Vencido por la influenza española (II)

La muerte del bandolero José Inés Chávez García (Segunda y última parte)

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

A la derecha, con su sombrero ancho y carrilleras cruzadas al pecho, José Inés Chávez García. Fotografía de Degollado a través del tiempo, editada y mejorada por la autora.

Es una verdad universal que cuando ya se sienten «pasos en la azotea», como dice la expresión popular, las cosas se ven de forma muy distinta. Entonces desaparecen, cual volutas de humo, los honores, el poder, la fuerza, y son reemplazadas por el natural temor a la muerte y a lo que pasa después de ella. Y para Inés Chávez no fue la excepción. En la anterior entrada dejamos al facineroso de Godino en los momentos en que fue visitado por el Dr. José María Barragán y éste, aunque amenazado por los subalternos del moribundo, dio su dictamen: el «Atila del Bajío» estaba desahuciado, y no le faltaba mucho para exhalar el último suspiro.

De acuerdo con lo narrado por el P. Esquivel, en medio de la ominosa atmósfera que indicaba a todas luces que la muerte pronto se apersonaría para cortar la vida del temido general con su implacable guadaña, alguien consiguió aproximarse al bandido agonizante y sudoroso, que respiraba afanosamente, y decirle:

—Mi general, yo lo veo bastante mal. ¿Por qué no manda llamar a un sacerdote?

Tomando en cuenta el cruento historial de Chávez, no era la mejor idea del mundo. En Churintzio, por ejemplo, hizo apresar al presbítero local, y hasta hizo que le ataran las manos a la espalda y le pusieran una soga al cuello con el objetivo de amedrentar a las mujeres que frecuentaban la iglesia y poder demandar dinero a cambio de no matarlo.

Detalle de una fotografía de Inés Chávez (al centro) con sus lugartenientes. Edición y mejora de imagen por la autora.

El mismo José Inés era sabedor de la larga lista de atrocidades que pesaban sobre su conciencia, porque repuso:

—Yo no creo que alcance perdón, dicen que soy un diablo.

«Por sus frutos los conoceréis», sentenció Jesucristo, tal como lo plasma el Evangelio según San Mateo. También dijo que «Un árbol bueno no dar llevar frutos malos, ni un árbol malo frutos buenos». Hasta el mismo Inés Chávez lo sabía. Más que un «Cada quien como se sienta», bien podría habérsele aplicado la lapidaria frase «Mentira no es».

El hombre que le sugirió llamar a un sacerdote, quien residía en la Aduana Vieja con los señores que alguna vez fueron propietarios de la Hacienda de San Antonio Carupo, se limitó a expresar:

—Recuerde, mi general, que la misericordia de Dios es infinita.

Numerosos autores píos, incluyendo Santos, han explicado que lo es, si hay arrepentimiento y contrición.

Inés Chávez, de momento, pidió un vaso con agua. Bebió algunos sorbos, y todavía con el traste en la mano, solicitó:

—Díganle al señor cura que venga.

El susodicho sacerdote era el P. Francisco Luna Pérez, un varón virtuoso y en extremo caritativo, que no contento con haber dotado de templo y torre a sus fieles y auxiliarlos espiritualmente siempre que lo requerían, los socorría en todas sus necesidades materiales, al grado de comprarles cobijas para que no pasaran frío y de entregar a los más desposeídos, íntegras, las cosechas que obtenía de los terrenos que alguna vez habían pertenecido a su madre.

Cuando le explicaron la situación, el P. Luna no vaciló en acudir y recorrer los aproximadamente ochenta metros que separaban la puerta del curato del lugar en el que yacía Inés Chávez en su camilla. Antes de acercarse quiso ratificar si el enfermo deseaba confesarse, a lo que éste contestó de manera afirmativa.

Al verlo in articulo mortis, el P. Luna mandó a su acompañante, el señor Mario Cerda, que fuera al curato y llamara a los vicarios, a fin de que le llevaran el Sagrado Viático y los Santos Óleos para darle la Extremaunción. Mientras cumplían el encargo, el sacerdote mandó a quienes se hallaban cerca que se apartaran. Los testigos, incluso de lejos, pudieron ver que Inés Chávez se confesó y recibió la absolución.

Casi en seguida arribaron los vicarios, Raúl Manzo González y Enrique Pineda. El primero le administró el Viático y el segundo lo ungió. Acabado todo esto, los tres eclesiásticos se retiraron, y entró el doctor Barragán, quien dictaminó que cambiaran de sitio a Chávez, metiéndolo al cuarto de la presidencia. Allí, entre la puerta y la primera ventana hacia el sur, nuestro personaje expiró.

Eran las 5:30 de la tarde. Ni la misma tropa, o el «estado mayor», se dieron cuenta. Sólo lo supieron, en ese instante, las tres personas que se encontraban presentes: el médico que lo atendió, el alcalde Vicente Guillén y su secretario, Lorenzo Salazar.

Así fue como acabó sus días «el Atila del Michoacán», a quien Luis González y González no dudó en describir como sigue:

“Nunca creció […] Fue bajito y malvado. Lo adornaban muchas virtudes animales y algunos vicios humanos” (1968, p. 162).

Tenía apenas veintinueve años de edad. Lo sepultaron en un terreno que era propiedad de Pedro Ortiz, al oriente de Purépero, en un paraje llamado El Baluarte, dentro del Cerro de la Alberca.

Al mes siguiente de su muerte, la dispersión de la gavilla chavista era prácticamente total. Algunos de sus seguidores se dispersaron, y otros prefirieron aceptar la amnistía que les ofrecía el Gobernador del Estado, Pascual Ortiz Rubio.

El 14 de noviembre de 1918, diversos diarios del país, máxime los del Occidente, dieron fe del fallecimiento de nuestro personaje en diversos términos:

Primera plana de El Pueblo, fechada el 14 de noviembre de 1918, donde se comunicó oficialmente la muerte de Inés Chávez. Edición por la autora.

«CHÁVEZ GARCÍA MURIÓ A CAUSA DE LA EPIDEMIA, EN MICHOACÁN. […] Una de las más abominables plagas que han venido azotando al país en el Estado de Michoacán: el feroz vándalo José Inés Chávez García, terror de los pueblos débiles y de las rancherías abandonas y solitarias, acaba de morir. […] el «General en Jefe» del más salvaje núcleo rebelde del país se despidió para siempre de este mundo con fecha 11 de los corrientes, en la población de Purépero, Estado de Michoacán» (El Pueblo).

Telegramas en los que se dio aviso al Despacho de Guerra y Marina y al presidente Carranza sobre el deceso de Inés Chávez. Periódico El Pueblo. Edición por la autora.

«JOSE I. CHAVEZ GARCIA FUE AJUSTICIADO POR LA INFLUENZA. * * * […] La epidemia de «influenza española», que se ha desarrollado en Michoacán en forma realmente alarmante, se ha encargado de castigar a los rebeldes que encabeza José Inés Chávez García, y según telegramas que el señor general de división Manuel M. Diéguez, jefe de las operaciones en el Centro y Noreste del país, envió a la Secretaría de Guerra y Marina, y que están fechados en Uruapam, el mismo José Inés el temible cabecilla que tanto daño causó a la región michoacana, y tantas lágrimas y su derramar a los tranquilos y laboriosos habitantes de aquella comarca, acaba de morir, víctima de la enfermedad reinante» (Excélsior).

Nota del diario capitalino Excélsior acerca del fallecimiento del temible bandido de Godino. En este caso, la influenza es descrita como brazo justiciero. Edición por la autora.

