El “Atanasio del siglo XX”

Semblanza de Monseñor Francisco Orozco y Jiménez

Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo

Detalle de una fotografía de Monseñor Francisco Orozco y Jiménez (1864-1936), V Arzobispo de Guadalajara. Mejora y edición por la autora.

Hace apenas unos días, el 18 de febrero, se cumplieron 89 años de que, en 1936, pasó a la Eternidad el valiente prelado que regenteó la Arquidiócesis tapatía por poco más de veintitrés años, incluyendo los tiempos más álgidos de la persecución religiosa: Monseñor José Francisco de Paula Ponciano de Jesús Orozco y Jiménez. Fue el quinto prelado en ocupar este cargo, y además perteneció a la Academia Mexicana de la Historia, a la que ingresó en 1921.

Creemos que hablar de la muerte de un personaje implica, por justicia, hablar sobre su vida. Y el caso del preclaro varón que nos ocupa no es una excepción.

Francisco Orozco y Jiménez vio la luz primera el 19 de noviembre de 1864 en Zamora, Michoacán. Sus padres fueron José María Orozco Cepeda y Mariana Jiménez Fernández. Como muchos eclesiásticos mexicanos destacados de su tiempo, cursó estudios en el Colegio Pío Latino en la ciudad de Roma, hasta que fue ordenado sacerdote en 1887. Fungió como Obispo de Chiapas de 1902 a 1912, donde el gobierno liberal lo calificó, injustamente, de rebelde y levantisco, al grado de apodarlo “Chamula”, por su defensa de los habitantes indígenas de su Diócesis.

El Papa San Pío X lo trasladó a la Arquidiócesis de Guadalajara, adonde arribó el 9 de febrero de 1913, el mismo día en el que, en la capital del país, se desataba la Decena Trágica. Al ser firme y valiente defensor de la fe, muy pronto enfrentó problemas con las autoridades jacobinas, y en 1914 fue desterrado, en el primero de cinco exilios. En 1917 emitió una Carta Pastoral en la que, uniéndose a los otros Príncipes de la Iglesia en México, condenó los artículos de la Constitución que atentaban contra la libertad de los católicos, de los sacerdotes y de la institución eclesiástica. Esto supuso el cierre de los templos en los que fue leída, así como el encarcelamientos de clérigos y seglares católicos, y más tarde, en 1918, un nuevo destierro.

El 18 de enero de 1921, entre otros actos pastorales, efectuó la Coronación Pontificia de la Santísima Virgen de la Expectación –nombre litúrgico de Nuestra Señora de Zapopan– Generala de Jalisco y Patrona de la Arquidiócesis de Guadalajara.

Otro retrato de Monseñor Francisco Orozco y Jiménez, que lo muestra ataviado como correspondía a su cargo. Imagen editada y mejorada por la autora.

Ya durante la Guerra Cristera, no aprobó abiertamente la resistencia armada de los católicos, pero tampoco los condenó. Y de todos los miembros del Episcopado, junto con el Obispo de Colima, fue el único que, poniendo el ejemplo a sus presbíteros, se quedó con sus fieles, viviendo a salto de mata para continuarlos auxiliando espiritualmente. A pesar de ello, el régimen lo calumnió y acusó de ser uno de los dirigentes cristeros. Fue uno de los hombres más buscados de Jalisco en aquel entonces. A muchos católicos jaliscienses, inclusive bajo tortura, se les exigía que revelaran su paradero, pero nadie lo delató jamás, y el mismo régimen nunca pudo capturarlo durante el tiempo que duró la Cristiada.

Cuando se llevaron a cabo los mal llamados “arreglos” entre el Estado y la Iglesia, Monseñor Francisco tuvo que partir al destierro. Éste fue, justamente, una de las condiciones para la negociación, si es que cabe aplicarle tal calificativo. Junto con él, dos obispos que ya se hallaban en el exilio se vieron obligados a no poner un pie en México: José María González y Valencia y José de Jesús Manríquez y Zárate. A diferencia de Monseñor Francisco, ellos sí apoyaron abierta y públicamente la lucha de los cristeros.

Francisco Orozco y Jiménez en la década de 1920, ya cuando el conflicto entre la Iglesia y el Estado comenzaba a recrudecer de forma irreversible. Fotografía editada y mejorada por la autora.

Debilitado por las persecuciones y por cinco destierros –de allí la comparación con el prelado de Alejandría que usamos en el título, quien también vivió lo mismo, en la misma cantidad de ocasiones–, el prelado de origen michoacano retornó a Guadalajara durante el gobierno de Lázaro Cárdenas del Río, jiquilpense, quien a pesar de sus ideas y proyectos socialistas y comunistas le permitió volver a la sede de la amada Arquidiócesis.

Para el momento de su ansiado regreso, después de las incontables penalidades sufridas, el intrépido Arzobispo ya se hallaba enfermo. Tampoco le había faltado sufrir renovados atentados contra su vida. Por fin, contrajo una infección que le laceró el hígado y le oscureció el corazón. Tal patología, aunada a la fragilidad natural y a su edad, lo llevaría al sepulcro.

Francisco Orozco y Jiménez en sus últimos años. Fotografía editada y mejorada por la autora.

El 2 de febrero de 1936, el ilustre eclesiástico entró en agonía. Sus feligreses se enteraron de su gravedad hasta dos semanas después, por medio de boletines médicos que fueron fijados en las puertas de los templos. Cada fiel tapatío se enteró, así, del doloroso final de su esforzado pastor.

A las 6:45 de la tarde del 18 de febrero, a los 71 años y 3 meses exactos de edad, más un día, aquel siervo bueno y fiel, Francisco Orozco y Jiménez, V Arzobispo de Guadalajara, dejó de existir para la vida terrena. El primer mensaje que salió del Arzobispado se dirigió al Papa Pío XI, en los siguientes términos: «Grandísima pena comunico hoy murió Arzobispo Orozco».

Su funeral fue uno de los más apoteósicos que se han vivido y visto en Guadalajara, al grado que se estima que aproximadamente una cuarta de la población de la urbe participó. Antes de las exequias, fue velado en el Sagrario Metropolitano, en tanto que la ceremonia de cuerpo presente tuvo lugar en la Catedral. El cortejo fue multitudinario: había tanta gente que era imposible que más dolientes ingresaran.

Así lucía la Avenida Alcalde en el momento en el que el ataúd con el cuerpo del Arzobispo –véase la carroza– avanzaba camino hacia el panteón de Santa Paula, donde se le sepultaría. Imagen editada y mejorada por la autora.

El cadáver de Monseñor Francisco fue llevado por toda la Avenida Alcalde, con dirección al Santuario de Guadalupe, hasta la esquina de la calle Juan Álvarez. De allí la comitiva dio vuelta, rumbo al cementerio de Santa Paula –mejor conocido como panteón de Belén–, donde se procedió a la inhumación.

Féretro de Monseñor Francisco Orozco y Jiménez poco antes de entrar a su sepultura. Fotografía editada y mejorada por la autora.

Actualmente, los restos mortales del Atanasio del siglo XX reposan en la Catedral tapatía, en la capilla del Santísimo Sacramento, bajo un mausoleo que muestra al León de Lucerna.

Como último dato, nuestro personaje está en proceso de beatificación. Ya fue declarado Siervo de Dios, pero los trámites para que continúe el procedimiento, como en el caso de tantos varones y mujeres ilustres, continúan estancados.

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Fuentes:

Semblanza de Monseñor Francisco Orozco y Jiménez redactada para una serie de biografías de personajes de la persecución religiosa y la Guerra Cristera, en colaboración con Ruta Cristera Sahuayo.

Testimonios orales de María del Carmen Ávalos Herrera, q.e.p.d.

Camberos Vizcaíno, V. (1966). Francisco Orozco y Jiménez: biografía. México: Jus.

Jamay fue sede de la XLIX reunión biestatal de cronistas Jalisco-Michoacán.

Omar Antonio López Chávez *Cronista de Jamay.

El pasado 25 de enero, el municipio de Jamay, Jalisco, se convirtió en el epicentro de la historia y la cultura regional al albergar la XLIX Reunión Biestatal de la Asociación de Cronistas Jalisco-Michoacán. Este evento, que congregó a cronistas de diversos municipios y regiones, fue una oportunidad para compartir investigaciones, relatos y experiencias en un ambiente de colaboración y aprendizaje.

El Salón Paco Ochoa de la Casa de la Cultura de Jamay fue el escenario donde se presentaron ponencias que destacaron la riqueza histórica y cultural de la región. Los cronistas provenientes de La Palma, Michoacán; Pajacuarán; Tuxpan Jalisco; Jiquilpan; Yurécuaro; Vista Hermosa; Poncitlán; Tlajomulco; Atequiza; Jocotepec; San Antonio Tlayacapan; Chapala; Tuxcueca; Ixtlahuacán; San Miguel de la Paz,  Jamay,  y Guadalajara,  así como invitados de Tlaxcala, compartieron sus conocimientos y perspectivas, enriqueciendo el evento con su diversidad y profundidad.

