La muerte del “Centauro del Norte”

Asesinato de Doroteo Arango, mejor conocido como Francisco Villa

Lic. Helena Judith López Alcaraz

En una fecha como esta, pero de 1923, hace 101 años, en Hidalgo del Parral, Chihuahua, fue ultimado el célebre general Francisco Villa, cuyo nombre auténtico era Doroteo Arango. A pesar de la divergencia de opiniones, muchos en su tiempo creyeron que se había tratado de un crimen político cuya autoría intelectual residió en el entonces presidente de México, Álvaro Obregón Salido. Otros lo atribuyeron únicamente a una venganza personal debida a ciertos agravios que el caudillo, famoso por su crueldad, había cometido contra pequeños propietarios y algunos grupos de campesinos.

General Francisco Villa (1878-1923), en realidad llamado Doroteo Arango, famoso revolucionario mexicano. Fotografía: Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.

Después de que Venustiano Carranza de la Garza cayó bajo los proyectiles asesinos en Tlaxcalantongo, Puebla, en mayo de 1920, Francisco Villa fue amnistiado por el gobierno provisional de Adolfo de la Huerta. Decidido a retirarse de la vida militar, estableció su residencia en la hacienda de Canutillo, en su natal estado de Durango, donde estableció una pequeña colonia agrícola-militar.

Francisco Villa en la Hacienda de Canutillo. Fotografía mejorada por la autora.

La conspiración para asesinarlo había sido proyectada ya con bastante anticipación, pero la ocasión para ponerla en práctica no se había presentado. Justo un mes antes, el 20 de junio de 1923, había tenido lugar una tentativa fallida. Un vigilante comisionado por los urdidores informó que había visto salir a Villa, en su coche, rumbo a Parral. Con rapidez, los asesinos se encaminaron hacia el sitio por donde pasaría. Ya en el punto acordado, vislumbraron a lo lejos un vehículo que se aproximaba, y se apostaron para el ataque, con las armas amartilladas. Pero he aquí que, cuando ya estaban por jalar el gatillo, al tener el carro a tiro, se asombraron al percatarse de que ni el conductor era Villa, ni éste iba a bordo. Sería preciso, por ende, aguardar a otra ocasión más propicia.

El segundo intento de arrancar a Villa de la tierra de los vivientes se llevó a cabo el 10 de julio siguiente. Cerca de la una de la tarde, el general paseaba acompañado por tres personas en la banqueta situada enfrente de la casa de los conjurados. Se dio aviso a éstos, quienes dispusieron los rifles y los colocaron en posición de disparar. Justo antes de que se emitiera la orden de abrir fuego, vieron con frustración cómo un grupo de chiquillos que salió del Colegio Progreso pasó junto a Villa. En consecuencia, decidieron esperar.

Antigua fotografía de Hidalgo del Parral, escenario de la muerte de Villa. Fotografía: INAH Chihuahua.

Alboreó el viernes 20 de julio de 1923. Alrededor de las ocho de la mañana, vestido con una camisa caqui, el Centauro del Norte abordó su automóvil Dodge Brothers, de color negro, modelo 1922. Él  se sentó al volante, mientras que su secretario, Miguel Trillo, ocupó el lugar del pasajero. En la parte trasera se sentaron cuatro hombres de su escolta: Daniel Tamayo, asistente de Villa, detrás de Trillo; el jefe de la escolta, Ramón Contreras, a la izquierda; Claro Hurtado, asistente de Trillo, y finalmente Rafael Medrano. Debido a la falta de espacio, el chofer Rosalío Rosales trepó en la salpicadera izquierda. Así, a las 8:05 de la mañana, Villa encendió el sedán y condujo a velocidad moderada.

El automóvil avanzó hacia la esquina de la calle Zaragoza, para posteriormente doblar a la derecha, en la avenida Juárez, rumbo a la plaza del mismo nombre. Esto es, se encaminó directamente hacia los cuartos siete y nueve de la calle Gabino Barreda, donde estaba apostado el conjunto de asesinos.

Al verlo atravesar el callejón Meza, Juan López Sáenz Pardo, quien vigilaba a Villa para asegurarse de que él conducía el carro, sacó de uno de sus bolsillos un pañuelo rojo con el que simuló limpiarse el sudor de la frente. Sáenz repitió la acción varias veces: era la señal convenida para indicar que Villa iba al volante. Mientras tanto, el caudillo charlaba alegre y amenamente con Trillo.

Por fin, sonó el momento del asesinato. El Dodge bajó la velocidad al acercarse a la esquina de la calle Gabino Barreda, lugar en el que la avenida Juárez topa con los cuartos, para tomar la curva y virar a la derecha. En ese momento, las puertas de dos cuartos se abrieron inopinada y bruscamente. Melitón Lozoya, Jesús Salas Barraza y José Sáenz Pardo salieron disparando sus rifles sobre el Dodge, mientras que el resto de los tiradores se desplegó sobre la calle haciendo llover proyectiles desde ambos costados. Todo ello, de modo ininterrumpido. De acuerdo con el testimonio de Salas, Villa no atinó a decir nada; ni siquiera, en sus palabras, reaccionó.

Imagen de frente del coche donde viajó Villa el 20 de julio de 1923. Actualmente es el objeto más preciado del Museo Casa de Villa en la ciudad de Chihuahua. Fotografía: Museo Histórico de la Revolución. Tomada por Mario Alberto Trillo Corral.

El fuego de los tres rifles impactó el vehículo de frente y por el costado izquierdo, destrozando el parabrisas. El chofer Rosales recibió un disparo en el pecho y rodó de la salpicadera para caer de bruces en el arroyo. Miguel Trillo recibió varias descargas en el tórax. El automóvil no completó la vuelta porque Villa murió al recibir el primer disparo en el pecho y soltó el volante. Malheridos, Medrano, Hurtado y Contreras bajaron por la portezuela izquierda. Daniel Tamayo, por su parte, murió casi en seguida. Hurtado y Contreras, en contraste, alcanzaron a correr hacia el puente de Guanajuato, aunque el primero expiraría, desangrado, al poco tiempo, recargado en uno de los pilares del viaducto.

Estado en el que quedó el volante del automóvil. Alcanza a verse el cadáver de Villa. Fotografía mejorada por la autora.

El Dodge, ya fuera de control, impactó un fresno que estaba frente a la casa vecina a los cuartos. La defensa quedó torcida y el fanal y la salpicadera izquierda se rompieron. El impacto impulsó el coche y lo desvió hacia el centro de la calle, donde permaneció. Entre tanto, aunque muy malherido, Rafael Medrano se ocultó entre los neumáticos y disparó hasta que se le agotaron las municiones. No le fue factible recargar su pistola a causa de la debilidad provocada por el desangramiento, así que determinó fingirse muerto.

Estado en el que quedó el automóvil en el que viajaba el general Villa cuando fue asesinado. El cadáver que se observa en la imagen es de su secretario, Miguel Trillo. Fotografía cortesía de Relatos e historias en México.

Al cabo de poco más de tres minutos, la balacera finalizó. Habían sido disparados casi ciento cincuenta tiros, entre las pistolas y rifles de los homicidas. Una auténtica lluvia de proyectiles. Doroteo Arango, exánime y lleno de sangre, yacía recostado con el lado diestro del rostro recargado en el asiento y la mano siniestra sobre la barriga. En su cuerpo había proyectiles de distintos calibres, incluyendo dos en la cabeza y uno expansivo que le abrió el pecho y le dejó el corazón despedazado. Así fue asentado en el informe de la autopsia, que fue realizada en el hotel Hidalgo, propiedad del difunto general.

Otro ángulo del asesinato, con sendas leyendas en los cuerpos sin vida de Villa y de Trillo. Imagen ampliada por la autora.

El dictamen pericial estuvo listo esa misma noche. Únicamente fueron embalsamados los cadáveres de Villa y de Trillo. Por su parte, el rotulista Alfonso Bravo Herrera sacó unas mascarillas de yeso de los rostros del caudillo y de su secretario, que fueron expuestas en las oficinas de la redacción del periódico local El Martillo, y poco después enviadas a la capital de la república.

A los pocos días, en la parroquia de San José, el párroco Miguel Ramos celebró las exequias. La ceremonia fue presidida por el general Eugenio Martínez, jefe de las operaciones en Chihuahua y compadre del caudillo; su hermano Hipólito Villa y el coronel Félix C. Lara, jefe de la guarnición de la plaza, quienes escoltaron el ataúd.

Especial del diario El siglo, el primero que dio la noticia de la muerte de Villa.

En vida, Villa había mandado edificar un mausoleo en el Panteón de Regla, en la capital de la entidad chihuahuense, para que sus restos reposaran allí. Pero eso no fue posible debido a que el panteón fue previamente clausurado. En consecuencia, el cadáver acribillado fue sepultado en el cementerio municipal de Parral.

Primera plana del conocido periódico capitalino Excélsior, en el que se dio a conocer la muerte de Pancho Villa.

La noticia de la muerte violenta de Villa se difundió cual reguero de pólvora por la República entera, y también apareció en diarios locales, naciones y extranjeros. En Estados Unidos, por ejemplo, casi todos los periódicos hablaron sobre el asesinato en primera plana. También en Europa se publicó al respecto. En Madrid, La Voz publicó que Villa había sido “el terror de los campos mexicanos”, al cual se le imputaban “crímenes y excesos de toda índole” –como nota nuestra, una significativa porción no sólo fueron meras acusaciones–. El Heraldo, también en la capital de la madre patria, asentó que Pancho Villa ya había abandonado su vida de aventuras, pero añadió que, como reza el refrán, “quien siembra vientos es natural que recoja tempestades”.

Primera plana del periódico La Patria, del mismo día del asesinato de Villa, que da fe de lo ocurrido. En uno de los subtítulos se menciona el móvil de la venganza.

La mayoría de los mexicanos, en términos generales, reaccionó con sorpresa al enterarse de que el cabecilla había sido acribillado. Algunos se regocijaron por su muerte, debido a que lo consideraban –no sin fundamento, en honor a la verdad, ya que su fama de bárbaro y sanguinario había sido bien granjeada– un bandido y un asesino de primer orden, y que en el tiroteo habían quedado vengados los inermes habitantes de innumerables localidades que habían sufrido su brutalidad y su fiereza. Para otros, por el contrario, el general había sido un héroe revolucionario genuino, cuyo fatal desenlace había que lamentar y llorar.

