“Que es de María la Nación…” (II)

La Coronación Pontificia de la Santísima Virgen de Guadalupe (Segunda parte)

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Portada alusiva al título y al tema de la entrada. Al fondo, la Colegiata de Guadalupe, antigua Basílica; y en el centro, flanqueada por la bandera mexicana y por la corona que se impuso a la venerada imagen que Dios pintó en el ayate de Juan Diego, Nuestra Señora de Guadalupe. Edición de imagen por la autora.

Una vez que el arreglo y remodelación de la Colegiata de Nuestra Señora tocó a su desenlace, y que Antonio Plancarte y Labastida anunció la tan ansiada fecha de la Coronación Pontificia, tanto D. Próspero María Alarcón y Sánchez, a la sazón Arzobispo de México, como los otros prelados de la República, participaron a sus diocesanos la fausta y acariciada noticia, a la par que, como lo ameritaba la ocasión, giraron los respectivos programas para las fiestas que habrían de prepararse. Como parte esencial se difundió la siguiente oración:

“¡Salve, Augusta Reina de los Mexicanos! Madre Santísima de Guadalupe ¡Salve! Ruega por tu Nación para conseguir lo que Tú, Madre nuestra, creas más conveniente pedir. ¡Ave María!”

El 31 de mayo de 1895, día en que a la sazón –antes de las reformas litúrgicas de la década de 1960– se celebraba la fiesta de Santa María, Reina, Monseñor Alarcón publicó un pastoral convocatoria en la que decía que uno de los designios para la Coronación era “contribuír [sic] a que se estreche con nuevos vínculos de religiosa atención la verdadera fraternidad que debe existir entre los diferentes pueblos de este Nuevo Mundo con la nación mexicana” (citado en Cuevas, 2003, p. 415). No en vano poco después, tal como se dijo en el periódico poblano El Amigo de la Verdad, en la página 3 de su edición del 19 de octubre del mismo año –esto es, una semana después del evento–, comenzó a cundir el rumor de que se quería declarar a la Virgen de Guadalupe como Patrona de las Américas y de que los prelados mexicanos pensaban, seriamente, en solicitar al Papa la declaración correspondiente.

Monseñor D. Próspero María Alarcón, Arzobispo de México cuando se efectuó la Coronación Pontificia de la Virgen de Guadalupe. Imagen: Lugares INAH.

Más allá de habladurías –que jamás faltan–, fundadas o no, los preparativos para la Coronación se llevaron a cabo. Para disponer los ánimos de los fieles a la celebración de la grandiosa solemnidad, los eclesiásticos mexicanos dirigieron a los fieles de sus Diócesis respectivas una Carta Pastoral, en que les encarecían el imponderable beneficio que, en todos los sentidos, recibiría la nación con la Coronación de la Patrona y Madre de los mexicanos; y les proponían devotos ejercicios, rezos, obras de piedad y demás providencias para preparar no sólo el ánimo, sino el alma y el espíritu, para el suceso largamente ansiado.

En Morelia, el 15 de agosto, Monseñor Ignacio Arciga decretó que habría un solemne novenario de Misas en las diversas parroquias y en la Catedral. El 14 de septiembre, El Amigo de la Verdad anunció que en Puebla, por mencionar un caso, se celebraría en dicha Diócesis una Misa solemne en la Catedral y en todos los templos de la jurisdicción, a la par que a las 10 de la mañana, hora de México, se verificaría un repicar general de las campanas para anunciar que la Coronación había sido efectuada (tomo VII, número 49). Tales fueron las indicaciones de D. Francisco Melitón Vargas.

Fragmento del programa de festividades religiosas que se llevarían a cabo en Puebla con motivo de la Coronación Pontificia de la Virgen de Guadalupe, emitido por Monseñor Francisco Vargas, y publicado el 14 de septiembre de 1895 en El Amigo de la Verdad. Edición y resaltados por la autora.

Algo similar decretó Monseñor Atenógenes Silva, cabeza de la Diócesis colimense, y dio a conocer que el Santo Padre había concedido la posibilidad de ganar una indulgencia plenaria a todos los fieles que, cumpliendo las condiciones habituales, rezaran ante una imagen de la Guadalupana y tomaran en cuenta las intenciones del Papa (Álbum de la coronación de la Sma. Virgen de Guadalupe, 1895, p. 16).

Este es sólo tres de los incontables ejemplos de cómo cada región eclesiástica de la República se dispuso para los festejos en honor de Aquella que, oficialmente, sería coronada como Soberana de la Nación. Fue un clarísimo mentís a las declaraciones vertidas en la primera plana del capitalino El Diario del Hogar, en su edición del 6 de octubre de 1895: en ellas se garantizaba que “el espíritu religioso puede subsistir y seguramente subsiste en muchas conciencias sinceras, pero el espíritu fanático va desapareciendo rápidamente. Lo prueba de un modo claro es casi fracaso de la coronación” (p. 1, año XV, número 18). A los católicos no les importaban, ni remotamente, las críticas acerbas de los liberales, masones y jacobinos.

Para ellos sólo eran realidad las siguientes palabras, con las que principiaba la introducción del Álbum de la coronación que se imprimió poco más tarde:

“Pronto, con el favor de Dios, será coronada la Virgen Santísima de Guadalupe, por / la fé y la piedad de un pueblo, que apenas nació ayer y ya se ha abrevado con las / amargas aguas de todos los dolores y todos los desengaños; que en ménos de un si- / glo ha sido atribulado con todas las aflicciones, con que otros pueblos no han sido / probados sino en el transcurso de muchos siglos. Llena está de lágrimas, pero tam- / bien de enseñanzas, la escuela del dolor: no hay oración más intensa ni más férvida, / que la que se levanta desde el profundo y pavoroso abismo de la desolación.

Al elevarlo hoy México, implorando el socorro de la Virgen Poderosa, levanta / su rostro bañado con las lágrimas del dolor de su pasado y de los terrores de su / porvenir. La Coronación de la Santísima Virgen de Tepeyac, será el acto más solemne de su / piedad y el más grandioso suceso en sus anales religiosos. La plegaria que la nación mexicana / elevará á la Virgen Santísima al coronarla, será el suspiro inmenso de su ternura, que después / de repercutir en los cristales de sus lagos y en las crestas de sus montañas se irá difundiendo so- / bre las olas de ambos mares; el himno interminable de su amor, que resonando de corazón en / corazón sobre las generaciones futuras, llegará hasta los lindes de la eternidad” (1895, p. 9).

El 28 de septiembre de 1895, el Abad Plancarte y Labastida, designado como tal desde el mes de junio anterior, tomó posesión de su flamante cargo ante la venerada imagen. Esto fue a petición de los demás miembros del Episcopado Mexicano; a juicio de Gutiérrez Casillas, así le recompensaron “sus personales merecimientos y el haber llevado a término las obras del santuario” (1984, p. 363).

Antonio Plancarte y Labastida (1840-1898), que fue nombrado Abad de la Colegiata de Guadalupe con motivo de la Coronación Pontificia.

Un par de jornadas después, al alba del 30 de septiembre, el portentoso ayate de Juan Diego fue conducido y puesto en el trono dispuesto para la que, al cabo del magnífico docenario, sería coronada oficial y canónicamente como Reina de México, para demostrar, en efecto, “que es de María la Nación”. Un acontecimiento imprevisto vino a revivir las álgidas discusiones entre los antiaparicionistas y quienes sí creían, con todo fervor, en los milagrosos hechos de diciembre de 1531: con gran pasmo, se observó […] que la corona de diez rayos o puntas de oro, que desde el principio cubría su cabeza, había desaparecido, pero sin ninguna huella de raspadura u otra violenta acción humana” (Gutiérrez Casillas, 1984, p. 363). Era como si Dios mismo, Quien pintó aquel incomparable y celestial cuadro, hubiese esperado a la Coronación Pontificia para remover la corona primigenia que, como Soberana que es, Él le había colocado a la Bienaventurada siempre Virgen María.

Al enterarse de aquel suceso, nos sigue contando José Gutiérrez Casillas, “no faltó quien contra el testimonio de todos los escritores guadalupanos y dictamen de 1751 [aún en vida de Boturini, el autor original del proyecto de coronar a Nuestra Señora de Guadalupe (1)] del pintor Cabrera, y en oposición a todas las copias y estampas conocidas, dijera que jamás se había probado la existencia de corona en el cuadro” (p. 363). Otros fueron más lejos y sostuvieron, hasta el cansancio y sin disponer de pruebas, que alguna mano atrevida había borrado la corona.

Lo que indiscutible, subraya Gutiérrez, es que la imagen de la Morenita sí la tuvo, y también que entonces, cuando la Coronación Pontificia estaba a la puerta, ya no la tenía. Pero, según lo explica el autor, no se esclareció la forma –humanamente hablando, por supuesto– en que desapareció, ni el momento preciso en que eso ocurrió.

Al margen de las exaltadas disputas, el santuario fue bendecido el 1 de octubre de 1895 por Monseñor Alarcón, quien consagró el altar mayor con los ritos de rigor –el lector puede averiguar un poco al respecto en la entrada “León a los pies de Nuestra Señora”–. Con ello se inauguraron las festividades.

Altar mayor y trono de la Santísima Virgen de Guadalupe, dispuestos para la Coronación Pontificia, el día en que el primero fue consagrado, 1 de octubre de 1895. Imagen tomada del Álbum de la coronación de la Sma. Virgen de Guadalupe y mejorada y editada por la autora.

Sólo cuatro prelados no asistieron a la Coronación. El Amigo de la Verdad, en su edición del 19 de octubre, especificó sus nombres: Pedro Loza y Pardavé, José María Cázares y Martínez (Obispo de Zamora), Herculano López de la Mora (de Sonora). Pero también, hay que reconocerlo, proveyó el listado de todos los Príncipes de la Iglesia que sí fueron y que, para no cansar al lector, no transcribimos; mejor incluimos el fragmento del facsímil.

Listado de los Obispos –y su respectiva jurisdicción eclesiástica– que concurrieron a la Coronación Pontificia de la Virgen de Guadalupe, publicado por El Amigo de la Verdad una semana después del evento. En la columna de al lado se menciona, por su parte, la idea de declarar a la Guadalupana como Patrona de las Américas, que ya desde entonces comenzó a circular. Edición y recuadros por la autora.

El 12 de octubre de 1895, incluso antes de la aurora, las calles de la Ciudad de México se fueron llenando de asistentes de forma paulatina, los cuales, emocionados, se encaminaron hacia la Colegiata. No faltaron feligreses que habían arribado desde la víspera.

A las cuatro de la madrugada ya había una nutrida multitud junto a la reja, y media hora después el P. Alberto Cuscó Mir celebró la Misa. Cuando acabó el Santo Sacrificio, ya la luz del alba comenzaba a pintar, con sus bellos matices, los muros del recinto sagrado y todo en derredor. Para aquel instante, la Villa se encontraba pletórica de gente. A las siete de la mañana, una hora antes de la que se había previsto para iniciar la egregia ceremonia, ya no se podía dar un paso cerca del templo.

Aprobación y bendición autógrafas de D. Próspero María Alarcón para la publicación del Álbum de la coronación de la Sma. Virgen de Guadalupe. Mejora de imagen por la autora.

A aquella muchedumbre, finalmente, se sumaba “la que habían transportado ciento diez coches desde el Distrito Federal, de los que sesenta y seis eran de primera clase y cuarenta y tres de segunda, doscientos cincuenta y seis carruajes particulares; ciento y tantos de alquiler: varios guayines; numerosos carros y carretas y las innumerables personas, que ya por devoción, ya por falta de vehículo, emprendían la marcha a pie” (Álbum de la coronación de la Sma. Virgen de Guadalupe, 1895, p. 83).

Colegiata de Guadalupe, antigua Basílica, donde se realizó la Coronación Pontificia de la Morenita del Tepeyac. Así lucía en 1895, precisamente ese año. Imagen tomada del Álbum de la coronación de la Sma. Virgen de Guadalupe y mejorada y editada por la autora.

El mismo Álbum nos dice que, casi al tiempo que llegaban los vehículos,

“entraron por la puerta que se designó para dar entrada a los sacerdotes, que es la del ábside, doce caballeros, previamente nombrados por el Ilustrísimo Señor Abad para hacer la recepción en las respectivas puertas, en cada una de las cuales estaba un comisionado, un Sacerdote y un gendarme para conservar el orden en el templo […]. Estos Señores vestían de rigurosa etiqueta, y en el ojal del frac llevaban un distintivo que consistía en una medalla, que tenía en el anverso la Imagen de Guadalupe, y en el reverso San Felipe de Jesús; suspendida de una roseta de color morado y café” (p. 83).

A las siete y media, aproximadamente, los Obispos y Arzobispos se apersonaron en la Colegiata y empezaron a entrar por la puerta de honor, es decir, la del Colegio de Infantes. Los carruajes en los que iban se aproximaron con suma dificultad, ya que, aunque estaba destinada exclusivamente para ellos, el Cuerpo diplomático, madrinas, bienhechores, notarios y parte del servicio especial del Coro, la multitud de fieles de toda edad y condición social que pretendía introducirse en el templo era incalculable. Todos se esforzaban por ingresar por donde se pudiera, sin importar cómo.

Por último, por la puerta antedicha, entró una representación de indígenas de Cuautitlán, de donde era originario Juan Diego –para entonces no elevado a los altares–, compuesta por veintiocho integrantes: cada uno representaba a una de las Diócesis mexicanas. Dicha iniciativa, con aprobación del Abad Plancarte, había sido de D. Ramón Ibarra y González, Obispo de Chilapa.

Monseñor Ramón Ibarra y González, Obispo de Chilapa, autor de la idea de que veintiocho indígenas oriundos de Cuautitlán, lugar de nacimiento del vidente y mensajero de Nuestra Señora de Guadalupe, representaran a las Diócesis mexicanas en la ceremonia de la Coronación Pontificia. Retrato editado y mejorado por la autora.

La expectación se agigantaba, como también la emoción –y aun la ansiedad– de los presentes. El incontenible fervor y el piadoso entusiasmo de los católicos mexicanos que se habían dado cita para ser parte del acontecimiento llenaban la atmósfera y, simultáneamente, latían al unísono en los corazones de todos y de cada uno.

Faltaba media hora para que la ceremonia de la Coronación Pontificia de Santa María de Guadalupe tuviera lugar.

De ello, como broche de oro para esta serie, hablaremos en la tercera y última entrega.

© 2024. Todos los derechos reservados.

Bibliografía:

Adame Goddard, Jorge (2008). Significado de la coronación de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe en 1895. Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM. Recuperado de https://repositorio.unam.mx/contenidos/5006158

Cuevas, M. (2003) Historia de la Iglesia en México. Tomo V. México: Porrúa.

Gutiérrez Casillas, J. (1984). Historia de la Iglesia Católica en México. México: Porrúa.

Sánchez y de Mendizábal, M. A. (17 de diciembre de 2023). La corona de Santa María de Guadalupe. Centro de Estudios Guadalupanos. UPAEP. https://historicoupress.upaep.mx/index.php/opinion/editoriales/desarrollo-humano-y-social/6957-la-corona-de-santa-maria-de-guadalupe

Traslosheros, J. E. (2002). Señora de la historia, Madre mestiza, Reina de México. La coronación de la Virgen de Guadalupe y su actualización como mito fundacional de la patria, 1895. Signos históricos. 4(7). https://signoshistoricos.izt.uam.mx/index.php/historicos/article/view/89

Álbum de la coronación de la Sma. Virgen de Guadalupe. Reseña del suceso más notable acaecido en el Nuevo Mundo. Noticia histórica de la milagrosa aparición y del Santuario de Guadalupe. Desde la primera ermita hasta la dedicación de la suntuosa basílica. Culto tributado a la Santísima Virgen desde el siglo XVI hasta nuestros días (1895). Imprenta “El Tiempo” de Victoriano Agüeros. Digitalizado por la Universidad Autónoma de Nuevo León.