Entre los destacados ponentes se encontraba Cruz Fernando Bañuelos López, cronista de Jamay, quien presentó una ponencia sobre el “Barrio de San Antonio”, uno de los barrios más emblemáticos del municipio. Las presentaciones también incluyeron temas como “El oficio del historiador” por Francisco Gabriel Montes, presidente de la ACJM, así como  “Flotilla de canoas cargueras” por Aida Aguilar, “Batalla de la Trasquila” en Jiquilpan por Salvador Meza Carrazco, y “Pajacuaran” por José Castellanos. Estas ponencias resaltaron la importancia de preservar la historia, no solo en los grandes eventos y figuras, sino también en los actos cotidianos y las tradiciones que conforman la identidad de nuestras comunidades.

La reunión no solo se limitó a las presentaciones. También se llevaron a cabo mesas de trabajo para discutir temas generales y planificar futuras reuniones. Entre las actividades se incluyeron presentaciones de libros y temas de investigación, y se propuso que Jocotepec sea la próxima sede para continuar con el intercambio cultural y académico.

La presencia de los cronistas de Jalisco y Michoacán en Jamay refuerza la identidad y el patrimonio cultural de las localidades involucradas. Este encuentro destacó las tradiciones compartidas, la proximidad a importantes cuerpos de agua, y la gastronomía que nos caracteriza y define como región. La celebración concluyó con un compromiso renovado de seguir trabajando juntos para mantener viva la historia y la cultura de nuestras comunidades.

El fraile de la Generala

Lic. Helena Judith López Alcaraz

En una fecha como esta, pero del lejano año de 1570, en la Guadalajara neogallega, pasó a la Eternidad el célebre y connotado Fray Antonio de Segovia, reconocido por su incansable labor evangelizadora y, de forma muy especial, por haber sido quien trajo, desde los lares michoacanos, la bendita y venerada imagen de la que ahora es la querida Generala, Taumaturga, Pacificadora, y Patrona de la Arquidiócesis tapatía y del Estado Libre y Soberano de Jalisco.

Fotografía antigua de la Virgen de Zapopan, digitalizada y subida a Flickr por Anastasio Juárez Herrera.

Nuestro personaje, según la Real Academia de la Historia, nació en Segovia, España, en 1485. Según Leonicio Muñiz, cronista de Guadalajara, vio la luz primera en esa misma ciudad, pero en 1500. Profesó en el convento franciscanos de la Limpia Concepción, en su urbe natal, y viajó a la Nueva España en el año de 1527, en la segunda barcada de religiosos que lo dejaron todo para extender la religión católica en las tierras novohispanas.

Firmemente decidido a cumplir su misión, durante su estadía en la Ciudad de México, Fray Antonio aprendió náhuatl a los pocos meses de su arribo, y luego pasó a la recién conquistada Nueva Galicia, donde emprendería y llevaría a cabo su mayor legado. Lo destinaron, en específico, al convento de Santa Ana en Tzintzunzan, Michoacán. En ese sitio, adquirió grandes conocimientos sobre la imaginería elaborada y trabajada con caña de maíz, técnica indígena que aligera el peso de las imágenes. Para la evangelización y catequesis, el fraile llevó sobre sí una imagen de la Virgen de la Concepción, de treinta y cuatro centímetros de altura, justamente de caña de maíz, hecha en Pátzcuaro. Él mismo había mandado fabricarla.

La efigie de Nuestra Señora de Zapopan, aunque para ese momento probablemente sólo Dios lo sabía, estaba lista para principiar su portentosa historia.

Los Anales de los indios de Tlajomulco –antes “de Santo Santiago”, hoy “de Zúñiga”– asientan que en 1530, cuando Guadalajara no había sido fundada ni siquiera por primera vez, Fray Antonio arribó a ese territorio y comenzó, contra viento y marea, la conquista espiritual de los tlaxomultecas. Al año siguiente, sin demora, empezó a catequizar y bautizar a los cocas y tecuexes. Podría decirse que era, sin temor a exagerar –esto es apreciación de quien esto escribe–, un San Francisco Javier en pequeña escala.

Fray Antonio de Segovia; Imagen del Apóstol de la Nueva Galicia con la imagen de la Virgen colgada al pecho. Fotografía subida a Wikipedia por Héctor Josué Quintero. Imagen mejorada por la autora.

Aunado a sus correrías apostólicas, Fray Antonio fungió como el primer custodio de la Orden franciscana en el Reino de la Nueva Galicia. Como tal, en 1531 –mismo año de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe en el cerro del Tepeyac–, institutó el convento de la Asunción, en Tetlán, junto a Tonalá, en las inmediaciones de lo que, más tarde, sería Guadalajara.

El 9 de octubre de 1531, en el atrio del susodicho convento, el egregio franciscano pregonó y efectuó, él mismo, el empadronamiento de las sesenta y tres familias que fundaron la villa del Espíritu Santo y, asimismo, mandó edificar –a raíz de la conquista, y en conmemoración de la victoria alcanzada– la primera capilla dedicada al primer miembro del Colegio Apostólico que sufrió el martirio. Poco más tarde, la ahora capital de la entidad jalisciense sería fundada por primera vez en 1532.

Durante algunos años, desde el convento de Tetlán, fray Antonio de Segovia, evangelizó, con sus hermanos de congregación, la mayor parte del Antiguo Occidente de México –es decir, los actuales estados mexicanos de Jalisco, Colima, Nayarit, Zacatecas–. Su extensa e perseverante acción apostólica se extendió entre los indios zacatecas, xiconaques, cuztiques y otomchichimeca. Porque, además de esto, Fray Antonio aprendió las lenguas cazcanas, coca y tecuexe.

Siempre a pie, descalzo, con su hábito de sayal, un Santo Cristo y la Virgen de la Concepción, cristianizó a miles de indígenas. En 1541, al llegar a su desenlace de la batalla del Mixtón –que puso en entredicho la Conquista– pidió al virrey de Mendoza:

“[…] ya ha corrido, Señor, sus términos la justicia, bueno es se le de lugar a la misericordia, yo me obligo a subir al cerro […] y me prometo con la gracia de Dios buen efecto, bajando a estos pobres reducidos”.

Fray Miguel de Bolonia y Fray Antonio de Segovia, este último portando en el pecho a Nuestra Señora de San Juan en 1542. Imagen: Página de Facebook de la Catedral Basílica de San Juan de los Lagos. Mejora por la autora.

Y cumplió la palabra empeñada. En compañía de Fray Miguel de Bolonia –nativo de Flandes, hoy parte de Bélgica–, o «Bologna» (pronunciado “Boloña”) logró bajar a seis mil combatientes, logrando paz y perdón para ellos. Después, se procedió a la fundación el pueblo de Juchipila, en el actual estado de Zacatecas. Cabe decir, como breve paréntesis, que Fray Miguel fue quien donó la imagen de Nuestra Señora –confeccionada en las cercanías de Pátzcuaro– que hasta la fecha se venera en San Juan de los Lagos. De hecho a él se le debe la fundación de San Juan Bautista Mezquititlán, que se convirtió en dicha ciudad jalisciense.

Llegó 1542, el año de la cuarta y definitiva fundación de Guadalajara, en el valle de Atemajac. En ese año, con pobladores indígenas, Fray Antonio refundó, en las inmediaciones, la villa de Zapopan. A ellos entregó la imagen que lo había acompañado por tanto tiempo en sus viajes evangelizadores: la Santísima Virgen de la Expectación, que con el correr del tiempo adquiriría tantos títulos como portentos habría de obtener del Todopoderoso para los habitantes de esta tierra que la tomó por Madre, gracias a la donación del fraile de Segovia.

Según relata Leonicio Muñiz, ya anciano, nuestro biografiado vivió en el Convento de San Francisco en Guadalajara, anexo al templo del mismo nombre, y que aún existe, donde siempre dio muestras de devoción y piedad. Cuenta la leyenda que Fray Antonio tenía por costumbre asistir al coro para rezar en solitario.

Templo de San Francisco de Asís, en Guadalajara, en el ocaso del siglo XIX. Fotografía: Guadalajara Antigua.

Una tarde, un hermano lego escuchó sus rezos, pero aquella vez, a diferencia de otras, las preces iban acompañadas de voces hermosas que, como cabía esperarse, movieron su curiosidad. El hermano se aproximó a la entrada del coro, donde vislumbró un resplandor muy especial que iluminaba al fraile, pero prefirió retirarse. Entonces descendió al refectorio donde, entonces sí, se llevó una gran sorpresa: ahí se encontraban todos los monjes, menos Fray Antonio.

Efigie levantada a Fray Antonio de Segovia en el atrio de la Basílica de Zapopan. Fotografía tomada por Luis Romo Herrera.

Al tiempo que se preguntaba quiénes, en tal caso, acompañaban al aludido en sus oraciones, subió de nueva al coro… sólo para hallarlo solo, en medio de las sombras, sin dejar de proferir sus plegarias.