Es preciso mencionar que, independientemente de si se trató de un mero ajuste de cuentas de índole personal o si hubo una orden directa de los altos mandos del gobierno mexicano –lo cual, de acuerdo con algunos autores, es lo que sucedió, ya que el primer mandatario toleró o promovió planes para matar al duranguense–, lo cierto es que el asesinato de Pancho Villa fue perpetrado con la doble complicidad de las autoridades locales y federales. Éstas, a todas luces, deseaban quitarlo del camino e impedir que el connotado revolucionario encabezara, en 1924, un levantamiento militar que pusiera en peligro las elecciones presidenciales de aquel año. Y no fue descabellado haberlo visto bajo aquella óptica porque, en efecto, Obregón impuso a su lugarteniente predilecto para sucederlo en la silla del águila: su coterráneo Plutarco Elías Calles.

A fin de cuentas, tal había sido también el objetivo de la rebelión delahuertista: evitar que el segundo sonorense ascendiera al poder por mandato de su antecesor. Sin embargo, a diferencia del homicidio de Villa, que salió a pedir de boca para sus fautores y promotores, el levantamiento de don Adolfo no concluyó bien.

Ahora bien, Jesús Salas nunca dejó de reconocer su responsabilidad material, y aun intelectual, en el asesinato. Prueba de ello reside en los siguientes párrafos, pertenecientes a una carta suya al general Abraham Carmona y citada por Friedrick Katz en la revista Alquimia:

Jesús Salas Barraza, principal asesino de Francisco Villa. Nunca rehuyó su responsabilidad en lo acontecido. Fotografía original del INAH, mejorada y editada por la autora para esta entrada.

“Usted recuerda, mi buen amigo, que muchas veces en conversaciones íntimas que tuvimos cuando estuvo entre nosotros, le relaté con algunos pormenores el sinnúmero de crímenes cometidos por este bandido; entre ellos, ya que prolijo sería enumerar uno a uno los perpetrados en su larga vida de infamia, el siguiente: haber dinamitado una planta eléctrica que costó medio millón de pesos, en Magistral de este estado, dejando en la más completa miseria a más de mil familias que se mantenían con su honrado trabajo en dicha negociación, asesinando de vil manera y con lujo de crueldad a un honrado empleado como lo era Catarino Smith, a quien yo quería como a un hermano. ¿El por qué me erigí en vengador? lo sabe usted de sobra, pues siendo diputado al Congreso Local de esta entidad, representante del distrito de El Oro, en donde con más saña atacó Villa a sus habitantes, natural es que haya dado este paso de importante trascendencia para mi Patria” (Katz, p. 52).

La prensa mexicana dejó de interesarse por la muerte de Villa en muy poco tiempo. Las publicaciones sobre lo ocurrido dejaron de aparecer. Ni el presidente Obregón ni su secretario de Gobernación –que no era otro que el mismo Calles– demostraron mayor atención o preocupación al respecto. Y, hasta cierto punto, era comprensible: un adversario suyo había sido erradicado. En adición, para el momento de su deceso, Villa carecía ya, en sí, de relevancia política o militar, y sus seguidores más leales habían fallecido o lo habían dejado. Tampoco hubo alzamientos ni protestas a raíz de los acontecimientos en Parral.

Antigua tumba de Villa en Parral, Chihuahua, al poco tiempo de su inhumación. Instantánea mejorada por la autora.

Para el lector que desee ver una recreación histórica acertada de los hechos narrados en esta entrada, recomendamos el fragmento correspondiente de la serie Senda de gloria (1987), dirigida por Raúl Araiza y producida por Ernesto Alonso, el “Señor Telenovela” para Televisa. El revolucionario de Durango fue interpretado por el actor Guillermo Gil, ya fallecido.

Como último dato, los restos mortales del general Villa fueron trasladados al Monumento a la Revolución el 20 de noviembre de 1976.

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Fuentes y bibliografía:

Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana (2023). Pancho Villa. Semblanza biográfica. Gobierno de México. https://inehrm.gob.mx/es/inehrm/villa

Katz, F. (2013). El asesinato de Pancho Villa. Alquimia, (47), 50–59. Recuperado a partir de https://revistas.inah.gob.mx/index.php/alquimia/article/view/1286

Mendoza, R. (21 de mayo de 2024). La verdadera historia detrás del asesinato de Pancho Villa. Revista Muy Interesante (Digital). https://www.muyinteresante.com.mx/historia/39138.html

Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (20 de julio de 2023). Seis datos interesantes sobre la muerte de Francisco Villa. A cien años de su trágico fallecimiento. Gobierno de México. https://www.gob.mx/siap/articulos/seis-datos-interesantes-sobre-la-muerte-de-francisco-villa

“Muero con honor, no como un traidor” (II)

Bicentenario de la muerte de don Agustín de Iturbide, Libertador y consumador de la independencia de México. Segunda y última parte

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Don Agustín de Iturbide y Arámburu (1783-1824) interpretado por Rubén Zamora Equert en el documental de Clío Héroes de Carne y Hueso. Iturbide: Sueño Imperial.

En la anterior entrada, además de un breve preludio, hablamos de cómo fue el retorno de Agustín de Iturbide a tierras mexicanas, de su desconocimiento del terrible decreto de proscripción que pesaba en su contra y de cómo, una vez habiéndose enterado, tuvo aún la buena fe de creer que el Congreso de Tamaulipas –formado por sus enemigos jurados– lo escucharía y tomaría en cuenta, si no sus méritos para con la Patria a la que dio libertad e independencia, sus auténticas razones para volver. Ya vimos que, contrario a lo que él creía, ni siquiera le permitieron contar con un abogado defensor. En efecto: le negaron lo que no se le veda ni al peor de los delincuentes. Los políticos que se habían hecho con el poder en México, y los masones, lo querían muerto, y así sería.

En el presente texto leeremos cómo concluyó aquel nefando proceder y cuáles fueron sus consecuencias para la posteridad.

Tanto terror y prisa tuvieron aquellos políticos, que llegaron al extremo de apenas conceder el mínimo de tiempo al reo para recibir los auxilios de la religión católica. Iturbide pidió poder escuchar Misa y comulgar, pero no se le permitió. Solicitó que viniese su confesor para absolverlo; tampoco en ello consintieron. Al final tuvo que confesarse con un sacerdote del mismo Congreso que lo condenó, José Antonio Gutiérrez de Lara. Quiso emitir su última voluntad; no le hicieron caso alguno, ni pudo exponerla.

Llama la atención un pormenor: originalmente, los verdugos del Congreso habían planteado que el género de muerte que sufriría Iturbide fuera la decapitación. Pero al final optaron por el fusilamiento. Hasta ahora se desconoce el motivo.

Ya cerca del instante supremo, Iturbide escribió una carta a su esposa, donde la llamó con afecto “santa mujer de mi alma”, le notificó su destino y le dejó su última voluntad y testamento:

La legislatura va a cometer en mi persona el crimen más injustificado: acaban de notificarme la sentencia de muerte por el decreto de proscripción; Dios sabe lo que hace y con resignación cristiana me someto a su sagrada voluntad. Dentro de pocos momentos habré dejado de existir […]”.

Para cuando ella leyó esos enunciados, éstos ya se habían cumplido.

[…] y quiero dejarte en estos renglones para ti y para mis hijos todos mis pensamientos, todos mis afectos. Cuando des a mis hijos el último adiós de su padre, les dirás que muero buscando el bien de mi adorada patria, y, huyendo del suelo que nos vio nacer, y donde nos unimos, busca una tierra no proscrita donde puedas educar a nuestros hijos en la religión que profesaron nuestros padres, que es la verdadera.

El señor Lara queda encargado de poner en manos de mi sobrino Ramón para que lo recibas, mi reloj y mi rosario, única herencia que constituye este sangriento recuerdo de tu infortunado. Agustín”.

Las últimas horas de Iturbide transcurrieron entre su preparación religiosa para el instante supremo de partir a la Eternidad y la escritura de la carta que citamos. Poco antes de las seis de la tarde de aquella funesta jornada, Agustín de Iturbide fue sacado a la plaza principal de Padilla. Antes de caminar hacia el sitio de su muerte, dijo a los soldados que lo matarían:

Litografía que recrea la muerte de Agustín de Iturbide. Dejando de lado que éste, a diferencia de como fue en realidad, no está atado ni tiene los ojos vendados, llama la atención la expresión en su rostro.

—A ver, muchachos, daré al mundo la última vista.

Y oteó por ocasión postrera aquella porción de la misma tierra a la que dio libertad e independencia, que pronto habría de ser regada con su sangre y que, más de un siglo después y hasta nuestros días, sería cubierta por las aguas de una presa destinada a borrar de la memoria hasta el sitio donde moriría, víctima de una legislación cruel e injusta.

A continuación preguntó cuál era el lugar del fusilamiento y con paso sereno camino hacia el muro que serviría como paredón.

Al principio quiso rehusarse a que lo ataran, pero cedió cuando le dijeron que era necesario. No se resistió. Incluso, aun contra su voluntad inicial, también aceptó que le vendaran los ojos –algunos relatos, incluyendo el de Olavarría y Ferrari, cuentan que él mismo lo hizo–.

Iturbide encargó que se repartieran entre los soldados las onzas de oro que llevaba en sus bolsillos. Luego, con voz serena y fuerte, “que se oyó en cada ángulo de la plaza”, como se narraría luego, pronunció su último discurso, su legado postrimero:

—Mexicanos: en el acto mismo de mi muerte os recomiendo el amor a la patria y observancia de nuestra santa religión; ella es quien os ha de conducir a la gloria. Muero por haber venido a ayudaros, y muero gustoso porque muero entre vosotros. Muero con honor, no como un traidor; no quedará a mis hijos y a su posteridad esta mancha; no soy traidor, no. Guardad subordinación y prestad obediencia vuestros jefes, que haciendo lo que ellos mandan es cumplir con Dios; no digo esto lleno de vanidad, porque estoy muy distante de tenerla.

