Homilía del Cardenal Re en la Misa «Pro eligiendo Pontifice»

Cardenal Re en la homilía.

El cardenal Giovanni Battista Re, decano del Colegio Cardenalicio pronuncia la homilía:

En los Hechos de los Apóstoles se lee que, después de la ascensión de Cristo al cielo y en espera de Pentecostés, todos perseveraban unidos en la oración junto con María, la Madre de Jesús (cf. Hch 1,14).

Es precisamente lo que también nosotros estamos haciendo a pocas horas del inicio del cónclave, bajo la mirada de la Virgen colocada al lado del altar, en esta Basílica que se eleva sobre la tumba del apóstol Pedro. Notamos como todo el pueblo de Dios está unido a nosotros con su sentido de fe, su amor al Papa y su confiada esperanza.

Estamos aquí para invocar el auxilio del Espíritu Santo, para implorar su luz y su fuerza, a fin de que sea elegido el Papa que la Iglesia y la humanidad necesitan en este momento de la historia tan difícil y complejo.

Rezar, invocando al Espíritu Santo, es la única actitud justa y necesaria, mientras los cardenales electores se preparan a un acto de máxima responsabilidad humana y eclesial, y a una decisión de gran importancia; un acto humano por el cual se debe abandonar cualquier consideración personal, y tener en la mente y en el corazón sólo al Dios de Jesucristo y el bien de la Iglesia y de la humanidad.

En el Evangelio que ha sido proclamado han resonado palabras que nos conducen al corazón del mensaje-testamento supremo de Jesús, entregado a sus Apóstoles en la tarde de la última cena en el Cenáculo: «Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado» (Jn 15,12). Y para precisar ese “como yo los he amado” e indicar hasta dónde debe llegar nuestro amor, Jesús afirma a continuación: «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (Jn 15,13).

Es el mensaje del amor, que Jesús define mandamiento “nuevo”. Nuevo porque transforma en positivo y amplía en gran medida la exhortación del Antiguo Testamento, que decía: “No hagas a los demás lo que no quisieras que te hagan a ti”.

El amor que Jesús revela no conoce límites y debe caracterizar los pensamientos y la acción de todos sus discípulos, que en su conducta siempre deben manifestar un amor auténtico y comprometerse en la construcción de una nueva civilización, que Pablo VI llamó “civilización del amor”. El amor es la única fuerza capaz de cambiar el mundo.

Jesús nos ha dado ejemplo de este amor al comienzo de la última cena con un gesto sorprendente: se abajó al servicio de los demás, lavando los pies a los Apóstoles, sin discriminaciones, sin excluir a Judas que lo iba a traicionar.

Este mensaje de Jesús se enlaza con lo que hemos escuchado en la primera lectura de la Misa, en la que el profeta Isaías nos ha recordado que la cualidad fundamental de los Pastores es el amor hasta el don total de sí.

De los textos litúrgicos de esta celebración eucarística nos llega, por tanto, una invitación al amor fraterno, a la ayuda mutua y al compromiso por la comunión eclesial y la fraternidad humana universal. Entre las tareas de todo sucesor de Pedro está la de acrecentar la comunión: comunión de todos los cristianos con Cristo; comunión de los obispos con el Papa; comunión entre los obispos. No una comunión autorreferencial, sino dirigida totalmente a la comunión entre las personas, los pueblos y las culturas, velando para que la Iglesia sea siempre “casa y escuela de comunión”.

También es fuerte la llamada a mantener la unidad de la Iglesia en la senda trazada por Cristo a los Apóstoles. La unidad de la Iglesia es querida por Cristo; una unidad que no significa uniformidad, sino una firme y profunda comunión en la diversidad, siempre que se mantenga en plena fidelidad al Evangelio.

Todo Papa sigue encarnando a Pedro y su misión, y de esa manera representa a Cristo en la tierra; él es la roca sobre la cual se edifica la Iglesia (cf. Mt 16,18).

La elección del nuevo Papa no es una simple sucesión de personas, sino que es siempre el apóstol Pedro que regresa. Los cardenales electores expresarán su voto en la Capilla Sixtina, donde —como dice la Constitución apostólica Universi dominici gregis— «todo contribuye a hacer más viva la presencia de Dios, ante el cual cada uno deberá presentarse un día para ser juzgado».

En Tríptico Romano, el Papa Juan Pablo II expresaba el deseo de que, en las horas de la gran decisión mediante el voto, la majestuosa imagen de Miguel Ángel que representa a Jesús Juez recordase a cada uno la grandeza de la responsabilidad de poner las “soberanas llaves” (Dante) en las manos adecuadas.

Recemos, por tanto, para que el Espíritu Santo, que en los últimos cien años nos ha dado una serie de Pontífices verdaderamente santos y grandes, nos regale un nuevo Papa según el corazón de Dios para el bien de la Iglesia y de la humanidad.

Recemos para que Dios conceda a la Iglesia el Papa que mejor sepa despertar las conciencias de todos y las fuerzas morales y espirituales en la sociedad actual, caracterizada por un gran progreso tecnológico, pero que tiende a olvidarse de Dios.

El mundo de hoy espera mucho de la Iglesia para la tutela de esos valores fundamentales, humanos y espirituales, sin los cuales la convivencia humana no será mejor ni portadora de bien para las generaciones futuras.

Que la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, intervenga con su intercesión maternal, para que el Espíritu Santo ilumine las mentes de los cardenales electores y los haga concordes en la elección del Papa que necesita nuestro tiempo.

Fuente: ACI Prensa

In hoc signo vinces

Breve historia de la Invención de la Santa Cruz

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Constantino, hijo de Santa Elena –o Helena, como se escribe el nombre atendiendo a la etimología–, era un pagano monoteísta: creía en el invencible dios Sol. En la batalla en el Puente Milvio, sobre el río Tíber para entrar a la ciudad de Roma en la Vía Flaminia, se enfrentó a Majencio y lo derrotó en el año 312.

Antes de la gran contienda, en la que se decidiría el futuro del Imperio romano, Constantino una gigantesca cruz luminosa encima del astro rey acompañada por las letras X (chi) y P (ro) del alfabeto griego (pronunciadas respectivamente “Ch” y “R” (las iniciales del nombre de Cristo, “Christós”), y por las palabras en latín “In hoc signo vinces”, es decir, “Con este signo vencerás”, que en griego se escriben ἐν τούτῳ νίκα.

Fragmento de una pintura de Rafael, pintada entre 1520 y 1524, que representa el momento en que Constantino vio el signo de la Cruz en el firmamento, previo a la batalla del puente Milvio.

Impresionado, Constantino ordenó grabar la cruz en los escudos de los soldados. Al día siguiente, como es bien sabido, el vástago de Elena ganó la batalla y se convirtió en el único emperador de Occidente.

Su gran victoria marcó los albores de una era de libertad para la fe cristiana. El 15 de junio de 313, en Milán, Constantino proclamó el edicto que lleva el nombre de esta ciudad. En el documento no sólo se decretaba una total y completa libertad de culto para los cristianos, hasta entonces acerba y cruelmente perseguidos y martirizados, sino la devolución de todos los bienes que habían sido confiscados durante las persecuciones de los mandatarios previos.

Pintura que representa la batalla del puente Milvio, de la autoría de Giulio Romano.

Hasta aquí hemos dado el preámbulo para la historia. Vamos, ahora sí de lleno, al relato de la Invención de la Santa Cruz. Hay que recordar –nota nuestra– que en este caso el término no se refiere a inventar algo, como podríamos suponer, sino “descubrimiento”. La palabra procede del latín invenīre (“descubrir, hallar”), y este a su vez de in- (“in-: “hacia adentro”) + venīre (“venir”). Tal es, de hecho, el significado original.

Este es la narración que se encuentra en el Oficio Divino correspondiente al 3 de mayo; transcribimos la traducción al español al pie de la letra:

“Tras la insigne victoria de Constantino sobre Magencio, y a poco de haberse mostrado divinamente la señal de la Cruz del Señor, Elena, madre de Constantino, avisada en sueños, fue a Jerusalén con el deseo de hallar la Cruz de Jesucristo. Hizo que fuese derribada la estatua de mármol de Venus, que unos ciento ochenta años antes habían colocado en el Calvario con el fin de borrar el recuerdo de la Pasión del Señor. Lo mismo hizo con las estatuas de Adonis y de Júpiter que se levantaban en el pesebre del Salvador, y en el lugar de la Resurrección.

Excavado el lugar donde estuvo la Cruz, se descubrieron tres cruces sepultadas; y separado el título [2] de la del Señor. Y como no se sabía a qué cruz pertenecía, un milagro solucionó la duda. Macario, obispo de Jerusalén, se puso en oración, y después dispuso que cada una de las cruces tocara a una mujer enferma [1]; aplicáronle sin resultado alguno las dos primeras, pero al contacto de la tercera, sanó al instante.

Hallada la santa Cruz, mandó Elena edificar en el lugar una iglesia, donde dejó una parte de la misma, en relicario de plata; otra parte, que dio a su hijo Constantino, la destinó a la iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén, en el palacio Sesoriano de Roma. Donó a su hijo los clavos con que el Santísimo Cuerpo de Jesucristo fue clavado en la Cruz. Luego, Constantino dictó una ley prohibiendo que nadie fuese condenado al suplicio de la cruz. Así pues, lo que antes fue objeto de oprobio y deshonor, comenzó a ser de veneración y gloria.”