Sin duda que los ángeles se le habían unido, pero ya habían desaparecido.

Extenuado pero con la satisfacción de quien ha cumplido su deber para con Dios y con el prójimo, habiendo sido el primer gran evangelizador de las tierras que ahora conforman Jalisco y parte de Zacatecas, Fray Antonio falleció en el convento franciscano ya descrito, el 19 de diciembre de 1570, a la edad de ochenta y cinco años. Justo una jornada antes, el 18 de diciembre, es la festividad litúrgica de Nuestra Señora de la Expectación, el nombre de la advocación de la Generala.

Atrio de la Basílica de Zapopan, en la que se yergue una estatua de Fray Antonio de Segovia. Fotografía del blog de San Carlos Fortín.

Los restos de Fray Antonio se encuentran en algún lugar del templo de San Francisco. Hasta la fecha se estudia la cuestión sobre un posible hallazgo, pero no se ha esclarecido todavía.

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Fuentes:

Aportaciones de Leonicio Gutiérrez Muñiz.

Gutiérrez Lorenzo, M. (2018). Antonio de Segovia. Real Academia de la Historia. https://dbe.rah.es/biografias/51520/antonio-de-segovia  

Valdivia, G. (s. f.). La Virgen de San Juan de los Lagos: historia y milagros de la imagen tan visitada en México. Turismo San Juan de los Lagos. https://turismosanjuandeloslagos.com/la-virgen-de-san-juan-de-los-lagos-historia-y-milagros-de-la-imagen-tan-visitada-en-mexico/

Yo, Juan Sayula Cantor.

El amo Torres


Yo vi la batalla de Zacoalco, yo la viví con pasión y temor en días aciagos y llenos de cambios tempestuosos. Que más podíamos hacer los de aquí y demás pueblos, sino aguantar precariedades e injusticias y envolvernos sin querer en el torbellino de lo inevitable.
Mis ojos vieron muchas cosas llenas de dolor, mis oídos escucharon las consignas de que rodara la sangre, sin saber quiénes serían los caídos y la pena de sufrir pérdidas de los más entrañables. Mi condición de necesidad me hizo entrar a la lucha sólo esperando despojarnos de una sumisión a los europeos.
Sin mal no recuerdo, esa batalla fue un domingo del 4 de noviembre de 1810, en la planicie  entre Zacoalco y Catarina, se enfrentó nuestro bando insurgente contra los realistas que venían de Guadalajara. A nosotros nos decían los pícaros o rebeldes, quién sabe por qué. El caso es que mermados en cantidad y en armas, no encontramos más remedio que coger machetes, piedras, hondas y cuanta vara puntiaguda fuera útil, para pelear contra el numeroso contingente que traía el hacendado de Huejotitán, Tomás Ignacio Villaseñor, opositor en la batalla. Por nuestro lado estaba José Antonio Torres, quien ya era de la gente conocida del señor Miguel Hidalgo, desde el levantamiento de septiembre de 1810.
Ya andaba la refrasca por todos lados. Eso no lo iba a detener nadie, así se pensaba por Cocula, Techaluta, Atoyac y hasta en los pueblos ribereños donde los de nuestra misma condición andaban ya alborotados. Atrás del cerro de Zacoalco, ya andaba levantado en armas Antonio Trinidad Vargas, por el rumbo de San Pedro Tesistán.
Algunos sacerdotes se dividieron en los dos frentes, pese a las prohibiciones del obispo Cabañas de excomulgar a cuanto religioso se metiera en el enredo. Por el lado de Jocotepec, se supo que el cura José Pablo Márquez, andaba  tras los tenientes de curas que agarraron la bandera de la rebelión. En Chapala se dijo que agarraron al Padre Robles, mandándolo preso a Guadalajara.
Ya tiene tiempo el rumor que entre el cura Márquez y el hacendado Villaseñor, hicieron sus alianzas para hacerle frente a todo intento de levantamiento en contra de la corona española. Son tantos los recuerdos que están hechos puño en mi cabeza, que con el tiempo he tratado de desenredarlos para tratar de entender tantas confusiones.
Los solares del plan de Catarina y Zacoalco, lugar donde acamparon,  guardaban aun las humedades de las lluvias del temporal anterior y todo anunciaba que sería trabajosa la lucha. El empeño de nuestras gentes pronto acobardó a los orgullosos realistas y criollos, cuando empezó la batalla al sonar la consigna de ¡Viva Nuestra Señora de Guadalupe y mueran los gachupines!
Estaban tan rabiosos los gachupines contra el Mayorazgo de Huejotitán, por su condición de criollo y el habérselos impuesto como líder de la comitiva realista, que se supo después que el peninsular don Pascual Rubio, intentó matarlo a mansalva, fallando en su intento.
Mis compañeros del combate dicen que la batalla duró más de una hora, yo creo que fue más, pero lo suficiente para derrotar a un grupo de orgullosos realistas que antes de pelear ya daban por hecho nuestro fracaso. Se tomaron prisioneros a muchos de ellos y, luego, se supo que a deshoras de la madrugada fueron ejecutados en las orillas de Zacoalco, pese a las prohibiciones del Amo Torres de no hacerlo.
Murió gente de Zacoalco, San Martín de la Cal, Barranca de Santa Clara, Atemajac de la Tablas, Juanacatlán, Techaluta, Amacueca y pueblos de esta demarcación.  A muchos de los nuestros los ejecutaron con saña y maldad, dizque para atemorizar a los alzados y someter el levantamiento. Degüellos, ahorcamientos, fusilamientos, decapitaciones y demás actos, fueron los ocurridos también entre los miembros aprehendidos de un bando y otro. Luego nos llegó la noticia de que El Amo Torres entró con sus ejércitos a Guadalajara, donde el cura Hidalgo los esperaba a sabiendas del triunfo.
Las memorias escritas mencionan a los españoles muertos en Zacoalco, siendo casi la mayoría vecinos de Sayula y fueron: Agustín Pérez de la Lastra, Fernando Fernández, Toribio de la Torre, Ángel Morales, José Isidoro de la Fuente, Agustín Caballero, Dionisio Sáenz, Antonio Fernández Montes, Manuel de la Torre Marroquín, Francisco Antonio Tellaechea, Francisco Hernández Sáenz, Ramón Viaña y Pablo Carrera.
Tan no se dejó la gente de todos estos pueblos que supimos que un mes y trece días posteriores a la batalla de Zacoalco, los indios de San Luis Soyatlán, le escribieron una carta de conocimiento y queja al mismo Hidalgo y para que se enterara el Amo Torres, de que pusiera orden en el cura Márquez de Jocotepec, debido a su intransigencia de cobrar los aranceles eclesiásticos más de lo normal.
Y se fueron más allá, porque les recordaron que muchos habitantes de los pueblos ribereños participaron en la batalla, exponiendo sus vidas, así como cincuenta valientes asistieron a la comitiva que entró triunfante a Guadalajara, acompañando al Amo Torres y demás insurgentes.
Se supo que ese ocurso lo escribió José de los Santos, escribano de Consejo, y que a nombre del Alcalde y del pueblo se firmó el 17 de diciembre de 1810, dejando bien claro que no se toleraría en lo sucesivo el descomedimiento del hermano del párroco, quien tenía en ocasiones la costumbre de cachetear a los feligreses en plena iglesia.
Triste fue nuestro destino en los días sucesivos a la derrota en Puente de Calderón, porque las represalias no se hicieron esperar al iniciar el sometimiento de los pueblos del sur. En febrero de 1811, el General Cruz y el Coronel Rosendo Porlier, acompañados del terrateniente de Huejotitán, con mano dura se hizo saber que “no debe perdonarse la vida a ningún rebelde sea de la clase, condición y edad que fuere”.
Luego supimos los de Zacoalco que al atacar José Santana al pueblo de Jocotepec, se sorprendió al cura Márquez auxiliando a un moribundo y allí se le dio muerte. El presbítero José María Berrueco, quien antes estuvo en ese pueblo y conocido del celoso cura, ya estando en Tlajomulco, se enteró de la noticia y  mandó traer el cuerpo del victimado para darle cristiana sepultura en la parroquia de San Antonio de Padua.
Mi testimonio está exento de intereses personales y doy fe como testigo de lo que vieron mis ojos y escucharon mis oídos. Por ello, es penoso recordar la bárbara ejecución que tuvo el hombre de armas Torres en Guadalajara, al ser vejado con todo lujo de alevosía y rencor vivo al destrozar su humanidad, advirtiendo sus verdugos que era por pago a sus feroces crímenes.
Fue el 23 de mayo de 1812, cuando fue ahorcado y descuartizado su cuerpo por ser acusado de traidor al rey y a la patria. ¿Cuál patria?
En la sentencia de ejecución así reza textualmente: “…condenándolo en consecuencia a ser arrastrado, ahorcado y descuartizado, con confiscación de todos sus bienes, y que manteniéndose el cadáver en el patíbulo hasta las cinco de la tarde se baje a esta hora, y conducido a la plaza nueva de Venegas, se le corte la cabeza y se fije en el centro de ella sobre un palo alto, descuartizándose allí mismo su cuerpo, y remitiéndose el cuarto del brazo derecho al pueblo de Zacoalco, en donde se fijará sobre un madero elevado, otro en la horca de la garita de Mexicaltzingo de esta ciudad por donde entró a invadirla, otro en la del Carmen, salida al rumbo de Tepic y S. Blas, y otra en la del bajío de S. Pedro, que lo es para el puente de Calderón (…) que pasados cuarenta días se bajen los cuartos, y a inmediación de los lugares respectivos, en que se hayan puesto, se quemen en llamas vivas de fuego, esparciéndose las cenizas por el aire; que con testimonio de esta sentencia se pase oficio al subdelegado de S. Pedro Piedra Gorda para que teniendo el reo casa propia en aquel pueblo, y no habiendo perjuicio de tercero por censo u otro derecho real sobre ella, la haga derribar inmediatamente y sembrar de sal, dando cuenta con la diligencia correspondiente”.
Yo, Juan Sayula Cantor, quien dejé mi ombligo al parirme mi madre en este pueblo de San Francisco de Zacoalco, dejo estas palabras para la posteridad.

