Hace algunos días en los principios del mes de julio, fuimos con Roberto Buernostro, a visitar La Sábila, comunidad del municipio de Venustiano Carranza, con el fin de tomar videos y fotos del templo, de la Virgen de Guadalupe, antigua advocación de la Virgen de la Carámicua y del pueblo en general.
El templo es impresionante, dada la geografía del lugar, en lo alto de un cerro pedregoso; obra inició el 7 de octubre del año 2003, casi tres de que había llegado el señor Cura Sergio Sánchez Mora, sahuayense que se puso como reto la construcción de este templo, dado que, la capilla antigua databa de los años cincuenta, en el tiempo en que estuvo como párroco don Francisco Esquivel.
El reto para Crónicas de la Ciénega es fijar la historia del pueblo, aunque yo había hecho ya un intento en el libro que hiciera por allá en los años noventa de San Pedro Caro, no es suficiente, falta sin duda alguna mucho de lo que puede escribirse del pueblo y la Virgen.
Hoy estamos afinando detalles con el equipo de Crónicas de la Ciénega para dar una historia más o menos bien armada ( aunque en la historia nada es totalmente finiquitado) y darle fuerza aquellos escritos que me pidiera el señor cura Roberto Torres sobre la historia de la Virgen y los antecedentes escritos antes por un servidor.
Esperemos que pronto estemos listos para darle a La Sábila y la región algo de la historia de templo, la virgen y la población, porque esta imagen es de todos los habitantes de la región que la han echo suya con su devoción.
Historia de Francisco Cárdenas Sucilla, autor material del asesinato del presidente coahuilense
Lic. Helena Judith López Alcaraz
Algunas biografías indican que su apellido materno era “Saucilla”. De cualquier forma, independientemente de la grafía, nuestro personaje era oriundo de la localidad de La Palma de Jesús, perteneciente al municipio de Sahuayo, Michoacán, donde vino al mundo el 22 de noviembre de 1878, casi dos años después del ascenso al poder –a mediados de 1877, de forma constitucional– de Don Porfirio Díaz Mori. Fue hijo de Melitón Cárdenas y San Juana Sucilla.
José Francisco Cecilio Cárdenas Sucilla, el asesino de Francisco I. Madero. Edición y mejora por la autora.
Fue bautizado como José Francisco Cecilio, el tercer nombre en honor de la Santa patrona de los músicos, pues nació el día de su festividad. Sus progenitores siguieron, así, la costumbre de la época de imponerle el nombre que “le tocara” de acuerdo con el santoral. El Sacramento le fue impartido en la Parroquia de Santo Santiago Apóstol el 24 de noviembre del mismo año, apenas dos jornadas después de nacer, por el padre don Macario Saavedra –el mismo que, como párroco, emprendería la edificación del templo–, que a la sazón prestaba sus servicios ministeriales como cura interino.
Así consta en su fe de Bautismo, que al calce dice lo siguiente –hemos respetado la grafía original–:
“Al margen izquierdo: J. Fran.co Cecilio / de La Palma
Dentro: En el pueblo de Sahu.o á veinticuatro de Nobre. de mil ochocientos setenta y ocho, yo el / Presb.o Macario Saavedra, Cura interino, bauticé solemnem.te á J. Fran.co Cecilio de dos / dias de nacido en La Palma, h. l. de Meliton Cardenas y de San Juana Sucilla, fueron / sus padrinos Manuel Zapien y Ma. de Jesus Buenrrostro […] de alli mismo, aquienes / adverti su obligacion y parentesco.
Macario Saavedra [Rúbrica]”
Fe de Bautismo de Francisco Cárdenas, firmada por el P. Macario Saavedra. Recuadros colocados por la autora.
Su infancia transcurrió en el seno familiar. A los diecisiete años se marchó a la capital mexicana, y a los veinte partió rumbo a Apan, donde se unió a la milicia federal. Como miembro de esta institución, a menudo recibía reconvenciones a causa de su comportamiento despótico y sus continuos abusos de autoridad.
Edgar Sáenz López describe así su actuación como policía rural:
“Era una persona que abusaba del poder, que tomaba en exceso, en muchas ocasiones, lejos de cuidar el orden, lo transgredía. Notas periodísticas consultadas consignaban que él había atrapado bandidos, cuando en realidad, con su gavilla, eran quienes asaltaban en los caminos” (citado por la Secretaría de Cultura, 2022).
Con todo, fue ascendido al rango de sargento y al poco tiempo al de mayor. Mientras desempeñaba este último cargo recibió la encomienda de custodiar a Ignacio de la Torre y Mier, yerno de don Porfirio Díaz Mori, y a su finca. Por aquellos tiempos, también como mayor y hasta 1913, fungió como líder de los rurales federales.
Para 1910, año en que el Porfiriato se desmoronó y derrumbó de forma definitiva, en su nota de servicios aparece que asesinó a Santana Rodríguez, un forajido magonista. Al año siguiente, Cárdenas se distinguió por ser un inconmovible opositor del gobierno de Madero. En la Ciudad de México, fiel a sus convicciones porfiristas y antimaderistas, protegió a los que no querían al nuevo mandatario, oriundo de Parras –porque, hay que decirlo, el tocayo de nuestro biografiado no fue amado por todos en México, y menos después de que ascendió a la presidencia–. En 1912, combatió incansablemente al michoacano Benito Canales, de los hombres de Pascual Orozco Vázquez.
Retrato de medio cuerpo de Francisco Cárdenas. Fotografía mejorada por la autora.
Por fin, en 1913, el gobierno de Madero se vino abajo. Al estallar la Decena Trágica, fue llamado a la capital. El sábado 22 de febrero, Francisco Cárdenas recibió del general Aureliano Blanquet, un porfirista vehemente, la orden de liquidar a Francisco I. Madero y al vicepresidente José María Pino Suárez. Felipe de Jesús Ángeles Ramírez, célebre general, también estaba incluido en la comisión. A la postre, según relata Alfonso Taracena en su biografía de Madero, Huerta decidió que Ángeles no compartiera la suerte de los otros dos prisioneros.
Junto con Rafael Pimienta, teniente de rurales federales, simuló un asalto a los sendos automóviles en los que transportaban a ambos políticos con dirección al Palacio de Lecumberri. Ya habían sido forzados a firmar sus renuncias. Cuando el momento les fue propicio, los verdugos los hicieron descender del vehículo. El primero fue Madero, a quien Cárdenas mandó entrar a Lecumberri por la puerta trasera. Madero replicó que no existía tal.
Cárdenas reiteró la orden de manera perentoria y soez y lo forzó a bajar. Al obedecer el presidente, el rural palmeño blandió su pistola y le descargó dos tiros en la cabeza. A continuación, con la misma brutalidad, Pino Suárez cayó bajo las balas de Pimienta.
Pintura que representa el levantamiento de los cadáveres de Madero y Pino Suárez, sólo para ser colocados en el sitio donde se les halló en la mañana y, así, hacer coincidir la escena con la versión oficial.
La autopsia de Madero reveló cuán bien había hecho Cárdenas su cruenta labor: «la [primera] bala interesó todos los órganos correspondientes de la región, fracturó la escama del hueso occipital y base del cráneo». La segunda bala «recorrió una trayectoria paralela».
Tras el doble asesinato y luego de que Victoriano Huerta se sentó en la silla del águila, Cárdenas y Pimienta obtuvieron alta jerarquía militar dentro de los cuerpos de guardias rurales federales. Eso sin olvidar que cada uno recibió la generosa suma de 18 mil pesos en plata. Pero el resto de la gente los vio como un par de mercenarios, viles sayones y homicidas. Para nadie era desconocida la felonía cometida.
Primera plana de El Imparcial, fechada el domingo 23 de febrero de 1913, en la que se dio a conocer la versión oficialista del asesinato de Madero y Pino Suárez. Edición y resaltados por la autora. Nótese que también aparece el nombre de Francisco Cárdenas.
En el caso de Francisco Cárdenas, los adeptos a la Revolución en Michoacán, en este caso comandados por Adolfo Trujillo, incendiaron y saquearon su vivienda en La Palma. Cuando fue ascendido a general de división, quiso visitar al gobernador de Michoacán, el doctor Miguel Silva Macías (1857-1916), que se había unido a los constitucionalistas y de hecho fue precursor de la lucha maderista en la entidad. Pero el encuentro no fue, ni remotamente, favorable para Cárdenas. Silva le escupió a la cara cuando lo tuvo enfrente, espetándole a voz en cuello:
—¡Fuera de aquí, asesino!
De nada servirían sus nombramientos encumbrados: tal baldón lo acompañaría por siempre. Sin embargo, a él no parecía importarle en lo más mínimo.
Francisco Montes Ayala relata que, como comandante del 7° Cuerpo de Rurales en Tacámbaro, en abril de 1913, Cárdenas defendió infructuosamente este lugar en contra de los alzados Gertrudis Sánchez, José Rentería Luviano y Joaquín Amaro, que se apoderaron de la plaza. En Jiquilpan de Juárez, donde operaba el general Guillermo García Aragón, amigo de Emiliano Zapata, los elementos rurales bajo el mando de Cárdenas repelieron al lugarteniente de Luviano, Pedro Lemus, a la par que ocuparon las oficinas de la imprenta «La Económica», examinaron los impresos e incineraron el archivo. En el mes de julio, logró vencer por sorpresa a Rentería en Guaracha –municipio de Villamar–, y ordenó el fusilamiento del coronel ingeniero Roberto Alvírez, miembro de una conocida familia moreliana.
A finales de 1914, una vez vencido el gobierno de Huerta y firmados los Tratados de Teoloyucan, Francisco Cárdenas huyó a Guatemala. Pasó a radicar en Ayutla, municipio del departamento de San Marcos, cuya cabecera es Ciudad Tecún Umán. Tuvo amoríos con la señora Fonseca de Garavito, y en 1920 fue acusado y arrestado por haber sido el autor intelectual e instigador de la tentativa de homicidio de su esposo, Abraham Garavito, efectuado por Herlindo García.
Templo de Ayutla Tecún Umán, San Marcos, Guatemala, donde Cárdenas fijó su residencia después de huir de México.
Aquel mismo año, en nuestro país, triunfó el Plan de Agua Prieta. Muerto Venustiano Carranza, Adolfo de la Huerta tomó el mando de modo interino. Se reabrió el caso de los asesinatos de Madero y Pino Suárez, y se llegó al punto de solicitar la extradición de Cárdenas. En Guatemala, por su parte, las amistades de nuestro personaje lograron convencer a un juez para que le otorgase la libertad, arguyendo que las lesiones de Garavito no eran graves y, como solía proceder Cárdenas, con un cohecho de cinco mil pesos. El reo de La Palma esconderse en la municipalidad de Las Vacas, pero fue capturado por el teniente José Macario Pérez. Era el 29 de noviembre de 1920.
