Autor: Virreinato de la Nueva España: Arquitectura.
Es el mapa más antiguo de la ciudad de México conocido como «El mapa de Nuremberg». Consta de dos cuerpos principales: una pequeña representación del Golfo de México y la ciudad de Tenochtitlan, que aparece con el nombre de Temixtitan.
Publicada en 1524, la Segunda Carta de Relación de Hernán Cortés fue impresa junto con un mapa de Tenochtitlan que pronto conquistó el imaginario europeo al mostrar, por primera vez, una representación de la capital del imperio tenochca y su cuenca, gobernada por la triple alianza de Texcoco, Tlacopan y México, encabezada por el Huey Tlatoani, Moctezuma Xocoyotzin.
Actualmente, ese tesoro, impreso en Nuremberg, Alemania, se encuentra resguardado en The Newberry Library, en Chicago, instancia que entregó a la Universidad Nacional Autónoma de México un facsímil de éste, el mapa más antiguo de Ciudad de México, como parte de la relación entre ambas instituciones.
Mostrada como una urbe medieval en medio de un lago, esa primera representación de la gran Tenochtitlan correspondía con el esplendor, maravilla y exotismo descritos por el conquistador en su Segunda Carta, redactada en junio de 1520.
En torno al centro ceremonial tenochca descrito como “templo donde sacrifican”, la imaginación conquistadora del artista europeo dibujó conjuntos irregulares de casas con techos y torres medievales sobre el agua, como si se tratara de Venecia o Bremen. El paisaje miniaturista completaba pequeñas villas en las riberas del lago, ilustrando los centros urbanos de Tacuba, Azcapotzalco, Texcoco, Iztapalapa y Tacubaya, entre otros.
La factura de este mapa de 1524 ha sido objeto de múltiples estudios; no cabe duda de que las gubias de esta xilografía coloreada a mano debieron pertenecer a un artista del viejo continente quien, presumiblemente, se habría basado en un boceto enviado por el propio Cortés al emperador Carlos I, rey de España. Pero la lógica de organización gráfica se debió, a mano o idea de un tlacuilo nahua.
Fotografía de Archivo: Templo de la comunidad de La Luz, Michoacán.
En 1867, José María Méndez, vecino de Chavinda, celebró un contrato en diciembre de 1866, con la comunidad indígena de Pajacuarán, que se suponían dueños de los terrenos llamados como La Culata del Valenciano, y el apoderado legal, a nombre del común, había prometido dar los terrenos mencionados a cambio de la construcción de un pretil ( es decir un bordo de contención) que estaba presupuestado en 25 mil pesos. Era sin duda el primer intento en el siglo XIX de desecar la laguna de Pajacuarán.
El pretil tenía como objeto, cerrar el potrero llamado Peribán, con el objeto de desecar las tierras del mismo para tener más terreno para cultivo o de “labor” cómo decían por aquellos tiempos. Por el pretil, los indígenas darían la Culata del Valenciano.
El proyecto parecía viable, levantar un pretil con cientos de miles de toneladas de lodo y piedra para construirlo en las inmediaciones de Pajacuarán y cerrarlo casi en El Paracho, daría a los indígenas pajacuarense una buena superficie para sembrar.
Lo que no sabían era que los dueños de la Hacienda de San Simón, de los hermanos Arcadio, Francisco y Nicolás Dávalos y Jaso, reclamaban como de ellos el terreno de la Culata y dicen en una protesta pública que: “con mis coherederos tenemos títulos bastantes que acreditan nuestra propiedad en las tierras de la Culata del Valenciano, que el mismo Sr. Méndez ha bautizado con el nombre del Rancho de la Luz” y también con todo su poder se iban a más, ya que reclamaban y tenían títulos sobre el predio de Peribán.
En la protesta, decía Arcadio, quien suscribió la misma, que “me veo en el caso de protestar contra el contrato referido, manifestando que esas tierras como litigosas, de ninguna manera puede ser legalmente enajenadas” y es que estaban desde hacía años en litigio contra los pajacuarenses, que sin duda habían pretendido extender sus dominios al perder terrenos del Pueblo Viejo, el antiguo asiento del pueblo de Pajacuarán.
Con la protesta pública del 23 de enero de 1867 y que está en varios periódicos de la época, las tierras de la Culata del Valenciano, entraron en un pleito contra los pajacuarenses. La finalización del conflicto fue el reconocimiento de los Dávalos como dueños, y con ello no se realizaría nunca el pretil pretendido por los indígenas. También daría fin al nombre del predio y tomarían los Dávalos el nombre de La Luz, naciendo así el siguiente año, la hacienda de La Luz, satélite de la de San Simón.
