Francisco Gabriel Montes Ayala *Coordinador del Consejo de la Crónica de Sahuayo
Una de la comunidades de origen español, es San Andrés, que hacia el año de 1730 aparece como una estancia de ganado mayor y menor, muy cerca de los límites de la comunidad indígena de Sahuayo. Lo encontramos con diversos nombres, el primero encontrado en los sacramentales de la parroquia de Santiago Sahuayo, es como El Cerrito de San Andrés, luego lo encontramos como San Andrés y finalmente como Rincón de San Andrés.
El Rincón, registraba en los censos parroquiales las familias Victoria, Ceja, Sandoval, Ochoa, Figueroa, Guerrero, Torres, López, Mojica, Valencia, Espinoza, Amezcua, Escobedo, Navarro a mediados del siglo XVIII.
En la época de la guerra de independencia, el padre Pablo Victoria, nacido en aquella comunidad, a la sazón capellán de la Hacienda de La Palma, hizo que se levantara en armas el hacendado Luis Macías Mendoza. El padre Victoria, fue tomado preso por la acordada de Sahuayo, en el camino entre La Palma y Sahuayo a la altura del Ojo de Agua, según su expediente criminal levantado por el gobierno virreinal, fue llevado preso a la cárcel de Belén, donde muere el año de 1813.
Otro insurgente importantísimo nacido en San Andrés, es Ignacio Navarro Victoria, sobrino del padre Pablo, quien llegó ha ser un caudillo importante en la zona del bajío, donde alcanzó fama y todavía en 1817 era combatido por las fuerzas realistas.
El Rincón de San Andrés, es una población conurbada con Sahuayo, y que hace algunos años, ys es un importante centro recreativo por el parque al que visitan miles de personas durante el año; es una comunidad apacible, con un templo dedicado a San Andrés, construido por el señor cura José Alvarez, y está sujets la comunidad católica a la Parroquia de Guadalupe de Sahuayo.
El Rincón de San Andrés, es una de las comunidades más avanzadas de las que tiene el municipio de Sahuayo en cuestión de infraestructura.
Vale la pena visitar esta comunidad que es una de las más grandes de la municipalidad de Sahuayo.
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14 de Febrero 1542: en el Valle de Atemajac, el conquistador español Cristóbal de Oñate, Beatriz Hernández y 63 familias españolas (incluida por ese tiempo Portugal 🇵🇹) realizan la cuarta y definitiva fundación de Nueva Galicia, actualmente conocida como Guadalajara.
Se instaló el primer ayuntamiento de la actual Guadalajara, presidido por el vizcaíno Miguel de Ibarra.
Además, en agosto de 1542 llegaron a su destino las reales cédulas expedidas por el emperador Carlos I de España 🇪🇦, en noviembre de 1539, en las cuales concedía a Guadalajara el título de ciudad y escudo de armas.
Ese mismo mes se pregonaron ambas cédulas en la plaza mayor de la novel y definitiva Guadalajara.
El pasado 25 de enero, el municipio de Jamay, Jalisco, se convirtió en el epicentro de la historia y la cultura regional al albergar la XLIX Reunión Biestatal de la Asociación de Cronistas Jalisco-Michoacán. Este evento, que congregó a cronistas de diversos municipios y regiones, fue una oportunidad para compartir investigaciones, relatos y experiencias en un ambiente de colaboración y aprendizaje.
El Salón Paco Ochoa de la Casa de la Cultura de Jamay fue el escenario donde se presentaron ponencias que destacaron la riqueza histórica y cultural de la región. Los cronistas provenientes de La Palma, Michoacán; Pajacuarán; Tuxpan Jalisco; Jiquilpan; Yurécuaro; Vista Hermosa; Poncitlán; Tlajomulco; Atequiza; Jocotepec; San Antonio Tlayacapan; Chapala; Tuxcueca; Ixtlahuacán; San Miguel de la Paz, Jamay, y Guadalajara, así como invitados de Tlaxcala, compartieron sus conocimientos y perspectivas, enriqueciendo el evento con su diversidad y profundidad.
Entre los destacados ponentes se encontraba Cruz Fernando Bañuelos López, cronista de Jamay, quien presentó una ponencia sobre el “Barrio de San Antonio”, uno de los barrios más emblemáticos del municipio. Las presentaciones también incluyeron temas como “El oficio del historiador” por Francisco Gabriel Montes, presidente de la ACJM, así como “Flotilla de canoas cargueras” por Aida Aguilar, “Batalla de la Trasquila” en Jiquilpan por Salvador Meza Carrazco, y “Pajacuaran” por José Castellanos. Estas ponencias resaltaron la importancia de preservar la historia, no solo en los grandes eventos y figuras, sino también en los actos cotidianos y las tradiciones que conforman la identidad de nuestras comunidades.
La reunión no solo se limitó a las presentaciones. También se llevaron a cabo mesas de trabajo para discutir temas generales y planificar futuras reuniones. Entre las actividades se incluyeron presentaciones de libros y temas de investigación, y se propuso que Jocotepec sea la próxima sede para continuar con el intercambio cultural y académico.
La presencia de los cronistas de Jalisco y Michoacán en Jamay refuerza la identidad y el patrimonio cultural de las localidades involucradas. Este encuentro destacó las tradiciones compartidas, la proximidad a importantes cuerpos de agua, y la gastronomía que nos caracteriza y define como región. La celebración concluyó con un compromiso renovado de seguir trabajando juntos para mantener viva la historia y la cultura de nuestras comunidades.
Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, destacada mujer del siglo XVII, ha sido conocida por su nombre religioso como Sor Juana Inés de la Cruz, nombre que se relaciona también con otros famosos epítetos que llevó en vida la monja jerónima: Décima Musa mexicana, Fénix de América y Fénix de México.
Nació un día como hoy, 12 de noviembre, pero de 1648, en San Miguel Nepantla, Estado de México.
Religiosa y escritora novohispana, exponente del Siglo de Oro de la literatura en español, que además, incorporó el náhuatl clásico a su creación poética.
