“México Tuyo, siempre será”

Centenario de la segunda consagración de México al Sagrado Corazón de Jesús (1924)

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Fotomontaje alusivo al título y al tema de la presente entrada, elaborado por la autora.

En una fecha como esta, pero de 1924, hace justamente cien años, México fue consagrado por segunda ocasión al Sagrado Corazón de Jesús. Esto se llevó a cabo en el marco del I Congreso Eucarístico Nacional, por parte del Episcopado Mexicano. Corrían tiempos muy aciagos para el catolicismo en nuestra patria. Plutarco Elías Calles, con quien la persecución religiosa alcanzaría su punto álgido, ya había “ganado” los comicios electorales. El Congreso, como dato que confirma la fatídica coyuntura imperante –no únicamente en lo religioso, sino también en lo político–, ya se había pospuesto en una ocasión, a raíz de la rebelión delahuertista.

Cabe mencionar que la primera consagración se había hecho hacía poco más de una década, el 6 de enero de 1914, justo cuando sobre el país se cernía la revolución carrancista con toda su barbarie de destrucción, pillaje, sacrilegios e inquina anticatólica. Justamente, el que Victoriano Huerta –quien, a pesar de que no fue ningún santo, no perteneció a la masonería– autorizara aquel evento fue esgrimido por los jacobinos y los enemigos del catolicismo como pretexto para perseguir a la Iglesia, a la que acusaron falsamente de estar en connivencia con el régimen del colotlense y, por supuesto, con la caída y asesinato de Francisco I. Madero.

Portada del Congreso Eucarístico Nacional de 1924. La leyenda que rodea a la Hostia, traducida al español, dice: «Yo soy el Pan vivo que ha bajado del Cielo» (Juan 6, 51). Imagen mejorada por la autora.

El programa del Congreso, además de la consagración que nos ocupa, contemplaba una peregrinación de los niños mexicanos, residentes en el Distrito Federal, a la Basílica Nacional de Guadalupe, el sábado, 4 de octubre; y el resto de los días, del 5 al 12 de octubre, procesiones de fieles y clérigos de las ocho Provincias Eclesiásticas que existían a la sazón en México, a saber: Yucatán, Puebla, Monterrey, Durango, Antequera, Guadalajara, Michoacán y México.

Asimismo, entre las actividades religiosas estaban contempladas la celebración de Misas todos los días en todas las Iglesias parroquiales y filiales de la Ciudad de México, Misas Pontificales en la Catedral de México y en la Basílica Guadalupana, adoración diurna y nocturna del Santísimo Sacramento y Asambleas de Estudios.

Para el domingo 12 de octubre, se había dispuesto que a las 9 de la mañana se oficiara una Misa Pontifical en la Basílica Nacional de Guadalupe, en el marco de la Peregrinación Nacional a la Villa de Guadalupe, y que a las 4 de la tarde fuese la solemne clausura del Congreso Eucarístico, con una procesión. Para el lunes 13 de octubre, finalmente, se había programado una solemne velada literaria en el Teatro Olimpia, a las 6 de la tarde, cuyo principal número sería la puesta en escena de un auto sacramental de Sor Juana Inés de la Cruz.

Como último dato interesante, se compuso un himno para el Congreso, intitulado “Cantad, cantad”, de la autoría de Francisco Zambrano S. J. y con música de Salvador Orozco C. La pieza musical empieza justo con tales vocablos y dice así, en su primera estrofa:

Cantad, cantad; la Patria se arrodilla
al pasar Jesucristo Redentor,
un nuevo sol para nosotros brilla,
sol del amor, del amor.

Fragmento de la partitura del himno eucarístico «Cantad, cantad», compuesto ex profeso para el Primer Congreso Eucarístico Nacional en 1924. Créditos a quien corresponda.

Pero volvamos a la jornada que nos ocupa. El sábado 11 de octubre, festividad de la Maternidad de la Santísima Virgen María –en el calendario litúrgico previo a las reformas del Concilio Vaticano II–, fue la fecha elegida para la consagración de México al Sagrado Corazón. Ante una multitud congregada en la Catedral Metropolitana de la capital, los obispos pusieron a la Nación mexicana a los pies de Cristo y de su Deífico Corazón.

Durante la Misa pontifical –la sexta del Congreso–, el entonces obispo titular de Anemuria y Arzobispo coadjutor de Morelia –más tarde Arzobispo de México–, Luis María Martínez, expresó:

“¿No era justo, que, por esta Consagración total y definitiva de la República Mexicana al Corazón Santísimo de Jesús, le devolviéramos lo que de él hemos recibido, como al amanecer la tierra húmeda devuelve al cielo en diáfano vapor las aguas copiosas que de él ha recibido? Yo pienso, mis amados hermanos, que esto es lo que significa la presente solemnidad. Nosotros hemos creído en el amor de Dios; hemos visto pasearse triunfalmente sobre nuestro suelo y sobre nuestra historia al Espíritu de Dios, como se cerniera en el principio de los tiempos sobre el hondo abismo [(cf. Gén 1, 2)]; hemos sentido las palpitaciones del amor al Corazón de Cristo y hemos bebido a raudales el amor y la vida en las fuentes sagradas del Salvador. Y nos hemos dicho: [de]volvamos amor por amor, donación por donación”.

Aquello, en efecto, no era sino corresponder al amor del Sagrado Corazón por la patria mexicana.

Monseñor Luis María también dijo lo siguiente:

Catedral Metropolitana de la Ciudad de México en 1924, el mismo año en que se celebró el Congreso Eucarístico Nacional. Fotografía: Archivo Casasola. Mejora de imagen por la autora.

“Simbolicemos el corazón de la Patria en un corazón de oro; pongamos allí nuestras plegarias y nuestras esperanzas, nuestros sacrificios y nuestras lágrimas, y pongamos todo a los pies de Jesús, para que sepa el mundo, que Jesús es nuestro Dios y que nosotros somos su pueblo. Tal es, a mi juicio, hermanos míos, el sentido profundo de esta Consagración de la República Mexicana al Divino Corazón de Cristo en los días del Congreso Eucarístico; y de esto, mis amados hermanos, me propongo hablaros con la ayuda de Dios nuestro Señor. Jesucristo, hermanos míos, es Rey de las Naciones, como es Rey de los individuos. Su Corazón las ama, su mano vierte sobre ellas dones peculiares para que puedan cumplir sobre la tierra la misión providencial que se les ha asignado”.

Era el resumen idóneo la consagración efectuada.

Continuó explicando en qué forma México era un pueblo eucarístico y mariano, y finalizó con estas palabras:

Monseñor Luis María Martínez, prelado que pronunció el sermón de la Misa pontifical del 11 de octubre de 1924, cuando se hizo la segunda consagración de México a Sagrado Corazón.

“Yo no sé lo que en el futuro nos depare tu justicia y tu misericordia; pero yo te aseguro, ¡Oh Jesús dulcísimo! ¡oh Jesús victorioso! Que sobre el suelo de nuestra Patria, próspera y desdichada, siempre se erguirán dos tronos: el trono tuyo y el trono de la Virgen María, y que nada ni nadie podrá arrebatar de ellos los dones nacionales: la Corona de la reina y la Custodia de la Eucaristía!”

Llegado el momento, Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores –el mismo que en su momento, junto con Pascual Díaz y Barreto, pactaría los “arreglos” con el gobierno de Emilio Portes Gil en 1929– la leyó, con la pausa y solemnidad que ameritaba la gran ocasión. La fórmula que se utilizó se basaba en aquella que fue escrita por el Papa León XIII en su Encíclica Annum Sacrum (1899), pero había sido modificada para ser usada, en especial, por el pueblo mexicano.

Detalle de un retrato de Monseñor Leopoldo Ruiz como Obispo de la Diócesis de León, resguardado por ésta. Fue él quien leyó la consagración de México al Sagrado Corazón el 11 de octubre de 1924. Mejora de imagen por la autora.

Huelga decir que el gobierno de Álvaro Obregón no se quedó de brazos cruzados ante aquella “flagrante violación” –como ellos la consideraron– a la Constitución de 1917. Además de que los agentes policiales interrumpieron la representación del auto sacramental compuesto por la Décima Musa, se supo que los funcionarios públicos que asistieron al Congreso fueron cesados en sus empleos. También, el último día del evento, se molestó a las familias en sus domicilios particulares para requerir que quitaran de sus viviendas los adornos alusivos, consistentes en papeles tricolores arreglados con forma de cortinaje, farolillos y banderas de papel, así como letreros con expresiones relativas a la Eucaristía y demás sentimientos piadosos.

Al año siguiente, movido por el valeroso ejemplo de los católicos de México, Su Santidad Pío XI instauró la fiesta de Cristo Rey a través de la publicación de la Encíclica Quas Primas. Toda la nación se llenó de júbilo y, en cierto modo, pareció robustecerse y cobrar nuevas energías para las nuevas batallas que les esperaban y que se acercaban a ellos a pasos agigantados.

No faltaba mucho tiempo para que las asechanzas del régimen masónico y anticatólico y la justa y lícita resistencia de los católicos perseguidos llegaran al punto de no retorno, no sólo por el estallido de la Guerra Cristera, sino también por los incontables martirios de seglares y de sacerdotes, por puro odio a la fe cristiana. Aquella sangre derramada a raudales corroboraría que incontables personas de toda edad y condición, sin distinción de sexo u origen, estaban dispuestos a rubricar con cada gota aquellas palabras de un himno en honor al Corazón de Jesucristo Rey que uno de aquellos intrépidos presbíteros, don Gumersindo Sedano [1], entonó poco antes de ser ejecutado bárbaramente en Zapotlán el Grande:

“Corazón Santo, / Tú reinarás. / Tú nuestro encanto / siempre serás.

Corazón Santo, / Tú reinarás. / México Tuyo / siempre será.”

**Nota:

[1] Se trata del sacerdote de la célebre fotografía que muestra a un hombre descalzo, muerto y con el vientre ensangrentado, recargado en un árbol y atado a una de sus ramas por medio de una soga al cuello, que en las rodillas exhibe un letrero con la leyenda: “Este es el cura Sedano”. Fue asesinado el 7 de septiembre de 1927. Era capellán castrense de un grupo cristero de la región de Tuxpan y Tamazula, Jalisco.

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Bibliografía:

Álbum Oficial del Congreso Eucarístico Nacional de México. 1924. Impreso en abril de 1925.

Barquín y Ruiz, A. (1967). Cristo, Rey de México. México: Jus.

Vinke, R. ( 2021). Consagración al Sagrado Corazón de Jesús. Caracas: Editorial Arte, S.A.