En el camino a la ciudad de Guatemala, a la que fue conducido por los elementos policiales, Cárdenas intentó recurrir a su modus operandi y sobornarlos en varias ocasiones, pero no consiguió su propósito. Durante uno de los descansos,, aprovechó para sacar una pistola Galand 32 que llevaba escondida en su bota. Sin demora, avezado a tales procedimientos, disparó al soldado federal Julián Cázares, malhiriéndolo. La tropa que lo custodiaba ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar: antes de que pudiesen hacerlo, Francisco Cárdenas dirigió el cañón de su arma hacia su boca y jaló el gatillo.
Así, con el suicidio, llegaron a su desenlace los días de aquel funesto y truculento personaje.
Fuentes:
Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (2007). Las campañas de Joaquín Amaro. Biblioteca Jurídica Virtual del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/7/3442/39.pdf
Montes Ayala, F. G. (1993). Raúl Oseguera Pérez, ed. Francisco Cárdenas. Un hombre que cambió la historia. Sahuayo: Impresos ABC.
Estados Unidos consideraba vital para su desarrollo nacional la contruccion de un canal interoceanico, que permitiese conectar los puertos de sus dos costas, y estaban dispuestos a lo que fuese con tal de conseguirlo, como despues lo demostro la Historia, cuando destruyeron la integridad territorial de Colombia y de plano crearon una colonia norteamericana llamada Panama. Pero Panama no era el lugar ideal, la zona de Tehuantepec-Coatzacoalcos era mucho mejor, mas plana, mas cerca, requeriria menos trabajo y les permitiria a los buques una singladura mucho mas pequeña, los norteamericanos intentaron por todos los medios de hacerse de la zona. Fue durante el gobierno de Porfirio Diaz que comenzaron las negociaciones, los norteamericanos le ofrecieron primero la compra de los estados de Oaxaca, Veracruz y Tabasco; la cual rechazo, despues de todo el Dictador habia peleado en todas las guerras de Mexico contra los extranjeros y conocia muy bien las intenciones de estos.
Cuando no se pudo por esos medios, se intentaron otros, ciudadanos norteamericanos empezaron a comprar tierras en la costa del pacifico, pero eran prestanombres del Filibustero Walker, que estaba organizando un gran grupo armado, con el cual declararia la «independencia» de los territorios comprados para despues venderselos a su gobierno por un precio mucho mayor. Pero el gobierno ya tenia experiencia con esto, lo mismo habioan intentado hacer en Baja California, Sonora y asi se habia perdido Texas, por lo que se hizo una nueva ley que prohibia a los extranjeros comprar tierras en lugares estrategicos del pais.
Cuando todas las triquiñuelas fallaron, intentaron la ultima, una ocupacion militar de Salina Cruz, para ello enviaron el Escuadron del Pacifico, compuesto por un acorazado, varios cruceros y algunos destructores, junto a varios transportes de tropas.
El gobierno de Mexico no se habia quedado cruzado de brazos, habia reforzado la defensa de Salina Cruz, enviado tropas del entonces moderno Ejercito Federal, con oficiales superiores bien probados en los combates de la Guerra contra los franceses, pero lo mas importante, habia hecho un gran esfuerzo en crear una eficiente Defensa Costera, el gran ingeniero Mondragon, quizas el mas grande armero en la Historia de Mexico, fue comisionado para crear las piezas de artilleria mas grandes que jamas se hubiesen hecho en el pais. Y es ahi donde comienza la parte misteriosa y no escrita, los cañones fueron construidos, no se sabe si en Mexico o solo el diseño se hizo aqui y se encargaron en el extranjero, como los posteriores Saint Chaumond-Mondragon, no hay informacion precisa de que calibre y peso eran los cañones, ni tampoco de donde se emplazaron, ni de su destino.
Existe una narracion oral del combate, segun ella, los norteamericanos no creian que hubiese una defensa eficiente, asi que pusieron proa al puerto, el acorazado entro dentro del rango de la artilleria costera mexicana, que hizo un primer disparo de advertencia, los norteamericanos vieron con estupor que cayo justo enfrente del buque en la cabeza de la formacion, pero aun si siguieron, creyeron que era un tiro de suerte, cuando el segundo disparo volo parte de la superestructura, entonces se dieron cuenta de que la flota no duraria ni quince minutos si seguian adelante los cientos de metros que aun hacian falta para que sus piezas pudieran disparar, asi que dieron vuelta y regresaron a toda maquina. Del relato se puede inferir que la artilleria mexicana era de mucho mas calibre que la usual norteamericana, asi que es posible pensar que los cañones eran de 12 pulgadas o mayores, y debieron de haber estado emplazados en una muy buena base, y ademas que se habian hecho las mediciones matematicas correctas para tener bien controlada toda la zona maritima alrededor de Salina Cruz. La experiencia fue muy traumatica para los norteamericanos, que pedian la retirada de la artilleria de Santa Cruz en cada negociacion que hacian con el gobierno mexicano, al parecer Madero o Venustiano Carranza finalmente aceptaron retirar los cañones a cambio del reconocimineto oficial norteamericano y la provision de armamento para sus tropas, segun algunos los cañones fueron desmontados y vendidos a Turquia, que los uso en la defensa de los Dardanelos, la verdad no se sabra hasta que no se encuentren mas fotos, informacion oficial mexicana (al parecer perdida en la Revolucion), o bien un cañon de gran calibre aparezca en alguna parte del mundo con el escuado mexicano. Como colofon los norteamericanos se dieron por vencidos y prefirieron adquirir el Canal de Panama.
Nota: Los cañones a que hace referencia fueron de construcción alemana de la casa Krupp. México compró la patente y se hicieron las modificaciones adecuadas a las características del artillero mexicano. Se compraron dos cañones, el alcance de cada pieza era de 15 km y se destacó a 11 «apaches» es decir a 11 artilleros bien entrenados Fue la flota gringa (7a) del Pacífico, la que intentó tomar por asalto a Salina Cruz. El cañonero mas poderoso gringo tenía un aalcance de 10 Kms, asi que al acercarse los iban a pulverizar. Permanecieron tres meses frente al puerto a 11 millas náuticas, hasta que por orden de Taft, se retiraron. Los cañones fueron desmontados por orden de Francisco I. Madero y se vendieron a los turcos En la página http://www.Salinacruz.com aparecen fotos de copia de un cañón de aquélla época. Fuente: http://historiademexicofringe.blogspot.mx/…/los-canones…
Generalidades históricas del Porfiriato en la actual Capital de la Ciénega (II)
Lic. Helena Judith López Alcaraz
En la entrega anterior leímos acerca del comienzo del Porfiriato en Sahuayo, cuáles fueron los gobernadores que llevaron la batuta durante dicho periodo, el arribo del ferrocarril a las regiones cercanas, el desarrollo demográfico y económico de esta localidad, la reducción territorial del municipio que benefició a su vecino Jiquilpan, las enfermedades y epidemias que asolaron a los sahuayenses, el crecimiento de la agricultura y la ganadería y –el hecho que brinda epígrafe al escrito–, por supuesto, la elevación del pueblo a rango de villa con el apellido del primer mandatario.
Sahuayo en el ocaso del Porfiriato (ca. 1908). Actualmente esta es la calle Madero, en aquellos ayeres llamada La Palma.
En el presente texto, segundo y último sobre el tema, abordaremos otras esferas no menos importantes: las comunicaciones favorecidas por la ribera chapálica, máxime en lo tocante al comercio; la religión, la educación y, en lo histórico, el tema de la desecación de la laguna más extensa de México, sus consecuencias y cuál fue la participación de la poderosa Hacienda de Guaracha, hasta llegar al declive del prolongadísimo mandato de Don Porfirio.
Dicho esto, iniciemos de lleno.
La comunicación que favorecía el lago de Chapala también contribuyó a que Sahuayo tomara la ventaja en las rutas comerciales, máxime con rumbo a Guadalajara (Ramírez-Sánchez, 2017, p. 65), gracias al embarcadero de La Palma, el más cercano a la villa. Otro factor influyente, y a la postre decisivo, fue que en 1905, cuando el régimen porfirista ya se bamboleaba desde sus cimientos y amenazaba con derrumbarse de modo definitivo, en Sahuayo y las áreas aledañas se inició la desecación de la laguna de Chapala, que aumentó todavía más la riqueza de los terratenientes de la zona. Éstos no sólo obtuvieron más tierras, sino que aprovecharon para terminar de despojar a los campesinos o de dominarlos mediante el control del agua. Tanto la infraestructura como la economía de Sahuayo alcanzaron mejoras considerables.
Pero no todo fue bonanza ni beneficios; también hubo problemas, conflictos y grandes injusticias. Hacia 1906, según expone Cancino (2024) los indígenas sahuayenses pescaban, recolectaban tule y leña y cazaban en el terreno comunal que, hasta entonces, limitaba en cierta área con el lago chapálico. Pero, como resultado de aquella invasión de hacendados, fueron perdiendo sus tierras, que les quitaron, de modo legal, territorios de la Hierbabuena y otros colindantes con Jiquilpan (p. 173).
Pasando a otra cuestión, y para concluir lo tocante a actividades económicas, la arriería fue el otro medio de que los sahuayenses se valieron para prosperar. Inclusive llegaron al punto de competir con Cotija en esta esfera. Lo mismo sucedió con el comercio. Lo mismo sucedió con el comercio, que se consolidó todavía más. Como cabía suponer, tampoco faltaron desavenencias y choques con los jiquilpenses por esta causa. Ya en 1885, Ignacio Zepeda, alcalde sahuayense, acusó tanto al prefecto de Jiquilpan como a los dueños de Guaracha de interceptar y tapar el camino Sahuayo-Guarachita, que los arrieros solían visitar muy a menudo. El patrón de Guaracha negó la imputación, mas no tuvo más remedio que acatar las indicaciones venidas desde Morelia (González, 1979, p. 123). No obstante, eso no impidió que, más tarde, el dueño de Guaracha, don Diego Moreno Leñero, hiciera cuanto estuvo a su alcance para que el ferrocarril no se acercara demasiado a Jiquilpan o a Sahuayo y, de tal modo, poder mantener su control en la zona disponiendo de recuas y transporte caballar (Pérez Monfort, 2018).
Ex hacienda de Guaracha, en el municipio de Villamar. Fotografía tomada por Juan Flores.
