“Muero con honor, no como un traidor” (II)

Bicentenario de la muerte de don Agustín de Iturbide, Libertador y consumador de la independencia de México. Segunda y última parte

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Don Agustín de Iturbide y Arámburu (1783-1824) interpretado por Rubén Zamora Equert en el documental de Clío Héroes de Carne y Hueso. Iturbide: Sueño Imperial.

En la anterior entrada, además de un breve preludio, hablamos de cómo fue el retorno de Agustín de Iturbide a tierras mexicanas, de su desconocimiento del terrible decreto de proscripción que pesaba en su contra y de cómo, una vez habiéndose enterado, tuvo aún la buena fe de creer que el Congreso de Tamaulipas –formado por sus enemigos jurados– lo escucharía y tomaría en cuenta, si no sus méritos para con la Patria a la que dio libertad e independencia, sus auténticas razones para volver. Ya vimos que, contrario a lo que él creía, ni siquiera le permitieron contar con un abogado defensor. En efecto: le negaron lo que no se le veda ni al peor de los delincuentes. Los políticos que se habían hecho con el poder en México, y los masones, lo querían muerto, y así sería.

En el presente texto leeremos cómo concluyó aquel nefando proceder y cuáles fueron sus consecuencias para la posteridad.

Tanto terror y prisa tuvieron aquellos políticos, que llegaron al extremo de apenas conceder el mínimo de tiempo al reo para recibir los auxilios de la religión católica. Iturbide pidió poder escuchar Misa y comulgar, pero no se le permitió. Solicitó que viniese su confesor para absolverlo; tampoco en ello consintieron. Al final tuvo que confesarse con un sacerdote del mismo Congreso que lo condenó, José Antonio Gutiérrez de Lara. Quiso emitir su última voluntad; no le hicieron caso alguno, ni pudo exponerla.

Llama la atención un pormenor: originalmente, los verdugos del Congreso habían planteado que el género de muerte que sufriría Iturbide fuera la decapitación. Pero al final optaron por el fusilamiento. Hasta ahora se desconoce el motivo.

Ya cerca del instante supremo, Iturbide escribió una carta a su esposa, donde la llamó con afecto “santa mujer de mi alma”, le notificó su destino y le dejó su última voluntad y testamento:

La legislatura va a cometer en mi persona el crimen más injustificado: acaban de notificarme la sentencia de muerte por el decreto de proscripción; Dios sabe lo que hace y con resignación cristiana me someto a su sagrada voluntad. Dentro de pocos momentos habré dejado de existir […]”.

Para cuando ella leyó esos enunciados, éstos ya se habían cumplido.

[…] y quiero dejarte en estos renglones para ti y para mis hijos todos mis pensamientos, todos mis afectos. Cuando des a mis hijos el último adiós de su padre, les dirás que muero buscando el bien de mi adorada patria, y, huyendo del suelo que nos vio nacer, y donde nos unimos, busca una tierra no proscrita donde puedas educar a nuestros hijos en la religión que profesaron nuestros padres, que es la verdadera.

El señor Lara queda encargado de poner en manos de mi sobrino Ramón para que lo recibas, mi reloj y mi rosario, única herencia que constituye este sangriento recuerdo de tu infortunado. Agustín”.

Las últimas horas de Iturbide transcurrieron entre su preparación religiosa para el instante supremo de partir a la Eternidad y la escritura de la carta que citamos. Poco antes de las seis de la tarde de aquella funesta jornada, Agustín de Iturbide fue sacado a la plaza principal de Padilla. Antes de caminar hacia el sitio de su muerte, dijo a los soldados que lo matarían:

Litografía que recrea la muerte de Agustín de Iturbide. Dejando de lado que éste, a diferencia de como fue en realidad, no está atado ni tiene los ojos vendados, llama la atención la expresión en su rostro.

—A ver, muchachos, daré al mundo la última vista.

Y oteó por ocasión postrera aquella porción de la misma tierra a la que dio libertad e independencia, que pronto habría de ser regada con su sangre y que, más de un siglo después y hasta nuestros días, sería cubierta por las aguas de una presa destinada a borrar de la memoria hasta el sitio donde moriría, víctima de una legislación cruel e injusta.

A continuación preguntó cuál era el lugar del fusilamiento y con paso sereno camino hacia el muro que serviría como paredón.

Al principio quiso rehusarse a que lo ataran, pero cedió cuando le dijeron que era necesario. No se resistió. Incluso, aun contra su voluntad inicial, también aceptó que le vendaran los ojos –algunos relatos, incluyendo el de Olavarría y Ferrari, cuentan que él mismo lo hizo–.

Iturbide encargó que se repartieran entre los soldados las onzas de oro que llevaba en sus bolsillos. Luego, con voz serena y fuerte, “que se oyó en cada ángulo de la plaza”, como se narraría luego, pronunció su último discurso, su legado postrimero:

—Mexicanos: en el acto mismo de mi muerte os recomiendo el amor a la patria y observancia de nuestra santa religión; ella es quien os ha de conducir a la gloria. Muero por haber venido a ayudaros, y muero gustoso porque muero entre vosotros. Muero con honor, no como un traidor; no quedará a mis hijos y a su posteridad esta mancha; no soy traidor, no. Guardad subordinación y prestad obediencia vuestros jefes, que haciendo lo que ellos mandan es cumplir con Dios; no digo esto lleno de vanidad, porque estoy muy distante de tenerla.

Iturbide, ya vendado, en el momento de pronunciar sus últimas palabras. Fotograma del documental ya mencionado, mejorado por la autora.

Las negritas, por supuesto, son nuestras.

Entregó su reloj y su rosario para que el sacerdote Gutiérrez de Lara los remitiera a su esposa Ana María. Tal fue su única herencia material. El presbítero retiró la camándula de su cuello y sacó el reloj de su bolsillo. El reo ya no podía hacer uso de sus manos.

Luego, ya de hinojos, Agustín de Iturbide rezó el Credo. Por fin, justo antes de la descarga, perdonó a sus enemigos. A la voz de Gordiano del Castillo, jefe del pelotón, fueron cargados los fusiles y elevados hacia él, sonó la descarga, surgieron las balas y la pólvora… y saltó y fluyó la sangre de quien, hacía casi tres años, había independizado México sin derramar la de otros, a través de una brillante y meteórica actuación diplomática que dio como fruto el Plan de Las Tres Garantías, los Tratados de Córdoba, el ingreso victorioso del Ejército Trigarante a la que alguna vez fue capital de la Nueva España y, al día posterior, la anhelada Acta de Independencia.

Leamos cómo lo describió el padre Gutiérrez de Lara, testigo ocular crucial de tan trágica escena:

Vi su cuerpo despedazado en un momento por el trueno de las balas que recibió de frente puesto de rodillas. Vi correr su sangre, regando la tierra que antes había liberado” (citado en Martínez del Campo Rangel, 2010, p. 243).

Tal fue el resultado de aquel decreto ad terrorem.

Cadáver de Dn. Agustín de Iturbide, tirado en la plaza de Padilla. Fotograma del documental Héroes de Carne y Hueso. Iturbide: Sueño Imperial.

Una sensación de pesadumbre embargó a los presentes. El Libertador de México, consumador de nuestra independencia, con cuarenta años de edad, estaba muerto y yacía en un charco encarnado. Tres de las seis balas que le dispararon dieron en el blanco, específicamente en la parte izquierda de la frente –la que lo mató–, otra en el costado izquierdo, entre la tercera y cuarta costillas; y la tercera en el lado derecho del rostro, junto a la nariz.

Al cabo de unas horas de la ejecución, la gente del lugar recogió sus restos ensangrentados y lo amortajó con el hábito de San Francisco, trasladándolo a la humilde iglesia del lugar, dedicada a San Antonio de Padua y desprovista de techo, para velarlo durante la noche entera, a la luz de cuatro cirios. Entre su faja y su camisa fueron hallados unos papeles, manchados con el fluido vital: su Manifiesto, al que aludimos al comienzo de esta entrada.

Restos de la iglesia de San Antonio de Padua en Viejo Padilla, donde fue velado el cuerpo exánime de Agustín de Iturbide y donde tuvieron lugar su Misa exequial y su inhumación. Instantánea mejorada por la autora.

Al siguiente día se ofició la Misa exequial, a la que asistieron las personas del pueblo, los soldados del pelotón y –curiosas ironías de la vida– los diputados del Congreso que lo sentenció a un desenlace tan inicuo e inmerecido. El presbítero José Miguel de la Garza García, que había votado a favor de la pena capital, fue el celebrante. Felipe de la Garza costeó los gastos de las honras fúnebres.

El cadáver fue sepultado en el mismo templecito. Permaneció en ese apartado y oscuro sitio hasta que en 1838, bajo la presidencia del jiquilpense Anastasio Bustamante y Oseguera (1780-1853), sus restos fueron trasladados a la Ciudad de México y se inhumaron con honores en la capilla de San Felipe de Jesús en la Catedral Metropolitana, donde reposan hasta nuestros días.

Traslado de los restos mortales del Libertador de México a la Catedral Metropolitana, donde algún día se celebró el solemne Te Deum para dar gracias a Dios por la independencia, en septiembre de 1821.

En 1921, en pleno centenario de la consumación de la Independencia, los áureos caracteres que formaban el nombre de Iturbide fueron arrancados del Muro de Honor de la Cámara de Diputados, heredera de aquel Congreso que lo había condenado a la muerte, al oprobio y a la animadversión de la posteridad. En 1943, el presidente Manuel Ávila Camacho mandó mutilar el Himno Nacional para eliminar los versos que hablan del antiguo emperador, otrora héroe nacional, convertido en uno de los peores villanos de la Historia de México por la masonería. Hasta la fecha, con base en lo expresado en la ley vigente (Artículo 191 y Artículo 192 del Código Penal Federal), está prohibido cantar públicamente lo siguiente, que no es sino justicia histórica:

Tumba de don Agustín de Iturbide en la capilla dedicada al Protomártir Mexicano en la Catedral de la Ciudad de México. Fotografía de Excélsior.

Si a la lid contra hueste enemiga

nos convoca la trompa guerrera,

de Iturbide la sacra bandera

¡Mexicanos!, valientes seguid.

Y a los fieros bridones les sirvan

las vencidas hazañas de alfombra;

los laureles del triunfo den sombra

a la frente del bravo Adalid.

El potosino Francisco González Bocanegra sabía bien, mucho mejor que incontables conciudadanos de nuestro tiempo, que don Agustín fue autor de nuestra bandera tricolor y que, independientemente de sus errores y sombras –porque los tuvo, como todos los personajes históricos–, fue líder indiscutible de la Nación Mexicana en un momento álgido, y debemos estarle agradecidos por habernos dado patria, libertad, lábaro e independencia. El mismísimo Justo Sierra Méndez (1848-1912), pieza cardinal del Porfiriato y fundador de la actual Universidad Nacional Autónoma de México, netamente liberal, admitía que tanto durante su triunfo en 1821 como al ser designado –no autonombrado– emperador, “Iturbide aparecía más que nunca ante las multitudes como un guía y como un faro: era el orgullo nacional hecho carne”. Así lo dijo en su libro Evolución política del pueblo mexicano.

En 1970, Padilla –hoy Viejo Padilla– desapareció del mapa mexicano para abrir paso a la presa “Vicente Guerrero”. Bajos sus aguas quedó un antiguo monumento colocado en el lugar donde Iturbide fue fusilado, que indica tanto la fecha como la hora en que aconteció. El 17 de septiembre de 1971, por su parte, el entonces presidente Luis Echeverría Álvarez, mediante un decreto, ordenó al Congreso declarar a Guerrero como el verdadero y único consumador de la independencia de México. A Iturbide, de acuerdo con el documento del primer mandatario, ya no se le atribuiría jamás semejante hazaña. Así, por decreto, inveterada costumbre nacional. ¿No fue acaso otro el que, fungiendo al mismo tiempo como irrevocable sentencia ipso facto, segó la existencia terrenal del gran jefe del Ejército de las Tres Garantías?

Don Agustín de Iturbide, montado en soberbio corcel, sostiene la bandera tricolor. Cuadro pintado por el P. Gonzalo Carrasco Espinosa (1859-1936), pintor y jesuita mexiquense oriundo de Otumbo.

Hoy, a dos siglos de su alevoso e indigno asesinato, la bandera con los colores que él eligió para simbolizar la religión, la unión y la independencia no será izada a media asta en son luctuoso, como sí se hace con otros hombres destacados de la historiografía oficial que, a pesar de sus crímenes, sí merecen el calificativo de “héroes nacionales” y que se les venere con unción, lealtad y agradecimiento. El 27 de septiembre próximo, a semejanza de cada año, no habrá celebración para conmemorar la jornada que Carlos María de Bustamante, aunque fue enemigo de Iturbide, y que se empeñó en afirmar una y otra vez –como tantos– que éste volvió para recobrar el trono, llamó “el día más feliz de nuestra historia”, y con él incontables personas que compartieron ese sentir. Mucho menos –nada a lo que no estemos acostumbrados, desde luego– su nombre formará parte de la lista de próceres a los que se lanzan estentóreos y exaltados vivas.

Manifiesto al mundo de Agustín de Iturbide, escrito durante su destierro en Liorna, Italia, y que fue hallado luego de su muerte, manchado de sangre.

“¿Qué aberración tan monstruosa, sólo vista en Méjico [respetamos la grafía]” expresa don Alfonso Junco en su libro Un siglo de Méjico: De Hidalgo a Carranza (1946) “loar la libertad y maldecir al libertador, glorificar la obra y desdeñar al obrero, tomar el don y escarnecer al que lo da? […] Para honrar a Iturbide bastan dos cosas: saber historia y ser justiciero” (pp. 124-125). No fue ningún santo, pero ¿quién entre los que son considerados los grandes próceres y prohombres de nuestro país lo fue?