Ampliamente reconocida como escritora, aunque ella misma declaró en su «Respuesta a Sor Filotea de la Cruz», que siempre escribió por encargo.
Escribió obras de teatro, como «Los empeños de una casa» (1683) y «Amor es más laberinto» (1689); autos sacramentales como «El divino Narciso» (1689) y abundante poesía.
Murió en la Ciudad de México, en el convento de San Jerónimo, hoy Universidad del Claustro de Sor Juana, el 17 de abril de 1695.
Sor Juana Inés de la Cruz, es considerada «la gran poeta hispanoamericana», que destacó por su deseo de emancipación y gran creatividad literaria, características que la convirtieron en pionera del movimiento feminista en México.
Primera consagración de México al Sagrado Corazón y a Cristo Rey
Lic. Helena Judith López Alcaraz
En una fecha como esta, pero hace 111 años, nuestro país fue consagrado por primera vez a Cristo Rey y a Su Sagrado Corazón.
Fotomontaje alusivo a esta fecha, que muestra a Cristo Rey, con Su Sagrado Corazón, sosteniendo al mundo con la siniestra y el cetro con la diestra, y detrás un laurel –símbolo de victoria– y la bandera de México. Edición por la autora.
El 11 de enero de 1914, tanto en Guadalajara como en diversas poblaciones de la República, se realizó una manifestación religiosa en honor a Cristo Rey, con la finalidad de entronizarlo y hacer la consagración a Él. En el caso de la Perla de Occidente, días antes, las autoridades eclesiásticas encabezadas por el Arzobispo Francisco Orozco Jiménez –que aún no había cumplido un año al frente de la Arquidiócesis– solicitaron autorización para efectuar dicha procesión, hecho que les fue negado por las autoridades estatales, encabezadas por el Gobernador, José López Portillo y Rojas, quien puso como condición que “se hiciera muda, sin llevar estandartes… que denunciaran (!) el carácter católico del acto”.
En la misma fecha, domingo, los católicos de la Ciudad de México realizaron una manifestación que, como la de Guadalajara, pretendía consagrar el país al Sagrado Corazón de Jesús, pero una corona y un cetro a sus pies; esto es, como Rey. Victoriano Huerta dio permiso para que se llevara a cabo. El evento, con todo, fue calificado de “cívico” para no infringir la ley –un estatuto fechado el 14 de diciembre de 1874 establecía que cualquier acto religioso podría verificarse públicamente sólo dentro de los templos–.
En Jalisco, por el contrario, los católicos no vacilaron en demostrar públicamente que Cristo es Rey y en mostrar, de modo abierto y claro, cuánto deseaban homenajearlo. La manifestación religiosa fue llevada a cabo, con el valeroso prelado al frente. Poco antes de que los católicos avanzaran, llegó la noticia de que Portillo revocó la autorización.
Monseñor Francisco Orozco y Jiménez (1864-1936), V Arzobispo de Guadalajara, que fue desterrado de su sede por primera vez a consecuencia de haber liderado la procesión de consagración al Sagrado Corazón de Jesús (11 de enero de 1914) en la ciudad antedicha. Montaje y edición por la autora.
Con miles de personas organizadas en torno a la Catedral, Francisco Orozco y Jiménez envió una delegación compuesta por dos damas de la alta sociedad y dos señoritas a pedir al gobernador que reconsiderara. El mandatario concedió a la delegación un permiso para que desfilaran mujeres y niños, pero reiteró la prohibición en el caso de los varones. El Arzobispo, con agudeza, llegó a la conclusión de que había dos interpretaciones posibles: o el desfile era ilegal y se permitía marchar a las mujeres y niños por condescendencia, o era legal, y prohibía a los varones marchar en contravención del estado de derecho.
La situación terminó con la intervención de la policía y el arresto de varios de los participantes. No sólo se giraron órdenes de aprehensión para los dirigentes de la marcha, sino que Monseñor salió exiliado a Chicago por dos años. No sería, como ya se conoce, la última vez que tendría que partir al destierro.
En una fecha como esta, pero del lejano año de 1570, en la Guadalajara neogallega, pasó a la Eternidad el célebre y connotado Fray Antonio de Segovia, reconocido por su incansable labor evangelizadora y, de forma muy especial, por haber sido quien trajo, desde los lares michoacanos, la bendita y venerada imagen de la que ahora es la querida Generala, Taumaturga, Pacificadora, y Patrona de la Arquidiócesis tapatía y del Estado Libre y Soberano de Jalisco.
Fotografía antigua de la Virgen de Zapopan, digitalizada y subida a Flickr por Anastasio Juárez Herrera.
Nuestro personaje, según la Real Academia de la Historia, nació en Segovia, España, en 1485. Según Leonicio Muñiz, cronista de Guadalajara, vio la luz primera en esa misma ciudad, pero en 1500. Profesó en el convento franciscanos de la Limpia Concepción, en su urbe natal, y viajó a la Nueva España en el año de 1527, en la segunda barcada de religiosos que lo dejaron todo para extender la religión católica en las tierras novohispanas.
Firmemente decidido a cumplir su misión, durante su estadía en la Ciudad de México, Fray Antonio aprendió náhuatl a los pocos meses de su arribo, y luego pasó a la recién conquistada Nueva Galicia, donde emprendería y llevaría a cabo su mayor legado. Lo destinaron, en específico, al convento de Santa Ana en Tzintzunzan, Michoacán. En ese sitio, adquirió grandes conocimientos sobre la imaginería elaborada y trabajada con caña de maíz, técnica indígena que aligera el peso de las imágenes. Para la evangelización y catequesis, el fraile llevó sobre sí una imagen de la Virgen de la Concepción, de treinta y cuatro centímetros de altura, justamente de caña de maíz, hecha en Pátzcuaro. Él mismo había mandado fabricarla.
La efigie de Nuestra Señora de Zapopan, aunque para ese momento probablemente sólo Dios lo sabía, estaba lista para principiar su portentosa historia.
