Cuando la vorágine carrancista cayó sobre Guadalajara

La toma de la Perla de Occidente por las tropas constitucionalistas y la posterior persecución religiosa

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Catedral de Guadalajara. Tropas carrancistas. Edición por la autora.

Una avenida de Guadalajara, que atraviesa tres municipios de la ciudad –incluyendo el Centro Histórico–, de modo lacónico, rememora aquella fecha en las placas colocadas en las esquinas: “8 de julio”. Pero pocos saben a qué acontecimiento hace alusión tal epígrafe. Pues bien: un día como hoy, pero de 1914, hace 110 años, las tropas «constitucionalistas» comandadas por Álvaro Obregón (1880-1928) y Lucio Blanco (1879-1922) hicieron su fatídica entrada a la ciudad de Guadalajara, luego de haber vencido a las fuerzas federales en la Batalla de Orendáin –u “Orendain”, dependiendo del texto–. Pero, lejos de lo que se ha propagado en publicaciones y efemérides, no fue un suceso glorioso y digno de ser celebrado. Veamos el motivo. Claro que, como en otros casos, dejamos que cada lector saque sus propias conclusiones.

General Álvaro Obregón, principal dirigente de las tropas carrancistas que irrumpieron a la ciudad de Guadalajara el 8 de julio de 1914. Fotografía mejorada por la autora.

Después de tomar la población de Tepic, Nayarit, el Ejército de Occidente al mando de Obregón inició su marcha hacia Jalisco. Corría el mes de junio de 1914. El 24 de junio, el general sonorense arribó a Etzatlán con sus hombres. Dos días después estuvo en Ahualulco de Mercado. Para el 1 de julio, el desplazamiento de tropas hacia Guadalajara dio inicio.

Al día siguiente, el general Manuel Macario Diéguez Lara avanzó hacia la sierra de Tequila y salió por Amatitán y Achío, donde tomó La Venta del Astillero y El Castillo –donde peleó el tlajomulquense Eugenio Zúñiga–, al sur de Orendain. En dicha posición, según lo planeado, se enzarzó en la lucha contra los federales enviados por el gobernador José María Mier. Obregón llegó para reforzarlo y, de tal manera, atacar a sus enemigos por dos frentes. Era el 6 de julio. Para la mañana del 7, la columna de Mier fue dispersada a cañonazos.

Rutas de las tropas federales y carrancistas en la Batalla de Orendain y en la toma de Guadalajara.

El camino a la codiciada Guadalajara quedó libre. A sabiendas de las tropelías que los carranclanes –como la gente llamaba despectivamente a los carrancistas–, se extendió la orden a todos los ciudadanos tapatíos de dar una cálida bienvenida a aquellos bandidos, célebres por su anticlericalismo y su odio hacia todo lo que tuviese el adjetivo «católico». Muy pronto habrían de demostrar, de nueva cuenta, que la fama de clerófobos y jacobinos no era infundada, sino lo contrario, muy bien granjeada.

Las tropas al mando de Obregón llegaron a las diez de la mañana. Éste fue acompañado por los generales Diéguez, Benjamin Hill, Lucio Blanco y Sebastián Allende de Rojas. Se repicaron las campanas para recibir al militar de Siquisiva, y a él le desagradó –otro rasgo en el que no se diferenciaba de muchos liberales jacobinos de su tiempo, que en algunos casos llegaron al extremo de prohibir el tañido–.

Al mediodía arribó el grueso de las hordas y se apoderaron de cuanto edificio pudieron: los cuarteles del Carmen, Capuchinas, Colorado, de la Gendarmería del Estado, el de Artillería (que estaba junto a la Alameda, en lo que hoy en día es el Parque Morelos); el Liceo del Estado, el de Niñas, la Casa de Moneda, Escuela de Artes del Estado, la Plaza de Toros del Progreso, la Escuela Industrial de Señoritas; numerosas casas particulares; el Palacio Arzobispal –más tarde Inspección de Policía y, en la actualidad, Palacio municipal de Guadalajara–, localizado contraesquina de la Catedral; y el Seminario Conciliar, el Mayor, localizado en el inmueble que alguna vez albergó a las monjas Agustinas Recoletas de Santa Mónica y anexo al templo dedicado a esta Santa. Allí, por mucho tiempo, estaría instalada la XV Zona Militar.

Leamos cómo refiere los hechos el entonces estudiante de leyes Anacleto González Flores –hoy reconocido como mártir y Beato por la Iglesia Católica y quien encabezó el grupo al que perteneció, alguna vez, el adolescente San José Sánchez del Río–:

“[…] no pasó mucho tiempo sin que el pueblo, que había aplaudido a su llegada al ejército constitucionalista viera lleno de asombro que las hordas venidas del norte ge entregaban con un lujo inaudito de impiedad y de cinismo a la profanación y al despojo de lo más santo y venerable. El palacio arzobispal, los talleres de «El Regional», periódico que atacó rudamente la muerte de Madero y la dictadura de Huerta; los edificios de las escuelas que dependían del Gobierno Eclesiástico y los de algunos articulares; los de las escuelas superiores, industriales y de otros colegios cayeron en poder de los revolucionarios.

Otro tanto sucedió con los hospitales, casas para ancianos y otras instituciones de caridad sostenidas por la piedad de particulares, por asociaciones piadosas o por la Iglesia con los fondos proporcionados por el pueblo. Las bibliotecas del Seminario Conciliar, del Colegio de San José y los gabinetes de Física y de Química fueron destrozados por la turba de salvajes que convirtieron en cloacas y en caballerizas edificios que, como el Seminario, merecen ser respetados cuando menos por su belleza arquitectónica (p. 382)”.

Antiguo Seminario Conciliar de Guadalajara, incautado por los revolucionarios carrancistas en la toma de dicha urbe el 8 de julio de 1914.

No hay que olvidar que, en ese momento, el futuro líder católico ya vivía en Guadalajara, por lo que todos esos hechos no le fueron desconocidos, ni mucho menos lejanos, ya que residía en el ahora llamado Centro Histórico.

Ante la huida del gobernador José María Terán, Manuel M. Diéguez tomó posesión del cargo.

General Manuel Macario Diéguez Lara, que ocupó el cargo de gobernador de Jalisco después de los eventos del 8 de julio de 1914.