Hasta aquí la transcripción.

Fue de esta forma en que la emperatriz Elena halló el Dulce Leño, el Árbol de la Cruz, desde el cual fue vencido el que en otro árbol venció (palabras tomadas del Prefacio de la Santa Cruz), y en el cual Cristo, muriendo, nos dio vida y nos abrió de nuevo las puertas del Paraíso, cerradas desde la caída de nuestros primeros padres, cuando fue cometido el pecado original.

Cabe mencionar que, para el tiempo del bendito y dichoso hallazgo, Elena ya era una anciana. Se había convertido al cristianismo y recibido el Bautismo ya en el otoño de la vida, hacia los sesenta años de edad, luego de haber sido repudiada, más joven, por su esposo Constancio Cloro, padre de Constantino. Pasó el resto de su vida haciendo obras de caridad en favor de los más desposeídos, visitando los Santos Lugares y procurando la edificación de varias iglesias en los sitios en los que fue consumada la Redención del género humano. Como hijo agradecido que supo ser para con su madre, Constantino le dio plenos poderes para que dispusiera de los bienes del Estado como ella lo deseara.

Pintura que representa a Santa Elena sosteniendo la Vera Cruz, cuyo hallazgo llevó a cabo.

La Santa falleció hacia el año 329 o 330 –depende de la fuente que se consulte–. Su fiesta se celebra el 18 de agosto. La oración colecta de la Misa dedicada a ella, tomada del Misal Romano, resume así la acción más importante de su carrera en este mundo, por la cual es recordada:

«Oh Señor Jesucristo, que revelaste a la bienaventurada Helena el lugar donde estaba escondida tu cruz, para que, por medio de ella, enriquecieras a tu Iglesia con este precioso tesoro: concédenos por medio de sus oraciones, que por medio del rescate de este Árbol de la vida, podamos alcanzar la recompensa de la vida eterna».

Notas:

[1] En el Misal romano diario, propiedad de la autora, se lee que la mujer estaba muerta y que, al contacto con la Vera Cruz, resucitó.

[2] La inscripción en tres lenguas que mandó poner Pilato: Iesus Nazarenus Rex Iudæorum.

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El Señor del Huaje.

Manuel Flores Jiménez *Cronista de Jocotepec


Los manuscritos antiguos sostienen que la imagen fue esculpida de un árbol de huaje, y que su aparición fue hace 310 años, hacia 1715, siendo fray Manuel de Mimbela, Obispo de Guadalajara.

Narran los registros de la cofradía que se hizo cargo de su culto, resguardo y hospital, que la imagen pasó por varias vicisitudes, debido a las deficiencias del escultor que la creó y del auxilio posterior para mejorarla por otros.

A fray Miguel Aznar, le correspondió indagar sobre su claro pesimismo, respecto a la aparición de la imagen, quien primero fue nombrada Santo Cristo de la Expiración, luego Señor del Huaje, posteriormente, Señor del Dulce Nombre, para finalmente quedar como Señor del Huaje.

Fray Nicolás de Ornelas, contemporáneo del suceso de la aparición, lo consignó en su obra “Crónicas de la Provincia de Santiago de Jalisco”; de igual manera, fray Matías de Escobar, en su documento “Americana Thebaida”, hizo referencia del Cristo en sus crónicas.

En 1721, Francisco de la Cruz Godoy, natural de Jocotepec, era el mayordomo principal de la cofradía del Santo Cristo, pero la imagen estaba en poder de Lucas Mateo y su esposa Andrea Petrona.

Celebran 50 años el Museo de Historia de Ocotlán, Jalisco.

El Museo de Historia de Ocotlán celebró este mes su 50 aniversario con una serie de eventos culturales, académicos y artísticos que reunieron a historiadores, instituciones, estudiantes y ciudadanos interesados en el patrimonio regional.

Fundado el 15 de abril de 1975, el museo ha sido un pilar en la preservación de la historia y tradiciones del municipio y sus alrededores. Para conmemorar medio siglo de labor, se llevó a cabo una ceremonia oficial el pasado fin de semana en sus instalaciones, donde se inauguró una exposición temporal titulada “Ocotlán: Memorias de Medio Siglo”, que recopila documentos, fotografías, objetos y testimonios que narran la evolución social y cultural de la región.

En esta ceremonia cívica, también se develó el nuevo nombre que acompañará desde hoy al Museo de Antropología e Historia de Ocotlán “José María Angulo Sepúlveda”, en reconocimiento a su principal promotor y presidente fundador. Al término del acto se depositó una capsula del tiempo, en donde se colocaron cartas de cientos de niños ocotlenses, documentos, fotografías y diversos objetos que narran la historia de esta institución y que será abierta en el 2050, cuando el museo cumpla 75 años.

Entre los asistentes se encontraban ex presidentes municipales, cronistas de la región, empresarios, familiares de fundadores, ex trabajadores, y socios activos y honorarios del patronato, quienes destacaron la importancia del museo como espacio educativo y de identidad comunitaria.

Las actividades conmemorativas incluyeron también un convivio en el Museo de Arte Sacro, ubicado al interior de la parroquia y concluyó con una ceremonia religiosa de acción de gracias en la Capilla de La Purísima. 

Este aniversario no solo marca un hito en la historia del museo, sino que también renueva el compromiso con la divulgación y preservación del legado histórico de Ocotlán para las futuras generaciones.

Fuente: Museo de Historia de Ocotlán, página oficial.

El calicanto en Sahuayo. Tradición románica que perdura en el siglo XIX, que llega a la actualidad.

Francisco Gabriel Montes

El calicanto, es una mezcla de cal, canto (piedras de río), arena, tierra y como diluyente del agua. Se dice que surgió este tipo de materiales de construcción en el siglo II a.C., en el imperio romano; se construyeron con calicanto, fortalezas, castillos, puentes, torres y muros que buscaban paredes verticales y fuertes. Se siguió usando en todas las etapas históricas, la edad media, el renacimiento y llegó con los europeos a América y a la Nueva España, para continuar su tradición de construcción arquitectónica en el siglo XIX y principios del siglo XX.

El calicanto, según nos dicen algunos expertos, que tiene las características siguientes:

  • Alta Resistencia: Los muros de calicanto son conocidos por su solidez y resistencia a los terremotos y al paso del tiempo.
  • Excelente Aislamiento Térmico: La porosidad de la mezcla de calicanto proporciona un buen aislamiento térmico, reduciendo la necesidad de sistemas de calefacción y refrigeración.
  • Durabilidad: El calicanto, con el mantenimiento adecuado, puede durar siglos.
  • Estética: La textura y el color del calicanto aportan una belleza natural y rústica a las construcciones.
  • Respiración: Permite la transpiración de la pared, evitando la acumulación de humedad. (Padua, Materiales, 2025)

En Sahuayo, existen viejas construcciones que vienen del siglo XIX. Ponemos cuatro ejemplos: el templo de Santiago en el centro de la ciudad, aunque cubierto de cantera el edificio, hay una parte final del templo por la calle Sahagún, que nos muestra el calicanto usado en su original construcción hacia 1850 en adelante.

El templo del Sagrado Corazón de Jesús, es uno de los monumentos que expone en su lado norte del edificio, las diversas etapas de construcción que se iniciaran en 1882; se puede notar el calicanto, exquisito, revuelto con zonas de ladrillo.

Una casa fabulosa, del siglo XIX, es la del Padre Trinidad Barragán, que muestra un calicanto fin, hace esquina con Guerrero y Abasolo; propiedad que fue de los padres del sacerdote y ahora de la parroquia de Santiago.

También se puede disfrutar de la construcción de calicanto y ladrillo, del antiguo acueducto en las afueras de Sahuayo, hacia la zona del rincón de San Andrés, sobre el lecho del río Sahuayo, que fuera construido por un ayuntamiento en los últimos años del siglo XIX.

La influencia románica, posteriormente medieval y renacentista se ve en estos edificios históricos que tiene la ciudad de Sahuayo, que durante el siglo XIX casi todas las construcciones, estaba hecha de calicanto; en las casas habitación, arquerías en el centro de la población y casonas solariegas.

Referencias

Padua Materiales: paduamateriales.com/

El Arzobispo de Pajacuarán

Breve semblanza de Monseñor José Dolores Mora y del Río

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Detalle de un retrato de Dn. José Mora y del Río (1854-1928). Mejora y edición hecha por la autora.

El Episcopado Mexicano en tiempos de la persecución religiosa estuvo conformado, como cualquier grupo eclesiástico, por personalidades muy diversas. Empero, llama la atención que varios de ellos –de un total de treinta y ocho integrantes– eran originarios de Michoacán: Francisco Orozco y Jiménez, los hermanos Rafael y Antonio Guízar y Valencia, Leopoldo Lara y Torres, José María González y Valencia, Luis María Martínez y Rodríguez… y el hombre que encabezó a aquellos prelados como Arzobispo de México: Monseñor José Mora y del Río, a quien dedicamos esta entrada.