Por otro lado, en el campo religioso, la pax porfiana significó una mejora sustancial en las relaciones entre el Estado y la Iglesia. Esta última vivió tres décadas de calma y una atmósfera más que propicia para llevar a cabo su misión espiritual y pastoral. Luego de la Guerra de Reforma y del movimiento religionero, los seglares habían tomado la determinación de alejarse de cuestiones políticas, y ahora se limitaban a una vida tranquila enfocada a la práctica habitual de los ejercicios de devoción, la recepción de los Sacramentos y, para quienes sentían inclinación a ello, la pertenencia a diversas sociedades y agrupaciones piadosas.
La postura eclesiástica que habría de seguirse se resumía, en sí, a abandonar cualquier actitud combativa hacia el gobierno, mientras que éste, encabezado por el antiguo héroe del 2 de abril, permitiría que la Iglesia continuara su trabajo en los templos, seminarios, colegios, asilos, centros de beneficencia y demás campos de apostolado. Las Leyes de Reforma, aunque nunca fueron derogadas, fueron letra muerta y cayeron bajo el conocido adagio “Obedézcase, pero no se cumpla”.
Era, como suele decirse en nuestro país, “llevar la fiesta en paz”, aunque los masones más radicales –no hay que olvidar que el mismo Díaz pertenecía a esta sociedad, e inclusive con el grado 33, como Benito Juárez– jamás aceptaron tal actitud conciliadora y la consideraron digna de un traidor o un renegado. No faltaron quienes, de entre las filas de la masonería, lo tildaban de clerical, al grado de que don Porfirio renunció a su cargo de Gran Maestre en 1895. Empero, para él era más importante llevar buenas relaciones con la Iglesia, si bien dentro de un Estado liberal, porque de otra forma no podría obtener la tan anhelada concordia. Podría afirmarse, a la luz de estas circunstancias, que había un bien mayor en juego.
Tan fue así que el deán de Michoacán, Lorenzo Olaciregui Herrera, citado por el padre Mariano Cuevas en el tomo quinto de su Historia de la Iglesia en México (1928), comparó los tiempos de los embates del jacobinismo y la masonería bajo el mando juarista con los del régimen de don Porfirio y dijo que las persecuciones sufridas en su juventud, cuando el zapoteca mantuvo el poder, “habían sido poda saludable para que con más bríos retoñase la Iglesia de Dios en México, hasta obtener esa florescencia y opimos [ricos] frutos que alcanzó en su respetable ancianidad”, ya que, según apuntaló, en vez de mil seiscientos presbíteros había cerca de cinco mil, treinta y seis obispos en lugar de cuatro, diecisiete seminarios en forma, incontables colegios, misiones entre fieles e infieles, órdenes religiosas y cultos de gran solemnidad, “como jamás se habían visto en nuestro suelo ni en los mejores días del tiempo colonial” (p. 420).
Detalle de la carta eclesiástica mexicana de 1885. Aunque no aparezca en el mapa –prueba de su dependencia respecto de Jiquilpan, que sí figura–, Sahuayo ya pertenecía desde entonces al Obispado de Zamora. Imagen editada por la autora.
Lo descrito en los párrafos previos dio sus correspondientes y más que profusos frutos en Sahuayo, que desde aquellos años adquirió fama, no del todo infundada, de pueblo de acérrimo catolicismo y, según el juicio de los más liberales –los jiquilpenses incluidos–, hasta de “mocho” y “fanático”, por nombrar algunos epítetos. Fue una etapa de genuino florecimiento y auge religioso. En los más de treinta años de Porfiriato, los siguientes sacerdotes regentearon la Parroquia de Santo Santiago Apóstol: Macario Saavedra (1874-1886), Esteban Zepeda (1886-1892) y Benigno Arregui (1892-1910). Fue durante la gestión como párroco de este último, a principios del siglo XX, cuando la imagen del Patrón Santiago se subió al nicho central del retablo principal. A los tres párrocos de tan prolongado intervalo hay que sumar a los numerosos presbíteros residentes en Sahuayo en el ocaso de la centuria decimonónica y los albores de la vigésima, “nunca menos de seis en la cabecera”, según Luis González y González (p. 125).
Además de la culminación del templo principal, el 12 de diciembre de 1881, Sahuayo fue testigo del principio de la edificación del hermoso Santuario guadalupano, en la ladera del cerro de Santiaguito –o Santiaguillo–. Las obras avanzaron notablemente gracias a la dirección del padre Bernabé Orozco, que junto con el padre Esteban Zepeda y don Bonifacio Alcaraz celebraron por primera vez el Sacrificio de la Misa aquella jornada, fiesta de la Morenita del Tepeyac. La iglesia dedicada al Sagrado Corazón de Jesús también inició en los primeros años del Porfiriato, en 1882, y trajo consigo la propagación de la devoción al Deífico Corazón y la piadosa práctica de los nueve viernes primeros del mes. Por último, la capilla de la Virgen de Lourdes –muy cercana a la Parroquia de Santiago– fue renovada.
Interior de la capilla dedicada a Nuestra Señora de Lourdes. La fotografía –mejorada por la autora–, que corresponde al año de 1944, se utiliza aquí con fines ilustrativos.
El ámbito educativo fue otro que desplegó. De la noche a la mañana, cuenta González, se pasó a tener seis planteles. Con fondos estatales se mantuvieron dos escuelas en las que, por cada año, se pagaban seis pesos y veintidós centavos. Por su parte, el obispo de Zamora, José María Cázares y Martínez, abrió escuelas denominadas asilos, en las cuales se instruía con el Silabario de San Miguel, el Libro Primero, el Libro Segundo, el Catecismo y El lector católico mexicano (p. 126).
En 1904, los sahuayenses vieron la instauración de un colegio marista, análogo al que los miembros de dicha congregación habían abierto un par de años antes en Jacona, Zamora, Uruapan y Cotija, que fue bautizado en honor de San Luis Gonzaga y que, en 1909, se instaló en un hermoso y amplio edificio de corte neoclásico, justo al lado del templo del Sagrado Corazón –donde actualmente es la casa social anexa a dicho recinto–, que muchos años antes había albergado el convento de las siervas del Sagrado Corazón de Jesús.
Colegio San Luis Gonzaga en Sahuayo y, a su lado, el templo del Sagrado Corazón en proceso de edificación. Imagen editada y mejorada por la autora.La casa social del Sagrado Corazón, antiguamente sede del colegio de San Luis Gonzaga en Sahuayo. Fotografía tomada de Mi Lindo Sahuayo.
No hay que olvidar, por último, el seminario auxiliar que se fundó en la villa, en el cual se enseñaba lo correspondiente al bachillerato: castellano, latín, matemáticas y un poco de filosofía. Allí impartieron clases algunos connotados sacerdotes del lugar: el ya mencionado Benigno Arregui, Felipe Villaseñor, Rosendo Sánchez, José Montes y los hermanos Alejandro y Luis Amezcua Calleja. El hecho de que no sólo los jóvenes locales acudieran a las aulas de aquel flamante plantel levítico, sino también muchos foráneos, dio como resultado un raudal de vocaciones y, posteriormente, de sacerdotes.
En Sahuayo, los últimos cuatro años de Porfiriato transcurrieron sin más turbulencia que la ocasionada por las luchas de los hacendados, que procuraban replicar el esquema empleado en Guaracha. En Sahuayo, sin ser porfiristas de hueso colorado, como reza la expresión coloquial, no se veía al ya dictador con malos ojos o, por lo menos, la aversión de algunos hacia él se contenía quizá por el hecho de que le gustaba sobremanera visitar el lago y gozar de sus beneficios. Allí, en la finca “El Manglar” –en Chapala–, propiedad de Lorenzo “Chato” Elízaga Retes, pasó las vacaciones de Semana Santa entre 1904 y 1909. Don Lorenzo, dicho sea de paso, no era cualquier personaje: era esposo de Sofía Romero Rubio y Castelló, hermana de doña Carmelita, la primera dama.
Hacienda «El Manglar», donde Don Porfirio pasó su asueto de Semana Santa por cinco años.
Y no sólo él: la ribera chapálica, incluyendo la cercana a Sahuayo, se erigió como centro vacacional predilecto de algunos personajes muy acaudalados y, claro, de varios políticos porfirianos destacados. Uno de ellos fue Manuel Cuesta Gallardo –futuro gobernador de Jalisco, tío paterno de Manuel Cuesta Moreno, quien asesinaría al diputado sahuayense Rafael Picazo Sánchez en 1931–, ingeniero y dueño de la Hacienda de Atequiza,desempeñó un papel determinante como socio de la Compañía Hidroeléctrica e Irrigadora de Chapala, “la Hidro” de Guadalajara, que posibilitó concretar el proyecto de construcción del dique de Maltaraña, a fin de desecar la Ciénega. En consecuencia, la posibilidad de pesca y de traslado de mercancías y personas entre Sahuayo y La Palma se vieron sumamente afectadas, con los inevitables conflictos que ello trajo consigo. Los pescadores y los canoeros, al igual que los socios de la comunidad indígena sahuayense, sufrieron considerable menoscabo.
Ingeniero Manuel Cuesta Gallardo (1873-1920), que junto con su hermano Joaquín efectuó e hizo factible la desecación del lago de Chapala, con el daño que ello trajo consigo. Imagen mejorada por la autora.
En 1910, el Porfiriato se vino abajo irrevocable y estrepitosamente. El presidente casi octogenario aceptó reelegirse por séptima y última vez. Mientras que en el resto de la nación la atmósfera política y social, de por sí caldeada, amenazaba con su inminente e ineludible explosión, en la comarca de Sahuayo no se suscitaron conatos ni brotes de apoyo a la revolución iniciada por Madero. Si bien los habitantes de San Martín Totolán –en el municipio de Jiquilpan– aprovecharon la coyuntura para que Guaracha les devolviera sus tierras, el único levantamiento contra don Porfirio tuvo lugar en Zamora.
Ya en 1911, tras la renuncia del estadista y su destierro rumbo a París, la situación se mantuvo casi igual. Las angustias de los sahuayenses, lejos de deberse a los acontecimientos políticos, fueron causadas más bien por el “temblor maderista”, el 7 de junio, que derribó la única torre del templo de Santo Santiago dejando tras de sí una densa polvareda. Justo aquel día –de allí el mote dado al sismo–, el triunfante caudillo de Parras de la Fuente entró a la Ciudad de México.