Al día siguiente, los «constitucionalistas» procedieron a incautar los colegios católicos. Luego, el 21 de julio, se dictó la orden de arrestar a todos los presbíteros de la ciudad, con el objetivo de recluirlos en la Penitenciaría de Escobedo.

Poco después, la Catedral Basílica de Nuestra Señora de la Asunción fue profanada: los revolucionarios entraron montados en las bestias y destruyeron cuanto pudieron. Asimismo, no conformes con utilizar los ornamentos como trapos para la caballada y los vasos sagrados para beber, desenterraron los cadáveres de los Obispos que allí reposaban. En ello se adelantaron a los milicianos rojos durante la persecución religiosa en la madre patria.

Penitenciaría de Escobedo en Guadalajara, donde más tarde se localizaría el Parque de la Revolución (hoy llamado “Rojo”).

La misma suerte corrieron numerosos templos. Dado que la orden de cerrarlos –que llevaba consigo la profanación– se ejecutó con premura, en muchos de ellos no hubo tiempo de consumir las Hostias consagradas. En la Catedral fueron halladas en el suelo, desperdigadas. A algunos sacerdotes, en contraste, se les permitió consumirlas antes de llevárselos presos.

La imagen de Nuestra Señora de Zapopan estuvo a punto de ser quemada, según declaraciones del P. Daniel Lorewee, pero gracias a Dios se salvó y fue rescatada por una joven cuyo nombre permaneció en el anonimato.

La toma del 8 de julio supuso la desaparición de la división de occidente del Ejército Federal, la pérdida del gobierno huertista de la plaza de Guadalajara y, por consiguiente, el avance del ejército del Noroeste hacia la capital de la República.

Pero, por motivos que es fácil imaginar, la mayor parte de los libros de historia de Guadalajara –por no decir su totalidad– nunca tocan la irrupción de los carrancistas aquel ya lejano día de 1914, y, si lo hacen, pintan un cuadro que dista mucho de lo que en realidad fue: una toma que, si bien no implicó que se entablara una lucha en las calles, sí significó la destrucción, el pillaje y la rapiña y –hay que decirlo– la profanación, el sacrilegio y que los recién llegados diesen rienda suelta a su animadversión contra el catolicismo. Sería el principio de una persecución religiosa que no demoraría en tornarse sistemática y que, doce años más tarde, alcanzaría su punto álgido con las reformas al Código Penal hechas por un coterráneo de Obregón, su sucesor en la silla presidencial: Plutarco Elías Calles.

En la Guadalajara actual, el aniversario de lo acontecido el 8 de julio se festeja con actos cívicos, de conformidad al decreto número 16434 emitido por el Congreso del Estado y la LVI Legislatura, fechado el 17 de diciembre de 1996 y publicado el 25 de enero del año posterior. Dicho documento establece ese día como fecha solemne. En 2014 hubo un inusitado desfile militar con ocasión del centenario.

Fuentes:

González Flores, A. (1920). La cuestión religiosa en Jalisco. Guadalajara: Talleres La Época.

Guillén Vicente, A. (31 de enero de 2020). Los católicos jaliscienses frente a villistas y carrancistas: enero-febrero de 1915. Instituto de Investigaciones Jurídicas de la  UNAM. (55). https://revistas.juridicas.unam.mx/index.php/hechos-y-derechos/article/view/14301/15478

Vargas Ávalos, P. (6 de julio de 2017). 8 DE JULIO, FECHA SIGNIFICATIVA EN JALISCO. EXGBO. Presión con sentido. https://elgrullo.com.mx/?p=5383

El párroco insurgente de Sahuayo

Historia del P. Marcos Castellanos Mendoza, sacerdote y héroe de la Guerra de Independencia en la Ciénega de Chapala

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Padre Marcos Castellanos Mendoza (1747-1826), presbítero insurgente oriundo de La Palma, Michoacán, bautizado en Sahuayo y más tarde cura de dicha población.

Un municipio del hermoso estado de Michoacán, cuya cabecera es la localidad de San José de Gracia, lleva su nombre. Su vida y trayectoria, que comenzaron en La Palma, que entonces pertenecía a territorio sahuayense, le valieron no sólo tal reconocimiento toponímico, sino que su nombre quedase inscrito en el nutrido grupo de presbíteros mexicanos que participaron en la insurrección armada de 1810.

Se trata de Marcos Castellanos Mendoza, nacido el 4 de marzo de 1747 cerca de la hoy Capital de la Ciénega, en La Palma, Michoacán, en la ribera chapálica. De hecho, por aquellos ayeres, La Palma pertenecía a Sahuayo. Fueron sus padres don José Antonio Castellanos y doña Mariana Mendoza, miembros de las familias fundadoras y terratenientes de la población, poseedores de la media hacienda de La Palma. Así lo relata el connotado cronista Francisco Gabriel Montes Ayala. Ambos eran españoles. El otro dueño de la media hacienda era Luis Macías, con quien Marcos Castellanos entablaría amistad posteriormente.

La Palma de Jesús, Michoacán, cuna del sacerdote y héroe Marcos Castellanos.

El recién nacido fue bautizado el 20 de marzo de 1747, a los dieciséis días de su venida al mundo, en la Parroquia de Santiago Apóstol en Sahuayo con los nombres de Marcos Victoriano –“Bictoriano” en su fe de Bautismo–. En la partida eclesiástica se estipula que era “español, de La Palma”. El sacerdote que lo bautizó se llamaba Juan Benito Gudiño.

Su padrino del primer Sacramento, Juan Ángel Gamarra, era un adinerado y próspero comerciante de Zamora –su acta bautismal ratifica que allí residía– y fungió cómo alcalde más de una vez. Fue él quien lo mandó a estudiar al Seminario de Valladolid, donde conoció a Miguel Hidalgo y Costilla y José María Morelos y Pavón, futuros clérigos y jefes insurgentes como él.

Fe de Bautismo de don Marcos Castellanos. Recuadros para resaltar colocados por la autora.

Ya ordenado presbítero, Marcos Castellanos fue designado a la Parroquia de Sahuayo, la misma en la que había sido regenerado con las aguas bautismales. Ejerció su labor pastoral de 1789 a 1799. También fue párroco en su natal La Palma, donde se encargó de la edificación de la capilla dedicada al Sagrado Corazón de Jesús, como lo consigna Francisco Montes Ayala.