Nuestro biografiado vio la luz en Pajacuarán, Michoacán, el 23 de febrero de 1854 (en todas sus semblanzas se establece que fue el 24, pero el acta bautismal indica que fue el día que especificamos). Fueron sus padres el señor Miguel Mora y la señora Ignacia del Río. Fue bautizado al día siguiente de su nacimiento en la Parroquia de San Cristóbal por el presbítero Pedro Alcántar. Recibió los nombres de José Dolores –aunque siempre sería conocido por el primero–. Así consta en su fe de Bautismo, que a continuación reproducimos y transcribimos:

Fe de Bautismo de Monseñor José Mora y del Río, fechada el 25 de febrero de 1854. Edición hecha por la autora.

Al margen izquierdo: Pueblo de / Pajacuarán / José / Dolores

Dentro: En el año de 1.854, á 25 de Fbro., yo el Br. [1] D. Pedro Al- / cantar Ten.te de C. [2] por el señor Cura Don Pedro Ruvio bauticé / á un infante de este pueblo, de dos dias de nacido, á quien pu- / se por nombre José Dolores, h. l. [3] de D. Miguel Mora y Doña / Ygnacia del Río: padrinos Don Antonio Martinez i Doña / Jesus id. [4] no casados, vecinos de este, á quienes advertí su / obligacion, i para constancia lo firmé. Pedro Alcant.r

A semejanza de incontables clérigos michoacanos de su tiempo –algunos de los cuales, como él, llegarían a ser obispos–, cursó sus primeros estudios levíticos en el Seminario de Zamora. Recibió las órdenes menores y el subdiaconado en 1873. Luego, siendo un óptimo alumno, pasó a radicar a la Ciudad de las Siete Colinas para ingresar al Pontificio Colegio Pío Latino Americano, adonde también concurrieron otros futuros prelados –como Orozco y Jiménez, de Zamora, y González y Valencia, de Cotija–. Allí obtuvo su doctorado en Teología y Derecho Canónico. El 22 de diciembre de 1879, por fin, fue ordenado sacerdote en la Ciudad de México. Ya como presbítero, impartió clases en el Colegio Clerical de Jacona y fue nombrado párroco de esa población –hoy conurbada con Zamora–. Por esos años, en 1884, fue profesor de Amado Nervo, que habría de convertirse en célebre poeta y literato.

El 17 de enero de 1893 fue preconizado como primer obispo de Tehuantepec; el día de San José del mismo año fue consagrado y tomó posesión de su cargo, el cual desempeñó por ocho años. Allí destacó por su gran preocupación por los humildes, y organizó dos «semanas agrícolas» en beneficios de los campesinos: una en 1904 y la otra en 1905.

El 23 de noviembre de 1901 fue trasladado a la Diócesis de Tulancingo, que dirigió a lo largo de casi seis años, hasta que el 15 de septiembre de 1907 se le encomendó velar por la diócesis de León. Dos meses después, el 19 de noviembre, asumió su puesto como el quinto prelado en ocupar dicha sede.

Retrato de Su Excelencia José Mora y del Río como Obispo de la Diócesis de León. Imagen perteneciente a la actual Arquidiócesis leonesa.

Su estadía como obispo de la jurisdicción leonesa no fue prolongada: el 2 de diciembre de 1908, festividad de Santa Bibiana, virgen y mártir, Monseñor José María fue nombrado Arzobispo de la Arquidiócesis de México. Fungiría como tal desde el 12 de febrero de 1909 hasta su deceso, acaecido en 1928.

A él le tocó vivir el ocaso final del Porfiriato, la caída del mandatario oaxaqueño, la convulsa situación política que siguió y, dentro de ésta, en 1911, la fundación del Partido Católico Nacional (PCN), al cual –a semejanza de otros compañeros suyos en el Episcopado– apoyó. Un año antes, en 1910, había bendecido e inaugurado el Colegio del Santísimo Sacramento. Asimismo, en septiembre de 1912, y por instancias suyas, fue fundada en la capital la Asociación de Damas Católicas Mexicanas (ADCM), que habría de convertirse en la UFCM (Unión Femenina Católica Mexicana). La agrupación prosperó notablemente gracias a la guía de Monseñor, quien además fue un gran promotor del catolicismo social que buscaba llevar a la práctica las enseñanzas de la Encíclica Rerum novarum, de Su Santidad León XIII.

José Mora y del Río en sus primeros años como obispo. Fotografía editada y mejorada por la autora.

Después de que Francisco I. Madero fue derrocado y asesinado, al ascender Huerta al poder, José Mora y del Río se encargó de organizar la primera consagración de México al Sagrado Corazón de Jesús, llevada a cabo el 6 de enero de 1914. El hecho de que Victoriano Huerta no se opuso a dicha iniciativa, sino que incluso envió representantes al acto religioso, además del tema del PCN y otros factores, desencadenaron el inicio de una cruel persecución religiosa por parte de los revolucionarios que se levantaron contra el régimen del usurpador de origen colotlense, en especial de los carrancistas –los llamados «constitucionalistas»– que se distinguieron por su inquina contra todo lo que fuera católico.

Cuando fue promulgada la Constitución de 1917, la cual contenía artículos que limitaban y coartaban la práctica de la religión católica y el ejercicio del ministerio sacerdotal, además de prohibir las órdenes monásticas y el culto afuera de los templos –entre otras disposiciones–, D. José Mora y del Río encabezó una enérgica protesta escrita por parte del Episcopado Mexicano. A su descontento se unieron los otros eclesiásticos de su rango. El documento, entre algunos puntos, decía:

“El Código de 1917 hiere los derechos sacratísimos de la Iglesia católica, de la Sociedad mexicana y los individuales de los cristianos, proclama principios contrarios a la verdad enseñada por Jesucristo, la cual forma el tesoro de la Iglesia y el mejor patrimonio de la humanidad; y arranca de cuajo los pocos derechos que la Constitución de 1857 (admitida en sus principios esenciales como ley fundamental por todos los mexicanos) reconoció a la Iglesia como sociedad y a los católicos como individuos”.

La oposición del clero católico a la flamante Carta Magna se fue fortaleciendo los años siguientes, a la par de una persecución religiosa cada vez más sistemática y declarada por parte del gobierno. El conflicto se agravó a pasos agigantados y, eventualmente, llegó al punto de no retorno. 1921 fue, en verdad, un parteaguas que lo demostró de modo fehaciente.

El primer acontecimiento estuvo relacionado, justamente, con Monseñor Mora y del Río: el 6 de febrero, a eso de las 3:40 de la madrugada, una bomba estalló en la puerta del palacio arzobispal de la Ciudad de México, residencia de nuestro personaje. El prelado escuchó el estruendo, pero afortunadamente no sufrió daño alguno. Tampoco hubo heridos que lamentar. Eso no quitó, sin embargo, que la residencia sufriera grandes daños: además de la puerta principal, los cristales del ala izquierda del edificio se rompieron y un transformador de luz se trocó en añicos, al igual que las ventanas de la alcoba del hombre hacia quien iba dirigido el intento de asesinato.

Después del atentado, en los meses posteriores sobrevinieron otros ataques que, como el del 6 de febrero, quedaron impunes: el 1° de mayo, los bolcheviques izaron la bandera rojinegra en la Catedral tapatía. Lo mismo aconteció en la de Morelia. El 8 del mismo mes, en la capital michoacana, los rojos apuñalaron una imagen de la Virgen de Guadalupe. El 4 de junio, hubo otro bombazo en el Arzobispado de Guadalajara –Monseñor Orozco salió ileso–. Y el 14 de noviembre, en la Antigua Basílica –como puede leerse en otra entrada de este blog–, sucedió el intento de destruir la imagen de la Morenita plasmada en el ayate de Juan Diego.

Titular de la primera plana del periódico capitalino Excélsior, del 7 de febrero de 1921, en el que se dio a conocer el atentado dinamitero perpetrado en la residencia de Monseñor Mora y del Río. Edición realizada por la autora.

La guerra entre el gobierno de Álvaro Obregón Salido y la jerarquía eclesiástica había empezado, y ya no habría vuelta atrás. En enero de 1923, a raíz de la bendición de la primera piedra del monumento a Cristo Rey en el cerro del Cubilete, Monseñor Ernesto Filippi, delegado papal, fue expulsado del país. En octubre de 1924 se celebró el Primer Congreso Eucarístico Nacional, que derivó en sanciones para los empleados públicos que participaron y en nuevas hostilidades por parte del régimen, que alegó que la Constitución había sido violada por enésima vez.

Monseñor José Mora y del Río, con su atuendo eclesiástico, en los últimos años de su episcopado. Fotografía mejorada y editada por la autora.