En 1912, más que por las eventualidades de la fugaz presidencia del antiguo creador del Partido Antirreeleccionista, las insurrecciones zapatistas y orozquistas, el nuevo Congreso y el surgimiento del efímero Partido Católico Nacional (PCN), entre otros sucesos, las mentes de los pobladores de la villa que conservaba el apellido del hombre que partió en el vapor “Ypiranga” estuvieron ocupadas por las precipitaciones tempestuosas, el crecimiento del lago de Chapala, el desbordamiento de sus aguas al romperse el bordo de contención hecho en 1896 y el anegamiento de la ciénega y de las zonas hondas de Guaracha (González, 1979, p. 143), así como la erupción del volcán de Colima en enero de 1913.
Titular de El Imparcial, diario capitalino, que habla de los grandes estragos causados por el gran temblor del 7 de junio de 1911. En Sahuayo, el más recordado fue la caída de la torre de la Parroquia de Santo Santiago Apóstol.
Con todo, no fue sino hasta ya entrado 1913 cuando Sahuayo se vio inmerso, de manera irremisible, en el polvorín revolucionario. Después de diversas incursiones de sendos cabecillas –una significativa parte de ellos, por no decir la inmensa mayoría, caracterizados por su ojeriza al catolicismo y al clero– en poblados aledaños o en la extensión del distrito, en junio de 1914, el tlajomulquense Eugenio Zúñiga hizo gala de crueldad tras haber irrumpido en Sahuayo y en Jiquilpan. Los pormenores del hecho pueden leerse en otra entrada de esta revista.
En ese punto, cuando el Porfiriato se transmutó sin remedio en una remembranza acreedora de aborrecimiento y desprecio, dejamos esta historia.
Como último dato, Sahuayo de Díaz conservaría su apellido hasta 1967, cuando el apellido del general José de la Cruz Porfirio fue reemplazado con el del celebérrimo sacerdote y caudillo insurgente vallisoletano, José María Morelos, tal como continúa hasta nuestros días. Para el momento del cambio, desde 1952, ya ostentaba el rango de “Ciudad”.
Bibliografía
Cancino, N. A. (2024). “Redes que tienden los pescadores en la laguna. . .”. El patrimonio biocultural de la laguna de Chapala antes de su desecación. Relaciones/Relaciones Estudios de Historia y Sociedad, 45(178), 167-191. https://doi.org/10.24901/rehs.v45i178.1056
Cuevas, M. (1928). Historia de la Iglesia en México. El Paso: La Revista Católica.
González y González, L. (1979). Sahuayo. México: El Colegio de México.
Pérez Monfort, R. (28 de febrero de 2018). Lázaro Cárdenas, un mexicano del siglo XX. Nexos: Sólo en línea. https://www.nexos.com.mx/?p=36432
Prado Sánchez, P. (1976). Sahuayo: Tradiciones y Leyendas. Edición del autor: Sahuayo.
Sánchez, R. (1896). Bosquejo estadístico e histórico del distrito de Jiquilpan de Juárez. Morelia: Porfirio Díaz. Ramírez-Sánchez, R. (2017). Cambios y continuidades de una vecindad contenciosa en la región Ciénega de Chapala, Michoacán. Quivera Revista De Estudios Territoriales
Mtro. Manuel Flores Jiménez.*Cronista de Jocotepec, Jalisco.
1.- Sonido largo y melódico de los afiladores de cuchillos, que con su cajón al hombro anunciaban su presencia por las calles del pueblo en la espera de sacarle filo a todo utensilio que lo requiriera. No había cosa más molesta para un ama de casa que tener un cuchillo sin filo en su cocina. El afilador se sentaba en su pequeño banco de madera y giraba su piedra de afilar, poniendo los filos de los cuchillos de cocina cerca de ella de donde se desprendían un cúmulo de ininterrumpidas chispas al girar la piedra. Al terminar, se alejaban con su largo y disparejo pitido que se perdía en la lejanía de las calles.
2.- El silbato del cartero anunciaba muchas cosas: la llegada de las tarjetas de Navidad en diciembre, alguna noticia largamente esperada pero, sobre todo, el chequecito bien escondido en medio de las hojas escritas que venía a aliviar las severas necesidades económicas de las familias. Nuestras familias esperaban con ansia los dineros provenientes del Norte para solventar tantas cosas.
Al abrir las cartas se desprendían los aromas de otras latitudes. El cartero correspondía con buen modo a las sonrisas de júbilo de los vecinos y pronto se alejaba en su bicicleta por las calles mal empedradas a terminar su jornada. Otras veces no era alegría sino tristeza al ver que no había dinero en la carta. Así solía pasar, no siempre había dinero que mandar porque nuestros emigrados también tenían allá sus grandes necesidades que cubrir.
3. ¡Puerco y puerca!
Ese era el fuerte grito del Bajito, ese hombre de corta estatura que lanzaba desde el mercado que estaba en aquellos años enfrente de la plaza, por la calle Allende. Así anunciaba a pleno grito la llegada de la batea de los chicharrones recién salidos del cazo de cobre de la casa de Antonio Ibarra, el matancero, donde se preparaban las aldillas, el buche, el hígado, el corazón, las tripas y demás entrañas de los porcinos que se sacrificaban en el rastro que se localizaba donde hoy está la Dirección de Seguridad (esquina Hidalgo sur y Donato Guerra, en el antiguo barrio que le llamaban la Cruz Verde. Los aromas de los chicharrones se iban desparramando a lo largo de su recorrido sacando hambre y antojo. Tiempos de antes ya desaparecidos.
4.- Los rumorosos motores de los autobuses y camiones de carga que se escuchaban a deshoras de la madrugada, en aquellos tiempos en que el pueblo era sumamente silencioso. Los sonidos de las máquinas se transmitían desde el crucero del pueblo, distante unos dos kilómetros, y llegaban hasta nuestras casas. En esos años solamente esa carretera era la que llevaba a la ciudad de México, y a todas horas del día y la madrugada pasaban los camiones. En aquellos años todo era silencio y quietud que brevemente eran interrumpidos para luego continuar igual.
MANUEL FLORES JIMÉNEZ/ Cronista de Jocotepec, Jalisco.
(Las dos imágenes que ilustran esta publicación pertenecen a Pinterest, y se integran sin fines de lucro y sólo para recrear el contexto del texto. Gracias.
El padre Jesús Rojas Gil, originario de Sahuayo, (hijo de don Demetrio Rojas y de doña Rafaela Gil) fue notificado el 22 de enero de 1930 que debía abandonar la Vicaría de La Palma de Jesús.
Había llegado en los primeros días de 1922 en su primera etapa y más productiva como sacerdote a esta hacienda. Trazó las calles, introdujo la luz eléctrica en La Palma, comenzó con la construcción de la Plaza y en 1924 por influencia de él y de su amigo, el Lic. Aurelio Gómez Padilla, se hace Tenencia La Palma del municipio de Sahuayo; remodela toda la capilla, el altar, compra las imágenes y bautiza al pueblo como “La Palma de Jesús” al consagrar la comunidad, al Sagrado Corazón de Jesús. Y también el Divino Rostro, de ser solo una piedra, lo enmarca como lo conocemos hoy. Pudo la cruz en el cerro del copito y abrió la calle que va hacia aquel lugar santo. Pero se separó de la Vicaría apenas iniciado el conflicto cristero, en agosto de 1926.
El padre Marcos Vega Ceja, su sustituto, le tocó llegar en septiembre de 1926 cuando se había suspendido el culto por la guerra; vivía a salto de mata en el cerro y celebraba en casas como la de mi tía Aurora Zepeda, o con doña Emilia Mora, ya en la casa de mi bisabuelo (primo hermano del padre Vega) Rodrigo Montes, ya con Manuel Zapién, otras veces con Eligio Castellanos, y así vivió y trabajó en casas distintas para bautizar o casar, confesar y dar la comunión. La capilla de 1926 a 1929 estuvo habilitada como cuadra y cuartel. El padre Vega estaba acostumbrado a andar a salto de mata, pues había sido maderista en la revolución y contaba con apoyo de José Vega, su hermano, de mi tío Francisco Montes Zepeda y de Chema Castellanos, que siempre andaban con él, cuidándolo, bien armados.
En enero de 1929 volvió el Padre Rojas y, cuando se arregló el conflicto del estado y la iglesia, encontramos en la correspondencia del padre, que le pusieron miles de trabas para entregar la capilla de La Palma. Hay correspondencia de la mitra y del padre Rojas donde ambos apelaron a la intervención del diputado Rafael Picazo para mediar con el gobierno y devolvieran la capilla.
Pero a mediados de enero de 1930 todavía no se entregaba el inmueble; con tristeza, el padre rojas expresa que «no hay culto en La Palma debido a que tampoco puede celebrar en lugares públicos por los arreglos de junio de 1929″.
Pero el 22 de enero le llegó un carta al padre Rojas de su prelado diciéndole: “ Envío a usted con la presente, el nombramiento de Párroco de Ziracuaretiro…(sic), el cura don Francisco Amezcua tiene necesidad de salir pronto para su nueva Parroquia de Tacatzcuaro; de manera que sería conveniente que recibiera usted su primera parroquia el día 31. Recomiendo a usted evite prudentemente cualquier agitación en ese pueblo en ocasión de su salida y aún el envío de ocursos y peticiones a esta superioridad, ya que su cambio obedece a la necesidad de atender a los fieles de una Parroquia”.
Tristemente para La Palma, su vicario y capellán don Jesús Rojas, tuvo que aceptar el nombramiento, pero el mismo día 22 de enero cuando contestaba y refería que: “Si al señor le agradara que yo fuera registrado podría quedar en La Palma y se regocijaría este pueblo con el culto público…”
Jesús Rojas en 1923 en el recién remodelado atrio de la Capilla de la Hacienda de La Palma.
Pero no le fue aceptada tal petición y para el día 26 de enero se encontraba en su casa en Sahuayo en Constitución No. 7, y escribía al Vicario General don Luis García haciéndole algunas recomendaciones para que su querida Palma no sufriera por la falta de Vicario. Todavía el padre Rojas hacía un acomodo, pues pedía se fuera el capellán del Sagrado Corazón de Sahuayo don Melesio R. Espinoza, y si no fuera posible, menciona: “el Padre Arregui que es padrino y amigo del diputado Rafael Picazo, conseguirán que celebren y oficien públicamente el Padre José Sánchez a quién ayudará en la medida que pueda el Padre Castillo. Examine V.S. lo propuesto y si le parece bien propóngalo a su Ilmo. Sr”.