Víctimas por Calles

Cuando un sacerdote jesuita y una religiosa ofrecieron su vida por la salvación del alma de un presidente

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Collage que ilustra el título de esta entrada, realizado por la autora. El P. Pro figura en el centro por tratarse del personaje que, además de haber sido ya elevado a los altares, ofició la Misa en la que tanto él como la madre Conchita (abajo a la izquierda) ofrecieron su vida por Calles (en la parte superior derecha).

Por increíble que parezca en un primer momento, el título de la presente entrada es correcto y acertado. A estas alturas, como es ya sabido, la terrible persecución religiosa de la pasada centuria en nuestro país produjo caídos a manos llenas. Los mártires, tanto en el sentido estricto eclesiástico como en la concepción católica popular, fueron incontables. Así pues, si lo que hubo con profusión en aquellos tiempos aciagos, máxime bajo la presidencia del personaje mencionado, fueron muertos por su causa. En suma: víctimas de Calles, del tristemente célebre don Plutarco, y de su animadversión anticatólica.

Empero, en menor proporción, aunque resulta igualmente extraordinario o aun incoherente leerlo, también existieron personas que no se limitaron a dar su vida por lo que era más sagrado para ellos, la religión que nos trajeron los hispanos de allende el mar, sino que la oblación de su existencia terrena y de su sangre fue acompañada, con anterioridad, de un expreso ofrecimiento de ambas por una intención muy específica: que el alma del tirano, del nuevo Nerón –como muchos le llamaban, y no sin acierto–, se salvara. Así, al mismo tiempo, convirtiéronse en víctimas por Calles.

Una de esas personas fue un famoso sacerdote perteneciente a la Compañía de Jesús, alegre, dicharachero y sumamente hábil para los disfraces, que en sus años mozos había pisado tierras michoacanas; había estado con los jesuitas de la antigua hacienda de El Llano, cerca de Zamora. El nombre completo de aquel presbítero, zacatecano de origen, era José Ramón Miguel Agustín Pro Juárez, si bien era mejor conocido, simplemente, como el Padre Pro.

Padre Miguel Agustín Pro, vestido de civil, con una niña a la que dio la Primera Comunión. Fotografía editada y mejorada por la autora.

En 1923, una comunidad  de las Religiosas Capuchinas, presidida por sor María Concepción Acevedo y de la Llata, mejor conocida como la Madre Conchita, se había instalado, con permiso de Monseñor José Mora y del Río –Arzobispo de México, oriundo de Pajacuarán, Michoacán–, en el vecindario de Tlalpan, aledaño a la capital. A pesar de la persecución creciente y del peligro que implicaba, la abadesa no mudó ni los hábitos ni la distribución del tiempo en su convento.

Por desgracia, una delación ocasionó el asalto de la policía a la casa en que vivían las religiosas. El cateo fue llevado a cabo por Bandala, uno de los jefes de la policía secreta del Distrito Federal, el 3 de enero de 1927. Con todo y la desagradable experiencia, las monjas no se arredraron: dos días después, 5 de enero, víspera de la Epifanía del Señor, ya se habían instalado en su nuevo domicilio, en plena capital, localizado en la calle Zaragoza, número 68.

Sor Concepción Acevedo de la Llata, mejor conocida como “la madre Conchita”, hacia 1923. Imagen editada y mejorada por la autora.

Poco antes, en 1926, Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores –el mismo que con su compañero Díaz y Barreto concertaría los “arreglos”– había suplicado a la madre Conchita que se ofreciera como víctima propiciatoria por Calles, a fin de que Dios cambiara los sentimientos de su corazón y, en consecuencia, diera libertad a la Iglesia. La madre Conchita, teniendo en cuenta la grave responsabilidad que aquello implicaba, se resistió en un principio. Pero la idea se clavó en su pensamiento desde entonces.

La situación propicia para el sacrificio se presentó de forma definitiva con el padre Miguel Pro, quien suspiraba por la idea del martirio y, por convicción y cuenta propia, había ideado ofrecer su vida por el político de Sonora. Incluso había llegado al extremo de aplicar Misas por él. No conforme con lo anterior, sin importarle las continuas asechanzas de los agentes policiacos ni el hecho de que se ofrecía una cuantiosa gratificación a quien facilitara su captura, administraba los Sacramentos de manera incansable e intrépida.

Eventualmente, en medio de tantos afanes apostólicos a lo ancho y largo de la Ciudad de México, el padre Pro y la madre Conchita se conocieron. Corría febrero de 1927, de acuerdo con las remembranzas de la religiosa. Ella refiere así su encuentro:

“No me causó ninguna impresión especial. Reconocí que era un sacerdote que luchaba por la gloria de Dios, por la salvación de las almas, y que no tenía miedo a la cárcel ni a la muerte; pero como esto para nosotras era tan natural, no le hice el menor aprecio”.

A pesar de su primera percepción, la abadesa no tardó en advertir que el sacerdote y ella compartían una cualidad: su disposición para el sacrificio, para el martirio, como forma de alcanzar la santidad. No era, hay que decirlo con llaneza, un pensamiento exclusivo: el pueblo católico mexicano en general sabía, y estaba plenamente convencido de ello, que el martirio era y es una gracia singularísima, que purifica por completo el alma y produce en ella un segundo bautismo, por lo que el mártir, sin pasar un instante por el Purgatorio, va directo al Cielo.

Al margen del ruego de Monseñor Ruiz y Flores, el padre Pro también le planteó a la madre Conchita la idea de que ambos, conjuntamente, ofrecieran su vida por Calles. Ella aceptó con la única condición de que su confesor, el P. Félix de Jesús Rougier –fundador de los Misioneros del Espíritu Santo–, le concediera permiso. Éste fue obtenido.

El lunes 23 de septiembre de 1927, previo acuerdo entre la madre Conchita y el padre Pro, éste fue a celebrarles Misa a las religiosas. Antes de empezar, les suplicó que imploraran al Señor lo aceptase a él como víctima por Calles –las negritas las hemos puesto nosotros–, por los sacerdotes, por el bien de la patria, y añadió, de modo expreso, que él aplicaría el Santo Sacrificio por tal intención. Hay que imaginar cuál fue la reacción de las monjas al escuchar algo así: el eclesiástico zacatecano, sin ambages, estaba ofreciéndose a sí mismo, y pidiendo la muerte, a cambio de que Plutarco Elías Calles no se condenara para siempre.

La madre Conchita, plena y perfectamente consciente de lo que el padre y ella hacían, hizo adornar con flores la capilla y quiso que durante la Misa hubiera cantos sagrados, como en las grandes festividades. El Santo Sacrificio empezó.

El padre Antonio Dragón S. J., uno de los principales biógrafos del Beato Miguel Agustín Pro, cita el testimonio de una religiosa que estuvo presente acerca de la actuación del padre aquella jornada:

«En toda la misa estuvo muy emocionado; se dilató mucho y estuvo llorando durante todo el tiempo, mientras las religiosas estaban cantando. Al terminar la misa, dijo a una de las monjas que aún vive y que puede testificar la verdad: “No sé si sería pura imaginación, o si realmente ha pasado, pero siento claro que nuestro Señor aceptó de plano el ofrecimiento…”.»

El padre Rafael Ramírez Torres confirma estas palabras.

Cedamos la palabra a la misma madre Conchita, que resultó ser la religiosa en cuestión. Para ello citamos las declaraciones que hizo a la revista ¡Extra! en noviembre de 1979:

“En nuestra casa se respiraba el perfume de las flores y se sentía la paz del recogimiento y la oración. Terminó la misa nuestro capellán y a continuación celebró la suya el padre Pro, quien desde el principio comenzó a derramar abundantes lágrimas. Nosotras cantamos el Avemaría y otros motetes. 

A la hora  del Evangelio, el padre Pro dijo unas breves palabras alusivas al solemne ofrecimiento que en su misa hacía a Dios. Y los grandiosos momentos de la Consagración y la Elevación se prolongaron durante un largo cuarto de hora, sacando de vez en cuando su pañuelo para enjugarse los ojos. Comulgamos y terminó la Santa Misa.

Después que dio gracias, el padre Pro me mandó llamar con la madre Cecilia para decirme estas frases que jamás podré olvidar:

—No sé si será porque el oratorio está muy recogido, o porque cantaron  muy bonito o… no sé por qué; pero en el momento que terminé de consumir oí claramente como si alguien me hubiera dicho: ¡Está aceptado el sacrificio!”

El 23 de noviembre de 1927, miércoles, al filo de las 10:30 de la mañana, justo dos meses después de la heroica y fervorosa oblación, la ofrenda fue plenamente aceptada y recogida por Dios. El padre Miguel cayó bajo las balas de los soldados de Calles, por mandato explícito de éste, acusado de planear y participar en el atentado fallido contra Álvaro Obregón Salido, no sin antes encomendarse de hinojos al Creador –delante del mismo pelotón que habría de fusilarlo–, abrir los brazos en cruz y sostener, en cada mano, su crucifijo y su rosario. Las fotografías de la ejecución, tomadas por orden del presidente con la finalidad de humillar y escarnecer en grande a los católicos, al clero católico y a la Iglesia, constituyeron el mejor registro de cómo el Señor no desoyó al valiente clérigo y le otorgó la palma del martirio que tanto anhelaba. Fue beatificado el 25 de septiembre –aniversario del natalicio de quien lo mandó asesinar– de 1988.

Detalle de una de las instantáneas tomadas durante el fusilamiento del Padre Miguel Agustín Pro, el 23 de noviembre de 1927, en el patio de la Inspección de Policía de la Ciudad de México. Imagen del Archivo General de la Nación (AGN).

La madre Conchita, por su parte, sería acusada de ser la autora intelectual del asesinato de Álvaro Obregón, perpetrado el 17 de julio de 1928. Dejando de lado los misterios que rodearon la muerte del estadista reelecto, al principio se le condenó a muerte, pero le conmutaron la pena por veinte años de presidio en la temible cárcel de las Islas Marías. En 1934 abandonó los hábitos y se casó –por entonces al civil– con Carlos Castro Balda, otro de los implicados en el homicidio del otro miembro del dúo sonorense. Tras haber cumplido doce años, cuatro meses y nueve días de prisión, entre un continuo ir y venir de la Penitenciaria del entonces Distrito Federal a las Islas Marías, el presidente Manuel Ávila Camacho le concedió el indulto. Falleció en la Ciudad de México en 1979, a los ochenta y siete años.

La madre Concepción Acevedo de la Llata en las fotografías tomadas para el proceso penal referente al homicidio del general Obregón. Fotografía de Cambridge University Press & Assessment.