Y hoy una de las tenencias de Pajacuarán, pueblo próspero, agrícola y ganadero como es la Luz.
Fuente:Periódico El Siglo XIX, protesta pública, publicada el día 11 de marzo de 1867, última página.
Existe un mural, en la comunidad de Cerrito de Pescadores, del municipio de Venustiano Carranza, en el estado de Michoacán, que recientemente fue pintado en una de las bardas de una casa particular de la calle Benito Juárez.
Las personas que pintaron el mural fueron Alycer Alaniz y Fernando Chávez se inspiraron en la historia y geografía del lugar, así como manifestaciones culturales propias del lugar.
Por inciativa del pueblo y con apoyo de Juan Ramón Cervantes, que reside en San Pedro Caro y de Agustín Rodríguez originario de esta comunidad, que prestó la barda de su propiedad, es que se pudo lograr este proyecto que inició a principios de septiembre del 2023 que se dieron las primeras pinceladas en el muro culminando y dando los últimos detalles en febrero del presente año.
Podemos ver en el mural, el cerro loco, el lago Manami, que es un pequeño embalse cercano a la comunidad; también están representados los Conos de la antigua CONASUPO, que en su tiempo almacenaban granos. Son de los detalles que más resaltan en esta obra, atracciones que mas atrapan a los visitantes de este lugar cuando los miran. Se plasmaron varias figuras de los indigenas, que habitaron las islas de la ciénega de Chapala, por la gran importancia que el Cerro Loco representa arqueológicamente y fue un lugar importante en tiempos prehispánicos. En el mural se retrata a los héroes históricos que han sido parte de los sucesos sociales relevantes en la región y en la comunidad, como el retrato de Santiago Díaz Buenrostro , un líder cristero que estuvo envuelto en ese fenómeno social del siglo XX. También se le hace un pequeño espacio para el padre Juan Talavera Buenrostro, quien se desempeño como cura en la parroquia de La Palma, y que mandó construir la capilla del Cerrito de Pescadores y, es por eso, que hasta en estos tiempos vive en la memoria y corazón de la gente.
Cuando visites el Cerrito de Pescadores te invitamos para que seas testigo de esta obra de arte de esta bella y pequeña comunidad de la Ciénega de Chapala.
Chapala y su entorno son fantástico vergel. A ello se debe la visita interminable de paisanos y connacionales, así como la presencia y el arraigo de miles de extranjeros. Esos visitantes procedentes de Jalisco y fuera del Estado, estiman al entorno de Chapala y su lago, como zona esplendorosa, trasunto de un fidedigno edén. Ser nativo o poblador de este girón paradisíaco, implica el compromiso consustancial de ser auténtico, digno, esforzado, impulsor de los principios cívicos y salvaguarda de la cultura, instrumentos con los cuales se amplifica la fama de Chapala, se realza la fortaleza de Jalisco y se ennoblece a México por entero. La denominación prehispánica Chapalac, (Chapal-lan), cuyo significado elemental es “lugar empapado”, a fines del siglo XVI ya había evolucionado suprimiéndosele la consonante final, y de allí hasta siempre, el nombre de Chapala implica belleza, feracidad y complacencia. Esto no excluye lo que afirmaron hace siglos, los cronistas Fr. Antonio Tello y Fray Francisco Mariano de Torres: que un cacique coca (o cazcán) del lugar, se llamó Chapa o Chapal, y por ser bien querido de la gente, en su memoria la población se denominó Chapalac, o sea, “el lugar de Chapal”. Lo anterior explica el nombre del pueblo, pero ¿Dónde queda y cómo surgió la denominación de la laguna? Esas interrogantes las resuelve el antedicho padre Tello, quien ubica geográficamente el lugar, al decirnos que el pueblo de Chapala está a ocho leguas de Guadalajara, entre oriente y sur, al pie de una serranía muy grande que tiene al norte, y junto a la gran laguna llamada “Mar Chapálico”, a la cual en belleza no le iguala la de Maracaibo, Venezuela, y ni siquiera la llamada Mar de Tiberíades, el lago donde deambuló Jesucristo. Nuestro insigne cronista realza además de la hermosura de la laguna, el pescado blanco y el bagre que produce, en cantidad tal que aseguraba sería suficiente para abastecer a la hermosa Perla Tapatía. En cuanto al nombre del lago, lo atribuye a que antiguamente Chapala era la cabecera de la ribera, “por el mucho gentío que en tal pueblo estaba congregado” y así, aunque hay numerosas poblaciones, no se llamó sino como se denominaba la principal de ellas, quedando para siempre como Lago de Chapala. Sobre los habitantes del lugar, los describe como hombres de gallardía y bien constituidos; en cuanto a sus mujeres, asegura que poseían tan atractivas formas, que no tenían comparación, a tal grado