En 1797, el obispo Fray Juan Miguel de San Miguel, obispo de Valladolid, le ordenó que fuera a Cojumatlán, otra comunidad de la Ciénega, con el objetivo de dirigir la construcción de un templo. El mismo Castellanos así lo narra al mismo prelado:

“Mi muy venerado Prelado y Señor… siendo de su superior agrado [que me encargue del redificio de la iglesia de Cojumatlán] no tendré embarazo, antes bien será de mi mayor complacencia, pues estando tan próximo a venir ya el cura propio de este partido, ser yo afecto a aquella iglesia inmediata a la hacienda de La Palma en donde tengo mis capellanías, y hallarme con veinte y más años de administración continua, redundará en muchos beneficios de aquella feligresía, así por la brevedad con que exigiré la fábrica [del templo] como por darles misa uno u otro día festivo, y juntamente administrar en aquellas distancias el santo sacramento de la penitencia. Hice saber y entregué en propia mano a don Francisco Orozco el nombramiento que hizo V. S. I. para mayordomo del redificio de la iglesia de Guarachita, también de este partido, quien lo aceptó gustoso” (citado por González y González, 1979, p. 67).

Así, Marcos Castellanos pasó a desempeñar su ministerio en la parroquia de Cojumatlán, que recién había sido erigida como vicaría fija. Quedó a las órdenes del señor cura Juan Miguel Cano.

Su trabajo en tierras cojumatlenses, genuina y realmente basado en el apoyo a su feligresía, se caracterizó por un notable e incansable apoyo el ámbito espiritual y, no menos importante para él, en el material. El eclesiástico recién arribado se destacó por su compromiso con el bienestar de los habitantes de la zona, en particular los indígenas, promoviendo valores como la solidaridad y la justicia social, pero sin dejar de lado la faceta religiosa y la cura de almas. Era, podemos decirlo en honor a la verdad, un sacerdote sumamente entregado a su grey.

Para septiembre de 1810, el padre Castellanos ya tenía sesenta y tres años. Había cumplido sus deberes ejemplarmente –y lo haría hasta su muerte–, al grado de desvivirse por sus fieles. Preocupado por la situación, pese a su nula preparación militar, se lanzó a la aventura insurgente. Compartió sus inquietudes con otros parroquianos aguayenses y junto con Luis Macías –el otro propietario de la media hacienda– y el capellán de La Palma, Pablo Victoria, puso en armas a un nutrido grupo de indígenas regionales.

Luis González y González (1979, p. 90) menciona que el otrora cura párroco de Sahuayo estaba convencido de que la América Septentrional estaba sometida a la avaricia y la política hispanas –no olvidemos que era criollo–, y creía fervientemente que había que defender aquella “preciosa perla de la corona española”, uno de tantos epítetos que se le daban a México.

Al ser derrotado y muerto Luis Macías, a cuyo lado peleó desde el principio don Marcos, en 1813, en La Barca, el presbítero tomó la dirección de la hueste que combatía en la ribera de Chapala, específicamente en la isla de Mezcala, adonde había partido en 1812. Poseedor de desconocida pero notable pericia militar, supo aprovechar la valentía de sus hombres y su habilidad en el arte de navegar en canoa. Otros dos dirigentes importantes al lado de Castellanos fueron Encarnación Rosas y José Santana.

En su lucha contra los realistas, Castellanos sorteó ataques, bloqueos y la devastación de cosechas y de poblados ordenada y ejecutada por las tropas fieles a la Corona Española a fin de cortar las fuentes de abasto para los insurrectos. Con todo, bien acuartelados en Mezcala, los insurgentes liderados por él resistieron ardua e incansablemente hasta 1816.

Aquella situación no podía mantenerse de forma perpetua e indefinida. La lucha llegó a su desenlace con la capitulación de Castellanos y los insurgentes, diezmados por las enfermedades, el hambre y el cansancio. El 25 de noviembre de 1816 se llevaron a cabo los acuerdos y el armisticio.

Vista de la Isla de Mezcala, en la ribera del Lago de Chapala, escenario de la resistencia insurgente liderada por don Marcos Castellanos.

José de la Cruz, gobernador de la Nueva Galicia, estableció las bases de la rendición con Santana. Cuatro fueron los principales acuerdos a los que llegaron primero éste y, posteriormente Castellanos: que fueran reconstruidos los pueblos ribereños arrasados durante los cuatro años de conflictos bélicos, entre ellos Mezcala –que había sido pasado bajo el fuego y destruido casi por completo–; eximir a los mezcalenses “de los aranceles parroquiales”; restituir a Castellanos como párroco de la región; y a Santana darle el cargo de Gobernador de Mezcala y de San Pedro Itzican con grado de Teniente Coronel (2011, p. 256).

Luego del perdón concedido por el gobierno realista, el padre Castellanos retomó su carrera eclesiástica y se hizo cargo de su nuevo destino, Ajijic –entonces escrito Axixic–, Jalisco, perteneciente a la Parroquia de Jocotepec. Allí residiría hasta su fallecimiento.

Siendo ya un anciano casi septuagenario, llevó una vida paupérrima, llena de penalidades y carencias. Francisco Montes Ayala, en su libro Marcos Castellanos, criollo de La Palma, refiere que a menudo enviaba cartas al entonces Obispo tapatío, Juan Cruz Ruiz de Cabañas, y que, en una de ellas, le expuso:

“…en ocasión de la pobreza que me embarga, le solicito ayuda debido a que hoy vivo en la ancianidad y esta villa es pobre, por eso, muchas veces he vivido momentos terribles, porque mi desayuno muchas veces ha sido un mendrugo de pan y un poco de atole que en caridad me regalan los vecinos”.

En otra misiva al mismo Obispo, Castellanos se expresó en los siguientes términos:

Excelentísimo e ilustrísimo señor doctor don Juan Cruz Ruiz de Cabañas

Xocotepec, agosto 19 de 1819

Mi muy venerado prelado

Hace un mes y diez días que el señor cura de este partido me puso de ministro en el pueblo de Ajijic, lo que no he participado a su excelencia ilustrísima por ver cómo me probaba. Hágolo ahora diciéndole que estoy a gusto por los muchos favores que del señor cura recibo, pues a pesar de que este pueblo se compone de puros indios y por lo mismo son muy cortas sus obvenciones, ha procurado sostenerme. Acabo de saber que a dicho señor se le ha dado el curato de Tapalpa y con esto pienso quedar otra vez en el aire.