MANUEL FLORES JIMÉNEZ/ CRONISTA DE JOCOTEPEC, JALISCO.
A 214 años de la batalla de Zacoalco, entre insurgentes y realistas, con algunas referencias del libro “El gobierno insurgente en Guadalajara, 1810-1811”, de José Ramírez Flores.

La descripción de los curatos y doctrinas de Michoacán 1630 . Lenguas naturales que se hablaban.

Francisco Gabriel Montes Ayala

La descripción antigua de los curatos y doctrinas, un libro que se escribió en los primeros años del siglo XVII, que tiene la inscripción «libro de la minuta de las doctrinas que ay en este Obispado de Mechoacan, Assi veneficios de clérigos como guardianías y prioratos» es la más amplia descripción de los curatos diocesanos, agustinos y franciscanos del antiguo Obispado de Michoacán.

Dicho texto lo manó escribir el Obispo Fray Alfonso Enríquez de Toledo y Armendariz, y enriquecido con textos adicionales del siguiente obispo en sucesión, Fray Francisco de Ribera, Obispo de Michoacán, por el año de 1631, siendo su secretario Isidro Gutiérrez de Bustamante.

Dicha descripción de los curatos es amplísima, según el historiador José Bravo Ugarte, dice que el obispado de Michoacán, comprendía «los actuales estados de Michoacán, Colima y Guanajuato, este sin Casas Viejas, ni Xichú. En Guerrero, Tecpan, Coahuayutla, Zacatula, Coyuca y Cutzamala. En San Luis, dice Bravo Ugarte, correspondían San Luis Potosí, Santa María del Río, Cerritos, Guadalcazar, Río Verde y Maíz. En Tamaulipas, Jaumave, Palmillas, Real de los Infantes y Tula. En Jalisco, Almoloya, Atotonilco, Ayo, Cajititlán, Comanja, Ixtlahuacán, La Barca, Ocotlán y Zapotlán.

Los grupos étnicos que consigna esta minuta, son los mexicanos, purépechas, otomíes, mazaguas, matalzincas, cuitlatecos, chontales y mazatecos. Las tres primeras mencionadas era las predominantes. y el grupo más extendido era el tarasco; el mexicano y tras de éste el otomite. Después venían el mazagua, el cuitlateca y el chichimeca.

Destacaba también en la geografía del obispado michoacano, otros hablantes indígenas, que tenían lenguas como la sarame, la cuacomeca, la chumbia, la matalzinca, la teca, la zuteca, la teconuca, la coca, la alanzauteca, la pani, la mazateca, la chontal, la cuitlateca, la tepusteca, la tamazulteca, la zullulteca, la camalalla y la tequeje.

Sin duda, que era la variedad más extensa de lenguas. El Obispado obligaba a los sacerdotes, que se ordenaran hablar las lenguas, para mandarlos a las cabezas de parroquia, de acuerdo a la lengua hablada en la geografía de la parroquia. Por eso encontramos sacerdotes hablando uno, dos y hasta tres lenguas, a parte del español. Bien pudiera ser como el caso de que el párroco hablaba una lengua y el teniente de cura otra. En ningún momento se obligaba a los naturales de aprender el español, y según las leyes de indias, el castellanos era para que lo enseñaran los sacristanes, nunca los párrocos. Es preciso entender que muchos sacerdotes los encontramos siendo originarios de pueblos indígenas, por lo que no estaban vedados a la ordenación presbiteral los naturales.

Un ejemplo es el que muestra este documento, al hablar de Ayo el Chico, dice el señor Rivera: «los indios de este partido son cocas y otomites; administrase en mexicano». El mismo obispo dijo de Maquilí, «el mexicano es la lengua común».

En la ciénega la Parroquia de San Francisco Ixtlán se administraba en mexicano y purépecha, porque todos los pueblos sujetos como San Pedro Caro, Santa María de la Asunción Coxumatlán, San Cristobal Pajacuarán, Santiago Sahuayo, San Miguel Guaracha eran bilingües, hablantes del mexicano, pero obligados en tiempos de la expansión purépecha a hablar la lengua michoacana.

En fin que el Obispado de Michoacán, y esta minuta, nos muestra que la administración de los sacramentos estaba repartida entre 58 clérigos diocesanos beneficiados, 38 guardianías franciscanas y 20 prioratos agustinos.

La Minuta

El asalto a Jocotepec, Jalisco.

Mtro. Manuel Flores Jiménez *Cronista de Jocotepec.

Corría el año de 1878, entre los vaivenes políticos como consecuencia de la guerra de Reforma en el país, Porfirio Díaz había hecho ya su pronunciamiento en contra del gobierno juarista, continuando las discrepancias en torno a la lucha por el poder.

En gran parte del territorio nacional prevalecía un ambiente de inseguridad donde los grupos de las gavillas sembraban el temor en los habitantes de todas las regiones, principalmente en los ataques que hacían a las haciendas y a las poblaciones, para saquear con violencia lo que encontraban a su paso.

Algunos de estos grupos de gavilleros provenían de jornaleros que mantenían cierta relación de amistad o parentesco y, que al calor de la efervescencia política de aquellos años, se mezclaron entre sí para delinquir al margen de la poco asertiva aplicación de la justicia que no era tan efectiva. De los míseros salarios que recibían por el pago de un jornal, vieron la facilidad de cambiarse a un bando que se enriquecía con mayor facilidad en las actividades propias de ese oficio.

Dentro del contexto municipal, el Lic. Trinidad Henríquez, Juez 3º. de lo Criminal, suscribió en el acta correspondiente, los hechos acontecidos la noche del 9 de noviembre de 1878, donde la localidad de Jocotepec, Jalisco, sufrió un gran robo, ascendiendo a 37 personas que fueron privadas de algunos de sus bienes. El mencionado juez registró los nombres y las cantidades de las que fueron afectados.

Carmen Rivera y compañía: 500; José B. Balcázar: 1000; Juan Félix y compañía: 967; Jesús Rivera y compañía: 400; Filomeno Chavoya y hermano: 980; Doña Guadalupe Blais: 200; José María Ybarra y Gómez: 300; Luis Loza: 179; José María Palos: 400; Jesús Acosta y compañía: 200; Feliciano Cuéllar: 109; José González: 180; Marcelino García: 90.90; Mariano Patiño: 40; Macario García: 200; Pedro Sánchez: 24; Eufemio Loza: 12.29; Rafael Cuevas: 87; Ignacio Cuevas y Acosta: 280; Pedro González: 1000; Antonio Veitia: 161; Martín Chacón: 9; Nepomuceno Chacón: 19; Agapito Ybarra: 199; Sebastián Ibarra 96; Trinidad Zárate: 100; *Sr. Cura Vicente López de Nava: 14; Jesús Huerta: 36; Jesús Villa: 30; *Pbro. Petronilo Chacón: 900; Doña Estéfana García: 90.29; Francisco G. Gutiérrez: 30; Guadalupe Aceves: 92.29; Pilar Ortega: 6.90; Jesús Flores: 12; Cipriano Rodríguez: 8; Manuel Castillo: 9.

El total de dinero confiscado por los malhechores fue 7,619.79.

Las declaraciones de algunos testigos como José María Palos, decían que el 9 de noviembre fue asaltado y robado el pueblo de Jocotepec; que reconocía algunas prendas rescatadas como propiedad de las señoras García: “dos tapalos de gros, uno plumbago y otro solferino y negro”, confiscados a Saturnino Castillo y Francisco Mesa. Una bola de gamuza amarilla dentro de un baúl (se dice que éste era de José Rivera) y unas botas.