que, de todas las comarcas Mesoamericanas, ninguna les aventajó en sus encantos. Al respecto, el gentilicio de los habitantes de la ribera es el de “chapalteca” vocablo que engloba tanto la “identidad” como el “apego al terruño” y el “orgullo de ser de Chapala”, lo cual implica ser auténtico, eufórico, trabajador, impulsor de los valores culturales, cívicos y sociales, atributos con los cuales engrandecen a Chapala, enaltecen a Jalisco y ennoblecen a México. El entorno chapálico resulta esplendoroso: Presenciar, gozar un atardecer en el mágico Ajijic, es transportarse al infinito; recorrer San Juan Cosalá, rumbo a Jocotepec, nos proyecta a la excelencia; y en este antiguo poblado, podemos experimentar su singular muelle de madera. Transitando por este lado occidental de la laguna, se arriba al risueño pueblito de San Luis Soyatlán, de bulliciosos atardeceres. Luego se llega a la tierra del invicto prócer Ramón Corona, el apacible Tuxcueca. Más allá, avistamos a Tizapán el Alto, recio límite jalisciense del vaso chapálico. Por la otra parte de la laguna, viniendo de La Barca, cuna de las refrescantes “cazuelas” que son una delicia para la garganta, se arriba a Jamay, repleto de pesca y folklor, para luego admirar al dinámico Ocotlán, ejemplo de progreso, y junto a este, apreciar al sosegado Cuitzeo, pueblito de Poncitlán. Ya en este municipio, se arriba al autóctono vecindario de Mezcala, desde el cual se hace el viaje lacustre a la célebre isla de su nombre, donde es obligado contemplar sus sólidas construcciones del siglo XIX. Observando lo que fue el Fuerte de Mezcala, es preciso hacer un alto, para meditar sobre el excelso heroísmo de los insurgentes que allí, del año de 1812 al de 1816, derrochando gallardía, fiereza y organización guerrera lucharon por la independencia de México, permaneciendo imbatibles no obstante sus desventajas en armamento y equipaje, frente a los realistas ibéricos, quienes, poseyendo muy superiores bagajes bélicos, nunca vencieron a nuestros denodados patriotas. Vaya un recuerdo de honor a los gloriosos Encarnación Rosas, Marcos Castellanos y José Santana, columnas de esa gesta libertaria jamás vencida, única en la lucha por la independencia en toda Latinoamérica. De retorno por la fértil exhacienda de San Nicolás de Ibarra, a la citadina Chapala, hay que saborear su gastronomía, acudiendo a sus populares fondas, al concurrido mercado, sus calificados restaurantes, abrigadores hoteles y residencias de descanso. Aquí comer es un arte: fácil de escoger, abundante y sabroso a la vez, es complicado probar de todo, por lo variado de sus platillos, alimentos generalmente preparados con las especies del lago: picosos charales, sazonado caldo michi, antojadizo bagre, suculento pescado blanco, exquisito caviar, birria tradicional, apetitoso ceviche, etc., que se coronan al final con algún dulce típico. Entre los edificios que se deben visitar en la agraciada Chapala, está la ahora rejuvenecida estación que fuera la oficina del Ferrocarril de Chapala, inaugurada en 1920, la cual simboliza un sueño de los chapaltecos, ahora convertido en Centro Cultural González Gallo. El inmueble es elocuente testimonio de la arquitectura local; sobre ello, afirma un cronista laguense, que fue diseñado por el Arq. D. Guillermo de Alba, siendo una “pequeña gran obra de arte y es tal vez, el edificio más importante que diseñó el Arquitecto de Alba, después del Hotel Fénix de Guadalajara”. También se debe acudir a la multicentenaria parroquia de San Francisco y al viejo palacio municipal, ahora local de cultura. Asimismo, debe presenciarse la nueva presidencia, que fuese décadas atrás un hotel afamado. Y muy cercas, está el punto cervecero donde triunfó el notable Mike Laure, de inolvidables éxitos musicales. Allí se prosigue un paseo por el muelle y luego se recorre el parque de la Cristianía. El municipio de Chapala, ostenta dos nombramientos de enorme valía: tener el pueblo mágico de Ajijic, cuyo clima es aclamado como el segundo mejor del mundo entero, y el título de “SEÑORIAL E INSIGNE CIUDAD” que se otorgó a la cabecera municipal, por el “trabajo permanente, fructífero, generoso y ejemplar de integrantes de la sociedad civil al que se ha sumado la autoridad municipal de Chapala para la defensa, limpieza, redignificación y conservación del emblemático Lago de Chapala así como de la preservación y enriquecimiento de su legado cultural”. El galardón representa un homenaje para su población y sus autoridades, un orgullo y compromiso compartido también por todos los jaliscienses y aun los millares de visitantes que a diario disfrutan de los atractivos de Chapala y su entorno esplendoroso.
