes Ayala, nuestro director de esta revista electrónica, cronista de Villamar, Venustiano Carranza y coordinador del Consejo de la Crónica de Sahuayo, presidente de la Asociación de Cronistas Jalisco-Michoacán.

El tomo tres de la serie, será presentado el 25 de noviembre en Caballeros de Colón en Sahuayo, ante la sociedad sahuayese y los amantes de la historia y la crónica.

Cabe destacarse que van tres volúmenes que le han dado a Sahuayo importantes aportes a su microhistoria, de esa pequeña parte de la historia nacional que no se sabe mucho. El rescate histórico coordinado por el maestro Francisco Gabriel Montes, ha sido excelente, al reunir a un grupo de jóvenes que se están formando en estas lides de la historia y la crónica. Santiago Manzo Gómez, Helena López Alcaraz ( que por cierto es colaboradora de la revista de Crónicas de la Ciénega) así como también José de Jesús Girarte ( JJ), Ana Karen Ramírez Sánchez, Francisco Jesús Montes Vázquez, Miguel Ceja Sandoval, los cronistas José Castellanos Higareda de Pajacuarán, Salvador Meza Carrazco de Jiquilpan y Hugo de Jesús Gómez, que merece una mención especial ya que al formarse el tercer tomo de Crónicas de Sahuayo, siendo estudiante del doctorado en Historia en la UdeG, fue muerto en un asalto frustrado. Hugo era sin duda alguna, uno de los cronistas de Sahuayo más destacados a su corta edad, que sin duda su partida enluta este tercer tomo.

El contenido de esta nueva publicación versa sobre la cristiada en Sahuayo, donde se presentan varios artículos de este periodo histórico, que hoy se reivindica en esta zona.

El volumen III trae desde documentos inéditos, fotografías y narraciones extraordinarias que no se conocían. Se destaca también, la lista de cristeros que participaron en la guerra en esta zona, así como sacerdotes y mujeres que fueron parte fundamental en la lucha por la defensa de la fe.

Esperamos con ansias el día de la publicación, informando a nuestros lectores, que el libro será obsequiado el día de la presentación, para que estén atentos para llevarse un ejemplar a casa.

También es justo reconocerle al presidente Manuel Gálvez, su compromiso de rescate histórico de su tierra natal Sahuayo.

“Que es de María la Nación…” (I)

La Coronación Pontificia de la Santísima Virgen de Guadalupe (Primera parte)

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Fotomontaje que alude al título de esta entrada, conformado por la corona que se otorgó a la Virgen de Guadalupe, un fragmento de la venerada imagen y, al fondo, la antigua Basílica. Edición por la autora.

Para ningún mexicano es secreto que la Santísima Virgen, en su advocación de Guadalupe, es la soberana indiscutible de nuestro país y de nuestro terruño, al cual dejó su sagrada imagen. Desde que se apareció en el cerro del Tepeyac, en el lejano año de 1531, su importancia ha sido tal que la cultura mexicana, unión de españoles e indígenas, no puede comprenderse sin Ella y su portentosa intervención. No en vano los cristeros e incontables católicos entonaban con fervor aquellos versos del estribillo del celebérrimo himno “Tú reinarás” en el que afirmaban, con conmovedora convicción, que la Nación Mexicana le pertenece no sólo al Rey, el Hijo, sino también a la Reina, Su Madre:

“Reine Jesús por siempre,

reine Su Corazón,

en nuestra patria, en nuestro suelo,

que es de María la Nación”.

En el ocaso del siglo XIX, ya bajo el mandato de don Porfirio Díaz Mori, los católicos mexicanos sintieron el deseo de ratificar e institucionalizar el reinado de la querida y venerada Morenita en nuestra patria con todas las ceremonias canónicas requeridas. No fue, como señala Traslosheros (2002), el anhelo de unos cuantos, sino de la Iglesia mexicana en general, representada por sus prelados y feligresía (p. 105).

La idea no era nueva, cabe aclararlo: ya desde el siglo XVIII, el viajero e historiador italiano Lorenzo Boturini Benaduci (1698-1755), ferviente promotor de la devoción a la Guadalupana en la Nueva España, había gestionado el permiso del Vaticano, llevado a cabo la petición correspondiente el 18 de julio de 1738 y conseguido el decreto necesario en 1740. Por desgracia, Boturini fue terriblemente perseguido por el virrey Pedro de Cebrián y Agustín (1687-1752), V conde de Fuenclara, y eventualmente arrestado y deportado a España en 1743. Un año antes de su muerte, en 1754, el Papa Benedicto XIV emitió el Breve Non est quidem, por el que la Santa Sede reconocía a Nuestra Señora de Guadalupe como patrona universal de la Nueva España, en respuesta a la solicitud del jesuita criollo Juan Francisco López (Escamilla González, 2010, p. 254). Pero la Coronación no se efectuó, y Boturini murió sumido en la pobreza en mayo de 1755.

Lorenzo Boturini, autor original de la idea de coronar canónicamente la bendita imagen de Nuestra Señora de Guadalupe. Tristemente su iniciativa no tuvo éxito.

A pesar de la educación laicista y de corte netamente positivista que proliferó en las escuelas oficiales durante el Porfiriato, la intensidad de la vida católico en México se dejó sentir con renovado vigor. La frecuencia creciente en la recepción de los Sacramentos, el aumento de asociaciones piadosas y la intensificación de la piedad en templos y hogares que permitió la política de tolerancia del presidente Díaz se vio fortalecida por aquel anhelo, acariciado desde tiempos pasados. A decir del padre jesuita Mariano Francisco Cuevas García, tanto el pueblo mexicano como el sentido católico de la nación en sí “necesitaba ya una explosión de devoción y de afecto […]. En estos casos, por un impulso de sangre, México dirige sus miradas instintivamente hacia el Tepeyac” (2003, p. 413). Había sonado el momento de retomar el sueño fallido de Boturini.