Los Anales de los indios de Tlajomulco –antes “de Santo Santiago”, hoy “de Zúñiga”– asientan que en 1530, cuando Guadalajara no había sido fundada ni siquiera por primera vez, Fray Antonio arribó a ese territorio y comenzó, contra viento y marea, la conquista espiritual de los tlaxomultecas. Al año siguiente, sin demora, empezó a catequizar y bautizar a los cocas y tecuexes. Podría decirse que era, sin temor a exagerar –esto es apreciación de quien esto escribe–, un San Francisco Javier en pequeña escala.
Fray Antonio de Segovia; Imagen del Apóstol de la Nueva Galicia con la imagen de la Virgen colgada al pecho. Fotografía subida a Wikipedia por Héctor Josué Quintero. Imagen mejorada por la autora.
Aunado a sus correrías apostólicas, Fray Antonio fungió como el primer custodio de la Orden franciscana en el Reino de la Nueva Galicia. Como tal, en 1531 –mismo año de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe en el cerro del Tepeyac–, institutó el convento de la Asunción, en Tetlán, junto a Tonalá, en las inmediaciones de lo que, más tarde, sería Guadalajara.
El 9 de octubre de 1531, en el atrio del susodicho convento, el egregio franciscano pregonó y efectuó, él mismo, el empadronamiento de las sesenta y tres familias que fundaron la villa del Espíritu Santo y, asimismo, mandó edificar –a raíz de la conquista, y en conmemoración de la victoria alcanzada– la primera capilla dedicada al primer miembro del Colegio Apostólico que sufrió el martirio. Poco más tarde, la ahora capital de la entidad jalisciense sería fundada por primera vez en 1532.
Durante algunos años, desde el convento de Tetlán, fray Antonio de Segovia, evangelizó, con sus hermanos de congregación, la mayor parte del Antiguo Occidente de México –es decir, los actuales estados mexicanos de Jalisco, Colima, Nayarit, Zacatecas–. Su extensa e perseverante acción apostólica se extendió entre los indios zacatecas, xiconaques, cuztiques y otomchichimeca. Porque, además de esto, Fray Antonio aprendió las lenguas cazcanas, coca y tecuexe.
Siempre a pie, descalzo, con su hábito de sayal, un Santo Cristo y la Virgen de la Concepción, cristianizó a miles de indígenas. En 1541, al llegar a su desenlace de la batalla del Mixtón –que puso en entredicho la Conquista– pidió al virrey de Mendoza:
“[…] ya ha corrido, Señor, sus términos la justicia, bueno es se le de lugar a la misericordia, yo me obligo a subir al cerro […] y me prometo con la gracia de Dios buen efecto, bajando a estos pobres reducidos”.
Fray Miguel de Bolonia y Fray Antonio de Segovia, este último portando en el pecho a Nuestra Señora de San Juan en 1542. Imagen: Página de Facebook de la Catedral Basílica de San Juan de los Lagos. Mejora por la autora.
Y cumplió la palabra empeñada. En compañía de Fray Miguel de Bolonia –nativo de Flandes, hoy parte de Bélgica–, o «Bologna» (pronunciado “Boloña”) logró bajar a seis mil combatientes, logrando paz y perdón para ellos. Después, se procedió a la fundación el pueblo de Juchipila, en el actual estado de Zacatecas. Cabe decir, como breve paréntesis, que Fray Miguel fue quien donó la imagen de Nuestra Señora –confeccionada en las cercanías de Pátzcuaro– que hasta la fecha se venera en San Juan de los Lagos. De hecho a él se le debe la fundación de San Juan Bautista Mezquititlán, que se convirtió en dicha ciudad jalisciense.
Llegó 1542, el año de la cuarta y definitiva fundación de Guadalajara, en el valle de Atemajac. En ese año, con pobladores indígenas, Fray Antonio refundó, en las inmediaciones, la villa de Zapopan. A ellos entregó la imagen que lo había acompañado por tanto tiempo en sus viajes evangelizadores: la Santísima Virgen de la Expectación, que con el correr del tiempo adquiriría tantos títulos como portentos habría de obtener del Todopoderoso para los habitantes de esta tierra que la tomó por Madre, gracias a la donación del fraile de Segovia.
Según relata Leonicio Muñiz, ya anciano, nuestro biografiado vivió en el Convento de San Francisco en Guadalajara, anexo al templo del mismo nombre, y que aún existe, donde siempre dio muestras de devoción y piedad. Cuenta la leyenda que Fray Antonio tenía por costumbre asistir al coro para rezar en solitario.
Templo de San Francisco de Asís, en Guadalajara, en el ocaso del siglo XIX. Fotografía: Guadalajara Antigua.
Una tarde, un hermano lego escuchó sus rezos, pero aquella vez, a diferencia de otras, las preces iban acompañadas de voces hermosas que, como cabía esperarse, movieron su curiosidad. El hermano se aproximó a la entrada del coro, donde vislumbró un resplandor muy especial que iluminaba al fraile, pero prefirió retirarse. Entonces descendió al refectorio donde, entonces sí, se llevó una gran sorpresa: ahí se encontraban todos los monjes, menos Fray Antonio.
Efigie levantada a Fray Antonio de Segovia en el atrio de la Basílica de Zapopan. Fotografía tomada por Luis Romo Herrera.
Al tiempo que se preguntaba quiénes, en tal caso, acompañaban al aludido en sus oraciones, subió de nueva al coro… sólo para hallarlo solo, en medio de las sombras, sin dejar de proferir sus plegarias.
Sin duda que los ángeles se le habían unido, pero ya habían desaparecido.
Extenuado pero con la satisfacción de quien ha cumplido su deber para con Dios y con el prójimo, habiendo sido el primer gran evangelizador de las tierras que ahora conforman Jalisco y parte de Zacatecas, Fray Antonio falleció en el convento franciscano ya descrito, el 19 de diciembre de 1570, a la edad de ochenta y cinco años. Justo una jornada antes, el 18 de diciembre, es la festividad litúrgica de Nuestra Señora de la Expectación, el nombre de la advocación de la Generala.
Atrio de la Basílica de Zapopan, en la que se yergue una estatua de Fray Antonio de Segovia. Fotografía del blog de San Carlos Fortín.