Por su parte, el testigo José Jesús Espinoza, afirmó que el citado Eduardo Ayala, dijo públicamente que le dieran un apoyo económico, que de todos modos vendrían a robar a los más ricos. Que esa noche del asalto andaba revuelto entre los ladrones y les decía que fusilaran a Sánchez.

Por su parte, Eduardo Ayala, avecindado en la hacienda de Potrerillos, señaló que hace tres semanas estuvo en Jocotepec, y fue con el fin de sacar una camisa que tenía empeñada. Que estando en ese pueblo llegaron los ladrones entre ocho y nueve de la noche, en ese momento estaba en la tienda de Jesús Acosta, y otra persona lo vio también. Que “luego se echaron sobre la tienda y al exponerse lo golpearon, le quitaron sus calzones, su frasada y su camisa; que luego que pasó el robo se fue a dormir encuerado como estaba a la casa de Atanasio Chacón. Desde muy temprano se salió y se vino para la hacienda de Potrerillos, y que no conoce a José Sánchez ni tampoco conoció a ninguno de los ladrones”.

En otra declaración el presidente del ayuntamiento de Chapala, dijo que fueron apresados Máximo Castañón por Antonio Veitia en la hacienda de Zapotitán, y Ángel Calderón por Jesús Cuevas y Berrueco, quien le recogió un pantalón, unas pantaloneras, unas bolas de hule y un tranchete. Que tales prendas fueron reconocidas por don José Baltasar y don Feliciano Cuéllar, y eran de las robadas esa noche en el asalto.

Máximo Castañón, afirmó que era viudo de 35 años de edad, jornalero y vecino de Tlajomulco, que nunca había estado preso y que vino a este pueblo a ayudarle a su cuñado Jesús Huerta a recoger sus mazorcas.

Ángel Calderón, vecino de Tonalá, alfarero de 34 años, dijo que nunca había estado preso “y yo soy hombre de bien”; que vino el domingo a vender loza blanca, llegando el sábado como a las seis de la tarde. Entonces lo apresaron cuando traía unas prendas recogidas en la casa de don Marcelino Penando, que eran de él; que la esposa dijo que la había robado. Que para escaparse y no lo mataran se subió a un zalate y se bajó cuando llegó el auxilio para ver si no se habían robado su burro aparejado.

El testigo Feliciano Cuéllar, dijo que radicaba en Jocotepec, de 48 años de edad, casado y comerciante. Al preguntarle sobre qué hacía Ángel Calderón al apresarlo, respondió que lo vio en la plaza “pepenando cosas que largaron los bandidos”. Que eran unas prendas que tenía tapadas con unos manojos de hoja en el zaguán de la casa de don Marcelino García; que lo detuvieron a él, a Pedro García y a Jesús Cuevas y León. Que estaba “pepenando” las prendas en la plaza, frente a la tienda de su propiedad, siendo dos pares de pantalones y unas bolas de hilo que llevaba en la pechera.

Jesús Cuevas y Berrueco, comerciante y viudo de 27 años de edad, dijo que radicaba en Jocotepec. Que andaba ayudando a apagar un incendio la noche del asalto; que oyó un ruido de voces como pleito, corrió y a media plaza estaban don Feliciano Cuéllar, don Jesús de León y don Pedro García que forcejeaban con un hombre. Le dijeron éstos que ese hombre (Ángel Calderón) era uno de los ladrones, que consiguió un lazo y lo amarró poniendo a alguien que lo cuidara; que al registrarlo le encontró un envoltorio con bolas de hilo y un tranchete que traía en la pechera.

Los testimonios de los testigos muestran los nombres de vecinos de otra época y otros rasgos que por su peculiaridad llaman la atención. Ni el mismo párroco Vicente López de Nava y el sacerdote Petronilo Chacón se les escaparon a los gavilleros. A este último lo persiguieron mucho tiempo y estuvo a punto de morir en manos de estos grupos que se disfrazaban de “liberales”, cuando en realidad eran señalados como delincuentes.

No fue así con el sacerdote Bernardo Pérez, quien en otra ocasión fue fusilado a un lado de la puerta mayor, junto con el jefe de armas de la población, don Antonio Cruz Aedo, a quien lo colgaron de la puerta mayor del mismo templo. Los restos del cura López de Nava y del Padre Chacón fueron sepultados en el presbiterio de la capilla del Señor del Huaje, los dos murieron el mismo año.

En el libro titulado “El retrato de Jalisco”, de Carlos Navarro (octubre 2003, Prometeo Editores, Guadalajara, México), se registra un exvoto de agradecimiento de Diego Hernández, fechado en 1862, colección del mencionado autor, y que fue elaborado por el pintor José María Mares, cuya leyenda escrita (se corrige la ortografía para su mejor comprensión) es como sigue.

“En el año de 1862, el día 1º. de noviembre en la noche del mismo día me asaltaron en mi casa Antonio Aedo y otros cinco de su fuerza, y el mismo Aedo me sacó para fusilarme, y forcejeando para que me hincara, aclamé a la Purísima que me diera esfuerzo para suplicarles no me fusilaran, lo que conseguí por la intercesión de tan Divina Señora, y para que conste pongo este mi retablo: Diego Velázquez”.

Y continúa señalando Carlos Navarro que “En los Anales del P. Rivera nos enteramos que el diez de marzo de 1863, el jefe reaccionario Antonio Aedo (no confundir con el culto y arrojado Miguel Cruz Aedo) cae preso de Antonio Rojas en Jocotepec, Jalisco, junto con otras 32 personas, entre ellas el cura Bernabé Pérez, siendo fusilados ese día”.

Aproximadamente trece años después del hecho anterior (1866) es cuando llegó a Jocotepec como vicario el presbítero Miguel M. Arana. En las cajas de la parroquia de Jocotepec, del Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara, localicé una serie de datos que hablan sobre este acontecimiento descrito con anterioridad en el libro mencionado.

Están consignados en mi libro “Crónicas de San Francisco Xocotepec”, y los transcribo textualmente de la página 165: “Tres años anteriores a la llegada del Sr. Arana, para ser exactos, el diez de marzo de 1863, un grupo de radicales entraron a Jocotepec y fusilaron al Pbro. Bernardo Pérez (no Bernabé), quien tenía una edad de cincuenta años. Este hecho ocurrió “… en el cementerio a un lado de la puerta de la iglesia”; asimismo colgaron al Jefe de Armas Don Antonio Cruz Aedo, de la puerta mayor a la entrada del templo. El Padre Chacón fue sacado golpes de su casa con el intento de fusilarlo, pero al llevarlo al sitio del cementerio pudo escapar de sus verdugos con la ayuda de algunos conocidos.

Este hecho conmocionó a la población por el aprecio que se le tenía al Padre Bernardo Pérez, y ocurrió entre las tres y cuarto de la madrugada cuando la población fue asaltada por el famoso salteador y bandido Antonio Rojas y por Hermenegildo Gómez, los cuales fueron los causantes de muchos atropellos en toda la región. Por más de cuatro horas estuvieron combatiendo las fuerzas opositoras de Rojas contra las del jefe de Armas, Aedo, donde (perdió) la vida el anterior (…) y 32 personas entre soldados y oficiales y tomándose 50 prisioneros, armas y equipo de guerra”. Estos últimos tres o cuatro renglones se registran en el libro “México través de los siglos”. Ensayo histórico, p.134.

Defensa, reyerta y sitio en el Santuario de Guadalupe

Cuando los católicos tapatíos se enfrentaron a la policía y a los federales en plena calle

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Ilustración coloreada del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. Fotografía: México en Fotos.

En una fecha como esta, pero de 1926, afuera del Santuario de la Virgen de Guadalupe en Guadalajara, cruce con la avenida Alcalde y la calle Juan Álvarez, en plena vía pública, tuvo lugar una auténtica batalla campal entre los feligreses tapatíos y elementos de la policía y del ejército federal, así como la defensa de la iglesia susodicha. Todo se debió, como sucedió en ciertos lugares del país, a dos factores clave: la oposición terminante del pueblo católico al cierre de los templos luego de la suspensión de cultos y los ánimos ya caldeados y exaltados a raíz de la persecución religiosa sistemática, y para entonces ya legalizada mediante la “Ley Calles”, de que eran objeto parroquianos y sacerdotes.

En el caso de la capital jalisciense, la gente se atrincheró en el Santuario debido al rumor, nada infundado, de que el gobierno acudiría para clausurar el inmueble. La intención de los obispos, en su Carta Pastoral Colectiva del 25 de julio, había sido que las iglesias permanecieran abiertas y que los fieles pudieran seguir orando en ellas, pero el régimen no estaba dispuesto a permitir aquello.

Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe visto desde la calle Pedro Loza casi en su cruce con Juan Álvarez y, afuera, el jardín Alcalde. Todo esto fue escenario del enfrentamiento entre católicos contra militares y policías el 3 de agosto de 1926. Fotografía mejorada por la autora.