Dios haga su santísima voluntad y le preste vida a su señoría ilustrísima para mi amparo, lo que incesantemente pide en sus cortas oraciones su más rendido súbdito que su pie besa.

Marcos Castellanos [rúbrica]”

Obispo Juan Cruz Ruiz de Cabañas, destinatario de las epístolas en las que Marcos Castellanos le pidió auxilio debido a la gran estrechez económica que sufrió en sus últimos años.

No obstante, ni lo anterior ni su salud, cada vez más deteriorada, causaron un detrimento en su celo pastoral. Prueba de ello reside en la información contenida en un informe del párroco de Jocotepec, fechado el 13 de julio de 1820.

Este documento, dirigido al obispo Cabañas por el párroco de Jocotepec nos puede ilustrar, de primera mano, cómo fueron las condiciones pastorales y económicas de la última parroquia en la que sirvió Marcos Castellanos, dedicada al Señor del Monte:

Excelentísimo e ilustrísimo señor doctor don Juan Cruz Ruiz y Cabañas

Señor

A la superior orden de vuestra excelencia ilustrísima que con fecha 15 de junio me dirigió, no he podido cumplirla con brevedad como yo deseaba y dar razón a vuestra excelencia ilustrísima de todo lo que en esa superior orden se pide, lo que hago ahora respondiendo a lo más reservado; lo que falte [lo enviaré] para cuanto antes.

Remito a vuestra excelencia ilustrísima los padrones de toda esta feligresía y una lista por separado de todos los que han faltado al cumplimiento de la Iglesia, en la que no todos los de ella han faltado por renuencia, aunque sí los más, pues en una es por sus cortedades y asistencia en su trabajo, prometiéndome el hacerlo cuanto antes, y no cesan de llegar a confesarse, y creo que en todo el mes de julio quedaran sólo los muy rebeldes y contumaces. He cumplido en exhortarlos y amonestarlos.

Las costumbres de esta feligresía en lo general son cristianas y en pocos reinan algunos escándalos causados ya de la embriaguez y ya de concubinatos, en particular reina en los más de los indios la embriaguez.

Las iglesias así de esta parroquia como las de los pueblos de indios en lo material están buenas, ningunos fondos encuentro en ellas, sólo en la parroquial el de fábrica, que es muy escaso, cofradías ningunas.

La iglesia parroquial tiene ahora lo muy preciso de ornamentos, aunque viejos, y vasos sagrados para celebrar y administrar los sacramentos. Las de los pueblos y capillas de haciendas tienen lo preciso para celebrar. Eclesiásticos hay en esta feligresía tres: el padre don Marcos Castellanos en la ayuda de parroquia de Ajijic, administrando; el padre [no dice su nombre] capellán de Huejotitán, que administra toda la hacienda, ordenado a título de administración, su edad cuarenta y cinco años, sus licencias me dice tiene orden de refrendarlas, la ocupación de los dos lo ya referido, y ser asistentes en el confesionario y bien de las almas, pues el padre capellán no obstante estar algo enfermo, me ha servido y me sirve en cuanto lo ocupo, y si no fuera por él ahora que he estado solo, seguramente hubiera faltado yo en mucho y hubieran padecido bastante los feligreses. La vida y costumbres de ambos no tienen qué reprender.

Lo más pronto que pueda concluiré en dar razón a vuestra excelencia ilustrísima de lo demás que me falta.

Dios guarde a vuestra excelencia ilustrísima muchos años.

Jocotepec, julio 13 de 1820

Su más humilde y rendido súbdito que besa la mano a vuestra excelencia ilustrísima

José Reyes Ibarra [rúbrica]

En ambas transcripciones, cuyos facsímiles fueron facilitados en fotocopia para ser publicados en el Boletín Eclesiástico de la Arquidiócesis de Guadalajara por el presbítero Jesús de León Arteaga, se ha actualizado la ortografía, anotado la puntuación y conservado sólo los arcaísmos de fácil comprensión. Las abreviaturas fueron desenlazadas.

Marcos Castellanos murió sumido en las tinieblas del olvido y de la miseria, el 7 de febrero de 1826. Sus deudos no alcanzaron a reunir la suma necesaria para comprarle un ataúd de madera, y fue sepultado gratuitamente. Ni siquiera hizo testamento, de tan pobre que había quedado.

Sus reposan en Jocotepec, en la misma entidad. Una placa, colocada por el Ayuntamiento local, así lo ratifica.

Placa que da fe de la localidad en que descansan los restos mortales de Marcos Castellanos.

Fuentes consultadas

Acosta Rico, F. (6 de febrero de 2019). Efemérides: Muere en Ajijic el insurgente Marcos Castellanos. Crónica Jalisco. https://www.cronicajalisco.com/notas/2019/91914.html

Arquidiócesis de Guadalajara (1 de abril de 2011). Billete de Marcos Castellanos al obispo Cabañas. En: Boletín Eclesiástico de la Arquidiócesis de Guadalajara. Año CXXII, número 4.

Bastos Amigo, S. & Muñoz Morán, Ó. (abril de 2011) Los insurgentes de Mezcala (1812-1816). Conflictos internos y externos ante la celebración del bicentenario. Cuadernos de Marte. Revista latinoamericana de Sociología de la Guerra. 1(1). https://publicaciones.sociales.uba.ar/index.php/cuadernosdemarte/article/view/738

González y González, L. (1979). Sahuayo. México: Colegio de México.

Montes Ayala, F. G. (1999). Marcos Castellanos, criollo de la Palma. México: ABC Sahuayo.

La epidemia de influenza en 1918 en Jocotepec.