Los restos de Fray Antonio se encuentran en algún lugar del templo de San Francisco. Hasta la fecha se estudia la cuestión sobre un posible hallazgo, pero no se ha esclarecido todavía.
Sacrificio del Beato Miguel Agustín Pro (Segunda y última parte)
Lic. Helena Judith López Alcaraz
El P. Miguel Agustín Pro, de rodillas, haciendo su última oración justo antes de ser fusilado.
Acaban de cumplirse, el 23 del actual, hace unos días, un año más de que, en 1927, hace ya 98 años, el padre Pro, jesuita, maestro del disfraz y valientísimo sacerdote celoso por el bien de las almas a pesar de la atroz persecución religiosa, cayó traspasado por la descarga de un pelotón de fusilamiento.
En esta entrega, segunda y última con el título que encabeza el presente texto, ofrecemos la continuación y cierre de la historia de aquel martirio que no sólo había deseado con todas sus fuerzas, sino que, inclusive, lo había presentido y hasta dicho qué haría si llegaba a cumplirse su anhelo.
El Beato Miguel Pro, ya con los brazos abiertos, en el instante en que quiso gritar “¡Viva Cristo Rey!”, antes de que la descarga lo derribara. Imagen: Jesuitas México.
Miguel Agustín Pro había dedicado su vida al servicio de Dios y a la causa de la Iglesia, en un contexto de extrema violencia y odio contra todo aquello que ostentara el adjetivo “católico. La feroz persecución feroz contra la Iglesia católica se hallaba en su punto álgido. Las iglesias estaban cerradas desde el 1 de agosto de 1926, los sacerdotes eran cazados peor que alimañas peligrosas y muchos, a la sazón, ya habían sido asesinados. No obstante, con astucia y audacia, el presbítero había burlado a la policía y al gobierno para que los fieles de la Ciudad de México no se quedaran desamparados espiritual y materialmente. Porque, hay que señalarlo, no se limitó a administrar los Sacramentos sin cansancio, sino que, al haber quedado muchas familias sin sustento, por haber muerto o sido encarcelado el jefe, reunía y pedía víveres para llevárselos y mitigar, en lo posible, sus carencias económicas, en especial en lo tocante al alimento y el vestido.
Pero todo aquello había terminado. Dice la Sagrada Escritura, en el tercer capítulo del libro del Eclesiastés, “todas las cosas tienen su tiempo, todo lo que pasa debajo del sol tiene su hora. Hay tiempo de nacer, y tiempo de morir”. En el caso del que había nacido el 13 de enero de 1891 y que otrora fue novicio en El Llano, cerca de Zamora (Michoacán); del que había hecho el sacrificio de no volver a ver con vida a la autora de sus días para poder completar su formación sacerdotal; del que volvió a su patria justo dos semanas antes de la suspensión del culto público; y del que había arrostrado mil peripecias para no abandonar a su grey, ahora, era el tiempo de morir, de partir hacia la Eternidad.
Al acercarse al paredón de fusilamiento –sólo en ese momento se enteró de la condena que pesaba sobre él–, con la mirada hacia el frente, entrelazó las manos por delante. Su rostro, aunque marcado por las penalidades de los últimos días de la vida en prisión, y ya con la barba crecida por no poder afeitarla, no reflejaba miedo. Por el contrario, el Padre Pro se hallaba sereno, en paz, como si estuviera a punto de cumplir un sueño harto tiempo acariciado.
Fotografía del P. Pro en la noche inmediatamente anterior a su muerte, tomada en los sótanos de la Inspección de Policía. Imagen mejorada por la autora.
Y así era. Aquel miércoles gélido, Miguel Agustín Pro iba a conseguir la gracia que por tanto había implorado a Dios, a Nuestra Señora y –sí, no se lo había guardado ni era un secreto– a aquellos a quienes él quiso solicitarles que pidieran al Señor que se la concediese: el martirio.
Las investigaciones en torno al atentado fallido contra Álvaro Obregón, en el que el clérigo no había tenido nada que ver, no fueron sino un simple trámite con la sentencia ya dictada de antemano por el simple hecho de que él era sacerdote. Al llamarlo para su ajusticiamiento, el agente Mazcorro, jefe de Comisiones de seguridad, no vio salir de la celda más que a un hombre de fe inquebrantable y una profunda humildad, preparado para su encuentro definitivo con Dios.
Otro de los agentes, Valente Quintana, se aproximó al reo poco antes de que éste diera sus últimos pasos. Quizá los sentimientos religiosos afloraron, por un instante efímero, en aquel hombre avezado a capturar católicos. Tal vez fueron meros remordimientos de conciencia, o un desasosiego que quiso calmar. El hecho es que el policía, ya cerca del presbítero que estaba a punto de morir, le pidió perdón.
Y el interpelado, con la misma mansedumbre y sinceridad con que acogía a sus penitentes y atendía a los más desposeídos, le respondió:
—No sólo te perdono, sino que te doy las gracias.
Ficha de arresto del Beato Miguel Agustín Pro, con la huella de su pulgar derecho, elaborada durante la madrugada del 18 de noviembre de 1927, cuando fue aprehendido. Imagen: Casasola por la Cultura.
El trayecto hacia el paredón prosiguió. El padre Pro fue colocado en medio de unas siluetas metálicas con forma humana que servían para practicar el tiro al blanco y puesto a disposición del mayor de la gendarmería montada, Manuel V. Torres, quien, uniformado y con su sable envainado, aguardaba para dar las órdenes correspondientes al pelotón.
Más que acostumbrado a aquellos menesteres, el oficial fue con el sacerdote y le preguntó si tenía alguna última voluntad.
El padre, muy tranquilo, asintió y solicitó que le permitieran rezar. Concedido el permiso, con naturalidad, se puso de hinojos, cruzó los brazos y oró con los ojos cerrados. El mayor Torres se retiró unos pasos.
En derredor, los obturadores de las cámaras fotográficas no dejaban de funcionar. El primer mandatario había convocado a la prensa, a diplomáticos y funcionarios, y también a militares y demás personas allegadas al régimen. Aquel sacerdote estaba en sus garras, y había que liquidarlo con la mayor publicidad posible.
