La historia del español que peleó en cuatro guerras mexicanas y dio su apellido al poblado michoacano de Cojumatlán
Lic. Helena Judith López Alcaraz

Francisco Javier Mina ha pasado a la historia como el célebre militar español que dejó su patria, se embarcó y vino a México para luchar por la causa independentista. Sin embargo, ya entrado el siglo XIX, a mediados, hubo también otro hombre oriundo de la madre patria que, por diversas circunstancias y por decisiones que él mismo tomó, prestó su espada no en uno, sino en cuatro conflictos bélicos en nuestro suelo.
Se trata de Nicolás Régules Cano, nacido en Quintanilla Sopeña, Merindad de Montija (provincia de Burgos), España, el 10 de septiembre de 1826. Fue hijo de Leonardo de Régules y María Rita Cano. Cursó sus primeros estudios en Segovia y en Alcalá de Henares.
A los quince años, Nicolás se inscribió en la Escuela de Caballería de Segovia, en su país natal. Allí adquirió notables conocimientos sobre estrategia militar y manejo de armas, que posteriormente pondría en práctica en México, adónde arribó, procedente de La Habana, Cuba, en 1846. Venía ya como veterano de las guerras carlistas.
En dicho año, el 13 de mayo, Estados Unidos le declaró la guerra a México. Régules tenía apenas veinte años y ostentaba el cargo de Capitán de Escuadrón en el Ejército Isabelino. Sin demora, el joven se sumó a las filas del Ejército Mexicano con el grado de Capitán de Caballería, a fin de pelear contra los invasores estadounidenses.
Nicolás Régules fue un personaje de gran relevancia militar y política a lo largo de los enfrentamientos entre liberales y conservadores suscitados entre 1855 y 1862, concretamente la Revolución de Ayutla, bajo las órdenes del general Epitacio Huerta, y la Guerra de Reforma –también llamada “de Tres Años”–. En ambos casos, Régules combatió por la causa liberal. Después de todo, tales ideas eran las que lo habían orillado a salir de España.
En 1858, Nicolás Régules contrajo matrimonio –civil, el canónico sería hasta 1870– con María de la Soledad Solórzano Ayala, hija de Manuel Solórzano e Irene Ayala, ambos de Morelia. Para el momento del casamiento, el novio era Teniente Coronel de Caballería y Comandante Militar de Morelia. Tanto su puesto como su participación activa en la Guerra de Reforma –la llamada “de Tres Años”– significaron, como cabía suponer, que estuviera lejos de su hogar. En dicho lapso, Régules no visitó a su familia.
Se conserva, a propósito de ello, el fragmento de una carta que su esposa Soledad le dirigió el 8 de marzo de 1860:

“A pesar de que ya han transcurrido veinte meses sin verte y que siento que la energía de mi alma me abandona, alabo tu determinación de no volver á ésta sino cuando quites á los Reaccionarios los elementos que llevaste de aquí. Dios te prestará su ayuda, por que [sic] la causa que defiendes es santa, pues su triunfo redundar en beneficio de la humanidad”. (p. 217)
Dentro de la Guerra de Reforma y de la Intervención de las tropas galas, vale la pena detenernos en tres sucesos en el cual Régules tuvo una actuación más que destacada. En el primero, la Batalla de Silao, acontecido el 10 de agosto de 1860, nuestro biografiado intervino de forma decisiva al lado del también General Jesús González Ortega. Éste le otorgó el grado de General de Brigada por méritos de guerra.