Feliz aniversario de la gloriosa batalla del 2 de abril de 1867 en Puebla, cuando mi General Porfirio Díaz derrotó al ejército imperialista comandado por el General Noriega.
Se trató de un hecho de guerra muy osado. A las 2:45 de la madrugada, dividió a sus hombres en 17 columnas, tres de las cuales envió a atacar el ex convento del Carmen al sur, para distraer; mientras las otras avanzaron desde el oeste al Zócalo.
La batalla fue encarnizada y Díaz fue herido en el Cerro de San Juan, junto con su compadre Manuel González, que perdió un brazo y Carlos Pacheco, que perdió un ojo, una pierna y un brazo.
Para el medio día estaba tomada la plaza. Poco después mi General derrotó a Leonardo Márquez en San Lorenzo y entró a la CDMX sin disparar una sola bala, hecho que le causó la furia de Juárez.
Tristemente, en Puebla solamente quedan una plaquita dedicada a Juan Crisóstomo Bonilla, que luego fue gobernador de ese estado y una parte de la torre norte de la catedral, que está restaurada porque le tocó un cañonazo.
Es considerado como uno de los monumentos históricos más importantes del estado de Hidalgo, así mismo, desde el punto de vista arquitectónico y pictórico, constituye uno de los mayores ejemplos de arte novohispano del siglo xvi. Se encuentra localizado en la ciudad deActopan, en el municipio homónimodentro del estado de Hidalgo, México. Pertenece a los denominados “convento-fortaleza”, el complejo cuenta con un atrio con cruz atrial; una capilla abierta; una iglesia de una sola nave con una torre campanario, una sacristía, y unbaptisterio; un convento con un pórtico, un claustro, corredores de estudio,cocina, refectorio, caballerizas; y unahuerta, así como los restos de una enorme cisterna y aljibe para los usos de la comunidad. Muestra una combinación de estilos arquitectónicoscomo: el Plateresco, el Mudéjar, elGótico, el Románico y el Renacentista; y después se agregaron elementos delNeoclásico y Barroco. La fundación del convento se da en 1546 por la Orden de San Agustín, aunque oficialmente fue ordenada en 1548, la obra se le atribuye a fray Andrés de Mata.La construcción empezó en 1550 y para 1560 el conjunto ya se encontraba concluido. Según el Diccionario universal de historia y de geografía, la ciudad de Actopan fue fundada el 16 de julio de 1546; Aunque la fecha en que se celebra el aniversario de la fundación de la localidad corresponde al 8 de julio. La primera acta de bautismo en la Iglesia de Actopan de que se tiene noticia, está fechada el 8 de julio de 1546, fecha que coincide con la fundación del curato. En el mismo año Actopan fue elevado a la categoría de pueblo, encomendada a Rodrigo Gómez de parte de los agustinos.En un muro del claustro alto del se lee: “Este curato se fundó en el siglo 16. á 8 de julio de 1546. á los 24 á 10 meses y 25 días de la Conquista de Mejico, que fue en 13 de agosto de 1521”
Fuente: Virreinato de la Nueva España. Arquitectura.
Se le considera el dios del Modernismo literario en México. Perteneció a una familia de clase media. Sus padres fueron Manuel Gutiérrez de Salceda Gómez y María Dolores Nájera Huerta. Fue escritor y periodista durante toda su vida. Inició su carrera a los trece años, escribió poesía, impresiones de teatro, crítica literaria y social, notas de viajes y relatos breves para niños. El único libro que vio publicado en vida se tituló 𝘌𝘭 𝘋𝘶𝘲𝘶𝘦, una antología de cuentos a la que llamó 𝘊𝘶𝘦𝘯𝘵𝘰𝘴 𝘍𝘳á𝘨𝘪𝘭𝘦𝘴 (1883). Gran parte de su obra apareció en diversos periódicos mexicanos bajo multitud de seudónimos: «El Cura de Jalatlaco», «El Duque Job», «Puck», «Junius», «Recamier», «Mr. Can-Can», «Nemo», «Omega», que utilizaba para publicar distintas versiones de un mismo trabajo, cambiando la tu firma y jugando a adaptar el estilo del texto según la personalidad de que le proveía su firma.
Gustó de lo afrancesado y de lo clásico, habitual entre los intelectuales mexicanos y la alta sociedad de su tiempo. Nunca salió de México y en pocas ocasiones de su ciudad natal, pero sus influencias fueron escritores europeos como Musset, Gautier, Baudelaire, Flaubert y Leopardi. Siempre anheló unir el espíritu francés y las formas españolas en su obra.
