“El Grito de Guadalajara”

Cuando Calles llamó a apoderarse de las conciencias de la niñez y la juventud mexicana

Lic. Helena Judith López Alcaraz

El general sonorense Plutarco Elías Calles (1877-1945), presidente de México y Jefe Máximo, autor del Grito de Guadalajara (1934).

En una fecha como ayer, pero hace noventa años, el 21 de julio de 1934, desde el balcón central del Palacio de Gobierno localizado en la capital jalisciense, el otrora primer mandatario Plutarco Elías Calles llevó a cabo un llamado a sus correligionarios para que la Revolución, que ya había obtenido la victoria en los ámbitos militar y político, se enfocara a conquistar otras esferas no menos importantes para el fortalecimiento de su ideología: la conciencia, la educación y, de forma muy particular, la educación e instrucción de los más pequeños, desde la edad más temprana. A esto se le conoce como “el grito de Guadalajara”.

Acompañado por el presidente electo Lázaro Cárdenas del Río, originario de Jiquilpan de Juárez, Michoacán, y del tequilense Sebastián Allende Rodríguez, antiguo miembro del Congreso Constituyente de Jalisco y a la sazón gobernador de dicho estado de la República, Calles dirigió este vehemente mensaje:

General Lázaro Cárdenas del Río (1895-1970), ganador de las elecciones presidenciales de 1934, quien acompañó a Calles en su «Grito de Guadalajara».

La Revolución no ha terminado. Los eternos enemigos la acechan y tratan de hacer nugatorios sus triunfos. Es necesario que entremos al nuevo periodo de la Revolución, que yo llamo el periodo revolucionario psicológico; debemos apoderarnos de las conciencias de la niñez, de las conciencias de la juventud porque son y deben pertenecer a la Revolución.

No podemos entregar el porvenir de la Patria y el porvenir de la Revolución a las manos enemigas. Con toda maña los reaccionarios dicen, y los clericales dicen que el niño pertenece al hogar y el joven a la familia; esta es una doctrina egoísta porque el niño y el joven pertenecen a la comunidad, pertenecen a la colectividad y es la Revolución la que tiene el deber imprescindible de apoderarse de las conciencias, […] de desterrar los prejuicios y de formar la nueva alma nacional […].

Es absolutamente necesario sacar al enemigo de esa trinchera donde está la clerecía, donde están los conservadores; me refiero a la escuela. Sería una torpeza muy grave, sería delictuoso para los hombres de la Revolución, que no arrancáramos a la juventud de las garras de la clerecía y de las garras de los conservadores; y desgraciadamente la escuela en muchos Estados de la república y en la misma capital, está dirigida por elementos clericales y reaccionarios.”

Así lo citan, alternativamente, autores como José María Muriá en su Historia de Jalisco (1982), páginas 534 y 535, y Doralicia Carmona Dávila en su biografía de Plutarco Elías Calles incluida en la página, también de su creación, Memoria política de México.

El sonorense añadió, para corroborar lo ya expuesto:

Sólo el Estado impartirá educación. La educación que imparta el Estado será socialista y, además de excluir toda doctrina religiosa, combatirá el fanatismo y los prejuicios, para lo cual organizará sus enseñanzas y actividades en forma que permita crear a la juventud un concepto racional y exacto del Universo y de la vida social” (citado por Meyer, 1977, pp. 345-346).

Al día siguiente, el Bloque Nacional Revolucionario de la Cámara Federal de Diputados presentó el proyecto de reforma al artículo 3º de la Carta Magna, en el cual se proponía la educación de carácter socialista. Entre tanto, Monseñor Jesús Manríquez y Zárate, uno de los escasísimos obispos que estuvieron abierta y públicamente a favor del movimiento cristero, criticó a Calles y su “Grito” de modo directo.

Calles, «Jefe Máximo» de la Revolución Mexicana. Grabado de Alberto Beltrán.