No obstante, a pesar de tanta ingratitud, la verdad siempre prevalece, y tarde o temprano saldrá a la luz con tal pujanza que ni las tergiversaciones ni la falsedad serán capaces de opacarla. Entre tanto, recordemos y profiramos aquellas bellas y acertadas palabras del poeta tepicense, Amado Nervo, dirigidas al Libertador:

Agustín I de México. Abajo, la rúbrica que usaba en sus documentos. Imagen del Archivo General de la Nación.

“¡Capitán inmortal, tu eco de guerra

en nuestros patrios montes aún retumba!

Para borrar tu huella de la tierra,

no basta, no, la losa de una tumba.

La muerte… ¿Qué es la muerte ante la gloria

que envuelve tu recuerdo en sus fulgores?

¿Quién borrará tu nombre de la Historia

sin borrar de tu enseña los colores?”

¡Viva Agustín de Iturbide!

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Bibliografía y material audiovisual:

Clío (2010). Héroes de Carne y Hueso. Iturbide: Sueño imperial. Partes I y II. https://www.youtube.com/watch?v=NcZ7TI5W8t0

Junco, A. (1946). Un siglo de Méjico: De Hidalgo a Carranza. México: Ediciones Botas.

Martínez del Campo Rangel, S. (2010). El juicio de Agustín de Iturbide. https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/6/2918/14.pdf

Olavarría y Ferrari, E. (1883). El cadalso de Padilla. (Memorias de un criollo) 1821-1824. Filomeno Mata. México: Colección Siglo XIX Mexicano.

“Muero con honor, no como un traidor” (I)

Bicentenario de la muerte de don Agustín de Iturbide, Libertador y consumador de la independencia de México. Primera parte

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Don Agustín de Iturbide y Arámburu (1783-1824), Padre de la Patria Mexicana, Libertador y primer emperador de nuestro país, pasado por las armas el 19 de julio de 1824. Al fondo, la bandera de las Tres Garantías, de su creación. Ilustración editada por la autora.

En una fecha como esta, hace ya doscientos años, en el ya desaparecido pueblo de Padilla, Tamaulipas, murió el Padre de la Patria Mexicana, don Agustín de Iturbide y Arámburu, oriundo de Valladolid, Nueva España. Pero no falleció de muerte natural, ni en heroico combate. No: fue deshonrosa e infamemente asesinado con una descarga de fusilería, con premura, al caer la tarde, mientras el ocaso arrebolado hacía eco a la tragedia. Un día como hoy, en palabras de Enrique de Olavarría y Ferrari –escritor, periodista, historiador y profesor español radicado en México–, en su libro El cadalso de Padilla, sucedió lo que sigue:

Cometido está el negro crimen, por el cual seremos llamados parricidas” (1883, p. 1990).

¡Y ni siquiera era mexicano! Ferrari pone tales vocablos en una carta ficticia firmada por un tal “compadre Escobedo”, en la que narra el triste fin de nuestro Libertador. Y añade, en la misma página:

Pintura que representa el momento en que el pelotón de fusilamiento consumó la sentencia en contra de Agustín de Iturbide.

¡Vergüenza me da decirlo, hemos vengado á España matando con traición y felonía al que supo independernos [sic] de ella!

Contrario a lo que se ha difundido por dos centurias, el otrora emperador no retornó a México para buscar recuperar el trono –al que él mismo abdicó–, sino para advertir a sus paisanos que España, con ayuda de la Santa Alianza, planeaba reconquistar México. Aunque ingenuo, y hasta un tanto imprudente e irreflexivo, Iturbide quiso poner al tanto de ello a la nueva República –llena de sus enemigos jurados, incluyendo a la masonería que ya lo controlaba todo– y prestar sus servicios y su espada a la Patria que él mismo había libertado. Pero ignoraba que había sido emitido, en abril del mismo 1824, un decreto antijurídico que, de un plumazo, lo convertía en traidor, fuera de la ley y enemigo público del Estado, y lo condenaba a muerte si volvía a poner una planta en territorio mexicano.

El Libertador de México arribó a Soto la Marina, en Tamaulipas, que entonces todavía se llamaba Nuevo Santander. Era el miércoles 14 de julio de 1824. Con él, en el barco “Spring”, venían su esposa Ana María Huarte Muñiz –encinta–, sus hijos pequeños, su sobrino José Ramón Malo, su confesor, el coronel polaco Carlos Beneski y unos cuantos servidores. ¿Dónde estaban las tropas con las que quería rehacerse con el poder?

Beneski desembarcó primero para sondear la situación y ver si Iturbide también podía bajar del navío. Al hacerlo, se encontró con Felipe de la Garza y Cisneros –con quien Iturbide fue magnánimo tiempo antes, perdonándole la vida después de un intento fallido de rebelión–, quien le preguntó por Iturbide. Lejos de informarle del decreto que pesaba contra él, al saberlo ya de regreso, de la Garza le envió una misiva externándole cuánto lo apreciaba y lo necesaria que era su presencia en el país. ¡Cuántas mentiras en un solo mensaje! La celada estaba tendida.

Mapa de Nuevo Santander, actual Tamaulipas, en el siglo XVIII. Pueden observarse tanto Soto La Marina, sitio del desembarco de Iturbide, como Padilla, donde murió fusilado. De Hstmx. Tomado de Wikipedia.

Iturbide, al leer la epístola, sintió confianza y decidió desembarcar sin reserva alguna. No tardó en ser reconocido por su forma de montar por el chihuahuense José Manuel Asúnsulo. Éste inmediatamente lo informó a Felipe de la Garza, quien le dio alcance el 16 de julio y le comunicó “su condición jurídica” a raíz del decreto de proscripción y que el sólo hecho de pisar tierras mexicanas bastaba para aplicarle la pena de muerte. Tal era, como se sobreentendía, la pena al delito de traición.

El Libertador de México, nuevamente, pecó de ingenuo y tuvo exceso de buena voluntad. Quizá pudo haber reembarcado, pero, pundonoroso como era, prefirió quedarse para cumplir con sus deberes hacia su patria. Aun a sabiendas de las intenciones del Congreso, pretendió explicar a las autoridades de Tamaulipas y a las mexicanas los motivos de su retorno. Traía consigo, inclusive, su Manifiesto al mundo, donde plasmó su visión de sí mismo y las obligaciones que él sentía para con el país que tanto amaba.

El 17 de julio, todo dio un giro de ciento ochenta grados. De súbito, sin más explicaciones, de la Garza le informó a Iturbide que de acuerdo con el decreto sería fusilado en tres horas. Pero no tardó en cambiar de opinión y suspendió la ejecución para llevarlo ante el Congreso de Tamaulipas, que sesionaba en el recóndito y desolado pueblo de Padilla, y que sus miembros determinaran cuál suerte habría de correr.

En el trayecto hacia Padilla, Iturbide y de la Garza departieron. El segundo llegó al extremo de ponderar las virtudes del primero, lo reconoció como generalísimo, le devolvió su espada y –no deja de extrañar, a pesar del tiempo que ha transcurrido– lo dejó al mando de la tropa. Dicha actitud, como cabía esperar, imbuyó renovada confianza a Iturbide y lo movió a creer que el Congreso lo recibiría para ser oído. Esto, aún más que lo que hemos descrito hasta el presente párrafo, patentiza la sinceridad y las verdaderas intenciones de un hombre que, conociendo un decreto de proscripción en su contra y sabiendo las intenciones de sus enemigos y lo cerca que se hallaba de una muerte injusta y violenta, decidió exponer su actuación con la confianza de ser escuchado.

Felipe de la Garza y Cisneros, quien llevó a Iturbide a Padilla. Retrato dibujado por Aguilar en 2019.

Pero los adversarios del prócer y Libertador de México, el gran héroe de Iguala, ya habían tomado su decisión de asesinarlo. El día 18, el Congreso de Tamaulipas se reunió por primera vez en sesión extraordinaria y dictaminó que se aplicara el decreto de proscripción, violando los derechos de cualquier reo para poder ser escuchado y defendido en juicio. Ya casi para llegar a la villa de Padilla, de la Garza regresó para decirle al ex emperador que era mejor que se presentara arrestado ante el Congreso, a lo que Iturbide consintió. Cabe mencionar que de la Garza ya conocía el criterio de los miembros de la Cámara. Resulta incomprensible saber a qué jugaba aquel oficial.

Agustín de Iturbide en el momento de ser apresado formalmente. Fotograma del documental Héroes de Carne y Hueso. Iturbide: Sueño Imperial, de Clío. Nuestro personaje fue interpretado por Rubén Zamora Equert. Imagen mejorada por la autora.

Los integrantes del Congreso efectuaron otras tres sesiones extraordinarias el día 19 de julio, martes. En ninguna de ellas se quiso oír a Agustín de Iturbide ni permitirle exponer, con toda verdad, que no existía fundamento jurídico, bases ni argumentos procedentes o justificados para declararlo traidor, y menos enemigo del Estado mexicano. Tampoco, lo que no se le niega al peor criminal, le permitieron defenderse ni contar con un abogado.

El Congreso, tanto el local como el de la Nación, sabía que Iturbide era amado y respetado por innumerables mexicanos, y tanto su personalidad como su enorme prestigio representaban una gravísima amenaza para sus intereses. El mismo Lorenzo de Zavala, masón y acérrimo adversario suyo, reconocía sin ambages que sus contrarios “temblaban en presencia suya” (citado en Junco, 1946, p. 118). También en su ausencia, como vimos ya.

Y aún peor: aunque no un santo impoluto ni varón purísimo, era católico y no pertenecía a la masonería. ¿Cómo lo iban a escuchar? Nadie que no fuese hijo de la viuda –expresión para designar a los masones– tendría cabida en el poder de México que ellos representaban, y ¿por qué no?, en el México mismo. No: habrían de quitarle la vida “por traidor a su patria” y, aun mejor, propagar tal baldón por generaciones.

Sede del Congreso en Padilla, donde Iturbide fue «juzgado» y condenado a muerte el 19 de julio de 1824.

La única salida, la que ellos siempre vieron viable, fue ultimarlo. Los congresistas de Padilla decretaron ejecutarlo ese mismo día, 19 de julio:

Reunidos los S.S. diputados en el salón de sesiones, para dar cumplidamente de lleno, al espíritu de la ley de proscripción contra el ex-emperador Don Agustín de Iturbide, por traidor a su patria, se decreta, sin comisión, la pena de muerte. Que se haga efectiva esta suprema ley, dentro de tres horas. Padilla en la Plaza Principal. Dios y Constitución” (Zorrilla, 1969, citado en Martínez del Campo Rangel, 2010, p. 254).

Todo estaba dispuesto para matar al Libertador de México. El resto de la historia, así como sus efectos para la posteridad, podrán leerse en la próxima entrada.

© 2024. Todos los derechos reservados.

Bibliografía y material audiovisual:

Clío (2010). Héroes de Carne y Hueso. Iturbide: Sueño imperial. Partes I y II. https://www.youtube.com/watch?v=NcZ7TI5W8t0

Martínez del Campo Rangel, S. (2010). El juicio de Agustín de Iturbide. https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/6/2918/14.pdf

Olavarría y Ferrari, E. (1883). El cadalso de Padilla. (Memorias de un criollo) 1821-1824. Filomeno Mata. México: Colección Siglo XIX Mexicano.

Victoria electoral de Plutarco Elías Calles y la persecución religiosa en México

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Plutarco Elías Calles, sucesor de Álvaro Obregón. Imagen mejorada por la autora.

Un 6 de julio de 1924, hace ya un siglo, el general sonorense Plutarco Elías Calles obtuvo el 84% de los votos en la contienda electoral de aquel año, derrotando con ello al general Ángel Camacho Flores (1883-1926), candidato de la Liga Política Nacional, el Partido Nacional de México, la Unión Nacional Progresista y el Partido Obrero Evolucionista, y a Nicolás Zúñiga y Miranda, candidato independiente. Abajo se pueden apreciar sendas fotografías de ambos. El militar originario de Guaymas, por su parte, tomaría posesión de la presidencia de México el 1 de diciembre del mismo año, según la costumbre.

Dos cosas eran sabidas por los mexicanos a ciencia cierta. La primera, que los comicios –nada raro en la política mexicana, y menos en los tiempos de Juárez, Lerdo de Tejada y, obviamente los de don Porfirio Díaz Mori– habían sido una auténtica burla, ya que Calles, hasta el momento incondicional y compañero de lucha de Álvaro Obregón Salido, su coterráneo, había sido impuesto por éste como su sucesor. La segunda, que el flamante presidente electo era anticlerical y anticatólico a ultranza, mucho más que sus antecesores.

Es importante mencionar que no aguardó a 1926, año en el que se promulgó la ominosa y tristemente famosa ley que lleva su apellido, para emprender su vehemente campaña en contra de la Iglesia, del clero mexicano y de los feligreses. Ya desde su campaña, el 11 de mayo de 1924, en el teatro Ocampo de Morelia, en la capital michoacana, expresó:

Los generales sonorenses Álvaro Obregón Salido (1880-1928) y Plutarco Elías Calles (1877-1945).

“Dicen mis enemigos que soy enemigo de las religiones y de los cultos, y que no respeto las creencias religiosas. Yo soy un liberal de espíritu amplio, que dentro de mi cerebro me explico todas las creencias y las justifico, porque las considero buenas por el programa moral que encierran. Yo soy enemigo de la casta sacerdotal, del cura intrigante, del cura explotador, del cura que pretende tener sumido a nuestro pueblo en la ignorancia, a merced del explotador, del trabajador. Yo declaro que respeto todas las religiones y todas las creencias, mientras los ministros de culto no se mezclen en nuestras contiendas políticas con desprecio a nuestras leyes, ni sirvan de instrumento a los poderosos para explotar a los desvalidos” (Meyer, 1988, p. 143).