Su madre, ferviente católica empeñada en que su hijo fuera sacerdote, le impuso la lectura de los místicos españoles del Siglo de Oro y la formación en el seminario, influencia que se vio compensada por la fuerte corriente positivista de la sociedad de la época que pugnaba en sentido contrario. Gutiérrez Nájera abandonó el seminario a los pocos años, y lo cambió por sus lecturas de San Juan de la Cruz, Santa Teresa y Fray Luis de León, autores que influirían en su obra, por los autores franceses del siglo y por la práctica cotidiana de la literatura en periódicos locales como 𝘌𝘭 𝘍𝘦𝘥𝘦𝘳𝘢𝘭𝘪𝘴𝘵𝘢, 𝘓𝘢 𝘓𝘪𝘣𝘦𝘳𝘵𝘢𝘥, 𝘌𝘭 𝘊𝘳𝘰𝘯𝘪𝘴𝘵𝘢 𝘔𝘦𝘹𝘪𝘤𝘢𝘯𝘰 𝘰 𝘌𝘭 𝘜𝘯𝘪𝘷𝘦𝘳𝘴𝘢𝘭. En 1894 fundó, con Carlos Díaz Dufoo, 𝘓𝘢 𝘙𝘦𝘷𝘪𝘴𝘵𝘢 𝘈𝘻𝘶𝘭, publicación que lideró el modernismo mexicano durante dos años.
El templo y exconvento de San Andrés Apóstol de Míxquic es un conjunto arquitectónico religioso que se encuentra en San Andrés Míxquic, uno de los siete pueblos originarios de la delegación capitalina de Tláhuac (México). El edificio fue declarado monumento histórico en 1932 y está dentro de los bienes inscritos en el Catálogo de Monumentos Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) de México. En 1987 fue incluido en la zona de monumentos históricos de Xochimilco-Tláhuac-Milpa Alta decretada por el expresidente Miguel de la Madrid Hurtado en 1987. Este polígono es el núcleo del área chinampera declarada Patrimonio de la Humanidad por Unesco
La cristianización de Míxquic fue una tarea asignada a los agustinos, que fueron la tercera orden mendicante que llegó a Nueva España en 1533, después de los franciscanos y los dominicos. Sin embargo, es probable que ya algunos habitantes originarios hubieran sido cristianizados por los franciscanos, que pasaron por la localidad acompañando a los conquistadores en 1519. En 1536, los agustinos llegaron por primera vez a Míxquic, y ahí comenzaron la construcción del primer convento de la localidad. Se atribuye esta iniciativa a los frailes Jorge de Ávila y Jerónimo de San Esteban. Al parecer, el conjunto conventual fue consagrado a san Andrés Apóstol porque la principal actividad de los mixquicas era la pesca. Este edificio se cayó casi completamente al iniciar el siglo XVII como consecuencia de un terremoto que sacudió el sur del valle de México, sólo quedó en pie el campanario. La edificación que se observa en la actualidad fue concluida en 1563 y la fachada en 1620.Alrededor de 1668, Simon Pereyns realizaba los retablos del templo, de estos sólo se conservan algunas esculturas de madera estofada y el altar lateral dedicado a la Virgen de Guadalupe. La celebración del Día de los Muertos, dentro del panteón, es manifestación de una cultura propia que se expresa en esta tradición.
Es uno de los muy pocos atrio – panteón que existen en el país y de esta dimensión sin duda es el más grande.
Fuente: Virreinato de la Nueva España. Arquitectura.
Cinco centavos: un cuento de Patricia Rogel Benítez – «Aquella mañana, tenía dos opciones»
Cada día nos levantamos sin imaginar lo que nos deparará el destino, no tenemos ni la más remota idea de lo que pasará, hasta que, al volver a la cama por la noche, recapitulamos los acontecimientos del día. Eso fue lo que me pasó a mí.
Ese parecía un domingo cualquiera, pero lo que voy a contar, marcó mi vida para siempre.
En aquella mañana, tenía dos opciones: quedarme en casa haciendo nada, o ir a escuchar misa, sobre todo hoy que recién había pasado mi cumpleaños.Hay que ser agradecidas, pensé. Este último año lo he librado con salud y trabajo, suficiente para sentirme tranquila.
Llegué a la iglesia caminando, observando el barrio donde vivo, un lugar tranquilo. Ese día circulaban pocos autos, los domingos son así: algunas mujeres mayores caminaban a paso lento para escuchar la misa dominical.
Justo al entrar al patio de la iglesia sonaron las campanas del último aviso. El padre Ignacio ya estaba listo en la puerta para recibir a una jovencita con su vestido de gala. Haría su primera comunión. La madre sonriente, por un lado; el padre con la cámara fotográfica por el otro.