Iturbide, ya vendado, en el momento de pronunciar sus últimas palabras. Fotograma del documental ya mencionado, mejorado por la autora.

Las negritas, por supuesto, son nuestras.

Entregó su reloj y su rosario para que el sacerdote Gutiérrez de Lara los remitiera a su esposa Ana María. Tal fue su única herencia material. El presbítero retiró la camándula de su cuello y sacó el reloj de su bolsillo. El reo ya no podía hacer uso de sus manos.

Luego, ya de hinojos, Agustín de Iturbide rezó el Credo. Por fin, justo antes de la descarga, perdonó a sus enemigos. A la voz de Gordiano del Castillo, jefe del pelotón, fueron cargados los fusiles y elevados hacia él, sonó la descarga, surgieron las balas y la pólvora… y saltó y fluyó la sangre de quien, hacía casi tres años, había independizado México sin derramar la de otros, a través de una brillante y meteórica actuación diplomática que dio como fruto el Plan de Las Tres Garantías, los Tratados de Córdoba, el ingreso victorioso del Ejército Trigarante a la que alguna vez fue capital de la Nueva España y, al día posterior, la anhelada Acta de Independencia.

Leamos cómo lo describió el padre Gutiérrez de Lara, testigo ocular crucial de tan trágica escena:

Vi su cuerpo despedazado en un momento por el trueno de las balas que recibió de frente puesto de rodillas. Vi correr su sangre, regando la tierra que antes había liberado” (citado en Martínez del Campo Rangel, 2010, p. 243).

Tal fue el resultado de aquel decreto ad terrorem.

Cadáver de Dn. Agustín de Iturbide, tirado en la plaza de Padilla. Fotograma del documental Héroes de Carne y Hueso. Iturbide: Sueño Imperial.

Una sensación de pesadumbre embargó a los presentes. El Libertador de México, consumador de nuestra independencia, con cuarenta años de edad, estaba muerto y yacía en un charco encarnado. Tres de las seis balas que le dispararon dieron en el blanco, específicamente en la parte izquierda de la frente –la que lo mató–, otra en el costado izquierdo, entre la tercera y cuarta costillas; y la tercera en el lado derecho del rostro, junto a la nariz.

Al cabo de unas horas de la ejecución, la gente del lugar recogió sus restos ensangrentados y lo amortajó con el hábito de San Francisco, trasladándolo a la humilde iglesia del lugar, dedicada a San Antonio de Padua y desprovista de techo, para velarlo durante la noche entera, a la luz de cuatro cirios. Entre su faja y su camisa fueron hallados unos papeles, manchados con el fluido vital: su Manifiesto, al que aludimos al comienzo de esta entrada.

Restos de la iglesia de San Antonio de Padua en Viejo Padilla, donde fue velado el cuerpo exánime de Agustín de Iturbide y donde tuvieron lugar su Misa exequial y su inhumación. Instantánea mejorada por la autora.

Al siguiente día se ofició la Misa exequial, a la que asistieron las personas del pueblo, los soldados del pelotón y –curiosas ironías de la vida– los diputados del Congreso que lo sentenció a un desenlace tan inicuo e inmerecido. El presbítero José Miguel de la Garza García, que había votado a favor de la pena capital, fue el celebrante. Felipe de la Garza costeó los gastos de las honras fúnebres.

El cadáver fue sepultado en el mismo templecito. Permaneció en ese apartado y oscuro sitio hasta que en 1838, bajo la presidencia del jiquilpense Anastasio Bustamante y Oseguera (1780-1853), sus restos fueron trasladados a la Ciudad de México y se inhumaron con honores en la capilla de San Felipe de Jesús en la Catedral Metropolitana, donde reposan hasta nuestros días.

Traslado de los restos mortales del Libertador de México a la Catedral Metropolitana, donde algún día se celebró el solemne Te Deum para dar gracias a Dios por la independencia, en septiembre de 1821.

En 1921, en pleno centenario de la consumación de la Independencia, los áureos caracteres que formaban el nombre de Iturbide fueron arrancados del Muro de Honor de la Cámara de Diputados, heredera de aquel Congreso que lo había condenado a la muerte, al oprobio y a la animadversión de la posteridad. En 1943, el presidente Manuel Ávila Camacho mandó mutilar el Himno Nacional para eliminar los versos que hablan del antiguo emperador, otrora héroe nacional, convertido en uno de los peores villanos de la Historia de México por la masonería. Hasta la fecha, con base en lo expresado en la ley vigente (Artículo 191 y Artículo 192 del Código Penal Federal), está prohibido cantar públicamente lo siguiente, que no es sino justicia histórica:

Tumba de don Agustín de Iturbide en la capilla dedicada al Protomártir Mexicano en la Catedral de la Ciudad de México. Fotografía de Excélsior.

Si a la lid contra hueste enemiga

nos convoca la trompa guerrera,

de Iturbide la sacra bandera

¡Mexicanos!, valientes seguid.

Y a los fieros bridones les sirvan

las vencidas hazañas de alfombra;

los laureles del triunfo den sombra

a la frente del bravo Adalid.

El potosino Francisco González Bocanegra sabía bien, mucho mejor que incontables conciudadanos de nuestro tiempo, que don Agustín fue autor de nuestra bandera tricolor y que, independientemente de sus errores y sombras –porque los tuvo, como todos los personajes históricos–, fue líder indiscutible de la Nación Mexicana en un momento álgido, y debemos estarle agradecidos por habernos dado patria, libertad, lábaro e independencia. El mismísimo Justo Sierra Méndez (1848-1912), pieza cardinal del Porfiriato y fundador de la actual Universidad Nacional Autónoma de México, netamente liberal, admitía que tanto durante su triunfo en 1821 como al ser designado –no autonombrado– emperador, “Iturbide aparecía más que nunca ante las multitudes como un guía y como un faro: era el orgullo nacional hecho carne”. Así lo dijo en su libro Evolución política del pueblo mexicano.

En 1970, Padilla –hoy Viejo Padilla– desapareció del mapa mexicano para abrir paso a la presa “Vicente Guerrero”. Bajos sus aguas quedó un antiguo monumento colocado en el lugar donde Iturbide fue fusilado, que indica tanto la fecha como la hora en que aconteció. El 17 de septiembre de 1971, por su parte, el entonces presidente Luis Echeverría Álvarez, mediante un decreto, ordenó al Congreso declarar a Guerrero como el verdadero y único consumador de la independencia de México. A Iturbide, de acuerdo con el documento del primer mandatario, ya no se le atribuiría jamás semejante hazaña. Así, por decreto, inveterada costumbre nacional. ¿No fue acaso otro el que, fungiendo al mismo tiempo como irrevocable sentencia ipso facto, segó la existencia terrenal del gran jefe del Ejército de las Tres Garantías?

Don Agustín de Iturbide, montado en soberbio corcel, sostiene la bandera tricolor. Cuadro pintado por el P. Gonzalo Carrasco Espinosa (1859-1936), pintor y jesuita mexiquense oriundo de Otumbo.

Hoy, a dos siglos de su alevoso e indigno asesinato, la bandera con los colores que él eligió para simbolizar la religión, la unión y la independencia no será izada a media asta en son luctuoso, como sí se hace con otros hombres destacados de la historiografía oficial que, a pesar de sus crímenes, sí merecen el calificativo de “héroes nacionales” y que se les venere con unción, lealtad y agradecimiento. El 27 de septiembre próximo, a semejanza de cada año, no habrá celebración para conmemorar la jornada que Carlos María de Bustamante, aunque fue enemigo de Iturbide, y que se empeñó en afirmar una y otra vez –como tantos– que éste volvió para recobrar el trono, llamó “el día más feliz de nuestra historia”, y con él incontables personas que compartieron ese sentir. Mucho menos –nada a lo que no estemos acostumbrados, desde luego– su nombre formará parte de la lista de próceres a los que se lanzan estentóreos y exaltados vivas.

Manifiesto al mundo de Agustín de Iturbide, escrito durante su destierro en Liorna, Italia, y que fue hallado luego de su muerte, manchado de sangre.

“¿Qué aberración tan monstruosa, sólo vista en Méjico [respetamos la grafía]” expresa don Alfonso Junco en su libro Un siglo de Méjico: De Hidalgo a Carranza (1946) “loar la libertad y maldecir al libertador, glorificar la obra y desdeñar al obrero, tomar el don y escarnecer al que lo da? […] Para honrar a Iturbide bastan dos cosas: saber historia y ser justiciero” (pp. 124-125). No fue ningún santo, pero ¿quién entre los que son considerados los grandes próceres y prohombres de nuestro país lo fue?

No obstante, a pesar de tanta ingratitud, la verdad siempre prevalece, y tarde o temprano saldrá a la luz con tal pujanza que ni las tergiversaciones ni la falsedad serán capaces de opacarla. Entre tanto, recordemos y profiramos aquellas bellas y acertadas palabras del poeta tepicense, Amado Nervo, dirigidas al Libertador:

Agustín I de México. Abajo, la rúbrica que usaba en sus documentos. Imagen del Archivo General de la Nación.

“¡Capitán inmortal, tu eco de guerra

en nuestros patrios montes aún retumba!

Para borrar tu huella de la tierra,

no basta, no, la losa de una tumba.

La muerte… ¿Qué es la muerte ante la gloria

que envuelve tu recuerdo en sus fulgores?

¿Quién borrará tu nombre de la Historia

sin borrar de tu enseña los colores?”

¡Viva Agustín de Iturbide!

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Bibliografía y material audiovisual:

Clío (2010). Héroes de Carne y Hueso. Iturbide: Sueño imperial. Partes I y II. https://www.youtube.com/watch?v=NcZ7TI5W8t0

Junco, A. (1946). Un siglo de Méjico: De Hidalgo a Carranza. México: Ediciones Botas.

Martínez del Campo Rangel, S. (2010). El juicio de Agustín de Iturbide. https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/6/2918/14.pdf

Olavarría y Ferrari, E. (1883). El cadalso de Padilla. (Memorias de un criollo) 1821-1824. Filomeno Mata. México: Colección Siglo XIX Mexicano.