Como cabía esperar, la alocución del Jefe Máximo no se quedó en meras palabras, ni en una apasionada bravata del hombre que había regido el devenir político nacional desde 1924. El “Grito de Guadalajara” marcó el inicio de una serie de reformas al sistema educativo mexicano que desembocaron en el proyecto de la así llamada “educación socialista”. Esto, por supuesto, no fue bien recibido por la inmensa mayoría de los padres de familia, que no sin razón vieron en aquellas disposiciones una nueva persecución y la imposición de un esquema de instrucción que contradecía sus creencias religiosas y que atacaba aquello que les era más preciado: su fe. No obstante, también es preciso puntualizar que, aunque eran una porción significativa, no sólo los católicos militantes se oponían a aquellos planes.

Las tensiones creadas por el “Grito de Guadalajara” alcanzaron tal magnitud que, sumado a la persecución religiosa creciente, recrudecida desde los tiempos de los mal llamados “arreglos” del 21 de junio de 1929 en entidades de la República como Veracruz, Chihuahua y Tabasco, y aun la capital, se fue preparando el terreno para lo que se conoció como “La Segunda”, una segunda Guerra Cristera, que no tuvo ni la fuerza ni el apoyo de la primera, ni por parte de los seglares y, mucho menos, de la jerarquía eclesiástica.

A diferencia de lo acontecido en el trienio 1926-1929, durante el cual se produjo una seria división en el Episcopado Mexicano y existieron quienes sí apoyaron directa o indirectamente la lucha, en la década de los 30 hubo un evidente consenso antibelicista entre los obispos. Éstos llegaron al extremo de condenar la resistencia armada de los exiguos católicos que se lanzaron a ella.

Con todo, pese al rechazo de los eclesiásticos hacia “La Segunda”, los boletines y demás publicaciones parroquiales condenaron categóricamente la educación que impartía el Estado. Los jerarcas amenazaron con excomunión a quienes mandaran a sus hijos a estudiar a escuelas del gobierno y los dejaran a merced de la educación laicista y comunista. El gobierno, por su parte, amenazó a los padres con la prisión si enviaba a sus vástagos a planteles católicos.

La enseñanza del catecismo quedó prohibida, incluso en viviendas particulares. Los educandos se vieron precisados, en ocasiones, a pasarse de una casa a otra por la azotea, con los fiscalizadores justo afuera. En los colegios, a su vez, la clase de religión estaba vedada, al grado de que el régimen enviaba inspectores para asegurarse de que los alumnos no llevaran dichas clases. Delante del profesor, los emisarios abrían y revisaban las mochilas para verificar que no hubiera algún libro de catequesis. Éstos, previo aviso, eran ocultados detrás de un armario o estante, entre éste y la pared.

Aquello era sólo el comienzo. El 10 de octubre de 1934, los diputados consumaron la reforma de la Constitución en su tercer artículo, y subrayaron que la educación impartida por el Estado sería socialista, excluiría toda doctrina religiosa y combatiría el fanatismo y los prejuicios, forma de llamar, específicamente, a la religión católica, que era la de la inmensa mayoría de los mexicanos. La educación primaria, secundaria y normal impartida en planteles particulares, asimismo, debería ajustarse al patrón concertado y aprobado por los planteles oficiales, so pena de sanciones.

Grabado sobre Lázaro Cárdenas y el apoyo que recibió por parte de algunos sectores obreros de México. En el Occidente de México, particularmente en Guadalajara, Los Altos de Jalisco y el norte de dicho estado, la situación fue completamente distinta y la oposición, aplastante. Autoría: Ignacio Aguirre.

El 16 de octubre, Cárdenas avaló tanto las declaraciones de Calles –¿cómo no hacerlo?– como la reforma constitucional, y señaló que la educación socialista prepararía a los jóvenes para servir en el proceso de emancipación del proletariado. El sector del pueblo que no estaba de acuerdo con todo aquello se comenzó a exaltar. Se suscitaron motines en Puebla, Jalisco, Michoacán, Morelos y Zacatecas, con saldo de numerosos heridos y varios muertos. Los prelados mexicanos dejaron de callar y protestaron de modo más enérgico.