Periódico El Amigo de la Verdad, de la ciudad de Puebla de los Ángeles. Ediciones del 14 de septiembre y del 19 de octubre de 1895.

Periódico El Diario del Hogar, de la Ciudad de México. Edición del 6 de octubre de 1895.

“Tú reinarás, oh Rey Bendito…”

Historia de este célebre himno en honor de Jesucristo Rey

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Fotomontaje alusivo al título de la entrada, que muestra a Cristo Rey, coronado de espinas pero triunfante, con vestiduras encarnadas y una capa dorada, circundado por la bandera mexicana y por una rama de olivo. Edición por la autora.

Esta hermosa pieza musical, a pesar de ser sumamente famosa y entonada actualmente por los fieles en Misas y procesiones eucarísticas y en las festividades en honor de Cristo Rey –y cómo olvidarlo, en Sahuayo, en el marco de los festejos en honor a San José Sánchez del Río–, tiene una historia muy poco conocida.

Es verdad, asimismo, que nuestros ascendientes ya cantaban esta canción desde los trágicos aunque gloriosos tiempos de la Cristiada y la persecución religiosa, y que de hecho fue gracias a esta gesta que sus versos y su melodía se popularizaron tanto que, hasta nuestros días, es ya un auténtico clásico musical cristero, aún más que otro bastante popular que inicia con las palabras: “Que viva mi Cristo, que viva mi Rey”. Como dato curioso adicional, incluso se le utilizó como tema principal de la música del filme “Padre Pro (Miguel Rico Tavera, 2007), sobre el Beato Miguel Agustín Pro, compuesta por José Luis Guzmán Wolffer. En una escena, poco antes de su martirio, podemos ver al jesuita y a sus compañeros de prisión entonándola, llenos de emoción; y después, durante los créditos, el espectador puede deleitarse con una versión que incluye las dos primeras estrofas.

¿Pero cuáles fueron los orígenes del “Tú reinarás”? ¿Quién fue su compositor? ¿En qué año surgió este hermoso cántico compuesto por estrofas de cuatro versos de nueve sílabas [1], y un estribillo con dos versos de siete sílabas y dos de nueve?

Promocional de la banda sonora original de la película Padre Pro (2007), de la cual el himno «Tú reinarás» es el tema principal.

La canción original, contrariamente a lo que muchos –en especial nosotros, los mexicanos– pensarían, no fue compuesta en lengua española, sino en francés. El creador fue el sacerdote Francois Xavier Moreau en 1882. El himno primigenio, por su parte, se llama “Nous voulons Dieu” –la expresión en idioma galo para “Queremos a Dios”–, y fue compuesto en honor de Nuestra Señora de Lourdes con ocasión de una peregrinación que el presbítero realizó a la Grotte de Massabielle –mejor conocida como la Gruta de Lourdes–, a orillas del río Gave de Pau, Francia.

He aquí la primera estrofa y el estribillo, cuya traducción adjuntamos:

Nous voulons Dieu, Vierge Marie,

Prête l’oreille à nos accents;

Nous t’implorons, Mère chérie,

Viens au secours de tes enfants.

(Refrain)

Bénis, ô tendre Mère,

Ce cri de notre foi :

Nous voulons Dieu ! C’est notre Père,

Nous voulons Dieu ! C’est notre Roi.

Y la traducción al español:

Queremos a Dios, Virgen María,

presta el oído a nuestros acentos,

te imploramos, Madre querida,

ven en ayuda de tus hijos.

(Coro)

Bendice, ¡oh tierna Madre!,

este grito de nuestra fe.

¡Queremos a Dios! Es nuestro Padre.

¡Queremos a Dios! Es nuestro Rey.

El canto, muy pronto, adquirió notable relevancia litúrgica.

A su vez –prueba de su rotundo éxito musical y religioso–, existió una versión italiana del mismo canto, “Noi vogliam Dio, Vergin María”, cuya traducción es casi idéntica a la francesa:

Noi vogliam Dio, Vergin Maria,

benigna ascolta il nostro dir,

noi t’invochiamo, o Madre pia,

dei figli tuoi compi il desir.

(Ritornello)

Deh benedici, o Madre,

al grido della fe’,

noi vogliam Dio, ch’è nostro Padre,

noi vogliam Dio, ch’è nostro Re.

En ambos casos, de cualquier modo, la única diferencia reside en la letra. La melodía es idéntica a la del himno cantado durante la persecución religiosa en México y la Cristiada, y cuyos acordes y notas son familiares para la inmensa mayoría de los católicos de nuestro país.

¿Quién compuso nuestra versión mexicana, la que cantaban los defensores de la fe en el combate y en los campamentos y que, con toda certeza, también salió de las fervientes gargantas de algunos de nuestros Mártires mexicanos, tanto de los que han sido elevados a los altares y los que no (la mayoría)? Sin importar lo exhaustivo de nuestra investigación, no hemos podido encontrar tan preciado dato, como tampoco el año del cual data la letra que conocemos. Quizá fue para los tiempos en los que Su Santidad Pío XI, mediante su Encíclica Quas Primas, instauró la Solemnidad de Cristo Rey en 1925, pero no tenemos ningún documento que avale, sustente o ratifique nuestra hipótesis.

El Papa Pío XI, autor de la Encíclica Quas Primas, a través de la que instituyó la fiesta de Cristo Rey.

Lo que es innegable es que, independientemente del anonimato del compositor de la letra mexicana del “Tú reinarás”, desde aquellos ayeres, ya a mediados de la década de 1920, aquél se convirtió en una canción indispensable para los católicos mexicanos, y en una infaltable para las ceremonias relacionadas con Cristo Rey y con todos los que, independientemente de su edad, sexo o condición, dieron su vida por Él y por la religión católica en nuestra patria. Es maravilloso y sobrecogedor ver que, pese al paso inexorable de las décadas –y dentro de poco, de una centuria–, y de cómo se han modificado las costumbres, este bellísimo himno sigue conservando esa vigencia apabullante, la misma que tuvo un 24 de noviembre, pero de 1927, cuando una ingente multitud acompañó los restos del sacerdote Miguel Agustín Pro Juárez y de su hermano Humberto al panteón de Dolores, en un funeral apoteósico.

Para terminar, por último, compartimos la letra completa de esta canción que los mexicanos, tomando prestada la melodía [3], hemos hecho tan nuestra:

Fieles y dolientes depositan flores en el ataúd del P. Miguel Pro –hoy beatificado– durante su sepelio. Durante éste, innumerables personas entonaron el himno «Tú reinarás». Fotografía: INAH / Archivo del Arzobispado de México.

¡Tú reinarás!, este es el grito
que ardiente exhalan nuestra fe
!Tú reinarás!, oh Rey Bendito
pues Tú dijiste: “¡Reinaré!”

Coro:

Reine Jesús por siempre,
reine Su corazón,
en nuestra patria, en nuestro suelo,
que es de María la nación.

Tu reinarás, dulce esperanza,
que el alma llena de placer;
habrá por fin paz y bonanza,
felicidad habrá doquier

Tu reinarás en este suelo,
te prometemos nuestro amor.
¡Oh buen Jesús!, danos consuelo
en este valle de dolor.

Tú reinarás, reina ya ahora,
en esta casa y población [2],
ten compasión del que te implora
y acude a Ti en la aflicción.

Tú reinarás, toda la vida
trabajaremos con gran fe
en realizar y ver cumplida
la gran promesa: “¡Reinaré!”

Notas:

[1] El eneasílabo es un verso de arte mayor conformado por nueve sílabas, cuyo uso es poco frecuente en español. Cuando se emplea, aparece sobre todo en los estribillos de canciones de tradición oral.

[2] En otras versiones dice: “en toda casa y población”.

[3] Algo idéntico a lo sucedido con la música de la Marcha Real Española (o Marcha de Granaderos), actual Himno Nacional de la madre patria, para dar lugar a la canción que empieza con las palabras “La Virgen María es nuestra protectora” y que, en cierta parte, dice: “Somos cristianos, y somos mexicanos. / ¡Guerra, guerra contra Lucifer!” Al igual que con “Tú reinarás”, no se conoce al autor de la letra.

© 2024. Todos los derechos reservados.

Versión de la “Alegoría del sueño de Valverde” de D. Antonio Segoviano (1924) pintada por Tobías Villanueva, guanajuatense. La obra original fue inspirada por el sueño de Monseñor Emeterio Valverde y Téllez acerca cómo visualizaba la victoria de Cristo Rey en la Patria Mexicana. Actualmente la pintura original se encuentra en el Museo del Cerro del Cubilete, y la de Villanueva en la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, Fresnillo (Zacatecas).

Fuente:

Tomado de nuestra publicación original del 27 de octubre pasado, con ocasión de la Solemnidad de Cristo Rey –que, en el calendario anterior a las reformas litúrgicas del Concilio Vaticano II, y tal como lo especificó el Papa Pío XI al instituir la fiesta en 1925, se celebra el último domingo de octubre, el inmediatamente anterior a la Solemnidad de Todos los Santos–, en la página Testimonium Martyrum (expresión latina para “Testimonio de los Mártires”). Naturalmente hemos enriquecido el texto para esta entrada.

“Que es de María la Nación…” (I)

La Coronación Pontificia de la Santísima Virgen de Guadalupe (Primera parte)

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Fotomontaje que alude al título de esta entrada, conformado por la corona que se otorgó a la Virgen de Guadalupe, un fragmento de la venerada imagen y, al fondo, la antigua Basílica. Edición por la autora.

Para ningún mexicano es secreto que la Santísima Virgen, en su advocación de Guadalupe, es la soberana indiscutible de nuestro país y de nuestro terruño, al cual dejó su sagrada imagen. Desde que se apareció en el cerro del Tepeyac, en el lejano año de 1531, su importancia ha sido tal que la cultura mexicana, unión de españoles e indígenas, no puede comprenderse sin Ella y su portentosa intervención. No en vano los cristeros e incontables católicos entonaban con fervor aquellos versos del estribillo del celebérrimo himno “Tú reinarás” en el que afirmaban, con conmovedora convicción, que la Nación Mexicana le pertenece no sólo al Rey, el Hijo, sino también a la Reina, Su Madre:

“Reine Jesús por siempre,

reine Su Corazón,

en nuestra patria, en nuestro suelo,

que es de María la Nación”.

En el ocaso del siglo XIX, ya bajo el mandato de don Porfirio Díaz Mori, los católicos mexicanos sintieron el deseo de ratificar e institucionalizar el reinado de la querida y venerada Morenita en nuestra patria con todas las ceremonias canónicas requeridas. No fue, como señala Traslosheros (2002), el anhelo de unos cuantos, sino de la Iglesia mexicana en general, representada por sus prelados y feligresía (p. 105).

La idea no era nueva, cabe aclararlo: ya desde el siglo XVIII, el viajero e historiador italiano Lorenzo Boturini Benaduci (1698-1755), ferviente promotor de la devoción a la Guadalupana en la Nueva España, había gestionado el permiso del Vaticano, llevado a cabo la petición correspondiente el 18 de julio de 1738 y conseguido el decreto necesario en 1740. Por desgracia, Boturini fue terriblemente perseguido por el virrey Pedro de Cebrián y Agustín (1687-1752), V conde de Fuenclara, y eventualmente arrestado y deportado a España en 1743. Un año antes de su muerte, en 1754, el Papa Benedicto XIV emitió el Breve Non est quidem, por el que la Santa Sede reconocía a Nuestra Señora de Guadalupe como patrona universal de la Nueva España, en respuesta a la solicitud del jesuita criollo Juan Francisco López (Escamilla González, 2010, p. 254). Pero la Coronación no se efectuó, y Boturini murió sumido en la pobreza en mayo de 1755.

Lorenzo Boturini, autor original de la idea de coronar canónicamente la bendita imagen de Nuestra Señora de Guadalupe. Tristemente su iniciativa no tuvo éxito.

A pesar de la educación laicista y de corte netamente positivista que proliferó en las escuelas oficiales durante el Porfiriato, la intensidad de la vida católico en México se dejó sentir con renovado vigor. La frecuencia creciente en la recepción de los Sacramentos, el aumento de asociaciones piadosas y la intensificación de la piedad en templos y hogares que permitió la política de tolerancia del presidente Díaz se vio fortalecida por aquel anhelo, acariciado desde tiempos pasados. A decir del padre jesuita Mariano Francisco Cuevas García, tanto el pueblo mexicano como el sentido católico de la nación en sí “necesitaba ya una explosión de devoción y de afecto […]. En estos casos, por un impulso de sangre, México dirige sus miradas instintivamente hacia el Tepeyac” (2003, p. 413). Había sonado el momento de retomar el sueño fallido de Boturini.

Según Gutiérrez Casillas (1984), la idea de coronar solemnemente a la Guadalupana fue revivida en 1885. Mariano Cuevas menciona, por su parte, que esto se suscitó poco después, en 1886, a raíz de que en Jacona (Michoacán), perteneciente a la Diócesis de Zamora, se había llevado a cabo la coronación de Nuestra Señora de la Esperanza. Allí, de acuerdo con Cuevas, “varios eclesiásticos allí presentes, entre ellos el Sr. Arzobispo Labastida, tuvieron o renovaron el deseo de que la Virgen Santísima de Guadalupe fuera canónicamente coronada con todo el esplendor que podía esperarse del entusiasmo y magnanimidad del pueblo mexicano” (2003, p. 413).

La solicitud formal fue enviada a la Ciudad de las Siete Colinas el 24 de septiembre de 1886, a nombre del Episcopado Mexicano y suscrita por tres personajes notables dentro de aquél y de la jerarquía eclesiástica de nuestro país en general en aquel instante: el Arzobispo de México, Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos; el Arzobispo de Michoacán, José Ignacio Árciga, XXXIII Obispo de Morelia; y el II Arzobispo de Guadalajara, Pedro Loza y Pardavé. Por aquellos ayeres el Sumo Pontífice era Gioacchino Vincenzo Pecci, que había tomado el nombre de León XIII y que, hasta la fecha, es recordado como el Papa de la doctrina social de la Iglesia y como el autor de la famosa Encíclica Rerum Novarum (1891), acerca de las condiciones de los trabajadores.

Su Santidad León XIII (1810-1903), quien aprobó la Coronación Pontificia de la Guadalupana en febrero de 1887.

Sólo un obispo mexicano, nos dice Gutiérrez Casillas (1984, p. 362), no otorgó su consentimiento para el proyecto de la Coronación: Eduardo Sánchez Camacho, obispo de Tamaulipas. Cuevas, por el contrario, omite la cuestión. La oposición de Sánchez causó escándalo tanto entre sus compañeros del Episcopado como entre los fieles, y se sumó a una larga lista de acciones que, en honor a la verdad, no correspondían a la de un obispo católico que salvaguardara la fe cristiana, a la misma jerarquía y a la Iglesia misma: no sólo había condenado las peregrinaciones al Tepeyac y las apariciones, sino que, asimismo, no vaciló en llamar “valientes soldados, hombres ilustrados” a los masones, enemigos jurados del catolicismo. Éstos, inclusive, lo habían felicitado en varias ocasiones.