Poco después, Régules participó en la batalla de Calpulalpan, el segundo acontecimiento al que aludimos. La Intervención Francesa había iniciado. A este último respecto, al principio, el general Nicolás había solicitado y conseguido de Benito Juárez su retiro del Ejército, al no querer pelear contra sus compatriotas ibéricos. No obstante, cuando se rompieron los Tratados de la Soledad y Francia atacó sola a México, Régules se lanzó a la defensa de su patria adoptiva.
Para el momento del que vamos a ocuparnos, corría ya mayo de 1863. Habiendo quedado sitiados los republicanos en Puebla, donde se hallaba Régules al mando de la 3ª Brigada, él y sus hombres se arriesgaron a salir el día 14 de ese mes, con el objetivo de conseguir harina de un depósito localizado junto a la línea enemiga. La empresa fue un éxito. Por otro lado, Régules se opuso audaz y categóricamente a la rendición. Es posible que haya podido huir antes de caer prisionero, ya que su nombre no está incluido en las listas de jefes y oficiales que tomaron los franceses.
El tercer y último suceso tuvo lugar en abril de 1865, ya en pleno Imperio Mexicano, cuando el batallón comandado por el general Régules derrotó a la Guardia belga de la Emperatriz Carlota, comandada por el Mayor Tydgadt, en la Batalla de Tacámbaro (Michoacán), el día 11. El oficial montijano, comisionado para enfrentar a la Guardia, hizo gala de ecuanimidad y disciplina durante todo el combate.

Los belgas, antes de la batalla, habían capturado y encerrado tanto a doña María Solórzano como a los tres hijos que habían engendrado hasta entonces, con el lógico propósito de usarlos como rehenes –la denuncia y arresto de la señora y sus vástagos fue llevada a cabo por un médico que acompañaba a la columna belga y que, luego de la refriega, fue asesinado–. Peor aún: los pusieron en la línea de fuego, a guisa de escudos humanos, para obligar a capitular a Régules. Ellos, para su seguridad, se refugiaron en el ex convento de San Francisco, en el mismo Tacámbaro.
Régules, contrariamente a lo que pensaban los enemigos, no cayó en el ardid, pese al peligro que ello implicaba para sus seres queridos. Antes bien, ordenó que los dos mil elementos juaristas que estaban a sus órdenes atacaran.
Durante lo más álgido del combate, los belgas emplearon el escudo humano de que disponían, tal como estaba previsto. No faltó quien sugiriera a Régules que se detuviera el ataque contra los adversarios, para evitar que las balas pudieran alcanzar a su esposa e hijos, mas él se limitó a arengarlos en los siguientes términos: “¡Señores, cada uno a sus puestos, a cumplir con su deber, primero es la Patria!”
No pasó mucho tiempo para que los juaristas inclinaran la balanza a su favor y los imperialistas se vieran cercados. El fuego comenzó a devorar la iglesia del convento. Régules decidió enviar a un conjunto de parlamentarios, a quienes los belgas dieron la bienvenida con disparos.
El incendio fue extendiéndose de modo imparable, hasta que se desplomó el techo de la iglesia. Desesperados, los imperialistas se refugiaron en la sacristía – que ya comenzaba a arder también–. Entre la humareda, el general Régules entró a caballo, envuelto en un sarape para protegerse de las llamas, y conminó a los belgas a rendirse, lo cual hicieron. La batalla acabó oficialmente, y Régules pudo rescatar a los suyos sanos y salvos.
Todos, imperialistas y juaristas, esperaban que Régules tomara venganza por la aprehensión de su familia y por el riesgo mortal que ésta había corrido. En vista de lo ocurrido, Régules podría haber mandado fusilar sin dilación a aquellos militares. Sin embargo, actuando con magnanimidad pocas veces vista en un oficial durante aquellos tiempos, actuó de la forma contraria. Casi parece un relato salido de alguna narración literaria. Contra todas las expectativas, les perdonó a todos la vida y los entregó como prisioneros al general Vicente Riva Palacio, quien los intercambiaría por republicanos en poder de los franceses en la población de Acutzingo, Michoacán el 5 de diciembre de 1865.

El excelente desempeño de Régules al frente de las tropas liberales le granjeó un raudo y consistente ascenso dentro de las huestes mexicanas. Tan sólo antes de cumplir los treinta años, fue condecorado por Benito Juárez con el grado de general de división y luego nombrado Jefe del Ejército del Centro.

En 1866, aún todavía durante el Imperio, Régules fue nombrado gobernador del estado de Michoacán. El 28 de mayo de 1870, en Morelia, él y doña Soledad se casaron por la Iglesia, en una casa particular. El sacerdote Nicanor Torres, con anuencia del presbítero rector del Curato del Sagrario Metropolitano, ratificó su unión y fue testigo de sus votos.