Para el 31 de enero el padre Rojas tomaba posesión de su primera parroquia en Ziracuaretiro donde también, como en La Palma, dejaría una huella imborrable. Pero en La Palma la gente amargamente lloraba la salida de Rojas, cuando supieron que ese mismo día habían nombrado al Padre Francisco Castillo como Vicario Fijo…pero todavía en el mes de marzo de 1930 no se presentaba. Hasta que en Mayo aparece nuevamente como Vicario el Padre don Marcos Vega Ceja para cubrir un largo periodo.
(DOCUMENTOS y cartas del Archivo de la Diócesis de Zamora, carpetas referentes a la Parroquia de La Palma) Publicado en TRIBUNA el año de 2005, corregido y aumentado 2024, Fotografías del Archivo Histórico Particular FGM, todos los derechos reservados Francisco Gabriel Montes.
Prohibido la reproducción total o parcial del contenido y fotos.
Generalidades históricas del Porfiriato en la actual Capital de la Ciénega(I)
Lic. Helena Judith López Alcaraz
Durante el Porfiriato, al igual que muchas otras ciudades y poblaciones en México, Sahuayo experimentó un período de transformación y desarrollo y fue testigo y partícipe de la modernización impulsada por el gobierno de Porfirio Díaz, especialmente en los ámbitos demográfico y financiero. A continuación, abordaremos las generalidades de estas transformaciones. Dos de ellas, inclusive, tuvieron que ver con los aspectos político y toponímico. Por motivos de extensión, y para no cansar al lector, hemos determinado dividir el texto en dos entregas.
Fotomontaje alusivo al título de esta entrada, elaborado por la autora. En el centro, el general Porfirio Díaz; al fondo, el templo parroquial del pueblo que, al convertirse en Villa, tomaría su apellido.
La Guerra de los religioneros, en la que un grupo de sahuayenses tuvo una participación destacada, y el mismo pueblo fue escenario de los primeros polvorines oficiales de dicho conflicto bélico, tocó a su fin en 1876, con el triunfo del Plan de Tuxtepec y la rebelión homónima. Los militares Francisco Navarro y Herculano Ortega, sahuayenses, y el prefecto de Jiquilpan, Cayetano Macías, brindaron su apoyo al paladín que encabezaba la asonada, el oaxaqueño Porfirio Díaz Mori (1830-1915), que se alzó victorioso al derrotar a Lerdo de Tejada.
De este modo, Díaz subió al poder con el procedimiento ya habitual, a la sazón, en México: el golpe de Estado. Asumió la presidencia del país en forma interina entre el 28 de noviembre de 1876 y el 6 de diciembre de 1876, y por segunda vez del 17 de febrero de 1877 al 5 de mayo de 1877. Por fin, al menos la primera ocasión, ejerció el cargo en forma constitucional del 5 de mayo de 1877 al 30 de noviembre de 1880.
La paz volvió poco a poco a Michoacán, entidad que descolló en la Cristiada decimonónica, y eventualmente, también, al resto del país. En lo que respecta a Sahuayo, José Prado Sánchez refiere que, cuando Don Porfirio tomó posesión como primer mandatario, la futura Atenas michoacana ya había adquirido cierta forma de pueblo.
Leamos como lo describe él:
“[…] el templo había sido reconstruido y constaba de una nave de bóveda, al frente un gran atrio con una cruz frente al templo en un pedestal de piedra; ese atrio servía de camposanto y al norte y al sur anchos portones que daban acceso al atrio y al mismo tiempo servía de tránsito entre uno y otro extremo del pueblo. En ese tiempo fue designado párroco del pueblo el Sr. Cura (Macario) Saavedra, quien inició la reconstrucción del templo y, en el año de 1881, se terminaron los trabajos quedando una construcción magnífica” (1976, p. 15).
Templo de Santo Santiago Apóstol en Sahuayo, con su única torre. Fotografía mejorada por la autora.
Este autor añade que, para los aproximadamente ocho millares de habitantes que tenía la cabecera municipal en ese año, el templo era de gran tamaño, y poseía una enorme cúpula. Pero su rasgo más sobresaliente era la torre estilo minarete, de gran altura y esbeltez, cuya caída en 1911, a raíz de un poderoso sismo, le valdría a la localidad el mote “Sahuayo Torres Mochas”.
Luis González y González explica que el Porfiriato en Michoacán fue implantado por los siguientes gobernadores: Manuel González Flores –sucesor de Díaz en 1880–, Bruno Patiño, Octaviano Fernández, Prudencio Dorantes, Mariano Jiménez y Aristeo Mercado. Los tres primeros, con el apoyo cardinal de “rondas” y “acordadas”, dieron buena cuenta de los cabecillas que quedaban en pie de lucha o asolaban aquellas zonas (1997, p. 117). No era sino hacer eco a la táctica empleada por el primer mandatario, la de los famosos rurales, que si bien no era de la autoría de aquél, sí fue una de sus principales estrategias para pacificar el país y mantener el orden. Su misión era la defensa de zonas rurales en México, principalmente en lo tocante a la protección de diligencias y caravanas de ataques de bandoleros. Originalmente, el Cuerpo de Policía Rurales se compuso sobre la base de ex convictos, quienes por su experiencia y conocimiento de los grupos de delincuentes y de sus procedimientos pudieron reducir dramáticamente la inseguridad en los caminos y zonas campestres. Luego, por supuesto, se procedió a filtros más rigurosos para la selección de su personal.
General Manuel González Flores (1833-1893), primer gobernador porfirista de Michoacán. Fotografía mejorada por la autora.
Los tres últimos gobernadores del Porfiriato de Michoacán –véase el listado unos párrafos más arriba–, por su parte, condujeron a la entidad, sin prisas ni fanatismo, por la ruta de una prosperidad principalmente ferroviaria: ferrocarriles México-Morelia desde 1883; Morelia-Pátzcuaro desde 1886; Maravatío-Zitácuaro desde 1897; Yurécuaro-Zamora desde 1899, y hasta Los Reyes desde 1902; Pátzcuaro-Uruapan desde 1899, y algunos ramales como el de Angangueo, en distintas fechas (González, 1979, p. 117).
En lo que concierne al ámbito demográfico, el municipio de Sahuayo creció a pasos agigantados durante el mandato cuyo lema fue “Orden y progreso”. Prueba de ello fue que la población sahuayense pasó de 12326 habitantes en 1873 a 16689 en 1888, 18878 en 1895 y a veinte mil en 1900. La cabecera, por su parte, cambió de 5688 habitantes en 1873, a 7199 en 1895 y a los once mil a finales del Porfiriato. Así lo especifica Luis González y González citando a Antonio García Cubas, historiador, cartógrafo, geógrafo y escritor capitalino, considerado el padre de la estadística en México; y también lo confirman Ramón Sánchez (1896) en su Bosquejo estadístico e histórico del distrito de Jiquilpan de Juárez (p. 28) y Crecencio García Abarca en “Noticias históricas, geográficas y estadísticas del distrito de Jiquilpan” en el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, primer volumen, página 493 (1873, citado en González, 1979).
Sin embargo, a pesar de tal crecimiento demográfico, la superficie municipal disminuyó. Una ley del 7 de diciembre de 1877 le restó a Sahuayo, para sumárselos a Jiquilpan, los siguientes sitios: la Hacienda del Sabino, Las Fuentes, los Corrales, el potrero de la Calera, Estancia del Cerrito, Guayabo, Ojo de Rana, Arena, Puerta de los Tábanos y Palo Dulce. En 1879 se volvió a lo de antes por un brevísimo intervalo de dos meses. El decreto de 16 de diciembre de 1879, por último le dejó a Sahuayo la Arena, Guayabo, Palo Dulce y Sabino, Tábanos, Cerrito, Fuentes, Corrales y Ojo de Rana.
Luis González, no sin fundamento, considera que, de no haber sido por las mermas de territorio que acabamos de describir, el municipio sahuayense habría doblado su población a semejanza de su cabecera. No obstante, es preciso acortar que el aumento poblacional porfiriano en los lares sahuayenses no se debió precisamente a la salud pública –de eso hablaremos en seguida–, sino al dinamismo y auge económicos que experimentó la población.
El mismo autor señala que Sahuayo enfrentó continuas enfermedades letales y endémicas. Los rudimentarios avances médicos de la época poco o nada pudieron contra las fiebres primaverales ni la diarrea al comienzo de las lluvias estivales, ni tampoco el paludismo, que fue terrible en 1889, año en que se desbordaron las aguas chapálicas. A ello hubo que sumar el tifo, constante en la localidad, y dos epidemias que dejaron huella indeleble en la memoria sahuayense: el mal de San Vito (1871-1872) y la fiebre efímera (1887). Esta última causó el deceso de tres mil personas en un lapso de tres días.
Portada de la edición de El Siglo Diez y Nueve en el que se hizo mención del mal de San Visto en Sahuayo.Pequeño espacio, en el periódico El Siglo Diez y Nueve (tomo 54, número 9977, página 3), en el que se habla de la magnitud de los estragos provocados por el mal de San Vito en Sahuayo. Arriba, la portada de la edición. Resaltado por la autora.
Ahora bien, a pesar de haber perdido territorio y de que sus habitantes sufrieran tantas patologías, Sahuayo vio elevado su rango. Una ley fechada el 13 de abril de 1891 lo elevó a la categoría de villa y le puso el apellido del presidente que, para aquel entonces, ya se había reelegido en dos ocasiones. La población cuya principal parroquia estaba –y está– dedicada al primer Apóstol mártir, y que dos centurias antes había llevado su nombre –“Santiago Tzaguaio”–, pasó a llamarse “Sahuayo de Díaz”. La cabecera municipal de Jiquilpan, en contraste, sí fue designada como ciudad, apenas tres días después, y adquirió el apellido del gran rival político del presidente Díaz: Juárez.
En lo que concierne a Jiquilpan, la rivalidad que hasta la fecha existe entre ambas localidades, aunque tan cercanas una de la otra, se agudizó durante el Porfiriato. Tal es el planteamiento, sólidamente fundamentado, de Ramírez Sánchez (2017). Dicho autor refiere que en ello intervinieron factores sentimentales, pleitos por tierras, injerencia de las autoridades jiquilpenses en Sahuayo, altercados entre las élites por la hegemonía política del distrito e, inclusive, la renuencia de los sahuayenses de subordinarse política, administrativa y religiosamente a Jiquilpan (p. 65). En este último rubro, Sahuayo dependía de su antagonista al sur, y así sería hasta 1940. Para los habitantes de Jiquilpan, en contraparte, resultaba denigrante que Sahuayo, un poblado más pequeño y supeditado a ellos, se perfilara y cimentara como líder del crecimiento económico y demográfico de aquella región.