Dejando lo anterior de soslayo, y sin importar lo acontecido, el mensaje arribó a Roma. La contestación del Vicario de Cristo fue bastante rápida. El 8 de febrero de 1887, el Papa expidió en Roma el Breve por el cual autorizaba la Coronación Pontificia. Transcribimos enseguida la traducción al español:

“Se nos ha presentado la relación de que todos los fieles de la Nación Mexicana veneran desde hace mucho tiempo, con singulares muestras de piedad y confianza, a la bienaventurada Virgen María bajo el título de Guadalupe; y con mucho empeño desde el año de 1740 habían suplicado al Cabildo Vaticano que la Imagen célebre en prodigios, fuese condecorada con corona de oro; pero las circunstancias civiles de México habían sido tales, que hasta ahora no ha podido tributarse este solemne obsequio de culto y devoción. Al presente, empero, los arzobispos y obispos de la Nación Mexicana, secundando los deseos de los fieles que les están encomendados, en la ocasión de que nos vamos a celebrar el quincuagésimo aniversario de nuestra Primera Misa, habiéndonos rogado con muchas instancias que para el próximo mes de diciembre les demos facultad de decorar a la supradicha dicha imagen con preciosa diadema, en Nuestro nombre y con Nuestra autoridad hemos benignamente acordado acceder a esta súplica […]. En virtud de Nuestra apostólica autoridad, por el tenor de las presentes, concedemos que el arzobispo de México, o uno de los obispos de la Nación Mexicana elegido por él, en cualquier día del próximo mes de diciembre, y observando lo que por derecho debe observarse, imponga solemnemente en Nuestro nombre y con Nuestra autoridad la corona de oro a la mencionada imagen de la bienaventurada Virgen María de Guadalupe” (citado por Gutiérrez Casillas, 1984, p. 362).

Sin embargo, en términos eclesiásticos y canónicos, para los príncipes de la Iglesia Católica en México no bastaba con realizar la Coronación, sino también que se concediera un nuevo oficio litúrgico para celebrar anualmente a la Virgen de Guadalupe. Así pues, con ello en mente, el 27 de noviembre de 1889, D. Pedro Loza dio los primeros pasos para la consecución de dicho oficio.

Monseñor Pedro Loza y Pardavé, Arzobispo de Guadalajara, uno de los principales gestores del proyecto de la Coronación Pontificia de la Guadalupana ante la Santa Sede. Imagen mejorada por la autora.

Al margen de la incredulidad que las apariciones suscitaron en muchos creyentes, al grado de que el connotado historiador católico Joaquín García Icazbalceta se coronó como cabeza del movimiento antiaparicionista, las gestiones tanto para el oficio guadalupano como para la Coronación Pontificia prosiguieron. El 12 de febrero de 1882, los Obispos mexicanos se dirigieron oficialmente a la Santa Sede en demanda del Oficio ya descrito, en el que –explicaron– “más explícitamente constara la aparición y origen de la venerada imagen” (Gutiérrez Casillas, 1984, p. 361). Los adversarios de la autenticidad del suceso guadalupano no se quedaron de brazos cruzados: a su vez, enviaron al Vaticano las objeciones correspondientes en lengua latina, incontables cartas y hasta un agente que litigara en favor suyo. Los prelados, como respuesta, comisionaron al P. Francisco Plancarte Navarrete para rebatir los razonamientos antiaparicionistas.

Joaquín Icazbalceta, gran opositor de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe.

Después de una prolongada expectación de catorce meses, durante los cuales los cardenales consideraron y sopesaron la cuestión, el ansiado decreto fue emitido. Era el 6 de marzo de 1894. En el documento se aprobaba, íntegro, el ambicionado oficio.

Mientras tanto, de forma simultánea, el proyecto de la Coronación había seguido en pie, pero sin consumarse todavía. A pesar de que, como ya vimos, Su Santidad León XIII había dado su venia, lamentablemente hubo un obstáculo más, de índole más humana y subjetiva, que pausó la iniciativa: la idea de renovar y ensanchar la Colegiata de Guadalupe, regenteada por D. Antonio Plancarte y Labastida, que había cursado estudios en el Seminario Tridentino de Morelia.

Mariano Cuevas, que vivió aquellos acontecimientos –el tomo quinto de su obra Historia de la Iglesia en México fue publicado originalmente en plena persecución religiosa, en 1926–, no tiene reparo en afirmar que, si bien “el celo y abnegación demostrados por D. Antonio […] en la colecta de fondos y dirección de los trabajos de la Colegiata, fueron ciertamente notorios y edificantísimos”, el decorado final “resultó heterogéneo, exótico, lúgubre, y en su conjunto inferior al antiguo que para entonces se inutilizaba” (2003, p. 413).

Colegiata de Guadalupe (antigua Basílica) en una pintura de Luis Coto, año 1859. Su primera piedra fue colocada el 12 de marzo de 1695. En 1904 sería elevada al rango de Basílica. Fue allí donde, el 14 de noviembre de 1921, la bendita imagen sufrió el célebre atentado dinamitero.

En opinión de este historiador eclesiástico, la remodelación no sólo significó un gasto innecesario, sino un lamentable motivo para diferir por siete años la Coronación Pontificia de la Virgen de Guadalupe. A su juicio, más habría valido gastar los recursos recaudados para edificar otro templo, o al menos una capilla, en la cumbre del cerrito del Tepeyac (2003, p. 413). Gutiérrez Casillas, en contraste, considera que la intención de Plancarte y Labastida fue buena, y que todo se hizo “para que la solemnidad de la coronación correspondiera a la grandeza del proyecto, que era el hacer a la Madre de Dios, bajo su advocación nacional, un obsequio de culto y devoción”, de allí que “se pensó en reformar con esplendidez su santuario” (1984, p. 363). Siete años, siete meses y siete días –¿mera casualidad de las cifras o una coincidencia divina?– tuvo que permanecer la sagrada imagen en la iglesia de Capuchinas, aguardando pacientemente –y con ella, todo el pueblo católico mexicano– la conclusión de las obras. Fueron siete años “que los mexicanos nos parecieron siglos” subraya Cuevas (p. 413).

Antonio Plancarte y Labastida, encargado de la Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe, cuya remodelación demoró la Coronación Pontificia de la Guadalupana por siete años.

Zanjado el asunto de la Colegiata, en abril de 1895, los trabajos finalizaron. El camino quedó libre –¡por fin!– para la Coronación Pontificia de la Santísima Virgen de Guadalupe. Labastida fue quien anunció la fecha de la magna jornada: el 12 de octubre, el Día de la Raza y de la Hispanidad y festividad de Nuestra Señora del Pilar, de aquel mismo año.

De los preparativos para aquel día y los pormenores del mismo, que bien vale la pena rescatar con el mayor cuidado y esmero posibles, nos ocuparemos en otra entrada.

© 2024. Todos los derechos reservados.

Bibliografía:

Cuevas, M. (2003) Historia de la Iglesia en México. Tomo V. México: Porrúa.

Escamilla González, I. (2010). La piedad indiscreta: Lorenzo Boturini y la fallida coronación de la Virgen de Guadalupe. En: Francisco Javier Cervantes Bello (coord.), La Iglesia en Nueva España. Relaciones económicas e interacciones políticas. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla – Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades. pp. 229-555.

Gutiérrez Casillas, J. (1984). Historia de la Iglesia Católica en México. México: Porrúa.

Ramos Aguirre, F. (14 de febrero de 2022). Eduardo Sánchez Camacho, obispo, liberal y anti-guadalupano. Paso Libre-Grecu (Grupo de Reflexión sobre Economía y Cultura). https://pasolibre.grecu.mx/eduardo-sanchez-camacho-obispo-liberal-y-anti-guadalupano/

Sánchez y de Mendizábal, M. A. (17 de diciembre de 2023). La corona de Santa María de Guadalupe. Centro de Estudios Guadalupanos. UPAEP. https://historicoupress.upaep.mx/index.php/opinion/editoriales/desarrollo-humano-y-social/6957-la-corona-de-santa-maria-de-guadalupe

Traslosheros, J. E. (2002). Señora de la historia, Madre mestiza, Reina de México. La coronación de la Virgen de Guadalupe y su actualización como mito fundacional de la patria, 1895. Signos históricos. 4(7). https://signoshistoricos.izt.uam.mx/index.php/historicos/article/view/89

“México Tuyo, siempre será”

Centenario de la segunda consagración de México al Sagrado Corazón de Jesús (1924)

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Fotomontaje alusivo al título y al tema de la presente entrada, elaborado por la autora.

En una fecha como esta, pero de 1924, hace justamente cien años, México fue consagrado por segunda ocasión al Sagrado Corazón de Jesús. Esto se llevó a cabo en el marco del I Congreso Eucarístico Nacional, por parte del Episcopado Mexicano. Corrían tiempos muy aciagos para el catolicismo en nuestra patria. Plutarco Elías Calles, con quien la persecución religiosa alcanzaría su punto álgido, ya había “ganado” los comicios electorales. El Congreso, como dato que confirma la fatídica coyuntura imperante –no únicamente en lo religioso, sino también en lo político–, ya se había pospuesto en una ocasión, a raíz de la rebelión delahuertista.

Cabe mencionar que la primera consagración se había hecho hacía poco más de una década, el 6 de enero de 1914, justo cuando sobre el país se cernía la revolución carrancista con toda su barbarie de destrucción, pillaje, sacrilegios e inquina anticatólica. Justamente, el que Victoriano Huerta –quien, a pesar de que no fue ningún santo, no perteneció a la masonería– autorizara aquel evento fue esgrimido por los jacobinos y los enemigos del catolicismo como pretexto para perseguir a la Iglesia, a la que acusaron falsamente de estar en connivencia con el régimen del colotlense y, por supuesto, con la caída y asesinato de Francisco I. Madero.

Portada del Congreso Eucarístico Nacional de 1924. La leyenda que rodea a la Hostia, traducida al español, dice: «Yo soy el Pan vivo que ha bajado del Cielo» (Juan 6, 51). Imagen mejorada por la autora.

El programa del Congreso, además de la consagración que nos ocupa, contemplaba una peregrinación de los niños mexicanos, residentes en el Distrito Federal, a la Basílica Nacional de Guadalupe, el sábado, 4 de octubre; y el resto de los días, del 5 al 12 de octubre, procesiones de fieles y clérigos de las ocho Provincias Eclesiásticas que existían a la sazón en México, a saber: Yucatán, Puebla, Monterrey, Durango, Antequera, Guadalajara, Michoacán y México.

Asimismo, entre las actividades religiosas estaban contempladas la celebración de Misas todos los días en todas las Iglesias parroquiales y filiales de la Ciudad de México, Misas Pontificales en la Catedral de México y en la Basílica Guadalupana, adoración diurna y nocturna del Santísimo Sacramento y Asambleas de Estudios.

Para el domingo 12 de octubre, se había dispuesto que a las 9 de la mañana se oficiara una Misa Pontifical en la Basílica Nacional de Guadalupe, en el marco de la Peregrinación Nacional a la Villa de Guadalupe, y que a las 4 de la tarde fuese la solemne clausura del Congreso Eucarístico, con una procesión. Para el lunes 13 de octubre, finalmente, se había programado una solemne velada literaria en el Teatro Olimpia, a las 6 de la tarde, cuyo principal número sería la puesta en escena de un auto sacramental de Sor Juana Inés de la Cruz.

Como último dato interesante, se compuso un himno para el Congreso, intitulado “Cantad, cantad”, de la autoría de Francisco Zambrano S. J. y con música de Salvador Orozco C. La pieza musical empieza justo con tales vocablos y dice así, en su primera estrofa:

Cantad, cantad; la Patria se arrodilla
al pasar Jesucristo Redentor,
un nuevo sol para nosotros brilla,
sol del amor, del amor.

Fragmento de la partitura del himno eucarístico «Cantad, cantad», compuesto ex profeso para el Primer Congreso Eucarístico Nacional en 1924. Créditos a quien corresponda.

Pero volvamos a la jornada que nos ocupa. El sábado 11 de octubre, festividad de la Maternidad de la Santísima Virgen María –en el calendario litúrgico previo a las reformas del Concilio Vaticano II–, fue la fecha elegida para la consagración de México al Sagrado Corazón. Ante una multitud congregada en la Catedral Metropolitana de la capital, los obispos pusieron a la Nación mexicana a los pies de Cristo y de su Deífico Corazón.

Durante la Misa pontifical –la sexta del Congreso–, el entonces obispo titular de Anemuria y Arzobispo coadjutor de Morelia –más tarde Arzobispo de México–, Luis María Martínez, expresó:

“¿No era justo, que, por esta Consagración total y definitiva de la República Mexicana al Corazón Santísimo de Jesús, le devolviéramos lo que de él hemos recibido, como al amanecer la tierra húmeda devuelve al cielo en diáfano vapor las aguas copiosas que de él ha recibido? Yo pienso, mis amados hermanos, que esto es lo que significa la presente solemnidad. Nosotros hemos creído en el amor de Dios; hemos visto pasearse triunfalmente sobre nuestro suelo y sobre nuestra historia al Espíritu de Dios, como se cerniera en el principio de los tiempos sobre el hondo abismo [(cf. Gén 1, 2)]; hemos sentido las palpitaciones del amor al Corazón de Cristo y hemos bebido a raudales el amor y la vida en las fuentes sagradas del Salvador. Y nos hemos dicho: [de]volvamos amor por amor, donación por donación”.

Aquello, en efecto, no era sino corresponder al amor del Sagrado Corazón por la patria mexicana.

Monseñor Luis María también dijo lo siguiente:

Catedral Metropolitana de la Ciudad de México en 1924, el mismo año en que se celebró el Congreso Eucarístico Nacional. Fotografía: Archivo Casasola. Mejora de imagen por la autora.

“Simbolicemos el corazón de la Patria en un corazón de oro; pongamos allí nuestras plegarias y nuestras esperanzas, nuestros sacrificios y nuestras lágrimas, y pongamos todo a los pies de Jesús, para que sepa el mundo, que Jesús es nuestro Dios y que nosotros somos su pueblo. Tal es, a mi juicio, hermanos míos, el sentido profundo de esta Consagración de la República Mexicana al Divino Corazón de Cristo en los días del Congreso Eucarístico; y de esto, mis amados hermanos, me propongo hablaros con la ayuda de Dios nuestro Señor. Jesucristo, hermanos míos, es Rey de las Naciones, como es Rey de los individuos. Su Corazón las ama, su mano vierte sobre ellas dones peculiares para que puedan cumplir sobre la tierra la misión providencial que se les ha asignado”.

Era el resumen idóneo la consagración efectuada.

Continuó explicando en qué forma México era un pueblo eucarístico y mariano, y finalizó con estas palabras:

Monseñor Luis María Martínez, prelado que pronunció el sermón de la Misa pontifical del 11 de octubre de 1924, cuando se hizo la segunda consagración de México a Sagrado Corazón.

“Yo no sé lo que en el futuro nos depare tu justicia y tu misericordia; pero yo te aseguro, ¡Oh Jesús dulcísimo! ¡oh Jesús victorioso! Que sobre el suelo de nuestra Patria, próspera y desdichada, siempre se erguirán dos tronos: el trono tuyo y el trono de la Virgen María, y que nada ni nadie podrá arrebatar de ellos los dones nacionales: la Corona de la reina y la Custodia de la Eucaristía!”

Llegado el momento, Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores –el mismo que en su momento, junto con Pascual Díaz y Barreto, pactaría los “arreglos” con el gobierno de Emilio Portes Gil en 1929– la leyó, con la pausa y solemnidad que ameritaba la gran ocasión. La fórmula que se utilizó se basaba en aquella que fue escrita por el Papa León XIII en su Encíclica Annum Sacrum (1899), pero había sido modificada para ser usada, en especial, por el pueblo mexicano.

