Generalidades históricas de la conversión administrativa de la actual Capital de la Ciénega en municipio (1825)
Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo
Fotomontaje (hecho por la autora) alusivo al título de esta entrada, que muestra la calle La Palma, actualmente Madero, en los labores del siglo XX.
En tan sólo unos días, la Atenas de Michoacán –otro sobrenombre, muy bien ganado, con el que se conoce a esta singularísima localidad– celebrará su bicentenario de haber alcanzado el rango de municipio. Quien esto escribe no tuvo la fortuna de ser sahuayense por nacimiento, pero sí de serlo ya de corazón y por adopción, y por ende quiso dedicar, de forma un poco anticipada, algunos párrafos al respecto de este importante suceso y de los que rodearon dicha modificación política, un 15 de marzo, pero de 1825, mediante la Ley 40 emitida por el Congreso del Michoacán de aquel tiempo y que, como dato interesante, fue la primera ley territorial de dicha entidad en la época independiente.
Luego de la Guerra de Independencia, en la que el prócer de La Palma Don Marcos Victoriano Castellanos Mendoza, presbítero insurgente, tuvo un papel muy relevante, Sahuayo fue testigo de la restauración –dentro de lo que cabía– de la vida cotidiana. Luis González y González, en su magnífica y prolijamente glosada monografía, nos dice que la Parroquia de Sahuayo había perdido bastantes habitantes, pero también que, a pesar de los numerosos decesos, «su población se había duplicado» (1979, p. 99), esto para 1821. En la cabecera, la cifra de pobladores llegó al punto de triplicarse, si bien «luego volvió a reducirse y quedar en unos tres mil habitantes» (p. 100). Para ese instante, en lo eclesiástico, la vida sahuayense era presidida por el párroco don Manuel Osio y Barboza, sucesor de Juan Miguel Cano. El P. Osio, de hecho, fue señor cura de Sahuayo durante treinta y tres años, desde el 24 de febrero de 1799 hasta el 17 de mayo de 1832.
Pero el ámbito demográfico no fue el único que sufrió modificaciones. El mismo autor expone que aquella población michoacana también se vio beneficiada en lo político a raíz de la independencia, alcanzada en septiembre de 1821. Después del efímero imperio de Don Agustín de Iturbide y Arámburu –que en honor a la verdad fue, coloquial pero no menos acertadamente hablando, una «llamarada de petate»–, que exhaló su último suspiro el 19 de marzo de 1823, México se convirtió en una República federal y adoptó, para tales efectos, la flamante Carta Magna de 1824, promulgada en octubre de ese año. En consecuencia, el resto de las Entidades federativas recién formadas adoptó su propia Constitución (González y González, 1979, p. 100). A Michoacán le llegó su turno en 1825, específicamente el 19 de julio. Según el nuevo documento, la capital sería Valladolid y el Estado se fraccionaría en cuatro departamentos, uno por cada punto cardinal, a saber: Norte, o de la capital; Poniente, o de Zamora; Sur, o de Uruapan; y Oriente, o de Zitácuaro. En octubre de aquel mismo año, Antonio de Castro tomaría posesión de su cargo como primer gobernador michoacano.
Portada de las Actas y Decretos del Congreso Constituyente del Estado de Michoacán 1824-1825.Portada de la primera Constitución Política del Estado de Michoacán.
Ahora bien, nos especifica el cronista e historiador sanjosefino, en el caso del departamento de Zamora salieron cinco partidos: el de la cabecera, homónima, y los de Tlazazalca, Puruándiro, La Piedad y Jiquilpan. Eventualmente, los partidos se fragmentaron en municipios: el de Jiquilpan, que es de nuestro mayor interés, dio lugar a cuatro: el de la cabecera, también con el mismo nombre, y los de Cotija, Guarachita… y nuestro Sahuayo. Para colofón, algunos de los recién formados municipios se subdividieron en cabeceras municipales y tenencias. Sahuayo, además de ayuntamiento, recibió dos tenencias: Cojumatlán y San Pedro, mientras que a éstos dos últimos se les asignó jefatura. Todo esto para reemplazar los antiguos cabildos indígenas (p. 100).
Como último dato, Sahuayo tardaría más de sesenta años en ser elevado al rango de Villa. Esto acontecería en 1891, cuando a su toponimia se añadió el apellido paterno del primer mandatario en turno, Porfirio Díaz Mori.
La muerte del bandolero José Inés Chávez García (Segunda y última parte)
Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo
A la derecha, con su sombrero ancho y carrilleras cruzadas al pecho, José Inés Chávez García. Fotografía de Degollado a través del tiempo, editada y mejorada por la autora.
Es una verdad universal que cuando ya se sienten «pasos en la azotea», como dice la expresión popular, las cosas se ven de forma muy distinta. Entonces desaparecen, cual volutas de humo, los honores, el poder, la fuerza, y son reemplazadas por el natural temor a la muerte y a lo que pasa después de ella. Y para Inés Chávez no fue la excepción. En la anterior entrada dejamos al facineroso de Godino en los momentos en que fue visitado por el Dr. José María Barragán y éste, aunque amenazado por los subalternos del moribundo, dio su dictamen: el «Atila del Bajío» estaba desahuciado, y no le faltaba mucho para exhalar el último suspiro.
De acuerdo con lo narrado por el P. Esquivel, en medio de la ominosa atmósfera que indicaba a todas luces que la muerte pronto se apersonaría para cortar la vida del temido general con su implacable guadaña, alguien consiguió aproximarse al bandido agonizante y sudoroso, que respiraba afanosamente, y decirle:
—Mi general, yo lo veo bastante mal. ¿Por qué no manda llamar a un sacerdote?
Tomando en cuenta el cruento historial de Chávez, no era la mejor idea del mundo. En Churintzio, por ejemplo, hizo apresar al presbítero local, y hasta hizo que le ataran las manos a la espalda y le pusieran una soga al cuello con el objetivo de amedrentar a las mujeres que frecuentaban la iglesia y poder demandar dinero a cambio de no matarlo.
Detalle de una fotografía de Inés Chávez (al centro) con sus lugartenientes. Edición y mejora de imagen por la autora.
El mismo José Inés era sabedor de la larga lista de atrocidades que pesaban sobre su conciencia, porque repuso:
—Yo no creo que alcance perdón, dicen que soy un diablo.
«Por sus frutos los conoceréis», sentenció Jesucristo, tal como lo plasma el Evangelio según San Mateo. También dijo que «Un árbol bueno no dar llevar frutos malos, ni un árbol malo frutos buenos». Hasta el mismo Inés Chávez lo sabía. Más que un «Cada quien como se sienta», bien podría habérsele aplicado la lapidaria frase «Mentira no es».
El hombre que le sugirió llamar a un sacerdote, quien residía en la Aduana Vieja con los señores que alguna vez fueron propietarios de la Hacienda de San Antonio Carupo, se limitó a expresar:
—Recuerde, mi general, que la misericordia de Dios es infinita.
Numerosos autores píos, incluyendo Santos, han explicado que lo es, si hay arrepentimiento y contrición.
Inés Chávez, de momento, pidió un vaso con agua. Bebió algunos sorbos, y todavía con el traste en la mano, solicitó:
—Díganle al señor cura que venga.
El susodicho sacerdote era el P. Francisco Luna Pérez, un varón virtuoso y en extremo caritativo, que no contento con haber dotado de templo y torre a sus fieles y auxiliarlos espiritualmente siempre que lo requerían, los socorría en todas sus necesidades materiales, al grado de comprarles cobijas para que no pasaran frío y de entregar a los más desposeídos, íntegras, las cosechas que obtenía de los terrenos que alguna vez habían pertenecido a su madre.
Cuando le explicaron la situación, el P. Luna no vaciló en acudir y recorrer los aproximadamente ochenta metros que separaban la puerta del curato del lugar en el que yacía Inés Chávez en su camilla. Antes de acercarse quiso ratificar si el enfermo deseaba confesarse, a lo que éste contestó de manera afirmativa.
Al verlo in articulo mortis, el P. Luna mandó a su acompañante, el señor Mario Cerda, que fuera al curato y llamara a los vicarios, a fin de que le llevaran el Sagrado Viático y los Santos Óleos para darle la Extremaunción. Mientras cumplían el encargo, el sacerdote mandó a quienes se hallaban cerca que se apartaran. Los testigos, incluso de lejos, pudieron ver que Inés Chávez se confesó y recibió la absolución.
Casi en seguida arribaron los vicarios, Raúl Manzo González y Enrique Pineda. El primero le administró el Viático y el segundo lo ungió. Acabado todo esto, los tres eclesiásticos se retiraron, y entró el doctor Barragán, quien dictaminó que cambiaran de sitio a Chávez, metiéndolo al cuarto de la presidencia. Allí, entre la puerta y la primera ventana hacia el sur, nuestro personaje expiró.
Eran las 5:30 de la tarde. Ni la misma tropa, o el «estado mayor», se dieron cuenta. Sólo lo supieron, en ese instante, las tres personas que se encontraban presentes: el médico que lo atendió, el alcalde Vicente Guillén y su secretario, Lorenzo Salazar.
Así fue como acabó sus días «el Atila del Michoacán», a quien Luis González y González no dudó en describir como sigue:
“Nunca creció […] Fue bajito y malvado. Lo adornaban muchas virtudes animales y algunos vicios humanos” (1968, p. 162).
Tenía apenas veintinueve años de edad. Lo sepultaron en un terreno que era propiedad de Pedro Ortiz, al oriente de Purépero, en un paraje llamado El Baluarte, dentro del Cerro de la Alberca.
Al mes siguiente de su muerte, la dispersión de la gavilla chavista era prácticamente total. Algunos de sus seguidores se dispersaron, y otros prefirieron aceptar la amnistía que les ofrecía el Gobernador del Estado, Pascual Ortiz Rubio.
El 14 de noviembre de 1918, diversos diarios del país, máxime los del Occidente, dieron fe del fallecimiento de nuestro personaje en diversos términos:
Primera plana de El Pueblo, fechada el 14 de noviembre de 1918, donde se comunicó oficialmente la muerte de Inés Chávez. Edición por la autora.