La disposición de las autoridades fue clara: cualquier parroquia, oratorio o capilla que fuera abandonado por el sacerdote debía cerrar sus puertas. Esto, en innumerables ocasiones, y a lo ancho y largo de la República, era acompañado por la profanación del sagrado recinto y su apropiación por parte de la milicia federal, que los convertía en cuarteles, armerías, caballerizas y prisiones. A esto había que añadir el robo de vasos sagrados, quema de documentos y la destrucción de sagrarios, altares, bancas, ornamentos e imágenes. Estas últimas solían ser despedazadas o “fusiladas”. A los soldados parecía gustarles practicar o afinar su puntería con las efigies de la Virgen, de los Santos y aun con el mismo cristo del altar.

Por consiguiente, y con base en todo lo anteriormente descrito, no es de extrañar que, ante la posibilidad de que la policía y los soldados acudieran al Santuario guadalupano tapatío para cerrarlo y dedicarse al pillaje y a cometer sacrilegios a diestra y siniestra, los fieles de Guadalajara reaccionaran con ardor y se aprestaran a defenderlo a toda costa. Los hombres llevaron las armas que pudieron, en su mayoría pistolas o algún rifle o carabina. Las féminas y sus hijos, por su parte, se quedaron adentro del templo.

Santuario Guadalupano de Guadalajara visto desde la actual Av. Alcalde. Fotografía tomada en 1913.

Hubo, no obstante, un grupo de chicos que no se metió al Santuario, sino que se dedicó a solicitar –y aun demandar– a los transeúntes que respondieran a la proclama católica por excelencia en aquellos días: “¡Viva Cristo Rey!” o que la gritaran también al pasar frente al edificio. Todo marchaba con relativa calma, con todo y la tensión imperante, hasta que un automóvil transitó por el lugar. Dentro iba un oficial del gobierno, general Lorenzo Muñoz, con rumbo al Hospital militar, cercano al Santuario. Los mozalbetes le requirieron el vítor religioso y, como cabía suponer, el militar se rehusó y ordenó a su chofer que acelerara.

Los chicos no aceptaron la negativa ni que el vehículo siguiera su camino, y arremetieron contra éste con palos y piedras. Como la respuesta violenta de los muchachos no cesaba, el oficial Muñoz mandó al conductor que se detuviera, se apeó del carro y lanzó varios disparos al aire, aunque por la batahola no se distinguió si fue con la intención de hacer blanco o únicamente de asustarlos.

De cualquier forma, los tiros bastaron para enardecer a los presentes. Algunos hombres reaccionaron abriendo fuego detrás de sendos árboles del jardín Alcalde. El oficial no tardó en subir a su coche y, ya en el Hospital militar, vía telefónica, pidió refuerzos a la Jefatura de Operaciones.

Mientras, en el Santuario, la campana mayor fue tocada a rebato. Incontables personas del barrio acudieron al llamado y engrosaron el contingente católico, diseminándose tanto en el interior como en el exterior del templo. El cancel central fue cerrado como medida de defensa, por lo que pudiera ocurrir. Al cabo de un cuarto de hora, las calles cercanas al templo se habían atestado de gente.

Titular de El Informador fechado el 4 de agosto de 1926, un día después de los hechos en el Santuario. Recuadros y edición por la autora.

Treinta minutos después del incidente con el oficial callista, una camioneta de la Secretaría de Guerra arribó al sitio. Veinticinco soldados armados bajaron. De ellos, veinte se distribuyeron en el jardín y cinco, al mando de otro militar, quisieron entrar al Santuario por la fuerza y fueron hacia el cancel central.

De repente, salida de entre la multitud, una señorita se aproximó al jefe de los mílites y, sin pestañear, le hundió un puñal en la espalda. Presas del asombro y el miedo, los soldados no supieron reaccionar para ayudar a su líder, que yacía moribundo y ensangrentado en el piso. La muchacha, con calma que pasmó a los presentes, le quitó su pistola y su espada y se los dio a dos hombres que había dentro del cancel, diciéndoles:

—Tengan para que se defiendan.

Los señores que se hallaban en el atrio del Santuario conminaron a los cinco soldados a que se retiraran, bajo amenaza de dispararles. Los federales obedecieron y se unieron a sus compañeros en el jardín, sólo para abrir fuego, ahora sí, contra los que estaban en el templo y contra la multitud. Una parte muy significativa de los civiles no iba armada, pero los soldados no repararon en ello.

Casi todos los fieles inermes, los que pudieron, se introdujeron a toda prisa en el recinto y en la sacristía del Santuario, al tiempo que la lluvia de balas crecía. Los hombres que sí estaban provistos con armas se organizaron para la defensa en el atrio, las torres y la azotea de la iglesia. Entre ellos pronto destacó, por su liderazgo, el joven atotonilquense Lauro Rocha González, de apenas dieciocho años de edad.

Lauro Rocha González (1908-1936), líder de los defensores del Santuario de Guadalupe y prominente general durante la Cristiada. Mejora y edición por la autora.

Para tornar la situación más compleja, una lluvia torrencial comenzó a caer. Los federales recibieron un refuerzo que llegó por la calle Juan Álvarez. Sin embargo, por la confusión, en un primer momento creyeron que eran personas provenientes de la Capilla de Jesús, localizada unas cuadras hacia el poniente, que habrían de unirse a los defensores del Santuario. Tras matarse entre sí durante un rato, cayeron en la cuenta de su error y concentraron sus energías a atacar a los católicos, si bien, por la excelente disposición y estrategia de éstos, no lograron acercarse ni un poco al templo en un intervalo de una hora, durante la cual el tiroteo fue en extremo virulento.

Rocha, al ver que a los suyos les quedaban pocos cartuchos, dictaminó un cese al fuego. Era mejor, según pensó, guardarlos para más tarde. Los soldados, que para ese momento ya habían sitiado el Santuario, también dejaron de disparar. Ya había caído la noche. Nadie entró ni salió del inmueble en un buen lapso. Adentro, la gente entonó sin cansancio diversos himnos y canciones, entre los que destacaba uno que decía: “Tropas de María, sigan la bandera. No desmaye nadie, ¡vamos a la guerra! ¡Vamos a la guerra!”

A media noche, los federales tuvieron la idea de apagar la energía eléctrica. No faltaron quienes, pese al sitio, aprovecharon las tinieblas para poner pies en polvorosa. Cuentan algunas narraciones orales que algunas personas llevaron alimento a quienes estaban encerrados dentro del Santuario, valiéndose de unos túneles. Según El Informador, algunos corresponsales de éste lograron acercarse al templo y ver cuatro cadáveres yacentes en la calle –entonces llamada Avenida, o por lo menos en el periódico– Pedro Loza, así como a cuatro individuos heridos.

Alboreó el 4 de agosto. Una vez que los católicos se hubieron rendido, pues no quedaba otra alternativa, las mujeres y los niños fueron dejados en libertad, no así los hombres, que fueron arrestados, conducidos al cuartel entre dos filas de soldados armados y recluidos primero en el edificio de Los Dolores, luego –por falta de espacio– en el Cuartel Colorado, localizado la calle Gómez Farías en su cruce con Belisario Domínguez, rumbo a San Pedro Tlaquepaque; y finalmente en la Penitenciaría del Estado, donde actualmente es el Parque de la Revolución –o “Parque Rojo”–. De acuerdo con El Informador, eran casi cuatrocientos. Se les dejó en libertad jornadas después.

Primera plana de El Informador del 5 de agosto de 1926, en el que se informa sobre el desalojo del recinto y la detención de incontables católicos, todos ellos varones.

El Santuario fue desalojado ese día, en tanto que una comisión de damas católicas acudió a hablar con el general de división Jesús María Ferreira, jefe de operaciones militares en Jalisco –quien en abril del año siguiente encabezaría las torturas y asesinato del máximo adalid católico de Occidente, Anacleto González Flores–, para interceder por los detenidos. Asimismo, se comprometieron a parlamentar con algunos grupos católicos para evitar la violencia y, así, que se produjera una trifulca análoga o hasta peor. Por otro lado, se encargaron de que tuvieran qué comer, ya que, a pesar de que sus familiares les enviaban alimentos, los militares no se los entregaban.

El mismo 4 de agosto aconteció algo casi idéntico a la contienda del Santuario tapatío, pero con mayores proporciones al tratarse de una localidad entera, en cierta localidad muy singular del occidente michoacano que, por aquellos ayeres, llevaba el apellido del presidente que gobernó México por más de tres décadas. Allí, a diferencia de lo que pasó en Guadalajara, la gente sí se proveyó de más armas o, cuando menos, de objetos para defenderse y atacar. Mañana podrá leerse al respecto en otra entrada de esta revista.

En Guadalajara, por su parte, el general Ferreira rindió largas declaraciones para el diario El Informador, entre las que subrayó:

“Se dará orden nuevamente de prohibir el uso de armas de fuego y sin distinción de credos religiosos, se castigará a quienes con sus intemperancias, de todo punto injustificadas, alteren la paz pública”.