Mtro. Manuel Flores Jiménez  * Cronista de Jocotepec, Jal.,


Ochenta y cinco años después del juramento al Señor del Monte (8 noviembre 1833), Jocotepec y su región se vio asolado por una peligrosa epidemia de influenza, llamada “la fiebre española”. Aunque no eran las fiebres palúdicas nombradas tercianas y cuartanas, pero sí eran parecidas las que la quebrantada salud de los feligreses de este pueblo padecieron a causa de este mal.
Esto ocurrió a fines del año de 1918, cuando aún estaba vigente la efervescencia de los grupos revolucionarios que transitaban por este pueblo de paso. Durante este año ocuparon el cargo de presidente municipal Rafael González, Vicente Urzúa y Arnulfo Olmedo, siendo éste último el que comunicó al gobierno estatal, el 3 de octubre de ese año, que en el mes de septiembre de 1918, no ocurrió “ninguna enfermedad epidémica en las personas, ni epizootia en los animales”.
Pero tres semanas después (24 octubre 1918), el mismo munícipe notificaba al Gobernador del Estado de Jalisco que “se está desarrollando en este municipio la influenza española de manera alarmante”. En un corto lapso de veintiún días se desarrolló esta epidemia en forma severa, sabiéndose que causó la pérdida de vidas humanas en todo el municipio. Ante la alarmante y crítica situación que provocó esta enfermedad, el entonces párroco don Justo Teófilo Araiza, convocó a toda la población y autoridades del gobierno civil para que se realizara la renovación del juramento firmado el 8 de noviembre de 1833.
Se invitó a tan significativo acto a algunos sacerdotes que habían estado años atrás como párrocos y vicarios, entre los que se pueden citar a Eduardo Aguilar, Juan Nepomuceno Martín (quien después de haber sido cura en este pueblo, años después asumió el cargo de Abad de la basílica de San Juan de los Lagos, donde también fue canónigo el Pbro. José Sánchez Contreras), Emigdio Carrillo, José Refugio Orozco y Pedro Sánchez, quienes según datos reseñados en la Novena y Triduo al Señor del Monte, firmaron el acta de tal renovación en la que estuvieron presentes y registraron su rúbrica los representantes de los agricultores, pescadores, herreros, panaderos, obrajeros, así como los miembros de asociaciones religiosas de la parroquia como la Vela Perpetua, Hijas de María, Apostolado de la Oración, Catecismo y otros más.
Este acontecimiento tuvo lugar el 6 de diciembre de 1918, y quedó registrado en una imagen fotográfica, para luego elaborar una pintura de gran tamaño donde quedaron plasmadas las figuras de algunos de los firmantes, entre los que se destacan Eulogio Vergara, Guadalupe Ibarra, Juan Ibarra, José Ibarra, Manuel Olmedo, Juan Zenteno, José Torres, José Corona, Vicente Mora, José O. Rivera, Bernardo Cuevas, Faustino Ibarra, Simón Navarro, Antonio Ibarra O, Miguel Solís León, Rafael Rodríguez, Juan Sánchez, José García Arechavala, Mariano Luvián, Antonio Elvira, J. Jesús Ramírez, Faustino Rodríguez, Donaciano Olmedo, Aureliano Gálvez, Diego Pérez, Hilario Aldana.
Esta pintura es de gran valor estimativo por el contenido que representa. Se encuentra en el templo parroquial de Jocotepec, y una copia de ella se realizó en un muro del interior del restaurante La Carreta, a iniciativa de su propietario, Catarino Olmedo Ramos. El ejecutor de dicho mural fue Isidro Xilonxóchitl (Xilotl), de San Juan Cosalá.

El primer párroco de Jocotepec, Jalisco

«Las Notas del Cronista»📜 ✒️

Kiosko y torre del templo de Jocotepec, Jal.


Después de rastrear las mínimas informaciones que existen hasta hoy, sobre el primer párroco de Jocotepec, los sacerdotes secularizados que por mandato superior desplazaron a los franciscanos del clero regular, siendo estos los que realizaron el proceso evangelizador en estas tierras ribereñas del lago de Chapala.
En base a lo anteriormente mencionado, se escribe esta recreación lo más apegada a la figura del primer párroco, que fue nombrado para dirigir los destinos de la recién fundada parroquia de Jocotepec, ante los conflictos posteriores que surgieron con la feligresía de San Andrés de Ajijic, ante la negativa de devolverles el sitio de antaño de su jurisdicción religiosa, como se aclara a continuación.

Yo, Don Francisco de la Roca Pérez y Guzmán, primer cura propio de la feligresía parroquial de San Francisco Xocotepec, en pleno uso de mis derechos y atribuciones, he venido comisionado a hacerme cargo de las responsabilidades de esta espiritual empresa, con el fin de aligerar las penas y escuchar confesiones, santoliar enfermos en tránsito de muerte con la extremaunción y dar a las bocas la Majestad de la hostia divina, a todas las almas de este pueblo que ahora es parroquia y no Ayuda como lo era antaño de San Andrés de Ajijic.
Así lo quiso y lo convino Don Guadalupe Buenaventura de Villaseñor, dueño de la hacienda de Huexotitlan, por el convencimiento que procuró en Don Joseph Manuel de Santa Cruz y Romerillo, Padre Guardián del Convento de Axixic, en el entendimiento de trasladar a Xocotepec, temporalmente, el asiento del control religioso, con la cabal deuda de palabra de poner en Axixic los servicios de un religioso que administrara los servicios religiosos de los feligreses, cosa que me han recriminado incesantemente hasta la fecha sin que yo tenga culpa alguna de no haberse llevado a la postre tal compromiso.
Esta demarcación parroquial fue erigida el 15 de julio del año de Nuestro Señor Jesucristo de 1765, consagrándose por tal virtud al Dulce Nombre de María, y que bajo la tutela de nuestro padre San Francisco, pueda orientar sus esfuerzos y desvaríos en pos de lograr mejores fortunas espirituales que las que imperan en la actualidad de estos días trasijados por la pobreza y agobiadas las almas por tanta peste que azota estas tierras húmedas.
Mis ojos han visto un pueblo con mayúsculas necesidades, amén de las otras capellanías que abarcan desde San Antonio hasta San Luis, sin dejar en la marginalidad a las haciendas de Huejotitán, El Potrerillo y de San Martín, que es un barrio aledaño y distante de la cabecera de este curato.
Complemento subrayar que es, además, bastante populoso en indios, mestizos y mulatos; los de razón, son españoles dueños de esta propiedad que alrededor de la mitad del siglo XVIII, fueron a fundar el pueblo nuevo de San Martín Tesistlán.
Debo decir con total apego a mi religiosa condición, que he llevado ordenadamente registradas las partidas de bautismos y defunciones de cuanto vecino ha sido sepultado en estas tierras, benéficas para la salud, así como para el descanso de los desvaríos del espíritu. Con toda puntualidad y exactitud expreso que: “en nueve de julio de mil setecientos sesenta y cinco años, murió en el Pueblo de Xocotepec, de esta feligresía, Doña María Cueva, española, casada que estaba con Joseph Bernardo Chacón, y la enterré en la Santa Yglesia de dicho Pueblo de Xocotepec. La enterré con entierro menor y le administró los sagrados sacramentos de la penitencia, Sagrada Eucaristía y extremaunción, el Br. Don Joseph de Aguilar, como Teniente de Cura, y para que conste lo firmo.
Francisco Roca”


MANUEL FLORES JIMÉNEZ

CRONISTA DE JOCOTEPEC, JALISCO.