«SE HA CONFIRMADO PLENAMENTE LA MUERTE DEL CABECILLA JOSE INES GARCIA CHAVEZ. Oficialmente se dió a conocer la noticia. Algunos particulares recibieron ayer mensajes procedentes de diversas poblaciones del Estado de Michoacán, en que se daba la noticia de la muerte del famoso cabecilla José Inés García Chávez, ocurrida en Purépero, a causa de la influenza española» (El Informador).

Breve nota en El Informador, con telegrama de Jesús Ferreira incluido, que comunica la muerte de Inés Chávez. Edición por la autora.

«MURIO DE INFLUENZA J. I. CHAVEZ GARCIA. Anoche, a las siete, se nos informó por teléfono, de las oficinas de la Secretaría de Guerra, que en ese departamento de Estado se acababa de recibir un telegrama firmado por el señor general Diéguez, en el que daba cuenta de que tenía informes referentes a que el bandolero José Inés Chávez García murió el día once de los corrientes, en la población de Puréparo [sic], Michoacán, víctima de la «influenza española»» (El Demócrata).

Algunos en primera plana, otros en la segunda página, algunos más se limitaron a hablar del tema en alguna pequeña nota. Pero se trataba de una noticia que no podía ser omitida.

A su vez, distintas personalidades militares abordaron la cuestión. Citamos a Manuel Macario Diéguez y los documentos telegráficos referidos:

General Manuel M. Diéguez, designado por el Varón de Cuatro Ciénegas para sofocar la campaña de Inés Chávez en Michoacán en 1918, y quien notificó el fallecimiento de aquél, por telegrama, desde Uruapan. Imagen editada y mejorada por la autora.

«Uruápam, 13 de noviembre de 1918. «Oficial Mayor Encargado del Despacho de Guerra y Marina. —México, D. F. «Con profunda satisfacción comunícole que el día 11 murió en Purépero, Michoacán, el bandolero Chávez García, víctima de la Influenza española.» Atentamente. General en Jefe de las Operaciones— M. M. Diéguez.»

«Uruápam, 13 de noviembre de 1918. «Presidente de la República.— Número 4,240.— Tengo el honor de poner en el superior conocimiento de usted que en este momento acabo de recibir un mensaje del señor general J. M. Ferreira, fechado en Zamora, Michoacán, en que me comunica que está confirmado que el día 11 murió bandido García Chávez, víctima de la «influenza española.»— Respetuosamente. General M. M. DIEGUEZ.» (Respetamos ortografía, signos de puntuación y falta de tildes).

Pascual Ortiz Rubio tampoco se quedó atrás en la labor de comunicar al primer mandatario, Venustiano Carranza, que el criminal había muerto en el territorio de la entidad que regenteaba:

«Morelia, 13 de noviembre—4 p.m. Presidente Carranza.— Con verdadero placer hónrome en comunicarle que general J. M. Ferreira me comunica desde Zamora, Michoacán, telegráficamente, confirmada muerte terrible bandido Inés Chávez García.—Salúdolo respetuosamente. El Gobernador Constitucional del E., P. ORTIZ RUBIO.»

En el caso del mensaje que envió Jesús María Ferreira, las palabras fueron las siguientes:

«ZAMORA, 13 de noviembre. Sr. Gral. J. J. Méndez.—Urgente. Con gusto comunico a Ud. que se ha confirmado la muerte en Purépero, del bandolero García Chávez, de influenza española. Salúdolo. Gral. J. M. Ferreira.»

Más allá de que la influenza española hiciera lo que muchos en su tiempo desearon hacer, y de cuánta alegría causó su partida, es llamativo leer que, con todo y el daño que provocó a diestra y siniestra, José Inés Chávez alcanzó a recibir los Sacramentos. Ante esto, es natural pensar «¡Hasta suerte tuvo el desdichado!» y cuestionarnos qué fue lo que pudo haberle valido la oportunidad de recibir el perdón – el divino, no el humano– por sus culpas y tropelías, de ser confortado por los auxilios espirituales de la religión cristiana, y más tomando en consideración a cuántas personas, independientemente de su sexo o edad, él mismo quitó dicha posibilidad. Y más cuando reparamos en que Inés Chávez, a diferencia de otros personajes, no fue liberal o anticlerical desde sus años mozos. Más aún: era piadoso, devoto, católico practicante.

Leamos los testimonios de las personas que lo trataron en su juventud:

“Inés, desde chico, acostumbraba mandar a todos los que jugábamos con él, pronto se enseñó a leer y escribir. Ya más grandecito era el que guiaba el Vía crucis en los viernes de Cuaresma en la capilla de Godino, porque no teníamos sacerdote allí, guiaba también los rosarios y el padre de la Presa de Herrera lo nombró celador del Apostolado de la Oración, y portando él mismo el estandarte del Sagrado Corazón, llevaba mucha gente a hacer los viernes primeros a la Presa de Herrera”.

Casi parece que estamos hablando de una persona completamente distinta. Y bueno, aunque no es el caso, ya que toda nuestra entrada se ha centrado en el mismo hombre, el cambio había sido radical. En consecuencia, aflora una pregunta inquietante: ¿cómo se producido semejante alteración? ¿En qué momento un chico que encabezaba las devociones de su ranchito, que hasta pertenecía a un grupo parroquial, y que fue promotor de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús?

La respuesta que dan los mismos testigos es esta:

“Se echó a perder cuando anduvo con Joaquín Amaro, el que desde que fue su jefe directo se convirtió en su ángel negro”.

Es verdad que otra versión de la modificación tan drástica de su conducta indica que Inés Chávez no era cruel en sus comienzos como revolucionario pero que, luego de haberse curado de una enfermedad grave, adoptó la táctica de asolar los poblados a sangre, fuego y dinero, esto último mediante los clásicos préstamos o rescates forzosos. Pero adjudicar su funesta transformación a haberse juntado con Joaquín Amaro Domínguez no es, ni remotamente, algo descabellado o fuera de lugar. El susodicho militar fue conocido por su sadismo, su inquina hacia el clero y los católicos y, en suma, por ser un perseguidor de la Iglesia a ultranza. En Zamora, entre diversas providencias, apoyó la confiscación y embargo de los bienes eclesiásticos, mandó suspender la edificación del Santuario Diocesano de Nuestra Señora de Guadalupe –la Catedral Inconclusa– e hizo exclaustrar a las religiosas capuchinas.

Retrato de José Inés Chávez García. Fotografía editada y mejorada por la autora.

El hecho específico es que, en efecto, Chávez sí anduvo bajo las órdenes de «El Indio» Amaro, y que, como éste y tantísimos cabecillas y bandidos que se hicieron llamar «revolucionarios», aprovechó la prolongación del levantamiento armado para obtener beneficios personales y dar rienda suelta no únicamente a su sed de riqueza y de efusión de sangre, sino, también, al odio antirreligioso que, en incontables ocasiones, rayó en la vesania y en la locura febril.

También es cierto que, por muchos años, el hecho de que el bandolero de Godino se había reconciliado con Dios antes de partir al más allá no fue más que un mero rumor, algo que «se decía por allí» pero de lo que no había pruebas claras. Tan fue así que según los relatos orales de María Luisa Herrera Mendoza, transmitidos a su hija María del Carmen Ávalos Herrera, abuela paterna de quien esto escribe, consignan la historia de una anciana anónima que, al enterarse de las hablillas referentes a la confesión final de Chávez, exclamó:

«Si al morirme llego al Cielo, y Chávez entró allí, ¡del Cielo me salgo!»

Así de malvado había sido. Dice otro refrán: «Cría fama, y échate a dormir». En el caso de Inés Chávez, no sólo era la fama.

