Durante varios años años se celebraron con el mismo entusiasmo las dos fechas importantes de nuestra Independencia: el 16 de septiembre de 1810 y el 27 de septiembre de 1821.
Fue después de la Revolución que en 1921, Álvaro Obregón decidió «olvidar» la fecha que conmemora la entrada de Agustín de Iturbide a la CDMX. Así, de un plumazo borró de las efemérides la Consumación de la Independencia.
Sin disparar una bala, Iturbide nos dio nombre, Patria, libertad y colores para la bandera hace 204 años. Estamos en la víspera del cumpleaños de nuestro país ¡Viva México!
La foto corresponde a un fragmento del Manifiesto de Liorna que escribió Iturbide en Italia en 1823. La sangre es de él, porque tenía el manuscrito consigo cuando lo fusilaron en Padilla, Tamaulipas.
Fue en 1925, bajo la presidencia de Plutarco Elías Calles, cuando el Congreso ordenó retirar las letras de oro con el nombre de Iturbide del recinto legislativo. La decisión formaba parte de la política de exaltar a Hidalgo, Morelos, Guerrero y Juárez, y minimizar a Iturbide, visto como “monárquico” y contrario a los ideales republicanos que se querían consolidar.
Finalmente, en 1971, Luis Echeverría mandó construir la presa Vicente Guerrero, que sepultó al viejo pueblo de Padilla bajo el agua, obligando a trasladar a la población a Nuevo Padilla.
Bicentenario de la muerte de don Agustín de Iturbide, Libertador y consumador de la independencia de México. Segunda y última parte
Lic. Helena Judith López Alcaraz
Don Agustín de Iturbide y Arámburu (1783-1824) interpretado por Rubén Zamora Equert en el documental de Clío Héroes de Carne y Hueso. Iturbide: Sueño Imperial.
En la anterior entrada, además de un breve preludio, hablamos de cómo fue el retorno de Agustín de Iturbide a tierras mexicanas, de su desconocimiento del terrible decreto de proscripción que pesaba en su contra y de cómo, una vez habiéndose enterado, tuvo aún la buena fe de creer que el Congreso de Tamaulipas –formado por sus enemigos jurados– lo escucharía y tomaría en cuenta, si no sus méritos para con la Patria a la que dio libertad e independencia, sus auténticas razones para volver. Ya vimos que, contrario a lo que él creía, ni siquiera le permitieron contar con un abogado defensor. En efecto: le negaron lo que no se le veda ni al peor de los delincuentes. Los políticos que se habían hecho con el poder en México, y los masones, lo querían muerto, y así sería.
En el presente texto leeremos cómo concluyó aquel nefando proceder y cuáles fueron sus consecuencias para la posteridad.
Tanto terror y prisa tuvieron aquellos políticos, que llegaron al extremo de apenas conceder el mínimo de tiempo al reo para recibir los auxilios de la religión católica. Iturbide pidió poder escuchar Misa y comulgar, pero no se le permitió. Solicitó que viniese su confesor para absolverlo; tampoco en ello consintieron. Al final tuvo que confesarse con un sacerdote del mismo Congreso que lo condenó, José Antonio Gutiérrez de Lara. Quiso emitir su última voluntad; no le hicieron caso alguno, ni pudo exponerla.
Llama la atención un pormenor: originalmente, los verdugos del Congreso habían planteado que el género de muerte que sufriría Iturbide fuera la decapitación. Pero al final optaron por el fusilamiento. Hasta ahora se desconoce el motivo.
Ya cerca del instante supremo, Iturbide escribió una carta a su esposa, donde la llamó con afecto “santa mujer de mi alma”, le notificó su destino y le dejó su última voluntad y testamento:
“La legislatura va a cometer en mi persona el crimen más injustificado: acaban de notificarme la sentencia de muerte por el decreto de proscripción; Dios sabe lo que hace y con resignación cristiana me someto a su sagrada voluntad. Dentro de pocos momentos habré dejado de existir […]”.
Para cuando ella leyó esos enunciados, éstos ya se habían cumplido.