Detalle de un retrato de Monseñor Leopoldo Ruiz como Obispo de la Diócesis de León, resguardado por ésta. Fue él quien leyó la consagración de México al Sagrado Corazón el 11 de octubre de 1924. Mejora de imagen por la autora.

Huelga decir que el gobierno de Álvaro Obregón no se quedó de brazos cruzados ante aquella “flagrante violación” –como ellos la consideraron– a la Constitución de 1917. Además de que los agentes policiales interrumpieron la representación del auto sacramental compuesto por la Décima Musa, se supo que los funcionarios públicos que asistieron al Congreso fueron cesados en sus empleos. También, el último día del evento, se molestó a las familias en sus domicilios particulares para requerir que quitaran de sus viviendas los adornos alusivos, consistentes en papeles tricolores arreglados con forma de cortinaje, farolillos y banderas de papel, así como letreros con expresiones relativas a la Eucaristía y demás sentimientos piadosos.

Al año siguiente, movido por el valeroso ejemplo de los católicos de México, Su Santidad Pío XI instauró la fiesta de Cristo Rey a través de la publicación de la Encíclica Quas Primas. Toda la nación se llenó de júbilo y, en cierto modo, pareció robustecerse y cobrar nuevas energías para las nuevas batallas que les esperaban y que se acercaban a ellos a pasos agigantados.

No faltaba mucho tiempo para que las asechanzas del régimen masónico y anticatólico y la justa y lícita resistencia de los católicos perseguidos llegaran al punto de no retorno, no sólo por el estallido de la Guerra Cristera, sino también por los incontables martirios de seglares y de sacerdotes, por puro odio a la fe cristiana. Aquella sangre derramada a raudales corroboraría que incontables personas de toda edad y condición, sin distinción de sexo u origen, estaban dispuestos a rubricar con cada gota aquellas palabras de un himno en honor al Corazón de Jesucristo Rey que uno de aquellos intrépidos presbíteros, don Gumersindo Sedano [1], entonó poco antes de ser ejecutado bárbaramente en Zapotlán el Grande:

“Corazón Santo, / Tú reinarás. / Tú nuestro encanto / siempre serás.

Corazón Santo, / Tú reinarás. / México Tuyo / siempre será.”

**Nota:

[1] Se trata del sacerdote de la célebre fotografía que muestra a un hombre descalzo, muerto y con el vientre ensangrentado, recargado en un árbol y atado a una de sus ramas por medio de una soga al cuello, que en las rodillas exhibe un letrero con la leyenda: “Este es el cura Sedano”. Fue asesinado el 7 de septiembre de 1927. Era capellán castrense de un grupo cristero de la región de Tuxpan y Tamazula, Jalisco.

© 2024. Todos los derechos reservados.

Bibliografía:

Álbum Oficial del Congreso Eucarístico Nacional de México. 1924. Impreso en abril de 1925.

Barquín y Ruiz, A. (1967). Cristo, Rey de México. México: Jus.

Vinke, R. ( 2021). Consagración al Sagrado Corazón de Jesús. Caracas: Editorial Arte, S.A.

León a los pies de Nuestra Señora

112 aniversario de la Coronación pontificia de Nuestra Señora de la Luz

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Nuestra Señora de la Luz, venerada Patrona de la ciudad y de la Diócesis guanajuatense de León.

En una fecha como esta, 8 de octubre, pero de 1902, hace 112 años, en León, Guanajuato, se llevó a cabo la coronación de la venerada imagen de Nuestra Señora de la Luz, traída desde Palermo, Sicilia, por el sacerdote jesuita José María Genovesi en 1732 y que había sido proclamada patrona de la ciudad el 23 de mayo de 1849, gracias a las diligencias del cura-párroco José Ignacio Aguado. A la sazón, el Papa que llevaba el timón de la Iglesia Católica era Su Santidad León XIII, el Pontífice de la Rerum Novarum, acerca de las condiciones de los operarios.

Tal como lo ameritaba la magnífica ocasión, el acontecimiento fue un acto lleno de fe y devoción. Hay que recordar que este tipo de coronación es un honor que se concede a imágenes religiosas de gran antigüedad, que han alcanzado una devoción popular considerable y por las cuales Dios ha obrado múltiples milagros. Es el caso, por mencionar otros ejemplos, de la Santísima Virgen de Zapopan y de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos, llevadas a cabo por los Obispos José de Jesús Ortiz en 1904 y Francisco Orozco y Jiménez en 1921, respectivamente.

Detalle de un retrato del Papa León XIII pintado por Fabio Cipolla.

Don José María de Jesús Díez de Sollano y Dávalos, primer Obispo de León, ya había pedido a la Santa Sede que a la Madre Santísima de la Luz le fuese concedido el Patronato de toda la Diócesis, lo cual aprobó el Papa Pío IX –quien instituyó el dogma de la Inmaculada Concepción y la Solemnidad del Sagrado Corazón– por Breve de 19 de Septiembre de 1872. Pero fue Tomás Barón y Morales, II Obispo de León, quien emprendió las gestiones con miras a que la imagen fuera coronada con rango y liturgia pontifical. Durante este periodo, se recibieron numerosas peticiones de parroquias y asociaciones piadosas, solicitando que se efectuara la coronación.

Don Tomás Barón y Morales, II Obispo de León, iniciador del proceso para solicitar a la Santa Sede la Coronación Pontificia de la imagen de la Virgen de la Luz. Fotografía: Arquidiócesis de León; mejora de imagen por la autora.

A la muerte de Barón y Morales, acaecida en 1898, su sucesor Santiago de la Garza Zambrano siguió con el proyecto. A fines de 1899, solicitó directamente a Roma la Coronación Pontificia de la Madre Santísima de la Luz, mas no se le respondió. De la Garza no alcanzaría a ver la consumación de los anhelos de la Diócesis leonesa, ya que en 1900 se le nombró Obispo de Linares.

Retrato de Monseñor Santiago Garza y Zambrano, III Obispo de León, continuador de las gestiones para obtener la Coronación Pontificia de Nuestra Señora de la Luz. Fotografía: Arquidiócesis de León; mejora de imagen por la autora.

Fue precisamente durante el tiempo que la sede episcopal de León estaba vacante, por la partida de Monseñor Santiago, cuando la Santa Sede hizo llegar el decreto que otorgaba el permiso bajo la fórmula “Utatur iure suo” –que se traduce como “haga uso de su derecho”–: su Breve fechado el 23 de marzo de 1901. Además de la coronación, el Papa León XIII concedió una indulgencia plenaria que no solo podía obtenerse el día de la ceremonia, sino también en cada aniversario.

Transcribimos, hecha la excepción de un breve fragmento referido a penas canónicas, el texto en el que Su Santidad autorizó la Coronación:

“León Papa XIII

Para perpetua memoria

Como nuestros hijos queridos los Canónigos de la / Iglesia Catedral de León, en la República Mexicana, / nos han rogado humilde y empeñosamente que con- / cedamos nuestra facultad, para que el nuevo Prela- do de aquella Diócesis imponga con rito solemne / una corona de oro a la ínclita Imagen de la Madre / Santísima de la Luz, que los fieles de la misma Dió- / cesis veneran con singular piedad, Nos hemos asen- / tido á tan piadosos deseos. Por tanto […] concedemos que, el nuevo Obis- / po de la Diócesis de León, pueda lícitamente, el día / que él mismo elija, y observando lo que por derecho / deba observarse, imponer con rito solemne y á Nues- / tro nombre y con Nuestra autoridad, una diadema de / oro a la mencionada Imagen de la Madre Santísima / de la Luz. Y para que estas solemnidades sirvan / para el bien espiritual de los fieles, con Nuestra mis- / ma autoridad concedemos á todos y á cada uno de / los mismos fieles que verdaderamente arrepentidos, / confesados y apacentados con la Sagrada Comunión / asistan á esta Coronación, y á los que en los años / venideros asistan á la referida Iglesia el día del ani- / versario, y dirijan ahí piadosas oraciones á Dios por la concordia los Príncipes Cristianos, la extirpa- / ción de las herejías, la conversión de los pecadores, / y la exaltación de la Santa Madre Iglesia, Plenaria / indulgencia y remisión de todos sus pecados, que / pueden aplicar por modo de sufragio á las almas de / los fieles difuntos.”

Fue el nuevo prelado que dirigiría por entonces la Diócesis de León, Leopoldo Ruiz y Flores , quien se encargaría de la ansiada Coronación Pontificia. El mismo eclesiástico, con el objetivo de engrandecer todavía más la magna ceremonia, mandó decorar esplendorosamente la Catedral y renovar el altar mayor, colocando uno de mármol.

Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores (1865-1941), IV Obispo de León, quien realizó la Coronación Pontificia de la Virgen de la Luz por disposición del Papa León XIII. Retrato: Arquidiócesis de León.

El 1° de octubre por la mañana, tras el rezo de las horas menores y de la Misa conventual, tuvo lugar la solemne procesión para trasladar la imagen de Nuestra Señora de la Luz y para consagrar el nuevo altar. La romería fue impresionante. Delante iban los seglares, médicos, abogados, ingenieros y farmacéuticos, las escuelas católicas de uno y otro sexo, y las conferencias de caridad. Detrás marchaban los seminaristas locales. En retaguardia caminaba Monseñor Ruiz y Flores y el cabildo catedralicio. Cuatro capitulares, revestidos con capa pluvial, y sus compañeros, cargaban en andas la efigie de la Reina del Cielo. Los presentes, pletóricos de emoción y fervor, respondían “Ora pro nobis” a cada una de las letanías lauretanas que entonaba el coro.

Arzobispos y Obispos que concurrieron a la Coronación Pontificia de la Santísima Virgen de la Luz. El primero a la izquierda, de pie, es Monseñor Francisco Orozco y Jiménez (1864-1936), oriundo de Zamora, Michoacán, que a la sazón acababa de ser consagrado como Obispo de Chiapas. Fotografía proporcionada por la Archicofradía de Nuestra Madre Santísima de la Luz; mejora de imagen por la autora.

Al arribar a la Catedral, la imagen fue colocada en el trono donde se le habría de coronar. En seguida, acompañado por otros eclesiásticos, Monseñor Ruiz procedió a consagrar el altar. Esa ceremonia se prolongó hasta las once de la mañana, aproximadamente, cuando empezó la Misa Pontifical. [1]

La consagración quedó consignada en los siguientes términos:

“El primer día de octubre de 1902, yo, Leopoldo, Obispo de León consagré este altar, en honor de la Madre Santísima de la Luz con las reliquias de los Santos Mártires Fulgencio, Donato y Clementina [2] y encerrados con ellos cada uno de los fieles de Cristo. Hoy y cada año quienes la visiten en el día de la consagración la Iglesia concede cuarenta día de indulgencia en la forma habitual.”

Fotografía en la que quedó inmortalizada la Coronación Pontificia de Nuestra Señora de la Luz en León. Imagen mejorada por la autora.

Por fin, a la jornada posterior, Nuestra Señora de la Luz fue coronada en medio de la piedad desbordada, mas no por ello menos respetuosa y sincera, del pueblo leonés. Asistieron los Arzobispos de Michoacán. Guadalajara, Oaxaca, Durango, Linares, los Obispos de Querétaro, Puebla, Tulancingo, Cuernavaca y Tamaulipas, así como los Titulares de Neocesaria Chilapa, de Tloe, de Chiapas y de Arizona.

Pintura conmemorativa de la Coronación, que se conserva a un costado del altar de la Capilla de la Soledad, en la Catedral de León. Mejora de imagen y ampliación por la autora.

© 2024. Todos los derechos reservados.

**Notas litúrgicas:

[1] Misa solemne –esto es, con cantos del Propio y del Ordinario, seis velas encendidas en el altar, incienso, beso de la paz–, en la que el celebrante es el Obispo. El obispo siempre usa sus insignias pontificales, con las cuales se reviste en el transcurso de la celebración litúrgica. A cada lado del obispo se sitúan dos diáconos llamados «diáconos de honor», revestidos con sobrepelliz y dalmática, cuya función es atender al obispo. Además, siempre hay presencia de un presbítero asistente.

En estas Misas no se usa el Misal Romano (Missale Romanum) sino el Canon Missae Pontificalis (Canon de la Misa Pontifical) y el prelado se sienta en el trono episcopal.

[2] Los altares católicos, en el centro, tienen una piedra o losa llamada “ara”, sobre la cual se coloca el corporal durante el Santo Sacrificio de la Misa. Contiene, como queda ratificado en el texto, las reliquias de varios mártires.

Bibliografía:

Arquidiócesis de León (2024). Episcopologio. Mons. Tomás Barón y Morales. II Obispo de León. http://arquileon.org/obispos/mons-tomas-baron-y-morales-2/

Arquidiócesis de León (2024). Episcopologio. Mons. Santiago Garza y Zambrano. III Obispo de León. http://arquileon.org/obispos/mons-santiago-garza-y-zambrano/

Instituto Hijas del Sagrado Corazón de Jesús I. F. C. J. (s. f.). Historia de la Madre Santísima de la Luz. Patrona y Coronación Pontificia de la Madre Sma. de la Luz. https://www.hijasdelsagradocorazondejesus.org/index.php?option=com_content&view=article&id=61&Itemid=127

Sotelo, J. A. (s. f.). La Madre Santísima de la Luz (León, Gto.). Catholic.net. https://www.es.catholic.net/op/articulos/3186/cat/99/la-madre-santisima-de-la-luz-leon-gto.html#modal

Recortes proporcionados por la Archicofradía de Nuestra Madre Santísima de la Luz, donde se difundió tanto el edicto en el que León XIII autorizaba la Coronación como el el escrito en el que Monseñor Leopoldo Ruiz dio fe de haber consagrado el altar.

Víctimas por Calles

Cuando un sacerdote jesuita y una religiosa ofrecieron su vida por la salvación del alma de un presidente

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Collage que ilustra el título de esta entrada, realizado por la autora. El P. Pro figura en el centro por tratarse del personaje que, además de haber sido ya elevado a los altares, ofició la Misa en la que tanto él como la madre Conchita (abajo a la izquierda) ofrecieron su vida por Calles (en la parte superior derecha).

Por increíble que parezca en un primer momento, el título de la presente entrada es correcto y acertado. A estas alturas, como es ya sabido, la terrible persecución religiosa de la pasada centuria en nuestro país produjo caídos a manos llenas. Los mártires, tanto en el sentido estricto eclesiástico como en la concepción católica popular, fueron incontables. Así pues, si lo que hubo con profusión en aquellos tiempos aciagos, máxime bajo la presidencia del personaje mencionado, fueron muertos por su causa. En suma: víctimas de Calles, del tristemente célebre don Plutarco, y de su animadversión anticatólica.

Empero, en menor proporción, aunque resulta igualmente extraordinario o aun incoherente leerlo, también existieron personas que no se limitaron a dar su vida por lo que era más sagrado para ellos, la religión que nos trajeron los hispanos de allende el mar, sino que la oblación de su existencia terrena y de su sangre fue acompañada, con anterioridad, de un expreso ofrecimiento de ambas por una intención muy específica: que el alma del tirano, del nuevo Nerón –como muchos le llamaban, y no sin acierto–, se salvara. Así, al mismo tiempo, convirtiéronse en víctimas por Calles.

Una de esas personas fue un famoso sacerdote perteneciente a la Compañía de Jesús, alegre, dicharachero y sumamente hábil para los disfraces, que en sus años mozos había pisado tierras michoacanas; había estado con los jesuitas de la antigua hacienda de El Llano, cerca de Zamora. El nombre completo de aquel presbítero, zacatecano de origen, era José Ramón Miguel Agustín Pro Juárez, si bien era mejor conocido, simplemente, como el Padre Pro.

