Sangre, flores y tempestad

La muerte de los 27 Mártires Cristeros de Sahuayo

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Collage alusivo a la muerte de los 27 Mártires Cristeros de Sahuayo. Podemos ver, a la izquierda, a Jacobita Zepeda del Toro; a la derecha, la fotografía que les tomaron a los casi treinta defensores de la fe luego de que los mataron, con la notaría de la Parroquia de Santo Santiago de fondo; y en la mitad superior, el recinto religioso por excelencia de Sahuayo, aún con una sola torre. Fotomontaje realizado por la autora.

Fueron ultimados uno a uno, sin proceso legal, sin la formación del habitual cuadro de fusilamiento, a tiros de pistola, en el atrio de la Parroquia dedicada al Patrón Santiago, a plena luz del día. Una fotografía, perteneciente al valiosísimo Archivo Guerrero de Sahuayo, inmortalizó la magnitud y la índole tremebunda del sacrificio cruento de casi treinta almas. La historia, a estas alturas, ya es bastante conocida, pero no podíamos dejar pasar este mes sin hablar del tema, y más si tomamos en cuenta la cercanía del 97 [1] aniversario de este acontecimiento, tan emblemático como trágico, dentro de la historia cristera de Sahuayo y, en sí, de todo su devenir temporal. Ninguno de los asesinados era sahuayense, pero todos murieron ante la aterrorizada mirada de quienes sí lo eran.

Fue allí, en esta heroica y católica villa del estado de Michoacán, que a la sazón llevaba el apellido de don Porfirio, que tuvo lugar la muerte de los que, hasta la fecha, en honor a la verdad y con profundo cariño y devoción, y sin prevenir el juicio eclesiástico, son llamados los 27 mártires de Sahuayo.

Y algo más: aquel asesinato colectivo ya había sido predicho por una anciana sahuayense que ya en vida gozó de fama de santidad entre sus coterráneos y que, de acuerdo con los testimonios orales del pueblo de Sahuayo, era favorecida con revelaciones privadas por parte de Dios. Una de las pruebas de ello reside en su recuperación milagrosa después de haber sufrido por años de una enfermedad que la había postrado en cama por muchos años. Pues bien: según el informe médico del Dr. Amadeo Gálvez –una de las calles de Sahuayo, paralela al bulevar Lázaro Cárdenas, lleva su nombre–, ratificado por el juramento de varios sacerdotes sahuayenses, Jacobita pudo caminar de un día a otro, tras aquella prolongada parálisis, sin tomar ningún medicamento.

Plaza de Sahuayo de Díaz en 1924, ya en tiempos de persecución religiosa. A la izquierda podemos ver la Parroquia de Santo Santiago Apóstol, escenario de la matanza de los cristeros. A la derecha se alza el Portal Patria, o de los Arregui, que empezó a ser edificado precisamente ese año, y fue obra del ingeniero José Luis del mismo apellido. Imagen perteneciente al Archivo Guerrero, ampliada y editada por la autora.

Según los relatos sobre Jacobita, lo último que predijo fue:

«He visto correr ríos de sangre por las calles de Sahuayo».

Más allá de lo tétrica o truculenta que puede parecer esa imagen, la profecía se cumplió al pie de la letra.

¿Pero cómo? ¿De quiénes fue aquella efusión?

La historia de Mártires de Sahuayo, para no hacer más largo el relato, comienza con un grupo de treinta y cinco cristeros que fueron hechos prisioneros en una cueva llamada El Moral, cerca de Cotija de la Paz, el 20 de marzo de 1928 (hay que aclarar que de acuerdo con los testimonios y la tradición oral, todo esto aconteció en 1927, pero como veremos, los periódicos de la época y los partes militares dicen que fue en 1928). Los comandaban David Galván y Celso Valdovinos. Se habían refugiado allí debido a que dos de sus compañeros, Juan Aguilar y Jesús Zambrano, habían caído heridos, y creyeron que era un buen sitio para atenderlos. Pero los federales, comandados por el coronel Leopoldo Aguayo, dieron con su escondite improvisado.

Cristeros comandados por Celso Valdovinos –al centro, sentado–. Detrás de él, de pie, Manuel Andrade, y a su diestra, con camisa oscura, David Galván, el mismo que en la foto de la masacre fue retratado junto a los dos jovencitos supervivientes (datos de Alfredo Vega). Algunos de los cristeros de esta fotografía murieron aquel 21 de marzo. Ampliación y edición de imagen realizadas por la autora.

Desde el mediodía del 19 de marzo, festividad de San José, a eso de las dos de la tarde, hasta el atardecer del 20, se entabló un arduo combate. Los esfuerzos de los callistas por sacarlos con vida fueron inútiles, como lo fueron también sus tentativas de matarlos, hasta que tuvieron una idea: torturarlos con humo hasta que, presas de una asfixia inminente, se vieran obligados a salir. Así pues, encendieron una lumbrera con hierbas de olor fuerte y chiles en gran cantidad a la entrada de la cueva.

A los cristeros no les quedó más remedio que salir, ya que la humareda picante y maloliente los estaba ahogando. Conducidos a Cotija, los ataron de dos en dos. Tres de ellos fueron pasados por las armas poco después de su aprehensión y dos lograron ingeniárselas para escapar. El resto, un total de treinta,fue conducido a pie hasta Jiquilpan de Juárez por sus captores y encerrado en un calabozo. Al día siguiente, por fin, los llevaron a Sahuayo, al templo parroquial, donde los recluyeron en el bautisterio –la misma prisión de San José Sánchez del Río–. Eso fue como a las once de la mañana.

No tardaron en llegar los oficiales del gobierno para interrogarlos acerca del movimiento de resistencia en el cual participaban. Ninguno quiso decir nada. Los amenazaron con fusilarlos si no cedían. Pero fue inútil, ya que preferían morir que traicionar a la santa Causa que defendían. Todos, como si se hubieran puesto de acuerdo, empezaron a gritar vivas a Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe.Entonces, un teniente llamado Sidronio sacó su pistola y se apostó en una de las puertas que dan al atrio, donde nadie lo veía.

Otro militar señaló a uno de los cristeros y le dijo que saliera.

“¡Que venga uno de los prisioneros!” fue la orden.

Obediente y mansamente, así lo hizo aquel hombre valeroso. Y de inmediato cayó abatido por un disparo que el teniente le descargó por la espalda. Luego llamaron al siguiente cristero.

“¡Que venga otro!” llamó el militar.

El interpelado salió… Vino otro balazo y el correspondiente tiro de gracia.

La escena empezó a repetirse una y otra vez, deforma ininterrumpida. Los cristeros empezaron a gritar “¡Viva Cristo Rey!” antes de desplomarse al lado de sus compañeros muertos. La cifra de cadáveres ensangrentados comenzó a crecer, hasta sumar veintisiete. Uno de los caídos fue Jesús Zambrano, uno de los heridos de la cueva.