«CHÁVEZ GARCÍA MURIÓ A CAUSA DE LA EPIDEMIA, EN MICHOACÁN. […] Una de las más abominables plagas que han venido azotando al país en el Estado de Michoacán: el feroz vándalo José Inés Chávez García, terror de los pueblos débiles y de las rancherías abandonas y solitarias, acaba de morir. […] el «General en Jefe» del más salvaje núcleo rebelde del país se despidió para siempre de este mundo con fecha 11 de los corrientes, en la población de Purépero, Estado de Michoacán» (El Pueblo).
Telegramas en los que se dio aviso al Despacho de Guerra y Marina y al presidente Carranza sobre el deceso de Inés Chávez. Periódico El Pueblo. Edición por la autora.
«JOSE I. CHAVEZ GARCIA FUE AJUSTICIADO POR LA INFLUENZA. * * * […] La epidemia de «influenza española», que se ha desarrollado en Michoacán en forma realmente alarmante, se ha encargado de castigar a los rebeldes que encabeza José Inés Chávez García, y según telegramas que el señor general de división Manuel M. Diéguez, jefe de las operaciones en el Centro y Noreste del país, envió a la Secretaría de Guerra y Marina, y que están fechados en Uruapam, el mismo José Inés el temible cabecilla que tanto daño causó a la región michoacana, y tantas lágrimas y su derramar a los tranquilos y laboriosos habitantes de aquella comarca, acaba de morir, víctima de la enfermedad reinante» (Excélsior).
Nota del diario capitalino Excélsior acerca del fallecimiento del temible bandido de Godino. En este caso, la influenza es descrita como brazo justiciero. Edición por la autora.
«SE HA CONFIRMADO PLENAMENTE LA MUERTE DEL CABECILLA JOSE INES GARCIA CHAVEZ. Oficialmente se dió a conocer la noticia. Algunos particulares recibieron ayer mensajes procedentes de diversas poblaciones del Estado de Michoacán, en que se daba la noticia de la muerte del famoso cabecilla José Inés García Chávez, ocurrida en Purépero, a causa de la influenza española» (El Informador).
Breve nota en El Informador, con telegrama de Jesús Ferreira incluido, que comunica la muerte de Inés Chávez. Edición por la autora.
«MURIO DE INFLUENZA J. I. CHAVEZ GARCIA. Anoche, a las siete, se nos informó por teléfono, de las oficinas de la Secretaría de Guerra, que en ese departamento de Estado se acababa de recibir un telegrama firmado por el señor general Diéguez, en el que daba cuenta de que tenía informes referentes a que el bandolero José Inés Chávez García murió el día once de los corrientes, en la población de Puréparo [sic], Michoacán, víctima de la «influenza española»» (El Demócrata).
Algunos en primera plana, otros en la segunda página, algunos más se limitaron a hablar del tema en alguna pequeña nota. Pero se trataba de una noticia que no podía ser omitida.
A su vez, distintas personalidades militares abordaron la cuestión. Citamos a Manuel Macario Diéguez y los documentos telegráficos referidos:
General Manuel M. Diéguez, designado por el Varón de Cuatro Ciénegas para sofocar la campaña de Inés Chávez en Michoacán en 1918, y quien notificó el fallecimiento de aquél, por telegrama, desde Uruapan. Imagen editada y mejorada por la autora.
«Uruápam, 13 de noviembre de 1918. «Oficial Mayor Encargado del Despacho de Guerra y Marina. —México, D. F. «Con profunda satisfacción comunícole que el día 11 murió en Purépero, Michoacán, el bandolero Chávez García, víctima de la Influenza española.» Atentamente. General en Jefe de las Operaciones— M. M. Diéguez.»
«Uruápam, 13 de noviembre de 1918. «Presidente de la República.— Número 4,240.— Tengo el honor de poner en el superior conocimiento de usted que en este momento acabo de recibir un mensaje del señor general J. M. Ferreira, fechado en Zamora, Michoacán, en que me comunica que está confirmado que el día 11 murió bandido García Chávez, víctima de la «influenza española.»— Respetuosamente. General M. M. DIEGUEZ.» (Respetamos ortografía, signos de puntuación y falta de tildes).
Pascual Ortiz Rubio tampoco se quedó atrás en la labor de comunicar al primer mandatario, Venustiano Carranza, que el criminal había muerto en el territorio de la entidad que regenteaba:
«Morelia, 13 de noviembre—4 p.m. Presidente Carranza.— Con verdadero placer hónrome en comunicarle que general J. M. Ferreira me comunica desde Zamora, Michoacán, telegráficamente, confirmada muerte terrible bandido Inés Chávez García.—Salúdolo respetuosamente. El Gobernador Constitucional del E., P. ORTIZ RUBIO.»
En el caso del mensaje que envió Jesús María Ferreira, las palabras fueron las siguientes:
«ZAMORA, 13 de noviembre. Sr. Gral. J. J. Méndez.—Urgente. Con gusto comunico a Ud. que se ha confirmado la muerte en Purépero, del bandolero García Chávez, de influenza española. Salúdolo. Gral. J. M. Ferreira.»
Más allá de que la influenza española hiciera lo que muchos en su tiempo desearon hacer, y de cuánta alegría causó su partida, es llamativo leer que, con todo y el daño que provocó a diestra y siniestra, José Inés Chávez alcanzó a recibir los Sacramentos. Ante esto, es natural pensar «¡Hasta suerte tuvo el desdichado!» y cuestionarnos qué fue lo que pudo haberle valido la oportunidad de recibir el perdón – el divino, no el humano– por sus culpas y tropelías, de ser confortado por los auxilios espirituales de la religión cristiana, y más tomando en consideración a cuántas personas, independientemente de su sexo o edad, él mismo quitó dicha posibilidad. Y más cuando reparamos en que Inés Chávez, a diferencia de otros personajes, no fue liberal o anticlerical desde sus años mozos. Más aún: era piadoso, devoto, católico practicante.
Leamos los testimonios de las personas que lo trataron en su juventud:
“Inés, desde chico, acostumbraba mandar a todos los que jugábamos con él, pronto se enseñó a leer y escribir. Ya más grandecito era el que guiaba el Vía crucis en los viernes de Cuaresma en la capilla de Godino, porque no teníamos sacerdote allí, guiaba también los rosarios y el padre de la Presa de Herrera lo nombró celador del Apostolado de la Oración, y portando él mismo el estandarte del Sagrado Corazón, llevaba mucha gente a hacer los viernes primeros a la Presa de Herrera”.
Casi parece que estamos hablando de una persona completamente distinta. Y bueno, aunque no es el caso, ya que toda nuestra entrada se ha centrado en el mismo hombre, el cambio había sido radical. En consecuencia, aflora una pregunta inquietante: ¿cómo se producido semejante alteración? ¿En qué momento un chico que encabezaba las devociones de su ranchito, que hasta pertenecía a un grupo parroquial, y que fue promotor de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús?
La respuesta que dan los mismos testigos es esta:
“Se echó a perder cuando anduvo con Joaquín Amaro, el que desde que fue su jefe directo se convirtió en su ángel negro”.
Es verdad que otra versión de la modificación tan drástica de su conducta indica que Inés Chávez no era cruel en sus comienzos como revolucionario pero que, luego de haberse curado de una enfermedad grave, adoptó la táctica de asolar los poblados a sangre, fuego y dinero, esto último mediante los clásicos préstamos o rescates forzosos. Pero adjudicar su funesta transformación a haberse juntado con Joaquín Amaro Domínguez no es, ni remotamente, algo descabellado o fuera de lugar. El susodicho militar fue conocido por su sadismo, su inquina hacia el clero y los católicos y, en suma, por ser un perseguidor de la Iglesia a ultranza. En Zamora, entre diversas providencias, apoyó la confiscación y embargo de los bienes eclesiásticos, mandó suspender la edificación del Santuario Diocesano de Nuestra Señora de Guadalupe –la Catedral Inconclusa– e hizo exclaustrar a las religiosas capuchinas.
Retrato de José Inés Chávez García. Fotografía editada y mejorada por la autora.
El hecho específico es que, en efecto, Chávez sí anduvo bajo las órdenes de «El Indio» Amaro, y que, como éste y tantísimos cabecillas y bandidos que se hicieron llamar «revolucionarios», aprovechó la prolongación del levantamiento armado para obtener beneficios personales y dar rienda suelta no únicamente a su sed de riqueza y de efusión de sangre, sino, también, al odio antirreligioso que, en incontables ocasiones, rayó en la vesania y en la locura febril.
También es cierto que, por muchos años, el hecho de que el bandolero de Godino se había reconciliado con Dios antes de partir al más allá no fue más que un mero rumor, algo que «se decía por allí» pero de lo que no había pruebas claras. Tan fue así que según los relatos orales de María Luisa Herrera Mendoza, transmitidos a su hija María del Carmen Ávalos Herrera, abuela paterna de quien esto escribe, consignan la historia de una anciana anónima que, al enterarse de las hablillas referentes a la confesión final de Chávez, exclamó:
«Si al morirme llego al Cielo, y Chávez entró allí, ¡del Cielo me salgo!»
Así de malvado había sido. Dice otro refrán: «Cría fama, y échate a dormir». En el caso de Inés Chávez, no sólo era la fama.
Las declaraciones escritas del P. Esquivel arrojaron luz sobre la cuestión y resolvieron el misterio. Ahora, como quedó ya asentado, sabemos a ciencia cierta que José Inés Chávez García sí recibió los Sacramentos antes de morir, lo cual, aunque sólo el Creador lo sepa, abre la posibilidad a que incluso alguien como él haya podido salvarse. Probablemente Dios se haya valido de la influenza española para brindarle tiempo para arrepentirse y acercarse a Él, algo que habría sido imposible si hubiese muerto al fragor de un combate o asesinado en venganza de tantas familias destruidas, tantas mujeres mancilladas, tantas localidades y villas asoladas.
Sin duda que, aunque no lo comprendamos, el Señor no mide los acontecimientos como lo hacemos nosotros. Solamente Él sabe por qué las cosas acontecen de una manera y no de otra.
Citamos las palabras del resumo biográfico de Degollado a través del tiempo:
“¿Quizá las oraciones de su madre y las prácticas piadosas que él mismo tuvo, en sus primeros años, cuando guiaba viacrucis y rosarios en Godino, le sirvieron para que la misericordia infinita de Dios le perdonara sus innumerables delitos, como lo hizo Jesús, al borrar los crímenes del ladrón arrepentido en la cima del Calvario?”
Esto, sin embargo, no debe movernos a olvidar la justicia y la historia de todas las víctimas de las que, antes de que la influenza española lo derrotara indefectiblemente y le diera un pasaporte a la Eternidad, fue fautor y causante.