Padre Miguel Agustín Pro, vestido de civil, con una niña a la que dio la Primera Comunión. Fotografía editada y mejorada por la autora.

En 1923, una comunidad  de las Religiosas Capuchinas, presidida por sor María Concepción Acevedo y de la Llata, mejor conocida como la Madre Conchita, se había instalado, con permiso de Monseñor José Mora y del Río –Arzobispo de México, oriundo de Pajacuarán, Michoacán–, en el vecindario de Tlalpan, aledaño a la capital. A pesar de la persecución creciente y del peligro que implicaba, la abadesa no mudó ni los hábitos ni la distribución del tiempo en su convento.

Por desgracia, una delación ocasionó el asalto de la policía a la casa en que vivían las religiosas. El cateo fue llevado a cabo por Bandala, uno de los jefes de la policía secreta del Distrito Federal, el 3 de enero de 1927. Con todo y la desagradable experiencia, las monjas no se arredraron: dos días después, 5 de enero, víspera de la Epifanía del Señor, ya se habían instalado en su nuevo domicilio, en plena capital, localizado en la calle Zaragoza, número 68.

Sor Concepción Acevedo de la Llata, mejor conocida como “la madre Conchita”, hacia 1923. Imagen editada y mejorada por la autora.

Poco antes, en 1926, Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores –el mismo que con su compañero Díaz y Barreto concertaría los “arreglos”– había suplicado a la madre Conchita que se ofreciera como víctima propiciatoria por Calles, a fin de que Dios cambiara los sentimientos de su corazón y, en consecuencia, diera libertad a la Iglesia. La madre Conchita, teniendo en cuenta la grave responsabilidad que aquello implicaba, se resistió en un principio. Pero la idea se clavó en su pensamiento desde entonces.

La situación propicia para el sacrificio se presentó de forma definitiva con el padre Miguel Pro, quien suspiraba por la idea del martirio y, por convicción y cuenta propia, había ideado ofrecer su vida por el político de Sonora. Incluso había llegado al extremo de aplicar Misas por él. No conforme con lo anterior, sin importarle las continuas asechanzas de los agentes policiacos ni el hecho de que se ofrecía una cuantiosa gratificación a quien facilitara su captura, administraba los Sacramentos de manera incansable e intrépida.

Eventualmente, en medio de tantos afanes apostólicos a lo ancho y largo de la Ciudad de México, el padre Pro y la madre Conchita se conocieron. Corría febrero de 1927, de acuerdo con las remembranzas de la religiosa. Ella refiere así su encuentro:

“No me causó ninguna impresión especial. Reconocí que era un sacerdote que luchaba por la gloria de Dios, por la salvación de las almas, y que no tenía miedo a la cárcel ni a la muerte; pero como esto para nosotras era tan natural, no le hice el menor aprecio”.

A pesar de su primera percepción, la abadesa no tardó en advertir que el sacerdote y ella compartían una cualidad: su disposición para el sacrificio, para el martirio, como forma de alcanzar la santidad. No era, hay que decirlo con llaneza, un pensamiento exclusivo: el pueblo católico mexicano en general sabía, y estaba plenamente convencido de ello, que el martirio era y es una gracia singularísima, que purifica por completo el alma y produce en ella un segundo bautismo, por lo que el mártir, sin pasar un instante por el Purgatorio, va directo al Cielo.

Al margen del ruego de Monseñor Ruiz y Flores, el padre Pro también le planteó a la madre Conchita la idea de que ambos, conjuntamente, ofrecieran su vida por Calles. Ella aceptó con la única condición de que su confesor, el P. Félix de Jesús Rougier –fundador de los Misioneros del Espíritu Santo–, le concediera permiso. Éste fue obtenido.

El lunes 23 de septiembre de 1927, previo acuerdo entre la madre Conchita y el padre Pro, éste fue a celebrarles Misa a las religiosas. Antes de empezar, les suplicó que imploraran al Señor lo aceptase a él como víctima por Calles –las negritas las hemos puesto nosotros–, por los sacerdotes, por el bien de la patria, y añadió, de modo expreso, que él aplicaría el Santo Sacrificio por tal intención. Hay que imaginar cuál fue la reacción de las monjas al escuchar algo así: el eclesiástico zacatecano, sin ambages, estaba ofreciéndose a sí mismo, y pidiendo la muerte, a cambio de que Plutarco Elías Calles no se condenara para siempre.

La madre Conchita, plena y perfectamente consciente de lo que el padre y ella hacían, hizo adornar con flores la capilla y quiso que durante la Misa hubiera cantos sagrados, como en las grandes festividades. El Santo Sacrificio empezó.

El padre Antonio Dragón S. J., uno de los principales biógrafos del Beato Miguel Agustín Pro, cita el testimonio de una religiosa que estuvo presente acerca de la actuación del padre aquella jornada:

«En toda la misa estuvo muy emocionado; se dilató mucho y estuvo llorando durante todo el tiempo, mientras las religiosas estaban cantando. Al terminar la misa, dijo a una de las monjas que aún vive y que puede testificar la verdad: “No sé si sería pura imaginación, o si realmente ha pasado, pero siento claro que nuestro Señor aceptó de plano el ofrecimiento…”.»

El padre Rafael Ramírez Torres confirma estas palabras.

Cedamos la palabra a la misma madre Conchita, que resultó ser la religiosa en cuestión. Para ello citamos las declaraciones que hizo a la revista ¡Extra! en noviembre de 1979:

“En nuestra casa se respiraba el perfume de las flores y se sentía la paz del recogimiento y la oración. Terminó la misa nuestro capellán y a continuación celebró la suya el padre Pro, quien desde el principio comenzó a derramar abundantes lágrimas. Nosotras cantamos el Avemaría y otros motetes. 

A la hora  del Evangelio, el padre Pro dijo unas breves palabras alusivas al solemne ofrecimiento que en su misa hacía a Dios. Y los grandiosos momentos de la Consagración y la Elevación se prolongaron durante un largo cuarto de hora, sacando de vez en cuando su pañuelo para enjugarse los ojos. Comulgamos y terminó la Santa Misa.

Después que dio gracias, el padre Pro me mandó llamar con la madre Cecilia para decirme estas frases que jamás podré olvidar:

—No sé si será porque el oratorio está muy recogido, o porque cantaron  muy bonito o… no sé por qué; pero en el momento que terminé de consumir oí claramente como si alguien me hubiera dicho: ¡Está aceptado el sacrificio!”

El 23 de noviembre de 1927, miércoles, al filo de las 10:30 de la mañana, justo dos meses después de la heroica y fervorosa oblación, la ofrenda fue plenamente aceptada y recogida por Dios. El padre Miguel cayó bajo las balas de los soldados de Calles, por mandato explícito de éste, acusado de planear y participar en el atentado fallido contra Álvaro Obregón Salido, no sin antes encomendarse de hinojos al Creador –delante del mismo pelotón que habría de fusilarlo–, abrir los brazos en cruz y sostener, en cada mano, su crucifijo y su rosario. Las fotografías de la ejecución, tomadas por orden del presidente con la finalidad de humillar y escarnecer en grande a los católicos, al clero católico y a la Iglesia, constituyeron el mejor registro de cómo el Señor no desoyó al valiente clérigo y le otorgó la palma del martirio que tanto anhelaba. Fue beatificado el 25 de septiembre –aniversario del natalicio de quien lo mandó asesinar– de 1988.

Detalle de una de las instantáneas tomadas durante el fusilamiento del Padre Miguel Agustín Pro, el 23 de noviembre de 1927, en el patio de la Inspección de Policía de la Ciudad de México. Imagen del Archivo General de la Nación (AGN).

La madre Conchita, por su parte, sería acusada de ser la autora intelectual del asesinato de Álvaro Obregón, perpetrado el 17 de julio de 1928. Dejando de lado los misterios que rodearon la muerte del estadista reelecto, al principio se le condenó a muerte, pero le conmutaron la pena por veinte años de presidio en la temible cárcel de las Islas Marías. En 1934 abandonó los hábitos y se casó –por entonces al civil– con Carlos Castro Balda, otro de los implicados en el homicidio del otro miembro del dúo sonorense. Tras haber cumplido doce años, cuatro meses y nueve días de prisión, entre un continuo ir y venir de la Penitenciaria del entonces Distrito Federal a las Islas Marías, el presidente Manuel Ávila Camacho le concedió el indulto. Falleció en la Ciudad de México en 1979, a los ochenta y siete años.

La madre Concepción Acevedo de la Llata en las fotografías tomadas para el proceso penal referente al homicidio del general Obregón. Fotografía de Cambridge University Press & Assessment.

Como cierre para nuestro texto, citamos un fragmento del P. Rafael Ramírez al respecto del ofrecimiento:

“Los casos de la Madre Conchita y del P. Pro no fueron excepcionales ni únicos. Familias enteras y muchos cristeros ofrecían en aquellos días sus sufrimientos y sus vidas por la conversión y salvación eterna de los perseguidores; y fue tal la cantidad de oraciones, sacrificios y penitencias que entonces se elevó al cielo por ellos, que llegó a haber una persuasión muy generalizada de que tanto Obregón como Calles irían al cielo a cantar eternamente las maravillosas misericordias de Dios, que mide las cosas desde ángulos de vista muy diversos de los humanos” (p. 378).

María del Carmen Ávalos Herrera, finada, abuela paterna de quien esto escribe, corroboró la existencia de tal creencia al contar, como parte de sus anécdotas y vivencias sobre la persecución religiosa, que mucha gente sí se convenció de que Calles se había salvado, o que por lo menos, siquiera en aquellos ayeres –década de 1940–, se rumoraba que el expresidente se había reconciliado con Dios antes de partir a la Eternidad. “Tantos ofrecimientos por él” se decía, “no debían haber sido en vano”. Después de todo, en incontables ocasiones, en diversas épocas –basta leer el libro Las glorias de María, del eminente San Alfonso María de Ligorio, para comprobarlo–, incluso los pecadores más empedernidos pueden hallar, si abren su alma y su corazón a la gracia, la redención y el perdón. ¿Quién podía asegurar, con tantos sacrificios por el estadista de por medio, que éste no podía correr la misma suerte venturosa?

Aunque actualmente, tanto por testimonios del P. Carlos Heredia S. J., que tuvo trato con Calles en su última enfermedad, como por los documentos y declaraciones orales de que se dispone a la fecha, se tiene claro que el político de Guaymas no se acercó al Creador antes de morir, podemos decir que sólo Él sabe, en Su insondable Sabiduría y Providencia, si el fruto del sacrificio solemne del jesuita mártir y de la antigua religiosa se obtuvo verdaderamente. A nosotros, como humanos, sólo nos queda citar el conocido refrán: la esperanza es lo último que muere.

© 2024. Todos los derechos reservados.

Bibliografía:

Dragón, A. (1934). Por Cristo Rey. El Padre Pro. México: Buena Prensa.

Ramírez Rancaño, M. (2014). El asesinato de Álvaro Obregón: la conspiración y la madre Conchita. Instituto de Investigaciones Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) & Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM). México: Secretaría de Educación Pública.

Ramírez Torres, R. (1976). Miguel Agustín Pro. Memorias biográficas. México: Tradición.

Testimonios orales de María del Carmen Ávalos Herrera.

El «joven Macabeo», Niño Héroe relegado (I)

La historia de Don Miguel Miramón y Tarelo (Primera parte)

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Fotomontaje que muestra a Don Miguel Miramón y Tarelo y, al fondo, el Castillo de Chapultepec, que él defendió junto con los otros cadetes del Colegio Militar. Edición hecha por la autora. La pintura del Castillo es del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

También murió en la cima de un cerro, pero no en el de Chapultepec, sino en el de las Campanas, en Querétaro. Además de haber sido el presidente mexicano más joven y uno de los dos militares mexicanos que fueron leales al emperador Maximiliano de Habsburgo hasta la muerte, el protagonista del texto que nos ocupa fue uno de los valerosos cadetes que defendieron el Castillo y lucharon contra los invasores estadounidenses el 13 de septiembre de 1847. Sólo que, a diferencia de los seis jóvenes que son recordados año con año y que pasaron a la posteridad con el nombre de “Niños Héroes”, él fue condenado al oprobio, al desprecio y al olvido. Algunos, en un intento de hacer justicia a su memoria, lo han denominado “el séptimo Niño Héroe”.

¿Pero a qué se debió lo anterior?

En la presente entrada abordaremos los acontecimientos más importantes de su carrera terrena, sin omitir su intrépida intervención como estudiante del Colegio Militar. Porque, en efecto, aunque los libros oficiales no lo mencionen o lo cataloguen como traidor,, él también se ganó un sitio de honor tanto en aquella batalla como en la Historia de nuestra patria.

Su nombre completo era Miguel Gregorio de la Luz Atenógenes Miramón y Tarelo, si bien durante su vida únicamente utilizó el primero. Nació el 17 de noviembre, día de San Gregorio Taumaturgo –así se explica su segundo nombre–, del lejano año de 1831. La Ciudad de México fue la urbe que presenció su venida al mundo. Sus progenitores fueron el coronel don Bernardo Ignacio Ernesto de Miramón Arrequívar (1788-1866) y su esposa doña María del Carmen Tarelo Segundo de la Calleja (1800-1866). Don Bernardo era hijo de un navarro nacido en Jurancon, en los Bajos Pirineos, y a su vez don Pedro y don Antonio, bisabuelo y tatarabuelo paternos de Miguel, eran señores del lugar d’Ogue, en las inmediaciones de la localidad francesa de Pau. Los abuelos de nuestro futuro héroe, inclusive, aún firmaban como Miramont. Al castellanizarse el apellido, la «t» terminó por perderse y dar origen a «Miramón».

Volvamos con Miguel. El infante tuvo que ser bautizado de emergencia, bajo condición de forma privada y con ritos limitados– al nacer. Venía tan débil que su mismo padre, para no privarlo de la gracia, había efectuado la ceremonia. A esto se le conoce como bautismo de urgencia y se administra en caso de que un no bautizado, usualmente un neonato, se encuentre en peligro de muerte.

Pasado el peligro, a los cuatro días, el nuevo vástago del matrimonio Miramón y Tarelo fue llevado a la pila bautismal canónica y públicamente. El Sacramento le fue administrado en la iglesia de la Santa Veracruz, uno de los templos más antiguos de la Ciudad de México, edificado originalmente bajo el patronato de Hernán Cortés.

He aquí la transcripción del documento eclesiástico:

Fe de Bautismo de Miguel Miramón. Las dos páginas que la conforman se han unido en una sola imagen. Edición y resaltados por la autora.

«Al margen izquierdo: 398 / Miguel Gre- / gorio de la Luz / Ateno- / genes

Dentro: En Veinte y Uno de Noviembre de mil / ochocientos treinta y uno, Yo el B.r [1] D. Agapito / Guiol (V. P.) [2] y con condicion por haberse hecha- / do la agua al tiempo de nacer, bautisé so- / lemnemente en esta Parroquia dela Santa Ve- / racruz . á un infante q.e [3] nació el día diez y siete / [cambio de página] á quien puse por nombre Miguel Gregorio / de la Luz Atenogenes, hijo legítimo y de legítimo Ma- / trimonio del Ten.te [4] Cor.l [5] D. Bernardo Miramon y de / D.a [6] María del Carmen Tarelo, nieto por línea paterna / del Cap.tn [7] D. Bernardo Miramon y D.a Josefa Arre- / quíbar y por la Materna de D. José Anto nio Tarelo / y D.a Ana Segundo dela Calleja. Fueron sus Padrinos / el Ten.te Cor.l D. Joaquin de Miramon y D.a Ma- / riana Gorrino y Miramon á quienes adbertí su obli- / gacion y parentesco Espiritual. Y para q.e conste lo / firmo.