El 21 de febrero de 1925, con apoyo de Luis N. Morones, presidente de la Confederación Regional Obrera Mexicana –la CROM–,  fomentó una tentativa cismática frustrada. Para ello, facilitó el templo de Nuestra Señora de la Soledad, en la capital, y utilizó elementos de la policía y el ejército para desalojar el recinto y echar de allí a los católicos que querían seguir siendo fieles al Papa Pío XI y no ser parte de la nueva «Iglesia Católica Apostólica Mexicana», como le llamaron a su farsa. Sin embargo, los fieles que concurrían a aquella iglesia, al igual que la mayoría del pueblo católico de México, no aceptaron aquello. A la postre se entabló una reyerta entre ellos y los agentes policiales –preludio de otros motines en agosto de 1926, al cabo de unos días de la suspensión de cultos decretada por el Episcopado para toda la República–, y el inmueble fue cerrado. Pero el régimen callista no cejó en su intento, y concedió a los cismáticos otra iglesia, la de Corpus Christi, también en la Ciudad de México.

Toma de protesta de Plutarco Elías Calles como presidente de México. Mediateca del INAH. Imagen ampliada por la autora.

El año de 1926, como ya se conoce, fue punto y aparte. Entonces sí la persecución religiosa alcanzó su punto más álgido. Era más que palmario que uno de los proyectos cardinales de su gobierno consistiría, de concretarse, en erradicar el catolicismo en México, como ya lo habían intentado hacer los jacobinos franceses durante la Revolución de 1789 y, por supuesto, en el Terror. Fue lo que afirmaron, no sin fundamento, sus contemporáneos. Citemos un ejemplo: José Manríquez y Zarate, obispo de Huejutla, en su sexta carta pastoral, del 6 de marzo de 1926:

“La intención [del gobierno] es acabar, de una vez y para siempre, con la religión católica en México… El jacobinismo mexicano ha decretado dar muerte a la Iglesia Católica en nuestro país, arrancar de cuajo, si posible fuera, de la sociedad mexicana, toda idea católica… El tirano odia a Jesucristo: de ello se ufana… Quiere raer del suelo mexicano el nombre de Cristo” (Marín Negueruela, 1928, p. 265).

En febrero, Calles ordenó la clausura de templos y la expulsión de sacerdotes extranjeros. Los seminarios comenzaron a ser clausurados y los estudiantes arrojados a la calle. En las distintas entidades de la Nación, las autoridades siguieron el ejemplo del primer mandatario.

Por fin, unos meses más tarde, el 14 de junio, vendría el golpe persecutorio definitivo: la ley número 115, consistente en reformas al Código Penal, con la finalidad de establecer las infracciones “en materia religiosa” y sus respectivas sanciones. La “Ley Calles”, como se le llamó desde entonces, constaba de treinta y tres artículos, habría de entrar en vigor el 31 de julio y fue publicada en el Diario Oficial el 2 de julio.

El resto de la historia, como es evidente, es material de otra entrada –o de muchas más, mejor dicho–.

Fuentes:

Marín Negueruela, N. (1928). La verdad sobre México. Barcelona.

Meyer, J. (1988). La Cristiada. Tomo II. México: Siglo XXI Editores.

El palmeño que disparó contra Madero

Historia de Francisco Cárdenas Sucilla, autor material del asesinato del presidente coahuilense

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Algunas biografías indican que su apellido materno era “Saucilla”. De cualquier forma, independientemente de la grafía, nuestro personaje era oriundo de la localidad de La Palma de Jesús, perteneciente al municipio de Sahuayo, Michoacán, donde vino al mundo el 22 de noviembre de 1878, casi dos años después del ascenso al poder –a mediados de 1877, de forma constitucional– de Don Porfirio Díaz Mori. Fue hijo de Melitón Cárdenas y San Juana Sucilla.

José Francisco Cecilio Cárdenas Sucilla, el asesino de Francisco I. Madero. Edición y mejora por la autora.

Fue bautizado como José Francisco Cecilio, el tercer nombre en honor de la Santa patrona de los músicos, pues nació el día de su festividad. Sus progenitores siguieron, así, la costumbre de la época de imponerle el nombre que “le tocara” de acuerdo con el santoral. El Sacramento le fue impartido en la Parroquia de Santo Santiago Apóstol el 24 de noviembre del mismo año, apenas dos jornadas después de nacer, por el padre don Macario Saavedra –el mismo que, como párroco, emprendería la edificación del templo–, que a la sazón prestaba sus servicios ministeriales como cura interino.

Así consta en su fe de Bautismo, que al calce dice lo siguiente –hemos respetado la grafía original–:

Al margen izquierdo: J. Fran.co Cecilio / de La Palma

Dentro: En el pueblo de Sahu.o á veinticuatro de Nobre. de mil ochocientos setenta y ocho, yo el / Presb.o Macario Saavedra, Cura interino, bauticé solemnem.te á J. Fran.co Cecilio de dos / dias de nacido en La Palma, h. l. de Meliton Cardenas y de San Juana Sucilla, fueron / sus padrinos Manuel Zapien y Ma. de Jesus Buenrrostro […] de alli mismo, aquienes / adverti su obligacion y parentesco.

Macario Saavedra [Rúbrica]

Fe de Bautismo de Francisco Cárdenas, firmada por el P. Macario Saavedra. Recuadros colocados por la autora.

Su infancia transcurrió en el seno familiar. A los diecisiete años se marchó a la capital mexicana, y a los veinte partió rumbo a Apan, donde se unió a la milicia federal. Como miembro de esta institución, a menudo recibía reconvenciones a causa de su comportamiento despótico y sus continuos abusos de autoridad.

Edgar Sáenz López describe así su actuación como policía rural:

Era una persona que abusaba del poder, que tomaba en exceso, en muchas ocasiones, lejos de cuidar el orden, lo transgredía. Notas periodísticas consultadas consignaban que él había atrapado bandidos, cuando en realidad, con su gavilla, eran quienes asaltaban en los caminos (citado por la Secretaría de Cultura, 2022).

Con todo, fue ascendido al rango de sargento y al poco tiempo al de mayor. Mientras desempeñaba este último cargo recibió la encomienda de custodiar a Ignacio de la Torre y Mier, yerno de don Porfirio Díaz Mori, y a su finca. Por aquellos tiempos, también como mayor y hasta 1913, fungió como líder de los rurales federales.

Para 1910, año en que el Porfiriato se desmoronó y derrumbó de forma definitiva, en su nota de servicios aparece que asesinó a Santana Rodríguez, un forajido magonista. Al año siguiente, Cárdenas se distinguió por ser un inconmovible opositor del gobierno de Madero. En la Ciudad de México, fiel a sus convicciones porfiristas y antimaderistas, protegió a los que no querían al nuevo mandatario, oriundo de Parras –porque, hay que decirlo, el tocayo de nuestro biografiado no fue amado por todos en México, y menos después de que ascendió a la presidencia–. En 1912, combatió incansablemente al michoacano Benito Canales, de los hombres de Pascual Orozco Vázquez.

Retrato de medio cuerpo de Francisco Cárdenas. Fotografía mejorada por la autora.

Por fin, en 1913, el gobierno de Madero se vino abajo. Al estallar la Decena Trágica, fue llamado a la capital. El sábado 22 de febrero, Francisco Cárdenas recibió del general Aureliano Blanquet, un porfirista vehemente, la orden de liquidar a Francisco I. Madero y al vicepresidente José María Pino Suárez. Felipe de Jesús Ángeles Ramírez, célebre general, también estaba incluido en la comisión. A la postre, según relata Alfonso Taracena en su biografía de Madero, Huerta decidió que Ángeles no compartiera la suerte de los otros dos prisioneros.

Junto con Rafael Pimienta, teniente de rurales federales, simuló un asalto a los sendos automóviles en los que transportaban a ambos políticos con dirección al Palacio de Lecumberri. Ya habían sido forzados a firmar sus renuncias. Cuando el momento les fue propicio, los verdugos los hicieron descender del vehículo. El primero fue Madero, a quien Cárdenas mandó entrar a Lecumberri por la puerta trasera. Madero replicó que no existía tal.

Cárdenas reiteró la orden de manera perentoria y soez y lo forzó a bajar. Al obedecer el presidente, el rural palmeño blandió su pistola y le descargó dos tiros en la cabeza. A continuación, con la misma brutalidad, Pino Suárez cayó bajo las balas de Pimienta.

Pintura que representa el levantamiento de los cadáveres de Madero y Pino Suárez, sólo para ser colocados en el sitio donde se les halló en la mañana y, así, hacer coincidir la escena con la versión oficial.

La autopsia de Madero reveló cuán bien había hecho Cárdenas su cruenta labor: «la [primera] bala interesó todos los órganos correspondientes de la región, fracturó la escama del hueso occipital y base del cráneo». La segunda bala «recorrió una trayectoria paralela».

Tras el doble asesinato y luego de que Victoriano Huerta se sentó en la silla del águila, Cárdenas y Pimienta obtuvieron alta jerarquía militar dentro de los cuerpos de guardias rurales federales. Eso sin olvidar que cada uno recibió la generosa suma de 18 mil pesos en plata. Pero el resto de la gente los vio como un par de mercenarios, viles sayones y homicidas. Para nadie era desconocida la felonía cometida.

Primera plana de El Imparcial, fechada el domingo 23 de febrero de 1913, en la que se dio a conocer la versión oficialista del asesinato de Madero y Pino Suárez. Edición y resaltados por la autora. Nótese que también aparece el nombre de Francisco Cárdenas.

En el caso de Francisco Cárdenas, los adeptos a la Revolución en Michoacán, en este caso comandados por Adolfo Trujillo, incendiaron y saquearon su vivienda en La Palma. Cuando fue ascendido a general de división, quiso visitar al gobernador de Michoacán, el doctor Miguel Silva Macías (1857-1916), que se había unido a los constitucionalistas y de hecho fue precursor de la lucha maderista en la entidad. Pero el encuentro no fue, ni remotamente, favorable para Cárdenas. Silva le escupió a la cara cuando lo tuvo enfrente, espetándole a voz en cuello:

—¡Fuera de aquí, asesino!

De nada servirían sus nombramientos encumbrados: tal baldón lo acompañaría por siempre. Sin embargo, a él no parecía importarle en lo más mínimo.

Francisco Montes Ayala relata que, como comandante del 7° Cuerpo de Rurales en Tacámbaro, en abril de 1913, Cárdenas defendió infructuosamente este lugar en contra de los alzados Gertrudis Sánchez, José Rentería Luviano y Joaquín Amaro, que se apoderaron de la plaza.​ En Jiquilpan de Juárez, donde operaba el general Guillermo García Aragón, amigo de Emiliano Zapata, los elementos rurales bajo el mando de Cárdenas repelieron al lugarteniente de Luviano, Pedro Lemus, a la par que ocuparon las oficinas de la imprenta «La Económica», examinaron los impresos e incineraron el archivo. En el mes de julio, logró vencer por sorpresa a Rentería en Guaracha –municipio de Villamar–, y ordenó el fusilamiento del coronel ingeniero Roberto Alvírez, miembro de una conocida familia moreliana.

A finales de 1914, una vez vencido el gobierno de Huerta y firmados los Tratados de Teoloyucan, Francisco Cárdenas huyó a Guatemala. Pasó a radicar en Ayutla, municipio del departamento de San Marcos, cuya cabecera es Ciudad Tecún Umán. Tuvo amoríos con la señora Fonseca de Garavito, y en 1920 fue acusado y arrestado por haber sido el autor intelectual e instigador de la tentativa de homicidio de su esposo, Abraham Garavito, efectuado por Herlindo García.

Templo de Ayutla Tecún Umán, San Marcos, Guatemala, donde Cárdenas fijó su residencia después de huir de México.

Aquel mismo año, en nuestro país, triunfó el Plan de Agua Prieta. Muerto Venustiano Carranza, Adolfo de la Huerta tomó el mando de modo interino. Se reabrió el caso de los asesinatos de Madero y Pino Suárez, y se llegó al punto de solicitar la extradición de Cárdenas. En Guatemala, por su parte, las amistades de nuestro personaje lograron convencer a un juez para que le otorgase la libertad, arguyendo que las lesiones de Garavito no eran graves y, como solía proceder Cárdenas, con un cohecho de cinco mil pesos. El reo de La Palma esconderse en la municipalidad de Las Vacas, pero fue capturado por el teniente José Macario Pérez. Era el 29 de noviembre de 1920.

En el camino a la ciudad de Guatemala, a la que fue conducido por los elementos policiales, Cárdenas intentó recurrir a su modus operandi y sobornarlos en varias ocasiones, pero no consiguió su propósito. Durante uno de los descansos,, aprovechó para sacar una pistola Galand 32 que llevaba escondida en su bota. Sin demora, avezado a tales procedimientos, disparó al soldado federal Julián Cázares, malhiriéndolo. La tropa que lo custodiaba ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar: antes de que pudiesen hacerlo, Francisco Cárdenas dirigió el cañón de su arma hacia su boca y jaló el gatillo.

Así, con el suicidio, llegaron a su desenlace los días de aquel funesto y truculento personaje.

Fuentes:

Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (2007).  Las campañas de Joaquín Amaro. Biblioteca Jurídica Virtual del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/7/3442/39.pdf

Montes Ayala, F. G. (1993). Raúl Oseguera Pérez, ed. Francisco Cárdenas. Un hombre que cambió la historia. Sahuayo: Impresos ABC.

Pacheco M., B. (19 de junio de 2022). ¿Quién mató a Madero? Crítica. https://www.critica.com.mx/vernoticias.php?artid=97975

Secretaría de Cultura (6 de mayo de 2022). Presentan libro sobre la vida de Francisco Cárdenas, el asesino de Madero. Instituto Nacional de Antropología e Historia. https://www.gob.mx/cultura/prensa/presentan-libro-sobre-la-vida-de-francisco-cardenas-el-asesino-de-madero?idiom=es

Taracena, A. (1998). Francisco I. Madero. Biografía. México: Porrúa.