Las declaraciones escritas del P. Esquivel arrojaron luz sobre la cuestión y resolvieron el misterio. Ahora, como quedó ya asentado, sabemos a ciencia cierta que José Inés Chávez García sí recibió los Sacramentos antes de morir, lo cual, aunque sólo el Creador lo sepa, abre la posibilidad a que incluso alguien como él haya podido salvarse. Probablemente Dios se haya valido de la influenza española para brindarle tiempo para arrepentirse y acercarse a Él, algo que habría sido imposible si hubiese muerto al fragor de un combate o asesinado en venganza de tantas familias destruidas, tantas mujeres mancilladas, tantas localidades y villas asoladas.

Sin duda que, aunque no lo comprendamos, el Señor no mide los acontecimientos como lo hacemos nosotros. Solamente Él sabe por qué las cosas acontecen de una manera y no de otra.

Citamos las palabras del resumo biográfico de Degollado a través del tiempo:

“¿Quizá las oraciones de su madre y las prácticas piadosas que él mismo tuvo, en sus primeros años, cuando guiaba viacrucis y rosarios en Godino, le sirvieron para que la misericordia infinita de Dios le perdonara sus innumerables delitos, como lo hizo Jesús, al borrar los crímenes del ladrón arrepentido en la cima del Calvario?”

Esto, sin embargo, no debe movernos a olvidar la justicia y la historia de todas las víctimas de las que, antes de que la influenza española lo derrotara indefectiblemente y le diera un pasaporte a la Eternidad, fue fautor y causante.

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Fuentes:

Degollado a través del tiempo. Apuntes biográficos de José Inés Chávez García. No hemos podido localizar al autor.

Gómez-Dantés O. El “trancazo”, la pandemia de 1918 en México. Salud Publica Mex [Internet]. 29 de agosto de 2020 [citado 23 de febrero de 2025];62(5, sep-oct):593-7. Disponible en: https://www.saludpublica.mx/index.php/spm/article/view/11613

González y González, L. (1968). Pueblo en vilo: Michohistoria de San José de Gracia. México: El Colegio de México.

Ochoa Serrano, Á. (2006). Inés Chávez, muerto. Dos textos del Padre Esquivel. Revista Relaciones.

Testimonios orales de María del Carmen Ávalos Herrera, q.e.p.d., cuya madre radicó en Zamora en los tiempos de la Revolución y atestiguó tanto los atropellos de las tropas carrancistas en contra de todo lo que fuese católico como la presencia y crueldad de Joaquín Amaro. Asimismo, la Sra. Carmen relataba varias anécdotas relativas a Inés Chávez García.

Vencido por la influenza española (I)

La muerte del bandolero José Inés Chávez García (Primera parte)

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Detalle de una fotografía del temido José Inés Chávez García. Mejora y edición por la autora.

Los grupos de defensa social de los diversos pueblos que asoló –el listado es sumamente largo– no pudieron acabar con él. Tampoco el gobierno federal. Mucho menos los civiles entre los que lo único que sembró fue el horror, la sangre y la barbarie. José Inés Chávez García, que vio la luz primera el 19 de abril de 1889, se ganó muy merecidamente el mote de «El Atila de Michoacán» o «El Atila del Bajío». Creemos que huelga explicar el sobrenombre. Bastaba que los pobladores de algún sitio supiesen que las hordas que él lideraba se aproximaban al lugar, para que el terror cundiera y se esparciera como reguero de pólvora, como chispas en un cañaveral. A la irrupción de Chávez seguían incontables crímenes, entre asesinatos en masa, violaciones y saqueos, sin faltar los incendios de viviendas y la profanación de la iglesia o capilla local. Aquellos bandoleros, verdaderamente, hacían gala de sadismo y perversidad.

La entrada de hoy no se detendrá en los detalles de aquellas morbosas incursiones, sino en cómo fue que la carrera en este mundo de aquel bárbaro personaje, que da la impresión de haber salido de alguna novela sangrienta, tocó a su desenlace inexorable. Inés Chávez era, en verdad, un bandido imparable. Tratar de resistir contra él era imposible, como si se tratara de contener un incendio en un pajar o detener, en el estío de 2024, las aguas que se desbordaron e inundaron diversos terrenos y parajes de la Ciénega de Chapala cuando arreció el temporal. Pero fue vencido. Más aún, murió, y no en el paredón de fusilamiento, ni ahorcado o acuchillado, como tantas de sus víctimas en presencia suya.

Cabe que nos preguntemos a quién correspondió el logro de haberle puesto un alto a sus tropelías. Tal hazaña, como ya lo adelantó el epígrafe de nuestro texto, fue de la influenza española. El testimonio escrito del sacerdote Francisco Esquivel en 1973, el de otros testigos oculares del desenlace del facineroso originario del rancho Godino (Puruándiro, Michoacán) y lo consignado en los periódicos de la época, indican que el deceso aconteció en noviembre de 1918, a causa de la enfermedad que, tras llegar a México un mes antes, causó la muerte de incontables personas. Y ni siquiera Inés Chávez, con su poderío de barbarie y fechorías, pudo librarse de sus garras. A la postre, la naturaleza humana y su flaqueza ante las patologías nos demuestran que nuestra vida en la tierra es endeble y puede apagarse, a semejanza de una candela, con el más leve soplo.

El «Atila de Michocán», al centro y con la pierna izquierda cruzada sobre la derecha, acompañado por su séquito de lugartenientes. Edición de imagen por la autora.

Pero dejémonos de preámbulos y veamos cómo y en dónde aconteció.

Durante buena porción de 1918, Inés Chávez dominó buena parte del estado de Michoacán, incluyendo la zona de la Ciénega. A fines de marzo, cayó sobre Cotija de la Paz, en mayo hincó sus dientes sobre San José de Gracia y, en junio, sobre Pátzcuaro. Garciadiego Dantán menciona que, a diferencia de sus inicios como bandolero, el facineroso comandaba «un ejército más regular, con cierta organización militar, que se desplazaba de un lugar a otro según las exigencias de la campaña» (2010, p. 865). Todo eso mientras, aplicándole unos versos dedicados a otro facineroso, Luis B. Gutiérrez alias «El Chivo Encantado», recorría esas tierras dejando en todas las partes la miseria y el dolor (p. 217).

Aquello, por fortuna, no habría de durar para siempre. Reza un dicho que «todo cae por su propio peso» y, en este caso, por la iniquidad. Ni siquiera los perversos, aunque por mucho tiempo hagan lo que les plazca, pueden escaparse de las consecuencias de sus actos de modo indefinido. Al acercarse el último cuatrimestre de 1918, la fuerza de Chávez empezó a declinar. Fue en Peribán donde, pese a todos los estragos que provocó, se vio sitiado por los coroneles Bonifacio Moreno y Pruneda, hasta que sufrió –¡por fin!– su primera y única derrota, de la que ya no se recuperaría. Allí perdió, además, a uno de sus principales lugartenientes, el coronel Rafael «El Mocho» Nares, tan sanguinario como su jefe. Chávez, empero, no conoció el término de sus desmanes en aquella jornada, 24 de agosto de 1918.

Plaza de Peribán, Michoacán, el pueblo que presenció la caída militar de Inés Chávez García. Fotografía editada y mejorada por la autora.

Un corrido de Chavinda, proporcionado por el profesor Alfonso del Río, así lo cuenta:

Señores, tengan presente lo que en Peribán pasó:
Hubo un combate sangriento «El mocho Nares» murió.

Bajó Nares con su gente a almorzar a ese pueblito:
-Orita les dan caliente, nomás se esperan tantito.