Como cabeza del Episcopado Mexicano, Monseñor Mora y del Río no calló ante el recrudecimiento de las medidas persecutorias del régimen de Plutarco Elías Calles, que tomó posesión de la presidencia el 1 de diciembre de 1924. A finales de 1925 y en los albores de 1926, el cumplimiento estricto de la Carta Magna se dejó sentir con rigor a través de la expulsión de dos centenares de sacerdotes extranjeros y cierre masivo de colegios católicos, seminarios, conventos y hospitales que dependieran de la Iglesias, entre otras medidas. El 3 de febrero, en respuesta a tales atropellos, Monseñor Mora y del Río rindió declaraciones al periodista Ignacio Monroy, de El Universal, las cuales fueron publicadas al día ulterior en el periódico susodicho:

“La doctrina de la Iglesia es invariable, porque es la verdad divinamente revelada. La protesta que los prelados mexicanos formulamos contra la Constitución de 1917 en los artículos que se oponen a la libertad y dogmas religiosos, se mantiene firme. No ha sido modificada sino robustecida, porque deriva de la doctrina de la Iglesia. La información que publicó El Universal de fecha 27 de enero en el sentido de que emprenderá una campaña contra las leyes injustas y contrarias al Derecho Natural, es perfectamente cierta. El Episcopado, clero y católicos, no reconocemos y combatiremos los artículos 3o., 5o., 27 y 130 de la Constitución vigente. Este criterio no podemos, por ningún motivo, variarlo sin hacer traición a nuestra Fe y a nuestra Religión”.

Fragmento de la nota publicada en El Informador, diario tapatío, en el que se dio a conocer la consignación de Monseñor Mora y del Río a raíz de sus declaraciones acerca de los artículos antirreligiosos de la Constitución de 1917. Edición hecha por la autora.

La reacción del secretario de Gobernación, Adalberto Tejeda, no se hizo esperar. Al mismo tiempo que mandó consignar al Arzobispo, expresó que las palabras y actitud del prelado de Pajacuarán entrañaban

una rebeldía contra las leyes fundamentales y las instituciones de la República… El Estado permite que la Iglesia Católica ejerza sus funciones hasta el punto de no constituir un obstáculo para el progreso y desenvolvimiento de nuestro pueblo; pero no puede ni debe tolerar que ‘desconozcan y combatan’ las leyes constitucionales… Tiene el Gobierno la obligación de hacer respetar los postulados que las leyes le imponen y por tanto, el deber y el derecho de imponer su sanción a quienes las vulneren… esta Secretaría ya hace la consignación de los hechos, debidamente documentada, ante el señor Procurador de la República, sin perjuicio de llevar al señor Presidente los datos que ha podido recoger sobre el particular para que, con su superior acuerdo, se dicten las demás medidas que sean necesarias en relación con las actividades que desarrolla un grupo de católicos… en el papel de conspiradores contra el régimen y orden establecidos, a fin de reprimir con la energía que se requiera las actividades que fuera de la Ley pretenden ejercer.

El 21 de abril de 1927, Su Excelencia Mora y del Río pagó el precio del destierro a raíz de nuevas declaraciones, reproducidas en diversos diarios, en las que, sin ambages, defendió el derecho de los católicos a profesar su fe con libertad.

Agotado por largas penalidades, Monseñor José Mora y del Río falleció al cabo de un año de haber abandonado su patria. El deceso tuvo lugar en San Antonio, en Texas, el 22 de abril de 1928. No alcanzó a ver, por consiguiente, el trágico desenlace de la Guerra Cristera y los llamados “arreglos” en junio de 1929.

Sus restos fueron trasladados a México en 1947. Las honras fúnebres correspondientes fueron celebradas el 28 de noviembre en la Catedral Metropolitana. Allí, hasta nuestros días, descansa este valiente prelado.

Detalle de otra fotografía de Mons. José Mora y del Río. Edición y mejora llevadas a cabo por la autora.

Su vida, en honor a la verdad, es recordada como la de un pastor sabio y valiente, cuya labor pastoral y compromiso con la fe marcaron una etapa fundamental pero, al mismo tiempo, en extremo compleja y difícil en la historia de la Iglesia católica en México en tiempos de persecución religiosa.

Como último dato, un colegio en su natal Pajacuarán lleva su nombre.

Notas de la fe de Bautismo:

[1] Bachiller. Título académico de los presbíteros luego de acabar los estudios de Teología.

[2] Teniente de cura. Sacerdote nombrado por el párroco para ayudarlo en los menesteres y trabajos de su cargo. Cura auxiliar. Era lo que ahora se conoce como “vicario”.

[3] Hijo legítimo.

[4] Ídem. El mismo, lo mismo. En este caso se indica que eran los mismos apellidos.

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Bibliografía:

Arquidiócesis de León (2025). Mons. José Mora y del Río. Episcopologio. https://arquileon.org/obispos/mons-jose-mora-y-del-rio/

David, D. (1974). ¡Viva Cristo Rey! La rebelión cristera y el conflicto Iglesia-Estado en México. Austin: University of Texas.

Carmona, D. (2024). José Mora y del Río. Memoria Política de México. https://www.memoriapoliticademexico.org/Biografias/MRJ54.html

Historia Eclesiástica Mexicana (2021). DON JOSÉ MORA Y DEL RÍO, PRECURSOR DEL CATOLICISMO SOCIAL.https://www.facebook.com/103963914718967/photos/a.104141874701171/271043878010969/?type=3

El tetramorfo de los evangelistas.

Ssly Katlheen *Arte Medieval

Un tetramorfo o, según el Diccionario de la lengua española, tetramorfos (del griego τετρα, tetra, «cuatro», y μορφη, morfé, «forma») es una representación iconográfica de un conjunto formado por cuatro elementos.

La más extendida de estas es cristiana, que los asocia con los cuatro evangelistas, aunque esta tradición se remonta al Antiguo Testamento, cuando el profeta Ezequiel describió en una de sus visiones cuatro criaturas que, de frente, tenían rostro humano y, de espaldas y en cada lateral, tenían rostro animal (Ezequiel 1:10). Una visión muy similar aparece en un pasaje del Apocalipsis de Juan (Apocalipsis 4:1-9) que describe a cuatro ángeles zoomorfos que rodean al pantocrátor.

Los tetramorfos y el pantocrátor son una constante del arte medieval, tanto en escultura como en pintura, sea mural o en códices miniados.

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Cuaresma roja en Guadalajara

Asesinato de obreros católicos tapatíos por parte de los comunistas en marzo de 1922

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Fotomontaje alusivo al título de esta entrada. Podemos ver el templo de San Francisco de Asís en Guadalajara, parte del jardín de éste y (a la izquierda) el de la iglesia de Nuestra Señora de Aránzazu; lo que ahora es el Andador Alcalde y, al fondo, la antigua estación de ferrocarriles de Guadalajara. Edición de imagen hecha por la autora.

La Cuaresma, el tiempo penitencial católico por excelencia, trae consigo diversos rituales, prácticas y usanzas con los que, ya sea por ser parte de ellos, por costumbre o por cultura, la mayoría de los mexicanos estamos familiarizados: imposición de la ceniza acompañada con el recordatorio de nuestra mortalidad y la necesidad de arrepentimiento, ausencia del Gloria y del Aleluya, ornamentos sacerdotales morados, abstinencia de carne los viernes –lo que comúnmente es llamado “vigilia”– y la consecuente gama de platillos para suplirla, la constante invitación a la recepción de los Sacramentos, en especial el de la Penitencia… y los clásicos ejercicios espirituales, pensados para reflexionar en las verdades de la religión cristiana y disponer el alma para la celebración de los Oficios de Semana Santa y la Pascua florida.

Normalmente, los ejercicios cuaresmales concluyen con la admonición del presbítero o seglar encargado de impartirlos y, como reza el dicho popular, “aquí se rompió una taza y cada quién para su casa”. Esto en un contexto donde el catolicismo, dentro de las diversas circunstancias, puede profesarse con libertad. Pero ¿y en tiempos de rampante persecución religiosa? Hubo una ocasión, hace 103 años, en Guadalajara, en la que un grupo de ejercitantes fue atacado por una turba armada y airada de socialistas. Aquello, como cabía suponer por lo caldeado de los ánimos y de la misma coyuntura que se vivía en nuestro país, con ataques crecientes a los católicos, terminó en tragedia, en el suceso más sonado de aquella primavera de 1922 y de lo que, con todo acierto, fue una Cuaresma roja: no sólo porque así se conocía a los bolcheviques, con ese calificativo, sino también por la sangre que se derramó aquella jornada.

Ya desde 1921, la antigua Ciudad de las Rosas había sido testigo del arribo de militantes comunistas. Basta recordar que el 1° de mayo de ese año, a la vista de la sociedad tapatía, habían izado la bandera rojinegra en nada más y nada menos que en la Catedral. El estudiante de leyes Miguel Gómez Loza –cuya muerte tuvo lugar un 21 de marzo, pero de 1928, justo el mismo día que fueron ultimados los veintisiete cristeros en el atrio de la Parroquia de Santo Santiago en Sahuayo, Michoacán–, sin medir el peligro, subió, la quitó y la hizo jirones, aunque eso le granjeó una golpiza de los rojos, que lo dejaron ensangrentado y medio muerto.

En 1922, los embates bolcheviques cobraron nueva fuerza, y más tomando en consideración la inminencia del Primer Congreso Nacional Obrero Católico, que daría lugar a la Comisión Nacional Católica del Trabajo (CNCT). Los atropellos de los rojinegros alcanzaron su punto álgido en la Cuaresma, específicamente el 26 de marzo, Cuarto Domingo de Cuaresma, también llamado de Laetare por las palabras con que inicia el Introito: “Laetare, Ierusalem”, “Alégrate, Jerusalén”. Aquel día, a diferencia de las otras Domínicas, el órgano emitió sus notas solemnes y los altares fueron adornados con flores.