Recordé ese tiempo cuando yo era niña.
Al entrar, busqué un lugar para sentarme. Todas las bancas estaban con dos o más personas, encontré un espacio en la cuarta banca del lado izquierdo.
Comenzó la participación musical del coro de la iglesia
¡Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del señor, ya están pisando nuestros pies tus umbrales Jerusalén!
Los feligreses cantábamos a coro respondiendo a la invitación para celebrar la homilía.
Miré hacia al enorme vitral de la iglesia: una bella imagen de la Virgen del Sagrado corazón de Jesús, cristales multicolor adornaban el recinto, en el altar, la Virgen cargando al niño. A la derecha un cuadro grande de la Virgen de Guadalupe; junto a ella una bandera de México, pueblo guadalupano, creyente, respetuoso de la solemnidad de la misa y de los sacramentos, como el que la niña recibiría en esta ocasión.
Confieso que yo observaba la iglesia y no prestaba del todo atención a las palabras del padre. Mis ojos recorrían el lugar: una imagen de Jesús siendo bautizado por Juan el bautista, otra imagen de San Judas Tadeo… recorría con la mirada lo que disimuladamente podía observar. De pronto unos grandes ojos llamaron mi atención.
Era un niño que estaba en el lugar de adelante, en brazos de una niña. El pequeño, de unos dos años quizá, me miraba con sus ojos enormes y expresivos, tenía su carita sucia y las mejillas partidas de mugre. El cabello revuelto, rojizo, reseco, al igual que la niña que lo cargaba, todo indicaba que hacía tiempo esas caritas, esos cabellos, no tocaban ni el agua ni el jabón.
Intentaba escuchar la ceremonia, pero la inquietud del niño me distraía: se soltaba de los brazos de la niña que lo cargaba y ella lo dejaba sentarse en el suelo, el pequeño travieso se levantaba, hacía ruidos que llamaban la atención de los demás; la niña que estaba por recibir la comunión, sus padres, padrinos, e incluso el sacerdote, le miraban con gesto de enfado por el ruido que hacía.
La niña que cargaba al niño miraba a su alrededor, observando a la gente que los veía de reojo, rostros poco amables que hacían notar su malestar por los ruidos que los estaban distrayendo. Pero ella miraba hacia atrás, hacia la puerta de entrada del templo, como si buscara alguien.
¡Estate quieto! ¡Shhhh!», le decía la niña.
¿Su hermana? Quizás buscaba a la madre de ella y del niño que llegaría en cualquier momento.
El pequeño se subía peligrosamente a la banca, se bajaba, jugueteaba, corría inquietamente, mordisqueaba el respaldo manoseado y sucio, pero los ruidos seguían distrayendo a todos ahí sin que la niña lograra calmarlo.
De pronto, se hizo el silencio: el pequeño estaba sentadito sobre el cojín del reclinatorio, jugaba con algo.
Desde mi lugar, sólo veía la cabecita agachada mirando curioso algo que seguramente había encontrado en el piso.
La niña lo veía, pero también giraba su cabeza hacia la puerta de la entrada, su mirada cruzaba con la mía y con las demás personas que estaban junto a mí, agachando la cabeza cuidando al niño, pero quizá quien entraría por la puerta era de mayor interés para ella.
El pequeño subió a la banca, hincado, mirando hacia donde estábamos las tres personas detrás. ¡Oh no! el niño jugaba con una pequeña moneda de 5 o 10 centavos, se la ponía en la nariz, se la llevaba a la boca sin que la niña le dijera nada. Pensé para mí, “esta pobre criatura seguro encontró esa moneda en el suelo y la está chupando así, sucia”.
Iba a comentarle algo a la jovencita, pero me interrumpió la intervención del padre que daba su sermón sobre el evangelio. No era un buen momento.
El pequeño inquieto, bajó de la banca con la moneda en la boca. Se hizo un breve silencio, salvo por los ligeros murmullos que se escuchaban entre la oración de los presentes. Todo en calma, todo en paz.
Entonces se escuchó un ligero sonidillo: “hhhaaammmsss… hhhaaammmsss…”, una y otra vez.
Yo observé al niño que estaba recostado sobre el piso, haciendo muecas extrañas. Era él quien emitía el extraño sonido. “hhhaaammmsss…”.
Observé nerviosa lo que pasaba noté que el ruido era porque no podía respirar, y entonces dije en voz alta,
— ¡el niño se está ahogando!
Toda la gente miró hacia nosotros. La niña se agachó para levantarlo, el niño emitía un sonido de ahogamiento: “hhhaaammmsss”. Me acerqué a la otra banca para ayudar, le quité al niño de los brazos y metí mi dedo índice en su boca intentando buscar el objeto que se había tragado. Se hizo el caos, la gente se acercó, no lograba extraerle nada.