Bajó Nares con su gente y a nadie le dijo nada,
y Pineda con su gente ya le tenía su emboscada.

De repente un fuerte trueno por todo el pueblo se oía,
un grito: «¡Viva el Gobierno! ¡Muera Inés Chávez García!»

Con sus hordas deshechas, el facineroso se encaminó a Purépero. Allí lo encontraría la muerte, destino ineludible del género humano. Para cuando se dirigía a aquel pueblo, ya había contraído la gripe que a tantos llevó al sepulcro. Muchos de sus hombres, contagiados, sucumbieron a la enfermedad antes que él. «Se amanecía con dolor de cabeza, venían la fiebre y las hemorragias, y había que cuidarse unos seis días porque si se levantaba antes de tiempo, recaía con neumonía, y de la recaída nadie se salvaba» (González y González, 1968, p. 165).

Ya cuando se hallaba cerca de Purépero, uno de los señores principales, Jesús Duarte, salió a hablar con él para pedirle que no dañara a la población y que, a cambio, él conseguiría dinero entre los vecinos y pastura para la caballada.

Para ese instante, «El Terror de Michoacán» ya no podía ni mantenerse en pie: en una camilla, fue conducido a la plaza municipal y colocado bajo la sombra de un trueno, mas pronto se lo llevaron al portal de la presidencia municipal y, por último, al interior del edificio, donde se produciría el deceso.

Tan mal se sentía ya José Inés, que hicieron llamar a un médico. Acudió el Dr. José María Barragán, quien tras haberlo examinado se percató de la gravedad del caso.

Plaza y portales de Purépero, Michoacán. Por aquí pasó Inés Chávez, ya enfermo de gripe española y en camilla, poco antes de morir. Imagen editada y mejorada por la autora.

Los chavistas no anduvieron con sutilezas y lo amenazaron:

— Mire, dotorcito —le dijeron—, si no lo alivia, lo tronamos.

Tampoco el médico le dio rodeos al asunto. Sin temor, replicó:

—Yo no soy Dios para hacer milagros, la fiebre española es mortal y como no guardó ningunos cuidados, va a ser difícil que se alivie luego, yo de mi parte haré lo que pueda, por de pronto surtan esta receta —y se las dio.

El facultativo se marchó de la habitación con el convencimiento de que Chávez expiraría en poco tiempo.

Pero aún faltaba para que eso sucediese. De ello nos ocuparemos en la siguiente entrada, la segunda y última.

© 2025. Todos los derechos reservados.

Fuentes:

Degollado a través del tiempo. Apuntes biográficos de José Inés Chávez García. No hemos podido localizar al autor.

Gómez-Dantés, O (29 de agosto de 2020). El “trancazo”, la pandemia de 1918 en México. Salud Publica Mex [Internet]. 62 (5, sep-oct): 593-7. Disponible en: https://www.saludpublica.mx/index.php/spm/article/view/11613

González y González, L. (1968). Pueblo en vilo: Michohistoria de San José de Gracia. México: El Colegio de México.

Miranda Fodinez, F. (2006). Inés Chávez, muerto. Dos textos del Padre Esquivel. Relaciones. 27 (105), pp. 179-202.

Sin autor (s.f.). Corridos. De bandidos. 97. De «El Chivo Encantado». biblat.unam.mx/hevila/EstudiosdeFolklore/no2/10.pdf

El “Atanasio del siglo XX”

Semblanza de Monseñor Francisco Orozco y Jiménez

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Detalle de una fotografía de Monseñor Francisco Orozco y Jiménez (1864-1936), V Arzobispo de Guadalajara. Mejora y edición por la autora.

Hace apenas unos días, el 18 de febrero, se cumplieron 89 años de que, en 1936, pasó a la Eternidad el valiente prelado que regenteó la Arquidiócesis tapatía por poco más de veintitrés años, incluyendo los tiempos más álgidos de la persecución religiosa: Monseñor José Francisco de Paula Ponciano de Jesús Orozco y Jiménez. Fue el quinto prelado en ocupar este cargo, y además perteneció a la Academia Mexicana de la Historia, a la que ingresó en 1921.

Creemos que hablar de la muerte de un personaje implica, por justicia, hablar sobre su vida. Y el caso del preclaro varón que nos ocupa no es una excepción.

Francisco Orozco y Jiménez vio la luz primera el 19 de noviembre de 1864 en Zamora, Michoacán. Sus padres fueron José María Orozco Cepeda y Mariana Jiménez Fernández. Como muchos eclesiásticos mexicanos destacados de su tiempo, cursó estudios en el Colegio Pío Latino en la ciudad de Roma, hasta que fue ordenado sacerdote en 1887. Fungió como Obispo de Chiapas de 1902 a 1912, donde el gobierno liberal lo calificó, injustamente, de rebelde y levantisco, al grado de apodarlo “Chamula”, por su defensa de los habitantes indígenas de su Diócesis.

El Papa San Pío X lo trasladó a la Arquidiócesis de Guadalajara, adonde arribó el 9 de febrero de 1913, el mismo día en el que, en la capital del país, se desataba la Decena Trágica. Al ser firme y valiente defensor de la fe, muy pronto enfrentó problemas con las autoridades jacobinas, y en 1914 fue desterrado, en el primero de cinco exilios. En 1917 emitió una Carta Pastoral en la que, uniéndose a los otros Príncipes de la Iglesia en México, condenó los artículos de la Constitución que atentaban contra la libertad de los católicos, de los sacerdotes y de la institución eclesiástica. Esto supuso el cierre de los templos en los que fue leída, así como el encarcelamientos de clérigos y seglares católicos, y más tarde, en 1918, un nuevo destierro.

El 18 de enero de 1921, entre otros actos pastorales, efectuó la Coronación Pontificia de la Santísima Virgen de la Expectación –nombre litúrgico de Nuestra Señora de Zapopan– Generala de Jalisco y Patrona de la Arquidiócesis de Guadalajara.

Otro retrato de Monseñor Francisco Orozco y Jiménez, que lo muestra ataviado como correspondía a su cargo. Imagen editada y mejorada por la autora.

Ya durante la Guerra Cristera, no aprobó abiertamente la resistencia armada de los católicos, pero tampoco los condenó. Y de todos los miembros del Episcopado, junto con el Obispo de Colima, fue el único que, poniendo el ejemplo a sus presbíteros, se quedó con sus fieles, viviendo a salto de mata para continuarlos auxiliando espiritualmente. A pesar de ello, el régimen lo calumnió y acusó de ser uno de los dirigentes cristeros. Fue uno de los hombres más buscados de Jalisco en aquel entonces. A muchos católicos jaliscienses, inclusive bajo tortura, se les exigía que revelaran su paradero, pero nadie lo delató jamás, y el mismo régimen nunca pudo capturarlo durante el tiempo que duró la Cristiada.

Cuando se llevaron a cabo los mal llamados “arreglos” entre el Estado y la Iglesia, Monseñor Francisco tuvo que partir al destierro. Éste fue, justamente, una de las condiciones para la negociación, si es que cabe aplicarle tal calificativo. Junto con él, dos obispos que ya se hallaban en el exilio se vieron obligados a no poner un pie en México: José María González y Valencia y José de Jesús Manríquez y Zárate. A diferencia de Monseñor Francisco, ellos sí apoyaron abierta y públicamente la lucha de los cristeros.

Francisco Orozco y Jiménez en la década de 1920, ya cuando el conflicto entre la Iglesia y el Estado comenzaba a recrudecer de forma irreversible. Fotografía editada y mejorada por la autora.