Fotografía tomada desde la esquina de la Av. Corona con la calle Prisciliano Sánchez. A la izquierda, el jardín de San Francisco, escenario de la matanza de los obreros católicos el 26 de marzo de 1922. Imagen de Guadalajara antigua; edición hecha por la autora.

En contraste con la alegría litúrgica previa a la Semana de Pasión –la inmediatamente anterior a la Semana Santa, según el calendario litúrgico anterior al Concilio Vaticano II–, Guadalajara habría de cubrirse de luto. Todo inició en la mañana. El Sindicato de Inquilinos, liderado por Genaro Laurito –anarquista de origen argentino– y Justo González, organizó una manifestación en contra de los adinerados y del clero católico. Cabe mencionar que, ya desde enero, Laurito había exhortado a los tapatíos a que no se pagaran las rentas. González había sido director de la Penitenciaría de Escobedo y había apoyado a Basilio Vadillo, el gobernador anterior, que había terminado su mandato unas jornadas antes, el 17 de marzo de 1922.

En este caso, según se dijo, la marcha perseguía la finalidad exigir que los propietarios redujeran la renta a los inquilinos, pero pronto quedó probado que también tenían la intención de destruir y atacar. La muchedumbre de aproximadamente mil quinientos inquilinos (González Navarro, 2000) agredió al párroco del templo de la Inmaculada Concepción –en la calle Santa Mónica, entre Juan Álvarez y Manuel Acuña, cerca del Santuario de Guadalupe– y al sacristán porque osaron no querer quitarse el bonete y el sombrero, respectivamente, ante la bandera rojinegra. A su vez, cuando pasaron frente al Palacio de Gobierno, prorrumpieron en denuestos contra los burgueses y el régimen en turno. En la cumbre de la exaltación, puñal en mano, Laurito ordenó a la banda de música que tocara «La Internacional», compuesta por Eugène Pottier y musicalizada por Pierre Degeyter y considerada como el himno del movimiento obrero (al grado de que el mismo Lenin la eligió como canción emblema de la naciente URSS). Después injuriaron al club Atlas, a El Informador –periódico al cual consideraban «reaccionario»–, el diario Restauración y al Casino Jalisciense. 

El Informador –que de conservador no tenía mucho, a decir verdad–, por ejemplo, narró así el «incalificable atropello» que sufrieron:

«Después de que los manifestantes bolsheviques oyeron los discursos candentes de Laurito y comparsa, ya preparado su ánimo en contra de «EL INFORMADOR» como consecuencia de las prédicas, los componentes de la columna voltearon por la Avenida Corona y se dirigieron a nuestras oficinas, deteniéndose frente a la puerta principal y profiriendo toda clase de insultos y gritos amenazantes en contra nuestra».

Luego de vagar por varias partes del ahora llamado Centro Histórico haciendo desmanes en un sitio y en otro, la turba socialista se dirigió al jardín de San Francisco, también llamado «jardín Corona». Allí sobrevendría el clímax de los hechos. Su arribo coincidió con la salida un grupo de obreros católicos, que habían participado de la Misa final de acción de gracias por los ejercicios espirituales –algunas fuentes hablan de un retiro–, dirigidos por el entonces sacerdote José Garibi Rivera –asistente eclesiástico de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana– , a los que habían estado asistiendo. Genaro Laurito iba montado a caballo, pistola en mano. Según El Informador, él mismo ordenó que el gentío al que encabezaba se dirigiera al jardín mencionado, pues sabía que los católicos estaban en tales ejercicios en el templo de San Francisco.

A lomo de corcel y en vanguardia, dirigiendo a sus camaradas, iba el líder socialista J. Concepción Cortés. Fue el primero que llegó al cruce de las calles Prisciliano Sánchez y 16 de septiembre. Viendo que los obreros católicos iban saliendo de Misa, el jefe socialista comenzó a vociferar: “¡Muera la religión! ¡Mueran los católicos!” Son palabras recogidas textualmente por El Informador.

Naturalmente que aquellos gritos llegaron a los oídos de los asistentes. Entre ellos se encontraban dos grandes amigos, ambos aspirantes a abogados: Anacleto González Flores y Miguel Gómez Loza –ambos beatificados en noviembre de 2005–, el mismo del episodio de la bandera en la Catedral. El temperamento sanguíneo y la osadía del segundo, que a veces sí rayaba en la temeridad y en la imprudencia, afloró de nuevo. El P. Garibi, al igual que Anacleto, consideró que en esa ocasión no era conveniente confrontar a los comunistas. Éstos, sin demora, se apostaron en el monumento a Ramón Corona Madrigal –originario, por cierto, de un pueblo de la Ciénega, Tuxcueca–.

Detalle de una fotografía de Anacleto González Flores, hoy Beato, tomada en 1919, cuando aún era estudiante de leyes. A diferencia de su mejor amigo Miguel Gómez Loza, juzgó irreflexivo e insensato enfrentar a los socialistas que atacaron verbalmente a los obreros católicos en el jardín del templo de San Francisco de Asís. Imagen editada por la autora.

Mientras los obreros volvieron al interior del templo, el sacerdote y el estudiante de leyes tepatitlense deliberaron sobre lo que había de hacerse. No tardaron en decidir, dada la magnitud del contingente bolchevique, que lo mejor era que todos se quedaran dentro del recinto hasta que se disolviera la manifestación. Pero Miguel, más airado, no lo creyó así: fue con los trabajadores y los arengó a resistir y, si fuera el caso, a contestar a sus improperios. En su opinión, los católicos también debían mostrar su postura de forma pública.

Su discurso tuvo eco en los obreros, quienes, olvidando que ninguno de ellos estaba armado, a diferencia de los rojos, aceptaron salir al jardín otra vez. Allí, trepado en una de las bancas, a guisa de tribuna, Miguel los instó a defender la causa católica… delante de los mismos socialistas, que ya estaban frente a la iglesia. La atmósfera se caldeó a un ritmo vertiginoso, al grado de que el diálogo –si es que podía haberlo– fue imposible entre ambos grupos. En la quinta plana, El Informador continúa su relato expresando que los católicos, “que por algún tiempo habían permanecido callados, contestaron a los gritos y aquel fue el principio de la tragedia”.

A las palabras se respondió con golpes, y éstos fueron seguidos por numerosos tiros, el primero de ellos hecho por J. Concepción Cortés, que arrancaron la vida a siete –la mayoría de las fuentes indica que fueron seis, pero una placa conmemorativa añade un caído a la lista– de los obreros en el acto. Otros más se desplomaron heridos. Las manchas de sangre crecieron en torno a los cuerpos, a la par que la balacera seguía, entre la gritería, el clamor de los que habían sido alcanzados por los proyectiles pero no había muerto, el llanto por los que ya habían partido al más allá, el fragor de los disparos y los insultos de los comunistas. Entre los heridos hubo una niña llamada María del Carmen.

La matanza, según El Informador, duró unos treinta y cinco minutos. Durante ese intervalo, más que suficiente para intervinieran las autoridades, éstas no hicieron absolutamente nada. Además, dice el diario independiente,

“La refriega fue desigual, pues mientras los bolcheviques hacían uso de sendas pistolas, los obreros católicos se encontraban completamente indefensos, recurriendo a defenderse con piedras recogidas del arroyo”.

La Enciclopedia histórica y biográfica de la Universidad de Guadalajara, en su semblanza del abogado de Paredones –hoy «El Refugio»– resume así lo sucedido:

“El 26 de marzo de 1922, tenía lugar en el Templo de San Francisco la misa de clausura de los ejercicios espirituales que dirigió el padre José Garibi Rivera, a los cuales asistieron González Flores y Gómez Loza. A la salida se encontraron con una marcha socialista, cuyos manifestantes empezaron a insultar a los católicos y nuevamente Gómez Loza arengó a los suyos, se produjo un gran zafarrancho y hubo muertos y heridos”.

Detalle de una fotografía del Lic. Miguel Gómez Loza con su esposa María Guadalupe Barragán (se casaron a finales de 1922). Sus palabras para animar a los obreros católicos a responder a los atacantes bolcheviques desembocaron, lastimosamente, en el tiroteo que costó la vida a siete de ellos. Edición de imagen realizada por la autora.

Miguel Gómez Loza fue fuertemente reprendido por el P. Garibi. No le quedó más remedio que aceptarla con humildad.

González Navarro (2001), por su parte, refiere así los sucesos:

“Cuando Gómez Loza pidió oponerse al atropellamiento de los derechos civiles y religiosos, José Garibi Rivera […] hizo ver lo infructuoso de esa lucha porque los manifestantes contaban con el apoyo gubernamental. Esta trifulca tuvo un saldo de varios muertos (algunos los calculan en 12, entre ellos un papelerito) y numerosos heridos”.