CulturaJocotepec

Ex hacienda del Charro Negro.

La Hacienda La Cofradía es una antigua construcción ubicada en el poblado de Amatitán, Jalisco, y data del año 1800. Se cuenta que en la antigüedad fungió como una destiladora de agave, pero hoy en día ya se encuentra en total abandono. A pesar de eso, podemos apreciar unos impresionantes paisajes agaveros que son realmente sorprendentes. Esta antigua hacienda también cuenta con muchas historias sobre avistamientos del legendario personaje conocido como el Charro Negro, donde la gente afirma que por las noches se puede ver la silueta de un hombre acompañado de su caballo deambulando por los alrededores. Es por eso que a este lugar también se le conoce como la Hacienda del Charro Negro.»

Fuente dimension abandonada

Hace 30 años la ciénega estaba inundada, el lago a nivel alto. Hoy en sequía lago y ejidos.

Francisco Gabriel Montes Ayala

Inundaciones en el ejido de La Palma, 1994 fotografía FGMA.

En un reportaje de 1994, del periódico diocesano MENSAJE de Zamora, en el cual colaboraba, acompañe a los comisariados ejidales de Venustiano Carranza, La Palma, Cerrito de Pescadores, La Magdalena y otros, a recorrer la ciénega, estaba totalmente inundada, y el lago rebosante de agua, con un nivel de más del 85% de su capacidad en la cota 95; en aquel entonces Antonio Zepeda, presidente del Comisariado Ejidal decía de la Comisión Nacional del Agua: “no quisieron echar a andar las bombas; nosotros estuvimos avisándole a la comisión de lo que podía ocurrir y no hicieron caso. Específicamente, el transformador del equipo de Pescadores estaba en mal estado, vinieron y se lo llevaron y quedaron de entregarlo rápido, es hora que no lo tienen reparado y ahora vemos que no podemos echar a andar este equipo que pudiera salvar este potrero de la inhundación. Aquí el único responsable es el Ing. Duarte, a quién hemos venido a demandar e iniciar querella contra este funcionario por su negligencia e irresponsabilidad”. Efectivamente un ministerio pública de aquel tiempo andaba con ellos para constatar las inundaciones y demandar al ingeniero José Luis Duarte por las pérdidas que ascendían en aquellos años en más de 30 millones de pesos.

Aquel reportaje decía «En un recorrido por los equipos de bombeo, la comisión de ejidatarios y comisariados ejidales, visitaron también el equipo Abraham Guerra y constataron que una bomba centrífuga más estaba funcionando, luego de que habían insistido en que la pusiera a trabajar y “ se habían negado siempre, esto es prueba que es solo negligencia, sintió la presión que estamos ejerciendo y ya la puso a trabajar”- dijeron los afectados. Sin duda alguna que la problemática de la ciénega se ha venido acrecentando y la poca responsabilidad de la comisión ha ido creciendo a niveles que traerán como consecuencia un incontrolable problema social». Sin embargo unos meses después la CNA y el gobierno de Salinas, entregarían los Módulos a los ejidatarios y el abandono en que estaban, las inundaciones, los predispusieron ha aceptar los módulos, que aún hoy, a 29 años de haberlos recibido, no son solución a la problemática del campo.

A cuarenta años, las cosas cambian, hoy hay sequía, el lago de Chapala en un 37% de su capacidad y la situación ha cambiado; así cambian las condiciones de acuerdo al tiempo, al deterioro del planeta, de la vida y de la ecología.

Trabajos que siguen haciendo para limpiezas de drenes y canales., foto FGMA

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De Tlajomulco de Santo Santiago a Tlajomulco de Zúñiga

Lic. Helena Judith López Alcaraz

La historia del revolucionario que borró al Patrón Santiago del nombre de su pueblo natal

José Eugenio Zúñiga Gálvez.

Santo Santiago, el protomártir del Colegio Apostólico, fue parte fundamental de la conquista hispana, no únicamente en el ámbito militar, sino también, y de forma especial, en el espiritual. La devoción al gran protector de las Españas, implantada por los franciscanos, fue fructífera incluso hasta en la toponimia de innumerables lugares, algunos de los cuales perduran hasta nuestros días. Algunos ejemplos de ello son Santiago Zapotitlán (delegación Tláhuac, en la capital del país), Santiago de Anaya (Hidalgo), Santiago Tangamandapio (Michoacán), Santiago Tlatelolco (Ciudad de México), Santiago del Monte (Estado de México) e inclusive la capital de una entidad de la República: Santiago de Querétaro. En total, de acuerdo con datos aportados por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) en 2006, 526 localidades llevan su nombre. Esta cifra se eleva a 756 si adicionamos las poblaciones que, aunque no llevan su nombre, no han dejado de considerarlo su patrono titular. Es decir, cada 25 de julio, más de setecientos poblados mexicanos están de fiesta, celebrando al apóstol.

Hay otras ciudades o pueblos, en contraste, en las que, si bien el Apóstol de la Hispanidad continúa siendo el protagonista de las festividades anuales, han perdido para siempre el nombre de su querido y venerado patrono, que otrora llevaron. Es el caso de Santiago del Saltillo, Santiago de Tonalá y, por supuesto, Santiago Sahuayo –o Tzaguaio–, hoy Saltillo (Coahuila), Tonalá (Jalisco) y Sahuayo de Morelos (Michoacán), respectivamente. Este último, de hecho, tuvo unido a su nombre el apellido del general Porfirio Díaz, desde 1891 hasta 1967.

Con todo, y ya que mencionamos Sahuayo, hubo un revolucionario que, por su participación en la asonada que arrojó del poder al presidente oaxaqueño octagenario, dio también su apellido a otra población. Aunque ésta no pertenece a la Ciénega de Chapala, el susodicho personaje dejó huella en la entonces Villa que hoy es considerada su capital y en su localidad vecina, Jiquilpan de Juárez.