Presidente Lázaro Cárdenas, gran promotor de la educación socialista en México.

Para el 1 de diciembre del mismo año, fecha en que Lázaro Cárdenas tomó posesión de su cargo como presidente constitucional de México, las circunstancias estaban lejos de mejorar en todo sentido.

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Fuentes:

Carmona Dávila, D. (2024). Elías Calles Campuzano Plutarco. Memoria Política de México. https://www.memoriapoliticademexico.org/Biografias/ECP77.html

Meyer, J. (1977).  La Cristiada. Vol. I. México: Siglo XXI Editores.

Meyer Cosío, L. F., Segovia, R., Lajous, A., & González y González, L. (1978). Historia de la Revolución Mexicana, período 1928-1934los inicios de la institucionalización : la política del maximato. El Colegio de México.

Universidad de Guadalajara (2024). “El grito de Guadalajara” de Plutarco Elías Calles (1934). Enciclopedia histórica y biográfica de la Universidad de Guadalajara. Tomo cuarto. La Universidad de Guadalajara, 1925–2017. http://enciclopedia.udg.mx/articulos/el-grito-de-guadalajara-de-plutarco-elias-calles-1934

Testimonios orales de María del Carmen Ávalos Herrera, ya finada, abuela de la autora, nacida en 1930, que fue testigo en primera línea y víctima de la persecución religiosa en materia educativa descrita en el texto.

Murió Juárez…

Muere el Benemérito de las Américas…… Hoy 18 de julio fallece Pablo Benito Juárez García a la edad de 66 años, catorce años llevaba ya como presidente. Don Benito en 1871 no daba traza de querer dejar la presidencia, no sé si doña Margarita su esposa le haya sugerido que descansara ya, Juárez desechaba esas sugerencias, creyéndolas interesadas, don Benito debe haber repetido aquello de: Los consejos no pedidos los dan los entrometidos…

El 26 de junio de 1871 se efectuó la elección para presidente de la república, para el periodo 1871-1875, tres candidatos había, Juárez, Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz. Pues bien Juárez jamás estuvo dispuesto a dejar la presidencia por nada. La tensión entre Juárez y Díaz, culmino en la elección presidencial de 1871, cuando Juárez uso fondos del gobierno y se valió de toda suerte de artimañas para conseguir la reelección. Don Porfirio se lanzó a la guerra con el Plan de Tuxtepec para terminar con el gobierno dictatorial de Juárez. Don Benito afronto con mucha tranquilidad la rebelión de Díaz, las torpezas que cometió don Porfirio obligaron a este salir del país, sin embargo, en el Norte la sublevación había cundido.

El 17 de julio de 1872, don Benito despacho como de costumbre los asuntos de su cargo, dicto una carta a su secretario, no podía imaginar mientras dictaba que la firma que pondría a esa carta sería la última que estamparía en su correspondencia. Decía: Esperamos de un momento a otro la ocupación de Monterrey por las fuerzas unidas de los generales Sostenes Rocha, Ceballos y Revueltas… Y en efecto esa misma noche Monterrey fue abandonada por los del Plan de Tuxtepec, había sido tomada por los juaristas.

Don Benito impasible como una esfinge, desde las 7 de la mañana del 17 de julio, había sentido síntomas iniciales del mal que lo llevo a la tumba, que posteriormente seria descrito por los médicos como una neurosis crónica del gran simpático. Aunque para algunos historiadores contemporáneos, a don Benito fue envenenado con una hierba llamada la ventiunilla, dada en una fiesta por la Carambada mujer enemiga de Juárez. don Darío Balandrano director del diario oficial, cuenta que estaba leyendo en voz alta la nota de un periódico cuando de pronto don Benito se levantó del asiento y se llevó las manos al cerebro haciendo un gesto de dolor. El resto de la jornada trascurrió normalmente.