Degollado a través del tiempo. Apuntes biográficos de José Inés Chávez García. No hemos podido localizar al autor.
Gómez-Dantés O. El “trancazo”, la pandemia de 1918 en México. Salud Publica Mex [Internet]. 29 de agosto de 2020 [citado 23 de febrero de 2025];62(5, sep-oct):593-7. Disponible en: https://www.saludpublica.mx/index.php/spm/article/view/11613
González y González, L. (1968). Pueblo en vilo: Michohistoria de San José de Gracia. México: El Colegio de México.
Ochoa Serrano, Á. (2006). Inés Chávez, muerto. Dos textos del Padre Esquivel. Revista Relaciones.
Testimonios orales de María del Carmen Ávalos Herrera, q.e.p.d., cuya madre radicó en Zamora en los tiempos de la Revolución y atestiguó tanto los atropellos de las tropas carrancistas en contra de todo lo que fuese católico como la presencia y crueldad de Joaquín Amaro. Asimismo, la Sra. Carmen relataba varias anécdotas relativas a Inés Chávez García.
La muerte del bandolero José Inés Chávez García(Primera parte)
Lic. Helena Judith López Alcaraz, cronista honoraria adjunta de Sahuayo
Detalle de una fotografía del temido José Inés Chávez García. Mejora y edición por la autora.
Los grupos de defensa social de los diversos pueblos que asoló –el listado es sumamente largo– no pudieron acabar con él. Tampoco el gobierno federal. Mucho menos los civiles entre los que lo único que sembró fue el horror, la sangre y la barbarie. José Inés Chávez García, que vio la luz primera el 19 de abril de 1889, se ganó muy merecidamente el mote de «El Atila de Michoacán» o «El Atila del Bajío». Creemos que huelga explicar el sobrenombre. Bastaba que los pobladores de algún sitio supiesen que las hordas que él lideraba se aproximaban al lugar, para que el terror cundiera y se esparciera como reguero de pólvora, como chispas en un cañaveral. A la irrupción de Chávez seguían incontables crímenes, entre asesinatos en masa, violaciones y saqueos, sin faltar los incendios de viviendas y la profanación de la iglesia o capilla local. Aquellos bandoleros, verdaderamente, hacían gala de sadismo y perversidad.
La entrada de hoy no se detendrá en los detalles de aquellas morbosas incursiones, sino en cómo fue que la carrera en este mundo de aquel bárbaro personaje, que da la impresión de haber salido de alguna novela sangrienta, tocó a su desenlace inexorable. Inés Chávez era, en verdad, un bandido imparable. Tratar de resistir contra él era imposible, como si se tratara de contener un incendio en un pajar o detener, en el estío de 2024, las aguas que se desbordaron e inundaron diversos terrenos y parajes de la Ciénega de Chapala cuando arreció el temporal. Pero fue vencido. Más aún, murió, y no en el paredón de fusilamiento, ni ahorcado o acuchillado, como tantas de sus víctimas en presencia suya.
Cabe que nos preguntemos a quién correspondió el logro de haberle puesto un alto a sus tropelías. Tal hazaña, como ya lo adelantó el epígrafe de nuestro texto, fue de la influenza española. El testimonio escrito del sacerdote Francisco Esquivel en 1973, el de otros testigos oculares del desenlace del facineroso originario del rancho Godino (Puruándiro, Michoacán) y lo consignado en los periódicos de la época, indican que el deceso aconteció en noviembre de 1918, a causa de la enfermedad que, tras llegar a México un mes antes, causó la muerte de incontables personas. Y ni siquiera Inés Chávez, con su poderío de barbarie y fechorías, pudo librarse de sus garras. A la postre, la naturaleza humana y su flaqueza ante las patologías nos demuestran que nuestra vida en la tierra es endeble y puede apagarse, a semejanza de una candela, con el más leve soplo.
El «Atila de Michocán», al centro y con la pierna izquierda cruzada sobre la derecha, acompañado por su séquito de lugartenientes. Edición de imagen por la autora.
Pero dejémonos de preámbulos y veamos cómo y en dónde aconteció.
Durante buena porción de 1918, Inés Chávez dominó buena parte del estado de Michoacán, incluyendo la zona de la Ciénega. A fines de marzo, cayó sobre Cotija de la Paz, en mayo hincó sus dientes sobre San José de Gracia y, en junio, sobre Pátzcuaro. Garciadiego Dantán menciona que, a diferencia de sus inicios como bandolero, el facineroso comandaba «un ejército más regular, con cierta organización militar, que se desplazaba de un lugar a otro según las exigencias de la campaña» (2010, p. 865). Todo eso mientras, aplicándole unos versos dedicados a otro facineroso, Luis B. Gutiérrez alias «El Chivo Encantado», recorría esas tierras dejando en todas las partes la miseria y el dolor (p. 217).
Aquello, por fortuna, no habría de durar para siempre. Reza un dicho que «todo cae por su propio peso» y, en este caso, por la iniquidad. Ni siquiera los perversos, aunque por mucho tiempo hagan lo que les plazca, pueden escaparse de las consecuencias de sus actos de modo indefinido. Al acercarse el último cuatrimestre de 1918, la fuerza de Chávez empezó a declinar. Fue en Peribán donde, pese a todos los estragos que provocó, se vio sitiado por los coroneles Bonifacio Moreno y Pruneda, hasta que sufrió –¡por fin!– su primera y única derrota, de la que ya no se recuperaría. Allí perdió, además, a uno de sus principales lugartenientes, el coronel Rafael «El Mocho» Nares, tan sanguinario como su jefe. Chávez, empero, no conoció el término de sus desmanes en aquella jornada, 24 de agosto de 1918.
Plaza de Peribán, Michoacán, el pueblo que presenció la caída militar de Inés Chávez García. Fotografía editada y mejorada por la autora.
Un corrido de Chavinda, proporcionado por el profesor Alfonso del Río, así lo cuenta:
Señores, tengan presente lo que en Peribán pasó: Hubo un combate sangriento «El mocho Nares» murió.
Bajó Nares con su gente a almorzar a ese pueblito: -Orita les dan caliente, nomás se esperan tantito.
Bajó Nares con su gente y a nadie le dijo nada, y Pineda con su gente ya le tenía su emboscada.
De repente un fuerte trueno por todo el pueblo se oía, un grito: «¡Viva el Gobierno! ¡Muera Inés Chávez García!»
Con sus hordas deshechas, el facineroso se encaminó a Purépero. Allí lo encontraría la muerte, destino ineludible del género humano. Para cuando se dirigía a aquel pueblo, ya había contraído la gripe que a tantos llevó al sepulcro. Muchos de sus hombres, contagiados, sucumbieron a la enfermedad antes que él. «Se amanecía con dolor de cabeza, venían la fiebre y las hemorragias, y había que cuidarse unos seis días porque si se levantaba antes de tiempo, recaía con neumonía, y de la recaída nadie se salvaba» (González y González, 1968, p. 165).
Ya cuando se hallaba cerca de Purépero, uno de los señores principales, Jesús Duarte, salió a hablar con él para pedirle que no dañara a la población y que, a cambio, él conseguiría dinero entre los vecinos y pastura para la caballada.
Para ese instante, «El Terror de Michoacán» ya no podía ni mantenerse en pie: en una camilla, fue conducido a la plaza municipal y colocado bajo la sombra de un trueno, mas pronto se lo llevaron al portal de la presidencia municipal y, por último, al interior del edificio, donde se produciría el deceso.
Tan mal se sentía ya José Inés, que hicieron llamar a un médico. Acudió el Dr. José María Barragán, quien tras haberlo examinado se percató de la gravedad del caso.
Plaza y portales de Purépero, Michoacán. Por aquí pasó Inés Chávez, ya enfermo de gripe española y en camilla, poco antes de morir. Imagen editada y mejorada por la autora.
Los chavistas no anduvieron con sutilezas y lo amenazaron:
— Mire, dotorcito —le dijeron—, si no lo alivia, lo tronamos.
Tampoco el médico le dio rodeos al asunto. Sin temor, replicó:
—Yo no soy Dios para hacer milagros, la fiebre española es mortal y como no guardó ningunos cuidados, va a ser difícil que se alivie luego, yo de mi parte haré lo que pueda, por de pronto surtan esta receta —y se las dio.
El facultativo se marchó de la habitación con el convencimiento de que Chávez expiraría en poco tiempo.
Pero aún faltaba para que eso sucediese. De ello nos ocuparemos en la siguiente entrada, la segunda y última.
Francisco Gabriel Montes Ayala *Coordinador del Consejo de la Crónica de Sahuayo
Una de la comunidades de origen español, es San Andrés, que hacia el año de 1730 aparece como una estancia de ganado mayor y menor, muy cerca de los límites de la comunidad indígena de Sahuayo. Lo encontramos con diversos nombres, el primero encontrado en los sacramentales de la parroquia de Santiago Sahuayo, es como El Cerrito de San Andrés, luego lo encontramos como San Andrés y finalmente como Rincón de San Andrés.
El Rincón, registraba en los censos parroquiales las familias Victoria, Ceja, Sandoval, Ochoa, Figueroa, Guerrero, Torres, López, Mojica, Valencia, Espinoza, Amezcua, Escobedo, Navarro a mediados del siglo XVIII.
En la época de la guerra de independencia, el padre Pablo Victoria, nacido en aquella comunidad, a la sazón capellán de la Hacienda de La Palma, hizo que se levantara en armas el hacendado Luis Macías Mendoza. El padre Victoria, fue tomado preso por la acordada de Sahuayo, en el camino entre La Palma y Sahuayo a la altura del Ojo de Agua, según su expediente criminal levantado por el gobierno virreinal, fue llevado preso a la cárcel de Belén, donde muere el año de 1813.
Otro insurgente importantísimo nacido en San Andrés, es Ignacio Navarro Victoria, sobrino del padre Pablo, quien llegó ha ser un caudillo importante en la zona del bajío, donde alcanzó fama y todavía en 1817 era combatido por las fuerzas realistas.
El Rincón de San Andrés, es una población conurbada con Sahuayo, y que hace algunos años, ys es un importante centro recreativo por el parque al que visitan miles de personas durante el año; es una comunidad apacible, con un templo dedicado a San Andrés, construido por el señor cura José Alvarez, y está sujets la comunidad católica a la Parroquia de Guadalupe de Sahuayo.