Ante el adjetivo «injustificadas» que empleó el oficial callista, cabe cuestionar si tal era la coyuntura. La persecución religiosa seguiría demostrando que, al margen de pasiones exaltadas que en ocasiones sí desembocaron en sangrientos sucesos, los fieles católicos mexicanos tenían sobrados motivos para estar indignados y sentirse agraviados por el régimen. Y más cuando comenzaran los encarcelamientos y asesinatos de católicos, y en particular de sacerdotes, a mansalva.

Detalle del Santuario de Guadalupe tapatío en la actualidad. Fotografía: Gobierno de Guadalajara.

Lo acaecido en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en Guadalajara fue tan grave que la reyerta aún es citada en el grupo de aquellas que tuvieron lugar en los días posteriores de la suspensión del culto público, junto a Cocula y Sahuayo.

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Fuentes:

Diario El Informador.

Relato del general Jesús Degollado Guízar.

Testimonios orales de la Sra. María del Carmen Ávalos Herrera, abuela paterna de la autora, ya finada, cuyos padres, don Luis G. Ávalos Rosales y doña María Luisa Herrera Mendoza, radicaban a exiguas cuadras del Santuario y vivieron de cerca o fueron testigos de los acontecimientos y vicisitudes de la persecución religiosa en Guadalajara.

De las lluvias y sus señales.

«Las Notas del Cronista» 📜 ✒️ Manuel Flores Jiménez *Cronista de Jocotepec


Nuestros antepasados se guiaban en base a una permanente y detallada observación de los hechos y fenómenos que sucedían en la cotidianidad. Para el importante proceso de los períodos agrícolas echaban mano de sus fieles observaciones para prever la entrada de la temporada de las lluvias y, con ello, poder asegurar una buena cosecha.

El cielo esta encapotado…


Destacan las señales que para ellos tenían un gran significado y que se relacionaban con la aproximación de las lluvias. Los más viejos llamaban “la revolución de marzo”, al estado del tiempo en que se nublaba, lloviznaba o llovía en forma, éstas eran las señales de las primeras lluvias. A partir de ese día en que aparecían esas manifestaciones se contaban días, es decir, tres meses para calcular la entrada formal del temporal lluvioso.


Por ejemplo, si llovía el 23 de marzo, las primeras lluvias ocurrirían el 23 de junio aproximadamente. Era consenso de los adultos de aquellas épocas que la entrada de las lluvias tenía como fecha principal el 13 de junio, día de San Antonio. Otra señal que se tomaba en cuenta era cuando se venían tres tolvaneras seguidas del otro lado del cerro, por el rumbo de San Marcos Evangelista. Esa era señal de que ya iba a llover.


Cuando las chancharras comenzaban a salir afanosamente de sus cavidades y metían hojarasca tierna, esa era otra premonición. Además, decían que cuando los toros empezaban a bramar con insistencia, se decía que ellos ya estaban presintiendo la aproximación del agua de las lluvias.


Por otra parte, cuando se escuchaban los truenos en el mes de mayo esa era buena señal. Había un refrán que decía: “Te estaba esperando como agua de mayo”, eso se decía cuando se ansiaba la presencia de alguien. Hasta una canción llevaba por título “Los aguaceros de mayo”.


Otra sospecha de la proximidad de las lluvias era la aparición de lo que se nombraba “la calma”, esa especie de nubosidad producida en parte por la evaporación del agua y por el humo de los incendios de los cerros o cuando comenzaban a preparar las tierras para las siembras. A esto último le llamaban “ajoyar”.
Si el amanecer era brumoso y el sol salía y se ocultaba muy rojo era también considerado como una señal. Si los cerros a lo lejos se veían como nublados, a eso se le llamaba “la calma”. Cuando caían las primeras lluvias salían (y siguen saliendo) unas hormigas rojas grandes con alas y otros insectos que les dicen chicatanas; además, hay otros insectos de alas frágiles y que dicen que roen las ropas y los atrae la luz interior nocturna de las casas. Es entonces, cuando comienzan a crecer con mayor furor las hierbas de la tierra más reseca.


Mientras más sofocadas fueran las noches y el día tuviera un calor intenso y seco, se afirmaba que muy pronto llovería. Lo anterior, combinado con el incesante y monótono chirrido de las chicharras, que desaparecen con las primeras lluvias y no vuelven a escucharse hasta el año venidero.
Entonces, comienzan a nacer las semillas ocultas entre las hojas del suelo y las lluvias traen aromas de la tierra que escapan de sus apretados y oscuros terrones, aromas lejanos que gratifican los sentidos porque el agua se mezcla con la tierra haciéndola florecer. Y luego, ya bien entrado el temporal, aparecían las luciérnagas (aquí les decimos alumbradores y todos los herbicidas aplicados a las tierras por las trasnacionales de las berries acabaron con ellas y con otras especies animales y vegetales), con sus lucecitas en medio de los campos húmedos y entre el croar intermitente de ranas y sapos.
Actualmente, cada 15 de mayo se celebra en Zapotitán de Hidalgo, el día de San Isidro Labrador, patrono de los campesinos y agricultores. Se celebra una misa donde se realiza la bendición de las semillas, luego, al salir, se queman cuetes y ristras y la banda de música acompaña en peregrinación al contingente de vecinos (antes le decían el convite) que llevan sus tractores adornados con flores y milpas. En este recorrido se lleva la imagen de San Isidro en un cuadro.


Son tantas las señales que la memoria colectiva conserva, que las presentes se comparten como algunas pocas de tantas que nuestros ancianos afirmaban que tenían validez. Como la llegada de las golondrinas, cuando los caballos se ponían a correr y andaban alborotados por veredas y corrales, cuando los conejos salían a buscar refugio, el estruendoso canto de las ranas y las chicharras, cuando soplaba más viento y se concentraban más nubes en el cielo, cuando los pájaros emigran y cambiaban de nido, la aparición de los insectos negros y rojos llamados asquiles.


El alma popular guarda muchas otras premoniciones que aquí no se dicen, los que las sepan hagan favor de compartirlas.

Sonidos de otras épocas en Jocotepec

Mtro. Manuel Flores Jiménez.*Cronista de Jocotepec, Jalisco.

1.- Sonido largo y melódico de los afiladores de cuchillos, que con su cajón al hombro anunciaban su presencia por las calles del pueblo en la espera de sacarle filo a todo utensilio que lo requiriera. No había cosa más molesta para un ama de casa que tener un cuchillo sin filo en su cocina. El afilador se sentaba en su pequeño banco de madera y giraba su piedra de afilar, poniendo los filos de los cuchillos de cocina cerca de ella de donde se desprendían un cúmulo de ininterrumpidas chispas al girar la piedra. Al terminar, se alejaban con su largo y disparejo pitido que se perdía en la lejanía de las calles.

2.- El silbato del cartero anunciaba muchas cosas: la llegada de las tarjetas de Navidad en diciembre, alguna noticia largamente esperada pero, sobre todo, el chequecito bien escondido en medio de las hojas escritas que venía a aliviar las severas necesidades económicas de las familias. Nuestras familias esperaban con ansia los dineros provenientes del Norte para solventar tantas cosas.

Al abrir las cartas se desprendían los aromas de otras latitudes. El cartero correspondía con buen modo a las sonrisas de júbilo de los vecinos y pronto se alejaba en su bicicleta por las calles mal empedradas a terminar su jornada. Otras veces no era alegría sino tristeza al ver que no había dinero en la carta. Así solía pasar, no siempre había dinero que mandar porque nuestros emigrados también tenían allá sus grandes necesidades que cubrir.

3. ¡Puerco y puerca!

Ese era el fuerte grito del Bajito, ese hombre de corta estatura que lanzaba desde el mercado que estaba en aquellos años enfrente de la plaza, por la calle Allende. Así anunciaba a pleno grito la llegada de la batea de los chicharrones recién salidos del cazo de cobre de la casa de Antonio Ibarra, el matancero, donde se preparaban las aldillas, el buche, el hígado, el corazón, las tripas y demás entrañas de los porcinos que se sacrificaban en el rastro que se localizaba donde hoy está la Dirección de Seguridad (esquina Hidalgo sur y Donato Guerra, en el antiguo barrio que le llamaban la Cruz Verde. Los aromas de los chicharrones se iban desparramando a lo largo de su recorrido sacando hambre y antojo. Tiempos de antes ya desaparecidos.

4.- Los rumorosos motores de los autobuses y camiones de carga que se escuchaban a deshoras de la madrugada, en aquellos tiempos en que el pueblo era sumamente silencioso. Los sonidos de las máquinas se transmitían desde el crucero del pueblo, distante unos dos kilómetros, y llegaban hasta nuestras casas. En esos años solamente esa carretera era la que llevaba a la ciudad de México, y a todas horas del día y la madrugada pasaban los camiones. En aquellos años todo era silencio y quietud que brevemente eran interrumpidos para luego continuar igual.

MANUEL FLORES JIMÉNEZ/ Cronista de Jocotepec, Jalisco.