Como cierre para nuestro texto, citamos un fragmento del P. Rafael Ramírez al respecto del ofrecimiento:

“Los casos de la Madre Conchita y del P. Pro no fueron excepcionales ni únicos. Familias enteras y muchos cristeros ofrecían en aquellos días sus sufrimientos y sus vidas por la conversión y salvación eterna de los perseguidores; y fue tal la cantidad de oraciones, sacrificios y penitencias que entonces se elevó al cielo por ellos, que llegó a haber una persuasión muy generalizada de que tanto Obregón como Calles irían al cielo a cantar eternamente las maravillosas misericordias de Dios, que mide las cosas desde ángulos de vista muy diversos de los humanos” (p. 378).

María del Carmen Ávalos Herrera, finada, abuela paterna de quien esto escribe, corroboró la existencia de tal creencia al contar, como parte de sus anécdotas y vivencias sobre la persecución religiosa, que mucha gente sí se convenció de que Calles se había salvado, o que por lo menos, siquiera en aquellos ayeres –década de 1940–, se rumoraba que el expresidente se había reconciliado con Dios antes de partir a la Eternidad. “Tantos ofrecimientos por él” se decía, “no debían haber sido en vano”. Después de todo, en incontables ocasiones, en diversas épocas –basta leer el libro Las glorias de María, del eminente San Alfonso María de Ligorio, para comprobarlo–, incluso los pecadores más empedernidos pueden hallar, si abren su alma y su corazón a la gracia, la redención y el perdón. ¿Quién podía asegurar, con tantos sacrificios por el estadista de por medio, que éste no podía correr la misma suerte venturosa?

Aunque actualmente, tanto por testimonios del P. Carlos Heredia S. J., que tuvo trato con Calles en su última enfermedad, como por los documentos y declaraciones orales de que se dispone a la fecha, se tiene claro que el político de Guaymas no se acercó al Creador antes de morir, podemos decir que sólo Él sabe, en Su insondable Sabiduría y Providencia, si el fruto del sacrificio solemne del jesuita mártir y de la antigua religiosa se obtuvo verdaderamente. A nosotros, como humanos, sólo nos queda citar el conocido refrán: la esperanza es lo último que muere.

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Bibliografía:

Dragón, A. (1934). Por Cristo Rey. El Padre Pro. México: Buena Prensa.

Ramírez Rancaño, M. (2014). El asesinato de Álvaro Obregón: la conspiración y la madre Conchita. Instituto de Investigaciones Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) & Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM). México: Secretaría de Educación Pública.

Ramírez Torres, R. (1976). Miguel Agustín Pro. Memorias biográficas. México: Tradición.

Testimonios orales de María del Carmen Ávalos Herrera.

El «joven Macabeo», Niño Héroe relegado (I)

La historia de Don Miguel Miramón y Tarelo (Primera parte)

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Fotomontaje que muestra a Don Miguel Miramón y Tarelo y, al fondo, el Castillo de Chapultepec, que él defendió junto con los otros cadetes del Colegio Militar. Edición hecha por la autora. La pintura del Castillo es del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

También murió en la cima de un cerro, pero no en el de Chapultepec, sino en el de las Campanas, en Querétaro. Además de haber sido el presidente mexicano más joven y uno de los dos militares mexicanos que fueron leales al emperador Maximiliano de Habsburgo hasta la muerte, el protagonista del texto que nos ocupa fue uno de los valerosos cadetes que defendieron el Castillo y lucharon contra los invasores estadounidenses el 13 de septiembre de 1847. Sólo que, a diferencia de los seis jóvenes que son recordados año con año y que pasaron a la posteridad con el nombre de “Niños Héroes”, él fue condenado al oprobio, al desprecio y al olvido. Algunos, en un intento de hacer justicia a su memoria, lo han denominado “el séptimo Niño Héroe”.

¿Pero a qué se debió lo anterior?

En la presente entrada abordaremos los acontecimientos más importantes de su carrera terrena, sin omitir su intrépida intervención como estudiante del Colegio Militar. Porque, en efecto, aunque los libros oficiales no lo mencionen o lo cataloguen como traidor,, él también se ganó un sitio de honor tanto en aquella batalla como en la Historia de nuestra patria.

Su nombre completo era Miguel Gregorio de la Luz Atenógenes Miramón y Tarelo, si bien durante su vida únicamente utilizó el primero. Nació el 17 de noviembre, día de San Gregorio Taumaturgo –así se explica su segundo nombre–, del lejano año de 1831. La Ciudad de México fue la urbe que presenció su venida al mundo. Sus progenitores fueron el coronel don Bernardo Ignacio Ernesto de Miramón Arrequívar (1788-1866) y su esposa doña María del Carmen Tarelo Segundo de la Calleja (1800-1866). Don Bernardo era hijo de un navarro nacido en Jurancon, en los Bajos Pirineos, y a su vez don Pedro y don Antonio, bisabuelo y tatarabuelo paternos de Miguel, eran señores del lugar d’Ogue, en las inmediaciones de la localidad francesa de Pau. Los abuelos de nuestro futuro héroe, inclusive, aún firmaban como Miramont. Al castellanizarse el apellido, la «t» terminó por perderse y dar origen a «Miramón».

Volvamos con Miguel. El infante tuvo que ser bautizado de emergencia, bajo condición de forma privada y con ritos limitados– al nacer. Venía tan débil que su mismo padre, para no privarlo de la gracia, había efectuado la ceremonia. A esto se le conoce como bautismo de urgencia y se administra en caso de que un no bautizado, usualmente un neonato, se encuentre en peligro de muerte.

Pasado el peligro, a los cuatro días, el nuevo vástago del matrimonio Miramón y Tarelo fue llevado a la pila bautismal canónica y públicamente. El Sacramento le fue administrado en la iglesia de la Santa Veracruz, uno de los templos más antiguos de la Ciudad de México, edificado originalmente bajo el patronato de Hernán Cortés.

He aquí la transcripción del documento eclesiástico:

Fe de Bautismo de Miguel Miramón. Las dos páginas que la conforman se han unido en una sola imagen. Edición y resaltados por la autora.

«Al margen izquierdo: 398 / Miguel Gre- / gorio de la Luz / Ateno- / genes

Dentro: En Veinte y Uno de Noviembre de mil / ochocientos treinta y uno, Yo el B.r [1] D. Agapito / Guiol (V. P.) [2] y con condicion por haberse hecha- / do la agua al tiempo de nacer, bautisé so- / lemnemente en esta Parroquia dela Santa Ve- / racruz . á un infante q.e [3] nació el día diez y siete / [cambio de página] á quien puse por nombre Miguel Gregorio / de la Luz Atenogenes, hijo legítimo y de legítimo Ma- / trimonio del Ten.te [4] Cor.l [5] D. Bernardo Miramon y de / D.a [6] María del Carmen Tarelo, nieto por línea paterna / del Cap.tn [7] D. Bernardo Miramon y D.a Josefa Arre- / quíbar y por la Materna de D. José Anto nio Tarelo / y D.a Ana Segundo dela Calleja. Fueron sus Padrinos / el Ten.te Cor.l D. Joaquin de Miramon y D.a Ma- / riana Gorrino y Miramon á quienes adbertí su obli- / gacion y parentesco Espiritual. Y para q.e conste lo / firmo.

Dor. [8] Jose María Aguirre. Agapito Guiol. (Rúbricas)»

Algunas semblanzas indican que su nacimiento acaeció el 29 de septiembre, fiesta de la Dedicación de San Miguel Arcángel, pero esto, como consta en la partida que recién transcribimos, no fue así.

Parroquia de la Santa Veracruz, donde fue bautizado Miguel Miramón. Litografía de Murguía. Tomada de Manuel Rivera Cambas, México pintoresco, artístico y monumental. Vistas, descripción, anécdotas y episodios de los lugares más notables de la capital y de los estados, aun de las poblaciones cortas, pero de importancia geográfica o histórica [1ª ed., 1882], 3 tt., ed. facsimilar, México, Editorial del Valle de México, 1981, t. I, entre páginas 461-462.

Miguel tuvo los siguientes hermanos varones: Guadalupe, de quien se sabe que nació en 1825; José Bernardo, fallecido en Chihuahua; Mariano, nacido en 1839, que murió víctima en La Habana, Cuba; Joaquín, nacido en Puebla y pasado por las armas en febrero de 1867, en Tepetates, por orden de Benito Juárez; y Carlos, que moriría hasta 1907. Todos ellos, al igual que nuestro biografiado, siguieron la carrera de las armas. A ello pudo haber contribuido, según Román Araujo, el hecho de que el abuelo paterno, el padre y dos tíos, Joaquín y Ángel, hubieran abrazado la vida militar. Don Bernardo Miramón había pertenecido al Ejército Trigarante fundado por Agustín de Iturbide –si bien, posteriormente, se uniría al Plan de Casamata y a la sedición que buscaba derrocarlo–, y para 1831, tanto Bernardo como Joaquín ya eran oficiales del Ejército Mexicano.

Las hermanas de Miguel, por su parte, fueron María de la Luz –la primogénita, que vio la luz primera en 1821–, Guadalupe Rosario, Soledad, María del Carmen, María de la Paz y Catalina.

Para cuando nació Miguel Miramón, aunque después de una década de vida independiente –o por lo menos en el papel–, México distaba mucho de ser un país pacífico. Hacía dos años, en 1829, España había emprendido la tentativa, que falló, de reconquistar México. En diciembre, el día 4, el jiquilpense Anastasio Bustamante se sublevó contra el presidente Vicente Guerrero y, para 1830, asumió la presidencia de la República. En febrero de 1831, apenas nueve meses antes de que Miguel Gregorio viera la luz primera, Guerrero fue pasado por las armas en Cuilapam.

El 26 de octubre de 1833, cuando a Miguel le faltaba poco menos de un mes para cumplir dos años, don Bernardo de Miramón recibió el grado de coronel efectivo, a los veintitrés de servir en las filas militares. El 20 de noviembre, tres días después del cumpleaños del niño, se convirtió en Fiscal Militar del Supremo Tribunal de Guerra. Sin embargo, su situación económica era precaria. Esto, sumado a su numerosa prole y al hecho de que no pudo prosperar en la jerarquía del ejército, le causó no pocas tribulaciones.

Mientras tanto, lejos de mejorar, el panorama político nacional fue empeorando. A la par que nuestro protagonista crecía , grandes aptitudes para seguir el camino de las armas, los acontecimientos parecían vaticinar que, más pronto que tarde, el hijo de don Bernardo y doña Carmen habría de involucrarse directamente en ellos.