Cuando hubieron arrancado la vida a los casi treinta cristeros, éstos fueron irreverente y toscamente alineados en dos hileras y el líder de la tropa, David Galván, así como dos cristeros muy jovencitos, Félix Barajas y Claudio Becerra, fueron fotografiados con ellos, al fondo. En la instantánea inmortal aparecen también, en la parte superior izquierda, algunos oficiales y soldados del gobierno.

La fotografía de los veintisiete cristeros ejecutados, con los jovencitos Barajas y Becerra junto a David Galván, que los asesinos mandaron tomar luego de acomodar los cuerpos exánimes en el atrio. Edición y mejora de imagen realizada por la autora.

De pronto, como si el Cielo lamentara la tragedia, empezó a llover de forma torrencial. Cuentan las anécdotas y la historia sahuayenses que jamás había caído una lluvia tan fuerte como aquella. El viento y el agua movieron unos arbustos de buganvilias que estaban en el atrio, convertido en nuevo coliseo, digno de la época de los césares romanos.

Las flores, con sus delgados pétalos de color rojo, magenta y violeta, lozanas e innumerables, cayeron sobre aquellos cuerpos sin vida. El líquido que caía del firmamento se mezcló con la sangre fresca de los caídos, lavó los cadáveres, corrió por las lozas del atrio, bajó por las escaleras que están en la esquina de Madero e Insurgentes y empezó a escurrir, a semejanza de la de Cristo en la cumbre del Gólgota –se nos tendrá que dispensar la comparación, pero creemos que puede dar una idea del hecho–, por esta última calle, hacia el oriente del pueblo.

Al cabo de un rato, aquellos héroes, a quien el fervor popular empezó a llamar mártires desde el primer momento, fueron amontonados en una carreta y conducidos al entonces cementerio municipal, donde se les sepultó en una fosa común.

Leamos el testimonio directo de Claudio Becerra, uno de los dos supervivientes de aquella masacre:

“A la una de la tarde del propio día [21], es decir dos horas después de nuestra llegada a Sahuayo, fuimos llamados por orden de lista, que antes habían forjado los callistas, e inmediatamente fusilados en el atrio del mismo templo. Después de la matanza […], formaron a los muertos en dos hileras, en el pavimento del atrio y retratados juntamente con el jefe de nombre David Galván. Tres quedamos con vida, ya que se la reservaron a nuestro jefe cristero y a dos muchachos, siendo yo uno de ellos, escapándonos los dos jovencitos por nuestra tierna edad. Los tres supervivientes fuimos llevados a Zamora, Michoacán. La noche de nuestro arribo a Zamora, fusilaron a nuestro jefe. Otro día mi compañero y yo fuimos llamados a declarar. Nos tuvieron presos ocho días, al cabo de los cuales nos condujeron a México, dejándonos en la Inspección General de Policía y al tercer día a la escuela correccional, de donde me fugué”.

El Informador, periódico de Guadalajara, tampoco se quedó atrás a la hora de hablar de los cristeros ejecutados. Incluso dieron fe del acontecimiento en primera plana, en los siguientes términos –respetamos la ortografía original–:

Primera plana de El Informador, fechada el 23 de marzo de 1928, en donde –con inexactitud numérica, sin especificar que fue en Sahuayo– se notificó de la ejecución de los 27 cristeros. Edición y resaltado hechos por la autora.

«SE FUSILO A 36 ALZADOS CERCA DE COTIJA, MICH. Fueron capturados en el interior de la cueva de Los Morales por las tropas. ESTAS LOS TENIAN SITIADOS DESDE AYER. Esta cueva, que era un refugio seguro para los rebeldes, va a ser dinamitada.

El Teniente Coronel Leopoldo Aguayo, Segundo Jefe del 85° regimiento, por medio de un telegrama que envió al Sr. General don Andrés Figueroa, Jefe de las Operaciones Militares en el Estado, le da cuenta de un combate en la Cueva del Moral, manifestando lo siguiente:

«Hónrome en comunicar a Ud. con satisfacción que, como indiqué, en mi mensaje anterior, tuve sitiada La Cueva del Moral y ayer a las once horas se entabló nutrido tiroteo por haber querido escapar los rebeldes allí sitiados, acosados por el hambre y la sed. Les puse un plazo que terminó hasta hoy a las cinco horas para que se rindieran y en caso contrario volaría la cueva. Hoy rindiéronseme treinta y seis hombres, encabezados por David Galván, Celso Valdovinos y tres capitanes. Recogí veintiuna armas con buena dotación de parque y pistolas»».

A eso sigue un fragmento en el que el citado coronel refirió haberse llevado a los cristeros a Cotija, pero nada dice del sitio concreto en el que se les mató.

La noticia, que continúa en la quinta página de la edición de aquel día, viernes 23 de marzo de 1928, añade:

«Ese núcleo rebelde estaba compuesto de cuarenta individuos, cuatro de los cuales fueron muertos el día veinte cuando pretendían romper el sitio que habíaseles formado y el resto quedó prisionero. No logró escaparse ni uno solo.

LOS 36 FUERON EJECUTADOS – El señor general Fox ha dado órdenes para la ejecución inmediata de todos los jefes rebeldes y los que les seguían, ya que, según dijo el alto jefe militar, esos individuos se habían convertido en salteadores de caminos que asolaban la región de Cotija, Jiquilpan y Sahuayo, cuyos habitantes, agregó, se encuentran de plácemes por el exterminio de ese núcleo y ahora la calma ha renacido».

Quinta página de la edición de El Informador con fecha del 23 de marzo de 1928, donde se transcriben las declaraciones de las autoridades militares de Michoacán en las que éstas refieren su versión del asesinato de los cristeros que nos ocupan. Edición y resaltados hechos por la autora.

Evidentemente que el ejército contó su propia versión de lo ocurrido, ya que, por lo menos en Sahuayo, no reinó ni por asomo el júbilo luego de que fue perpetrada la carnicería en el atrio. Hay que recordar que los testimonios y la historiografía coinciden en que la futura Capital de la Ciénega fue un auténtico bastión cristero, donde todos, sin distinción de edad o condición, apoyaban la resistencia católica. El mismo Luis González y González lo confirma:

«Aunque se dice que los ricachones locales, por pura avaricia, no eran simpatizantes, se guardaron su antipatía mientras duró la lucha. Allí hasta los niños fueron anticallistas» (1979, p. 155).

Los restos de los veintisiete Mártires Cristeros de Sahuayo fueron exhumados gracias a las gestiones del P. Miguel Serrato Laguardia, a quien se debe también la edificación de las célebres Catacumbas del templo del Sagrado Corazón de Jesús en Sahuayo y el traslado del cuerpo de San José Sánchez del Río en 1945. Es en dichas criptas donde reposan estos valientes defensores de la fe que, sin ser originarios de esta extraordinaria localidad, pusieron en alto su nombre dentro de la historiografía martirial mexicana. Allí también descansa Jacobita Zepeda.