Sahuayo de Díaz. Segunda y última parte

Generalidades históricas del Porfiriato en la actual Capital de la Ciénega (II)

Lic. Helena Judith López Alcaraz

En la entrega anterior leímos acerca del comienzo del Porfiriato en Sahuayo, cuáles fueron los gobernadores que llevaron la batuta durante dicho periodo, el arribo del ferrocarril a las regiones cercanas, el desarrollo demográfico y económico de esta localidad, la reducción territorial del municipio que benefició a su vecino Jiquilpan, las enfermedades y epidemias que asolaron a los sahuayenses, el crecimiento de la agricultura y la ganadería y –el hecho que brinda epígrafe al escrito–, por supuesto, la elevación del pueblo a rango de villa con el apellido del primer mandatario.

Sahuayo en el ocaso del Porfiriato (ca. 1908). Actualmente esta es la calle Madero, en aquellos ayeres llamada La Palma.

En el presente texto, segundo y último sobre el tema, abordaremos otras esferas no menos importantes: las comunicaciones favorecidas por la ribera chapálica, máxime en lo tocante al comercio; la religión, la educación y, en lo histórico, el tema de la desecación de la laguna más extensa de México, sus consecuencias y cuál fue la participación de la poderosa Hacienda de Guaracha, hasta llegar al declive del prolongadísimo mandato de Don Porfirio.

Dicho esto, iniciemos de lleno.

La comunicación que favorecía el lago de Chapala también contribuyó a que Sahuayo tomara la ventaja en las rutas comerciales, máxime con rumbo a Guadalajara (Ramírez-Sánchez, 2017, p. 65), gracias al embarcadero de La Palma, el más cercano a la villa. Otro factor influyente, y a la postre decisivo, fue que en 1905, cuando el régimen porfirista ya se bamboleaba desde sus cimientos y amenazaba con derrumbarse de modo definitivo, en Sahuayo y las áreas aledañas se inició la desecación de la laguna de Chapala, que aumentó todavía más la riqueza de los terratenientes de la zona. Éstos no sólo obtuvieron más tierras, sino que aprovecharon para terminar de despojar a los campesinos o de dominarlos mediante el control del agua. Tanto la infraestructura como la economía de Sahuayo alcanzaron mejoras considerables.

Pero no todo fue bonanza ni beneficios; también hubo problemas, conflictos y grandes injusticias. Hacia 1906, según expone Cancino (2024) los indígenas sahuayenses pescaban, recolectaban tule y leña y cazaban en el terreno comunal que, hasta entonces, limitaba en cierta área con el lago chapálico. Pero, como resultado de aquella invasión de hacendados, fueron perdiendo sus tierras, que les quitaron, de modo legal, territorios de la Hierbabuena y otros colindantes con Jiquilpan (p. 173).

Pasando a otra cuestión, y para concluir lo tocante a actividades económicas, la arriería fue el otro medio de que los sahuayenses se valieron para prosperar. Inclusive llegaron al punto de competir con Cotija en esta esfera. Lo mismo sucedió con el comercio. Lo mismo sucedió con el comercio, que se consolidó todavía más. Como cabía suponer, tampoco faltaron desavenencias y choques con los jiquilpenses por esta causa. Ya en 1885, Ignacio Zepeda, alcalde sahuayense, acusó tanto al prefecto de Jiquilpan como a los dueños de Guaracha de interceptar y tapar el camino Sahuayo-Guarachita, que los arrieros solían visitar muy a menudo. El patrón de Guaracha negó la imputación, mas no tuvo más remedio que acatar las indicaciones venidas desde Morelia (González, 1979, p. 123). No obstante, eso no impidió que, más tarde, el dueño de Guaracha, don Diego Moreno Leñero, hiciera cuanto estuvo a su alcance para que el ferrocarril no se acercara demasiado a Jiquilpan o a Sahuayo y, de tal modo, poder mantener su control en la zona disponiendo de recuas y transporte caballar (Pérez Monfort, 2018).

Ex hacienda de Guaracha, en el municipio de Villamar. Fotografía tomada por Juan Flores.

Por otro lado, en el campo religioso, la pax porfiana significó una mejora sustancial en las relaciones entre el Estado y la Iglesia. Esta última vivió tres décadas de calma y una atmósfera más que propicia para llevar a cabo su misión espiritual y pastoral. Luego de la Guerra de Reforma y del movimiento religionero, los seglares habían tomado la determinación de alejarse de cuestiones políticas, y ahora se limitaban a una vida tranquila enfocada a la práctica habitual de los ejercicios de devoción, la recepción de los Sacramentos y, para quienes sentían inclinación a ello, la pertenencia a diversas sociedades y agrupaciones piadosas.

La postura eclesiástica que habría de seguirse se resumía, en sí, a abandonar cualquier actitud combativa hacia el gobierno, mientras que éste, encabezado por el antiguo héroe del 2 de abril, permitiría que la Iglesia continuara su trabajo en los templos, seminarios, colegios, asilos, centros de beneficencia y demás campos de apostolado. Las Leyes de Reforma, aunque nunca fueron derogadas, fueron letra muerta y cayeron bajo el conocido adagio “Obedézcase, pero no se cumpla”.

Era, como suele decirse en nuestro país, “llevar la fiesta en paz”, aunque los masones más radicales –no hay que olvidar que el mismo Díaz pertenecía a esta sociedad, e inclusive con el grado 33, como Benito Juárez– jamás aceptaron tal actitud conciliadora y la consideraron digna de un traidor o un renegado. No faltaron quienes, de entre las filas de la masonería, lo tildaban de clerical, al grado de que don Porfirio renunció a su cargo de Gran Maestre en 1895. Empero, para él era más importante llevar buenas relaciones con la Iglesia, si bien dentro de un Estado liberal, porque de otra forma no podría obtener la tan anhelada concordia. Podría afirmarse, a la luz de estas circunstancias, que había un bien mayor en juego.

Tan fue así que el deán de Michoacán, Lorenzo Olaciregui Herrera, citado por el padre Mariano Cuevas en el tomo quinto de su Historia de la Iglesia en México (1928), comparó los tiempos de los embates del jacobinismo y la masonería bajo el mando juarista con los del régimen de don Porfirio y dijo que las persecuciones sufridas en su juventud, cuando el zapoteca mantuvo el poder, “habían sido poda saludable para que con más bríos retoñase la Iglesia de Dios en México, hasta obtener esa florescencia y opimos [ricos] frutos que alcanzó en su respetable ancianidad”, ya que, según apuntaló, en vez de mil seiscientos presbíteros había cerca de cinco mil, treinta y seis obispos en lugar de cuatro, diecisiete seminarios en forma, incontables colegios, misiones entre fieles e infieles, órdenes religiosas y cultos de gran solemnidad, “como jamás se habían visto en nuestro suelo ni en los mejores días del tiempo colonial” (p. 420).

Detalle de la carta eclesiástica mexicana de 1885. Aunque no aparezca en el mapa –prueba de su dependencia respecto de Jiquilpan, que sí figura–, Sahuayo ya pertenecía desde entonces al Obispado de Zamora. Imagen editada por la autora.

Lo descrito en los párrafos previos dio sus correspondientes y más que profusos frutos en Sahuayo, que desde aquellos años adquirió fama, no del todo infundada, de pueblo de acérrimo catolicismo y, según el juicio de los más liberales –los jiquilpenses incluidos–, hasta de “mocho” y “fanático”, por nombrar algunos epítetos. Fue una etapa de genuino florecimiento y auge religioso. En los más de treinta años de Porfiriato, los siguientes sacerdotes regentearon la Parroquia de Santo Santiago Apóstol: Macario Saavedra (1874-1886), Esteban Zepeda (1886-1892) y Benigno Arregui (1892-1910). Fue durante la gestión como párroco de este último, a principios del siglo XX, cuando la imagen del Patrón Santiago se subió al nicho central del retablo principal. A los tres párrocos de tan prolongado intervalo hay que sumar a los numerosos presbíteros residentes en Sahuayo en el ocaso de la centuria decimonónica y los albores de la vigésima, “nunca menos de seis en la cabecera”, según Luis González y González (p. 125).

Además de la culminación del templo principal, el 12 de diciembre de 1881, Sahuayo fue testigo del principio de la edificación del hermoso Santuario guadalupano, en la ladera del cerro de Santiaguito –o Santiaguillo–. Las obras avanzaron notablemente gracias a la dirección del padre Bernabé Orozco, que junto con el padre Esteban Zepeda y don Bonifacio Alcaraz celebraron por primera vez el Sacrificio de la Misa aquella jornada, fiesta de la Morenita del Tepeyac. La iglesia dedicada al Sagrado Corazón de Jesús también inició en los primeros años del Porfiriato, en 1882, y trajo consigo la propagación de la devoción al Deífico Corazón y la piadosa práctica de los nueve viernes primeros del mes. Por último, la capilla de la Virgen de Lourdes –muy cercana a la Parroquia de Santiago– fue renovada.

Interior de la capilla dedicada a Nuestra Señora de Lourdes. La fotografía –mejorada por la autora–, que corresponde al año de 1944, se utiliza aquí con fines ilustrativos.

El ámbito educativo fue otro que desplegó. De la noche a la mañana, cuenta González, se pasó a tener seis planteles. Con fondos estatales se mantuvieron dos escuelas en las que, por cada año, se pagaban seis pesos y veintidós centavos. Por su parte, el obispo de Zamora, José María Cázares y Martínez, abrió escuelas denominadas asilos, en las cuales se instruía con el Silabario de San Miguel, el Libro Primero, el Libro Segundo, el Catecismo y El lector católico mexicano (p. 126).

En 1904, los sahuayenses vieron la instauración de un colegio marista, análogo al que los miembros de dicha congregación habían abierto un par de años antes en Jacona, Zamora, Uruapan y Cotija, que fue bautizado en honor de San Luis Gonzaga y que, en 1909, se instaló en un hermoso y amplio edificio de corte neoclásico, justo al lado del templo del Sagrado Corazón –donde actualmente es la casa social anexa a dicho recinto–, que muchos años antes había albergado el convento de las siervas del Sagrado Corazón de Jesús.

Colegio San Luis Gonzaga en Sahuayo y, a su lado, el templo del Sagrado Corazón en proceso de edificación. Imagen editada y mejorada por la autora.
La casa social del Sagrado Corazón, antiguamente sede del colegio de San Luis Gonzaga en Sahuayo. Fotografía tomada de Mi Lindo Sahuayo.

No hay que olvidar, por último, el seminario auxiliar que se fundó en la villa, en el cual se enseñaba lo correspondiente al bachillerato: castellano, latín, matemáticas y un poco de filosofía. Allí impartieron clases algunos connotados sacerdotes del lugar: el ya mencionado Benigno Arregui, Felipe Villaseñor, Rosendo Sánchez, José Montes y los hermanos Alejandro y Luis Amezcua Calleja. El hecho de que no sólo los jóvenes locales acudieran a las aulas de aquel flamante plantel levítico, sino también muchos foráneos, dio como resultado un raudal de vocaciones y, posteriormente, de sacerdotes.

En Sahuayo, los últimos cuatro años de Porfiriato transcurrieron sin más turbulencia que la ocasionada por las luchas de los hacendados, que procuraban replicar el esquema empleado en Guaracha. En Sahuayo, sin ser porfiristas de hueso colorado, como reza la expresión coloquial, no se veía al ya dictador con malos ojos o, por lo menos, la aversión de algunos hacia él se contenía quizá por el hecho de que le gustaba sobremanera visitar el lago y gozar de sus beneficios. Allí, en la finca “El Manglar” –en Chapala–, propiedad de Lorenzo “Chato” Elízaga Retes, pasó las vacaciones de Semana Santa entre 1904 y 1909. Don Lorenzo, dicho sea de paso, no era cualquier personaje: era esposo de Sofía Romero Rubio y Castelló, hermana de doña Carmelita, la primera dama.

Hacienda «El Manglar», donde Don Porfirio pasó su asueto de Semana Santa por cinco años.

Y no sólo él: la ribera chapálica, incluyendo la cercana a Sahuayo, se erigió como centro vacacional predilecto de algunos personajes muy acaudalados y, claro, de varios políticos porfirianos destacados. Uno de ellos fue Manuel Cuesta Gallardo –futuro gobernador de Jalisco, tío paterno de Manuel Cuesta Moreno, quien asesinaría al diputado sahuayense Rafael Picazo Sánchez en 1931–, ingeniero y dueño de la Hacienda de Atequiza,desempeñó un papel determinante como socio de la Compañía Hidroeléctrica e Irrigadora de Chapala, “la Hidro” de Guadalajara, que posibilitó concretar el proyecto de construcción del dique de Maltaraña, a fin de desecar la Ciénega. En consecuencia, la posibilidad de pesca y de traslado de mercancías y personas entre Sahuayo y La Palma se vieron sumamente afectadas, con los inevitables conflictos que ello trajo consigo. Los pescadores y los canoeros, al igual que los socios de la comunidad indígena sahuayense, sufrieron considerable menoscabo.

Ingeniero Manuel Cuesta Gallardo (1873-1920), que junto con su hermano Joaquín efectuó e hizo factible la desecación del lago de Chapala, con el daño que ello trajo consigo. Imagen mejorada por la autora.

En 1910, el Porfiriato se vino abajo irrevocable y estrepitosamente. El presidente casi octogenario aceptó reelegirse por séptima y última vez. Mientras que en el resto de la nación la atmósfera política y social, de por sí caldeada, amenazaba con su inminente e ineludible explosión, en la comarca de Sahuayo no se suscitaron conatos ni brotes de apoyo a la revolución iniciada por Madero. Si bien los habitantes de San Martín Totolán –en el municipio de Jiquilpan– aprovecharon la coyuntura para que Guaracha les devolviera sus tierras, el único levantamiento contra don Porfirio tuvo lugar en Zamora.