Lo que él no sabía, como tampoco su compinche y paisano Álvaro Obregón, era que aquellas instantáneas tendrían el efecto contrario.
Luego de su oración, el sacerdote oriundo de Guadalupe se levantó. Quedóse en pie, erguido y digno, como un atleta que está a punto de recibir el galardón. Todos los presentes habían podido repetir las palabras del Redentor en la Cruz al contemplar la delgada figura del mártir, vestido con suéter, traje y corbata, aguardando el momento supremo: “Consummatum est”, “Consumado es”.
Grabado que representa el momento preciso en que las balas, dejando tras de sí la estela de pólvora, salieron de los cañones de los rifles para impactar en el cuerpo del P. Pro. A la derecha, a la orden “¡Fuego!”, el mayor Torres ha bajado su sable. Mejora de imagen por la autora.
Sólo restaba proceder al fusilamiento. El mayor Torres quiso vendar los ojos al jesuita, quien se rehusó con amabilidad a la que, a la vez, supo unir la firmeza.
Justo antes de que el militar alzara su sable en el aire, al dar la orden de “¡Posición de tiradores!”, el padre Pro alzó los brazos y los abrió en forma de cruz. En una mano sostenía el rosario que tantas veces había desgranado; en la otra, su crucifijo.
Sonaron las voces de “¡Preparen!” y “¡Apunten!”, acompañadas por el cerrajeo de los máuseres y por el movimiento de éstos siendo levantados y dirigidos hacia el cuerpo del mártir.
Por un segundo, dio la impresión de que el tiempo se detuvo. En aquel instante preciso, a la par que la luz del sol mañanero iluminó la brillante hoja del sable del mayor Torres, el padre Pro llenó de aire sus pulmones para cumplir aquello que le respondió a Jorge Núñez Prida cuando éste le preguntó qué haría si lo arrestaban para matarlo:
«Pediría que me permitieran arrodillarme, tiempo para hacer un acto de contrición, y morir con los brazos en cruz, y gritando…»
—¡Viva Cristo Rey!
Placa que indica el sitio en donde se desplomó el P. Pro. Foto: Milicia.
Y lo hizo. Era la declaración postrimera de su fe y del más grande de sus amores: Dios, por quien ahora entregaba su vida y derramaba su sangre.
—¡Fuego! —bramó el jefe del pelotón.
Sonó la descarga, emergieron la pólvora y las balas… y Miguel Agustín Pro sintió cómo éstas impactaron en su cuerpo, provocándole un dolor indecible. Una de las cámaras captó el instante preciso en el que los tiros perforaron su carne. Era el culmen de su propio Gólgota. Aunque no había querido que lo privaran de la visión, había cerrado los ojos, tal vez como acto reflejo, quizá por la propia flaqueza de la naturaleza humana. A fin de cuentas, aunque era un auténtico santo, no dejaba de estar hecho con el mismo barro de los mortales.
Pintura del P. Pro, de la autoría de la artista Paula en el bosque (Instagram). Resaltan varios detalles: la iglesia de la Sagrada Familia, en la Ciudad de México, donde reposan los restos del mártir; el rosario que éste lleva en la mano; y la escena del fusilamiento.
Derribado por los proyectiles que escupieron los cañones de los fusiles, el mártir fue recibido por la tierra. Un charco escarlata se formó en torno suyo y mojó sus ropas y las piedras. El doctor Horacio Cazale, del Servicio Médico de la policía, se aproximó para certificar su deceso. Pero, como aún respiraba –además de que había que dárselo de rigor–, el sargento de la escolta fue, dirigió un rifle hacia su cabeza y le disparó el tiro de gracia en la sien, del cual brotó la sangre en abundancia.
Eran poco después de las diez y media de la mañana del 23 de noviembre de 1927. Las diversas fuentes indican entre las 10:30 y las 10:38 como la hora en que la carrera terrenal del amado pastor de almas tocó a su desenlace.
Primera plana de El Universal, periódico capitalino, en que se informó –con morboso lujo de detalle– sobre el asesinato del P. Miguel Agustín Pro y sus tres compañeros.
A Calles, que publicitando el ajusticiamiento quiso humillar a la Iglesia, los cálculos le salieron terriblemente. El afrentado fue él, no su víctima. Al día siguiente, 24 de noviembre, una ingente multitud acompañó los despojos del presbítero y de su hermano Humberto al panteón de Dolores, en medio de férvidas oraciones y de cánticos religiosos, entre los que destacó el celebérrimo “Tú reinarás”. Y su padre, don Miguel Pro Romo, principió el Te Deum ante la tumba que recién había acogido el féretro de su tercer hijo, el mayor de los varones, que ahora pertenecía al blanco ejército de los mártires, como dice el mencionado himno de acción de gracias.
Lejos de ser olvidado, el legado de sacrificio y arrojo sin par del padre Miguel Agustín no concluyó con su muerte. Su martirio se convirtió en un símbolo de la resistencia religiosa y de la fidelidad a Cristo Rey. Pese al intento inicial del presidente Calles por hacer de su muerte un escarmiento que nadie olvidase, lejos de amilanarse, los católicos mexicanos encontraron en él una figura luminosa que representaba la lucha por la fe, por la justicia y por la reyecía de Nuestro Señor, así como por la libertad de profesar y practicar la religión que nos trajeron los hispanos allende el mar, y que incontables personas más siguieron defendiendo hasta el punto de morir por ella, por lo que más amaban, por Jesucristo Rey.
Chapala, Jalisco, 23 de noviembre de 2024.- La Asociación de Cronistas Municipales del Estado de Jalisco, convocó a los agremiados de los 125 municipios de Jalisco, a su XXIX Congreso Estatal que se celebró en el centro cultural antiguo palacio de gobierno de Chapala, en la ribera norte del lago.
Cómo estaba previsto, inició el congreso con el acto cívico, el himno a Jalisco y el himno nacional con la escolta de Protección Civil y Bomberos de Chapala. En representación del presidente municipal, Lic. Alejandro Aguirre Curiel, estuvo presente el director de cultura, el C.P. J. Jesús Escamilla Ramos quien dirigió unas palabras al auditorio, posteriormente el presidente de la ACMEJ, el Lic. Pedro Vargas Avalos también dijo un mensaje para todos los asistentes.