El Rincón de San Andrés, es una de las comunidades más avanzadas de las que tiene el municipio de Sahuayo en cuestión de infraestructura.
Vale la pena visitar esta comunidad que es una de las más grandes de la municipalidad de Sahuayo.
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La historia de Monseñor José María González y Valencia. Segunda parte
Lic. Helena Judith López Alcaraz
Monseñor José María González y Valencia (1884-1959), ca. 1924. Detalle de una fotografía del Instituto Nacional de Antropología e Historia, mejorada y editada por la autora.
En la entrada anterior dejamos al padre José María González y Valencia, ordenado en 1907, mientras desempeñaba su cargo como profesor del plantel levítico de Zamora. Pudimos, asimismo, leer sobre sus orígenes en Cotija de la Paz, sus primeros estudios y diversos pormenores de su formación eclesiástica. En el presente texto abordaremos los siguientes años de su ministerio sacerdotal, los avatares y vicisitudes que tuvo que enfrentar durante los cruentos años de la Revolución y, por último, su ascenso meteórico en la jerarquía de la Iglesia hasta adquirir el título por el cual es conocido en la Historia de México, tanto en el ámbito civil como en el religioso.
En 1912, ya siendo Francisco I. Madero primer mandatario, el padre José María recibió la encomienda de encargarse de la disciplina del Seminario Mayor. Por si fuera poco, asumió el cargo de vicerrector en ambos Seminarios. En los tiempos libres que tantas obligaciones le dejaban, se dedicaba al confesionario, en tanto que, durante sus vacaciones, acudía a su natal Cotija para auxiliar al párroco.
El presidente oriundo de Parras muy pronto vio cómo su sueño democrático se bamboleó y trocó en añicos. Además de Emiliano Zapata, Pascual Orozco Vázquez se insurreccionó en su contra. Sin demora y deseoso de auxiliar al prójimo, el padre González Valencia solicitó una licencia para sumarse como agregado a la Brigada de la Cruz Roja y socorrer a los heridos de los enfrentamientos pascualistas, en el norte de México. El permiso le fue concedido. En cuanto la rebelión fue sofocada, González y Valencia retomó sus labores en su terruño.
Pascual Orozco, uno de los revolucionarios que se insurreccionó contra Madero. El padre González y Valencia acudió, como miembro de las Brigadas de la Cruz Roja para ayudar a los heridos en los enfrentamientos entre pascualistas y federales.
Aquella situación de relativa calma no duró mucho. Tras la caída y asesinato de Madero, se desató una nueva faceta de la Revolución: el alzamiento carrancista, llamado “constitucionalista” por sus fautores y partidarios, que se distinguió, además de las tropelías y el pillaje –que dio lugar al término “carrancear” como sinónimo de “robar”– por una profunda animadversión hacia el clero católico, hacia la Iglesia y, en términos generales, hacia el catolicismo. Los cabecillas y sus tropas, a la par que asolaban las poblaciones por las que pasaban, asesinaban y violaban mujeres, profanaban y quemaban templos y capillas, aprehendían y aun mataban presbíteros, destruían imágenes sagradas y hasta tomaban bebidas alcohólicas en los cálices y copones, daban las Hostias consagradas a la caballada y utilizaban como trapos o simples telas los ornamentos sagrados. En resumen, se dedicaban a la rapiña y al sacrilegio.
Como resultado de aquellas asechanzas y ataques, cada vez más reiterados, la Parroquia de Peribán, cerca de Los Reyes, Michoacán, se quedó sin párroco: éste fue tomado preso por los carrancistas y deportado a la temible prisión de las Islas Marías. Corría 1914. El Vicario General de la Diócesis de Zamora, que residía en Guadalajara, lo nombró señor cura interino de Peribán.
Plaza de Peribán, Michoacán, donde el padre José María González y Valencia prestó sus servicios sacerdotales en los tiempos del alzamiento carrancista. Fotografía de Peribán Al Momento, mejorada y editada por la autora.
La persecución religiosa por parte de los revolucionarios, máxime de los carranclanes –término despectivo usado para los carrancistas– alcanzó matices sistemáticos en la región del Occidente y del Bajío, e irrumpió en la Diócesis zamorana en agosto de 1914. Las circunstancias eran tan riesgosas y comprometidas que el Obispo de Puebla, Enrique Sánchez Paredes, amigo del padre José María, le ofreció mudarse a la Ciudad de los Ángeles con su familia para ponerse a salvo y, allá, ser profesor en el Seminario. El interpelado, no obstante, prefirió quedarse con sus feligreses.
Al frente de su grey, a la que no quiso abandonar, sufrió continuas penalidades. Residiendo en Cotija, el 20 de marzo de 1918, fue testigo del incendio –autoría de los bandidos comandados por el terrible José Inés Chávez García, cuya fama era proporcional a la magnitud de sus crímenes– de su propia vivienda y de dos templos, así como de todo el Portal Hidalgo, en el centro de la localidad. Como si aquello no hubiese bastado, perdió a una de sus hermanas, ultimada a balazos por los bandoleros, que habían querido mancillarla. En vez de sufrir tal deshonra, la señorita entregó su vida terrenal. Otra de las hermanas del padre sufrió graves lesiones, por las que tuvo que someterse, por espacio de seis años, a largas y dolorosas intervenciones quirúrgicas. Andrés Barquín y Ruiz, citando a Plancarte Igartúa, dice que el atribulado sacerdote “bendijo al Señor y perdonó de corazón” (1967, p. 14) a aquellos asesinos.
El temido José Inés Chávez García (sentado, al centro) con su Estado Mayor. Fue él quien –a semejanza de lo que hizo en incontables localidades– asoló Cotija de la Paz en 1918. Como resultado, una de las hermanas del padre González y Valencia perdió la vida.
En la década de 1920, la carrera del presbítero González y Valencia avanzó con rapidez hacia las alturas de la jerarquía eclesiástica. En junio de aquel año, se le encomendó una prebenda en el Cabildo catedralicio de Zamora, que el comisionado conjuntó –intriga saber de dónde obtenía tiempo– con largos ratos en el tribunal de la penitencia, la catequesis infantil y la guía de la Acción Social-Católica. El 22 de febrero de 1922, fue preconizado como Obispo Auxiliar de Durango y como Titular de Siunia –sede sufragánea de Sebastián en Armenia Prima–. Luego, el 28 de julio de 1923, se le nombró vicario capitular. Por fin, unos meses más tarde, recibió el título por el que sería conocido en la Historia de México: el 8 de febrero de 1924, el Papa Pío XI lo designó como Arzobispo de la Arquidiócesis de Durango, cuya sede estaba vacante por el deceso de Monseñor Francisco Herrera y Mendoza –nacido en Tingüindín en 1852–, acaecido el 23 de julio de 1923.
La consagración episcopal se llevó a cabo en la Catedral de Zamora. Aquel mismo día, junto con él, su pariente Francisco González Arias fue ungido como cabeza de la Diócesis campechana. El 11 de abril del mismo año se llevó a cabo la toma de posesión de su cargo, el cual desempeñaría hasta su fallecimiento. El día de la Asunción de la Santísima Virgen, 15 de agosto, en magnífica ceremonia, le fue impuesto el palio arzobispal de manos de su primo Monseñor Antonio Guízar y Valencia, Obispo de Chihuahua. El flamante obispo cotijense tenía treinta y nueve años.
Antigua Catedral de Zamora, en la que fue consagrado obispo Monseñor José María González y Valencia. Imagen de México en fotos, mejorada y editada por la autora.
Entre tanto, la situación de la Iglesia Católica en la Nación Mexicana empeoraba día con día. En julio de 1924, el candidato del presidente Álvaro Obregón Salido, su coterráneo Plutarco Elías Calles, “ganó” la contienda electoral. La persecución, de por sí severa, se agudizaría todavía más. Las protestas tanto de los fieles como de la jerarquía, asimismo, se volverían más enérgicas. En el segundo ámbito, el ahora Monseñor José María González y Valencia tendría una participación destacada, materia de la continuación de esta entrada.
Barquín y Ruiz, A. (1967). José María González Valencia, Arzobispo de Durango. México: Jus.
Testimonios orales de María del Carmen Ávalos Herrera, cuya madre, María Luisa Herrera Mendoza, radicó en Zamora durante los años de la Revolución y constató las barbaries y sacrilegios cometidos por las hordas carrancistas.
La historia de Monseñor José María González y Valencia. Primera parte
Lic. Helena Judith López Alcaraz
El obispo José María González y Valencia (1884-1959), oriundo de Cotija de la Paz.
Fue uno de los muy escasos prelados, de los treinta y ocho que conformaban el Episcopado Mexicano en el momento de la suspensión de cultos de 1926, que aprobaron la resistencia armada de los católicos perseguidos, y uno de los tres obispos cuyo destierro fue una de las condiciones impuestas por el presidente interino Emilio Portes Gil al concertar los supuestos “arreglos” de 1929 con los dos eclesiásticos conciliadores, Pascual Díaz y Leopoldo Ruiz.
Vio la luz primera en Cotija de la Paz, Michoacán, el 27 de septiembre de 1884. Fue el segundo vástago del matrimonio formado por Juan González Oseguera y Benigna Valencia Vargas. Era primo, por vía paterna, de Francisco María González Arias, obispo de Campeche, y de los hermanos Antonio y Rafael Guízar y Valencia –el segundo hoy canonizado–, prelados que habrían de regentear las Diócesis de Chihuahua y Veracruz respectivamente, por el lado materno. También estuvo emparentado con el general cristero Jesús Degollado Guízar, hijo de Maura Guízar Valencia, que era hija, a su vez, de Natividad Valencia Vargas, tía materna de José María.
Es muy probable que el hijo recién nacido de don Juan y doña Benigna, según la usanza, fuera incorporado a la Iglesia militante a los pocos días de su nacimiento pero, lamentablemente, no nos ha sido posible encontrar el documento correspondiente. Lo mismo podemos decir de su acta de nacimiento. Lo que sí se sabe, por notas autobiográficas, que José María realizó sus estudios de instrucción primaria y parte de los de bachillerato en el Colegio marista dedicado a San Luis Gonzaga –análogo al mismo que existía en Sahuayo de Díaz–, en su pueblo natal. Más tarde, al sentir el llamado al sacerdocio, ingresó al Seminario de Zamora, fundado en 1864 por Dn. Antonio de la Peña y Navarro (1799-1877), primer Obispo de aquella ciudad. Allí permaneció cuatro años y acreditó debidamente los cursos de filosofía y parte de los de teología, además de recibir la tonsura y las cuatro órdenes menores –ostiariado, exorcistado, lectorado y acolitado–.