El papelerito, de acuerdo con datos de El Informador, se apellidaba Mireles, y era hermano de la niña María del Carmen. Murió instantáneamente, de un tiro en pleno pecho. Dicho periódico, junto con La Restauración, solventaron los gastos de su entierro. El cadáver fue llevado de las oficinas del diario tapatío al Hospital Civil, para practicarle la autopsia de ley, de allí a las oficinas de La Restauración y, finalmente, al panteón de Mezquitán.

En la versión de Silvano Barba González, acendrado jacobino de aquel tiempo que a la sazón fungía como procurador de justicia, los católicos no fueron víctimas, ya que no se trató de una agresión a ellos, sino que  “del alma fanatizada de los manifestantes surgió el choque, no fue una agresión “del Sindicato de Inquilinos sobre corderillos, sino sobre lobos con piel de oveja”. Pero González Navarro (2001), que no es un investigador allegado a la historiografía católica, no vacila en sintetizar lo acontecido en la siguiente forma: «En fin, los miembros del Sindicato rodearon la Columna de la Independencia hasta la iglesia de La Concepción, de ahí fueron al Palacio de Gobierno y luego marcharon al jardín de San Francisco, donde atacaron a los obreros católicos y a los acejotaemeros». Y añade, sin medias tintas: «Fueron, pues, los agresores». 

Dejamos que sea el lector quien discierna y emita su juicio al respecto.

Con todo y la animadversión gubernamental hacia el catolicismo, las consecuencias de lo ocurrido el 26 de marzo no se hicieron esperar. González Navarro (2001) expone que La Gaceta Mercantil opinó que Luis C. Medina, el presidente municipal, no hizo nada para evitar esos crímenes. Eso sin mencionar que el susodicho había acompañado a Laurito en algunas reuniones, y su única acción fue destituir al inspector general de policía.

Primera plana de El Informador, en su edición del 27 de marzo de 1922, donde da fe de los ataques perpetrados por los bolcheviques en el centro de Guadalajara a diversos establecimientos y –el culmen de los mismos– la ulterior balacera afuera del templo de San Francisco y el asesinato de los católicos. Ediciones hechas por la autora.

El Informador, otra víctima de los ataques, publicó la noticia en primera plana en su edición del 27 de marzo, en los siguientes términos:

«MATANZA DE CATOLICOS POR LOS BOLSHEVIKIS. – Seis Muertos y 12 Heridos Costó la Manifestación de Ayer, que en Nuestra Edición Anterior Anunciamos Como un Grave Peligro que Había que Conjurar. – Terrible Balacera en el Jardín de San Francisco – Las Redacciones de los Periódicos Locales Lapidadas por la Turba Exaltada.– El Casino Jalisciense Asaltado por los Manifestantes, Quienes en Verdadero Motín Invadieron la Calle de San Francisco, al Grito de ¡¡Mueran los Burgueses!! Los Líderes Bolshevikis Fueron Aprehendidos.–Se Atribuye Mucha Responsabilidad en los Lamentables Sucesos Ocurridos, al Inspector Gral. de Policía, por no Haber Disuelto a Tiempo la Manifestación, no Obstante Saber que Tomaba Carácter Violento.–La Acción de las Tropas Federales Fue Pasiva.–La Sociedad de Guadalajara Está Alarmada.»

Respetamos, como de costumbre, la ortografía original.

Página 6 de la edición de El Informador del lunes 27 de marzo de 1922, donde se abunda en detalles sobre lo que sucedió después de la masacre de los obreros católicos. Edición realizada por la autora.

En la sexta página, el mismo periódico refirió que Genaro Laurito fue apresado, junto con Justo González, J. Concepción Cortés y José María Puga, los principales dirigentes comunistas. La misma suerte corrió Miguel Gómez Loza, en uno de sus cincuenta y nueve encarcelamientos. De igual forma, un grupo de personas, en representación de los obreros católicos, acudió a la Jefatura de Operaciones Militares para pedir garantías; sin embargo, el jefe del Estado Mayor de dicho establecimiento replicó, en representación del general Jesús María Ferreira, que no era posible concedérselas sin previa orden de la Secretaría de Guerra y Marina.

El sepelio de los obreros asesinados, efectuado el 27 de marzo a las cuatro de la tarde, fue multitudinario. Empero, no bastaba con mostrar dolor, pena e indignación por lo ocurrido. El repudio social tapatío fue generalizado. Por una parte, Anacleto González Flores y José Cornejo Franco demandaron al gobernador sustituto, Antonio Valadez Ramírez, que el alcalde fuera removido de su cargo. Por otra, el banquero Robles Gil presidió la formación de un Comité de Defensa Social al cual se adscribieron representantes de las cámaras de comercio y agrícolas, el Sindicato de Agricultores, la Unión de Propietarios, la Sociedad Mutualista de Empleados de Comercio y, naturalmente, la Unión de Obreros Católicos y la ACJM. Entre los vocales estuvieron José Gutiérrez Hermosillo, Manuel Orendáin, Salvador Ugarte y Salvador Chávez Hayhoe. René Capistrán Garza, jefe nacional de la ACJM, envió un telegrama a Agustín Yáñez –entonces acejotaemero– en el que le ofreció apoyo.

El Gremio de Abastecedores de Carne también criticó la matanza y, para manifestar su oposición, pidió un lugar en el Comité Social Ejecutivo. El presidente Álvaro Obregón Salido recibió al Comité en México y afirmó que no se repetirían esos atentados, pero que él no podía deponer al presidente municipal tapatío.

A la postre, Luis C. Mediana sí fue destituido. Lo reemplazó José Guadalupe Zuno Hernández, que eventualmente dejaría el cargo para contender por la gubernatura de Jalisco.

Los nombres de los siete obreros asesinados se conservan en la placa conmemorativa a la que aludimos párrafos más arriba, y que se encuentra dentro del templo de San Francisco de Asís, donde alguna vez estuvieron para el cierre de sus últimos ejercicios espirituales. En ella se lee:

Placa que se conserva dentro del templo dedicado al Seráfico Padre en Guadalajara en el que se recuerda la muerte de los siete obreros católicos asesinados por los socialistas. Fotografía tomada y editada por la autora (2025).

EL PRIMER CONGRESO NACIONAL OBRERO A LA MEMORIA DE LOS OBREROS MARTIRES SACRIFICADOS CERCA DE ESTE LUGAR EL 26 DE MARZO DE 1922 / “JUSTICIA Y CARIDAD” / JOSE CABRERA. MIGUEL RAMIREZ. MIGUEL MAREZ. JUAN JIMENEZ. FELIX GONZALEZ. TIBURCIO SANTILLAN. APOLONIO VIZCARRA.

Tiburcio Santillán

© 2025. Todos los derechos reservados.

Fuentes y bibliografía:

Enciclopedia histórica y biográfica de la Universidad de Guadalajara (2025). Gómez Loza, Miguel. Los universitarios sin universidad. Tomo tercero. El interregno universitario, 1861 – 1925.

González Navarro, M. (2001). Cristeros y agraristas en JaliscoTomo 2. El Colegio de México.

Muriá, J. M., Martínez Réding, F. et. al. (1982) Historia de Jalisco. Tomo IV. Desde la consolidación del Porfiriato hasta mediados del siglo XX. Gobierno de Jalisco.

Periódico El Informador, edición del 27 de marzo de 1922. Páginas 1, 5 y 6.

Reyna, A. (24 de julio de 2024). El día que un sindicato declaró la huelga de los inquilinos para no pagar renta. Infobae. https://www.infobae.com/mexico/2024/07/25/mexico-magico-el-dia-que-un-sindicato-declaro-la-huelga-de-los-inquilinos-para-no-pagar-renta/

Fragmento de Raíces Hispánicas y el indigenismo

Leonardo López Lujan.

«Para recuperar nuestra herencia indígena, obviamente no vamos a destruir la otra mitad que es nuestra herencia europea. Los grupos indigenistas nos piden que demolamos todas estas joyas arquitectónicas de nuestro patrimonio artístico histórico para conocer la antigua Tenochtitlan.»

Ciudad de México «fue la urbe europea más importante de ultramar, es decir, una capital española en el continente americano. La Ciudad de México tuvo la primera imprenta de América, la segunda universidad de América, los primeros periódicos, las primeras revistas científicas, el primer ballet, la primera academia de cirugía…»

«La capital de la Nueva España tenía 170.000 habitantes en su máximo esplendor. En pocas palabras, eso significa que durante todos estos siglos ha sido una megalópolis con una influencia en un territorio gigantesco.»

«En mi caso personal, tengo muy definido mi mapa genético, y como la mayoría de los mexicanos soy un ejemplo del mestizaje. El 46% de mi sangre es española, de la península ibérica. Mi familia es de Chihuahua, en el norte de México, en la frontera con Estados Unidos, y aproximadamente otro 44% de mi sangre es indígena, específicamente apache, del norte.»

«Por eso yo no veo que tenga mucho sentido este asunto( las exigencias por parte del gobierno mexicano para que la corona española se disculpe), sobre todo cuando la conquista sucedió hace ya más de 500 años. Siempre ha habido una relación estrechísima con España y lo que queremos es que eso se incremente, porque ha sido una relación beneficiosa, gestada en un momento dramático como fue la conquista, pero que tiene su lado virtuoso.»