Ya en 1911, tras la renuncia del estadista y su destierro rumbo a París, la situación se mantuvo casi igual. Las angustias de los sahuayenses, lejos de deberse a los acontecimientos políticos, fueron causadas más bien por el “temblor maderista”, el 7 de junio, que derribó la única torre del templo de Santo Santiago dejando tras de sí una densa polvareda. Justo aquel día –de allí el mote dado al sismo–, el triunfante caudillo de Parras de la Fuente entró a la Ciudad de México.

En 1912, más que por las eventualidades de la fugaz presidencia del antiguo creador del Partido Antirreeleccionista, las insurrecciones zapatistas y orozquistas, el nuevo Congreso y el surgimiento del efímero Partido Católico Nacional (PCN), entre otros sucesos, las mentes de los pobladores de la villa que conservaba el apellido del hombre que partió en el vapor “Ypiranga” estuvieron ocupadas por las precipitaciones tempestuosas, el crecimiento del lago de Chapala, el desbordamiento de sus aguas al romperse el bordo de contención hecho en 1896 y el anegamiento de la ciénega y de las zonas hondas de Guaracha (González, 1979, p. 143), así como la erupción del volcán de Colima en enero de 1913.

Titular de El Imparcial, diario capitalino, que habla de los grandes estragos causados por el gran temblor del 7 de junio de 1911. En Sahuayo, el más recordado fue la caída de la torre de la Parroquia de Santo Santiago Apóstol.

Con todo, no fue sino hasta ya entrado 1913 cuando Sahuayo se vio inmerso, de manera irremisible, en el polvorín revolucionario. Después de diversas incursiones de sendos cabecillas –una significativa parte de ellos, por no decir la inmensa mayoría, caracterizados por su ojeriza al catolicismo y al clero– en poblados aledaños o en la extensión del distrito, en junio de 1914, el tlajomulquense Eugenio Zúñiga hizo gala de crueldad tras haber irrumpido en Sahuayo y en Jiquilpan. Los pormenores del hecho pueden leerse en otra entrada de esta revista.

En ese punto, cuando el Porfiriato se transmutó sin remedio en una remembranza acreedora de aborrecimiento y desprecio, dejamos esta historia.

Como último dato, Sahuayo de Díaz conservaría su apellido hasta 1967, cuando el apellido del general José de la Cruz Porfirio fue reemplazado con el del celebérrimo sacerdote y caudillo insurgente vallisoletano, José María Morelos, tal como continúa hasta nuestros días. Para el momento del cambio, desde 1952, ya ostentaba el rango de “Ciudad”.

Bibliografía

Cancino, N. A. (2024). “Redes que tienden los pescadores en la laguna. . .”. El patrimonio biocultural de la laguna de Chapala antes de su desecación. Relaciones/Relaciones Estudios de Historia y Sociedad, 45(178), 167-191. https://doi.org/10.24901/rehs.v45i178.1056

Cuevas, M. (1928). Historia de la Iglesia en México. El Paso: La Revista Católica.

González y González, L. (1979). Sahuayo. México: El Colegio de México.

Pérez Monfort, R. (28 de febrero de 2018). Lázaro Cárdenas, un mexicano del siglo XX. Nexos: Sólo en línea. https://www.nexos.com.mx/?p=36432

Prado Sánchez, P. (1976). Sahuayo: Tradiciones y Leyendas. Edición del autor: Sahuayo.

Sánchez, R. (1896). Bosquejo estadístico e histórico del distrito de Jiquilpan de Juárez. Morelia: Porfirio Díaz. Ramírez-Sánchez, R. (2017). Cambios y continuidades de una vecindad contenciosa en la región Ciénega de Chapala, Michoacán. Quivera Revista De Estudios Territoriales

Sahuayo de Díaz. Primera parte

Generalidades históricas del Porfiriato en la actual Capital de la Ciénega (I)

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Durante el Porfiriato, al igual que muchas otras ciudades y poblaciones en México, Sahuayo experimentó un período de transformación y desarrollo y fue testigo y partícipe de la modernización impulsada por el gobierno de Porfirio Díaz, especialmente en los ámbitos demográfico y financiero. A continuación, abordaremos las generalidades de estas transformaciones. Dos de ellas, inclusive, tuvieron que ver con los aspectos político y toponímico. Por motivos de extensión, y para no cansar al lector, hemos determinado dividir el texto en dos entregas.

Fotomontaje alusivo al título de esta entrada, elaborado por la autora. En el centro, el general Porfirio Díaz; al fondo, el templo parroquial del pueblo que, al convertirse en Villa, tomaría su apellido.

La Guerra de los religioneros, en la que un grupo de sahuayenses tuvo una participación destacada, y el mismo pueblo fue escenario de los primeros polvorines oficiales de dicho conflicto bélico, tocó a su fin en 1876, con el triunfo del Plan de Tuxtepec y la rebelión homónima. Los militares Francisco Navarro y Herculano Ortega, sahuayenses, y el prefecto de Jiquilpan, Cayetano Macías, brindaron su apoyo al paladín que encabezaba la asonada, el oaxaqueño Porfirio Díaz Mori (1830-1915), que se alzó victorioso al derrotar a Lerdo de Tejada.

De este modo, Díaz subió al poder con el procedimiento ya habitual, a la sazón, en México: el golpe de Estado. Asumió la presidencia del país en forma interina entre el 28 de noviembre de 1876 y el 6 de diciembre de 1876, y por segunda vez del 17 de febrero de 1877 al 5 de mayo de 1877. Por fin, al menos la primera ocasión, ejerció el cargo en forma constitucional del 5 de mayo de 1877 al 30 de noviembre de 1880.

La paz volvió poco a poco a Michoacán, entidad que descolló en la Cristiada decimonónica, y eventualmente, también, al resto del país. En lo que respecta a Sahuayo, José Prado Sánchez refiere que, cuando Don Porfirio tomó posesión como primer mandatario, la futura Atenas michoacana ya había adquirido cierta forma de pueblo.

Leamos como lo describe él:

“[…] el templo había sido reconstruido y constaba de una nave de bóveda, al frente un gran atrio con una cruz frente al templo en un pedestal de piedra; ese atrio servía de camposanto y al norte y al sur anchos portones que daban acceso al atrio y al mismo tiempo servía de tránsito entre uno y otro extremo del pueblo. En ese tiempo fue designado párroco del pueblo el Sr. Cura (Macario) Saavedra, quien inició la reconstrucción del templo y, en el año de 1881, se terminaron los trabajos quedando una construcción magnífica” (1976, p. 15).

Templo de Santo Santiago Apóstol en Sahuayo, con su única torre. Fotografía mejorada por la autora.

Este autor añade que, para los aproximadamente ocho millares de habitantes que tenía la cabecera municipal en ese año, el templo era de gran tamaño, y poseía una enorme cúpula. Pero su rasgo más sobresaliente era la torre estilo minarete, de gran altura y esbeltez, cuya caída en 1911, a raíz de un poderoso sismo, le valdría a la localidad el mote “Sahuayo Torres Mochas”.

Luis González y González explica que el Porfiriato en Michoacán fue implantado por los siguientes gobernadores: Manuel González Flores –sucesor de Díaz en 1880–, Bruno Patiño, Octaviano Fernández, Prudencio Dorantes, Mariano Jiménez y Aristeo Mercado. Los tres primeros, con el apoyo cardinal de “rondas” y “acordadas”, dieron buena cuenta de los cabecillas que quedaban en pie de lucha o asolaban aquellas zonas (1997, p. 117). No era sino hacer eco a la táctica empleada por el primer mandatario, la de los famosos rurales, que si bien no era de la autoría de aquél, sí fue una de sus principales estrategias para pacificar el país y mantener el orden. Su misión era la defensa de zonas rurales en México, principalmente en lo tocante a la protección de diligencias y caravanas de ataques de bandoleros. Originalmente, el Cuerpo de Policía Rurales se compuso sobre la base de ex convictos, quienes por su experiencia y conocimiento de los grupos de delincuentes y de sus procedimientos pudieron reducir dramáticamente la inseguridad en los caminos y zonas campestres. Luego, por supuesto, se procedió a filtros más rigurosos para la selección de su personal.

General Manuel González Flores (1833-1893), primer gobernador porfirista de Michoacán. Fotografía mejorada por la autora.

Los tres últimos gobernadores del Porfiriato de Michoacán –véase el listado unos párrafos más arriba–, por su parte, condujeron a la entidad, sin prisas ni fanatismo, por la ruta de una prosperidad principalmente ferroviaria: ferrocarriles México-Morelia desde 1883; Morelia-Pátzcuaro desde 1886; Maravatío-Zitácuaro desde 1897; Yurécuaro-Zamora desde 1899, y hasta Los Reyes desde 1902; Pátzcuaro-Uruapan desde 1899, y algunos ramales como el de Angangueo, en distintas fechas (González, 1979, p. 117).

En lo que concierne al ámbito demográfico, el municipio de Sahuayo creció a pasos agigantados durante el mandato cuyo lema fue “Orden y progreso”. Prueba de ello fue que la población sahuayense pasó de 12326 habitantes en 1873 a 16689 en 1888, 18878 en 1895 y a veinte mil en 1900. La cabecera, por su parte, cambió de 5688 habitantes en 1873, a 7199 en 1895 y a los once mil a finales del Porfiriato. Así lo especifica Luis González y González citando a Antonio García Cubas, historiador, cartógrafo, geógrafo y escritor capitalino, considerado el padre de la estadística en México; y también lo confirman Ramón Sánchez (1896) en su Bosquejo estadístico e histórico del distrito de Jiquilpan de Juárez (p. 28) y Crecencio García Abarca en “Noticias históricas, geográficas y estadísticas del distrito de Jiquilpan” en el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, primer volumen, página 493 (1873, citado en González, 1979).

Sin embargo, a pesar de tal crecimiento demográfico, la superficie municipal disminuyó. Una ley del 7 de diciembre de 1877 le restó a Sahuayo, para sumárselos a Jiquilpan, los siguientes sitios: la Hacienda del Sabino, Las Fuentes, los Corrales, el potrero de la Calera, Estancia del Cerrito, Guayabo, Ojo de Rana, Arena, Puerta de los Tábanos y Palo Dulce. En 1879 se volvió a lo de antes por un brevísimo intervalo de dos meses. El decreto de 16 de diciembre de 1879, por último le dejó a Sahuayo la Arena, Guayabo, Palo Dulce y Sabino, Tábanos, Cerrito, Fuentes, Corrales y Ojo de Rana.

Luis González, no sin fundamento, considera que, de no haber sido por las mermas de territorio que acabamos de describir, el municipio sahuayense habría doblado su población a semejanza de su cabecera. No obstante, es preciso acortar que el aumento poblacional porfiriano en los lares sahuayenses no se debió precisamente a la salud pública –de eso hablaremos en seguida–, sino al dinamismo y auge económicos que experimentó la población.

El mismo autor señala que Sahuayo enfrentó continuas enfermedades letales y endémicas. Los rudimentarios avances médicos de la época poco o nada pudieron contra las fiebres primaverales ni la diarrea al comienzo de las lluvias estivales, ni tampoco el paludismo, que fue terrible en 1889, año en que se desbordaron las aguas chapálicas. A ello hubo que sumar el tifo, constante en la localidad, y dos epidemias que dejaron huella indeleble en la memoria sahuayense: el mal de San Vito (1871-1872) y la fiebre efímera (1887). Esta última causó el deceso de tres mil personas en un lapso de tres días.

Portada de la edición de El Siglo Diez y Nueve en el que se hizo mención del mal de San Visto en Sahuayo.
Pequeño espacio, en el periódico El Siglo Diez y Nueve (tomo 54, número 9977, página 3), en el que se habla de la magnitud de los estragos provocados por el mal de San Vito en Sahuayo. Arriba, la portada de la edición. Resaltado por la autora.

Ahora bien, a pesar de haber perdido territorio y de que sus habitantes sufrieran tantas patologías, Sahuayo vio elevado su rango. Una ley fechada el 13 de abril de 1891 lo elevó a la categoría de villa y le puso el apellido del presidente que, para aquel entonces, ya se había reelegido en dos ocasiones. La población cuya principal parroquia estaba –y está– dedicada al primer Apóstol mártir, y que dos centurias antes había llevado su nombre –“Santiago Tzaguaio”–, pasó a llamarse “Sahuayo de Díaz”. La cabecera municipal de Jiquilpan, en contraste, sí fue designada como ciudad, apenas tres días después, y adquirió el apellido del gran rival político del presidente Díaz: Juárez.

En lo que concierne a Jiquilpan, la rivalidad que hasta la fecha existe entre ambas localidades, aunque tan cercanas una de la otra, se agudizó durante el Porfiriato. Tal es el planteamiento, sólidamente fundamentado, de Ramírez Sánchez (2017). Dicho autor refiere que en ello intervinieron factores sentimentales, pleitos por tierras, injerencia de las autoridades jiquilpenses en Sahuayo, altercados  entre  las  élites por la hegemonía política del distrito e, inclusive, la renuencia de los sahuayenses de subordinarse política,  administrativa y religiosamente a Jiquilpan (p. 65). En este último rubro, Sahuayo dependía de su antagonista al sur, y así sería hasta 1940. Para los habitantes de Jiquilpan, en contraparte, resultaba denigrante que Sahuayo, un poblado más pequeño y supeditado a ellos, se perfilara y cimentara como líder del crecimiento económico y demográfico de aquella región.

En cuanto a las comunicaciones, Sahuayo de Díaz se vio enriquecido, en el mismo año en que cambió de apellido, con el servicio telegráfico. Al año siguiente, 1892, se consumó la obra del puente de cal y canto sobre el río. Los caminos de tierra se tornaron transitables casi todo el año. No fue de extrañar que todo esto, aunado al vertiginoso auge financiero que, en opinión de Ramón Sánchez (citado en González, 1979, p. 120), se debió a la afición de los comerciantes locales de vender mercancía con profusión, permitiera que Sahuayo se transformara en el núcleo mercantil preponderante de la región de la Ciénega a cincuenta kilómetros a la redonda.