Desde su niñez, con todo y su precaria salud, nuestro protagonista mostró aptitudes para el camino de las armas. Y no era de extrañar, ni remotamente: como reza una expresión popular mexicana, Miguel Gregorio no podía negar la cruz de su parroquia. Aunque Islas García afirma lo contrario, la mayor parte de sus semblanzas coinciden en que la habilidad para las artes militares corría por sus venas, y eso no era secreto para los que lo rodeaban. En el ínterin, siguiendo los deseos paternos, ingresó al colegio de San Gregorio, al que acudían los muchachos de familias distinguidas, localizado en el que otrora llevó los nombres de San Pedro y San Pablo, en la hoy calle San Ildefonso. Con el correr del tiempo su vigor físico, antes casi inexistente, se fortaleció de modo notable.

Frente del ex-colegio e iglesia de Sn. Pedro y Sn. Pablo, litografía en Manuel Rivera Cambas, México pintoresco artístico y monumental, t. II. México, Imprenta de la Reforma, 1882. Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar” Instituto Mora. Imagen mejorada por la autora. Aquí estaba el Colegio de San Gregroio.

Pese a los reveses sufridos por su progenitor, que bien podrían haber disuadido a otros de tomar la misma senda, nadie se asombró cuando, a los catorce años justos, Miguel ingresó al Colegio Militar, a la sazón regenteado por el general José Mariano Monterde Antillón y Segura, nacido el 9 de febrero de 1789. El plantel, anteriormente instalado en la capital mexicana en el ex Convento de los Betlemitas, se situaba, desde 1842, en el Alcázar de Chapultepec. Su sede era un magnífico castillo circundado por el bosque del mismo nombre. Allí llegó nuestro biografiado en 1846. Se había matriculado el 10 de febrero de ese año.

General Mariano Monterde, director del Colegio Militar cuando Miguel se incorporó como alumno y durante la guerra México-Estados Unidos. Imagen editada y mejorada por la autora.

Islas García (1950, pp. 16-17) explica que, a raíz de sus penalidades y decepciones, don Bernardo se resistía a que sus hijos se convirtiesen en soldados. Pero a raíz de que en una ocasión Miguel se fugó del Colegio de San Gregorio en compañía de varios condiscípulos, el coronel tomó la determinación de que su retoño ingresara al Colegio Militar a fin de que aprendiera disciplina y obediencia.

El 16 de junio de 1846, apenas transcurridos cuatro meses de su arribo a Chapultepec, ominosas nuevas se cernieron sobre el Castillo y sobre México entero: había estallado la guerra en contra del titán invasor del norte, los Estados Unidos. Los rumores que Miguel había escuchado en los pasillos de su nueva escuela se habían trocado en realidad.

Pintura del Castillo de Chapultepec, antigua sede del Colegio Militar. Imagen: INAH.

El Congreso Mexicano, por iniciativa del Ministro de la Guerra, general José María Tornel y Mendívil, votó la declaración que sigue:

«La Nación Mexicana, por su natural defensa, se halla en estado de guerra con los Estados Unidos de América, por haber favorecido abierta y empeñosamente la insurrección de los colonos de Tejas contra la nación que los había acogido en su territorio y cubierto generosamente con la protección de las leyes; por haber incorporado el mismo territorio de Tejas a la Unión de dichos Estados por acta de su Congreso, y sin embargo de que perteneció siempre y por derecho indisputable a la Nación mexicana y de que lo reconocieron como mexicano por el tratado de límites de 1831; por haber invadido el territorio del Departamento de Tamaulipas con un ejército; por haber introducido tropas en la Península de California; por haber ocupado la margen izquierda del río Bravo; por haberse batido sus armas con las de la República mexicana en los días 8 y 9 de mayo del presente año; por haber bloqueado a los puertos de Matamoros, Veracruz y Tampico de Tamaulipas, dirigiendo el fuego sobre las defensas de éste…» (citado por Islas, 1950, pp. 20-21).

Esto era lo que podía leerse en el primer artículo del texto.

La oportunidad de Miguel Miramón para entrar de lleno en la Historia de México llegaría pronto. Superada su confusión primigenia, los horizontes se le abrieron: aunque aquéllos no eran sus planes al comienzo, ¿por qué no correr en pos de una heroica carrera militar en aras de defender a la patria invadida?

Ilustración del Castillo y del bosque de Chapultepec. Imagen de El Informador.

El 13 de septiembre de 1847, una renombrada aunque trágica fecha en la historiografía mexicana, el jovencito Miguel Miramón recibió su bautismo de fuego. De ello, al igual que de otros sucesos, nos ocuparemos en la siguiente parte de esta serie. También veremos, porque muy seguramente el lector se habrá formulado la interrogante desde el título de esta primera entrega, el motivo por el cual se ganó el mote de “el joven Macabeo”.

Por lo pronto, domeñó un poco su natural espíritu aventurero, dejó de ser el mocetón rebelde y desordenado de otros años y empezó a alcanzar notas altas. En Ordenanza y en Tácticas de Infantería, por ejemplo, logró la calificación de sobresaliente.

**Notas paleográficas:

[1] Bachiller.

[2] Vuestra Paternidad. Tratamiento que se usa para dirigirse a algunos eclesiásticos.

[3] que.

[4] Teniente.

[5] Coronel.

[6] Doña.

[7] Capitán.

[8] Doctor.

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Bibliografía:

Araujo, R. (1887). El general Miguel Miramón. Rectificaciones y adiciones a la obra del Sr. D. Víctor Darán. México: El Tiempo.

Carmona, D. (2024). Miramón Miguel. Memoria Política de México. https://www.memoriapoliticademexico.org/Biografias/MIM31.html

Fernández, M. (s. f.) La parroquia de la Santa Veracruz: del esplendor al abandono. Revista electrónica Imágenes, del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). https://www.revistaimagenes.esteticas.unam.mx/la-parroquia-de-la-santa-veracruz

Islas García, L. (1950). Miramón, Caballero del Infortunio. México: Jus.

Secretaría de la Defensa Nacional (10 de marzo de 2023). 1828-1847. Convento de Bethlemitas (1828-1835). SEDENA & Gobierno de México. https://www.gob.mx/sedena/acciones-y-programas/1828-1847

José Oseguera Méndez sacerdote y escritor de Pajacuarán.

José Castellanos Higareda. Cronista de Pajacuarán.

P. José Oseguera

Al enterarme por las Redes Sociales de la muerte del Padre José Oseguera Méndez hace algunos días (septiembre del 2024), afloraron mis recuerdos, que en tropel querían salir de mis adentros, evocando aquella época maravillosa de mi adolescencia, cuando iniciaba la década de los años sesentas del siglo pasado.
El Padre Oseguera nació en Pajacuarán, estudió y se ordenó sacerdote en la Arquidiócesis de Guadalajara y posteriormente se incardino en la Diócesis de Culiacán, Sinaloa en la que ejerció su ministerio sacerdotal por muchos años.
Fue el Padre José Oseguera quien se llevó el primer grupo de seminaristas de Pajacuarán a Sinaloa. Entre los que recuerdo: Aristeo Zamora, Jesus Vázquez, Ramiro Arredondo, José Tinoco y Salvador Morales.
En 1960 salió el segundo grupo. Éramos siete jovencitos ilusionados por abrazar la vida sacerdotal: Ramón Rodríguez, Gonzalo Castellanos, Mario Hernández, Reyes Villafan, Artemio Tzintzun, Javier Patiño y Yo.
Los caminos de Dios son inescrutables. Ninguno de los integrantes de ambos grupos logró ordenarse sacerdote.
La actuación del Padre Oseguera en la comunidad de Ruiz Cortines, Sin., hizo historia. Durante su ministerio transformó la comunidad, dándole atención y progreso; siendo muy apreciado por la feligresía.
Al paso de los años vuelve a la Arquidiócesis de Guadalajara, en donde se le asignan nuevas tareas en diferentes parroquias.
Complementó su preparación estudiando la Pastoral Social en Roma, Italia; la actualización en Derecho Canónico en la Universidad Pontificia de Mexico; estudió en la escuela Libre de Derecho en la Ciudad de México; Ciencias de la Comunicación en Buenos Aires, Argentina ; fue miembro del Tribunal Eclesiástico y párroco emérito de Tizapan el Alto,Jal., fue miembro de la Sociedad Mexicana de Geógrafía y Estadística y autor de más de una docena de libros con diversas temáticas pastorales.

Descanse en paz Padre José Oseguera Méndez.
Un excelente ser humano y un distinguido pajacuarenses,

13 de septiembre de 1847, el ataque a Chapultepec por el  ejército estadounidense.

Francisco Gabriel Montes Ayala.

La batalla de Chapultepec es un acontecimiento histórico de México, en la guerra entre Estados Unidos y nuestro país, que derivó en la pérdida de más de la mitad del territorio nacional. Aquí la narración de un libro que se publicó en 1848, un año después de la derrota del ejército mexicano. Varios autores escriben estos “Apuntes” que se llaman Historia de la Guerra entre México y Estados Unidos. Aquí la narración de aquel acontecimiento que da la historia de los Niños Héroes.

Batalla de Chapultepec


“El enemigo había formado tres columnas a las órdenes de los generales Pillow, Quitman y Worth, ocupó el bosque con sus rifleros que, saliendo del Molino, arrollaron a los pocos tiradores que hasta el pie. La columna del general Worth volteó la posición y figurando un ataque por la calzada de Anzures llamó la atención del general Santa Ana. Una nube de tiradores avanzando rápidamente sobre el puente de la calzada de la Condesa, se abrigó en los troncos de los magueyes que habían sido talados y en las desigualdades y chozas inmediatas. Este ataque también se juzgo verdadero por el general en jefe, que alternativamente atendía los tres puntos dichos y tenía la mayor parte de sus tropas en inacción formadas en toda la calzada. Los enemigos viendo que su plan surtía efecto, y que se resistían con vigor sus falsos ataques, dirigieron el grueso de sus columnas, que entraron por el Molino, el asalto del cerro, las que flanqueadas y precedidas de sus tiradores comenzaron a subir, la una por la rampa y la otra por la parte accesible del noreste, entretanto que el norte y oeste una nube de tiradores trepaba y se aprovechándose de las peñas, arbustos, ángulos muertos y mala aplicación al terreno de nuestras fortificaciones, apagaba con sus tiros certeros los de nuestros defensores, o los distraía de atender a la columnas de asalto, que no encontraron más resistencia formal que la que se les opuso en la rampa y al pie del cerro el valiente y denodado teniente coronel D. Santiago Xicoténcatl con su batallón de San Blas; pero flanqueado, envuelto y muerto este jefe, y la mayor parte de sus oficiales y soldados, los enemigos avanzaron por el segundo tramo de la calzada con bandera desplegada, cayendo esta algunas veces por la muerte del que la llevaba y retorciendo algunos pasos las columnas; pero tomando otro la bandera y continuando el avance hasta el terraplén, donde nuestros pocos defensores, aturdidos por el bombardeo, fatigados, desvelados y hambrientos fueron arrojados a la bayoneta sobre las rocas o hechos prisioneros, subiendo una compañía del regimiento de Nueva York a lo alto del edificio, desde donde algunos alumnos hacían fuego y eran los últimos defensores del pabellón mexicano, que muy pronto fue reemplazado por el americano”.