Como seminarista, fue un alumno destacado, tanto por su excelente conducta como por su aprovechamiento académico. En consecuencia, como premio y aliciente, fue enviado a la Ciudad de las Siete Colinas para que prosiguiese su formación levítica en el Colegio Pío Latino Americano, también llamado Seminario Americano, fundado el 21 de noviembre de 1858, bajo el pontificado de Pío Nono. Llegó allí en octubre de 1905. El Papa que ocupaba la Sede petrina, a la sazón, era Pío X.
Fotografía panorámica de Cotija de la Paz tomada por Aurelio Torres. Imagen mejorada y editada por la autora.
El 28 de octubre de 1906, aproximándose cada vez más a recibir el presbiterado, fue ordenado subdiácono. El Sábado Santo de 1907, que ese año cayó el 30 de marzo, fue hecho diácono. Por fin, el 28 de octubre de ese mismo año, a la edad de sólo veintitrés años, fue ordenado sacerdote por ministerio del cardenal Pedro Respighi en la Capilla del Colegio Germánico, en Roma. Dicho prelado era el vicario del Pontífice reinante.
Una vez como presbítero, José María González Valencia permaneció en la Ciudad Eterna durante dos años y medio, precisamente en el Pío Latino, hasta que obtuvo el triple doctorado en Filosofía, Teología y Derecho Canónico, con venia del entonces obispo de Zamora, Dr. José Othón Núñez y Zárate (1867-1941), reorganizador de la Escuela de Artes y Oficios y fundador del Colegio San Luis, de la Escuela de Comercio y de una Normal Católica, entre otras obras importantes.
Terraza del Colegio Pío Latino Americano, donde estudió el seminarista José María González y Valencia. Puede observarse a los aspirantes al sacerdocio, con sotana. Fotografía de Rerum Romanarum.
Una vez finalizados sus estudios eclesiásticos, en septiembre de 1910, el padre José María regresó a México. El Porfiriato se había derrumbado definitivamente. Faltaban unas semanas para que, en noviembre, el coahuilense Francisco I. Madero convocara al pueblo mexicano a la lucha armada con la finalidad de derrocar al presidente octogenario. Los ánimos, en extremo caldeados, iban disponiéndose para el estallido de la Revolución Mexicana.
En cuanto arribó a su país natal, el padre González Valencia pasó a dar clases en el Seminario que había sido testigo de sus primeros años como aspirante al sagrado ministerio y en cuyas aulas también había transitado, entre otros personajes, otros dos destacados eclesiásticos de aquel tiempo, Monseñores Francisco Orozco y Jiménez, entonces Obispo de Chiapas, y Rafael Guízar y Valencia –familiar de José María–, así como el poeta y periodista Amado Nervo –si bien él no concluyó la formación sacerdotal–. Como docente se ocupó, simultáneamente, de las cátedras de Filosofía, Teología, Instituciones Canónicas, Historia Eclesiástica y Sagrada Escritura. De acuerdo con el testimonio del Canónigo Rafael Plancarte Igartúa –escrito “Ygartúa” en el libro biográfico de Andrés Barquín y Ruiz–, el joven sacerdote “supo amar y ser amado, con aquel carácter franco y jovial, sencillo y enérgico: carácter que bien formado vino, más tarde, a dar opimos [ricos] frutos en los diversos puestos en que ha servido a la Iglesia” (1967, p. 6).
Leonel Tinajero Villaseñor describe así al padre:
“Bien parecido, cuerpo regular, ojos vivaces, impecable en sus atuendos y de recia personalidad, imponía sus dignidad y señorío en las ceremonias litúrgicas en las que actuaba con gran pompa y parsimonia.
En su vida personal era cordial y versátil en su actuación, dándose a querer de cuantos lo rodeaban. Alternaba con los sacerdotes deponiendo su elevado rango eclesiástico y departía amistosamente con los clérigos, que gustaban acercarse a él.
Era muy comprensivo y cariñoso con los niños, amable y cordial con los mayores, paciente y bondadoso con los humildes y muy caritativo con los menesterosos” (1971, p. 248).
Pero su trayectoria como catedrático no duraría mucho tiempo. La Revolución se encargaría de ello.
Otra fotografía de Cotija de la Paz, tierra natal de Monseñor González y Valencia. Instantánea mejorada por la autora.
De ello nos ocuparemos en la siguiente entrada de esta serie.
Hace algunos días en los principios del mes de julio, fuimos con Roberto Buernostro, a visitar La Sábila, comunidad del municipio de Venustiano Carranza, con el fin de tomar videos y fotos del templo, de la Virgen de Guadalupe, antigua advocación de la Virgen de la Carámicua y del pueblo en general.
El templo es impresionante, dada la geografía del lugar, en lo alto de un cerro pedregoso; obra inició el 7 de octubre del año 2003, casi tres de que había llegado el señor Cura Sergio Sánchez Mora, sahuayense que se puso como reto la construcción de este templo, dado que, la capilla antigua databa de los años cincuenta, en el tiempo en que estuvo como párroco don Francisco Esquivel.
El reto para Crónicas de la Ciénega es fijar la historia del pueblo, aunque yo había hecho ya un intento en el libro que hiciera por allá en los años noventa de San Pedro Caro, no es suficiente, falta sin duda alguna mucho de lo que puede escribirse del pueblo y la Virgen.
Hoy estamos afinando detalles con el equipo de Crónicas de la Ciénega para dar una historia más o menos bien armada ( aunque en la historia nada es totalmente finiquitado) y darle fuerza aquellos escritos que me pidiera el señor cura Roberto Torres sobre la historia de la Virgen y los antecedentes escritos antes por un servidor.
Esperemos que pronto estemos listos para darle a La Sábila y la región algo de la historia de templo, la virgen y la población, porque esta imagen es de todos los habitantes de la región que la han echo suya con su devoción.
Generalidades históricas del Porfiriato en la actual Capital de la Ciénega (II)
Lic. Helena Judith López Alcaraz
En la entrega anterior leímos acerca del comienzo del Porfiriato en Sahuayo, cuáles fueron los gobernadores que llevaron la batuta durante dicho periodo, el arribo del ferrocarril a las regiones cercanas, el desarrollo demográfico y económico de esta localidad, la reducción territorial del municipio que benefició a su vecino Jiquilpan, las enfermedades y epidemias que asolaron a los sahuayenses, el crecimiento de la agricultura y la ganadería y –el hecho que brinda epígrafe al escrito–, por supuesto, la elevación del pueblo a rango de villa con el apellido del primer mandatario.
Sahuayo en el ocaso del Porfiriato (ca. 1908). Actualmente esta es la calle Madero, en aquellos ayeres llamada La Palma.
En el presente texto, segundo y último sobre el tema, abordaremos otras esferas no menos importantes: las comunicaciones favorecidas por la ribera chapálica, máxime en lo tocante al comercio; la religión, la educación y, en lo histórico, el tema de la desecación de la laguna más extensa de México, sus consecuencias y cuál fue la participación de la poderosa Hacienda de Guaracha, hasta llegar al declive del prolongadísimo mandato de Don Porfirio.
Dicho esto, iniciemos de lleno.
La comunicación que favorecía el lago de Chapala también contribuyó a que Sahuayo tomara la ventaja en las rutas comerciales, máxime con rumbo a Guadalajara (Ramírez-Sánchez, 2017, p. 65), gracias al embarcadero de La Palma, el más cercano a la villa. Otro factor influyente, y a la postre decisivo, fue que en 1905, cuando el régimen porfirista ya se bamboleaba desde sus cimientos y amenazaba con derrumbarse de modo definitivo, en Sahuayo y las áreas aledañas se inició la desecación de la laguna de Chapala, que aumentó todavía más la riqueza de los terratenientes de la zona. Éstos no sólo obtuvieron más tierras, sino que aprovecharon para terminar de despojar a los campesinos o de dominarlos mediante el control del agua. Tanto la infraestructura como la economía de Sahuayo alcanzaron mejoras considerables.
Pero no todo fue bonanza ni beneficios; también hubo problemas, conflictos y grandes injusticias. Hacia 1906, según expone Cancino (2024) los indígenas sahuayenses pescaban, recolectaban tule y leña y cazaban en el terreno comunal que, hasta entonces, limitaba en cierta área con el lago chapálico. Pero, como resultado de aquella invasión de hacendados, fueron perdiendo sus tierras, que les quitaron, de modo legal, territorios de la Hierbabuena y otros colindantes con Jiquilpan (p. 173).
Pasando a otra cuestión, y para concluir lo tocante a actividades económicas, la arriería fue el otro medio de que los sahuayenses se valieron para prosperar. Inclusive llegaron al punto de competir con Cotija en esta esfera. Lo mismo sucedió con el comercio. Lo mismo sucedió con el comercio, que se consolidó todavía más. Como cabía suponer, tampoco faltaron desavenencias y choques con los jiquilpenses por esta causa. Ya en 1885, Ignacio Zepeda, alcalde sahuayense, acusó tanto al prefecto de Jiquilpan como a los dueños de Guaracha de interceptar y tapar el camino Sahuayo-Guarachita, que los arrieros solían visitar muy a menudo. El patrón de Guaracha negó la imputación, mas no tuvo más remedio que acatar las indicaciones venidas desde Morelia (González, 1979, p. 123). No obstante, eso no impidió que, más tarde, el dueño de Guaracha, don Diego Moreno Leñero, hiciera cuanto estuvo a su alcance para que el ferrocarril no se acercara demasiado a Jiquilpan o a Sahuayo y, de tal modo, poder mantener su control en la zona disponiendo de recuas y transporte caballar (Pérez Monfort, 2018).
Ex hacienda de Guaracha, en el municipio de Villamar. Fotografía tomada por Juan Flores.