Debilitado por las persecuciones y por cinco destierros –de allí la comparación con el prelado de Alejandría que usamos en el título, quien también vivió lo mismo, en la misma cantidad de ocasiones–, el prelado de origen michoacano retornó a Guadalajara durante el gobierno de Lázaro Cárdenas del Río, jiquilpense, quien a pesar de sus ideas y proyectos socialistas y comunistas le permitió volver a la sede de la amada Arquidiócesis.

Para el momento de su ansiado regreso, después de las incontables penalidades sufridas, el intrépido Arzobispo ya se hallaba enfermo. Tampoco le había faltado sufrir renovados atentados contra su vida. Por fin, contrajo una infección que le laceró el hígado y le oscureció el corazón. Tal patología, aunada a la fragilidad natural y a su edad, lo llevaría al sepulcro.

Francisco Orozco y Jiménez en sus últimos años. Fotografía editada y mejorada por la autora.

El 2 de febrero de 1936, el ilustre eclesiástico entró en agonía. Sus feligreses se enteraron de su gravedad hasta dos semanas después, por medio de boletines médicos que fueron fijados en las puertas de los templos. Cada fiel tapatío se enteró, así, del doloroso final de su esforzado pastor.

A las 6:45 de la tarde del 18 de febrero, a los 71 años y 3 meses exactos de edad, más un día, aquel siervo bueno y fiel, Francisco Orozco y Jiménez, V Arzobispo de Guadalajara, dejó de existir para la vida terrena. El primer mensaje que salió del Arzobispado se dirigió al Papa Pío XI, en los siguientes términos: «Grandísima pena comunico hoy murió Arzobispo Orozco».

Su funeral fue uno de los más apoteósicos que se han vivido y visto en Guadalajara, al grado que se estima que aproximadamente una cuarta de la población de la urbe participó. Antes de las exequias, fue velado en el Sagrario Metropolitano, en tanto que la ceremonia de cuerpo presente tuvo lugar en la Catedral. El cortejo fue multitudinario: había tanta gente que era imposible que más dolientes ingresaran.

Así lucía la Avenida Alcalde en el momento en el que el ataúd con el cuerpo del Arzobispo –véase la carroza– avanzaba camino hacia el panteón de Santa Paula, donde se le sepultaría. Imagen editada y mejorada por la autora.

El cadáver de Monseñor Francisco fue llevado por toda la Avenida Alcalde, con dirección al Santuario de Guadalupe, hasta la esquina de la calle Juan Álvarez. De allí la comitiva dio vuelta, rumbo al cementerio de Santa Paula –mejor conocido como panteón de Belén–, donde se procedió a la inhumación.

Féretro de Monseñor Francisco Orozco y Jiménez poco antes de entrar a su sepultura. Fotografía editada y mejorada por la autora.

Actualmente, los restos mortales del Atanasio del siglo XX reposan en la Catedral tapatía, en la capilla del Santísimo Sacramento, bajo un mausoleo que muestra al León de Lucerna.

Como último dato, nuestro personaje está en proceso de beatificación. Ya fue declarado Siervo de Dios, pero los trámites para que continúe el procedimiento, como en el caso de tantos varones y mujeres ilustres, continúan estancados.

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Fuentes:

Semblanza de Monseñor Francisco Orozco y Jiménez redactada para una serie de biografías de personajes de la persecución religiosa y la Guerra Cristera, en colaboración con Ruta Cristera Sahuayo.

Testimonios orales de María del Carmen Ávalos Herrera, q.e.p.d.

Camberos Vizcaíno, V. (1966). Francisco Orozco y Jiménez: biografía. México: Jus.

El Rincón de San Andrés en Sahuayo

Francisco Gabriel Montes Ayala *Coordinador del Consejo de la Crónica de Sahuayo

Una de la comunidades de origen español, es San Andrés, que hacia el año de 1730 aparece como una estancia de ganado mayor y menor, muy cerca de los límites de la comunidad indígena de Sahuayo. Lo encontramos con diversos nombres, el primero encontrado en los sacramentales de la parroquia de Santiago Sahuayo, es como El Cerrito de San Andrés, luego lo encontramos como San Andrés y finalmente como Rincón de San Andrés.

El Rincón, registraba en los censos parroquiales las familias Victoria, Ceja, Sandoval, Ochoa, Figueroa, Guerrero, Torres, López, Mojica, Valencia, Espinoza, Amezcua, Escobedo, Navarro a mediados del siglo XVIII.

En la época de la guerra de independencia, el padre Pablo Victoria, nacido en aquella comunidad, a la sazón capellán de la Hacienda de La Palma, hizo que se levantara en armas el hacendado Luis Macías Mendoza. El padre Victoria, fue tomado preso por la acordada de Sahuayo, en el camino entre La Palma y Sahuayo a la altura del Ojo de Agua, según su expediente criminal levantado por el gobierno virreinal, fue llevado preso a la cárcel de Belén, donde muere el año de 1813.

Otro insurgente importantísimo nacido en San Andrés, es Ignacio Navarro Victoria, sobrino del padre Pablo, quien llegó ha ser un caudillo importante en la zona del bajío, donde alcanzó fama y todavía en 1817 era combatido por las fuerzas realistas.

El Rincón de San Andrés, es una población conurbada con Sahuayo, y que hace algunos años, ys es un importante centro recreativo por el parque al que visitan miles de personas durante el año; es una comunidad apacible, con un templo dedicado a San Andrés, construido por el señor cura José Alvarez, y está sujets la comunidad católica a la Parroquia de Guadalupe de Sahuayo.

El Rincón de San Andrés, es una de las comunidades más avanzadas de las que tiene el municipio de Sahuayo en cuestión de infraestructura.

Vale la pena visitar esta comunidad que es una de las más grandes de la municipalidad de Sahuayo.

Todos los DERECHOS RESERVADOS DE AUTOR, se prohíbe la reproducción total o parcial del presente, sin que se cite la fuente.

Copyright©Francisco Gabriel Montes Ayala, México 2025

Fotografía: Roberto Buenrostro Rodríguez y Francisco Gabriel Montes.

Jamay fue sede de la XLIX reunión biestatal de cronistas Jalisco-Michoacán.

Omar Antonio López Chávez *Cronista de Jamay.

El pasado 25 de enero, el municipio de Jamay, Jalisco, se convirtió en el epicentro de la historia y la cultura regional al albergar la XLIX Reunión Biestatal de la Asociación de Cronistas Jalisco-Michoacán. Este evento, que congregó a cronistas de diversos municipios y regiones, fue una oportunidad para compartir investigaciones, relatos y experiencias en un ambiente de colaboración y aprendizaje.

El Salón Paco Ochoa de la Casa de la Cultura de Jamay fue el escenario donde se presentaron ponencias que destacaron la riqueza histórica y cultural de la región. Los cronistas provenientes de La Palma, Michoacán; Pajacuarán; Tuxpan Jalisco; Jiquilpan; Yurécuaro; Vista Hermosa; Poncitlán; Tlajomulco; Atequiza; Jocotepec; San Antonio Tlayacapan; Chapala; Tuxcueca; Ixtlahuacán; San Miguel de la Paz,  Jamay,  y Guadalajara,  así como invitados de Tlaxcala, compartieron sus conocimientos y perspectivas, enriqueciendo el evento con su diversidad y profundidad.

Entre los destacados ponentes se encontraba Cruz Fernando Bañuelos López, cronista de Jamay, quien presentó una ponencia sobre el “Barrio de San Antonio”, uno de los barrios más emblemáticos del municipio. Las presentaciones también incluyeron temas como “El oficio del historiador” por Francisco Gabriel Montes, presidente de la ACJM, así como  “Flotilla de canoas cargueras” por Aida Aguilar, “Batalla de la Trasquila” en Jiquilpan por Salvador Meza Carrazco, y “Pajacuaran” por José Castellanos. Estas ponencias resaltaron la importancia de preservar la historia, no solo en los grandes eventos y figuras, sino también en los actos cotidianos y las tradiciones que conforman la identidad de nuestras comunidades.