Según Gutiérrez Casillas (1984), la idea de coronar solemnemente a la Guadalupana fue revivida en 1885. Mariano Cuevas menciona, por su parte, que esto se suscitó poco después, en 1886, a raíz de que en Jacona (Michoacán), perteneciente a la Diócesis de Zamora, se había llevado a cabo la coronación de Nuestra Señora de la Esperanza. Allí, de acuerdo con Cuevas, “varios eclesiásticos allí presentes, entre ellos el Sr. Arzobispo Labastida, tuvieron o renovaron el deseo de que la Virgen Santísima de Guadalupe fuera canónicamente coronada con todo el esplendor que podía esperarse del entusiasmo y magnanimidad del pueblo mexicano” (2003, p. 413).

La solicitud formal fue enviada a la Ciudad de las Siete Colinas el 24 de septiembre de 1886, a nombre del Episcopado Mexicano y suscrita por tres personajes notables dentro de aquél y de la jerarquía eclesiástica de nuestro país en general en aquel instante: el Arzobispo de México, Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos; el Arzobispo de Michoacán, José Ignacio Árciga, XXXIII Obispo de Morelia; y el II Arzobispo de Guadalajara, Pedro Loza y Pardavé. Por aquellos ayeres el Sumo Pontífice era Gioacchino Vincenzo Pecci, que había tomado el nombre de León XIII y que, hasta la fecha, es recordado como el Papa de la doctrina social de la Iglesia y como el autor de la famosa Encíclica Rerum Novarum (1891), acerca de las condiciones de los trabajadores.

Su Santidad León XIII (1810-1903), quien aprobó la Coronación Pontificia de la Guadalupana en febrero de 1887.

Sólo un obispo mexicano, nos dice Gutiérrez Casillas (1984, p. 362), no otorgó su consentimiento para el proyecto de la Coronación: Eduardo Sánchez Camacho, obispo de Tamaulipas. Cuevas, por el contrario, omite la cuestión. La oposición de Sánchez causó escándalo tanto entre sus compañeros del Episcopado como entre los fieles, y se sumó a una larga lista de acciones que, en honor a la verdad, no correspondían a la de un obispo católico que salvaguardara la fe cristiana, a la misma jerarquía y a la Iglesia misma: no sólo había condenado las peregrinaciones al Tepeyac y las apariciones, sino que, asimismo, no vaciló en llamar “valientes soldados, hombres ilustrados” a los masones, enemigos jurados del catolicismo. Éstos, inclusive, lo habían felicitado en varias ocasiones.

Dejando lo anterior de soslayo, y sin importar lo acontecido, el mensaje arribó a Roma. La contestación del Vicario de Cristo fue bastante rápida. El 8 de febrero de 1887, el Papa expidió en Roma el Breve por el cual autorizaba la Coronación Pontificia. Transcribimos enseguida la traducción al español:

“Se nos ha presentado la relación de que todos los fieles de la Nación Mexicana veneran desde hace mucho tiempo, con singulares muestras de piedad y confianza, a la bienaventurada Virgen María bajo el título de Guadalupe; y con mucho empeño desde el año de 1740 habían suplicado al Cabildo Vaticano que la Imagen célebre en prodigios, fuese condecorada con corona de oro; pero las circunstancias civiles de México habían sido tales, que hasta ahora no ha podido tributarse este solemne obsequio de culto y devoción. Al presente, empero, los arzobispos y obispos de la Nación Mexicana, secundando los deseos de los fieles que les están encomendados, en la ocasión de que nos vamos a celebrar el quincuagésimo aniversario de nuestra Primera Misa, habiéndonos rogado con muchas instancias que para el próximo mes de diciembre les demos facultad de decorar a la supradicha dicha imagen con preciosa diadema, en Nuestro nombre y con Nuestra autoridad hemos benignamente acordado acceder a esta súplica […]. En virtud de Nuestra apostólica autoridad, por el tenor de las presentes, concedemos que el arzobispo de México, o uno de los obispos de la Nación Mexicana elegido por él, en cualquier día del próximo mes de diciembre, y observando lo que por derecho debe observarse, imponga solemnemente en Nuestro nombre y con Nuestra autoridad la corona de oro a la mencionada imagen de la bienaventurada Virgen María de Guadalupe” (citado por Gutiérrez Casillas, 1984, p. 362).

Sin embargo, en términos eclesiásticos y canónicos, para los príncipes de la Iglesia Católica en México no bastaba con realizar la Coronación, sino también que se concediera un nuevo oficio litúrgico para celebrar anualmente a la Virgen de Guadalupe. Así pues, con ello en mente, el 27 de noviembre de 1889, D. Pedro Loza dio los primeros pasos para la consecución de dicho oficio.

Monseñor Pedro Loza y Pardavé, Arzobispo de Guadalajara, uno de los principales gestores del proyecto de la Coronación Pontificia de la Guadalupana ante la Santa Sede. Imagen mejorada por la autora.