“Muero con honor, no como un traidor” (I)

Bicentenario de la muerte de don Agustín de Iturbide, Libertador y consumador de la independencia de México. Primera parte

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Don Agustín de Iturbide y Arámburu (1783-1824), Padre de la Patria Mexicana, Libertador y primer emperador de nuestro país, pasado por las armas el 19 de julio de 1824. Al fondo, la bandera de las Tres Garantías, de su creación. Ilustración editada por la autora.

En una fecha como esta, hace ya doscientos años, en el ya desaparecido pueblo de Padilla, Tamaulipas, murió el Padre de la Patria Mexicana, don Agustín de Iturbide y Arámburu, oriundo de Valladolid, Nueva España. Pero no falleció de muerte natural, ni en heroico combate. No: fue deshonrosa e infamemente asesinado con una descarga de fusilería, con premura, al caer la tarde, mientras el ocaso arrebolado hacía eco a la tragedia. Un día como hoy, en palabras de Enrique de Olavarría y Ferrari –escritor, periodista, historiador y profesor español radicado en México–, en su libro El cadalso de Padilla, sucedió lo que sigue:

Cometido está el negro crimen, por el cual seremos llamados parricidas” (1883, p. 1990).

¡Y ni siquiera era mexicano! Ferrari pone tales vocablos en una carta ficticia firmada por un tal “compadre Escobedo”, en la que narra el triste fin de nuestro Libertador. Y añade, en la misma página:

Pintura que representa el momento en que el pelotón de fusilamiento consumó la sentencia en contra de Agustín de Iturbide.

¡Vergüenza me da decirlo, hemos vengado á España matando con traición y felonía al que supo independernos [sic] de ella!

Contrario a lo que se ha difundido por dos centurias, el otrora emperador no retornó a México para buscar recuperar el trono –al que él mismo abdicó–, sino para advertir a sus paisanos que España, con ayuda de la Santa Alianza, planeaba reconquistar México. Aunque ingenuo, y hasta un tanto imprudente e irreflexivo, Iturbide quiso poner al tanto de ello a la nueva República –llena de sus enemigos jurados, incluyendo a la masonería que ya lo controlaba todo– y prestar sus servicios y su espada a la Patria que él mismo había libertado. Pero ignoraba que había sido emitido, en abril del mismo 1824, un decreto antijurídico que, de un plumazo, lo convertía en traidor, fuera de la ley y enemigo público del Estado, y lo condenaba a muerte si volvía a poner una planta en territorio mexicano.

El Libertador de México arribó a Soto la Marina, en Tamaulipas, que entonces todavía se llamaba Nuevo Santander. Era el miércoles 14 de julio de 1824. Con él, en el barco “Spring”, venían su esposa Ana María Huarte Muñiz –encinta–, sus hijos pequeños, su sobrino José Ramón Malo, su confesor, el coronel polaco Carlos Beneski y unos cuantos servidores. ¿Dónde estaban las tropas con las que quería rehacerse con el poder?

Beneski desembarcó primero para sondear la situación y ver si Iturbide también podía bajar del navío. Al hacerlo, se encontró con Felipe de la Garza y Cisneros –con quien Iturbide fue magnánimo tiempo antes, perdonándole la vida después de un intento fallido de rebelión–, quien le preguntó por Iturbide. Lejos de informarle del decreto que pesaba contra él, al saberlo ya de regreso, de la Garza le envió una misiva externándole cuánto lo apreciaba y lo necesaria que era su presencia en el país. ¡Cuántas mentiras en un solo mensaje! La celada estaba tendida.

Mapa de Nuevo Santander, actual Tamaulipas, en el siglo XVIII. Pueden observarse tanto Soto La Marina, sitio del desembarco de Iturbide, como Padilla, donde murió fusilado. De Hstmx. Tomado de Wikipedia.

Iturbide, al leer la epístola, sintió confianza y decidió desembarcar sin reserva alguna. No tardó en ser reconocido por su forma de montar por el chihuahuense José Manuel Asúnsulo. Éste inmediatamente lo informó a Felipe de la Garza, quien le dio alcance el 16 de julio y le comunicó “su condición jurídica” a raíz del decreto de proscripción y que el sólo hecho de pisar tierras mexicanas bastaba para aplicarle la pena de muerte. Tal era, como se sobreentendía, la pena al delito de traición.

El Libertador de México, nuevamente, pecó de ingenuo y tuvo exceso de buena voluntad. Quizá pudo haber reembarcado, pero, pundonoroso como era, prefirió quedarse para cumplir con sus deberes hacia su patria. Aun a sabiendas de las intenciones del Congreso, pretendió explicar a las autoridades de Tamaulipas y a las mexicanas los motivos de su retorno. Traía consigo, inclusive, su Manifiesto al mundo, donde plasmó su visión de sí mismo y las obligaciones que él sentía para con el país que tanto amaba.

El 17 de julio, todo dio un giro de ciento ochenta grados. De súbito, sin más explicaciones, de la Garza le informó a Iturbide que de acuerdo con el decreto sería fusilado en tres horas. Pero no tardó en cambiar de opinión y suspendió la ejecución para llevarlo ante el Congreso de Tamaulipas, que sesionaba en el recóndito y desolado pueblo de Padilla, y que sus miembros determinaran cuál suerte habría de correr.

En el trayecto hacia Padilla, Iturbide y de la Garza departieron. El segundo llegó al extremo de ponderar las virtudes del primero, lo reconoció como generalísimo, le devolvió su espada y –no deja de extrañar, a pesar del tiempo que ha transcurrido– lo dejó al mando de la tropa. Dicha actitud, como cabía esperar, imbuyó renovada confianza a Iturbide y lo movió a creer que el Congreso lo recibiría para ser oído. Esto, aún más que lo que hemos descrito hasta el presente párrafo, patentiza la sinceridad y las verdaderas intenciones de un hombre que, conociendo un decreto de proscripción en su contra y sabiendo las intenciones de sus enemigos y lo cerca que se hallaba de una muerte injusta y violenta, decidió exponer su actuación con la confianza de ser escuchado.

Felipe de la Garza y Cisneros, quien llevó a Iturbide a Padilla. Retrato dibujado por Aguilar en 2019.

Pero los adversarios del prócer y Libertador de México, el gran héroe de Iguala, ya habían tomado su decisión de asesinarlo. El día 18, el Congreso de Tamaulipas se reunió por primera vez en sesión extraordinaria y dictaminó que se aplicara el decreto de proscripción, violando los derechos de cualquier reo para poder ser escuchado y defendido en juicio. Ya casi para llegar a la villa de Padilla, de la Garza regresó para decirle al ex emperador que era mejor que se presentara arrestado ante el Congreso, a lo que Iturbide consintió. Cabe mencionar que de la Garza ya conocía el criterio de los miembros de la Cámara. Resulta incomprensible saber a qué jugaba aquel oficial.

Agustín de Iturbide en el momento de ser apresado formalmente. Fotograma del documental Héroes de Carne y Hueso. Iturbide: Sueño Imperial, de Clío. Nuestro personaje fue interpretado por Rubén Zamora Equert. Imagen mejorada por la autora.

Los integrantes del Congreso efectuaron otras tres sesiones extraordinarias el día 19 de julio, martes. En ninguna de ellas se quiso oír a Agustín de Iturbide ni permitirle exponer, con toda verdad, que no existía fundamento jurídico, bases ni argumentos procedentes o justificados para declararlo traidor, y menos enemigo del Estado mexicano. Tampoco, lo que no se le niega al peor criminal, le permitieron defenderse ni contar con un abogado.

El Congreso, tanto el local como el de la Nación, sabía que Iturbide era amado y respetado por innumerables mexicanos, y tanto su personalidad como su enorme prestigio representaban una gravísima amenaza para sus intereses. El mismo Lorenzo de Zavala, masón y acérrimo adversario suyo, reconocía sin ambages que sus contrarios “temblaban en presencia suya” (citado en Junco, 1946, p. 118). También en su ausencia, como vimos ya.

Y aún peor: aunque no un santo impoluto ni varón purísimo, era católico y no pertenecía a la masonería. ¿Cómo lo iban a escuchar? Nadie que no fuese hijo de la viuda –expresión para designar a los masones– tendría cabida en el poder de México que ellos representaban, y ¿por qué no?, en el México mismo. No: habrían de quitarle la vida “por traidor a su patria” y, aun mejor, propagar tal baldón por generaciones.

Sede del Congreso en Padilla, donde Iturbide fue «juzgado» y condenado a muerte el 19 de julio de 1824.

La única salida, la que ellos siempre vieron viable, fue ultimarlo. Los congresistas de Padilla decretaron ejecutarlo ese mismo día, 19 de julio:

Reunidos los S.S. diputados en el salón de sesiones, para dar cumplidamente de lleno, al espíritu de la ley de proscripción contra el ex-emperador Don Agustín de Iturbide, por traidor a su patria, se decreta, sin comisión, la pena de muerte. Que se haga efectiva esta suprema ley, dentro de tres horas. Padilla en la Plaza Principal. Dios y Constitución” (Zorrilla, 1969, citado en Martínez del Campo Rangel, 2010, p. 254).

Todo estaba dispuesto para matar al Libertador de México. El resto de la historia, así como sus efectos para la posteridad, podrán leerse en la próxima entrada.

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Bibliografía y material audiovisual:

Clío (2010). Héroes de Carne y Hueso. Iturbide: Sueño imperial. Partes I y II. https://www.youtube.com/watch?v=NcZ7TI5W8t0

Martínez del Campo Rangel, S. (2010). El juicio de Agustín de Iturbide. https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/6/2918/14.pdf

Olavarría y Ferrari, E. (1883). El cadalso de Padilla. (Memorias de un criollo) 1821-1824. Filomeno Mata. México: Colección Siglo XIX Mexicano.

Murió Juárez…

Muere el Benemérito de las Américas…… Hoy 18 de julio fallece Pablo Benito Juárez García a la edad de 66 años, catorce años llevaba ya como presidente. Don Benito en 1871 no daba traza de querer dejar la presidencia, no sé si doña Margarita su esposa le haya sugerido que descansara ya, Juárez desechaba esas sugerencias, creyéndolas interesadas, don Benito debe haber repetido aquello de: Los consejos no pedidos los dan los entrometidos…

El 26 de junio de 1871 se efectuó la elección para presidente de la república, para el periodo 1871-1875, tres candidatos había, Juárez, Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz. Pues bien Juárez jamás estuvo dispuesto a dejar la presidencia por nada. La tensión entre Juárez y Díaz, culmino en la elección presidencial de 1871, cuando Juárez uso fondos del gobierno y se valió de toda suerte de artimañas para conseguir la reelección. Don Porfirio se lanzó a la guerra con el Plan de Tuxtepec para terminar con el gobierno dictatorial de Juárez. Don Benito afronto con mucha tranquilidad la rebelión de Díaz, las torpezas que cometió don Porfirio obligaron a este salir del país, sin embargo, en el Norte la sublevación había cundido.