He aquí, por último, el listado con el nombre y origen de cada una de aquellas veintisiete víctimas, que los sahuayenses han tenido cuidado de conservar:

«1. Miguel Contreras, de Quitupan; 2. Celedonio Capistrán, de Santa Fe, Jal.; 3. Manuel López, de Quitupan, Jal.; 4. Francisco Orozco, de Piedra Grande, Mich.; 5. Juan Orozco, de Piedra Grande, Mich.; 6. Demetrio Ochoa, de Los Llanitos, Mich.; 7. y 8. Enrique Valencia y Ramón Zepeda, de El Zapote, Mich.; 9. David Zepeda, de Los Llanitos, Mich.; 10. Juan Salceda, de la Calera, Mich.; 11. Rafael Barajas (el primero), de Agua Blanca, Mich.; 12. Rafael Barajas (el segundo), de Agua Blanca, Mich.; 13. Juan Muratalla, de el Agua Blanca, Mich.; 14. Jesús Zambrano, del Moral, Mich.; 15. Rafael Galván, de Poca Sangre, Mich.; 16. Tomás Guerrero, de Pueblo Nuevo, Jal.; 17. Antonio Valdovinos, de San Antonio, Jal.; 18. Antonio López, de La Carámicua, Mich.; 19. Jesús López, hijo de Antonio, de La Carámicua, Mich.; 20. Wenceslao López, de La Carámicua, Mich.; 21. Reinaldo Álvarez, de Cotija, Mich.; 22. Paulo Barajas, de Cotija, Mich.; 23. Epifanio López, de El Quringual; 24. Juan Capistrán, de Santa Fe, Jal.; 25. Abraham González, de Quitupán, Jal.; 26. Aurelio Cárdenas (se ignora); 27. Don José, el Secretario, de Los Altos, Jal.»

Como último dato, la masacre fue recreada en 2021 para el documental polaco Joselito: Dejando Huella, de la mano del historiador Bartosz Kaczorowski y el director Pawel Janik, cuyo estreno se aplazó indefinidamente debido al conflicto bélico que ya es más que conocido en Europa.

Recreación cinematográfica de la masacre de los veintisiete Mártires Cristeros de Sahuayo y de la portentosa lluvia llevada por Dwa Promienie en 2021. Fotografía del perfil del Ing. Santiago Manzo.

[1] Las crónicas y testimonios indican que fue en el año 1927, pero tanto los partes oficiales como el periódico tapatío El Informador señalan que el asesinato de los 27 cristeros tuvo lugar en 1928.

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Fuentes y bibliografía:

Aportes históricos de Alfredo Vega Pulido y del Ing. Santiago Manzo Gómez.

Breve semblanza de Jacobita Zepeda del Toro escrita por la autora para la página Testimonium Martyrum.

Edición del diario El Informador fechada el viernes 23 de marzo de 1928. Páginas 1 y 5.

González y González, L. (1979). Sahuayo. México: El Colegio de México.

Meyer, J. (1973). La Cristiada. Vol. I. México: Siglo XXI Editores.

Relato de Claudio Becerra recogido en la revista David (1955). Año IV, tomo II, 22 agosto, n. 35, 220. Ciudad de México.

Testimonios orales del Sr. Manuel García Cruz y de María Guadalupe Muñiz García, ambos sahuayenses.

Doscientos años del municipio de Sahuayo

Generalidades históricas de la conversión administrativa de la actual Capital de la Ciénega en municipio (1825)

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Fotomontaje (hecho por la autora) alusivo al título de esta entrada, que muestra la calle La Palma, actualmente Madero, en los labores del siglo XX.

En tan sólo unos días, la Atenas de Michoacán –otro sobrenombre, muy bien ganado, con el que se conoce a esta singularísima localidad– celebrará su bicentenario de haber alcanzado el rango de municipio. Quien esto escribe no tuvo la fortuna de ser sahuayense por nacimiento, pero sí de serlo ya de corazón y por adopción, y por ende quiso dedicar, de forma un poco anticipada, algunos párrafos al respecto de este importante suceso y de los que rodearon dicha modificación política, un 15 de marzo, pero de 1825, mediante la Ley 40 emitida por el Congreso del Michoacán de aquel tiempo y que, como dato interesante, fue la primera ley territorial de dicha entidad en la época independiente.

Luego de la Guerra de Independencia, en la que el prócer de La Palma Don Marcos Victoriano Castellanos Mendoza, presbítero insurgente, tuvo un papel muy relevante, Sahuayo fue testigo de la restauración –dentro de lo que cabía– de la vida cotidiana. Luis González y González, en su magnífica y prolijamente glosada monografía, nos dice que la Parroquia de Sahuayo había perdido bastantes habitantes, pero también que, a pesar de los numerosos decesos, «su población se había duplicado» (1979, p. 99), esto para 1821. En la cabecera, la cifra de pobladores llegó al punto de triplicarse, si bien «luego volvió a reducirse y quedar en unos tres mil habitantes» (p. 100). Para ese instante, en lo eclesiástico, la vida sahuayense era presidida por el párroco don Manuel Osio y Barboza, sucesor de Juan Miguel Cano. El P. Osio, de hecho, fue señor cura de Sahuayo durante treinta y tres años, desde el 24 de febrero de 1799 hasta el 17 de mayo de 1832.

Pero el ámbito demográfico no fue el único que sufrió modificaciones. El mismo autor expone que aquella población michoacana también se vio beneficiada en lo político a raíz de la independencia, alcanzada en septiembre de 1821. Después del efímero imperio de Don Agustín de Iturbide y Arámburu –que en honor a la verdad fue, coloquial pero no menos acertadamente hablando, una «llamarada de petate»–, que exhaló su último suspiro el 19 de marzo de 1823, México se convirtió en una República federal y adoptó, para tales efectos, la flamante Carta Magna de 1824, promulgada en octubre de ese año. En consecuencia, el resto de las Entidades federativas recién formadas adoptó su propia Constitución (González y González, 1979, p. 100). A Michoacán le llegó su turno en 1825, específicamente el 19 de julio. Según el nuevo documento, la capital sería Valladolid y el Estado se fraccionaría en cuatro departamentos, uno por cada punto cardinal, a saber: Norte, o de la capital; Poniente, o de Zamora; Sur, o de Uruapan; y Oriente, o de Zitácuaro. En octubre de aquel mismo año, Antonio de Castro tomaría posesión de su cargo como primer gobernador michoacano.

Portada de las Actas y Decretos del Congreso Constituyente del Estado de Michoacán 1824-1825.
Portada de la primera Constitución Política del Estado de Michoacán.