Al margen de la incredulidad que las apariciones suscitaron en muchos creyentes, al grado de que el connotado historiador católico Joaquín García Icazbalceta se coronó como cabeza del movimiento antiaparicionista, las gestiones tanto para el oficio guadalupano como para la Coronación Pontificia prosiguieron. El 12 de febrero de 1882, los Obispos mexicanos se dirigieron oficialmente a la Santa Sede en demanda del Oficio ya descrito, en el que –explicaron– “más explícitamente constara la aparición y origen de la venerada imagen” (Gutiérrez Casillas, 1984, p. 361). Los adversarios de la autenticidad del suceso guadalupano no se quedaron de brazos cruzados: a su vez, enviaron al Vaticano las objeciones correspondientes en lengua latina, incontables cartas y hasta un agente que litigara en favor suyo. Los prelados, como respuesta, comisionaron al P. Francisco Plancarte Navarrete para rebatir los razonamientos antiaparicionistas.

Joaquín Icazbalceta, gran opositor de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe.

Después de una prolongada expectación de catorce meses, durante los cuales los cardenales consideraron y sopesaron la cuestión, el ansiado decreto fue emitido. Era el 6 de marzo de 1894. En el documento se aprobaba, íntegro, el ambicionado oficio.

Mientras tanto, de forma simultánea, el proyecto de la Coronación había seguido en pie, pero sin consumarse todavía. A pesar de que, como ya vimos, Su Santidad León XIII había dado su venia, lamentablemente hubo un obstáculo más, de índole más humana y subjetiva, que pausó la iniciativa: la idea de renovar y ensanchar la Colegiata de Guadalupe, regenteada por D. Antonio Plancarte y Labastida, que había cursado estudios en el Seminario Tridentino de Morelia.

Mariano Cuevas, que vivió aquellos acontecimientos –el tomo quinto de su obra Historia de la Iglesia en México fue publicado originalmente en plena persecución religiosa, en 1926–, no tiene reparo en afirmar que, si bien “el celo y abnegación demostrados por D. Antonio […] en la colecta de fondos y dirección de los trabajos de la Colegiata, fueron ciertamente notorios y edificantísimos”, el decorado final “resultó heterogéneo, exótico, lúgubre, y en su conjunto inferior al antiguo que para entonces se inutilizaba” (2003, p. 413).

Colegiata de Guadalupe (antigua Basílica) en una pintura de Luis Coto, año 1859. Su primera piedra fue colocada el 12 de marzo de 1695. En 1904 sería elevada al rango de Basílica. Fue allí donde, el 14 de noviembre de 1921, la bendita imagen sufrió el célebre atentado dinamitero.

En opinión de este historiador eclesiástico, la remodelación no sólo significó un gasto innecesario, sino un lamentable motivo para diferir por siete años la Coronación Pontificia de la Virgen de Guadalupe. A su juicio, más habría valido gastar los recursos recaudados para edificar otro templo, o al menos una capilla, en la cumbre del cerrito del Tepeyac (2003, p. 413). Gutiérrez Casillas, en contraste, considera que la intención de Plancarte y Labastida fue buena, y que todo se hizo “para que la solemnidad de la coronación correspondiera a la grandeza del proyecto, que era el hacer a la Madre de Dios, bajo su advocación nacional, un obsequio de culto y devoción”, de allí que “se pensó en reformar con esplendidez su santuario” (1984, p. 363). Siete años, siete meses y siete días –¿mera casualidad de las cifras o una coincidencia divina?– tuvo que permanecer la sagrada imagen en la iglesia de Capuchinas, aguardando pacientemente –y con ella, todo el pueblo católico mexicano– la conclusión de las obras. Fueron siete años “que los mexicanos nos parecieron siglos” subraya Cuevas (p. 413).

Antonio Plancarte y Labastida, encargado de la Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe, cuya remodelación demoró la Coronación Pontificia de la Guadalupana por siete años.

Zanjado el asunto de la Colegiata, en abril de 1895, los trabajos finalizaron. El camino quedó libre –¡por fin!– para la Coronación Pontificia de la Santísima Virgen de Guadalupe. Labastida fue quien anunció la fecha de la magna jornada: el 12 de octubre, el Día de la Raza y de la Hispanidad y festividad de Nuestra Señora del Pilar, de aquel mismo año.

De los preparativos para aquel día y los pormenores del mismo, que bien vale la pena rescatar con el mayor cuidado y esmero posibles, nos ocuparemos en otra entrada.

© 2024. Todos los derechos reservados.

Bibliografía:

Cuevas, M. (2003) Historia de la Iglesia en México. Tomo V. México: Porrúa.

Escamilla González, I. (2010). La piedad indiscreta: Lorenzo Boturini y la fallida coronación de la Virgen de Guadalupe. En: Francisco Javier Cervantes Bello (coord.), La Iglesia en Nueva España. Relaciones económicas e interacciones políticas. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla – Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades. pp. 229-555.

Gutiérrez Casillas, J. (1984). Historia de la Iglesia Católica en México. México: Porrúa.

Ramos Aguirre, F. (14 de febrero de 2022). Eduardo Sánchez Camacho, obispo, liberal y anti-guadalupano. Paso Libre-Grecu (Grupo de Reflexión sobre Economía y Cultura). https://pasolibre.grecu.mx/eduardo-sanchez-camacho-obispo-liberal-y-anti-guadalupano/

Sánchez y de Mendizábal, M. A. (17 de diciembre de 2023). La corona de Santa María de Guadalupe. Centro de Estudios Guadalupanos. UPAEP. https://historicoupress.upaep.mx/index.php/opinion/editoriales/desarrollo-humano-y-social/6957-la-corona-de-santa-maria-de-guadalupe

Traslosheros, J. E. (2002). Señora de la historia, Madre mestiza, Reina de México. La coronación de la Virgen de Guadalupe y su actualización como mito fundacional de la patria, 1895. Signos históricos. 4(7). https://signoshistoricos.izt.uam.mx/index.php/historicos/article/view/89

“México Tuyo, siempre será”

Centenario de la segunda consagración de México al Sagrado Corazón de Jesús (1924)

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Fotomontaje alusivo al título y al tema de la presente entrada, elaborado por la autora.