¡Un médico!, gritó alguien.
La gente gritaba.
¡ayúdenle, se está ahogando!
Otra persona dijo:
¡Se va a morir!
Alguien más gritó
¡Despejen, dejen que la mamá del niño le ayude, no estorben!
Pero no lograba sacarle nada. No había un médico en la iglesia, ni nadie que conociera de primeros auxilios.
El niño tenía los labios azules. Intenté darle respiración de boca a boca, pero no sabía cómo hacerlo. El padre se acercó y dijo a todos:
Tengan calma, ya hablamos a la Cruz Roja, llegara una ambulancia pronto.
Pero el niño boqueaba, agitaba los brazos, se esforzaba por respirar y sus ojos grandes se veían aterrados.
Miré a la niña, estaba llorando, le gritaba aterrada
Juanito, ¿Qué te pasa? No me asustes. ¡Ay diosito ayúdame!
Entonces la miré, con sus manos cruzadas implorando. Nadie ahí sabíamos que hacer y el niño se estaba ahogando.
Tome al niño en brazos y la mano de la niña, y dije a todos ahí, que alguien nos lleve a un hospital…
Si… (dijo una voz femenina). Que se lo lleven para que la misa pueda continuar.
El sacerdote se acercó otra vez para darle la bendición al niño…
Un hombre que salió no sé de dónde, ofreció su auto para llevarnos, entre el nerviosismo, fuimos hacia el auto de un perfecto desconocido, un hombre con lentes y bigote es todo lo que recuerdo.
Salimos como pudimos de la iglesia, esquivando a la gente.
¡Ay, pobre criatura, mira qué caras hace!, dijo una mujer mayor.
Mamá ¿ese niño se va a morir?, escuché decir a una niña.
El pasillo hacia la salida parecía eterno, todo transcurría como en cámara lenta.
El hombre al subir a su auto me preguntó:
¿A qué hospital vamos?
Al hospital del niño, está más cerca que la Cruz Roja, le dije.
¿Qué tiene Juanito, seño? me preguntó la niña.
A lo lejos escuchamos la sirena de la ambulancia.
Bajamos del auto, y enseguida los rescatistas tomaron al niño. El niño ya estaba inconsciente, escuchábamos que entre ellos murmuraban qué hacer, intentando reanimarlo, dando respiración cardio pulmonar, y nada.
Uno de los paramédicos dijo:
Nos vamos a la Cruz Roja, el niño tiene un atragantamiento, no debe esperar más, ¿Quién viene con el niño?
La niña, con la cara desencajada, levantó la mano.
Le dije a la niña:
Yo te acompaño.
Subimos a la ambulancia. Íbamos a toda velocidad. La sirena, la angustia, el llanto de la niña, el niño inmóvil; fueron momentos de mucha angustia. Nunca había visto unos ojos de terror como los de esa niña, parecían salir de sus cuencos, se mordía las uñas, se jalaba el suéter, miraba angustiada lo que hacían los paramédicos, la miré bien, lucía más flaca de lo que había observado en la iglesia, sus mejillas se veían hundidas, sus labios estaban secos.
Al llegar a la estación de la Cruz Roja los paramédicos bajaron de inmediato. Al bajar la niña me preguntó:
¿Qué le van a hacer?
Trata de calmarte, ellos lo atenderán, le dije.
El pequeño se perdió tras las puertas de urgencias, mientras una enfermera me preguntaba si yo era familiar del niño, a lo que señalé:
Ella viene con el niño.
Se apartaron, le hicieron varias preguntas que ella contestó sin que yo lograra escuchar nada. La enfermera le dijo que tomara asiento y esperara.
La niña lloraba angustiada. Yo la abracé, le dije:
Ten calma, ya lo están atendiendo.
¿Qué voy a hacer si se me muere? Me dijo acongojada.
¿Es tu hermanito?, le pregunté.
No, es mi hijo. Me respondió.
De pronto sentí una sensación helada por toda la piel. En su angustia y llanto se presentaron ante mí los rostros de la miseria, de la ignorancia, y del miedo.
¿Qué edad tienes? ¿Cómo te llamas? le pregunté.
Me llamo Alma tengo 15 años.
Me conmovió profundamente su expresión, mezcla de incertidumbre y pánico, mordía con nervios el puño de su suéter ya roído y sucio.
Pensé que era tu hermanito, te vi en la iglesia que mirabas constantemente hacia la puerta, ¿esperabas a alguien? ¿A tu mamá o alguien más que llegaría a la misa?, le pregunté.