La agricultura fue otra actividad que propició el acelerado desarrollo de Sahuayo durante el Porfiriato –aunque Jiquilpan no se quedaría atrás–, dada su cercanía con el lago de Chapala. Tan es así que, junto con su rival, desplazó a Cotija en dicho ámbito. Durante este periodo, la hacienda de Guaracha se convirtió en un centro productor importante en la organización social y territorial, con enérgicos vínculos de poder y dominio que son, y han sido, materia para prolijos artículos aparte.

Dibujo ilustrativo de la Ciénega de Chapala. Llama la atención un detalle: que la Parroquia de Sahuayo tenga dos torres (lo cual pasó hasta la década de 1930) en lugar de una. Imagen tomada del primer número de la revista cultural «Sahuayo, historia desde su gente», correspondiente al trimestre enero-marzo de 2021.

Es importante subrayar que, a pesar de que Jiquilpan se situaba –y hasta hoy– más cerca de Villamar, la actividad de la hacienda de Guaracha favoreció más a Sahuayo (Ramírez-Sánchez, 2017, p. 64), lo cual, como es natural, contribuyó a acentuar la competencia y antipatía entre ambas localidades y municipios. Esto se debió a que los ganaderos jiquilpenses se vieron restringidos por la alta producción de la hacienda limítrofe, en el municipio de Villamar, mientras que los rancheros y acaudalados sahuayenses no tuvieron dificultades ni obstáculos para ensancharse hacia el occidente, a los antiguos territorios de la hacienda de Cojumatlán. Así, Sahuayo de Díaz se coronó como el centro y sede del comercio, en “concesionario mercantil” de la Ciénega (p. 65), como camino incipiente para, un día lejano, granjearse ser considerada su capital. Era el comienzo de una carrera que ya no habría de detenerse. La ganadería pronto adquirió valiosa relevancia.

Detalle de la Ciénega de Chapala en 1892. Del acervo de Pablo Hermosillo Villalobos.

En la próxima parte, la segunda y última, hablaremos de otros ámbitos en los que Sahuayo sufrió modificaciones considerables, tanto para bien como para mal, hasta alcanzar el instante en que el Porfiriato se hizo añicos.

Bibliografía

Cuevas, M. (1928). Historia de la Iglesia en México. El Paso: La Revista Católica.

González y González, L. (1979). Sahuayo. México: El Colegio de México.

Prado Sánchez, P. (1976). Sahuayo: Tradiciones y Leyendas. Edición del autor: Sahuayo.

Sánchez, R. (1896). Bosquejo estadístico e histórico del distrito de Jiquilpan de Juárez. Morelia: Porfirio Díaz.

Ramírez-Sánchez, R. (2017). Cambios y continuidades de una vecindad contenciosa en la región Ciénega de Chapala, Michoacán. Quivera Revista De Estudios Territoriales, 19(2), 59-79. Consultado de https://quivera.uaemex.mx/article/view/9752

Parroquia de San Juan Bautista, en el antiquísimo barrio de Mexicaltzingo, en Guadalajara, y las pretéritas tradiciones en honor de este santo

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Ayer fue la festividad de San Juan Bautista, precursor del Señor. En la entrada de hoy hablaremos un poco acerca de los orígenes de uno de los templos más antiguos de la Zona Metropolitana de Guadalajara, que fue dedicado precisamente a él. Sus orígenes se remontan al año 1541, cuando dicha urbe ni siquiera había sido fundada en el valle de Atemajac.

El templo de San Juan Bautista de Mexicaltzingo cuando aún se hallaba en construcción la única torre que conserva. Imagen tomada de la página del hotel Gran Casa Xalisco, ubicado en la calle Nicolás Régules –véase su biografía en otra entrada de esta revista electrónica– #61, Col. Centro, en Guadalajara, y mejorada por la autora.

Fue en dicho año cuando el entonces Virrey, don Antonio de Mendoza, trajo a una gran cantidad de indígenas aztecas como aliados para atacar a los sublevados caxcanes, que a la sazón no daban ni un respiro a los españoles que trataban, infructuosa y repetidamente, de asentarse en las regiones que hoy ocupa el estado de Jalisco y que, por aquellos ayeres, ya eran parte del Reino o Provincia de la Nueva Galicia –establecido en 1531–. La Guerra del Mixtón había tomado carices ya muy graves.

Al finalizar dicha guerra, en 1542, los mexicas decidieron quedarse a vivir cerca de la recién fundada –por cuarta y última vez– ciudad de Guadalajara, donde les fueron otorgados los terrenos para fundar el barrio de Mexicaltzingo, nombre que significa “en las casitas de los mexicanos”, que sigue siendo, hasta nuestros días, uno de los barrios tradicionales de Guadalajara. El barrio, que luego se convirtió en pueblo, se fundó entre el 14 y el 16 de febrero de 1542.

He aquí lo que narra Fray Antonio Tello –fallecido en Guadalajara en 1653–, franciscano e historiador​ español que se desvivió por evangelizar a los naturales en la Nueva Galicia:

De la otra parte del río, algo apartados enfrente de la ciudad, poblaron algunos indios mexicanos, en unas fuentes u ojos de agua, de los que habían venido con el Virrey D, Antonio de Mendoza y pusieron por nombre al pueblo Mexicaltzingo. […] algunos mexicanos, siendo estos de mayor actividad como más expertos en fábricas por las que en México se habían hecho, quisieron quedarse algunos que se casaron con las indias de Galicia, y por ello y que tuviesen que cultivar, se les permitió asentasen su población al Poniente, en la vega de dicho río dividiendo términos con Analco del Sur a Norte y quedando la ciudad a la parte Norte de la nueva población, a la que se le dio el título de San Juan de Mexicaltzingo” (2004, párr. 1).

La capilla que erigieron aquellos indios fue dedicada a San Juan Bautista –así lo consigna una placa–, y hoy en día es un hermoso templo. La portada es de dos niveles, en el primero está el acceso con un arco de medio punto con decoración barroca, el cual está flanqueado por pares de columnas de capitel corintio. El segundo nivel tiene ventana coral rectangular y a los lados se pueden apreciar floreros en cantera.

Interior del templo de San Juan Bautista en el barrio de Mexicaltzingo. Fotografía en la solemne fiesta de la Natividad del Señor del año de 1925, apenas siete meses antes de que fueran suspendidos los cultos en toda la República a raíz de la persecución religiosa imperante. Imagen mejorada por la autora.

La edificación que se aprecia en la actualidad, se concluyó hacia 1808 y su estilo es de transición entre barroco y neoclásico. Esta iglesia es famosa porque en ella se venera una imagen de Jesús Crucificado, mejor conocida como “el Señor de la Penitencia”, al cual se le atribuyen muchos milagros. Este Crucifijo, según el libro «Los Cristos de caña de maíz y otras venerables imágenes de Nuestro Señor Jesucristo» (1970), del canónigo Luis Enrique Orozco, fue elaborado con pasta de caña como material primordial y, según se cree, data de 1585 fue fabricado en el taller escultórico de los hermanos Matías y Luis de la Cerda. También menciona la posibilidad de que haya sido fray Lorenzo de Zúñiga, guardián de San Francisco de Guadalajara, quien adquirió y trajo la imagen que está en Mexicaltzingo, así como otra muy similar.

La festividad en honor de este Cristo es cada Jueves de Ascensión. Cuentan las crónicas que, el martes de carnaval, la sagrada efigie era descendida y limpiada con algodoncitos, que la gente, en su sencillez, resguardaba como si fuesen reliquias. Asimismo, cada jueves y viernes por la noche, los parroquianos solían cantar a coro la siguiente estrofa:

¡Oh Dios de la suma bondad!

pues eres todo clemencia,

ten de nosotros piedad,

Señor de la Penitencia.

Ahora bien, Leticia Ibarra refiere que, a pesar de la gran devoción profesada al Señor de la Penitencia, la población indígena siempre tuvo en un lugar preeminente a su santo patrono, San Juan, cuya imagen antes se hallaba en la parte superior del altar mayor de la espaciosa iglesia actual.

Programa de las solemnes festividades en honor del Señor de la Penitencia de este año, 2024, emitido por la Parroquia de San Juan Bautista de Mexicaltzingo. Imagen mejorada por la autora.

Las festividades religiosas y populares daban principio el 23 de junio. Aquella fecha, la iglesia se iluminaba con profusión y se adornaba con vistosos lazos de ixtle torcido en los que se sujetaban las velas de cera, que se encendían cuando los frailes y los sacerdotes, en el presbiterio, iniciaban la Misa.

En la madrugada del 24 de junio, el pueblo entero se congregaba en la iglesia y cantaban las mañanitas al santo, los mestizos y criollos, con el correr del tiempo se habían unido a la celebración. A las diez de la mañana, se celebraba con gran magnificencia y ceremonia la llamada “misa de función”, esto es, la que suele denominarse solemne, con presbítero, diácono y subdiácono –denominada “de tres padres” porque, a menudo, dos sacerdotes tenían que hacer el papel de los dos últimos–, cantos, música e incienso. A ella asistían todos los feligreses, quienes, enfervorizados, no dejaban de llenar el aire con cantos en honor al hombre que, junto con Jesucristo y la Santísima Virgen María, es el único del cual se celebra el día de su venida al mundo.

Hasta muy avanzado el siglo XX, existió la creencia de que el “Día de San Juan”, como se conoce popular y religiosamente a esta fecha, el agua que fluía por riachuelos y manantiales, por gracia divina en honor del Precursor, estaba bendita, y el pueblo se bañaba con fe y devoción. Antes del alba, familias completas se dirigían a los manantiales para recibir los beneficios del baño sagrado, otorgados, tal como pensaban sinceramente, por la intercesión de San Juan Bautista.

Terminado el baño, las muchachas engalanaban sus caballos con amapolas y flores de San Juan. A lo largo del trayecto, se instalaban indias con las vendimias de lechugas frescas, tamales de ceniza y atole de cascarilla, para que los transeúntes pudieran deleitar su paladar. Bajo la sombra de los árboles, las bandas y las orquestas animaban la fiesta tocando valses, a la par que el júbilo de los niños se mezclaba con la música y el pueblo disfrutaba a plenitud su hermosa tradición en honor de aquel que, como decía el último Evangelio –rezado al final de la Misa y tomado del comienzo del Evangelio de San Juan Apóstol– “no era la Luz, sino para dar testimonio de la Luz”.

Eventualmente, la ciudad empezó a crecer y las costumbres y las tradiciones se fueron transformando o perdiendo de manera paulatina. Aquellas en honor de San Juan Bautista no fueron la excepción: como lo afirma el historiador Muro Ríos, la fiesta, tal como fue descrita en el presente texto, se mantuvo viva hasta el año de 1950.

Templo de San Juan Bautista de Mexicaltzingo en la actualidad. Fotografía: El Informador.

En la actualidad, el templo de San Juan Bautista se localiza en la calle Mexicaltzingo #1059, Colonia Mexicaltzingo, frente al parque homónimo, en la Perla de Occidente. Cerca, a sólo unas cuadras, se sitúa la estación de la línea 2 del Tren Ligero, que posee mismo nombre.

Fuentes:

Programa Destinos de México (2024). Parroquia de San Juan Bautista (Mexicaltzingo). https://programadestinosmexico.com/parroquia-de-san-juan-bautista-mexicaltzingo-guadalajara/

Guadalajara, la ciudad de las rosas (2004). El Cristo de la Penitencia. http://guadalajara.net/html/im_religiosas/01.shtml

Colaboración de Leticia Ibarra en Sucedió en Guadalajara hace un…

Cuando la vorágine carrancista cayó sobre Guadalajara

La toma de la Perla de Occidente por las tropas constitucionalistas y la posterior persecución religiosa

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Catedral de Guadalajara. Tropas carrancistas. Edición por la autora.

Una avenida de Guadalajara, que atraviesa tres municipios de la ciudad –incluyendo el Centro Histórico–, de modo lacónico, rememora aquella fecha en las placas colocadas en las esquinas: “8 de julio”. Pero pocos saben a qué acontecimiento hace alusión tal epígrafe. Pues bien: un día como hoy, pero de 1914, hace 110 años, las tropas «constitucionalistas» comandadas por Álvaro Obregón (1880-1928) y Lucio Blanco (1879-1922) hicieron su fatídica entrada a la ciudad de Guadalajara, luego de haber vencido a las fuerzas federales en la Batalla de Orendáin –u “Orendain”, dependiendo del texto–. Pero, lejos de lo que se ha propagado en publicaciones y efemérides, no fue un suceso glorioso y digno de ser celebrado. Veamos el motivo. Claro que, como en otros casos, dejamos que cada lector saque sus propias conclusiones.

General Álvaro Obregón, principal dirigente de las tropas carrancistas que irrumpieron a la ciudad de Guadalajara el 8 de julio de 1914. Fotografía mejorada por la autora.

Después de tomar la población de Tepic, Nayarit, el Ejército de Occidente al mando de Obregón inició su marcha hacia Jalisco. Corría el mes de junio de 1914. El 24 de junio, el general sonorense arribó a Etzatlán con sus hombres. Dos días después estuvo en Ahualulco de Mercado. Para el 1 de julio, el desplazamiento de tropas hacia Guadalajara dio inicio.

Al día siguiente, el general Manuel Macario Diéguez Lara avanzó hacia la sierra de Tequila y salió por Amatitán y Achío, donde tomó La Venta del Astillero y El Castillo –donde peleó el tlajomulquense Eugenio Zúñiga–, al sur de Orendain. En dicha posición, según lo planeado, se enzarzó en la lucha contra los federales enviados por el gobernador José María Mier. Obregón llegó para reforzarlo y, de tal manera, atacar a sus enemigos por dos frentes. Era el 6 de julio. Para la mañana del 7, la columna de Mier fue dispersada a cañonazos.