En una fecha como esta, pero de 1924, hace justamente cien años, México fue consagrado por segunda ocasión al Sagrado Corazón de Jesús. Esto se llevó a cabo en el marco del I Congreso Eucarístico Nacional, por parte del Episcopado Mexicano. Corrían tiempos muy aciagos para el catolicismo en nuestra patria. Plutarco Elías Calles, con quien la persecución religiosa alcanzaría su punto álgido, ya había “ganado” los comicios electorales. El Congreso, como dato que confirma la fatídica coyuntura imperante –no únicamente en lo religioso, sino también en lo político–, ya se había pospuesto en una ocasión, a raíz de la rebelión delahuertista.

Cabe mencionar que la primera consagración se había hecho hacía poco más de una década, el 6 de enero de 1914, justo cuando sobre el país se cernía la revolución carrancista con toda su barbarie de destrucción, pillaje, sacrilegios e inquina anticatólica. Justamente, el que Victoriano Huerta –quien, a pesar de que no fue ningún santo, no perteneció a la masonería– autorizara aquel evento fue esgrimido por los jacobinos y los enemigos del catolicismo como pretexto para perseguir a la Iglesia, a la que acusaron falsamente de estar en connivencia con el régimen del colotlense y, por supuesto, con la caída y asesinato de Francisco I. Madero.

Portada del Congreso Eucarístico Nacional de 1924. La leyenda que rodea a la Hostia, traducida al español, dice: «Yo soy el Pan vivo que ha bajado del Cielo» (Juan 6, 51). Imagen mejorada por la autora.

El programa del Congreso, además de la consagración que nos ocupa, contemplaba una peregrinación de los niños mexicanos, residentes en el Distrito Federal, a la Basílica Nacional de Guadalupe, el sábado, 4 de octubre; y el resto de los días, del 5 al 12 de octubre, procesiones de fieles y clérigos de las ocho Provincias Eclesiásticas que existían a la sazón en México, a saber: Yucatán, Puebla, Monterrey, Durango, Antequera, Guadalajara, Michoacán y México.

Asimismo, entre las actividades religiosas estaban contempladas la celebración de Misas todos los días en todas las Iglesias parroquiales y filiales de la Ciudad de México, Misas Pontificales en la Catedral de México y en la Basílica Guadalupana, adoración diurna y nocturna del Santísimo Sacramento y Asambleas de Estudios.

Para el domingo 12 de octubre, se había dispuesto que a las 9 de la mañana se oficiara una Misa Pontifical en la Basílica Nacional de Guadalupe, en el marco de la Peregrinación Nacional a la Villa de Guadalupe, y que a las 4 de la tarde fuese la solemne clausura del Congreso Eucarístico, con una procesión. Para el lunes 13 de octubre, finalmente, se había programado una solemne velada literaria en el Teatro Olimpia, a las 6 de la tarde, cuyo principal número sería la puesta en escena de un auto sacramental de Sor Juana Inés de la Cruz.

Como último dato interesante, se compuso un himno para el Congreso, intitulado “Cantad, cantad”, de la autoría de Francisco Zambrano S. J. y con música de Salvador Orozco C. La pieza musical empieza justo con tales vocablos y dice así, en su primera estrofa:

Cantad, cantad; la Patria se arrodilla
al pasar Jesucristo Redentor,
un nuevo sol para nosotros brilla,
sol del amor, del amor.

Fragmento de la partitura del himno eucarístico «Cantad, cantad», compuesto ex profeso para el Primer Congreso Eucarístico Nacional en 1924. Créditos a quien corresponda.

Pero volvamos a la jornada que nos ocupa. El sábado 11 de octubre, festividad de la Maternidad de la Santísima Virgen María –en el calendario litúrgico previo a las reformas del Concilio Vaticano II–, fue la fecha elegida para la consagración de México al Sagrado Corazón. Ante una multitud congregada en la Catedral Metropolitana de la capital, los obispos pusieron a la Nación mexicana a los pies de Cristo y de su Deífico Corazón.

Durante la Misa pontifical –la sexta del Congreso–, el entonces obispo titular de Anemuria y Arzobispo coadjutor de Morelia –más tarde Arzobispo de México–, Luis María Martínez, expresó:

“¿No era justo, que, por esta Consagración total y definitiva de la República Mexicana al Corazón Santísimo de Jesús, le devolviéramos lo que de él hemos recibido, como al amanecer la tierra húmeda devuelve al cielo en diáfano vapor las aguas copiosas que de él ha recibido? Yo pienso, mis amados hermanos, que esto es lo que significa la presente solemnidad. Nosotros hemos creído en el amor de Dios; hemos visto pasearse triunfalmente sobre nuestro suelo y sobre nuestra historia al Espíritu de Dios, como se cerniera en el principio de los tiempos sobre el hondo abismo [(cf. Gén 1, 2)]; hemos sentido las palpitaciones del amor al Corazón de Cristo y hemos bebido a raudales el amor y la vida en las fuentes sagradas del Salvador. Y nos hemos dicho: [de]volvamos amor por amor, donación por donación”.

Aquello, en efecto, no era sino corresponder al amor del Sagrado Corazón por la patria mexicana.

Monseñor Luis María también dijo lo siguiente:

Catedral Metropolitana de la Ciudad de México en 1924, el mismo año en que se celebró el Congreso Eucarístico Nacional. Fotografía: Archivo Casasola. Mejora de imagen por la autora.