El 17 de julio de 1872, don Benito despacho como de costumbre los asuntos de su cargo, dicto una carta a su secretario, no podía imaginar mientras dictaba que la firma que pondría a esa carta sería la última que estamparía en su correspondencia. Decía: Esperamos de un momento a otro la ocupación de Monterrey por las fuerzas unidas de los generales Sostenes Rocha, Ceballos y Revueltas… Y en efecto esa misma noche Monterrey fue abandonada por los del Plan de Tuxtepec, había sido tomada por los juaristas.

Don Benito impasible como una esfinge, desde las 7 de la mañana del 17 de julio, había sentido síntomas iniciales del mal que lo llevo a la tumba, que posteriormente seria descrito por los médicos como una neurosis crónica del gran simpático. Aunque para algunos historiadores contemporáneos, a don Benito fue envenenado con una hierba llamada la ventiunilla, dada en una fiesta por la Carambada mujer enemiga de Juárez. don Darío Balandrano director del diario oficial, cuenta que estaba leyendo en voz alta la nota de un periódico cuando de pronto don Benito se levantó del asiento y se llevó las manos al cerebro haciendo un gesto de dolor. El resto de la jornada trascurrió normalmente.

Al despertar a las 6 de la mañana del 18 de julio de 1872, don Benito se sintió muy mal, tanto que por primera vez en muchos años no pudo levantarse para ir a su trabajo, doña Margarita había fallecido un año y medio antes el 2 de enero de 1871, don Benito a los doctores les dio la orden; a nadie debían decir que estaba en cama. Paso toda la mañana con un dolor cordial, a las 7 de la tarde los malestares se hicieron más intensos, el doctor Alvarado médico de la familia dijo a la familia, el señor presidente está muy grave, por disposición de Alvarado fueron llamados los doctores Rafael Lucio y Gabino Barreda, uno de ellos sugirió un tratamiento que consistía en derramar agua hirviendo sobre el pecho del enfermo a fin de reanimarle el corazón, se procedió a realizar tremenda cura, que causo intensísimo dolor a Juárez. A las 10 de la noche Juárez agravo, los médicos decidieron aplicarle inyecciones de morfina en el lado izquierdo del pecho. A las 11:25 de la noche de aquel 18 de julio de 1872, se recostó sobre su lado izquierdo y puso la cabeza en su mano sobre la almohada. Cerró los ojos, a las 11:30, se agito un momento y un estertor salió de su garganta. Luego su cuerpo pareció aflojarse, el doctor Alvarado se acercó y le tomo la mano, luego, sin levantar el rostro, pronuncio una sola palabra; Acabo…

Esa misma noche se acordó llevar el cadáver del presidente a un salón del Palacio Nacional, antes sin embargo, los doctores Alvarado, Barreda y Lucio, procedieron a embalsamar el cadáver. Don Benito fue sepultado hasta el 23 de julio, en el túmulo mortuorio del difunto no aparecieron símbolos religiosos, si no los de la orden de la masonería. Fue sepultado en el templo – panteón San Fernando, a los dignatarios de la iglesia les habría gustado seguramente impedir el entierro del presidente, en sagrado, pues Juárez fue enconado enemigo del clero y, además murió impenitente. Ya no podían los clericós, sin embargo, hacer tal cosa, pues las Leyes de Reforma habían convertido en civiles los cementerios religiosos….

FUENTE: Conoce México a través de su historia (página de facebook)

Las calamidades del año del hambre

Mtro. Manuel Flores Jiménez * Cronista de Jocotepec, Jalisco.

El año del hambre

Veinte años después de fundada la parroquia de Jocotepec, si bien es pertinente recordar que fue el 15 de julio de 1765, una serie de trastornos climáticos ocasionaron en una buena parte del virreinato de la Nueva España, graves problemas en el abastecimiento de alimentos que desencadenaron enormes necesidades en la alimentación en gran parte de la población, por la escasez de productos básicos del campo, principalmente semillas como el maíz y el frijol.

Lo anterior, debido a la crisis ocurrida en los años de 1785 y 1786, donde los historiadores señalan que las causas se debieron a la pérdida de las cosechas, por las heladas y sequías que diezmaron una considerable parte del territorio virreinal provocando la muerte de muchas personas, debido a la falta de alimentos.

El párroco que sucedió en el cargo al primer cura de Jocotepec (Francisco Roca), José Manuel de Santa Cruz y Romerillo, mismo que hizo los arreglos con el terrateniente de Huejotitán, Guadalupe Buenaventura Villaseñor, para el cambio temporal de la parroquia de Ajijic a Jocotepec, le tocó vivir el flagelo de esta calamidad donde perdieron la vida un considerable número de feligreses de esta demarcación religiosa. Hacia el 9 de febrero de 1787, el encargado de la parroquia era José Antonio Martínez Martaraña.

Gran parte de los habitantes de los pueblos de la región, principalmente indígenas, mulatos y de otras castas desprotegidas, fueron los que sufrieron más esa escasez desmedida en la provisión de los granos requeridos para la dieta de sus familias. Aunado a lo anterior, el azote de las epidemias que diezmaron la población durante los siglos XVII Y XVIII, postraron a los habitantes en la desesperación por la coincidencia de tantos males que se conjugaron.

Los únicos hospitales de indios en Jocotepec, que se sabe de su existencia en aquella época eran los del Santo Cristo de la Expiración, (cuyas constituciones fundacionales se establecieron en 1721) y el de la Limpia Concepción, al igual de este último en los pueblos de San Antonio Tlayacapan, Ajijic, San Juan Cosalá, San Cristóbal Tzapotitlan y San Luis Soyatlán. Todos esos hospitales eran sostenidos por los miembros de las cofradías de naturales que poseían ganado mayor y menor, así como tierras para el cultivo. De esa manera realizaban el sostenimiento de sus modestos hospitales.

La historiadora América Molina del Villar (Remedios contra la enfermedad y el hambre, Historia de la vida cotidiana en México, tomo III. FCE/CM) señala que: Debido al hambre muchos indios abandonaron sus pueblos para “mendigar sustento” en la ciudad de México. Una infeliz mujer de Texcoco llegó a la capital con su hijo muerto en los brazos, debido a que por el hambre “se le había secado la leche y de su falta había perecido su hijo”.

En el bando expedido por el virrey el conde de Gálvez, que la autora anterior también cita, se dice que “Con fecha de 23 de abril me participa el alcalde de Apan, que llega a tal extremo la infelicidad y desdicha de los pobres indios empleados en la labor de las haciendas de aquel distrito que cuando al mediodía dejan el trabajo y deberían tomar algún sustento, unos se sientan a descansar, sin tener que llevar a la boca, y otros a quienes estrecha más la necesidad, se van por el campo a buscar yerbas silvestres, para mitigar con ellas el hambre. ¡Ah qué corazón no enternecerá semejante grado de calamidad y miseria”.

De por sí, la parroquia de Jocotepec, que abarcaba todos los pueblos desde San Antonio Tlayacapan hasta San Luis Soyatlán, incluyendo las haciendas de Huejotitán, Potrerillos y San Martín, en los escritos que sus autoridades religiosas comunicaban a los Obispos de Guadalajara, reiteraban con bastante frecuencia de la marcada pobreza que prevalecía en las familias. Asociado a lo anterior, las condiciones mencionadas acrecentaron los problemas que los habitantes vivieron en los años de 1785 y 1786.

América Molina del Villar señala en el documento mencionado que: “Las heladas y la falta de granos habían deteriorado la salud y condiciones de vida de gran parte de los habitantes. La desnutrición, la ingestión de alimentos en descomposición y el hacinamiento propiciaron la aparición de brotes epidémicos. Por ejemplo, en Guadalajara los desnutridos pobres fueron víctima de una terrible enfermedad llamada la bola que provocó la muerte de más de 50 mil personas”.

La historia nos muestra que la humanidad ha transitado por etapas preocupantes de diversa índole en que las epidemias, las condiciones climáticas adversas, el atraso y poca atención médica, la sobreexplotación de los recurso naturales, el saqueo desmedido del agua de los mantos y la contaminación, entre tantos problemas y por mencionar sólo algunos, son factores determinantes que sufren todos los sujetos de las sociedades de todas las culturas, y que ocasionan gravísimos trastornos en un desarrollo responsable y sustentable. Tarea que es de todos.

Las calamidades que vivieron los habitantes de aquellas épocas llamadas el año del hambre, nos recuerdan las ideas del “progreso improductivo”, descrito por el escritor Gabriel Zaid, al ejercer una crítica certera sobre el manejo inconsciente de todos los recursos que tienen bajo sus responsabilidades, tanto autoridades como ciudadanos. Son más los males que ocasiona el llamado progreso porque no se planea para un beneficio colectivo, sino porque la lógica de la empresa es y será siempre el beneficio de unos cuantos, sin importar las consecuencias de las mayorías.

Los versos del poeta Miguel Hernández, en su poema “El hambre”, nos llevan a la reflexión: “Tened presente el hambre, recordad su pasado/ turbio de capataces que pagaban/ en plomo, /Aquel jornal al precio de la sangre cobrado,/ con yugos en el alma,/ con golpes en el lomo (…) / Nosotros no podemos ser ellos,/ los de enfrente,/ los que entienden la vida por un botín sangriento:/ como los tiburones, voracidad y diente, panteras deseosas de un mundo/ siempre hambriento”.

Creo necesaria y urgente la lectura de la encíclica “Laudato si”, del pontífice Francisco, que muestra una realidad tan preocupante sobre nuestra Casa Común, que es la que habitamos todos y que es de todos. Una mirada hacia el respeto que tienen a la naturaleza otras culturas originarias nos será más conscientes de esa latente problemática que va en aumento exponencial.