La reunión no solo se limitó a las presentaciones. También se llevaron a cabo mesas de trabajo para discutir temas generales y planificar futuras reuniones. Entre las actividades se incluyeron presentaciones de libros y temas de investigación, y se propuso que Jocotepec sea la próxima sede para continuar con el intercambio cultural y académico.

La presencia de los cronistas de Jalisco y Michoacán en Jamay refuerza la identidad y el patrimonio cultural de las localidades involucradas. Este encuentro destacó las tradiciones compartidas, la proximidad a importantes cuerpos de agua, y la gastronomía que nos caracteriza y define como región. La celebración concluyó con un compromiso renovado de seguir trabajando juntos para mantener viva la historia y la cultura de nuestras comunidades.

El fraile de la Generala

Lic. Helena Judith López Alcaraz

En una fecha como esta, pero del lejano año de 1570, en la Guadalajara neogallega, pasó a la Eternidad el célebre y connotado Fray Antonio de Segovia, reconocido por su incansable labor evangelizadora y, de forma muy especial, por haber sido quien trajo, desde los lares michoacanos, la bendita y venerada imagen de la que ahora es la querida Generala, Taumaturga, Pacificadora, y Patrona de la Arquidiócesis tapatía y del Estado Libre y Soberano de Jalisco.

Fotografía antigua de la Virgen de Zapopan, digitalizada y subida a Flickr por Anastasio Juárez Herrera.

Nuestro personaje, según la Real Academia de la Historia, nació en Segovia, España, en 1485. Según Leonicio Muñiz, cronista de Guadalajara, vio la luz primera en esa misma ciudad, pero en 1500. Profesó en el convento franciscanos de la Limpia Concepción, en su urbe natal, y viajó a la Nueva España en el año de 1527, en la segunda barcada de religiosos que lo dejaron todo para extender la religión católica en las tierras novohispanas.

Firmemente decidido a cumplir su misión, durante su estadía en la Ciudad de México, Fray Antonio aprendió náhuatl a los pocos meses de su arribo, y luego pasó a la recién conquistada Nueva Galicia, donde emprendería y llevaría a cabo su mayor legado. Lo destinaron, en específico, al convento de Santa Ana en Tzintzunzan, Michoacán. En ese sitio, adquirió grandes conocimientos sobre la imaginería elaborada y trabajada con caña de maíz, técnica indígena que aligera el peso de las imágenes. Para la evangelización y catequesis, el fraile llevó sobre sí una imagen de la Virgen de la Concepción, de treinta y cuatro centímetros de altura, justamente de caña de maíz, hecha en Pátzcuaro. Él mismo había mandado fabricarla.

La efigie de Nuestra Señora de Zapopan, aunque para ese momento probablemente sólo Dios lo sabía, estaba lista para principiar su portentosa historia.

Los Anales de los indios de Tlajomulco –antes “de Santo Santiago”, hoy “de Zúñiga”– asientan que en 1530, cuando Guadalajara no había sido fundada ni siquiera por primera vez, Fray Antonio arribó a ese territorio y comenzó, contra viento y marea, la conquista espiritual de los tlaxomultecas. Al año siguiente, sin demora, empezó a catequizar y bautizar a los cocas y tecuexes. Podría decirse que era, sin temor a exagerar –esto es apreciación de quien esto escribe–, un San Francisco Javier en pequeña escala.

Fray Antonio de Segovia; Imagen del Apóstol de la Nueva Galicia con la imagen de la Virgen colgada al pecho. Fotografía subida a Wikipedia por Héctor Josué Quintero. Imagen mejorada por la autora.

Aunado a sus correrías apostólicas, Fray Antonio fungió como el primer custodio de la Orden franciscana en el Reino de la Nueva Galicia. Como tal, en 1531 –mismo año de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe en el cerro del Tepeyac–, institutó el convento de la Asunción, en Tetlán, junto a Tonalá, en las inmediaciones de lo que, más tarde, sería Guadalajara.

El 9 de octubre de 1531, en el atrio del susodicho convento, el egregio franciscano pregonó y efectuó, él mismo, el empadronamiento de las sesenta y tres familias que fundaron la villa del Espíritu Santo y, asimismo, mandó edificar –a raíz de la conquista, y en conmemoración de la victoria alcanzada– la primera capilla dedicada al primer miembro del Colegio Apostólico que sufrió el martirio. Poco más tarde, la ahora capital de la entidad jalisciense sería fundada por primera vez en 1532.

Durante algunos años, desde el convento de Tetlán, fray Antonio de Segovia, evangelizó, con sus hermanos de congregación, la mayor parte del Antiguo Occidente de México –es decir, los actuales estados mexicanos de Jalisco, Colima, Nayarit, Zacatecas–. Su extensa e perseverante acción apostólica se extendió entre los indios zacatecas, xiconaques, cuztiques y otomchichimeca. Porque, además de esto, Fray Antonio aprendió las lenguas cazcanas, coca y tecuexe.

Siempre a pie, descalzo, con su hábito de sayal, un Santo Cristo y la Virgen de la Concepción, cristianizó a miles de indígenas. En 1541, al llegar a su desenlace de la batalla del Mixtón –que puso en entredicho la Conquista– pidió al virrey de Mendoza:

“[…] ya ha corrido, Señor, sus términos la justicia, bueno es se le de lugar a la misericordia, yo me obligo a subir al cerro […] y me prometo con la gracia de Dios buen efecto, bajando a estos pobres reducidos”.

Fray Miguel de Bolonia y Fray Antonio de Segovia, este último portando en el pecho a Nuestra Señora de San Juan en 1542. Imagen: Página de Facebook de la Catedral Basílica de San Juan de los Lagos. Mejora por la autora.

Y cumplió la palabra empeñada. En compañía de Fray Miguel de Bolonia –nativo de Flandes, hoy parte de Bélgica–, o «Bologna» (pronunciado “Boloña”) logró bajar a seis mil combatientes, logrando paz y perdón para ellos. Después, se procedió a la fundación el pueblo de Juchipila, en el actual estado de Zacatecas. Cabe decir, como breve paréntesis, que Fray Miguel fue quien donó la imagen de Nuestra Señora –confeccionada en las cercanías de Pátzcuaro– que hasta la fecha se venera en San Juan de los Lagos. De hecho a él se le debe la fundación de San Juan Bautista Mezquititlán, que se convirtió en dicha ciudad jalisciense.

Llegó 1542, el año de la cuarta y definitiva fundación de Guadalajara, en el valle de Atemajac. En ese año, con pobladores indígenas, Fray Antonio refundó, en las inmediaciones, la villa de Zapopan. A ellos entregó la imagen que lo había acompañado por tanto tiempo en sus viajes evangelizadores: la Santísima Virgen de la Expectación, que con el correr del tiempo adquiriría tantos títulos como portentos habría de obtener del Todopoderoso para los habitantes de esta tierra que la tomó por Madre, gracias a la donación del fraile de Segovia.

Según relata Leonicio Muñiz, ya anciano, nuestro biografiado vivió en el Convento de San Francisco en Guadalajara, anexo al templo del mismo nombre, y que aún existe, donde siempre dio muestras de devoción y piedad. Cuenta la leyenda que Fray Antonio tenía por costumbre asistir al coro para rezar en solitario.