Por otro lado, en el campo religioso, la pax porfiana significó una mejora sustancial en las relaciones entre el Estado y la Iglesia. Esta última vivió tres décadas de calma y una atmósfera más que propicia para llevar a cabo su misión espiritual y pastoral. Luego de la Guerra de Reforma y del movimiento religionero, los seglares habían tomado la determinación de alejarse de cuestiones políticas, y ahora se limitaban a una vida tranquila enfocada a la práctica habitual de los ejercicios de devoción, la recepción de los Sacramentos y, para quienes sentían inclinación a ello, la pertenencia a diversas sociedades y agrupaciones piadosas.
La postura eclesiástica que habría de seguirse se resumía, en sí, a abandonar cualquier actitud combativa hacia el gobierno, mientras que éste, encabezado por el antiguo héroe del 2 de abril, permitiría que la Iglesia continuara su trabajo en los templos, seminarios, colegios, asilos, centros de beneficencia y demás campos de apostolado. Las Leyes de Reforma, aunque nunca fueron derogadas, fueron letra muerta y cayeron bajo el conocido adagio “Obedézcase, pero no se cumpla”.
Era, como suele decirse en nuestro país, “llevar la fiesta en paz”, aunque los masones más radicales –no hay que olvidar que el mismo Díaz pertenecía a esta sociedad, e inclusive con el grado 33, como Benito Juárez– jamás aceptaron tal actitud conciliadora y la consideraron digna de un traidor o un renegado. No faltaron quienes, de entre las filas de la masonería, lo tildaban de clerical, al grado de que don Porfirio renunció a su cargo de Gran Maestre en 1895. Empero, para él era más importante llevar buenas relaciones con la Iglesia, si bien dentro de un Estado liberal, porque de otra forma no podría obtener la tan anhelada concordia. Podría afirmarse, a la luz de estas circunstancias, que había un bien mayor en juego.
Tan fue así que el deán de Michoacán, Lorenzo Olaciregui Herrera, citado por el padre Mariano Cuevas en el tomo quinto de su Historia de la Iglesia en México (1928), comparó los tiempos de los embates del jacobinismo y la masonería bajo el mando juarista con los del régimen de don Porfirio y dijo que las persecuciones sufridas en su juventud, cuando el zapoteca mantuvo el poder, “habían sido poda saludable para que con más bríos retoñase la Iglesia de Dios en México, hasta obtener esa florescencia y opimos [ricos] frutos que alcanzó en su respetable ancianidad”, ya que, según apuntaló, en vez de mil seiscientos presbíteros había cerca de cinco mil, treinta y seis obispos en lugar de cuatro, diecisiete seminarios en forma, incontables colegios, misiones entre fieles e infieles, órdenes religiosas y cultos de gran solemnidad, “como jamás se habían visto en nuestro suelo ni en los mejores días del tiempo colonial” (p. 420).
Detalle de la carta eclesiástica mexicana de 1885. Aunque no aparezca en el mapa –prueba de su dependencia respecto de Jiquilpan, que sí figura–, Sahuayo ya pertenecía desde entonces al Obispado de Zamora. Imagen editada por la autora.
Lo descrito en los párrafos previos dio sus correspondientes y más que profusos frutos en Sahuayo, que desde aquellos años adquirió fama, no del todo infundada, de pueblo de acérrimo catolicismo y, según el juicio de los más liberales –los jiquilpenses incluidos–, hasta de “mocho” y “fanático”, por nombrar algunos epítetos. Fue una etapa de genuino florecimiento y auge religioso. En los más de treinta años de Porfiriato, los siguientes sacerdotes regentearon la Parroquia de Santo Santiago Apóstol: Macario Saavedra (1874-1886), Esteban Zepeda (1886-1892) y Benigno Arregui (1892-1910). Fue durante la gestión como párroco de este último, a principios del siglo XX, cuando la imagen del Patrón Santiago se subió al nicho central del retablo principal. A los tres párrocos de tan prolongado intervalo hay que sumar a los numerosos presbíteros residentes en Sahuayo en el ocaso de la centuria decimonónica y los albores de la vigésima, “nunca menos de seis en la cabecera”, según Luis González y González (p. 125).
Además de la culminación del templo principal, el 12 de diciembre de 1881, Sahuayo fue testigo del principio de la edificación del hermoso Santuario guadalupano, en la ladera del cerro de Santiaguito –o Santiaguillo–. Las obras avanzaron notablemente gracias a la dirección del padre Bernabé Orozco, que junto con el padre Esteban Zepeda y don Bonifacio Alcaraz celebraron por primera vez el Sacrificio de la Misa aquella jornada, fiesta de la Morenita del Tepeyac. La iglesia dedicada al Sagrado Corazón de Jesús también inició en los primeros años del Porfiriato, en 1882, y trajo consigo la propagación de la devoción al Deífico Corazón y la piadosa práctica de los nueve viernes primeros del mes. Por último, la capilla de la Virgen de Lourdes –muy cercana a la Parroquia de Santiago– fue renovada.
Interior de la capilla dedicada a Nuestra Señora de Lourdes. La fotografía –mejorada por la autora–, que corresponde al año de 1944, se utiliza aquí con fines ilustrativos.
El ámbito educativo fue otro que desplegó. De la noche a la mañana, cuenta González, se pasó a tener seis planteles. Con fondos estatales se mantuvieron dos escuelas en las que, por cada año, se pagaban seis pesos y veintidós centavos. Por su parte, el obispo de Zamora, José María Cázares y Martínez, abrió escuelas denominadas asilos, en las cuales se instruía con el Silabario de San Miguel, el Libro Primero, el Libro Segundo, el Catecismo y El lector católico mexicano (p. 126).
En 1904, los sahuayenses vieron la instauración de un colegio marista, análogo al que los miembros de dicha congregación habían abierto un par de años antes en Jacona, Zamora, Uruapan y Cotija, que fue bautizado en honor de San Luis Gonzaga y que, en 1909, se instaló en un hermoso y amplio edificio de corte neoclásico, justo al lado del templo del Sagrado Corazón –donde actualmente es la casa social anexa a dicho recinto–, que muchos años antes había albergado el convento de las siervas del Sagrado Corazón de Jesús.
Colegio San Luis Gonzaga en Sahuayo y, a su lado, el templo del Sagrado Corazón en proceso de edificación. Imagen editada y mejorada por la autora.La casa social del Sagrado Corazón, antiguamente sede del colegio de San Luis Gonzaga en Sahuayo. Fotografía tomada de Mi Lindo Sahuayo.
No hay que olvidar, por último, el seminario auxiliar que se fundó en la villa, en el cual se enseñaba lo correspondiente al bachillerato: castellano, latín, matemáticas y un poco de filosofía. Allí impartieron clases algunos connotados sacerdotes del lugar: el ya mencionado Benigno Arregui, Felipe Villaseñor, Rosendo Sánchez, José Montes y los hermanos Alejandro y Luis Amezcua Calleja. El hecho de que no sólo los jóvenes locales acudieran a las aulas de aquel flamante plantel levítico, sino también muchos foráneos, dio como resultado un raudal de vocaciones y, posteriormente, de sacerdotes.
En Sahuayo, los últimos cuatro años de Porfiriato transcurrieron sin más turbulencia que la ocasionada por las luchas de los hacendados, que procuraban replicar el esquema empleado en Guaracha. En Sahuayo, sin ser porfiristas de hueso colorado, como reza la expresión coloquial, no se veía al ya dictador con malos ojos o, por lo menos, la aversión de algunos hacia él se contenía quizá por el hecho de que le gustaba sobremanera visitar el lago y gozar de sus beneficios. Allí, en la finca “El Manglar” –en Chapala–, propiedad de Lorenzo “Chato” Elízaga Retes, pasó las vacaciones de Semana Santa entre 1904 y 1909. Don Lorenzo, dicho sea de paso, no era cualquier personaje: era esposo de Sofía Romero Rubio y Castelló, hermana de doña Carmelita, la primera dama.
Hacienda «El Manglar», donde Don Porfirio pasó su asueto de Semana Santa por cinco años.
Y no sólo él: la ribera chapálica, incluyendo la cercana a Sahuayo, se erigió como centro vacacional predilecto de algunos personajes muy acaudalados y, claro, de varios políticos porfirianos destacados. Uno de ellos fue Manuel Cuesta Gallardo –futuro gobernador de Jalisco, tío paterno de Manuel Cuesta Moreno, quien asesinaría al diputado sahuayense Rafael Picazo Sánchez en 1931–, ingeniero y dueño de la Hacienda de Atequiza,desempeñó un papel determinante como socio de la Compañía Hidroeléctrica e Irrigadora de Chapala, “la Hidro” de Guadalajara, que posibilitó concretar el proyecto de construcción del dique de Maltaraña, a fin de desecar la Ciénega. En consecuencia, la posibilidad de pesca y de traslado de mercancías y personas entre Sahuayo y La Palma se vieron sumamente afectadas, con los inevitables conflictos que ello trajo consigo. Los pescadores y los canoeros, al igual que los socios de la comunidad indígena sahuayense, sufrieron considerable menoscabo.
Ingeniero Manuel Cuesta Gallardo (1873-1920), que junto con su hermano Joaquín efectuó e hizo factible la desecación del lago de Chapala, con el daño que ello trajo consigo. Imagen mejorada por la autora.
En 1910, el Porfiriato se vino abajo irrevocable y estrepitosamente. El presidente casi octogenario aceptó reelegirse por séptima y última vez. Mientras que en el resto de la nación la atmósfera política y social, de por sí caldeada, amenazaba con su inminente e ineludible explosión, en la comarca de Sahuayo no se suscitaron conatos ni brotes de apoyo a la revolución iniciada por Madero. Si bien los habitantes de San Martín Totolán –en el municipio de Jiquilpan– aprovecharon la coyuntura para que Guaracha les devolviera sus tierras, el único levantamiento contra don Porfirio tuvo lugar en Zamora.
Ya en 1911, tras la renuncia del estadista y su destierro rumbo a París, la situación se mantuvo casi igual. Las angustias de los sahuayenses, lejos de deberse a los acontecimientos políticos, fueron causadas más bien por el “temblor maderista”, el 7 de junio, que derribó la única torre del templo de Santo Santiago dejando tras de sí una densa polvareda. Justo aquel día –de allí el mote dado al sismo–, el triunfante caudillo de Parras de la Fuente entró a la Ciudad de México.