Todos los derechos reservados de Autor, México 2024. Manuel Flores Jimenez.

La historia de La Sábila, La Virgen y su templo.

Francisco Gabriel Montes Ayala

Hace algunos días en los principios del mes de julio, fuimos con Roberto Buernostro, a visitar La Sábila, comunidad del municipio de Venustiano Carranza, con el fin de tomar videos y fotos del templo, de la Virgen de Guadalupe, antigua advocación de la Virgen de la Carámicua y del pueblo en general.

El templo es impresionante, dada la geografía del lugar, en lo alto de un cerro pedregoso; obra inició el 7 de octubre del año 2003, casi tres de que había llegado el señor Cura Sergio Sánchez Mora, sahuayense que se puso como reto la construcción de este templo, dado que, la capilla antigua databa de los años cincuenta, en el tiempo en que estuvo como párroco don Francisco Esquivel.

El reto para Crónicas de la Ciénega es fijar la historia del pueblo, aunque yo había hecho ya un intento en el libro que hiciera por allá en los años noventa de San Pedro Caro, no es suficiente, falta sin duda alguna mucho de lo que puede escribirse del pueblo y la Virgen.

Hoy estamos afinando detalles con el equipo de Crónicas de la Ciénega para dar una historia más o menos bien armada ( aunque en la historia nada es totalmente finiquitado) y darle fuerza aquellos escritos que me pidiera el señor cura Roberto Torres sobre la historia de la Virgen y los antecedentes escritos antes por un servidor.

Esperemos que pronto estemos listos para darle a La Sábila y la región algo de la historia de templo, la virgen y la población, porque esta imagen es de todos los habitantes de la región que la han echo suya con su devoción.

Falta por escribir la historia completa. Crónicas de la Ciénega

©Todos los derechos reservados de Autor. México 2024.

Victoria electoral de Plutarco Elías Calles y la persecución religiosa en México

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Plutarco Elías Calles, sucesor de Álvaro Obregón. Imagen mejorada por la autora.

Un 6 de julio de 1924, hace ya un siglo, el general sonorense Plutarco Elías Calles obtuvo el 84% de los votos en la contienda electoral de aquel año, derrotando con ello al general Ángel Camacho Flores (1883-1926), candidato de la Liga Política Nacional, el Partido Nacional de México, la Unión Nacional Progresista y el Partido Obrero Evolucionista, y a Nicolás Zúñiga y Miranda, candidato independiente. Abajo se pueden apreciar sendas fotografías de ambos. El militar originario de Guaymas, por su parte, tomaría posesión de la presidencia de México el 1 de diciembre del mismo año, según la costumbre.

Dos cosas eran sabidas por los mexicanos a ciencia cierta. La primera, que los comicios –nada raro en la política mexicana, y menos en los tiempos de Juárez, Lerdo de Tejada y, obviamente los de don Porfirio Díaz Mori– habían sido una auténtica burla, ya que Calles, hasta el momento incondicional y compañero de lucha de Álvaro Obregón Salido, su coterráneo, había sido impuesto por éste como su sucesor. La segunda, que el flamante presidente electo era anticlerical y anticatólico a ultranza, mucho más que sus antecesores.

Es importante mencionar que no aguardó a 1926, año en el que se promulgó la ominosa y tristemente famosa ley que lleva su apellido, para emprender su vehemente campaña en contra de la Iglesia, del clero mexicano y de los feligreses. Ya desde su campaña, el 11 de mayo de 1924, en el teatro Ocampo de Morelia, en la capital michoacana, expresó:

Los generales sonorenses Álvaro Obregón Salido (1880-1928) y Plutarco Elías Calles (1877-1945).

“Dicen mis enemigos que soy enemigo de las religiones y de los cultos, y que no respeto las creencias religiosas. Yo soy un liberal de espíritu amplio, que dentro de mi cerebro me explico todas las creencias y las justifico, porque las considero buenas por el programa moral que encierran. Yo soy enemigo de la casta sacerdotal, del cura intrigante, del cura explotador, del cura que pretende tener sumido a nuestro pueblo en la ignorancia, a merced del explotador, del trabajador. Yo declaro que respeto todas las religiones y todas las creencias, mientras los ministros de culto no se mezclen en nuestras contiendas políticas con desprecio a nuestras leyes, ni sirvan de instrumento a los poderosos para explotar a los desvalidos” (Meyer, 1988, p. 143).

El 21 de febrero de 1925, con apoyo de Luis N. Morones, presidente de la Confederación Regional Obrera Mexicana –la CROM–,  fomentó una tentativa cismática frustrada. Para ello, facilitó el templo de Nuestra Señora de la Soledad, en la capital, y utilizó elementos de la policía y el ejército para desalojar el recinto y echar de allí a los católicos que querían seguir siendo fieles al Papa Pío XI y no ser parte de la nueva «Iglesia Católica Apostólica Mexicana», como le llamaron a su farsa. Sin embargo, los fieles que concurrían a aquella iglesia, al igual que la mayoría del pueblo católico de México, no aceptaron aquello. A la postre se entabló una reyerta entre ellos y los agentes policiales –preludio de otros motines en agosto de 1926, al cabo de unos días de la suspensión de cultos decretada por el Episcopado para toda la República–, y el inmueble fue cerrado. Pero el régimen callista no cejó en su intento, y concedió a los cismáticos otra iglesia, la de Corpus Christi, también en la Ciudad de México.

Toma de protesta de Plutarco Elías Calles como presidente de México. Mediateca del INAH. Imagen ampliada por la autora.

El año de 1926, como ya se conoce, fue punto y aparte. Entonces sí la persecución religiosa alcanzó su punto más álgido. Era más que palmario que uno de los proyectos cardinales de su gobierno consistiría, de concretarse, en erradicar el catolicismo en México, como ya lo habían intentado hacer los jacobinos franceses durante la Revolución de 1789 y, por supuesto, en el Terror. Fue lo que afirmaron, no sin fundamento, sus contemporáneos. Citemos un ejemplo: José Manríquez y Zarate, obispo de Huejutla, en su sexta carta pastoral, del 6 de marzo de 1926:

“La intención [del gobierno] es acabar, de una vez y para siempre, con la religión católica en México… El jacobinismo mexicano ha decretado dar muerte a la Iglesia Católica en nuestro país, arrancar de cuajo, si posible fuera, de la sociedad mexicana, toda idea católica… El tirano odia a Jesucristo: de ello se ufana… Quiere raer del suelo mexicano el nombre de Cristo” (Marín Negueruela, 1928, p. 265).

En febrero, Calles ordenó la clausura de templos y la expulsión de sacerdotes extranjeros. Los seminarios comenzaron a ser clausurados y los estudiantes arrojados a la calle. En las distintas entidades de la Nación, las autoridades siguieron el ejemplo del primer mandatario.

Por fin, unos meses más tarde, el 14 de junio, vendría el golpe persecutorio definitivo: la ley número 115, consistente en reformas al Código Penal, con la finalidad de establecer las infracciones “en materia religiosa” y sus respectivas sanciones. La “Ley Calles”, como se le llamó desde entonces, constaba de treinta y tres artículos, habría de entrar en vigor el 31 de julio y fue publicada en el Diario Oficial el 2 de julio.

El resto de la historia, como es evidente, es material de otra entrada –o de muchas más, mejor dicho–.

Fuentes:

Marín Negueruela, N. (1928). La verdad sobre México. Barcelona.

Meyer, J. (1988). La Cristiada. Tomo II. México: Siglo XXI Editores.

El palmeño que disparó contra Madero

Historia de Francisco Cárdenas Sucilla, autor material del asesinato del presidente coahuilense

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Algunas biografías indican que su apellido materno era “Saucilla”. De cualquier forma, independientemente de la grafía, nuestro personaje era oriundo de la localidad de La Palma de Jesús, perteneciente al municipio de Sahuayo, Michoacán, donde vino al mundo el 22 de noviembre de 1878, casi dos años después del ascenso al poder –a mediados de 1877, de forma constitucional– de Don Porfirio Díaz Mori. Fue hijo de Melitón Cárdenas y San Juana Sucilla.

José Francisco Cecilio Cárdenas Sucilla, el asesino de Francisco I. Madero. Edición y mejora por la autora.

Fue bautizado como José Francisco Cecilio, el tercer nombre en honor de la Santa patrona de los músicos, pues nació el día de su festividad. Sus progenitores siguieron, así, la costumbre de la época de imponerle el nombre que “le tocara” de acuerdo con el santoral. El Sacramento le fue impartido en la Parroquia de Santo Santiago Apóstol el 24 de noviembre del mismo año, apenas dos jornadas después de nacer, por el padre don Macario Saavedra –el mismo que, como párroco, emprendería la edificación del templo–, que a la sazón prestaba sus servicios ministeriales como cura interino.

Así consta en su fe de Bautismo, que al calce dice lo siguiente –hemos respetado la grafía original–:

Al margen izquierdo: J. Fran.co Cecilio / de La Palma

Dentro: En el pueblo de Sahu.o á veinticuatro de Nobre. de mil ochocientos setenta y ocho, yo el / Presb.o Macario Saavedra, Cura interino, bauticé solemnem.te á J. Fran.co Cecilio de dos / dias de nacido en La Palma, h. l. de Meliton Cardenas y de San Juana Sucilla, fueron / sus padrinos Manuel Zapien y Ma. de Jesus Buenrrostro […] de alli mismo, aquienes / adverti su obligacion y parentesco.

Macario Saavedra [Rúbrica]

Fe de Bautismo de Francisco Cárdenas, firmada por el P. Macario Saavedra. Recuadros colocados por la autora.

Su infancia transcurrió en el seno familiar. A los diecisiete años se marchó a la capital mexicana, y a los veinte partió rumbo a Apan, donde se unió a la milicia federal. Como miembro de esta institución, a menudo recibía reconvenciones a causa de su comportamiento despótico y sus continuos abusos de autoridad.

Edgar Sáenz López describe así su actuación como policía rural:

Era una persona que abusaba del poder, que tomaba en exceso, en muchas ocasiones, lejos de cuidar el orden, lo transgredía. Notas periodísticas consultadas consignaban que él había atrapado bandidos, cuando en realidad, con su gavilla, eran quienes asaltaban en los caminos (citado por la Secretaría de Cultura, 2022).