Los niños héroes no son mencionados por sus nombres, pero los alumnos del Colegio Militar, estaban allí, defendieron unos cuantos la posición y fueron muertos unos, y prisioneros otros, dos de aquellos serían a la postre los llamados Macabeos del ejercito conservador Luis G. Osollo y Miguel Miramón, los mejores generales de la facción conservadora.

El asalto a Jocotepec, Jalisco.

Mtro. Manuel Flores Jiménez *Cronista de Jocotepec.

Corría el año de 1878, entre los vaivenes políticos como consecuencia de la guerra de Reforma en el país, Porfirio Díaz había hecho ya su pronunciamiento en contra del gobierno juarista, continuando las discrepancias en torno a la lucha por el poder.

En gran parte del territorio nacional prevalecía un ambiente de inseguridad donde los grupos de las gavillas sembraban el temor en los habitantes de todas las regiones, principalmente en los ataques que hacían a las haciendas y a las poblaciones, para saquear con violencia lo que encontraban a su paso.

Algunos de estos grupos de gavilleros provenían de jornaleros que mantenían cierta relación de amistad o parentesco y, que al calor de la efervescencia política de aquellos años, se mezclaron entre sí para delinquir al margen de la poco asertiva aplicación de la justicia que no era tan efectiva. De los míseros salarios que recibían por el pago de un jornal, vieron la facilidad de cambiarse a un bando que se enriquecía con mayor facilidad en las actividades propias de ese oficio.

Dentro del contexto municipal, el Lic. Trinidad Henríquez, Juez 3º. de lo Criminal, suscribió en el acta correspondiente, los hechos acontecidos la noche del 9 de noviembre de 1878, donde la localidad de Jocotepec, Jalisco, sufrió un gran robo, ascendiendo a 37 personas que fueron privadas de algunos de sus bienes. El mencionado juez registró los nombres y las cantidades de las que fueron afectados.

Carmen Rivera y compañía: 500; José B. Balcázar: 1000; Juan Félix y compañía: 967; Jesús Rivera y compañía: 400; Filomeno Chavoya y hermano: 980; Doña Guadalupe Blais: 200; José María Ybarra y Gómez: 300; Luis Loza: 179; José María Palos: 400; Jesús Acosta y compañía: 200; Feliciano Cuéllar: 109; José González: 180; Marcelino García: 90.90; Mariano Patiño: 40; Macario García: 200; Pedro Sánchez: 24; Eufemio Loza: 12.29; Rafael Cuevas: 87; Ignacio Cuevas y Acosta: 280; Pedro González: 1000; Antonio Veitia: 161; Martín Chacón: 9; Nepomuceno Chacón: 19; Agapito Ybarra: 199; Sebastián Ibarra 96; Trinidad Zárate: 100; *Sr. Cura Vicente López de Nava: 14; Jesús Huerta: 36; Jesús Villa: 30; *Pbro. Petronilo Chacón: 900; Doña Estéfana García: 90.29; Francisco G. Gutiérrez: 30; Guadalupe Aceves: 92.29; Pilar Ortega: 6.90; Jesús Flores: 12; Cipriano Rodríguez: 8; Manuel Castillo: 9.

El total de dinero confiscado por los malhechores fue 7,619.79.

Las declaraciones de algunos testigos como José María Palos, decían que el 9 de noviembre fue asaltado y robado el pueblo de Jocotepec; que reconocía algunas prendas rescatadas como propiedad de las señoras García: “dos tapalos de gros, uno plumbago y otro solferino y negro”, confiscados a Saturnino Castillo y Francisco Mesa. Una bola de gamuza amarilla dentro de un baúl (se dice que éste era de José Rivera) y unas botas.

Por su parte, el testigo José Jesús Espinoza, afirmó que el citado Eduardo Ayala, dijo públicamente que le dieran un apoyo económico, que de todos modos vendrían a robar a los más ricos. Que esa noche del asalto andaba revuelto entre los ladrones y les decía que fusilaran a Sánchez.

Por su parte, Eduardo Ayala, avecindado en la hacienda de Potrerillos, señaló que hace tres semanas estuvo en Jocotepec, y fue con el fin de sacar una camisa que tenía empeñada. Que estando en ese pueblo llegaron los ladrones entre ocho y nueve de la noche, en ese momento estaba en la tienda de Jesús Acosta, y otra persona lo vio también. Que “luego se echaron sobre la tienda y al exponerse lo golpearon, le quitaron sus calzones, su frasada y su camisa; que luego que pasó el robo se fue a dormir encuerado como estaba a la casa de Atanasio Chacón. Desde muy temprano se salió y se vino para la hacienda de Potrerillos, y que no conoce a José Sánchez ni tampoco conoció a ninguno de los ladrones”.

En otra declaración el presidente del ayuntamiento de Chapala, dijo que fueron apresados Máximo Castañón por Antonio Veitia en la hacienda de Zapotitán, y Ángel Calderón por Jesús Cuevas y Berrueco, quien le recogió un pantalón, unas pantaloneras, unas bolas de hule y un tranchete. Que tales prendas fueron reconocidas por don José Baltasar y don Feliciano Cuéllar, y eran de las robadas esa noche en el asalto.

Máximo Castañón, afirmó que era viudo de 35 años de edad, jornalero y vecino de Tlajomulco, que nunca había estado preso y que vino a este pueblo a ayudarle a su cuñado Jesús Huerta a recoger sus mazorcas.

Ángel Calderón, vecino de Tonalá, alfarero de 34 años, dijo que nunca había estado preso “y yo soy hombre de bien”; que vino el domingo a vender loza blanca, llegando el sábado como a las seis de la tarde. Entonces lo apresaron cuando traía unas prendas recogidas en la casa de don Marcelino Penando, que eran de él; que la esposa dijo que la había robado. Que para escaparse y no lo mataran se subió a un zalate y se bajó cuando llegó el auxilio para ver si no se habían robado su burro aparejado.

El testigo Feliciano Cuéllar, dijo que radicaba en Jocotepec, de 48 años de edad, casado y comerciante. Al preguntarle sobre qué hacía Ángel Calderón al apresarlo, respondió que lo vio en la plaza “pepenando cosas que largaron los bandidos”. Que eran unas prendas que tenía tapadas con unos manojos de hoja en el zaguán de la casa de don Marcelino García; que lo detuvieron a él, a Pedro García y a Jesús Cuevas y León. Que estaba “pepenando” las prendas en la plaza, frente a la tienda de su propiedad, siendo dos pares de pantalones y unas bolas de hilo que llevaba en la pechera.

Jesús Cuevas y Berrueco, comerciante y viudo de 27 años de edad, dijo que radicaba en Jocotepec. Que andaba ayudando a apagar un incendio la noche del asalto; que oyó un ruido de voces como pleito, corrió y a media plaza estaban don Feliciano Cuéllar, don Jesús de León y don Pedro García que forcejeaban con un hombre. Le dijeron éstos que ese hombre (Ángel Calderón) era uno de los ladrones, que consiguió un lazo y lo amarró poniendo a alguien que lo cuidara; que al registrarlo le encontró un envoltorio con bolas de hilo y un tranchete que traía en la pechera.

Los testimonios de los testigos muestran los nombres de vecinos de otra época y otros rasgos que por su peculiaridad llaman la atención. Ni el mismo párroco Vicente López de Nava y el sacerdote Petronilo Chacón se les escaparon a los gavilleros. A este último lo persiguieron mucho tiempo y estuvo a punto de morir en manos de estos grupos que se disfrazaban de “liberales”, cuando en realidad eran señalados como delincuentes.

No fue así con el sacerdote Bernardo Pérez, quien en otra ocasión fue fusilado a un lado de la puerta mayor, junto con el jefe de armas de la población, don Antonio Cruz Aedo, a quien lo colgaron de la puerta mayor del mismo templo. Los restos del cura López de Nava y del Padre Chacón fueron sepultados en el presbiterio de la capilla del Señor del Huaje, los dos murieron el mismo año.

En el libro titulado “El retrato de Jalisco”, de Carlos Navarro (octubre 2003, Prometeo Editores, Guadalajara, México), se registra un exvoto de agradecimiento de Diego Hernández, fechado en 1862, colección del mencionado autor, y que fue elaborado por el pintor José María Mares, cuya leyenda escrita (se corrige la ortografía para su mejor comprensión) es como sigue.

“En el año de 1862, el día 1º. de noviembre en la noche del mismo día me asaltaron en mi casa Antonio Aedo y otros cinco de su fuerza, y el mismo Aedo me sacó para fusilarme, y forcejeando para que me hincara, aclamé a la Purísima que me diera esfuerzo para suplicarles no me fusilaran, lo que conseguí por la intercesión de tan Divina Señora, y para que conste pongo este mi retablo: Diego Velázquez”.

Y continúa señalando Carlos Navarro que “En los Anales del P. Rivera nos enteramos que el diez de marzo de 1863, el jefe reaccionario Antonio Aedo (no confundir con el culto y arrojado Miguel Cruz Aedo) cae preso de Antonio Rojas en Jocotepec, Jalisco, junto con otras 32 personas, entre ellas el cura Bernabé Pérez, siendo fusilados ese día”.

Aproximadamente trece años después del hecho anterior (1866) es cuando llegó a Jocotepec como vicario el presbítero Miguel M. Arana. En las cajas de la parroquia de Jocotepec, del Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara, localicé una serie de datos que hablan sobre este acontecimiento descrito con anterioridad en el libro mencionado.

Están consignados en mi libro “Crónicas de San Francisco Xocotepec”, y los transcribo textualmente de la página 165: “Tres años anteriores a la llegada del Sr. Arana, para ser exactos, el diez de marzo de 1863, un grupo de radicales entraron a Jocotepec y fusilaron al Pbro. Bernardo Pérez (no Bernabé), quien tenía una edad de cincuenta años. Este hecho ocurrió “… en el cementerio a un lado de la puerta de la iglesia”; asimismo colgaron al Jefe de Armas Don Antonio Cruz Aedo, de la puerta mayor a la entrada del templo. El Padre Chacón fue sacado golpes de su casa con el intento de fusilarlo, pero al llevarlo al sitio del cementerio pudo escapar de sus verdugos con la ayuda de algunos conocidos.