Dor. [8] Jose María Aguirre. Agapito Guiol. (Rúbricas)»

Algunas semblanzas indican que su nacimiento acaeció el 29 de septiembre, fiesta de la Dedicación de San Miguel Arcángel, pero esto, como consta en la partida que recién transcribimos, no fue así.

Parroquia de la Santa Veracruz, donde fue bautizado Miguel Miramón. Litografía de Murguía. Tomada de Manuel Rivera Cambas, México pintoresco, artístico y monumental. Vistas, descripción, anécdotas y episodios de los lugares más notables de la capital y de los estados, aun de las poblaciones cortas, pero de importancia geográfica o histórica [1ª ed., 1882], 3 tt., ed. facsimilar, México, Editorial del Valle de México, 1981, t. I, entre páginas 461-462.

Miguel tuvo los siguientes hermanos varones: Guadalupe, de quien se sabe que nació en 1825; José Bernardo, fallecido en Chihuahua; Mariano, nacido en 1839, que murió víctima en La Habana, Cuba; Joaquín, nacido en Puebla y pasado por las armas en febrero de 1867, en Tepetates, por orden de Benito Juárez; y Carlos, que moriría hasta 1907. Todos ellos, al igual que nuestro biografiado, siguieron la carrera de las armas. A ello pudo haber contribuido, según Román Araujo, el hecho de que el abuelo paterno, el padre y dos tíos, Joaquín y Ángel, hubieran abrazado la vida militar. Don Bernardo Miramón había pertenecido al Ejército Trigarante fundado por Agustín de Iturbide –si bien, posteriormente, se uniría al Plan de Casamata y a la sedición que buscaba derrocarlo–, y para 1831, tanto Bernardo como Joaquín ya eran oficiales del Ejército Mexicano.

Las hermanas de Miguel, por su parte, fueron María de la Luz –la primogénita, que vio la luz primera en 1821–, Guadalupe Rosario, Soledad, María del Carmen, María de la Paz y Catalina.

Para cuando nació Miguel Miramón, aunque después de una década de vida independiente –o por lo menos en el papel–, México distaba mucho de ser un país pacífico. Hacía dos años, en 1829, España había emprendido la tentativa, que falló, de reconquistar México. En diciembre, el día 4, el jiquilpense Anastasio Bustamante se sublevó contra el presidente Vicente Guerrero y, para 1830, asumió la presidencia de la República. En febrero de 1831, apenas nueve meses antes de que Miguel Gregorio viera la luz primera, Guerrero fue pasado por las armas en Cuilapam.

El 26 de octubre de 1833, cuando a Miguel le faltaba poco menos de un mes para cumplir dos años, don Bernardo de Miramón recibió el grado de coronel efectivo, a los veintitrés de servir en las filas militares. El 20 de noviembre, tres días después del cumpleaños del niño, se convirtió en Fiscal Militar del Supremo Tribunal de Guerra. Sin embargo, su situación económica era precaria. Esto, sumado a su numerosa prole y al hecho de que no pudo prosperar en la jerarquía del ejército, le causó no pocas tribulaciones.

Mientras tanto, lejos de mejorar, el panorama político nacional fue empeorando. A la par que nuestro protagonista crecía , grandes aptitudes para seguir el camino de las armas, los acontecimientos parecían vaticinar que, más pronto que tarde, el hijo de don Bernardo y doña Carmen habría de involucrarse directamente en ellos.

Desde su niñez, con todo y su precaria salud, nuestro protagonista mostró aptitudes para el camino de las armas. Y no era de extrañar, ni remotamente: como reza una expresión popular mexicana, Miguel Gregorio no podía negar la cruz de su parroquia. Aunque Islas García afirma lo contrario, la mayor parte de sus semblanzas coinciden en que la habilidad para las artes militares corría por sus venas, y eso no era secreto para los que lo rodeaban. En el ínterin, siguiendo los deseos paternos, ingresó al colegio de San Gregorio, al que acudían los muchachos de familias distinguidas, localizado en el que otrora llevó los nombres de San Pedro y San Pablo, en la hoy calle San Ildefonso. Con el correr del tiempo su vigor físico, antes casi inexistente, se fortaleció de modo notable.

Frente del ex-colegio e iglesia de Sn. Pedro y Sn. Pablo, litografía en Manuel Rivera Cambas, México pintoresco artístico y monumental, t. II. México, Imprenta de la Reforma, 1882. Biblioteca “Ernesto de la Torre Villar” Instituto Mora. Imagen mejorada por la autora. Aquí estaba el Colegio de San Gregroio.

Pese a los reveses sufridos por su progenitor, que bien podrían haber disuadido a otros de tomar la misma senda, nadie se asombró cuando, a los catorce años justos, Miguel ingresó al Colegio Militar, a la sazón regenteado por el general José Mariano Monterde Antillón y Segura, nacido el 9 de febrero de 1789. El plantel, anteriormente instalado en la capital mexicana en el ex Convento de los Betlemitas, se situaba, desde 1842, en el Alcázar de Chapultepec. Su sede era un magnífico castillo circundado por el bosque del mismo nombre. Allí llegó nuestro biografiado en 1846. Se había matriculado el 10 de febrero de ese año.

General Mariano Monterde, director del Colegio Militar cuando Miguel se incorporó como alumno y durante la guerra México-Estados Unidos. Imagen editada y mejorada por la autora.

Islas García (1950, pp. 16-17) explica que, a raíz de sus penalidades y decepciones, don Bernardo se resistía a que sus hijos se convirtiesen en soldados. Pero a raíz de que en una ocasión Miguel se fugó del Colegio de San Gregorio en compañía de varios condiscípulos, el coronel tomó la determinación de que su retoño ingresara al Colegio Militar a fin de que aprendiera disciplina y obediencia.

El 16 de junio de 1846, apenas transcurridos cuatro meses de su arribo a Chapultepec, ominosas nuevas se cernieron sobre el Castillo y sobre México entero: había estallado la guerra en contra del titán invasor del norte, los Estados Unidos. Los rumores que Miguel había escuchado en los pasillos de su nueva escuela se habían trocado en realidad.

Pintura del Castillo de Chapultepec, antigua sede del Colegio Militar. Imagen: INAH.

El Congreso Mexicano, por iniciativa del Ministro de la Guerra, general José María Tornel y Mendívil, votó la declaración que sigue:

«La Nación Mexicana, por su natural defensa, se halla en estado de guerra con los Estados Unidos de América, por haber favorecido abierta y empeñosamente la insurrección de los colonos de Tejas contra la nación que los había acogido en su territorio y cubierto generosamente con la protección de las leyes; por haber incorporado el mismo territorio de Tejas a la Unión de dichos Estados por acta de su Congreso, y sin embargo de que perteneció siempre y por derecho indisputable a la Nación mexicana y de que lo reconocieron como mexicano por el tratado de límites de 1831; por haber invadido el territorio del Departamento de Tamaulipas con un ejército; por haber introducido tropas en la Península de California; por haber ocupado la margen izquierda del río Bravo; por haberse batido sus armas con las de la República mexicana en los días 8 y 9 de mayo del presente año; por haber bloqueado a los puertos de Matamoros, Veracruz y Tampico de Tamaulipas, dirigiendo el fuego sobre las defensas de éste…» (citado por Islas, 1950, pp. 20-21).

Esto era lo que podía leerse en el primer artículo del texto.

La oportunidad de Miguel Miramón para entrar de lleno en la Historia de México llegaría pronto. Superada su confusión primigenia, los horizontes se le abrieron: aunque aquéllos no eran sus planes al comienzo, ¿por qué no correr en pos de una heroica carrera militar en aras de defender a la patria invadida?

Ilustración del Castillo y del bosque de Chapultepec. Imagen de El Informador.

El 13 de septiembre de 1847, una renombrada aunque trágica fecha en la historiografía mexicana, el jovencito Miguel Miramón recibió su bautismo de fuego. De ello, al igual que de otros sucesos, nos ocuparemos en la siguiente parte de esta serie. También veremos, porque muy seguramente el lector se habrá formulado la interrogante desde el título de esta primera entrega, el motivo por el cual se ganó el mote de “el joven Macabeo”.

Por lo pronto, domeñó un poco su natural espíritu aventurero, dejó de ser el mocetón rebelde y desordenado de otros años y empezó a alcanzar notas altas. En Ordenanza y en Tácticas de Infantería, por ejemplo, logró la calificación de sobresaliente.

**Notas paleográficas:

[1] Bachiller.

[2] Vuestra Paternidad. Tratamiento que se usa para dirigirse a algunos eclesiásticos.

[3] que.

[4] Teniente.

[5] Coronel.

[6] Doña.

[7] Capitán.

[8] Doctor.

© 2024. Todos los derechos reservados.

Bibliografía:

Araujo, R. (1887). El general Miguel Miramón. Rectificaciones y adiciones a la obra del Sr. D. Víctor Darán. México: El Tiempo.

Carmona, D. (2024). Miramón Miguel. Memoria Política de México. https://www.memoriapoliticademexico.org/Biografias/MIM31.html

Fernández, M. (s. f.) La parroquia de la Santa Veracruz: del esplendor al abandono. Revista electrónica Imágenes, del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). https://www.revistaimagenes.esteticas.unam.mx/la-parroquia-de-la-santa-veracruz

Islas García, L. (1950). Miramón, Caballero del Infortunio. México: Jus.

Secretaría de la Defensa Nacional (10 de marzo de 2023). 1828-1847. Convento de Bethlemitas (1828-1835). SEDENA & Gobierno de México. https://www.gob.mx/sedena/acciones-y-programas/1828-1847

Historia de doña Juana de Dios de la Parra (1811-1865), benefactora de Jiquilpan

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Una de las facetas más importantes –aunque a menudo olvidada o menos tomada en cuenta– del legado positivo de la madre patria en México, en concreto durante las tres centurias que se prolongó el Virreinato novohispano, e inclusive varias décadas más tarde, reside en las obras de beneficencia y filantropía. Basta recordar, por mencionar tres ejemplos, los casos del esclarecido Fray Antonio Alcalde y Barriga y don Juan Manuel Caballero de la Colina, en Guadalajara, y del no menos célebre don Vasco de Quiroga y Alonso de la Cárcel, en Michoacán. Además de su interés por ayudar al prójimo, dichos personajes compartieron otra cualidad: el origen español.

Detalle del único retrato existente de doña Juana de la Parra. Imagen original de Salvador Meza Carrasco, mejorada y editada por la autora.

Pues bien: cuando Jiquilpan aún no llevaba el apellido del presidente oaxaqueño que pareció olvidar la obra humanitaria del clero católico y las órdenes monásticas que vinieron de allende el Atlántico, vino al mundo una mujer, española, connotada hija de esta población michoacana, que siguió los pasos de sus paisanos oriundos del suelo evangelizado por el Patrón Santiago. Se trata de doña Juana de la Parra, dama acaudalada, miembro de la aristocracia jiquilpense y gran benefactora local.

Su padre, hacendado, se llamaba don Miguel de la Parra Jiménez, hijo de Juan Manuel de la Parra y de María Guadalupe Jiménez, y fue él quien, en 1808, introdujo el agua a la plaza principal de Jiquilpan mediante una de cañería de barro de una vertiente, en la que se unían también aguas del río (Sánchez, 1896, p. 223). El nombre de su esposa, madre de Juana, era María Ignacia Jiménez Sánchez, hija de Juan Manuel Bartolomé Jiménez Bustamante y de María Josefa Sánchez. Del matrimonio Parra Jiménez, formalizado canónica y sacramentalmente el 11 de septiembre de 1794 en el templo parroquial de San Francisco, en Jiquilpan, nacieron once hijos.

Adjuntamos una imagen del acta de las nupcias religiosas de don Miguel y doña Ignacia, en la que se lee:

Partida de matrimonio canónico de don Miguel de la Parra y doña María Ignacia Jiménez, ambos hispanos, autores de los días de doña Juana de la Parra.

«Al margen izquierdo: Don Miguel / dela Parra con / D.a Maria Ygna- / cia Xim.z [1] Espa- / ñoles, yambos ve- / cinos de este Pue- / blo

Dentro: En el año del Sor. [2] de mil setec.s noventa y cuatro en onze / dias del mes de Septiembre Yo el B. [3] Miguel Diaz de Rabago / Cura y Juez Ecco. [4] de este Partido, en esta Santa Yglesia / Parroquial de Xiquilpan, Abiendo precedido todo lo Dis- / puesto por el Santo Concilio de Trento, y no aviendo resul- / tado otro impedimento amas [5] del parentesco de consan- / guinidad en tercero grado igual por linea transversal q. / se dignó dispensar el Ylmo. [6] Sor. […] D.n Fran.co [7] Ant.o [8] de San / Miguel Digmo. Señor Obispo de Michocan, é instruidos / en la Doctrina Christiana, aviendo confesado y comulgado; / por palabras de presente q hazen verdadero y legmo. [9] matrimonio case infacie Eclesie [10] y velé a D. Miguel de la / Parra, Español, origr.o [11] y vecino de este Pueblo, hijo legmo. de / D. Juan de la Parra y de D.a [12] Guadalupe Ximenez difun- / tos, con D.a Maria Ygnacia Ximenez Española, origr.a y vecina de este Pueblo, hija legma de D. Juan […] Bar- / tolomé Ximenez y de D.a Maria Josefa Sanchez difun- / tos. Fueron sus Padrinos D. Eugenio de la Fuente, y D.a Maria Manuela Echeveste conjuges [13] y vecinos de este Pue- / blo. Testigos D. Fran.co […], D. Jose Guerrero y Don / Juan Ybarra. Ypara q conste lo firme.»

Juana, octava de los vástagos del matrimonio, vio la luz primera el 7 de marzo de 1811 –Ramón Sánchez, en su Bosquejo estadístico e histórico del Distrito de Jiquilpan de Juárez, indica el día 8–. Para entonces, el nombre de Jiquilpan iba antecedido por el del Seráfico Padre, el fundador de la primera congregación religiosa que se aventuró a lo que hoy en día es nuestro país.

La pequeña fue incorporada a la Iglesia militante a los dos días de su nacimiento, como consta en la fe de Bautismo que reproducimos textualmente –respetando incluso la falta de tildes–:

«Al margen izquierdo: Juana Ma- / ria Josefa / Española / de este Pue- / blo

Dentro: En el Pueblo de S. Fran.co Xiquilpan á nueve días de el mes de Marzo de mil / ochocientos y once: Yo el Cura Párroco de este partido bautise solemnem.te, pu- / se oleo y crisma á una criatura de dos días de nacida, Española deeste / Pueblo, á quien puse p.r [14] nombre Juana de Dios Maria Josefa, hija legi- / tima de D. Mig.l Parra, y de D.a María Ygnacia Ximenes, fueron sus Pa- / drinos, D. Fran.co Ximenes y su esposa D.a Josefa de Analla, Españoles / todos de este Pueblo á quienes advertí su obligación y parentesco espiritual y p.r / q.e [15] conste lo firme.

Mariano Hondal (Rúbrica)».

Fe de Bautismo de Juana María de la Parra, distinguida dama y benefactora de Jiquilpan. Subrayados y recuadro por la autora.