Ahora bien, nos especifica el cronista e historiador sanjosefino, en el caso del departamento de Zamora salieron cinco partidos: el de la cabecera, homónima, y los de Tlazazalca, Puruándiro, La Piedad y Jiquilpan. Eventualmente, los partidos se fragmentaron en municipios: el de Jiquilpan, que es de nuestro mayor interés, dio lugar a cuatro: el de la cabecera, también con el mismo nombre, y los de Cotija, Guarachita… y nuestro Sahuayo. Para colofón, algunos de los recién formados municipios se subdividieron en cabeceras municipales y tenencias. Sahuayo, además de ayuntamiento, recibió dos tenencias: Cojumatlán y San Pedro, mientras que a éstos dos últimos se les asignó jefatura. Todo esto para reemplazar los antiguos cabildos indígenas (p. 100).

Como último dato, Sahuayo tardaría más de sesenta años en ser elevado al rango de Villa. Esto acontecería en 1891, cuando a su toponimia se añadió el apellido paterno del primer mandatario en turno, Porfirio Díaz Mori.

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Bibliografía:

González y González, L. (1979). Sahuayo. México: El Colegio de México & Gobierno del Estado de Michoacán.

Sánchez, R. (1896). Bosquejo estadístico e histórico del distrito de Jiquilpan de Juárez. Imprenta de la E. I. M. p. 160.

En La Carámicua, se construirá una capilla para la Virgen de la Sábila.

Francisco Gabriel Montes Ayala.

Al norte de la ex hacienda de Platanal, está el potrero de la Carámicua, un lugar que desde 1785 hasta 1879 existió el rancho del mismo nombre. Lugar donde abunda el agua nacida en un manantial que existe desde hace más de mil años, debido a qué existen manifestaciones culturales de pueblos prehispánicos. Es en ese lugar donde un joven de la familia Figueroa, encontró en 1865, la Virgen de la Sábila, que durante muchos años fue conocida como la Virgen de la Carámicua.

Al desaparecer la ranchería de La Carámicua, la familia se traslado a La Sábila y fue entonces que la historia cambió, y desde aquel entonces, la Virgen de Guadalupe, fue conocida por toda la región, como la Virgen de la Sábila.

La Carámicua, recibe su nombre, del vocablo purépecha que llama así a la hoja elegante. Abundan cerca del manantial de agua azul que brota con una agua límpida y fresca. Pasados algunos años de la desaparición del pequeño rancho, cuando aún pertenecía a la hacienda de Platanal a Guaracha, allí se construyó una pequeña barda de calicanto, que circunda el manantial, y se vertía el agua por una canaleta hasta el lugar donde estaba instalada la vinata.

Hoy es un lugar muy bonito, pero que se ve la mano de quienes van, destruyen el lugar, rayan el sitio y dejan basura. El lugar debe preservarse, según el patronato que construirá la Capilla, ya que ese lugar, dentro de poco tiempo, será visitado por personas que buscarán el lugar preciso del hallazgo de la Virgen de la Sábila o de La Carámicua.

Vencido por la influenza española (I)

La muerte del bandolero José Inés Chávez García (Primera parte)

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Detalle de una fotografía del temido José Inés Chávez García. Mejora y edición por la autora.

Los grupos de defensa social de los diversos pueblos que asoló –el listado es sumamente largo– no pudieron acabar con él. Tampoco el gobierno federal. Mucho menos los civiles entre los que lo único que sembró fue el horror, la sangre y la barbarie. José Inés Chávez García, que vio la luz primera el 19 de abril de 1889, se ganó muy merecidamente el mote de «El Atila de Michoacán» o «El Atila del Bajío». Creemos que huelga explicar el sobrenombre. Bastaba que los pobladores de algún sitio supiesen que las hordas que él lideraba se aproximaban al lugar, para que el terror cundiera y se esparciera como reguero de pólvora, como chispas en un cañaveral. A la irrupción de Chávez seguían incontables crímenes, entre asesinatos en masa, violaciones y saqueos, sin faltar los incendios de viviendas y la profanación de la iglesia o capilla local. Aquellos bandoleros, verdaderamente, hacían gala de sadismo y perversidad.

La entrada de hoy no se detendrá en los detalles de aquellas morbosas incursiones, sino en cómo fue que la carrera en este mundo de aquel bárbaro personaje, que da la impresión de haber salido de alguna novela sangrienta, tocó a su desenlace inexorable. Inés Chávez era, en verdad, un bandido imparable. Tratar de resistir contra él era imposible, como si se tratara de contener un incendio en un pajar o detener, en el estío de 2024, las aguas que se desbordaron e inundaron diversos terrenos y parajes de la Ciénega de Chapala cuando arreció el temporal. Pero fue vencido. Más aún, murió, y no en el paredón de fusilamiento, ni ahorcado o acuchillado, como tantas de sus víctimas en presencia suya.

Cabe que nos preguntemos a quién correspondió el logro de haberle puesto un alto a sus tropelías. Tal hazaña, como ya lo adelantó el epígrafe de nuestro texto, fue de la influenza española. El testimonio escrito del sacerdote Francisco Esquivel en 1973, el de otros testigos oculares del desenlace del facineroso originario del rancho Godino (Puruándiro, Michoacán) y lo consignado en los periódicos de la época, indican que el deceso aconteció en noviembre de 1918, a causa de la enfermedad que, tras llegar a México un mes antes, causó la muerte de incontables personas. Y ni siquiera Inés Chávez, con su poderío de barbarie y fechorías, pudo librarse de sus garras. A la postre, la naturaleza humana y su flaqueza ante las patologías nos demuestran que nuestra vida en la tierra es endeble y puede apagarse, a semejanza de una candela, con el más leve soplo.

El «Atila de Michocán», al centro y con la pierna izquierda cruzada sobre la derecha, acompañado por su séquito de lugartenientes. Edición de imagen por la autora.

Pero dejémonos de preámbulos y veamos cómo y en dónde aconteció.

Durante buena porción de 1918, Inés Chávez dominó buena parte del estado de Michoacán, incluyendo la zona de la Ciénega. A fines de marzo, cayó sobre Cotija de la Paz, en mayo hincó sus dientes sobre San José de Gracia y, en junio, sobre Pátzcuaro. Garciadiego Dantán menciona que, a diferencia de sus inicios como bandolero, el facineroso comandaba «un ejército más regular, con cierta organización militar, que se desplazaba de un lugar a otro según las exigencias de la campaña» (2010, p. 865). Todo eso mientras, aplicándole unos versos dedicados a otro facineroso, Luis B. Gutiérrez alias «El Chivo Encantado», recorría esas tierras dejando en todas las partes la miseria y el dolor (p. 217).