Con todo, fue ascendido al rango de sargento y al poco tiempo al de mayor. Mientras desempeñaba este último cargo recibió la encomienda de custodiar a Ignacio de la Torre y Mier, yerno de don Porfirio Díaz Mori, y a su finca. Por aquellos tiempos, también como mayor y hasta 1913, fungió como líder de los rurales federales.

Para 1910, año en que el Porfiriato se desmoronó y derrumbó de forma definitiva, en su nota de servicios aparece que asesinó a Santana Rodríguez, un forajido magonista. Al año siguiente, Cárdenas se distinguió por ser un inconmovible opositor del gobierno de Madero. En la Ciudad de México, fiel a sus convicciones porfiristas y antimaderistas, protegió a los que no querían al nuevo mandatario, oriundo de Parras –porque, hay que decirlo, el tocayo de nuestro biografiado no fue amado por todos en México, y menos después de que ascendió a la presidencia–. En 1912, combatió incansablemente al michoacano Benito Canales, de los hombres de Pascual Orozco Vázquez.

Retrato de medio cuerpo de Francisco Cárdenas. Fotografía mejorada por la autora.

Por fin, en 1913, el gobierno de Madero se vino abajo. Al estallar la Decena Trágica, fue llamado a la capital. El sábado 22 de febrero, Francisco Cárdenas recibió del general Aureliano Blanquet, un porfirista vehemente, la orden de liquidar a Francisco I. Madero y al vicepresidente José María Pino Suárez. Felipe de Jesús Ángeles Ramírez, célebre general, también estaba incluido en la comisión. A la postre, según relata Alfonso Taracena en su biografía de Madero, Huerta decidió que Ángeles no compartiera la suerte de los otros dos prisioneros.

Junto con Rafael Pimienta, teniente de rurales federales, simuló un asalto a los sendos automóviles en los que transportaban a ambos políticos con dirección al Palacio de Lecumberri. Ya habían sido forzados a firmar sus renuncias. Cuando el momento les fue propicio, los verdugos los hicieron descender del vehículo. El primero fue Madero, a quien Cárdenas mandó entrar a Lecumberri por la puerta trasera. Madero replicó que no existía tal.

Cárdenas reiteró la orden de manera perentoria y soez y lo forzó a bajar. Al obedecer el presidente, el rural palmeño blandió su pistola y le descargó dos tiros en la cabeza. A continuación, con la misma brutalidad, Pino Suárez cayó bajo las balas de Pimienta.

Pintura que representa el levantamiento de los cadáveres de Madero y Pino Suárez, sólo para ser colocados en el sitio donde se les halló en la mañana y, así, hacer coincidir la escena con la versión oficial.

La autopsia de Madero reveló cuán bien había hecho Cárdenas su cruenta labor: «la [primera] bala interesó todos los órganos correspondientes de la región, fracturó la escama del hueso occipital y base del cráneo». La segunda bala «recorrió una trayectoria paralela».

Tras el doble asesinato y luego de que Victoriano Huerta se sentó en la silla del águila, Cárdenas y Pimienta obtuvieron alta jerarquía militar dentro de los cuerpos de guardias rurales federales. Eso sin olvidar que cada uno recibió la generosa suma de 18 mil pesos en plata. Pero el resto de la gente los vio como un par de mercenarios, viles sayones y homicidas. Para nadie era desconocida la felonía cometida.

Primera plana de El Imparcial, fechada el domingo 23 de febrero de 1913, en la que se dio a conocer la versión oficialista del asesinato de Madero y Pino Suárez. Edición y resaltados por la autora. Nótese que también aparece el nombre de Francisco Cárdenas.

En el caso de Francisco Cárdenas, los adeptos a la Revolución en Michoacán, en este caso comandados por Adolfo Trujillo, incendiaron y saquearon su vivienda en La Palma. Cuando fue ascendido a general de división, quiso visitar al gobernador de Michoacán, el doctor Miguel Silva Macías (1857-1916), que se había unido a los constitucionalistas y de hecho fue precursor de la lucha maderista en la entidad. Pero el encuentro no fue, ni remotamente, favorable para Cárdenas. Silva le escupió a la cara cuando lo tuvo enfrente, espetándole a voz en cuello:

—¡Fuera de aquí, asesino!

De nada servirían sus nombramientos encumbrados: tal baldón lo acompañaría por siempre. Sin embargo, a él no parecía importarle en lo más mínimo.

Francisco Montes Ayala relata que, como comandante del 7° Cuerpo de Rurales en Tacámbaro, en abril de 1913, Cárdenas defendió infructuosamente este lugar en contra de los alzados Gertrudis Sánchez, José Rentería Luviano y Joaquín Amaro, que se apoderaron de la plaza.​ En Jiquilpan de Juárez, donde operaba el general Guillermo García Aragón, amigo de Emiliano Zapata, los elementos rurales bajo el mando de Cárdenas repelieron al lugarteniente de Luviano, Pedro Lemus, a la par que ocuparon las oficinas de la imprenta «La Económica», examinaron los impresos e incineraron el archivo. En el mes de julio, logró vencer por sorpresa a Rentería en Guaracha –municipio de Villamar–, y ordenó el fusilamiento del coronel ingeniero Roberto Alvírez, miembro de una conocida familia moreliana.

A finales de 1914, una vez vencido el gobierno de Huerta y firmados los Tratados de Teoloyucan, Francisco Cárdenas huyó a Guatemala. Pasó a radicar en Ayutla, municipio del departamento de San Marcos, cuya cabecera es Ciudad Tecún Umán. Tuvo amoríos con la señora Fonseca de Garavito, y en 1920 fue acusado y arrestado por haber sido el autor intelectual e instigador de la tentativa de homicidio de su esposo, Abraham Garavito, efectuado por Herlindo García.

Templo de Ayutla Tecún Umán, San Marcos, Guatemala, donde Cárdenas fijó su residencia después de huir de México.

Aquel mismo año, en nuestro país, triunfó el Plan de Agua Prieta. Muerto Venustiano Carranza, Adolfo de la Huerta tomó el mando de modo interino. Se reabrió el caso de los asesinatos de Madero y Pino Suárez, y se llegó al punto de solicitar la extradición de Cárdenas. En Guatemala, por su parte, las amistades de nuestro personaje lograron convencer a un juez para que le otorgase la libertad, arguyendo que las lesiones de Garavito no eran graves y, como solía proceder Cárdenas, con un cohecho de cinco mil pesos. El reo de La Palma esconderse en la municipalidad de Las Vacas, pero fue capturado por el teniente José Macario Pérez. Era el 29 de noviembre de 1920.

En el camino a la ciudad de Guatemala, a la que fue conducido por los elementos policiales, Cárdenas intentó recurrir a su modus operandi y sobornarlos en varias ocasiones, pero no consiguió su propósito. Durante uno de los descansos,, aprovechó para sacar una pistola Galand 32 que llevaba escondida en su bota. Sin demora, avezado a tales procedimientos, disparó al soldado federal Julián Cázares, malhiriéndolo. La tropa que lo custodiaba ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar: antes de que pudiesen hacerlo, Francisco Cárdenas dirigió el cañón de su arma hacia su boca y jaló el gatillo.

Así, con el suicidio, llegaron a su desenlace los días de aquel funesto y truculento personaje.

Fuentes:

Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (2007).  Las campañas de Joaquín Amaro. Biblioteca Jurídica Virtual del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/7/3442/39.pdf

Montes Ayala, F. G. (1993). Raúl Oseguera Pérez, ed. Francisco Cárdenas. Un hombre que cambió la historia. Sahuayo: Impresos ABC.

Pacheco M., B. (19 de junio de 2022). ¿Quién mató a Madero? Crítica. https://www.critica.com.mx/vernoticias.php?artid=97975

Secretaría de Cultura (6 de mayo de 2022). Presentan libro sobre la vida de Francisco Cárdenas, el asesino de Madero. Instituto Nacional de Antropología e Historia. https://www.gob.mx/cultura/prensa/presentan-libro-sobre-la-vida-de-francisco-cardenas-el-asesino-de-madero?idiom=es

Taracena, A. (1998). Francisco I. Madero. Biografía. México: Porrúa.

Los cañones de Salina Cruz, que desafiaron al ejército de EUA

Super Cañón

Estados Unidos consideraba vital para su desarrollo nacional la contruccion de un canal interoceanico, que permitiese conectar los puertos de sus dos costas, y estaban dispuestos a lo que fuese con tal de conseguirlo, como despues lo demostro la Historia, cuando destruyeron la integridad territorial de Colombia y de plano crearon una colonia norteamericana llamada Panama.
Pero Panama no era el lugar ideal, la zona de Tehuantepec-Coatzacoalcos era mucho mejor, mas plana, mas cerca, requeriria menos trabajo y les permitiria a los buques una singladura mucho mas pequeña, los norteamericanos intentaron por todos los medios de hacerse de la zona. Fue durante el gobierno de Porfirio Diaz que comenzaron las negociaciones, los norteamericanos le ofrecieron primero la compra de los estados de Oaxaca, Veracruz y Tabasco; la cual rechazo, despues de todo el Dictador habia peleado en todas las guerras de Mexico contra los extranjeros y conocia muy bien las intenciones de estos.

Cuando no se pudo por esos medios, se intentaron otros, ciudadanos norteamericanos empezaron a comprar tierras en la costa del pacifico, pero eran prestanombres del Filibustero Walker, que estaba organizando un gran grupo armado, con el cual declararia la «independencia» de los territorios comprados para despues venderselos a su gobierno por un precio mucho mayor. Pero el gobierno ya tenia experiencia con esto, lo mismo habioan intentado hacer en Baja California, Sonora y asi se habia perdido Texas, por lo que se hizo una nueva ley que prohibia a los extranjeros comprar tierras en lugares estrategicos del pais.

Cuando todas las triquiñuelas fallaron, intentaron la ultima, una ocupacion militar de Salina Cruz, para ello enviaron el Escuadron del Pacifico, compuesto por un acorazado, varios cruceros y algunos destructores, junto a varios transportes de tropas.