Rutas de las tropas federales y carrancistas en la Batalla de Orendain y en la toma de Guadalajara.

El camino a la codiciada Guadalajara quedó libre. A sabiendas de las tropelías que los carranclanes –como la gente llamaba despectivamente a los carrancistas–, se extendió la orden a todos los ciudadanos tapatíos de dar una cálida bienvenida a aquellos bandidos, célebres por su anticlericalismo y su odio hacia todo lo que tuviese el adjetivo «católico». Muy pronto habrían de demostrar, de nueva cuenta, que la fama de clerófobos y jacobinos no era infundada, sino lo contrario, muy bien granjeada.

Las tropas al mando de Obregón llegaron a las diez de la mañana. Éste fue acompañado por los generales Diéguez, Benjamin Hill, Lucio Blanco y Sebastián Allende de Rojas. Se repicaron las campanas para recibir al militar de Siquisiva, y a él le desagradó –otro rasgo en el que no se diferenciaba de muchos liberales jacobinos de su tiempo, que en algunos casos llegaron al extremo de prohibir el tañido–.

Al mediodía arribó el grueso de las hordas y se apoderaron de cuanto edificio pudieron: los cuarteles del Carmen, Capuchinas, Colorado, de la Gendarmería del Estado, el de Artillería (que estaba junto a la Alameda, en lo que hoy en día es el Parque Morelos); el Liceo del Estado, el de Niñas, la Casa de Moneda, Escuela de Artes del Estado, la Plaza de Toros del Progreso, la Escuela Industrial de Señoritas; numerosas casas particulares; el Palacio Arzobispal –más tarde Inspección de Policía y, en la actualidad, Palacio municipal de Guadalajara–, localizado contraesquina de la Catedral; y el Seminario Conciliar, el Mayor, localizado en el inmueble que alguna vez albergó a las monjas Agustinas Recoletas de Santa Mónica y anexo al templo dedicado a esta Santa. Allí, por mucho tiempo, estaría instalada la XV Zona Militar.

Leamos cómo refiere los hechos el entonces estudiante de leyes Anacleto González Flores –hoy reconocido como mártir y Beato por la Iglesia Católica y quien encabezó el grupo al que perteneció, alguna vez, el adolescente San José Sánchez del Río–:

“[…] no pasó mucho tiempo sin que el pueblo, que había aplaudido a su llegada al ejército constitucionalista viera lleno de asombro que las hordas venidas del norte ge entregaban con un lujo inaudito de impiedad y de cinismo a la profanación y al despojo de lo más santo y venerable. El palacio arzobispal, los talleres de «El Regional», periódico que atacó rudamente la muerte de Madero y la dictadura de Huerta; los edificios de las escuelas que dependían del Gobierno Eclesiástico y los de algunos articulares; los de las escuelas superiores, industriales y de otros colegios cayeron en poder de los revolucionarios.

Otro tanto sucedió con los hospitales, casas para ancianos y otras instituciones de caridad sostenidas por la piedad de particulares, por asociaciones piadosas o por la Iglesia con los fondos proporcionados por el pueblo. Las bibliotecas del Seminario Conciliar, del Colegio de San José y los gabinetes de Física y de Química fueron destrozados por la turba de salvajes que convirtieron en cloacas y en caballerizas edificios que, como el Seminario, merecen ser respetados cuando menos por su belleza arquitectónica (p. 382)”.

Antiguo Seminario Conciliar de Guadalajara, incautado por los revolucionarios carrancistas en la toma de dicha urbe el 8 de julio de 1914.

No hay que olvidar que, en ese momento, el futuro líder católico ya vivía en Guadalajara, por lo que todos esos hechos no le fueron desconocidos, ni mucho menos lejanos, ya que residía en el ahora llamado Centro Histórico.

Ante la huida del gobernador José María Terán, Manuel M. Diéguez tomó posesión del cargo.

General Manuel Macario Diéguez Lara, que ocupó el cargo de gobernador de Jalisco después de los eventos del 8 de julio de 1914.

Al día siguiente, los «constitucionalistas» procedieron a incautar los colegios católicos. Luego, el 21 de julio, se dictó la orden de arrestar a todos los presbíteros de la ciudad, con el objetivo de recluirlos en la Penitenciaría de Escobedo.

Poco después, la Catedral Basílica de Nuestra Señora de la Asunción fue profanada: los revolucionarios entraron montados en las bestias y destruyeron cuanto pudieron. Asimismo, no conformes con utilizar los ornamentos como trapos para la caballada y los vasos sagrados para beber, desenterraron los cadáveres de los Obispos que allí reposaban. En ello se adelantaron a los milicianos rojos durante la persecución religiosa en la madre patria.

Penitenciaría de Escobedo en Guadalajara, donde más tarde se localizaría el Parque de la Revolución (hoy llamado “Rojo”).

La misma suerte corrieron numerosos templos. Dado que la orden de cerrarlos –que llevaba consigo la profanación– se ejecutó con premura, en muchos de ellos no hubo tiempo de consumir las Hostias consagradas. En la Catedral fueron halladas en el suelo, desperdigadas. A algunos sacerdotes, en contraste, se les permitió consumirlas antes de llevárselos presos.

La imagen de Nuestra Señora de Zapopan estuvo a punto de ser quemada, según declaraciones del P. Daniel Lorewee, pero gracias a Dios se salvó y fue rescatada por una joven cuyo nombre permaneció en el anonimato.

La toma del 8 de julio supuso la desaparición de la división de occidente del Ejército Federal, la pérdida del gobierno huertista de la plaza de Guadalajara y, por consiguiente, el avance del ejército del Noroeste hacia la capital de la República.

Pero, por motivos que es fácil imaginar, la mayor parte de los libros de historia de Guadalajara –por no decir su totalidad– nunca tocan la irrupción de los carrancistas aquel ya lejano día de 1914, y, si lo hacen, pintan un cuadro que dista mucho de lo que en realidad fue: una toma que, si bien no implicó que se entablara una lucha en las calles, sí significó la destrucción, el pillaje y la rapiña y –hay que decirlo– la profanación, el sacrilegio y que los recién llegados diesen rienda suelta a su animadversión contra el catolicismo. Sería el principio de una persecución religiosa que no demoraría en tornarse sistemática y que, doce años más tarde, alcanzaría su punto álgido con las reformas al Código Penal hechas por un coterráneo de Obregón, su sucesor en la silla presidencial: Plutarco Elías Calles.

En la Guadalajara actual, el aniversario de lo acontecido el 8 de julio se festeja con actos cívicos, de conformidad al decreto número 16434 emitido por el Congreso del Estado y la LVI Legislatura, fechado el 17 de diciembre de 1996 y publicado el 25 de enero del año posterior. Dicho documento establece ese día como fecha solemne. En 2014 hubo un inusitado desfile militar con ocasión del centenario.

Fuentes:

González Flores, A. (1920). La cuestión religiosa en Jalisco. Guadalajara: Talleres La Época.

Guillén Vicente, A. (31 de enero de 2020). Los católicos jaliscienses frente a villistas y carrancistas: enero-febrero de 1915. Instituto de Investigaciones Jurídicas de la  UNAM. (55). https://revistas.juridicas.unam.mx/index.php/hechos-y-derechos/article/view/14301/15478

Vargas Ávalos, P. (6 de julio de 2017). 8 DE JULIO, FECHA SIGNIFICATIVA EN JALISCO. EXGBO. Presión con sentido. https://elgrullo.com.mx/?p=5383

El armisticio que puso final a la Guerra Cristera (1926-1929)

Los mal llamados “arreglos” del 21 de junio de 1929

Lic. Helena Judith López Alcaraz

En un par de días más, el 21 de junio, se cumplirán 95 años de la jornada en que la Cristiada llegó a su término oficial a través de los llamados “arreglos” entre el presidente interino Emilio Portes Gil y los prelados Leopoldo Ruiz y Flores (1865-1941) y Pascual Díaz y Barreto (1876-1936), obispos de Morelia y Tabasco respectivamente, representantes del grupo conciliador del Episcopado Mexicano. Dichos prelados habían intentado llegar a un acuerdo con el régimen perseguidor desde su inicio y tratado de trabar negociaciones tanto con Plutarco Elías Calles como con Álvaro Obregón.

En la posibilidad del susodicho pacto, el Estado veía la oportunidad para sojuzgar definitivamente a la Iglesia y acabar con el levantamiento de los cristeros, que para ese momento ya era una guerra en toda forma. Además, aquéllos habían sufrido un fuerte golpe moral y militar al haber pedido recientemente a su Jefe supremo, el general neoleonés Enrique Gorostieta Velarde, el 2 del mismo mes y año. En su lugar, Jesús Degollado Guízar tomó el mando.

Emilio Portes Gil, presidente interino de México, quien llevó a cabo los “arreglos” del 21 de junio de 1929.

El 5 de junio, los obispos ya mencionados departieron largamente con Portes Gil. Se convino que pronto se reanudaría el culto, se devolverían los templos y objetos que se encontraran dentro de ellos, y que, supuestamente, se decretaría la amnistía a los cristeros levantados, si aceptaban licenciarse adecuadamente. El 12 de junio hubo otra reunión, donde ambas partes prometieron presentar, el 13, las bases del acuerdo.

Así sucedió. Aquella jornada, el mandatario interino expuso una proposición que no cedía, ni un ápice, en lo ya planteado por Calles. La Constitución no sería alterada, ni siquiera una coma. En la práctica, sólo se volverían a abrir las iglesias y los sacerdotes podrían volver a impartir los Sacramentos en ellos. El único logro, en sí, sería la restauración de la vida eclesial. Los problemas de fondo quedaron fuera de la mesa de negociaciones. Los jerarcas católicos, a la hora de la hora, no pudieron conseguir ninguna prerrogativa a favor. El gobierno llevaba la ventaja.

Leopoldo Ruiz y Flores y Pascual Díaz y Barreto, los obispos que gestionaron los “arreglos”. Muchos católicos no vacilaron en llamarlos “componenderos”, y con tal calificativo fueron llamados desde entonces.

El 21 de junio, por fin, se concretaron los “arreglos”, con lo que, oficialmente, la Guerra Cristera había acabado. Ese mismo día se difundieron los “acuerdos” logrados en las entrevistas descritas, y el periódico capitalino El Universal encabezó así su edición: “El conflicto religioso terminó ya”. Y en El Informador, diario tapatío, se añadió lo siguiente: “Artículos de la ley que han sido mal comprendidos, han sido aclarados”.

Primera plana de la edición del 22 de junio de 1929 de El Informador, en el que se anuncia el término del conflicto religioso. Los hechos no tardarían en demostrar la falsedad del pacto y del mismo titular.

En páginas interiores de El Universal, por su parte, apareció el siguiente comunicado firmado por Monseñor Ruiz y Flores:

Fragmento de la primera plana de la edición de El Informador del 22 de junio de 1929. Resaltados por la autora.

“El obispo Díaz y yo hemos tenido varias conferencias con el C. Presidente de la República y sus resultados se ponen de manifiesto en las declaraciones que hoy expidió. Me satisface manifestar que todas las conversaciones se han significado por un espíritu de mutua buena voluntad y respeto. Como consecuencia de dichas declaraciones hechas por el C. Presidente, el clero mexicano reanudará los servicios religiosos de acuerdo con las leyes vigentes. Yo abrigo la esperanza que la reanudación de los servicios religiosos pueda conducir al pueblo mexicano, animado por un espíritu de buena voluntad, a cooperar en todos los esfuerzos morales que se hagan para beneficio de todos los de la tierra de nuestros mayores. México, D.F., 21 de junio de 1929. Leopoldo Ruiz y Flores, Arzobispo de Michoacán y Delegado Apostólico.”

Palabras casi análogas también se publicaron en El Informador, como podrá apreciar el lector en una de las ilustraciones de la entrada que nos ocupa.

Estos “arreglos” –no tiene por qué sorprendernos–, como quedó más que manifiesto y diáfano, constituyeron una auténtica farsa, con todo y los repiques de campanas y los cohetes lanzados para celebrar el fin de la guerra. Incontables personas creyeron que los obispos no sólo habían actuado con exceso de buena fe, sino que habían pecado de ingenuos, por mencionar un epíteto más gentil. Otros creían que fueron un par de tontos que se habían dejado engañar.

Se les llamó “componenderos” y, es preciso expresarlo, muchos no vacilaron en afirmar que eran traidores. Fueron baldones con los que tendrían que cargar el resto de su existencia. Independientemente del juicio de Dios, que cada ser humano enfrenta después de la muerte, así se les consideró en su tiempo. Eso sin mencionar que una de las condiciones para los susodichos “acuerdos” fue que tres prelados salieran del país: Francisco Orozco y Jiménez, José de Jesús Manríquez y Zárate y José María González y Valencia, obispos de Guadalajara, Huejutla y Durango, respectivamente. Tanto Ruiz y Flores como Díaz y Barreto lo aceptaron.

Era como haber retornado a las circunstancias previas a la suspensión de cultos, al punto de partida de la fase más álgida del conflicto. Fue la instauración de lo que se denominó modus vivendi, aunque para los cristeros fue, en realidad, el modus moriendi.

Ellos, principal carne de cañón en el asunto, tuvieron que deponer las armas, aun sabiendo que el gobierno no cumpliría la palabra dada de respetar sus vidas. Muy pronto comenzaron a cazarlos de forma sistemática, al grado de que se ha llegado a decir que murieron más jefes cristeros después de la componenda que durante la guerra misma. De nada sirvió que ellos hubiesen cumplido con su parte de un trato en el cual no participaron.