Aquello, por fortuna, no habría de durar para siempre. Reza un dicho que «todo cae por su propio peso» y, en este caso, por la iniquidad. Ni siquiera los perversos, aunque por mucho tiempo hagan lo que les plazca, pueden escaparse de las consecuencias de sus actos de modo indefinido. Al acercarse el último cuatrimestre de 1918, la fuerza de Chávez empezó a declinar. Fue en Peribán donde, pese a todos los estragos que provocó, se vio sitiado por los coroneles Bonifacio Moreno y Pruneda, hasta que sufrió –¡por fin!– su primera y única derrota, de la que ya no se recuperaría. Allí perdió, además, a uno de sus principales lugartenientes, el coronel Rafael «El Mocho» Nares, tan sanguinario como su jefe. Chávez, empero, no conoció el término de sus desmanes en aquella jornada, 24 de agosto de 1918.

Plaza de Peribán, Michoacán, el pueblo que presenció la caída militar de Inés Chávez García. Fotografía editada y mejorada por la autora.

Un corrido de Chavinda, proporcionado por el profesor Alfonso del Río, así lo cuenta:

Señores, tengan presente lo que en Peribán pasó:
Hubo un combate sangriento «El mocho Nares» murió.

Bajó Nares con su gente a almorzar a ese pueblito:
-Orita les dan caliente, nomás se esperan tantito.

Bajó Nares con su gente y a nadie le dijo nada,
y Pineda con su gente ya le tenía su emboscada.

De repente un fuerte trueno por todo el pueblo se oía,
un grito: «¡Viva el Gobierno! ¡Muera Inés Chávez García!»

Con sus hordas deshechas, el facineroso se encaminó a Purépero. Allí lo encontraría la muerte, destino ineludible del género humano. Para cuando se dirigía a aquel pueblo, ya había contraído la gripe que a tantos llevó al sepulcro. Muchos de sus hombres, contagiados, sucumbieron a la enfermedad antes que él. «Se amanecía con dolor de cabeza, venían la fiebre y las hemorragias, y había que cuidarse unos seis días porque si se levantaba antes de tiempo, recaía con neumonía, y de la recaída nadie se salvaba» (González y González, 1968, p. 165).

Ya cuando se hallaba cerca de Purépero, uno de los señores principales, Jesús Duarte, salió a hablar con él para pedirle que no dañara a la población y que, a cambio, él conseguiría dinero entre los vecinos y pastura para la caballada.

Para ese instante, «El Terror de Michoacán» ya no podía ni mantenerse en pie: en una camilla, fue conducido a la plaza municipal y colocado bajo la sombra de un trueno, mas pronto se lo llevaron al portal de la presidencia municipal y, por último, al interior del edificio, donde se produciría el deceso.

Tan mal se sentía ya José Inés, que hicieron llamar a un médico. Acudió el Dr. José María Barragán, quien tras haberlo examinado se percató de la gravedad del caso.

Plaza y portales de Purépero, Michoacán. Por aquí pasó Inés Chávez, ya enfermo de gripe española y en camilla, poco antes de morir. Imagen editada y mejorada por la autora.

Los chavistas no anduvieron con sutilezas y lo amenazaron:

— Mire, dotorcito —le dijeron—, si no lo alivia, lo tronamos.

Tampoco el médico le dio rodeos al asunto. Sin temor, replicó:

—Yo no soy Dios para hacer milagros, la fiebre española es mortal y como no guardó ningunos cuidados, va a ser difícil que se alivie luego, yo de mi parte haré lo que pueda, por de pronto surtan esta receta —y se las dio.

El facultativo se marchó de la habitación con el convencimiento de que Chávez expiraría en poco tiempo.

Pero aún faltaba para que eso sucediese. De ello nos ocuparemos en la siguiente entrada, la segunda y última.

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Fuentes:

Degollado a través del tiempo. Apuntes biográficos de José Inés Chávez García. No hemos podido localizar al autor.

Gómez-Dantés, O (29 de agosto de 2020). El “trancazo”, la pandemia de 1918 en México. Salud Publica Mex [Internet]. 62 (5, sep-oct): 593-7. Disponible en: https://www.saludpublica.mx/index.php/spm/article/view/11613

González y González, L. (1968). Pueblo en vilo: Michohistoria de San José de Gracia. México: El Colegio de México.

Miranda Fodinez, F. (2006). Inés Chávez, muerto. Dos textos del Padre Esquivel. Relaciones. 27 (105), pp. 179-202.

Sin autor (s.f.). Corridos. De bandidos. 97. De «El Chivo Encantado»biblat.unam.mx/hevila/EstudiosdeFolklore/no2/10.pdf

La Virgen de la Piedrita

Por: José Gabriel Ramírez Segura.  

*Cronista de 11 años de edad del Rincón de San Andrés, Michoacán.

Luis Higareda que se encontró la Virgen

El 8 de Noviembre de 1935, nace en El Rincón de San Andrés, comunidad del municipio de Sahuayo;   Luis Higareda Chavarria,  sus padres fueron, José Cruz Higareda Higareda y Aurora  Chavarria.

A la corta edad de 13 años, Luis empieza a trabajar con su padre José Cruz, en la actividad de campesino, en un predio denominado “El Muerto” que era un conjunto de tierras entre la desviación de la Flor del Agua y la entrada a la Barranca del Aguacate, en el cerro posterior a lo que ahora conocemos como la barranca de  La Chicharra.

En un día normal de trabajo, mientras araban la tierra para sembrarla; Luis encuentra una piedra entre el surco, en esa piedra se visualiza la silueta de la virgen de Guadalupe, decide enseñársela a su padre, y él le dijo;  -Ponla debajo de aquel nopal, para cuando terminemos, llevárnosla.  

Pero al terminar el día, Luis y su padre se olvidaron de ella. Un compañero campesino; llamado Luis Manzo, originario de la comunidad Flor del Agua; se percató de aquella piedra cerca del nopal, y se la llevó a sus casa,  aun sabiendo que su tocayo Luis, como se nombraban, la había encontrado.

El hijo de Luis Manzo, trato de que su padre no se la llevará; porque sabían a quien le pertenecía, sin embrago este la llevo consigo. Lo que ocasiono, que su “tocayo” la olvidara.  

Luis, quien se había encontrado la Virgen,   se casó con Olivia  Avila formando una  familia de 10 hijos, 35 nietos y 10 bisnietos.

Después de 57 años, el hijo de Luis Manzo acudió a la casa de Luis, quien en esa fecha tendría 70 años; y le dijo: -“Sabes mi papá la tomo y nunca quiso regresarla  pero la virgen no quiere  estar en mi casa , siempre intentamos  hacerle un altar pero sin motivo aparente el altar se deshacía, por eso te la regreso ya que tú la encontraste”.

Después de esto, Luis le mando  construir un altar, tipo cueva y la virgen empezó a ser venerada.  Cada 12 de diciembre la familia le adorna su altar, reza su novenario implorando su protección.  

Ante cualquier necesidad, o situación que necesite su intercesión hacen la siguiente oración:

Virgencita de la piedrita ¿Por qué me haces renegar?

Ya sabes mi necesidad Ponme donde la solución pueda encontrar.