“Simbolicemos el corazón de la Patria en un corazón de oro; pongamos allí nuestras plegarias y nuestras esperanzas, nuestros sacrificios y nuestras lágrimas, y pongamos todo a los pies de Jesús, para que sepa el mundo, que Jesús es nuestro Dios y que nosotros somos su pueblo. Tal es, a mi juicio, hermanos míos, el sentido profundo de esta Consagración de la República Mexicana al Divino Corazón de Cristo en los días del Congreso Eucarístico; y de esto, mis amados hermanos, me propongo hablaros con la ayuda de Dios nuestro Señor. Jesucristo, hermanos míos, es Rey de las Naciones, como es Rey de los individuos. Su Corazón las ama, su mano vierte sobre ellas dones peculiares para que puedan cumplir sobre la tierra la misión providencial que se les ha asignado”.

Era el resumen idóneo la consagración efectuada.

Continuó explicando en qué forma México era un pueblo eucarístico y mariano, y finalizó con estas palabras:

Monseñor Luis María Martínez, prelado que pronunció el sermón de la Misa pontifical del 11 de octubre de 1924, cuando se hizo la segunda consagración de México a Sagrado Corazón.

“Yo no sé lo que en el futuro nos depare tu justicia y tu misericordia; pero yo te aseguro, ¡Oh Jesús dulcísimo! ¡oh Jesús victorioso! Que sobre el suelo de nuestra Patria, próspera y desdichada, siempre se erguirán dos tronos: el trono tuyo y el trono de la Virgen María, y que nada ni nadie podrá arrebatar de ellos los dones nacionales: la Corona de la reina y la Custodia de la Eucaristía!”

Llegado el momento, Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores –el mismo que en su momento, junto con Pascual Díaz y Barreto, pactaría los “arreglos” con el gobierno de Emilio Portes Gil en 1929– la leyó, con la pausa y solemnidad que ameritaba la gran ocasión. La fórmula que se utilizó se basaba en aquella que fue escrita por el Papa León XIII en su Encíclica Annum Sacrum (1899), pero había sido modificada para ser usada, en especial, por el pueblo mexicano.

Detalle de un retrato de Monseñor Leopoldo Ruiz como Obispo de la Diócesis de León, resguardado por ésta. Fue él quien leyó la consagración de México al Sagrado Corazón el 11 de octubre de 1924. Mejora de imagen por la autora.

Huelga decir que el gobierno de Álvaro Obregón no se quedó de brazos cruzados ante aquella “flagrante violación” –como ellos la consideraron– a la Constitución de 1917. Además de que los agentes policiales interrumpieron la representación del auto sacramental compuesto por la Décima Musa, se supo que los funcionarios públicos que asistieron al Congreso fueron cesados en sus empleos. También, el último día del evento, se molestó a las familias en sus domicilios particulares para requerir que quitaran de sus viviendas los adornos alusivos, consistentes en papeles tricolores arreglados con forma de cortinaje, farolillos y banderas de papel, así como letreros con expresiones relativas a la Eucaristía y demás sentimientos piadosos.

Al año siguiente, movido por el valeroso ejemplo de los católicos de México, Su Santidad Pío XI instauró la fiesta de Cristo Rey a través de la publicación de la Encíclica Quas Primas. Toda la nación se llenó de júbilo y, en cierto modo, pareció robustecerse y cobrar nuevas energías para las nuevas batallas que les esperaban y que se acercaban a ellos a pasos agigantados.

No faltaba mucho tiempo para que las asechanzas del régimen masónico y anticatólico y la justa y lícita resistencia de los católicos perseguidos llegaran al punto de no retorno, no sólo por el estallido de la Guerra Cristera, sino también por los incontables martirios de seglares y de sacerdotes, por puro odio a la fe cristiana. Aquella sangre derramada a raudales corroboraría que incontables personas de toda edad y condición, sin distinción de sexo u origen, estaban dispuestos a rubricar con cada gota aquellas palabras de un himno en honor al Corazón de Jesucristo Rey que uno de aquellos intrépidos presbíteros, don Gumersindo Sedano [1], entonó poco antes de ser ejecutado bárbaramente en Zapotlán el Grande:

“Corazón Santo, / Tú reinarás. / Tú nuestro encanto / siempre serás.

Corazón Santo, / Tú reinarás. / México Tuyo / siempre será.”

**Nota:

[1] Se trata del sacerdote de la célebre fotografía que muestra a un hombre descalzo, muerto y con el vientre ensangrentado, recargado en un árbol y atado a una de sus ramas por medio de una soga al cuello, que en las rodillas exhibe un letrero con la leyenda: “Este es el cura Sedano”. Fue asesinado el 7 de septiembre de 1927. Era capellán castrense de un grupo cristero de la región de Tuxpan y Tamazula, Jalisco.

© 2024. Todos los derechos reservados.

Bibliografía:

Álbum Oficial del Congreso Eucarístico Nacional de México. 1924. Impreso en abril de 1925.

Barquín y Ruiz, A. (1967). Cristo, Rey de México. México: Jus.

Vinke, R. ( 2021). Consagración al Sagrado Corazón de Jesús. Caracas: Editorial Arte, S.A.

La descripción de los curatos y doctrinas de Michoacán 1630 . Lenguas naturales que se hablaban.

Francisco Gabriel Montes Ayala

La descripción antigua de los curatos y doctrinas, un libro que se escribió en los primeros años del siglo XVII, que tiene la inscripción «libro de la minuta de las doctrinas que ay en este Obispado de Mechoacan, Assi veneficios de clérigos como guardianías y prioratos» es la más amplia descripción de los curatos diocesanos, agustinos y franciscanos del antiguo Obispado de Michoacán.