Al despertar a las 6 de la mañana del 18 de julio de 1872, don Benito se sintió muy mal, tanto que por primera vez en muchos años no pudo levantarse para ir a su trabajo, doña Margarita había fallecido un año y medio antes el 2 de enero de 1871, don Benito a los doctores les dio la orden; a nadie debían decir que estaba en cama. Paso toda la mañana con un dolor cordial, a las 7 de la tarde los malestares se hicieron más intensos, el doctor Alvarado médico de la familia dijo a la familia, el señor presidente está muy grave, por disposición de Alvarado fueron llamados los doctores Rafael Lucio y Gabino Barreda, uno de ellos sugirió un tratamiento que consistía en derramar agua hirviendo sobre el pecho del enfermo a fin de reanimarle el corazón, se procedió a realizar tremenda cura, que causo intensísimo dolor a Juárez. A las 10 de la noche Juárez agravo, los médicos decidieron aplicarle inyecciones de morfina en el lado izquierdo del pecho. A las 11:25 de la noche de aquel 18 de julio de 1872, se recostó sobre su lado izquierdo y puso la cabeza en su mano sobre la almohada. Cerró los ojos, a las 11:30, se agito un momento y un estertor salió de su garganta. Luego su cuerpo pareció aflojarse, el doctor Alvarado se acercó y le tomo la mano, luego, sin levantar el rostro, pronuncio una sola palabra; Acabo…

Esa misma noche se acordó llevar el cadáver del presidente a un salón del Palacio Nacional, antes sin embargo, los doctores Alvarado, Barreda y Lucio, procedieron a embalsamar el cadáver. Don Benito fue sepultado hasta el 23 de julio, en el túmulo mortuorio del difunto no aparecieron símbolos religiosos, si no los de la orden de la masonería. Fue sepultado en el templo – panteón San Fernando, a los dignatarios de la iglesia les habría gustado seguramente impedir el entierro del presidente, en sagrado, pues Juárez fue enconado enemigo del clero y, además murió impenitente. Ya no podían los clericós, sin embargo, hacer tal cosa, pues las Leyes de Reforma habían convertido en civiles los cementerios religiosos….

FUENTE: Conoce México a través de su historia (página de facebook)

La Batalla de la Trasquila

Jiquilpenses contra galos durante la Intervención Francesa

Lic. Helena Judith López Alcaraz

Expédition du Mexique. — Victoire d’Uquilpan, remportée par le colonel Clinchant, du 2e zouaves, sur les généraux Juaristes Arteaga, Echegueray, Neri et Espinola. (Ce dernier remet son épée au Colonel Clinchant, atteint d’une balle à la jambe. D’après le croquis de M. Maynard.) [La victoria de Jiquilpan, ganado por el Coronel Clinchant, 2ª zuavos, en generales juaristes Arteaga, Echegueray, Neri e Espinola. (Éste último da su espada a Coronel Clinchant, quien recibió un disparo en la pierna)]. Ilustración fechada el 21 de enero de 1865, de la autoría de Gustave Janet y Charles Maurand. Incluida en la revista El mundo ilustrado.

El poblado michoacano de Jiquilpan, que desde el 16 de abril de 1891 ostentaría el rango de ciudad y el apellido del presidente zapoteca de Oaxaca, también tomó parte en la resistencia mexicana contra la invasión de los franceses. Dos años después del famoso combate en Puebla del 5 de mayo de 1862, en esta localidad de la Ciénega, las armas de ambas naciones se batieron… Sólo que allí, a diferencia de lo acontecido bajo el mando del general Ignacio Zaragoza, las de México “no se cubrieron de gloria”.

General José María Arteaga (1827-1865), quien lideró a las tropas republicanas durante la Batalla de La Trasquila.