En agradecimiento del milagro concedido las personas le donan veladoras o algunas plantitas.

La Virgen de la Piedrita se encuentra en la Comunidad del Rincón de San Andrés, en la calle Padre Manuel Campos #1667 en la casa de Luis Higareda, que fallece a la edad de 89 años de un infarto fulminante, a las 12:00 del medio día el lunes 3 Febrero de 2025.  

EL AUTOR DE ESTA NOTA:

José Gabriel Ramírez Segura, tiene 11 años está en la Primaria Benito Juárez, de la ciudad de Sahuayo, Mich., cursando el 6o. grado. Es originario de El Rincón de San Andrés.

El Rincón de San Andrés en Sahuayo

Francisco Gabriel Montes Ayala *Coordinador del Consejo de la Crónica de Sahuayo

Una de la comunidades de origen español, es San Andrés, que hacia el año de 1730 aparece como una estancia de ganado mayor y menor, muy cerca de los límites de la comunidad indígena de Sahuayo. Lo encontramos con diversos nombres, el primero encontrado en los sacramentales de la parroquia de Santiago Sahuayo, es como El Cerrito de San Andrés, luego lo encontramos como San Andrés y finalmente como Rincón de San Andrés.

El Rincón, registraba en los censos parroquiales las familias Victoria, Ceja, Sandoval, Ochoa, Figueroa, Guerrero, Torres, López, Mojica, Valencia, Espinoza, Amezcua, Escobedo, Navarro a mediados del siglo XVIII.

En la época de la guerra de independencia, el padre Pablo Victoria, nacido en aquella comunidad, a la sazón capellán de la Hacienda de La Palma, hizo que se levantara en armas el hacendado Luis Macías Mendoza. El padre Victoria, fue tomado preso por la acordada de Sahuayo, en el camino entre La Palma y Sahuayo a la altura del Ojo de Agua, según su expediente criminal levantado por el gobierno virreinal, fue llevado preso a la cárcel de Belén, donde muere el año de 1813.

Otro insurgente importantísimo nacido en San Andrés, es Ignacio Navarro Victoria, sobrino del padre Pablo, quien llegó ha ser un caudillo importante en la zona del bajío, donde alcanzó fama y todavía en 1817 era combatido por las fuerzas realistas.

El Rincón de San Andrés, es una población conurbada con Sahuayo, y que hace algunos años, ys es un importante centro recreativo por el parque al que visitan miles de personas durante el año; es una comunidad apacible, con un templo dedicado a San Andrés, construido por el señor cura José Alvarez, y está sujets la comunidad católica a la Parroquia de Guadalupe de Sahuayo.

El Rincón de San Andrés, es una de las comunidades más avanzadas de las que tiene el municipio de Sahuayo en cuestión de infraestructura.

Vale la pena visitar esta comunidad que es una de las más grandes de la municipalidad de Sahuayo.

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Copyright©Francisco Gabriel Montes Ayala, México 2025

Fotografía: Roberto Buenrostro Rodríguez y Francisco Gabriel Montes.

Jamay fue sede de la XLIX reunión biestatal de cronistas Jalisco-Michoacán.

Omar Antonio López Chávez *Cronista de Jamay.

El pasado 25 de enero, el municipio de Jamay, Jalisco, se convirtió en el epicentro de la historia y la cultura regional al albergar la XLIX Reunión Biestatal de la Asociación de Cronistas Jalisco-Michoacán. Este evento, que congregó a cronistas de diversos municipios y regiones, fue una oportunidad para compartir investigaciones, relatos y experiencias en un ambiente de colaboración y aprendizaje.

El Salón Paco Ochoa de la Casa de la Cultura de Jamay fue el escenario donde se presentaron ponencias que destacaron la riqueza histórica y cultural de la región. Los cronistas provenientes de La Palma, Michoacán; Pajacuarán; Tuxpan Jalisco; Jiquilpan; Yurécuaro; Vista Hermosa; Poncitlán; Tlajomulco; Atequiza; Jocotepec; San Antonio Tlayacapan; Chapala; Tuxcueca; Ixtlahuacán; San Miguel de la Paz,  Jamay,  y Guadalajara,  así como invitados de Tlaxcala, compartieron sus conocimientos y perspectivas, enriqueciendo el evento con su diversidad y profundidad.

Entre los destacados ponentes se encontraba Cruz Fernando Bañuelos López, cronista de Jamay, quien presentó una ponencia sobre el “Barrio de San Antonio”, uno de los barrios más emblemáticos del municipio. Las presentaciones también incluyeron temas como “El oficio del historiador” por Francisco Gabriel Montes, presidente de la ACJM, así como  “Flotilla de canoas cargueras” por Aida Aguilar, “Batalla de la Trasquila” en Jiquilpan por Salvador Meza Carrazco, y “Pajacuaran” por José Castellanos. Estas ponencias resaltaron la importancia de preservar la historia, no solo en los grandes eventos y figuras, sino también en los actos cotidianos y las tradiciones que conforman la identidad de nuestras comunidades.

La reunión no solo se limitó a las presentaciones. También se llevaron a cabo mesas de trabajo para discutir temas generales y planificar futuras reuniones. Entre las actividades se incluyeron presentaciones de libros y temas de investigación, y se propuso que Jocotepec sea la próxima sede para continuar con el intercambio cultural y académico.

La presencia de los cronistas de Jalisco y Michoacán en Jamay refuerza la identidad y el patrimonio cultural de las localidades involucradas. Este encuentro destacó las tradiciones compartidas, la proximidad a importantes cuerpos de agua, y la gastronomía que nos caracteriza y define como región. La celebración concluyó con un compromiso renovado de seguir trabajando juntos para mantener viva la historia y la cultura de nuestras comunidades.

Sale a la luz pública Crónicas de Sahuayo III y será presentado este mes de noviembre.

Juan Bruno Hernández *Colaborador

Gracias a la iniciativa del C. Presidente Municipal de Sahuayo,  el Dr. Manuel Gálvez Sánchez, sale a la luz pública el tercer volumen de Crónicas de Sahuayo, coordinado por el maestro Francisco Gabriel Montes Ayala, nuestro director de esta revista electrónica, cronista de Villamar, Venustiano Carranza y coordinador del Consejo de la Crónica de Sahuayo, presidente de la Asociación de Cronistas Jalisco-Michoacán.

El tomo tres de la serie, será presentado el 25 de noviembre en Caballeros de Colón en Sahuayo, ante la sociedad sahuayese y los amantes de la historia y la crónica.