Dicho texto lo manó escribir el Obispo Fray Alfonso Enríquez de Toledo y Armendariz, y enriquecido con textos adicionales del siguiente obispo en sucesión, Fray Francisco de Ribera, Obispo de Michoacán, por el año de 1631, siendo su secretario Isidro Gutiérrez de Bustamante.

Dicha descripción de los curatos es amplísima, según el historiador José Bravo Ugarte, dice que el obispado de Michoacán, comprendía «los actuales estados de Michoacán, Colima y Guanajuato, este sin Casas Viejas, ni Xichú. En Guerrero, Tecpan, Coahuayutla, Zacatula, Coyuca y Cutzamala. En San Luis, dice Bravo Ugarte, correspondían San Luis Potosí, Santa María del Río, Cerritos, Guadalcazar, Río Verde y Maíz. En Tamaulipas, Jaumave, Palmillas, Real de los Infantes y Tula. En Jalisco, Almoloya, Atotonilco, Ayo, Cajititlán, Comanja, Ixtlahuacán, La Barca, Ocotlán y Zapotlán.

Los grupos étnicos que consigna esta minuta, son los mexicanos, purépechas, otomíes, mazaguas, matalzincas, cuitlatecos, chontales y mazatecos. Las tres primeras mencionadas era las predominantes. y el grupo más extendido era el tarasco; el mexicano y tras de éste el otomite. Después venían el mazagua, el cuitlateca y el chichimeca.

Destacaba también en la geografía del obispado michoacano, otros hablantes indígenas, que tenían lenguas como la sarame, la cuacomeca, la chumbia, la matalzinca, la teca, la zuteca, la teconuca, la coca, la alanzauteca, la pani, la mazateca, la chontal, la cuitlateca, la tepusteca, la tamazulteca, la zullulteca, la camalalla y la tequeje.

Sin duda, que era la variedad más extensa de lenguas. El Obispado obligaba a los sacerdotes, que se ordenaran hablar las lenguas, para mandarlos a las cabezas de parroquia, de acuerdo a la lengua hablada en la geografía de la parroquia. Por eso encontramos sacerdotes hablando uno, dos y hasta tres lenguas, a parte del español. Bien pudiera ser como el caso de que el párroco hablaba una lengua y el teniente de cura otra. En ningún momento se obligaba a los naturales de aprender el español, y según las leyes de indias, el castellanos era para que lo enseñaran los sacristanes, nunca los párrocos. Es preciso entender que muchos sacerdotes los encontramos siendo originarios de pueblos indígenas, por lo que no estaban vedados a la ordenación presbiteral los naturales.

Un ejemplo es el que muestra este documento, al hablar de Ayo el Chico, dice el señor Rivera: «los indios de este partido son cocas y otomites; administrase en mexicano». El mismo obispo dijo de Maquilí, «el mexicano es la lengua común».

En la ciénega la Parroquia de San Francisco Ixtlán se administraba en mexicano y purépecha, porque todos los pueblos sujetos como San Pedro Caro, Santa María de la Asunción Coxumatlán, San Cristobal Pajacuarán, Santiago Sahuayo, San Miguel Guaracha eran bilingües, hablantes del mexicano, pero obligados en tiempos de la expansión purépecha a hablar la lengua michoacana.

En fin que el Obispado de Michoacán, y esta minuta, nos muestra que la administración de los sacramentos estaba repartida entre 58 clérigos diocesanos beneficiados, 38 guardianías franciscanas y 20 prioratos agustinos.

La Minuta

Víctimas por Calles

Cuando un sacerdote jesuita y una religiosa ofrecieron su vida por la salvación del alma de un presidente

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Collage que ilustra el título de esta entrada, realizado por la autora. El P. Pro figura en el centro por tratarse del personaje que, además de haber sido ya elevado a los altares, ofició la Misa en la que tanto él como la madre Conchita (abajo a la izquierda) ofrecieron su vida por Calles (en la parte superior derecha).

Por increíble que parezca en un primer momento, el título de la presente entrada es correcto y acertado. A estas alturas, como es ya sabido, la terrible persecución religiosa de la pasada centuria en nuestro país produjo caídos a manos llenas. Los mártires, tanto en el sentido estricto eclesiástico como en la concepción católica popular, fueron incontables. Así pues, si lo que hubo con profusión en aquellos tiempos aciagos, máxime bajo la presidencia del personaje mencionado, fueron muertos por su causa. En suma: víctimas de Calles, del tristemente célebre don Plutarco, y de su animadversión anticatólica.

Empero, en menor proporción, aunque resulta igualmente extraordinario o aun incoherente leerlo, también existieron personas que no se limitaron a dar su vida por lo que era más sagrado para ellos, la religión que nos trajeron los hispanos de allende el mar, sino que la oblación de su existencia terrena y de su sangre fue acompañada, con anterioridad, de un expreso ofrecimiento de ambas por una intención muy específica: que el alma del tirano, del nuevo Nerón –como muchos le llamaban, y no sin acierto–, se salvara. Así, al mismo tiempo, convirtiéronse en víctimas por Calles.

Una de esas personas fue un famoso sacerdote perteneciente a la Compañía de Jesús, alegre, dicharachero y sumamente hábil para los disfraces, que en sus años mozos había pisado tierras michoacanas; había estado con los jesuitas de la antigua hacienda de El Llano, cerca de Zamora. El nombre completo de aquel presbítero, zacatecano de origen, era José Ramón Miguel Agustín Pro Juárez, si bien era mejor conocido, simplemente, como el Padre Pro.

Padre Miguel Agustín Pro, vestido de civil, con una niña a la que dio la Primera Comunión. Fotografía editada y mejorada por la autora.