Como dato interesante y complementario, el P. Mariano Hondal y Cabadilla –tal era el nombre completo del sacerdote bautizante– había tomado la dirección de la parroquia de San Francisco de Asís el 30 de diciembre de 1810. Su gestión al frente de ella no duraría mucho: el 30 de mayo del año siguiente, apenas tres meses después de bautizar a Juana, su labor pastoral allí terminó para abrir paso a la de don Pedro Gómez Euterria.

Juana pasó sus primeros años en Jiquilpan, al lado de sus padres. Su infancia transcurrió dentro de la tormenta de la guerra de independencia. A los diecinueve años, en noviembre de 1833, perdió a su madre, doña Ignacia, que falleció de tisis según consta en su acta de sepultura eclesiástica, y fue inhumada en el camposanto anexo a la parroquia de San Francisco de Asís, en el mismo pueblo. Recordemos que para ese momento aún estaba en ciernes la aplicación de la iniciativa gubernamental de que fuese el Registro Civil, y no el clero, quien llevara un padrón de los decesos. Asimismo, tal como era la costumbre, los entierros aún se efectuaban en camposantos que dependían de la Iglesia Católica.

Posteriormente, preocupada por los más desposeídos, Juana fundó una casa asilo en la localidad. Para instituir dicho establecimiento de caridad, dejó la cuantiosa cifra de setenta mil pesos, el valor de la antigua hacienda de San Diego. Por desgracia, el licenciado Agustín Villa, avecindado en Guadalajara, encargado de administrar tales bienes, vendió la hacienda susodicha otorgando el dinero, a rédito, a personas no garantizadas (Sánchez, 1896, p. 178). En consecuencia, la mayor parte de aquella suma se perdió y sólo se aprovechó lo gastado en la finca que, para la época porfiriana, llevaba el nombre de “asilo”, si bien la edificación dejó mucho que desear.

Panorámica de Jiquilpan, pueblo natal de Juana de la Parra, durante los tiempos decimonónicos. A la derecha, entre las copas de los árboles, la torre del templo de San Francisco de Asís.

Con todo, a pesar de semejantes reveses y malos manejos, doña Juana pudo fundar un hospicio para niños desamparados y, al lado, un hospital para pobres.

Nunca contrajo matrimonio. En sus últimos años, fungió como tesorera de la Cofradía de la Vela Perpetua del Santísimo Sacramento –en 1847– y también fue cofrade del Divino Señor Sacramentado desde abril de 1849.

La señorita Juana de la Parra murió en Guadalajara el 28 de abril de 1865 debido a una pulmonía, tal como lo atestigua la partida religiosa. En el documento, resguardado en el Archivo Parroquial del Sagrario Metropolitano de la antigua Ciudad de las Rosas, puede leerse lo siguiente:

«Al margen izquierdo: D.a Juana / Parra. / adulta. / 38,4 / 9

Dentro: En Guadalajara á veintinueve de abril de milochocientos / sesenta i cinco: con entierro alto rango funeral se hiso enel / Sagrario se sepultó en gabeta en el campo santo / de Angeles / el cadaver de D.a Juana Parra, doncella, de cincuenta /  i cinco años de edad, originaria de Jiquilpan, hija leg.a [16] de / D. Miguel Parra i de D.a Ygnacia Jimenes; murió de pulmonía ha- / biendo recibido los santos sacramentos. Ylo firme.

J. M. Gutierres Guevara (Rúbrica)»

Partida de inhumación eclesiástica de Juana de la Parra, fechada el 29 de abril de 1865. Señalamientos por la autora.

El camposanto en cuestión no era otro que el de Santa María de los Ángeles, o simplemente “de los Ángeles” o “de Ángeles”, construido bajo la supervisión de religiosos de un convento franciscano gracias a la gestión de fray Sebastián Aparicio Ortega. En el verano de 1833, cuando una epidemia de cólera morbus azotó Guadalajara, el flamante panteón sirvió para alojar a una gran cantidad de difuntos, ya que en el cementerio de Santa Paula, proyectado hacía varias décadas por el Fraile de la Calavera –Antonio Alcalde– y fundado por los padres betlemitas, no se daban abasto con los entierros. El susodicho cementerio, mejor conocido como “de Belén” por encontrarse junto al templo de Nuestra Señora de Belén, era, a la sazón, el sitio habitual –y casi por defecto– para las inhumaciones tapatías.

Catedral de Guadalajara, sin sus torres, y Sagrario Metropolitano, en 1807. Ilustración mejorada por la autora.

Cabe expresar que todas las iglesias de Guadalajara –y lo mismo las del resto del país–, como explicamos con anterioridad, tenían sus respectivos camposantos, pero la mayoría de los deudos, luego del panteón de Belén, tenía predilección por llevar a sepultar a sus muertos a dos sitios: el cementerio de San Francisco, en el templo y convento del mismo nombre, y el de Guadalupe, entre las actuales calles de Epigmenio González y Escobedo (hoy Federalismo), edificado a mediados del siglo XIX. Así consta en las mismas partidas del Sagrario Metropolitano.

Entrada al desaparecido cementerio de los Ángeles, último destino terreno de Juana de la Parra. Fotografía mejorada y editada por la autora.

El camposanto de Ángeles, que recibió el cuerpo de doña Juana de la Parra, era la otra opción para los entierros. Sería removido en 1930 para edificar el Estadio Municipal, a su vez destruido en 1952 para construir la Central Camionera Vieja –llamada así para distinguirla de la más reciente, la “Nueva”, situada en el municipio de Tonalá, en la Zona Metropolitana de Guadalajara–, cercana al Parque Agua Azul y que, pese al descuido y la mala infraestructura, continúa en servicio. Hasta la fecha, la vía en la que se localizan las entradas a la terminal de autobuses lleva el nombre de Calle de los Ángeles, en recuerdo del cementerio.

Por otro lado, y con base en la información del documento, Juana de la Parra pudo tener unas honras fúnebres propias de su condición socioeconómica privilegiada. Basta leer las actas de sepultura eclesiástica previas y posteriores a la suya: en todas ellas, el P. Gutiérrez Guevara se limita a escribir “se sepultó en el campo santo… el cadaver de…”, o a lo mucho aclara, si es el caso, “en gabeta”. En la de la benefactora, en contraste, esclarece: “con entierro alto rango funeral” y añade que éste se realizó en el mismo Sagrario Metropolitano.

Hasta la fecha, el nombre de doña Juana de la Parra figura al lado de los personajes ilustres y famosos de Jiquilpan, hoy “de Juárez”, al lado del padre Diego José Abad (1727-1779), Feliciano Béjar (1920-2007), Anastasio Bustamante (1780-1853), Lázaro Cárdenas del Río (1895-1970), Dámaso Cárdenas (1898-1976), Rafael Méndez (1906-1981), Amadeo Betancourt Villaseñor (1873-1953), Ramón Martínez Ocaranza (1915-1982) y Gabino Ortiz Villaseñor (1819-1885). De hecho, por lo menos en lo tocante a las monografías oficiales del municipio, es la única mujer incluida en tal listado. Sólo dos fuentes adicionales en nuestra búsqueda documental mencionan a otras féminas. La primera, que menciona a María de Jesús Magallón Pérez y Octaviana Sánchez Méndez, es Jiquilpan: Libro-Guía de Turismo, editado por la Secretaría de Turismo del Gobierno de México en 2020. La segunda, que únicamente nombra a doña Juana y no a las dos mujeres anteriores, es una monografía elaborada por el Instituto Tecnológico de Jiquilpan en el marco del XVIII Evento Nacional de Ciencias Básicas.

A Octaviana Sánchez, que además vivió en la misma época que ésta y realizó una importante labor benéfica, le dedicaremos una entrada aparte.

**Notas paleográficas:

[1] “Ximénez”.

[2] “Señor”

[3] Bachiller. Primero de los grados académicos que se otorgaba en las universidades.

[4] Juez Eclesiástico. Clérigo que tiene jurisdicción eclesiástica y canónica, ya sea general o estricta, y que preside a todas las personas bautizadas a su cargo.

[5] Además.

[6] “Ilustrísimo”.

[7] Abreviatura normal de “Francisco” en los documentos de antaño.

[8] “Antonio”.

[9] “legítimo”.

[10]  “In facie Eclessiae”. Expresión latina que se traduce como “en presencia de la Iglesia” y que se refiere, en específico, al matrimonio celebrado canónicamente, de forma pública, con todas las ceremonias prescritas por la Iglesia.

[11]  “originario”.

[12]  “Doña”.

[13]  “cónyuges”.

[14]  “por”.

[15]  “para que”.

[16] “legítima”.

© 2024. Todos los derechos reservados.

Imagen original de doña Juana de la Parra: Salvador Meza Carrasco.

Bibliografía:

Acosta Rico, F. (17 de octubre de 2015). Restos del pasado, de Cementerio a Central Camionera. Crónica Jalisco. https://www.cronicajalisco.com/notas/2015/53837.html

Instituto Tecnológico de Jiquilpan (s.f.). Jiquilpan. XVIII Evento Nacional de Ciencias Básicas. https://www.itjiquilpan.edu.mx/MemoriaCBCEA/Jiquilpan.htm

Sánchez, R. (1896). Bosquejo estadístico e histórico del Distrito de Jiquilpan de Juárez. Morelia: Imprenta de la Escuela Industrial Militar Porfirio Díaz. Sin autor (s.f.). Historia de Jiquilpan. https://jiquilpan.com/historia-de-jiquilpan

Sin autor (s.f.). Historia de Jiquilpan. https://jiquilpan.com/historia-de-jiquilpan

El prelado cotijense que aprobó la lucha cristera desde las puertas de Roma (IV)

La historia de Monseñor José María González y Valencia. Cuarta y última parte

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Detalle de un retrato de Monseñor José María González y Valencia, Obispo de Durango. Editado y coloreado por la autora. Original en blanco y negro: INAH.

En la anterior entrada, la penúltima de esta serie, abordamos la intervención del egregio Obispo de Durango en el intervalo comprendido entre finales de 1924, cuando le fue conferido tal cargo, a febrero de 1927, cuando publicó su Carta Pastoral en la que, abiertamente, aprobó el movimiento cristero y reconoció su licitud moral. En el presente texto, desenlace de la biografía de nuestro eclesiástico michoacano, hablaremos de su enérgica oposición a la realización de los mal llamados “arreglos” de 1929, que causaron el fin de la Cristiada; de cómo, a raíz de aquéllos, tuvo que permanecer desterrado; de algunos aspectos de su vida al retornar del exilio y, por último, sobre su fallecimiento.

El 7 de octubre de 1927, como contestación a las quejas recibidas de sus diocesanos y de los jefes de la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa respecto a los rumores, nada infundados, sobre unos posibles acuerdos “no fundados en una efectiva derogación de las leyes” (1967, p. 79, citado por Barquín y Ruiz) entre miembros del Episcopado mexicano –veremos en seguida sus nombres– y el gobierno de Plutarco Elías Calles, el combativo prelado de Cotija escribió su Segunda Carta Pastoral, en la que expresaba, de modo tajante:

“¡No, y mil veces no! Nuestra fe de católicos, nuestro deber de Prelados, nuestra dignidad, el respeto que debemos a las víctimas, el puesto que hemos conquistado ante el mundo, y finalmente la conciencia que tenemos de nuestra fuerza moral y espiritual, que centuplica nuestra misma fuerza física, todo nos hace repetir día a día, momento por momento, las palabras de la Carta Pastoral Colectiva: trabajaremos porque ese decreto y los artículos antirreligiosos de la Constitución sean reformados, y no cejaremos hasta verlo conseguido” (1967, p. 80).

Las negritas son nuestras.

Para Monseñor González, ni la Iglesia ni los fieles debían claudicar en la lucha, y mucho menos pactar con el régimen. Para él, lo mismo que para incontables católicos, y por supuesto para los cristeros, la opción de una componenda era impensable y equivalía no sólo a renunciar a los principios que tanto habían intentado defender, sino a una derrota categórica en todos los sentidos, inclusive el moral y el psicológico. ¿De qué serviría tanto sacrificio y derramamiento de sangre si, al acabar con la resistencia, el gobierno –que militar, legal y políticamente llevaba las de ganar– obtenía lo que quería?

Catedral de Durango, sede de la Diócesis regenteada por Monseñor José María González y Valencia. Fotografía del INAH, mejorada por la autora.

Recordando lo que el Episcopado había suscrito en la Carta Pastoral Colectiva del 25 de julio de 1926, Monseñor José María dijo:

“Contando con el favor de Dios y con vuestra ayuda, trabajaremos para que ese decreto [la Ley Calles] y los artículos antirreligiosos de la Constitución sean reformados y no cejaremos hasta verlo conseguido. ¿Y creéis que íbamos a olvidar esas palabras y a tener hoy por aceptable lo que ayer tuvimos por indigno?” (1967, p. 79).

Referíase, claro, a las leyes inicuas, las cuales, en caso de llegar a un “acuerdo” con el régimen, no serían alteradas ni un ápice, y mucho menos anuladas.

Dos de sus compañeros en el Episcopado, no obstante, no compartían aquella idea ni por asomo. En efecto: se trataba de los dos prelados mencionados al principio de esta serie, los obispos Pascual Díaz y Barreto y Leopoldo Ruiz y Flores. Pero Monseñor González y Valencia no cejó en su posición. Resulta oportuno decir que su actuación no se limitó a la prensa y a los meros vocablos, sino que participó en numerosos eventos de solidaridad al pueblo católico perseguido, en las que aprovechaba para impulsar y fomentar apoyos, sobre todo materiales, para la Liga, cuya participación en la Cristiada fue fundamental en el ámbito bélico. Asimismo, exiliado como estaba en Europa, sin poder pisar su patria, impartió incontables conferencias al respecto durante los tres meses que pasó en Alemania. Así lo refirieron diversos números del diario vaticano L’Osservatore Romano.

Sin embargo, pese a la oposición de incontables católicos y de los tres obispos que estaban a favor de la resistencia armada por parte de aquéllos, las “negociaciones” entre el gobierno del presidente interino Emilio Portes Gil –sucesor de Álvaro Obregón luego de su asesinato en julio de 1928– y los dos eclesiásticos prosiguieron. A los cristeros no se les tomó en cuenta en ningún momento.

El 2 de junio de 1929, el general Enrique Gorostieta Velarde, jefe supremo de los cristeros, fue asesinado en las cercanías de Atotonilco el Alto, Jalisco. El militar neolonés se había opuesto terminantemente a la idea de un pacto pero, como al resto de sus hombres, fue ignorado. Entre tanto, Pascual Díaz y Leopoldo Ruiz continuaron parlamentando.

Los obispos Leopoldo Ruiz y Pascual Díaz, que concretaron el armisticio que puso final a la Guerra Cristera. Imagen editada y mejorada por la autora.

Por fin, el 21 de junio del mismo año, se efectuaron los “arreglos”. Los templos volverían a abrirse y podría haber Sacramentos en ellos otra vez. Los artículos antirreligiosos y anticlericales de la Constitución permanecerían como siempre. Y los cristeros tendrían que entregar las armas y aceptar el supuesto “licenciamiento”, aun a sabiendas de que el gobierno no respetaría sus vidas… como en efecto aconteció. Fue el modus moriendi para una muy significativa porción de los ex combatientes.

Otra de las condiciones para los “arreglos”, que Díaz y Ruiz acabaron por aceptar, fue que tres prelados se quedaran fuera del país por tiempo indefinido. Los nombres no sorprendieron a nadie: José Manríquez y Zárate, Francisco Orozco y Jiménez –V Arzobispo de Guadalajara, perseguido por el régimen desde hacía más de diez años, y que había atendido a sus fieles a salto de mata– y José María González Valencia. Al hallarse ya en el destierro, tanto el primero como el tercero no pudieron retornar a su patria. El segundo sí tuvo que irse.