Cabe destacarse que van tres volúmenes que le han dado a Sahuayo importantes aportes a su microhistoria, de esa pequeña parte de la historia nacional que no se sabe mucho. El rescate histórico coordinado por el maestro Francisco Gabriel Montes, ha sido excelente, al reunir a un grupo de jóvenes que se están formando en estas lides de la historia y la crónica. Santiago Manzo Gómez, Helena López Alcaraz ( que por cierto es colaboradora de la revista de Crónicas de la Ciénega) así como también José de Jesús Girarte ( JJ), Ana Karen Ramírez Sánchez, Francisco Jesús Montes Vázquez, Miguel Ceja Sandoval, los cronistas José Castellanos Higareda de Pajacuarán, Salvador Meza Carrazco de Jiquilpan y Hugo de Jesús Gómez, que merece una mención especial ya que al formarse el tercer tomo de Crónicas de Sahuayo, siendo estudiante del doctorado en Historia en la UdeG, fue muerto en un asalto frustrado. Hugo era sin duda alguna, uno de los cronistas de Sahuayo más destacados a su corta edad, que sin duda su partida enluta este tercer tomo.

El contenido de esta nueva publicación versa sobre la cristiada en Sahuayo, donde se presentan varios artículos de este periodo histórico, que hoy se reivindica en esta zona.

El volumen III trae desde documentos inéditos, fotografías y narraciones extraordinarias que no se conocían. Se destaca también, la lista de cristeros que participaron en la guerra en esta zona, así como sacerdotes y mujeres que fueron parte fundamental en la lucha por la defensa de la fe.

Esperamos con ansias el día de la publicación, informando a nuestros lectores, que el libro será obsequiado el día de la presentación, para que estén atentos para llevarse un ejemplar a casa.

También es justo reconocerle al presidente Manuel Gálvez, su compromiso de rescate histórico de su tierra natal Sahuayo.

La descripción de los curatos y doctrinas de Michoacán 1630 . Lenguas naturales que se hablaban.

Francisco Gabriel Montes Ayala

La descripción antigua de los curatos y doctrinas, un libro que se escribió en los primeros años del siglo XVII, que tiene la inscripción «libro de la minuta de las doctrinas que ay en este Obispado de Mechoacan, Assi veneficios de clérigos como guardianías y prioratos» es la más amplia descripción de los curatos diocesanos, agustinos y franciscanos del antiguo Obispado de Michoacán.

Dicho texto lo manó escribir el Obispo Fray Alfonso Enríquez de Toledo y Armendariz, y enriquecido con textos adicionales del siguiente obispo en sucesión, Fray Francisco de Ribera, Obispo de Michoacán, por el año de 1631, siendo su secretario Isidro Gutiérrez de Bustamante.

Dicha descripción de los curatos es amplísima, según el historiador José Bravo Ugarte, dice que el obispado de Michoacán, comprendía «los actuales estados de Michoacán, Colima y Guanajuato, este sin Casas Viejas, ni Xichú. En Guerrero, Tecpan, Coahuayutla, Zacatula, Coyuca y Cutzamala. En San Luis, dice Bravo Ugarte, correspondían San Luis Potosí, Santa María del Río, Cerritos, Guadalcazar, Río Verde y Maíz. En Tamaulipas, Jaumave, Palmillas, Real de los Infantes y Tula. En Jalisco, Almoloya, Atotonilco, Ayo, Cajititlán, Comanja, Ixtlahuacán, La Barca, Ocotlán y Zapotlán.

Los grupos étnicos que consigna esta minuta, son los mexicanos, purépechas, otomíes, mazaguas, matalzincas, cuitlatecos, chontales y mazatecos. Las tres primeras mencionadas era las predominantes. y el grupo más extendido era el tarasco; el mexicano y tras de éste el otomite. Después venían el mazagua, el cuitlateca y el chichimeca.

Destacaba también en la geografía del obispado michoacano, otros hablantes indígenas, que tenían lenguas como la sarame, la cuacomeca, la chumbia, la matalzinca, la teca, la zuteca, la teconuca, la coca, la alanzauteca, la pani, la mazateca, la chontal, la cuitlateca, la tepusteca, la tamazulteca, la zullulteca, la camalalla y la tequeje.

Sin duda, que era la variedad más extensa de lenguas. El Obispado obligaba a los sacerdotes, que se ordenaran hablar las lenguas, para mandarlos a las cabezas de parroquia, de acuerdo a la lengua hablada en la geografía de la parroquia. Por eso encontramos sacerdotes hablando uno, dos y hasta tres lenguas, a parte del español. Bien pudiera ser como el caso de que el párroco hablaba una lengua y el teniente de cura otra. En ningún momento se obligaba a los naturales de aprender el español, y según las leyes de indias, el castellanos era para que lo enseñaran los sacristanes, nunca los párrocos. Es preciso entender que muchos sacerdotes los encontramos siendo originarios de pueblos indígenas, por lo que no estaban vedados a la ordenación presbiteral los naturales.

Un ejemplo es el que muestra este documento, al hablar de Ayo el Chico, dice el señor Rivera: «los indios de este partido son cocas y otomites; administrase en mexicano». El mismo obispo dijo de Maquilí, «el mexicano es la lengua común».

En la ciénega la Parroquia de San Francisco Ixtlán se administraba en mexicano y purépecha, porque todos los pueblos sujetos como San Pedro Caro, Santa María de la Asunción Coxumatlán, San Cristobal Pajacuarán, Santiago Sahuayo, San Miguel Guaracha eran bilingües, hablantes del mexicano, pero obligados en tiempos de la expansión purépecha a hablar la lengua michoacana.

En fin que el Obispado de Michoacán, y esta minuta, nos muestra que la administración de los sacramentos estaba repartida entre 58 clérigos diocesanos beneficiados, 38 guardianías franciscanas y 20 prioratos agustinos.

La Minuta

El prelado cotijense que aprobó la lucha cristera desde las puertas de Roma (II)

La historia de Monseñor José María González y Valencia. Segunda parte

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Monseñor José María González y Valencia (1884-1959), ca. 1924. Detalle de una fotografía del Instituto Nacional de Antropología e Historia, mejorada y editada por la autora.

En la entrada anterior dejamos al padre José María González y Valencia, ordenado en 1907, mientras desempeñaba su cargo como profesor del plantel levítico de Zamora. Pudimos, asimismo, leer sobre sus orígenes en Cotija de la Paz, sus primeros estudios y diversos pormenores de su formación eclesiástica. En el presente texto abordaremos los siguientes años de su ministerio sacerdotal, los avatares y vicisitudes que tuvo que enfrentar durante los cruentos años de la Revolución y, por último, su ascenso meteórico en la jerarquía de la Iglesia hasta adquirir el título por el cual es conocido en la Historia de México, tanto en el ámbito civil como en el religioso.

En 1912, ya siendo Francisco I. Madero primer mandatario, el padre José María recibió la encomienda de encargarse de la disciplina del Seminario Mayor. Por si fuera poco, asumió el cargo de vicerrector en ambos Seminarios. En los tiempos libres que tantas obligaciones le dejaban, se dedicaba al confesionario, en tanto que, durante sus vacaciones, acudía a su natal Cotija para auxiliar al párroco.