En 1923, una comunidad  de las Religiosas Capuchinas, presidida por sor María Concepción Acevedo y de la Llata, mejor conocida como la Madre Conchita, se había instalado, con permiso de Monseñor José Mora y del Río –Arzobispo de México, oriundo de Pajacuarán, Michoacán–, en el vecindario de Tlalpan, aledaño a la capital. A pesar de la persecución creciente y del peligro que implicaba, la abadesa no mudó ni los hábitos ni la distribución del tiempo en su convento.

Por desgracia, una delación ocasionó el asalto de la policía a la casa en que vivían las religiosas. El cateo fue llevado a cabo por Bandala, uno de los jefes de la policía secreta del Distrito Federal, el 3 de enero de 1927. Con todo y la desagradable experiencia, las monjas no se arredraron: dos días después, 5 de enero, víspera de la Epifanía del Señor, ya se habían instalado en su nuevo domicilio, en plena capital, localizado en la calle Zaragoza, número 68.

Sor Concepción Acevedo de la Llata, mejor conocida como “la madre Conchita”, hacia 1923. Imagen editada y mejorada por la autora.

Poco antes, en 1926, Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores –el mismo que con su compañero Díaz y Barreto concertaría los “arreglos”– había suplicado a la madre Conchita que se ofreciera como víctima propiciatoria por Calles, a fin de que Dios cambiara los sentimientos de su corazón y, en consecuencia, diera libertad a la Iglesia. La madre Conchita, teniendo en cuenta la grave responsabilidad que aquello implicaba, se resistió en un principio. Pero la idea se clavó en su pensamiento desde entonces.

La situación propicia para el sacrificio se presentó de forma definitiva con el padre Miguel Pro, quien suspiraba por la idea del martirio y, por convicción y cuenta propia, había ideado ofrecer su vida por el político de Sonora. Incluso había llegado al extremo de aplicar Misas por él. No conforme con lo anterior, sin importarle las continuas asechanzas de los agentes policiacos ni el hecho de que se ofrecía una cuantiosa gratificación a quien facilitara su captura, administraba los Sacramentos de manera incansable e intrépida.

Eventualmente, en medio de tantos afanes apostólicos a lo ancho y largo de la Ciudad de México, el padre Pro y la madre Conchita se conocieron. Corría febrero de 1927, de acuerdo con las remembranzas de la religiosa. Ella refiere así su encuentro:

“No me causó ninguna impresión especial. Reconocí que era un sacerdote que luchaba por la gloria de Dios, por la salvación de las almas, y que no tenía miedo a la cárcel ni a la muerte; pero como esto para nosotras era tan natural, no le hice el menor aprecio”.

A pesar de su primera percepción, la abadesa no tardó en advertir que el sacerdote y ella compartían una cualidad: su disposición para el sacrificio, para el martirio, como forma de alcanzar la santidad. No era, hay que decirlo con llaneza, un pensamiento exclusivo: el pueblo católico mexicano en general sabía, y estaba plenamente convencido de ello, que el martirio era y es una gracia singularísima, que purifica por completo el alma y produce en ella un segundo bautismo, por lo que el mártir, sin pasar un instante por el Purgatorio, va directo al Cielo.

Al margen del ruego de Monseñor Ruiz y Flores, el padre Pro también le planteó a la madre Conchita la idea de que ambos, conjuntamente, ofrecieran su vida por Calles. Ella aceptó con la única condición de que su confesor, el P. Félix de Jesús Rougier –fundador de los Misioneros del Espíritu Santo–, le concediera permiso. Éste fue obtenido.

El lunes 23 de septiembre de 1927, previo acuerdo entre la madre Conchita y el padre Pro, éste fue a celebrarles Misa a las religiosas. Antes de empezar, les suplicó que imploraran al Señor lo aceptase a él como víctima por Calles –las negritas las hemos puesto nosotros–, por los sacerdotes, por el bien de la patria, y añadió, de modo expreso, que él aplicaría el Santo Sacrificio por tal intención. Hay que imaginar cuál fue la reacción de las monjas al escuchar algo así: el eclesiástico zacatecano, sin ambages, estaba ofreciéndose a sí mismo, y pidiendo la muerte, a cambio de que Plutarco Elías Calles no se condenara para siempre.

La madre Conchita, plena y perfectamente consciente de lo que el padre y ella hacían, hizo adornar con flores la capilla y quiso que durante la Misa hubiera cantos sagrados, como en las grandes festividades. El Santo Sacrificio empezó.

El padre Antonio Dragón S. J., uno de los principales biógrafos del Beato Miguel Agustín Pro, cita el testimonio de una religiosa que estuvo presente acerca de la actuación del padre aquella jornada:

«En toda la misa estuvo muy emocionado; se dilató mucho y estuvo llorando durante todo el tiempo, mientras las religiosas estaban cantando. Al terminar la misa, dijo a una de las monjas que aún vive y que puede testificar la verdad: “No sé si sería pura imaginación, o si realmente ha pasado, pero siento claro que nuestro Señor aceptó de plano el ofrecimiento…”.»

El padre Rafael Ramírez Torres confirma estas palabras.

Cedamos la palabra a la misma madre Conchita, que resultó ser la religiosa en cuestión. Para ello citamos las declaraciones que hizo a la revista ¡Extra! en noviembre de 1979:

“En nuestra casa se respiraba el perfume de las flores y se sentía la paz del recogimiento y la oración. Terminó la misa nuestro capellán y a continuación celebró la suya el padre Pro, quien desde el principio comenzó a derramar abundantes lágrimas. Nosotras cantamos el Avemaría y otros motetes. 