En cuanto a las comunicaciones, Sahuayo de Díaz se vio enriquecido, en el mismo año en que cambió de apellido, con el servicio telegráfico. Al año siguiente, 1892, se consumó la obra del puente de cal y canto sobre el río. Los caminos de tierra se tornaron transitables casi todo el año. No fue de extrañar que todo esto, aunado al vertiginoso auge financiero que, en opinión de Ramón Sánchez (citado en González, 1979, p. 120), se debió a la afición de los comerciantes locales de vender mercancía con profusión, permitiera que Sahuayo se transformara en el núcleo mercantil preponderante de la región de la Ciénega a cincuenta kilómetros a la redonda.
La agricultura fue otra actividad que propició el acelerado desarrollo de Sahuayo durante el Porfiriato –aunque Jiquilpan no se quedaría atrás–, dada su cercanía con el lago de Chapala. Tan es así que, junto con su rival, desplazó a Cotija en dicho ámbito. Durante este periodo, la hacienda de Guaracha se convirtió en un centro productor importante en la organización social y territorial, con enérgicos vínculos de poder y dominio que son, y han sido, materia para prolijos artículos aparte.
Dibujo ilustrativo de la Ciénega de Chapala. Llama la atención un detalle: que la Parroquia de Sahuayo tenga dos torres (lo cual pasó hasta la década de 1930) en lugar de una. Imagen tomada del primer número de la revista cultural «Sahuayo, historia desde su gente», correspondiente al trimestre enero-marzo de 2021.
Es importante subrayar que, a pesar de que Jiquilpan se situaba –y hasta hoy– más cerca de Villamar, la actividad de la hacienda de Guaracha favoreció más a Sahuayo (Ramírez-Sánchez, 2017, p. 64), lo cual, como es natural, contribuyó a acentuar la competencia y antipatía entre ambas localidades y municipios. Esto se debió a que los ganaderos jiquilpenses se vieron restringidos por la alta producción de la hacienda limítrofe, en el municipio de Villamar, mientras que los rancheros y acaudalados sahuayenses no tuvieron dificultades ni obstáculos para ensancharse hacia el occidente, a los antiguos territorios de la hacienda de Cojumatlán. Así, Sahuayo de Díaz se coronó como el centro y sede del comercio, en “concesionario mercantil” de la Ciénega (p. 65), como camino incipiente para, un día lejano, granjearse ser considerada su capital. Era el comienzo de una carrera que ya no habría de detenerse. La ganadería pronto adquirió valiosa relevancia.
Detalle de la Ciénega de Chapala en 1892. Del acervo de Pablo Hermosillo Villalobos.
En la próxima parte, la segunda y última, hablaremos de otros ámbitos en los que Sahuayo sufrió modificaciones considerables, tanto para bien como para mal, hasta alcanzar el instante en que el Porfiriato se hizo añicos.
Bibliografía
Cuevas, M. (1928). Historia de la Iglesia en México. El Paso: La Revista Católica.
González y González, L. (1979). Sahuayo. México: El Colegio de México.
Prado Sánchez, P. (1976). Sahuayo: Tradiciones y Leyendas. Edición del autor: Sahuayo.
Sánchez, R. (1896). Bosquejo estadístico e histórico del distrito de Jiquilpan de Juárez. Morelia: Porfirio Díaz.
Ramírez-Sánchez, R. (2017). Cambios y continuidades de una vecindad contenciosa en la región Ciénega de Chapala, Michoacán. Quivera Revista De Estudios Territoriales, 19(2), 59-79. Consultado de https://quivera.uaemex.mx/article/view/9752
Ayer fue la festividad de San Juan Bautista, precursor del Señor. En la entrada de hoy hablaremos un poco acerca de los orígenes de uno de los templos más antiguos de la Zona Metropolitana de Guadalajara, que fue dedicado precisamente a él. Sus orígenes se remontan al año 1541, cuando dicha urbe ni siquiera había sido fundada en el valle de Atemajac.
El templo de San Juan Bautista de Mexicaltzingo cuando aún se hallaba en construcción la única torre que conserva. Imagen tomada de la página del hotel Gran Casa Xalisco, ubicado en la calle Nicolás Régules –véase su biografía en otra entrada de esta revista electrónica– #61, Col. Centro, en Guadalajara, y mejorada por la autora.
Fue en dicho año cuando el entonces Virrey, don Antonio de Mendoza, trajo a una gran cantidad de indígenas aztecas como aliados para atacar a los sublevados caxcanes, que a la sazón no daban ni un respiro a los españoles que trataban, infructuosa y repetidamente, de asentarse en las regiones que hoy ocupa el estado de Jalisco y que, por aquellos ayeres, ya eran parte del Reino o Provincia de la Nueva Galicia –establecido en 1531–. La Guerra del Mixtón había tomado carices ya muy graves.
Al finalizar dicha guerra, en 1542, los mexicas decidieron quedarse a vivir cerca de la recién fundada –por cuarta y última vez– ciudad de Guadalajara, donde les fueron otorgados los terrenos para fundar el barrio de Mexicaltzingo, nombre que significa “en las casitas de los mexicanos”, que sigue siendo, hasta nuestros días, uno de los barrios tradicionales de Guadalajara. El barrio, que luego se convirtió en pueblo, se fundó entre el 14 y el 16 de febrero de 1542.
He aquí lo que narra Fray Antonio Tello –fallecido en Guadalajara en 1653–, franciscano e historiador español que se desvivió por evangelizar a los naturales en la Nueva Galicia:
“De la otra parte del río, algo apartados enfrente de la ciudad, poblaron algunos indios mexicanos, en unas fuentes u ojos de agua, de los que habían venido con el Virrey D, Antonio de Mendoza y pusieron por nombre al pueblo Mexicaltzingo. […] algunos mexicanos, siendo estos de mayor actividad como más expertos en fábricas por las que en México se habían hecho, quisieron quedarse algunos que se casaron con las indias de Galicia, y por ello y que tuviesen que cultivar, se les permitió asentasen su población al Poniente, en la vega de dicho río dividiendo términos con Analco del Sur a Norte y quedando la ciudad a la parte Norte de la nueva población, a la que se le dio el título de San Juan de Mexicaltzingo” (2004, párr. 1).
La capilla que erigieron aquellos indios fue dedicada a San Juan Bautista –así lo consigna una placa–, y hoy en día es un hermoso templo. La portada es de dos niveles, en el primero está el acceso con un arco de medio punto con decoración barroca, el cual está flanqueado por pares de columnas de capitel corintio. El segundo nivel tiene ventana coral rectangular y a los lados se pueden apreciar floreros en cantera.
Interior del templo de San Juan Bautista en el barrio de Mexicaltzingo. Fotografía en la solemne fiesta de la Natividad del Señor del año de 1925, apenas siete meses antes de que fueran suspendidos los cultos en toda la República a raíz de la persecución religiosa imperante. Imagen mejorada por la autora.
La edificación que se aprecia en la actualidad, se concluyó hacia 1808 y su estilo es de transición entre barroco y neoclásico. Esta iglesia es famosa porque en ella se venera una imagen de Jesús Crucificado, mejor conocida como “el Señor de la Penitencia”, al cual se le atribuyen muchos milagros. Este Crucifijo, según el libro «Los Cristos de caña de maíz y otras venerables imágenes de Nuestro Señor Jesucristo» (1970), del canónigo Luis Enrique Orozco, fue elaborado con pasta de caña como material primordial y, según se cree, data de 1585 fue fabricado en el taller escultórico de los hermanos Matías y Luis de la Cerda. También menciona la posibilidad de que haya sido fray Lorenzo de Zúñiga, guardián de San Francisco de Guadalajara, quien adquirió y trajo la imagen que está en Mexicaltzingo, así como otra muy similar.
La festividad en honor de este Cristo es cada Jueves de Ascensión. Cuentan las crónicas que, el martes de carnaval, la sagrada efigie era descendida y limpiada con algodoncitos, que la gente, en su sencillez, resguardaba como si fuesen reliquias. Asimismo, cada jueves y viernes por la noche, los parroquianos solían cantar a coro la siguiente estrofa:
¡Oh Dios de la suma bondad!
pues eres todo clemencia,
ten de nosotros piedad,
Señor de la Penitencia.
Ahora bien, Leticia Ibarra refiere que, a pesar de la gran devoción profesada al Señor de la Penitencia, la población indígena siempre tuvo en un lugar preeminente a su santo patrono, San Juan, cuya imagen antes se hallaba en la parte superior del altar mayor de la espaciosa iglesia actual.
Programa de las solemnes festividades en honor del Señor de la Penitencia de este año, 2024, emitido por la Parroquia de San Juan Bautista de Mexicaltzingo. Imagen mejorada por la autora.
Las festividades religiosas y populares daban principio el 23 de junio. Aquella fecha, la iglesia se iluminaba con profusión y se adornaba con vistosos lazos de ixtle torcido en los que se sujetaban las velas de cera, que se encendían cuando los frailes y los sacerdotes, en el presbiterio, iniciaban la Misa.
En la madrugada del 24 de junio, el pueblo entero se congregaba en la iglesia y cantaban las mañanitas al santo, los mestizos y criollos, con el correr del tiempo se habían unido a la celebración. A las diez de la mañana, se celebraba con gran magnificencia y ceremonia la llamada “misa de función”, esto es, la que suele denominarse solemne, con presbítero, diácono y subdiácono –denominada “de tres padres” porque, a menudo, dos sacerdotes tenían que hacer el papel de los dos últimos–, cantos, música e incienso. A ella asistían todos los feligreses, quienes, enfervorizados, no dejaban de llenar el aire con cantos en honor al hombre que, junto con Jesucristo y la Santísima Virgen María, es el único del cual se celebra el día de su venida al mundo.
Hasta muy avanzado el siglo XX, existió la creencia de que el “Día de San Juan”, como se conoce popular y religiosamente a esta fecha, el agua que fluía por riachuelos y manantiales, por gracia divina en honor del Precursor, estaba bendita, y el pueblo se bañaba con fe y devoción. Antes del alba, familias completas se dirigían a los manantiales para recibir los beneficios del baño sagrado, otorgados, tal como pensaban sinceramente, por la intercesión de San Juan Bautista.
Terminado el baño, las muchachas engalanaban sus caballos con amapolas y flores de San Juan. A lo largo del trayecto, se instalaban indias con las vendimias de lechugas frescas, tamales de ceniza y atole de cascarilla, para que los transeúntes pudieran deleitar su paladar. Bajo la sombra de los árboles, las bandas y las orquestas animaban la fiesta tocando valses, a la par que el júbilo de los niños se mezclaba con la música y el pueblo disfrutaba a plenitud su hermosa tradición en honor de aquel que, como decía el último Evangelio –rezado al final de la Misa y tomado del comienzo del Evangelio de San Juan Apóstol– “no era la Luz, sino para dar testimonio de la Luz”.