Monseñor Francisco Orozco y Jiménez (1864-1936), oriundo de Zamora, Michoacán. Su destierro, como el de José María González y Valencia, fue una de las condiciones de la componenda de 1929. Fotografía mejorada por la autora.

Monseñor González y Valencia volvió a México un tiempo después, aunque no nos fue factible hallar la fecha exacta. Con todo, sí se sabe que estuvo presente en un banquete ofrecido a los prelados mexicanos al finalizar la Misa pontifical con que se celebró el Cuarto Centenario de las Apariciones de la Virgen de Guadalupe en el cerro del Tepeyac, el 12 de diciembre de 1931. Cuando llegó su turno al mitrado de Durango para hacer su brindis, pidió oraciones para su compañero y amigo Manríquez y Zárate, cuya expatriación se prolongaría hasta 1944. El 24 de octubre de 1932, le dirigió incluso una carta abierta, en la que le decía:

Monseñor José de Jesús Manríquez y Zárate, amigo de José María González y Valencia, quien, como éste, tuvo que permanecer exiliado a raíz de los “arreglos”.  Fotografía mejorada por la autora.

“¿Qué será de nosotros? ¿Cuál será nuestro porvenir? ¿Veremos el triunfo de la Iglesia, por la que tanto hemos luchado, o bajaremos al sepulcro, sólo con la esperanza de mejores días? Nada de esto sabemos, ni aun podemos siquiera adivinarlo. Una sola cosa debemos tener por cierta, y es que, si somos fieles a nuestra vocación y proseguimos laborando intrépidamente por la fe, no sólo consumaremos felizmente nuestra carrera mortal, sino que aceleraremos para nuestra Patria el día venturoso de la verdadera Libertad” (1967, pp. 96-97).

Después de que estalló la Guerra Civil española en julio de 1936, Monseñor González Valencia fue el primero que externó pública y abiertamente su adhesión al Alzamiento Nacional capitaneado por el general Francisco Franco Bahamonde en contra de la II República, jacobina y masónica. En su Pastoral del Arzobispo de Durango (México) acerca de los actuales acontecimientos de España, fechada el 8 de septiembre del mismo año, el prelado abordó tanto el enfrentamiento en sí como las tentativas de descatolizar la nación hispana a través del comunismo ateo y del marxismo y la matanza de todos aquellos que no aceptaran ambas ideologías.

Interior de una de tantas iglesias quemadas y profanadas en España durante la crudelísima persecución religiosa que alcanzó su clímax en la Guerra Civil española.

He aquí un breve extracto de las palabras de Monseñor:

“En Nuestro propio nombre y en el de Nuestros sacerdotes y fieles, queremos también manifestar nuestro afecto fraternal, honda simpatía, interés vivísimo y cordial a los Obispos españoles, Nuestros muy amados Hermanos, a sus sacerdotes y a sus fieles que están padeciendo tan crueles penas. Hoy más que nunca, en esta hora del martirio, Nos sentimos vinculados con ellos” (1967, p. 104).

A nuestro biografiado se unieron, más tarde, novecientos prelados de diversas latitudes, al reparar en el horroroso cariz anticatólico que tomó la revolución por parte de los republicanos y comunistas y a la tremebunda persecución religiosa, peor aún que la de México, desatada durante aquel trienio sangriento a lo largo y ancho de la Madre Patria.

El 28 de octubre de 1957, junto con su amigo José de Jesús Manríquez, Monseñor José María González celebró sus bodas de oro como presbítero. Le faltaba poco más de un año para partir a la Eternidad.

Aunque es un dato muy poco conocido, Monseñor José María González Valencia entregó su alma al Señor en la actual Capital de la Ciénega de Chapala, la ciudad de Sahuayo, Michoacán –cercana a su natal Cotija–, que aún llevaba el apellido del general y presidente Porfirio Díaz. Era el 27 de enero de 1959. Tenía setenta y cuatro años y cuatro meses de edad.

Plaza principal de Sahuayo, con el templo parroquial de Santo Santiago Apóstol y el Portal Patria. Esta urbe fue la que vio partir de ese mundo a Monseñor González y Valencia. Imagen de México en Fotos.

Cotija y Durango lo lloraron amargamente, por igual, pero también Zamora lamentó su muerte. Además de haber estudiado allí, dado clases y dirigido espiritualmente a los seminaristas, era un hombre muy querido por la gente. Cuantos lo conocieron y trataron lo estimaron enormemente por su carácter espontáneo y jovial, que sabía conjuntar la sencillez y naturalidad con la energía y la eficacia en el actuar, cualidades de las que dio pruebas mientras duró su carrera terrenal.

Un colegio en Victoria de Durango lleva su nombre.

© 2024. Todos los derechos reservados.

Bibliografía:

Barquín y Ruiz, A. (1967). José María González Valencia, Arzobispo de Durango. México: Jus.

Meyer, J. (1977). La Cristiada. Tomo I: La guerra de los cristeros. México: Siglo XXI Editores.

El prelado cotijense que aprobó la lucha cristera desde las puertas de Roma (III)

La historia de Monseñor José María González y Valencia. Tercera parte

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Detalle de un retrato de Monseñor González y Valencia, coloreado y mejorado por la autora.

En 1925, en vista del agravamiento de la persecución religiosa bajo el flamante gobierno del sonorense Plutarco Elías Calles, el nuevo Obispo de Durango fue designado por sus compañeros del Episcopado para ir a la Ciudad de las Siete Colinas con el cometido de poner al tanto al Papa Pío XI sobre la precaria situación para los fieles y los sacerdotes y, en general, para el clero católico mexicano. Sería el acompañante de otro eclesiástico de su rango, Monseñor Miguel María de la Mora y de la Mora, a la sazón cabeza de la Diócesis potosina.

La otra misión sería pedirle instrucciones al Pontífice acerca de la defensa de las libertades que se le conculcaban a la Iglesia. El viaje fue realizado, y los lineamientos papales solicitados fueron plasmados en la carta apostólica Paterna sane sollicitudo, fechada el 2 de febrero de 1926, en la que Pío XI mandaba resistir a la persecución de forma pasiva pero firme, manteniéndose al margen de cualquier partido político. La misiva tenía por subtítulo “DE INIQUA CONDICIONE ECCLESIAE IN MEXICO ATQUE DE NORMIS AD CATHOLICAM ACTIONEM IBIDEM PROMOVENDAM”, que traducido del latín al español dice: “Sobre la inicua condición de la Iglesia en México y también sobre las normas respecto a la Acción Católica que, al mismo tiempo, habrán de promoverse”.

Su Santidad Pío XI, Pontífice de 1922 a 1939, autor de la carta apostólica Paterna sane sollicitudo.

A su regreso de Roma, a sabiendas de que la situación empeoraría –los hechos de los primeros meses de 1926 lo ratificaron de forma fehaciente y categórica–, nuestro biografiado reunió a una comisión de teólogos para deliberar sobre cuáles serían las medidas a seguir en caso de que se hiciera efectivo el artículo 130 de la Carta Magna, en el cual –entre muchas cuestiones– se exigía que los presbíteros debían registrarse en un registro municipal o estatal para que se les diera autorización de ejercer su ministerio. El estudio de los teólogos arrojó una negativa ante tal sujeción. Sin tardanza, Monseñor González y Valencia mandó imprimir y distribuir una circular con aquellas pautas entre los sacerdotes de su jurisdicción. Días después, José Amador Velasco y Peña, el prelado de Colima, siguió sus pasos.

El 10 de marzo de 1926, a raíz de haber condenado la persecución en su Sexta Carta Pastoral, Monseñor José de Jesús Manríquez y Zárate, primer Obispo de Huejutla –y ordenado sacerdote junto con Monseñor José María aquel lejano 28 de octubre de 1907–, fue apresado. Su compañero de Cotija no tardó en escribirle una carta abierta en la que externó su adhesión y su apoyo, y que fue publicada en diversos periódicos católicos.

Detalle de un retrato de Monseñor José de Jesús Manríquez y Zárate, amigo y compañero de ordenación de José María González y Valencia, apresado en 1926 por el gobierno de Plutarco Elías Calles. Él fue otro, junto con nuestro biografiado, de los exiguos prelados que aprobaron el movimiento cristero.

Una vez suspendidos los cultos en todo México, Monseñor González y Valencia partió hacia Roma nuevamente. Pero antes de irse, el 17 de septiembre de 1926, redactó una Instrucción Pastoral fechada en la cual encomió la cooperación que las asociaciones católicas habían prestado a la labor de resistencia, cada vez más enérgica, de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, fundada en la capital del país en marzo de 1925.

La coyuntura posterior al 1 de agosto de 1926, primer día sin Sacramentos en los templos, empeoró con velocidad alarmante. Los recursos pacíficos y legales se agotaron de modo inexorable. Comenzaron a caer las primeras víctimas católicas. Dos eclesiásticos, ambos Obispos, intentaron parlamentar con Calles, y éste lanzó un ultimátum a los católicos: las Cámaras o las armas. El memorial firmado por más de dos millones de creyentes y enviado a las primeras fue tirado a la basura. Los ánimos se exacerbaron sin remedio y, como cabía esperar, cada vez más personas empezaron a pensar en la segunda opción, la que quedaba, dada por el mandatario: la resistencia armada, que pasaría a la Historia con el nombre de Cristiada o Guerra Cristera, este último adjetivo creado por el mismo gobierno, que hizo mofa del grito de los defensores: “¡Viva Cristo Rey!”

A pesar de que estaban de acuerdo con que había que defender la fe y no permitir que ésta se perdiera en México, la postura de los integrantes del Episcopado mexicano sobre el movimiento armado no fue, ni remotamente, unánime. Lo que menos hubo entre ellos fue consenso. Por el contrario, sin demora, la división campeó.

Jean Meyer lo sintetiza de esta forma:

“[…] la mayoría de los prelados, indecisa, dejó en toda libertad a los fieles de defender sus derechos, como mejor les pareciera, una decena les negó el derecho de levantarse, y tres los alentaron a tomar las armas” (1977, p. 19).

Uno de ellos, como veremos, fue nuestro biografiado. Los otros dos fueron Manríquez y Zárate, a quien ya mencionamos, y Leopoldo Lara y Torres, Obispo de Tacámbaro. Hasta finales de 1926, reacios a la idea de una resistencia armada, los tres obispos habían prohibido a sus fieles que recurrieran a dicho recurso. Sin embargo, la gravedad creciente de los sucesos y de la persecución, que no tardó en suscitar mártires a lo ancho y largo del territorio nacional, los condujo a modificar su perspectiva.

En el caso de Monseñor José María, el 11 de febrero de 1927, su postura vino con la emisión de su Primera Carta Pastoral, dada en la Puerta Flaminia, afuera de Roma, en la que dirigió estas palabras a los fieles de su Diócesis:

“Séanos ahora lícito romper el silencio sobre un asunto del cual nos sentimos obligados a hablar. Ya que en nuestra arquidiócesis muchos católicos han apelado al recurso de las armas […] creemos de nuestro deber pastoral afrontar de lleno la cuestión y, asumiendo con plena consciencia la responsabilidad ante Dios y ante la historia, les dedicamos estas palabras: Nos nunca provocamos este movimiento armado. Pero una vez que, agotados todos los medios pacíficos, ese movimiento existe, a nuestros hijos católicos que anden levantados en armas por la defensa de sus derechos sociales y religiosos, después de haberlo pensado largamente ante Dios y de haber consultado a los teólogos más sabios de la ciudad de Roma, debemos decirles: Estad tranquilos en vuestras conciencias y recibid nuestras bendiciones” (citado en Barquín y Ruiz, 1967, pp. 43-44).

Tales enunciados estaban en consonancia con los juicios que, a título personal pero no por ello menos fundamentados, habían efectuado algunos teólogos y moralistas de universidades en Roma, entre ellos los sacerdotes Mariano Cuevas, S. J., y Arthur Vermeersch, de la Gregoriana, célebre por sus dictámenes.

Instantánea de la Puerta Flaminia, desde donde Monseñor González y Valencia emitió la Carta Pastoral en la que declaró la licitud moral de la resistencia armada de los católicos mexicanos. Fotografía: Animuspedia.

El licenciado Anacleto González Flores, paladín católico por excelencia en Jalisco que durante mucho tiempo se resistió a la idea de una defensa armada, no sólo por considerarla infructífera y contraria a sus ideales pacíficos sino por serias dudas morales, tuvo conocimiento de la Carta Pastoral de Monseñor González y Valencia poco antes de morir.

Retrato de Anacleto González Flores, hoy beatificado, que poco antes de su martirio supo de la Carta Pastoral de Monseñor González y Valencia en la que éste aprobaba la resistencia cristera.

En su última noche, del 31 de marzo al 1° de abril de 1927, Anacleto se confesó con un sacerdote anónimo y, luego de recibir la absolución sacramental, estuvo comentando con él el contenido de la Carta Pastoral del esforzado Obispo de Durango, el único que hasta ese momento había hablado favorablemente sobre la lucha cristera de manera abierta y pública.

“Esto es lo que nos faltaba” le dijo al presbítero, aludiendo al documento. “Ahora sí podemos estar tranquilos”.

Y no sólo lo anterior: el verbo del prelado de Cotija encendió el suyo y lo movió a escribir sus últimas palabras para Gladium, el periódico que él editaba:

“Bendición para los valientes, que defienden con las armas en la mano la Iglesia de Dios. Maldición para los que ríen, gozan, se divierten siendo católicos en medio del dolor sin medida, de su Madre […] La sangre de nuestros mártires está pesando inmensamente en la balanza de Dios y de los hombres.

El espectáculo que ofrecen los defensores de la Iglesia es sencillamente sublime. El Cielo los bendice, el mundo los admira, el infierno los ve lleno de rabia y asombro, los verdugos tiemblan. Solamente los cobardes no hacen nada […]” (citado en López Alcaraz, 2023, p. 134).

Y concluía:

“Hoy debemos darle a Dios fuerte testimonio de que de veras somos católicos. Mañana será tarde […] Todavía es tiempo de que todos los católicos cumplan su deber… los cobardes que se despojen de su miedo y todos que se pongan en pie, porque estamos frente al enemigo y debemos cooperar con todas nuestras fuerzas a alcanzar la victoria de Dios y de su Iglesia” (pp. 134-135).

Unas horas más tarde, al filo de las tres de la tarde del 1° de abril, el abogado oriundo de Tepatitlán, hoy beatificado, caía bajo las balas del régimen callista, por odio a la fe, luego de numerosas y atroces torturas, en el patio del Cuartel Colorado en Guadalajara.

Al mismo tiempo, Monseñor José María proseguía su labor de apoyo moral a la Cristiada desde tierras europeas.

© 2024. Todos los derechos reservados.

Bibliografía:

Barquín y Ruiz, A. (1967). José María González Valencia, Arzobispo de Durango. México: Jus.

López Alcaraz, H. J. (2023). El Plebiscito de los Mártires: Drama biográfico sobre el Beato Anacleto González Flores. Guadalajara: Edición independiente.

Meyer, J (1977). La Cristiada. Tomo I: La guerra de los cristeros. México: Siglo XXI Editores.

Pío XI (2 de febrero de 1926). PIUS PP. XI. LITTERAE APOSTOLICAE. PATERNA SANE SOLLICITUDO*. Vatican.va.https://www.vatican.va/content/pius-xi/la/apost_letters/documents/hf_p-xi_apl_19260202_paterna-sane-sollicitudo.html