No por nada, en honor a la verdad, muchos sintieron que los habían vendido y traicionado miserablemente. Ni siquiera se les tomó en cuenta en las tentativas de entendimiento con el gobierno, como si no hubiesen existido. Incontables católicos, en particular los más comprometidos con la resistencia, compartieron su parecer. Los antiguos cristeros que sí alcanzaron a escaparse de la matanza tuvieron que abandonar sus lugares de origen y empezar de nuevo en otro lugar. Otros emigraron a los Estados Unidos.

Tales fueron las primeras muestras de “buena voluntad” del gobierno que, a todas luces, había salido triunfante. Poco después de un mes de llevados a cabo los “arreglos”, el 27 de julio –otras fuentes indican el 27 de junio–, los masones dieron un gran banquete al presidente Portes Gil, quien, en el brindis, les dirigió las palabras que siguen:

“Mientras el clero fue rebelde a las Instituciones y a las Leyes, el Gobierno de la República estuvo en el deber de combatirlo… Ahora, queridos hermanos, el clero ha reconocido plenamente al Estado. Y ha declarado sin tapujos: que se somete estrictamente a las Leyes. Y yo no podía negar a los católicos el derecho que tienen de someterse a las Leyes… La lucha [sin embargo] es eterna. La lucha se inició hace veinte siglos. Yo protesto ante la masonería que, mientras yo esté en el Gobierno, se cumplirá estrictamente con esa legislación.

En México, el Estado y la masonería, en los últimos años, han sido una misma cosa: dos entidades que marchan aparejadas, porque los hombres que en los últimos años han estado en el poder, han sabido siempre solidarizarse con los principios revolucionarios de la masonería” (citado en Scharlman, 2012, p. 628).

Licenciamiento de los cristeros en Jacona, Michoacán, en agosto de 1929. Imagen mejorada por la autora.

En lo tocante al culto, las Misas retornaron, los presbíteros dejaron su vida de forajidos y los templos fueron devueltos poco a poco –no todos, eso sí; algunos siguieron, y continúan hasta nuestros días, siendo utilizados como dependencias gubernamentales, bibliotecas, etcétera–. Pero no hay que creer que los sacramentos volvieron a impartirse allí de inmediato. En el caso de Sahuayo de Díaz, Michoacán, por ejemplo, el templo parroquial de Santo Santiago Apóstol fue devuelto formalmente el 19 de julio de 1929, prácticamente un mes después de los “arreglos”.

Y, a pesar de ello, no significó que se reanudara el culto. Tuvieron que pasar algunos días más para celebrar Misa y para que la cura de almas reiniciara. Primero hubo confesiones en masa, semejantes a las de los últimos días de julio de 1926. Luego, los bautismos. Por último, casamientos. Los trámites para la supuesta vuelta a la normalidad eran largos. En adición, había otro problema que resolver: la limpieza y rehabilitación del recinto sagrado, que había servido como cuartel, caballeriza y armería desde agosto de 1926. Aun así, la entrega efectiva de los templos sahuayenses demoró hasta los primeros días de agosto de 1929.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que la persecución religiosa se recrudeciera, máxime en entidades como Veracruz, Chihuahua y Tabasco. En 1931, y sólo por mencionar un ejemplo, un sacerdote –el hoy Beato Ángel Darío Acosta Zurita– sería asesinado dentro de la Catedral veracruzana. Más tarde, el acoso y asechanzas de las autoridades se intensificaron en el ámbito escolar, al grado de que inspectores eran enviados a las escuelas, incluso a las particulares, para verificar que no se enseñara religión, so pena de cárcel para el docente encargado y otras sanciones para el plantel. Y esto sólo era una parte. Para 1934, al promoverse el socialismo y el comunismo, se suscitó incluso el asesinato de católicos por parte de los llamados «camisas rojas» afuera de una iglesia de Coyoacán, en la Ciudad de México.

El vil armisticio de 1929, como quedó probado desde el comienzo, bien mereció que, hasta la fecha, se hable de él con comillas, o añadiendo el vocablo “llamados”, para poner en duda su veracidad o bien, tal cual, para externar una burla, lo mismo que ellos fueron: una mofa para el pueblo católico mexicano en la cual se pagó un precio altísimo a cambio de prácticamente nada. No en vano Jean Meyer, el famoso historiador de Niza, intituló así uno de sus libros: «Si “arreglos” pueden llamarse».

Fotografías tomadas de Vintage Image Photos y de Relatos e Historias de México.

Fuentes:

Carmona Dávila, D. (2024). Finaliza la guerra cristera sin pacto alguno del gobierno con el Vaticano, únicamente los actos del clero se ajustarán a las leyes vigentes. 21 de junio de 1929. Memoria Política de México. https://www.memoriapoliticademexico.org/Efemerides/6/21061929.html

Laureán Cervantes, L. (2016). El niño testigo de Cristo Rey. España: Buena Tinta.

Scharlman, J. (2012). México, tierra de volcanes. México: Porrúa.

La Batalla de la Trasquila

Jiquilpenses contra galos durante la Intervención Francesa

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Expédition du Mexique. — Victoire d’Uquilpan, remportée par le colonel Clinchant, du 2e zouaves, sur les généraux Juaristes Arteaga, Echegueray, Neri et Espinola. (Ce dernier remet son épée au Colonel Clinchant, atteint d’une balle à la jambe. D’après le croquis de M. Maynard.) [La victoria de Jiquilpan, ganado por el Coronel Clinchant, 2ª zuavos, en generales juaristes Arteaga, Echegueray, Neri e Espinola. (Éste último da su espada a Coronel Clinchant, quien recibió un disparo en la pierna)]. Ilustración fechada el 21 de enero de 1865, de la autoría de Gustave Janet y Charles Maurand. Incluida en la revista El mundo ilustrado.

El poblado michoacano de Jiquilpan, que desde el 16 de abril de 1891 ostentaría el rango de ciudad y el apellido del presidente zapoteca de Oaxaca, también tomó parte en la resistencia mexicana contra la invasión de los franceses. Dos años después del famoso combate en Puebla del 5 de mayo de 1862, en esta localidad de la Ciénega, las armas de ambas naciones se batieron… Sólo que allí, a diferencia de lo acontecido bajo el mando del general Ignacio Zaragoza, las de México “no se cubrieron de gloria”.

General José María Arteaga (1827-1865), quien lideró a las tropas republicanas durante la Batalla de La Trasquila.

Se trata de la Batalla de la Trasquila, también llamada de Jiquilpan, que tuvo lugar en noviembre de 1864, específicamente el 22.

En los días previos al día 21, el General de División José María Arteaga Magallanes, conocido liberal y republicano nacido en la capital del país, había ordenado a los Generales de Brigada Leonardo Ornelas Rourigner y Pedro Rioseco Romero –ambos originarios de Guadalajara– que, en unión del coronel Ignacio Zepeda, atacasen al contraguerrillero Rito Sabalsa en la población jalisciense de Jocotepec. El susodicho Sabalsa disponía de doscientos hombres de caballería –del bando conservador– y más de cien franceses del 81 de línea que mandaba el teniente Barberi, así como una media batería de artillería. En adición, en aquella tropa militaban quinientos jinetes mexicanos aliados de los galos. Así lo expone Eduardo Ruiz en su libro Historia de la Intervención en Michoacán.

En Jonotepec, los generales Rioseco y Ornelas lograron la victoria, causaron sesenta bajas muertos y tomaron prisioneros a ochenta artilleros zuavos. Después de la batalla, el Ejército mexicano se trasladó a la región de Jiquilpan, Michoacán, y se distribuyó en los lugares aledaños a esta localidad. González Ortega entró a Jiquilpan a las 11 de la mañana del 21 de noviembre, escoltado por el general Cuervo y el regimiento Lanceros de Jalisco.

Algunas horas después arribó el Ejército. El Cuartel General permaneció en la plaza, y por orden del segundo en jefe, general Miguel María Echegaray, se montó el campamento de la manera siguiente: la División compuesta de fuerzas de Jalisco y San Luis Potosí, al mando del mismo Echegaray, se instaló en el camino que conduce a Mazamitla, al pie de un cerro. Las brigadas de caballería marcharon hasta Guaracha, distante más de dos leguas de Jiquilpan –más de tres kilómetros–, y la mayor parte de la cuarta División, al mando del general Ignacio Herrera y Cairo se alojó en la población. El resto de los soldados, finalmente, se quedó en la loma que daría nombre a la batalla: La Trasquila.

Según el cronista José Luis Ceja, toda la noche del 21 de noviembre llovió de modo torrencial. El 22, durante la madrugada, la avanzada del Ejército Mexicano que acampaba en La Trasquila escucharon el ruido de fuerzas armadas que atravesaban las milpas cercanas. Eran los franceses. Se notificó al general Pedro Rioseco, quien acudió a todo galope en su montura desde el lugar en que acampaba. Iba aún en su corcel, cuando –de acuerdo con José Luis Ceja– fue muerto de un lanzazo por un zuavo francés. Otra versión, la de Jiquilpan y su historia, refiere que lo ultimaron a bayonetazos.

El Ejército invasor avanzó hasta las primeras casas del pueblo, donde estaba el general Leonardo Ornelas, quien combatió con bravura al invasor hasta desplomarse, muerto, de su caballo. A continuación los invasores franceses y los aliados mexicanos penetraron en Jiquilpan para sorprender al resto del Ejército republicano, que fue vencido.

Los cadáveres de Ornelas y Rioseco fueron sepultados en el camposanto de Jiquilpan, que a la sazón se localizaba en el atrio de la Parroquia de San Francisco de Asís –tal era la costumbre en aquella época–. Así lo expone la siguiente partida eclesiástica, que dice:

“En veintidós de Noviembre anterior / estando yo ausente  y según me informó mi Encar- / gado, el Sr. Ver. D. Estevan Careaga fueron se- / pultados en el campo santo algunos cadáve- res de mejicanos  y un extranjero muertos / en la guerra que en este día hubo en La Trasquila / entre Franceses y el Grueso del Ejército de Jalisco al mando del Sr. General Ar- / teaga; allí fueron sepultados, sin derechos los cada- / veres de los Sres. Generales D. Leonardo Ornelas; y D. Pedro Rioseco. José Ma. Prado [Rúbrica]”

La derrota, en suma, fue total para los republicanos. Ruiz, a quien citamos con anterioridad, inclusive llega al extremo de llamar a este episodio histórico “el desastre de Jiquilpan”.

Partida de sepultura eclesiástica de los generales Ornelas y Rioseco. Imagen editada por la autora.

Francisco Hernández Pulido, jiquilpense, en la segunda mitad del siglo XX, relataría así la magnitud de la carnicería:

“Y de tanto muerto que hubo lograron llenar un pozo de cantera que había por ahí, nomás pasaba el carretón lleno de muertos de un lado a otro. Todo eso me lo platicaba mi abuelo, porque mi abuelo era muy viejo” (Ramos y Rueda, 1984, p. 95).

Por su parte, José María Arteaga sería pasado por las armas el 21 de octubre de 1865 en Uruapan, Michoacán. El general Carlos Salazar, los coroneles Jesús Díaz y Trinidad Villagómez y el capitán Juan González correrían una suerte análoga. Todo para cumplir y llevar a la práctica el Decreto sobre guerrilleros y bandas armadas, emitido por el emperador Maximiliano el 3 del mismo mes. Dicho estatuto, conocido como el “decreto negro”, imponía la pena capital para los “guerrilleros”, incluyendo a aquellos republicanos que resistían al Imperio.

Decreto sobre guerrillas y bandas armadas, México, 3 de octubre de 1865, en Diario del Imperio, México, 3 de octubre de 1865, tomo II, núm. 228, p. 333, en AGN, Biblioteca-Hemeroteca.

El 1 de julio de 1934, apenas unos meses antes de ascender a la presidencia de la República, el General Lázaro Cárdenas del Río, oriundo del terruño jiquilpense, inauguró un monumento conmemorativo en la Loma de la Trasquila. Él mismo lo había mandado edificar y costeado, de su propio bolsillo, la mayor parte de su construcción. También se colocó una placa que resume el combate.

Monumento a los generales Leonardo Ornelas Rourigner y Pedro Rioseco Romero, en la Loma de la Trasquila, Michoacán. De México en fotos. Imagen mejorada por la autora.

Dicho monumento aún se conserva. La Loma de la Trasquila ahora es un asentamiento poblado, dentro de Jiquilpan. Una escalinata conduce al obelisco. Yendo unas cuadras hacia el oriente, en línea recta, se sitúa la Parroquia dedicada al Seráfico Padre. Hacia el poniente, se yergue el templo de San José.

Placa colocada en Jiquilpan de Juárez, Michoacán, con fecha del 1 de julio de 1934, para rememorar la Batalla de la Trasquila y la prolongada aunque infructuosa resistencia de las tropas republicanas en contra de las huestes francesas.

Fuentes:

Archivo General de la Nación (11 de octubre de 2022). Medidas contraguerrilleras durante el segundo imperio. Gobierno de México. https://www.gob.mx/agn/es/articulos/medidas-contraguerrilleras-durante-el-segundo-imperio#:~:text=El%20decreto%20del%203%20de,el%20guerrillero%20la%20pena%20capital.

Ceja, J. L. (5 de mayo de 2022). Jiquilpan, donde los franceses derrotaron a México dos años después de la Batalla de Puebla. La Voz de Michoacán. https://www.lavozdemichoacan.com.mx/cultura/historia/jiquilpan-donde-los-franceses-derrotaron-a-mexico-dos-anos-despues-de-la-batalla-de-puebla/

Ramos Arizpe, G. & y Rueda Smithers, A. (1984). Jiquilpan 1895-1920. Una visión subalterna del pasado a través de la historia oral. México: Centro de Estudios de la Revolución Mexicana Lázaro Cárdenas A. C., México. p. 95.

Ruiz, E. (1940). Historia de la Guerra de Intervención en Michoacán. México: Рипол Классик y Secretaría de Educación Pública.