Nos referimos a Eugenio Zúñiga Gálvez, nacido en Tlajomulco de Santo Santiago, Jalisco, el 8 de enero de 1884, en la finca que hoy ocupa la casa con el número 16 de la calle Juárez. Fue hijo de Ángel Zúñiga y Vicenta Gálvez y el segundo de los tres hijos que engendró este matrimonio. Sus abuelos paternos fueron Eugenio Zúñiga y Florencia Noyola; los maternos, Norberto Gálvez y Mucia –Mauricia en una de las actas de bautismo de su hijo Enrique– Rivas. Fue bautizado en la parroquia de San Antonio de Padua, de su villa natal, el 19 de enero de 1884. El Sacramento le fue administrado por el P. Camilo Castellanos, vicario, y le fueron impuestos los nombres de José Eugenio.

Fe de Bautismo de Eugenio Zúñiga.
Acta de nacimiento de Eugenio Zúñiga. Resaltado por la autora.

Para el momento en que Francisco I. Madero comenzó a difundir sus ideas antirreeleccionistas, Zúñiga laboraba como receptor de rentas en su pueblo natal. Allí, siempre luchó contra el caciquismo y contra aquellos que subyugaban y explotaban a las clases humildes. Asimismo, salvaguardaba y aconsejaba a los campesinos.

Eventualmente, Zúñiga renunció a su puesto en la receptoría de rentas y partió hacia Unión de San Antonio, donde se casó con María Trinidad Correa. Allí vivió hasta que partió hacia el estado de Morelos. Allí se sumó al Partido Antirreeleccionista, cuyos principales líderes eran los hermanos Figueroa Mata, oriundos de Huitzuco, Guerrero: Ambrosio, José Rómulo y Francisco. El primero de ellos le dispensó gran amistad y simpatía. Luego combatió bajo sus órdenes. Incluso, gracias a su sorprendente actuación en el campo de batalla, ganó el rango de Coronel.

Posteriormente, a la muerte de Madero, Zúñiga solicitó y obtuvo licencia para separarse de los hermanos Figueroa y volver a Jalisco, su estado natal, para pelear bajo los postulados del Plan de Guadalupe, abanderando la causa de Venustiano Carranza. Así, el 1 de marzo de 1913, junto con su paisano Julián del Real y con Julián Medina, originario de Hostotipaquillo, Jalisco, entró de lleno en la Revolución.

El 8 de mayo de 1913, Zúñiga reunió a un grupo de coterráneos en la plaza de Tlajomulco de Santo Santiago y los exhortó a unirse a la lucha constitucionalista. Sus hermanos Nicolás y Enrique partieron con él. Ya en el meollo de la contienda, las principales actividades de Eugenio fueron nombrar un ayuntamiento y organizar un Estado Mayor, cuyo jefe fue el coronel Zepeda. Numerosos campesinos se unieron a la hueste a lo largo de las incursiones que realizó por Acatlán de Juárez, Zacoalco y otras poblaciones y rancherías. A la par, a semejanza de otros cabecillas, exigía aportaciones monetarias a las personas pudientes, lo que le granjeó gran aversión por parte de éstos. Por aquellos tiempos alcanzó el rango de general.

Entonces Sahuayo, a la sazón de Díaz, entró en escena. El 22 de junio de 1913, Zúñiga irrumpió en Jiquilpan con setecientos hombres. José María Morales Ibarra, otro revolucionario, estuvo a poco de ser convencido por los munícipes sahuayenses de atacar a Zúñiga (González y González, 1998, p. 125), pero la intervención del entonces capitán Lázaro Cárdenas del Río, jiquilpense y seguidor de Zúñiga, evitó la confrontación.

El 23 del mismo mes, Zúñiga entró a Sahuayo. A semejanza de otros dirigentes que se distinguían por su animadversión contra el clero católico, ordenó el arresto de los sacerdotes e hizo que los condujeran ante él. En total fueron aprehendidos once presbíteros, cuyos nombres proporcionan tanto Luis González como José Prado: Pascual Orozco, el señor cura de la Parroquia de Santo Santiago; Enrique Sánchez Navarro, Trinidad Barragán, Melesio Espinosa, Luis Gálvez, Alberto Navarro, José Gutiérrez, los hermanos Enrique y Luis Amezcua, y Federico e Ignacio Sánchez –este último hermano de Macario Sánchez Sánchez, que hacía poco había visto nacer a su sexto hijo, José, el 28 de marzo pasado–. El grupo eclesiástico fue complementado con un joven seglar, José María Gálvez.

Los doce presos, fuertemente atados, fueron llevados a Jiquilpan. Zúñiga demandó cuarenta mil pesos a cambio de su libertad. A fin de persuadir al pueblo sahuayense, el tlajomulquense hizo fusilar a José María Gálvez frente a los once sacerdotes. Uno de ellos estuvo a punto de ser pasado también por las armas. El dinero fue reunido y entregado, y los presbíteros salvados. Doña Felícitas del Río, madre de Lázaro Cárdenas, le recomendó a este último que no procediera igual que su jefe. Los clérigos quedaron libres el 27 de junio, apenas unas horas antes de que Zúñiga partiera rumbo a Guadalajara, por el rumbo de la Ciénega (González y González, 1998, p. 129), hacia Tizapán.

Zúñiga tuvo un lugar destacado en la batalla de Orendain, el 6 de julio de 1914, ya que impidió que el ejército federal de Victoriano Huerta huyera hacia Colima y Manzanillo. Además, interrumpió las comunicaciones con la ciudad de México y se unió al general Lucio Blanco para cortar la retirada del general José María Mier. El 8 de julio de 1914, cuando las tropas constitucionalistas de Álvaro Obregón ocuparon Guadalajara, Zúñiga peleó en la Hacienda del Castillo, en El Salto, donde fue hallado el cuerpo sin vida de Mier.

Tras estos triunfos, Zúñiga y su destacamento se encuartelaron en Santa Cruz del Valle, desde el 9 al 27 de julio, cuando se marcharon junto a la columna de Lucio Blanco rumbo a la Ciudad de México, con la triunfante milicia obregonista.

La muerte del general Zúñiga tampoco ha sido aclarada completamente. La historia más célebre al respecto, de acuerdo con el libro Tlajomulco: Voces, visiones y perspectivas (2023), es la que sigue. De regreso a Jalisco, el gobernador y comandante militar Manuel Macario Diéguez empezó a ver con desconfianza la notoriedad –cada vez mayor– de Zúñiga, y a temer que fuera propuesto para el cargo de gobernador del estado. En adición, sospechaba de los constantes viajes que Zúñiga realizaba a Guadalajara desde Tlajomulco para visitar a su familia.