Los galardonados en este congreso fue en primer lugar la presea Fray Antonio Tello, al ingeniero Francisco Gabriel Montes Ayala, leyendo una biografía. Fue colgada en el cuello del ingeniero la medalla por don Pedro Vargas Avalos presidente de la Asociación de Cronistas.
Posteriomente el ingeniero Montes, dijo una palabras a los presentes donde agradeció a los cronistas de Jalisco y a la mesa directiva de la Asociación por esta distinción.
Cabe descatarse que el nuestro director es ingeniero egresado del Instituto Tecnológico de Jiquilpan, tiene un posgrado en Administración Escolar de la Normal Superior de Morelia, estudia actualmente en el Instituto Suizo de Puebla, (ISU Universidad) la maestría en Historia y es presidente emérito de la Sociedad Michocana de Historia, Arqueología y Geografía A.C., así como presidente actual de la Asociación de Cronistas Jalisco-Michoacán A.C., y es miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística; Cronista de Radio Impacto 1450 A.M., periodista desde hace 40 años, en Radio, Televisión y prensa escrita, fundador de revistas y periódicos; docente con 42 años de servicio, director encargado de la Esc. Sec. Tec. 73 de su tierra natal; ha publicado 32 libros de microhistoria, fue director de TV 5 por 6 años, director fundador de la UNICLA plantel Sahuayo, subdirector de la Prepa López Rayón de la UMSNH en Sahuayo.
Felicidades a nuestro director de Crónicas de la Ciénega-.
El sacrificio del jesuita Miguel Agustín Pro Juárez (Primera parte)
Lic. Helena Judith López Alcaraz
Edición –hecha por la autora– de la fotografía que muestra el instante preciso en que el P. Miguel Pro, con los brazos en cruz, recibe la descarga de fusilería, el 23 de noviembre de 1927.
Más allá de la obvia referencia al título de la famosa novela de Gabriel García Márquez, consideramos que el epígrafe de la presente entrada no podría haber sido más acertado. Es verdad que, durante los tiempos más crudos de la persecución religiosa, en el trienio sangriento de 1926 a 1929, la idea del martirio no era ajena para los católicos mexicanos. Aquella frase con la que es conocido el adolescente mártir de Sahuayo, San José Sánchez del Río, no fue sino la expresión con la que incontables personas externaron la plena convicción, muy en sintonía con la teología martirial, de que si eran asesinados por odio a la fe obtendrían el más preciado galardón que Dios puede otorgar a un alma cristiana: la salvación eterna, y mejor aún, ipso facto, sin pasar por el Purgatorio.
Entre los mártires mexicanos, en particular entre los que ya han sido elevados a los altares, existen varios casos documentados de que algunos de ellos presintieron con claridad que el ofrecimiento de su vida se avecinaba, o incluso estaba a la puerta. Tampoco es secreto que incontables personas, no sólo los caídos beatificados o canonizados, desearon ardientemente derramar su sangre por la causa de Cristo y de su Iglesia, o tan sólo con tal de demostrar su amor y fidelidad a Él en aquellos tiempos aciagos. Empero, existió un mártir que, digámoslo en honor a la verdad, rebasó cuanto es posible afirmar al respecto de ambas cuestiones, y aún más: llegó al punto de planear qué haría si el régimen lo apresaba para matarlo y –por increíble que se escuche–, lo cumplió al pie de la letra.
Se trata del Beato Miguel Agustín Pro, miembro de la Compañía de Jesús, sobre quien hablamos un poco en septiembre, precisamente con motivo de que, junto con la madre Concepción Acevedo de la Llata, se ofreció formalmente como víctima por la conversión del presidente Plutarco Elías Calles. A lo largo de esta entrega veremos cómo, además de suspirar largo tiempo por el ideal del martirio, lo intuyó con claridad y especificó cómo procedería en aquel instante supremo.
Detalle de una pintura del artista español Raúl Berzosa Fernández, que representa al P. Pro en el momento de esperar los disparos.
En primera instancia, en lo tocante al deseo de morir por Cristo, éste se manifestó en dos vertientes: el primero, en las peticiones que el sacerdote zacatecano hizo a algunos fieles y amigos muy cercanos de que imploraran a Dios que le concediese “su gracia”, como él denominaba al martirio; el segundo, en todas las ocasiones en que en sus cartas, en medio de las asechanzas del régimen y de las barbaries que se suscitaban a lo ancho y largo del país, expuso ideas como las que siguen:
«Las represalias, sobre todo en México [la capital], serán terribles; los primeros serán los que han metido las manos en la cuestión religiosa, y yo he metido hasta el codo. ¡Ojalá me tocara la suerte de ser de los primeros, o… de los últimos, pero ser del número!» (Epístola del 12 de octubre de 1926)
«De todos lados se reciben noticias de atropellos y represalias; las víctimas son muchas; los mártires aumentan cada día… ¡Oh, si me tocara la lotería!» (Principios de noviembre de 1926).
«Es demasiada gracia para un tipo como yo, el merecer honra tan grande como el ser asesinado por Cristo. Aunque fuera de los del montón y de chiripazo… ya me contentaría. Pero no se hizo la miel para la boca de Miguel» (Misiva de algún momento de 1927).
En su lenguaje coloquial, “la lotería” era ganar la gracia del martirio. Y a menudo, como vimos en dos de los ejemplos anteriores, traía a colación el dicho popular alusivo al producto del trabajo de las abejas y el hocico de los asnos. Como es natural, según el padre Pro, él era el burrito y la miel, morir por la religión y por Dios.