“[…] y quiero dejarte en estos renglones para ti y para mis hijos todos mis pensamientos, todos mis afectos. Cuando des a mis hijos el último adiós de su padre, les dirás que muero buscando el bien de mi adorada patria, y, huyendo del suelo que nos vio nacer, y donde nos unimos, busca una tierra no proscrita donde puedas educar a nuestros hijos en la religión que profesaron nuestros padres, que es la verdadera.
El señor Lara queda encargado de poner en manos de mi sobrino Ramón para que lo recibas, mi reloj y mi rosario, única herencia que constituye este sangriento recuerdo de tu infortunado. Agustín”.
Las últimas horas de Iturbide transcurrieron entre su preparación religiosa para el instante supremo de partir a la Eternidad y la escritura de la carta que citamos. Poco antes de las seis de la tarde de aquella funesta jornada, Agustín de Iturbide fue sacado a la plaza principal de Padilla. Antes de caminar hacia el sitio de su muerte, dijo a los soldados que lo matarían:
Litografía que recrea la muerte de Agustín de Iturbide. Dejando de lado que éste, a diferencia de como fue en realidad, no está atado ni tiene los ojos vendados, llama la atención la expresión en su rostro.
—A ver, muchachos, daré al mundo la última vista.
Y oteó por ocasión postrera aquella porción de la misma tierra a la que dio libertad e independencia, que pronto habría de ser regada con su sangre y que, más de un siglo después y hasta nuestros días, sería cubierta por las aguas de una presa destinada a borrar de la memoria hasta el sitio donde moriría, víctima de una legislación cruel e injusta.
A continuación preguntó cuál era el lugar del fusilamiento y con paso sereno camino hacia el muro que serviría como paredón.
Al principio quiso rehusarse a que lo ataran, pero cedió cuando le dijeron que era necesario. No se resistió. Incluso, aun contra su voluntad inicial, también aceptó que le vendaran los ojos –algunos relatos, incluyendo el de Olavarría y Ferrari, cuentan que él mismo lo hizo–.
Iturbide encargó que se repartieran entre los soldados las onzas de oro que llevaba en sus bolsillos. Luego, con voz serena y fuerte, “que se oyó en cada ángulo de la plaza”, como se narraría luego, pronunció su último discurso, su legado postrimero:
—Mexicanos: en el acto mismo de mi muerte os recomiendo el amor a la patria y observancia de nuestra santa religión; ella es quien os ha de conducir a la gloria. Muero por haber venido a ayudaros, y muero gustoso porque muero entre vosotros. Muero con honor, no como un traidor; no quedará a mis hijos y a su posteridad esta mancha; no soy traidor, no. Guardad subordinación y prestad obediencia vuestros jefes, que haciendo lo que ellos mandan es cumplir con Dios; no digo esto lleno de vanidad, porque estoy muy distante de tenerla.
Iturbide, ya vendado, en el momento de pronunciar sus últimas palabras. Fotograma del documental ya mencionado, mejorado por la autora.
Las negritas, por supuesto, son nuestras.
Entregó su reloj y su rosario para que el sacerdote Gutiérrez de Lara los remitiera a su esposa Ana María. Tal fue su única herencia material. El presbítero retiró la camándula de su cuello y sacó el reloj de su bolsillo. El reo ya no podía hacer uso de sus manos.
Luego, ya de hinojos, Agustín de Iturbide rezó el Credo. Por fin, justo antes de la descarga, perdonó a sus enemigos. A la voz de Gordiano del Castillo, jefe del pelotón, fueron cargados los fusiles y elevados hacia él, sonó la descarga, surgieron las balas y la pólvora… y saltó y fluyó la sangre de quien, hacía casi tres años, había independizado México sin derramar la de otros, a través de una brillante y meteórica actuación diplomática que dio como fruto el Plan de Las Tres Garantías, los Tratados de Córdoba, el ingreso victorioso del Ejército Trigarante a la que alguna vez fue capital de la Nueva España y, al día posterior, la anhelada Acta de Independencia.