Templo de San Francisco de Asís, en Guadalajara, en el ocaso del siglo XIX. Fotografía: Guadalajara Antigua.

Una tarde, un hermano lego escuchó sus rezos, pero aquella vez, a diferencia de otras, las preces iban acompañadas de voces hermosas que, como cabía esperarse, movieron su curiosidad. El hermano se aproximó a la entrada del coro, donde vislumbró un resplandor muy especial que iluminaba al fraile, pero prefirió retirarse. Entonces descendió al refectorio donde, entonces sí, se llevó una gran sorpresa: ahí se encontraban todos los monjes, menos Fray Antonio.

Efigie levantada a Fray Antonio de Segovia en el atrio de la Basílica de Zapopan. Fotografía tomada por Luis Romo Herrera.

Al tiempo que se preguntaba quiénes, en tal caso, acompañaban al aludido en sus oraciones, subió de nueva al coro… sólo para hallarlo solo, en medio de las sombras, sin dejar de proferir sus plegarias.

Sin duda que los ángeles se le habían unido, pero ya habían desaparecido.

Extenuado pero con la satisfacción de quien ha cumplido su deber para con Dios y con el prójimo, habiendo sido el primer gran evangelizador de las tierras que ahora conforman Jalisco y parte de Zacatecas, Fray Antonio falleció en el convento franciscano ya descrito, el 19 de diciembre de 1570, a la edad de ochenta y cinco años. Justo una jornada antes, el 18 de diciembre, es la festividad litúrgica de Nuestra Señora de la Expectación, el nombre de la advocación de la Generala.

Atrio de la Basílica de Zapopan, en la que se yergue una estatua de Fray Antonio de Segovia. Fotografía del blog de San Carlos Fortín.

Los restos de Fray Antonio se encuentran en algún lugar del templo de San Francisco. Hasta la fecha se estudia la cuestión sobre un posible hallazgo, pero no se ha esclarecido todavía.

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Fuentes:

Aportaciones de Leonicio Gutiérrez Muñiz.

Gutiérrez Lorenzo, M. (2018). Antonio de Segovia. Real Academia de la Historia. https://dbe.rah.es/biografias/51520/antonio-de-segovia  

Valdivia, G. (s. f.). La Virgen de San Juan de los Lagos: historia y milagros de la imagen tan visitada en México. Turismo San Juan de los Lagos. https://turismosanjuandeloslagos.com/la-virgen-de-san-juan-de-los-lagos-historia-y-milagros-de-la-imagen-tan-visitada-en-mexico/

Historia Adversa: Hablar mal de Benito Juárez, era traición a la patria.

Francisco Gabriel Montes Ayala

En el siglo XIX durante el porfiriato, era imposible hablar mal del presidente Benito Juárez. Se comentaba que los escritores que se atrevían a escribir algo adverso a su figura, desafiando la historia oficial, se exponían decía Zubieta y Quevedo: “a los ataques materiales del esbirro y los morales o inmorales del insultador” y se enfrentaban a un aluvión de amenazas, persecuciones y ser señalados como traidores a la patria.

Me llamó mucho la atención para escribir esta colaboración, cuando encontré en un periódico del siglo XIX, que se llamaba La Voz de México del día 22 de julio de 1898, un artículo titulado: “La Prensa Católica y la Manifestación a Juárez”, donde se habla de las actividades que se desarrollaban en aquel año, por la figura patríotica del presidente. En aquella colaboración periodística, el autor, expresa lo siguiente: “Nuestro silencio respecto a Juárez, ha sido impuesto por la fuerza bruta. El liberalismo mexicano ha declarado, con ayuda de la policía, que Juárez está fuera de toda crítica de la Historia. Los famosos proclamadores de la libertad de imprenta y de pensamiento han declarado que juzgar los actos de Juárez es insultar a la nación: y ante este dogma de la inmunidad e intangibilidad histórica de un sujeto, hemos tenido que callar; porque nos parece muy poco donosa una controversia en que a las razones de la crítica se contesta con el palo de gendarme.

Así como el gran poeta español concibió un médico a palos, estos liberales de acá han concebido y realizado el silencio a palos y la gloria a palos.

Callamos, pues, por la obvia razón de que no nos dejan hablar. Se comprende que ese farisaísmo es fértil en sumo grado para la crítica; pero se nos ha puesto una mordaza, se ha declarado delito juzgar la personalidad histórica de Juárez, y no creemos que sea útil para nuestra causa entrar a bartolinas con la historia debajo del brazo. Impotentes los liberales mexicanos para defender en los estrados de la controversia científica la imaginaria grandeza de Juárez, han acudido a los cerrojos de las prisiones para asegurar con ellos el silencio de la historia” (La Voz, 1898).

Mucho se dice que la iglesia católica estaba en contubernio con Díaz, sin embargo el anterior comentario de uno de los periódicos católicos de aquel tiempo, muestra lo contrario o ¿solo sería el tema de Juárez el que provocaba esto? Pero seis años después, en 1904 rescatamos este otro texto en otro periódico.

Francisco Bulnes

Francisco Bulnes, un escritor liberal que para el centenario de Juárez, publica el libro del “El Verdadero Juárez”, es terriblemente perseguido, a tanto que en una carta publicada en el Tiempo dice a la letra: “Yo no me siento vencido, ni me sentiría aún cuando cada molécula del territorio mexicano hiciera una protesta contra mi libro; para mí la lucha comienza y estoy dispuesto a sostenerla; pero como está perfectamente organizada por la intolerancia jacobina el sistema de persecución y de terror para todo aquel que discrepa en lo más mínimo de que Juárez tiene que el Boudha de México y ser culto obligatorio para todos los mexicanos bajo la pena de ser declarado traidor a la Patria (sic)… y haber sido expulsado de la Cámara de Diputados por el crimen de haber escrito un libro que niego la divinidad de un hombre”(El tiempo, 1904).

Indiscutiblemente en todo tiempo, la historia y su narrativa, son manejados impunemente por el sistema político en turno para desvirtuar y hacer prevalecer las ideologías que cimentan los gobiernos.

Fuentes:

1.-La Voz de México, 22 de julio de 1898, pág. 2

2.-El Tiempo, periódico, 1º de septiembre de 1904 pág. 2

Sale a la luz pública Crónicas de Sahuayo III y será presentado este mes de noviembre.

Juan Bruno Hernández *Colaborador

Gracias a la iniciativa del C. Presidente Municipal de Sahuayo,  el Dr. Manuel Gálvez Sánchez, sale a la luz pública el tercer volumen de Crónicas de Sahuayo, coordinado por el maestro Francisco Gabriel Montes Ayala, nuestro director de esta revista electrónica, cronista de Villamar, Venustiano Carranza y coordinador del Consejo de la Crónica de Sahuayo, presidente de la Asociación de Cronistas Jalisco-Michoacán.

El tomo tres de la serie, será presentado el 25 de noviembre en Caballeros de Colón en Sahuayo, ante la sociedad sahuayese y los amantes de la historia y la crónica.

Cabe destacarse que van tres volúmenes que le han dado a Sahuayo importantes aportes a su microhistoria, de esa pequeña parte de la historia nacional que no se sabe mucho. El rescate histórico coordinado por el maestro Francisco Gabriel Montes, ha sido excelente, al reunir a un grupo de jóvenes que se están formando en estas lides de la historia y la crónica. Santiago Manzo Gómez, Helena López Alcaraz ( que por cierto es colaboradora de la revista de Crónicas de la Ciénega) así como también José de Jesús Girarte ( JJ), Ana Karen Ramírez Sánchez, Francisco Jesús Montes Vázquez, Miguel Ceja Sandoval, los cronistas José Castellanos Higareda de Pajacuarán, Salvador Meza Carrazco de Jiquilpan y Hugo de Jesús Gómez, que merece una mención especial ya que al formarse el tercer tomo de Crónicas de Sahuayo, siendo estudiante del doctorado en Historia en la UdeG, fue muerto en un asalto frustrado. Hugo era sin duda alguna, uno de los cronistas de Sahuayo más destacados a su corta edad, que sin duda su partida enluta este tercer tomo.