Pero no hay que creer que tales ansias –que a más de alguno llegaron a parecer excesivas– habían nacido al calor de los hechos posteriores a agosto de 1926, cuando se recurrió al culto privado y clandestino que el gobierno castigaba con tanto ahínco y crueldad. Ya desde sus tiempos de novicio en El Llano (Michoacán), de 1911 a 1914, lo había dicho, cuando unos compañeros comentaban que ya había pasado el tiempo de los mártires –nunca creyeron seguramente, que estaba a la puerta–:
Detalle de otro retrato del Beato Miguel Pro pintado por Raúl Berzosa. Arriba, sostenida por los ángeles, se lee la proclama «¡Viva Cristo Rey!» Ilustración mejorada por la autora.
“¡Ojalá volviera y me tocara la lotería, aunque fuera de chiripa! ¡Me gustaría ser el mártir de los obreros!”
Como se verá, no era un mero capricho efímero o una ambición improvisada.
Ahora bien, aunque su corazón ardía en aquellos anhelos, no dejó de ser prudente y tomar algunas precauciones para ejercer su ministerio. Nuestro joven sacerdote, a pesar de las prohibiciones, continuó su labor evangelizadora, moviéndose encubierta pero muy ingeniosamente para asistir a los fieles. Para ello, utilizó sus dotes extraordinarias como maestro del disfraz. Sí, no fue el único presbítero que, por aquellos ayeres, alteraba su indumentaria para seguir ejerciendo su ministerio, pero sí el más célebre entre los que procedieron así. Caracterizado de mecánico, limpiabotas, estudiante rico con su perro, joven galante con traje y canotier, indígena vestido con calzón de manta y huaraches de cuero… en fin, de todo lo que se pudiera, siguió oficiando Misa en casas particulares, confesando, dando la extremaunción y repartiendo Comuniones en las que él llamó “Estaciones Eucarísticas”. Y como si tanto trabajo no bastase, se daba tiempo para impartir conferencias a choferes y pláticas a señoritas, por mencionar dos ejemplos.
Fotografía del Beato Miguel Agustín Pro Juárez, editada y mejorada por la autora.
Sin embargo, pese a su agudeza y audacia, la policía no descansaba en su empeño por capturarlo. El mismo padre Pro sabía que su cabeza estaba puesta a precio y que se ofrecía una gratificación a quien lo denunciara. Por ende, humana y cristianamente hablando, no se hacía ilusiones. Una vez, luego de un lance arriesgado, una de las religiosas de la congregación a la que auxiliaba, le dijo:
—¡Padre, esto acabará en el martirio!
Y el aludido, con picardía, repuso:
—¡Hum! No se ha hecho la miel para la boca de Miguel.
Pero casi en seguida, adquiriendo un tono serio, añadió:
—¡Plegue al cielo que yo sea mártir! ¡Pidan mucho a Dios por mí!
Al partir a alguna aventura peligrosa, decía: “¡A ver si por fin alguna vez me es concedida la gracia del martirio!”
Otro testigo, en una declaración que recoge el P. Antonio Dragón –quizá el biógrafo más conocido y relevante del Beato–, refiere:
Fotografía del Beato Miguel Pro cuando todavía estudiaba en Bélgica, debido a su destierro forzado (a causa de la persecución religiosa desatada por la revolución carrancista). Imagen mejorada por la autora.
“Desear el martirio era en él como una obsesión. Con frecuencia le oí pedir oraciones para obtener de Dios esa gracia. «Pedid a Dios que me fusilen, decía en su humildad: porque solamente así podré ir al cielo. Pedid a Dios que me envíen a Chihuahua, donde la persecución es más violenta». Yo le respondí que no pedía a Dios tonterías. Si Dios lo quería mártir, bien podía hacerlo morir entre nosotros” (1934, p. 200).
Hasta aquí ya quedó bien establecida la magnitud de las aspiraciones del padre Miguel Pro. Pero ¿qué decir sobre sus “planes” para cuando sobreviniese el codiciado momento?
La respuesta a ello reside en una conversación, sostenida casi en vísperas del sacrificio, con Jorge Núñez Prida. Éste, directamente, le había preguntado:
—¿Qué haría usted si el gobierno lo apresara para matarlo?
Y el clérigo, con sencillez y como quien lo tiene pensado y fraguado con mucha anterioridad, respondió:
—Pediría permiso para arrodillarme, tiempo para hacer un acto de contrición, y morir con los brazos en cruz gritando: “¡Viva Cristo Rey!”
Por último, en lo que toca a la corazonada o intuición de que muy pronto sería ultimado, el padre Pro también manifestó ese pensamiento apenas unas jornadas antes de que aconteciera. Veamos cómo pasó todo.
El 6 de diciembre de 1926, Guadalupe García le remitió una medalla religiosa al sacerdote. Precisamente un par de días antes, el 4, el héroe había sido arrestado y encarcelado por primera ocasión, en Santiago Tlatelolco. Hasta allí todo bien.
Cuadro del P. Pro, pintado por el también jesuita Gonzalo Carrasco. Es una de las imágenes más conocidas y difundidas sobre su iconografía.
No obstante, el 16 de noviembre de 1927, justamente la fecha en que se escondió con sus hermanos en la casa de la señora Valdés, su última anfitriona, el padre se presentó en casa de Guadalupe y, sin proferir vocablo alguno, le devolvió la medalla.
«Yo no quería recibirla, nos narra la persona en cuestión; pero él me dijo textualmente estas palabras: “¡Guárdala! ¿para qué quieres que quede sobre un cuerpo destrozado?”»
Este incidente, nos señala el P. Rafael Martínez Torres, “parece un indicio significativo de que el P. Pro conocía por luz sobrenatural que moriría mártir, puesto que precisamente en esos días se le había dado orden de salir del país. La fecha estaba fijada para el día 19, el siguiente a cuando fue aprehendido” (1976, p. 372).
Al día posterior de aquella escena, el futuro mártir celebró el Santo Sacrificio de la Misa por vez postrimera. Y en la madrugada del 18, fue aprehendido por un nutrido grupo de soldados y agentes de la policía secreta.
Sus deseos de sacrificar su existencia terrena por Cristo, harto tiempo acariciados y esperados, estaban por tornarse realidad viva.
¿Cumpliría sus planes de hincarse, orar a Dios y sucumbir con los brazos en cruz mientras pronunciaba el vítor que tantos, en los campos de batalla, ante los rifles o con el dogal al cuello, exhalaban?