Eventualmente, la ciudad empezó a crecer y las costumbres y las tradiciones se fueron transformando o perdiendo de manera paulatina. Aquellas en honor de San Juan Bautista no fueron la excepción: como lo afirma el historiador Muro Ríos, la fiesta, tal como fue descrita en el presente texto, se mantuvo viva hasta el año de 1950.
Templo de San Juan Bautista de Mexicaltzingo en la actualidad. Fotografía: El Informador.
En la actualidad, el templo de San Juan Bautista se localiza en la calle Mexicaltzingo #1059, Colonia Mexicaltzingo, frente al parque homónimo, en la Perla de Occidente. Cerca, a sólo unas cuadras, se sitúa la estación de la línea 2 del Tren Ligero, que posee mismo nombre.
La toma de la Perla de Occidente por las tropas constitucionalistas y la posterior persecución religiosa
Lic. Helena Judith López Alcaraz
Catedral de Guadalajara. Tropas carrancistas. Edición por la autora.
Una avenida de Guadalajara, que atraviesa tres municipios de la ciudad –incluyendo el Centro Histórico–, de modo lacónico, rememora aquella fecha en las placas colocadas en las esquinas: “8 de julio”. Pero pocos saben a qué acontecimiento hace alusión tal epígrafe. Pues bien: un día como hoy, pero de 1914, hace 110 años, las tropas «constitucionalistas» comandadas por Álvaro Obregón (1880-1928) y Lucio Blanco (1879-1922) hicieron su fatídica entrada a la ciudad de Guadalajara, luego de haber vencido a las fuerzas federales en la Batalla de Orendáin –u “Orendain”, dependiendo del texto–. Pero, lejos de lo que se ha propagado en publicaciones y efemérides, no fue un suceso glorioso y digno de ser celebrado. Veamos el motivo. Claro que, como en otros casos, dejamos que cada lector saque sus propias conclusiones.
General Álvaro Obregón, principal dirigente de las tropas carrancistas que irrumpieron a la ciudad de Guadalajara el 8 de julio de 1914. Fotografía mejorada por la autora.
Después de tomar la población de Tepic, Nayarit, el Ejército de Occidente al mando de Obregón inició su marcha hacia Jalisco. Corría el mes de junio de 1914. El 24 de junio, el general sonorense arribó a Etzatlán con sus hombres. Dos días después estuvo en Ahualulco de Mercado. Para el 1 de julio, el desplazamiento de tropas hacia Guadalajara dio inicio.
Al día siguiente, el general Manuel Macario Diéguez Lara avanzó hacia la sierra de Tequila y salió por Amatitán y Achío, donde tomó La Venta del Astillero y El Castillo –donde peleó el tlajomulquense Eugenio Zúñiga–, al sur de Orendain. En dicha posición, según lo planeado, se enzarzó en la lucha contra los federales enviados por el gobernador José María Mier. Obregón llegó para reforzarlo y, de tal manera, atacar a sus enemigos por dos frentes. Era el 6 de julio. Para la mañana del 7, la columna de Mier fue dispersada a cañonazos.
Rutas de las tropas federales y carrancistas en la Batalla de Orendain y en la toma de Guadalajara.
El camino a la codiciada Guadalajara quedó libre. A sabiendas de las tropelías que los carranclanes –como la gente llamaba despectivamente a los carrancistas–, se extendió la orden a todos los ciudadanos tapatíos de dar una cálida bienvenida a aquellos bandidos, célebres por su anticlericalismo y su odio hacia todo lo que tuviese el adjetivo «católico». Muy pronto habrían de demostrar, de nueva cuenta, que la fama de clerófobos y jacobinos no era infundada, sino lo contrario, muy bien granjeada.
Las tropas al mando de Obregón llegaron a las diez de la mañana. Éste fue acompañado por los generales Diéguez, Benjamin Hill, Lucio Blanco y Sebastián Allende de Rojas. Se repicaron las campanas para recibir al militar de Siquisiva, y a él le desagradó –otro rasgo en el que no se diferenciaba de muchos liberales jacobinos de su tiempo, que en algunos casos llegaron al extremo de prohibir el tañido–.
Al mediodía arribó el grueso de las hordas y se apoderaron de cuanto edificio pudieron: los cuarteles del Carmen, Capuchinas, Colorado, de la Gendarmería del Estado, el de Artillería (que estaba junto a la Alameda, en lo que hoy en día es el Parque Morelos); el Liceo del Estado, el de Niñas, la Casa de Moneda, Escuela de Artes del Estado, la Plaza de Toros del Progreso, la Escuela Industrial de Señoritas; numerosas casas particulares; el Palacio Arzobispal –más tarde Inspección de Policía y, en la actualidad, Palacio municipal de Guadalajara–, localizado contraesquina de la Catedral; y el Seminario Conciliar, el Mayor, localizado en el inmueble que alguna vez albergó a las monjas Agustinas Recoletas de Santa Mónica y anexo al templo dedicado a esta Santa. Allí, por mucho tiempo, estaría instalada la XV Zona Militar.
Leamos cómo refiere los hechos el entonces estudiante de leyes Anacleto González Flores –hoy reconocido como mártir y Beato por la Iglesia Católica y quien encabezó el grupo al que perteneció, alguna vez, el adolescente San José Sánchez del Río–:
“[…] no pasó mucho tiempo sin que el pueblo, que había aplaudido a su llegada al ejército constitucionalista viera lleno de asombro que las hordas venidas del norte ge entregaban con un lujo inaudito de impiedad y de cinismo a la profanación y al despojo de lo más santo y venerable. El palacio arzobispal, los talleres de «El Regional», periódico que atacó rudamente la muerte de Madero y la dictadura de Huerta; los edificios de las escuelas que dependían del Gobierno Eclesiástico y los de algunos articulares; los de las escuelas superiores, industriales y de otros colegios cayeron en poder de los revolucionarios.
Otro tanto sucedió con los hospitales, casas para ancianos y otras instituciones de caridad sostenidas por la piedad de particulares, por asociaciones piadosas o por la Iglesia con los fondos proporcionados por el pueblo. Las bibliotecas del Seminario Conciliar, del Colegio de San José y los gabinetes de Física y de Química fueron destrozados por la turba de salvajes que convirtieron en cloacas y en caballerizas edificios que, como el Seminario, merecen ser respetados cuando menos por su belleza arquitectónica (p. 382)”.
Antiguo Seminario Conciliar de Guadalajara, incautado por los revolucionarios carrancistas en la toma de dicha urbe el 8 de julio de 1914.
No hay que olvidar que, en ese momento, el futuro líder católico ya vivía en Guadalajara, por lo que todos esos hechos no le fueron desconocidos, ni mucho menos lejanos, ya que residía en el ahora llamado Centro Histórico.
Ante la huida del gobernador José María Terán, Manuel M. Diéguez tomó posesión del cargo.
General Manuel Macario Diéguez Lara, que ocupó el cargo de gobernador de Jalisco después de los eventos del 8 de julio de 1914.
Al día siguiente, los «constitucionalistas» procedieron a incautar los colegios católicos. Luego, el 21 de julio, se dictó la orden de arrestar a todos los presbíteros de la ciudad, con el objetivo de recluirlos en la Penitenciaría de Escobedo.
Poco después, la Catedral Basílica de Nuestra Señora de la Asunción fue profanada: los revolucionarios entraron montados en las bestias y destruyeron cuanto pudieron. Asimismo, no conformes con utilizar los ornamentos como trapos para la caballada y los vasos sagrados para beber, desenterraron los cadáveres de los Obispos que allí reposaban. En ello se adelantaron a los milicianos rojos durante la persecución religiosa en la madre patria.
Penitenciaría de Escobedo en Guadalajara, donde más tarde se localizaría el Parque de la Revolución (hoy llamado “Rojo”).
La misma suerte corrieron numerosos templos. Dado que la orden de cerrarlos –que llevaba consigo la profanación– se ejecutó con premura, en muchos de ellos no hubo tiempo de consumir las Hostias consagradas. En la Catedral fueron halladas en el suelo, desperdigadas. A algunos sacerdotes, en contraste, se les permitió consumirlas antes de llevárselos presos.
La imagen de Nuestra Señora de Zapopan estuvo a punto de ser quemada, según declaraciones del P. Daniel Lorewee, pero gracias a Dios se salvó y fue rescatada por una joven cuyo nombre permaneció en el anonimato.
La toma del 8 de julio supuso la desaparición de la división de occidente del Ejército Federal, la pérdida del gobierno huertista de la plaza de Guadalajara y, por consiguiente, el avance del ejército del Noroeste hacia la capital de la República.
Pero, por motivos que es fácil imaginar, la mayor parte de los libros de historia de Guadalajara –por no decir su totalidad– nunca tocan la irrupción de los carrancistas aquel ya lejano día de 1914, y, si lo hacen, pintan un cuadro que dista mucho de lo que en realidad fue: una toma que, si bien no implicó que se entablara una lucha en las calles, sí significó la destrucción, el pillaje y la rapiña y –hay que decirlo– la profanación, el sacrilegio y que los recién llegados diesen rienda suelta a su animadversión contra el catolicismo. Sería el principio de una persecución religiosa que no demoraría en tornarse sistemática y que, doce años más tarde, alcanzaría su punto álgido con las reformas al Código Penal hechas por un coterráneo de Obregón, su sucesor en la silla presidencial: Plutarco Elías Calles.
En la Guadalajara actual, el aniversario de lo acontecido el 8 de julio se festeja con actos cívicos, de conformidad al decreto número 16434 emitido por el Congreso del Estado y la LVI Legislatura, fechado el 17 de diciembre de 1996 y publicado el 25 de enero del año posterior. Dicho documento establece ese día como fecha solemne. En 2014 hubo un inusitado desfile militar con ocasión del centenario.
Fuentes:
González Flores, A. (1920). La cuestión religiosa en Jalisco. Guadalajara: Talleres La Época.
Los mal llamados “arreglos” del 21 de junio de 1929
Lic. Helena Judith López Alcaraz
En un par de días más, el 21 de junio, se cumplirán 95 años de la jornada en que la Cristiada llegó a su término oficial a través de los llamados “arreglos” entre el presidente interino Emilio Portes Gil y los prelados Leopoldo Ruiz y Flores (1865-1941) y Pascual Díaz y Barreto (1876-1936), obispos de Morelia y Tabasco respectivamente, representantes del grupo conciliador del Episcopado Mexicano. Dichos prelados habían intentado llegar a un acuerdo con el régimen perseguidor desde su inicio y tratado de trabar negociaciones tanto con Plutarco Elías Calles como con Álvaro Obregón.