Este hecho conmocionó a la población por el aprecio que se le tenía al Padre Bernardo Pérez, y ocurrió entre las tres y cuarto de la madrugada cuando la población fue asaltada por el famoso salteador y bandido Antonio Rojas y por Hermenegildo Gómez, los cuales fueron los causantes de muchos atropellos en toda la región. Por más de cuatro horas estuvieron combatiendo las fuerzas opositoras de Rojas contra las del jefe de Armas, Aedo, donde (perdió) la vida el anterior (…) y 32 personas entre soldados y oficiales y tomándose 50 prisioneros, armas y equipo de guerra”. Estos últimos tres o cuatro renglones se registran en el libro “México través de los siglos”. Ensayo histórico, p.134.

El prelado cotijense que aprobó la lucha cristera desde las puertas de Roma (I)

La historia de Monseñor José María González y Valencia. Primera parte

Lic. Helena Judith López Alcaraz

El obispo José María González y Valencia (1884-1959), oriundo de Cotija de la Paz.

Fue uno de los muy escasos prelados, de los treinta y ocho que conformaban el Episcopado Mexicano en el momento de la suspensión de cultos de 1926, que aprobaron la resistencia armada de los católicos perseguidos, y uno de los tres obispos cuyo destierro fue una de las condiciones impuestas por el presidente interino Emilio Portes Gil al concertar los supuestos “arreglos” de 1929 con los dos eclesiásticos conciliadores, Pascual Díaz y Leopoldo Ruiz.

Vio la luz primera en Cotija de la Paz, Michoacán, el 27 de septiembre de 1884. Fue el segundo vástago del matrimonio formado por Juan González Oseguera y Benigna Valencia Vargas. Era primo, por vía paterna, de Francisco María González Arias, obispo de Campeche, y de los hermanos Antonio y Rafael Guízar y Valencia –el segundo hoy canonizado–, prelados que habrían de regentear las Diócesis de Chihuahua y Veracruz respectivamente, por el lado materno. También estuvo emparentado con el general cristero Jesús Degollado Guízar, hijo de Maura Guízar Valencia, que era hija, a su vez, de Natividad Valencia Vargas, tía materna de José María.

Es muy probable que el hijo recién nacido de don Juan y doña Benigna, según la usanza, fuera incorporado a la Iglesia militante a los pocos días de su nacimiento pero, lamentablemente, no nos ha sido posible encontrar el documento correspondiente. Lo mismo podemos decir de su acta de nacimiento. Lo que sí se sabe, por notas autobiográficas, que José María realizó sus estudios de instrucción primaria y parte de los de bachillerato en el Colegio marista dedicado a San Luis Gonzaga –análogo al mismo que existía en Sahuayo de Díaz–, en su pueblo natal. Más tarde, al sentir el llamado al sacerdocio, ingresó al Seminario de Zamora, fundado en 1864 por Dn. Antonio de la Peña y Navarro (1799-1877), primer Obispo de aquella ciudad. Allí permaneció cuatro años y acreditó debidamente los cursos de filosofía y parte de los de teología, además de recibir la tonsura y las cuatro órdenes menores –ostiariado, exorcistado, lectorado y acolitado–.

Como seminarista, fue un alumno destacado, tanto por su excelente conducta como por su aprovechamiento académico. En consecuencia, como premio y aliciente, fue enviado a la Ciudad de las Siete Colinas para que prosiguiese su formación levítica en el Colegio Pío Latino Americano, también llamado Seminario Americano, fundado el 21 de noviembre de 1858, bajo el pontificado de Pío Nono. Llegó allí en octubre de 1905. El Papa que ocupaba la Sede petrina, a la sazón, era Pío X.

Fotografía panorámica de Cotija de la Paz tomada por Aurelio Torres. Imagen mejorada y editada por la autora.

El 28 de octubre de 1906, aproximándose cada vez más a recibir el presbiterado, fue ordenado subdiácono. El Sábado Santo de 1907, que ese año cayó el 30 de marzo, fue hecho diácono. Por fin, el 28 de octubre de ese mismo año, a la edad de sólo veintitrés años, fue ordenado sacerdote por ministerio del cardenal Pedro Respighi en la Capilla del Colegio Germánico, en Roma. Dicho prelado era el vicario del Pontífice reinante.

Una vez como presbítero, José María González Valencia permaneció en la Ciudad Eterna durante dos años y medio, precisamente en el Pío Latino, hasta que obtuvo el triple doctorado en Filosofía, Teología y Derecho Canónico, con venia del entonces obispo de Zamora, Dr. José Othón Núñez y Zárate (1867-1941), reorganizador de la Escuela de Artes y Oficios y fundador del Colegio San Luis, de la Escuela de Comercio y de una Normal Católica, entre otras obras importantes.

Terraza del Colegio Pío Latino Americano, donde estudió el seminarista José María González y Valencia. Puede observarse a los aspirantes al sacerdocio, con sotana. Fotografía de Rerum Romanarum.

Una vez finalizados sus estudios eclesiásticos, en septiembre de 1910, el padre José María regresó a México. El Porfiriato se había derrumbado definitivamente. Faltaban unas semanas para que, en noviembre, el coahuilense Francisco I. Madero convocara al pueblo mexicano a la lucha armada con la finalidad de derrocar al presidente octogenario. Los ánimos, en extremo caldeados, iban disponiéndose para el estallido de la Revolución Mexicana.

En cuanto arribó a su país natal, el padre González Valencia pasó a dar clases en el Seminario que había sido testigo de sus primeros años como aspirante al sagrado ministerio y en cuyas aulas también había transitado, entre otros personajes, otros dos destacados eclesiásticos de aquel tiempo, Monseñores Francisco Orozco y Jiménez, entonces Obispo de Chiapas, y Rafael Guízar y Valencia –familiar de José María–, así como el poeta y periodista Amado Nervo –si bien él no concluyó la formación sacerdotal–. Como docente se ocupó, simultáneamente, de las cátedras de Filosofía, Teología, Instituciones Canónicas, Historia Eclesiástica y Sagrada Escritura. De acuerdo con el testimonio del Canónigo Rafael Plancarte Igartúa –escrito “Ygartúa” en el libro biográfico de Andrés Barquín y Ruiz–, el joven sacerdote “supo amar y ser amado, con aquel carácter franco y jovial, sencillo y enérgico: carácter que bien formado vino, más tarde, a dar opimos [ricos] frutos en los diversos puestos en que ha servido a la Iglesia” (1967, p. 6).

Leonel Tinajero Villaseñor describe así al padre:

“Bien parecido, cuerpo regular, ojos vivaces, impecable en sus atuendos y de recia personalidad, imponía sus dignidad y señorío en las ceremonias litúrgicas en las que actuaba con gran pompa y parsimonia.

En su vida personal era cordial y versátil en su actuación, dándose a querer de cuantos lo rodeaban. Alternaba con los sacerdotes deponiendo su elevado rango eclesiástico y departía amistosamente con los clérigos, que gustaban acercarse a él.

Era muy comprensivo y cariñoso con los niños, amable y cordial con los mayores, paciente y bondadoso con los humildes y muy caritativo con los menesterosos” (1971, p. 248).

Pero su trayectoria como catedrático no duraría mucho tiempo. La Revolución se encargaría de ello.

Otra fotografía de Cotija de la Paz, tierra natal de Monseñor González y Valencia. Instantánea mejorada por la autora.

De ello nos ocuparemos en la siguiente entrada de esta serie.

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Bibliografía:

Barquín y Ruiz, A. (1967). José María González Valencia, Arzobispo de Durango. México: Jus.

Tinajero Villaseñor, L. (1971). Cotija: un pueblo y una época. Editorial B. Costa-Amic.

La torre de cráneos de los sacrificios humanos. Barbarie del imperio mexica. No creían, pero allí está.

Francisco Gabriel Montes Ayala *Colaborador

Fray Bernardino de Sahagún en el libro II de la Historia General de la Cosas de la Nueva España, en su apéndice II ( Editorial Porrúa) hace una relación de edificios del gran templo de México: en el lugar 41 dice lo siguiente: «El cuadragésimo primero edificio se llama Hueitzompantli; era el edificio que estaba delante del cu de Huitzilopochtli, donde espetaban las cabezas de los cautivos que allí mataban a reverencia de este eficio, cada año en la fiesta panquetzaliztli.»

Esta fiesta, «era un día después del mes que se llama ochpaniztli » donde los dueños de los esclavos, sin precisar hombres, mujeres o niños, se preparaban «estas fiestas solo las hacían los mercaderes que compraban los esclavos» estos visitaban a sus familias y las casas de sus dueños «y algunos que tenían buen corazón, y 0tros no podían comer, con la memoria de la muerte que luego habían de padecer«- Dice Sahagún, que los primero cuatro sacrificados era en el juego de pelota «dos a honra del dios Amapan y otros dos a honra del dios Oappatzan, cuyas estatuas estaban junto al Tlachco (juego de pelota), en habiéndolos muerto arrstrábanlos por tlachco- ensangrentábase todo el suelo con la sangre que de ellos salían yéndolos arrastrando-« Asimismo asesinaban a cautivos sin precisar cuantos, «les sacaban el corazón» y mientras algunos peleaban en dos bandos «tomaban luego a los cautivos y a los otros esclavos que habían de morir y traíanlos en procesión alrededor del cu solo una vez» posteriormente Fray Bernardino, narra que «llegando arriba mataban primero a los cautivos, para que fuesen delante de los esclavos, y luego mataban a los esclavos…descendían el cuerpo por las gradas rodando, derramando por ellas la sangre; así hacían a todos los esclavos que mataban a honra de Huitzináhuatl, solos ellos morían, ningún cautivo moría con ellos, matábanlos en su cu de Huitznáhuatl.» esto el primero y tercer día; el cuarto día, los muertos habían sido repartidos para comer y decapitados para ser espetados. Anexados al Hueytompantli. Así se hacía la colección.