Detalle de una fotografía del P. Pro, con apenas unos meses de ordenado, tomada en Enghien, Bélgica, en el mes de diciembre de 1925. Instantánea tomada por uno de sus condiscípulos jesuitas. Imagen editada y mejorada por la autora.
Aunque la contestación a la interrogante ya se conoce, sea por instantáneas, sea por la película de Miguel Rico Tavera (2007) o por alguna otra representación, la abordaremos largo y tendido en la siguiente entrada, cierre y culmen de esta.
103 aniversario del atentado contra la imagen de la Virgen de Guadalupe
Lic. Helena Judith López Alcaraz
La imagen de Santa María de Guadalupe en el altar mayor de la antigua Basílica. Imagen: Foto Gamboa. Ampliación por la autora.
En una fecha como esta, pero de 1921, hace justo 103 años, el 14 de noviembre, la imagen de la Guadalupana plasmada en el ayate de San Juan Diego sufrió un atentado dinamitero en la antigua Basílica, otrora Colegiata de Guadalupe, en la que había tenido lugar la Coronación Pontificia de la Reina de México en 1895. En esta entrada abordaremos este suceso de forma breve, pensando en que el acontecimiento ya es bastante conocido, en términos generales, y en que no es preciso que nos explayemos como en otras ocasiones.
Estado en el que quedó el altar mayor de la antigua Basílica de Guadalupe luego del atentado perpetrado el 14 de noviembre de 1921. Edición y mejora de imagen por la autora.
El autor del siniestro sacrílego fue Luciano Pérez Carpio, empleado del gobierno y ferrocarrilero de oficio, quien vestido como un obrero más, ingresó a la Basílica colocó una ofrenda floral cerca de la tilma, en el altar, y se alejó con rapidez. En seguida, un hórrido y fortísimo estruendo sonó a los pies de la Morenita y se extendió a todo el recinto y a las manzanas vecinas, alcanzando un radio de un kilómetro.
Fotografía de Luciano Pérez Carpio, autor material del atentado contra la imagen de la Virgen de Guadalupe. Imagen: INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia). Mejora y edición de imagen por la autora.
El florero que había dejado Pérez Carpio contenía veintinueve varas de dinamita. Al producirse el estallido, los vidrios de las casas de quince metros a la redonda se rompieron, trocándose en añicos que se esparcieron por doquier; la base de mármol del altar y los candelabros se destruyeron por completo, tornándose en escombros; y el Crucifijo de bronce que estaba junto al venerado lienzo, el cual recibió todo el impacto explosivo, se dobló y deformó… Pero la imagen bendita, pintada por Dios mismo el 12 de diciembre de 1531, quedó portentosamente intacta. ¡Ni siquiera el vidrio que la resguardaba se estrelló o rompió!
Estado en el que quedó el Crucifijo del altar después del estallido de las dinamitas que Pérez Carpio colocó en el florero. A partir de entonces se le llamaría «el Santo Cristo del Atentado». Fotografía: INAH. Edición y mejora de imagen por la autora.
Fue algo científica y humanamente inexplicable. Sin duda –y así lo creyeron todos los fieles–, Jesucristo había protegido a Su Madre.
Los peregrinos y visitantes, justamente indignados, quisieron linchar a Pérez Carpio. Pero el presidente Álvaro Obregón Salido mandó que fuese protegido: agentes de la policía lo resguardaron y se lo llevaron en un camión militar.
Titular del diario tapatío El Informador, fechado el 15 de noviembre de 1921, en el que se dio la noticia del atentado. En el texto se dice (véase resaltado gris) que se afirmó que fueron tres los perpetradores, pero esto no fue así. Por el contrario, además de los daños provocados por la dinamita, sí fue verídico que la indignación cundió entre los feligreses, independientemente de su condición social. Edición de imagen por la autora.
Aquel fue uno de los numerosos atropellos contra los católicos que quedaron impunes durante el mandato obregonista. Una vez más, quedó más que patente que quienes arremetieran contra el catolicismo gozaban de la venia y de la connivencia del presidente sonorense. Basta recordar –por mencionar sólo algunos ejemplos– los bombazos en los Arzobispados de México y de Guadalajara y las banderas rojinegras izadas en las Catedrales tapatía y moreliana. Todo esto había ocurrido en el transcurso de aquel mismo año, 1921. El atentado contra la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe en la capital no fue sino el colofón de los crímenes y ataques anteriores.
Sin embargo, a pesar de que el gobierno se lavó las manos a semejanza del procurador romano que dio pie a esta expresión, aquello no detuvo a los católicos. En los días siguientes, numerosas personas acudieron a desagraviar a la Reina del Anáhuac. El 18 de noviembre, el comercio de la Ciudad de México cerró durante cinco horas como protesta por el atentado.
Los fieles católicos acudiendo a hacer actos de desagravio por el atentado a la antigua Basílica de Guadalupe, en los días posteriores a la agresión. Fotografía del INAH.
A su vez, la egregia Asociación Católica de la Juventud Mexicana, futuro semillero –y muy fructífero, hay que decir– de héroes y de mártires durante el clímax de la persecución religiosa y en la Guerra Cristera, convocó a una manifestación pacífica, que finalizaría en la Catedral Metropolitana. Esa misma tarde, al finalizar la marcha, fue entonado un Te Deum solemne para agradecer a Dios el haber preservado intacta la imagen de la Santísima Virgen de Guadalupe.
Poco después, al acrecentarse las asechanzas en contra del clero católico y de los fieles, el lienzo sagrado, pintado por Dios, fue escondido y sustituido por una copia. La pintura que reemplazó temporalmente el Sagrado Original fue pintada por Rafael Aguirre. Dado que los colores eran mucho más encendidos, el abad Feliciano Cortés decidió opacar él mismo el vidrio con cenizas, para que los visitantes no se percatasen de la sustitución.
Relato de los sucesos de aquel 14 de noviembre de 1921, que se puede encontrar dentro de la antigua Basílica de Guadalupe, hoy templo Expiatorio de Cristo Rey. Imagen: Infobae.