«La conclusión a la que llega uno es que nosotros no somos nadie para hablar de la violencia del pasado, sobre todo en estos momentos tan brutales. La violencia actual en mi país, en México, es atroz, con decenas de miles de desaparecidos. ¿Cómo desde el presente vamos a regañar al pasado cuando la violencia que hay en la actualidad rompe todos los récords?… Como científico, no puedo negar que los mexicas eran sumamente violentos, y practicaban el sacrificio humano, pero tampoco eran esos brutales sacrificadores como los que han pasado a la historia.»

Un mexicano puede mirar con orgullo a esa herencia española de más de tres siglos » porque nosotros somos el resultado de la confluencia de esas dos herencias, de esos dos flujos constantes y vigorosos que son la tradición indígena y la europea. Yo vivo en el sur de la Ciudad de México pero trabajo en el centro histórico, y nos enorgullece ese espacio que está repleto de toda esta tradición europea colonial, arte barroco, arte neoclásico, edificios excelsos, conventos, iglesias… Y son nuestros. Es nuestra herencia, nuestro ser, que sin duda es el ser español.»

Leonardo López Luján, arqueólogo e historiador mexicano. Director e Investigador del proyecto «Templo Mayor» del INAH.
Actualmente es uno de los principales investigadores de las sociedades prehispánicas del Centro de México y de la historia de la arqueología.

Extracto de entrevista. Publicación elaborada por Raíces Hispánicas

Sangre, flores y tempestad

La muerte de los 27 Mártires Cristeros de Sahuayo

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Collage alusivo a la muerte de los 27 Mártires Cristeros de Sahuayo. Podemos ver, a la izquierda, a Jacobita Zepeda del Toro; a la derecha, la fotografía que les tomaron a los casi treinta defensores de la fe luego de que los mataron, con la notaría de la Parroquia de Santo Santiago de fondo; y en la mitad superior, el recinto religioso por excelencia de Sahuayo, aún con una sola torre. Fotomontaje realizado por la autora.

Fueron ultimados uno a uno, sin proceso legal, sin la formación del habitual cuadro de fusilamiento, a tiros de pistola, en el atrio de la Parroquia dedicada al Patrón Santiago, a plena luz del día. Una fotografía, perteneciente al valiosísimo Archivo Guerrero de Sahuayo, inmortalizó la magnitud y la índole tremebunda del sacrificio cruento de casi treinta almas. La historia, a estas alturas, ya es bastante conocida, pero no podíamos dejar pasar este mes sin hablar del tema, y más si tomamos en cuenta la cercanía del 97 [1] aniversario de este acontecimiento, tan emblemático como trágico, dentro de la historia cristera de Sahuayo y, en sí, de todo su devenir temporal. Ninguno de los asesinados era sahuayense, pero todos murieron ante la aterrorizada mirada de quienes sí lo eran.

Fue allí, en esta heroica y católica villa del estado de Michoacán, que a la sazón llevaba el apellido de don Porfirio, que tuvo lugar la muerte de los que, hasta la fecha, en honor a la verdad y con profundo cariño y devoción, y sin prevenir el juicio eclesiástico, son llamados los 27 mártires de Sahuayo.

Y algo más: aquel asesinato colectivo ya había sido predicho por una anciana sahuayense que ya en vida gozó de fama de santidad entre sus coterráneos y que, de acuerdo con los testimonios orales del pueblo de Sahuayo, era favorecida con revelaciones privadas por parte de Dios. Una de las pruebas de ello reside en su recuperación milagrosa después de haber sufrido por años de una enfermedad que la había postrado en cama por muchos años. Pues bien: según el informe médico del Dr. Amadeo Gálvez –una de las calles de Sahuayo, paralela al bulevar Lázaro Cárdenas, lleva su nombre–, ratificado por el juramento de varios sacerdotes sahuayenses, Jacobita pudo caminar de un día a otro, tras aquella prolongada parálisis, sin tomar ningún medicamento.

Plaza de Sahuayo de Díaz en 1924, ya en tiempos de persecución religiosa. A la izquierda podemos ver la Parroquia de Santo Santiago Apóstol, escenario de la matanza de los cristeros. A la derecha se alza el Portal Patria, o de los Arregui, que empezó a ser edificado precisamente ese año, y fue obra del ingeniero José Luis del mismo apellido. Imagen perteneciente al Archivo Guerrero, ampliada y editada por la autora.

Según los relatos sobre Jacobita, lo último que predijo fue:

«He visto correr ríos de sangre por las calles de Sahuayo».

Más allá de lo tétrica o truculenta que puede parecer esa imagen, la profecía se cumplió al pie de la letra.

¿Pero cómo? ¿De quiénes fue aquella efusión?

La historia de Mártires de Sahuayo, para no hacer más largo el relato, comienza con un grupo de treinta y cinco cristeros que fueron hechos prisioneros en una cueva llamada El Moral, cerca de Cotija de la Paz, el 20 de marzo de 1928 (hay que aclarar que de acuerdo con los testimonios y la tradición oral, todo esto aconteció en 1927, pero como veremos, los periódicos de la época y los partes militares dicen que fue en 1928). Los comandaban David Galván y Celso Valdovinos. Se habían refugiado allí debido a que dos de sus compañeros, Juan Aguilar y Jesús Zambrano, habían caído heridos, y creyeron que era un buen sitio para atenderlos. Pero los federales, comandados por el coronel Leopoldo Aguayo, dieron con su escondite improvisado.

Cristeros comandados por Celso Valdovinos –al centro, sentado–. Detrás de él, de pie, Manuel Andrade, y a su diestra, con camisa oscura, David Galván, el mismo que en la foto de la masacre fue retratado junto a los dos jovencitos supervivientes (datos de Alfredo Vega). Algunos de los cristeros de esta fotografía murieron aquel 21 de marzo. Ampliación y edición de imagen realizadas por la autora.

Desde el mediodía del 19 de marzo, festividad de San José, a eso de las dos de la tarde, hasta el atardecer del 20, se entabló un arduo combate. Los esfuerzos de los callistas por sacarlos con vida fueron inútiles, como lo fueron también sus tentativas de matarlos, hasta que tuvieron una idea: torturarlos con humo hasta que, presas de una asfixia inminente, se vieran obligados a salir. Así pues, encendieron una lumbrera con hierbas de olor fuerte y chiles en gran cantidad a la entrada de la cueva.

A los cristeros no les quedó más remedio que salir, ya que la humareda picante y maloliente los estaba ahogando. Conducidos a Cotija, los ataron de dos en dos. Tres de ellos fueron pasados por las armas poco después de su aprehensión y dos lograron ingeniárselas para escapar. El resto, un total de treinta,fue conducido a pie hasta Jiquilpan de Juárez por sus captores y encerrado en un calabozo. Al día siguiente, por fin, los llevaron a Sahuayo, al templo parroquial, donde los recluyeron en el bautisterio –la misma prisión de San José Sánchez del Río–. Eso fue como a las once de la mañana.

No tardaron en llegar los oficiales del gobierno para interrogarlos acerca del movimiento de resistencia en el cual participaban. Ninguno quiso decir nada. Los amenazaron con fusilarlos si no cedían. Pero fue inútil, ya que preferían morir que traicionar a la santa Causa que defendían. Todos, como si se hubieran puesto de acuerdo, empezaron a gritar vivas a Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe.Entonces, un teniente llamado Sidronio sacó su pistola y se apostó en una de las puertas que dan al atrio, donde nadie lo veía.

Otro militar señaló a uno de los cristeros y le dijo que saliera.

“¡Que venga uno de los prisioneros!” fue la orden.

Obediente y mansamente, así lo hizo aquel hombre valeroso. Y de inmediato cayó abatido por un disparo que el teniente le descargó por la espalda. Luego llamaron al siguiente cristero.

“¡Que venga otro!” llamó el militar.

El interpelado salió… Vino otro balazo y el correspondiente tiro de gracia.

La escena empezó a repetirse una y otra vez, deforma ininterrumpida. Los cristeros empezaron a gritar “¡Viva Cristo Rey!” antes de desplomarse al lado de sus compañeros muertos. La cifra de cadáveres ensangrentados comenzó a crecer, hasta sumar veintisiete. Uno de los caídos fue Jesús Zambrano, uno de los heridos de la cueva.

Cuando hubieron arrancado la vida a los casi treinta cristeros, éstos fueron irreverente y toscamente alineados en dos hileras y el líder de la tropa, David Galván, así como dos cristeros muy jovencitos, Félix Barajas y Claudio Becerra, fueron fotografiados con ellos, al fondo. En la instantánea inmortal aparecen también, en la parte superior izquierda, algunos oficiales y soldados del gobierno.

La fotografía de los veintisiete cristeros ejecutados, con los jovencitos Barajas y Becerra junto a David Galván, que los asesinos mandaron tomar luego de acomodar los cuerpos exánimes en el atrio. Edición y mejora de imagen realizada por la autora.

De pronto, como si el Cielo lamentara la tragedia, empezó a llover de forma torrencial. Cuentan las anécdotas y la historia sahuayenses que jamás había caído una lluvia tan fuerte como aquella. El viento y el agua movieron unos arbustos de buganvilias que estaban en el atrio, convertido en nuevo coliseo, digno de la época de los césares romanos.