El contenido de esta nueva publicación versa sobre la cristiada en Sahuayo, donde se presentan varios artículos de este periodo histórico, que hoy se reivindica en esta zona.

El volumen III trae desde documentos inéditos, fotografías y narraciones extraordinarias que no se conocían. Se destaca también, la lista de cristeros que participaron en la guerra en esta zona, así como sacerdotes y mujeres que fueron parte fundamental en la lucha por la defensa de la fe.

Esperamos con ansias el día de la publicación, informando a nuestros lectores, que el libro será obsequiado el día de la presentación, para que estén atentos para llevarse un ejemplar a casa.

También es justo reconocerle al presidente Manuel Gálvez, su compromiso de rescate histórico de su tierra natal Sahuayo.

Primer lugar en artesanías el trabajo de cera escamada de Cojumatlán. Pátzcuaro 2024.

Francisco Gabriel Montes Ayala

Figura humana en vela de cera escamada. 1er lugar en Pátzcuaro en el concurso estatal 2024.

Durante la fiesta del Señor del Perdón de Cojumatlán, en la ribera chapálica meridional, el 3 de mayo de este año, se pudo apreciar un arreglo enorme, un círculo formado por flores de cera escamada y velas que hacía un marco artístico espectacular a la imagen milagrosa del Señor del Perdón.

La primera impresión que daba, era de un círculo que en apariencia no se veía claro desde lejos, pero al acercarse se podía apreciar la belleza indiscutible del adorno floral, que manos cojumatlenses hicieron, días antes de una de las peregrinaciones de la imagen virreinal de la historia de Cojumatlán.

La cerería llegó a esta comunidad indígena conocida como Santa María de la Asunción Coxumatlán, en el siglo XVIII y traspasó el tiempo, hasta que llegaron los años ochenta del siglo pasado y dejó de elaborarse las figuras de cera, las velas de cera escamada y otros objetos que se hacían en manos artesanas de diversas familias que practicaban este arte.

Parecía que aquella tradicional artesanía se perdería después de casi 40 años no realizarse. Sin embargo, Luis Fernando Rodríguez y Jorán Hernández, iniciaron hace un par de años con esta disciplina que requiere de una dedicación para hacer del proceso una excelencia en el arte de la cera escamada y las figuras humanas. El grupo que han formado en aquella comunidad, ha venido dando frutos y éxitos que se consolidan día a día.

El pasado 1 de noviembre, se llevó a cabo el concurso estatal de artesanías en Pátzcuaro con motivo de la noche de muertos, ganando el primer lugar el trabajo de cerería de Luis Fernando Rodríguez, en una de las ramas artesanales y fue parte de uno de los 113 premios otorgados por el gobierno del estado de Michoacán, donde se calificaron 2 mil 178 piezas.

Sin duda alguna que la cerería en Cojumatlán toma los niveles relevantes esperados con la maestría reconocida por el propio evento estatal donde se logró este reconocimiento y premio a la dedicación en esta artesanía.

Felicidades a Luis Fernando Rodríguez por este trabajo artesanal, y que representa a este grupo de cerería de Cojumatlán de Régules en la ribera norte del lago de Chapala.

La descripción de los curatos y doctrinas de Michoacán 1630 . Lenguas naturales que se hablaban.

Francisco Gabriel Montes Ayala

La descripción antigua de los curatos y doctrinas, un libro que se escribió en los primeros años del siglo XVII, que tiene la inscripción «libro de la minuta de las doctrinas que ay en este Obispado de Mechoacan, Assi veneficios de clérigos como guardianías y prioratos» es la más amplia descripción de los curatos diocesanos, agustinos y franciscanos del antiguo Obispado de Michoacán.

Dicho texto lo manó escribir el Obispo Fray Alfonso Enríquez de Toledo y Armendariz, y enriquecido con textos adicionales del siguiente obispo en sucesión, Fray Francisco de Ribera, Obispo de Michoacán, por el año de 1631, siendo su secretario Isidro Gutiérrez de Bustamante.

Dicha descripción de los curatos es amplísima, según el historiador José Bravo Ugarte, dice que el obispado de Michoacán, comprendía «los actuales estados de Michoacán, Colima y Guanajuato, este sin Casas Viejas, ni Xichú. En Guerrero, Tecpan, Coahuayutla, Zacatula, Coyuca y Cutzamala. En San Luis, dice Bravo Ugarte, correspondían San Luis Potosí, Santa María del Río, Cerritos, Guadalcazar, Río Verde y Maíz. En Tamaulipas, Jaumave, Palmillas, Real de los Infantes y Tula. En Jalisco, Almoloya, Atotonilco, Ayo, Cajititlán, Comanja, Ixtlahuacán, La Barca, Ocotlán y Zapotlán.

Los grupos étnicos que consigna esta minuta, son los mexicanos, purépechas, otomíes, mazaguas, matalzincas, cuitlatecos, chontales y mazatecos. Las tres primeras mencionadas era las predominantes. y el grupo más extendido era el tarasco; el mexicano y tras de éste el otomite. Después venían el mazagua, el cuitlateca y el chichimeca.

Destacaba también en la geografía del obispado michoacano, otros hablantes indígenas, que tenían lenguas como la sarame, la cuacomeca, la chumbia, la matalzinca, la teca, la zuteca, la teconuca, la coca, la alanzauteca, la pani, la mazateca, la chontal, la cuitlateca, la tepusteca, la tamazulteca, la zullulteca, la camalalla y la tequeje.

Sin duda, que era la variedad más extensa de lenguas. El Obispado obligaba a los sacerdotes, que se ordenaran hablar las lenguas, para mandarlos a las cabezas de parroquia, de acuerdo a la lengua hablada en la geografía de la parroquia. Por eso encontramos sacerdotes hablando uno, dos y hasta tres lenguas, a parte del español. Bien pudiera ser como el caso de que el párroco hablaba una lengua y el teniente de cura otra. En ningún momento se obligaba a los naturales de aprender el español, y según las leyes de indias, el castellanos era para que lo enseñaran los sacristanes, nunca los párrocos. Es preciso entender que muchos sacerdotes los encontramos siendo originarios de pueblos indígenas, por lo que no estaban vedados a la ordenación presbiteral los naturales.

Un ejemplo es el que muestra este documento, al hablar de Ayo el Chico, dice el señor Rivera: «los indios de este partido son cocas y otomites; administrase en mexicano». El mismo obispo dijo de Maquilí, «el mexicano es la lengua común».

En la ciénega la Parroquia de San Francisco Ixtlán se administraba en mexicano y purépecha, porque todos los pueblos sujetos como San Pedro Caro, Santa María de la Asunción Coxumatlán, San Cristobal Pajacuarán, Santiago Sahuayo, San Miguel Guaracha eran bilingües, hablantes del mexicano, pero obligados en tiempos de la expansión purépecha a hablar la lengua michoacana.

En fin que el Obispado de Michoacán, y esta minuta, nos muestra que la administración de los sacramentos estaba repartida entre 58 clérigos diocesanos beneficiados, 38 guardianías franciscanas y 20 prioratos agustinos.

La Minuta