Leamos cómo lo describió el padre Gutiérrez de Lara, testigo ocular crucial de tan trágica escena:
“Vi su cuerpo despedazado en un momento por el trueno de las balas que recibió de frente puesto de rodillas. Vi correr su sangre, regando la tierra que antes había liberado” (citado en Martínez del Campo Rangel, 2010, p. 243).
Tal fue el resultado de aquel decreto ad terrorem.
Cadáver de Dn. Agustín de Iturbide, tirado en la plaza de Padilla. Fotograma del documental Héroes de Carne y Hueso. Iturbide: Sueño Imperial.
Una sensación de pesadumbre embargó a los presentes. El Libertador de México, consumador de nuestra independencia, con cuarenta años de edad, estaba muerto y yacía en un charco encarnado. Tres de las seis balas que le dispararon dieron en el blanco, específicamente en la parte izquierda de la frente –la que lo mató–, otra en el costado izquierdo, entre la tercera y cuarta costillas; y la tercera en el lado derecho del rostro, junto a la nariz.
Al cabo de unas horas de la ejecución, la gente del lugar recogió sus restos ensangrentados y lo amortajó con el hábito de San Francisco, trasladándolo a la humilde iglesia del lugar, dedicada a San Antonio de Padua y desprovista de techo, para velarlo durante la noche entera, a la luz de cuatro cirios. Entre su faja y su camisa fueron hallados unos papeles, manchados con el fluido vital: su Manifiesto, al que aludimos al comienzo de esta entrada.
Restos de la iglesia de San Antonio de Padua en Viejo Padilla, donde fue velado el cuerpo exánime de Agustín de Iturbide y donde tuvieron lugar su Misa exequial y su inhumación. Instantánea mejorada por la autora.
Al siguiente día se ofició la Misa exequial, a la que asistieron las personas del pueblo, los soldados del pelotón y –curiosas ironías de la vida– los diputados del Congreso que lo sentenció a un desenlace tan inicuo e inmerecido. El presbítero José Miguel de la Garza García, que había votado a favor de la pena capital, fue el celebrante. Felipe de la Garza costeó los gastos de las honras fúnebres.
El cadáver fue sepultado en el mismo templecito. Permaneció en ese apartado y oscuro sitio hasta que en 1838, bajo la presidencia del jiquilpense Anastasio Bustamante y Oseguera (1780-1853), sus restos fueron trasladados a la Ciudad de México y se inhumaron con honores en la capilla de San Felipe de Jesús en la Catedral Metropolitana, donde reposan hasta nuestros días.
Traslado de los restos mortales del Libertador de México a la Catedral Metropolitana, donde algún día se celebró el solemne Te Deum para dar gracias a Dios por la independencia, en septiembre de 1821.
En 1921, en pleno centenario de la consumación de la Independencia, los áureos caracteres que formaban el nombre de Iturbide fueron arrancados del Muro de Honor de la Cámara de Diputados, heredera de aquel Congreso que lo había condenado a la muerte, al oprobio y a la animadversión de la posteridad. En 1943, el presidente Manuel Ávila Camacho mandó mutilar el Himno Nacional para eliminar los versos que hablan del antiguo emperador, otrora héroe nacional, convertido en uno de los peores villanos de la Historia de México por la masonería. Hasta la fecha, con base en lo expresado en la ley vigente (Artículo 191 y Artículo 192 del Código Penal Federal), está prohibido cantar públicamente lo siguiente, que no es sino justicia histórica:
Tumba de don Agustín de Iturbide en la capilla dedicada al Protomártir Mexicano en la Catedral de la Ciudad de México. Fotografía de Excélsior.
Si a la lid contra hueste enemiga
nos convoca la trompa guerrera,
de Iturbide la sacra bandera
¡Mexicanos!, valientes seguid.
Y a los fieros bridones les sirvan
las vencidas hazañas de alfombra;
los laureles del triunfo den sombra
a la frente del bravo Adalid.