En 1912, más que por las eventualidades de la fugaz presidencia del antiguo creador del Partido Antirreeleccionista, las insurrecciones zapatistas y orozquistas, el nuevo Congreso y el surgimiento del efímero Partido Católico Nacional (PCN), entre otros sucesos, las mentes de los pobladores de la villa que conservaba el apellido del hombre que partió en el vapor “Ypiranga” estuvieron ocupadas por las precipitaciones tempestuosas, el crecimiento del lago de Chapala, el desbordamiento de sus aguas al romperse el bordo de contención hecho en 1896 y el anegamiento de la ciénega y de las zonas hondas de Guaracha (González, 1979, p. 143), así como la erupción del volcán de Colima en enero de 1913.
Titular de El Imparcial, diario capitalino, que habla de los grandes estragos causados por el gran temblor del 7 de junio de 1911. En Sahuayo, el más recordado fue la caída de la torre de la Parroquia de Santo Santiago Apóstol.
Con todo, no fue sino hasta ya entrado 1913 cuando Sahuayo se vio inmerso, de manera irremisible, en el polvorín revolucionario. Después de diversas incursiones de sendos cabecillas –una significativa parte de ellos, por no decir la inmensa mayoría, caracterizados por su ojeriza al catolicismo y al clero– en poblados aledaños o en la extensión del distrito, en junio de 1914, el tlajomulquense Eugenio Zúñiga hizo gala de crueldad tras haber irrumpido en Sahuayo y en Jiquilpan. Los pormenores del hecho pueden leerse en otra entrada de esta revista.
En ese punto, cuando el Porfiriato se transmutó sin remedio en una remembranza acreedora de aborrecimiento y desprecio, dejamos esta historia.
Como último dato, Sahuayo de Díaz conservaría su apellido hasta 1967, cuando el apellido del general José de la Cruz Porfirio fue reemplazado con el del celebérrimo sacerdote y caudillo insurgente vallisoletano, José María Morelos, tal como continúa hasta nuestros días. Para el momento del cambio, desde 1952, ya ostentaba el rango de “Ciudad”.
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Prado Sánchez, P. (1976). Sahuayo: Tradiciones y Leyendas. Edición del autor: Sahuayo.
Sánchez, R. (1896). Bosquejo estadístico e histórico del distrito de Jiquilpan de Juárez. Morelia: Porfirio Díaz. Ramírez-Sánchez, R. (2017). Cambios y continuidades de una vecindad contenciosa en la región Ciénega de Chapala, Michoacán. Quivera Revista De Estudios Territoriales
El padre Jesús Rojas Gil, originario de Sahuayo, (hijo de don Demetrio Rojas y de doña Rafaela Gil) fue notificado el 22 de enero de 1930 que debía abandonar la Vicaría de La Palma de Jesús.
Había llegado en los primeros días de 1922 en su primera etapa y más productiva como sacerdote a esta hacienda. Trazó las calles, introdujo la luz eléctrica en La Palma, comenzó con la construcción de la Plaza y en 1924 por influencia de él y de su amigo, el Lic. Aurelio Gómez Padilla, se hace Tenencia La Palma del municipio de Sahuayo; remodela toda la capilla, el altar, compra las imágenes y bautiza al pueblo como “La Palma de Jesús” al consagrar la comunidad, al Sagrado Corazón de Jesús. Y también el Divino Rostro, de ser solo una piedra, lo enmarca como lo conocemos hoy. Pudo la cruz en el cerro del copito y abrió la calle que va hacia aquel lugar santo. Pero se separó de la Vicaría apenas iniciado el conflicto cristero, en agosto de 1926.
El padre Marcos Vega Ceja, su sustituto, le tocó llegar en septiembre de 1926 cuando se había suspendido el culto por la guerra; vivía a salto de mata en el cerro y celebraba en casas como la de mi tía Aurora Zepeda, o con doña Emilia Mora, ya en la casa de mi bisabuelo (primo hermano del padre Vega) Rodrigo Montes, ya con Manuel Zapién, otras veces con Eligio Castellanos, y así vivió y trabajó en casas distintas para bautizar o casar, confesar y dar la comunión. La capilla de 1926 a 1929 estuvo habilitada como cuadra y cuartel. El padre Vega estaba acostumbrado a andar a salto de mata, pues había sido maderista en la revolución y contaba con apoyo de José Vega, su hermano, de mi tío Francisco Montes Zepeda y de Chema Castellanos, que siempre andaban con él, cuidándolo, bien armados.
En enero de 1929 volvió el Padre Rojas y, cuando se arregló el conflicto del estado y la iglesia, encontramos en la correspondencia del padre, que le pusieron miles de trabas para entregar la capilla de La Palma. Hay correspondencia de la mitra y del padre Rojas donde ambos apelaron a la intervención del diputado Rafael Picazo para mediar con el gobierno y devolvieran la capilla.
Pero a mediados de enero de 1930 todavía no se entregaba el inmueble; con tristeza, el padre rojas expresa que «no hay culto en La Palma debido a que tampoco puede celebrar en lugares públicos por los arreglos de junio de 1929″.
Pero el 22 de enero le llegó un carta al padre Rojas de su prelado diciéndole: “ Envío a usted con la presente, el nombramiento de Párroco de Ziracuaretiro…(sic), el cura don Francisco Amezcua tiene necesidad de salir pronto para su nueva Parroquia de Tacatzcuaro; de manera que sería conveniente que recibiera usted su primera parroquia el día 31. Recomiendo a usted evite prudentemente cualquier agitación en ese pueblo en ocasión de su salida y aún el envío de ocursos y peticiones a esta superioridad, ya que su cambio obedece a la necesidad de atender a los fieles de una Parroquia”.
Tristemente para La Palma, su vicario y capellán don Jesús Rojas, tuvo que aceptar el nombramiento, pero el mismo día 22 de enero cuando contestaba y refería que: “Si al señor le agradara que yo fuera registrado podría quedar en La Palma y se regocijaría este pueblo con el culto público…”
Jesús Rojas en 1923 en el recién remodelado atrio de la Capilla de la Hacienda de La Palma.
Pero no le fue aceptada tal petición y para el día 26 de enero se encontraba en su casa en Sahuayo en Constitución No. 7, y escribía al Vicario General don Luis García haciéndole algunas recomendaciones para que su querida Palma no sufriera por la falta de Vicario. Todavía el padre Rojas hacía un acomodo, pues pedía se fuera el capellán del Sagrado Corazón de Sahuayo don Melesio R. Espinoza, y si no fuera posible, menciona: “el Padre Arregui que es padrino y amigo del diputado Rafael Picazo, conseguirán que celebren y oficien públicamente el Padre José Sánchez a quién ayudará en la medida que pueda el Padre Castillo. Examine V.S. lo propuesto y si le parece bien propóngalo a su Ilmo. Sr”.
Para el 31 de enero el padre Rojas tomaba posesión de su primera parroquia en Ziracuaretiro donde también, como en La Palma, dejaría una huella imborrable. Pero en La Palma la gente amargamente lloraba la salida de Rojas, cuando supieron que ese mismo día habían nombrado al Padre Francisco Castillo como Vicario Fijo…pero todavía en el mes de marzo de 1930 no se presentaba. Hasta que en Mayo aparece nuevamente como Vicario el Padre don Marcos Vega Ceja para cubrir un largo periodo.
(DOCUMENTOS y cartas del Archivo de la Diócesis de Zamora, carpetas referentes a la Parroquia de La Palma) Publicado en TRIBUNA el año de 2005, corregido y aumentado 2024, Fotografías del Archivo Histórico Particular FGM, todos los derechos reservados Francisco Gabriel Montes.
Prohibido la reproducción total o parcial del contenido y fotos.
Generalidades históricas del Porfiriato en la actual Capital de la Ciénega(I)
Lic. Helena Judith López Alcaraz
Durante el Porfiriato, al igual que muchas otras ciudades y poblaciones en México, Sahuayo experimentó un período de transformación y desarrollo y fue testigo y partícipe de la modernización impulsada por el gobierno de Porfirio Díaz, especialmente en los ámbitos demográfico y financiero. A continuación, abordaremos las generalidades de estas transformaciones. Dos de ellas, inclusive, tuvieron que ver con los aspectos político y toponímico. Por motivos de extensión, y para no cansar al lector, hemos determinado dividir el texto en dos entregas.
Fotomontaje alusivo al título de esta entrada, elaborado por la autora. En el centro, el general Porfirio Díaz; al fondo, el templo parroquial del pueblo que, al convertirse en Villa, tomaría su apellido.
La Guerra de los religioneros, en la que un grupo de sahuayenses tuvo una participación destacada, y el mismo pueblo fue escenario de los primeros polvorines oficiales de dicho conflicto bélico, tocó a su fin en 1876, con el triunfo del Plan de Tuxtepec y la rebelión homónima. Los militares Francisco Navarro y Herculano Ortega, sahuayenses, y el prefecto de Jiquilpan, Cayetano Macías, brindaron su apoyo al paladín que encabezaba la asonada, el oaxaqueño Porfirio Díaz Mori (1830-1915), que se alzó victorioso al derrotar a Lerdo de Tejada.
De este modo, Díaz subió al poder con el procedimiento ya habitual, a la sazón, en México: el golpe de Estado. Asumió la presidencia del país en forma interina entre el 28 de noviembre de 1876 y el 6 de diciembre de 1876, y por segunda vez del 17 de febrero de 1877 al 5 de mayo de 1877. Por fin, al menos la primera ocasión, ejerció el cargo en forma constitucional del 5 de mayo de 1877 al 30 de noviembre de 1880.
La paz volvió poco a poco a Michoacán, entidad que descolló en la Cristiada decimonónica, y eventualmente, también, al resto del país. En lo que respecta a Sahuayo, José Prado Sánchez refiere que, cuando Don Porfirio tomó posesión como primer mandatario, la futura Atenas michoacana ya había adquirido cierta forma de pueblo.
Leamos como lo describe él:
“[…] el templo había sido reconstruido y constaba de una nave de bóveda, al frente un gran atrio con una cruz frente al templo en un pedestal de piedra; ese atrio servía de camposanto y al norte y al sur anchos portones que daban acceso al atrio y al mismo tiempo servía de tránsito entre uno y otro extremo del pueblo. En ese tiempo fue designado párroco del pueblo el Sr. Cura (Macario) Saavedra, quien inició la reconstrucción del templo y, en el año de 1881, se terminaron los trabajos quedando una construcción magnífica” (1976, p. 15).
Templo de Santo Santiago Apóstol en Sahuayo, con su única torre. Fotografía mejorada por la autora.