En la posibilidad del susodicho pacto, el Estado veía la oportunidad para sojuzgar definitivamente a la Iglesia y acabar con el levantamiento de los cristeros, que para ese momento ya era una guerra en toda forma. Además, aquéllos habían sufrido un fuerte golpe moral y militar al haber pedido recientemente a su Jefe supremo, el general neoleonés Enrique Gorostieta Velarde, el 2 del mismo mes y año. En su lugar, Jesús Degollado Guízar tomó el mando.
Emilio Portes Gil, presidente interino de México, quien llevó a cabo los “arreglos” del 21 de junio de 1929.
El 5 de junio, los obispos ya mencionados departieron largamente con Portes Gil. Se convino que pronto se reanudaría el culto, se devolverían los templos y objetos que se encontraran dentro de ellos, y que, supuestamente, se decretaría la amnistía a los cristeros levantados, si aceptaban licenciarse adecuadamente. El 12 de junio hubo otra reunión, donde ambas partes prometieron presentar, el 13, las bases del acuerdo.
Así sucedió. Aquella jornada, el mandatario interino expuso una proposición que no cedía, ni un ápice, en lo ya planteado por Calles. La Constitución no sería alterada, ni siquiera una coma. En la práctica, sólo se volverían a abrir las iglesias y los sacerdotes podrían volver a impartir los Sacramentos en ellos. El único logro, en sí, sería la restauración de la vida eclesial. Los problemas de fondo quedaron fuera de la mesa de negociaciones. Los jerarcas católicos, a la hora de la hora, no pudieron conseguir ninguna prerrogativa a favor. El gobierno llevaba la ventaja.
Leopoldo Ruiz y Flores y Pascual Díaz y Barreto, los obispos que gestionaron los “arreglos”. Muchos católicos no vacilaron en llamarlos “componenderos”, y con tal calificativo fueron llamados desde entonces.
El 21 de junio, por fin, se concretaron los “arreglos”, con lo que, oficialmente, la Guerra Cristera había acabado. Ese mismo día se difundieron los “acuerdos” logrados en las entrevistas descritas, y el periódico capitalino El Universal encabezó así su edición: “El conflicto religioso terminó ya”. Y en El Informador, diario tapatío, se añadió lo siguiente: “Artículos de la ley que han sido mal comprendidos, han sido aclarados”.
Primera plana de la edición del 22 de junio de 1929 de El Informador, en el que se anuncia el término del conflicto religioso. Los hechos no tardarían en demostrar la falsedad del pacto y del mismo titular.
En páginas interiores de El Universal, por su parte, apareció el siguiente comunicado firmado por Monseñor Ruiz y Flores:
Fragmento de la primera plana de la edición de El Informador del 22 de junio de 1929. Resaltados por la autora.
“El obispo Díaz y yo hemos tenido varias conferencias con el C. Presidente de la República y sus resultados se ponen de manifiesto en las declaraciones que hoy expidió. Me satisface manifestar que todas las conversaciones se han significado por un espíritu de mutua buena voluntad y respeto. Como consecuencia de dichas declaraciones hechas por el C. Presidente, el clero mexicano reanudará los servicios religiosos de acuerdo con las leyes vigentes. Yo abrigo la esperanza que la reanudación de los servicios religiosos pueda conducir al pueblo mexicano, animado por un espíritu de buena voluntad, a cooperar en todos los esfuerzos morales que se hagan para beneficio de todos los de la tierra de nuestros mayores. México, D.F., 21 de junio de 1929. Leopoldo Ruiz y Flores, Arzobispo de Michoacán y Delegado Apostólico.”
Palabras casi análogas también se publicaron en El Informador, como podrá apreciar el lector en una de las ilustraciones de la entrada que nos ocupa.
Estos “arreglos” –no tiene por qué sorprendernos–, como quedó más que manifiesto y diáfano, constituyeron una auténtica farsa, con todo y los repiques de campanas y los cohetes lanzados para celebrar el fin de la guerra. Incontables personas creyeron que los obispos no sólo habían actuado con exceso de buena fe, sino que habían pecado de ingenuos, por mencionar un epíteto más gentil. Otros creían que fueron un par de tontos que se habían dejado engañar.
Se les llamó “componenderos” y, es preciso expresarlo, muchos no vacilaron en afirmar que eran traidores. Fueron baldones con los que tendrían que cargar el resto de su existencia. Independientemente del juicio de Dios, que cada ser humano enfrenta después de la muerte, así se les consideró en su tiempo. Eso sin mencionar que una de las condiciones para los susodichos “acuerdos” fue que tres prelados salieran del país: Francisco Orozco y Jiménez, José de Jesús Manríquez y Zárate y José María González y Valencia, obispos de Guadalajara, Huejutla y Durango, respectivamente. Tanto Ruiz y Flores como Díaz y Barreto lo aceptaron.
Era como haber retornado a las circunstancias previas a la suspensión de cultos, al punto de partida de la fase más álgida del conflicto. Fue la instauración de lo que se denominó modus vivendi, aunque para los cristeros fue, en realidad, el modus moriendi.
Ellos, principal carne de cañón en el asunto, tuvieron que deponer las armas, aun sabiendo que el gobierno no cumpliría la palabra dada de respetar sus vidas. Muy pronto comenzaron a cazarlos de forma sistemática, al grado de que se ha llegado a decir que murieron más jefes cristeros después de la componenda que durante la guerra misma. De nada sirvió que ellos hubiesen cumplido con su parte de un trato en el cual no participaron.
No por nada, en honor a la verdad, muchos sintieron que los habían vendido y traicionado miserablemente. Ni siquiera se les tomó en cuenta en las tentativas de entendimiento con el gobierno, como si no hubiesen existido. Incontables católicos, en particular los más comprometidos con la resistencia, compartieron su parecer. Los antiguos cristeros que sí alcanzaron a escaparse de la matanza tuvieron que abandonar sus lugares de origen y empezar de nuevo en otro lugar. Otros emigraron a los Estados Unidos.
Tales fueron las primeras muestras de “buena voluntad” del gobierno que, a todas luces, había salido triunfante. Poco después de un mes de llevados a cabo los “arreglos”, el 27 de julio –otras fuentes indican el 27 de junio–, los masones dieron un gran banquete al presidente Portes Gil, quien, en el brindis, les dirigió las palabras que siguen:
“Mientras el clero fue rebelde a las Instituciones y a las Leyes, el Gobierno de la República estuvo en el deber de combatirlo… Ahora, queridos hermanos, el clero ha reconocido plenamente al Estado. Y ha declarado sin tapujos: que se somete estrictamente a las Leyes. Y yo no podía negar a los católicos el derecho que tienen de someterse a las Leyes… La lucha [sin embargo] es eterna. La lucha se inició hace veinte siglos. Yo protesto ante la masonería que, mientras yo esté en el Gobierno, se cumplirá estrictamente con esa legislación.
En México, el Estado y la masonería, en los últimos años, han sido una misma cosa: dos entidades que marchan aparejadas, porque los hombres que en los últimos años han estado en el poder, han sabido siempre solidarizarse con los principios revolucionarios de la masonería” (citado en Scharlman, 2012, p. 628).
Licenciamiento de los cristeros en Jacona, Michoacán, en agosto de 1929. Imagen mejorada por la autora.
En lo tocante al culto, las Misas retornaron, los presbíteros dejaron su vida de forajidos y los templos fueron devueltos poco a poco –no todos, eso sí; algunos siguieron, y continúan hasta nuestros días, siendo utilizados como dependencias gubernamentales, bibliotecas, etcétera–. Pero no hay que creer que los sacramentos volvieron a impartirse allí de inmediato. En el caso de Sahuayo de Díaz, Michoacán, por ejemplo, el templo parroquial de Santo Santiago Apóstol fue devuelto formalmente el 19 de julio de 1929, prácticamente un mes después de los “arreglos”.
Y, a pesar de ello, no significó que se reanudara el culto. Tuvieron que pasar algunos días más para celebrar Misa y para que la cura de almas reiniciara. Primero hubo confesiones en masa, semejantes a las de los últimos días de julio de 1926. Luego, los bautismos. Por último, casamientos. Los trámites para la supuesta vuelta a la normalidad eran largos. En adición, había otro problema que resolver: la limpieza y rehabilitación del recinto sagrado, que había servido como cuartel, caballeriza y armería desde agosto de 1926. Aun así, la entrega efectiva de los templos sahuayenses demoró hasta los primeros días de agosto de 1929.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que la persecución religiosa se recrudeciera, máxime en entidades como Veracruz, Chihuahua y Tabasco. En 1931, y sólo por mencionar un ejemplo, un sacerdote –el hoy Beato Ángel Darío Acosta Zurita– sería asesinado dentro de la Catedral veracruzana. Más tarde, el acoso y asechanzas de las autoridades se intensificaron en el ámbito escolar, al grado de que inspectores eran enviados a las escuelas, incluso a las particulares, para verificar que no se enseñara religión, so pena de cárcel para el docente encargado y otras sanciones para el plantel. Y esto sólo era una parte. Para 1934, al promoverse el socialismo y el comunismo, se suscitó incluso el asesinato de católicos por parte de los llamados «camisas rojas» afuera de una iglesia de Coyoacán, en la Ciudad de México.
El vil armisticio de 1929, como quedó probado desde el comienzo, bien mereció que, hasta la fecha, se hable de él con comillas, o añadiendo el vocablo “llamados”, para poner en duda su veracidad o bien, tal cual, para externar una burla, lo mismo que ellos fueron: una mofa para el pueblo católico mexicano en la cual se pagó un precio altísimo a cambio de prácticamente nada. No en vano Jean Meyer, el famoso historiador de Niza, intituló así uno de sus libros: «Si “arreglos” pueden llamarse».
Fotografías tomadas de Vintage Image Photos y de Relatos e Historias de México.
Fuentes:
Carmona Dávila, D. (2024). Finaliza la guerra cristera sin pacto alguno del gobierno con el Vaticano, únicamente los actos del clero se ajustarán a las leyes vigentes. 21 de junio de 1929. Memoria Política de México. https://www.memoriapoliticademexico.org/Efemerides/6/21061929.html
Laureán Cervantes, L. (2016). El niño testigo de Cristo Rey. España: Buena Tinta.
Scharlman, J. (2012). México, tierra de volcanes. México: Porrúa.