Fray Toribio de Benavente dice: » Las cabezas de los que sacrificaban, especialmente tomados en guerra, desollábanlas y si eran señores o principales personas los así presos, desollábanlas con sus cabellos y secábanlas para guardar. De estas había muchas al principio; y sino fuera porque tenían algunas barbas, nadie juzgara sino que eran rostros de niños de cinco o seis años, y causábanlo estar, como estaba, secas y curadas. Las calaveras las ponían en unos palos que tenían levantados a un lado de los templos del demonio; de esta manera: levantaban quince o veinte palos más y menos de largo de cuatro a cinco brazas fuera de tierra y en tierra entraba más de una braza, que eran una vigas rollizas apartadas una de otras cuando como seis pies y todas puestas en hilera, y todas aquellas vigas llenas de agujeros; y tomaban las cabezas horadadas por las sienes y hacían unos sartales de ellas en otros palos delgados pequeños y ponían los palos en los agujeros que estaban hechos en las vigas que dije, y así tenían quinientas en quinientas y de seiscientas en seiscientas y algunas partes de mil en mil calaveras; y en cayéndose una, ponían otras, porque valían muy barato; y en tener aquellos tendales muy llenos de aquellas cabezas mostraban ser grandes hombres de guerra y devotos sacrificadores de sus ídolos»

Actualmente se han descubierto dos columnas circulares de más de cuatro metros de altura que flanqueaban estos postes, compuestas por hileras de calaveras unidas con argamasa. Hasta hoy, se han identificado 655 cráneos humanos: 60% masculinos, 38% femeninos y 2% de infantes.

Pero aquellas que eran solo en columnas de palos, seguramente se perdieron los miles de restos humanos.

Fuentes consultadas:

1.-Historia General de las Cosas de la Nueva España, de Fray Bernardino de Sahagú, Libro II, Apéndice II, Editorial Porrúa.

2.-Historia de los Indios de la Nueva España de Fray Toribio de Benavente, Motolinía, Tratado I, Capítulo 9, pág. 42 y 42, Editorial Porrúa

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De las lluvias y sus señales.

«Las Notas del Cronista» 📜 ✒️ Manuel Flores Jiménez *Cronista de Jocotepec


Nuestros antepasados se guiaban en base a una permanente y detallada observación de los hechos y fenómenos que sucedían en la cotidianidad. Para el importante proceso de los períodos agrícolas echaban mano de sus fieles observaciones para prever la entrada de la temporada de las lluvias y, con ello, poder asegurar una buena cosecha.

El cielo esta encapotado…


Destacan las señales que para ellos tenían un gran significado y que se relacionaban con la aproximación de las lluvias. Los más viejos llamaban “la revolución de marzo”, al estado del tiempo en que se nublaba, lloviznaba o llovía en forma, éstas eran las señales de las primeras lluvias. A partir de ese día en que aparecían esas manifestaciones se contaban días, es decir, tres meses para calcular la entrada formal del temporal lluvioso.


Por ejemplo, si llovía el 23 de marzo, las primeras lluvias ocurrirían el 23 de junio aproximadamente. Era consenso de los adultos de aquellas épocas que la entrada de las lluvias tenía como fecha principal el 13 de junio, día de San Antonio. Otra señal que se tomaba en cuenta era cuando se venían tres tolvaneras seguidas del otro lado del cerro, por el rumbo de San Marcos Evangelista. Esa era señal de que ya iba a llover.


Cuando las chancharras comenzaban a salir afanosamente de sus cavidades y metían hojarasca tierna, esa era otra premonición. Además, decían que cuando los toros empezaban a bramar con insistencia, se decía que ellos ya estaban presintiendo la aproximación del agua de las lluvias.


Por otra parte, cuando se escuchaban los truenos en el mes de mayo esa era buena señal. Había un refrán que decía: “Te estaba esperando como agua de mayo”, eso se decía cuando se ansiaba la presencia de alguien. Hasta una canción llevaba por título “Los aguaceros de mayo”.


Otra sospecha de la proximidad de las lluvias era la aparición de lo que se nombraba “la calma”, esa especie de nubosidad producida en parte por la evaporación del agua y por el humo de los incendios de los cerros o cuando comenzaban a preparar las tierras para las siembras. A esto último le llamaban “ajoyar”.
Si el amanecer era brumoso y el sol salía y se ocultaba muy rojo era también considerado como una señal. Si los cerros a lo lejos se veían como nublados, a eso se le llamaba “la calma”. Cuando caían las primeras lluvias salían (y siguen saliendo) unas hormigas rojas grandes con alas y otros insectos que les dicen chicatanas; además, hay otros insectos de alas frágiles y que dicen que roen las ropas y los atrae la luz interior nocturna de las casas. Es entonces, cuando comienzan a crecer con mayor furor las hierbas de la tierra más reseca.


Mientras más sofocadas fueran las noches y el día tuviera un calor intenso y seco, se afirmaba que muy pronto llovería. Lo anterior, combinado con el incesante y monótono chirrido de las chicharras, que desaparecen con las primeras lluvias y no vuelven a escucharse hasta el año venidero.
Entonces, comienzan a nacer las semillas ocultas entre las hojas del suelo y las lluvias traen aromas de la tierra que escapan de sus apretados y oscuros terrones, aromas lejanos que gratifican los sentidos porque el agua se mezcla con la tierra haciéndola florecer. Y luego, ya bien entrado el temporal, aparecían las luciérnagas (aquí les decimos alumbradores y todos los herbicidas aplicados a las tierras por las trasnacionales de las berries acabaron con ellas y con otras especies animales y vegetales), con sus lucecitas en medio de los campos húmedos y entre el croar intermitente de ranas y sapos.
Actualmente, cada 15 de mayo se celebra en Zapotitán de Hidalgo, el día de San Isidro Labrador, patrono de los campesinos y agricultores. Se celebra una misa donde se realiza la bendición de las semillas, luego, al salir, se queman cuetes y ristras y la banda de música acompaña en peregrinación al contingente de vecinos (antes le decían el convite) que llevan sus tractores adornados con flores y milpas. En este recorrido se lleva la imagen de San Isidro en un cuadro.


Son tantas las señales que la memoria colectiva conserva, que las presentes se comparten como algunas pocas de tantas que nuestros ancianos afirmaban que tenían validez. Como la llegada de las golondrinas, cuando los caballos se ponían a correr y andaban alborotados por veredas y corrales, cuando los conejos salían a buscar refugio, el estruendoso canto de las ranas y las chicharras, cuando soplaba más viento y se concentraban más nubes en el cielo, cuando los pájaros emigran y cambiaban de nido, la aparición de los insectos negros y rojos llamados asquiles.


El alma popular guarda muchas otras premoniciones que aquí no se dicen, los que las sepan hagan favor de compartirlas.

La muerte del “Centauro del Norte”

Asesinato de Doroteo Arango, mejor conocido como Francisco Villa

Lic. Helena Judith López Alcaraz

En una fecha como esta, pero de 1923, hace 101 años, en Hidalgo del Parral, Chihuahua, fue ultimado el célebre general Francisco Villa, cuyo nombre auténtico era Doroteo Arango. A pesar de la divergencia de opiniones, muchos en su tiempo creyeron que se había tratado de un crimen político cuya autoría intelectual residió en el entonces presidente de México, Álvaro Obregón Salido. Otros lo atribuyeron únicamente a una venganza personal debida a ciertos agravios que el caudillo, famoso por su crueldad, había cometido contra pequeños propietarios y algunos grupos de campesinos.

General Francisco Villa (1878-1923), en realidad llamado Doroteo Arango, famoso revolucionario mexicano. Fotografía: Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.

Después de que Venustiano Carranza de la Garza cayó bajo los proyectiles asesinos en Tlaxcalantongo, Puebla, en mayo de 1920, Francisco Villa fue amnistiado por el gobierno provisional de Adolfo de la Huerta. Decidido a retirarse de la vida militar, estableció su residencia en la hacienda de Canutillo, en su natal estado de Durango, donde estableció una pequeña colonia agrícola-militar.

Francisco Villa en la Hacienda de Canutillo. Fotografía mejorada por la autora.

La conspiración para asesinarlo había sido proyectada ya con bastante anticipación, pero la ocasión para ponerla en práctica no se había presentado. Justo un mes antes, el 20 de junio de 1923, había tenido lugar una tentativa fallida. Un vigilante comisionado por los urdidores informó que había visto salir a Villa, en su coche, rumbo a Parral. Con rapidez, los asesinos se encaminaron hacia el sitio por donde pasaría. Ya en el punto acordado, vislumbraron a lo lejos un vehículo que se aproximaba, y se apostaron para el ataque, con las armas amartilladas. Pero he aquí que, cuando ya estaban por jalar el gatillo, al tener el carro a tiro, se asombraron al percatarse de que ni el conductor era Villa, ni éste iba a bordo. Sería preciso, por ende, aguardar a otra ocasión más propicia.

El segundo intento de arrancar a Villa de la tierra de los vivientes se llevó a cabo el 10 de julio siguiente. Cerca de la una de la tarde, el general paseaba acompañado por tres personas en la banqueta situada enfrente de la casa de los conjurados. Se dio aviso a éstos, quienes dispusieron los rifles y los colocaron en posición de disparar. Justo antes de que se emitiera la orden de abrir fuego, vieron con frustración cómo un grupo de chiquillos que salió del Colegio Progreso pasó junto a Villa. En consecuencia, decidieron esperar.

Antigua fotografía de Hidalgo del Parral, escenario de la muerte de Villa. Fotografía: INAH Chihuahua.

Alboreó el viernes 20 de julio de 1923. Alrededor de las ocho de la mañana, vestido con una camisa caqui, el Centauro del Norte abordó su automóvil Dodge Brothers, de color negro, modelo 1922. Él  se sentó al volante, mientras que su secretario, Miguel Trillo, ocupó el lugar del pasajero. En la parte trasera se sentaron cuatro hombres de su escolta: Daniel Tamayo, asistente de Villa, detrás de Trillo; el jefe de la escolta, Ramón Contreras, a la izquierda; Claro Hurtado, asistente de Trillo, y finalmente Rafael Medrano. Debido a la falta de espacio, el chofer Rosalío Rosales trepó en la salpicadera izquierda. Así, a las 8:05 de la mañana, Villa encendió el sedán y condujo a velocidad moderada.

El automóvil avanzó hacia la esquina de la calle Zaragoza, para posteriormente doblar a la derecha, en la avenida Juárez, rumbo a la plaza del mismo nombre. Esto es, se encaminó directamente hacia los cuartos siete y nueve de la calle Gabino Barreda, donde estaba apostado el conjunto de asesinos.

Al verlo atravesar el callejón Meza, Juan López Sáenz Pardo, quien vigilaba a Villa para asegurarse de que él conducía el carro, sacó de uno de sus bolsillos un pañuelo rojo con el que simuló limpiarse el sudor de la frente. Sáenz repitió la acción varias veces: era la señal convenida para indicar que Villa iba al volante. Mientras tanto, el caudillo charlaba alegre y amenamente con Trillo.