Este autor añade que, para los aproximadamente ocho millares de habitantes que tenía la cabecera municipal en ese año, el templo era de gran tamaño, y poseía una enorme cúpula. Pero su rasgo más sobresaliente era la torre estilo minarete, de gran altura y esbeltez, cuya caída en 1911, a raíz de un poderoso sismo, le valdría a la localidad el mote “Sahuayo Torres Mochas”.
Luis González y González explica que el Porfiriato en Michoacán fue implantado por los siguientes gobernadores: Manuel González Flores –sucesor de Díaz en 1880–, Bruno Patiño, Octaviano Fernández, Prudencio Dorantes, Mariano Jiménez y Aristeo Mercado. Los tres primeros, con el apoyo cardinal de “rondas” y “acordadas”, dieron buena cuenta de los cabecillas que quedaban en pie de lucha o asolaban aquellas zonas (1997, p. 117). No era sino hacer eco a la táctica empleada por el primer mandatario, la de los famosos rurales, que si bien no era de la autoría de aquél, sí fue una de sus principales estrategias para pacificar el país y mantener el orden. Su misión era la defensa de zonas rurales en México, principalmente en lo tocante a la protección de diligencias y caravanas de ataques de bandoleros. Originalmente, el Cuerpo de Policía Rurales se compuso sobre la base de ex convictos, quienes por su experiencia y conocimiento de los grupos de delincuentes y de sus procedimientos pudieron reducir dramáticamente la inseguridad en los caminos y zonas campestres. Luego, por supuesto, se procedió a filtros más rigurosos para la selección de su personal.
General Manuel González Flores (1833-1893), primer gobernador porfirista de Michoacán. Fotografía mejorada por la autora.
Los tres últimos gobernadores del Porfiriato de Michoacán –véase el listado unos párrafos más arriba–, por su parte, condujeron a la entidad, sin prisas ni fanatismo, por la ruta de una prosperidad principalmente ferroviaria: ferrocarriles México-Morelia desde 1883; Morelia-Pátzcuaro desde 1886; Maravatío-Zitácuaro desde 1897; Yurécuaro-Zamora desde 1899, y hasta Los Reyes desde 1902; Pátzcuaro-Uruapan desde 1899, y algunos ramales como el de Angangueo, en distintas fechas (González, 1979, p. 117).
En lo que concierne al ámbito demográfico, el municipio de Sahuayo creció a pasos agigantados durante el mandato cuyo lema fue “Orden y progreso”. Prueba de ello fue que la población sahuayense pasó de 12326 habitantes en 1873 a 16689 en 1888, 18878 en 1895 y a veinte mil en 1900. La cabecera, por su parte, cambió de 5688 habitantes en 1873, a 7199 en 1895 y a los once mil a finales del Porfiriato. Así lo especifica Luis González y González citando a Antonio García Cubas, historiador, cartógrafo, geógrafo y escritor capitalino, considerado el padre de la estadística en México; y también lo confirman Ramón Sánchez (1896) en su Bosquejo estadístico e histórico del distrito de Jiquilpan de Juárez (p. 28) y Crecencio García Abarca en “Noticias históricas, geográficas y estadísticas del distrito de Jiquilpan” en el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, primer volumen, página 493 (1873, citado en González, 1979).
Sin embargo, a pesar de tal crecimiento demográfico, la superficie municipal disminuyó. Una ley del 7 de diciembre de 1877 le restó a Sahuayo, para sumárselos a Jiquilpan, los siguientes sitios: la Hacienda del Sabino, Las Fuentes, los Corrales, el potrero de la Calera, Estancia del Cerrito, Guayabo, Ojo de Rana, Arena, Puerta de los Tábanos y Palo Dulce. En 1879 se volvió a lo de antes por un brevísimo intervalo de dos meses. El decreto de 16 de diciembre de 1879, por último le dejó a Sahuayo la Arena, Guayabo, Palo Dulce y Sabino, Tábanos, Cerrito, Fuentes, Corrales y Ojo de Rana.
Luis González, no sin fundamento, considera que, de no haber sido por las mermas de territorio que acabamos de describir, el municipio sahuayense habría doblado su población a semejanza de su cabecera. No obstante, es preciso acortar que el aumento poblacional porfiriano en los lares sahuayenses no se debió precisamente a la salud pública –de eso hablaremos en seguida–, sino al dinamismo y auge económicos que experimentó la población.
El mismo autor señala que Sahuayo enfrentó continuas enfermedades letales y endémicas. Los rudimentarios avances médicos de la época poco o nada pudieron contra las fiebres primaverales ni la diarrea al comienzo de las lluvias estivales, ni tampoco el paludismo, que fue terrible en 1889, año en que se desbordaron las aguas chapálicas. A ello hubo que sumar el tifo, constante en la localidad, y dos epidemias que dejaron huella indeleble en la memoria sahuayense: el mal de San Vito (1871-1872) y la fiebre efímera (1887). Esta última causó el deceso de tres mil personas en un lapso de tres días.
Portada de la edición de El Siglo Diez y Nueve en el que se hizo mención del mal de San Visto en Sahuayo.Pequeño espacio, en el periódico El Siglo Diez y Nueve (tomo 54, número 9977, página 3), en el que se habla de la magnitud de los estragos provocados por el mal de San Vito en Sahuayo. Arriba, la portada de la edición. Resaltado por la autora.
Ahora bien, a pesar de haber perdido territorio y de que sus habitantes sufrieran tantas patologías, Sahuayo vio elevado su rango. Una ley fechada el 13 de abril de 1891 lo elevó a la categoría de villa y le puso el apellido del presidente que, para aquel entonces, ya se había reelegido en dos ocasiones. La población cuya principal parroquia estaba –y está– dedicada al primer Apóstol mártir, y que dos centurias antes había llevado su nombre –“Santiago Tzaguaio”–, pasó a llamarse “Sahuayo de Díaz”. La cabecera municipal de Jiquilpan, en contraste, sí fue designada como ciudad, apenas tres días después, y adquirió el apellido del gran rival político del presidente Díaz: Juárez.
En lo que concierne a Jiquilpan, la rivalidad que hasta la fecha existe entre ambas localidades, aunque tan cercanas una de la otra, se agudizó durante el Porfiriato. Tal es el planteamiento, sólidamente fundamentado, de Ramírez Sánchez (2017). Dicho autor refiere que en ello intervinieron factores sentimentales, pleitos por tierras, injerencia de las autoridades jiquilpenses en Sahuayo, altercados entre las élites por la hegemonía política del distrito e, inclusive, la renuencia de los sahuayenses de subordinarse política, administrativa y religiosamente a Jiquilpan (p. 65). En este último rubro, Sahuayo dependía de su antagonista al sur, y así sería hasta 1940. Para los habitantes de Jiquilpan, en contraparte, resultaba denigrante que Sahuayo, un poblado más pequeño y supeditado a ellos, se perfilara y cimentara como líder del crecimiento económico y demográfico de aquella región.
En cuanto a las comunicaciones, Sahuayo de Díaz se vio enriquecido, en el mismo año en que cambió de apellido, con el servicio telegráfico. Al año siguiente, 1892, se consumó la obra del puente de cal y canto sobre el río. Los caminos de tierra se tornaron transitables casi todo el año. No fue de extrañar que todo esto, aunado al vertiginoso auge financiero que, en opinión de Ramón Sánchez (citado en González, 1979, p. 120), se debió a la afición de los comerciantes locales de vender mercancía con profusión, permitiera que Sahuayo se transformara en el núcleo mercantil preponderante de la región de la Ciénega a cincuenta kilómetros a la redonda.
La agricultura fue otra actividad que propició el acelerado desarrollo de Sahuayo durante el Porfiriato –aunque Jiquilpan no se quedaría atrás–, dada su cercanía con el lago de Chapala. Tan es así que, junto con su rival, desplazó a Cotija en dicho ámbito. Durante este periodo, la hacienda de Guaracha se convirtió en un centro productor importante en la organización social y territorial, con enérgicos vínculos de poder y dominio que son, y han sido, materia para prolijos artículos aparte.
Dibujo ilustrativo de la Ciénega de Chapala. Llama la atención un detalle: que la Parroquia de Sahuayo tenga dos torres (lo cual pasó hasta la década de 1930) en lugar de una. Imagen tomada del primer número de la revista cultural «Sahuayo, historia desde su gente», correspondiente al trimestre enero-marzo de 2021.
Es importante subrayar que, a pesar de que Jiquilpan se situaba –y hasta hoy– más cerca de Villamar, la actividad de la hacienda de Guaracha favoreció más a Sahuayo (Ramírez-Sánchez, 2017, p. 64), lo cual, como es natural, contribuyó a acentuar la competencia y antipatía entre ambas localidades y municipios. Esto se debió a que los ganaderos jiquilpenses se vieron restringidos por la alta producción de la hacienda limítrofe, en el municipio de Villamar, mientras que los rancheros y acaudalados sahuayenses no tuvieron dificultades ni obstáculos para ensancharse hacia el occidente, a los antiguos territorios de la hacienda de Cojumatlán. Así, Sahuayo de Díaz se coronó como el centro y sede del comercio, en “concesionario mercantil” de la Ciénega (p. 65), como camino incipiente para, un día lejano, granjearse ser considerada su capital. Era el comienzo de una carrera que ya no habría de detenerse. La ganadería pronto adquirió valiosa relevancia.
Detalle de la Ciénega de Chapala en 1892. Del acervo de Pablo Hermosillo Villalobos.
En la próxima parte, la segunda y última, hablaremos de otros ámbitos en los que Sahuayo sufrió modificaciones considerables, tanto para bien como para mal, hasta alcanzar el instante en que el Porfiriato se hizo añicos.
Bibliografía
Cuevas, M. (1928). Historia de la Iglesia en México. El Paso: La Revista Católica.
González y González, L. (1979). Sahuayo. México: El Colegio de México.
Prado Sánchez, P. (1976). Sahuayo: Tradiciones y Leyendas. Edición del autor: Sahuayo.
Sánchez, R. (1896). Bosquejo estadístico e histórico del distrito de Jiquilpan de Juárez. Morelia: Porfirio Díaz.
Ramírez-Sánchez, R. (2017). Cambios y continuidades de una vecindad contenciosa en la región Ciénega de Chapala, Michoacán. Quivera Revista De Estudios Territoriales, 19(2), 59-79. Consultado de https://quivera.uaemex.mx/article/view/9752