Se trata de la Batalla de la Trasquila, también llamada de Jiquilpan, que tuvo lugar en noviembre de 1864, específicamente el 22.

En los días previos al día 21, el General de División José María Arteaga Magallanes, conocido liberal y republicano nacido en la capital del país, había ordenado a los Generales de Brigada Leonardo Ornelas Rourigner y Pedro Rioseco Romero –ambos originarios de Guadalajara– que, en unión del coronel Ignacio Zepeda, atacasen al contraguerrillero Rito Sabalsa en la población jalisciense de Jocotepec. El susodicho Sabalsa disponía de doscientos hombres de caballería –del bando conservador– y más de cien franceses del 81 de línea que mandaba el teniente Barberi, así como una media batería de artillería. En adición, en aquella tropa militaban quinientos jinetes mexicanos aliados de los galos. Así lo expone Eduardo Ruiz en su libro Historia de la Intervención en Michoacán.

En Jonotepec, los generales Rioseco y Ornelas lograron la victoria, causaron sesenta bajas muertos y tomaron prisioneros a ochenta artilleros zuavos. Después de la batalla, el Ejército mexicano se trasladó a la región de Jiquilpan, Michoacán, y se distribuyó en los lugares aledaños a esta localidad. González Ortega entró a Jiquilpan a las 11 de la mañana del 21 de noviembre, escoltado por el general Cuervo y el regimiento Lanceros de Jalisco.

Algunas horas después arribó el Ejército. El Cuartel General permaneció en la plaza, y por orden del segundo en jefe, general Miguel María Echegaray, se montó el campamento de la manera siguiente: la División compuesta de fuerzas de Jalisco y San Luis Potosí, al mando del mismo Echegaray, se instaló en el camino que conduce a Mazamitla, al pie de un cerro. Las brigadas de caballería marcharon hasta Guaracha, distante más de dos leguas de Jiquilpan –más de tres kilómetros–, y la mayor parte de la cuarta División, al mando del general Ignacio Herrera y Cairo se alojó en la población. El resto de los soldados, finalmente, se quedó en la loma que daría nombre a la batalla: La Trasquila.

Según el cronista José Luis Ceja, toda la noche del 21 de noviembre llovió de modo torrencial. El 22, durante la madrugada, la avanzada del Ejército Mexicano que acampaba en La Trasquila escucharon el ruido de fuerzas armadas que atravesaban las milpas cercanas. Eran los franceses. Se notificó al general Pedro Rioseco, quien acudió a todo galope en su montura desde el lugar en que acampaba. Iba aún en su corcel, cuando –de acuerdo con José Luis Ceja– fue muerto de un lanzazo por un zuavo francés. Otra versión, la de Jiquilpan y su historia, refiere que lo ultimaron a bayonetazos.

El Ejército invasor avanzó hasta las primeras casas del pueblo, donde estaba el general Leonardo Ornelas, quien combatió con bravura al invasor hasta desplomarse, muerto, de su caballo. A continuación los invasores franceses y los aliados mexicanos penetraron en Jiquilpan para sorprender al resto del Ejército republicano, que fue vencido.

Los cadáveres de Ornelas y Rioseco fueron sepultados en el camposanto de Jiquilpan, que a la sazón se localizaba en el atrio de la Parroquia de San Francisco de Asís –tal era la costumbre en aquella época–. Así lo expone la siguiente partida eclesiástica, que dice:

“En veintidós de Noviembre anterior / estando yo ausente  y según me informó mi Encar- / gado, el Sr. Ver. D. Estevan Careaga fueron se- / pultados en el campo santo algunos cadáve- res de mejicanos  y un extranjero muertos / en la guerra que en este día hubo en La Trasquila / entre Franceses y el Grueso del Ejército de Jalisco al mando del Sr. General Ar- / teaga; allí fueron sepultados, sin derechos los cada- / veres de los Sres. Generales D. Leonardo Ornelas; y D. Pedro Rioseco. José Ma. Prado [Rúbrica]”

La derrota, en suma, fue total para los republicanos. Ruiz, a quien citamos con anterioridad, inclusive llega al extremo de llamar a este episodio histórico “el desastre de Jiquilpan”.