El gobierno de Mexico no se habia quedado cruzado de brazos, habia reforzado la defensa de Salina Cruz, enviado tropas del entonces moderno Ejercito Federal, con oficiales superiores bien probados en los combates de la Guerra contra los franceses, pero lo mas importante, habia hecho un gran esfuerzo en crear una eficiente Defensa Costera, el gran ingeniero Mondragon, quizas el mas grande armero en la Historia de Mexico, fue comisionado para crear las piezas de artilleria mas grandes que jamas se hubiesen hecho en el pais. Y es ahi donde comienza la parte misteriosa y no escrita, los cañones fueron construidos, no se sabe si en Mexico o solo el diseño se hizo aqui y se encargaron en el extranjero, como los posteriores Saint Chaumond-Mondragon, no hay informacion precisa de que calibre y peso eran los cañones, ni tampoco de donde se emplazaron, ni de su destino.

Existe una narracion oral del combate, segun ella, los norteamericanos no creian que hubiese una defensa eficiente, asi que pusieron proa al puerto, el acorazado entro dentro del rango de la artilleria costera mexicana, que hizo un primer disparo de advertencia, los norteamericanos vieron con estupor que cayo justo enfrente del buque en la cabeza de la formacion, pero aun si siguieron, creyeron que era un tiro de suerte, cuando el segundo disparo volo parte de la superestructura, entonces se dieron cuenta de que la flota no duraria ni quince minutos si seguian adelante los cientos de metros que aun hacian falta para que sus piezas pudieran disparar, asi que dieron vuelta y regresaron a toda maquina. Del relato se puede inferir que la artilleria mexicana era de mucho mas calibre que la usual norteamericana, asi que es posible pensar que los cañones eran de 12 pulgadas o mayores, y debieron de haber estado emplazados en una muy buena base, y ademas que se habian hecho las mediciones matematicas correctas para tener bien controlada toda la zona maritima alrededor de Salina Cruz. La experiencia fue muy traumatica para los norteamericanos, que pedian la retirada de la artilleria de Santa Cruz en cada negociacion que hacian con el gobierno mexicano, al parecer Madero o Venustiano Carranza finalmente aceptaron retirar los cañones a cambio del reconocimineto oficial norteamericano y la provision de armamento para sus tropas, segun algunos los cañones fueron desmontados y vendidos a Turquia, que los uso en la defensa de los Dardanelos, la verdad no se sabra hasta que no se encuentren mas fotos, informacion oficial mexicana (al parecer perdida en la Revolucion), o bien un cañon de gran calibre aparezca en alguna parte del mundo con el escuado mexicano. Como colofon los norteamericanos se dieron por vencidos y prefirieron adquirir el Canal de Panama.

Nota:
Los cañones a que hace referencia fueron de construcción alemana de la casa Krupp. México compró la patente y se hicieron las modificaciones adecuadas a las características del artillero mexicano.
Se compraron dos cañones, el alcance de cada pieza era de 15 km y se destacó a 11 «apaches» es decir a 11 artilleros bien entrenados
Fue la flota gringa (7a) del Pacífico, la que intentó tomar por asalto a Salina Cruz. El cañonero mas poderoso gringo tenía un aalcance de 10 Kms, asi que al acercarse los iban a pulverizar.
Permanecieron tres meses frente al puerto a 11 millas náuticas, hasta que por orden de Taft, se retiraron.
Los cañones fueron desmontados por orden de Francisco I. Madero y se vendieron a los turcos
En la página http://www.Salinacruz.com aparecen fotos de copia de un cañón de aquélla época.
Fuente: http://historiademexicofringe.blogspot.mx/…/los-canones…

Fuente: conociendo México a través de su historia

El exilio perpetuo de don Porfirio

Porfirio y Carmelita, su esposa

El Exilio Perpetuo de Don Porfirio…… Hoy 2 de julio como omitir la muerte de don Porfirio, en 1915. Si el curso de su vida va de la mano con la Historia de México durante la segunda mitad del turbulento siglo XIX y los primeros del siglo XX. Don Porfirio murió a sus 84 años de edad, suspirando por su natal Oaxaca donde deseaba ser sepultado. En mayo de 1911, Porfirio Díaz sufría de una enfermedad en las encías, padecía sordera y agotamiento físico, tenía alrededor de más de 80 años de edad, iba perdiendo el control político, la batalla de ciudad Juárez y la intervención de E.U. en el apoyo a los del plan de San Luis y el tratado de ciudad Juárez, hicieron que comenzara a reflexionar sobre su renuncia a la Presidencia.

La noche del 23 de Mayo Díaz comenzó a redactar su renuncia. El 25 de Mayo a las 11 de la mañana, la Cámara de Diputados aprobó en dictamen la renuncia de Díaz. En sus últimas horas en tierras mexicanas Porfirio Díaz pronunció unas palabras al congreso Mexicano: “Espero, señores diputados, que calmadas las pasiones que acompañan a toda revolución, un estudio más concienzudo y comprobado haga surgir en la conciencia nacional, un juicio correcto que me permita morir, llevándose en el fondo de mi alma una justa correspondencia de la estimación que en toda mi vida he consagrado y consagraré a mis compatriotas. Con todo respeto”.

Ya en la estación de trenes de Santa Clara al sur de la capital, el general de división Victoriano Huerta los escoltó hasta el puerto de Veracruz hasta que abandono el país, durante su viaje; en Orizaba el tren fue atacado por bandoleros, pero fueron repelidos por las fuerzas federales de Huerta.

Finalmente el 31 de Mayo de 1911, a bordo del buque alemán Yparanga en el cual abandonó el país. Díaz en el fondo sabía que jamás volvería a regresar a México, era su último adiós a su tierra que tanto quería, durante el viaje sólo se presentó un incidente en la Coruña española un grupo de manifestantes lo acusaron de genocida y si nadie olvida a los Mayas y Yaquis tratados brutalmente durante su gobierno, el 20 de junio de 1911,

Porfirio Díaz llegó a su destino, lo recibieron un puñado de amigos, entre ellos Federico Gamboa, reconocido novelista, posteriormente Don Porfirio se internó en una clínica de Interlaken, Suiza, debido a sus malestares de dentadura, de donde salió curado los últimos días de junio de 1911. Díaz y su familia visitaron París, al llegar al palacio nacional a Los Inválidos sitio donde se conservan los objetos más emblemáticos de la historia de Francia y que sirve de sepulcro a sus héroes, el expresidente platicó con soldados jubilados franceses que habían peleado en la guerra de intervención cincuenta años atrás, el general Gustave Léon Niox, encargado del edificio, escoltó a Díaz hasta la tumba de Napoleón Bonaparte, a quien el general mexicano admiraba. Niox, de pronto, sacó la espada que Bonaparte usó en 1805 durante la Batalla de Austerlitz, y la colocó en manos de Díaz, quien hizo pública su emoción por tener la espada y que este no merecía tenerla en sus manos, a lo que Niox contestó, “Nunca ha estado en mejores manos.

Porfirio Díaz Mori escogió Francia como residencia y, a diferencia de su vida en México, tendría un pequeño departamento ubicado en el número 26 de la Avenida Bosque hoy Avenue Foch la cual atraviesa el Arco del Triunfo y se encuentra ubicada en el Distrito XVI de París, uno de los más opulentos del país, se sabe que le gustaba ir a caminar al Bosque de Boulogne, porque le recordaba a Chapultepec. La decisión de vivir ahí fue debido a que era un inmueble al alcance de sus ingresos que venían del dividendo de sus acciones que tenía en el Banco de Londres. La ausencia de su pensión de ex general fue donada al Colegio Militar para algún alumno destacado, como él lo estipuló, no obstante, eso no fue un impedimento para que viajara a distintos lados como España, Alemania, Austria, Suiza y Egipto. En abril de 1912 fue recibido por el rey Alfonso XIII de España, su esposa y la madre de Alfonso: María Cristina de Habsburgo, familiar del segundo emperador de México y enemigo de Díaz en su tiempo. La prensa de aquel tiempo lo cuestionó sobre si tenía alguna intención de quedarse a vivir en España, dando como respuesta un “sí, tal vez en Barcelona”, sin embargo, nunca se consolidó y moriría en su amada Francia.

El 21 de agosto del mismo 1912 asistió a un desfile militar del ejército prusiano –uno de los más fuertes en aquel tiempo– que se desarrolló en Maguncia, Alemania. Cuando el evento acabó el káiser Guillermo II se enteró que el expresidente se encontraba ahí y lo invitó a su palco personal, en donde hablaron por casi una hora y le reclamó por no avisar su visita para recibirlo con honores. Para 1913 su espíritu viajero lo llevó a Egipto y Suiza, en donde se enteraría de la muerte de Francisco I. Madero, sintiendo tristeza de su deceso, según la correspondencia y dando a entender que nunca había dejado de dar seguimiento a los problemas de México y toda la actividad que se desarrollaba.

Sus días acabaron el 2 de julio de 1915 en soledad: ninguno de sus aliados políticos que se encontraban en Europa fueron con él, solo su esposa e hijo. Fue enterrado en la iglesia de Saint Honoré d’Eylau y para 1921 sus restos fueron trasladados al cementerio de Montparnasse. . Doña Carmelita pensaba regresar algún día a México con sus restos. Para ello, era necesario mantenerlo en buen estado, solamente cuando se convenció de que el Gobierno Mexicano no se lo permitiría; Se decidió a regresar sola, dejando abandonado el cuerpo inerte de su marido. Ahora, don Porfirio y Carmelita están separados; El en París; Ella en el panteón Francés de la Piedad, en la ciudad de México, y al parecer ser que nunca se reunirán….

Yo era de los que pensaba que los restos de don Porfirio deberían regresar a México por un acto de justicia histórica y humana a la vez; Pero he cambiado de opinión, es mejor que los muertos entierren a sus muertos, que ya paso el tiempo en el que el cadáver de don Porfirio tenía alguna significación política y que hay cenizas, como las de los difuntos, que no vale la pena remover; rescoldo que algo queda, como reza el refrán popular y aunque sus restos mortales descansan en tierra extranjera, su recuerdo sigue estando aquí, entre nosotros, donde todavía, a 107 años de su muerte le seguimos llamando; Don Porfirio…

Fuente: conoce México a través de su historia.