El potosino Francisco González Bocanegra sabía bien, mucho mejor que incontables conciudadanos de nuestro tiempo, que don Agustín fue autor de nuestra bandera tricolor y que, independientemente de sus errores y sombras –porque los tuvo, como todos los personajes históricos–, fue líder indiscutible de la Nación Mexicana en un momento álgido, y debemos estarle agradecidos por habernos dado patria, libertad, lábaro e independencia. El mismísimo Justo Sierra Méndez (1848-1912), pieza cardinal del Porfiriato y fundador de la actual Universidad Nacional Autónoma de México, netamente liberal, admitía que tanto durante su triunfo en 1821 como al ser designado –no autonombrado– emperador, “Iturbide aparecía más que nunca ante las multitudes como un guía y como un faro: era el orgullo nacional hecho carne”. Así lo dijo en su libro Evolución política del pueblo mexicano.
En 1970, Padilla –hoy Viejo Padilla– desapareció del mapa mexicano para abrir paso a la presa “Vicente Guerrero”. Bajos sus aguas quedó un antiguo monumento colocado en el lugar donde Iturbide fue fusilado, que indica tanto la fecha como la hora en que aconteció. El 17 de septiembre de 1971, por su parte, el entonces presidente Luis Echeverría Álvarez, mediante un decreto, ordenó al Congreso declarar a Guerrero como el verdadero y único consumador de la independencia de México. A Iturbide, de acuerdo con el documento del primer mandatario, ya no se le atribuiría jamás semejante hazaña. Así, por decreto, inveterada costumbre nacional. ¿No fue acaso otro el que, fungiendo al mismo tiempo como irrevocable sentencia ipso facto, segó la existencia terrenal del gran jefe del Ejército de las Tres Garantías?
Don Agustín de Iturbide, montado en soberbio corcel, sostiene la bandera tricolor. Cuadro pintado por el P. Gonzalo Carrasco Espinosa (1859-1936), pintor y jesuita mexiquense oriundo de Otumbo.
Hoy, a dos siglos de su alevoso e indigno asesinato, la bandera con los colores que él eligió para simbolizar la religión, la unión y la independencia no será izada a media asta en son luctuoso, como sí se hace con otros hombres destacados de la historiografía oficial que, a pesar de sus crímenes, sí merecen el calificativo de “héroes nacionales” y que se les venere con unción, lealtad y agradecimiento. El 27 de septiembre próximo, a semejanza de cada año, no habrá celebración para conmemorar la jornada que Carlos María de Bustamante, aunque fue enemigo de Iturbide, y que se empeñó en afirmar una y otra vez –como tantos– que éste volvió para recobrar el trono, llamó “el día más feliz de nuestra historia”, y con él incontables personas que compartieron ese sentir. Mucho menos –nada a lo que no estemos acostumbrados, desde luego– su nombre formará parte de la lista de próceres a los que se lanzan estentóreos y exaltados vivas.
Manifiesto al mundo de Agustín de Iturbide, escrito durante su destierro en Liorna, Italia, y que fue hallado luego de su muerte, manchado de sangre.
“¿Qué aberración tan monstruosa, sólo vista en Méjico [respetamos la grafía]” expresa don Alfonso Junco en su libro Un siglo de Méjico: De Hidalgo a Carranza (1946) “loar la libertad y maldecir al libertador, glorificar la obra y desdeñar al obrero, tomar el don y escarnecer al que lo da? […] Para honrar a Iturbide bastan dos cosas: saber historia y ser justiciero” (pp. 124-125). No fue ningún santo, pero ¿quién entre los que son considerados los grandes próceres y prohombres de nuestro país lo fue?
No obstante, a pesar de tanta ingratitud, la verdad siempre prevalece, y tarde o temprano saldrá a la luz con tal pujanza que ni las tergiversaciones ni la falsedad serán capaces de opacarla. Entre tanto, recordemos y profiramos aquellas bellas y acertadas palabras del poeta tepicense, Amado Nervo, dirigidas al Libertador:
Agustín I de México. Abajo, la rúbrica que usaba en sus documentos. Imagen del Archivo General de la Nación.