No, esperaba al papá de mi niño, él me dijo que llegaría a la misa para darme dinero, lo estaba esperando en la puerta de la iglesia desde temprano pero no llegaba, ya no tengo dinero para darle de comer.
Unos minutos más tarde una enfermera dijo en voz alta:
Familiares de Juan Rojas.
Alma se acercó y entró rápidamente.
Me levanté para preguntarle a la enfermera que pasaba con el niño.
Todavía no terminan, si es necesario le abrirán la garganta. Pobrecito bebé, muestra signos de desnutrición, y la mamá otro tanto, ¿Eh? ¿Usted los conoce?
Le respondí que no. Le expliqué que estábamos en la iglesia, cuando el niño se atragantó con la algo.
Sí, me dijo. La mamá le dio una monedita para que se quedara calladito, eso me dijo. Qué muchachita, mire que darle una moneda a un bebé para que se quede quieto, ¿Qué no piensa?
Se esfumó con su sentimiento de enfado. No hice ningún comentario a sus palabras frías, no comprende que Alma es casi una niña.
Media hora más tarde salió Alma, llorando en silencio. Me acerqué enseguida para preguntarle que pasaba.
Se me murió, se ahogó, me dijo el doctor. Se ahogó por la moneda que yo le di, se le atoró en la garganta y ya no pudo respirar, se murió, yo tuve la culpa.
Intenté darle un abrazo, pero no me dejó. Entre su llanto había una mirada de dolor y enfado.
Esa moneda, esa moneda era todo el dinero que llevaba y mató a mi bebé, a mi Juanito mechudo, a mi niñito que quería galletas y yo no tenía dinero, él iba a llegar para darme dinero, para comprarle leche y comida.
Se soltó llorando con miedo.
¡Yo qué iba a saber que se comería esa moneda!
Sentí un vértigo de emociones, fue un golpe en seco a mi estómago, una indignación por la miseria humana, por la irresponsabilidad del padre, por la ignorancia de la madre, por la indolencia de todos, por la vida vulnerable de un niño pequeño. Una vida corta, sin destino.
¡Alma… pobre niña! un alma pobre, ignorante, un alma sola, con hambre, con miedo y con furia.
Mientras le entregaban el cuerpecito de Juanito, caminé con ella en la calle, miramos las nubes, después sus zapatos rotos y su suéter luido.
Llorando le dije:
Ven Alma, hay
mucho por hacer
Pensé en silencio: El dolor de una sola persona, debería ser el dolor de todos.
Patricia Rogel Benítez, mexicana, contadora pública y amante de la lectura. Fundadora de “El Club de la Lectura” de divulgación literaria, con más de 43 mil miembros de todo el mundo y miembro del consejo editorial del Podcast “El Buen Cruel”.
Sahuayo 21 de octubre de 2023.- Se llevó a cabo el I congreso nacional cristero en esta ciudad, que convocó a la sociedad civil, que se congregó en la casa social de la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús. Al acto inaugural se dieron cita el Alcalde de Sahuayo, el doctor Manuel Gálvez Sánchez, así como también el diputado federal Rodrígo Sánchez Zepeda, y el señor cura del Sagrado Corazón, Manuel Zendejas, que hablaron sobre este congreso y la revolución cristera y la oportunidad de conocer más del tema, así como el compromiso de los católicos en la lucha por la libertad de creencia y de culto.
Una serie de ponencias se hicieron a lo largo del día, así como la presencia de testigos presenciales de la gesta cristera; se dieron cita organizaciones de la sociedad civil, se ofrecieron al público souvenirs, libros y recuerdos. Seis conferencias magistrales se tuvieron, la primera fue del Padre Luis Laurean sobre San José Sánchez del Río, posteriormente se hizo la ponencia, Panorama Nacional en la Cristeada por el Maestro Guillermo Torres; luego el Panorama Guanajuato por Saúl Manuel, así como el Panorama Jalisco por Francisco Sánchez y finalmente el Panorama Michoacán por el historiador Francisco Gabriel Montes Ayala.
Así mismo el Lic. Carlos Ramírez, director Jurídico en México de la Asociación de Abogados Cristianos, presentó la iniciativa de Memoria Histórica de la Cristeada, para su aprobación en el poder legislativo de México. Participaron Caballeros de Colón; Asociación de Cronistas Jalisco-Michoacán; Guardia Nacional Cristera; Guardia Cristera de Michocán sede Región Ciénega de Chapala; Vasallos de Cristo Rey y otras organizaciones como Promo Radio.
Al final, se realizó la misa y una peregrinación del Sagrado Corazón, a Cristo Rey y luego a la ruta del martirio, cerca del panteón municipal con las reliquias de mártires, como San José Sánchez González, y del beato Anacleto González Flores y otros mártires de la guerra cristera en México.