El presidente oriundo de Parras muy pronto vio cómo su sueño democrático se bamboleó y trocó en añicos. Además de Emiliano Zapata, Pascual Orozco Vázquez se insurreccionó en su contra. Sin demora y deseoso de auxiliar al prójimo, el padre González Valencia solicitó una licencia para sumarse como agregado a la Brigada de la Cruz Roja y socorrer a los heridos de los enfrentamientos pascualistas, en el norte de México. El permiso le fue concedido. En cuanto la rebelión fue sofocada, González y Valencia retomó sus labores en su terruño.

Pascual Orozco, uno de los revolucionarios que se insurreccionó contra Madero. El padre González y Valencia acudió, como miembro de las Brigadas de la Cruz Roja para ayudar a los heridos en los enfrentamientos entre pascualistas y federales.

Aquella situación de relativa calma no duró mucho. Tras la caída y asesinato de Madero, se desató una nueva faceta de la Revolución: el alzamiento carrancista, llamado “constitucionalista” por sus fautores y partidarios, que se distinguió, además de las tropelías y el pillaje –que dio lugar al término “carrancear” como sinónimo de “robar”– por una profunda animadversión hacia el clero católico, hacia la Iglesia y, en términos generales, hacia el catolicismo. Los cabecillas y sus tropas, a la par que asolaban las poblaciones por las que pasaban, asesinaban y violaban mujeres, profanaban y quemaban templos y capillas, aprehendían y aun mataban presbíteros, destruían imágenes sagradas y hasta tomaban bebidas alcohólicas en los cálices y copones, daban las Hostias consagradas a la caballada y utilizaban como trapos o simples telas los ornamentos sagrados. En resumen, se dedicaban a la rapiña y al sacrilegio.

Como resultado de aquellas asechanzas y ataques, cada vez más reiterados, la Parroquia de Peribán, cerca de Los Reyes, Michoacán, se quedó sin párroco: éste fue tomado preso por los carrancistas y deportado a la temible prisión de las Islas Marías. Corría 1914. El Vicario General de la Diócesis de Zamora, que residía en Guadalajara, lo nombró señor cura interino de Peribán.

Plaza de Peribán, Michoacán, donde el padre José María González y Valencia prestó sus servicios sacerdotales en los tiempos del alzamiento carrancista. Fotografía de Peribán Al Momento, mejorada y editada por la autora.

La persecución religiosa por parte de los revolucionarios, máxime de los carranclanes –término despectivo usado para los carrancistas– alcanzó matices sistemáticos en la región del Occidente y del Bajío, e irrumpió en la Diócesis zamorana en agosto de 1914. Las circunstancias eran tan riesgosas y comprometidas que el Obispo de Puebla, Enrique Sánchez Paredes, amigo del padre José María, le ofreció mudarse a la Ciudad de los Ángeles con su familia para ponerse a salvo y, allá, ser profesor en el Seminario. El interpelado, no obstante, prefirió quedarse con sus feligreses.

Al frente de su grey, a la que no quiso abandonar, sufrió continuas penalidades. Residiendo en Cotija, el 20 de marzo de 1918, fue testigo del incendio –autoría de los bandidos comandados por el terrible José Inés Chávez García, cuya fama era proporcional a la magnitud de sus crímenes– de su propia vivienda y de dos templos, así como de todo el Portal Hidalgo, en el centro de la localidad. Como si aquello no hubiese bastado, perdió a una de sus hermanas, ultimada a balazos por los bandoleros, que habían querido mancillarla. En vez de sufrir tal deshonra, la señorita entregó su vida terrenal. Otra de las hermanas del padre sufrió graves lesiones, por las que tuvo que someterse, por espacio de seis años, a largas y dolorosas intervenciones quirúrgicas. Andrés Barquín y Ruiz, citando a Plancarte Igartúa, dice que el atribulado sacerdote “bendijo al Señor y perdonó de corazón” (1967, p. 14) a aquellos asesinos.

El temido José Inés Chávez García (sentado, al centro) con su Estado Mayor. Fue él quien –a semejanza de lo que hizo en incontables localidades– asoló Cotija de la Paz en 1918. Como resultado, una de las hermanas del padre González y Valencia perdió la vida.

En la década de 1920, la carrera del presbítero González y Valencia avanzó con rapidez hacia las alturas de la jerarquía eclesiástica. En junio de aquel año, se le encomendó una prebenda en el Cabildo catedralicio de Zamora, que el comisionado conjuntó –intriga saber de dónde obtenía tiempo– con largos ratos en el tribunal de la penitencia, la catequesis infantil y la guía de la Acción Social-Católica. El 22 de febrero de 1922, fue preconizado como Obispo Auxiliar de Durango y como Titular de Siunia –sede sufragánea de Sebastián en Armenia Prima–. Luego, el 28 de julio de 1923, se le nombró vicario capitular. Por fin, unos meses más tarde, recibió el título por el que sería conocido en la Historia de México: el 8 de febrero de 1924, el Papa Pío XI lo designó como Arzobispo de la Arquidiócesis de Durango, cuya sede estaba vacante por el deceso de Monseñor Francisco Herrera y Mendoza –nacido en Tingüindín en 1852–, acaecido el 23 de julio de 1923.

La consagración episcopal se llevó a cabo en la Catedral de Zamora. Aquel mismo día, junto con él, su pariente Francisco González Arias fue ungido como cabeza de la Diócesis campechana. El 11 de abril del mismo año se llevó a cabo la toma de posesión de su cargo, el cual desempeñaría hasta su fallecimiento. El día de la Asunción de la Santísima Virgen, 15 de agosto, en magnífica ceremonia, le fue impuesto el palio arzobispal de manos de su primo Monseñor Antonio Guízar y Valencia, Obispo de Chihuahua. El flamante obispo cotijense tenía treinta y nueve años.

Antigua Catedral de Zamora, en la que fue consagrado obispo Monseñor José María González y Valencia. Imagen de México en fotos, mejorada y editada por la autora.

Entre tanto, la situación de la Iglesia Católica en la Nación Mexicana empeoraba día con día. En julio de 1924, el candidato del presidente Álvaro Obregón Salido, su coterráneo Plutarco Elías Calles, “ganó” la contienda electoral. La persecución, de por sí severa, se agudizaría todavía más. Las protestas tanto de los fieles como de la jerarquía, asimismo, se volverían más enérgicas. En el segundo ámbito, el ahora Monseñor José María González y Valencia tendría una participación destacada, materia de la continuación de esta entrada.

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Fuentes y bibliografía:

Barquín y Ruiz, A. (1967). José María González Valencia, Arzobispo de Durango. México: Jus.

Testimonios orales de María del Carmen Ávalos Herrera, cuya madre, María Luisa Herrera Mendoza, radicó en Zamora durante los años de la Revolución y constató las barbaries y sacrilegios cometidos por las hordas carrancistas.