Partida de sepultura eclesiástica de los generales Ornelas y Rioseco. Imagen editada por la autora.

Francisco Hernández Pulido, jiquilpense, en la segunda mitad del siglo XX, relataría así la magnitud de la carnicería:

“Y de tanto muerto que hubo lograron llenar un pozo de cantera que había por ahí, nomás pasaba el carretón lleno de muertos de un lado a otro. Todo eso me lo platicaba mi abuelo, porque mi abuelo era muy viejo” (Ramos y Rueda, 1984, p. 95).

Por su parte, José María Arteaga sería pasado por las armas el 21 de octubre de 1865 en Uruapan, Michoacán. El general Carlos Salazar, los coroneles Jesús Díaz y Trinidad Villagómez y el capitán Juan González correrían una suerte análoga. Todo para cumplir y llevar a la práctica el Decreto sobre guerrilleros y bandas armadas, emitido por el emperador Maximiliano el 3 del mismo mes. Dicho estatuto, conocido como el “decreto negro”, imponía la pena capital para los “guerrilleros”, incluyendo a aquellos republicanos que resistían al Imperio.

Decreto sobre guerrillas y bandas armadas, México, 3 de octubre de 1865, en Diario del Imperio, México, 3 de octubre de 1865, tomo II, núm. 228, p. 333, en AGN, Biblioteca-Hemeroteca.

El 1 de julio de 1934, apenas unos meses antes de ascender a la presidencia de la República, el General Lázaro Cárdenas del Río, oriundo del terruño jiquilpense, inauguró un monumento conmemorativo en la Loma de la Trasquila. Él mismo lo había mandado edificar y costeado, de su propio bolsillo, la mayor parte de su construcción. También se colocó una placa que resume el combate.

Monumento a los generales Leonardo Ornelas Rourigner y Pedro Rioseco Romero, en la Loma de la Trasquila, Michoacán. De México en fotos. Imagen mejorada por la autora.

Dicho monumento aún se conserva. La Loma de la Trasquila ahora es un asentamiento poblado, dentro de Jiquilpan. Una escalinata conduce al obelisco. Yendo unas cuadras hacia el oriente, en línea recta, se sitúa la Parroquia dedicada al Seráfico Padre. Hacia el poniente, se yergue el templo de San José.

Placa colocada en Jiquilpan de Juárez, Michoacán, con fecha del 1 de julio de 1934, para rememorar la Batalla de la Trasquila y la prolongada aunque infructuosa resistencia de las tropas republicanas en contra de las huestes francesas.

Fuentes:

Archivo General de la Nación (11 de octubre de 2022). Medidas contraguerrilleras durante el segundo imperio. Gobierno de México. https://www.gob.mx/agn/es/articulos/medidas-contraguerrilleras-durante-el-segundo-imperio#:~:text=El%20decreto%20del%203%20de,el%20guerrillero%20la%20pena%20capital.

Ceja, J. L. (5 de mayo de 2022). Jiquilpan, donde los franceses derrotaron a México dos años después de la Batalla de Puebla. La Voz de Michoacán. https://www.lavozdemichoacan.com.mx/cultura/historia/jiquilpan-donde-los-franceses-derrotaron-a-mexico-dos-anos-despues-de-la-batalla-de-puebla/

Ramos Arizpe, G. & y Rueda Smithers, A. (1984). Jiquilpan 1895-1920. Una visión subalterna del pasado a través de la historia oral. México: Centro de Estudios de la Revolución Mexicana Lázaro Cárdenas A. C., México. p. 95.

Ruiz, E. (1940). Historia de la Guerra de Intervención en Michoacán. México: Рипол Классик y Secretaría de Educación Pública.