En consecuencia, tal como procedían los caudillos en la época, Diéguez determinó cortar por lo sano. Lo mandó apresar junto a su hermano el coronel Nicolás Zúñiga, y fueron confinados en la Penitenciaría de Escobedo bajo la excusa de haberse pasado al bando villista. Trasladados al cuartel Guerrero, situado en el ex Convento del Carmen, fueron fusilados la madrugada del 11 de diciembre de 1914. El libro Tlajomulco: Voces, visiones y perspectivas habla del día 12 del mismo mes, pero de 1915, pero la partida del Registro Civil proporciona los datos que expusimos.

Luis González y González, aunque no especifica la fecha, señala que Zúñiga murió “deshecho a bayonetazos por la escolta del general Diéguez” (1998, p. 129), lo cual está en consonancia con lo descrito en el libro Historia de la Revolución Mexicana, 1934-1940: los artífices del cardenismo: volumen 14 (p. 209), del mismo autor, y en el primer tomo de Lázaro Cárdenas, Modelo y Legado:

«el general Zúñiga, revolucionario radical, amigo del constitucionalismo –al cual Cárdenas no parece haber podido ver en Jiquilpan– fue sacrificado en unión de su hermano el coronel Nicolás Zúñiga, en el cuartel de El Carmen de Guadalajara, por órdenes del general Manuel M. Diéguez, jefe de la Zona de Jalisco. En esos días se dijo que el general Zúñiga, jalisciense, obtendría del Primer Jefe, señor Carranza, órdenes para relevar a Diéguez. Zúñiga y Diéguez tuvieron un altercado y se dice que Zúñiga dio un puñetazo en la cara a Diéguez y que por esto, pretextando que Zúñiga pretendía rebelarse contra Carranza, los mandó ejecutar; ejecución que se verificó a puñaladas de marrazo en el interior del cuartel de El Carmen. Zúñiga ―añade Cárdenas― fue amigo del constitucionalismo y no partidario de Villa. Las pasiones políticas de aquellos días lo llevaron al sacrificio».

La versión del H. Ayuntamiento de Tlajomulco, en un documento en que se presenta la iniciativa de erigir una estatua ecuestre del general, dice que fue decapitado el 1 de enero de 1915.

Leamos el documento, que hemos transcrito, que da fe de su deceso. Cabe mencionar que, además de un acta de defunción, es el permiso de Manuel M. Diéguez, ratificado frente a don Ángel Zúñiga, para que su hijo fuera sepultado en el cementerio de Mezquitán –que era, por entonces, el que estaba en funciones en Guadalajara–:

«Al margen izquierdo, centrado: 5398 / Cinco mil trescientos / noventa y ocho / Eugenio Zúñiga / 1172 / 31a edo. Herida / 2

Dentro: En Guadalajara, a 31 treinta y uno de di- ciembre de 1914 mil novecientos catorce, a las 4 ¾ cuatro y / tres cuartos de la tarde, el Juez que suscribe, recibió una co- / municación que en lo conducente dice: “El C. Gobernador / y Comandante Militar del Estado, tuvo a bien conceder / al C. Teniente Coronel Enrique Zúñiga, permiso para exhu- / mar del cuartel “Guerrero” los cadaveres de los señores Gene- / ral Eugenio Zuñiga……. y reinhumarlo en el Cementerio / Municipal de esta Capital.=Presente el señor Angel / Zúñiga, casado, agricultor, originario y vecino de Tlajomul- / [página siguiente] co, y accidentalmente en esta ciudad, y dijo: que el General / antes referido, era casado con María Trinidad Correa, de 31 / años, del mismo origen del declarante, su hijo / y de Vicenta Galvez y se reinhumará en el Cementerio Mu- / nicipal, según orden arriba suscrita y que se archiva bajo el nú- / mero de esta acta; cuyo fallecimiento acaeció el 11 once del / actual a las 12 ½ doce y media de la madrugada. […

El acta siguiente corresponde a la muerte de Nicolás, hermano de Eugenio.

Fragmento del acta de defunción de Eugenio Zúñiga. El Comandante Militar del Estado no es otro que Manuel M. Diéguez.

Menos de cuarenta años después, los paisanos de Zúñiga decidieron rememorarlo con un cambio toponímico. Así, por el decreto 4561, fechado el 27 de julio de 1939, Tlajomulco de Santo Santiago dejó de llamarse así para ser, hasta la actualidad, “Tlajomulco de Zúñiga”, en su honor. Actualmente sus restos yacen en el antiguo panteón de la cabecera municipal.

Copia de la iniciativa para colocar una estatua ecuestre de Zúñiga en su natal Tlajomulco.

Fuentes consultadas:

Campos Moreno, A. (2006). Algunas historias que en México se cuentan sobre el apóstol Santiago. Revista de Literaturas Populares. 6(1). http://www.rlp.culturaspopulares.org/textos/11/01-Campos.pdf

González y González, L. (1998). Sahuayo. México: El Colegio de México.

González y González, L. (1979). Historia de la Revolución Mexicana, 1934-1940: los artífices del cardenismo: volumen 14. México: El Colegio de México.

H. Ayuntamiento de Tlajomulco de Zúñiga (19 de octubre de 2017). Sin título. https://tlajomulco.gob.mx/sites/default/files/transparencia/iniciativasydictamenes2015-2018/IV.B)-19-DE-OCTUBRE-DEL-2017.pdf

Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (2020). Lázaro Cárdenas: Modelo y Legado. México: Secretaría de Cultura. Instituto Nacional de Estudios Históricos. https://inehrm.gob.mx/recursos/Libros/Lazaro_CardenasMLT1.pdf

Padilla Pérez, Jimeno Uribe, Orozco Gallardo & et. al. (2023). Tlajomulco: Voces, visiones y perspectivas. Editores: Enrique Gómez Lomelí, Catherine Fernández Hernández, Cindy Viridiana Oyarzabal Orozco. https://tlajomulco.gob.mx/TlajoVocesVisiones/assets/libro_2023_v2.pdf

Estatua del general Zúñiga en Tlajomulco. Fotografía tomada en 2016; créditos a su respectivo autor.