Las flores, con sus delgados pétalos de color rojo, magenta y violeta, lozanas e innumerables, cayeron sobre aquellos cuerpos sin vida. El líquido que caía del firmamento se mezcló con la sangre fresca de los caídos, lavó los cadáveres, corrió por las lozas del atrio, bajó por las escaleras que están en la esquina de Madero e Insurgentes y empezó a escurrir, a semejanza de la de Cristo en la cumbre del Gólgota –se nos tendrá que dispensar la comparación, pero creemos que puede dar una idea del hecho–, por esta última calle, hacia el oriente del pueblo.

Al cabo de un rato, aquellos héroes, a quien el fervor popular empezó a llamar mártires desde el primer momento, fueron amontonados en una carreta y conducidos al entonces cementerio municipal, donde se les sepultó en una fosa común.

Leamos el testimonio directo de Claudio Becerra, uno de los dos supervivientes de aquella masacre:

“A la una de la tarde del propio día [21], es decir dos horas después de nuestra llegada a Sahuayo, fuimos llamados por orden de lista, que antes habían forjado los callistas, e inmediatamente fusilados en el atrio del mismo templo. Después de la matanza […], formaron a los muertos en dos hileras, en el pavimento del atrio y retratados juntamente con el jefe de nombre David Galván. Tres quedamos con vida, ya que se la reservaron a nuestro jefe cristero y a dos muchachos, siendo yo uno de ellos, escapándonos los dos jovencitos por nuestra tierna edad. Los tres supervivientes fuimos llevados a Zamora, Michoacán. La noche de nuestro arribo a Zamora, fusilaron a nuestro jefe. Otro día mi compañero y yo fuimos llamados a declarar. Nos tuvieron presos ocho días, al cabo de los cuales nos condujeron a México, dejándonos en la Inspección General de Policía y al tercer día a la escuela correccional, de donde me fugué”.

El Informador, periódico de Guadalajara, tampoco se quedó atrás a la hora de hablar de los cristeros ejecutados. Incluso dieron fe del acontecimiento en primera plana, en los siguientes términos –respetamos la ortografía original–:

Primera plana de El Informador, fechada el 23 de marzo de 1928, en donde –con inexactitud numérica, sin especificar que fue en Sahuayo– se notificó de la ejecución de los 27 cristeros. Edición y resaltado hechos por la autora.

«SE FUSILO A 36 ALZADOS CERCA DE COTIJA, MICH. Fueron capturados en el interior de la cueva de Los Morales por las tropas. ESTAS LOS TENIAN SITIADOS DESDE AYER. Esta cueva, que era un refugio seguro para los rebeldes, va a ser dinamitada.

El Teniente Coronel Leopoldo Aguayo, Segundo Jefe del 85° regimiento, por medio de un telegrama que envió al Sr. General don Andrés Figueroa, Jefe de las Operaciones Militares en el Estado, le da cuenta de un combate en la Cueva del Moral, manifestando lo siguiente:

«Hónrome en comunicar a Ud. con satisfacción que, como indiqué, en mi mensaje anterior, tuve sitiada La Cueva del Moral y ayer a las once horas se entabló nutrido tiroteo por haber querido escapar los rebeldes allí sitiados, acosados por el hambre y la sed. Les puse un plazo que terminó hasta hoy a las cinco horas para que se rindieran y en caso contrario volaría la cueva. Hoy rindiéronseme treinta y seis hombres, encabezados por David Galván, Celso Valdovinos y tres capitanes. Recogí veintiuna armas con buena dotación de parque y pistolas»».

A eso sigue un fragmento en el que el citado coronel refirió haberse llevado a los cristeros a Cotija, pero nada dice del sitio concreto en el que se les mató.

La noticia, que continúa en la quinta página de la edición de aquel día, viernes 23 de marzo de 1928, añade:

«Ese núcleo rebelde estaba compuesto de cuarenta individuos, cuatro de los cuales fueron muertos el día veinte cuando pretendían romper el sitio que habíaseles formado y el resto quedó prisionero. No logró escaparse ni uno solo.

LOS 36 FUERON EJECUTADOS – El señor general Fox ha dado órdenes para la ejecución inmediata de todos los jefes rebeldes y los que les seguían, ya que, según dijo el alto jefe militar, esos individuos se habían convertido en salteadores de caminos que asolaban la región de Cotija, Jiquilpan y Sahuayo, cuyos habitantes, agregó, se encuentran de plácemes por el exterminio de ese núcleo y ahora la calma ha renacido».

Quinta página de la edición de El Informador con fecha del 23 de marzo de 1928, donde se transcriben las declaraciones de las autoridades militares de Michoacán en las que éstas refieren su versión del asesinato de los cristeros que nos ocupan. Edición y resaltados hechos por la autora.

Evidentemente que el ejército contó su propia versión de lo ocurrido, ya que, por lo menos en Sahuayo, no reinó ni por asomo el júbilo luego de que fue perpetrada la carnicería en el atrio. Hay que recordar que los testimonios y la historiografía coinciden en que la futura Capital de la Ciénega fue un auténtico bastión cristero, donde todos, sin distinción de edad o condición, apoyaban la resistencia católica. El mismo Luis González y González lo confirma:

«Aunque se dice que los ricachones locales, por pura avaricia, no eran simpatizantes, se guardaron su antipatía mientras duró la lucha. Allí hasta los niños fueron anticallistas» (1979, p. 155).

Los restos de los veintisiete Mártires Cristeros de Sahuayo fueron exhumados gracias a las gestiones del P. Miguel Serrato Laguardia, a quien se debe también la edificación de las célebres Catacumbas del templo del Sagrado Corazón de Jesús en Sahuayo y el traslado del cuerpo de San José Sánchez del Río en 1945. Es en dichas criptas donde reposan estos valientes defensores de la fe que, sin ser originarios de esta extraordinaria localidad, pusieron en alto su nombre dentro de la historiografía martirial mexicana. Allí también descansa Jacobita Zepeda.

He aquí, por último, el listado con el nombre y origen de cada una de aquellas veintisiete víctimas, que los sahuayenses han tenido cuidado de conservar:

«1. Miguel Contreras, de Quitupan; 2. Celedonio Capistrán, de Santa Fe, Jal.; 3. Manuel López, de Quitupan, Jal.; 4. Francisco Orozco, de Piedra Grande, Mich.; 5. Juan Orozco, de Piedra Grande, Mich.; 6. Demetrio Ochoa, de Los Llanitos, Mich.; 7. y 8. Enrique Valencia y Ramón Zepeda, de El Zapote, Mich.; 9. David Zepeda, de Los Llanitos, Mich.; 10. Juan Salceda, de la Calera, Mich.; 11. Rafael Barajas (el primero), de Agua Blanca, Mich.; 12. Rafael Barajas (el segundo), de Agua Blanca, Mich.; 13. Juan Muratalla, de el Agua Blanca, Mich.; 14. Jesús Zambrano, del Moral, Mich.; 15. Rafael Galván, de Poca Sangre, Mich.; 16. Tomás Guerrero, de Pueblo Nuevo, Jal.; 17. Antonio Valdovinos, de San Antonio, Jal.; 18. Antonio López, de La Carámicua, Mich.; 19. Jesús López, hijo de Antonio, de La Carámicua, Mich.; 20. Wenceslao López, de La Carámicua, Mich.; 21. Reinaldo Álvarez, de Cotija, Mich.; 22. Paulo Barajas, de Cotija, Mich.; 23. Epifanio López, de El Quringual; 24. Juan Capistrán, de Santa Fe, Jal.; 25. Abraham González, de Quitupán, Jal.; 26. Aurelio Cárdenas (se ignora); 27. Don José, el Secretario, de Los Altos, Jal.»

Como último dato, la masacre fue recreada en 2021 para el documental polaco Joselito: Dejando Huella, de la mano del historiador Bartosz Kaczorowski y el director Pawel Janik, cuyo estreno se aplazó indefinidamente debido al conflicto bélico que ya es más que conocido en Europa.

Recreación cinematográfica de la masacre de los veintisiete Mártires Cristeros de Sahuayo y de la portentosa lluvia llevada por Dwa Promienie en 2021. Fotografía del perfil del Ing. Santiago Manzo.

[1] Las crónicas y testimonios indican que fue en el año 1927, pero tanto los partes oficiales como el periódico tapatío El Informador señalan que el asesinato de los 27 cristeros tuvo lugar en 1928.

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Fuentes y bibliografía:

Aportes históricos de Alfredo Vega Pulido y del Ing. Santiago Manzo Gómez.

Breve semblanza de Jacobita Zepeda del Toro escrita por la autora para la página Testimonium Martyrum.

Edición del diario El Informador fechada el viernes 23 de marzo de 1928. Páginas 1 y 5.

González y González, L. (1979). Sahuayo. México: El Colegio de México.

Meyer, J. (1973). La Cristiada. Vol. I. México: Siglo XXI Editores.

Relato de Claudio Becerra recogido en la revista David (1955). Año IV, tomo II, 22 agosto, n. 35, 220. Ciudad de México.

Testimonios orales del Sr. Manuel García Cruz y de María Guadalupe Muñiz García, ambos sahuayenses.