En 1876, al triunfo de la rebelión de Tuxtepec liderada por el también general Porfirio Díaz Mori, el protagonista de esta semblanza salvó la vida al presidente Sebastián Lerdo de Tejada, rescatándolo de los adeptos del oaxaqueño y embarcándolo hacia Estados Unidos. Ya para 1877, durante el mandato de Manuel González –el interludio entre el primer gobierno de Díaz y el prolongado periodo de reelección tras reelección–, fue vicepresidente de la Alta Corte de Justicia Militar.
Al volver el otrora Héroe del 2 de abril a la silla presidencial, Régules planeó levantarse en armas contra él, apoyado por otros políticos y militares liberales. Un mensaje telegráfico fue enviado a la policía de la capital con los nombres de los sospechosos de sedición contra el régimen porfirista, y no tardó en consumarse la detención de cuatro de ellos: el general Nicolás Régules Cano, Carlos Fuero Unda, el Coronel José Vicente Villada y el abogado Francisco Hernández y Hernández. Todos fueron trasladados a Veracruz, recluidos en la prisión de San Juan de Ulúa y acusados formalmente del delito de conspiración ante el juez de distrito.

Unos años más tarde, en 1882, el general Nicolás Régules Cano se retiró del servicio militar activo. Viudo desde el 5 de febrero de 1884, falleció en la Ciudad de México el 9 de enero de 1895. Tenía sesenta y ocho años de edad. La inhumación se verificó en el Panteón del Tepeyac, en la Villa de Guadalupe, en la misma capital. En las exequias estuvieron presentes comisiones en representación del Congreso Federal, de la Suprema Corte de Justicia Militar, los cuerpos que estaban en guarnición en la capital y, por supuesto, del Gobierno de Michoacán.
El 20 de julio de 1909, ya en el declive del régimen de Don Porfirio, una tenencia de la Ciénega de Chapala, limítrofe al este con Sahuayo de Díaz, y de hecho perteneciente a éste, fue elevada al rango de municipio con el nombre de “Régules” en honor del general de Quintanilla. Su primer alcalde fue Julián Santiago Ortiz. Hoy en día tanto su cabecera, con su hermoso templo de color rojo oscuro dedicado al Señor del Perdón, como el municipio, lleva el nombre de Cojumatlán de Régules, perenne recuerdo del oficial que, aunque de sangre española, formó parte significativa de la Historia mexicana a lo largo de varias décadas.

Como nota final, cada 10 de septiembre es fiesta local en Tacámbaro, escenario de la famosa batalla en la que Régules demostró su clemencia. Al festejo acuden las autoridades civiles y el pueblo entero, para honrar al varón que libró a la población de los soldados de Bélgica.
Fuentes consultadas
Carmona Dávila, D. (2024). El general republicano Nicolás Régules no toma venganza y perdona la vida a prisioneros belgas imperialistas que se le rinden. Memoria Política de México. https://www.memoriapoliticademexico.org/Efemerides/4/11041865-GR-PB.html
Secretaría de la Defensa Nacional (1 de abril de 2019). 11 de abril de 1865, Batalla de Tacámbaro. Gobierno de México. https://www.gob.mx/sedena/documentos/11-de-abril-de-1865-batalla-de-tacambaro
Sin autor asignado (1961). Liberales ilustres mexicanos de la Reforma y la Intervención. Colección Digital UANL. México: Talleres Gráficos de la Nación. pp. 216-220, 350-354.
Sin autor (s. f.). El General Nicolás de Régules Cano, un montijano héroe de México del siglo XIX, nacido en Quintanilla Sopeña. Crónicas de las Merindades. https://cronicadelasmerindades.com/el-general-nicolas-de-regules-cano-un-montijano-heroe-de-mexico-del-siglo-xix-nacido-en-quintanilla-sopena/
Taylor Hanson, L. D. (1987). Voluntarios extranjeros en los ejércitos liberales mexicanos, 1854-1867. Historia mexicana, 37(2), 205-237. https://historiamexicana.colmex.mx/index.php/RHM/article/view/1998
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