A la hora  del Evangelio, el padre Pro dijo unas breves palabras alusivas al solemne ofrecimiento que en su misa hacía a Dios. Y los grandiosos momentos de la Consagración y la Elevación se prolongaron durante un largo cuarto de hora, sacando de vez en cuando su pañuelo para enjugarse los ojos. Comulgamos y terminó la Santa Misa.

Después que dio gracias, el padre Pro me mandó llamar con la madre Cecilia para decirme estas frases que jamás podré olvidar:

—No sé si será porque el oratorio está muy recogido, o porque cantaron  muy bonito o… no sé por qué; pero en el momento que terminé de consumir oí claramente como si alguien me hubiera dicho: ¡Está aceptado el sacrificio!”

El 23 de noviembre de 1927, miércoles, al filo de las 10:30 de la mañana, justo dos meses después de la heroica y fervorosa oblación, la ofrenda fue plenamente aceptada y recogida por Dios. El padre Miguel cayó bajo las balas de los soldados de Calles, por mandato explícito de éste, acusado de planear y participar en el atentado fallido contra Álvaro Obregón Salido, no sin antes encomendarse de hinojos al Creador –delante del mismo pelotón que habría de fusilarlo–, abrir los brazos en cruz y sostener, en cada mano, su crucifijo y su rosario. Las fotografías de la ejecución, tomadas por orden del presidente con la finalidad de humillar y escarnecer en grande a los católicos, al clero católico y a la Iglesia, constituyeron el mejor registro de cómo el Señor no desoyó al valiente clérigo y le otorgó la palma del martirio que tanto anhelaba. Fue beatificado el 25 de septiembre –aniversario del natalicio de quien lo mandó asesinar– de 1988.

Detalle de una de las instantáneas tomadas durante el fusilamiento del Padre Miguel Agustín Pro, el 23 de noviembre de 1927, en el patio de la Inspección de Policía de la Ciudad de México. Imagen del Archivo General de la Nación (AGN).

La madre Conchita, por su parte, sería acusada de ser la autora intelectual del asesinato de Álvaro Obregón, perpetrado el 17 de julio de 1928. Dejando de lado los misterios que rodearon la muerte del estadista reelecto, al principio se le condenó a muerte, pero le conmutaron la pena por veinte años de presidio en la temible cárcel de las Islas Marías. En 1934 abandonó los hábitos y se casó –por entonces al civil– con Carlos Castro Balda, otro de los implicados en el homicidio del otro miembro del dúo sonorense. Tras haber cumplido doce años, cuatro meses y nueve días de prisión, entre un continuo ir y venir de la Penitenciaria del entonces Distrito Federal a las Islas Marías, el presidente Manuel Ávila Camacho le concedió el indulto. Falleció en la Ciudad de México en 1979, a los ochenta y siete años.

La madre Concepción Acevedo de la Llata en las fotografías tomadas para el proceso penal referente al homicidio del general Obregón. Fotografía de Cambridge University Press & Assessment.

Como cierre para nuestro texto, citamos un fragmento del P. Rafael Ramírez al respecto del ofrecimiento:

“Los casos de la Madre Conchita y del P. Pro no fueron excepcionales ni únicos. Familias enteras y muchos cristeros ofrecían en aquellos días sus sufrimientos y sus vidas por la conversión y salvación eterna de los perseguidores; y fue tal la cantidad de oraciones, sacrificios y penitencias que entonces se elevó al cielo por ellos, que llegó a haber una persuasión muy generalizada de que tanto Obregón como Calles irían al cielo a cantar eternamente las maravillosas misericordias de Dios, que mide las cosas desde ángulos de vista muy diversos de los humanos” (p. 378).

María del Carmen Ávalos Herrera, finada, abuela paterna de quien esto escribe, corroboró la existencia de tal creencia al contar, como parte de sus anécdotas y vivencias sobre la persecución religiosa, que mucha gente sí se convenció de que Calles se había salvado, o que por lo menos, siquiera en aquellos ayeres –década de 1940–, se rumoraba que el expresidente se había reconciliado con Dios antes de partir a la Eternidad. “Tantos ofrecimientos por él” se decía, “no debían haber sido en vano”. Después de todo, en incontables ocasiones, en diversas épocas –basta leer el libro Las glorias de María, del eminente San Alfonso María de Ligorio, para comprobarlo–, incluso los pecadores más empedernidos pueden hallar, si abren su alma y su corazón a la gracia, la redención y el perdón. ¿Quién podía asegurar, con tantos sacrificios por el estadista de por medio, que éste no podía correr la misma suerte venturosa?

Aunque actualmente, tanto por testimonios del P. Carlos Heredia S. J., que tuvo trato con Calles en su última enfermedad, como por los documentos y declaraciones orales de que se dispone a la fecha, se tiene claro que el político de Guaymas no se acercó al Creador antes de morir, podemos decir que sólo Él sabe, en Su insondable Sabiduría y Providencia, si el fruto del sacrificio solemne del jesuita mártir y de la antigua religiosa se obtuvo verdaderamente. A nosotros, como humanos, sólo nos queda citar el conocido refrán: la esperanza es lo último que muere.

© 2024. Todos los derechos reservados.

Bibliografía:

Dragón, A. (1934). Por Cristo Rey. El Padre Pro. México: Buena Prensa.

Ramírez Rancaño, M. (2014). El asesinato de Álvaro Obregón: la conspiración y la madre Conchita. Instituto de Investigaciones Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) & Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM). México: Secretaría de Educación Pública.

Ramírez Torres, R. (1976). Miguel Agustín Pro. Memorias biográficas. México: Tradición.

Testimonios orales de María del Carmen Ávalos Herrera.