Por fin, sonó el momento del asesinato. El Dodge bajó la velocidad al acercarse a la esquina de la calle Gabino Barreda, lugar en el que la avenida Juárez topa con los cuartos, para tomar la curva y virar a la derecha. En ese momento, las puertas de dos cuartos se abrieron inopinada y bruscamente. Melitón Lozoya, Jesús Salas Barraza y José Sáenz Pardo salieron disparando sus rifles sobre el Dodge, mientras que el resto de los tiradores se desplegó sobre la calle haciendo llover proyectiles desde ambos costados. Todo ello, de modo ininterrumpido. De acuerdo con el testimonio de Salas, Villa no atinó a decir nada; ni siquiera, en sus palabras, reaccionó.

Imagen de frente del coche donde viajó Villa el 20 de julio de 1923. Actualmente es el objeto más preciado del Museo Casa de Villa en la ciudad de Chihuahua. Fotografía: Museo Histórico de la Revolución. Tomada por Mario Alberto Trillo Corral.

El fuego de los tres rifles impactó el vehículo de frente y por el costado izquierdo, destrozando el parabrisas. El chofer Rosales recibió un disparo en el pecho y rodó de la salpicadera para caer de bruces en el arroyo. Miguel Trillo recibió varias descargas en el tórax. El automóvil no completó la vuelta porque Villa murió al recibir el primer disparo en el pecho y soltó el volante. Malheridos, Medrano, Hurtado y Contreras bajaron por la portezuela izquierda. Daniel Tamayo, por su parte, murió casi en seguida. Hurtado y Contreras, en contraste, alcanzaron a correr hacia el puente de Guanajuato, aunque el primero expiraría, desangrado, al poco tiempo, recargado en uno de los pilares del viaducto.

Estado en el que quedó el volante del automóvil. Alcanza a verse el cadáver de Villa. Fotografía mejorada por la autora.

El Dodge, ya fuera de control, impactó un fresno que estaba frente a la casa vecina a los cuartos. La defensa quedó torcida y el fanal y la salpicadera izquierda se rompieron. El impacto impulsó el coche y lo desvió hacia el centro de la calle, donde permaneció. Entre tanto, aunque muy malherido, Rafael Medrano se ocultó entre los neumáticos y disparó hasta que se le agotaron las municiones. No le fue factible recargar su pistola a causa de la debilidad provocada por el desangramiento, así que determinó fingirse muerto.

Estado en el que quedó el automóvil en el que viajaba el general Villa cuando fue asesinado. El cadáver que se observa en la imagen es de su secretario, Miguel Trillo. Fotografía cortesía de Relatos e historias en México.

Al cabo de poco más de tres minutos, la balacera finalizó. Habían sido disparados casi ciento cincuenta tiros, entre las pistolas y rifles de los homicidas. Una auténtica lluvia de proyectiles. Doroteo Arango, exánime y lleno de sangre, yacía recostado con el lado diestro del rostro recargado en el asiento y la mano siniestra sobre la barriga. En su cuerpo había proyectiles de distintos calibres, incluyendo dos en la cabeza y uno expansivo que le abrió el pecho y le dejó el corazón despedazado. Así fue asentado en el informe de la autopsia, que fue realizada en el hotel Hidalgo, propiedad del difunto general.

Otro ángulo del asesinato, con sendas leyendas en los cuerpos sin vida de Villa y de Trillo. Imagen ampliada por la autora.

El dictamen pericial estuvo listo esa misma noche. Únicamente fueron embalsamados los cadáveres de Villa y de Trillo. Por su parte, el rotulista Alfonso Bravo Herrera sacó unas mascarillas de yeso de los rostros del caudillo y de su secretario, que fueron expuestas en las oficinas de la redacción del periódico local El Martillo, y poco después enviadas a la capital de la república.

A los pocos días, en la parroquia de San José, el párroco Miguel Ramos celebró las exequias. La ceremonia fue presidida por el general Eugenio Martínez, jefe de las operaciones en Chihuahua y compadre del caudillo; su hermano Hipólito Villa y el coronel Félix C. Lara, jefe de la guarnición de la plaza, quienes escoltaron el ataúd.

Especial del diario El siglo, el primero que dio la noticia de la muerte de Villa.

En vida, Villa había mandado edificar un mausoleo en el Panteón de Regla, en la capital de la entidad chihuahuense, para que sus restos reposaran allí. Pero eso no fue posible debido a que el panteón fue previamente clausurado. En consecuencia, el cadáver acribillado fue sepultado en el cementerio municipal de Parral.

Primera plana del conocido periódico capitalino Excélsior, en el que se dio a conocer la muerte de Pancho Villa.

La noticia de la muerte violenta de Villa se difundió cual reguero de pólvora por la República entera, y también apareció en diarios locales, naciones y extranjeros. En Estados Unidos, por ejemplo, casi todos los periódicos hablaron sobre el asesinato en primera plana. También en Europa se publicó al respecto. En Madrid, La Voz publicó que Villa había sido “el terror de los campos mexicanos”, al cual se le imputaban “crímenes y excesos de toda índole” –como nota nuestra, una significativa porción no sólo fueron meras acusaciones–. El Heraldo, también en la capital de la madre patria, asentó que Pancho Villa ya había abandonado su vida de aventuras, pero añadió que, como reza el refrán, “quien siembra vientos es natural que recoja tempestades”.

Primera plana del periódico La Patria, del mismo día del asesinato de Villa, que da fe de lo ocurrido. En uno de los subtítulos se menciona el móvil de la venganza.

La mayoría de los mexicanos, en términos generales, reaccionó con sorpresa al enterarse de que el cabecilla había sido acribillado. Algunos se regocijaron por su muerte, debido a que lo consideraban –no sin fundamento, en honor a la verdad, ya que su fama de bárbaro y sanguinario había sido bien granjeada– un bandido y un asesino de primer orden, y que en el tiroteo habían quedado vengados los inermes habitantes de innumerables localidades que habían sufrido su brutalidad y su fiereza. Para otros, por el contrario, el general había sido un héroe revolucionario genuino, cuyo fatal desenlace había que lamentar y llorar.

Es preciso mencionar que, independientemente de si se trató de un mero ajuste de cuentas de índole personal o si hubo una orden directa de los altos mandos del gobierno mexicano –lo cual, de acuerdo con algunos autores, es lo que sucedió, ya que el primer mandatario toleró o promovió planes para matar al duranguense–, lo cierto es que el asesinato de Pancho Villa fue perpetrado con la doble complicidad de las autoridades locales y federales. Éstas, a todas luces, deseaban quitarlo del camino e impedir que el connotado revolucionario encabezara, en 1924, un levantamiento militar que pusiera en peligro las elecciones presidenciales de aquel año. Y no fue descabellado haberlo visto bajo aquella óptica porque, en efecto, Obregón impuso a su lugarteniente predilecto para sucederlo en la silla del águila: su coterráneo Plutarco Elías Calles.

A fin de cuentas, tal había sido también el objetivo de la rebelión delahuertista: evitar que el segundo sonorense ascendiera al poder por mandato de su antecesor. Sin embargo, a diferencia del homicidio de Villa, que salió a pedir de boca para sus fautores y promotores, el levantamiento de don Adolfo no concluyó bien.

Ahora bien, Jesús Salas nunca dejó de reconocer su responsabilidad material, y aun intelectual, en el asesinato. Prueba de ello reside en los siguientes párrafos, pertenecientes a una carta suya al general Abraham Carmona y citada por Friedrick Katz en la revista Alquimia:

Jesús Salas Barraza, principal asesino de Francisco Villa. Nunca rehuyó su responsabilidad en lo acontecido. Fotografía original del INAH, mejorada y editada por la autora para esta entrada.

“Usted recuerda, mi buen amigo, que muchas veces en conversaciones íntimas que tuvimos cuando estuvo entre nosotros, le relaté con algunos pormenores el sinnúmero de crímenes cometidos por este bandido; entre ellos, ya que prolijo sería enumerar uno a uno los perpetrados en su larga vida de infamia, el siguiente: haber dinamitado una planta eléctrica que costó medio millón de pesos, en Magistral de este estado, dejando en la más completa miseria a más de mil familias que se mantenían con su honrado trabajo en dicha negociación, asesinando de vil manera y con lujo de crueldad a un honrado empleado como lo era Catarino Smith, a quien yo quería como a un hermano. ¿El por qué me erigí en vengador? lo sabe usted de sobra, pues siendo diputado al Congreso Local de esta entidad, representante del distrito de El Oro, en donde con más saña atacó Villa a sus habitantes, natural es que haya dado este paso de importante trascendencia para mi Patria” (Katz, p. 52).

La prensa mexicana dejó de interesarse por la muerte de Villa en muy poco tiempo. Las publicaciones sobre lo ocurrido dejaron de aparecer. Ni el presidente Obregón ni su secretario de Gobernación –que no era otro que el mismo Calles– demostraron mayor atención o preocupación al respecto. Y, hasta cierto punto, era comprensible: un adversario suyo había sido erradicado. En adición, para el momento de su deceso, Villa carecía ya, en sí, de relevancia política o militar, y sus seguidores más leales habían fallecido o lo habían dejado. Tampoco hubo alzamientos ni protestas a raíz de los acontecimientos en Parral.

Antigua tumba de Villa en Parral, Chihuahua, al poco tiempo de su inhumación. Instantánea mejorada por la autora.

Para el lector que desee ver una recreación histórica acertada de los hechos narrados en esta entrada, recomendamos el fragmento correspondiente de la serie Senda de gloria (1987), dirigida por Raúl Araiza y producida por Ernesto Alonso, el “Señor Telenovela” para Televisa. El revolucionario de Durango fue interpretado por el actor Guillermo Gil, ya fallecido.

Como último dato, los restos mortales del general Villa fueron trasladados al Monumento a la Revolución el 20 de noviembre de 1976.

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Fuentes y bibliografía:

Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana (2023). Pancho Villa. Semblanza biográfica. Gobierno de México. https://inehrm.gob.mx/es/inehrm/villa

Katz, F. (2013). El asesinato de Pancho Villa. Alquimia, (47), 50–59. Recuperado a partir de https://revistas.inah.gob.mx/index.php/alquimia/article/view/1286

Mendoza, R. (21 de mayo de 2024). La verdadera historia detrás del asesinato de Pancho Villa. Revista Muy Interesante (Digital). https://www.muyinteresante.com.mx/historia/39138.html

Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (20 de julio de 2023). Seis datos interesantes sobre la muerte de Francisco Villa. A cien años de su trágico fallecimiento. Gobierno de México. https://www.gob.mx/siap/articulos/seis-datos-interesantes-sobre-la-muerte-de-francisco-villa