(Las dos imágenes que ilustran esta publicación pertenecen a Pinterest, y se integran sin fines de lucro y sólo para recrear el contexto del texto. Gracias.

Parroquia de San Juan Bautista, en el antiquísimo barrio de Mexicaltzingo, en Guadalajara, y las pretéritas tradiciones en honor de este santo

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Ayer fue la festividad de San Juan Bautista, precursor del Señor. En la entrada de hoy hablaremos un poco acerca de los orígenes de uno de los templos más antiguos de la Zona Metropolitana de Guadalajara, que fue dedicado precisamente a él. Sus orígenes se remontan al año 1541, cuando dicha urbe ni siquiera había sido fundada en el valle de Atemajac.

El templo de San Juan Bautista de Mexicaltzingo cuando aún se hallaba en construcción la única torre que conserva. Imagen tomada de la página del hotel Gran Casa Xalisco, ubicado en la calle Nicolás Régules –véase su biografía en otra entrada de esta revista electrónica– #61, Col. Centro, en Guadalajara, y mejorada por la autora.

Fue en dicho año cuando el entonces Virrey, don Antonio de Mendoza, trajo a una gran cantidad de indígenas aztecas como aliados para atacar a los sublevados caxcanes, que a la sazón no daban ni un respiro a los españoles que trataban, infructuosa y repetidamente, de asentarse en las regiones que hoy ocupa el estado de Jalisco y que, por aquellos ayeres, ya eran parte del Reino o Provincia de la Nueva Galicia –establecido en 1531–. La Guerra del Mixtón había tomado carices ya muy graves.

Al finalizar dicha guerra, en 1542, los mexicas decidieron quedarse a vivir cerca de la recién fundada –por cuarta y última vez– ciudad de Guadalajara, donde les fueron otorgados los terrenos para fundar el barrio de Mexicaltzingo, nombre que significa “en las casitas de los mexicanos”, que sigue siendo, hasta nuestros días, uno de los barrios tradicionales de Guadalajara. El barrio, que luego se convirtió en pueblo, se fundó entre el 14 y el 16 de febrero de 1542.

He aquí lo que narra Fray Antonio Tello –fallecido en Guadalajara en 1653–, franciscano e historiador​ español que se desvivió por evangelizar a los naturales en la Nueva Galicia:

De la otra parte del río, algo apartados enfrente de la ciudad, poblaron algunos indios mexicanos, en unas fuentes u ojos de agua, de los que habían venido con el Virrey D, Antonio de Mendoza y pusieron por nombre al pueblo Mexicaltzingo. […] algunos mexicanos, siendo estos de mayor actividad como más expertos en fábricas por las que en México se habían hecho, quisieron quedarse algunos que se casaron con las indias de Galicia, y por ello y que tuviesen que cultivar, se les permitió asentasen su población al Poniente, en la vega de dicho río dividiendo términos con Analco del Sur a Norte y quedando la ciudad a la parte Norte de la nueva población, a la que se le dio el título de San Juan de Mexicaltzingo” (2004, párr. 1).

La capilla que erigieron aquellos indios fue dedicada a San Juan Bautista –así lo consigna una placa–, y hoy en día es un hermoso templo. La portada es de dos niveles, en el primero está el acceso con un arco de medio punto con decoración barroca, el cual está flanqueado por pares de columnas de capitel corintio. El segundo nivel tiene ventana coral rectangular y a los lados se pueden apreciar floreros en cantera.

Interior del templo de San Juan Bautista en el barrio de Mexicaltzingo. Fotografía en la solemne fiesta de la Natividad del Señor del año de 1925, apenas siete meses antes de que fueran suspendidos los cultos en toda la República a raíz de la persecución religiosa imperante. Imagen mejorada por la autora.

La edificación que se aprecia en la actualidad, se concluyó hacia 1808 y su estilo es de transición entre barroco y neoclásico. Esta iglesia es famosa porque en ella se venera una imagen de Jesús Crucificado, mejor conocida como “el Señor de la Penitencia”, al cual se le atribuyen muchos milagros. Este Crucifijo, según el libro «Los Cristos de caña de maíz y otras venerables imágenes de Nuestro Señor Jesucristo» (1970), del canónigo Luis Enrique Orozco, fue elaborado con pasta de caña como material primordial y, según se cree, data de 1585 fue fabricado en el taller escultórico de los hermanos Matías y Luis de la Cerda. También menciona la posibilidad de que haya sido fray Lorenzo de Zúñiga, guardián de San Francisco de Guadalajara, quien adquirió y trajo la imagen que está en Mexicaltzingo, así como otra muy similar.

La festividad en honor de este Cristo es cada Jueves de Ascensión. Cuentan las crónicas que, el martes de carnaval, la sagrada efigie era descendida y limpiada con algodoncitos, que la gente, en su sencillez, resguardaba como si fuesen reliquias. Asimismo, cada jueves y viernes por la noche, los parroquianos solían cantar a coro la siguiente estrofa:

¡Oh Dios de la suma bondad!

pues eres todo clemencia,

ten de nosotros piedad,

Señor de la Penitencia.

Ahora bien, Leticia Ibarra refiere que, a pesar de la gran devoción profesada al Señor de la Penitencia, la población indígena siempre tuvo en un lugar preeminente a su santo patrono, San Juan, cuya imagen antes se hallaba en la parte superior del altar mayor de la espaciosa iglesia actual.

Programa de las solemnes festividades en honor del Señor de la Penitencia de este año, 2024, emitido por la Parroquia de San Juan Bautista de Mexicaltzingo. Imagen mejorada por la autora.

Las festividades religiosas y populares daban principio el 23 de junio. Aquella fecha, la iglesia se iluminaba con profusión y se adornaba con vistosos lazos de ixtle torcido en los que se sujetaban las velas de cera, que se encendían cuando los frailes y los sacerdotes, en el presbiterio, iniciaban la Misa.

En la madrugada del 24 de junio, el pueblo entero se congregaba en la iglesia y cantaban las mañanitas al santo, los mestizos y criollos, con el correr del tiempo se habían unido a la celebración. A las diez de la mañana, se celebraba con gran magnificencia y ceremonia la llamada “misa de función”, esto es, la que suele denominarse solemne, con presbítero, diácono y subdiácono –denominada “de tres padres” porque, a menudo, dos sacerdotes tenían que hacer el papel de los dos últimos–, cantos, música e incienso. A ella asistían todos los feligreses, quienes, enfervorizados, no dejaban de llenar el aire con cantos en honor al hombre que, junto con Jesucristo y la Santísima Virgen María, es el único del cual se celebra el día de su venida al mundo.

Hasta muy avanzado el siglo XX, existió la creencia de que el “Día de San Juan”, como se conoce popular y religiosamente a esta fecha, el agua que fluía por riachuelos y manantiales, por gracia divina en honor del Precursor, estaba bendita, y el pueblo se bañaba con fe y devoción. Antes del alba, familias completas se dirigían a los manantiales para recibir los beneficios del baño sagrado, otorgados, tal como pensaban sinceramente, por la intercesión de San Juan Bautista.

Terminado el baño, las muchachas engalanaban sus caballos con amapolas y flores de San Juan. A lo largo del trayecto, se instalaban indias con las vendimias de lechugas frescas, tamales de ceniza y atole de cascarilla, para que los transeúntes pudieran deleitar su paladar. Bajo la sombra de los árboles, las bandas y las orquestas animaban la fiesta tocando valses, a la par que el júbilo de los niños se mezclaba con la música y el pueblo disfrutaba a plenitud su hermosa tradición en honor de aquel que, como decía el último Evangelio –rezado al final de la Misa y tomado del comienzo del Evangelio de San Juan Apóstol– “no era la Luz, sino para dar testimonio de la Luz”.

Eventualmente, la ciudad empezó a crecer y las costumbres y las tradiciones se fueron transformando o perdiendo de manera paulatina. Aquellas en honor de San Juan Bautista no fueron la excepción: como lo afirma el historiador Muro Ríos, la fiesta, tal como fue descrita en el presente texto, se mantuvo viva hasta el año de 1950.

Templo de San Juan Bautista de Mexicaltzingo en la actualidad. Fotografía: El Informador.

En la actualidad, el templo de San Juan Bautista se localiza en la calle Mexicaltzingo #1059, Colonia Mexicaltzingo, frente al parque homónimo, en la Perla de Occidente. Cerca, a sólo unas cuadras, se sitúa la estación de la línea 2 del Tren Ligero, que posee mismo nombre.

Fuentes:

Programa Destinos de México (2024). Parroquia de San Juan Bautista (Mexicaltzingo). https://programadestinosmexico.com/parroquia-de-san-juan-bautista-mexicaltzingo-guadalajara/

Guadalajara, la ciudad de las rosas (2004). El Cristo de la Penitencia. http://guadalajara.net/html/im_religiosas/01.shtml

Colaboración de Leticia Ibarra en Sucedió en Guadalajara hace un…